viernes, 12 de octubre de 2012

La resurrección


Al V centenario del encuentro de culturas.

Con polvo del Arauco,
con piedra del azteca,
con sangre del esclavo
es la resurrección
que enciende mariposas
y las arroja al viento,
que da al volcán su toca
y al trueno su canción.
El sol ha sido izado
por sus primeros sueños,
que aúllan, despertando
por la convocación.

El polvo con el polvo,
la piedra con la piedra
se juntan como rostros
y surge la ciudad.
La antigua cordillera
dibuja el sortilegio
y el viento va, afilado,
cantando libertad.
Retornan los guerreros
al grito de la tierra.
De nuevo la leyenda
se hace realidad.

De polvo sin mentiras,
y piedras con entrañas,
sabiendo que la vida
es dura como es,
los muertos no equivocan
su cita con el alba:
los muertos tienen bocas
y corazón y pies.
Los muertos han llegado,
el tiempo los convoca.
Los muertos son estrellas
que no tienen revés.

(1988)

lunes, 8 de octubre de 2012

¿Un destino para el reggetón?


                                                   por Guillermo Rodríguez Rivera


Uno de los grandes de la escuela formalista, Víktor Shclovski, dijo una vez que en arte (y en literatura, claro), los hijos no son hijos de los padres sino de los tíos. ¿Cómo entender este acertijo del estudioso ruso?  Sin duda, hay un encadenamiento de una época artística a la que le sucede, pero Shclovski, quien enunciara los principios de la escuela formalista con su ensayo “El arte como procedimiento”, quería señalar que no eran los géneros que habían alcanzado su plena realización los que trazaban el camino del devenir del arte. Los que iban a realizarse en el porvenir, los que iban a entregar los frutos más nuevos y conseguidos eran aquellos que en sus inicios podían presentarse como géneros menores, no jerarquizados o incluso como subgéneros, portadores de una creación de segunda categoría.

Hay ejemplos muy precisos en la historia del arte.

William Shakespeare no confiaba su perdurabilidad en la admiración de los hombres a su admirable teatro. El teatro no era un arte demasiado respetado en tiempos de Shakespeare. Era, sí, un poderoso entretenimiento, quizá como lo fue en un momento el cine y lo es la televisión.  Shakespeare solo se preocupó de recoger y editar en vida unas pocas de sus obras. Las treintaitrés obras que constituyen el teatro de Shakespeare fueron dictadas, en su mayoría, por Heminge y Condell, dos actores de prodigiosa memoria que recordaban todos los textos en cuya representación habían intervenido. El teatro era sí, un medio de vida, porque el autor de Hamlet tuvo además la perspicacia de hacerse el propietario de El Globo, el teatro donde se representaban sus tragedias, dramas y comedias porque, como ocurre hoy, el empresario ganaba mucho más que el artista.

La fama, la gloria literaria, Shakespeare estaba convencido de que vendrían de sus hermosísimos sonetos.

En la España de la época, Cervantes aspiraba a ser el maestro de la escena teatral. Escribió, además, poesía lírica. No alcanzó la jerarquía que en ambos géneros tuvieron Lope de Vega y Luis de Góngora: su trascendencia radica en haber sido el escritor que estableció la importancia de un género carente hasta entonces de la que en la historia habían tenido el teatro y el poema: la novela, género mayor a partir de El Quijote, en especial de su segunda parte, pero que hasta entonces, había sido el género de la antigua novela bizantina y, en España, de las adocenadas novelas de caballería, entre las que una obra como Tirant lo Blanc o Palmerín de Aquitania resultan  auténticas excepciones. En el famoso pasaje del “escrutinio de la biblioteca” de Alonso Quijano, salta a la vista el aprecio que Cervantes sentía por estas novelas.

La otra variante popularizada del género novelesco era la llamada novela pastoril, de la que era ejemplo la Diana, de Jorge Montemayor. Pero estos eran realmente subgéneros de una literatura que se producía sistemáticamente para obtener ganancias para sus autores y difusores.

Ese es el material del que parte Cervantes para crear la novela moderna.

En el siglo XVIII francés, Voltaire confiaba en que serían sus tragedias las que perdurarían: hoy casi no se representan, mientras que su novelita Cándido, que su época consideró apenas un panfleto, es la obra suya que se publica una y otra vez.

Los filmes cómicos mudos eran profusión en los primeros años de nuestro siglo XX. Actores como Búster Keaton, Harold Lloyd, Harry Langdon, Stan Laurel y Oliver Hardy, son popularísimos todos ellos, bajo el impulso inicial de Mack Sennett y la Keystone, pero Charles Chaplin sobresalió por sobre todos.  

Chaplin tomó el elemental argumento de la comicidad del payaso y el mimo y lo dotó de una hondura humana y social que lo convirtió en otra cosa: del subgénero pasó a un género que no perdió su arraigo popular pero que podía tratar cualquier tema y fue además reverenciado por los más exigentes críticos.

Si uno va a los orígenes del son cubano y se encuentra con una de sus primeras manifestaciones, el llamado changüí guantanamero,  encontrará también una música rústica, elemental, tanto, que era un fruto silvestre donde los “músicos” —apenas puros aficionados—tocaban un tres, un cajón y un guayo metálico, prestado por alguna de las cocinas de los propios músicos. Las piezas que presentaban eran apenas un “montuno” sobre el que la voz solista improvisaba y dialogaba con el coro. Era música destinada exclusivamente al baile, aunque podía comentar de manera elemental las incidencias de la realidad, de la cotidianidad en la que actuaban los mismos músicos  y el propio público que bailaba con  la música que tocaban.

El reggetón urbano no se diferencia demasiado de aquella música del campo oriental de Cuba.

La incorporación del largo que introduce el montuno es una adecuación posterior, que ya va anunciando un son mucho más elaborado.  A partir de ese son primario trabajan los músicos que van a consagrar el género dándole otra dimensión: Miguel Matamoros e Ignacio Piñeiro.

Es innegable que el reggetón ha devenido en Cuba una suerte de folklore urbano, y ello no es únicamente un hecho en la cosmopolita Habana. El rap entró en el trabajo de nuestros músicos que suelen incorporar pasajes “rapeados” dentro de sones o guarachas, pero no ha tenido nunca la popular aceptación masiva que tiene el reggetón.

En un artículo sobre el tema, un colega señalaba la composición por Los Papines, de una pieza que fusiona el reggetón con la rumba que el grupo ha interpretado desde que existe, y esto se remonta a los años cincuenta, cuando vivía Ricardo, el mayor de los hermanos Abreu, que fundó un grupo que se llamó Papín y sus rumberos.

El reggetón se ha convertido en una suerte de folklore mediático, aupado por zonas marginales pero no exclusivamente por ellas, porque los estudiantes —en especial los adolescentes que cursan el nivel medio— lo tienen en su preferencia.

Se le reprocha la condición soez de algunas de las elementales letras que se cantan. La escatología ha estado vinculada al folklore: Alberto Muguercia, auténtica autoridad en el estudio del trabajo de Miguel Matamoros y su trío, me contaba —y ejemplificaba— de cuartetas obscenas que Miguel había modificado para hacerlas “digeribles” para su divulgación.

¿A dónde voy a parar? Pues a considerar que acaso el reggetón esté reclamando un músico —podría ser más de uno— que desarrolle su elemental rítmica, enriquezca su instrumentación, su poética, le cree nuevos formatos de interpretación y lo incorpore, con otra jerarquía, al rico ámbito de la música popular bailable de Cuba.

jueves, 4 de octubre de 2012

Venezuela: el peligro de no razonar el voto / ¿Por qué Chávez?


Venezuela: el peligro de no razonar el voto

Ángel Guerra Cabrera

En Venezuela se enfrentan en las elecciones de este 7 de octubre dos concepciones políticas y bloques de fuerzas diametralmente opuestos. Por un lado, el Gran Polo Patriótico, coalición de movimientos sociales vertebrados en torno a la relección del presidente Hugo Chávez Frías, postulado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Su postura es claramente antineoliberal, patriótica, antimperialista, favorable a la unidad e integración de América Latina y el Caribe y a un escenario mundial pluripolar donde se respete la soberanía de los pueblos y se preserve la paz. Contiene una fuerte corriente favorable al socialismo. Mientras mayor la victoria que conquiste el próximo domingo, más contribuirá a la consolidación de la revolución bolivariana en lo interno, así como del frente de gobiernos progresistas y revolucionarios y fuerzas populares de nuestra región.
En la acera de enfrente, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que agrupa a la mayoría de los partidos de oposición en torno a la candidatura del empresario golpista Henrique Capriles Radonsky, promovida por la oligarquía nativa y el imperialismo. Integrada por viejos y nuevos políticos nostálgicos de la Venezuela subordinada a Estados Unidos, racista, de gobiernos corruptos y represivos en extremo. La táctica de Capriles ha sido enmascarar en lo posible con un discurso pragmático y camaleónico su programa neoliberal de desmantelamiento de las misiones sociales y ruptura con la solidaridad latinocaribeña. Pese a que Lula da Silva dio su firme y fraterna adhesión a la candidatura de Chávez, no tiene escrúpulo en reiterar que el brasileño es su modelo.
Y es que a la par de los extraordinarios logros del chavismo en la reconquista de la independencia, la socialización de la renta petrolera y la integración de nuestra América, la conciencia política de izquierda se ha profundizado y radicalizado a tal grado en la sociedad venezolana, que a la MUD no le ha quedado más alternativa que correrse retóricamente hacia ese lado para preservar y ganar adeptos. Además, ha cargado contra la real o supuesta gestión ineficiente del Estado y aprovechado para sumar votantes el disgusto popular con casos notorios de corrupción o gestión insensible e ineficiente de cuadros locales o nacionales del PSUV o sus aliados. Son hechos que reditúan votos y no escapan en su complejidad a la aguda sensibilidad de Chávez que en su programa político argumenta la necesidad de “pulverizar” el Estado burgués actual para poder avanzar al socialismo.
Después de grandes derrotas la contrarrevolución ha logrado reconstituirse políticamente. Así lo expresa el avance electoral que ha conseguido de manera gradual en su cara de oposición política como se observa en los datos del Consejo Nacional Electoral. Su labor cala en los estereotipos culturales sembrados en las capas populares a lo largo de siglos y se aprovecha de la adicción consumista a que impele la nociva publicidad comercial hoy omnipresente o de las citadas deficiencias del gobierno. Además de sus inmensos recursos propios, es financiada generosamente por Washington y el capital trasnacional y apoyada por los medios de comunicación dominantes a escala planetaria, cuyo objeto preferido de demonización es Chávez.
Por supuesto, la victoria del líder bolivariano no está en duda. Pero como adelanté en mi artículo anterior, ganar no basta para consolidar lo logrado por la revolución bolivariana y continuar radicalizándola. Lo que se necesita es atestar las urnas de sufragios a favor de Chávez. No dejarse llevar por el triunfalismo al extremo de no concurrir a votar. Ni mucho menos ejercer el voto de castigo por problemas irresueltos de la vida cotidiana. En esta votación está en juego el destino de la revolución bolivariana pues una victoria por estrecho margen favorecería a la contrarrevolución y al imperialismo. Sabido es que lo suyo no es la democracia, que se proponen desconocer el resultado electoral, cantar un supuesto fraude y fomentar el caos y la desestabilización. El plan de Estados Unidos –que es lo mismo que decir la contrarrevolución local– para Venezuela es, con sus variantes, el mismo que ha aplicado en Libia y Siria y aplicaría en Argentina, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, por supuesto en Cuba, si pudiera. Lo que no le perdonan a estos países es ser independientes. Menos, si como Venezuela poseen un mar de petróleo.

Tomado de La Jornada: http://www.jornada.unam.mx/2012/10/04/opinion/027a1mun


¿Por qué Chávez?


Jean-Luc Mélenchon e Ignacio Ramonet*

Hugo Chávez es, sin duda, el jefe de Estado más difamado en el mundo. Al acercarse la elección presidencial del 7 de octubre, esas difamaciones se tornan cada vez más infames, tanto en Caracas como en Francia y en otros países. Atestiguan la desesperación de los adversarios de la revolución bolivariana ante la perspectiva (que las encuestas parecen confirmar) de una nueva victoria electoral de Chávez.
Un dirigente político debe ser valorado por sus actos, no por los rumores vehiculados en su contra. Los candidatos hacen promesas para ser elegidos: pocos son los que, una vez en el poder, las cumplen. Desde el principio, la promesa electoral de Chávez fue muy clara: trabajar en beneficio de los pobres, o sea –en aquel entonces–, la mayoría de los venezolanos. Y cumplió su palabra.
Por eso, este es el momento de recordar lo que está verdaderamente en juego en esta elección, ahora cuando el pueblo venezolano se alista para votar. Venezuela es un país muy rico, por los fabulosos tesoros de su subsuelo, en particular sus hidrocarburos. Pero casi todas esas riquezas estaban acaparadas por las elites políticas y las empresas trasnacionales. Hasta 1999, el pueblo sólo recibía migajas. Los gobiernos que se alternaban, democratacristianos o socialdemócratas, corruptos y sometidos a los mercados, privatizaban indiscriminadamente. Más de la mitad de los venezolanos vivía por debajo del umbral de pobreza (70.8 por ciento en 1996).
Chávez hizo que la voluntad política prevaleciera. Domesticó los mercados, detuvo la ofensiva neoliberal y posteriormente, mediante la implicación popular, hizo que el Estado se reapropiara los sectores estratégicos de la economía. Recuperó la soberanía nacional. Y con ella, ha procedido a la redistribución de la riqueza, en favor de los servicios públicos y de los olvidados.
Políticas sociales, inversión pública, nacionalizaciones, reforma agraria, casi pleno empleo, salario mínimo, imperativos ecológicos, acceso a la vivienda, derecho a la salud, a la educación, a la jubilación… Chávez también se dedicó a la construcción de un Estado moderno. Ha puesto en marcha una ambiciosa política del ordenamiento del territorio: carreteras, ferrocarriles, puertos, represas, gasoductos, oleoductos.
En materia de política exterior, apostó por la integración latinoamericana y privilegió los ejes sur-sur, al mismo tiempo que imponía a Estados Unidos una relación basada en el respecto mutuo… El impulso de Venezuela ha desencadenado una verdadera ola de revoluciones progresistas en América Latina, convirtiendo este continente en un ejemplar islote de resistencia de izquierdas alzado en contra de los estragos del neoliberalismo.
Tal huracán de cambios ha volteado las estructuras tradicionales del poder y acarreado la refundación de una sociedad que hasta entonces había sido jerárquica, vertical, elitesca. Esto sólo podía desencadenar el odio de las clases dominantes, convencidas de ser los legítimos dueños del país. Son estas clases burguesas las que, con sus amigos protectores de Washington, vienen financiando las grandes campañas de difamación contra Chávez. Hasta llegaron a organizar –en alianza con los grandes medios que les pertenecen– un golpe de Estado, el 11 de abril de 2002.
Estas campañas continúan hoy día y ciertos sectores políticos y mediáticos europeos se encargan de corearlas. Asumiendo –lamentablemente– la repetición como si fuera una demostración, los espíritus simples acaban creyendo que Hugo Chavez estaría encarnando “un régimen dictatorial en el que no hay libertad de expresión”.
Pero los hechos son tozudos. ¿Alguién ha visto un “régimen dictatorial” ensanchar los límites de la democracia en vez de restringirlos? ¿Y otorgar el derecho de voto a millones de personas hasta entonces excluidas? Las elecciones en Venezuela sólo ocurrían cada cuatro años, Chávez organiza más de una por año (14 en 13 años), en condiciones de legalidad democrática, reconocidas por la ONU, la Unión Europea, la OEA, el Centro Carter, etcétera.
Chávez demuestra que se puede construir el socialismo en libertad y democracia. Y convierte incluso ese carácter democrático en una condición para el proceso de transformación social. Chávez ha probado su respeto al veredicto del pueblo, renunciando a una reforma constitucional rechazada por los electores vía referéndum en 2007. No es casual que la Foundation for Democratic Advancement (FDA), de Canadá, en un estudio publicado en 2011, situara entonces a Venezuela en el primer lugar de los países que respetan la justicia electoral.
El gobierno de Hugo Chávez dedica 43.2 por ciento del presupuesto a las políticas sociales. Resultado: la tasa de mortalidad infantil ha sido dividida por dos. El analfabetismo, erradicado. El número de docentes, multiplicado por cinco (de 65 mil a 350 mil). El país presenta el mejor coeficiente de Gini (que mide la desigualdad) de América Latina. En su informe de enero de 2012, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, un organismo de la ONU) establece que Venezuela es el país suramericano que –junto con Ecuador–, entre 1996 y 2010, ha logrado la mayor reducción de la tasa de pobreza. Finalmente, el instituto estadunidense de sondeos Gallup ubica al país de Hugo Chávez como la sexta nación “más feliz del mundo”.
Lo más escandaloso, en la actual campaña de difamación, es pretender que la libertad de expresión esté constreñida en Venezuela. La verdad es que el sector privado, hostil a Chávez, controla allí ampliamente los medios de comunicación. Cada cual puede comprobarlo. De 111 canales de televisión, 61 son privados, 37 comunitarios y 13 públicos. Con la particularidad de que la parte de la audiencia de los canales públicos no pasa de 5.4 por ciento, mientras que la de los privados supera 61 por ciento... Mismo escenario para los medios radiales. Y 80 por ciento de la prensa escrita está en manos de la oposición, siendo los dos diarios más influyentes –El Universal y El Nacional–, adversos al gobierno.
Nada es perfecto, por supuesto, en la Venezuela bolivariana –¿dónde existe un régimen perfecto?–. Pero nada justifica esas campañas de mentiras y de odio. La nueva Venezuela es la punta de lanza de la ola democrática que, en América Latina, ha barrido con los regímenes oligárquicos de nueve países, apenas caído el Muro de Berlín, cuando algunos vaticinaban “el fin de la historia” y “el choque de las civilizaciones” como horizontes únicos para la humanidad. La Venezuela bolivariana es una fuente de inspiración de la que nos nutrimos, sin ceguera, sin inocencia. Con el orgullo, sin embargo, de estar del buen lado de la barricada y de reservar los golpes para el malévolo imperio de Estados Unidos, sus tan estrechamente protegidas vitrinas del Cercano Oriente y dondequiera reinen el dinero y los privilegios. ¿Por qué Chávez despierta tanto resentimiento en sus adversarios? Indudablemente porque, tal como lo hizo Bolívar, ha sabido emancipar a su pueblo de la resignación. Y abrirle el apetito por lo imposible.
* Respectivamente: copresidente del Partido de izquierda, diputado europeo; presidente de la asociación Mémoire des Luttes (Memoria de las Luchas), presidente honorífico de Attac
Tomado de La Jornada: http://www.jornada.unam.mx/2012/10/05/politica/024a2pol