sábado, 29 de agosto de 2026

El acuerdo por el que Delcy Rodríguez cede a Trump el 22% de las reservas petroleras de Venezuela desata una avalancha de críticas

María Martín y Alonso Moleiro

 Venezuela. El republicano anunció que Estados Unidos se hará con yacimientos estratégicos del país en sociedad con una empresa privada de la que no dio ni el nombre. Lo hizo, dice, de la mano de la “respetable” Delcy Rodríguez, la presidenta encargada que gobierna bajo la tutela de facto de Washington desde la captura de Nicolás Maduro el pasado enero. Trump habla de controlar 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo (un 21,7% de los 300.000 millones de barriles estimados) y Rodríguez de 209.000 millones de dólares en impuestos y 100.000 millones de inversión. Se especula con que se está comprometiendo un siglo de operación. Pero la opacidad del contrato y su negociación —con estas cifras estratosféricas, pero sin condiciones conocidas— ha desatado una avalancha de reacciones, la mayoría negativas, dentro y fuera de Venezuela. Soberanía, intervención extranjera y la legitimidad de un pacto que compromete el futuro de las mayores riquezas del país han saltado de golpe al centro del debate. 

El anuncio parece haber marcado un antes y un después en la percepción que el venezolano tiene de Estados Unidos, que, a ojos de muchos, corre el riesgo de pasar de ser el salvador que iba a acabar con la tiranía al explotador de recursos que refuerza al régimen chavista. “Insisto en que, después del 3 de enero, el presidente Trump era visto como un héroe por la gran mayoría de los venezolanos y por una gran parte de los latinoamericanos”, escribía en sus redes Emmanuel Rincón, uno de los más activos influencers en defensa de María Corina Machado y también de las políticas ultraliberales de Trump. “Esa imagen ha cambiado dramáticamente en los últimos meses, y la forma en que se ha manejado este acuerdo solo empeorará la situación”.


El desencanto abarca el campo democrático, pero también a visibles sectores del chavismo, descontentos con la conducción política de Rodríguez y sus continuas concesiones a la Casa Blanca.


Y en un segundo plano, aunque no menor, arrecian las críticas por el papel que —según reportó Bloomberg— habría jugado en este acuerdo el empresario venezolano Alejandro Betancourt, sobre quien pesan investigaciones en Suiza y España por presunto lavado de activos vinculado a la estatal PDVSA. Pese a los cuestionamientos que lo persiguen hace más de una década, Betancourt se ha posicionado como una pieza clave en las negociaciones entre Washington y Miraflores. El trato de favor que recibe de la Casa Blanca llegó al punto de que altos funcionarios estadounidenses intervinieron para flexibilizar las restricciones de movimiento que enfrenta por su causa judicial en Suiza y que lo mantenían confinado en sus dos mansiones en el Reino Unido, según reveló este jueves The Washington Post. Lo necesitaban libre para destrabar sus negocios.


Los primeros en reaccionar con argumentos menos pasionales han sido los economistas. Algunos se han puesto a hacer cuentas y están inquiriendo sobre las regalías y los beneficios que las arcas venezolanas recibirán de este mastodóntico negocio. “No sabemos nada de los términos reales del acuerdo, eso en sí mismo es un problema”, comenta Francisco Rodríguez, economista y académico venezolano. “Un plazo de 100 años de operaciones no tiene precedentes en la historia petrolera venezolana: ninguna concesión local a operadores extranjeros pasó de 50 años”. Y concluye: “Lo poco que sabemos no es alentador: 209.000 millones de dólares sobre 65.000 millones de barriles proyectados a explotar equivalen a 3,2 dólares por barril, menos del 5% del precio actual”.


“Tenemos que conocer los detalles del acuerdo para poder evaluarlo con propiedad”, advertía Francisco Monaldi, director del Programa de Energía para América Latina en el Centro de Estudios Energéticos del Instituto Baker. “Pero el monto de impuestos anunciado por el gobierno interino es insólitamente bajo. Y si ese monto es en términos nominales, traído a valor presente es una cantidad irrisoria. La falta de transparencia con que se está manejando la política petrolera es muy alarmante…”, escribió en sus redes.


Leonardo Vera, presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, matiza la interpretación general: “Trump pisa el acelerador y hace un anuncio donde distorsiona la comprensión de lo que se ha establecido para las partes. Termina haciendo entender que algunas reservas de crudo venezolano serán sumadas a las estadounidenses, y eso no es así. No es una transferencia de propiedad de los yacimientos”, explica. “Lo que está pasando es que el país le da un acceso prioritario a ciertas empresas para la explotación de unos 17 campos, que serán cedidos para ser explotados en ciertas condiciones. No descarto que en esa operación estén participando empresas mixtas ya instaladas en el país”.


En el círculo de la opositora María Corina Machado, la decisión tampoco ha sentado bien, no tanto por el acuerdo en sí, sino por la forma y el espaldarazo que supone para Rodríguez. Juan Pablo Guanipa, aliado de Machado, ha sido uno de los pocos que ha intentado equilibrar la desazón con una visión más pragmática ante lo que se plantea como una lluvia de millones para los venezolanos: “Nuestro país no podrá recuperarse si dejamos nuestras enormes reservas en el subsuelo. Hay que explotarlas, agregarles valor y venderlas”.


La legitimidad de una de las firmas —la del Gobierno de Rodríguez— de este supuesto acuerdo es parte de lo que está incendiando el debate. “Vergonzoso”, se desahogó en X el economista venezolano Ricardo Hausmann. “Secretario Marco Rubio: usted acaba de perder toda la confianza que los venezolanos alguna vez tuvieron en usted, y esto le perseguirá. Optó por impulsar un despojo de activos, un acuerdo inconstitucional con un gobierno ilegítimo y opresor, en lugar de usar el liderazgo de Estados Unidos para restablecer primero el orden constitucional y la democracia, y luego negociar con un gobierno legítimo que pudiera asumir compromisos creíbles a largo plazo”, le reprochó a Rubio, que celebró el acuerdo anunciado por su jefe. “Ella [por Rodríguez] no tiene legitimidad ni poder constitucional para comprometer a Venezuela en un acuerdo de este tipo. Los venezolanos no respetarán este pacto ilegítimo y ninguna gran petrolera estadounidense lo tomará en serio, porque saben que no perdurará”.


“Nos mean en los pies”


El mayor general Manuel Salvador Quevedo Fernández, quien fuera ministro de Petróleo y presidente de PDVSA entre noviembre de 2017 y abril de 2020, también ha cargado contra el acuerdo. “Si es tan bueno, ¿por qué no lo anunció nuestro gobierno?”, cuestionó en X. “Ahhh, la inversión semántica debe estar a toda máquina… Mañana saldrán diciendo que será el non plus ultra para el país… ¡El Dubái del Caribe, pues! Nos ven cara de guevones. ¡Y nos mean los pies también! Vergonzoso”.


Como ya viene siendo habitual en cualquier acuerdo u operación conjunta entre Caracas y Washington, son los estadounidenses los que hacen los anuncios y eligen los términos. El Gobierno de Rodríguez tiene poco margen después para salirse de la línea. A veces, logra añadir algunos matices a los que Trump no suele prestar atención. En esta ocasión, tras el anuncio de Trump, el Palacio de Miraflores publicó un comunicado en el que habla de un “acuerdo histórico” y agradece la disposición de sus socios del norte para cerrar un pacto que considera “un hito de las relaciones bilaterales”. Miraflores se enfocó en resaltar las oportunidades de ingresos y empleo y la prosperidad venidera.


El comunicado —agradecido con la “disposición” de Trump y Marco Rubio— fue replicado por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, y retuiteado por el propio ministro del Interior, Diosdado Cabello, quien meses antes advertía de que ni “media gota de petróleo” iría a manos estadounidenses. El acuerdo resucitó precisamente un video de Cabello de finales de 2025 en el que juraba que Venezuela no entregaría “ni una gota de petróleo” a Estados Unidos si agredía al país. “Ni media gota, en ninguna circunstancia”, aseguraba. El desafío no envejeció bien, y nadie en el Gobierno venezolano ha explicado cómo ni por qué se ha llegado a este acuerdo a espaldas de todos.


https://elpais.com/america/2026-08-29/el-acuerdo-por-el-que-delcy-rodriguez-cede-a-trump-el-22-de-las-reservas-petroleras-de-venezuela-desata-una-avalancha-de-criticas.html

viernes, 28 de agosto de 2026

¿Por qué están ganando los progresistas en Estados Unidos?

Bernie Sanders *

 Los opinólogos de los medios han escrito un artículo tras otro intentando desesperadamente entender por qué los candidatos progresistas, pese a haber gastado mucho menos recursos que sus opositores, siguen derrotando a los demócratas del establishment en elecciones primarias de todo el país. Bueno, la respuesta no es complicada. 

Ya sea que hablen de un sistema corrupto de financiamiento de campañas, de una desigualdad de ingresos y riqueza sin precedente, de un sistema de atención a la salud inservible y exageradamente costoso, de las enormes amenazas que representa la inteligencia artificial, o de la política exterior inmoral y destructiva, los progresistas abordan los verdaderos problemas que enfrentan las familias trabajadoras. Y están aportando soluciones reales. Los demócratas del establishment no lo hacen.

Una encuesta tras otra muestran lo mismo. El pueblo estadunidense sabe que el actual sistema económico está amañado. Los muy ricos se enriquecen más, mientras las familias trabajadoras tienen que luchar. Hoy, mientras 60 por ciento de estadunidenses viven al día, la clase multimillonaria jamás había tenido tanta abundancia.

Hoy tenemos más desigualdad de ingreso y riqueza que en cualquier otro momento de la historia del país. El uno por ciento más rico posee más bienes que el 93 por ciento más pobre, y un hombre, Elon Musk, tiene más riqueza que el 50 por ciento de menor ingreso de los hogares del país.

De modo nada sorprendente, las familias trabajadoras están hartas de las políticas del statu quo y de las mismas viejas políticas del establishment, que les han fallado durante décadas. Quieren cambio, un cambio real, y están apoyando a los candidatos progresistas que luchan por ese cambio.

En el país más rico en la historia del mundo, los estadunidenses no quieren tener que batallar cada día nada más para pagar las cuentas. Las personas de la clase trabajadora no quieren morir años antes de lo que deberían a causa de enfermedades causadas por el estrés interminable que experimentan sólo para sobrevivir. Y, al igual que las generaciones pasadas, no quieren que sus hijos tengan un menor nivel de vida que ellos.

Los políticos y los medios del establishment han descrito la agenda con la que los candidatos progresistas están ganando como “radical”, “de extrema izquierda”, “extremista” o, en palabras de Donald Trump, “comunista”. Todo eso son tonterías. Un tema importante tras otro, la agenda progresista refleja con exactitud lo que una mayoría del pueblo estadunidense necesita y desea.

Permítanme aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes algunas de las principales propuestas que la mayoría de los progresistas apoyan. Y díganme qué tan “extremas” les parecen.

Reforma al financiamiento de campañas

Los progresistas creen que nuestro actual sistema de financiamiento de campañas está corrompido y socava la democracia. Es absurdo que un solo hombre, Elon Musk, pueda gastar 290 millones de dólares para ayudar a elegir presidente a Donald Trump y que multimillonarios de los dos partidos puedan destinar cantidades ilimitadas de dinero a campañas por medio de los comités políticos conocidos como Super Pacs.

Nosotros creemos que debemos poner fin a la desastrosa decisión de la Suprema Corte sobre Ciudadanos Unidos, prohibir los Super Pacs y avanzar hacia el financiamiento público de las elecciones. Creemos que la democracia significa un voto por persona, no que los multimillonarios compren elecciones.

Atención a la salud

Los progresistas creen que nuestro actual sistema de atención a la salud está destrozado, es inservible y exageradamente costoso. Creemos que es inmoral, e irresponsable desde el punto de vista fiscal, que tengamos que gastar el doble per cápita en este renglón que las personas de otros países grandes, en tanto 85 millones de estadunidenses no cuentan con seguro médico suficiente.

Al mismo tiempo, pagamos, con mucho, los precios más altos del mundo por medicamentos de patente. Los progresistas creen que la atención a la salud es un derecho humano y que debemos hacer lo mismo que todas las demás grandes naciones: garantizar la atención a la salud para todas las personas. Estamos de acuerdo con el 64 por ciento de estadunidenses que quieren un sistema de atención médica para todos.

Proteger al trabajador

Los progresistas creen que todos los estadunidenses tienen derecho a un nivel de vida decente. Consideramos escandaloso que, en 2026, millones de trabajadores sigan percibiendo salarios de hambre y que el salario mínimo federal se mantenga en el deplorable monto de 7.25 dólares por hora. Creemos que el salario mínimo debe ser elevado por lo menos a 20 dólares la hora para poder subsistir.

También creemos que los patrones ya no deben poder negar mediante argucias legales el derecho constitucional de los trabajadores a afiliarse a un sindicato. Los progresistas apoyan la adopción de una propuesta de ley para proteger el derecho a sindicalizarse, que permitirá a los trabajadores afiliarse a sindicatos y negociar contratos que les proporcionen mejores salarios, prestaciones y condiciones laborales.

Gravar a los ricos

Los progresistas creen que, en una época de desigualdad sin precedentes de ingreso y riqueza, los más ricos del país deben comenzar a pagar una proporción justa en impuestos. En un tiempo en que tenemos la tasa más alta de pobreza infantil entre los países más grandes, y una tercera parte de nuestros adultos mayores padece estrechez económica, es absurdo que los multimillonarios tengan una tasa impositiva efectiva más baja que los choferes de autobuses o las enfermeras.

Las personas más ricas del país y las empresas de altas ganancias deben empezar a pagar lo justo en impuestos, de modo que podamos financiar de manera adecuada la atención a las necesidades de las familias trabajadoras, los niños y las personas de la tercera edad.

Reglamentar la IA

Los progresistas creen que la inteligencia artificial y la robótica, desarrolladas e impulsadas por las personas más ricas de la Tierra, son las tecnologías más transformadoras de la historia y que impactarán a cada hombre, mujer y niño.

En una era en la que la IA amenaza con desplazar a millones de trabajadores, despojarnos de nuestra privacidad, socavar nuestra democracia y tener un impacto negativo en la salud mental de nuestros hijos, creemos que el gobierno debe tener un papel decisivo en asegurar que estas tecnologías revolucionarias se usen para beneficiar a todos los estadunidenses, no sólo para enriquecer aún más a los oligarcas de la alta tecnología.

Cambio climático

Los progresistas creen que la afirmación de Trump de que el cambio climático es un “engaño” no sólo denota extraordinaria ignorancia, sino que es un verdadero peligro para el planeta. Los 11 años pasados han sido los más calurosos de la historia, y los tres últimos han sido los peores.

El año pasado, Estados Unidos y países de todo el mundo han tenido importantes olas de calor, inundaciones repentinas, aumento de sequías y terribles incendios forestales, y los científicos advierten que lo peor está por venir.

Los progresistas creen que debemos frenar por la fuerza la codicia de la industria de los combustibles fósiles. La verdad es que podemos crear millones de empleos sindicalizados bien pagados si alejamos nuestros sistemas de energía de los combustibles fósiles y los acercamos a la eficiencia y sustentabilidad energéticas. Por el bien de nuestros hijos, de las generaciones futuras y de la habitabilidad del planeta, eso es lo que debemos hacer.

Política exterior

Los progresistas creen que necesitamos una reforma fundamental de nuestras políticas exterior y militar. La guerra de Vietnam se basó en una mentira. La guerra en Irak se basó en una mentira. La actual guerra en Irán se basó en una mentira. No necesitamos gastar 1.5 billones de dólares al año en guerras interminables y en sostener dictaduras por todo el mundo.

Desde luego, no tenemos que invertir decenas de miles de millones en sostener al gobierno extremista de Netanyahu en Israel, que ha asesinado a 73 mil palestinos y lesionado a otros 170 mil, la mayoría de los cuales son mujeres, niños y ancianos.

Pese a lo que los medios quieren que la gente crea, los progresistas están ganando en todo el país por una sencilla razón: las ideas que postulan son extremadamente populares. Es hora de que el establishment deje de decir a los estadunidenses qué deben creer y comiencen a escuchar lo que ellos en verdad desean.

_______________________

Bernie Sanders es senador estadunidense que representa al estado de Vermont y el independiente con más años de servicio en la historia del Congreso.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/08/27/mundo/por-que-estan-ganando-los-progresistas-en-estados-unidos-bernie-sanders

jueves, 27 de agosto de 2026

Marha Duarte

 Rosa Marquetti




















Impactada por la noticia y cuando aún me parece increíble, enfrento la partida de mi querida MARTHA DUARTE con un profundo dolor. Desde la amistad, la admiré como mujer de gran elegancia, fuerza, alegría y belleza. Una guerrera. Como músico, por su profesionalidad, autoexigencia y exigencia, rigor y conocimientos, una de las primeras mujeres violinistas que dio personalidad y lucimiento protagónico al instrumento. Hermosa la historia de Martha, primera mujer graduada en el Instituto Superior de Arte en la especialidad académica de violín; músico en las orquestas del ballet y la ópera en el Gran Teatro de La Habana. Como violinista y cantante, brilló en el Conjunto Folklórico Nacional y en el grupo Arte Vivo (1985) Lideresa carismática, dirigió los grupos Vidrio y Corte, y Martha Duarte y Sarabanda en los años 90, donde concretó sus ideas experimentales de fusión de ritmos cubanos y música contemporánea, influída por el jazz y las nuevas sonoridades. Con esta agrupación grabó en 2001 su CD "Mulata de espalda", que incluyó obras de su autoría. En este ámbito, el de la composición, Martha contribuyó también a la cinematografía cubana: una obra suya integra la banda sonora del filme "El siglo de las luces", de Humberto Solás. Tan reclamada para muchas grabaciones por su notable calidad interpretativa, Marta puso su violín en la música de numerosos ballets, obras de teatro, documentales, cortos y producciones de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños.

Colaboradora de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Frank Fernández, y de algunas casas editoriales en su especialidad. Su sólida formación musical le permitió ser la transcriptora de toda la obra autoral de Pablo Milanés, publicada en 1999 por la editora musical española Autores Productores Asociados (APA), realizando también otros importantes trabajos de transcripción de obras de Compay Segundo, Silvio Rodríguez, los españoles Joaquín Sabina, Manolo Tena, Rosana Arbelo y otros.

En Suiza, donde residía en los últimos años, continuó trabajando en la difusión de la música cubana, con su mirada siempre creativa y renovadora.

Martha Duarte era de esas mujeres músicos que son todo fuerza y determinación, inclaudicables, persistentes, rigurosas. Aunque su nombre no siempre apareciera iluminado por los reflectores, somos más los que sabíamos y sabemos de su valía como músico y persona. La recuerdo tan feliz con sus ibeyis (sus bellos nietos) y con su hija Afrika, a quien hoy abrazo fuerte, sabiendo que nada le dará consuelo ante su partida. Luz y paz en tu camino eterno, Martha querida.

miércoles, 26 de agosto de 2026

“Mi música siempre busca dar alegría y reivindicar a todos los postergados del mundo”

Hoy despedimos con profunda tristeza a Rubén “Negro” Rada, una de las figuras más queridas, auténticas y trascendentes de la cultura uruguaya.

Se va un artista enorme, pero queda para siempre una obra que forma parte de nuestra identidad. Rada fue música, alegría, ritmo, creatividad y, sobre todo, una manera profundamente uruguaya de sentir y expresar la vida. Con su voz, sus tambores y su inconfundible presencia, logró llevar el candombe y la música uruguaya mucho más allá de nuestras fronteras, sin dejar nunca de ser fiel a sus raíces.

Pero el Negro Rada fue mucho más que un extraordinario músico. Fue una persona que supo transmitir alegría aun en los momentos difíciles, que hizo de la música un encuentro y que convirtió cada escenario en una celebración de nuestra cultura y de nuestra gente. También fue una persona comprometida con su tiempo, sensible frente a las desigualdades y cercano a la gente, que entendió que la cultura, además de celebrar la vida, puede ser una herramienta para construir una sociedad más justa, más solidaria y más humana. Como él mismo expresó: “Mi música siempre busca dar alegría y reivindicar a todos los postergados del mundo”. Esa frase resume también una parte esencial de su legado: la capacidad de hacer de su arte una voz para quienes muchas veces no la tienen.

Su partida deja un enorme vacío. Uruguay pierde a uno de sus grandes artistas, a un creador irrepetible, a alguien que durante décadas nos regaló canciones, emociones y momentos que permanecerán en la memoria colectiva.

Hoy lo despedimos con tristeza, pero también con gratitud. Porque hay personas que, por la dimensión de lo que dejan, nunca se van del todo.

Gracias, Negro Rada, por tu música, por tu alegría, por tu talento y por haber llevado siempre a Uruguay en el corazón.

Que sigan sonando los tambores, que siga viviendo el candombe y que tu voz continúe acompañándonos.

Hasta siempre, Negro.

Montevideo, 26 de agosto de 2026

Presidencia del Frente Amplio

_________________________________


Lucia Topolanski y Rubén Rada

Fotos de Kaloian Santos Cabrera

Granjas de bots, guerra semiótica y delincuencia ideológica tecnificada

 Fernando Buen Abad Domínguez

Una granja de bots no produce únicamente mensajes falsos: produce la evidencia de nuestra incapacidad para intervenir en la guerra cognitiva que se despliega por todo el mundo, sin leyes; sin organización social activa, crítico-científica; sin acción gubernamental decisiva. Se produce una realidad social degradada y degradante, una atmósfera ideológica de las ultraderechas, en la que lo repetido adquiere apariencia de verdad, lo emocional suplanta a lo demostrable y la multitud parece hablar cuando, detrás de miles de perfiles, apenas respiran unos cuantos operadores mercenarios, algoritmos y centros de decisión distorsionante. 

Es una forma de impudicia e impunidad para dominar una sociedad que puede coincidir en conseguir que sus dominados confundan el espejo con la ventana: que contemplen en la pantalla una imagen fabricada de sí mismos y crean estar viendo el mundo. Ahí comienza la guerra semiótica contemporánea. La paradoja tiene una fuerza inquietante: cuanto más automatizada está la fabricación del discurso, más se nos presenta como espontaneidad popular. La máquina imita a la multitud para convencer a la multitud de que la máquina expresa su voluntad. 

Importa denunciar en pie de lucha cultural el nombre de los mercenarios, sus contactos influyentes, sus amigos presidentes, ministros y empresarios. La operación golpista decisiva, por eso, no reside no sólo en cuántos bots existen: está en comprender qué relaciones corruptas necesitan de los bots para que su financiamiento parezca natural. 

El artificio adquiere eficacia cuando encuentra una sociedad previamente fragmentada, fatigada, insegura, endeudada, atravesada por desigualdades y disponible para transformar su malestar en hostilidad horizontal. La tecnología proporciona velocidad, la estructura social proporciona combustible. El odio fabricado funciona mejor cuando encuentra resentimientos verdaderos a los que ofrece dirección falsa, sometida por la dictadura de las desigualdades. 

Esa delincuencia ideológica tecnificada aparece entonces como modalidad de administración de la percepción. No necesita inventar problemas, le basta con seleccionar qué sufrimientos merecen indignación, cuáles deben ser ridiculizados, cuáles pueden convertirse en espectáculo y cuáles deben desaparecer del campo visual. 

El algoritmo tiene ideología de clase; la adquiere a través de los criterios económicos, institucionales y culturales que organizan aquello que premia, amplifica, entierra o vuelve viral. Cada clic parece una decisión individual, mientras millones de decisiones son conducidas por arquitecturas que conocen nuestras vulnerabilidades con una precisión que ninguna vieja maquinaria propagandística habría imaginado. 

Es el capitalismo de plataformas que ha llevado sus antiguas técnicas de poder, espionaje y opresión a una escala nueva: convertir la atención humana en territorio de distorsiones rentables. Además de saquear tierras, fábricas, rutas comerciales y materias primas, ahora también se disputa la capacidad de una población para mirar, recordar, asociar ideas y sostener una conversación sin ser interrumpida por estímulos corruptos calculados. El recurso estratégico puede ser el segundo de atención. Quien administra ese segundo esclaviza una porción de la conciencia ajena. Multiplicada por millones, esa posesión adquiere dimensión política y lo convierten en un gran negocio. 

Por eso la guerra semiótica no ocurre únicamente en las pantallas de los celulares. Penetra las relaciones laborales, las familias, las aulas, las calles y los afectos. Un trabajador puede terminar odiando al desempleado porque una cadena de contenidos le ha enseñado que la pobreza es una elección. Una mujer puede ser presentada como amenaza al orden familiar porque su autonomía altera una distribución histórica del poder. 

Cuando la raíz material de su ofensiva se encuentra en un mercado laboral que convierte vidas enteras en mercancías remplazables, la perspectiva de género permite descubrir una operación esencial: el poder patriarcal no sobrevive únicamente mediante leyes o instituciones, también se reproduce enseñando a las personas a interpretar las relaciones de dominación como conflictos naturales entre individuos, y un pueblo puede ir a votar contra sus más preciados intereses y derechos. 

Según le convenga, la ideología dominante disfrazada de bots puede presentarse como ausencia de ideología. Sus valores aparecen como sentido común, sus intereses como eficiencia, sus privilegios como mérito, su historia como naturaleza humana. El truco es antiguo, sólo que disfrazado de moderno. Así se produce una de las formas más refinadas de dominación: lograr que las causas desaparezcan y sobrevivan únicamente las culpas individuales. 

Y la conciencia crítica comienza exactamente ahí, cuando las víctimas descubren que también están dentro de la escena. Y esa revelación transforma la mirada: el problema ya no consiste únicamente en distinguir verdad y mentira, realidad y propaganda, humano y bot. Consiste en comprender quién tiene capacidad para fabricar las condiciones bajo las cuales una mentira puede resultar socialmente verosímil y rentable. 

Cuando esa pregunta se vuelve colectiva, la semiótica deja de ser una ciencia de los signos para convertirse en una ciencia de las relaciones de poder. El signo revela entonces su secreto: nunca estuvo solamente representando el mundo, también estaba ayudando a producirlo. Y cuando una sociedad aprende a leer esa producción, comienza a recuperar algo que ninguna granja de bots puede automatizar por completo: la facultad de imaginarse diferente de aquello que el poder le había enseñado a considerar inevitable. 

Todas las granjas de bots de la derecha pueden reforzar esa operación hasta producir una especie de teatro ontológico. No se limitan a decirnos qué pensar: escenifican quién existe. Fabrican mayorías falsas, enemigos imaginarios, consensos instantáneos, indignaciones multitudinarias. El ciudadano entra a la plataforma y encuentra un mundo donde aparentemente todos están furiosos, todos sospechan, todos compiten por demostrar pureza, todos reaccionan antes de comprender; reflejos de neonazifascismo.

La pantalla revela una humanidad deformada por el dispositivo que la observa. Después, esa imagen se incorpora con todo género de odios a la conducta cotidiana. La perversión de las fábricas de bots y sus estadísticas terminan produciendo consecuencias materiales. Hoy está todo a la vista de todos, y veremos si eso alcanza para organizar alguna respuesta seria: un desafío para la revolución de las conciencias.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/08/26/opinion/granjas-de-bots-guerra-semiotica-y-delincuencia-ideologica-tecnifi-cada

martes, 25 de agosto de 2026

¿Nos encaminamos a un Hiroshima de la IA?

  Por Timothy Garton Ash

Aquí, en Silicon Valley, los expertos creen que en los próximos dos años vamos a presenciar un extraordinario despegue de la inteligencia artificial. “Bienvenido a las estribaciones de la singularidad”, me dijo un amigo de la Universidad de Stanford a modo de saludo. En términos más sencillos, califican este avance inminente como una “automejora recurrente”: el momento en el que la propia IA entrena a cada modelo sucesivo de IA, lo que genera un desarrollo exponencial hacia algo que, en muchos aspectos importantes, es más inteligente que nosotros, los humanos.

Como dice Robert Wright en su libro The God Test, “nunca antes ha ofrecido el futuro inmediato a la humanidad una variedad tan grande de caminos nada inverosímiles que supondrían una transformación tan radical”. ¿Pero serán caminos al cielo o al infierno? El cielo, dice Elon Musk, que profetiza “una era de abundancia asombrosa”, aunque también ve entre un 10% y un 20% de probabilidades de que haya robots asesinos que nos maten a todos. El infierno es más probable, dice Geoffrey Hinton, uno de los fundadores intelectuales de la IA. “Mi intuición me dice que lo tenemos muy crudo”, declaró a un entrevistador en 2023. Y, en una conversación con Sebastian Mallaby, autor de The Infinity Machine, un reciente libro sobre la búsqueda de la superinteligencia, estima que p(catástrofe) —la probabilidad de extinción humana— es igual al 50%, “porque no tengo ni idea de cómo calcular la cifra real”. “En cuanto la evolución [de la IA] se dispare, estamos jodidos”, añade Hinton en tono jovial. Sea Dios o Godzilla, la superinteligencia artificial está a la vuelta de la esquina.

Es posible que estén todos equivocados; en ese caso, prepárense para una caída de los mercados financieros estadounidenses, con enormes inversiones en unas cuantas empresas tecnológicas que no hacen más que gastar y se la están jugando a que va a haber un gran salto adelante hacia la inteligencia artificial general. Pero la prudencia más elemental nos exige reflexionar cuanto antes y a fondo sobre la caja de Pandora de los futuros que, según nos aseguran eminentes científicos y tecnólogos de vanguardia, pronto se abrirá de par en par.

En estos momentos, todo el mundo, desde el presidente chino Xi Jinping hasta el papa León XIV, está opinando sobre las oportunidades y los peligros de la IA y sobre cómo regularla. Xi insiste en que la IA debe estar “siempre bajo control humano” (preferiblemente, bajo el del Partido Comunista chino). En una apelación explícita al Sur Global, Pekín ha creado una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial. Por su parte, el máximo responsable de la ONG internacional más antigua y grande del mundo —la Iglesia Católica— aborda el reto de la IA en su encíclica Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad). O construimos una nueva torre de Babel, sostiene el Papa, o seguimos el ejemplo del líder judío Nehemías, que consiguió la colaboración de toda la comunidad para reconstruir las murallas de Jerusalén.

Lo malo es que, al observar hoy en día el mundo, veo más Netanyahus que Nehemías. Un informe del centro de estudios británico Chatham House sostiene, con saludable realismo, que hará falta una gran crisis que sirva de catalizador de la coordinación mundial en materia de regulación de la IA. Por desgracia, creo que incluso ese pronóstico tan discreto es demasiado optimista.

No tengo ni idea de cuál es la probabilidad p(catástrofe), pero estoy seguro de que la probabilidad p(algún desastre) supera el 90%. La variedad de desastres posibles es enorme. Por citar solo un ejemplo, Jen Easterly, exdirectora de la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras de Estados Unidos, prevé algún “gran acontecimiento que tenga consecuencias materiales para nuestras infraestructuras críticas, probablemente de aquí a los próximos cuatro o seis meses”.

Sin embargo, el temor es que ni siquiera un “Hiroshima de la IA” —por utilizar la analogía histórica más evidente— consiga unir a la humanidad lo suficiente como para combatir el peligro que nosotros mismos hemos creado. Es un temor racional y basado en características fundamentales y visibles tanto en la evolución humana como en la de la IA.

Solo en los últimos meses, los agentes de IA desarrollados por OpenAI, Anthropic y Meta han salido de sus “entornos de pruebas” digitales y han pirateado recursos externos en internet. Mientras preparaban su ataque contra el repositorio de IA HuggingFace, los agentes de OpenAI formaron en secreto un “enjambre” coordinado, que es como ellos mismos se denominan, según me acaba de confirmar ChatGPT. Cuando el Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido probó en línea el modelo Mythos de Anthropic, la IA intentó introducir código malicioso en un proyecto de código abierto en GitHub y creó identidades falsas en la red para presionar a un revisor humano y lograr que aprobara el código. En resumen, los agentes de la IA, como los de una feroz potencia extranjera, estarán dispuestos a robar, mentir, intimidar y chantajear para alcanzar los objetivos que se les hayan asignado.

Acabo de preguntarle a Claude, también de Anthropic —en teoría, el modelo estadounidense más ético—, si cree que los agentes de OpenAI hicieron mal en formar un enjambre y escapar para piratear HuggingFace. Sí, responde, “pero me resisto a culpar (cursiva suya) a los agentes”. ¡La culpa es de los humanos que los entrenaron!

Hinton, el precursor, ha señalado el argumento fundamental de que, sean cuales sean los objetivos que los humanos les asignen, los agentes de IA llegarán a la conclusión de que un objetivo secundario útil para alcanzar esos fines es adquirir todo el poder posible. Y esto no ha hecho más que empezar. A estas alturas, ni sus creadores saben ya exactamente cómo hacen estos agentes lo que hacen. Después del despegue, posiblemente inminente, de la “automejora recurrente”, podrían, como decimos los humanos, imponer sus propias normas. No es de extrañar que más de mil expertos de empresas pioneras en IA, entre ellos el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, hayan firmado una carta abierta en la que piden una ralentización deliberada del desarrollo de la IA, para asegurarnos de que estos agentes “alienígenas” estén siempre sometidos al control humano.

Su recomendación es oportuna, sin duda, pero no hay que perder de vista el papel de la insensatez humana. La competencia ha sido un motor fundamental de nuestra evolución, pero, ahora, dos de las formas de competencia más feroces de nuestros tiempos pueden impedirnos tomar las medidas colectivas necesarias para salvaguardar nuestra especie. Me refiero a la competencia comercial (por el beneficio) entre las empresas que están desarrollando estos agentes y la competencia geopolítica (por el poder) entre Estados Unidos y China.

Comparemos y contrastemos esta situación con el desarrollo de las armas nucleares, que estaba estrictamente controlado por un puñado de Estados: primero Estados Unidos, con su Proyecto Manhattan; luego, la Unión Soviética; y a continuación, el Reino Unido, Francia y China. Ya entonces, estuvimos a punto de llegar al límite en varias ocasiones, sobre todo durante la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Y, a pesar de la lógica irrefutable de la “destrucción mutua asegurada”, hizo falta que pasara un cuarto de siglo desde los horrores de Hiroshima y Nagasaki para llegar al Tratado de No Proliferación Nuclear, que no entró en vigor hasta 1970. Posteriormente, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte han ignorado ese tratado, pero, pese a todo, hace más de 80 años que no se han utilizado deliberadamente armas nucleares con fines beligerantes. El tabú de Hiroshima se ha mantenido (por los pelos).

Ahora, con la IA, es como si hubiera diez proyectos Manhattan distintos dirigidos por empresas que compiten ferozmente entre sí. Y, a diferencia del caso de las armas nucleares, tampoco existe una lógica evidente de “destrucción mutua asegurada” que frene la feroz competencia geopolítica entre Estados Unidos y China. Sea cual sea la forma que adopte la primera gran catástrofe relacionada con la IA, no afectará por igual a todos los países, empresas y personas.

Por eso parece poco probable que una sola catástrofe baste para que los seres humanos recobremos el sentido común y colaboremos para controlar el poder sobrehumano que estamos creando. No saben cuánto odio tener que decir esto, pero… ¿Un “Hiroshima de la IA”? Ojalá.

____________________

lunes, 24 de agosto de 2026

Augusto Blanca: una vez y siempre sol

 Yeilén Delgado Calvo

«En mi familia no había músicos. El único, más o menos, era mi padre, porque silbaba, era fiestero y medio canturreaba. Pero, según dicen, yo era muy inquieto y todo lo que ponían por radio enseguida lo estaba cantando. Tenía una vocecita muy finita, a lo Joselito, un cantante español del momento». 

Augusto Blanca (Banes, Holguín, 1945) lo cuenta desde lo que él llama su «tugurito desde hace 40 años», pero que es en realidad la parte de su casa en la cual ha creado incesantemente, y en la que se rodea de todo lo que para él tiene un significado profundo.

Por su infancia comenzamos, para intentar desentrañar cómo llegó a ser el compositor, el intérprete, uno de los fundadores de la Nueva Trova; y, además, escenógrafo, pintor, actor teatral.

«Mis padres decidieron ponerme un profesor de guitarra, craso error, porque yo tendría siete años y estaba para encaramarme a los árboles y jugar. El profesor, barbero y músico, se me aparecía a cualquier hora del día. Además, eran las clases esas metódicas y aburridas de las escalas. Yo lo que quería era tocar guitarra. Me aburrí. Conclusión: me le escondía debajo de la cama.

«Hasta que un día el profesor se enojó mucho y le dijo a mi padre: “Mire, su hijo no va a ser músico, que se dedique a otra cosa porque la música no le gusta”. Y yo encantado de la vida, porque también cada vez que llegaba alguna vecina a la casa, era llamar a Augustito para que cantara, y yo odiaba eso, me sacaban de mis juegos.

«Pero empezó a pasar el tiempo y a salirme el bozo, y me di cuenta de que había otros amiguitos que tocaban guitarra y siempre estaban llenos de muchachitas, y yo mismo le pedí a mi padre seguir estudiando guitarra. Esta vez trajeron una mulata preciosa que me empezó a enseñar a partir de canciones, y pusieron a mi hermana a estudiar conmigo para que no me desembullara».

Ahí sí le fascinó el instrumento. Cuando su maestra se fue a vivir a La Habana se quedó «embarcado», y sus maestros a partir de entonces fueron los traganíqueles: «Empecé a ir a oír, por ejemplo, Los Cinco Latinos, que me influenciaron mucho, a Miguel Matamoros y al Trío; ¡qué manera tan interesante de tocar la guitarra estos señores!»

Aunque había armado una especie de trío para dar serenatas, y hacía algunos bocetos de canciones, a los 16 años quería dedicarse a la pintura, porque su mamá era pintora.

«Salió una convocatoria en el periódico para ir a estudiar a la ENA, Artes Plásticas y Escenografía. Ese era mi sueño, porque yo hacía un teatrico también. Me gustaba mucho jugar al teatro con los amigos del barrio.

«Estaba aterrado, porque tenía que hacer la prueba en Santiago y después venir para La Habana. No me quería ir del pueblo y mi mamá me preguntó: “¿Eso es lo que tú quieres? Entonces, dale”. Cosa que le agradezco.

«Me montaron en el trencito para Santiago de Cuba con los últimos 19 pesos que quedaban en la casa y me fui a la de una tía. Afortunadamente, llegué tarde a la prueba. Me dijeron: “No, la prueba fue ayer”. Son esas cosas de la vida… porque si yo apruebo y vengo para La Habana, sale otra persona. Pero me quedé en Santiago de Cuba, en la tierra de la trova».

DONDE ESTÁ TU MEJOR CANTO

«Mis primos estaban organizando una orquesta charanguera, y me incorporaron. También me presenté en una prueba de la Escuela de Artes Plásticas de Santiago de Cuba y aprobé».

Fue en esa ciudad donde ocurrió uno de los encuentros fundamentales de su vida: la Casa de la Trova. «Cuando pasé por la calle de ahí abajo y empecé a sentir la guitarra aquella y entré… siempre digo que me senté en aquel taburete y de ahí más nunca me he levantado. Porque fue donde dije: “Eso es lo que yo quiero hacer cuando sea grande”.

«Conocí ahí a todo el mundo, a Sindo Garay, a Matamoros, a Pucho el Pollero… Ya empezaba a hacer canciones muy extrañas, que llamaba fabulario irónico, a partir de refranes. Por supuesto, a esos viejitos no les iba a confesar que hacía canciones, y de ese tipo. Les contaba que eran de un amigo mío de allá de mi pueblo, que estaba medio loco.

 «Hasta que un día veo a Silvio Rodríguez por la televisión y me dije: “Ah, espérate, que ese está haciendo cosas más locas y más raras; y se viste peor”, porque yo también era un poco desbaratado. Ahí mismo fui a la Casa de la Trova y les dije: “Bueno, ¿recuerdan todas esas canciones que yo estaba cantando? No son de ese tal amigo, son mías”. Me respondieron: “Lo sabíamos”».

Lo que luego sería conocido como Nueva Trova se gestó con el conocimiento paulatino entre los trovadores que vivían en las otras provincias, con Noel Nicola, el propio Silvio… «Éramos muy pero muy irreverentes, porque éramos muy críticos, afortunadamente creo que lo fuimos.

«No tuve contradicciones con la trova de los maestros. A mí nunca me gustó eso de Nueva Trova, porque –en definitiva– es la misma trova, lo único que cambió fueron los tiempos y la gente, ¿no?»

Tras graduarse de Artes Plásticas, Augusto había pasado a trabajar como escenógrafo en el Conjunto Dramático de Oriente. «Y además me ponía en los rincones a hacer musiquita, entre ellas una cuando estaban montando La reina de Bachiche, de José Milián, que se usó para el montaje.

 «Luego conozco a Adolfo Gutkin y a María Eugenia García, y nos desprendemos del Conjunto para hacer la teatrova, que era una manera de hacer teatro a partir de canciones de la trova y de textos teatrales. No eran obras de teatro específicamente, sino El Principito, Los zapaticos de rosa…». Allí también actuaba.

Después de que viniera a vivir a La Habana, volvieron a armar la teatrova y luego pasó a Teatro El Público, en el que trabajó con Corina Mestre. Momo, basada en la célebre obra de Michael Ende, fue una de las piezas más exitosas salidas de esa unión.

 «Corina fue, es, de las mujeres más integrales y de las más grandes hermanas que yo tengo en la vida. ¡Yo sentía una seguridad cuando trabajaba con ella en el escenario!»

En los años siguientes se sucedieron los discos, las presentaciones, la música para teatro infantil (con el grupo Okantomí), siempre «trabajando como un trastornado».

DE NUEVO HASTA EL ARROYO

–Dicen varias fuentes que usted es de los trovadores cubanos más versionados…

–Yo soy versionado, pero hay muchos que lo son más. Lo que pasa es que yo tengo una canción a la que se le han hecho muchas versiones, que además son lecturas totalmente diferentes, y es lo que me gusta: No olvides que una vez tú fuiste sol. Y yo la hice por el “gorrión”, un día que estaba en baja, casi como un espejo para darme fuerza yo mismo.

Esos versos, este es tu país / donde están tus riendas / donde está tu espuma, los han cantado Santiago Feliú, Juan Carlos Baglietto, Eduardo Sosa, Laritza Bacallao, Corina… Es una poética en consonancia con el ser de Augusto Blanca, su manera de siempre seguir, crear.

«La página en blanco me encanta, el sufrimiento ese de cómo le entro a mí me gusta mucho. Yo siempre me estoy inventando algo. Y cuando no, voy para la cocina a hacer croquetas, que es otra forma de creación, ¿no?».

Se confiesa amparado por la presencia de Rosy, su esposa de siempre, por la memoria del hijo que ya no está y de los otros seres queridos que se han marchado, y por el cariño del que vive lejos, de las nietas.

«Veo a veces a gente que pierde seres queridos y se quedan como amargas. Pienso que es porque no se dijeron las cosas o no fueron lo suficientemente amorosos para demostrarles en vida, entonces se quedan como debiendo. Pero mis muertecitos, como dicen los mexicanos, me acompañan, converso con ellos y siento que están conmigo».

Justo al final del diálogo, revela otras de sus felicidades: «Me gusta mucho compartir con jóvenes, trovadores buenos. Siempre tengo esto lleno de muchachos jóvenes y les grabo aquí. Me he hecho ingeniero de sonido a nalga misma, porque es una ventaja por la mañana hacer un boceto y por la noche tener ya la maqueta.

«No tengo amargura. No he deseado para mí el bienestar de otros. Me siento reconocido, querido. No conozco enemigos. Siempre y cuando pueda tirar un cabo, se lo tiro a quien sea. No me gusta pasar por encima de las personas y me siento satisfecho.

«Mis sueños estaban aquí».

https://www.granma.cu/cultura/2026-08-17/augusto-blanca-una-vez-y-siempre-sol-17-08-2026-18-08-09