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En enero de 1953 le leía a mi compañera de trabajo, Odilia Romero, el poema de Riverón intitulado “José de los Cubanos”, dedicado al centenario de José Martí. Era en un despacho con aire acondicionado de la empresa de publicidad Crusellas y Compañía, representante en Cuba de la Colgate Palmolive Pet, la firma norteamericana de jabonería y perfumería. En aquel momento disfrutaba de un salario increíble: más de dos mil pesos mensuales. De más está decir que no conocía lo que era hacer una cola, que comía y bebía en los mejores restaurantes del país y que iba, anualmente, a Nueva York a ver en Broadway las mejores comedias musicales y los desafíos de beisbol de las grandes ligas. Cambiaba el carro cada dos años por un modelo más moderno, del último tipo. Y mis hijos estudiaban en los colegios más caros y exclusivos de La Habana. Tenía, además, un nombre ya consolidado como autor de teatro, de radio y de televisión, y colaboraba en las mejores publicaciones del país. Debía ser un hombre feliz. Y creía que lo era. Pero, de pronto, leyendo las décimas de Riverón, donde contaba las frustraciones de Cuba como nación y la necesidad de recurrir al Apóstol, se me quebró la voz, se me nublaron los ojos, y estallé en llanto.
¡Qué era lo que me faltaba para ser feliz? Porque, indudablemente, aquel llanto respondía a una honda sensación de angustia. Me faltaba, fue la respuesta que me di a mí mismo, la patria. Y la patria me la devolvieron, poco tiempo después, los muchachos de la Generación del Centenario. Empezó a disminuir el salario, no pude comprar un carro en muchos años, los restaurantes de lujo se me hicieron prácticamente inaccesibles y tuve que hacer cola para comprarme un par de zapatos de inferior calidad a los que compraba, por media docena de pares, en El Encanto. Mis hijos empezaron a estudiar en escuelas públicas. Dificultades que desconocía, o que había olvidado desde los días de mi infancia, se multiplicaban. Y, lo que es peor, sentí algunas veces sobre mis hombros la sospecha de los que me consideraban un valor del capitalismo, una especie de resignado a los cambios pero no muy confiable en cuanto a firmeza revolucionaria. Sentí todo eso, pero nunca más he vuelto a llorar, de frustración al menos, cuando leo a Martí o alguien me habla de Maceo.,
En mi vida personal y profesional creo que he seguido siendo el mismo, con una sola diferencia: ahora, cuando lloro, lloro de emoción patriótica. ¡Me siento tan orgulloso de tener patria!
¿Recuerdas, Odilia Romero?
EPÍSTOLA A JOSÉ MARTÍJosé de los Cubanos:tan empinado al cielo y tan en tierra,con tu mundo de sol junto a los ojosy tu jilguero asido de las letras.Escúchame la voz que te saluda,enséñame el dolor que más te duelay acércame cien años de palabrapara izar en un grito tu bandera.ayúdame, José,dáteme en sangre y sol para la siembra,tú eres más que el horario de los hombres,eres más que esta cosa que me llegadesde todas las cosas que me mirancon los ojos pintados de tristeza;vengo desde la sed que ya conoces,quiero saberte un rato la manera,porque estoy tan usado de doloresy las manos me sangran de cadenas.Escúchame, José de los cubanos,alguien quiere sentir que te despiertas.Porque eres necesario,salta desde la savia de tu grito,con tu entero clamor de hombre paradohablándole al asombro de los siglos,tú, que sabes bajarte por más alto,que desbordas el tiempo de ti mismo,enséñale a los hombres de tu sangrelo que a pesar de ti no han aprendido,enséñales, José,lo que es estar hasta las uñas limpio.Te he sentido crecer junto a los pobres,he bebido de ti donde estás vivo,te conozco sudando de talleresen un juntar de brazos oprimidos,allí donde se mojan las arrugasuntadas de tabaco y de martillo;porque tú estás donde la vida sufre,donde el dolor aprieta sus anillos,he tocado en las bocas que no tienenbuscándote a lo largo de mi gritoy te he visto llorar junto a los surcosmanchado por el por el polvo del camino;y en aquella inquietud desalojadahacia un gotear de llanto campesino,has caído a llenar una tonadaen una voz doliente de guajiro:“Soy corazón tropicalque una boca extraña muerde,miseria gris, junto a un verdegemir de cañaveral.Muelo azúcar, bebo sal,endulzo labios impíos,hasta de los brazos míosme siento desalojado¡Ay, que me duele al costadoel sueño trunco en Dos Ríos!”Escúchame, José de los cubanos,alguien quiere creer que estás dormido.Mira cómo ha crecido lo más tristedonde fuiste cuajado en alma y carne,mira lo que le han hecho al sueño libreque abanderó tu voz en todas partes;porque los que se dicen tus hermanoshan dejado a morir lo que sembraste,porque los que se dicen tus hermanoste han oído gritar y no te saben;hay un sabor de llanto en cada cosa,y un andar hacia todos desde nadie,y sonrisas pequeñas que mendigan,y cuerpos sin zapatos en la calle,y se quejan de harapos las aceras,y el sueño se lastima de portales,y hay un dolor mojado en las ojeras,y un pueblo que se acuesta con el hambreporque la noche vive todavíaa pesar de tu voz y de tu sangre.Acá, donde eres algo sin olvido,alguien quiere sentir que despertaste.José de los cubanos,tan empinado al cielo y tan en tierra,con tu mundo de sol junto a los ojosy tu jilguero asido de las letras.Hay caminos de sombra por delante,las manos de tu sangre van a tientas,hay hombres divididos que te llamany dolores humildes que te esperan;porque eres de los que aman y reúnen,rómpete en luz al fondo de la senda,salta desde la savia de tu gritocon aquello que es más que una osamentade cosas consumidas por el tiempo.Hay que golpear en algo como piedra.Escúchame, José,lo que amara tu amor a ti regresa,Cuba moja con lágrimas tu nombreallí donde te duermes con la tierra,José de los cubanos,Cuba quiere sentir que te despiertas.Hay que romper un sol sobre la noche.Hace falta tu voz, José: ¡Despierta!Francisco Riverón Hernández1953