martes, 18 de julio de 2017

Del “miedo canijo”, o de los usos del “centrismo” hoy en Cuba

Por Julio César Guanche

El actual debate contra el “centrismo” es muy reciente (viene siendo empleado hace menos de dos años), pero la imaginación de la que procede es más antigua.

En Cuba desde los 1960 hasta hoy hemos vivido “debates” contra “quintacolumnistas”, “reformistas”, “segmentos blandos”, “diversionistas”, etc. No es solo una tradición cubana. La experiencia estalinista convirtió la etiqueta “enemigos del pueblo”, con sus epítetos correspondientes, en el eje de una política represiva que se apropió del nombre del socialismo. Tampoco es una tradición solo “comunista”. Políticas capitalistas represivas han criminalizado diferencias (y criminalizan hoy de muchos modos) a través de procesos como el macartismo.

El “debate” impulsado contra los “centristas” pretende reducir a solo dos puntos todas las posibilidades del espectro político cubano. Se sabe mucho sobre los proyectos que han defendido esa doctrina (“conmigo o contra mí”) y sobre sus consecuencias. Sabemos, de inicio, que no conviene al Estado y a la sociedad cubanas para resolver nuestras necesidades de construcción política y mejoramiento social.

La pluralidad y el aislacionismo político

Las revoluciones no son solo un cambio radical en la estructura social y las representaciones culturales de un pueblo, son también una “masa de acciones colectivas”. No hay forma de concebir de modo uniforme “esa masa”, que no sea recortando su interpretación y alcance en el discurso que la delimita y emplea.

Martí dio cabida a un amplio registro de sectores interesados en la independencia nacional y social de Cuba. Mella disputó un campo de beligerancia contra Machado con sectores de la oposición burguesa y de distintos ámbitos revolucionarios. La política de Guiteras fue defendida, entre otros, por sectores trotskistas. El partido comunista cubano pactó con Batista en 1938, pero son menos publicitados los márgenes de independencia que sostuvo. Chibás creó el partido de masas, policlasista, más grande de la historia nacional hasta entonces. Fidel Castro elaboró, con el MR-26-7, una de las creaciones políticas más originales de la historia nacional, capaz de articular a una gran cantidad de personas y sectores sociales.

En la América Latina del siglo XX no fue “centrista” el APRA peruano que preconizó explícitamente una “tercera vía” como salida frente al capitalismo y frente al socialismo de la URSS, cuya deformación ya era evidente entonces. No fue “centrista” ninguno de los ahora llamados populismos “clásicos”: “ni yanquis, ni marxistas; peronistas.” O, como decía el cardenismo mexicano: “ni liberalismo individualista ni Estado patrón”. En diálogo con esa cultura política Fidel Castro formuló la idea de conquistar la “libertad con pan, y el pan sin terror.”

No era “centrista” Rosa Luxemburgo en sus debates críticos con Lenin. No lo era Gramsci en su argumentación democrática sobre la constitución de lo nacional-popular y en sus críticas al estalinismo. No lo era Che Guevara con su denuncia al capitalismo y al socialismo soviético. No era “centrista” Hugo Chávez con su “socialismo del siglo XXI.” No es “centrista” el debate en Europa sobre la “centralidad del tablero”, que ha impulsado, por la izquierda, Podemos, en España, frente a la oligarquización de la política a manos de la derecha, nueva o vieja, y de la izquierda socialdemócrata que devino hace décadas un ala entusiasta del capitalismo neoliberal.

El problema del “centrismo”

Como ha sido empleado en este debate, el concepto de “centrismo” es muy difícil de encontrar en el debate político en cualquier parte del mundo. La razón es simple: es difícil aceptar que en Cuba, o en cualquier otra parte del planeta, un espectro político pueda reducirse, si se mira a una sociedad real, a una oposición entre dos únicos polos, entre una sola y unívoca derecha y una única y unánime izquierda, como no es el mismo socialismo el que defienden los socialistas, que son una gran familia de tradiciones cercanas entre sí de amigos y “enemigos” fraternos, como los anarquistas, los anarcosindicalistas, los autonomistas, los consejistas, los autogestionarios, los socialistas democráticos, los socialdemócratas, los comunistas, etc. (Tampoco es idéntico el capitalismo que defienden los capitalistas, como son los casos del anarcocapitalismo o de los defensores del capitalismo regulado, pero ese es otro debate en el que no me detendré ahora.)

En Cuba no existe ninguna instancia que otorgue en derecho de propiedad exclusiva y excluyente —que es, por demás, el derecho de propiedad privada típicamente capitalista—, el monopolio de lo “revolucionario”. El motivo para no aceptar determinadas diversidades es que estén “financiadas por el enemigo”. Para proteger a la nación del programa real de la injerencia y la subversión extranjera existen leyes e instituciones. Quien trabaje probadamente en contra de la soberanía, en contra de los intereses nacionales/populares, acepte para ello recursos de una potencia extranjera y su actividad política sea dependiente de ese acceso, no puede reivindicar legitimidad para participar políticamente de una comunidad que tiene en la autodeterminación el principio primero de su existencia cívica.

Sin embargo, no puede emplearse ese recurso a diestra y siniestra para “culpar por asociación” a cuanto actor estimen los críticos “anticentristas”. (En Segunda Cita, han aparecido comentarios estrictamente falsos sobre el financiamiento de la USAID y los recursos “ilimitados” de específicos proyectos dizque “centristas”.) No existen en exclusiva derechos de la revolución y del Estado a defenderse, en ausencia de una relación de derechos y deberes con la ciudadanía y el pueblo al que se deben.

El tema del financiamiento “enemigo” se ha dirigido solo contra los medios no estatales. Es importante que varios de esos espacios hayan hecho públicas sus cuentas, que otros hayan anunciado que lo harán, y es imprescindible que lo hagan todos los que tienen presencia en el espacio público. La política, para aspirar a ser un bien común, requiere mucha transparencia. Por lo mismo, la exigencia tiene que incluir al uso de recursos públicos para poder impugnar, desde la sociedad que somos, su “privatización”, esto es, su uso exclusivista por parte de sectores con poder para hacerlo.

El debate contra el “centrismo” y los problemas nacionales

Muchas personas se han quejado en este debate de que es un intercambio entre “intelectuales” con ninguna resonancia para la sociedad cubana. Efectivamente, el término “centrismo” no tiene presencia en el tan florido e innovador español de Cuba y no formaría parte de lista alguna que enumere los principales problemas para la vida cotidiana de millones de cubanos. Pero tampoco tiene presencia en las ciencias sociales del país (en el trabajo académico en su sentido estricto) ni ha tenido presencia en el discurso del liderazgo político cubano desde 1959 hasta hoy.

En sus afanes, algunos críticos del “centrismo” han acopiado a libre voluntad teorías situadas en otros contextos como si fueran doctrinas defendidas por sus cuestionados. Por ejemplo, la teoría de la “convergencia”, que han sintetizado como la elección de los “mejores y peores” rasgos del capitalismo y del socialismo. Sin embargo, en la versión de Raymond Aron la convergencia entre ambos sistemas se produciría en una sociedad industrial semejantes en sus características. Por la izquierda, el grupo de Monthly Review caracterizó en aquel contexto a la URSS como una alternativa acelerada al desarrollo por vía no capitalista, pero que no era socialista. Ese debate era una interpretación sobre sociedades reales, no una conversación sobre “ideas”. Con un escenario por completo distinto al de los 1960 (para no hablar del estado de la industrialización cubana), con un capitalismo brutalmente concentrado y violentamente depredador, y único como poder sistémico mundial, pregonar una teoría de la “convergencia” es un delirio, y pobre será quien lo haga, pero acusar de pregonarla a quien no lo hace es un desvarío por partida doble.

Ilustrar una idea propia, seleccionando a libre voluntad contenidos teóricos e históricos que calcen dicha idea, y atribuir a otros lo que sea más conveniente para “desacreditarlo”, no parece ser análisis político ni intelectual. La intención de calificar de “centristas” a un amplio conjunto de otros no parece ser discutir la posibilidad o la inviabilidad de ciertos contenidos políticos, ni ponderar analíticamente su deseabilidad, o no, mirando a problemas reales de la sociedad real cubana —lo que colocaría el debate en un nivel intelectual superior— sino penalizar a un muy amplio campo de actores que participan del debate nacional.

El “debate” que termina autorizando desde un teclado, o peor, desde una oficina, quién es más “revolucionario”, y proyectando consecuencias para la vida cotidiana de las personas a partir de tal autorización, es algo más cercano a las discusiones sobre la fe y las herejías, que a los debates políticos del que hacen parte personas reales que construyen sentidos políticos mientras disputan a diario lo mejor para sus vidas, defienden sus ideas y sus prácticas, y tienen necesidades que solo se pueden resolver, o resolver mejor, con construcciones colectivas.

Cuando necesitamos con enorme urgencia análisis y propuestas colectivas de soluciones sobre pobreza, racismo, envejecimiento, violencia de género, bienestar social, transporte público, acceso a internet, producción de alimentos, empleo digno, salario decente, maltrato animal, seguridad social, continuidad generacional, calidad de los servicios, relaciones de mayor beneficio para la nación con su diáspora, desarrollo económico (después de un PIB en 2016 en negativo por primera vez en 20 años), ampliación y garantías de derechos, y sobre la necesidad de habilitar resistencias a la generación de relaciones capitalistas de explotación (que no han sido introducidas por los calificados de “centristas”), y otras cuestiones de interés capital para la vida del país, un reducido número de cubanos prefieren concentrar su fervor en el “centrismo” y no sobre este conjunto de problemas.

De hecho, solo ha llegado a los medios públicos la posición “anticentrista”, como tampoco llegó a los medios masivos la diversidad del debate de 2006 (la “guerrita de los correos”). Se dice con facilidad que a nuestra sociedad no le interesan estos debates, lo que es injusto por cuanto, primero, no tiene acceso a ellos. Otra cosa, bien distinta, sería que con la información disponible decidiera no hacerle caso alguno, como sucede hoy con tanta gente desconectada de la política nacional, sobre los que no muestra preocupación la crítica contra el “centrismo”.

Cuesta trabajo concebir cómo gana nuestra sociedad con este debate. Además de no concentrarse en los problemas más perentorios del país, el intercambio ha involucrado a personas con un ejercicio público valioso —que es inconcebible que puedan imaginarse como de “bandos contrarios”—. La virulencia y acritud que ha llegado a tener pueden acumular enconos duraderos, “divisionismos” estériles, exclusiones y marginaciones, en momentos en que necesitamos todo lo contrario: construir consensos, articulaciones y empeños colectivos que trabajen a favor del país y su gente. Personas como Silvio Rodríguez y Aurelio Alonso, y antes como Alfredo Guevara y Fernando Martínez Heredia, son capaces de servir de “puente” entre sectores diversos, pero son cada día menos entre nosotros por diferentes razones. Una nación necesita de “puentes” (en otras palabras, de diálogos horizontales) para conservar y desarrollar bienes públicos de importancia capital: el tejido social, la ética del comportamiento cívico, los diálogos sociales, los intercambios políticos. A nada de esto contribuye el actual debate contra el “centrismo”.

No solo ante 2018 sino ante todo lo que vendrá en el largo futuro que nos espera tenemos que construir un país en el que quepa, aquí sí cabe decir alegremente, cada vez más gente. Las palabras de Martí siguen contribuyendo a ello: “Con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías, ni de parte de otros aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella.”

miércoles, 12 de julio de 2017

¿Dónde nos colocamos?

Por Jesús Arboleya Cervera

El debate político en Cuba es mucho más intenso de lo que la mayoría supone, puede afirmarse que tiene connotaciones sociales y un grado apreciable de calidad, sobre todo en los círculos académicos e intelectuales.

Lamentablemente los principales medios informativos del país no han sido capaces de reflejarlo a plenitud y han sido los medios alternativos, dígase las redes sociales, nacionales y extranjeras, las que han monopolizado su difusión, con las ventajas y desventajas que esto implica.

Ello nos ha colocado en la situación de que tal parece que el debate cubano actual se explica a partir de colocarnos en ciertas dimensiones espaciales: los  lados, el centro o la periferia.

En realidad no existe un padrón común para colocar los elementos en una u otra ubicación. Algunos identifican a la izquierda con las posiciones más intransigentes. Sin embargo, detrás de esta intransigencia, muchas veces se oculta un nivel de conservadurismo que merecería ser considerado de derecha, según los parámetros que definen convencionalmente a esta tendencia. De todas formas da igual, derecha o izquierda, son términos históricos relativos y poco ilustran por sí mismos.

Algo peor ocurre con el llamado “centrismo”, una categoría inventada por alguien, no sé si propios o ajenos, y definida a partir de referencias históricas o doctrinales, que poco sirven para explicar la realidad del país. Si bien el conocimiento de la historia es indispensable para comprender la actualidad, tampoco la historia se repite miméticamente y pretenderlo solo conduce a su manipulación.

Bajo estas indefiniciones parece imposible encauzar un debate realmente provechoso y quizás esto explica la violación de normas éticas elementales a la hora de ejercerlo. Lo cortés no quita lo valiente, dice el refrán, y vale agregar que lo educado sirve para adornar la convicción, sin menoscabo de su integridad.

Más grave aún, es que estas etéreas etiquetas condicionan percepciones excluyentes, ausentes de rigor argumental, que en ocasiones se pueden traducir en políticas concretas, las cuales nos dañan a todos, porque limitan la calidad y el alcance del proceso de reflexión que requiere el país.

El resultado indeseado de estas políticas es aumentar constantemente la periferia, dígase aquellos a los que no interesa debate alguno, sobre todo entre los jóvenes. Este es el mayor peligro que estamos enfrentando, porque por el hueco de la apatía y la ignorancia puede penetrar cualquier cosa, incluido el oportunismo. 

A riesgo de que me acusen de simplista, se ha puesto de moda acusarlo a uno de cualquier cosa, prefiero explicarme la orientación que debe tener el debate nacional a partir de tres categorías de problemas: lo que no queremos, lo que sí queremos y lo que hace falta hacer para alcanzar lo que queremos o no queremos.

Históricamente, el consenso de las grandes luchas populares se ha establecido a partir de la conciencia de lo que no se quiere. En Cuba, dos movimientos revolucionarios muy abarcadores se han definido a partir de esta lógica: el anticolonialismo y el antimperialismo.

Estas posiciones establecieron las líneas de demarcación del patriotismo cubano y han sido la brújula para identificar a los que caben o no caben dentro del proyecto de nación.

Es por eso que los colonialistas, anexionistas, plattistas y neocolonialistas han sido justamente definidos con antipatriotas y excluidos del debate nacional en cada momento, para ser colocados en el enfrentamiento con el colonialismo español o el neocolonialismo norteamericano. Tal premisa vale para la actualidad nacional.

Una vez determinado lo que no se quiere, es mucho más difícil ponerse de  acuerdo en lo que se quiere, entre otras cosas porque las opciones dependen de la propia evolución de la sociedad, los intereses específicos de los individuos, y varían debido a múltiples coyunturas. En esto radica la constante necesidad de la búsqueda de un consenso, para avanzar hacia objetivos concretos, que satisfagan las necesidades, apreciaciones y expectativas de la mayoría. Aquí se expresa la ciencia de la política.
  
En esta categoría de problemas entra el debate sobre el socialismo como sistema económico, político y social en Cuba. Evidentemente, el socialismo ha contado y cuenta con el apoyo de la mayoría de la población cubana, porque ha sido fuente de beneficios materiales y morales tangibles. No sé qué más se le puede pedir al pueblo de Cuba para demostrar este respaldo.

Pero el socialismo no significa lo mismo que hace medio siglo y muchas interrogantes nos asaltan respecto a su propia definición. Es lógico que así sea, porque estamos hablando de un proceso de transformación social que tiene que dar respuesta a dinámicas cambiantes y a veces contradictorias. Los clásicos del marxismo le llamaron dialéctica y ni siquiera fueron ellos los que inventaron el concepto.

La discusión respecto a las características del socialismo cubano es un tema abierto en el debate nacional y lo más sano es ampliar al máximo su diapasón, para poder convencernos entre nosotros. Algo así ha intentado la dirección del PCC con la discusión del documento referido a la conceptualización del modelo cubano, donde han participado amplios sectores de la población y en esto radica su importancia, a pesar de la reconocida necesidad de su constante revisión y enriquecimiento.

De todas formas, no hay que ser socialista para vivir en Cuba y gozar de los derechos que implica la condición de ciudadano. Esto incluye el respeto a la manera de pensar de estas personas y las prerrogativas de expresarla. La unidad nacional no se debilita con esta práctica, sino que se fortalece, mediante la inclusión de todos aquellos que, definidos a partir de lo que no quieren para el país, pueden ser considerados patriotas.
 
En cualquier variante, ya sea para establecer lo que queremos o no queremos, lo más difícil es ponerse de acuerdo sobre cómo lograrlo. Este es el campo donde se concreta la democracia, que no es más que crear los mecanismos para ponernos de acuerdo a pesar de las diferencias, y ello condiciona la calidad de la política.

Una vez escuché a Fidel decir que el arte de la Revolución había sido su capacidad para convertir a los enemigos en amigos. Todo lo que conspire contra esa lógica deja de ser revolucionario, la historia lo ha demostrado, da igual la geometría que se utilice para tratar de justificarlo.                      

martes, 11 de julio de 2017

¿Contra "el centrismo" o contra una posición de izquierda militante pero realista y dialéctica?

Por Humberto Pérez

En estos últimos días ha aparecido sobre todo en nuestra prensa digital (pero que ha llegado hasta la oficial escrita) un debate alrededor de un supuesto centrismo que se manifiesta entre nosotros y al que se combate acusado de tratar de introducir el capitalismo por la puerta de la cocina utilizado como camuflaje un discurso de aparente izquierda.

El destacado y admirable poeta y revolucionario que es Silvio Rodríguez, en quien debemos celebrar ¨tanto su lucidez como su talento¨ como acertadamente recién ha escrito el compañero Aurelio Alonso (a lo que yo añadiría su honestidad y valentía intelectual), ha abierto las puertas de su blog Segunda Cita a este debate y ha expresado su criterio de que los círculos que, pretendiendo ser rectores ideológicos, desarrollan la campaña anti centrista están manifestando un izquierdismo infantil anacrónico.

No se han mencionado, que yo conozca, los nombres de los que se consideran ¨centristas¨ pero por las imputaciones que se les hacen dentro de ellos están incluidos los que proponen una mayor rapidez en la aplicación y mayor profundización de los cambios considerados en los Lineamientos y demás documentos oficiales aprobados por los máximos organismos de dirección del país.

También al parecer están involucrados los que han propuesto tener en cuenta en la realización de nuestros cambios experiencias internacionales¨, incluidas algunas procedentes de los países capitalistas, considerando sus críticos que al capitalismo hay que descartarlo completamente como fuente de experiencias a considerar pues en él  no hay aspectos positivos que puedan ser rescatados, ya que los mismos elementos que lo hacen más eficiente y productivo son los que generan la enajenación del hombre y riqueza para una minoría y pobreza para las grandes mayorías.

Realmente a mí me parece una forma maniquea de analizar y enjuiciar al Capitalismo y no sé por qué me recuerda la frase de cierto Papa católico, de sentido ideológico opuesto, pero de igual absolutismo dogmático, cuando afirmaba que ¨El comunismo es intrínsecamente perverso¨.

Cierto es que el Capitalismo como sistema económico social es un sistema de explotación despiadado y que, llegado a su fase imperialista, ha sido el engendrador del fascismo y del nazismo, del colonialismo, de las más devastadoras guerras de la historia, que tiene actualmente a la humanidad al borde de su desaparición física y que, en él, ¨no se puede confiar ni un tantico así¨.

Y es cierto que lo que se deriva de las propias leyes de su desarrollo y de las del desarrollo histórico y lo que se plantea como alternativa de solución para las masas humildes del mundo y para los problemas de supervivencia de la humanidad, es una organización socialista de las relaciones económicas y sociales a partir fundamentalmente de la teoría marxista, aunque sin dejar de tomar en consideración también otras concepciones y experiencias afines.

Pero de esto a concluir que al Capitalismo hay que echarlo por la borda como un todo único e indistinto, despreciando todo lo positivo que ha creado y desarrollado a lo largo de la historia sobre todo en la esfera de la economía, hay un gran trecho. Esto último me parece que se aparta completamente de un análisis objetivo y marxista de esa historia, de cómo pensaron y actuaron los representantes más paradigmáticos de la izquierda marxista universal y cubana y, en cuanto a la situación actual de nuestro país, es no tener en cuenta de manera realista las características de dicha situación y el contexto internacional actualizado en que esta existe y se desarrolla.

Ya Lenin en su artículo ¨Las tareas inmediatas del poder soviético¨, escrito en marzo-abril de 1918, apenas 5 meses después del triunfo de la Revolución, planteaba que en cuanto a la organización del trabajo la última palabra la tenía el sistema Taylor y orientaba textualmente ¨Hay que organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su experimentación y adaptación sistemáticas¨. Lo mismo lo repetía a principios de mayo de ese año en ¨Seis tesis sobre las tareas inmediatas del poder soviético¨.

En una sesión del Comité Ejecutivo Central de los soviets de toda Rusia planteo el 29 de abril de 1918 que ¨es dudoso que se pueda pasar al socialismo sin aprender de los organizadores de los trusts¨.

En 1918, teniendo en cuenta de manera realista las condiciones concretas de la sociedad rusa, planteo también que el Capitalismo de Estado ¨sería un gigantesco paso adelante¨ y que ¨nos llevara por el camino más seguro al socialismo´. Esta idea se implementó dos años más tarde cuando la aplicación de la NEP.

En abril de 1921, hablando sobre la organización de la economía decía de manera subrayada por su parte que ¨todavía se puede y se debe aprender mucho de los capitalistas¨.

En Cuba, el Che en su artículo titulado ¨Consideraciones sobre los costos de producción…¨ escrito en junio de 1963, en el que explicaba la fundamentación de las empresas consolidadas que bajo su orientación se habían organizado para aplicar el Sistema Presupuestario, planteaba que ¨Este sistema se basa fundamentalmente en la idea de aprovechar los avances existentes en la contabilidad general de las empresas capitalistas¨.
  
En un artículo posterior suyo escrito en febrero de 1964 y titulado ¨Sobre el sistema presupuestario de financiamiento¨ el Che cita un artículo de Oscar Lange cuyos criterios manifiesta compartir y en cual Lange expone los avances del capitalismo en la esfera de la organización económica que debían ser tenidos en cuenta en la construcción del socialismo.

En este mismo artículo el Che plantea que ¨Las formas de conducción de la economía, como aspecto tecnológico de la cuestión, deben tomarse de donde estén más desarrolladas¨.  Y cita, como ejemplo, los casos de la tecnología de la petroquímica, y en la rama económica lo referente a las normas técnicas de dirección y control de la producción que estaban más avanzadas en el capitalismo.

Y tiene una frase concluyente: ¨el antecesor del sistema presupuestario de financiamiento es el monopolio radicado en Cuba¨.

¿Debemos concluir que Lenin y el Che eran ¨centristas¨?

Actualmente, ¿por qué no considerar la experiencia de países capitalistas en la estructura y organización de la propiedad pública o estatal existente en el caso de los países nórdicos de Europa e incluso en países imperialistas con una propiedad pública significativa y en los cuales esta ha funcionado y funciona con mucha más eficiencia que la experimentada durante años en los países del llamado socialismo real y en nuestro propio país?

¿Por qué no considerar las experiencias actualizadas en sus estructuras, funcionalidades, métodos de dirección y mecanismos de eficiencia las de los monopolios y las transnacionales, que son las que más se acercarían a nuestras Agrupaciones Empresariales Estatales?

¿Por qué no considerar la experiencia de funcionamiento de las MYPYMES en muchos países incluyendo capitalistas donde hay una experiencia más desarrollada que en nuestro país?

¿Por qué no tener en cuenta las experiencias internacionales, incluyendo las capitalistas, en cuanto a sistemas de gobierno, parlamentarios, semi parlamentarios y presidencialistas y, sobre la base de la historia nacional desde las Constituciones mambisas hasta las de 1940 y 1976 reformada en1992, como antecedente y de la  experiencia de sus textos y aplicación práctica, formular ahora la propuesta que más se aviene a nuestra historia, proyecto de modelo de sistema económico social, condiciones e idiosincrasia?

Como planteaba Lenin, en su intervención de octubre de 1921 en el II Congreso de Educación Política, creo que debíamos proponernos superar lo que el llamo métodos envejecidos, es decir los manifiestos y declaraciones generales que en su momento fueron necesarios para explicar al pueblo que cosas nuevas queríamos edificar y cómo hacerlo pero que no tiene sentido continuar rutinariamente repitiéndolos.

Si seguimos haciéndolo, advertía Lenin solo 4 años después del triunfo de la Revolución de Octubre hablándole a la misma generación que había hecho la Revolución, ¨el obrero más simple se burlará de nosotros y nos dirá: ¨Basta de explicar cómo quieres edificar, demuéstranos en la práctica como sabes hacerlo. ¡Y si no lo sabes nuestros caminos son diferentes; vete al diablo! ¨. Y tendría razón. ¨

Y concluía Lenin: ¨Ha pasado el tiempo en que era necesario esbozar políticamente los grandes objetivos y este es el momento en que hay que realizarlos en la práctica¨.
Con mucha más razón ese debe ser nuestro propósito 60 años después del triunfo de nuestra Revolución, luego de reiterados intentos y frustraciones y hablándole a la sexta o séptima generación posterior al triunfo de 1959.

En los momentos actuales, como ya he escrito en fecha no muy lejana, considero que nuestro proyecto socialista corre riesgos y peligros, advertidos ya por Fidel en la Universidad y por Raúl en el 2010 y acrecentados hoy por la situación internacional existente con una presidencia pro fascista e irresponsable al frente de la potencia capitalista mundial más poderosa y que es nuestro principal enemigo a solo 90 millas de nuestras costas.

Es el momento para que todas las fuerzas políticas e intelectuales que nos pronunciamos por el Socialismo unamos nuestras fuerzas más que nunca y debatamos con honestidad y franqueza nuestros puntos de vista sobre cómo salvar y desarrollar la obra de la Revolución, sin paranoias que vean el fantasma del enemigo en cualquier opinión discrepante de la nuestra, sin descalificaciones y calificaciones a priori, que obstaculicen el libre debate de argumentos a razón o en contra de una u otra posición o proposición y que en definitiva obstaculicen llegar al consenso necesario para hacer lo que sea necesario y hacerlo a tiempo.

Y también siguiendo las orientaciones de Lenin, debe evitarse la ¨fraseología revolucionaria¨ hueca y subjetiva, enfermedad que aparece ¨cuando en el curso de los sucesos revolucionarios se dan grandes y bruscos virajes¨, fraseología que se manifiesta en ¨una simple repetición de consignas revolucionarias, que emborrachan y exaltan los ánimos pero que carecen de fundamento y no toman en cuenta de manera suficiente las condiciones objetivas de la situación dada y de determinado sesgo de los acontecimientos¨.

domingo, 9 de julio de 2017

Palabras para hoy

Por Aurelio Alonso

El jueves leí en Granma el artículo de Elier Ramírez Cañedo «Volver a Palabras a los intelectuales» y celebro su recuerdo, en el diario de mayor circulación nacional, de aquel debate memorable, en el cual, como en muchos otros momentos, remontó Fidel el escenario planteado por la coyuntura y dejó una reflexión indispensable para todos los tiempos. Sin embargo, a pesar de haber contado el autor con una página entera del diario, y dar elementos sobre la actualidad del acontecimiento, sentí que quedaron cosas por decir. Pienso que de las cosas que un historiador no puede pasar por alto.

En 2011 dediqué unas líneas al 50 aniversario de las Palabras…, a solicitud del semanario chileno Punto Final. Las busqué ahora, confieso que motivado también por el debate en Segunda cita, y prefiero volver a algo que dije entonces, que intentar hacerlo con otras palabras. Parto del hecho de que fue en aquella intervención de Fidel que quedó plasmada, en una expresión sencilla, inequívoca, una postura que devendría paradigmática. Cimentada en un principio –tal vez sin precedente en la tradición socialista– que previniera, al mismo tiempo, los riesgos de dos excesos extremos: de un lado, el de aplastar las libertades y, del otro, el de tolerarlas en contra del proyecto revolucionario en curso.  No obstante, después del debate de 1961 y registrada en la memoria la fórmula de Fidel, hemos podido ver (y sufrir), en la posterioridad, cómo la interpretación burocrática sobre el alcance de las libertades era sometida a otros condicionamientos. Sabemos que solo diez años después, los términos «dentro» y «contra» fueron  manipulados muchas veces en referencias arbitrarias para reprimir. El artículo de Elier despacha aquella  deformación con siete palabras: «en los años 70 hubo distorsiones y errores». Una reducción incomprensible.

Recuerdo que algunas de las obras cubanas y no cubanas más significativas de aquellos años fueron proscritas y tuvo que correr agua bajo los puentes para que llegaran a manos de los lectores más jóvenes. La creación llegó a experimentar, en todas sus manifestaciones, episodios sombríos que no necesitamos inventariar aquí, vinculados con frecuencia a otras formas de discriminación. La ingeniería de lo que Ambrosio Fornet bautizó como «quinquenio gris» no se implementó contra las Palabras a los intelectuales sino, paradójicamente, a partir de una interpretación distorsionada incompatible con el sentido original de las mismas. En 1996, recordaba Armando Hart que su actuación fundacional en el Ministerio de Cultura, veinte años antes, se orientaba a «aplicar los principios enunciados por Fidel en Palabras a los intelectuales y para desterrar radicalmente las debilidades y los errores que habían surgido en la instrumentación de esa política».

La experiencia del marxismo soviético está cargada de ejemplos de una hermenéutica distrófica del pensamiento revolucionario, concebida para justificar arbitrariedades políticas consumadas o a consumar. También en Cuba, durante muchos años, la crítica de posiciones soviéticas era objeto de una severa descalificación ideológica; poco importaba que fuera justa o no. Hoy esa crítica parece intrascendente, pero los censores vuelven a alzarse, una y otra vez, para obstaculizar el disenso y el debate, ahora en torno a los problemas propios de nuestro socialismo. Como si la clave de la unidad se cifrara en exclusiones. Precisamente cuando más se necesita de la mirada crítica y cuando más inteligencia hemos desarrollado para ello. Y lo más complicado es que el futuro del pensamiento no está exento –no lo estará nunca, ni aquí ni en ninguna latitud– de la recurrencia a estas deformaciones. Es la vertiente más escabrosa de la real batalla de ideas.

Me excuso ante los lectores por esta parrafada tan larga. Fidel nos enseñó entonces, de manera ejemplar, cómo se asocian, por su naturaleza, la vanguardia política y la intelectual. Creo que Elier lo reconoce en el párrafo final de su artículo de Granma. Yo pienso también que desde entonces no han sido pocos los intelectuales cubanos que lo aprendieron y han dado muestra de ello, en la escala de sus entregas vitales. Con vuelos propios y hondo sentido crítico, algunos  fallecidos recientemente como Guillermo Rodríguez Rivera, Fernando Martínez y Jorge Ibarra, y otros vivos y en plena madurez creativa, como es el caso de Silvio, cuya lucidez celebro tanto como su talento.

Lamentablemente, a los que hemos vivido este tramo de la revolución cubana nos ha faltado la audacia de someterla al bisturí crítico del análisis histórico. Nuestros historiadores, que no son pocos, se detienen en 1959 como si un muro les impidiera ir más allá. Es una carencia perceptible y las generaciones futuras no nos van a perdonar esas tibiezas. Tal vez ya las de hoy no nos las perdonen.

jueves, 6 de julio de 2017

El Canciller de la Dignidad (2)

Por Raúl Roa Kourí

Raúl Roa García, a quien el pueblo cubano bautizara como “Canciller de la Dignidad” en los años iniciales de la Revolución Cubana, cuando libró memorable brega en la Organización de Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas (ONU), ora contra las maniobras yanquis para aislar a Cuba, expulsarla de la OEA y asfixiarla económicamente, ora para encarar la agresión mercenaria de Playa Girón, urdida, financiada y desatada por el Gobierno de los Estados Unidos en 1961, y desenmascarar a los representantes del imperio en el Consejo de Seguridad en lo que la historia ha recogido como “la batalla de la ONU”, nació en La Habana, el 18 de abril de 1907. El 6 de julio del presente año (2017) se conmemora el 35 aniversario de su partida.

Sus padres, Ramón Raúl Roa Reyes y María Luisa García Espinosa, residían, cuando nació, en la Calzada de Carlos III, pero tanto mi padre como su única hermana, Gilda, vivirían la mayor parte de su infancia y adolescencia en el habanero barrio de La Víbora, donde Roa se estrenó en el arte de confeccionar y empinar papalotes, jugar quimbumbia y como primera base de un equipo de béisbol juvenil, aficiones –salvo la quimbumbia- que nunca abandonó, asistiendo regularmente a los campeonatos nacionales de béisbol para animar a los Industriales y empinando cometas desde la azotea de la Asamblea Nacional o en los arrecifes dientes de perro costaneros.

Cursó estudios primarios en pequeñas escuelas cercanas a la casa y secundarios en el Colegio Hermanos Maristas (Academia Champagnat) de La Víbora, obteniendo el título de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Habana y más tarde, los de Doctor en Derecho Público y Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Nunca ejerció, empero, la carrera de abogado, excepto una vez, para asumir la defensa en el Tribunal de Urgencia –durante la primera época de la dictadura militar de Fulgencio Batista de un grupo de compañeros, entre ellos, Leonardo Fernández Sánchez, José Chelala Aguilera y Regino Pedroso, quienes fueron condenados a seis meses de reclusión penitenciaria. En otra ocasión, en la que Roa debía asumir su autodefensa, se escabulló y fue juzgado en rebeldía.

Su abuelo mambí, Ramón Roa Garí –“un hombre del 68” le llamó Máximo Gómez; “el más original de los poetas de la guerra” según José Martí dejó indeleble huella en el joven Roa. Manito, como cariñosamente se decían el uno al otro, relataba al pequeño episodios de la “guerra grande” (1868-1878) y ensalzaba las glorias del “Mayor”, como dijeron siempre a Ignacio Agramonte los soldados del Camagüey. Ramón había sido su Ayudante, como también lo fue de Julio Sanguily y de Máximo Gómez. En el estilo de Raúl Roa hay reminiscencias del gracejo y desenfado del abuelo; además, ambos fueron cultores de la memoria de los héroes patrios, como atestiguan numerosos artículos y ensayos recogidos en la prensa nacional.

Otra influencia formadora y determinante en el pensamiento patriótico y revolucionario del joven Roa, lo fue José Martí, cuya obra leyó con fruición desde muy temprano, en la biblioteca de su tío Jorge Roa, en la vecina casa de Federico de Córdova, y durante su temprana mocedad, al punto de figurar entre aquellos que, como Julio A. Mella, develaron la hondura antiimperialista del ideario martiano, escamoteada por plumíferos bien avenidos y reaccionarios de siete suelas.

Pronto, también, se sumergió en las obras fundamentales de Marx, Engels y Lenin, abrazando la causa del socialismo científico y el comunismo, valiéndose del materialismo histórico y dialéctico como instrumentos para el análisis de la problemática nacional y mundial –como revela ya en su “Carta abierta a Jorge Mañach” escrita a los 23 años.

Su primer proceso político data de noviembre de 1925, en que suscribió un manifiesto titulado “El Monstruo asesina a Nicaragua”, con motivo de la intervención norteamericana en ese país y la heroica resistencia de Augusto César Sandino, el “General de hombres libres”.

Desde sus comienzos, participó decididamente en las luchas del estudiantado contra la dictadura de Gerardo Machado. Con motivo de la huelga de hambre de Julio A. Mella, trabó relaciones con los grupos estudiantiles de izquierda e ingresó en la Liga Antiimperialista de las Américas (sección cubana). Fue, asimismo, profesor de Teorías Sociales en la Universidad Popular “José Martí”, fundada por Mella, cuyas clases se impartían en los locales de los sindicatos obreros. Junto con Rubén Martínez Villena, su director, figuró entre los iniciadores de la revista antiimperialista América Libre.

Roa fue uno de los dirigentes del vigoroso movimiento nacional de protesta contra la reforma constitucional que condujo a la ilegal prórroga de poderes de Machado. La “jornada revolucionaria del 30 de septiembre de 1930” le tuvo entre sus principales organizadores, habiéndosele encomendado la redacción final del Manifiesto al Pueblo de Cuba lanzado ese mismo día por el Directorio Estudiantil Universitario (DEU) de 1930, del cual fue miembro fundador.

Como resultado de discrepancias surgidas respecto de las concepciones y tácticas del Directorio, creó con Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló, Ladislao González Carbajal, Manuel Guillot y otros compañeros, el Ala Izquierda Estudiantil, que mantuvo la tesis, durante la lucha contra el machadato, de que era menester, para extirpar sus causas, enfrentarse y derrocar, conjuntamente, la dominación económica y política norteamericana: su verdadera raíz y principal sostén.

Como muchos de sus compañeros de lucha, sufrió prisión en la Cabaña, el Príncipe, el Hospital Militar de Columbia, la cárcel de Nueva Gerona y el Presidio Modelo, de la Isla de Pinos (hoy de la Juventud), donde permaneció incomunicado un año y once meses. Al ser liberado, se incorporó al Comité Ejecutivo del Ala Izquierda Estudiantil, desde donde combatió la “Mediación” de Sumner Welles y participó en la organización y desarrollo de la huelga general que dio al traste con la dictadura de Machado.

Fue el primer estudiante que entró en la Universidad de La Habana, tomando posesión de ella, el 12 de agosto de 1933. La propia mañana, desde la emisora de radio del Hotel Palace, denunció con Jorge Quintana el golpe de estado que fraguaron Welles y el ABC, y exhortó al pueblo a apoderarse del poder.

El 4 de septiembre de 1933, estuvo en el Campamento de Columbia al producirse la sublevación de soldados y clases contra el gobierno de Carlos Manuel de Céspedes, que dio origen, primero a la Pentarquía, y luego al gobierno presidido por Ramón Grau San Martín, apoyado en el Directorio Estudiantil Universitario.

Desde el periódico Ahora, enfrentó la nueva situación con un artículo que provocó el cierre y la ocupación de este: “Mongonato, efebocracia y mangoneo”. Como lo reconocería más tarde, Roa erraba el tiro, “por extremismo”, al atacar al “gobierno de los cien días” que, bajo la influencia decisiva de Tony Guiteras, adoptó medidas de beneficio popular y tuvo un carácter nacionalista y antiimperialista.

Tras el fracaso de la huelga de marzo de 1935 contra la dictadura militar de Batista, Roa, que había participado en su organización, se vio forzado a abandonar el país con Pablo de la Torriente, radicándose en Nueva York, desde donde prosiguió la lucha, fundando, con Pablo, Alberto Saumell, Carlos Martínez Sánchez, Gustavo Aldereguía y otros, la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA) y su vocero, el periódico Frente Único. Roa y Aldereguía, representaron a ORCA en la Conferencia de Frente Único efectuada en Miami en 1936, conjuntamente con los representantes del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), Joven Cuba, Partido Comunista de Cuba, Izquierda Revolucionaria y el APRA.

En 1935, contrajo matrimonio por poder con  Ada Kourí Barreto, su compañera de luchas y esposa durante toda su vida, quien viajó a unirse con él en el exilio. En julio de 1936 nací yo, su único hijo: Ada había regresado a Cuba para el alumbramiento, a fin de que el vástago fuera “cubano por los cuatro costados”. Mi padre no me conocería hasta su retorno a la Isla, meses después.

Ya en la patria, colaboró al inicio con el movimiento de unificación de las fuerzas comunistas, democráticas y antiimperialistas con vistas a organizar su participación en la Asamblea Constituyente de 1940. Mas, en desacuerdo con la solución de transacción que aquella Asamblea suponía, se mantuvo en una posición insurreccional, defendiendo sus posiciones en la revista Baraguá, dirigida por José A. Portuondo.

Desde entonces, Roa fue –como él mismo se calificara- un francotirador de izquierda, sin unirse a partido alguno después de 1940. En 1938, había pertenecido al Comité Ejecutivo del Partido Socialista Agrario y, en 1939, al Comité Organizador de un Partido Democrático Revolucionario. En 1965, integró el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fundado por Fidel, y constituido por elementos provenientes del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, el Partido Socialista Popular y, en menor medida, de la Organización Auténtica.

Al producirse el golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952, inmediatamente se dispuso a combatirlo con la pluma y la acción. Su posición en esa etapa fue siempre insurreccional: fundador de la Triple A, se retiró de esta en 1954, por discrepancias básicas, de principio, con su dirección durante su destierro en México, donde publicó el periódico “Patria” (con el mismo nombre martiano del primer periódico clandestino contra Batista, que editó antes en La Habana) y dirigió la revista Humanismo. Prestó su concurso, desde el primer momento, a Álvaro Barba, a la sazón presidente de la Federación Estudiantil universitaria (FEU) y, más tarde, al Directorio Revolucionario 13 de Marzo, en particular a José A. Echevarría, Juan Nuiry Sánchez, René Anillo, Faure Chomón Mediavilla y otros dirigentes de dicha organización, con los que mantuvo estrechos vínculos y en su carácter virtual de Maestro de aquella generación universitaria.

Regresó a Cuba en 1955, después de la amnistía que liberó a Fidel Castro y sus compañeros del Moncada, manteniéndose distante de todos los movimientos políticos no insurrecionales, colaborando con el Directorio Revolucionario 13 de Marzo e incorporándose al Movimiento de Resistencia Cívica 26 de Julio, de cuyo Comité Ejecutivo de La Habana fue miembro hasta el derrocamiento de la dictadura en 1959.

La revolución triunfante le nombró Embajador ante la OEA, en febrero de 1959 y, pocos meses después, en junio de ese año, fue designado titular del Ministerio de Estado. El 23 de diciembre, a propuesta de Roa, el Gobierno Revolucionario adoptaría una Ley denominándolo Ministerio de Relaciones Exteriores, en consonancia con sus nuevas funciones, derivadas de haber alcanzado Cuba su genuina independencia política y económica, y de la consiguiente adopción de una política exterior que respondía a los verdaderos intereses del país.

Raúl Roa se mantuvo al frente del Ministerio hasta enero de 1976 en que, habiéndosele elegido diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, lo fue también a la Vicepresidencia de ésta y, posteriormente, al Consejo de Estado, al cual perteneció hasta su deceso. Durante aquellos diecisiete años al frente de la cancillería, le cupo a Roa ser el vocero de la Revolución en diversos foros internacionales, destacándose por la brillantez, sabiduría y eficacia con que interpretó el pensamiento revolucionario de Fidel, por la sugestión de importantes iniciativas, como la incorporación de Cuba en tanto que miembro pleno al Movimiento de Países No Alineados desde su fundación, y por su defensa intransigente de los principios y conquistas de nuestro pueblo, de la independencia y soberanía nacionales.

Como Vicepresidente de la Asamblea Nacional, y Presidente en funciones durante varios períodos, Roa contribuyó a fortalecer nuestro sistema democrático, vertiendo toda su experiencia en la preparación de las sesiones del parlamento, contribuyendo al profundo debate de las cuestiones planteadas y participando en las reuniones de la Unión Interparlamentaria (UIP), organización a la cual ingresó la ANPP por gestión suya. En 1981, presidió con maestría y habilidad política características la reunión que la UIP celebró en nuestra capital.

Durante el último año de su vida, trabajó arduamente en los proyectos de la Asamblea y, en particular, en sus relaciones con otros parlamentos. Dedicó serios esfuerzos a la organización y conducción de la Conferencia de la UIP en La Habana y a las sesiones de la ANPP. Por otra parte, le robaba horas al descanso para dar fin al libro sobre Rubén Martínez Villena, El fuego de la semilla en el surco, compromiso contraído consigo mismo y con Judith, hermana de aquél, en 1936, cuando escribió el prólogo (en realidad una valoración biográfica y literaria de Rubén) a La pupila insomne, del destacado poeta y revolucionario comunista.

La enfermedad, que se reprodujo rápidamente, impidió la terminación del libro, que fue publicado póstumamente por la Editorial Letras Cubanas. Raúl Roa expiraba en La Habana, a los 75 años, el 6 de julio de 1982.

El pueblo, que acudió masivamente al Aula Magna de la Universidad  de La Habana donde se velaron sus restos mortales, le hizo un “duelo de labores y esperanzas”, acompañándole, silencioso y reverente, hasta el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el que fue sepultado. Armando Hart, a la sazón Ministro de Cultura, despediría el duelo del revolucionario sin tacha.


Dejó, amén de su vida ejemplar como intelectual revolucionario de subidos quilates, una obra fecunda como profesor, periodista y pensador.  El pueblo lo reconoció como “canciller de la dignidad”. Hoy, a treinticinco años de su deceso, Raúl Roa sigue en pie.