viernes, 10 de julio de 2026

La pudrición de Estados Unidos

 Pedro Miguel

Aparte de desintegrarse, lo peor que puede pasarle a la nación que se ostenta como máxima potencia planetaria es que el resto del mundo deje de tomar en serio a su gobierno. Pero lo que en la circunstancia actual ha llegado a un grado de farsa trágica y sangrienta viene gestándose de mucho tiempo atrás; el trumpismo no es la enfermedad de Estados Unidos, sino el síntoma de su avanzada descomposición. 

Es un proceso en el que las contradicciones internas de la república esclavista fundada hace dos siglos y medio parecen haber alcanzado un descontrol irreversible. Si Washington ha entrado en colisión con prácticamente todo el mundo es porque antes ha entrado en colisión consigo mismo. Lo malo es que sus grupos étnicos, culturales y lingüísticos, sus corrientes ideológicas, sus sectores económicos, sus instituciones y hasta sus intereses económicos caminan en sentidos divergentes o contrapuestos y lo peor es que no ha podido encontrar a alguien menos inepto para arbitrar entre ellos que esa encarnación de Ubú rey llamada Donald Trump (https://short-url.cc/1yR0h). 

Los zigzagueos, las incoherencias y las chambonadas de la política exterior estadunidense van mucho más allá de los cambios de humor del fanfarrón con delirios de grandeza que habita en la Casa Blanca; expresan las pugnas internas de una clase gobernante incapaz de gestionar y resolver los conflictos de su economía y de la sociedad a la que debiera representar. 

Véase, por ejemplo, el choque entre los xenófobos y racistas de MAGA que sueñan con restaurar la pureza del paraíso mítico de los WASP (blancos, anglosajones, protestantes) o, cuando menos, del Estados Unidos “europeo” (que ampliaba ese espacio idílico a irlandeses e italianos) y las empresas agrícolas, de la construcción y de los servicios que enfrentan una aguda escasez de mano de obra, debido a la infame persecución desatada por el gobierno en contra de latinoamericanos, medioorientales y africanos. 

O el daño que el petrolismo a ultranza del trumpismo causa a ramos empresariales como el de las energías renovables, incluida la electromovilidad, en la que el propio Elon Musk tiene una participación destacada. O los problemas que los amagos de guerra comercial con China acarrean a empresas cuyo negocio tradicional ha sido la importación masiva de chinerías, como Amazon, de Jeff Bezos. 

O el impacto de cinco mil millones de dólares causado en las finanzas de General Motors por las balandronadas arancelarias de Trump (https://shorturl.at/UKl9j). O la pifia monumental de despedir a 177 técnicos esenciales de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA, por sus siglas en inglés) que trabajaban en el mantenimiento del arsenal nuclear, en el marco de las políticas de “reducción del Estado” que Trump encomendó a su amigo Musk en los primeros meses de su segundo gobierno (https:// shorturl.at/iK69N) mientras, por otro lado, contrataba a 12 mil golpeadores y gatilleros para las filas del ICE (https://shorturl.at/ a6SMY). 

O la manera en la que los afanes extremos y paranoicos de instrumentalizar el supuesto “combate al narcotráfico” han evidenciado que el verdadero narcoestado no es Colombia, ni Venezuela, ni México, sino el propio Estados Unidos, que es en donde se ubican el mayor mercado de drogas del mundo, el principal centro de lavado de dinero, la más grande industria armamentista que nutre a los cárteles y el gobierno más corroído por la corrupción narca, en el que desde el Departamento de Justicia (https://shorturl.at/Y9jp7) hasta la Casa Blanca (https://shorturl.at/c2EXF) ofrecen (o venden) protección a capos destacados. 

Ya será tarea de los estadunidenses encontrar la forma de evitar que su país se caiga a pedazos. Pero para el resto del mundo (aliados, socios, adversarios, naciones neutrales) el problema es que la pudrición de Estados Unidos se traduce en una creciente debilidad que la Casa Blanca busca contrarrestar con atropellos violentos: genocidios (como los que Israel perpetra con la bendición de Washington en Gaza, Cisjordania y Líbano); ejecuciones extrajudiciales (como las de los infortunados tripulantes de lanchas atacadas con fuego letal por las fuerzas del Pentágono); actos de guerra tan criminales como los perpetrados contra Irán, que desembocaron en la peor derrota militar gringa desde Vietnam; el sádico afán de asfixiar y matar de hambre al pueblo cubano –instigado por Marco Rubio–, o las andanadas de injustificable violencia verbal, como las que han experimentado México, Brasil, España, Colombia y hasta el gobierno “amigo” de Giorgia Meloni. 

El problema no es sólo que Estados Unidos se esté pudriendo, sino que para el resto del mundo su pudrición se proyecta en forma de muerte, destrucción, violencia, inestabilidad y crisis económica. Y el desafío para los demás consiste en articularse de alguna manera para sobrellevar la avanzada desarticulación del que ha sido, por muchos años, el gran hegemón planetario.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/07/10/opinion/la-pudricion-de-estados-unidos

1 comentario:

silvio dijo...

Abuso inaceptable
Editorial de El País

La muerte de otro ciudadano mexicano durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) no puede tratarse como un incidente aislado ni despacharse con la promesa rutinaria de una investigación. Cada nuevo caso de brutalidad policial es una señal de alarma sobre la capacidad de la mayor potencia del planeta para traspasar todos los límites en nombre del control migratorio

La política de inmigración es un derecho soberano de cualquier país, y también lo es proteger sus fronteras y combatir a las redes criminales que se lucran con la desesperación de millones de personas. Pero ninguna de esas facultades autoriza a convertir a los migrantes en enemigos ni a normalizar el uso de una fuerza que, con demasiada frecuencia, es letal. La seguridad nunca puede construirse sobre la suspensión de los derechos humanos.

Desde hace años, y sobre todo en las dos Administraciones de Trump, la retórica estadounidense ha contribuido a instalar una peligrosa asociación entre inmigración latina, criminalidad y amenaza nacional. Ese discurso, amplificado por el presidente de EE UU y asumido por sectores cada vez más amplios, no solo contamina la conversación democrática. También acaba permeando la actuación de las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley. Cuando un agente percibe antes un peligro que una persona, el margen para el abuso se ensancha.

Los mexicanos conocen bien esa realidad. Constituyen la mayor comunidad migrante en Estados Unidos y son una parte esencial de su economía. Han contribuido durante décadas al crecimiento del país vecino mientras soportaban una creciente hostilidad política y social. Que seis de ellos hayan perdido la vida en actuaciones del ICE obliga a preguntarse si existe un problema estructural que trasciende la conducta de determinados agentes.

Durante tiempo, México respondió a estos episodios con la vía diplomática habitual: protestas consulares, solicitudes de información y llamados a esclarecer los hechos. Ese camino ha demostrado ser insuficiente cuando las respuestas son tardías o parciales, o simplemente no llegan. La decisión del Gobierno mexicano de acudir a los tribunales estadounidenses representa un cambio de estrategia que merece respaldo. No supone una confrontación entre Estados, sino el recurso a los mecanismos del Estado de derecho para exigir responsabilidades allí donde deben dirimirse: ante la justicia. Ese paso tiene además un valor simbólico. Durante años, Washington ha señalado las violaciones de derechos humanos, la violencia y la impunidad que aquejan a México. El escrutinio debe ser recíproco. También EE UU debe aceptar que sus instituciones sean examinadas cuando existen indicios de abusos graves contra personas bajo su jurisdicción.

La fortaleza de una democracia no se mide por la dureza con la que persigue a los más vulnerables, sino por su capacidad para someter a control a quienes ejercen el poder. La muerte de un migrante nunca debería ser el precio asumible de una política migratoria, sino el fracaso del compromiso con los derechos humanos que Estados Unidos dice defender.

https://elpais.com/opinion/2026-07-10/abuso-inaceptable.html