jueves, 25 de abril de 2019

Dos sabios del Ariguanabo

Texto: Giraldo Alayón García

Dibujos : Ángel Boligán

La villa de San Antonio de los Baños ha sido afortunada por la presencia, en sus predios, de personas ilustres en el campo de la cultura. En particular las ciencias se han visto favorecidas por toda una suerte de profesionales y aficionados de las más disímiles ramas. Además, se ha contado, casi desde la fundación de la villa, con la visita de los más ilustres viajeros: Humboldt, Bonpland, Arango y Parreño, Poey, Gundlach, Carlos de la Torre, Thomas Barbour, el Hermano León, etc. Muchos de sus hijos naturales y adoptivos brillaron por su sapiencia y dedicación a las ciencias: Noda, Pazos, Hernández, Cueto. Hoy quisiera escribir algunas apreciaciones sobre dos de sus hijos adoptivos, el primero y el último de la relación anterior.


Tranquilino Sandalio de Noda nació el 3 de septiembre de 1808 en una finca cercana a Puerto de la Güira en la antigua provincia de Pinar del Río (hoy ese lugar pertenece a la provincia de Artemisa). No muy lejos de la recién inaugurada (1794) villa de San Antonio de los Baños. Desde niño demostró un inusitado interés por aprender, fue su mamá quien le enseñó a leer y pronto buscaron un maestro-preceptor para que iniciara su aprendizaje, José María Dau, médico de profesión pero con una amplia cultura.

El Dr. Dau pronto comprendió la facilidad con que aprendía el niño y en pocos años, asimiló todo lo que aquel maestro podía enseñarle. A partir de ahí comienza su preparación autodidacta, pues Tranquilino nunca asistió a escuela alguna.


Noda es uno de los casos de versatilidad y maestría en disciplinas tan disímiles, que sin dudas pudiera ser reconocido como un verdadero enciclopedista; incursionó en la pintura, escultura, ebanistería, lingüística, arqueología, paleontología, espeleología, geografía, estadísticas, economía, agrimensura, periodismo, poesía, literatura, historia. Fue tal su sapiencia y excelencia en todos estos temas que nuestro apóstol José Martí lo llamó “el pasmoso Noda” en uno de los escritos que a él dedicó.

Lamentablemente, gran parte de la extensa obra de Tranquilino Sandalio se ha perdido o extraviado. Sus más recientes biógrafos Hernández, Ortega y Ramírez (2009) afirman que pudieron rastrear 200 títulos y que la Biblioteca Nacional de Cuba posee seis manuscritos, el Archivo Nacional 16 expedientes originales y la Colección José Augusto Escoto de la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard en Estados Unidos 16 legajos. Peor aún fue que algunos de sus trabajos lingüísticos parece ser que han sido plagiados.


En 1839 Noda se mudó a nuestra villa de San Antonio de los Baños, quizás buscando cercanía de la Capital o por el creciente desarrollo agrícola de esa región; el hecho es que a partir de esa fecha fijó su residencia principal acá, y aunque viajó por todo el país y siempre volvía a su terruño pinareño, sus principales acciones y escritos fueron ejecutados desde este lugar. Tal es así que, ya enfermo y casi inválido por el asma y la gota, fallece en esta villa un 27 de mayo de 1866.


Es sumamente difícil analizar la obra de este polígrafo, pero quisiera comentar dos aspectos de su amplia ejecutoria: sus aportes en la agricultura y digámoslo de esta forma en la “hidráulica”. 


Tranquilino se interesó mucho y escribió extensamente sobre el cultivo del café y del trigo; además, por el control integral de las plagas más notorias (como la Bibijagua, Atta insularis). Sus conceptos agrícolas apuntan a que fue uno de los precursores de la denominada Agricultura Ecológica o Sostenible (la palabra Ecología fue introducida en el vocabulario científico por el biólogo alemán Ernst Haeckel en su obra “Morfología general de los organismos” en 1869), ya que sus planteamientos y análisis buscaban aumentar la productividad y la eficiencia sobre la base de acciones naturales de compensación y equilibrio. El concepto de “sostenibilidad” (satisfacer las necesidades de la actual generación sin comprometer las de las generaciones futuras) fue esbozado, por primera vez, en el Informe Brundtland en 1987. Por lo que Noda fue un precursor de conceptos hoy vigentes y que se desarrollaron mucho después de su fallecimiento.


En los años 1844 y 1846 dos grandes huracanes azotaron las inmediaciones de San Antonio de los Baños provocando copiosas lluvias que propiciaron severas inundaciones en el poblado de Ceiba del Agua por la crecida del caudal de las aguas de la laguna del Ariguanabo. Tranquilino, ya residente por algunos años en la región, se interesó en conocer las causas de aquel fenómeno e inició un estudio del subsuelo, manantiales, río y laguna Ariguanabo, escribiendo el primer estudio que se conozca de la hoy denominada cuenca del Ariguanabo (“Un estudio sobre el subsuelo del Hato del Ariguanabo”) trabajo extraviado o perdido, cuya fecha de terminación es entre 1848-50.



César Ismael David Hugo Cueto Robaina nació en Arroyo Naranjo, Ciudad de La Habana, el 9 de abril de 1919*. Su padre (Ismael Cueto Rozas) era hijo del excéntrico millonario Indalecio Cueto Alonso, radicado en San Antonio de los Baños. Según Pérez (2006) y Delgado (2010), desde muy pequeño sus padres vinieron a San Antonio de los Baños e “Ismaelín”, (así le llamaban sus allegados), cursó los estudios primarios en una escuelita rural ubicada al NW de la villa y cercana a la Laguna Ariguanabo; su tía, Aurora Robaina, era la maestra de esa escuela. Aquel ambiente bucólico y próximo a cultivos y fincas influyó en su futura formación. Más tarde se trasladó al poblado y terminó sus estudios primarios en la Escuela Pública Nº 2. Al enfermarse su mamá, se muda a La Habana y cursa la enseñanza secundaria en el Colegio Hermanos Maristas. A los 18 años se presenta a exámenes para el ingreso en la carrera de ingeniería agronómica y obtiene, gracias a sus resultados, la matrícula gratis, estudios que culminan en 1941.

Siendo aún estudiante universitario comenzó a visitar la Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas, fundada en 1903 (en la actualidad es el Instituto de Investigaciones Fundamentales en la Agricultura Tropical “Alejandro de Humboldt”, INIFAT), interesándose por el mejoramiento de las plantas cultivables mediante combinaciones genéticas. Después de su graduación como ingeniero agrónomo, comienza a trabajar en esa institución y sus primeras investigaciones se relacionaron con la variedad de maíz Francisco, reconocido como “Francisco Mejorado”, y con el mejoramiento del tomate placero, que incluía el llamado tomate cimarrón.


Durante sus más de 50 años de investigaciones genéticas, Ismaelín realizó notables aportes y resultados significativos en muchos cultivos, variedades híbridas de tomate, maíz, frijol, calabaza, plátano, tabaco, arroz, sorgo de grano, sorgo de escoba, millo perla, soya, girasol y trigo. Entre 1947 y 1981 registró 18 patentes e invenciones, entre éstas el control fitosanitario de la plaga Moho Azul. Participó en congresos y eventos científicos como ponente, realizó actividades docentes, conferencias, y publicó en varias revistas de temas agrícolas.


El Ing. Rafael Martínez afirma en el libro: “Cien años de historia al servicio de la agricultura cubana (1904-2004)” que se refiere a las actividades del INIFAT: “El Ing. Cueto se encuentra entre las figuras más importantes de la institución desde su fundación. La etapa más productiva de su larga carrera de 55 años corresponde al período revolucionario”.

Ismaelín falleció , en su casa, el 7 de Diciembre del 2000, producto de complicaciones post-operatorias. 


Estas dos figuras de la ciencia y la investigación las he tratado juntas, en este artículo, por estar ligadas a dos serios problemas ambientales: el estado precario de nuestro Río Ariguanabo y las investigaciones agrícolas.


El Río Ariguanabo, es la expresión superficial de la llamada cuenca Ariguanabo, que hasta hace 25 años, aproximadamente, contaba, además, con la Laguna Ariguanabo hoy desaparecida por diversas causas. Esto ha traído como resultado la desaparición de un cuerpo de agua natural, refugio y fuente de alimentación para muchas especies de aves migratorias, más las consecuencias sociales de su propia desaparición, ya que fue un lugar de pesca, caza y recreación muy popular.

La otra cuestión ambiental es el debatido tema del uso de organismos transgénicos, con vistas a mejorar rendimientos agrícolas y pecuarios, con el riesgo de introducir sistemas genéticos alienígenas en los ambientes naturales, cuyas consecuencias no se conocen del todo. Cuando disponemos del acervo de este brillante genetista que, con métodos menos agresivos y más convencionales, logró resultados extraordinarios.

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*Este año es el centenario de Ismaelín Cueto
Textos citados:
Delgado, José Miguel. (2010). Taller de la UNHIC. Decimo aniversario del fallecimiento de Cesar Ismael Cueto Robaina.

Hernández, Pedro L.; Gerardo Ortega y Jorge E. Ramírez. (2009). Tranquilino Sandalio de Noda. El sabio vueltabajero. Editorial cient’ifico t’ecnica. 230 pp.

 Perez, Parmenia (2006). Un hombre excepcional.

viernes, 19 de abril de 2019

NOTAS SOBRE AMÉRICA En vísperas de los sesenta años de la Revolución Cubana

El sigiuiente ensayo aparecerá en el próximo número de la revista Casa de las Américas. Pero como dicho número está demoradísimo, y el ensayo aborda cuestiones de actualidad, me satisfaría que fuera difundido por cuantos medios sea posible.

Por Roberto Fernández Retamar

A Ambrosio y Jorge Fornet, a quienes tanto debe el destino de estas palabras
Los más elementales libros de lógica enseñan que en un silogismo, si la premisa mayor es falsa, la conclusión no puede sino serlo también. Pienso en ello a propósito de algún que otro texto reciente en el que la premisa mayor es el deplorable libro (primero fue un artículo)  del racista y reaccionario Samuel Huntington, quien, intentando robarles el trueno y aguar a autores como Oswald Spengler y Arnold Toynbee (y dando por sentado que los lectores superficiales a quienes se dirigía los ignoraban), se apareció con el presunto choque de civilizaciones, que no es más que el intento de cohonestar con lenguaje universitario (como corresponde a lo que  Pierre Bourdieu llamara «la nueva Vulgata planetaria») las  guerras coloniales en que Occidente, y en particular su país,  llevan tiempo entregados. No es otra la razón por la cual centenares de miles de emigrantes asiáticos y africanos arriesgan morir (y mueren masivamente) en el Mediterráneo, con el fin de abandonar sus países de origen, devastados por los horrores que las naciones metropolitanas, y muy en especial los Estados Unidos, han implicado y continúan implicando allí.  Similar es el caso de cuantiosos latinoamericanos y caribeños en sus patéticos esfuerzos por ingresar en los Estados Unidos, huyendo de la miseria y los crímenes que en sus países provoca el imperialismo estadunidense, que hace un tiempo los lacayos de siempre daban por inexistente, y en consecuencia no empleaban el vocablo, lo que mucho disgustaba a antimperialistas cabales como Harry  Magdoff, y nunca fue aceptado por alguien tan independiente como Edward W. Said, quien tituló su notable libro de 1993 Culture and Imperialism.No es extrañoque Said haya impugnado, con erudición e ironía, la tesis de Huntington, en «The Clash of Ignorance» (The Nation, 4 de octubre de 2001), que pude leer gracias a Fernando Luis Rojas.
 El libro de Huntington había sido antecedido por el historicida (también fue primero un artículo) de Francis Fukuyama (ya impugnado avant la lettre, como dije hace años, por  Althusser, al limitarse aquel a repetir tesis de Kojève), cuya obvia finalidad era asegurar, con la burrada del fin de la historia, y por tanto del fin de la lucha de clases, el triunfo definitivo del capitalismo depredador (especialmente, claro, el de los Estados Unidos).
La América que fue colonia española nunca constituyó una unidad, y en cambio iba a ser más fragmentada: así ocurrió, por ejemplo, en el Río de La Plata y Centroamérica. A pesar de esfuerzos como los de Simón Bolívar, debido a razones muy concretas, espaciales y otras, no llegó a convertirse en una sola entidad, lo que a fines del siglo XVIII sí lograron  las pequeñas y poco pobladas Trece Colonias del Norte. A propósito de ello, según información que debo a María Luisa Laviana, el agudo Conde de Aranda (Pedro Abarca), Embajador de España en Francia, hizo llegar en 1783 al rey Carlos III su Memoria secreta sobre América, donde planteó que la República que eran los Estados Unidos había «nacido pigmea», requirió la ayuda de Francia y España para obtener su independencia, pero, añadió, «mañana será un gigante» y «después un coloso irresistible en aquellas regiones». Aproximadamente un siglo después, corroborando tales palabras visionarias, José Martí llamaría a aquella República, ya abultada por compras y robos, «cesárea e invasora».

Sobre la guerra que llevó al nacimiento de los Estados Unidos es necesario añadir algo. Durante mucho tiempo se dijo (yo también lo dije) que tal guerra para separarse de Inglaterra fue una noble hazaña, ejemplo para toda la humanidad. Pero recientes historiadores estadunidenses (encarnaciones de la valiosa y valiente intelectualidad de lo mejor de su país), así como el infaltable Noam Chomsky, han conjeturado que la causa de tal separación fue garantizar que los amos norteamericanos conservaran sus esclavos (a lo que no hace mucho se refirió nadie menos que Trump al pedir, para defender a supremacistas blancos, que se recordara que Wáshington y Jefferson tenían esclavos), pues en la Inglaterra de la época crecían vigorosamente  proyectos abolicionistas que de triunfar dañarían obviamente los  intereses de los colonos norteamericanos blancos. De hecho, el inicio de la famosa Declaración de independencia (1776),en la que se proclamó enfáticamente que todos los hombres «han sido creados iguales», etcétera, fue contradicho desde el primer momento. A los aborígenes, que ya estaban allí cuando llegaron los europeos, se los exterminó como a alimañas, según habían venido haciendo sus antepasados desde que desembarcaron del Mayflower,y lo que combatió con energía y coraje Helen Hunt Jackson en su libro de 1881 Un siglo de infamia, cuyo subtítulo es Un boceto de los tratos del gobierno de los Estados Unidos con algunas tribus indias,libro muy estimado por Martí, pero del que supongo que nadie se acuerda hoy en los Estados Unidos, aunque me gustaría no tener razón en este punto, así como en otros.
Y a los descendientes de africanos se los mantuvo en el país como esclavos durante casi un siglo, hasta que tras la revolución industrial, que requirió nuevos esclavos que serían los obreros y no esclavos de tipo tradicional, «el leñador de ojos piadosos», como  Martí llamó a Lincoln, decretó, en medio de una intensa Guerra Civil, el fin de la esclavitud de los negros. En cuanto a Lincoln, aunque no ignoro que es discutido, me gusta evocar que llevó su nombre la  inolvidable Brigada estadunidense que combatió con las armas, precozmente, al nazifascismo en defensa de la agredida República Española, traicionada por los países  occidentales «democráticos» de la época, que con excusa de neutralidad se negaron a venderle armas o a auxiliarla en cualquier forma. Ernest Hemingway escribiría, para una revista de izquierda estadunidense, el conmovedor epitafio de aquella Brigada, que traduje al español. Tampoco puedo dejar de recordar que, en acuerdo con la conducta hacia la República Española de aquellos países occidentales «democráticos», los Estados Unidos, en la llamada Segunda Guerra Mundial (es decir, el segundo período de la Gran Guerra), dejaron intocado el régimen de Franco, hermano gemelo de Hitler y Mussolini gracias a quienes ganó la guerra «civil», y en consecuencia tan hostil al comunismo como aquellos (Franco envió la Legión Azul española a combatir junto a los nazis contra la Unión Soviética), y como iban a serlo los propios Estados Unidos, de lo que el macartismo resultó ejemplo mayor, pero no único. No fue el macartismo el que acuñó la expresión «Imperio del mal» para referirse al país que, no obstante sus aspectos negativos, fue el que en medida incomparablemente mayor contribuyó a vencer al nazismo al precio de la muerte de muchos millones de sus hijos e hijas, en contra de lo que está de moda decir, sobre todo en los Estados Unidos. Añado que desde mi niñez (debido a que mis padres fueron fervientes partidarios de los que eran llamados entonces «los leales», como luego lo serían del Partido Ortodoxo al que perteneció Fidel y del Movimiento 26 de Julio) la causa de la República Española me ha sido muy importante, al punto de que en 1949, a mis diecinueve años, por contribuir a boicotear una farsa de poetas españoles franquistas, fui encarcelado junto con otros compañeros, y yo solía proclamar con orgullo que era de los últimos presos en América por defender la República Española, como lo habían hecho entre 1936 y 1939 más de un millar de cubanos y cubanas que fueron a combatir en España, no pocos de los cuales dejaron allí sus huesos.
Volviendo a lo anterior,  la condición de los negros sigue siendo deplorable en los Estados Unidos, como tuve el bochorno de contemplar, sobre todo en el Sur, cuando siendo adolescente los visité por primera vez (el macartismo me impidió regresar a ellos durante casi diez años), y como hoy mismo son víctimas preferidas de la policía, y proporcionalmente el mayor conjunto humano de prisioneros en ese país, campeón mundial de las prisiones que a menudo son empresas privadas. Por eso no me extrañó el libro Hitler’s American Model. The United States and the Making of Nazi Race Law (Princeton Universty Press, 2017), de James Q. Whitman, nuevo ejemplo, por cierto, de lo mejor de la intelectualidad del país. Y a propósito de esto último, no puedo sino recordar con admiración y respeto a quienes, como Emerson y Thoreau, se opusieron a la agresión a México; William Dean Howells, William James, Charles Eliot Norton. Ambrose Bierce y otros objetaron la intervención en Cuba en 1898; y los que han defendido y explicado la Revolución Cubana, de C. Wright Mills y  Leo Huberman y Paul Sweezy en 1960 hasta nuestros días.
Establecimiento de centenares de bases militares en el mundo entero, invención de hechos falsos que justificarían agresiones, invasiones de todo tipo, autorizadas y sobre todo no autorizadas por la Onu, destrucción de países como Yugoslavia, Iraq y Libia (se recuerdan todavía las carcajadas ante las cámaras de televisión con que Hillary Clinton, no Trump, saludó el asesinato del líder libio Gadafi, y su expresión robada de Julio César: «Llegamos, vencimos y matamos»), asesinatos a mansalva de la CIA (preferentemente de líderes populares: en el caso de Fidel trataron de hacerlo más de seiscientas veces) y con aviones no tripulados, golpes de Estado duros y blandos, cárceles para torturar (como ocurre en la base naval de Guantánamo ilegalmente impuesta en mi país, y en muchos otros países) y numerosas lindezas similares hacen de los actuales Estados Unidos, sin comparación posible, el país más mortífero del planeta. 
Para que en nuestro Continente tuviera lugar una verdadera revolución social, como no ocurrió nunca en los Estados Unidos (pues si su guerra de independencia fue una revolución política,  se está tentado de llamarla una contrarrevolución social), hubo que esperar a la guerra de lo que fue el Saint Domingue francés, al cual los independentistas del país donde a finales del siglo xviii, por primera vez en la historia, fue abolida la esclavitud de los negros (quienes, por cierto, vencieron a tropas napoleónicas antes que en España y Rusia, lo que no se suele decir) llamaron a raíz de su triunfo, el primero de enero (fecha que iba a sernos familiar) de 1804, Haití, nombre indígena original. Dicho país, castigado de modo implacable por Occidente (en especial por la Francia napoleónica y posnapolénica, pero también por los Estados Unidos, a los que Napoleón les puso esa condición para venderles la Luisiana), le han hecho pagar un precio monstruoso, que ha convertido al pequeño gran país pionero en el más pobre del Continente y uno de los más pobres del mundo.
Recordemos un par de criterios emitidos en el siglo xixsobre la nación nacida de las Trece Colonias por figuras esenciales de nuestra historia. En 1829 Simón Bolívar escribió que «los Estados Unidos […] parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad». (Retengamos esta última palabra.) Y a finales de ese siglo, Martí, quien radiografió al país como no hizo ni hubiera podido hacer Tocqueville, llamó «imperialistas» a quienes empezaban a serlo. Y, a propósito: todo hace pensar que el cubano fue el primer antimperialista de la historia, lo que sin duda es una de las razones por las cuales, de Fidel en adelante, se lo ha considerado autor intelectual de la Revolución Cubana.
En cuanto a acontecimientos estadunidenses del siglo xix, el ilustre  Jefferson, autor de la famosa (y falaz) Declaración, proyectó para su país y alguno de los nuestros, en 1809, lo que llamó con el oxímoron «un imperio para la libertad» (he ahí el destino de la palabra); la Doctrina Monroe, de 1823, fue reivindicada por el actual gobierno del país explicablemente: «América para los [norte]americanos» y «Hacer a América [los Estados Unidos] grande de nuevo» son consignas emparentadas; según denominación aportada por el oscuro John Louis O’Sullivan en 1845,  el país iba a regirse desde entonces hasta hoy por la política del Destino Manifiesto(algunos mexicanos, ay, han considerado a Whitman poeta del Destino Manifiesto, porque aprobó la agresión contra México y, añado, más tarde escribió que Cuba debía pertenecer a los Estados Unidos, mientras la agresión contra México, nuevamente ay, fue aprobada también por Marx y Engels); entre 1846 y 1848 ocurrió el robo a mano armada de la mitad de México (ya los Estados Unidos habían engullido  Texas en 1837), y en 1898, azuzados por la naciente prensa amarillade William R. Hearst y Joseph Pulitzer (este último ha dado nombre en los Estados Unidos a un destacado premio que de milagro no se llama como el auténtico ciudadano Kane),la intromisión en la que era guerra por la independencia de Cuba para birlarnos (con la excusa de la explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana: «el incidente del Golfo de Tonkín» de la época) tal independencia, por la que habíamos peleado durante  treinta años, y convertir al país  primero en territorio ocupado militarmente, y a partir de 1902 en su primera neocolonia hasta 1959. (Volveré sobre este punto.)
Ya en el siglo xx, los Estados Unidos consideraron (y siguen considerando) al Caribe su mare nostrum,y lo hicieron víctima de la que con razón ha sido llamada Política del Garrote y las Cañoneras. Al principio de ese siglo, desgajándolo de Colombia para viabilizar su futura construcción del canal, se apoderaron de Panamá («I took Panama!» exclamó cínicamente Teddy Roosevelt), y poco después invadieron México, la República Dominicana (donde depusieron al presidente legal, que era el padre de Pedro Henríquez Ureña, lo que este no olvidó nunca y lo hizo hombre de izquierda), Haití, Nicaragua (en la cual encontraron la heroica resistencia de Sandino, defendido no solo por políticos de izquierda, sino por humanistas del calibre de Gabriela Mistral: Sandino, como se sabe, fue asesinado por el primer Somoza, a quien Franklin Delano Roosevelt reconocería como «hijo de puta», pero añadiendo que era «nuestrohijo de puta», y tras cuya ejecución, deplorándola, Ike Eisenhower llamaría gran amigo de la democracia y en particular de los Estados Unidos), Guatemala (donde una invasión urdida por la CIA, con el acicate de los hermanos Dulles, depondría al gobierno constitucional de Arbenz, cuyo pecado fue proponerse una modesta reforma agraria), Cuba de nuevo (a la que intentaron aplicarle la fórmula guatemalteca que había vivido en carne propia el joven médico argentino Ernesto Guevara, todavía no llamado Che,  pero en la nueva ocasión fueron inolvidablemente vencidos en lo que los contrarrevolucionarios y sus amos llaman de Bahía de Cochinos, nombre de una derrota, y el pueblo cubano llama de Playa Girón, nombre de la victoria), otra vez la República Dominicana, a fin de impedir que regresara al gobierno para el cual había sido electo el valioso intelectual Juan Bosch: sin duda esa experiencia lo radicalizó, y lo llevó a escribir su espléndido libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial (1970), de lectura imprescindible para entender, entre otras muchas cosas, desde la Revolución Haitiana hasta su heredera la Revolución Cubana.
Desbordando el Caribe, en la década de los setenta del siglo pasado, cuando ocurrieron en nuestra América tantas cosas horribles, una de las peores, o la peor sin más, fue el sangriento derrocamiento del gobierno chileno de la Unidad Popular encabezado por el gran compañero Salvador Allende, quien, como el guatemalteco Arbenz y el dominicano Bosch, había accedido al poder tras elecciones convencionales. Debido a su audaz meta de arribar al socialismo por vías inéditas, lo que era salvajemente atacado por una prensa cavernaria que tuve el disgusto de leer en el país. y que hoy, desde luego, campea por sus respetos, Allende fue llevado a la muerte en nuestro 11 de septiembre, de 1973. Aún no se ha aclarado el papel de los gobiernos de los Estados Unidos y la Arabia Saudita de entonces en el crimen, otro11 de septiembre, de 2001, de las Torres Gemelas en Nueva York, que sirvió de excusa para terribles agresiones ya programadas, y tal vez no se aclare nunca, como el asesinato de Kennedy, en relación con el cual todo hace pensar que estuvieron involucrados elementos del establishment  junto a la mafia y la contrarrevolución anticubana. El espanto chileno fue llevado a cabo siguiendo orientaciones de Richard Nixon (volveré a mencionarlo) y Henry Kissinger (el guerrerista que, para escarnio de quienes se lo otorgaron, recibió el Premio Nobel de la Paz) por la deletérea CIA, con la colaboración de la derecha y militares locales fascistas. Después de lo cual el país fue entregado a los Chicago boys, quienes implantaron allí, sobre incontables asesinatos, torturados y encarcelados, el primer proyecto neoliberal del área, que hay quienes siguen presentando como modelo exitoso. No insistiré, por razones obvias, en las espantosas dictaduras militares del cono Sur americano,  como tampoco en el no menos espantoso Plan Cóndor, unas y otro auspiciados por el Imperio.
Las fechorías de los Estados Unidos prosiguieron, y algunas eran, además de asesinas, ridículas, como la invasión con bombos y platillos a la minúscula Granada. Una realidad particularmente grave fue la de Nicaragua, cuya experiencia seguí de cerca (llegué al país por primera vez a menos de un mes de la victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional, y volví a visitarlo incontables veces). Su revolución estaba lejos de ser socialista. Pero ni eso, ni la existencia en el país de partidos y medios de oposición, ni la presencia en cargos importantes del gobierno de socialdemócratas tibios y mil hechos más evitaron que el Imperio hostigara a  la revolución que nació tras la derrota militar de otro Somoza, hijo del anterior y también hijo predilecto de Wáshington. Los Estados Unidos le declararon al país una violenta guerra sucia. Para llevarla a cabo, además de hostigarlo y calumniarlo sin cesar, hicieron de la vecina Honduras una base de operaciones para contrarrevolucionarios  (era corriente la expresión «la Contra»), se valieron de fondos procedentes de maniobras delincuenciales como el escándalo Irán-Contra, minaron el puerto de Corinto, y cuando Nicaragua llevó al Tribunal Internacional de La Haya este asunto y ganó su reclamación, el gobierno estadunidense no hizo el menor caso a la decisión de aquel Tribunal. Además quisieron amedrentar al pueblo nicaragüense sobrevolándolo con aviones que hacían un ruido infernal y escuché más de una vez. Pero hay que aceptar que el gobierno sandinista cometió dos errores graves (desoyendo opiniones, que llegué a conocer, de dirigentes de otros países que simpatizaban en lo hondo con el Frente): envió a pelear a muchachos que cumplían el servicio militar obligatorio, no pocos de los cuales se contaron entre los millares de muertos en combate, lo que distanció a sus familiares; y organizó unas elecciones que no podía sino perder: el pueblo nicaragüense no votó en esas elecciones contra el Frente, votó por la paz y el respiro económico que solo podían garantizar los agresores Estados Unidos, triunfantes verdaderos en la contienda.
Al pasar debo mencionar otra invasión estadunidense al área: esta vez a Panamá, con la excusa de encarcelar al presidente de turno, que al parecer había colaborado con la CIA, a cuyo frente estuvo quien a la sazón presidía al país invasor, Bush el viejo. Todavía no se conoce el número de los millares de panameños asesinados durante la nueva agresión, en ejercicio de una sarcástica concepción de los derechos humanos.
Naturalmente, se está más familiarizado con lo ocurrido en la América Latina y el Caribe durante este siglo. A la radicalización del extraordinario Hugo Chávez en Venezuela siguió el establecimiento en otros países latinoamericanos de gobiernos antineoliberales muy esperanzadores, y la creación de organismos supranacionales de notable valor, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (Alba-Tcp) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Pero en los años inmediatos varios de aquellos gobiernos fueron suplantados, de diversas maneras, por otros anuentes al Imperio que son bien conocidos. A su frente se hallan ejemplos de los que Martí, con su verbo pintoresco, llamara hombres tallados en una rodilla, mientras ¿judicialmente? se encarcela o persigue a exgobernantes antineoliberales, así sean tan inocentes y populares como el gran dirigente brasileño Lula. Una institución en particular lamentable es la Organización de Estados Americanos (Oea), cuya sede está naturalmente en Wáshington, no se sabe quién la llamó por primera vez, con acierto, ministerio de colonias yanquis, y  surgió en la estela de las dos conferencias panamericanas celebradas en Wáshington a finales del siglo xix, cuando alboreó el imperialismo estadunidense y Martí las combatió y analizó minuciosa y memorablemente. La tal Oea, que no ha dicho una palabra sobre ninguna de las frecuentes invasiones estadunidenses a países de nuestra América, expulsó a la Cuba revolucionaria de su lenocinio, y está ahora sirviendo al amo yanqui en propósitos como el derrocamiento del gobierno legítimo de Venezuela, para lo cual el Imperio está buscando afanosa y vanamente un Pinochet venezolano, y no ha descartado la agresión militar directa. En el momento en que escribo, se ha dado a conocer que el secretario general de la Oea, el genuflexo uruguayo Luis Almagro, acaba de ser expulsado unánimemente del Frente Amplio, el cual gobierna en su país. Una buena noticia.
 Voy a detenerme un momento, como anuncié, en el caso de la Cuba de 1959 en adelante. El primero de enero de ese año ocurrieron aquí dos cosas: el inicio de una profunda transformación política, social y económica a la que se llama Revolución Cubana, la cual asumiría carácter socialista y está a punto de cumplir sesenta años de compleja vida polémica, heroica y creadora, y la obtención de nuestra independencia, la cual, por insuficiente que fuera, había sido conquistada ya por la gran mayoría de los demás países latinoamericanos en el primer cuarto del siglo xix. Con la relativa excepción del de Jimmy Carter, sin duda una persona honrada (como se puso de manifiesto a propósito del canal de Panamá y la  conducta patriótica del general Omar Torrijos), todos los gobiernos de los Estados Unidos, graciosamente llamados demócratas y republicanos, desde 1959 hasta hoy han combatido contra Cuba a través de calumnias, campañas de prensa, agresiones múltiples, creación de grupos contrarrevolucionarios y la abierta invasión, hechos que nos han significado millares de muertos y mutilados, guerra bacteriológica, sabotajes, una estación radial y otra de televisión, ambas ilegales, que enfangan el nombre de Martí, un criminal bloqueo comercial, económico y financiero hipócritamente llamado por el Imperio «embargo», que dura bastante más de medio siglo, provoca carencias de medicinas e incontables productos, nos ha costado muchísimos millones de dólares, implica multas gigantescas para entidades extranjeras que han osado mantener transacciones mercantiles con nosotros, y es tan escandaloso que año tras año es rechazado en la Asamblea General de la ONU por todos los países del mundo, con la vergonzosa excepción de los Estados Unidos y su compinche Israel, heredero de los nazis en relación con los palestinos dueños de su tierra. Esa suma de horrores solo se explica porque a los Estados Unidos se les iba de las manos su primera neocolonia, lo cual, a los ojos de muchos pueblos, era un ejemplo fatal para el Imperio. Ello fue sintetizado por el extraordinario pensador brasileño Darcy Ribeiro al escribir: «Ninguna de las dos guerras mundiales, ningún acontecimiento internacional tuvo […] mayor impacto sobre Estados Unidos que la revolución cubana.» Esa es la realidad. Ahora bien: ¿era la única realidad posible?
Quiero recordar el enigmático viaje de Fidel a los Estados Unidos en abril de 1959, a menos de cuatro meses de la victoria el primero de enero, y muchos  años antes de ir a la Unión Soviética. ¿Qué se proponía Fidel con ese viaje, que tanta sorpresa causó incluso entre revolucionarios? Muerto él, nunca lo sabremos. En todo caso, quien era entonces presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, no lo recibió: prefirió irse a jugar golf, que es también el deporte favorito de Trump. Le correspondió recibirlo a quien era el vicepresidente, Richard Nixon. La historia de este caballero es bien conocida, pero vale la pena evocar algunas de sus virtudes: se inició como inquisidor cuando el macartismo, era llamado en su país Dirty Dick (por algo sería), fue el responsable mayor del crimen chileno y al cabo, tras el incidente de Watergate, sería vergonzosamente defenestrado. No cuesta trabajo imaginar cuál fue la naturaleza del informe que Ricardito el Sucio elaboró a propósito de su encuentro con Fidel. En todo caso, desde hace tiempo es conocido que a partir del propio 1959, cuando la Revolución Cubana ni se había proclamado ni era socialista, los gobernantes estadunidenses la condenaron a muerte, y se conocen también muchas otras cosas, aunque quedan algunas por saber. 
Por hechos así es tan útil, tan necesaria una verdaderahistoria de los Estados Unidos, como la ofrecida por Howard Zinn en A People’s History of the United States: 1492 to Present. Pero debo confesar que cuando, entre 1957 y 1958, fui profesor en la Universidad de Yale, compré un ejemplar usado de la sexta edición (1952) del libro  AmericanPolitical and Social History,de Harold Underwood Faulkner, y lo que el  autor escribió allí sobre su país y el mío lo consideré bien ajustado a la verdad. Para este otro Faulkner, Cuba prácticamente pertenecía a los Estados Unidos, lo que había sido dicho ya con todas sus letras por Leland Hamilton Jenks en su libro de 1928 Our Cuban Colony. Vale la pena recordar que antes de que en 1902 los Estados Unidos inauguraran con el caso de Cuba su proyecto neocolonial, habían considerado otras variantes, como la condición cruda de colonia, que es la que hasta hoy impusieron a la hermana Puerto Rico, la anexión, como hicieron con Hawai, o  el establecimiento de un imperio de tipo tradicional a la manera del británico, según estaba implícito en la obra en dos vastos tomos implacablemente racistas Our Islands and their Peoplesas Seen with Camera and Pencil (introducida por el mayor general Joseph Wheeler), que apareció en 1899, a solo un año del atroz 1898, cuyo conocimiento debo a John Beverley y está ahora en la Biblioteca de la Casa de las Américas. 
Para los pueblos de la América Latina y el Caribe, que han hecho suya la queja de origen mexicano según la cual estamos tan lejos de Dios –lo que no comparte la Teología de la Liberación– y tan cerca de los Estados Unidos, esa cercanía es fuente de enormes desgracias. Si bien en la segunda mitad del siglo XX  la inexistencia de tal vecindad no impidió la bárbara agresión estadunidense a Vietnam, el cual ya había derrotado tropas de la humillada Francia colonialista como, para gloria de la humanidad, derrotaría también a tropas de los humillados Estados Unidos colonialistas. No es posible olvidar que  se llegó al extremo de que un político yanqui que tenía  mi nombre propusiera que se bombardease al país asiático hasta hacerlo regresar a la edad de piedra, lo que, en carta famosa que me enviara, escandalizó a Julio Cortázar y contribuyó a radicalizarlo. Pero los integrantes más sanos del pueblo estadunidense, y señaladamente no pocos de sus intelectuales y estudiantes,  rechazaron abierta y valientemente aquella guerra. En gentes así pensaba Martí cuando habló de la patria de Lincoln que amamos, como ciertamente la amo yo. Permítanme añadir que tuve la ocasión de conocer de cerca aquella guerra atroz, porque en 1970 estuve en Vietnam colaborando en la realización de un filme sobre tal guerra. Allí, además, escribí, mientras escuchaba bombardeos y cañoneos, mi poemario Cuaderno paralelo.
Debo mencionar los casos singulares de dos países no americanos. Uno es Rusia, que tras el caos que crearon Gorbachov por un lado y Yeltsin por otro, así como la sorprendente inacción de los pretensos revolucionarios en el que fuera integrante mayor de la hoy disuelta Unión Soviética, logró estabilizarse como país capitalista, pero fuera de la órbita de los Estados Unidos, que lo han hostigado insistentemente hasta hoy; y el otro es China, la cual sigue proclamándose socialista,  en una evolución espectacular se  ha convertido en la segunda economía del mundo, y también es hostigada por los Estados Unidos. Rusia y China estrecharían cada vez más vínculos entre sí, y han establecido relaciones, sobre todo comerciales, con países de la América Latina y el Caribe, para desolación de Wáshington.
En vez de apoyarse en obras endebles, cuando no además plagiarias, de voceros letrados o semiletrados del establishmentcomo Allan Bloom, Francis Fukuyama o Samuel Huntington, o dar por buenas calumnias como la existencia de racismo institucional en Cuba, calumnias propaladas astutamente desde uno de los países más racistas de la Tierra, es aconsejable leer a autores como, por ejemplo, Eric Hobsbawm, marxista heterodoxo: lo que, paradójicamente, también fueron los propios Marx, quien confesó no ser marxista, y Engels. Pienso, por ejemplo, en dos obras suyas de 1994: el libro Age of  Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991 y el ensayo «Barbarism: A User’s Guide» (New Left Review, 206). Me limitaré a citar algo sobre lo que anuncia el título del ensayo: la barbarie. Para Hobsbawn (quien, curiosamente, no tomó en consideración a las colonias, paraíso eterno de la barbarie, como observó Marx en uno de sus textos sobre la India que a diferencia de otros se menciona poco), la barbarie empezó a regresar con lo que consideró el inicio en 1914 del siglo xx, la llamada Primera Guerra Mundial: la cual, entre paréntesis, fue el primer período de una Guerra Mundial que conocería un segundo período y no es seguro que haya terminado, como ocurrió con la llamada Guerra de los Cien Años, que tuvo varios períodos, y por cierto duró más tiempo. Según Hobsbawn, «la barbarie ha ido en aumento durante la mayor parte del siglo xx, y no hay ninguna señal de que este aumento haya terminado». La observación es completamente válida avanzado el siglo xxi.
Aunque apenas citada por Hobsbawm (solo en el ensayo, al pasar y dentro de un conjunto),  se impone recordar a la gran Rosa Luxemburgo, a sus temibles palabras según las cuales si el capitalismo no era sucedido por el socialismo, lo sería por la barbarie. Significativamente, para Hobsbawn, lo que llamó «el corto siglo xx» concluyó en 1991 con la implosión de la que había sido la Unión Soviética. Es decir, con el fracaso completo en Europa de lo que se había presentado como el socialismo real.
¿Cuál es el presente político de la humanidad? Al país más poderoso que nunca haya existido, los Estados Unidos, lo desgobierna, junto con un equipo de similar calaña (formado en gran parte por generales guerreristas y por multimillonarios como el propio presidente), un ser racista, xenófobo, sexista, mendaz, profascista, a quien he llamado «Calígula atómico», mientras el politólogo mexicano John Saxe Fernández ha hablado del  «nacional trumpismo». Las cosas no son mejores en un número creciente de países europeos, y quien por supuesto es gran admirador de Trump, el también fascista Jair Bolsonaro, no esperó a tomar posesión como presidente de Brasil para recibir instrucciones de nadie menos que John Bolton, a quien puede ocurrírsele cualquier cosa siempre que sea negativa o, mejor aún, espantosa.
Tiempos malos para todos los pueblos, no solo para algunos. Imaginemos lo que habría ocurrido si Hitler hubiera tenido armas atómicas. Pues bien: Trump las tiene. ¿Qué destino es dable esperar, para un mundo sumido de modo creciente en la barbarie, de quienes, mientras consideran inferiores a etnias que no son la suya y como tales las tratan (así habían actuado los nazis), niegan cosas tan obvias y tan peligrosas para todos, incluso desde luego para los Estados Unidos, como el calentamiento global?
Concluyo con esa pregunta, y a pesar de la respuesta que al parecer se impone, volvamos  a confiar en la Esperanza, que según Hesíodo fue la única que quedó en el vaso, detenida en los bordes, cuando todas las demás criaturas habían salido de él. En otros tiempos convulsos, tanto Romain Rolland como Antonio Gramsci mencionaron el escepticismo de la inteligencia, al que propusieron oponer el optimismo de la voluntad. Hace años conjeturé añadir a este último la confianza en la imaginación, esa fuerza esencialmente poética: la historia, dijo Marx, tiene más imaginación que nosotros. Atendamos a criterios de esa naturaleza, y tengamos en cuenta hechos concretos que mucho entusiasman, como el reciente triunfo electoral, en país tan importante como México, de Andrés Manuel López Obrador. Que una vez más avance, así sea en la sombra, lo que Marx llamó el  viejo topo de la historia, y en algún sitio que quizá ahora no podemos prever está al salir a la luz. 

La Habana, 21 de diciembre de 2018.
Año 60 de la Revolución

jueves, 18 de abril de 2019

Estados Unidos contra Cuba, para variar

Por Rosa Miriam Elizalde

Aunque nadie lo creyó ni lo cree en Cuba, el fake news del supuesto ataque a diplomáticos en La Habana con la pistola mágica de James Bond, acertó en la opinión pública estadunidense.

En las tendencias de búsquedas de Google (Trends), el término sonic attack (ataque sónico) no existía en el interés de los estadunidenses hasta el 9 de agosto de 2017. Ese día el Departamento de Estado develó la fábula de las agresiones a diplomáticos de Estados Unidos (EU), dos funcionarios fueron expulsados sorpresivamente de la embajada de Cuba en Washington y medios y redes se enzarzaron en demandas de relatos conspiranoicos para intentar explicar sospechas infundadas. Pocos después, EU cerró su consulado en La Habana.

Decenas de científicos han reclamado evidencias de una trama que desafía las leyes de la física. Hasta hoy brillan por su ausencia, pero Google Trends nos dice que "ataque sónico” sigue asociado con noticias sobre la isla originadas en Estados Unidos y que la mayoría de quienes siguieron los insólitos despachos sobre Cuba, no se ha enterado de los desmentidos.

La dictadura mundial naturaliza el disparate y adormece lo sentidos, como lo hizo en los días de las "luces sobre un fondo verde”, la primera transmisión en directo por televisión de una guerra que encubrió la matanza en Irak. Tom Johnson, presidente de CNN durante la primera guerra del Golfo en 1991, relató a la Atlanta Magazine que Ted Turner le dio carta blanca presupuestaria para cubrir el conflicto: “Gasta lo que creas necesario, amigo”.

Como se sabe, en la era de las redes se invierte infinitamente más de lo necesario para dominar la conversación social y destruir la confianza o sembrar dudas, principios básicos de la intoxicación informativa. Si así no fuera, ni Google ni Facebook serían los pulpos que son. Lo extraordinario es que en la transmutación de la retórica de las “armas de destrucción masiva” a los “ataques sónicos” participan los mismos actores de antaño, pero sin una gota de la gracia que alguna vez tuvo James Bond.

John Bolton, uno de los arquitectos de las mentiras que condujeron a la guerra en Irak en 2003 y que inventó entonces sin éxito que Cuba producía “armas biológicas”, en noviembre pasado aseguró que La Habana había cometido “ataques despiadados” contra la embajada de Estados Unidos, falsedad que ha repetido sin pudor este miércoles. Ha sido él, también, uno de los cerebros de al menos cuatro grandes paquetazos contra Cuba en los pasados meses. De diciembre a abril se amplió la llamada “lista restringida” de empresas cubanas con las que pueden relacionarse comercialmente los estadunidenses; castigaron a navieras que transportan petróleo entre la isla y Venezuela, y pusieron fin a un acuerdo con las Grandes Ligas.

Ayer, en el Hotel Biltmore de Miami, Bolton llevó a extremos imposibles el discurso de odio contra la troika (Venezuela, Nicaragua y Cuba) y reiteró la decisión, entre otras medidas, de dotar de máximo alcance a la ley del bloqueo a Cuba, la Helms-Burton. Hasta ahora un artículo secundario dentro de esta ley de 1996 había sido suspendido cada seis meses por los presidentes de Estados Unidos, incluido Donald Trump, para evitar el caos de litigar contra empresas de países aliados que tienen inversiones en Cuba y ocupan inmuebles que podrían haber pertenecido hace 60 años a un estadunidense.

A partir del 2 de mayo próximo se aplicará a plenitud la Helms Burton no para la alegada “protección” de antiguos propietarios, sino para asfixiar más al pueblo de Cuba. Quien hurgue un poco en el pasado comprobará que cuando triunfó la Revolución, el gobierno caribeño llegó a acuerdos de compensación con Reino Unido, Canadá, España y otros países, salvo con Estados Unidos, porque se negó a cualquier entendimiento mientras, en secreto, planificaba la invasión por Playa Girón en 1961.

“Tras secuencia frenética de mentiras, lo que la pandilla Bolton intenta hacer es simplemente equivocado y peligroso para los intereses de ambos países. Tratan de presentar a Cuba como una amenaza, pero todos saben que Cuba No Es Lo Que No Es”, reaccionó en Twitter la subdirectora de Estados Unidos de la cancillería cubana, Johana Tablada.

Aunque el nuevo latrocinio no cambiará demasiado el panorama de dificultades que ha supuesto esta ley y otras sanciones impuestas por décadas contra la isla, que un juececillo cualquiera pueda acusar de “tráfico con propiedades confiscadas” a empresas e individuos de Canadá y Europa, es un escandaloso monumento a la extraterritorialidad de las políticas de Estados Unidos, no tiene antecedentes en la historia de la jurisprudencia y sumerge toda soberanía bajo “la costra tenaz del coloniaje” que exigía limpiar de una buena vez el poeta y líder antimperialista Rubén Martínez Villena.

Estados Unidos consagra que todo territorio ajeno es tierra propia, incluido el de sus más incondicionales aliados, y lo hace con un coctel de mentiras, abuso de poder, avaricia y prepotencia. Para variar.


Fuente: https://www.jornada.com.mx/2019/04/18/opinion/015a2pol

domingo, 14 de abril de 2019

La ley Helms-Burton: Una historia silenciada

por Ricardo Alarcón de Quesada

LA TRAMPA

Desde que comenzó este año el Departamento de Estado norteamericano ha emitido varios anuncios sobre la suspensión parcial de la aplicación de algunos aspectos de un capítulo de la llamada Ley Helms-Burton. Lo ha hecho con el estilo tramposo, fraudulento, característico de los actuales gobernantes, con la clara intención de crear incertidumbre y confusión, propósito para el cual cuentan, como es habitual, con los medios que se supone debían dedicarse a informar.

Ante todo hay que decir que en rigor se trata de un aspecto secundario de la mentada Ley, adefesio pseudojurídico que viola groseramente el Derecho Internacional, cuya ilegalidad y agresividad en nada cambian, apliquen o no la tan cacareada suspensión. Se trata de abrir o no, ahora, la posibilidad de presentar demandas ante tribunales norteamericanos por actos realizados fuera de su jurisdicción, en este caso en el territorio de la República de Cuba. Como quiera que tales litigios pudieran afectar a empresas extranjeras con inversiones en la isla, el asunto provocó el rechazo de otros países y condujo a que la Unión Europea presentase en 1996 una denuncia formal ante la Organización Mundial de Comercio. El asunto se selló entonces cuando Washington se comprometió a suspender la acción ante sus tribunales lo cual han hecho, religiosamente, cada seis meses Clinton, W. Bush, Obama, incluso Trump.


Fue un ejercicio repetido durante más de veinte años hasta que el pasado 16 de enero se anunció que esta vez la suspensión sería por 45 días. Cuando tal plazo se venció en marzo hicieron saber que lo prorrogarían por otros 30 días aunque agregando que a partir del 19 de ese mes permitirían la presentación de demandas ante sus Cortes contra unas 200 empresas cubanas arbitrariamente incluidas en una lista confeccionada por Washington. Nuevamente en abril extendieron el plazo por dos semanas, hasta el primero de mayo manteniendo la excepción contra las entidades cubanas.

Ya en 1996 Fidel Castro había anticipado que la cláusula suspensiva era una “tomadura de pelo”. Desde el pasado enero, veintitrés años después, el señor Pompeo aparece, en pose dubitativa, “deshojando la margarita” burlándose de todo el mundo, especialmente de sus aliados europeos convirtiendo en papel mojado el compromiso suscrito con ellos.


Este rejuego sirve, sobre todo, para desviar la atención de lo fundamental, aquello de lo que apenas se habla y a lo que quisiera referirme confiando en la benevolencia de los lectores de Por Esto!


La Helms-Burton tiene cuatro Capítulos o Títulos. El Primero convierte en Ley todas las medidas, que hasta entonces eran decisiones ejecutivas y conforman el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba y lo amplían y tratan de extenderlo por todo el planeta. La infame política, así codificada, sólo podría ser eliminada por una decisión de ambas Cámaras del Congreso.


El Segundo describe, con cierto nivel de detalle, lo que ocurriría a partir de la hipotética derrota de la Revolución cubana como consecuencia de la guerra económica. Habría lo que llaman “período de transición” durante el cual se produciría el desmantelamiento de todas las instituciones de la sociedad cubana y el país quedaría bajo total dominio norteamericano. Para que nadie pueda dudarlo el proceso estaría dirigido por un funcionario norteamericano designado por el Presidente de Estados Unidos al que la Ley pudorosamente denomina Coordinador para la transición en Cuba. Este verdadero procónsul fue designado por W. Bush aunque nunca llegó a cumplir su encomienda en la isla. Tuvo que dedicarse a promover fuera de Cuba el Plan para la transición que Bush, cumpliendo con la Ley, presentó al Congreso en 2004 y en una versión ampliada en 2006 y que nadie ha derogado.


A todo lo largo del Título II se repite con machacona insistencia que para la eliminación del Bloqueo y las futuras relaciones con una supuesta Cuba post-revolucionaria una condición indispensable será la devolución de sus propiedades a quienes las perdieron el primero de enero de 1959 (tema al cual deberé regresar más adelante).


Hasta aquí, con el Título I y el Título II, la Helms-Burton es un texto que pisotea el Derecho Internacional de punta a cabo. Su carácter extraterritorial es más que obvio pues el archipiélago cubano no forma parte del territorio bajo la jurisdicción de Washington.


En adición a lo antes expuesto la Helms-Burton agregó un Título III que establece la posibilidad de promover acciones legales ante tribunales norteamericanos contra empresas o personas que usen de cualquier modo propiedades reclamadas por quienes, alegadamente, eran sus dueños o sus descendientes. Este Título incluye un artículo que permite al Presidente suspender el inicio de tales acciones por períodos semestrales, tema al cual dediqué la parte inicial de este escrito.


Finalmente el Título IV, aplicado ya en varias ocasiones, niega el visado para entrar a Estados Unidos a empresarios y a sus familiares que utilicen propiedades objeto de reclamación.


La Helms-Burton recuerda la advertencia que muy temprano nos hiciera Carlos Manuel de Céspedes. El Padre de la Patria cubana, en 1870, descubrió que “el secreto” de la política norteamericana era “apoderarse de Cuba”. Gracias a Helms y a Burton los designios del Imperio aparecen a la luz del día. Que puedan hacerlos realidad es, desde luego, algo bien diferente. Desde Céspedes hasta Fidel los cubanos han demostrado que sabrán luchar hasta el fin y que jamás volverán a ser esclavos de nadie.


EL REGRESO DE BATISTA

Una vez que hubiesen conseguido la imaginaria derrota de la Revolución cubana, quimera siempre perseguida por el Imperio, la isla entraría en una etapa de transición que debería desembocar en un Gobierno “democrático” aceptable y aprobado por Washington. Para asegurarlo el Presidente de Estados Unidos designaría un Procónsul que conduciría la descomunal tarea de deshacer todo el sistema político, económico y social edificado en Cuba por más de medio siglo. La descripción minuciosa de ese proceso está en el Título II de la Helms-Burton y en el Plan Bush.

Hay un elemento constante que acompaña todo el recorrido desde la ocupación del país, su “tránsito” hacia la “democracia” y más allá, hasta un porvenir indeterminado, una “condición indispensable” para levantar el bloqueo y para las relaciones futuras incluso con un Gobierno “democrático” made in USA: Ese elemento clave, decisivo, sería la cuestión de las propiedades reclamadas por individuos de origen cubano que hoy ostentan la ciudadanía estadounidense. Lo dice la Ley, una y otra vez, con todas las letras, para que lo entienda cualquiera: “La devolución de las propiedades” a quienes las perdieron “el primero de enero de 1959”. Vale la pena detenerse en este punto pues permite descifrar la esencia del engendro disfrazado de Ley.

El primero de enero de 1959 el tirano Fulgencio Batista se fue de Cuba tras delegar el mando en el General Eulogio Cantillo que se pasó la jornada tratando de conformar una Junta cívico militar. Con el dictador se fueron sus colaboradores más cercanos y muchos otros comprometidos con el régimen derrocado siguieron el mismo camino en vuelos organizados por Cantillo y la Embajada yanqui durante todo ese día.

Ese primero de enero Fidel Castro convocaba desde Oriente a la huelga general revolucionaria contra la Junta golpista que encabezaba Cantillo y duró hasta el día 5. Hubo manifestaciones populares y enfrentamientos con bandas armadas batistianas. El Ejército Rebelde avanzaba, en el Este y en el Centro hacia zonas controladas todavía por fuerzas del viejo régimen. Ese día no fue promulgada ninguna medida nacionalizadora o revolucionaria por la sencilla razón de que el movimiento revolucionario aún no había llegado al poder. La entrada victoriosa de Fidel en La Habana no se produciría hasta el 8 de enero.

Lo que se produjo el primer día del año 59 fue la fuga de asesinos, torturadores, politiqueros corruptos y otros cómplices del régimen depuesto. En su estampida dejaron atrás, abandonaron, numerosas propiedades muchas de las cuales, por cierto, eran fruto del robo, la malversación y otras ilegalidades. Esas propiedades incluían grandes latifundios, fábricas, centrales azucareros, edificios de apartamentos y residencias particulares.

Desde aquella fecha se pasaron el tiempo añorando el momento en que el Ejército yanqui invadiese Cuba y les devolviese todo. Seis décadas después ahora son sus descendientes los que sueñan adueñarse nuevamente del país. La Ley Helms-Burton es su gran “victoria”.
Finalmente lograron que el gobierno de Estados Unidos –Congreso y Administración– convirtieran su delirante empeño por regresar al pasado en la pieza central de la política hacia Cuba.

Hay algo que suele olvidarse y que, sin embargo, se debe subrayar. Los que emprendieron la fuga aquel enero no se fueron con las manos vacías. Antes de irse saquearon el tesoro de la República, vaciaron las reservas del Banco Central y se llevaron los recursos que sustentaban el valor del peso cubano. The New York Times calculó el robo en casi 500 millones de dólares de la época y dedicó a este asunto un editorial en el que afirmaba que en esas condiciones ningún gobierno podría sostenerse y gobernar.

No sólo a Cuba no le fue devuelto ni un céntimo sino que además la Administración Eisenhower se negó a otorgar un préstamo para aliviar la crítica situación. Todo esto sucedía antes que Fidel asumiera la jefatura del gobierno y se adoptasen las primeras medidas revolucionarias.

A veces los eruditos discuten acerca de la fecha en que se inició el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba y las razones para fundamentarlo. La verdad histórica es que esa guerra económica comenzó en la madrugada del Primero de enero de 1959 y si se llevasen a cabo las pretensiones de la mafia anexionista-batistiana no terminaría nunca.

BISNIETOS AL ATAQUE

El plan para hundir a Cuba otra vez en el pasado no surge solo del pensamiento ultraconservador de la derecha anglosajona. Lo impulsan quienes se pasaron la vida delirando acerca del regreso. Pero no se limitaron a soñar. Mantuvieron sus viejas organizaciones o crearon otras, ellos o sus descendientes, para tratar de alcanzar su objetivo.

Un ejemplo es la Asociación de Hacendados de Cuba en el exilio que antes del triunfo revolucionario agrupó a los grandes terratenientes y propietarios de centrales azucareros que imaginan podrán recuperar mediante una Ley de la que han sido principales propulsores.

En estos momentos la Asociación está presidida por Nicolás Gutiérrez Castaño, a quien sus allegados llaman Nicky, que nació en Costa Rica y nunca ha visitado Cuba, pero es uno de los principales reclamantes. Según él habría que devolverle buena parte de la ciudad de Cienfuegos y las grandes extensiones de tierras que llegan hasta la ciudad de Santa Clara incluyendo dos centrales azucareros y otros bienes e intereses en otras partes del país.
Nicky ha asumido el papel de heredero del grupo Castaño fundado por su bisabuelo, Nicolás Castaño Capetillo, un vizcaíno que se instaló en Cienfuegos en 1849 y trabajó como ayudante de una bodega y en otros empleos menores. Fue un activo defensor del dominio colonial español en cuyo Cuerpo de Voluntarios llegó al grado de teniente. La guerra de los Diez Años dio un giro radical a su existencia.

El Gobierno colonial decretó la confiscación, sin compensación, de las propiedades de los patriotas cubanos que participaron en la lucha por la independencia nacional, medida que condujo a la pobreza a quienes abandonaron sus riquezas para pelear junto a los esclavos y los humildes por la emancipación nacional y social.

Para instrumentar esa política en Cienfuegos fue creada en marzo de 1871 la Junta de Bienes Embargados de la que fue miembro nuestro personaje (el bisabuelo) quien al concluir la guerra ya no era un simple empleado sino alguien que era saludado como “Don Nicolás”. Él y otros se enriquecieron despojando a los patriotas de sus propiedades llegando a ser considerado, en los primeros años de la República, como uno de los hombres más ricos de Cuba.

De esa manera tramposa y al amparo del colonialismo del que fue siempre fiel servidor, Don Nicolás se hizo de lo que ahora el bisnieto pretende “recuperar” para sí. Su propósito implicaría despojar a miles de familias de Cienfuegos y Santa Clara y a incontables pequeños campesinos y cooperativistas de sus viviendas y de las tierras que son suyas como fruto de las leyes y la obra de la Revolución.

Pero hay algo más. Como abogado que es, Nicolás Gutiérrez Castaño tuvo una destacada participación en la elaboración de la Helms-Burton pero también su bufete se ha dedicado, desde 1996, a asesorar a los reclamantes que acuden a él en busca de servicios que, sospecho, no son gratuitos.


Cada vez que puede insta a Washington a aplicar completamente, en todos sus aspectos, un texto que él sabe que es ilegal pero también le permite llenar su bolsa. Después de todo es una tradición familiar.

Fuentes: https://www.poresto.net/2019/04/11/la-ley-helms-burton-una-historia-silenciada/
                 https://www.poresto.net/2019/04/12/el-regreso-de-batista/

miércoles, 10 de abril de 2019

Causas y Azares

Por René Rodríguez Rivera

Me bajé del omnibus en la intersección de las avenidas Infanta y Carlos III; caminé por Infanta hasta San Lazaro, para llegar a mi casa del 1111 de San Lázaro, donde vivía con una tia. Al doblar la esquina, dos hombres me introdujeron bruscamente en un auto de color gris. Iba el chofer, un hombre a su lado, y los dos que me agarraron se  sentaron a ambos lados de mí, en el asiento posterior. No hablaron conmigo ni yo me atreví a preguntar. El auto tomó por la avenida 23 y luego por la 51. Al fin se detuvo a la entrada del Hospital Militar de Marianao. Miré a la izquierda; vi un edificio gris con un letrero que decia: Sevicio de Inteligencia Militar (me sentí como mareado). Me introdujeron allí y me llevaron por un pasillo hasta una de las celdas del sótano. En la celda había un camastro de hierro, en una de las esquinas una letrina y una llave de agua; del techo colgaba un bombillo iluminado. Me dejaron allí, sin hablar conmigo ni media palabra.

Al anochecer introdujeron por debajo de la puerta un plato metálico con arroz blanco y con lo que parecía ser picadillo de carne; de más esta decir que no comí y que dormí intermitentemente. En la mañana –según supuse y comprobé despues, pues la celda solo tenía una minúscula ventana que al parecer daba hacia un patio interior– me llevaron por el pasillo hacia un local con una mesa con gavetas y dos sillas. Allí esperé un tiempo que me pareció interminable, hasta que entró un hombre de baja estatura, blanco, de fuerte complexión física –debía tener unos 60 años, más o menos– y con uniforme militar. Era el Capitán Bernardo Perdomo, Jefe en aquel momento del SIM, debido a que el Coronel Ugalde Carrillo se encontraba en operaciones en la Sierra Maestra, según me enteré posteriormente.

Se sentó frente a mi y me dijo: ¨Estás aquí detenido, por actividades antigubernamentales¨. Yo puse cara de incrédulo y dije: “Capitán, eso es falso”. Sin contestarme introdujo la mano en una gaveta y sacó un carnet con una foto de Roberto Lamelas Font*, asesinado semanas antes en Santiago. Me preguntó: “¿Lo conoces?”. Le dije que sí, que lo había conocido aquí en La Habana (lo que era mentira), y que habíamos ido dos veces a un Cabaret con unas muchachas (lo que tambien era mentira). En seguida me preguntó: “¿Cuándo regresaste de Santiago de Cuba?”. Eso sí me asombró realmente, porque yo no había ido a Santiago, cosa que le hice saber. Se puso de pie y me dijo suavemente: “Si no eres sincero conmigo, tendré que enviarte a Santiago, donde te está reclamando el coronel Salas Cañizares¨. Un estremecimiento me recorrió la espalda; Cañizares era conocido como “Masacre”, asesino de Frank País, William Soler y tantos otros revolucionarios.

Cuando los esbirros me introdujeron en el auto, una vecina que vio el hecho fue inmediatamente a avisarle a mi tía y esta llamó a su hermano Rafael, el único hermano de mi madre (las otras tres eran hembras). Rafael era un hombre con cierto poder, por las propiedades que tenía, y muy bien relacionado aquí en La Habana. Él comenzó inmediatamente a recorrer los organismos represivos: Fue a varias estaciones de policía, al Buro de Investigaciones y al final al SIM. Aquí comenzaron los azares favorables: resulta que en el año 1933 Rafael había combatido con el Capitán Perdomo contra la tiranía de Machado; ambos pelearon en el castillo de Atarés, donde ahora está la policia motorizada, y ambos pertenecían a un partido de derecha nombrado el ABC.

Mi tío le dijo al Capitán que yo" era un muchacho serio y decente" (¿?) y que no me metía en política. Perdomo le dijo que si yo cooperaba con él no me pasaría nada. Por supuesto que yo todo esto lo desconocia.

Lamelas me habia dicho, al partir para Santiago, que esperara a un compañero que vendría de Pinar del Rio con unas armas, y que los dos debíamos llevarlas a Santiago y que entonces nos enviarían a la Sierra. Pero aquel hombre nunca vino.

Cuando el Capitán me preguntó que cuándo había regresado de Santiago, comprendí que existia una delacion (un chivatazo).

Yo estudiaba y trabajaba en el hospital Psiquiátrico (Mazorra) e inmediatamente le dije a Perdomo: “Capitán, yo no miento; pueden ir a comprobar al Hospital, pues debo firmar diariamente un libro de entrada y salida”. Me miró como sin saber qué hacer y llamó a un individuo diciéndole: "Llévalo a su celda". Después pasó más de una semana, tiempo en el que no volvió a llamarme. Creo que hasta bajé de peso, porque en la práctica casi no comia. Debo decir también que no me dieron un solo golpe ni me maltrataron de palabra.

Una mañana me llevaron a la oficina y allí estaba Perdomo. Me dijo que me sentara y noté en su rostro un cambio. Me dijo: "Hemos comprobado que es verdad que no fuiste a Santiago", e  inmediatamente me enseñó una foto de un hombre joven y rubio. Me dijo, mientras escribía dos numeros en un papel: “Si en algun momento ves a este individuo, me llamas inmediatamente a estos números, para detenerlo”. Cogí el papel y me lo puse en el bolsillo de la camisa. El Capitán se levantó y me dijo: "Que esto te sirva de experiencia para que no te reúnas más con delincuentes". Inmediatamente ordenó que me llevaran a la calle y me dejaran en libertad. Un hombre me llevó hasta la puerta y me dijo: "Puedes irte". 

Lo hice lentamente y mirando a todos lados, pues temía que aquello fuera para matarme, como le había sucedido a otros. Llegué a la esquina y me monté en una ruta 23, que iba para el centro de la ciudad. La gente me miraba por mi ropa sucia y arrugada. De más está decir que nunca vi al pinareño, y si lo hubiera visto tampoco  hubiera llamado al Capitán.

Perdomo no fué condenado al triunfo de la Revolucion. El chivato fué fusilado en Santiago.

Estas son Causas y Azares. Lo que pasó después es otra historia.

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Lamelas, junto con otros compañeros, fue sido asesinado el 20 de mayo de 1957. Próximamente se cuplirán 62 años.

sábado, 6 de abril de 2019

#‎cubacontraelmaltratoanimal

Han tratado de tergiversar el sentido de esta noticia, de politizarla, de retorcerla y otras tonterías… Esto ocurre porque ningún órgano de prensa Estatal (que son todos) la ha publicado. Ni siquiera después que el Gobierno autorizó la marcha. 

Lamentablemente en algunos aspectos aún somos un homo al que le falta el sapiens. Sin embargo en otros, al parecer, adelantamos, pues se dice que se está trabajando en una Ley de Bienestar Animal. Bien hecho, si es así.

Lo cierto es que mañana domingo, a las 09:00 am, partirá del monumento a El Quijote, en 23 y J, Vedado, una marcha denominada “Cuba contra el maltrato animal”. Concluirá en el Cementerio de Colón.

Allí nos vemos.

#leydeprotecciónanimalencubaya

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Tres de la marcha





lunes, 1 de abril de 2019

Hoy hace medio siglo

















Puede que Leo tenga uno de la misma fecha. Él y yo fuimos los primeros en entrar al ICAIC, cuando todavía el GES era sólo un proyecto. Ambos veníamos del Instituto Cubano de Radiodifusión, en el que estábamos en nómina, aunque no nos designaban labores. Yo estuve largos meses sin cobrar. Recordaba que cuando Batista le llamaban “botella” a un sueldo regalado por el Estado, prebenda del antiguo régimen con sus acólitos. Claro que no era esa la intención con nosotros; se nos mantenía el sueldo por ser trabajadores de aquel organismo. No nos daban trabajo por disparates de la época.

Fue muy importante, para mi, la etapa que estaba comenzando aquel 1º de abril de 1969. Llevaba más de un año con demasiada libertad, sujeto sólo a mi guitarra y a quienes me prestaran atención. Era un vagabundo nocturnal peligrosísimo (miren la foto), pero aún iba en ascenso, no había llegado a la eclosión que fueron las noches y los días casi eternos de los carnavales de 1970.

Este año hace medio siglo de la creación del GES, que empezó a funcionar en noviembre o diciembre, mientras yo me balanceaba frente a las costas de Dakar, a bordo del motopesquero Playa Girón. Entré por la boca del Morro el 28 de enero del 70, pero aún me tomé unas semanas para comprender que debía levantarme temprano para asistir a clases. Fue una lucha titánica conmigo mismo, que nunca gané del todo, hasta que empecé a escribir mis canciones en papel pautado, cosa que le debo –nunca me cansaré de decirlo—a mi hermano y maestro Juan Elósegui.

En el GES tuve la segunda experiencia colectiva importante de mi vida. La primera fue las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde estuve haciendo servicio militar durante tres años y dos meses.

Qué de cosas se aprenden en las colectividades. Cómo hay que calmarse ante ellas y al mismo tiempo qué rebeldía constante. Qué difícil encontrar idiomas de fidelidades a veces tan opuestas. Pero vale la pena intentarlo.

Le mando un abrazo a todos los que compartimos aquella experiencia de la que creo que resultamos un tilín mejores. Incluyendo a los muchos que ya partieron.