lunes, 2 de septiembre de 2019

A partir de una idea de Eduardo Galeano

Por Patriaesvirtud

Revisando viejas memorias encontré este escrito:

“El burócrata es el hombre de madera, nacido por equivocación de los dioses, que lo hicieron sin sangre, sin aliento ni desaliento, y sin ninguna palabra que decir. Tiene eco, pero no tiene voz. Sabe transmitir órdenes, no ideas. Considera cualquier duda una herejía; cualquier contradicción, una traición. Confunde la unidad con la unanimidad y cree que al pueblo, eterno menor de edad, hay que llevarlo de la oreja. Es bastante improbable que el burócrata se juegue la vida. Es absolutamente imposible que se juegue el empleo”, Eduardo Galeano.

Genial definición, actual, universal; pues hay burócratas en todas partes, en todas las ideologías, en todos los sistemas políticos. 

Para no preocuparme por los problemas de “Chipre” y concentrarme en mi terruño quiero reflexionar sobre el gran poder que ha adquirido la burocracia en nuestro país. Que está casi al mismo nivel que el criminal bloqueo yanqui, en cuanto al daño que nos hace como nación.

Hacer una Revolución, como la nuestra, en el hemisferio occidental y a unos 145 kilómetros del poderoso imperio además de una extraordinaria proeza implica necesariamente riesgos y errores. Construir la sociedad socialista que nos proponemos, en esas condiciones geopolíticas obviamente nos ha puesto a pruebas y, hasta ahora, hemos sido (como pueblo) capaz de vencer. 

Una agresión desenfrenada, soportada en un bloqueo económico ahogante, en provocaciones políticas, en ataques militares y biológicos, en búsqueda del aislamiento político, en la alimentación de una disidencia interna, en la creación de múltiples e inteligentes estrategias para desarrollar una subversión interna que trastoque la historia, los sueños, las esperanzas. Todo es válido en la política agresiva del imperialismo norteamericano, y sus colegas ideológicos, contra Cuba. 

Esta agresión permanente ha obligado a la dirección de la Revolución a estar permanentemente creando mecanismos de defensa, muchas veces improvisando en la marcha. 

Se tuvo que desconfiar y la desconfianza trae parametrizaciones, desgraciadamente se cometieron muchos errores que no vale la pena volver a mencionar. Se tuvo que exagerar en la discreción, cualquier información pública podía ser utilizada para hacer daño al país (sobran los ejemplos); y eso trajo el secretismo. 

Fue necesaria la vigilancia extrema, se crearon los CDR, los órganos de Seguridad del Estado (G2), y muchos otros mecanismos no tan conocidos, que han funcionado y a los que se le debe en gran medida la supervivencia; pero toda esa vigilancia provocó cierta paranoia y no pocos abusos del poder.

Se adquirió un hábito de la conspiración. No quedaba de otra había que desconfiar y conspirar contra aquellos que se oponían. Ese hábito conspirativo ha llegado a nuestros días. 

Se estatalizó en extremo la economía, única alternativa, en tan agresiva situación, que podría asegurar un desarrollo económico con los recursos que se contaban. Para ello era necesario que quienes, en representación de estado –es decir el pueblo–, dirigieran esa economía, fueran ante todo “confiables” y no es tarea fácil medir el grado de “confiabilidad” de cada individuo. Es muy difícil que el “confiable” –al que le hacen creer que está totalmente capacitado– acepte que alguna vez se equivoca; él cuenta con la información que otros desconocen, asiste a reuniones secretas donde se habla en códigos que no pueden ser compartidos. Es muy difícil que aquel que desempeña el rol de “confianómetro” acepte que se equivocó a la hora de evaluar a alguien. Lo más probable es que acuse al enemigo o a la inmadurez de los subordinados, por el fracaso de su categorizado.

Tantos años de batallar. Cargados de audacias, de victorias y errores fueron conformando un pueblo educado –yo siempre he pensado que mucho más que instruido–, trabajador, familiar –defendiendo por encima de todo ese núcleo parental–, solidario, con criterios políticos. Un pueblo que tiene muy claro lo que quiere como nación y tiene ideas de cómo lograrlo. Somos los cubanos un pueblo muy especial.

En los momentos más complejos contamos con un indiscutible liderazgo. Fidel además de liderar la victoria de enero de 1959, lo que ya le daba un gran derecho, tenía el talento, la cultura, la inteligencia, y el encanto necesarios para llevar las riendas de la nación en tan complejo escenario, muy pocos se cuestionaron, en tantos años, ese derecho, la mayoría reconocimos siempre esa dedicación. Su verbo explicaba, convencía, le llegó siempre al pueblo. Tuvo la capacidad de adelantarse, escuchaba, rectificaba en los errores, y reconocía públicamente los equívocos y fracasos. Nunca evitó el debate, más bien incitaba a ello.

El pueblo aprendió que ante cualquier injusticia podía recurrir a varias instancias. Teníamos a Celia, a Almeida, a Haydee, a Fidel, y se recibían respuestas.

El sindicato funcionaba, existieron muchos ejemplos de luchas ganadas por la exigencia de esa organización, tanto en el reducido espacio de una empresa como a nivel nacional. El PCC, con una militancia que superaba en más del doble a la que hoy en día tenemos, participaba en la toma de decisiones y resultaba un controlador de las decisiones administrativas (al menos donde me he desempeñado los administrativos respetaban mucho cuando eran convocados por la militancia); viví la experiencia del cómo se debatía, criticaba y controlaba el proceder institucional.

Los dirigentes por lo general cuidaban su imagen, y aunque siempre contaron con algunas prebendas, que normalmente se reflejaban en contar con un carro estatal (que ya les resolvía unos cuantos problemas personales) y un nivel de búsqueda “sociolista”, su nivel de vida no resultaba ostentoso. Podrían ser prepotentes pero debatían, recuerdo pocos casos en que se usara ese estilo de reuniones “para escuchar y no opinar” que tan comunmente ocurre hoy en día.

Los cuadros de aquellos tiempos o estuvieron en la Sierra cuando la Revolución, o en Playa Girón, o en las zafras azucareras, o en las tantas misiones internacionalistas; la mayoría contaban con un aval de combate, y el pueblo podría tenerle sus reservas pero les respetaba esos avales. 

Pero los métodos y estilos implementados hicieron mella en muchos, unos (cansados) decidieron abandonar la lucha; bien se fueron de la Isla o se decidieron por la autocensura o la desidia; otros vieron una “oportunidad muy oportunista de pescar en río revuelto” –y el río ha estado bastante inestable en los últimos años–.

Fidel, consciente del poder que ya la burocracia estaba alcanzando nos convocó, en el segundo lustro de los 80, a la rectificación de errores y tendencias negativas. Vale la pena rescatar algunos de los discursos de esos años. Pero se derrumba el socialismo europeo y problemas más urgentes exigían todas las energías en su solución.

A ello se une un problema mucho más complejo. Quienes en la Cuba actual están entre los 35 y 45 años de edad, y que conforman una importante masa de los actuales dirigentes administrativos, estatales y políticos del país, tendrían entre los 9 y 19 años de edad en el año 1993 –el momento más duro del período especial–. Vivieron su infancia, adolescencia y juventud en fuertes carencias. Tengo amigos de esas edades que hablan de cuánto quedaron marcados por lo vivido en ese tiempo.

En aquellos duros tiempos se pudo garantizar la educación, la salud y una alimentación muy pobre aunque nadie se murió de hambre. Sin embargo nunca se habla de las marcas que quedaron en la personalidad de generaciones de cubanos, muy en especial de aquellos que estaban en la adolescencia o la juventud. Compartían los conflictos de sus familias para asegurar un mínimo de comida, de ropa, de algunos pequeños detalles que los acercara a una vida un poco más digna. Comenzaban a vivir con el ejemplo de que aquellos que tuvieran acceso a determinados recursos, vivían mejor y esos recursos podrían lo mismo  venir de la propiedad estatal, del extranjero en forma de remesas, o del trabajo extra de sus familiares, haciendo negocios que no estaban permitidos: casi todo se valía. 

La ideología sufría, los paradigmas del este se caían. Un pseudo revisionismo de la teoría nos cayó encima.

Comenzaron los cursos y los libros sobre “gerencia”. Los administradores se convirtieron en gerentes y directores, según fuera el rango. La “gerentocracia” fue un término creado, o muy utilizado, por un respetado profesor de economía, serio estudioso de los errores del este, cuando criticaba esa nueva tendencia que surgía en la administración cubana.

Negar esto no es tapar el sol con un dedo, es negarse a la verdad y con ello acabar con cualquier alternativa de análisis serio. No se está culpando con ello a la Revolución y la encomiable resistencia de su pueblo.

Los jóvenes estudiaban en las universidades, que nunca se cerraron, se graduaban, hacían postgrado. Unos deciden irse de Cuba, otros deciden trabajar aquí, buscando alternativas de salarios (como el turismo), de viajes al extranjero, de negocios particulares, trabajando en centros de investigación o centros sociales o productivos.

Otros miembros de esas golpeadas generaciones comienzan a ambicionar la dirección: veían una alternativa de vida segura, notaban (en el proceder de los ya gerentes) que tener el mando permitía decidir quién viajaba o no, quien recibía una mejor casa o no, quien recibía un carro estatal o no, quien podía hacer lo que le diera la gana sin que pasara nada,y eso significa el agradecimiento de la lealtad. Al que se opusiera, pues tenían el poder de sacarlo del medio.

Se fueron uniendo a los experimentados y en una lucha sin cuartel, con muchas más ambiciones, menos ejemplos de luchas sacrificadas que mostrar, menos ética, mucha más mediocridad, fueron sacando del medio a los más viejos. Se aprovechaban de las nuevas ideas de rejuvenecimiento en la dirección estatal y política. Eso ha estado ocurriendo en niveles bajos e intermedios, y en algunos casos incluso en niveles de dirección del Estado.

Se fueron adaptando las legislaciones para asegurar el poder. Si se revisa el desarrollo de las legislaciones laborales, incluyendo los código del trabajo, se descubre la forma en que, junto con el aseguramiento de importantes derechos, los trabajadores se van quedando desamparados en el caso de que se cometa una injusticia.

Hace ya unos siete años, conversando con un grupo de jóvenes fiscales, sobre una injusticia que se cometía con un joven trabajador, me explicaban que el trabajador estatal cubano está totalmente desprotegido ante los desmanes de la administración porque no puede recurrir a un tribunal: todo queda en las manos del jefe inmediato superior de quien cometió la injusticia. Pienso que la nueva constitución resuelve, en parte, este error.

Las decisiones se fueron concentrando. Hablar de órganos colegiados de decisión es un chiste, al menos en los niveles de empresas, instituciones, gobiernos municipales y hasta provinciales. ¿Cuántos Consejos de Dirección conocemos que se la pasan reunidos para escuchar las sabias perretas (que incluyen groserías, faltas de respeto, prepotencia) de quienes dirigen?

El papel del sindicato se redujo. Decir que la gente respeta esa organización es mentir, se le nota bastante poco en la base. El sindicato actual ha perdido su impacto, ha perdido la esencia, se ha estancado, y las esenciales y guiadoras ideas de Fidel y Lázaro Peña se han reducido a un grupo de frases y consignas.

En el caso del PCC, los burócratas se la han ingeniado para maniatarlo. Son varios los ejemplos. Basados en la correcta idea de que esta organización no está para administrar, se ha reducido al mínimo su influencia dentro de las instituciones.

Los privilegios fueron aumentando y mejorando. Ya el carro no es Lada chapisteado. Ahora tenemos carros mucho más modernos, más confortables, con aire acondicionado, con todos los cristales empapelados en negro. (Yo pensaba que esto estaba prohibido en Cuba. Es una cosa rara esta: si usted se para en la carretera, se dará cuenta que no hay un carro estatal que no tenga todos los cristales negros. De esa forma, ni hablar de quién va dentro, mucho menos de pedirle “botella”.) Un chofer me dice un día que ya nadie acepta dirigir si no le asignan un carro, y tiene toda la razón. Ahora el carro se usa para pasear la familia, es el carro “estaticular” para resolver asuntos, para mostrar poder (obvio nunca lo va a contaminar con los comunes).

La situación que estamos viviendo con el combustible es crítica, desesperada. Resulta una ofensa al pueblo que esta gente se muevan a su antojo y ni tan siquiera miren al prójimo para ayudarles en la transportación. Si usted pasa por un gobierno provincial, en un momento de reunión, puede ver las calles atestadas de carros estatales; no son capaces de ponerse de acuerdo en el uso de un transporte colectivo, ni hablar de usar el transporte público. No caminan; el contacto con las masas contamina, cansa, estresa. En los mejores momentos de Villa Clara, con Díaz-Canel como Secretario General del Comité Provincial del PCC, Lázaro Expósito como Secretario general de Comité Municipal del PCC en Santa Clara, Humberto Rodríguez como presidente del gobierno provincial, era famoso en el pueblo como se movían en bicicleta, a pie, contactando los problemas del pueblo.

Antes vivían en casas más o menos sencillas, muchas de ellas en los mismos barrios en que vivían sus subordinados; algunos, más listos, basados en sus méritos, se adueñaron de buenas mansiones en La Habana y en algunas capitales de provincia; pero la mayoría habitaban casas sencillas, sin muchos lujos. Ahora es diferente, los burócratas se construyeron sus casas con todas las comodidades necesarias, usando para ello las facilidades y recursos de los que disponían; otros aprovecharon una decisión de gobierno y se adueñaron de casas que estaban creadas para uso de la entidad que dirigen (casas de visitas, clubs de trabajadores, etc.). Me cuentan de un dirigente relativamente joven que hoy dirige en la capital, que pasó por todas estas experiencias: construyó su casa, se adueñó luego de una casa de la institución que antes dirigía (entregando la casa que había construido que era de mucho menos confort y en barrio más malo y lejano); ahora en la capital ha rechazado en tres ocasiones las ofertas de casas que le hacen. Asombra que en el momento que vivimos, se permite el lujo de rechazar ofertas de casas porque no satisfacen sus supuestas necesidades, y estoy seguro que no se tratan de casas de subsidios, ni de barrios malos.

La mayoría de esto burócratas evaden el debate, les falta cultura, valor y ejemplaridad. A los que le cuestionen, se les busca una solución drástica, que va desde el desprestigio personal, crearle una atmósfera externa de disidente (muchas veces ni el implicado sabe que lo están juzgando, a sus espaldas, de contrarrevolucionario), enredarlo en alguna supuesta ilegalidad, o simplemente ajustar la plantilla de manera que queda excedente. Son muchas las vías que he conocido en estos años, usadas por estos personajes, para destruir a gente buena. Proceden de tal manera que son capaces de convencer a sus superiores, a los que les controlan, a los que les dirigen políticamente, de que sus acciones encaminadas a destruir a alguien tienen un fuerte basamento político e ideológico.

Se aprovechan de las agresiones imperialistas para convertirlas en bandera de lucha que los destaque ante sus superiores. Los más avezados (especialmente en aquellos sectores más relacionados con la ideología) hasta fabrican las crisis que les permita destacarse en su combate y solución; enredando en ello, con sus mentiras, hasta a altos funcionarios. Cuando uno pide más elementos que permitan esclarecer lo ocurrido se refugian en el secretismo, dan respuestas a medias con cara de sarcasmo, eluden dejar escrito en sus decisiones la palabra contrarrevolución o algo por el estilo, aunque en reuniones de monólogo no paren de alabarse por la forma en que enfrentaron la subversión y la contrarrevolución. Hay instituciones que no salían de las crisis políticas e ideológicas y nada más promover a su dirigente se acabaron las crisis. La CIA no necesita mejores agentes que esos burócratas.

Sus vidas personales no pueden ser más enrevesadas. Por algún motivo la mayoría ama al dios Baco, y se transforman hablando lo que pueden y no pueden, mostrando sus intereses; cosa que en estos tiempos se difunde con tremenda facilidad.

Al pueblo se le mira con arrogancia, a los superiores que te pueden apadrinar se les adula. Para los últimos usan diferentes recursos, como reconocimientos de las instituciones que dirigen, una falsa modestia presumiendo de sus antecedentes humildes o de familia vinculada a las luchas revolucionarias, etc.

Los burócratas son trabajadores –cuidado con eso–; de acuerdo al nivel de ambición así será la dedicación al trabajo –pero al trabajo que le de visibilidad–; verdaderos maestros de los informes, de las estrategias sobre camino ya trillado –en las que no arriesgan nada–. Crean sus sistemas de comunicación con toda la tecnología necesaria, de manera que se visibilicen bien los logros de la institución que lidera (esto está muy bien si se hace desinteresadamente), y si alguien usa ese sistema para criticar, pues usa todo su poder para “combatirlo”. Crea su dirección jurídica con abogados expertos que le ayudan a crear tantas resoluciones como sean necesarias para tener las espaldas bien protegidas y para reprimir a los que les importunen. Cuando los errores son muy sonados reciben una reprimenda paternal pues se trata de “gente joven, inexperta, pero trabajadora y valiosa”.

Lo penoso y peligroso es que estos doctores en simulación siguen ascendiendo. Saben que hay responsabilidades que los convierten en casi intocables, aunque las leyes, los códigos, la lógica digan lo contrario. Un amigo me preguntaba, conversando sobre uno de estos personajes, que cómo es posible que todos sus defectos no se conozcan por quienes deciden, por quienes controlan. Recordé un escrito del presidente del Instituto de Historia de Cuba (no recuerdo su nombre) sobre los problemas de la Unión Soviética y las traiciones presentes. Explicaba que la KGB tenía un folder bastante abultado sobre Aleksandr Yákovlev, ideólogo de las transformaciones, pero a nadie interesó porque al final era confiable y leal; o nunca se atrevieron a mostrarlo pues el hombre tenía amigos muy importantes.

Importante es tomar nota de que burócratas con comportamientos iguales fueron los responsables de la debacle del campo socialista.

Forman una casta social, yo digo que son una cuasi-clase social, se relacionan entre sí, se hacen amigos. Esa mafia crece, compromete, enreda, se defienden los uno a los otros, y alcanzan incluso a los que tienen el deber de vigilar, controlar y reprimir esas manifestaciones. Son una verdadera mega bola de fango creciendo y destruyéndolo todo. Sus intereses varían: mientras más tienes, más quieres, y al final traicionan hasta su madre de ser necesario.

¿Hay solución para este peligro?

Soy un defensor acérrimo, y hasta un poco ortodoxo, del socialismo. Soy un defensor convencido de la Revolución cubana. Considero que no existe ideología más completa y humana que la socialista, y no existe proceso que se le acerque más a esa ideología que nuestra Revolución. 

Defendemos una ideología y luchamos por un modelo de sociedad que queremos entregar, como herencia, a las generaciones que nos siguen, como otros lo hicieron con nosotros. Entiendo que nuestro batallar ideológico pretende al final lograr que los que nos siguen –con sus diferentes costumbres y formas de interpretar la vida– asuman que el proyecto tiene que mantenerse en evolución sin negar sus principios fundamentales.

Son los jóvenes nuestro objetivo, son los jóvenes también el objetivo de quiénes nos agreden. Y los jóvenes son maximalistas y les cuesta trabajo entender los matices; son románticos empedernidos, son creativos, son una energía inmensurable ¿Nos recordamos de esa edad?

Los jóvenes de hoy en día están metidos en la calle. Quizás hablan menos pero conocen más de lo que sucede en el día a día. Me asombro con las cosas que me comentan mis hijas sobre algunos burócratas, y es duro discutir con ellas pues uno conoce siempre a alguien que es igual al criticado.

Todos los dirigentes no son precisamente burócratas. Existe una gran cantidad de ellos que pueden tener muchos defectos pero son gente que trabajan, que nos les interesa la visibilidad, que lideran. Todavía hoy en día creo que son mayoría. Lo que pasa es que un burócrata, solamente uno, ensombrece a todos los buenos dirigentes.

Tenemos un Presidente que ha sido el paradigma de la anti burocracia, inteligente, talentoso, muy decente, de sólidos principios, dialéctico. Le llega al pueblo y muy en especial a los jóvenes. Su liderazgo es fundamental en el combate a este mal y a sus personeros. 

Creo que el Presidente se ha rodeado de gente trabajadora, comprometida, no me parecen burócratas, es posible que haya más de uno pero no lo identifico. El pueblo acepta la comunicación con ese equipo.

Se tienen que engrasar los mecanismos que tiene el pueblo para denunciar.
El PCC cuenta con un sistema que registra la opinión del pueblo, un sistema bien organizado que recoge miles de criterios, pero no se puede quedar en cifras, en estadísticas; cuando la alarma suena sobre el comportamiento de alguien, se tiene que desatar un sistema de investigación.

Tenemos la Contraloría, dirigida por una admirable compañera. Hay veces que cuando la escucho siento que está ya cansada de insistir en la necesidad de la educación, de la prevención. Esta entidad estatal tiene que olvidar ya lo educativo y combatir. Sus miembros son expertos, y saben bien dónde buscar; no entiendo por qué no encuentran.

Nada se logrará si no le damos participación real al pueblo. Ese pueblo que los burócratas tanto irrespetan, que demeritan, que lo ven como inmaduros que necesitan de su sabia guía, ese pueblo que tanto temen en sus fuerzas liberadas y liberadoras.

La gente tiene que sentirse guapa; pero la gente no es boba, no se va a buscar problemas de gratis para que no pase nada y después verse afectada por las posibles represiones. Cualquiera de nosotros, en la Cuba actual, de seguro está violando alguna de las cientos de miles de orientaciones, regulaciones, cartas circulares, directivas, decretos, leyes; si mi posición crítica lo que provoca es un escudriñar en mis errores o convertirme en disidente potencial (por la espalda, nunca de frente), o simplificar, basados en supuestos resentimientos, pues todo se va al diablo y me dedico a vivir y a prepararme para lo que pueda pasar en el futuro.

El sindicato no es contraparte de la institución, eslogan llevado y traído por quienes les conviene. Muy correcto: el sindicato está para apoyar a los trabajadores en el logro de una mejor sociedad, con ello se apoya a la Revolución, se movilizan a las masas. El sindicato no es contraparte de la Revolución pero tiene que ser muy combativo con los burócratas y sus injusticias. Tiene que hacerse respetar, más que nada por las nuevas generaciones.

El PCC no administra, pero los desmanes de un burócrata, sus errores, sus estilos, tienen que ser combatidos por la militancia, que tiene que estar oído en tierra escuchando al pueblo. La militancia tiene que exigir cuando el dirigente no sirve, si es necesario tiene el deber, el derecho, la obligación de exigir que sea cambiado.

Yo no tengo idea en qué momento los dirigentes se convirtieron “cuadros del Estado”, con ello se estableció el criterio de que cualquier cuestionamiento a su gestión es un cuestionamiento al Estado y su política. Aquí hay que acabar de definir que es un dirigente estatal, obvio representa la gestión del Estado en su entorno de influencia, pero es que el Estado no es más que el poder del pueblo, es el aparato ejecutivo electo por el pueblo para representar sus intereses de clase. Me parece que nuestro Presidente ha dejado muy claro su visión en este asunto al definir que todos son servidores públicos.

El tema de la crítica oportuna, en el momento oportuno, y en el lugar oportuno es algo que también hay que esclarecer. La idea ha quedado muy difusa, cosa que ha sido muy bien utilizada por los burócratas. Un joven en un debate con el dirigente de la institución en que trabajaba es incriminado porque nunca se le acercó para expresarle sus críticas y preocupaciones sobre lo que ocurría en su área de trabajo, el joven le responde que estaba cansado de hacerlo en su núcleo del PCC, el dirigente muy molesto le espeta que ese no era el lugar para criticar, que tenía que ir a verlo a él, estableciendo su interpretación del lugar oportuno, y no es un invento: es una anécdota real.

La burocracia puede ser combatida. Los simuladores y los oportunistas pueden seguir existiendo, pero si las mieles del poder les resultan complejas de seguro van abandonar en buscas de otras vías que les permita ganancias; quizás se vayan a otras tierras, quizás se pongan a crear. Los burócratas no resisten el poder del pueblo, la crítica del pueblo. Pues busquemos ese poder, de paso se movilizan y comprometen a las masas, se le brinda oportunidad de involucrase a los jóvenes. No entiendo que haya que temer en nada. No se trata de un enfrentamiento que debilite a la Revolución.

Los imperialistas estarán muy preocupados si ven que la desidia, la inercia, la parálisis desaparece, si ven que los burócratas perdieron el poder, si ven que los jóvenes se involucran más.

Lo podemos hacer porque tenemos un buen gobierno. Contamos con una historia. Tenemos fuentes de referencia en los tantos discursos y escritos que sobre este tema se pronunciaron Fidel y el Ché.

Concluyo con un disenso a las geniales palabras de Eduardo Galeano. Los burócratas no nacen por error de los dioses, surgen en un contexto, se desarrollan por las debilidades de ese contexto social, triunfan por la desidia y la pasividad de los buenos, que son mayoría.
 

martes, 27 de agosto de 2019

La política como espectáculo

Por Graziella Pogolotti
La globalización neoliberal tiene apellido. Se difunde a través de un cuerpo doctrinario elaborado íntegra y coherentemente por los tanques pensantes del capitalismo. Para sostener la preponderancia del mercado por encima de los principios reguladores del Estado, asocian a la modernidad un conjunto de concepciones que invaden todos los territorios de la sociedad. Incluyen las reformas educacionales, propagan verdades absolutas a través de la academia, anulan y fragmentan el conocimiento de la historia y socavan el papel de la política, conformado de modo parcial por el rápido tránsito de la democracia burguesa.
El dominio de los medios de comunicación, mediante la propagación de la mentira, sustituye el papel otrora desempeñado por los programas de los partidos políticos tradicionales. La conducta aparentemente excéntrica del Presidente de Estados Unidos responde a este modelo. En un tiroteo constante, se entretiene a la opinión pública con la multiplicación de focos de tensión y de áreas de conflicto que amenazan, como espada de Damocles, con una guerra inminente.
La realidad de los intereses del gran capital transnacionalizado se enmascara tras un espectáculo en el que el suceso de hoy borra el acontecimiento de ayer. La manipulación de la opinión pública se dirige al descrédito de la política en una circunstancia en que el drama de «los condenados de la Tierra» se multiplica y el neocolonialismo adopta nuevas fórmulas. Para consumo de los países que cargan con la herencia del subdesarrollo, se establece la idea de que la globalización nos hace ciudadanos de un mundo donde la reivindicación de la identidad no ha lugar.
Mientras tanto, la consigna de America first convoca a los sectores más retrasados de la sociedad norteamericana, con fuerte componente xenófobo, racista, misógino y homófobo. En el trasfondo de ese pensamiento hay un renacer acelerado de un fascismo que creíamos liquidado con el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Lamentablemente, Europa, que padeció en carne propia los horrores de aquel conflicto, que vivió holocaustos de diversa naturaleza y conoció cámaras de gas en los campos de concentración, atraviesa similar crisis de las ideologías. En ambos lados del Atlántico se levantan muros contra la emigración. El Mediterráneo se ha convertido en un cementerio marino. Por otra parte, se quebrantan los lazos que hubieran podido reafirmar a la Unión Europea como voz alternativa en un diálogo multilateral.
El eco caricaturesco de esta doctrina se produce en Brasil, donde el Presidente reivindica la dictadura militar, donde se predica el ejemplo de Pinochet, todo ello absolutamente innombrable hace pocos años. El antecedente inmediato es un golpe de Estado parlamentario y la politización de la justicia, así como el empleo de fundamentalismos religiosos en la manipulación primaria de las conciencias.
Las declaraciones públicas y las acciones inmediatas se vuelven contra la educación y la cultura, a la vez que entregan los recursos nacionales al mejor postor y autorizan la expansión del agronegocio en la Amazonía. Los peligros que se ciernen con esta ofensiva incluyen la instauración y naturalización de ideas fascistas, la supresión de conquistas populares resultantes de años de batallar y la amenaza a la supervivencia de la especie en el planeta con la aceleración del cambio climático, a partir de la ruptura de los compromisos reguladores de la contaminación, internacionalmente aceptados.
Para contrarrestar esta ofensiva se impone una rearticulación del pensamiento de izquierda con la relectura de sus fuentes primigenias, el análisis crítico de las experiencias socialistas y reformistas y el rescate de una tradición latinoamericana del pensar.
«El respeto al derecho ajeno es la paz», había dicho el Benemérito de las Américas, Benito Juárez, aquel indio de Oaxaca que aprendió el español por esfuerzo propio, creció en un hacer y un saber en un país que había sufrido la extirpación de gran parte de su territorio por el imperio en expansión y la imposición del emperador Maximiliano de Austria.
México está atrapado entre el chantaje arancelario que amenaza sus exportaciones y el compromiso de afrontar, por ambas fronteras, la del norte y la del sur, la invasión incontenible de los emigrantes. La solución planteada por el presidente López Obrador, dirigida a paliar la presión migratoria mediante políticas de estímulo al desarrollo, ha caído en el vacío. Son problemas de fondo que amenazan el destino de todos, enmascarados por la política convertida en espectáculo, con su consecuente descrédito. Bajo la influencia de esos vaivenes, los pueblos votan contra sus intereses esenciales, aunque tardíamente tomen conciencia del error cometido.
Nuestra América es portadora de un pensamiento emancipador, arraigado en el conocimiento de los males de la Tierra y en la valoración del dramático legado colonial. Las ideas que animaron la Revolución Cubana se inscriben, a la luz de la contemporaneidad, en esa tradición, con su centro de gravitación en la búsqueda de la plenitud humana. Insisto en que la relectura productiva de ese saber acumulado debe traducirse en la rearticulación coherente de una plataforma de izquierda.
Desde esa perspectiva, es indispensable refundar un pensamiento pedagógico con el propósito de entrenar a las generaciones que están naciendo para que descifren la realidad que los rodea y descubran la verdad tras los fuegos artificiales de lo ilusorio. Abandonar los caminos trillados y las fórmulas probadas por la rutina constituye un desafío gigantesco. Pero los grandes desafíos han condicionado el crecimiento de la especie y, en el plano individual, han cargado de sentido el vivir cotidiano.

Fuente: http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2019-08-24/la-politica-como-espectaculo

viernes, 23 de agosto de 2019

Centenario del Benny

Lo vi en persona, al frente de su “banda gigante”, en dos o en tres ocasiones, en mi pueblo natal, San Antonio de los Baños, donde todos los fines de semana había bailes con las mejores orquestas de Cuba.

Con él pasaba algo especial: a pesar de tener una de las orquestas que interpretaba la música cubana con más sabor y originalidad, el público, al menos al principio de sus presentaciones, no atinaba a bailar, fascinado por su fuerte personalidad escénica. Es que el Benny se ponía a dirigir la banda con todo su cuerpo y era un espectáculo que ni los bailadores querían perderse. Después, poco a poco, la gente iba “entrando en caja” y moviendo los pies, hasta que todo el salón o la calle –donde fuera el baile– se incorporaba al rito.

Es un privilegio haber coincidido con él en tiempo y espacio. Una de las gracias que merece dársele a la vida. Benny Moré, sin duda alguna, es uno de los músicos más geniales que ha dado esta tierra de excelentes músicos. Hoy cumpliría 100 años. No hace falta pedirle gloria eterna. Siempre la ha tenido y la tendrá.


lunes, 19 de agosto de 2019

Oscarito y la leyenda china

En abril de 1965 cumplí un año de vida militar y por entonces estaba destacado en el
Izq a der: Silvino García, yo y Oscar Cuesta, en 1966
campamento de Managua, donde servía a la vez en dos unidades. Esto sucedía por una disposición que prohibía a los reclutas –como se nos decía a los llamados a filas por la ley de servicio militar obligatorio– realizar trabajos administrativos hasta que no cumplieran dos años de preparación combativa. Por eso, aunque por nómina pertenecía a la unidad de comunicaciones del Estado Mayor, mi verdadero trabajo lo realizaba 
en la revista “Venceremos”, órgano oficial del Ejército de Occidente, que era un departamento de la Dirección Política.

El local de “Venceremos” estaba situado en un edificio pequeño, donde había otras oficinas. Nuestra revista tenía el estricto espacio para dos burós, una mesa de dibujo y, al fondo, un mínimo cuarto oscuro. Aunque el propósito de estas palabras no sea este, al rememorar aquel espacio y aquel tiempo me vuelvo a ver sentado en una alta banqueta frente a la mesa de dibujo, escribiendo mis primeras canciones. Sentado allí mismo se las canté después a mis compañeros, jóvenes como yo, reclutas como yo, con escasísimos permisos para salir a la calle, como yo.

Por aquellos días, proveniente del segundo o del tercer llamado a filas, ingresó a la revista otro joven, algo mayor que yo, para encargarse de una página de Ajedrez que íbamos a publicar. Aquel muchacho, pese a su juventud, había sido Comisionado Nacional del juego ciencia. Usaba unos grandes espejuelos, parecidos a los míos, y era de personalidad reflexiva, observadora y generalmente discreta –excepto cuando nos quedábamos solos, porque entonces soltaba los más mordaces comentarios sobre cualquier cosa–. Como yo, era una persona interesada en la lectura y no le pareció raro que mis más preciados bienes fueran una maltrecha enciclopedia, amarrada con una soga, y libros de literatura, ciencias y hasta poesía. Ambos habíamos sido niños de circunstancias complejas y ambos creíamos en la Revolución, aunque nos diferenciábamos en que él tenía una mente sumamente objetiva y yo era bastante distraído. Pero lo cierto es que simpatizamos y, además de compañeros, nos hicimos amigos; lo fuimos tanto que empezamos a vernos en la calle y, cuando concluimos la etapa militar, seguimos viéndonos.

Su nombre era Oscar Cuesta Torres, y vivía en La Habana vieja, en la calle Paula, casi frente a la casa natal de José Martí.

Otra de sus virtudes, que contrastaba con mis lamentables características, es que era muy organizado. La primera persona que pasó a máquina una canción mía fue Oscarito. Fue algo que yo no le pedí, que él hizo por su cuenta, por lo que todavía conservo un file azul con mis tres o cuatro primeras canciones, presilladas también por él. 

Como nos daban pocos pases –a mi menos que a él, por no ser militante–, a veces nos fugábamos. La fuga era una actividad en la que yo me las daba de experto, no tanto por inteligente como por llevar más tiempo en el campamento y conocer las características de sus accesos. De todas aquellas fugas, durante años Oscarito me estuvo echando en cara el fatídico día en que él dijo que tomáramos por un camino y yo le convencí de ir por otro, donde nos topamos al jefe de Unidad que, por aquel encuentro inapropiado, nos suspendió los siguientes tres pases. Por estas y otras aventuras nos fuimos convirtiendo en una pareja de desgarbados reclutas que hablaban de cine, literatura, política o mujeres (a mi me gustaba Brigitte Bardot pero él prefería a Gina Lollobrigida).

En mis últimos meses de servicio militar fui trasladado a la revista Verde Olivo, aunque él siguió pasando por mi casa, donde se ganó la confianza de todos. Por su parte siguió desarrollándose en la actividad política y después de desmovilizado fue promovido como cuadro profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). A mediados de febrero de 1972, coincidimos en Moscú. Él estaba allí en una actividad del Komsomol y yo regresaba a Cuba desde la RDA, después de participar en un festival de canciones. Creo que fuimos juntos al museo Pushkin. De aquel día conservo una foto con él, algo borrosa, en el cementerio de Novodevichy, cerca de la tumba de Maiakovsky.

Creo que ya por entonces mi amigo dirigía el departamento de Cultura de la UJC de la provincia de Matanzas. En eso estaba cuando llegué a esa hermosa ciudad, en 1973, buscando muchachos que integraran el Movimiento de la Nueva Trova (MNT), que la UJC acababa de apadrinar. Oscarito fue quien me resolvió pernoctar en un albergue y gracias a la confianza que teníamos pude reunirme con el Comité Provincial y plantear algunos asuntos. Uno de ellos fue sobre el grupo Nuestra América, oriundos de Cárdenas y de Varadero, que eran los trovadores más interesantes de la provincia y a la vez católicos practicantes. Por entonces las relaciones Estado-Iglesia eran bastante menos diáfanas que hoy, y para llegar a ellos pasé mucho trabajo, porque los compañeros de la UJC me los escondían. Una mañana decidí esperarles a la salida del preuniversitario en que estudiaban y pude preguntarles directamente si deseaban integrar el MNT. Con tremendo entusiasmo dijeron que sí.

Otro rollo (que años después Oscar contaba muerto de risa) fue cuando un compañero del Ministerio del Interior fue a ofrecer una conferencia sobre el diversionismo ideológico al Buró del Comité Provincial de la UJC, y me invitaron a presenciarla. Aquel compañero, un cuadro de provincia, en un momento de su exposición puso sobre la mesa unas cuantas revistas extranjeras con portadas picantes y explicó que eran ejemplos de diversionismo. Todo marchaba más o menos bien hasta que extrajo una revista ICAIC* y dijo que aquella publicación también lo era. 

Yo por entonces era parte del Grupo de Experimentación Sonora, y Alfredo Guevara había sido uno de los más decididos defensores de mi generación. Gracias a dirigentes como él y como Haydee Santamaría los trovadores jóvenes y las canciones que hacíamos no fuimos estigmatizados para siempre, como algunos querían. Sabiendo aquello y conociéndome, cuando pedí la palabra Oscarito me hacía muecas para que me callara, pero fingí no verle y hablé. Lo dicho provocó tal situación que a las 10 de la mañana se cortó la conferencia, dijeron que por almuerzo. No fui invitado a la sesión vespertina.

Cuando Oscar terminó en Matanzas, lo nombraron subdirector de Juventud Rebelde. Yo tenía muchos amigos en aquel periódico, sobre todo en los departamentos de dibujo y diseño, algunos de los cuales conocía desde el Mella, además de los poetas del Caimán Barbudo. En aquel ambiente  de prensa volvimos a compartir algunas otras aventuras, ya menos a menudo, en parte por sus responsabilidades y también porque desde mediados de los 70 empecé a viajar más seguido.

El 28 de enero de 1989, oliéndome lo que venía, comencé, en la cima del pico Turquino, una gira nacional que titulé Por la Patria. En 1990 tuve la fortuna de hacer un concierto memorable, en el Estadio Nacional de Chile. Desde un punto de vista estrictamente profesional, para mí no fueron malos tiempos, pero las realidades del mundo y de mi país no eran muy prometedoras. Las últimas veces que me encontré con Oscar fue por entonces. Su familia se había marchado al exterior y se le veía desmejorado, incluso físicamente. Cruzamos opiniones. Comprendí que por sus circunstancias estuviera menos optimista que yo. Después, a veces, nos comunicábamos por teléfono; luego hubo un largo tiempo sin contactos hasta que, hace unos años, un mal día, supe que había muerto.

Oscar Cuesta fue uno de esos amigos que, en la memoria, marcan épocas. Hubo tardes y noches en que caminábamos La Habana, discutiendo sobre cualquier cosa, siempre con respeto, yo tratando de no ponerme a tiro de sus sarcasmos. Gracias a él conocí a Silvino García, primer cubano de nuestra historia que obtuvo la norma de Gran Maestro, y a Arnoldo Águila, que escribía cuentos muy imaginativos. Yo le presenté a mis amigos trovadores, actividad que disfrutaba mucho. Una de las cosas que siempre recuerdo de Oscarito es que, ante acontecimientos personales o colectivos, a veces le gustaba decir: “¿Será para bien, será para mal?”, la frase clave de una antigua leyenda china que después yo también he usado, en memoria de mi amigo.

He aquí la leyenda:

Había una vez un campesino chino, muy pobre, pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día el hijo le dijo: “¡Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo!”

“¿Por qué lo llamas desgracia?”, respondió el padre. “¿Será para bien, será para mal? ¿Quién sabe? Veremos lo que nos trae el tiempo”.

A los pocos días, el caballo regresó acompañado de una preciosa yegua salvaje. “¡Padre, qué suerte!”, exclamó el muchacho. “Nuestro caballo ha traído una yegua y ahora nos la quedaremos.”

“¿Por qué le llamas suerte?”, repuso el padre: “¿Será para bien, será para mal?  ¿Quién sabe? Veamos qué nos trae el tiempo.”

Unos días después, el muchacho quiso montar la nueva yegua y ésta, no acostumbrada al  jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró una pierna.“¡Padre, qué desgracia!“, “¡Me he quebrado la pierna!“ 

El padre, fiel a su costumbre, sentenció: “¿Por qué lo llamas desgracia? ¿Será para bien, será para mal?  ¿Quién sabe? ¡Veamos lo que nos depara el tiempo!”

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del emperador, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vieron en la casa del anciano a un joven entablillado y lo dejaron, siguiendo de largo.

Entonces el joven comprendió la sabiduría de su padre: ni lo adverso ni lo afortunado son absolutos, a ambos hay que afrontarlos con prudencia, y dar tiempo al tiempo.
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* Cine Cubano

jueves, 15 de agosto de 2019

Tres momentos y un solo Nicolás

Por Raúl Roa Kourí
                                                                                                            A Nicolás Guillén
1. En México
A mediados de 1954, la Escuela de Verano de la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, por iniciativa de los profesores Alfonso Reyes Aurrecochea y Francisco Mier Zertuche, organizó un ciclo de conferencias para honrar a José Martí en su centenario, cumplido un año antes. Fueron invitados principales, Andrés Iduarte, entonces presidente del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Rómulo Gallegos, Nicolás Guillén, Juan B. Kourí y Raúl Roa.
Llevamos una ofrenda floral al monumento erigido para honrar al Apóstol de nuestra independencia, en la norteña capital. En el anfiteatro de la alta casa de estudios, Gallegos pronunció su histórico llamado a la juventud latinoamericana: «No prostituyas tu dignidad intelectual»; Guillén dijo, con su voz honda y cálida, sus elegías a Jesús Menéndez y a Cuba; su son entero. El profesor Kourí disertó sobre La escuela nueva de medicina y su ideario martiano; Roa, lo hizo sobre México en Martí.
Sostuve pláticas con los dirigentes estudiantiles de la universidad regiomontana, quienes dieron cabida en su periódico a mis comentarios sobre la lucha de sus compañeros cubanos. El tabloide Vida Universitaria, recogió también mi trabajo, «Rómulo Gallegos, bosquejo del exilio».
Una tarde, en el bar del hotel, conversando con Guillén, inquirí sobre su reciente poesía, su estancia en España durante la Guerra Civil, sus viajes por la URSS y Europa oriental. Había recibido, días antes, el Premio Stalin por la Paz y pensaba recogerlo en breve. Como teníamos confianza, le pregunté qué había de cierto en cuanto se decía de la URSS; respondió, sonriendo: «Mucho es cierto, mucho es falso, pero allá hay justicia social.» Le creí, entonces, y lo constaté, personalmente, diecisiete años más tarde, cuando acompañé al Presidente Osvaldo Dorticós en visita oficial. (Desde Moscú, a los dos meses, recibí una postal de Nicolás: «Nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva. Nicolás».)

2. En La Habana
En los días de mi preparación para hacerme cargo de la embajada en Praga, topé con Pablo Neruda y Nicolás Guillén en la Bodeguita del Medio acogedor rincón de la Calle del Empedrado, vecino a la catedral habanera donde, a instancias de Felito Ayón, cuya imprenta hallábase adosada a esta, del propio Nicolás y otros intelectuales, abrió Enrique Martínez, bodeguero de ancho espectro, un espacio de criolla mesa a la bohemia capitalina e internacional ambos, armados de refrescantes, tropicales mojitos daban cuenta de apetitosos chicharrones de cerdo.
Me sumé a sus libaciones y manducaciones con idéntico entusiasmo. De pronto, Guillén le confió al gran poeta chileno: «Pablo, ¿sabías que Raulito ha escrito una de las mejores cosas que he leído sobre tu poesía?» El chicharrón se me clavó en la campanilla: había publicado en El Mundo, cinco años antes, dos artículos titulados (con la osadía irreverente de los 18 años) «Trayectoria poética de Pablo Neruda». Apreciaba, justamente, la obra de Residencia en la tierra, El hondero entusiasta, Veinte poemas de amor Canto general, pero vituperaba con desenfado la más reciente, v.g. Las uvas y el viento, Odas elementales...
Neruda, quien por supuesto nada conocía de mis impertinencias, amablemente pidió una copia. Prometí llevársela al Habana Libre, donde se hospedaba. Aproveché una breve ausencia de Pablo, llamado por Natura al mingitorio, para recordarle a Nicolás el tenor de mi «ensayo». Todo risa y mala intención repuso, con su voz de barítono: «¡Por eso mismo se lo dije, Raulito!  ¡Por eso mismo!»
Ni entonces ni más tarde, en Praga, donde cenamos juntos Mariacarla y yo con Pablo y Matilde, en nuestra casa de Juarezova No.4, le entregué la copia prometida. Aunque sostengo aún el criterio de mis años mozos sobre la última porción de la obra nerudiana, hoy, como dije en otra parte, lo escribiría de manera diferente. Pero ya no aspiro a ceñirme la muceta de Dámaso Alonso. Después de todo, como señaló Antonio Machado, «por mucho que valga un hombre nunca tendría valor más alto que el de ser hombre». Neruda fue deslumbrante, como su mejor poesía, hombre de su tiempo y su pueblo, de América. Pero su alusión a Nicolás Guillén en Confieso que he vivido, lo empequeñece.

3. En Praga
 Anochece, la luz se quiebra suavemente sobre los techos barrocos de Malá Straná, apretados unos a otros, enhebrados casi por musgos y enredaderas. El aire frío y húmedo pellizca los rostros. Desde el mirador, a un costado de Hradcany, contemplo con Nicolás Guillén los jardines que dibujan complicados perfiles entre árboles secos y fuentes silenciosas. La iglesia de San Nicolás alza sus torres al cielo, recortado de cúpulas y aristas. El punto culminante del barroco jesuíta en Malostranské námesti, donde varios palacios señalan el tránsito de la dominación habsburga. Abren sus portalones a la plazuela antiguas casas sólidas, de pesadas puertas. A la izquierda, camino del Vltava, se bebe una cerveza, nada aquinatense, en la taberna de Santo Tomás.
Subimos por la calle del poeta Ján Neruda, que inspiró a Neftalí Reyes a adoptar su apellido, ante fachadas monumentales y homogéneas (las más homogéneas del mundo, según Alejo Carpentier) hasta alcanzar el Palacio Cernin, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Más allá, después del Convento de Loreto y la placita homónima, doblamos por una calleja misteriosa, iluminada por un solo farol de gas : Novy Svet, un nuevo mundo, en efecto, para nosotros que venimos del antiguo  de la palma y el caimán, los juegos de batos y el ulular oceánico de los grandes caracoles. Nicolás, en voz baja seguramente inducida por el ambiente fantasmagóricoapuntó: «En cualquier momento doblará la esquina un caballero de capa y espada que, sin hesitar, se dirigirá a esa vieja posada del águila bicorne sobre la puerta...»
Al otro lado del río, en lo que fuera el ghetto, topamos con la sinagoga más antigua de Europa central, Starà-Nova, y el viejo cementerio de piedras mudas sobre cada muerto; en un local contiguo, como testimonio imborrable de la barbarie nazi, una sencilla exposición de dibujos realizados por niños hebreos exterminados en Terezin. «Pelota rota», se dolía Silvio.
Sobre alta colina que lleva su nombre vigila el indomable capitán husita, Ján Zizka. Allí se hallaba, preservado también, como remedo de la inexplicable necrofilia que se abatió sobre varios países socialistas tras la erección del mausoleo a Lenin en Moscú, el cadáver de Klement Gottwald. Desde el otero de Zizka contemplamos las torres góticas de Nuestra Señora de Týn, las voluptuosas de San Nicolás y las neogóticas agujas de San Vito que, erigidas en el siglo XX, suben como hercúleo brinco, entre el hollín y la niebla y la opacidad de un crepúsculo triste, barrido por llorones sauces horros de lágrimas.
Acompañé a Guillén a la Unión de Escritores de Checoslovaquia, en Narodni třida, donde nos recibió, con su redonda cara de morsa y afrancesado gesto, Ado Hoffmeister, su presidente: ex diplomático y pintor quien, meses después, se apoyaría en una exposición de plástica cubana que inauguramos ambos en la galería Manes, para lograr que los abstractos y figurativos de su país pudieran respirar aires nuevos, escurriéndose de debajo del obeso —-si bien famélico de ideas— realismo socialista oficial. La conversación, nada protocolar, nos llevó de París a Brasil, a México y Moscú, sin dejar de detenernos en Kuo Mo Jo, las chinerías florales de Chi Pai Chi, los suculentos recuerdos de patos laqueados en el vetusto restaurante pequinés y sopas al decir de Nicolás, inmejorablesde aletas de tiburón, en el no menos añoso Pacífico habanero.
Recuerdo con cariño esa visita de Nicolás Guillén, que me permitió escapar del taedium diplomaticus cotidiano y disfrutar auténticamente la ciudad, los amigos, las horas.  

domingo, 11 de agosto de 2019

Puerto Carenas

Por Rolando López del Amo

La Habana está cada día más cerca del aniversario quinientos de su establecimiento en el lugar definitivo junto al Puerto de Carenas en 1519.

La tradición dice que se fundó bajo una Ceiba, árbol madre, en un punto donde se alza hoy un templete neoclásico con frescos alegóricos al hecho fundacional.

A un lado  está el castillo de la Real Fuerza, primera fortaleza construida en el país, en la que, sobre una cúpula, una veleta de bronce con figura de mujer se ha convertido en símbolo de la ciudad: la Giraldilla.

Desde su fundación en adelante La Habana creció en todas las direcciones posibles: Sur, Este y Oeste hasta abarcar un territorio metropolitano con más de dos millones de habitantes y decenas de millares de personas en tránsito cada día. Ese gran conglomerado tiene hoy la categoría de provincia.

Como es la capital del país, es la sede del gobierno, con toda la responsabilidad que eso implica para La Habana y todo el archipiélago cubano. Es también la sede de los más antiguos estudios universitarios y centros de investigación científica.

La Plaza de la Revolución, donde se alza el grandioso monumento marmóreo en homenaje a José Martí, ha sido el ágora por excelencia, a partir del triunfo de la revolución de enero de 1959, para decisiones políticas fundamentales adoptadas en el diálogo único entre el máximo líder de la revolución y el pueblo.

Pero si algo caracteriza a La Haban de nuestro tiempo, más allá de la presencia de turistas de numerosos países que colman nuestros hoteles y los cruceros (temporalmente prohibidos sus viajes a Cuba por el presidente Trump) que entran al puerto, es la intensa vida cultural de la ciudad.

Museos de todo tipo, teatros para obras dramáticas, conjuntos de danza, salas de conciertos, galerías de artes visuales, bibliotecas y librerías, centros de computación, peñas musicales y literarias, casas de cultura en los barrios, talleres, escuelas de arte, movimiento de aficionados a las artes y la literatura, salas de cine, se unen a un sistema escolar inclusivo para todos los niños y adolescentes. Y todo eso, a pesar del constante asedio del bloqueo económico impuesto por los gobiernos de los EEUU durante casi sesenta años.
A pesar del azote del tiempo y los enemigos, La Habana ha sabido resistir. Ese espíritu de resistencia y salvaguarda de sus mejores tradiciones es una característica del habanero. El símbolo de su mayor casa de estudios es una madre con los brazos abiertos para el que ascienda hasta ella.

Vale recordar que La Habana de hoy, crecida, sigue teniendo, en su núcleo urbano inicial, su palpitante corazón. El triunfo de la revolución fue decisivo para salvar ese patrimonio nacional y de la humanidad toda, como lo ha reconocido la UNESCO, de un destino demoledor como el que convertía el edificio antiguo de la universidad en una Terminal de helicópteros. La oficina del Historiador de la Ciudad, que tuvo en  Emilio Roig de Leuchsenring a su brillante y batallador primer historiador, ha tenido en su discípulo y actual historiador, Eusebio Leal Spengler, no sólo al preservador de la historia, sino al alma de la restauración de la ciudad, a su guardián celoso que, de mano con nuestro tiempo, hace lo que los antiguos miembros de la Academia de la lengua española decían que era la función de esta: limpiar, fijar y dar esplendor.

Decía José Martí que “Hombre es algo más que ser torpemente vivo: es entender una misión, ennoblecerla  y cumplirla” (6-232) Con esa convicción y su pasión por la ciudad natal, Eusebio fue capaz de sensibilizar a las autoridades máximas del gobierno y convencer, con los resultados de su trabajo y un adecuado espacio de televisión, “Andar La Habana”, a toda la población. Él ha sido capaz de ganar, junto al apoyo unánime de los cubanos, el de otras personas y gobiernos para tan noble causa.

Por supuesto que la obra de restauración es colectiva. Centenares, miles de personas son parte de ella y todos merecen nuestro agradecido reconocimiento, Martí también nos enseñó que “La generosidad congrega a los hombres, y la aspereza los aparta.

“El elogio oportuno fomenta el mérito; y la falta de elogio oportuno lo desanima”. “…Cuando consuela  a los tristes, cuando proclama el mérito desconocido, cuando levanta el ejemplo ante los flojos y los descorazonados, cuando sujeta a los hombres en la vida de la virtud, lo loable es la alabanza.” (1-369-70) 

Cuidar la ciudad, preservar sus valores, embellecerla con nuestras acciones, es deber ineludible de todos los avecindados en ella.

Permítame el lector cerrar esta nota con este poema de homenaje a La Habana, incluido en mi libro “Cuando llega el otoño” que acaba de publicar la editorial Letras Cubanas: 

 PUERTO CARENAS 

El mar golpea con fuerza el arrecife.
Suben a saltos crestas de espuma salitrosa 
que caen finalmente sobre el muro y la calle.
El viento norte anuncia su llegada invasora
y adelanta un oleaje turbulento.
Hay ráfagas silbantes sacudiendo ventanas,
golpeando las paredes y las puertas.
Son los heraldos húmedos del Ártico
con su aliento de hielo.
No es tiempo favorable ni a bañistas ni a botes;
sólo los grandes barcos de alta quilla,
de anchura suficiente de babor a estribor
y largo andar de proa a popa 
podrán surcar la mar embravecida.
Para la protección de todos los pequeños
y de los mismos otros, los más grandes,
para todos los buques y las embarcaciones,
ahí está, serena y protectora,
la bahía que es Llave del Golfo,
Antemural de todo un continente,
enclavada en la tierra más hermosa 
que ojos desesperados vieron.
Puerto Carenas para sanar viajeros,
para dar vida a los necesitados.
Punto de unión de sueños y esperanzas
de un mundo equilibrado y solidario.
¡Ah, mi ciudad natal, hermosa Habana! 
¡Guarda tu tradición y tu futuro!