Frei Betto
En junio viajé a Cuba por tercera vez este año. Dos, al servicio de la FAO, para asesorar el Plan de Soberanía Alimentaria y Educación Nutricional del país. Debido al bloqueo impuesto por Trump, la isla del Caribe sufre una criminal asfixia energética, ya que depende del petróleo importado. Ningún país, ni siquiera China, se atreve a perforar el bloqueo por temor a sufrir represalias de los Estados Unidos. En marzo, Rusia hizo llegar un buque tanque con 740 mil barriles. Días después, el buque ruso fue obligado a desviarse a Brasil cuando cruzaba poraguas de Haití.
La población cubana vive en situación de guerra. Debido a los apagones frecuentes y prolongados, muchas familias cocinan con carbón o leña cortada en los patios. Son raros los vehículos que circulan por las calles y no hay transporte público. Los hospitales y otros centros vitales funcionan con paneles fotovoltaicos, insuficientes para satisfacer la enorme demanda.
Por falta de combustible para los camiones, la basurase acumula en las calles de las ciudades y, en La Habana, permanece en almacenes una gran cantidad de medicamentos destinados a las ciudades del interior.
En busca de salidas a la crisis, en la tercera semana de junio Cuba aprobó el paquete de reformas económicas más abarcador desde la victoria de la Revolución en 1959. Con 176 medidas agrupadas en 23 ejes, la iniciativa, apoyada por el expresidente Raúl Castro, tiene como objetivo enfrentar la crisis más severa del país desde el Período Especial (1990-1995). No obstante, al flexibilizar el modelo centralizado, el gobierno de Miguel Díaz Canel ha dado pie a un debate crucial: ¿Estas reformas perfeccionan el proyecto socialista o representan un retroceso?
La decisión de aplicar una “terapia de choque” caribeña fue impulsada por un escenario extremo: la profundización del bloqueo de los Estados Unidos, la interrupción del abastecimiento de combustible y la caída de las entradas provenientes del turismo. El fracaso de la reforma monetaria y la ineficiencia estatal generaron apagones de hasta 20 horas diarias y escasez generalizada. El gobierno admite que “la brecha entre las entradas y los precios es insostenible”, y la necesidad de cambios urgentes se hizo impostergable.
Las reformas promueven una descentralización radical: 1) Fin de los monopolios estatales: el comercio exterior y la producción ya no serán exclusividad del Estado, sino que abren a las importaciones y exportaciones directas. 2) Privatización y capital privado: las empresas estatales pueden convertirse en empresas privadas poracciones, y se autoriza el funcionamiento de bancos privados. El sector privado, que ya representa el 15% del PIB, verá ampliado su espacio, incluida la inversión inmobiliaria. 3) Inversión extranjera y de la diáspora: los inversionistas ya no tendrán que tener socios estatales, y los cubanos radicados en el exterior podrán invertir en el país. 4) Empresas mixtas: se legaliza la asociación entre el Estado y el sector privado en diversos sectores, de los cuales se excluyen la salud, la educación y la defensa. 5) Restructuración del Estado: el número de ministerios se reduce de 27 a 20 para aumentar la eficiencia.
Las medidas incluyen la municipalización de la economía: los municipios pasan a ser independentes delpoder central para implantar empresas, importar y exportar, y aprobar inversiones de cubanos residentes en el exterior.
La narrativa oficial, en voz del primer ministro Manuel Marrero, asegura que las transformaciones “no constituyen un desvío del proyecto socialista, sino que, por el contrario, responden a la lógica inherente a su desarrollo”. La lógica es pragmática: para salvar el socialismo es precios adoptar nuevos instrumentoseconómicos condicentes con la realidad actual.
En esa visión, la apertura es una herramienta para fortalecer el proyecto socialista y no para abandonarlo. El reconocimiento del mercado como un “instrumento para la asignación eficiente de recursos” se ve como una evolución, no una capitulación. Además, la promesa de protección social busca mitigar los efectos de las reformas sobre los más vulnerables y preservar el núcleo de justicia social del proyecto revolucionario. El presidente DíazCanel insiste en que “Cuba cambia para seguir siendo libre” y para “vivir mejor”, describiendo las reformas como un acto de soberanía.
Para algunos críticos, las medidas representan un alejamiento significativo de los principios socialistas. Ven la privatización de sectores clave, el permiso de establecimiento de bancos privados y el desarrollo inmobiliario privado como una introducción de relaciones capitalistas en el corazón del proyecto socialista. El economista cubano Daniel Torralbas las califica como “la reforma económica más profunda en 70 años”, lo que, para muchos, equivale a un cambio de sistema.
Existe el temor de que los cambios lleven a la concentración de la renta y al aumento de la desigualdad, algo que ya se observa con la dolarización parcial. Algunos analistas destacan que la vida solo mejora para quienes tienen acceso al dólar, lo que crea una división social que contradice el ideal igualitario socialista. Además, la historia de aperturas seguidas de retrocesos genera desconfianza.
El éxito o el fracaso de estas medidas en relación con el proyecto socialista dependerá de su implementación y de factores externos, como el fin de la asfixia energética de los Estados Unidos. El gobierno cubano apuesta por que la eficiencia económica generada por la apertura será capaz de financiar y preservar las conquistas sociales de la Revolución. Sin embargo, el peligro de que las fuerzas del mercado desvirtúen el carácter socialista igualitario del Estado es real.
En definitiva, Cuba adopta medidas osadas típicas del capitalismo para salvar el socialismo, siguiendo el ejemplo de China y Vietnam. Si se trata de un perfeccionamiento o de un retroceso dependerá del resultado práctico: si la mayor eficiencia económica se traduce en bienestar para la mayoría de la población sin sacrificar los pilares de la justicia social, o si abrirá una herida irreparable en el proyecto revolucionario iniciado en 1959. El tiempo y la capacidad del gobierno revolucionario para administrar esa transición dirán si estas reformas serán el inicio de un nuevo capítulo del socialismo cubano o el preanuncio de su ocaso.
Un factor es obvio; a pesar de las múltiples dificultades actuales, la resiliencia del pueblo es incontestable. Es como si los cubanos, que ya han enfrentado tantas amenazas del imperialismo y crisis a lo largo de 67 años de Revolución, ahora estuvieran seguros de que no serán derrotados. Como me dijo un amigo en La Habana: “No tenemos electricidad, pero nos sobra energia”
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Frei Batto es autor, entre otros libros, de la novela O vooda locomotiva (Rocco).
2 comentarios:
Contradicción norteamericana
Editorial de El País, 4 de julio 2026
La Declaración de Independencia de Estados Unidos, de la que hoy se cumplen 250 años, es un documento de una elocuencia demoledora y uno de los textos más influyentes de la humanidad. Comienza con un principio humanista revolucionario: “Consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que su creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Para vivir de acuerdo con estas ideas, establece: que el poder de los gobiernos se deriva del consentimiento de los gobernados; y que el pueblo tiene derecho a cambiar o abolir cualquier forma de gobierno que vaya contra estos principios. El 4 de julio de 1776, todos los que estamparon su firma debajo de este texto eran traidores y se enfrentaban a la horca.
Hoy, millones de personas viven en democracias inspiradas por estos principios y no aceptarían vivir de otra manera; y el resto aspira a ese mismo logro. Es justo reconocer el impacto histórico que tuvo poner las ideas de la Ilustración por escrito y convertirlas en acción política. Los últimos dos siglos de historia no se explican sin esa audacia.
Pero ninguna celebración del 4 de julio, y menos cuando esta se produce con Donald Trump como presidente y su movimiento de fanáticos arrollando las instituciones, puede ignorar que el sistema constitucional inventado entonces nació sobre contradicciones profundas no resueltas que hoy siguen sangrando. Los hombres que llenaron páginas sobre la libertad y la igualdad ignoraron la monstruosidad de la esclavitud, que tenían en sus propias casas. Ese pacto odioso es la gran herida sin cerrar que aún define casi todas las particularidades de Estados Unidos. Incluso después de la abolición, el racismo institucional ha tenido distintas formas y no es ajeno al despiadado espectáculo de persecución de inmigrantes que practica el actual Gobierno de EE UU.
EE UU nació renegando de las potencias europeas y de la guerra. Cuando rompió su aislacionismo fue para salvar a Europa de la autodestrucción, dos veces. Ya convertido en potencia mundial, ha ejercido un imperialismo atroz, pero al tiempo ha impulsado y sostenido el orden internacional que ha dado a Occidente un periodo de paz desconocido en la historia. Ese papel mundial contradictorio adopta hoy su peor versión: aislacionismo más belicismo. De Irán a Venezuela.
Igualmente, la fabulosa riqueza creada por su sistema de libertades conlleva un reverso de pobreza inconcebible en cualquier otra democracia. Y un sistema pensado para responder directamente ante el pueblo ha sido capturado en diversos momentos de la historia por grandes poderes económicos y por charlatanes para ponerlo a su servicio. La alianza del trumpismo con la oligarquía tecnológica es uno de esos momentos.
Contradicción… (2 y fin)
Los firmantes de la Declaración y de la posterior Constitución no se podían imaginar el país que acabaría siendo Estados Unidos. Sí se imaginaron, sin embargo, que en algún momento habría personajes como Donald Trump. Advirtieron contra los aspirantes a autócratas que intentarían despreciar las elecciones y aprovechar el cargo para enriquecerse, como ha hecho Trump con las criptomonedas. El sistema de equilibrio de poderes, la rigidez de sus procedimientos, están pensados para momentos como este. Y ahora mismo no está claro que ese sistema sea capaz de resistir intacto, porque las instituciones no están haciendo su papel para frenar el abuso de poder.
Trump no es un presidente más, porque no aspira a seguir los ideales de 1776, sino a demolerlos. Si la curva de la historia es larga pero va en la dirección de la justicia, como afirmó Martin Luther King, ni los más entusiastas pueden negar que las fuerzas autoritarias que han impulsado a Donald Trump han logrado frenar, corregir e incluso revertir esa trayectoria allí donde ha podido. El hombre que hoy presidirá las celebraciones por el aniversario de la Declaración es el mismo que lidera el asalto a los ideales que representa.
Estados Unidos es la democracia con la que se miden las democracias. Como exporta sus ideales, su cultura y su formidable potencia científica, exporta también sus aspectos más siniestros. Y hoy, en su 250 aniversario, el mensaje que transmite al mundo es que una minoría radical bien organizada, si la mayoría se lo permite, puede poner en cuestión incluso verdades que son evidentes por sí mismas.
https://elpais.com/opinion/2026-07-04/contradiccion-norteamericana.html
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