Por Aurelio Alonso Tejeda
El 19 de julio de 2026, en la celebración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista, Daniel Ortega anunció la cancelación de las elecciones presidenciales en el país. Por paradójico que parezca este gesto, que la crítica sensata objetaría de autoritario, constituye, a mi juicio, la opción más democrática ante la imposibilidad coyuntural de elegir jefe de Estado con transparencia sin la presión, y hasta la inescrupulosa injerencia del poder del imperio. Es decir, que, si creemos hallar siempre en las urnas la solución más democrática, también podríamos equivocarnos y estar haciendo lo contrario.
Para garantizar la democracia tenemos que actuar en contra de esquemas dogmatizados, como el que identifica democracia con elecciones, puesto que el imperio moderno ha probado de sobra su poder y su habilidad para determinar resultados electorales según su conveniencia, tanto a su interior como en su periferia.
Confieso que esta audaz decisión de Ortega me ha servido de motivación para aventurar algunas reflexiones a las cuales trataré de dar expresión puntual ahora, y seguramente más adelante, si el tiempo y las fuerzas me lo permiten.
1. En el esfuerzo desesperado de los Estados Unidos por recobrar los espacios de dominación que los pueblos latinoamericanos, ansiosos de soberanía, habían comenzado a recuperar al comienzo de este siglo por medios electorales, incuestionables dentro del orden vigente, empezaron a cambiar las reglas del juego, en especial las domésticas, bajo la bendición exterior. Apuntaban sus armas contra el contorno socioeconómico que se iba formando, en el cual el Brasil de Lula, la Argentina de Néstor Kirchner y, sobre todo, la Venezuela de Hugo Chávez aportaban señales promisorias para un futuro adverso a la sujeción imperial. De soberanía efectiva se trataba, para decirlo de otro modo. El rechazo latinoamericano al proyecto del ALCA en 2005, en Mar del Plata, fue un revés inesperado para Washington. El centro de dominación (sin rival dentro de su periferia) desarrolló — o perfeccionó, tal vez sería más exacto decir— una pulida ingeniería institucional, novedosa en apariencia, para la utilización de la democracia contra la democracia (recetas vs. identidad), basada en elementos visibles ya en el sistema político estadounidense desde los albores del siglo XIX. Con ello buscaba demarcar mejor su monopolio ideológico conceptual ante los reclamos de dominación del centro de poder, y de espaldas a los reales intereses populares. Así reaparece sistematizado el concepto de lawfare en el mapa de la dominación interamericana del siglo que corre.
2. Necesitaríamos en español un término más preciso, o distinto, que el de «legalidad», si nos empeñamos en prescindir del anglicismo, el cual se ha mostrado adaptable a situaciones muy disímiles, desde lo sucedido en el Paraguay de Fernando Lugo (descalificado inesperadamente en 2012 para gobernar, por el Parlamento), hasta la Honduras de Xiomara Castro (advertida groseramente en 2025 por Trump de que ellos no aceptarían allí otra sucesión presidencial que la que la Casa Blanca había escogido). Es obvio que hoy califican de lawfare variadas maniobras hegemónicas que consiguieron (o intentaron) revertir muchos procesos populares nacidos de elecciones con las reglas establecidas: en Ecuador / Rafael Correa, Brasil / Dilma Rousseff, Bolivia / Evo Morales, Perú / Pedro Castillo, Argentina / Cristina Fernández, Venezuela / Nicolás Maduro. Por último, Colombia / Gustavo Petro, un reciente empujón hacia el vacío por la vía electoral, en favor de una sucesión servil fabricada y declarada, con la derecha política y la oligarquía local. Como colofón de esta etapa, el revés de Lula en la primera vuelta en Brasil anuncia la posibilidad de un octubre nefasto. Todo a la sombra del lawfare. Prefiero mantener el anglicismo que una traducción que me traicione. La CIA adoptó el término de «task force» para dar una nominación simulada a su actividad conspirativa, y a alguien se le ocurrió traducir como «grupo de tarea», palabras que poco tienen que ver con el sentido disimulado tras las originales en inglés. Operaciones de «lavado de palabras» me inclino a llamarlo. No resultaría serio pretender que aceptemos esto en términos de democracia.
3. Más allá de la suma de los ejemplos puntuales y su efecto regional, nos movemos aquí dentro de una estrategia a escala mundial. Prueba contundente la hemos vivido en el penoso caso de Venezuela, donde a pesar de la cohesión que se le llegó a atribuir a la Revolución Bolivariana, dos décadas ininterrumpidas de acciones de estrangulamiento mediante bloqueos dirigidos, sabotajes a la economía, piratería abierta de las finanzas del Estado en el extranjero y respaldo al protagonismo político de una oligarquía consentida generaron el desgaste planificado de la situación y crecientes dificultades para la población. Y, como se demostró, también contribuyeron al reblandecimiento ideológico del equipo político doméstico. Quienes debían defender a ultranza la soberanía y la justicia social alcanzada con Chávez, no fueron capaces de hacerlo. Acabaron traicionándolo después de su muerte. Pero, ante todo,
me interesa llamar la atención sobre el sondeo meticuloso, por parte del enemigo, del debilitamiento de la capacidad de resistencia en las esferas del poder local.
Tras un prolongado bloqueo naval bajo el fingido pretexto de dar un golpe letal al tráfico de narcóticos desde las costas venezolanas hacia los Estados Unidos, las defensas del país mostraban no estar preparadas para su misión. La operación devino una impune cacería naval en la cual los potentes cruceros y destructores del US NAVY pulverizaron una veintena de pequeñas embarcaciones sin dar cuenta siquiera de lo que hacían sus tripulantes. Se ha hablado de casi doscientas muertes. La infame invasión relámpago del 3 de enero de 2026 debía consumar el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, con tanta precisión y con tanta impunidad que la complicidad del alto mando en Caracas quedaba al desnudo. Ahorro por ahora otras valoraciones que merecerían igualmente atención, pues aquí lo que me interesa destacar, en primer lugar, es que el principal interés de los Estados Unidos era volver a apoderarse del petróleo venezolano, y que el mito del «narcoestado» era una mera coartada, legitimada en el lawfare. Entre las primeras medidas de la antigua vicepresidenta, que remplazó a Maduro después del secuestro, volvía a llevarse al 80 % la participación de las transnacionales norteamericanas en la renta petrolera (que Chávez redujo al 20 %).
La otra ganancia relevante para el imperio es la política: dominar a Venezuela era clave para someter de nuevo a la región, y un golpe al proyecto alternativo que proponen los BRICS.
Por supuesto que las sucesivas victorias electorales obtenidas bajo el chavismo — elogiadas en todas partes por su organización y su transparencia— nunca fueron aceptadas por Estados Unidos. «Lo único que importa es quien manda», dijo Humpty Dumpty a la niña en Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll). Y quienes mandan piensan que elecciones democráticas son solo aquellas cuyos resultados les satisfagan.
4. Cuando vamos al detalle, nos percatamos de que la arquitectura de pensamiento distorsionado ha permitido al centro de poder, con un respaldo mediático que no conoce rival, el uso más efectivo de las formas tradicionales de presión: promesas irreales, fraudes, sobornos, intimidación, amenazas directas, golpes locales, intervención militar, bloqueos navales y, por supuesto, las arbitrarias sanciones económicas. En fin, un arsenal de respuestas de poder que rebasa la imaginación y las fronteras del vocabulario al uso. Uno de sus secretos consiste en resignificar los conceptos al administrarlos a las realidades sociales y políticas. Su dominio de las tecnologías comunicacionales permite dimensionar el impacto, y le sirve para consagrar sus versiones en la «opinión pública». De modo que el curso esperanzador que el mapa político-económico del siglo había abierto para los pueblos latinoamericanos fue alterado del todo, en un santiamén, por artificios hegemónicos siempre a favor de las derechas, y en eso nunca hay error. Es decir, en función expresa de conveniencias e intereses del imperio y las serviles oligarquías locales.
5. Coincido con quienes afirman que lo que la ideología hegemónica, o sea la norteamericana, trata de legitimar en nuestros días bajo el concepto de lawfaresintoniza, en sus efectos, con una versión actualizada, de pulcritud aparente, de la ideología del fascismo. Término este que, no obstante, por arcaico ya, y primitivo, resultaría insuficiente ahora para abarcar la complejidad del sistema de dominación actual sobre las periferias.
Una cuestión de método usada para convertir a nuestra América en arquetipo de algo que, no sin razón, nos hemos habituado a llamar «neofascismo», al reconocer el vínculo ostensible con el papel que juegan la mentira y el poder de deformación en la manipulación de las masas. Eso, además del despliegue mediático en función de la propaganda política. Una aberración con pretensiones de legitimación como cultura política global, algo que Goebbels anticipó con éxito en la formación del totalitarismo nazi (Hanna Arendt, Los orígenes totalitarismo).
6. Recuerdo ahora cuando se puso de moda el posmodernismo, y Franz Hinkelammert descaracterizó el concepto mismo a partir del hecho de que algo que requiere del prefijo «post» para ser designado, es una prueba de que carece de elementos que lo diferencien con esencia propia. La historia le dio la razón. Por eso creo que sería igualmente insuficiente e inexacto hablar de «neofascismo» o incluso de «neonazismo» para definir el lawfare, como si se tratara de una simple actualización. O como si hubiera reparos éticos para ver analogías entre lawfare, un concepto aparentemente inocuo, y el nazismo. No hay que olvidar que nazi es simplemente la contracción de nacional-socialismo, o socialismo nacionalista. Me parece mero confort etimológico. Por eso
no siento escrúpulos semánticos en reconocer el concepto de lawfare en una escala de poder que hoy se corresponde específicamente con el que desplegó el modelo nazi.
Aunque debo aclarar, desde ahora, que el uso sistemático de la mentira, el vaciado y la deformación conceptual están presentes en la institucionalidad política estadounidense al menos desde el mandato de su séptimo presidente, Andrew Jackson, durante el cual se oficializó, bajo el ambiguo concepto de «mudanzas», el inicio de la brutal política de exterminio masivo sin precedente de las tribus indígenas, forzadas a abandonar sus tierras ancestrales y emigrar al otro lado del río Mississippi, generando niveles de crueldad que culminarían en la matanza de Wounded Knee en 1890. Aquellas «mudanzas» inauguraron más de seis décadas de exterminio legitimado por el régimen (término que no lo usan para sí), y no han dejado de mostrarse cuando las reducidas comunidades remanentes defienden sus derechos. Democracia ejemplar, se creían desde entonces (desde entonces se mintió). O sea que,
en rigor, en el tiempo, la voracidad territorial y las experiencias genocidas de Washington hubieran podido ser precursoras del fascismo, lo que hace poco científico, históricamente, reducir el lawfare a una renovación. Pero este sería otro debate, necesario también.
7. Es evidente que la ruptura conceptual que hoy nos ocupa se corresponde con un cambio en la correlación mundial de fuerzas. No solo en lo que concierne a nuestro continente, sino también al nivel socioeconómico global, partiendo de China y su alianza con una Rusia que recupera espacios en el tablero mundial. Este cambio se traduce en muchas cosas, entre otras, en que Washington perciba como prioridad estratégica sellar el dominio sobre su periferia americana. El amarre de su traspatio comenzaba a aflojarse en la primera década del siglo ante una ola de movimientos que alcanzaron logros incuestionables, los cuales encendieron las alarmas entre los polos de mando efectivos en el centro de poder imperial. Era de esperar, con Trump o con cualquier otro inquilino de la Casa Blanca en esta coyuntura, fuera republicano o demócrata. No hay inmunidad al imperio en ninguno de los dos partidos. Vuelvo a recordar ahora las líneas estratégicas de la política exterior de los Estados Unidos que el anterior secretario de Estado, Anthony Blinken, definió con frialdad y precisión el 24 de marzo de 2021: el mayor enemigo es y será en el futuro, China, que concentra todas las posibilidades de centrar una nueva política mundial (con Rusia como aliada) y, de ese supuesto, parte en nuestros días la definición de toda la política internacional de los Estados Unidos. Estas tesis valdrían igualmente para lo que hasta ahora ha hecho Trump, expuesto por Blinken con más sobriedad que los desatinos retóricos de Marco Rubio. Lo que queda más allá es folklore, sin pasar por alto la sintonía del dúo Trump-Rubio. El perfil de las payasadas de Trump marca el paso, y el César de Mar-a-Lago disfruta, ostensiblemente convencido de la importancia, que incluso los burdos cambios de nombres arbitrariamente impuestos por él perduren. Claro que la osadía de divulgar un mapa de los Estados Unidos al que aspira, que incluiría a México, el Caribe, Canadá y Groenlandia, recuerda a la genial parodia cinematográfica de Chaplin, en la cual Hitler juega con el globo terráqueo hasta hacerlo estallar. Solo que en aquel caso era una aguda ficción crítica, en tanto ahora se trata de una peligrosa amenaza real.
8. Pero el siglo XXI también nos ha descubierto, de pronto (más justo sería decir «ha creado»), la alternativa. No todo está perdido bajo el encumbramiento estadounidense. Es decir,
la solución de lograr para la humanidad el orden multinacional verdadero, asentado en la soberanía efectiva y la equidad entre los países que se adhieren a su modo de convivir y cooperar en Paz, también se hace visible como posibilidad real. El Planteo internacionalista que el final de la Guerra Fría, terminada en condiciones de dominación imperial, no podía propiciar, se abre paso ahora como posibilidad real.
Desde la década de los noventa del siglo XX no parecía quedar espacio para dudar de que el mundo estaba condenado a los dictados de Washington, de una o de otra manera (todavía es difícil percatarse de que no es así). La quimera de la democracia occidental — léase «liberal», «burguesa», «capitalista», «de clase», «distorsionada», «pervertida» o «falseada», si se quiere un adjetivo menos complaciente y más exacto— se esparció en los países del Este, hasta impregnar gravemente al sistema socialista soviético, evidentemente desprotegido para resistir la ofensiva en el terreno de las ideas. La nueva alternativa no nos pone ante el reto de un retorno a la confrontación de sistemas antagónicos, dado que ha sido abierta como alternativa al orden institucional vigente. A riesgo de banalizar, describiría el mundo en que nos vemos apresados con la cabeza en Estados Unidos, seguido de sus aliados, más o menos desarrollados (cómplices algunos con hechos de gravedad, otros por simple empatía capitalista, otros desde una diplomacia en venta y aun otros solo con su silencio), periferias tradicionales y de ocasión, con oportunismos locales. El universo de los países menos propensos a resignarse a ser periferia crece ante la perspectiva de un espacio de integración multinacional con normas de respeto pleno de la soberanía nacional para todos, dentro y fuera del sistema-mundo.
9. Todo indica que salir del laberinto actual será un proceso prolongado y sumamente difícil. Pero al cabo, el régimen estadounidense (permítaseme utilizar este término, «régimen», que ellos solo usan para otros) tendría, más tarde o más temprano, que resignarse a desistir del monopolio de poder (que, por el contrario, se afana hoy en consolidar aún más), para hacerse compatible con el orden multinacional basado en las soberanías efectivas de todos sus miembros. Inevitable, si se llega a lograr entre tanto dron y ojiva nuclear, y en cualquier caso a costos muy elevados para la humanidad. Los sufrimos ya en Oriente Medio y, con variaciones obvias, en nuestra América.
Los imperios nunca han mostrado buen juicio para aceptar su decadencia. La esperanza no es, sin embargo, del todo ingenua.
Se basa ahora, de modo inédito, en primer lugar, en la existencia de un mapa político que refleja con inmediatez las dinámicas de esta complejidad. La intelligentsia del sistema está en condiciones de sugerir, incluso con correcciones, las salidas plausibles. Pero, sobre todo, pienso en la rapidez con que el núcleo de poder del imperio llegue a ser capaz de interiorizar que de este cambio depende la posibilidad de encontrar, para los Estados Unidos, un espacio compartido de liderazgo en el escenario mundial que se avecina. Ello, si logra rectificar el rumbo a tiempo, en el concierto de los países centrales, en el escenario de un orden multinacional genuinamente democrático. Sin pretender ejercicios de hegemonía dentro del sistema-mundo, y no terminar teniendo que resignarse a una pérdida mayor de protagonismo. A menos que el régimen acabe optando por el apocalipsis. Y confieso que, a riesgo de que se me critique de candidez política, aprecio que, tanto en el siglo XX como en el XXI, en la clase política estadounidense se han podido ver señales de búsqueda de rectificación en momentos cruciales, aunque siempre resultaron inconsistentes. Hasta hoy el único internacionalismo aceptable para el lawfare es el de los estados periféricos buscando la «inserción» viable en la esfera del imperio. Insisto, como se puede ver, en la importancia de mantener bien diferenciado el uso de los conceptos de «multinacional» e «internacional».
10. El orden multinacional, si alcanza a globalizarse, debe traer consigo el final de las hegemonías imperiales. Y, por supuesto, una democracia y un socialismo que aún permanecen en el reino de la utopía. Si no, no vale la pena. No podemos concebir la consolidación de los BRICS, o cualquier otra expresión institucional de la alternativa multinacional, como un nuevo polo de confrontación de hegemonías, similar a la «Guerra Fría»: comunismo vs.capitalismo. Se trata ahora precisamente de lograr un mundo para todos, de paz verdadera. Uno en el cual pueda caber más de un sistema y quizás más de una utopía.
11. Por supuesto que el retorcido núcleo del proyecto ideológico del imperio yanqui no es algo que esperara por ser descifrado. Estamos cansados (el mundo debiera estar cansado) de padecerlo y denunciarlo como deformación de conceptos por inversión radical de valores de la ideología liberal, con la consiguiente afectación de su sentido esencial.
Millones de páginas han sido escritas, incontables debates intentados, sólidos argumentos desplegados, valientes acciones emprendidas y mucha sangre generosa derramada… y ha sido en la práctica un diálogo de sordos (o con un sordo, el peor, el que no quiere oír). Porque, aun tratándose de algo que tenemos bien identificado y desde hace ya un siglo se cuente en la tradición marxista con un instrumental teórico formidable para conocer la naturaleza y el alcance del hegemón en las ideologías (Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel), y aunque no vacilemos en denunciarlo a diario, no hemos sido capaces de concebir y proponer la alternativa conceptual. El cuerpo de ideas que nos permita cimentar la confianza teórica para demostrar, por ejemplo, que Ortega tiene razón, si de lo que se trata de asegurar es un futuro democrático para su pueblo. Hasta ahora no han proliferado las voces para apoyarlo, como tengo la convicción que merece. Sabemos que suspender elecciones es una decisión válida básicamente en el plano coyuntural. No rechaza el significado democrático del proceso electoral en sí, pero una decisión que subestime la coyuntura puede conducir a una catástrofe para los nicaragüenses. Me gustaría haber visto una reacción que respondiera a nuestras realidades espacio-temporales. Quiero decir, de países pobres, pequeños, dependientes, subdesarrollados: o sea, que podría referirme a periferias, tercer mundo, orden multinacional, incluso el irrenunciable socialismo, allí donde no se le reduzca a mera retórica.
12. La validación del sentido democrático de nuestras decisiones debiera perseguir, como elemento permanente, propiamente condicionante, el objetivo de proveer blindaje a los cambios socioeconómicos estructurales que aportan equidad distributiva, justicia social, soberanía e igualdad de derechos. Si no somos capaces de blindar nuestros logros, no los haremos irreversibles. Es una necesidad práctica que reclama a la vez expresión teórica.
Creo que esa insuficiencia ha sido una debilidad evidente en la causalidad profunda de la cadena de reveses que sufrieron y sufren casi todos los proyectos progresistas latinoamericanos de la primera década del siglo XXI. También me atrevo a afirmarlo para fracasos anteriores y/o los más distantes de nuestro continente. Sin excluir, por supuesto, el estruendoso derrumbe del socialismo soviético, en una inesperada turbulencia de confusiones que desorientó el apoyo popular, que se creyó, en apariencia, inquebrantable. No presumo de descubrir la necesidad de blindar, pues en las luchas sociales ha sido clave para perpetuar las conquistas de los explotados (jornada laboral reducida, salario mínimo, etc.); como para blindar la acumulación de capital, por parte de la burguesía. Debemos tener bien definido dónde el adversario no puede hacernos retroceder. «Salvar las conquistas de la Revolución», recuerdo que fue el llamado más reiterado de Fidel al blindaje, en sus discursos de 1990, ante la caída del sistema soviético. Se puede blindar desde el poder, para bien o para mal, y en ningún caso lo creo una opción trivial. No caben aquí, a mi juicio, decisiones maniqueas, pues la superficialidad puede dar lugar a resultados muy negativos, incluso desastrosos. En resumen,
es necesario saber qué se debe blindar, cómo y cuándo; e igualmente, eso que los sociólogos sajones llaman el «timing» y, en la inseminación artificial, «momento óptimo». Lo cierto es que las izquierdas no hemos contado con una teoría socialista del blindaje, la cual se me antoja una necesidad de primer orden para hacer sustentable el sistema.
13. En la América Latina el imperio moderno ha perfeccionado una especie de expediente de exclusión para castigar a los países de su periferia, solo por inclinarse a posturas que disientan de la línea hegemónica. ¿Qué no decir de acciones claramente orientadas hacia modelos más eficaces de soberanía, justicia social, igualdad de derechos e independencia en las relaciones internacionales? Y por supuesto, socialismo. Esta política de presión, generalizada partiendo de aplicaciones casuísticas, es finalmente asumida como «sistema de sanciones» que tienen la peculiaridad de no estar justificadas por incumplimiento contractual, o por la aplicación de sentencia de algún organismo internacional debidamente facultado para ello. O sea, que
el centro de poder se arroga la facultad de castigar arbitrariamente, con impunidad, en su periferia, y más allá de la misma.
La aplicación de aranceles, medidas tradicionalmente reconocidas en las relaciones comerciales, a menudo sujetas a reglas de reciprocidad, ha sido politizada como instrumento para castigar a los países donde no puede aplicar la fuerza que ejerce sobre su periferia. Se trata ya de algo más complejo que el objetivo de obtener beneficios comerciales, ya que el abanico que abarca hoy el epígrafe de sanciones aplicadas por los Estados Unidos al amparo del lawfare es sumamente variado (ni imaginar sus límites podría), en tanto los aranceles solamente representan una modalidad. Quizás la más utilizada por el centro de poder, debido tanto a la versatilidad de la sanción como a la variable vulnerabilidad del sancionado.
14. Al «caso cubano» ha tocado un papel singular en esta historia de castigo, como es sabido. Desde la ley del embargo comercial a Cuba, promulgada por John F. Kennedy en abril de 1962, se desató una espiral creciente de sanciones que los norteamericanos siguieron llamando «embargo», impropiamente ya (aun lo hacen), en tanto los cubanos decidimos, desde temprano, llamarle «bloqueo», con una denotación al menos más transparente, indicativa de la espiral que se intentaba abrir más que de la medida (embargo) con la cual se había iniciado. Se hace verdaderamente ridículo atribuir — como intentan— a aquel embargo la atroz persecución y cerco a que ha sido sometida Cuba desde entonces, cuando en menos de dos años el presidente L. B. J. continuó la espiral de sanciones (leyes como la de «ajuste cubano», de 1966, exceden lo comercial), proceso que llega, sin respiro, a la alarmante complejidad de nuestros días.
Nos resulta penoso notar que incluso no pocos de nuestros amigos, al defendernos, se atienen al concepto de «embargo», sin percatarse de la reducción que nuestros enemigos han buscado perpetuar, obstaculizando la comprensión del alcance del problema mayor.
El elaborado sistema de sanciones que el poder imperial ha armado para hacer frente a su declive es otro tema al cual la izquierda latinoamericana debiera prestar atención prioritaria para subsistir resistiendo. A continuación utilizaré la inicial alta cuando me refiera de conjunto al Bloqueo padecido por la Isla, a diferencia de bloqueo naval, bloqueo energético y otros en el plano específico.
15. La polarización que hoy se constata en las diferencias socioeconómicas entre países ricos y pobres, desarrollados y en desarrollo, acreedores y deudores, dominantes y dominados (BRECHA, ABISMO, son términos polares comunes) a la que ha sido llevado el mundo contemporáneo, justifican la introducción del concepto de inserción como condición estructural de existencia, a la que se ve sujeto el país periférico, dentro del sistema-mundo. Para subsistir, un país pequeño debe estar insertado en el sistema de dominación, dentro del «nuevo orden internacional», como se llamó en Occidente con petulancia a este desorden que siguió al final de la Guerra Fría. En consecuencia,
desde la izquierda debiéramos haber introducido en el sistema de conceptos cambios que tuvieran una mayor correspondencia con las relaciones reales entre los países. El concepto de «crisis económica» (y de crisis en sentido general) debiera configurarse de otra manera, con elementos propios de la periferia, distintos de los que priman en los países centrales.
En otras palabras, que las «crisis» que afectan a los países desarrollados no se replican idénticas en los dependientes. Son peores y con efectos indelebles, pero con retos y oportunidades diferentes. Pienso que, en la periferia, nuestras crisis debemos abordarlas, en esencia, como «crisis de inserción». Es un concepto que uso desde el año 1990 («¿Existen aún modelos alternativos? Cuba: el desarrollo y el nuevo contexto internacional», Revista de Ciencias Sociales, Universidad de Puerto Rico, 1990) para tratar la caída de la economía, en el caso de Cuba, como efecto de la desconexión provocada por la desintegración del sistema soviético. No hablo de patrones de inserción bien diferenciados, sino de subrayar la necesidad de distinguir, de manera orgánica, la crisis de inserción, desde la perspectiva del «insertado» (país dependiente). Mirando aquí desde Cuba, que pasó sin pausa de la inserción colonial en el imperio español en agonía al de Estados Unidos, en franca expansión.
Al parecer tocó a Cuba inaugurar (dudoso privilegio) este esquema de dominación a través de las oligarquías locales y una dócil institucionalidad política nativa. Algo que ya sugerían sus pasos en el continente, a lo cual nos referimos en el plano teórico como «neocolonialismo», olvidando la insuficiencia del prefijo «neo», expuesta en nota anterior. No creo que el año 2026 deje duda de que la única inserción de la periferia americana que Washington admite es colonial.
México es el único país latinoamericano grande en que la inevitable cercanía geográfica y económica no ha podido deformar el sentido de la soberanía. Las dos décadas (1970–1990) de inserción del proyecto socialista cubano en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME, se llamó al sistema soviético), que aun con limitaciones, como las de la geografía y las monetarias, permitieron a Cuba un avance apreciable tanto en su crecimiento económico como en el desarrollo de los programas sociales y de sus deberes de solidaridad con pueblos hermanos. Por eso considero que
el análisis de lo ocurrido a partir de 1990 no puede explicarse sino como una crisis de inserción, la más severa de las provocadas por aquel derrumbe, porque la intolerancia estadounidense ante la soberanía de la Isla nunca cedió.
En resumen, que el Bloqueo continuado de las tres décadas anteriores al derrumbe se mantuvo sin escrúpulos durante treinta y cinco años más, intensificado sin tregua hasta extremos no sospechados. Ahora, sin que el país cuente con una conexión que pueda aportarle seguridad. Sin conexión a sistema alguno. Sin otra esperanza de inserción que el avance del orden multinacional como sistema, con instituciones que le correspondan.
16. No sería posible, llegado a este punto, completar mis reflexiones sin dedicar expresamente una nota a la situación que vive Cuba en la coyuntura latinoamericana actual y el «lugar asignado» en el clima de voracidad del imperio, tal como lo hemos descrito. Intentaré brevedad y concisión. Comenzaré, para ello, por el final, refiriéndome a las dos mentiras más recientes (y de mayor rango) con que los ideólogos del imperio satanizan, desde su fementida democracia, al sistema socialista cubano: «Estado fallido» y «peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos». Es difícil creer que «fallido» sirva para calificar a un Estado que ha sido capaz de sostener su soberanía tras casi siete décadas bajo la cerrada política de hostilidad impuesta por la primera potencia mundial. Cuando en la coyuntura de un repunte de extremismo agresivo la incluye en su lista espuria (el calificativo preciso) de «países que sostienen al terrorismo» (burda mentira sobre la nación que ha sido una víctima notoria del terrorismo, no por casualidad estadounidense), la somete también a un criminal bloqueo energético para consumar la asfixia, fracasada al final de tantos años. «Sin petróleo, sin comida y sin dinero, no pueden subsistir», ha afirmado el presidente Donald Trump con desprecio olímpico. Más de treinta años de votación casi unánime en la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el Bloqueo a Cuba son ignorados del todo por el régimen imperial, como si su mentira fuera la verdad (o porque, para ellos, la mentira es la verdad, y es ese el eje de su hegemonía). Por supuesto que Cuba no es, ni van a lograr que sea, Estado fallido, ni con la criminal situación actual, en que ve extremarse su condición de país agredido, en medio de la desesperada ofensiva estadounidense por rescatar el traspatio latinoamericano y caribeño. Síntesis de la farsa con que pretende hacer creer a su población y al mundo la predestinación de su monopolio colonial.
La otra mentira clave que el centro de poder agita hoy: «Cuba como amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos», la recuerdo dando vueltas desde hace más tiempo, desmentida fácilmente desde la evidencia misma del absurdo, sin impedirse que vuelva, como un disco rayado, al primer plano del tesauro de falacias «democráticas» de su biblioteca.
La técnica de esta coartada consiste probablemente en sustituir, en el lenguaje político, «impunidad imperial» por «seguridad nacional». Pero aun de ser así (como creo), ojalá pudiera hacer algo Cuba por frenar la impunidad de tamaños poderes. Tendrían que agradecer el favor en lugar de agredir. Aunque
deseo destacar que la activación de estas dos mentiras del catálogo anticubano, justificando el bloqueo energético, coincidió con la operación de «secuestro presidencial» del 3 de enero en Caracas (terrorismo puro). Esta obvia coincidencia de comienzo de año indica con claridad el propósito de doblegar, a la vez, a los mayores dueños de las reservas petroleras del globo y al rebelde sempiterno de la región.
Este es el cuadro para los cubanos, presentado con infinitas omisiones. Subestimar predicción de la cercanía de la agresión armada sería del todo infantil.
17. Me detengo aquí, consciente de lo incompleto, porque siento que estas reflexiones están urgidas ya de debate. Aun si todos los días aparecen motivaciones para continuar, como ha sido un anuncio de Trump de la intención de pagar cinco mil dólares por el voto republicano en las inminentes elecciones congresionales. ¿Democracia? Me eximo de comentarios, con excepción de que aquel régimen no tiene límites ni escrúpulos cuando de blindar su impunidad se trata.
La situación de extrema gravedad que el Bloqueo ha alcanzado a generar en la sociedad cubana deja poco espacio a pronósticos positivos, pero tampoco es ni será el cero absoluto para el pueblo cubano. Me atrevo por eso a añadir, para terminar, que ser pesimista equivaldría ahora a claudicar, y el que pretenden despreciar como régimen cubano no ha renunciado a su soberanía ni a sus conquistas sociales, y lo avala esa historia de casi setenta años de lucha, consciente de que para Cuba la libertad descansa en la resistencia, que el imperio nunca podrá borrar.
Ser optimistas, en la actual situación, tampoco permite triunfalismos. Sabemos que hay salida y que está sobre todo en la inteligencia y la firmeza con la que enfrentemos los obstáculos presentes y por venir. Revolución, una vez más, si lo que buscamos es Democracia.
La Habana, 12 de octubre de 2026
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* Enviado por el autor.
