jueves, 12 de diciembre de 2019

La maldición de Meucci o quién inventó el teléfono

Por Karla Suárez

Si te pregunto quién inventó el teléfono, ¿qué respondes? Esa era mi pregunta recurrente mientras estaba escribiendo esta novela y casi todo el mundo contestaba: Bell. Pero tengo que ir más atrás, porque las novelas suelen empezar antes de lo que creemos y desde luego mucho antes de comenzar a escribirlas.

En 1989, cuando yo era una estudiante de ingeniería electrónica que escribía cuentos aún inéditos, leí un artículo titulado: “El teléfono se inventó en Cuba”. Parecía un chiste, pero el texto explicaba que mucho antes de que Graham Bellobtuviera su patente, el italiano Antonio Meucci había llegado a La Habana como técnico contratado por el Teatro Tacón y allí, mientras experimentaba con el galvanismo, había ideado un primer prototipo de teléfono con el cual partió a Nueva York, pero la falta de dinero y otros azares le habían impedido obtener la patente. A Galvani y a su teoría de electricidad animal yo los conocía por mis estudios, pero a Meucci no. Y si bien su historia aún no pasaba de una hipótesis, resultaba interesante. Pocos años después volví a toparme con él en un libro sobre italianos en Cuba, que abrí por azar en una librería y que terminé comprando.

En 2002 yo llevaba unos años viviendo en Roma. Ya por ese entonces, además de cuentos escribía novelas y no era inédita. Era, más bien, una escritora que impartía clases de informática en una Academia. Un día leí la noticia de que el Congreso de Estados Unidos acababa de aprobar una Resolución que declaraba a Antonio Meucci “el inventor del teléfono”. A los 113 años de su muerte recibía el reconocimiento. Aquello fue casi una fiesta nacional en Italia donde, por supuesto, siempre habían considerado que el invento era italiano. Y fue también, para mí, la chispa que precede a un fuego: aquí hay una novela, me dije.

Pero yo estaba trabajando en otra y, solo después de publicarla, tiempo después, empecé a pensar en el siguiente proyecto, que sería la tercera de un ciclo de cuatro novelas, al que me gusta llamar mi sinfonía cubana personal. Aunque las cuatro historias son independientes, existe una pequeña relación entre ellas: los protagonistas se cruzan en escenas, personajes secundarios de unas aparecen en otras y, sobre todo, hay una mochila que viaja de libro en libro. En principio yo sabía dos cosas sobre mi nueva novela: ocurriría en La Habana de 1993, el peor año de la crisis llamada Período Especial, y uno de los protagonistas sería el hombre que tomó por error la mochila de la protagonista de la novela anterior. El asunto es que no quería escribir solo sobre la crisis y fue entonces cuando la chispa, que había seguido evolucionando, provocó la explosión. Pensé. En la segunda mitad del siglo XIX, la patente que Meucci no pudo obtener costaba diez dólares, pero él no los tenía. También en La Habana de 1993 diez dólares eran casi una fortuna. ¿Qué había en común en ambas historias? Los sueños rotos y la falta de dinero. Según Pitágoras, el principio es la mitad de todo. Y mi principio estaba claro. Tendría a cuatro cubanos: una licenciada en Matemática, un profesor cesante, un desocupado, un escritor, todos desesperados por la difícil situación que viven. Y a una periodista italiana en busca de una exclusiva. Los cinco se aferran a la idea de que encontrar un documento original sobre la invención del teléfono podrá cambiarles la vida.

Aunque Meucci no fuera más que la justificación para hablar de una Cuba que conozco, el personaje me interesaba. Por eso, lo primero que hice fue documentarme. Buscando en Internet supe que gracias a la profunda investigación del ingeniero italiano Basilio Catania se había podido demostrar que el invento de Meucci era anterior al de Bell, lo cual llevó a aprobar la citada Resolución. A esa altura yo había dejado Roma por París. Le escribí entonces a Catania para presentarme y hablarle de mi proyecto. Muy amablemente, me envió un libro suyo y un DVD con los artículos que había ido publicando durante su pesquisa.

Estudiando el material descubrí que Meucci era un inventor brillante y multifacético con una tremendísima mala suerte, porque no solo le fue mal con el teléfono. Tuvo, por ejemplo, una fábrica de velas y luego una de cerveza, en ambas revolucionó el proceso de fabricación, pero por problemas financieros ambas terminaron en manos de nuevos propietarios que sí alcanzaron éxito comercial. Un fracaso iba seguido de otro, perdió patentes, varias personas se aprovecharon de él. Una vez casi muere en la explosión del ferry que lo llevaba a Staten Island, donde vivía, y para cubrir los gastos médicos su esposa tuvo que vender muchos prototipos de sus inventos. Esposa que, encima, apenas podía moverse por una grave enfermedad, razón por lo cual él instaló una conexión telefónica dentro de su casa para poder comunicarse con ella.

Pasé meses conociendo a Meucci hasta que terminé mis lecturas y me puse a escribir. Como hago siempre, entré en mi historia y me dejé llevar. Encontrar aquel documento se vuelve casi una obsesión para mis personajes, y en esa absurda búsqueda mienten y hacen alianzas que luego rompen a escondidas. Por esto y porque me gusta descubrir las historias a medida que avanzo, algunos momentos de la escritura fueron difíciles, y es que a veces sentía que mis personajes querían mentirme también a mí y, sobre todo, en principio no sabía quién tenía el documento, no lo supe hasta muy avanzada la trama. Pero me divertí muchísimo. La novela es una especie de comedia de enredos con misterio donde pude jugar con mis dos mundos: literatura y ciencia.

Me llevó cuatro años terminarla. En Francia y Portugal, donde mis editores son los mismos desde el inicio de mi carrera, empezaron a traducirla. En España, sin embargo, había que buscar editor. Dos años más tarde, en 2012, ya existían las traducciones portuguesa y francesa y esta última había ganado dos premios (Carbet del Caribe y Gran Premio del Libro Insular), pero yo seguía sin editor en español.

Fue por esa altura cuando me invitaron a un festival literario en Nueva York y aproveché para visitar la casa de Meucci. Sabía que era un museo y que allí el inventor había alojado por un tiempo a su amigo Garibaldi. Junto a un colega escritor brasileño tomé el ferry en Manhattan hacia Staten Island, donde caminamos hasta que a lo lejos divisé la casita de madera. La conocía por fotos. Comenzamos a acercarnos y enseguida pude leer el cartel que estaba sobre la puerta: “Giuseppe Garibaldi”, decía en letras grandes. Solo al llegar conseguí leer, en pequeñito, que había sido la casa de Antonio Meucci. Y creo que ahí, en ese instante, me hice la pregunta: ¿a quién se le ocurre escribir una novela relacionada con un tipo con tan mala suerte? Entonces descubrí que existía lo que me gusta llamar “la maldición de Meucci”.

Sé que, en algún momento, la imposibilidad de ver mi libro en español me llevó a sentirme casi tan desesperada como mis personajes. Pero para mí no hay tristeza que la escritura no cure. Comencé otro libro y, años después, cuando ya estaba a punto de olvidar que sobre mí caía aquella terrible maldición, por fin Habana año cero se publicó en español, pero sólo en Cuba. En 2019, gracias a la editorial Comba, existe en España. Este año, además, ha salido en Japón y próximamente lo hará en inglés. ¿Se habrá roto “la maldición de Meucci”? Speriamo bene.

Y entonces, ahora, si te pregunto quién inventó el teléfono, ¿qué respondes?

Fuente: https://www.zendalibros.com/la-maldicion-de-meucci-o-quien-invento-el-telefono/ 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Los cambios indispensables que no acaban de producirse

Por Rolando López del Amo
  
Gobernar un país, por pequeño que sea, es tarea de gigantes, pensaba José Martí. Y si ese gobierno hay que hacerlo bajo un criminal bloqueo económico, financiero y militar impuesto por la mayor potencia del mundo, la tarea se multiplica casi al infinito.

Eso exige suma  inteligencia y sagacidad por parte de los que gobiernan y, sobre todo, mucha honestidad y voluntad de servicio público. Crear un sistema en el que cada cual sienta que puede desarrollar sus potencialidades y vivir una vida digna y próspera. Y para lograr esto hay que hacer las cosas bien y no aferrarse a esquemas dogmáticos y teniendo la práctica como comprobación de lo teórico, la práctica como criterio de la verdad.

Llevamos muchos años de prácticas económicas equivocadas, comenzando por la agricultura, y de un centralismo excesivo. Y no avanzamos. No sé que fuerza paraliza la aplicación de lineamientos aprobados nacionalmente desde hace 9 años. Obviamente, existe una burocracia acostumbrada a rendir informes mentirosos y justificativos que teme perder su posición privilegiada. No se liberan las fuerzas productivas del país.

Es más que hora de abandonar el teque habitual y ofrecer resultados. Va un funcionario del café del Ministerio de la Agricultura a la televisión e informa que la producción se aumentó en tantos miles de toneladas. Y cuando Randy le pregunta por qué no hay café en las tiendas, no sabe qué responder.

Basta ya de vivir del cuento.  Esas conductas desacreditan al gobierno en temas muy sensibles del diario vivir. Se trata no sólo de sacudir la mata, sino de no seguir repitiendo lo que ha demostrado, por decenas de años, su inutilidad.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Defender la propia existencia de una nación cubana

Entrevista a Pedro Pablo Rodríguez*
Por Disamis Arcia

Disamis Arcia: ¿Cuál es el significado de la cultura? ¿Cómo contribuye a la defensa de la nación? ¿Qué sentido tiene la defensa de la nación desde una perspectiva cultural?

Pedro Pablo Rodríguez: Tendríamos que clarificar si se está pensando en el plano de la cultura artística y literaria, porque ya hoy –al hablar de cultura– consideramos otras cosas desde una perspectiva antropológica y sociológica, y para los historiadores también es otra cosa.

Ahora bien, ¿por qué la cultura en defensa de la nación? Toda nación siempre tiene amenazas de alguna manera. Las naciones son –voy a usar lenguaje de moda– construcciones históricas que no son eternas, y hasta en plazos muy cortos tienen rasgos que se modifican, que cambian, que desaparecen, van apareciendo otros nuevos. Las naciones son procesos histórico-sociales, para decirlo rápido y en dos palabras, como lo son las identidades. Las naciones, para expresar una conciencia de ellas, no necesitan siempre –aunque sí en muchos casos– de un enfrentamiento con otras, pero sí de una diferenciación con otras. Por tanto, nación e identidad están muy unidas. Identidad nacional, conciencia nacional y nación son cosas casi inseparables, al menos para mí. Y hay naciones de la misma manera en que hay una conciencia de nación y de identidad de nación, es decir, elementos que permiten que grupos humanos, colectividades diversas, sientan espiritualmente –y de alguna manera también con cierta elaboración en su conciencia– que constituyen una nación.

Estos son procesos histórico-sociales que cambian. Los cubanos del siglo XIX eran tan cubanos como nosotros, pero no eran exactamente igual de cubanos que nosotros. Los de antes de la Revolución lo mismo, los de la Revolución igual, y posiblemente las generaciones que vivimos los inicios de la Revolución no sentimos la nación igual que la pueden sentir la gente que pertenece a otra época, a otra realidad, y que ha vivido otros momentos. Sin embargo, yo estoy seguro que si tuviéramos a Carlos Manuel de Céspedes sentado aquí, compartiría muchas cosas con nosotros hasta en sus gustos y sus maneras de actuar; o si tuviéramos a José Martí acá, también.

Eso me parece importante porque Cuba ha estado, está, y parece que va a estar por un largo tiempo todavía, en el centro de un enfrentamiento sistemático, constante, y que no cesa, frente a los Estados Unidos. Eso les pasa a otros países. Ese problema lo tiene Irán, ese problema lo tiene ahora Venezuela, y quizás pudiera recrudecerse en los próximos años. Yo no creo que necesariamente, y se demuestra con el cambio tan aparentemente radical que hubo de Obama a Trump, la sociedad norteamericana esté mayoritariamente en la disposición de aceptar que ya no son la potencia hegemónica del mundo, que hay otras potencias rivales, y que la inteligencia indica que lo lógico es que se pongan un poco de acuerdo entre ellas para repartirse el mundo. Esa falta de disposición no nos da espacios a los que no podemos pensar en repartirnos el mundo. Por eso pienso que estamos hablando de defensa de la nación.

Esta nación se conformó o se terminó de conformar, de adquirir su plena conciencia y de convertirse en una nación soberana no solo arremetiendo contra un poder colonial que la veía como parte de ella misma, de su propia nación, parte de España. Para los grupos y clases sociales, para los intereses españoles, Cuba era España, como lo puede ser Cataluña a pesar de todos los problemas, como lo puede ser Galicia. Ese proceso cubano se desenvolvió y terminó cuando se alcanzó la soberanía nacional, en un conflicto con los Estados Unidos que dominó hasta el Estado cubano e inventó toda esa historia que hoy sabemos de la Enmienda Platt, y que además inició inmediatamente un proceso sumamente acelerado de control de la vida económica nacional, dominación de la política y subordinación de las clases dominantes en el plano interno a los Estados Unidos.

Todo esto trajo conflictos sociales, problemas en la Revolución del 30, en la Revolución de 1959, pero al llegar al poder un gobierno y crearse un sistema social que de un modo u otro choca con los intereses de los Estados Unidos, se inicia un largo enfrentamiento que tiene ciertas altas y bajas pero que nunca ha terminado, ni siquiera en los momentos de cierto detenimiento, de cierta distensión. Eso es lo que implica que de un modo sistemático aquí estemos hablando de defensa de la nación; necesitamos defenderla.

Los franceses te hablan también de defensa de la nación. Desde los años 70 hay intelectuales en Francia que están hablando de la defensa de la nación frente a esa hegemonía mundial de los Estados Unidos, de su cultura –inclusive en el plano artístico y literario– y en el sentido civilizatorio, y como Francia jugó en cierta medida ese papel en Europa quizás la intelectualidad francesa ha sido una de las más lúcidas en comprender que Francia en primer lugar, y Europa con Francia adentro, debe de alguna manera sostener su propia cultura en todos los planos, incluido también el artístico y el literario, frente a los Estados Unidos. Son grandes y frecuentes los debates y la pelea del cine francés por no dejarse aplastar por el cine norteamericano, que hoy domina la cinematografía mundial.

DA: Además, proponen otro tipo de relato.

Pedro Pablo Rodríguez: Exacto. Lo cual indica también una cultura diferente.
Me parece que estas son cosas importantes a la hora de pensar el asunto, porque de alguna manera ya la entrevista me está llevando a la defensa de la nación. Yo creo que esta es una necesidad que se impone como parte del propio desarrollo de un proceso nacional cubano, que ha estado signado por la vinculación cubana con un régimen social opuesto al capitalismo, al que se le ha llamado socialismo; sin embargo, en Cuba –como en todas partes– ha pasado por diferentes etapas. No fue lo mismo el socialismo en los años 60, en que la primera tarea –que ya se había iniciado desde el 59– era recuperar el control de la vida nacional y en primer término de los medios económicos del país de manos del gran capital de los Estados Unidos. No es lo mismo en los 60 que en los años 70 y los 80 en que el país estuvo muy estrechamente vinculado con el campo socialista y donde tuvo que atenerse a las reglas del juego de actuación del socialismo en Europa oriental y la Unión Soviética; y lo que pasó después de la debacle de los 90, en que de alguna manera el socialismo se mantiene sobre ciertas bases teóricas –por decirlo de algún modo– y normativas del período anterior, pero en el que se han dado múltiples intentos en la sociedad cubana de ver de qué manera se adaptan sus principios a las realidades que estamos viviendo. Lo estamos haciendo con bastante trabajo porque, en primer lugar, nos cuesta mucho a nosotros también admitir a veces la necesidad de ciertos cambios.

Estos también son problemas de la cultura porque indican además, cuando hablamos de socialismo, ¿de qué estamos hablando? Aquí tenemos deficiencias teóricas espantosas. Ya ni siquiera se habla en Cuba prácticamente de marxismo, el marxismo ha desaparecido de la cultura cubana. Yo tengo un trabajo que empieza y termina con una pregunta: ¿somos marxistas? Y eso es importante. No porque yo crea que hay que estar repitiendo de memoria a Carlos Marx, sino porque hay que entender el funcionamiento del capitalismo para saber hasta qué punto algunos de sus mecanismos te pueden afectar la vida cotidiana en tu proyecto social, como se dice ahora, que no es exactamente igual en sus propósitos a los del capitalismo.

Todo esto incide sobre la cultura artística y literaria porque en la época del regimentalismo soviético vivimos la barbaridad aquella que fue el famoso Quinquenio Gris, que ni fue gris ni duró un quinquenio, duró mucho más y fue más que gris, para algunos concretamente negro.

Hay que hablar de defensa de la nación porque independientemente del régimen social que hay en Cuba, los sectores dominantes en los Estados Unidos han pretendido históricamente que Cuba forme parte directamente de la Unión o en un grado de confluencia en que de hecho esté dirigida prácticamente desde allí, y esto es un problema real porque no solo implica pérdida de soberanía para el Estado cubano sino también una pérdida de características de nuestra cultura, de nuestra manera de ver la vida, de nuestra filosofía, de nuestra identidad.

La cultura artística y literaria siempre ha desempeñado un papel importante en eso, en todas partes. El artista, en el sentido más extenso de la palabra, trabaja en un campo que no trabaja la política y que ni siquiera trabajan los estudios teóricos, que es la vida de los sentimientos, la vida de las emociones; y la identidad es también emociones. Las banderas no son más que una tela organizada con determinados colores y determinado diseño, pero "a la hora de los mameyes” la gente se muere por las banderas, la gente se muere por los escudos, la gente se muere cantando un himno, porque identifican lo que para ellos es eso: la patria, la nación, su país, con estos símbolos, y los símbolos entonces adquieren un valor. El arte trabaja fundamentalmente con símbolos, y desde luego aporta al conocimiento. Yo soy de los que cree que sí, pero su manera de trabajar no es desde el punto de vista cognoscitivo, sino desde lo espiritual, los sentimientos, las emociones; y los artistas suelen tener una mirada peculiarmente honda acerca de los conflictos sociales, muchas veces se dan cuenta antes que los propios políticos del espíritu que está flotando, y que la gente expresa muchas veces de una manera no elaborada. El artista, por lo general, no intenta hacer una novela de una manera teórica o conceptualmente elaborada, ni mucho menos un poema, ni una película, por muy realista que sea en el tema que está tratando; está pretendiendo resolver un problema social, pero ahonda, presentando incluso la psicología de un individuo, presentando a una persona de un modo u otro, está reflexionando sobre los problemas sociales y levantando sentimientos, emociones. Por eso es tan importante para la cultura artística y literaria la formación de una conciencia nacional y de una identidad nacional. Por eso para mí, en una defensa de la nación desde la cultura, los artistas son parte decisiva de esta batalla, tanto como los políticos, tanto como la intelectualidad –me refiero a los que nos dedicamos a teorizar, a tratar de encontrar las explicaciones. Los artistas no se preocupan de dar tantas explicaciones, aunque muchos las dan, sino que tratan de expresar a través de los sentimientos esos asuntos que están viviendo.

Yo creo que aún en las circunstancias actuales, que son y han sido tan tremendas en los últimos treinta y cinco años, y en los que además se ha producido un desmoronamiento de lo que era en gran medida nuestro sostén económico, ideológico, militar y hasta estratégico, en las confrontaciones mundiales, también se produjo la pérdida de prestigio en el campo intelectual del pensamiento marxista. De hace más de diez años a la actualidad todo el mundo me dice, y lo compruebo a cada rato, que en el campo de las ciencias sociales en los Estados Unidos Marx es hoy uno de los escritores más leídos, y en la propia Europa también es muy referido. Sin embargo, ha habido una crisis también del pensamiento marxista, quizás no de Carlos Marx, pero sí de muchos que después se llamaron marxistas, empezando por el marxismo soviético; todo esto implica que de pronto hay referentes que no funcionan, que la sociedad no admite, con los que ya la gente no se mueve.

Por suerte, nosotros tenemos a José Martí, que nos salva mucho. Primero porque es nuestro y segundo porque no solo fue un político brillante sino que como fue un intelectual de primera línea, como fue además un gran escritor y un gran poeta, veía también el mundo con poesía, y eso le daba la capacidad de expresar sus ideas en el terreno político y en el terreno estrictamente de las ideas con una manera tal que se movía siempre sobre la base de los sentimientos y las emociones. Esto es lo que yo creo que en buena medida le da actualidad, porque además era un conocedor muy profundo del ser humano, de las personas. Entonces no existía la psicología como ciencia, pero creo que Martí era un psicólogo nato: en conocer las bajezas y las alturas, los defectos y las virtudes, y a la vez, siendo una persona muy crítica hacia el ser humano, fue también una persona que supo comprender que había algo valioso en el ser humano, que era su capacidad de crecer y de transformarse, su capacidad de levantarse de las caídas; así lo dijo en lenguaje bíblico, como se sabe, en muchas ocasiones, Martí.

Eso ha sido importante para la cultura cubana, ya no solo para la nación sino particularmente para la cultura cubana, porque Martí ha creado un sentido de dignidad, de ética, de sacrificio y de entrega por encima de lo personal, pero sin olvidar lo personal, y yo creo que así ha sido asimilado en buena medida por los cubanos, hasta por los que en las esquinas te dicen cualquier cosa en torno a Martí. Esas cosas me ilustran cómo ese pensamiento llega, y llega por eso, porque en Martí no hay teque, en Martí no hay descarga.

Creo que todo eso es lo que explica por qué hay que defender la nación, y cuál es la perspectiva que tenemos delante si la Revolución fracasa por cualquier motivo –bien porque se derrumba por dentro, o porque viene una agresión militar tipo Libia, tipo Iraq, y acaban con este país–: no vamos a ser una república independiente por lo menos en muchísimos decenios porque los Estados Unidos, o ningún grupo político de allí va a permitir que se mantenga algo de lo que ha pasado en estos años. Tendrían que extirparlo de raíz, y eso quiere decir sacárselo de la conciencia a la gente, y si tuvieran que matar un millón de cubanos lo harán con una tranquilidad espantosa como han matado a un millón de sirios, como han matado a un millón de gente en Iraq, y de eso no se habla.

Entonces, no es solamente defender la soberanía, es defender la propia existencia de una nación cubana, y eso es lo que yo creo que nos obliga a pensar y a hablar de este tema de la cultura como exponente y defensora de la nación. Defender la nación no solo está en la disposición de enfrentarnos a una agresión militar, es levantar conciencia, sentimientos, es levantar vida espiritual en torno a lo que es la nación, que va desde lo más simple y más sencillo, que es tu familia, tu entorno geográfico, tus valores locales, tus sentimientos individuales y locales, hasta los que de un modo u otro nos engloban a todos. No hay nada más diferente a un santiaguero que un habanero, pero todos somos cubanos, yo seguiré siendo de los Industriales aunque pierdan, y seguiré discutiendo con los partidarios de las Avispas.

El papel de la cultura artística y literaria es significativo porque la forma mejor de dominación es justamente crear divisiones por un lado, y por otro perder el sentido de nación. Estaba hace poco en Costa Rica, y vi una cosa por televisión que me dejó aterrado, un canal presentaba, como un gran triunfo, que treinta y cuatro profesores de inglés costarricenses habían sido contratados para trabajar en escuelas norteamericanas. Ellos decían muy felices: “Tenemos treinta y cuatro profesores que les van a enseñar inglés a la gente de un país de habla inglesa”, pero en los quince días que estuve allí no vi nada hablando de Costa Rica, de los que pudieran ser sus logros, de lo que pudiera ser de valor en la intelectualidad costarricense. Fui a un evento sobre Repertorio Americano, de Joaquín García Monge, una revista fabulosa que ese hombre hizo durante cincuenta años, que le abrió espacios a todos los latinoamericanos, que fue defensa de toda Latinoamérica, y los estudiantes universitarios de Costa Rica no saben quién es Joaquín García Monge. Los cubanos fuimos a hablarles a los costarricenses de García Monge. A la mayoría de los estudiantes –que los contamos– no les interesaban para nada las humanidades, no les interesaba saber de Costa Rica, ellos querían ser buenos técnicos para ganar dinero y de ser posible buscarse un buen trabajo en los Estados Unidos. ¿Qué futuro tiene ese país, qué futuro tiene esa nación, si la opción para la gente más joven y mejor formada es irse del lugar? Eso está pasando en Cuba ya, y creo que no hay una respuesta adecuada.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que la responsabilidad de un artista es notabilísima. El artista es más cuestionador, si el arte no cuestiona no vale un centavo. Todavía hay aquí demasiada gente, sobre todo en los círculos políticos, que le tiene terror al cuestionamiento. El país está en una situación muy difícil, con un presidente que está, con la mayor delicadeza en medio de estas circunstancias tan difíciles, tratando de mantener la unidad entre la gente. Los políticos cubanos no están acostumbrados a admitir el debate, no están acostumbrados a admitir la discusión, la crítica, la opinión del otro, y eso es un problema real que nosotros tenemos, y eso nos trae dificultades. Yo creo que este es un momento en que tiene que haber unidad sobre ciertos principios, pero a la vez un amplio debate crítico.

Los años 80 fueron momentos de gran debate crítico en Cuba, y el Período Especial, a pesar de todo, logró mantenerlo por lo menos en los planos teóricos y en los analíticos –la propia existencia desde entonces de la revista Temas así lo indica. Ahora la situación no es tan difícil como entonces, pero se aproxima bastante, y esto nos indica que cada vez que hay situaciones coyunturales difíciles la reacción de muchos políticos es de este tipo: no puedo admitir ningún tipo de señalamiento, no puedo admitir al que discrepa, y me lo quito de arriba. No eres capaz, si tienes determinada forma de pensar, de abrir un diálogo ni un debate, inclusive las posturas pueden ser cerradas, que la gente no se abra el uno al otro, pero que expongan, que discutan, de la discusión siempre sale algo. Creo que es un problema que afecta la unidad nacional cubana y afecta la defensa de la nación. Lo mismo le puede pasar, y le pasa a veces, a los artistas.

Yo creo que la política cultural tiene que partir de estas bases, y creo que se está afectando porque no hay madurez suficiente en buena parte de los cuadros de la cultura. Estamos perdiendo cosas que habíamos ganado antes, que es cierto espacio para ese debate y dejar tranquilos a los artistas.

DA: Quisiera preguntarle si la cultura cubana está limitada al territorio de la Isla, ¿en qué medida la protección de la nación rebasa sus fronteras?

Pedro Pablo Rodríguez: Es importante para esta defensa de la nación tratar de ganar cada vez más a los emigrados cubanos a que la defiendan. Buena parte de ellos la defienden, incluso muchos que no admiten el socialismo. Fidel Castro convocó dos reuniones con cada personaje de la nación y la emigración que tú dices: “¿Pero este personaje en Cuba y conversando con Fidel Castro?, esto es asombroso, esto nadie lo podía pensar”.

Y algunos se han convertido, unos cuantos realmente, en personas que se han mantenido con sus puntos de vista pero en las cosas fundamentales defienden la nación cubana, porque se sienten cubanos. Llevan cuarenta años viviendo en los Estados Unidos y no quieren que Cuba sea una colonia de los Estados Unidos. Entonces yo creo que ahí están los límites del asunto y los puntos en que hay que buscar la defensa de la nación. La nación es más que el socialismo en mi opinión, la nación no es un régimen social, ¿o es que no había Cuba en el capitalismo esclavista del siglo XIX?, ¿no eran cubanos esos patriotas, los buenos de la película, que lucharon contra la esclavitud para eliminar uno de los rasgos de aquella sociedad cubana colonial? Eran cubanos, y había sentido de nación, por eso se peleó por la independencia.

Creo que tenemos que dialogar sinceramente con esas personas, abrirles espacios. Fue Díaz-Canel quien dijo hace unos días que podían invertir en Cuba; eso no se había dicho, la ley lo permitía pero hasta ahora no se le había permitido a nadie, si es que alguno lo había pedido, invertir en Cuba. Por otro lado, surge el reclamo de gente aquí –acá no hay millonarios pero hay gente que tiene plata–: ¿entonces por qué el de afuera sí y el de aquí no? Tenemos que admitir y comprender las circunstancias en que se ha movido el país y las circunstancias del mundo de hoy, que es hegemónico y totalmente capitalista –porque China es un capitalismo socializado, y Rusia es capitalista, que no le interesa tanto ni siquiera socializar su sociedad como China.

Hay una cosa importante: no es solo por un problema estratégico, por un problema de política, por un problema cultural en el plano artístico; es que esto es un problema de interés nacional, esa gente no están ahí para ser usadas, esas personas están ahí porque forman parte de nosotros, porque espiritualmente se sienten cerca de nosotros.

DA: Una última pregunta: ¿cómo evitar que la defensa de la nación desde la cultura se confunda con atrincheramientos y proyectos de vulnerabilidad?

Pedro Pablo Rodríguez: Tratando de educar más a los políticos, tratando de evitar la clonación de políticos incultos en el más amplio sentido de la palabra, tratando de impedir que crezca la burocracia, porque la burocracia es muy peligrosa también en Cuba porque tiende a corromperse, y a abroquelarse. Cuando te acostumbras al carrito todos los días y no tienes que quedarte en G como te quedaste para llegar hasta aquí, cuando te acostumbras a no pensar en que pasé por la esquina y compré las galletas, cuando vives en un mundo superestructural, por decirlo de alguna manera, que no es el de la cotidianeidad de todo el mundo, se te va creando una distancia quieras que no. Evitar eso es la única manera de que la política no camine por otro lado, que no se vaya, sin mala intención, pero te va llevando a eso, a que tú piensas que tienes toda la verdad, o que tu equipo, tu gente, los que te rodean, son los que tienen toda la verdad.

Me sorprendió mucho cuando Raúl Castro habló del problema, porque Raúl fue presentado desde el principio de la Revolución como el extremista, el más comunista. A lo mejor no era así, pero lo cierto es que en algunas cosas que fueron públicas, las posturas de Raúl eran más cerradas que las del propio Fidel, porque él era el malo de la película. Fidel a veces cerraba y a veces era abierto, como buen político, por eso era un genio de la política, pero realmente Raúl representó una apertura en muchos terrenos, y cuando presentó a aquella mujer militante del Partido que la habían botado porque tenía ideas religiosas y la puso como ejemplo, cuando se paró y dijo que estaba ya cansado de tanta chusmería –Raúl, que además en cierta manera está formado con un pensamiento teórico dentro del comunismo ruso. Raúl Castro está demostrando que él en eso es más talentoso, quizás mejor político que buena parte de la gente de su generación.

Creo que el problema central está en los políticos, necesitamos políticos cultos en el más amplio sentido de la palabra. En lo que dijo Díaz-Canel sobre los profesores hay que incluir a los políticos, y culto no es solamente haber leído más libros que nadie ni ir a todas las exposiciones de arte ni verse todas las películas de Woody Allen. No es ni siquiera eso: es tener un espíritu verdadero de comprensión de que la unidad no significa unanimidad y que no siempre se tiene la razón, que se pueden equivocar y tienen hasta que aprender.

Fuente: http://temas.cult.cu/catalejo/defender-la-propia-existencia-de-una-naci-n-cubana-entrevista-pedro-pablo-rodr-guez

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*Pedro Pablo Rodríguez: Investigador titular del Centro de Estudios Martianos donde es el director general de la edición crítica de las Obras completas de José Martí. Doctor en Ciencias Históricas y Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas. Profesor auxiliar por la Universidad de La Habana y profesor titular del Instituto Superior  Pedagógico Enrique José Varona. Académico de mérito de la Academia de Ciencias de Cuba y miembro de número y secretario de la Academia de la Historia de Cuba. Miembro del Tribunal Nacional de Categorías Científicas, y del Tribunal Nacional de Historia de Grados Científicos. Entre sus libros se hallan De las dos Américas(Aproximaciones al pensamiento martiano), con cuatro ediciones en La Habana, México y Caracas; El periodismo como misión. compilación de textos acerca del periodismo de José Martí, con dos ediciones; José Martí.  En los Estados Unidos.  Periodismo de 1881 a 1892, coordinador de esta edición crítica de las “Escenas norteamericanas” junto con Roberto Fernández Retamar, impresa por la Colección Archivos de la UNESCO; De todas partes. Perfiles de José Martí y Al sol voy. Atisbos a la política martiana.
Institución: Centro de Estudios Martianos.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Miguelina, siempre hoy

Por Laidi Fernández de Juan

En la Jornada por el Día de la Medicina Latinoamericana quiero rendir tributo a alguien muy especial. Aunque lo merecen, no me referiré a mis gloriosos profesores, ni a mis siempre solidarios colegas. Tampoco hablaré de los Hospitales ni Policlínicos donde trabajé, ni volveré a rememorar mis años de internacionalista. Voy a contar mi relación con una de las pacientes más entrañables que tuve la dicha de atender. Acaba de morir Miguelina Cobián, la gacela antillana, la mujer que en 1970 regalaba a Cuba 25 medallas de oro corriendo increíblemente en las pistas mundiales de atletismo.

Su nombre, famoso desde 1964, quedó grabado en nosotros como ejemplo de tenacidad, y cuatro años más tarde, era considerada la Reina de la velocidad, en fechas donde nuestro movimiento deportivo no contabacon los recursos ni atenciones que alcanzó después. Sin embargo, hablar de corredores anteriores a los espectaculares Juantorena y Ana Fideliaobliga a referirse a Miguelina y a Figuerola. “Corres más que La Cobián…te apuras como si fueras Figuerola”, se decía. La incorporación de dichos nombres al imaginario popular, utilizarlos como símiles de altísima velocidad, da la medida de hasta donde calaban aquellos deportistas en nuestra cotidianidad. Los años fueron pasando, nuevas figuras surgieron, y, como suele suceder, poco a poco Miguelina quedó como una leyenda,solo recordada por quienes supimos de sus glorias pasadas. A las personas-leyendas les sucede eso, hasta que se inscriben en la nebulosa de no saber si existieron de verdad, o, en todo caso, si viven o no.

Ello explica que en el año 2010 me sorprendiera volver a escuchar casi en susurros ese nombre. Cubría la interconsulta de Medicina Interna en un local improvisado en calle 25 esquina a N, cuando entró una mujer solicitando atención médica. Nada en ella me impresionó, salvo su discreta forma de pedir ayuda. Siguiendo la rutina de la consulta, la invité a sentarse frente a mi, y le pregunté sus señas personales para registrarla en la hoja de ruta diaria. Murmuró “Miguelina Cobián”. 

Yo no podía creerlo. “¿Puede repetir su nombre, por favor?”, le pedí. Ella bajó la cabeza, y dijo “Miguelina Cobián”. “¿Es Usted Miguelina…Cobián?” insistí. “Así me llamo”, respondió. Mi emoción era tan grande, que cometí la imprudencia de llamar a todo el personal que en esos momentos estaba en el consultorio. “¡Alumnos, enfermeras, mensajeros, residentes, especialistas, VENGAN TODOS!”. La paciente quedó turbada, con evidentes deseos de largarse de inmediato, pero al verse rodeada de tantas personas, me rogó “No me haga esto, doctora, por favor”. Yo me puse de pie, dije  a quién teníamos el honor de recibir aquella mañana, y pedí un aplauso. “Es una gloria de Cuba: aprendamos de su humildad de campeona mundial”. Todos rompimos el silencio de la mañana con una ovación cerrada.

Miguelina se cubrió el rostro con sus manos. No creía merecer ningún homenaje, estaba visiblemente avergonzada. Le prometí silencio a partir de entonces, y le pedí que no dejara de consultarse conmigo.

Siempre igual, llegaba a la consulta como quien pide permiso para vivir, y perdón por molestar. Ya su salud se quebrantaba, de modo que continuamos viéndonos varios meses. Me preocupaban la escasez de medicamentos y la alimentación que necesitaban su condición de hipertensa severa, de modo que le espeté “¿A usted la atiende el INDER, Miguelina, la ayudan, recibe cuidados?”. Su reacción fue inmediata. Obviamente molesta me contestó “No necesito nada especial, tengo lo que me hace falta. 

¿Cómo se atreve a preguntarme semejante cosa?” No tuve más remedio que disculparme por mi indiscreción. Varios años después, abandoné mi práctica médica, y su nombre regresó a la neblinez de los tiempos imposibles del siglo anterior. Confieso que de vez en vez pensaba en ella, confiando en que el tratamiento médico la mantendría viva y capaz. Al cabo de nueve años, en estos días, leo en la prensa que ha muerto, y me arrepiento de no haber seguido su pista vital, a ella, que en otras arenas nos dio tanta felicidad a todos los nacidos en la Isla del ardiente sol. Veo la fotografía que circula en la prensa: aparece sonriendo con pena, en el instante en que de su cuello cuelgan montones de medallas. La miro con detenimiento. En silencio le pido perdón,  y ella parece volver a decirme “No me haga esto, doctora, por favor”. 

Me arrodillo ante su recuerdo de mujer admirable. ¡Luz para , Reina Miguelina!, y gracias por haberme permitido el privilegio de conocerte.

3 de Diciembre, 2019.          

martes, 3 de diciembre de 2019

La dictadura perfecta

Por José Blanco

    Vargas Llosa, súbdito de Felipe VI de España, dijo el viernes que ve mal la administración de AMLO. Teme por un México de regreso a la dictadura perfecta. El súbdito de un rey que vino a Cuba a hablar de ¡democracia! ha vuelto a proferir una de sus gansadas perfectas y, como era de esperarse, ha sido imitado nuevamente por los replicantes mexicanos: los persistentes defensores del régimen neoliberal en retiro. No es extraño que Vargas Llosa sea un neoliberal: ha sido un alto beneficiario de ese régimen, abrazó tempranamente la ideología de ese sistema de expoliación y ha sido profundamente construido por ella.
Los historiadores probablemente registrarán al discurso neoliberal como uno vuelto sentido común en tiempo récord. No parece haber otro caso en la historia humana: en muy pocos años penetró la mente de mayorías sociales con un discurso con el cual se proclamaba la libertad individualcomo régimen social, mientras se construía en los hechos un sistema de expoliación.
El abuso en el uso del término neoliberal no debiera perder de vista el hecho contundente apuntado. En el marco del capitalismo, lo contrario del régimen neoliberal es el Estado de bienestar. Ambos son creaciones humanas: propuestas de organización del Estado y la sociedad. Pero el discurso neoliberal, sin engañarse a sí mismo, engaña: cree que el suyo es un orden natural, el de la libertad individual, y que todo lo que se oponga a ese orden debe ser rechazado y combatido. Para el neoliberalismo la intervención del Estado en la economía –especialmente en la economía– es contra natura por antonomasia; más precisamente expresado, la intervención del Estado en la acción libre de los individuos en el mercado debe ser rechazada categóricamente por todos. Todos tenemos unas cualificaciones que debemos vender en el mercado, nos dicen. Si obtenemos poco es porque pocas son nuestras cualificaciones y talentos: auméntelos para venderse mejor. Y los neoliberales se ufanan: reclamamos para todos esa libertad; de modo natural libres nacimos todos y toda fuerza opuesta a esa libertad es opresión, autocracia, dictadura, autoritarismo, que deben ser resistidos, combatidos, controlados.
Libre mercado = orden natural autónomo = pilar organizativo de la sociedad. Esta es la patraña sobre la que se construye el discurso neoliberal. En mis tiempos de estudiante el libre mercado era sólo un supuesto simplificador para empezar a conocer los sencillos principios de funcionamiento de un mercado de productos en la asignatura de microeconomía neoclásica (una asignatura entre 30 o 40), donde un (inexistente) homo œconomicus (otro supuesto simplificador) se guiaba por la competencia, la información perfecta y el comportamiento racional orientado por la utilidad marginal de un producto cualquiera.
El mercado libre neoliberal es producto de unas ideas, unas prácticas, unas reglas, unas instituciones, unas leyes: un producto humano absolutamente, no un resultado de la naturaleza: ¿hay alguna duda? Este orden social produjo un ínfimo grupo de ganadores y un mar de perdedores, en proporciones nunca vistas en la historia humana. Cuando el neoliberalismo fue instituido en los años 1980, el punto de partida fue un estado de desigualdad escalofriante. El resultado del libre mercado fue a peor: la economía del 1%.
El ideal utópico del libre mercado soñado por los neoliberales se derrumba porque produjo el estado distópico de la realidad efectiva del presente, hoy enfrentada por grandes oleadas de disconformes que protestan en el mundo. La posverdad del neoliberalismo va reduciendo su poder de discurso imbatible. En Chile ha sido puesto en el banquillo con una demanda más clara que en ninguna otra parte: un nuevo pacto social: otra creaciación humana, esta vez humana en el mejor sentido de la palabra.
Desde que Adam Smith imaginó la economía como una esfera autónoma dirigida por una mano invisible, existía el riesgo de que el mercado se convirtiera no sólo en una parte de la sociedad, sino en la sociedad misma. Especialmente a partir de los años 1980 la idea Friedrich Hayek –que vivió hipnotizado por el sistema de precios– se hizo realidad: el Estado sólo tendría como función mantener libre al mercado (y mantener a raya a los disidentes). El aterrador mundo de hoy es el resultado de ese éxito. En términos históricos eso se acabó: el dominio ideológico del neoliberalismo está volviéndose añicos. A escala humana veremos a muchos estados cometer, en nombre de la libertad individual, horrores sin cuento.
La economía tiene que ser una técnica, como creía Keynes, para alcanzar fines sociales deseables, que son siempre resultado de una deliberación pública, política, democrática, que ha de tener lugar justamente fuera del mercado. Una deliberación que produzca un Estado de bienestar social. La dictadura perfecta del mercado libre anhelada por los neoliberales, sólo produce monstruos o insensibles súbditos del dogma neoliberal, como Vargas Llosa.
Fuente: https://www.jornada.com.mx/2019/12/03/politica/016a2pol