Malva Rodríguez González
Ya que llevo un ratito escribiendo, estuve pensando en las diferentes formas en que las personas desarrollan ideas (yo incluida).
Para mí siempre existe un detonante que inspira todo lo demás. Puede ser un concierto, vivencia, así como una frase o cualquier conversación que tienes con tus amigos a las 3 de la mañana.
El otro día estaba desayunando tranquilamente, en mi casa, cuando escuché cierto revuelo en la cocina. Al asomarme, me encuentro a mi gatica jugando con una mariposa bruja. Al momento la ahuyento para comprobar el estado de la víctima y, al verla, el corazón se me encoge. Completamente viva, pero sus alas destrozadas.
En ese momento uno tiene dos opciones: la primera es recogerla y ponerla en un lugar donde la gata no la encuentre, congelada e inmóvil ante cualquier amenaza, incluida el paso del tiempo. La segunda es ponerle fin a su sufrimiento.
Aquí quiero aclarar que yo he sido criada en una casa en donde cada animalito se cuidaba y se rescataba, incluidos arañas, alacranes, ratones, etc. Todos los recogíamos con cuidado y los soltábamos.
Yo no quiero matar una mariposa, no soy indiferente a la hora de terminar su vida. Sin embargo, una cosa tengo clara: la primera opción solo me beneficiaba a mí; la de lavarme las manos, decir que no es mi problema. “Yo la rescaté; lo que le pase después no puedo controlarlo”. Quizás argumento suficiente para acallar el ruido y seguir con mi día como si nada, hasta que se me olvide.
Me tomó unos segundos decidir. La agarré delicadamente y la llevé afuera, la coloqué en el suelo, aguanté un momento la respiración y acto seguido lo hice, de un solo golpe, sin un segundo de duda.
Ahí quedó la mariposa fundida en el asfalto. Me quedé quieta un instante y volví a entrar, para encontrarme a mi gatica jugando despreocupadamente con los cordones de unos tenis. No era su culpa, ella solo quería jugar; no puede razonar lo que hizo ni lo que provocó. Qué maravillosamente simple sería la vida si pudiera pensar un poco menos.
Terminando de escribir esto, me viene a la cabeza otra anécdota de cuando tenía diez años. Jugaba en la playa con mi sobrino cuando nos encontramos un cangrejo. Hicimos una especie de piscina en la arena y, con mucho cuidado, lo teníamos ahí: era su castillo. De repente se nos acerca un hombre, muy amable, y nos dice que deberíamos tener cuidado porque nos podría picar. Acto seguido, agarra el cangrejo y una piedra. Sin darnos tiempo a decir nada, procede a arrancarle las pinzas a golpes y a devolvernos al pobre animalito, mutilado. “Ahora ya pueden jugar seguros”.
Diego y yo nos quedamos mudos, no sabíamos ni qué decir. Aún hoy pienso en aquel momento. Y en que si no hubiésemos encontrado al cangrejo no habría perdido sus pinzas.
Estos son pequeños momentos que voy almacenando en una especie de cofrecito. No pienso en ellos todo el tiempo, pero no los olvido.
Tampoco sentí rencor hacia el señor, aunque, verdaderamente, está mucho menos justificado que mi gatica, porque él sí tiene la capacidad de razonar. Para él, estaba ayudándonos y probablemente cuando pequeño nadie le enseñó que los animales, aunque no puedan hablar, también sienten.
Nunca entenderé la creencia de que si un ser no tiene nuestra misma capacidad de raciocinio, no merece respeto o empatía. Todos los animales (nosotros incluidos) merecemos tener una vida digna hasta nuestro inevitable deceso.
Originalmente, volviendo al tema de las ideas, pensé en escribir sobre la mariposa, y sobre cómo a veces lo más humano y bondadoso es hacer lo aparentemente más cruel. Actuar pragmáticamente o decir la verdad incómoda y afrontar la realidad.
Sin embargo, una a veces empieza a escribir, pensando en que va a llegar a una conclusión y, después de pasar por algunos lugares, termina en otro completamente inesperado. Ese azar me resulta fascinante.
https://oncubanews.com/opinion/mas-alla-de-un-piano/ayer-mate-una-mariposa/