Laidi Fernández de Juan
En medio de esta caótica situación que vivimos, donde la supervivencia prima, y la resiliencia, la inventiva y una resignada forma de aceptar lo inevitable predominan, poco a poco adquirimos propiedades que jamás imaginamos. Quienes nos cercan hasta el límite, nos imponen restricciones crudelísimas, y nos obligan a un permanente estado de vigilia que mina nuestro sistema nervioso central, o sea, todo nuestro cuerpo, no calcularon la naturaleza intrínseca del pueblo cubano: la empecinada fuerza de inventar, de salir a flote, de transformar mecanismos, cosas, hasta entonces incalculables. Esta categoría de resistencia no aparece en ningún manual. Es algo que hemos ido adquiriendo a lo largo de muchos años de carencias y sus consiguientes alternativas. No voy a comparar un período con otro, esta crisis con la anterior, ni cuánto hemos sacrificado, porque eso debilitaría el actual estado de inmediatez ante lo precario de nuestra existencia.
Si hace medio año nos parecía descomunal no disponer de servicios básicos durante 4 o 6 horas al día (el abasto de agua, la imprescindible electricidad, el gas para cocinar, la conexión telefónica digital o fija), ya hemos llegado al punto de disponer de dichos servicios por una escasa hora cada día, lo cual nos obliga a una animalización paulatina, a unas habilidades que jamás planeamos ni supusimos posibles. Esto no significa ni de lejos que nos complazca ni aceptemos las transformaciones con beneplácito, todo lo contrario. Los nervios de todos están crispados, a flor de piel, con una irritación tremebunda que explica que riñamos como bestias por un pedazo de pan, por el derecho vial o por un simple cubo de agua. Entre otras razones, porque nada es simple ni prescindible.
Todos necesitamos agua, alimentos, luz, gas, medicamentos al costo que sea, aunque ello implique la progresiva animalización a la que hago referencia. Ejemplos son muchos, me limitaré a unos pocos.
Aunque viole leyes de fisiología humana, ya hemos desarrollado cierta visión nocturna, como si fuéramos gatos o murciélagos. En penumbras desde hace seis meses, en la madrugada vemos siluetas de la mesa del comedor, identificamos el sillón de la sala y la mesita de noche sin que suframos caídas. El oído adquiere nuevas capacidades, también inimaginables antes de esta guerra que libramos día a día. Ya no nos asusta el revoloteo de alguna mariposa equivocada que no encuentra ventana por donde salir. Esas impresionantes tataguas o mariposas brujas que a veces se cuelan en nuestras casas, se pasean sin que les caigamos a escobazos, como antes. Ya no nos asustan ni creemos que vendrán malos augurios. Esos ya los tenemos. Los ratones mordisquean las esquinas de las habitaciones y los bordes de los rodapiés sin que les hagamos mucho caso. No solo porque estamos extenuados luego de librar batallas durante el día, sino porque en nuestra nueva escala de valores, sentir (oír o ver) roedores o seres voladores no reviste importancia. Los huevos de gallina explotan debido al intenso calor y a la falta de refrigeración. Doy fe del ruido que causan cuando revientan, pero ya sabemos que no es una bomba lo que ha explotado en la cocina, sino un huevo, y aunque es una fatalidad, no es el fin del mundo. Al menos del mundo que habitamos ahora mismo.
Como si fuéramos cocodrilos, sangramos muy poco, o nada. El otro día se desplomó una linterna pesadísima sobre una de mis cejas. En condiciones normales, hubiera brotado sangre del arco superciliar lastimado, pero ahora no. Como si el cuerpo, las plaquetas y la cascada fisiológica de la coagulación comprendieran que no hay hilos ni agujas de sutura, ni desinfectantes ni algodón ni gasa ni luz en el policlínico, la frente, las cejas y la cara toda se reprime, y ni un chichón deja constancia del traumatismo. Somos reptiles, gatos, murciélagos.
Como elefantes sabios, como delfines amables, como mariposas multicolores vamos aceptando un nuevo modo de vivir, que varía constantemente, además. Puede ocurrir que la bendita hora de electricidad nos llegue a mitad de la noche. En un estado de vigilia constante, ni chistamos. Cada miembro de la familia se lanza de la cama con velocidad de guepardo porque sabemos que en cuestión de minutos hay que cargar los pocos equipos que tenemos, los móviles, los ventiladores, además de lavar, de cocinar, de limpiar y si acaso planchar aunque sean las 3 de la madrugada. Parecemos curieles ansiosos haciendo todo a la vez, con frenesí. Luego, como koalas somnolientos pasamos el resto del día, para volver a adquirir la sensibilidad táctil de un topo cuando llegue la oscuridad (metafórica y real).
Estoy convencida de que nuestros opresores no calcularon que estas inusuales y antinaturales adaptaciones nos permitirían la sobrevida. Ya la inmensa mayoría de nosotros pertenecemos a los denominados “cubanos de a pie”, y vamos al mercado como si fuéramos miembros de un equipo de patos, de gansos o de hormigas, en fila silenciosa a procurar alimentos, arrastrando carritos con ruedas, o cajas de madera adaptadas para tales fines.
Por muy dura, difícil, engorrosa y asfixiante que sea nuestra corrosiva cotidianidad, por muy animalizados que estemos, y por muy lejana que sea la esperanza, no vamos a dejarnos derrotar. Porque nuestra convicción de pueblo imbatible, hablando en plata, nos conmina a saber que por muy oscuro que sea el panorama (y lo es, sin duda), el sol, cualquiera que sea, saldrá cada mañana de cada día. Aunque solo sea para decirle al delfín, al conejo, al gato o al cocodrilo que somos. “Buenos días, aquí estoy”
Agosto, 2026
5 comentarios:
Cuba reconecta su sistema eléctrico nacional tras 36 horas de un apagón generalizado
Afp
La Habana. Cuba logró reconectar este martes su sistema eléctrico nacional, 36 horas después de que un apagón generalizado dejó a toda la isla a oscuras la noche del pasado domingo, en medio de una profunda crisis energética y del bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos.
Este fue el sexto apagón generalizado en lo que va del año y el undécimo desde finales de 2024. Apenas 24 horas antes de este último corte total, un tercio del país, incluida la capital, se habían quedado a oscuras por un fallo en la red.
El proceso de restablecimiento se vio ralentizado este lunes a causa del mal tiempo. La estatal Unión Eléctrica de Cuba informó que a las 11:35 horas quedó "restablecido el Sistema Eléctrico Nacional", pero amplias zonas del país continúan en apagón por la baja disponibilidad de generación eléctrica.
En La Habana, solo 42 por ciento de la ciudad contaba con servicio eléctrico hasta el mediodía de este martes. La isla de 9.4 millones de habitantes sufre constantes cortes de electricidad de varias horas por día debido al estado obsoleto de sus plantas termoeléctricas. La situación se ha agravado desde enero con las restricciones al suministro petrolero por parte de Estados Unidos.
El bloqueo petrolero impuesto por Washington dificulta el suministro de combustible a estas plantas y a los generadores de respaldo, que suelen funcionar con diésel importado.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez, aseguró este martes en su cuenta en X que las desconexiones del sistema eléctrico "son consecuencias directas del genocida bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, en particular del cerco energético".
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/08/04/mundo/cuba-reconecta-su-sistema-electrico-nacional-tras-36-horas-de-un-apagon-generalizado
Castigar no siempre educa
Pablo Martínez*
Desde hace generaciones la disciplina ha ocupado un lugar central en la vida escolar, difícilmente alguien pondría en duda que toda comunidad educativa necesita normas para favorecer la convivencia, el respeto y el aprendizaje. Pienso que en este contexto es importante reflexionar en torno a la atención, el reporte, la suspensión o cualquier otra sanción que han sido considerados herramientas legítimas para corregir conductas y mantener el orden dentro de las aulas.
Desde el oficialismo se promueve con bombo y platillo el humanismo dentro de las aulas, quizás ha llegado el momento de volver a discutir la relación entre disciplina, castigo y aprendizaje; durante las últimas décadas, la educación ha transitado hacia modelos que privilegian la autonomía, el pensamiento crítico y la participación de las y los estudiantes; no obstante, algunas prácticas disciplinarias parecen responder todavía a concepciones centradas, principalmente, en la obediencia y la sanción.
Si hoy buscamos formar personas capaces de dialogar, tomar decisiones responsables y participar activamente en la vida democrática, vale la pena preguntarnos si la disciplina escolar debe limitarse al cumplimiento de normas o si también debería contribuir al desarrollo de esas capacidades.
Con frecuencia se asume que un o una estudiante con problemas de conducta necesita más castigos; es una idea profundamente arraigada en la cultura escolar y familiar, si incumple una regla, la sanción servirá para corregir el comportamiento. Sin embargo, diversas investigaciones recientes invitan a mirar este fenómeno con mayor detenimiento, los resultados muestran que las y los estudiantes que reciben más castigos también presentan mayores dificultades para aprender, mayores niveles de estrés y un mayor riesgo de reprobación.
Esto no significa que las normas deban desaparecer ni que toda sanción sea inadecuada; significa, simplemente, que el castigo por sí solo difícilmente resuelve las causas de aquello que pretende corregir. Quizá el problema radica en que, durante mucho tiempo confundimos disciplina con obediencia. Se consideró buen estudiante a quien permanecía en silencio, seguía instrucciones sin cuestionarlas y evitaba cometer faltas, ese modelo respondió a determinadas formas de entender la escuela y la autoridad, pero hoy convivimos con un discurso educativo que promueve algo distinto, estudiantes que analicen, argumenten, colaboren y participen activamente en la construcción de su aprendizaje.
Castigar no siempre ... (2 y fin)
Aquí aparece una tensión que merece ser discutida con detenimiento, la escuela aspira a formar personas capaces de analizar, dialogar y participar responsablemente en la vida social. Sin embargo, en algunos casos la respuesta predominante frente al incumplimiento de las normas continúa siendo el castigo, una práctica cuya contribución al aprendizaje merece seguir siendo objeto de reflexión. Tal vez la disciplina deba entenderse menos como un mecanismo para controlar conductas y más como un proceso formativo que permita a niñas, niños y adolescentes comprender el valor de la responsabilidad, el respeto y la convivencia.
Esto no implica renunciar a la autoridad docente ni eliminar las consecuencias cuando existen faltas graves, significa reconocer que educar va más allá de administrar sanciones; supone ayudar a comprender por qué existen las normas y cómo éstas hacen posible la vida en comunidad. Después de todo, la finalidad de la escuela no consiste únicamente en evitar que los estudiantes rompan las reglas, su misión es formar personas capaces de actuar con autonomía, asumir las consecuencias de sus decisiones y convivir con los demás desde el respeto.
Quizá esa sea la diferencia entre una disciplina que busca simplemente obediencia y otra que realmente contribuye al aprendizaje. Más que ofrecer respuestas definitivas, esta reflexión pretende abrir una conversación necesaria. Porque si la educación ha cambiado sus propósitos, también vale la pena preguntarnos si nuestras formas de entender la disciplina han cambiado al mismo ritmo.
*Profesor
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/08/04/opinion/castigar-no-siempre-educa
¿Hasta qué punto ayuda Trump a Bolsonaro?
Eliane Brum
Si Flávio Bolsonaro vence al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, en las elecciones brasileñas de octubre, el mapa de casi toda Sudamérica quedará bajo la tutela de Donald Trump. Hoy, la sombra de la extrema derecha engulle el espacio que rodea a Brasil, que alberga más del 60% de la mayor selva tropical del planeta. Si Lula pierde las elecciones, Trump habrá conseguido convertir gran parte de la región en una sucursal no de Estados Unidos, sino de sus intereses y lucros personales. Para ello contará con un grupo mayoritario de presidentes-vasallos que, con el fin de viabilizar los proyectos de extrema derecha, sacrifican los intereses de sus propios países. Brasil, por su tamaño, importancia y recursos es estratégico para la ambición de Trump. Y así, por primera vez desde la redemocratización, que tuvo lugar en la década de 1980, Brasil vive una campaña electoral —que comienza oficialmente el 16 de agosto— bajo la amenaza de injerencia de una potencia extranjera.
Los ataques de la segunda quincena de julio dejaron claras las intenciones de Trump, que tiene una alergia letal a cualquier sutileza. El día 15, Estados Unidos anunció un nuevo arancel del 25% en parte de las exportaciones brasileñas. El año pasado, Trump ya lanzó su primera bomba arancelaria con la justificación de que el expresidente Jair Bolsonaro, entonces procesado por intento de golpe de Estado, sería víctima de una “caza de brujas”. El gravamen del 50% acabó siendo derogado por la Suprema Corte estadounidense. El segundo ataque económico contra un país con el que Estados Unidos tiene superávit ha reavivado el recuerdo de que la ofensiva es meramente política.
Entre los motivos que justifican el segundo arancel, la Casa Blanca ha mencionado la deforestación de la Amazonia. Basta con ver qué productos brasileños han quedado exentos para constatar que a Trump no le preocupa en absoluto la protección de la selva: entre las mercancías libres de tasas están algunos de los principales villanos en la destrucción del bioma, como la carne de bovino, varios productos de madera y el mineral de hierro. No es de extrañar, por tanto, que un reciente sondeo del Instituto Datafolha mostrara que el 52% de los votantes brasileños cree que los aranceles que el gobierno de Donald Trump ha impuesto a Brasil tienen como objetivo ayudar a la campaña de Flávio Bolsonaro a la presidencia.
El 23 de julio, un portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos declaró que el país “tiene un interés histórico y global en la libertad de expresión y en la integridad de los procesos democráticos en todo el mundo, incluido Brasil”. Al día siguiente, el Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño les denegó el visado a dos colaboradores del secretario de Estado Marco Rubio, uno de los principales aliados de los Bolsonaro en la Casa Blanca. El mismo día, un reportaje del Washington Post denunció una estrategia del Gobierno de Trump para cuestionar la integridad y la fiabilidad del sistema electoral brasileño.
Por último, el pasado día 28, la Administración de Trump anunció la prórroga por un año más de la “emergencia nacional declarada”, lo que permitiría imponer sanciones contra Brasil. Entre los motivos, la acusación de “perseguir políticamente a un expresidente, a su familia y a sus seguidores”, en referencia a Jair Bolsonaro. También se mencionó la “encarcelación, por el Supremo Tribunal Federal de Brasil, de personas que ejercen la libertad de expresión y la censura de contenidos en internet”.
En medio de esta andanada de finales de julio, uno de los monos amaestrados de Trump, el argentino Javier Milei, hizo su numerito como estrella de la convención del Partido Liberal que consolidó la candidatura de Flávio Bolsonaro, al llamar “ladrón” a Lula y “basura calva” a Alexandre de Moraes, magistrado de la Corte Suprema, por haberle impedido visitar a Bolsonaro en la cárcel. A principios de agosto volvió a llamar “ladrón” y “corrupto” a Lula, esta vez en su propio país.
¿Hasta qué punto ...? (2 y fin)
Donald Trump no inventó la actual extrema derecha, ni en Brasil, ni en el resto de países de Sudamérica, ni siquiera en el resto del mundo. Son casos de uso recíproco en una estrategia global. Presentarse alegremente como el felpudo de Trump, vender sus países como una sucursal de Trumplandia para adherirse al matón con poder atómico, no tiene ningún coste moral para los candidatos o gobernantes cuyos proyectos de poder persiguen descaradamente el beneficio personal, familiar o de un grupo reducido. A pesar de usar los símbolos nacionales, como la bandera o la camiseta de la selección brasileña de fútbol (cuyo prestigio está en caída libre tras el fiasco del Mundial), y de presentarse como “patriotas”, el nacionalismo de esta extrema derecha es un bulo.
Es en este punto donde las elecciones de octubre en Brasil pueden revelar un nuevo giro en el momento político tan particular que vivimos. Lula, a pesar de ser un político de centro, es el mayor representante de la izquierda brasileña desde la redemocratización. Pero ante las amenazas de Trump ha apostado por el discurso de la soberanía nacional, históricamente uno de los estandartes de la derecha. Y la extrema derecha de los patriotas que venden la patria promete servilismo al matón que manda en la potencia extranjera. ¿Cómo reaccionarán los votantes no polarizados ante estas señales confusas?
Si Lula consigue movilizar el nacionalismo que aún respira en parte del electorado de hecho conservador, los próximos pasos de Trump, Marco Rubio y su pandilla para intervenir en las elecciones brasileñas podrían beneficiar más al actual presidente que a su vasallo Flávio Bolsonaro. En este momento de tanta incertidumbre, lo cierto es que las elecciones de Brasil son estratégicas para el futuro mucho más allá de Sudamérica. Si Brasil pasa a estar bajo la tutela de Trump a partir del año que viene, como ya ocurre con varios de sus vecinos, en un planeta donde el colapso climático se acelera, ninguna resistencia será suficiente y veremos la palabra “irreversible” radicalizarse a un nivel nunca visto.
https://elpais.com/opinion/2026-08-05/hasta-que-punto-ayuda-trump-a-bolsonaro.html
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