... por la que Estados Unidos está invadiendo Venezuela se remonta a un acuerdo que Henry Kissinger hizo con Arabia saudita en 1974
martes, 6 de enero de 2026
La verdadera razón...
lunes, 5 de enero de 2026
Tres en uno
“Ver en calma un crimen es cometerlo”, dijo José Martí. Por eso mi indignado dibujo-protesta. Porque este bárbaro ataque a Venezuela, y el secuestro de su presidente, es de nuevo la decisión de un presidente que reencarna el fascismo, la ley del más fuerte, el imperio de la mentira, y la prepotencia descarada de situarse por encima de la comunidad internacional, de las Naciones Unidas, y de todo lo alcanzado por la Humanidad en materia de justicia y derechos humanos.
No olvidar, entre muchas otras, las invasiones yanquis a Vietnam, Panamá, Granada, Iraq, siempre con el falso pretexto de ataque enemigo, drogas, cuidar a sus ciudadanos o eliminar las armas de exterminio masivo. En esta ocasión la paranoia va más allá al declarar Trump que gobernará Venezuela hasta que haya una “transición segura”. “Segura” es sin revolución chavista, por supuesto, y con petróleo asegurado. El colmo de la filosofía del despojo.
El mundo no puede permitir que continúe triunfando esa filosofía, que es la filosofía del fascismo, porque nos va la dignidad humana, la paz y vida misma. Hay que fortalecer por todos los medios el espíritu y la unidad de la solidaridad internacional, y volver a gritar ¡NO PASARÁN!
domingo, 4 de enero de 2026
De Andrés Manuel López Obrador a Donald Trump
Estoy retirado de la política, pero mis convicciones libertarias me impiden callar ante el prepotente atentado a la soberanía del pueblo de Venezuela y el secuestro de su presidente. Ni Bolívar ni Lincoln aceptarían que el gobierno de Estados Unidos actuara como una tiranía mundial.
Presidente Trump: no caiga en la autocomplacencia ni escuche el canto de las sirenas. Mande al carajo a los halcones; usted tiene capacidad para actuar con juicio práctico. No olvide que la efímera victoria de hoy puede ser la contundente derrota del mañana. La política no es imposición. Recuerde que “el respeto al derecho ajeno es la paz”, como nos enseñó Benito Juárez en el siglo XIX. Soy mexicano con mucho orgullo, pero también latinoamericano. Apoyo incondicionalmente a mi presidenta Claudia Sheinbaum. Por ahora no le mando un abrazo. AMLOsábado, 3 de enero de 2026
viernes, 2 de enero de 2026
Y en eso llegó 2026
Por Rosa Miriam Elizalde
Nicolás Maduro sigue en Miraflores y en Cuba celebran hoy el aniversario 67 de la Revolución. El 1º de enero de 2026 amanece con esta verdad incómoda para la maquinaria de opinión que lleva meses vaticinando la caída inminente de ambos gobiernos, mientras las cañoneras de Trump merodean el Caribe.
No hay manera honesta de negar las crisis que atraviesan ambos países –son visibles y socialmente dolorosas–, pero de lo que se trata es de entender por qué el relato de la “caída inevitable” vuelve una y otra vez y, una y otra vez, falla. Lo que se desplomó en 2025 no fue el poder en Caracas ni la institucionalidad en La Habana.
Lo que se desplomó fue un tipo de lectura, cómoda para ciertas élites, que reduce la política a una ecuación mecánica de presión y derrumbe, confunde deseo con pronóstico y, sobre todo, presenta a América Latina como un tablero donde Washington mueve piezas y los pueblos del sur se limitan a caer por inercia.
“Maduro no llegará a Navidad”, vociferó el congresista de origen cubano Carlos Giménez, cuando Trump declaró su “paz mediante la fuerza”. Los correligionarios de Giménez en Miami dijeron lo mismo, pero con el añadido del “final castrocomunista”. Ese determinismo, repetido hasta el cansancio por los políticos de la Florida capitaneados por el secretario de Estado, Marco Rubio, ha servido para normalizar el castigo colectivo y convertir el sufrimiento social en herramienta de “ingeniería política”.
En 2025 hubo titulares y columnas que trataron el colapso como un hecho en camino, casi inevitable: bastaba “un empujón más”, “un cierre definitivo”, “una última vuelta de tuerca”. En Venezuela, medios opositores llegaron a narrar la caída como si estuviera ocurriendo en tiempo real. La Nobel de la Paz y entusiasta de una invasión de Estados Unidos, María Corina Machado, prometió a Trump privatizaciones masivas de los campos petroleros de su país y vía libre para las empresas estadunidenses.
En el caso cubano, think tanks y comentaristas insistieron en que la combinación de crisis energética, inflación y malestar social abría una ventana de “cambio de régimen” en 2025. En la escena política estadunidense –y especialmente en el ecosistema mediático radicado en Florida– la escalada del discurso de mano dura, con referencias explícitas al “cambio de régimen” como destino deseable, se presentó como antesala de una victoria total contra el comunismo: primero Caracas, luego La Habana; todo por arrastre, como si las sociedades fueran fichas de dominó.
Pero la realidad es terca. Hay estructuras, intereses, memorias y capacidades estatales que no se evaporan al primer golpe. Cuando el castigo se convierte en norma, las sociedades aprenden –a veces con creatividad, a veces con dolor– a sobrevivir dentro de la anomalía. Los pueblos no son una nota al pie en el cálculo geopolítico: son sujetos políticos con capacidad de interpretar lo que ocurre, de organizar saberes colectivos y de acumular experiencias; cuentan con redes de apoyo, formas de cohesión y una inteligencia práctica forjada por la memoria y en la dura realidad cotidiana.
En Cuba, los apagones, el deterioro del poder adquisitivo, el desabastecimiento, la migración y las carencias de todo tipo fueron leídos como umbral automático de derrumbe. Se repitió la idea de que la crisis económica “sólo puede terminar” en caída política. Pero la historia cubana –con todas sus contradicciones– también es la historia de un Estado que ya sobrevivió a shocks extremos, incluido el Periodo Especial, mediante una combinación de reorganización económica parcial, liderazgo institucional y redes comunitarias y familiares que amortiguan la catástrofe. Eso no hace a la crisis menos real. Sólo explica por qué la crisis no se traduce mecánicamente en colapso.
Tanto venezolanos como cubanos identifican en Washington el factor principal de la asfixia económica que padecen y esa conciencia, lejos de desatar una rebelión contra sus gobiernos, tiende a activar reflejos de dignidad nacional. Si lo que buscaba el poder estadunidense era convertir el hambre, los apagones y la incertidumbre en palanca de insurrección, el propósito ha fracasado. Han conseguido sociedades dispuestas a resistir, no a sublevarse.
Tal vez convenga cambiar la pregunta para variar la política. No es “cuándo se caen”, como si la caída fuese un espectáculo. Es “cuánta vida se está dispuesto a destruir para intentar tumbarlos”. Esa es la pregunta ética que los profetas del colapso evitan, porque los obliga a mirar el costo humano de su receta y para cualquiera con memoria en América Latina –con golpes, bloqueos, invasiones, tutelajes– esa interrogante debería ser una línea roja: ninguna “democracia” impuesta con cañoneras vale el precio de castigar a millones de inocentes.
Y en eso llegó 2026.
De Julio Carranza
Querido Silvio y amigos:
jueves, 1 de enero de 2026
Nota del FB de X Alfonso
Nací en 1972, en Luyanó, en Mangos 208, un barrio humilde. Mi bisabuela era hija de esclavos. Con más de medio siglo a cuestas no me vengan con cuentos ni con campañitas oficiales de discursos vacíos como el final de su nota, que reproduzco tal cual: “La Revolución y sus instituciones están y estarán siempre al servicio del pueblo y no permitirán que hechos como este queden impunes. Su profundo compromiso con la igualdad y la justicia social es inconmovible.” Dejemos la frase ahí, que volveré a ella más adelante.
El 26 de diciembre, Kevin y dos amigas fueron a Fábrica. En la puerta nuestro personal de seguridad no los dejó pasar, mencionando el derecho de admisión sin dar explicación alguna. Para estos muchachos fue frustrante, y lo entiendo perfectamente porque lo he vivido en carne propia. Días después, el 30 de diciembre, Kevin publica el incidente, y Yuliet lo comparte en apoyo. Me llega la información y automáticamente llamo al responsable para pedir una explicación. Me detalla lo ocurrido, obtengo el contacto de Kevin y lo localizo. Lo primero que hice fue disculparme. Luego le expliqué: lo confundieron con una persona que ha estado cartereando al público asistente a FAC, y por precaución no lo dejaron entrar. Fatal la equivocación, fatal todo, todo mal, porque el muchacho pagó por una serie de eventos que hace años hemos vivido en fac y lo lamentamos profundamente. Él entendió el malentendido y me habló le encanta la FAC cosa que le agradecí, y nuevamente me disculpé.
Aclaro algo importante: el derecho de admisión en FAC se utiliza única y exclusivamente para evitar el acceso a personas con incidencias delictivas en el propio espacio, ya sea por robos, asedios, faltas de respeto al público o al personal, o cuando llegan en evidente estado de embriaguez o drogados, poniendo en riesgo la seguridad del resto. Muchas veces estas personas se quedan fuera causando molestias al público, ofreciendo drogas o sexo. Lo hemos reportado repetidamente a las instituciones, que nunca han tomado cartas en el asunto, y nos toca lidiar con ello como si fuera “normal”. De la puerta hacia afuera no tenemos potestad para enfrentar un fenómeno que no hemos creado.
Ahora, la nota oficial difundida en todos sus medios dice: “Hemos conocido hace unas horas de la absurda utilización del derecho de admisión para impedir a un joven cubano y sus acompañantes el acceso a la institución Fábrica de Arte Cubano.” Para la memoria corta: la “absurda utilización del derecho de admisión” es lo que muchos vivimos durante años a la edad de Kevin. Nos negaban la entrada a hoteles por ser cubanos, a círculos sociales de playa, a tiendas para extranjeros, a espacios donde solo se entraba siendo familiar de un militar. La lista es larga. Y no hay que ir tan lejos: hoy, 1 de enero de 2026, la realidad nos niega el acceso a lo necesario para sobrevivir porque se vende en una moneda que no ganamos, una decisión tomada por las mismas instituciones que ahora repiten: “Su profundo compromiso con la igualdad y la justicia social es inconmovible.”
La campaña oficial intenta desacreditar a FAC acusándonos de “racistas”. Es surrealista. No voy a entrar en ese juego porque solo mencionarlo le da importancia. Y a Kevin se lo dije desde el inicio: esto no va de racismo, mi hermano.
Somos una espina en el zapato del Ministerio de Cultura desde julio de 2018. Cada semana es lidiar con absurdos, censuras y falta de diálogo, muchos artistas saben de lo que estoy hablando. No ha sido fácil ni lo será. Tienen el poder para cerrar físicamente este local, pero no podrán apagar lo que es este proyecto ni las voces de quienes estamos involucrados. En resumen: entre el malentendido, la campaña oficial falsa de discriminación, los comentarios fascistas de perfiles sin foto, los que no saben qué es FAC ni han puesto un pie aquí pero gritan “¡Cierren FAC!”, los buscadores de likes, los que publican titulares sin investigar, el mal periodismo, los censores del arte, los verdaderos racistas, los que niegan la libertad de expresión… todos ellos han mostrado una vez más lo rota que está nuestra sociedad y el daño que le han hecho. Y a los que se atrevieron a hablar mal de mis padres, les deseo lo peor.
No obstante y positivamente, a todos los fabricantes de arte, artistas, seguidores inseparables y trabajadores de FAC, les deseo un año nuevo lleno de esperanza y luz. La necesitamos.
X Alfonso
1 de enero de 2026