Si con alguna persona he tenido una relación muy especial, ha sido con la tía Argelia. La recuerdo en varios encuentros en San Antonio de los Baños cuando aún era un niño, pero los mayores y más contundentes recuerdos los tengo de su etapa en La Habana.
Cuando tenía unos 25 años de edad contraje segundas nupcias y mudé mi residencia para La Habana. A mi nuevo hogar acudía mi padre a visitarme frecuentemente y aprovechaba su visita para visitar a su hermana Argelia. Fue así que un día en que yo no me encontraba en el trabajo me invitó a que lo acompañara a casa de la tía. Resultó ser para mi todo un redescubrimiento del significado de lo que es en realidad los lazos familiares: desde que llegué recibí un trato muy especial y recuerdo que ella se encontraba tarareando una canción que me gustó y le pregunté de qué se trataba; resultó que era una de las canciones del entonces jovencito Silvio Rodríguez.
En aquella casa modesta encontré, además de un entrañable cariño cuyas vibraciones se percibían con sólo traspasar su puerta de entrada y de una especie de alegría contagiosa, la posibilidad de conocer una extensión familiar que posteriormente me brindarían insospechados momentos de satisfacción.
Resulta que con la tía Argelia vivían sus tres hijos (mis tres primos hermanos) a quienes poco a poco fui conociendo de una manera bastante poco superficial.
Tres excelentes seres humanos, cada uno de ellos con sus propios atributos especiales: Silvio de una extraordinaria sensibilidad humana (y no solo para la música, por cierto); María de los Ángeles, dotada para las letras de una manera excepcional, y la entonces pequeña Anabell, cuya singular voz y sensibilidad musical en años posteriores mi padre me comentó eran casi “la copia al carbón” de su madre.
Recuerdo diferentes momentos en que la Tía Argelia tuvo hacia mí un comportamiento excepcional, cuando enfermé de una tremenda infección que me obligó a un fuerte tratamiento hospitalario que incluyó dosis diarias de inyecciones.
Para mí ver aparecer todas las mañanas a la tía Argelia, con su jeringuilla preparada y el medicamento listo para ser inoculado, era como quien ve entrar un ángel con alguna poción mágica para aliviar tu dolor. Son cosas que a pesar de los años transcurridos, puedo cerrar los ojos y replicar aquellas escenas matutinas como si se tratara de algo que ocurrió ayer por la mañana.
Otro tema que tuvo una gran significación para mi y para mis relaciones con la tía, se produjo cuando terminé de escribir mi primer libro en Canarias, al que titulé “Nuestros abuelos canarios”. Aquél libro, que había sido financiado por la Asociación de Defensa del Patrimonio Histórico de Canarias, constituía la materialización de un sueño que durante muchos años había tenido: dedicar tiempo de mi vida a la escritura. Aquél propósito lo pude hacer realidad cuando después de mi jubilación trasladé mi residencia a la Comunidad Autónoma de Canarias.
Editada la segunda impresión de la primera edición del mencionado título, en los viajes anuales que hacía a la mayor de las Antillas llevé un par de ejemplares para la familia y muy orgulloso le hice entrega de uno a la tía Argelia.
Recuerdo lo que sucedió y que en su momento escribí en una de nuestra redes, en la Plataforma Facebook: “Fue para mi una gran sorpresa cuando la tía me dijo: "está muy bueno y muy bien escrito, aunque sólo hablaste de una parte de la familia".
Quedé impactado "¿Cómo de solamente de una parte? -le respondí sorprendido- "Hablé de mis experiencias personales y de todo el que me acordaba, además de contar la Historia de San Antonio cómo lo había hecho conmigo el amigo Lauzán". "Si" -respondió ella- "pero no hablaste de la nuestra".
La verdad era que yo mismo desconocía que mi familia por parte de padre también procedía de las Islas Canarias, concretamente de Los Llanos de Aridane, en la Isla de La Palma.
Tomé la decisión de enmendar de inmediato el error por omisión y de esa misma decisión salió entonces la "Trilogía" Nuestros abuelos canarios (los tres tomos han sido editados varias veces y actualmente se encuentran agotados).
Para la investigación histórico documental pude contar con la ayuda de D Julián Rodríguez Barco (en la foto, en el patio de mi casa en la Calle Nodarse ó Ave. 35, el día que me suministró los datos de contacto de la parte no contada de mi familia).
Fue así que posteriormente pude escribir los tomos II (Un Curso paralelo) y III (Ariguanabo, Historia, música y poesía). La información sobre la parte paterna de la familia Domínguez, me la suministró en Canarias, la prima Amparo Rodríguez Pérez, nieta de una de mis desconocidas tías abuelas, hermanas del abuelo Félix Domínguez que, habiéndose casado en San Antonio de los Baños, se había trasladado para Santa Cruz de Tenerife.
Después que la tía se fue a vivir junto a Silvio, en cada ocasión que viajaba a La Habana pasaba saludarla; pero mi mayor recuerdo de ella y que en ocasiones revivo en días en que extraño el calor de la familia “original”, es la que a continuación comparto con los lectores.
Argelia Domínguez León y Silvio Rodríguez Domínguez: El colibrí