sábado, 11 de julio de 2020

Ciudad

                                                          A Eusebio. 

Soy una centenaria ciudad
de murallas y puerto.
Soy a diario una nueva verdad
enterrando a sus muertos.

He soñado, sueño y soñaré
que soy mejor que nunca.
He llorado, lloro y lloraré
si mi ilusión se trunca.

Yo vi tanto llover
y vi tanto escampar,
pero nunca sabré
lo que falta mirar.

Mi mañana tendrá 
cierto viejo sabor.
Mi mañana será
de placer y dolor. 

Soy una luminosa ciudad
en proyecto y en ruinas,
viva piedra de azul claridad
terrenal y marina.

Soy una veterana ciudad,
una sobreviviente
del salitre, del sol, de la edad
y de su propia gente.

                                            Loma, 2 de junio 2019 (19:57)

jueves, 9 de julio de 2020

La Red Avispa pica en Miami

Por Rosa Miriam Elizalde

Desde que Netflix decidió estrenar La Red Avispa el pasado 19 de junio y llegó a la audiencia cautiva del Covid-19, la película se ha convertido en un suceso mediático por razones poco convencionales.

En Florida han amenazado con quemar cines, si ésta se exhibe algún día en las salas de estreno, y se recogen firmas para obligar a Netflix a retirar el filme, sin entender que el sitio de descargas no es un canal de televisión. La gente tiene la opción de verlo o seguir de largo, aunque el escándalo debe haber disparado el rating de una película que había pasado sin pena ni gloria por el Festival de Venecia, a pesar de un elenco de celebridades que encabeza Penélope Cruz.

Pero en Miami, ahora mismo, el tema de la película se ha convertido en una suerte de conga anticomunista con todos los medios locales bailando el paso tan chévere de atacar al director francés, Olivier Assayas, acusándolo de hacer propaganda en favor de Cuba. El gran detalle es que La Red Avispa narra hechos reales que han documentado las propias autoridades de Estados Unidos, en un juicio que es considerado el más largo de la historia de la jurisprudencia de ese país y en el que testificaron tres generales, un almirante, un ex consejero presidencial y terroristas confesos, que aparecen en pantalla como lo que son.

La trama de La Red Avispa comienza en La Habana, a principios de la década de los 90. René González (Edgar Ramírez en la película), instructor de vuelo en una base aérea militar, roba un avión y huye de Cuba. Comienza una nueva vida en Miami, lejos de Olguita, su esposa (que encarna Penélope Cruz) y su hija pequeña. Otros desertores cubanos pronto le siguen y arman una red para infiltrarse en diversas organizaciones con sede en esa ciudad, responsables de ataques en la isla, entre ellos una campaña de bombas contra hoteles que causa la muerte de un turista italiano. En vez de capturar y procesar a los terroristas, responsables de crímenes atroces, el gobierno de Estados Unidos encierra y somete a chantaje y castigo a los agentes cubanos.

Es la historia de lo que pasó en estado puro, desnuda de opiniones o interpretaciones del guionista y el director; una verdad intolerable para uno de los personajes reales que se asoma en la película, José Basulto. Él se presentaba por aquellos años como un buen samaritano, salvador de balseros en el estrecho de Florida, pero sostenía sus excursiones con el narcotráfico, violaba alegremente el espacio aéreo de Cuba y financiaba los tiroteos contra bañistas en las playas.

Paradójicamente, las pruebas de sus crímenes no las aportó el Ministerio del Interior de Cuba, sino el FBI, que estaba al tanto de todo lo que ocurría, como reseña la película. Ahora Basulto vocifera contra Netflix y enseña el puño ante las cámaras: Estoy más que de acuerdo con Trump en que se ponga fin a la relación y acuerdos con Cuba.

Hay una historia que parece meramente anecdótica de hechos que ocurrieron hace más de 20 años, pero que es actual si se mira correctamente. Gentuza como José Basulto o Luis Posada Carriles, organizador de la estela de bombas contra los hoteles en La Habana y del sabotaje a un avión civil en el que murieron 73 pasajeros y tripulantes, no son marginales en la sociedad estadunidense hoy. El cubano de la isla que vio La Red Avispa en el Festival de Cine de La Habana, en diciembre pasado, sabe que el odio que inspiró los ataques de los mayamenses en los 90, permea hoy los discursos del presidente Donald Trump y conquista a otros radicales que pululan por los foros de Facebook y canales de YouTube ligados a los supremacistas blancos. Más aún, George W. Bush desató su guerra contra el terrorismo de los otros, mientras protegía en casa a sus amigos terroristas, y ahora Trump corteja a los incendiarios de Florida y se muestra evasivo a la hora de condenar a los ultraderechistas que han dejado una estela de muertos durante su administración, desde Charlottesville hasta Minneapolis, pasando por El Paso.

Un estudio del U.S. Extremist Crime Databaseseñala que 74 por ciento de los ataques terroristas ocurridos en suelo estadunidense después del 11 de septiembre de 2001 hasta 2016, fueron obra de la extrema derecha. Desde que llegó Trump a la presidencia en 2017, la mayoría de los ataques contra civiles indefensos se deben a los supremacistas. El perfil del agresor no varía demasiado: hombre blanco, inspirado por otros actos y discursos violentos y con cómodo acceso a armas de asalto. Es el arquetipo de José Basulto, quien se benefició como los ultraderechistas actuales de la ley estadounidense, que sólo permite la designación de terroristas a grupos o atacantes extranjeros.

Virtudes y defectos de realización aparte, La Red Avispa es insólita y valiente. Se concentra en explicar lo que fue ocultado por décadas y aún no se quiere mirar de frente: por qué fueron enviados a Estados Unidos los agentes cubanos. Este es el corazón de la historia que ha incendiado las redes, que intentan censurar en Netflix y que tiene a la derecha haciendo causa común contra el vicepresidente español, Pablo Iglesias. Él acompañó el cartel de la película en Twitter con tres palabras de precisión insuperable: Vista. Héroes. Peliculón.


Fuente: https://www.jornada.com.mx/2020/07/09/opinion/018a1pol

lunes, 6 de julio de 2020

Relatos de K 507

 Por Aurelio Alonso

El encuentro con Fidel

Querido Silvio, Machado me envió hace unos días una cuartilla que redactó para Segunda cita, la cual rememora la conversación con Fidel que dio origen a su relación directa con el Departamento de Filosofía, desde la segunda mitad de 1965. Alude a mi presencia y la de Jesús Díaz en aquella ocasión. Concuerdo en el recuerdo que narra y, aunque no podría precisar si estaban otros compañeros de nuestro grupo, no lo excluyo como posible porque nos manteníamos atentos a aquellas visitas nocturnas frecuentes en que Fidel conversaba de manera informal con los estudiantes, y escuchaba. Hizo de la Plaza Cadenas (hoy Plaza Agramonte) un aula de alta Política. Conservo vivos muchos instantes como aquel, que podría evocar. Sería esta una anécdota más, tal vez insignificante, si no hubiese marcado para aquel grupo de jóvenes revolucionarios –entonces unos cincuenta ya– un hito esencial en el reto profesional que habían aceptado asumir hacía un par de años atrás: impartir la ideología de nuestra revolución en todas las carreras de nuestra Universidad, a la vez que nos formábamos nosotros mismos. Quienes podemos dar testimonio de aquella experiencia estamos ya entre los 70 y los 80 años de edad, y me resisto a dejar que ese caudal de vivencias se pierda. Incluso si no coinciden detalles de nuestros recuerdos, ya que el tiempo erosiona siempre de algún modo las capacidades de la corteza cerebral.

En ese encuentro Fidel le preguntó a Machado qué carrera estudiábamos, ya que por la edad no lucíamos miembros del claustro. Y fue la aclaración de Machado, de que enseñábamos filosofía marxista lo que le hizo asociarnos al rumor de  jóvenes profesores que comentaban que los dirigentes de la Revolución no conocían el marxismo: “¡Así que ustedes son los sabios profesores que dicen que yo no conozco El capital…!”. 

Sabíamos que esa opinión superficial, que nada tenía que ver con nosotros, se había regado y nos molestaba mucho que se nos pudiera identificar con ella. Por eso Machado reaccionó enseguida en un careo difícil: lo recuerdo tratando de argumentar “¡No, Comandante, nosotros no somos ‘sabios profesores’…! y a Fidel, que no lo dejaba terminar “¡Si, chico, no digas que no, ‘sabios profesores’…!”, hasta que Machado puntea: “¡Comandante, a usted le han informado mal!”, y me parece que fue entonces que Fidel pasó a otros temas. Machado recuerda que él le pidió la ubicación del Departamento. Mi memoria lo que retiene es que caminábamos de regreso por K a nuestro local, con la inquietud de que era probable que terminara nuestra aventura docente. 

El rumor de marras había surgido del hecho de que Anastasio Mansilla, el especialista hispano-soviético que había preparado a nuestros compañeros de Economía Política, también impartía un seminario sobre El capital al Consejo de Ministros (máximo órgano de poder del Estado en la época). Esa coincidencia fue interpretada superficialmente por algún discípulo, como recuerda Machado.

Al día siguiente del encuentro en la colina universitaria –o el día que le siguió– cuando ya se había puesto el sol, los que estábamos todavía trabajando en el salón de K 507 sentimos el sonido de varias puertas de autos que se cerraban con fuerza, y apenas nos incorporábamos para salir a ver qué sucedía cuando en la entrada del salón apareció un oficial en impecable uniforme verde olivo y pronunció dos palabras, solo dos, en tono de anuncio: “¡El Comandante!” y Fidel entró. Quizá le acompañaba Manuel Piñeiro o René Vallejo, o ambos, o lo hicieron muchas veces después. Relativizo aquí mi memoria en lo que no siento seguridad. Todo sucedió con la misma informalidad que tenían las conversaciones en la Plaza Cadenas. 

Hacía muy poco había asumido la dirección del Departamento de Filosofía, por primera vez, un miembro de nuestro grupo, Rolando Rodríguez, designado subdirector en el año escaso en que nos dirigió Gaspar Jorge García Galló (1964-1965), quien había llegado con el rectorado de Juan Mier y se fue con él. Estimo que Galló nunca puso trabas a que experimentáramos con los programas docentes, ni a que nos dirigiéramos, en la práctica, con Rolando al frente. Por lo que su salida fue como lo que llaman los cineastas una “mezcla suave”, más que un “corte’. Tampoco podría afirmar si fue en aquella primera ocasión o en una visita posterior del Comandante que, llegando a la medianoche, nos propuso irnos al cine y pidió que le avisaran a Alfredo Guevara que íbamos en camino. Unos meses antes de fallecer, Alfredo me recordaba que al entrar en la sala de proyecciones Fidel le había expresado que él quería que conociera a este grupo de jóvenes.  Lo interpreté, al momento de oírlo, como un gesto de cortesía por haberlo sacado de la cama en la medianoche, pero al repasar el hecho con Alfredo me  convenció de que buscaba sintonizarnos también con la herejía de su viejo compañero de luchas desde la Universidad…

Como recuerda Machado, una veintena de miembros de nuestro grupo, junto a compañeros de otras áreas de la Universidad, tuvo el privilegio de acompañarle, en noviembre de ese mismo año, en el recorrido por la Sierra Maestra para la primera graduación de Medicina de la Revolución. De las Vegas de Jibacoa a Mompié, Palma Mocha, Aguada de Joaquín, el Pico Cuba y finalmente el Turquino. 

Considero que lo trascendente fue el significado de la relación que se estableció para alentar en nosotros un cambio radical en la enseñanza del pensamiento revolucionario a partir de Marx y de Engels, y hasta nuestros días, desechando la lógica dogmática que había sido consagrada por los manuales soviéticos. Para crear, en segundo lugar, una revista, Pensamiento crítico, que llegó a quince mil ejemplares de tirada y reflejó la proyección revolucionaria de 1967 a 1971. Y para configurar, en tercer lugar, un proyecto editorial nacional que diera respuesta al propósito de hacer “el país de hombres de ciencias”, y de difundir lo más relevante de la historia del pensamiento. Fue un quinquenio en el cual aquel grupo desplegó una intensa actividad, que nos sentimos obligados a relatar en el poco tiempo que nos queda para ello.
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Carteles con poemas de Wichy que envía la profesora Maité Fundora Iglesias y los estudiantes del Instituto Superior de diseño ISDi:






miércoles, 1 de julio de 2020

En el centenario de Eliseo Diego



EL ESPEJO TRASCENDIDO

                      A Eliseo Diego

Pasan de la memoria al escritorio
los testimonios claros del recuerdo,
el pasado de luz oscurecida
diáfano en su penumbra de palabras.
Epifanía la niñez deviene,
puro ser de crisálida inocente
que romperá sus alas en el fuego
precursor del regreso a lo perdido.
Entretanto, prosigue el duro y breve
oficio de vivir. Y ya marcado
de irrepetibles sombras, el espejo
trascendido remonta los orígenes.



COLLAGE EN EL RECUERDO

Ahora vas de nuevo a los orígenes
tras la frontera de tu propio espejo
por los extraños pueblos del camino.
La cuerda no tendrá al equilibrista
moviéndose entre oscuros esplendores.
Las maravillas, los divertimentos
en la Calzada de Jesús del Monte
donde juegan los niños con las piedras
en los rotos canteros desgastados,
ya no tendrán la voz que susurraba,
como paño de vieja, la inocencia.
Pero quedan escritas las palabras
en las paredes de la luz y el polvo.
Y la esperanza de encontrarnos luego
donde nunca jamás se lo imaginan.

                                      
                                          Rolando López del Amo

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Con Eliseo, principios de los 80, 23 y 24.


domingo, 28 de junio de 2020

Se acercan los 60 de la Campaña de Alfabetización

30 de mayo de 2020 
Silvio:
Por estos días, hace 59 años, las escuelas cubanas estaban desiertas. Y no era por pandemia alguna, como ahora. Las clases y exámenes habían terminado anticipadamente para permitir que todos los estudiantes que lo desearan se convirtieran en maestros de los cientos de miles de analfabetos que existían en el país.

Se daban los primeros pasos masivos para lo que sería una epopeya educacional inédita, no solo en Cuba. Tras las “brigadas piloto”, creadas para probar métodos y experiencias, y luego del ataque mercenario por Playa Girón, oleadas de muchachas y muchachos eran adiestrados en el arte de enseñar en el Campamento Granma, de la playa de Varadero, para desde allí ir a donde se les asignara la misión de alfabetizar, Yo era uno de ellos, con 13 años, y pasé de las capitalinas comodidades hogareñas a la cruda vida del monte del Escambray villareño.

Pero estas líneas no van destinadas a mi historia en La Campaña de Alfabetización, ya recogida en mi libro Episodios para el relevo (Ed. Pueblo y Educación): sirvan para convocar a aquellos, que parte de los cien mil alfabetizadores de entonces, se animen a hacer breves relatos (de 20 a 60 líneas) de lo que representó para sus vidas haberle reclamado a Fidel “dinos que otra cosa tenemos que hacer” cuando festejábamos la victoria sobre el analfabetismo en la Plaza de la Revolución, el 22 de diciembre de 1961. Al menos para mi fue clave para ser quien soy.


La idea no es propia. Nace de la incitación de uno de mis compañeros de aquella aventura, Eladio, a celebrar el 60 aniversario de la Campaña entre alfabetizadores, y hoy cobra impulso definitivo tras la llamada de Débora, otra de las que el “encierro voluntario” no impide generar ideas creativas como ésta que yo formulo ahora, y que es entusiasta de esa historia que entre todos ayudamos a construir.

Tengo otro libro (Hasta el último grano, Ed. Pueblo y Educación), referido a la primera recogida de café de los estudiantes en tiempo de vacaciones (1962) que lo armé en una combinación testimonial personal con las de dos decenas de otros participantes. Tribuna de La Habana, entonces, sirvió de vehículo para aquella convocatoria que ahora, aprovechando las redes sociales, me atrevo a lanzar y que confío aparecerán respaldos para que no quede solo como ejercicio intelectual en tiempos de la coronavirus.

Brigadistas, desde los Conrado Benítez (estudiantes) a los Patria o Muerte (obreros), anímense a sumar historias de vida que ayudarán a complementar, con experiencias personales, la Historia Mayor de un proceso singular, único, enriquecedor en el plano humano, del que el pueblo cubano ha sido y es protagonista definitorio.

Los que así lo deseen, mi correo jdsantos@enet.cu está a vuestra disposición.

Podría darse de plazo de cierre hasta el 22 de diciembre del 2021, cuando se cumplirán los 60 años, en la pretensión de que sea un homenaje de todo el año a la gesta principal, aunque no única, del interés por enseñar-educar a los más humildes. 

Le he propuesto a Bohemia que coauspicie la iniciativa, publicando en sus diferentes emisiones los mejores testimonios, pero aún no he tenido respuesta. 

Igualmente le pedí su respaldo al Museo Nacional de la Alfabetización (a su directora, Luisa Campos), aunque tampoco aún tengo reacción. 

Quizás consideren que falta algún tiempo para la fecha, pero la inserción de la convocatoria en la Segunda cita quizás impulse las respuestas. 

Podría añadirse tu blog --y mi facebook-- como escenarios también para la difusión segmentada de algo que bien podría después integrarse en un libro, si alguien se animara a editarlo. Veremos.

Afectos de
José Dos Santos.

miércoles, 24 de junio de 2020

En El Mirador todo fue diferente

1961-2021, aniversario 60 de la Campaña de Alfabetización

Por David Rodríguez

Noviembre de 1961. El Mirador, uno de los sitios más hermosos que he visto en mi vida, está ubicado en las profundidades de la Sierra Maestra, perteneciente al municipio de Buey Arriba, en la provincia de Granma.

A ese lugar había llegado siete meses antes, como integrante del Ejército de Alfabetizadores Conrado Benítez García, un maestro que fue asesinado en enero de ese año.

La misión encomendada era alfabetizar a un matrimonio de campesinos, Mario y Juana Montero, quienes vivían en la pequeña comunidad montañosa, junto a otros familiares y vecinos.

Nunca me había separado de mis padres por tanto tiempo, pero el objetivo de la labor que desempeñaría resultaba atractivo y lo comprendía a pesar de contar con solo 14 años de edad.

El cambio era duro, pues pasaba de la ciudad al campo, a las montañas donde no había electricidad y la temperatura se presentaba demasiado fría en muchas ocasiones.

Conocí allí a muchas personas, todas amables, decentes y honestas, sellos del campesinado cubano, y se forjó entonces la amistad, consideración y la ayuda para aquel que había dejado su casa atrás.

En ese tiempo asumí la tarea de enseñar a Mario y a Juana en el horario nocturno, auxiliado por aquel farol chino que tantas veces utilizamos para los quehaceres de aquel bohío, pobre pero muy limpio.

El matrimonio me tomó tanto cariño que teniendo en cuenta mi endeble cuerpo de entonces me dejaban dormir con ellos en su cama, como lo hacen los padres con sus hijos en determinados momentos de su vida.

Mario me enseñó a montar en mulo, el animal más preciado de la montaña por su resistencia y capacidad de sortear los caminos de la serranía, muchas veces intransitables para los vehículos.

También me propició el primer encuentro con las plantaciones de café que quedaban justo detrás de su casa, explicándome todo lo relacionado con ese grano del que se extrae la famosa infusión que tanto gusta.

Todos los días en la mañana me iba al campo con Mario a atender los cafetos, mientras Juana preparaba los alimentos como la malanga, el plátano, la carne de cerdo o de ave y el necesario arroz.

En la noche, encendido el farol chino, comenzaba la clase destinada a alfabetizarlos y ponerlos en condiciones de ser más útiles a la sociedad y a ellos mismos.

En realidad esa estancia en El Mirador me puso en contacto directo con unas personas maravillosas, muy unidas y que siempre estaban prestas a ayudar a quien pasara por el frente de su humilde vivienda.

Las paredes de la casa eran de yagua, el techo era de zinc, y en los tiempos de calor se tornaba insoportable y en el invierno también, pero esos detalles no hicieron mella en mi disposición de seguir y terminar la obra iniciada.

La estabilidad en esa casa marchaba de forma estupenda hasta un día en que llegó una noticia desgarradora, inesperada y preocupante: habían asesinado en El Escambray a un alfabetizar y a su alumno.

Como en toda casa donde estaba un alfabetizador, en la de Mario y Juana, yo izaba todas las mañanas la bandera de la campaña, que servía además a los supervisores para orientarse.

Al llegar la noticia, aquel matrimonio entró en shock, me quitaron el uniforme y me pusieron ropas que me identificaban como un campesino mas, bajaron la bandera y desaparecieron el asta,.

Habían asesinado a Manuel Ascunce Domenech y al campesino Pedro Lantigua en horrenda acción terrorista para amedrentar a los que seguíamos laborando en la campaña.

Ascunce solo tenía ¡!!!16 AÑOS!!!, siendo su delito enseñar a leer y a escribir a los campesinos en Limones de Cantero, en la Sierra del Escambray en el centro del país.

Aquel hecho no logró el objetivo de los asesinos, pues los que nos mantuvimos alfabetizando recibimos refuerzos de otros jóvenes que no se habían incorporado a ese noble empeño.

Allí en El Mirador todo se volvió diferente aunque el amor de aquellos campesinos no varió, solo que desde entonces me protegieron más ante cualquier extraño que se acercara a su casa.

El 22 de diciembre de 1961, cuando Cuba proclamó ante el mundo que era territorio libre de analfabetismo, el nombre y la imagen de Manuel Ascunce Domenech quedó para siempre sembrado en nuestros corazones.

domingo, 21 de junio de 2020

Un cernícalo hizo nido

Un cernícalo hizo nido
en el tocón de una palma
y fue dejando su alma
en su amor recién nacido.
Pájaro comprometido
entrega su libertad,
porque el amor es verdad
que desata y encarcela:
un día es como una vela
y otro es una oscuridad.

Ahí tienen al pichón de cernícalo...


sábado, 20 de junio de 2020

Para la revista Mella en enero de 1960

Por Rolando López del Amo
 
Mi primera contribución escrita para la revista sería un reportaje sobre una exposición soviética que tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes. Era mi primer reportaje y salió en el número de Febrero de 1960. El reportaje se titulaba “URSS: Ciencia, Técnica y Cultura” y se ilustraba con cinco fotos. Creo que vale la pena reproducirlo como testimonio de lo que fue aquella exposición a la que siguieron convenios comerciales entre Cuba y la URSS:

La ciudad de La Habana ha recibido la visita de la Exposición Soviética de Ciencia, Técnica y Cultura. Esta exposición permaneció durante cuarenta días en la ciudad de Nueva York y durante veinte días en México y estará en La Habana hasta el día 25 de este mes. Conjuntamente, se han proyectado en nuestros cines algunas películas filmadas en la URSS, así como también una delegación de músicos eminentes, entre los que se encuentra el famoso compositor Aram Jachaturian, han actuado en nuestra capital.

La Exposición es presentada por el Ministerio de Comercio Exterior de la Unión Soviética. De su instalación en Cuba se encargó el Ministerio de Obras Públicas, y en la preparación y montaje de la misma intervinieron cerca de 50 técnicos y especialistas soviéticos y más de 200 técnicos y obreros cubanos. La Exposición se encuentra en el Palacio de Bellas Artes. Las horas de visita son de 2p.m. a 11 p.m. y los sábados y domingos hasta las 12 p.m. La entrada cuesta solamente 10 centavos.

La Exposición fue inaugurada por el Vicepremier de la Unión Soviética, Anastas Mikoyan. A dicho acto asistieron las figuras más representativas del Gobierno Revolucionario, encabezadas por el Primer Ministro, Comandante Fidel Castro, y el ciudadano Presidente, Dr. Osvaldo Dorticós, así como de distintas organizaciones revolucionarias y una enorme cantidad de público.

En la Exposición pueden verse gran variedad de aparatos científicos y maquetas muy interesantes. Por ejemplo, la del Estadio Central de Moscú, con capacidad para 103,000 espectadores y sus numerosos campos deportivos y su Palacio de Deportes. Otras maquetas que llaman poderosamente la atención de los visitantes son las de la Universidad Central Lomonosov y la de una instalación petrolífera en el Mar Caspio que originalmente es como una isla artificial de 93 kilómetros de longitud que se encuentra a 100 kilómetros de la costa, en la cual hay instaladas viviendas, clubes, cines, etc. , como en cualquier ciudad edificada en tierra, y el proyecto de un nuevo aeropuerto.

También se exhiben modelos de aviones y helicópteros y el del rompehielos atómico Lenin, y réplicas, en su tamaño natural, de los sputniks y luniks lanzados al espacio por los científicos soviéticos. Además hay en la Exposición automóviles, camiones, motocicletas, maquinaria agrícola e industrial, aparatos eléctricos y ópticos, relojes, objetos de cerámica, orfebrería, cristal, marfil y madera; telas, pieles, productos alimenticios y documentales, fotografías y estadísticas dando a conocer cómo se desarrolla la vida en la URSS.

Especialistas soviéticos, ayudados por 20 intérpretes, explican a los asistentes todo lo relacionado con la exposición. En algunas de las muestras, como en las maquetas del aeropuerto y la isla petrolera, el visitante puede escuchar por un teléfono especial su descripción y funcionamiento. En ella pueden adquirirse libros, discos, sellos, relojes, cámaras fotográficas y otros objetos de manufactura soviética como recuerdo de la misma.

La Exposición nos permite conocer cómo vive el pueblo soviético y servirá para derribar los muros de mentiras y calumnias levantados por las agencias cablegráficas yanquis a través de largos años, y facilitará que las relaciones amistosas entre nuestros pueblos se reanuden, para beneficio mutuo.

Todos los pueblos del mundo anhelan vivir en un ambiente de paz y de amistad, sin preocupaciones de guerras que destruyan lo que se ha edificado con el trabajo de millones de seres humanos. La Exposición es una contribución al entendimiento pacífico entre los pueblos del mundo y un rudo golpe a los elementos guerreristas  y reaccionarios que se oponen a su progreso.

Los cubanos tenemos una formidable oportunidad, que no debemos desaprovechar, de conocer lo que ha logrado el socialismo; y esto podemos conseguirlo visitando la Exposición de Ciencia, Técnica y Cultura de la URSS.

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Rincón de Ernesto... 

miércoles, 17 de junio de 2020

La marcha a contracorriente del pensamiento crítico: comentarios desde Cuba


Todo espectador es un cobarde o un traidor. 
Franz Fanon.

Como muchos de los que nacimos o comenzamos a ir a la escuela en los años 60, he buscado con arqueológica pasión cuanto testimonio o reflexión se ha publicado en Cuba sobre los conflictos y debates de nuestra segunda Década Crítica, que lo fue también para buena parte del mundo. Encuentro siempre inspiración en las polémicas que sustentaron las ofensivas y repliegues de esa década, cuyo límite histórico muchos fijan en 1968 y otros, desde Cuba, identificamos más con el mítico fervor de 1970 y sus imposibles diez millones. Fueron años de ascenso revolucionario, en que la acción política de los pueblos –representados en sus obreros, estudiantes, mujeres, jóvenes y grupos sociales marginados– muchas veces rebasó las posibilidades de la izquierda organizada para encabezar y radicalizar esos procesos.

Había una crisis de liderazgo y hasta cierto punto de credibilidad de los partidos de la izquierda tradicional, incluidas las formaciones comunistas de Europa del Este; crisis que “el socialismo real” evidenciaba en la creciente burocratización del trabajo político y el progresivo aburguesamiento mental de sus clases industriosas que tanto preocuparon al Che. Se pagó un alto precio por un ejercicio de convivencia política y coexistencia pacífica, que

[…] de tanto respetar las estructuras del sistema –económicas, sociales, culturales y políticas– se había convertido en un mecanismo más de éste, e incluso, en medida nada despreciable, en una de sus más importantes válvulas de seguridad.[1]

La sincronía de las transformaciones radicales desatadas por la Revolución Cubana; el proceso de descolonización de África; las primeras denuncias sobre la subversión cultural llevada a cabo por las elites de poder en EE.UU. y otras potencias neocoloniales, a través de fundaciones, publicaciones periódicas, instituciones culturales y académicas; la escalada imperialista contra el pueblo vietnamita; y la creciente visibilidad de nuevas propuestas teóricas anti capitalistas –ya fuese el marxismo europeo occidental o la trasatlántica cooperación intelectual del panafricanismo–, dotó de inéditas dimensiones y texturas al debate que tenía lugar en el seno de las fuerzas revolucionarias.

Como ha significado Graziella Pogolotti, “Cuba se convirtió en espacio propicio para todas las controversias que movilizaban a los partidos comunistas y los dirigentes de los movimientos de liberación nacional”.[2] Porque en ella la realidad social continuaba forzando los diques de las ciencias parceladas y las lecturas encartonadas del marxismo. La Filosofía, la Historia, la Economía, la Sociología y la Ciencia Política tuvieron que ampliar sus cauces y desembocar en una amplia gama de saberes, que eran patrimonio cultural del campesino, ahora dueño de la tierra; de las mujeres, amnistiadas tras una milenaria condena patriarcal; de los estudiantes insurrectos contra el autoritarismo y de los obreros que se comportaban como dueños. Coincido con Fernando Martínez Heredia en que la marcha unida del espíritu libertario y el poder revolucionario durante poco más de una década, produjo efectos muy significativos en la cultura política de dos generaciones de cubanos.[3]

Decenas de miles de brigadistas Conrado Benítez desfilaron por la antigua Plaza Cívica, en representación de 300 mil alfabetizadores y activistas, para informar a Fidel el cumplimiento de la tarea asignada. La derrota de los mercenarios en Girón amplió la grieta de la hegemonía imperial en América Latina. Las tres maratónicas sesiones de la Biblioteca Nacional construyeron, sobre los sueños y las angustias de una época, el consenso necesario para que la Revolución lo trascendiera todo. El Che alentaba las búsquedas de un modelo de gestión empresarial libre de trampas capitalistas. Y el otro Guevara, desde el ICAIC, develaba las múltiples capas que puede tener la ideología. El ejercicio de la política se expandió en cuanto espacio social podía albergar una asamblea; la gente se reunía sin otro propósito que leer, comentar o discutir; fundaba revistas y suplementos culturales; demandaba libros; sintonizaba la radio y, los que podían, la televisión para recibir las orientaciones de Fidel en vivo y en directo.

La revolución es una práctica política trascendente de la teoría que la precede y está obligada –para ejercer la hegemonía en el campo de las ideas y no solo de la acción política– a construir su propia teoría. El nacimiento de Pensamiento Crítico debía contribuir a la satisfacción de esa necesidad. Una exigencia cuyas insólitas dimensiones fueron esbozadas, en lenguaje poético, por un combatiente revolucionario que ejercía con singular modestia la presidencia de la República. Según Osvaldo Dorticós, aquellos jóvenes debían “incendiar el océano”,[4] aunque no supieran todavía cómo ni con qué.

En febrero de 1967, cuando sale a la calle el primer número, el promedio de edad del equipo fundador de Pensamiento Crítico era de 26 años y medio. La joven Thalía, con 32 años, era la más veterana y los 19 de Rostgaard* le convertían en el más bisoño del grupo. Pero no podía decirse que fueran “primerizos” pues los currículos de la mayoría exhibían ya honrosos galardones: alfabetizadores, milicianos, macheteros, y graduados del curso emergente de profesores de Filosofía. Pero pertenecían, en primer lugar y sobre todas las cosas, a esa casta de trabajadores políticos que denominamos ideólogos.

Ninguno de ellos tenía algo que perder ni lamentaba demasiado haber carecido de edad u oportunidad para escalar la Sierra. Estaban persuadidos –Fidel los convenció– de que aquella era su trinchera desde que junto a él fundaran Ediciones Revolucionarias, la noche del 7 de diciembre de 1965. No habían olvidado que “[…] la revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que intervienen en ella […]”, [5] por lo que estaban dispuestos, como propuso el Che, a construir una teoría revolucionaria “sobre la base de algunos conocimientos teóricos y el conocimiento de la realidad”.[6]

Siendo tan jóvenes, ya habían tenido algunos “problemas ideológicos”, según el inflexible parecer de compañeros responsables pero poco dialécticos. En enero de 1964 renunciaron a enseñar con HISMAT y DIAMAT, los manuales cuya codificación hoy nos recuerda ciertos jarabes difíciles de tragar. En el periodo lectivo 1964–1965 ensayaron un curso experimental con textos de Marx, Engels, Fidel, el Che, Ho Chi Min, Gramsci y José Carlos Mariátegui, el mismo a quien la Internacional Comunista había tildado de revisionista en 1934. Entre marzo y abril de 1965, reprodujeron con un mimeógrafo el discurso del Che en el Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, celebrado en Argel y lo distribuyeron en la universidad, acción que les hizo merecer el calificativo de “revisionistas de izquierda”. [7] Para colmo, en 1966 uno de ellos participó en la fundación de El Caimán Barbudo y otro se enzarzó en una polémica con Lionel Soto, Félix de la Uz y Humberto Pérez sobre la utilidad de emplear o no manuales en la enseñanza del marxismo. Con tales antecedentes, resulta lógico que el artículo “El ejercicio de pensar”, escrito por Fernando Martínez Heredia en diciembre de 1966 y publicado en febrero del año siguiente, en el número 11 de El Caimán Barbudo, fuera traducido por los soviéticos para uso de sus altos funcionarios.[8]

Desde la trinchera de la revista, se acrecentaron las posibilidades de cumplir el encargo de Fidel, quien los alienta con su presencia, su juicio crítico e implicación personal en los proyectos más importantes. Genera mucho compromiso el empleo que Fidel hace del Departamento de Filosofía, Ediciones Revolucionarias y Pensamiento Crítico como engranajes de una misma maquinaria que ha de aportar lo suyo a la construcción y difusión de la Ideología de la Revolución Cubana que el Che reclamara en 1960.

La sustitución del curso de Filosofía Marxista por el de Historia del Pensamiento Marxista, no fue un pedante ajuste semántico, sino muestra de la voluntad de los miembros del Departamento de repensar y difundir una ciencia social que, partiendo de la Historia, empleara como brújula la práctica revolucionaria. La decisión estaba en sintonía con la revista, en la cual Fidel y el Che fueron los autores más publicados, mientras Carlos Fonseca Amador y Roque Dalton eran, además de asiduos lectores, entusiastas colaboradores.

Estudios específicos merecen las sinergias e interinfluencias que establecieron la labor profesoral en el Departamento de Filosofía, la gestión editorial emprendida desde Ediciones R y el trabajo ideológico a gran escala, empleando como instrumento una publicación mensual que tuvo como promedio 218 páginas y, tras comenzar con una tirada de 4000 ejemplares, alcanzó en pocos meses la cifra de 15 000. Hoy, en que los hábitos lectores de la población cubana aconsejan tiradas mucho más modestas, es más fácil aquilatar el potencial subversivo de 15 000 ejemplares de radicales y heterodoxas ideas circulando entre la gente durante casi cinco años.

Conviene no olvidar que el marxismo de manual se planteaba la lucha ideológica solo como enfrentamiento inevitable y decisivo al sistema capitalista y sus formas materiales e ideales de reproducción, tanto en la esfera internacional como al interior de cada sociedad. Las proyecciones heterodoxas sobre los derroteros del socialismo y las discrepancias con las estrategias sacralizadas en la plataforma programática del PCUS, eran percibidas como “revisionismo” y no como estación, también inevitable y necesaria, en el proceso de construcción de ideologías revolucionarias y estrategias de toma o preservación del poder ajustadas a las acumulaciones, densidades y realidades de cada país.

Uno de los capítulos más aleccionadores de la historia del socialismo es, precisamente, el de los últimos años de Lenin como conductor del naciente y acosado Estado soviético y las formas en que evaluó, negoció y dio respuesta a la apremiante disyuntiva de ahondar la democracia en el partido bolchevique permitiendo las facciones y las tendencias de opinión, o fortalecer la unidad a costa de un desbalance favorecedor del centralismo. La prohibición de las facciones que a propuesta de Lenin se estableció como política partidaria en 1921 tuvo, como sabemos, una interpretación represiva que legitimó el aplastamiento de las opiniones discordantes y liquidó la democracia al interior del partido tras el ascenso de Stalin.

El periodo de mayor radicalización de la Revolución cubana coincide con el ocaso y posterior deposición de Nikita Jrushchov. La inconsecuente liberalidad de Jrushchov, su sesgado balance de la obra de Stalin y su tendencia a actuar precipitadamente tras una apreciación superficial de los procesos y fenómenos, justificó la puesta en orden del ala más conservadora del partido que representaba Leonid Brezhnev; recortó los límites de los cuestionamientos teóricos que podían hacerse en nombre del marxismo; y legitimó la mirada suspicaz hacia las relecturas –históricas, filosóficas e ideológicas– que proponían intelectuales como los de Pensamiento Crítico.

A diferencia de los soviéticos, que se extraviaron en los vericuetos de la coexistencia pacífica, los editores de la revista fustigaban duramente la inacción que hacía concesiones al imperialismo:

“Individuos que piensen la revolución que hacen y hagan la revolución que piensen son el germen, ya desde el combate, del hombre nuevo. En esa actitud está implícita la ambición de· totalidad científica del verdadero marxismo. A partir de ella no tenía sentido la “mala conciencia” que en Europa había generado la guerra de Vietnam, la Revolución cubana, o el movimiento revolucionario latinoamericano, realizaciones de la práctica revolucionaria y, hoy lo sabemos, precisamente por ello notables realizaciones teóricas”.[9]

El Consejo de Redacción también critica el dogmatismo de la izquierda latinoamericana, a la que califica como “integrada” por su connivencia con el poder burgués, empleando en ocasiones el humor sarcástico de la juventud:

“[…] si las izquierdas tradicionales se han convertido en estatuas de sal mirando alucinadas a un pasado que no son capaces de entender en la medida en que no entienden el presente; las fuerzas nuevas de la Revolución bien pueden morir amarradas al castaño bíblico de Macondo mientras pretenden, otra vez, descubrir el hielo”.[10]

He escuchado opiniones que simplifican, quizás con propósitos didácticos, las circunstancias en que Pensamiento Crítico se desenvolvió, identificando como causa del cierre “su línea editorial antisoviética”, una afirmación que considero necesario contextualizar porque en esa época tal calificativo podía generar interpretaciones polares. Cierto es que la revista estableció premeditada lejanía de la plataforma ideológica del PCUS; no publicó a ningún filósofo ni dirigente soviético posterior a Lenin y, en ocasiones, ejerció una crítica radical, casi ríspida, si estaban en juego cuestiones de principios.

Por ejemplo, pocos días después de que medio millón de personas marcharan en Nueva York y San Francisco para denunciar la agresión imperialista a Vietnam y que activistas estadounidenses irrumpieran en la bolsa arrojando puñados de dólares –verdaderos y falsos– para protestar contra la guerra y la opresión capitalista, un editorial de la revista denunciaba:

“Allí, la aviación de EE. UU. bombardea salvajemente a un país socialista sin que se produzca una crisis mundial entre imperialistas y socialistas. Síntesis del heroísmo, la barbarie y las miserias de nuestro tiempo, en Vietnam se libra un encuentro trascendental entre la reacción y la Revolución”. [11]

El distanciamiento de las posturas soviéticas es muy evidente en los textos que critican insolidaridades amparadas en intereses de política exterior; valoran las consecuencias de la falta de realismo y audacia en la labor ideológica; enjuician los estilos paternalistas y autoritarios en el trabajo con las masas; o argumentan la contribución que a las batallas anticapitalistas realizan movimientos ajenos al marxismo catequizante, como las guerrillas latinoamericanas, los Panteras Negras y las insurrecciones estudiantiles. Pero los editores de Pensamiento Crítico secundaban la herejía de un país, la absoluta independencia de un pueblo cuyo partido comunista, en un editorial dedicado al cincuenta aniversario de la Revolución de Octubre, afirmó en su órgano oficial: “[…] hoy los bolcheviques de Lenin son los guerrilleros de América Latina que están peleando en Venezuela”.[12]

En un libro aún inédito de Rebeca Chávez, que combina con efectividad el discurso historiográfico y la prosa testimonial, Aurelio Alonso rememora con dolor: “[…] los dirigentes aceptaron el marxismo que defendía el PSP y no el que defendíamos (nosotros) los jóvenes, a pesar de que nos habían impulsado a pensar con cabeza propia […]”. [13]

Lo cierto es que el repliegue, quizás pensado como táctica, en 1971 se había convertido en retroceso que comenzaba a afectar la ideología y la práctica política. Para esa fecha, la estrategia para fundar la autonomía económica ha fracasado; no se logra el acompañamiento político de proyectos revolucionarios nacidos de la insurrección armada, el Che ya no está y América Latina, asolada por dictaduras que se prolongarían por más de dos décadas, se resiente su ausencia. La soledad de Cuba la obliga a repensar el ejercicio del poder revolucionario, valorizar alianzas, definir los cauces por los que ha de transitar la ideología y proveer nuevas texturas al discurso político. Una poderosa señal del cambio es el Congreso Nacional de Educación y Cultura, ejemplarmente democrático en su gestación desde las bases y notoriamente verticalista en su resolución final.

Revisitar Pensamiento Crítico, cincuenta años después, permite justipreciar la capacidad emancipadora de la historia cuando es bien aprendida, bien enseñada y bien difundida; y ayuda a combatir lo que parece ser una malformación congénita de los socialismos del siglo XX: la tendencia a represar los conocimientos sobre un pasado tormentoso o trágico, en la creencia de que puede resultar desalentador para la construcción del futuro; a manejar la historia como un secreto de Estado, al decir del historiador polaco Moshé Lewin.[14]

La memoria histórica está en la base del patriotismo pues nadie puede amar o sentirse orgulloso de lo que no conoce. Conocer las pequeñeces, cobardías y miserias que hubo que vencer; las traiciones que hubo que enfrentar; los enormes obstáculos que hubo que salvar, confiere a la unidad su valor máximo. Y enseña, sobre todo, que la unidad es una construcción en la que fraguan amores, compromisos y renuncias.

Repensar las circunstancias que hicieron nacer y desaparecer esta revista, releer sus textos, que no han perdido la densidad ni la pasión de esos días –a su manera, también luminosos y tristes–, ayuda a sopesar nuestras opciones ante una tarea que aún no hemos cumplido cabalmente, y que me permito sintetizar acudiendo a otro editorial de Pensamiento Crítico: “En un país verdaderamente liberado se exige, entre muchas cosas, liberar también la historia”.[15]

21 de febrero de 2017.
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Notas
[1] Editorial de Pensamiento Crítico, núm. 25–26, febrero-marzo de 1969.
[2] Graziella Pogolotti: “Otra década crítica”. La gaceta de Cuba núm. 1, 2013, p. 4.
[3] Testimonio recogido en el libro “Habitaciones oscuras”, de Rebeca Chávez (Inédito).
[4] Rebeca Chávez: Ob. Cit.
[5] Ernesto Che Guevara: “Notas para el estudio de la Ideología de la Revolución cubana”. Obras escogidas 1957–1967. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p.83.
[6] Ibídem.
[7] Es esta la alocución en la que el Che afirma: “[…] el desarrollo de los países que empiezan ahora el camino de la liberación debe costar a los países socialistas […] No puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una actitud fraternal frente a la humanidad tanto de índole mundial en relación a todos los pueblos a que sufren opresión imperialista […] Si establecemos este tipo de relación [comercial, de beneficio mutuo] entre los dos grupos de naciones, debemos convenir en que los países socialistas son, en cierta medida, cómplices de la explotación imperial […] Los países socialistas tienen el deber moral de liquidar su complicidad táctica con los países explotadores de occidente”. Ver: Ernesto Che Guevara: Ob. Cit., pp. 544–545.
[8] Rebeca Chávez: Ob. Cit.
[9] Editorial de Pensamiento Crítico núm. 25–26, febrero-marzo de 1969, p. 5.
[10] Ibídem.
[11] Editorial de Pensamiento Crítico, núm.4, mayo de 1967, p. 3.
[12] Granma, 7 de noviembre de 1967, p.1.
[13] Ibídem.
[14] Ver Moshé Lewin: La última lucha de Lenin. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013.
[15] Editorial de Pensamiento Crítico núm. 39, abril de 1970, p. 8.

Fuente: https://medium.com/la-tiza/la-marcha-a-contracorriente-del-pensamiento-cr%C3%ADtico-comentarios-desde-cuba-d3f35cd0818c
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* En 1967 Alfredo Rostgaard tenía 24 años, ya que nació en 1943 [nota de: srd]