lunes, 19 de agosto de 2019

Oscarito y la leyenda china

En abril de 1965 cumplí un año de vida militar y por entonces estaba destacado en el
Izq a der: Silvino García, yo y Oscar Cuesta, en 1966
campamento de Managua, donde servía a la vez en dos unidades. Esto sucedía por una disposición que prohibía a los reclutas –como se nos decía a los llamados a filas por la ley de servicio militar obligatorio– realizar trabajos administrativos hasta que no cumplieran dos años de preparación combativa. Por eso, aunque por nómina pertenecía a la unidad de comunicaciones del Estado Mayor, mi verdadero trabajo lo realizaba 
en la revista “Venceremos”, órgano oficial del Ejército de Occidente, que era un departamento de la Dirección Política.

El local de “Venceremos” estaba situado en un edificio pequeño, donde había otras oficinas. Nuestra revista tenía el estricto espacio para dos burós, una mesa de dibujo y, al fondo, un mínimo cuarto oscuro. Aunque el propósito de estas palabras no sea este, al rememorar aquel espacio y aquel tiempo me vuelvo a ver sentado en una alta banqueta frente a la mesa de dibujo, escribiendo mis primeras canciones. Sentado allí mismo se las canté después a mis compañeros, jóvenes como yo, reclutas como yo, con escasísimos permisos para salir a la calle, como yo.

Por aquellos días, proveniente del segundo o del tercer llamado a filas, ingresó a la revista otro joven, algo mayor que yo, para encargarse de una página de Ajedrez que íbamos a publicar. Aquel muchacho, pese a su juventud, había sido Comisionado Nacional del juego ciencia. Usaba unos grandes espejuelos, parecidos a los míos, y era de personalidad reflexiva, observadora y generalmente discreta –excepto cuando nos quedábamos solos, porque entonces soltaba los más mordaces comentarios sobre cualquier cosa–. Como yo, era una persona interesada en la lectura y no le pareció raro que mis más preciados bienes fueran una maltrecha enciclopedia, amarrada con una soga, y libros de literatura, ciencias y hasta poesía. Ambos habíamos sido niños de circunstancias complejas y ambos creíamos en la Revolución, aunque nos diferenciábamos en que él tenía una mente sumamente objetiva y yo era bastante distraído. Pero lo cierto es que simpatizamos y, además de compañeros, nos hicimos amigos; lo fuimos tanto que empezamos a vernos en la calle y, cuando concluimos la etapa militar, seguimos viéndonos.

Su nombre era Oscar Cuesta Torres, y vivía en La Habana vieja, en la calle Paula, casi frente a la casa natal de José Martí.

Otra de sus virtudes, que contrastaba con mis lamentables características, es que era muy organizado. La primera persona que pasó a máquina una canción mía fue Oscarito. Fue algo que yo no le pedí, que él hizo por su cuenta, por lo que todavía conservo un file azul con mis tres o cuatro primeras canciones, presilladas también por él. 

Como nos daban pocos pases –a mi menos que a él, por no ser militante–, a veces nos fugábamos. La fuga era una actividad en la que yo me las daba de experto, no tanto por inteligente como por llevar más tiempo en el campamento y conocer las características de sus accesos. De todas aquellas fugas, durante años Oscarito me estuvo echando en cara el fatídico día en que él dijo que tomáramos por un camino y yo le convencí de ir por otro, donde nos topamos al jefe de Unidad que, por aquel encuentro inapropiado, nos suspendió los siguientes tres pases. Por estas y otras aventuras nos fuimos convirtiendo en una pareja de desgarbados reclutas que hablaban de cine, literatura, política o mujeres (a mi me gustaba Brigitte Bardot pero él prefería a Gina Lollobrigida).

En mis últimos meses de servicio militar fui trasladado a la revista Verde Olivo, aunque él siguió pasando por mi casa, donde se ganó la confianza de todos. Por su parte siguió desarrollándose en la actividad política y después de desmovilizado fue promovido como cuadro profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). A mediados de febrero de 1972, coincidimos en Moscú. Él estaba allí en una actividad del Komsomol y yo regresaba a Cuba desde la RDA, después de participar en un festival de canciones. Creo que fuimos juntos al museo Pushkin. De aquel día conservo una foto con él, algo borrosa, en el cementerio de Novodevichy, cerca de la tumba de Maiakovsky.

Creo que ya por entonces mi amigo dirigía el departamento de Cultura de la UJC de la provincia de Matanzas. En eso estaba cuando llegué a esa hermosa ciudad, en 1973, buscando muchachos que integraran el Movimiento de la Nueva Trova (MNT), que la UJC acababa de apadrinar. Oscarito fue quien me resolvió pernoctar en un albergue y gracias a la confianza que teníamos pude reunirme con el Comité Provincial y plantear algunos asuntos. Uno de ellos fue sobre el grupo Nuestra América, oriundos de Cárdenas y de Varadero, que eran los trovadores más interesantes de la provincia y a la vez católicos practicantes. Por entonces las relaciones Estado-Iglesia eran bastante menos diáfanas que hoy, y para llegar a ellos pasé mucho trabajo, porque los compañeros de la UJC me los escondían. Una mañana decidí esperarles a la salida del preuniversitario en que estudiaban y pude preguntarles directamente si deseaban integrar el MNT. Con tremendo entusiasmo dijeron que sí.

Otro rollo (que años después Oscar contaba muerto de risa) fue cuando un compañero del Ministerio del Interior fue a ofrecer una conferencia sobre el diversionismo ideológico al Buró del Comité Provincial de la UJC, y me invitaron a presenciarla. Aquel compañero, un cuadro de provincia, en un momento de su exposición puso sobre la mesa unas cuantas revistas extranjeras con portadas picantes y explicó que eran ejemplos de diversionismo. Todo marchaba más o menos bien hasta que extrajo una revista ICAIC* y dijo que aquella publicación también lo era. 

Yo por entonces era parte del Grupo de Experimentación Sonora, y Alfredo Guevara había sido uno de los más decididos defensores de mi generación. Gracias a dirigentes como él y como Haydee Santamaría los trovadores jóvenes y las canciones que hacíamos no fuimos estigmatizados para siempre, como algunos querían. Sabiendo aquello y conociéndome, cuando pedí la palabra Oscarito me hacía muecas para que me callara, pero fingí no verle y hablé. Lo dicho provocó tal situación que a las 10 de la mañana se cortó la conferencia, dijeron que por almuerzo. No fui invitado a la sesión vespertina.

Cuando Oscar terminó en Matanzas, lo nombraron subdirector de Juventud Rebelde. Yo tenía muchos amigos en aquel periódico, sobre todo en los departamentos de dibujo y diseño, algunos de los cuales conocía desde el Mella, además de los poetas del Caimán Barbudo. En aquel ambiente  de prensa volvimos a compartir algunas otras aventuras, ya menos a menudo, en parte por sus responsabilidades y también porque desde mediados de los 70 empecé a viajar más seguido.

El 28 de enero de 1989, oliéndome lo que venía, comencé, en la cima del pico Turquino, una gira nacional que titulé Por la Patria. En 1990 tuve la fortuna de hacer un concierto memorable, en el Estadio Nacional de Chile. Desde un punto de vista estrictamente profesional, para mí no fueron malos tiempos, pero las realidades del mundo y de mi país no eran muy prometedoras. Las últimas veces que me encontré con Oscar fue por entonces. Su familia se había marchado al exterior y se le veía desmejorado, incluso físicamente. Cruzamos opiniones. Comprendí que por sus circunstancias estuviera menos optimista que yo. Después, a veces, nos comunicábamos por teléfono; luego hubo un largo tiempo sin contactos hasta que, hace unos años, un mal día, supe que había muerto.

Oscar Cuesta fue uno de esos amigos que, en la memoria, marcan épocas. Hubo tardes y noches en que caminábamos La Habana, discutiendo sobre cualquier cosa, siempre con respeto, yo tratando de no ponerme a tiro de sus sarcasmos. Gracias a él conocí a Silvino García, primer cubano de nuestra historia que obtuvo la norma de Gran Maestro, y a Arnoldo Águila, que escribía cuentos muy imaginativos. Yo le presenté a mis amigos trovadores, actividad que disfrutaba mucho. Una de las cosas que siempre recuerdo de Oscarito es que, ante acontecimientos personales o colectivos, a veces le gustaba decir: “¿Será para bien, será para mal?”, la frase clave de una antigua leyenda china que después yo también he usado, en memoria de mi amigo.

He aquí la leyenda:

Había una vez un campesino chino, muy pobre, pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día el hijo le dijo: “¡Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo!”

“¿Por qué lo llamas desgracia?”, respondió el padre. “¿Será para bien, será para mal? ¿Quién sabe? Veremos lo que nos trae el tiempo”.

A los pocos días, el caballo regresó acompañado de una preciosa yegua salvaje. “¡Padre, qué suerte!”, exclamó el muchacho. “Nuestro caballo ha traído una yegua y ahora nos la quedaremos.”

“¿Por qué le llamas suerte?”, repuso el padre: “¿Será para bien, será para mal?  ¿Quién sabe? Veamos qué nos trae el tiempo.”

Unos días después, el muchacho quiso montar la nueva yegua y ésta, no acostumbrada al  jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró una pierna.“¡Padre, qué desgracia!“, “¡Me he quebrado la pierna!“ 

El padre, fiel a su costumbre, sentenció: “¿Por qué lo llamas desgracia? ¿Será para bien, será para mal?  ¿Quién sabe? ¡Veamos lo que nos depara el tiempo!”

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del emperador, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vieron en la casa del anciano a un joven entablillado y lo dejaron, siguiendo de largo.

Entonces el joven comprendió la sabiduría de su padre: ni lo adverso ni lo afortunado son absolutos, a ambos hay que afrontarlos con prudencia, y dar tiempo al tiempo.
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* Cine Cubano

jueves, 15 de agosto de 2019

Tres momentos y un solo Nicolás

Por Raúl Roa Kourí
                                                                                                            A Nicolás Guillén
1. En México
A mediados de 1954, la Escuela de Verano de la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, por iniciativa de los profesores Alfonso Reyes Aurrecochea y Francisco Mier Zertuche, organizó un ciclo de conferencias para honrar a José Martí en su centenario, cumplido un año antes. Fueron invitados principales, Andrés Iduarte, entonces presidente del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Rómulo Gallegos, Nicolás Guillén, Juan B. Kourí y Raúl Roa.
Llevamos una ofrenda floral al monumento erigido para honrar al Apóstol de nuestra independencia, en la norteña capital. En el anfiteatro de la alta casa de estudios, Gallegos pronunció su histórico llamado a la juventud latinoamericana: «No prostituyas tu dignidad intelectual»; Guillén dijo, con su voz honda y cálida, sus elegías a Jesús Menéndez y a Cuba; su son entero. El profesor Kourí disertó sobre La escuela nueva de medicina y su ideario martiano; Roa, lo hizo sobre México en Martí.
Sostuve pláticas con los dirigentes estudiantiles de la universidad regiomontana, quienes dieron cabida en su periódico a mis comentarios sobre la lucha de sus compañeros cubanos. El tabloide Vida Universitaria, recogió también mi trabajo, «Rómulo Gallegos, bosquejo del exilio».
Una tarde, en el bar del hotel, conversando con Guillén, inquirí sobre su reciente poesía, su estancia en España durante la Guerra Civil, sus viajes por la URSS y Europa oriental. Había recibido, días antes, el Premio Stalin por la Paz y pensaba recogerlo en breve. Como teníamos confianza, le pregunté qué había de cierto en cuanto se decía de la URSS; respondió, sonriendo: «Mucho es cierto, mucho es falso, pero allá hay justicia social.» Le creí, entonces, y lo constaté, personalmente, diecisiete años más tarde, cuando acompañé al Presidente Osvaldo Dorticós en visita oficial. (Desde Moscú, a los dos meses, recibí una postal de Nicolás: «Nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva. Nicolás».)

2. En La Habana
En los días de mi preparación para hacerme cargo de la embajada en Praga, topé con Pablo Neruda y Nicolás Guillén en la Bodeguita del Medio acogedor rincón de la Calle del Empedrado, vecino a la catedral habanera donde, a instancias de Felito Ayón, cuya imprenta hallábase adosada a esta, del propio Nicolás y otros intelectuales, abrió Enrique Martínez, bodeguero de ancho espectro, un espacio de criolla mesa a la bohemia capitalina e internacional ambos, armados de refrescantes, tropicales mojitos daban cuenta de apetitosos chicharrones de cerdo.
Me sumé a sus libaciones y manducaciones con idéntico entusiasmo. De pronto, Guillén le confió al gran poeta chileno: «Pablo, ¿sabías que Raulito ha escrito una de las mejores cosas que he leído sobre tu poesía?» El chicharrón se me clavó en la campanilla: había publicado en El Mundo, cinco años antes, dos artículos titulados (con la osadía irreverente de los 18 años) «Trayectoria poética de Pablo Neruda». Apreciaba, justamente, la obra de Residencia en la tierra, El hondero entusiasta, Veinte poemas de amor Canto general, pero vituperaba con desenfado la más reciente, v.g. Las uvas y el viento, Odas elementales...
Neruda, quien por supuesto nada conocía de mis impertinencias, amablemente pidió una copia. Prometí llevársela al Habana Libre, donde se hospedaba. Aproveché una breve ausencia de Pablo, llamado por Natura al mingitorio, para recordarle a Nicolás el tenor de mi «ensayo». Todo risa y mala intención repuso, con su voz de barítono: «¡Por eso mismo se lo dije, Raulito!  ¡Por eso mismo!»
Ni entonces ni más tarde, en Praga, donde cenamos juntos Mariacarla y yo con Pablo y Matilde, en nuestra casa de Juarezova No.4, le entregué la copia prometida. Aunque sostengo aún el criterio de mis años mozos sobre la última porción de la obra nerudiana, hoy, como dije en otra parte, lo escribiría de manera diferente. Pero ya no aspiro a ceñirme la muceta de Dámaso Alonso. Después de todo, como señaló Antonio Machado, «por mucho que valga un hombre nunca tendría valor más alto que el de ser hombre». Neruda fue deslumbrante, como su mejor poesía, hombre de su tiempo y su pueblo, de América. Pero su alusión a Nicolás Guillén en Confieso que he vivido, lo empequeñece.

3. En Praga
 Anochece, la luz se quiebra suavemente sobre los techos barrocos de Malá Straná, apretados unos a otros, enhebrados casi por musgos y enredaderas. El aire frío y húmedo pellizca los rostros. Desde el mirador, a un costado de Hradcany, contemplo con Nicolás Guillén los jardines que dibujan complicados perfiles entre árboles secos y fuentes silenciosas. La iglesia de San Nicolás alza sus torres al cielo, recortado de cúpulas y aristas. El punto culminante del barroco jesuíta en Malostranské námesti, donde varios palacios señalan el tránsito de la dominación habsburga. Abren sus portalones a la plazuela antiguas casas sólidas, de pesadas puertas. A la izquierda, camino del Vltava, se bebe una cerveza, nada aquinatense, en la taberna de Santo Tomás.
Subimos por la calle del poeta Ján Neruda, que inspiró a Neftalí Reyes a adoptar su apellido, ante fachadas monumentales y homogéneas (las más homogéneas del mundo, según Alejo Carpentier) hasta alcanzar el Palacio Cernin, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Más allá, después del Convento de Loreto y la placita homónima, doblamos por una calleja misteriosa, iluminada por un solo farol de gas : Novy Svet, un nuevo mundo, en efecto, para nosotros que venimos del antiguo  de la palma y el caimán, los juegos de batos y el ulular oceánico de los grandes caracoles. Nicolás, en voz baja seguramente inducida por el ambiente fantasmagóricoapuntó: «En cualquier momento doblará la esquina un caballero de capa y espada que, sin hesitar, se dirigirá a esa vieja posada del águila bicorne sobre la puerta...»
Al otro lado del río, en lo que fuera el ghetto, topamos con la sinagoga más antigua de Europa central, Starà-Nova, y el viejo cementerio de piedras mudas sobre cada muerto; en un local contiguo, como testimonio imborrable de la barbarie nazi, una sencilla exposición de dibujos realizados por niños hebreos exterminados en Terezin. «Pelota rota», se dolía Silvio.
Sobre alta colina que lleva su nombre vigila el indomable capitán husita, Ján Zizka. Allí se hallaba, preservado también, como remedo de la inexplicable necrofilia que se abatió sobre varios países socialistas tras la erección del mausoleo a Lenin en Moscú, el cadáver de Klement Gottwald. Desde el otero de Zizka contemplamos las torres góticas de Nuestra Señora de Týn, las voluptuosas de San Nicolás y las neogóticas agujas de San Vito que, erigidas en el siglo XX, suben como hercúleo brinco, entre el hollín y la niebla y la opacidad de un crepúsculo triste, barrido por llorones sauces horros de lágrimas.
Acompañé a Guillén a la Unión de Escritores de Checoslovaquia, en Narodni třida, donde nos recibió, con su redonda cara de morsa y afrancesado gesto, Ado Hoffmeister, su presidente: ex diplomático y pintor quien, meses después, se apoyaría en una exposición de plástica cubana que inauguramos ambos en la galería Manes, para lograr que los abstractos y figurativos de su país pudieran respirar aires nuevos, escurriéndose de debajo del obeso —-si bien famélico de ideas— realismo socialista oficial. La conversación, nada protocolar, nos llevó de París a Brasil, a México y Moscú, sin dejar de detenernos en Kuo Mo Jo, las chinerías florales de Chi Pai Chi, los suculentos recuerdos de patos laqueados en el vetusto restaurante pequinés y sopas al decir de Nicolás, inmejorablesde aletas de tiburón, en el no menos añoso Pacífico habanero.
Recuerdo con cariño esa visita de Nicolás Guillén, que me permitió escapar del taedium diplomaticus cotidiano y disfrutar auténticamente la ciudad, los amigos, las horas.  

domingo, 11 de agosto de 2019

Puerto Carenas

Por Rolando López del Amo

La Habana está cada día más cerca del aniversario quinientos de su establecimiento en el lugar definitivo junto al Puerto de Carenas en 1519.

La tradición dice que se fundó bajo una Ceiba, árbol madre, en un punto donde se alza hoy un templete neoclásico con frescos alegóricos al hecho fundacional.

A un lado  está el castillo de la Real Fuerza, primera fortaleza construida en el país, en la que, sobre una cúpula, una veleta de bronce con figura de mujer se ha convertido en símbolo de la ciudad: la Giraldilla.

Desde su fundación en adelante La Habana creció en todas las direcciones posibles: Sur, Este y Oeste hasta abarcar un territorio metropolitano con más de dos millones de habitantes y decenas de millares de personas en tránsito cada día. Ese gran conglomerado tiene hoy la categoría de provincia.

Como es la capital del país, es la sede del gobierno, con toda la responsabilidad que eso implica para La Habana y todo el archipiélago cubano. Es también la sede de los más antiguos estudios universitarios y centros de investigación científica.

La Plaza de la Revolución, donde se alza el grandioso monumento marmóreo en homenaje a José Martí, ha sido el ágora por excelencia, a partir del triunfo de la revolución de enero de 1959, para decisiones políticas fundamentales adoptadas en el diálogo único entre el máximo líder de la revolución y el pueblo.

Pero si algo caracteriza a La Haban de nuestro tiempo, más allá de la presencia de turistas de numerosos países que colman nuestros hoteles y los cruceros (temporalmente prohibidos sus viajes a Cuba por el presidente Trump) que entran al puerto, es la intensa vida cultural de la ciudad.

Museos de todo tipo, teatros para obras dramáticas, conjuntos de danza, salas de conciertos, galerías de artes visuales, bibliotecas y librerías, centros de computación, peñas musicales y literarias, casas de cultura en los barrios, talleres, escuelas de arte, movimiento de aficionados a las artes y la literatura, salas de cine, se unen a un sistema escolar inclusivo para todos los niños y adolescentes. Y todo eso, a pesar del constante asedio del bloqueo económico impuesto por los gobiernos de los EEUU durante casi sesenta años.
A pesar del azote del tiempo y los enemigos, La Habana ha sabido resistir. Ese espíritu de resistencia y salvaguarda de sus mejores tradiciones es una característica del habanero. El símbolo de su mayor casa de estudios es una madre con los brazos abiertos para el que ascienda hasta ella.

Vale recordar que La Habana de hoy, crecida, sigue teniendo, en su núcleo urbano inicial, su palpitante corazón. El triunfo de la revolución fue decisivo para salvar ese patrimonio nacional y de la humanidad toda, como lo ha reconocido la UNESCO, de un destino demoledor como el que convertía el edificio antiguo de la universidad en una Terminal de helicópteros. La oficina del Historiador de la Ciudad, que tuvo en  Emilio Roig de Leuchsenring a su brillante y batallador primer historiador, ha tenido en su discípulo y actual historiador, Eusebio Leal Spengler, no sólo al preservador de la historia, sino al alma de la restauración de la ciudad, a su guardián celoso que, de mano con nuestro tiempo, hace lo que los antiguos miembros de la Academia de la lengua española decían que era la función de esta: limpiar, fijar y dar esplendor.

Decía José Martí que “Hombre es algo más que ser torpemente vivo: es entender una misión, ennoblecerla  y cumplirla” (6-232) Con esa convicción y su pasión por la ciudad natal, Eusebio fue capaz de sensibilizar a las autoridades máximas del gobierno y convencer, con los resultados de su trabajo y un adecuado espacio de televisión, “Andar La Habana”, a toda la población. Él ha sido capaz de ganar, junto al apoyo unánime de los cubanos, el de otras personas y gobiernos para tan noble causa.

Por supuesto que la obra de restauración es colectiva. Centenares, miles de personas son parte de ella y todos merecen nuestro agradecido reconocimiento, Martí también nos enseñó que “La generosidad congrega a los hombres, y la aspereza los aparta.

“El elogio oportuno fomenta el mérito; y la falta de elogio oportuno lo desanima”. “…Cuando consuela  a los tristes, cuando proclama el mérito desconocido, cuando levanta el ejemplo ante los flojos y los descorazonados, cuando sujeta a los hombres en la vida de la virtud, lo loable es la alabanza.” (1-369-70) 

Cuidar la ciudad, preservar sus valores, embellecerla con nuestras acciones, es deber ineludible de todos los avecindados en ella.

Permítame el lector cerrar esta nota con este poema de homenaje a La Habana, incluido en mi libro “Cuando llega el otoño” que acaba de publicar la editorial Letras Cubanas: 

 PUERTO CARENAS 

El mar golpea con fuerza el arrecife.
Suben a saltos crestas de espuma salitrosa 
que caen finalmente sobre el muro y la calle.
El viento norte anuncia su llegada invasora
y adelanta un oleaje turbulento.
Hay ráfagas silbantes sacudiendo ventanas,
golpeando las paredes y las puertas.
Son los heraldos húmedos del Ártico
con su aliento de hielo.
No es tiempo favorable ni a bañistas ni a botes;
sólo los grandes barcos de alta quilla,
de anchura suficiente de babor a estribor
y largo andar de proa a popa 
podrán surcar la mar embravecida.
Para la protección de todos los pequeños
y de los mismos otros, los más grandes,
para todos los buques y las embarcaciones,
ahí está, serena y protectora,
la bahía que es Llave del Golfo,
Antemural de todo un continente,
enclavada en la tierra más hermosa 
que ojos desesperados vieron.
Puerto Carenas para sanar viajeros,
para dar vida a los necesitados.
Punto de unión de sueños y esperanzas
de un mundo equilibrado y solidario.
¡Ah, mi ciudad natal, hermosa Habana! 
¡Guarda tu tradición y tu futuro!

jueves, 8 de agosto de 2019

Médicos cubanos bajo fuego

     Por Rosa Miriam Elizalde

     El trópico se lleva pésimo con las alergias. En Cuba más de 50 por ciento de la población sufre alguna enfermedad de este tipo y la tasa en los niños pequeños es todavía más elevada porque su sistema inmunológico, aún inmaduro, está sometido a una presión despiadada por la humedad, el polen, el calor, las tormentas...
Esa es la razón por la cual mi hija, antes de cumplir dos años, estuvo 18 veces hospitalizada en el pediátrico de mi barrio, entrando y saliendo de cuidados intensivos, hasta que un medicamento prodigioso creado en la isla, el Hebertrans, la sacó del bache inmunológico. Sobrevivió a crisis y a un paro respiratorio previo porque el gobierno cubano compraba clandestinamente, en un remoto país de Europa y a precios cinco veces más altos, un fármaco producido a 90 millas de La Habana que no podía importar para sus niños un país bloqueado como Cuba. Padecíamos la peor crisis económica, el llamado periodo especial, pero nunca me cobraron un centavo ni por los medicamentos ni por los cuidados médicos y, en 20 años, mi hija no ha regresado nunca más a una cama hospitalaria.
Miro a mi alrededor y podría citar una anécdota similar por cada persona que conozco. Lo hago sin sentimentalismo fácil e hipócrita, porque sé lo que ha costado –nos ha costado– en una nación donde faltan muchas cosas y se requiere de imaginación y paciencia para salir del atolladero de la vida cotidiana. Pero tener un médico al alcance de la mano para una gripe o una operación de mínimo acceso, una vacuna o un trasplante, no es un problema que tengan ahora mismo 11 millones de personas, como no lo ha sido para otros muchos en 160 países donde ha estado la colaboración cubana de la salud.
Una vez le escuché a Fidel Castro explicar por qué los cuidados médicos, la educación, la universidad, la cultura, el deporte y otras prioridades del gobierno revolucionario había que universalizarlas y sostenerlas, aunque la guerra declarada de Estados Unidos llevara a Cuba a sus máximos extremos. En este tiempo de inhumanidad hay que buscar maneras de vivir que mejoren la vida de los seres humanos. Nadie tiene excusa para desligarse de esta responsabilidad.
Las conquistas de la revolución en términos de salud pública y los principios que las han sostenido no están en duda, ni lo habían estado siquiera para la derecha más recalcitrante. Hasta ahora. ¿Por qué se han lanzado contra el fuerte imaginario que acompaña a Cuba en materia sanitaria? ¿A qué se debe el arrebato, en los pasados dos años, de los laboratorios de la CIA y del Departamento de Defensa de Estados Unidos?
Tiene que ver con las posibilidades que ofrece en la actualidad un método de guerra no convencional basada en alta tecnología en el que los medios son utilizados para conseguir un objetivo militar o electoral. Ni siquiera comenzó con Cuba. Ha sido probado y calibrado sucesivamente en el referendo del Brexit y las elecciones presidenciales que dieron la victoria a Trump (2016); luego en el Brasil de Bolsonaro y en la Venezuela de fantasía que acompaña al autoproclamado Juan Guaidó. En todos los casos se inyectaron sumas millonarias para atacar fuertes pilares del imaginario colectivo, no de cualquier modo, sino con una maquinaria de alta factura técnica que involucra a voceros de canales formales e informales, mensajes dirigidos a públicos altamente segmentados, científicos y creadores audiovisuales, gran número de artículos en medios de comunicación e investigaciones con sospechas enfocadas en negar hechos probados y aceptados por la mayoría.
Estas operaciones han permitido contaminar las sociedades con discursos desinformativos, a una velocidad y a una escala (local y global) nunca antes vista en la larga historia de la manipulación universal.
En el caso de Cuba, comenzó en 2017 con la entelequia de unos supuestos ataques sónicos contra diplomáticos estadunidenses en La Habana y ha escalado hasta la inclusión de la isla, en junio pasado, en la peor categoría del informe que hace Washington sobre la trata de personas. Este dardo envenenado apunta a la cooperación médica internacional de la isla, sujeta al espionaje y al injerencismo más vulgar. Hemos conocido que al menos en tres países las embajadas de Estados Unidos han solicitado a las autoridades, con carácter perentorio y sospechoso, datos precisos de la cooperación que Cuba ofrece, denunció recientemente Eugenio Martínez, director general de América Latina y el Caribe de la cancillería cubana.
La guinda del pastel es Bolsonaro: Si los médicos cubanos fueran tan buenos, habrían salvado a Chávez. Lo que no dijo es que, herido ya de muerte, Chávez tuvo más vida por los médicos cubanos, como la tuvieron, la tienen y la tendrán aún millones en este planeta. En ese ejército con memoria afectiva habría que incluir a los salvados colateralmente –como esta madre que les escribe, por ejemplo–, que se resisten al lavado de conciencia y a la ética de baja intensidad que sopla desde Washington.

https://www.jornada.com.mx/2019/08/08/opinion/020a2pol

sábado, 3 de agosto de 2019

Noticias e imágenes del Ariguanabo

De Giraldo Alayón, Presidente de la Fundación Ariguanabo (FUNDAR):

1º de agosto, 11:39

Amigos del Río, con un gran dolor les escribo esta mañana 1ro de Agosto porque hice un recorrido por la Quintica y sus alrededores. Les confieso que en más de 60 años de visitar estos lugares jamás los había visto en el estado de deterioro y abandono del presente. Tomé unas cuantas fotos, que no les puedo enviar por la capacidad de este servidor, pero hoy mismo voy a preparar un power-point con lo fotografiado. Cerrado, ruinoso y por supuesto nadie por los alrededores, sólo el sempiterno Elio (el cantinero) sin nada que ofertar, sentado en el salón frente a la barra.

Realmente me faltan palabras para expresar lo que siento y pienso y también entendimiento para comprender cuanta desidia, sinvergüencería y demagogia hay detrás. M e remonto a 20 ó 25 años atrás y un 1ro de Agosto , la Quintica y sus alrededores estaban llenos de pueblo, pescando, bañándose, navegando, viendo jugar a sus niños, consumiendo comidas y bebidas diversas. Qué ha pasado? Cuál es el “pecado” de esta villa para abandonar a uno de sus centros más emblemáticos?

Qué ha pasado con sus ciudadanos y dirigentes?

Debemos hablar muy claro y directo, no hay otra opción, me siento profundamente avergonzado de ver lo que esta mañana he sufrido. La Fundación Ariguanabo debe, a mi entender, llegar a donde haya que llegar para revertir esta bochornosa situación.

Un abrazo,
Giraldo

p.s. Aclaro: este es sólo el caso de la Quintica… saben ustedes que hay otros más….




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De Rolando Méndez, Amigo Del Río:

 2 de agosto de 2019

¿PECADO O TRAGEDIA?

Si deciden arriesgarse, antes les advierto que las imágenes que verán a continuación no son aptas para personas que: nacieron, tuvieron que ver, vivieron por acá, los que verdaderamente aman al Ariguanabo, aquellos que desde cualquier lugar del mundo o de la patria la piensan a diario, a los que conocieron la universalmente conocida “Quintica” de San Antonio de los Baños fundada en 1936, lugar representativo de alegrías de muchos de los que nacimos donde hay un río, agua y terreno de la cultura de un pueblo, en fin, prevengo que no son fotos adecuadas para los reales defensores de nuestra patria chica porque pueden provocar daños intensos a su salud.
rolando el pawa, también yawar

IMÁGENES TOMADAS POR EL PROPIO GIRALDO EL DÍA JUEVES 1 DE AGOSTO, EN
HORARIOS DE LA MAÑANA Y MEDIODÍA: