domingo, 28 de junio de 2026

Humberto Pérez. Adiós a un hermano

Julio Carranza

Acabo de recibir la muy triste noticia del fallecimiento de Humberto Pérez, gran economista, una personalidad muy influyente, gran revolucionario y para mí un hermano a quien agradezco mucho. Interminables fueron los diálogos que compartimos, los trabajos sobre la economía del país que revisamos juntos, los consejos y la información que recibí de él. Hace muy poco tuve que hacer una intervención sobre el 50 aniversario de la constitución del 76 y el me ayudó mucho, aún cuando ya estaba bastante delicado de salud. Cuándo escribimos el libro del 95, se leyó todo con muchísimo rigor y nos hizo sugerencias muy valiosas.

Hace apenas unos cinco años escribimos juntos (5 economistas), una renovada propuesta de reforma económica y se la hicimos llegar al gobierno. Nunca recibimos respuesta, ni oportunidad de discutirla.

Bajo Humberto estuvo la dirección de la economía de Cuba durante más de una década (75 al 86); fue el periodo de mayor orden, estabilidad y crecimiento, más allá de algunos errores que se puedan señalar y que él mismo analizó muchas veces en su justa medida.

A Humberto se le debe en gran parte la reorganización que se realizó en el país en los años posteriores a la zafra de los Diez Millones; contribuyó notablemente al texto del Informe al Primer Congreso del Partido en 1975 y a la Constitución de 1976, a la nueva división político administrativa, al diseño y construcción de los órganos del poder popular y, por supuesto, al nuevo sistema de dirección y planificación de la economía que condujo desde su posición de Ministro Presidente de la Junta Central de Planificación, JUCEPLAN.

La lucha revolucionaria de Humberto comenzó desde su tierra natal, Cabaiguán; allí se incorporó al movimiento 26 de julio y después del triunfo de la revolución tuvo un papel importante en el nuevo gobierno revolucionario establecido en la provincia de Las Villas.

Se formó como economista y llegó a ser de los más importantes del país, con contribuciones enormes; escribió un libro de texto que seguramente todo estudiante de economía recuerda. 

Estuvo involucrados en diferentes polémicas desde finales de los 60s hasta el final de su vida. Siempre las condujo con grandeza, lucidez  y honestidad, aún en la época en que era miembro del Buró Político.

Tuve la oportunidad de propiciar varios encuentros muy fecundos y llenos de enseñanzas entre él y los que en otra época lejana ya polemizaron con él --unos sabios también, hermanos mayores míos y que creo en aquella época llevaban gran parte de la razón, juntos revisamos aquellos tiempos--. Humberto lo hizo con una modestia y una sabiduría enormes, además con afecto de compañeros y amigos, también con simpatía; aportó sus puntos de vista de antes y de ahora y mucha información útil, no pública. Fueron horas de un diálogo extraordinario del cual yo, más joven, aprendí muchísimo, cosas que no están en los libros, pero sí en la historia. Algún día escribiré más sobre eso.

Creo que no se le ha dado aún el reconocimiento que merece; cosa de la cual era consciente pero aceptaba con sabiduría y grandeza. Hace poco una periodista le negó una entrevista porque decía no tener tiempo ni saber bien quién era el!. Sorprendente, porque el que no sepa quién era Humberto Pérez no puede saber mucho de lo que ha sido la historia de la revolución cubana durante estos 67 años. Él solo quería dejar su testimonio, porque sabía que era importante y sabía que el tiempo se le acababa.

El Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana, donde laboro actualmente, le hizo el último homenaje más que merecido. Esto fue en diciembre de 2025. Debajo una foto de cuando se lo entregamos en su casa porque su salud ya no le permitía llegar a la ceremonia. Lo recibió con mucho orgullo y agradecimiento; lo colgó sobre su cama, la misma donde hoy falleció.

Además, Humberto fue un excelente padre; eso me consta porque lo vi muchas veces con Humbertico, con Gladita y con su hijo menor, Camilito. Gladita lo cuido hasta el último aliento. 

También fue un amigo fiel y solidario. Nunca traicionó sus ideas ni su historia. ¡Eso hoy vale mucho!

Todos sus amigos estamos hoy bajo el tremendo impacto de esta noticia. Cuba pierde a uno de sus hijos más prominentes.

Deja una amplia obra escrita y un ejemplo de vida que habrá de apreciarse más con el tiempo.

Gloria y memoria para Humberto Pérez González!

27 de junio 2026

sábado, 27 de junio de 2026

Humberto Pérez 🇨🇺

Estimado Silvio:
Triste noticia: falleció Humberto Pérez
Un abrazo
Julio Carranza

S: Se ha perdido un muy valioso compañero
Murió Humberto Pérez. EPD
Oscar Carreño

Muy triste. Lamentable e irreparable pérdida. Vayan mis condolencias a familiares, amigos y colegas.
Carlos Alzugaray

Una inconmensurable pérdida para nuestro país y el sector económico.  Mis condolencias a sus hijos y familia.
Humberto Herrera Carles

Me sumo a las condolencias por la muerte de Humberto, un compañero que dejó su huella en el estudio de la economía política en Cuba y en el análisis de la construcción del Socialismo hasta sus últimos días.
Nuestro pésame a familiares y amigos
José Luis Rodríguez

Queridos compañeros y amigos:
Muy triste noticia. Se nos va un extraordinario compañero y amigo, inteligente y revolucionario, economista, marxista y leninista.
Las futuras generaciones de economístas podrán juzgar con objetividad su invaluable contribución en la década de los años 70 a la muy peligrosa crisis institucional y política que el País tuvo que enfrentar y él fue el arquitecto de las soluciones. Aunque solo sea por eso, la Revolución cubana tendrá que recordarlo, por su enorme contribución a la instituciónalización del País, que incluye la del Partido. La historia sabrá juzgar sus innegables aportes.
Mis condolencias a sus hijos y nieto.
Joaquín Benavides

¿Se acabó el socialismo en Cuba?

 Michel E. Torres Corona

La rauda aprobación en Cuba de 176 medidas que transforman radicalmente el modelo económico del país ha sido recibida con beneplácito por muchos que hace años abogaban por una reforma (a veces así, en abstracto) pero también ha causado en otros polémica, incomprensión, estupor y —¿cómo negarlo?— decepción. 

El iter de aprobación, de insólita celeridad, transcurrió de la siguiente forma: el viernes 12 de junio amanecimos con una comparecencia inesperada ante la prensa nacional del presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, donde anunciaba medidas, cambios, que todos (tirios y troyanos por igual) intuimos serían de mayor liberalización pero nadie —salvo los muy involucrados en el proceso— imaginaría su extensión y profundidad; menos de una semana después se reunía el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), el miércoles 17 de junio, y se le daba el espaldarazo político-partidista a las “transformaciones”, se televisaban algunas alocuciones de miembros del Comité Central (incluido un discurso de Díaz-Canel, también Primer Secretario del PCC) pero no se publicaría textualmente ninguna medida.

El último golpe de legitimidad formal sería una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), el máximo órgano del Estado según la Constitución vigente en tanto representa al pueblo en su conjunto. Manuel Marrero, primer ministro y jefe del gobierno cubano, leyó y explicó a los diputados congregados, una tras otra, las 176 medidas, con participación de buena parte por videoconferencia y la transmisión en vivo por la televisión, la radio y las redes digitales. 

Y en una tarde de trabajo —con la lectura y muestra, previa al debate, de una carta de apoyo a las medidas, firmada por el General de Ejército Raúl Castro— se votó a favor (y por unanimidad) del “giro copernicano” de la política económica de Cuba. 

El discurso oficial ha sido el de afirmar que estas medidas no se toman por presión de Estados Unidos (o a causa del cerco asfixiante que ha recrudecido la administración del emperador de turno, Mr. Donald Trump) sino que son fruto de una decisión a la que teníamos que llegar de cualquier manera. Se citó —a modo de consigna, sin la debida contextualización o el necesario análisis crítico— la frase de Fidel: “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”; y también se esgrimió al Martí que dijera: “En lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno”.

También se ha desempolvado al Lenin de la NEP, quien condujera un proceso reformista, de apertura al mercado, en la Rusia bolchevique. 

La frase literal de Martí es la siguiente: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.” Personas más sabias que yo ya se han referido a la descontextualización de ese fragmento del ideario martiano.

Marlene Vázquez, por ejemplo, habla de un “(…) reduccionismo pragmático que poco o nada tiene que ver con el altruismo martiano”. Y agrega: “A Martí no le interesaba ser próspero en primera instancia. Entendía que el ser humano tenía necesidades materiales que debía satisfacer, como es natural, pero sus fines y objetivos no eran los de un hombre común, estaba por encima de lo material y de su austeridad y honradez han dado fe muchos de sus contemporáneos”.

Luis Toledo Sande, por su parte, aclara que Martí: “(…) no confundía estrechamente prosperidad con riqueza material. (…) Pudo haberse hecho millonario, y echó de veras su suerte con los pobres de la tierra: fue uno de ellos, y así vivió, incluso —porque fue ejemplo de honradez— cuando manejaba los fondos recaudados para organizar la guerra con que emancipar a su patria.”

En cuanto a la frase de Fidel, hace muchos años Iroel Sánchez nos alertó que se citaba “(…) para abogar por la generalización del «libre mercado», la retirada del Estado de la mayor parte de la economía y la eliminación de cualquier regulación a la concentración de la propiedad”.

Iroel nos llamaba a situar el “momento histórico” en que se dijo tal expresión: Fidel expuso su Concepto de Revolución el 1ro de mayo del año 2000, en los inicios de lo que él mismo denominó “Batalla de ideas”, un proceso que, en palabras de Fernando Martínez Heredia, constituyó una “ofensiva” que “pretendió frenar desigualdades y reforzar al socialismo”.

Ni es prudente utilizar a Martí para apuntalar una retórica pragmática, ni es atinado escudarse en Fidel para maquillar de victoria un retroceso, máxime cuando él fue el primer crítico de los “repliegues tácticos” que, como Lenin, tienen que asumir los revolucionarios para la supervivencia del proceso histórico que defienden como causa vital. 

Ahí están los discursos de ambos líderes y su honesta confesión de que las medidas eran “males necesarios” ante determinadas coyunturas, tanto la NEP como la reforma de los 90 en Cuba. No obstante, Lenin revisaría una y otra vez la aplicación de esa reforma, llegando a atacar duramente a los nuevos ricos, los nepmen; y Fidel comenzaría el siglo XXI diciendo que solo nosotros podríamos destruir la Revolución, el socialismo.

En el famoso discurso del Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, Fidel también diría: “Soñó el imperio que en Cuba se establecieran muchas más paladares, pues puede ser que no quede ninguna; o qué creen, ¿que nos hemos vuelto neoliberales? Ninguno de nosotros se ha vuelto neoliberal; pero les vamos a demostrar irrefutablemente las crisis de sus teorías, como les hemos demostrado el fracaso de su bloqueo, de sus agresiones, de sus desestabilizaciones”.

Entre las 176 medidas destacan algunas que, por su contenido, difícilmente puedan fortalecer la transición socialista en Cuba. Hablamos, por ejemplo, de la banca privada, una puerta abierta a que los capitalistas instrumentalicen su poder en Cuba con una de sus más eficaces herramientas. ¿Es que elegimos olvidar al Lenin del imperialismo como fusión del capital industrial y bancario? O ese derecho de superficie que se puede extender hasta los ¡99 años!, lo cual implicaría, de facto, entregar una parte de la tierra cubana más allá de la vida de toda una generación. 

¿Dónde han servido los bancos privados al bienestar popular o al desarrollo de una nación? ¿Puede el Banco Central de Cuba controlar y regular el nacimiento y desarrollo de ese peculiar sector? ¿Qué barreras jurídicas podrán implementarse para impedir que el capital financiero internacional dicte el pulso de la Isla o para que la tierra de este país no se enajene del todo?

La medida que se anunció referida a la conversión de todas las empresas estatales socialistas en sociedades por acciones también resulta preocupante. ¿Quién decidirá qué acciones se venden? ¿Qué empresas, en definitiva, continuarán siendo públicas? Porque no estamos hablando de una abstracción: si el Estado no es dueño del tejido empresarial que, por letra de la Constitución, es el principal sujeto de la economía cubana… ¿no estamos aceptando al “Estado mínimo” al que tanto adversamos durante décadas? ¿Qué poder real tendrá el Estado sobre los destinos de la nación?

Hay decisiones que, ciertamente, había que tomar. La descentralización y la erosión del burocratismo eran imprescindibles, pero… ¿estamos borrando el poder de la burocracia centralizada en favor de una socialización de las potestades políticas, en favor de la acción comunitaria? ¿O simplemente estamos entregando estructuras reales del poder sobre la vida de la sociedad cubana a aquellos que más recursos financieros tengan? 

Estas interrogantes y dudas no son resultado de la suspicacia mezquina que pudiésemos atribuirle en épocas anteriores a los enemigos de la Revolución. En un país donde se discutió en cada barrio y centro laboral el proyecto de Constitución de 2019, donde se sometió a consulta y a referendo el Código de las Familias, estas 176 medidas se han aprobado sin debate popular y sin posibilidad de que los ciudadanos (ni siquiera los militantes del Partido) pudieran señalar inconveniencias o recomendar cambios. 

Se habla de la variante tiempo y de la urgencia de esta época pero es cuando menos ingenuo pensar que será legítimo un proceso de transformación en Cuba que no cuente con el pueblo… y para eso sí se podría citar en extenso, en primer lugar, a Fidel. 

La racionalidad crítica y revolucionaria, verdaderamente democrática, ha colisionado con el logos tecnocrático: unos pocos “especialistas” han decidido qué es mejor para el pueblo sin contar con él. Falsas premisas que antes eran patrimonio exclusivo de la contrarrevolución, como la tesis cretina del “bloqueo interno”, hoy se validan públicamente con la retórica que convierte la preocupación por la desigualdad y la injusticia en valladares para el progreso. Sí, el bloqueo estadounidense existe, pero ha sido decisión del sistema político cubano no reformarse para avanzar: eso se ha dicho por representantes del gobierno y del Estado. Eso se ha aplaudido.

Y es precisamente el bloqueo una variable que, con motivo de la triunfante reforma, pareciera soslayarse. ¿El gobierno estadounidense liberará de su persecución financiera a los bancos privados que negocien con Cuba o se domicilien en ella? ¿Lo ha hecho antes? En una situación de crisis internacional —como señala la economista uruguaya Gabriela Cultelli—, ¿serán eficaces las medidas para dar facilidades y mayor flexibilidad a todo tipo de inversión extranjera? ¿Valdrá la pena todo lo sacrificado en la práctica?

No hablamos aquí de un problema de fundamentalismo contra el mercado, lo cual es un lugar común en el discurso reformista. Nadie niega que, en un mundo donde priman las relaciones monetario-mercantiles, es imposible que Cuba se convierta en un “oasis comunista”.

El mercado existe y es una poderosa fuerza dentro y fuera del ámbito social y nacional, pero es una fuerza que la Revolución —alargando la paráfrasis a Fidel— debe desafiar; el mercado, como afirmara un teórico que difícilmente pueda considerarse estalinista, llamado León Trotsky, debe ser “disciplinado”.

De la letra de las medidas aprobadas pudiera colegirse que esa voluntad de ejercicio del poder existe pero la historia de los últimos quince años ha sido la de un Estado que ha contemplado impotente la depauperación paulatina de sus propias instituciones y de su capacidad de incidir sobre la economía, con el impacto en el bienestar popular que eso conlleva (y ha conllevado). 

El socialismo no es un modo de producción, es un estadio histórico de transición, una etapa en la que todavía no ha muerto el antiguo régimen capitalista (hoy bien lejos del cementerio, por cierto) pero tampoco acaba de nacer un modo de producción o una formación económico-social cuya naturaleza sea radicalmente distinta; implica la voluntad de dejar atrás el capitalismo y avanzar hacia un horizonte donde desaparezcan la explotación del hombre por el hombre, el fetichismo del dinero, las autoridades políticas y toda forma de jerarquía que no proceda del consenso social. En una palabra: comunismo. No se construye el socialismo: transitamos por él hacia su negación. 

En ese devenir, son lógicos los retrocesos, los errores, las incoherencias. Pero ni se puede vender como avance un retroceso, ni disfrazar de fatalidad un error; ni se puede enarbolar como bandera la incoherencia y ponderar como victoria lo que ayer se consideraba derrota. Y sí, los comunistas hemos sufrido una derrota en Cuba: han ganado los reformistas este asalto, han infiltrado el espacio físico del Estado y, lo que es mucho peor, la mente de los que en él ejercen su autoridad como representantes del pueblo o como funcionarios. 

Pero eso también es consustancial al socialismo, siempre que sepamos llamar a las cosas por su nombre y siempre que el Partido, esa vanguardia ideológica que no se limita a sus máximos dirigentes, sepa conducirnos más allá de las concesiones que, como sociedad, hemos hecho.

En reciente entrevista con el periodista Roberto Cavada, Miguel Díaz-Canel expresó que el país asumía cambios pero siempre en aras de preservar el socialismo, o lo que comúnmente se entiende por Revolución, dígase sus conquistas. Habló de la salud y la educación como “cosas sagradas”, que permanecerían “universales y gratuitas”; así como de seguir apoyando el acceso masivo a la cultura y el deporte. Afirmó que la reducción del aparato estatal redundaría en la disminución del gasto público y en la posibilidad de financiar otras prioridades. 

Díaz-Canel se refirió también a la creación de un solo sistema empresarial, un ecosistema donde todos los actores económicos actúen en “similares condiciones”, como indica la Constitución. Y repitió algo sobre lo que se ha hecho hincapié en la esfera pública cubana, tanto por autoridades gubernamentales como por entusiastas “civiles” de la reforma: la riqueza que se cree se redistribuirá. 

El espíritu que traslucen estas declaraciones no levanta sospechas. Al contrario, tranquiliza y reconforta. Pero la experiencia histórica, la práctica como criterio de la verdad, orbitan alrededor y alebrestan a aquellos que nos debatimos entre la disciplina militante y la rebeldía.

¿Puede el Estado cubano romper con la tendencia de los últimos años y proteger a los “vulnerables” en medio de la espiral inflacionaria que no frenará y en todo caso pudiera acelerar incluso la implementación de la reforma? ¿Puede el gobierno revertir los enormes índices de evasión fiscal que se han producido en los últimos años para que esa “riqueza de pocos” pueda socializarse? ¿Puede operar en Cuba el milagro, a contrapelo de la realidad internacional, de que los nuevos ricos no busquen (y logren) corromper a los funcionarios que deben fiscalizarlos? ¿No buscarán, ahora que se logró la reforma económica, una reforma política que los beneficie todavía más?

De cualquier manera, el camino que ha comenzado en este caluroso verano parece irreversible. El consenso político, incluso a niveles populares, no respaldaría una “contrarreforma”.

No obstante, estas transformaciones no aliviarán a corto plazo las difíciles condiciones en las que hoy sobrevive la mayoría del pueblo cubano, con prolongadísimos apagones y escasez de alimentos, y eso implica que la Revolución y el socialismo enfrentan un peligro mayor que la reforma misma: un estallido social que justifique una intervención militar estadounidense. El peligro de invasión, aun con una mejora que comience a operar a mediano o largo plazo, no disminuye.

Esa triste tranquilidad nos acompaña, por otra parte: no ha habido “pacto de élites”, no ha habido traición. La respuesta del gobierno imperialista ha sido tildar de “señales de humo” a las 176 medidas y continuar aprobando sanciones contra empresas e individuos que asocian con la “dictadura”. Ellos (los Rubio y los Trump) tampoco se conforman con reformas económicas, quieren cambios políticos; quieren humillar a sus adversarios, demostrar sin lugar a dudas su supremacía, nuestro vasallaje.

En tanto no lo logren, seguirá el bloqueo y seguirá latente la amenaza de agresión militar y, por curiosa dialéctica de la política, seguirá vivo el “fantasma del comunismo” en Cuba, la posibilidad del socialismo, la posibilidad de un modelo alternativo distinto a “lo normal”, a lo que “todo el mundo hace”. Por eso, y a pesar de las muy difíciles circunstancias, esta historia no ha terminado.

¿Se acabó el socialismo en Cuba? Pues no. Quedan muchos comunistas, en la institucionalidad o en sus márgenes, dispuestos a superar esta desafiante coyuntura en la que nos enfrentamos, de conjunto, a la agresividad de nuestros enemigos y a ese “sentido común”, según Gramsci, que niega utopías y sueños de justicia.

Y si en definitiva el rumbo está y estará signado por las 176 polémicas medidas, lo desandaremos con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón —como también dijera el teórico italiano— para ir ganando espacios de discusión, para hacer de la descentralización un proceso de participación y control popular, para limitar los flagelos del auge liberal, para hacer del ejercicio del poder un hecho democrático que refuerce la soberanía del pueblo y la justicia social por la que tanto hemos sacrificado, a lo largo de décadas, varias generaciones.

El socialismo es conflicto y disputa de sentidos. Lo ha sido siempre y en especial para nosotros desde el triunfo revolucionario. ¿Quién puede negar que hoy está más vivo que nunca? Fácil no será… pero será.

https://www.almaplus.tv/articulos/45629/-se-acab%C3%B3-el-socialismo-en-cuba

jueves, 25 de junio de 2026

Víctimas por sismos en Venezuela suben a 235 muertos, 4 mil 500 heridos y 157 personas desaparecidas

 Afp y Ángel González

Caracas. Los dos terremotos del este miércoles dejaron un panorama desolador y pusieron a prueba no solo las capacidades del Estado para responder ante emergencias de gran magnitud, sino también la energía colectiva que se precipita ante la contingencia para luchar por la vida frente a la realidad más extrema. Más de 250 edificaciones colapsaron total o parcialmente, según el reporte oficial, y al menos un centenar de ellas se ubican en el poblado costero de La Guaira, a las puertas de la capital venezolana.

La última actualización oficial de víctimas reportó 235 fallecidos y 4 mil 300 heridos, según informe del ministro de Salud, Carlos Alvarado. Por su parte, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, indicó horas antes que 157 personas están desaparecidas y más de 200 atrapadas bajo escombros. Hay también 2 mil 927 familias damnificadas. Ocho hospitales sufrieron daños, “algunos han debido ser evacuados”, dijo.

El ministro del Interior, Diosdado Cabello, señaló desde La Guaira que solo en esa entidad hay más de 100 edificios colapsados y 70 mil familias afectadas. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, recorrió las zonas críticas, tanto en La Guaira como en Caracas.

Una realidad avasallante

Al recorrer los puntos de mayor gravedad en Caracas, los sectores San Bernardino y Los Palos Grandes, imágenes de residencias enteras colapsadas, donde solo se ve parte de lo que fueran los pisos superiores sobre montañas de escombros, se mezclan con gritos de auxilio y el sonido de las máquinas dispuestas a remover toneladas de concreto. Pero también observamos el movimiento enérgico de hombres y mujeres que desde minutos después del terremoto se han sumado a la procura de sobrevivientes.

Al estado de La Guaira no se pudo acceder. La autopista que conecta la entidad costera con la capital fue cerrada excepto para vehículos vinculados a labores de rescate y transporte de suministros. El panorama de una zona que normalmente goza de un ambiente relajado por ser uno de los principales puntos turísticos del país, luce absolutamente desolador, según registro de ciudadanos y reporteros en el lugar. Conjuntos residenciales, edificios de apartamentos vacacionales, hoteles, reducidos a terrenos de polvo y concreto.

Voluntarios en primera línea

El tamaño de la tragedia supera el alcance de los cuerpos oficiales de seguridad y gestión de emergencias. Pero en ningún caso están solos. Contingentes de civiles espontáneos se han abocado en un esfuerzo titánico por remover con sus manos, cubetas, martillos y herramientas caseras, las pesadas piezas de concreto que los separan de los sobrevivientes. También grupos de obreros de la construcción han llegado a estos lugares armados con sus herramientas y su voluntad para apoyar en el único objetivo que todos comparten: salvar vidas.

“Salvar vidas, salvar vidas, en eso estamos”, dijo José Chacón, obrero de unos 40 años que estaba concentrado en la remoción de escombros en lo que fuera el edificio Rita, en la avenida Los Próceres de San Bernardino.

David Urdaneta, 27 años, vecino de la zona, contó cómo ayudó a un grupo de obreros que con una sierra, palancas de hierro y la fuerza de sus brazos lograron cortar y levantar parte de un muro colapsado para rescatar a una mujer que se encontraba tapiada. “El edificio donde vivo no se cayó, solo tuvo grietas menores; yo sobreviví y por eso estoy aquí ayudando como pueda”, comentó.

Saqueos en La Guaira

La situación en la ciudad de La Guaira reflejaba este jueves no solo las devastadoras consecuencias del doblete sísmico ocurrido 24 horas antes y la voluntad de muchas personas para ayudar, sino también el otro lado de una realidad extrema. Se reportaron saqueos a comercios y viviendas colapsadas. Asaltaron no solo tiendas de alimentos, sino también almacenes de electrodomésticos. Estas situaciones están siendo abordadas por la Policía Nacional y cuerpos de élite como la Dirección de Inteligencia Militar (DGCIM), según reporte de funcionarios en la zona.

A la espera de la ayuda internacional

Delcy Rodríguez dijo la tarde de este jueves que esperaban la llegada de la ayuda internacional, que 24 horas después de los terremotos no había llegado. Dijo que los primeros en llegar serían los equipos de rescate enviados por República Dominicana. En la mañana habló por teléfono con el secretario de Estado, Marco Rubio, con quien coordinó el despliegue de unidades de rescate estadunidenses.

Estados Unidos señaló que enviará un equipo de respuesta ante desastres, así como buques y aviones militares. Además, la Casa Blanca anunció 150 millones de dólares en ayuda a través de agencias y organizaciones asociadas.

Petróleo a salvo

Las actividades petroleras no se vieron afectadas. Tras una breve pausa a raíz de los terremotos, el Complejo Petroquímico Hugo Chávez, ubicado en Morón, estado Carabobo, reinició el jueves temprano sus operaciones. La empresa Chevron informó, según Bloomberg, la continuidad de su actividad en el país, sin novedades. En el otro extremo del territorio, el Complejo Petroquímico de José, en el oriental estado Anzoátegui, mantuvo su operatividad sin contratiempos.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/06/25/mundo/victimas-en-venezuela-suben-a-164-muertos-y-971-por-el-doble-sismo

Asamblea

Podría parecer (y de hecho, lo es) que no son estos momentos para ningún tipo de divertimento. Estamos abocados a una posible agresión armada por parte del imperio más agresivo y más despiadado del mundo contemporáneo, por si no bastaran ni el bloqueo económico que ya cumple más de sesenta y cinco años, ni el recrudecimiento de este en los últimos meses, ni tampoco fuera suficiente el cerco energético al que estamos sometidos desde fechas más recientes. Francamente, la política de asfixiarnos es brutal, sin precedentes, y padecemos día a noche sus gravísimas consecuencias. No obstante, quizás debido a nuestro empecinado modo de sobrevivir, o tal vez como mecanismo de defensa mental, o quién sabe si porque encontramos en el arte de reír una forma de resistencia, lo cierto es que no dejamos de burlarnos, ni de chotear, ni de señalar aquello que nos permita de una vez ejercer nuestro derecho a la crítica, y, a la vez, sobrevivir en medio de inimaginables carencias.

En estos días, me llama muchísimo la atención un humorista chileno llamado Lucho, discapacitado físico motor por secuelas de parálisis cerebral, cuyos espectáculos se transmiten por Facebook y otras plataformas digitales. Lejos de burlarse, Lucho asume su discapacidad con humor, y el público que asiste a sus presentaciones está en su mayoría compuesto por personas con capacidades diferentes, y todos exponen sus dificultades cotidianas con admirable estoicismo y, más que nada, con humor. Se trata de un mecanismo de supervivencia, sin dudas. Al compartir públicamente cuáles dificultades afrontan cada día, todo el conglomerado asistente aplaude, reconociendo la valentía del discapacitado que acaba de exponer su limitación, y así se estimula el intercambio de problemas, aliviándose al no saberse solos, ni desamparados en la soledad de sus limitaciones físicas. La dinámica de estos espectáculos consiste en que cada participante solicita el uso del micrófono, se identifica, dice qué tipo de discapacidad padece, y los mecanismos que le permiten sobrevivir

Algo así podríamos hacer en una hipotética y actual asamblea de cubanos. No todos tenemos los mismos problemas, pero todos merecemos el aplauso colectivo que se escucha en los espectáculos del chileno Lucho. Con este ejercicio puramente imaginario, aprovecho para exponer mi molestia ante unas afirmaciones de una periodista oficial que leí recientemente, y cito “… mucha gente dice sandeces en las redes en lugar de reconocer el esfuerzo de los trabajadores de la UNE.”

Imaginemos un teatro copado por coterráneos de todas las provincias del país. Alguien como Lucho podría dirigir las preguntas cuyas respuestas despierten admiración, tal como sucede en la comedia de marras. Por ejemplo, María E sería en este imaginario caso la conductora del programa. Luego del cálido recibimiento que recibe en el escenario, empezaría por preguntar quién necesita exponer la dificultad que afronta en este instante.

Fefa diría: “Me llamo Fefa. No tengo gas para cocinar y no encuentro carbón. Ya consumí o, mejor dicho, ya el fuego consumió las ventanas y puertas de mi casa” “¡Un aplauso para Fefa!”, pediría Maria E, “y una pregunta, si me permite, ¿usted tiene electricidad por el día?” “Solo de madrugada, y a esa hora, como comprenderán todos, no tengo hambre para comer un plato de congrí”. El público reiría, aunque inmediatamente Brígida Sepúlveda pediría la palabra. María E indicaría que le pasaran el micrófono. “Díganos, díganos su nombre y cuéntenos su problema”.

“Sepúlveda, Brígida, y antes de decir que desde hace tres meses no llega agua potable a mi casa, la luz solo me dura cuarenta minutos y tampoco tengo gas, me gustaría que Fefa explicara cómo obtiene los frijoles de su hipotético arroz moro”.

Otra carcajada cómplice invadiría el imaginario teatro, y sin esperar el micrófono, la aludida Fefa ripostaría: “Yo no hablé de frijoles colorados, los del arroz moro, sino de negros, de congrí. Que son más económicos y que tampoco puedo comprar con mi jubilación, porque…”.

“¡Un momento!” —diría Maria E—. “Este show no es para una catarsis general sino para temas actuales, por favor, centrémonos en el presente. ¿Próxima exposición?”

“!Yo, yo necesito hablar!”, diría Cándida. “Soy la de candidez habitual. Mi problema es que he descubierto que los compañeros del canal de Telegram que informan o deberían informar los horarios de afectaciones del fluido eléctrico, padecen de discalculia, y eso me angustia muchísimo. Son todos discalcúlicos, pobrecitos”.

Un murmullo recorrería el salón, y a María E no le quedaría otra opción que poner orden. “¿Qué significa discalculia? Y perdón por mi ignorancia. ¡Podría usted, Cándida la de la habitual candidez, ilustrarnos, por favor?”

“Que no saben. No pueden o no quieren calcular bien. Y si, por ejemplo, mi bloque lleva apagado 16 horas, ellos, los discalcúlicos, dicen que llevamos afectados (porque así dicen, afectados) 8 horas. Yo me pregunto ¿las otras horas me las estoy imaginando, o estoy apagada porque quiero?”.

Aplauso atronador recibiría Cándida. A continuación, Víctor pediría la palabra, masticando su inevitable dosis de granos de maní. “Compañeras y compañeros. Me nombro Víctor. Creo que estamos perdiendo el rumbo. Si no profundizamos en las causas que nos han traído hasta esta crítica situación, no seremos capaces de aquilatar la gravedad de lo que sucede, porque…”.

Todo el público lo interrumpiría con un reclamo común, que sería: “Todos sabemos las causas, compañero del maní inevitable. Las sabemos. Sucede que conocer la o las causas, no disminuye la o las consecuencias”.

Nuevo aplauso atronador. A continuación, María E expondría una vez más las medidas coercitivas, peligrosas, injustas y asfixiantes que nos han causado las incontables discapacidades que padecemos, para que nadie tuviera la menor duda, aunque es justo reconocer que dichas aclaraciones serían repetitivas, pero siempre algún despistado existe, para qué negarlo.

Luego, Hilda solicitaría intervenir, en el sentido de hablar, no intervenir, sino hablar, claro está. Y diría: “Me llamo Hilda y soy científica. Quiero contar que en mi edificio se incendió el reloj contador de la electricidad de un vecino, en un rarísimo momento de llegada de la luz. Como es lógico, el edificio entero quedó en la oscuridad que tenía minutos antes del ya citado incendio, o sea, de la explosión. De inmediato, alguien recordó que los discalcúlicos, como dice la compañera Cándida, la de candidez habitual, esos mismos, siempre ofrecen un número telefónico, el 1888 para cualquier eventualidad, y todos los y las miembros del edificio, llamamos al citado teléfono”.

“¿Y?” —preguntará María E—. “¿Acudieron raudos y veloces a extinguir el incendio?”

“De eso nada, monada. Es que nadie respondió nunca, jamás, más nunquita. Y eso es alarmante, compañeras y compañeros”.

“!Qué horror!” —diría todo el público—. “Y entonces qué hicieron ustedes, los y las miembros del edificio?”

“Imagínense, echamos tierra, echamos aire, echamos agua, echamos de todo menos fuego al contador con fuego. Una vez apagado el incendio, volvimos a llamar al 1888 para que reconectaran la electricidad”.

“¿Y?” —repetiría María E—. “¿Esta vez sí obtuvieron respuesta?”

“Nunquita, jamás responder” —lloriquearía Hilda—. “Empatamos el horario de un apagón con el siguiente. Fue como una contra, un extra, de contra que ya llevábamos 16 horas sin electricidad, aunque Telegram dijera que eran nueve. Y eso no es todo. Al no tener conocimientos de electricidad, tampoco sabíamos cómo arreglar los cables chamuscados. Fueron horas de profunda angustia, créanme”.

El público se abalanzaría a abrazar a Hilda, dándole palmadas de aliento. En un momento, Víctor querría saber el final de esa historia, cómo terminaba aquella desdicha, e Hilda, sonrojada, púdica, casi con vergüenza, diría lo siguiente:

“Mejor no se enteran. No puedo contarles, de verdad, al menos no con detalles. Baste saber que gracias a un señor retirado de la empresa eléctrica, quien a cambio de ciertos favores corporales ofrecidos por una vecina, accedió a componer el cablerío chamuscado, pudimos retomar el ciclo de nuestro bloque. Bloque, por cierto, muy castigado”

“¿Ustedes son del bloque 4?” —preguntaría Víctor llevándose las manos ya sin maní a la cabeza—. “El peor, sin dudas. Yo soy del 4 también”.

“No, el más malo es el 2” —diría Fefa—. “Sin dudas el 2 es al que más apagan”. “Quizás —agregaría Sepúlveda—, quizás y solo quizás, pero yo pertenezco al bloque 1, y es ahí donde los discalcúlicos se lucen, se confunden más con el 1 que con el 6, por solo citar un ejemplo”.

“¡Falso, falso, exijo que se reconozca que el bloque 5 desde ayer…!”, diría alguien del público…

María E, al sentir, percatarse y comprobar que la situación se le iba de las manos, propondría la única solución posible ante el desmadre que se avecinaba: “Por favor, cordura, llamo a la sensatez de nuestras atribuladas existencias, debido a todo lo que sabemos, y propongo un aplauso colectivo, un aplauso gigantesco, un aplauso descomunal, cuyas palmadas lleguen a la ONU, a la OEA, al Parlamento europeo, al Vaticano, y clamemos juntos DÉJENNOS VIVIR!”

Así culminaría la asamblea. Porque hablando en plata, no se trata de competir a ver quién acierta o no, quién se queja más o atina menos, sino a un sencillo reclamo: Permítannos subsistir. Déjennos un sitio en el infierno. Y basta.

https://www.lajiribilla.cu/asamblea/

miércoles, 24 de junio de 2026

¿Ahora sí? La transición pospuesta

Entrevista colectiva realizada a 3 economistas cubanos a propósito del anuncio y aprobación del grupo de 176 medidas económicas en Cuba.

¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias para salir de la crisis? Responden los economistas Juan Triana, Omar Everleny y Julio Carranza

Por Rafael Hernández

Cualquier cubano que haya estado despierto desde 1993-94 sabe que el socialismo ya no fue en lo adelante lo que solía ser. 

Después de la implosión de los socialismos en Europa del Este y el desmantelamiento de la Unión Soviética, las cosas en Cuba cambiaron de golpe. La admisión del mercado, del sector privado, la legalización del dólar, la redistribución en usufructo de la mayor parte de las tierras estatales, la apertura a la inversión extranjera, crearon no solo una nueva economía y una nueva relación con el mundo, sino otras mentalidades sobre el socialismo como sistema, incluida su reversibilidad. 

Estas políticas inicialmente se justificaban como el enfrentamiento a la crisis denominada “Periodo especial en tiempo de paz”, o al menos así se proyectaron entonces. De manera que, a medida que la crisis se fue aliviando o así pareció (por un tiempo), su continuidad y profundización se hicieron más lentas; y aunque sus consecuencias en el plano ideológico (¿qué socialismo va a ser este?), y sobre todo su impacto en las desigualdades sociales y la pobreza, se fueron extendiendo. 

Las políticas que igualaban a las distintas clases y grupos sociales en la Cuba anterior, tales como una estructura salarial muy acotada, canasta básica subsidiada mediante cartilla de racionamiento (la “libreta de abastecimientos”), control de precios, gratuidades y subsidios de todo tipo, se fueron desvaneciendo, formalmente o de facto, a medida que el salario y el ingreso divergían, que el acceso a divisas alteraba la relación establecida entre salarios y capacitación, que los niveles de producción no se recuperaban. 

A pesar de la supuesta temporalidad de la crisis, Cuba no volvió nunca al nivel de bienestar y visión de futuro que había existido, sobre todo en la década anterior al Periodo especial.

Más de una década después de aquellas medidas —aprobadas e implementadas bajo la dirección de Fidel—, un documento titulado Lineamientos económicos y sociales fue discutido públicamente en una consulta masiva, y adoptado oficialmente en el VI Congreso del PCC (2011). Cinco años después, apenas el 23 % de sus políticas acordadas se habían cumplido.  

En 2018, la consulta sobre una muy amplia reforma constitucional arrojó resultados inesperados. Entre ellos, que los temas más polémicos del nuevo texto no eran precisamente los cambios radicales en la diversificación de la propiedad sobre medios de producción, la extensión del mercado, el acceso del capital privado a sectores como la agricultura y los servicios (incluidos los sectores nacionalizados en 1960). 

O sea, que estas transformaciones no suscitaban oposición, a pesar de su alcance fundamental. La nueva Constitución, aprobada por mayoría abrumadora en 2019, ponía la equidad —en vez de la igualdad— por delante y se preocupaba por la concentración del ingreso, pero no la proscribía.

Desde principios de los 90 hasta hoy, cada vez más expertos, dentro y fuera de nuestras instituciones, han venido haciendo propuestas encaminadas a constituir un programa de reformas que rebasara el alcance de un paquete de medidas anticrisis.

Aunque ninguno había propuesto nunca políticas como las que marcaron el desmantelamiento del socialismo en Europa del Este y la Unión Soviética, no pocos de ellos fueron calificados como emisarios del capitalismo. 

A pesar de las diferencias introducidas en los documentos emitidos en los últimos 30 años acerca de la naturaleza del socialismo cubano, este recelo hacia cualquier propuesta de reforma se ha mantenido vivo hasta nuestros días.   

A raíz de la intervención de Estados Unidos en Venezuela el pasado 3 de enero, se me ocurrió encuestar a un grupo de economistas y analistas políticos en torno a la pregunta: ¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias, coherentes con una estrategia para salir de la crisis y que se hagan cargo de la complejidad del momento? 

Según algunos lectores que me lo dijeron por lo claro, las respuestas de mis encuestados resultaban “excesivas” (neoliberales). 

Ahora que la Asamblea Nacional (ANPP) acaba de aprobar un programa de transformaciones que rebasa con mucho, por su radicalidad y amplitud, lo que cualquiera de estos expertos propuso nunca, sin embargo, la visión que identifica las reformas con el virus del capitalismo sigue ahí. 

Si uno lee, por ejemplo, las narrativas de medios extranjeros, supuestamente bien informados sobre lo que está pasando aquí y ahora, podrá comprobar que identifican las recientes transformaciones con concesiones al capitalismo, que reflejan la quiebra definitiva del socialismo. Exactamente como los fundamentalistas vernáculos. Y como si entre estas transformaciones y el derrumbe del Muro de Berlín no hubiera cambiado nada en Cuba.  

En busca de luz sobre la compleja red de interrogantes que se derivan de las 176 medidas debatidas en la ANPP, decidí sometérselas a tres economistas, pioneros, que las anticiparon en escritos y conferencias, y a quienes conozco bien por su manera de pensar, persistencia y compromiso: Juan Triana Cordoví (JTC), Omar Everleny Pérez-Villanueva (OEP) y Julio Carranza (JCV).  

Les agradezco a ellos por responder a mis preguntas de cabeza múltiple, y también por contestarme en un tiempo récord. 

Según algunos economistas, el eje de las reformas es o debería ser la extensión del sector privado, en todas aquellas actividades donde pudiera desarrollarse con mayor eficiencia que el estatal o el público. ¿Va a ser o debería ser así en la política económica que se avecina? ¿No implicaría, en el mediano plazo, que el sector privado se tragara al público? 

JTC: No hay un solo eje en las reformas, sino al menos dos o tres grandes ejes. Uno de ellos, la expansión del sector privado y su papel en la economía. El otro, la reforma de la empresa estatal, aplazada tantas veces.

No creo que el sector privado pueda tragarse al público. Todavía este es muy grande, y hay realmente ahí un negocio poderoso; costaría mucho trabajo al sector privado poder desplazarlo, siendo todavía un sector naciente. 

OEP: El sector privado debe jugar un papel esencial en la política económica que se avecina. No porque sea privado, sino porque el problema de Cuba, más que financiero, es de oferta de bienes y servicios. Y el Estado en estos momentos no cuenta con recursos financieros para producir lo que puede desarrollar el sector privado.

No creo que vaya a tragarse al sector público. Cada uno tiene su espacio. 

Lo primero que hay que definir como estrategia es cuál será el tamaño de ese sector público. La energía, la producción de acero, todo ese tipo de producciones que necesitan un gran capital solo las puede garantizar el Estado.

Pero en el comercio minorista, la alimentación, los servicios personales, hay un área muy grande que puede cubrir el sector privado. 

En el pasado, el sector público, por diferentes motivos, ha sido ineficiente. El Estado le ha quitado recursos que produce la empresa estatal socialista. Y esas reglas tienen que cambiar.

JCV: Una cuestión fundamental del actual planteamiento es darle a todo el sistema empresarial el reconocimiento y las facultades que debe tener para operar, sean estatales, cooperativas, privadas y mixtas, nacionales o extranjeras; todas integradas a los mercados regulados por el Estado, y en el caso de las empresas estatales, bajo una planificación estratégica y financiera, no una burocrática y administrativa como la que ha existido hasta hoy. 

Los prejuicios con el sector privado se deben superar y darle el lugar que le corresponde. El sector privado y el cooperativo han de jugar un papel importante e imprescindible; sus intereses deben ser reconocidos y tener representaciones, pero de ninguna manera imponer esos intereses individuales o empresariales, por legítimos que sean y lo son, por encima de los intereses generales y mayoritarios del pueblo y la nación. 

Claro que los medios de producción fundamentales, estratégicos, deben continuar bajo propiedad social con protección legal y también deben mantenerse y desarrollarse todas las empresas públicas que sean eficientes. 

El sector estatal que salga de aquí ha de ser eficiente y competitivo. Eso no excluye la existencia de determinadas actividades que por definición son deficitarias y, dada su función, han de mantenerse bajo el subsidio del presupuesto del Estado, pero deben ser pocas y plenamente justificadas. 

También han de mantenerse bajo régimen estatal y con la asignación de recursos necesarios a sectores fundamentales como la educación y la salud, aun cuando algunas actividades específicas de estos sectores pasen a formas privadas, como de hecho ya sucede con algunos comercios de medicinas y servicios de óptica y dentales, donde la participación ha de ser mixta.

Estas medidas van a acentuar diferencias sociales, pero estas deben estar reguladas y acompañarse de una política fiscal progresiva y rigurosa. Que las diferencias de ingresos sean resultado de la eficiencia y el trabajo y no de la corrupción y actividades espurias, las políticas sociales deben también reforzarse para apoyar a una población fatigada y hoy empobrecida. Se debe mantener el principio de que nadie quede abandonado.

Hay que impedir privatizaciones perversas y sin licitaciones que respondan a intereses de grupos particulares, muchos de ellos provenientes de la antigua burocracia. Ya vimos lo que sucedió en Europa del Este.

Esos peligros están activados, pero la manera de preverlos y controlarlos también debe activarse. Su esencia es la participación y el poder político de la población, mediante una actuación adecuada de las instancias del poder popular y de los órganos de control de la república, las instituciones políticas y sociales, en primer lugar, el Partido. Pero para cumplir adecuadamente ese papel, ellas mismas deben reformarse, el Partido incluido, y por el lado estatal, en lugar primordial, la Contraloría General, cuya función debe incluir a todos los sectores de la economía, sin exclusiones injustificadas.

Las instituciones democráticas del país, en primer lugar el parlamento, deben tener una voz activa y diversa, expresión de lo que ya hoy es y será la sociedad cubana.

Un sector público eficiente, con autonomía real para planear, decidir lo que produce, redistribuir ganancias entre sus trabajadores y hacer que participen en las decisiones, operar en el mercado cambiario, establecer acuerdos con otras empresas, sean públicas o privadas, nacionales o extranjeras, parece un animal muy diferente al actual. ¿Es posible esa metamorfosis? ¿Qué debería ocurrir para que esa transformación tuviera lugar? ¿En qué plazo?

JTC: La transformación de la empresa estatal tiene que ser profunda y grande. No se puede aspirar a que ocurra en un plazo corto. Pero esa metamorfosis, como tú la llamas, puede ocurrir porque, aunque a veces se desconoce, tenemos empresarios muy capaces, que no han dejado desarrollarse como empresarios de verdad. 

Esa transformación va a tener lugar no solo por acciones directas hacia la manera en que se gestiona la empresa estatal, sino también por acciones indirectas. Una parte de las políticas que se están discutiendo y se aprobaron hoy obligan a esa metamorfosis: participar en el mercado cambiario, poder tener relaciones mucho más fluidas con empresas extranjeras, exportar e importar libremente; todo eso obliga al cambio de ese sector.

¿Qué más debería ocurrir? Dejar que los empresarios se pongan las pilas o no quitarles las pilas cuando ya las tienen puestas, que es también lo que ha pasado. 

Es muy difícil poner un plazo. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que exige desvestirse, desaprender, volver a vestirse y volver a aprender. Para ese proceso no me atrevo a poner un plazo, pero no debe ser corto, o sea, no ocurrirá en seis meses. Aunque hay empresas cubanas que empezaron a trabajar con empresas extranjeras y se fueron transformando rápido, siempre es un proceso complicado, pues desaprender y volver a aprender otra vez es relativamente complejo.

OEP: Va a haber diferentes etapas de la reforma. Una etapa en los dos primeros años, que algunos economistas hemos planteado identificar como de estabilización. Después, una etapa de cambios estructurales, entre dos a cinco años, que es donde realmente se hagan cambios más profundos. 

En los dos primeros años, hay que concentrarse en tres temas vitales: energía, alimentación e infraestructura. Porque hay problemas críticos para la población cubana, como el del agua, la recogida de los desechos sólidos y otros servicios públicos que hay que recuperar. 

Para después definir qué sectores, qué áreas son los que vamos a priorizar. 

Yo sigo viendo el turismo como importante. Y la posibilidad de que empiecen a haber agentes turísticos, turoperadores privados, da cierta garantía de que se puede recuperar ese sector. Por ejemplo, si un hotel no tan grande, de 30 o 40 habitaciones, hostales, moteles, se le puede dar en administración a un privado, ¿por qué no dárselo, si ya lo tienen extranjeros?

El gobierno tiene un plan muy concreto y ha sido muy hábil, muy pragmático, en los últimos días, para plantear cosas que en otro momento no hubiera pensado.

Hay que pasar a CADECAs (casas de cambio) privadas, pues de todas maneras se cambia en la calle y ese es un dinero que no accede al Estado. ¿Por qué no poner CADECAs privadas y cobrar un impuesto por operaciones?

Otro paso importante es eliminar el monopolio del comercio exterior, de manera que todas las formas de propiedad puedan importar y exportar directamente. Si alguien lo quiere hacer a través de una empresa estatal con experiencia, que lo haga. Pero que no sea obligatorio. Así como eliminar las agencias empleadoras, que han sido una traba para los inversionistas extranjeros. Y sobre todo, trabajar el problema de la deuda externa. Si no destrabas la deuda, seguirá faltando el financiamiento.

Un sector público eficiente es aquel sector que se concentra en determinadas entidades, que para ser eficientes requieren una ley de empresas que las iguale a todas en las mismas condiciones. De manera que el sector estatal participe en el mercado cambiario, retenga parte de sus utilidades para recuperar la producción y la descapitalización que sufre.

Con las reglas aplicadas hasta ahora, no puede garantizar determinados bienes y servicios. ¡Claro que no! Pues si una empresa estatal tiene utilidades, pero después el Estado las recoge para un “bien común” —como producir determinadas cosas para toda la población—, eso puede justificarse así, pero se afecta la capacidad de la empresa como tal.

En un mediano plazo, habría que darles las mismas posibilidades que ha tenido el sector más dinámico de la economía hasta este momento, y que es el mayor importador de alimentos en Cuba ahora mismo (y las cifras lo avalan). La utilización de las remesas, para decidir dónde comprar y a qué precios, no la tiene el sector público o estatal.

La autonomía tiene que ser real. El camino que se avecina,  yo creo que sí va a incluir una mejoría de las condiciones de competencia.

JCV: La situación actual tiene urgencias que hay que atender de manera prioritaria y también la necesidad de una transformación integral y profunda del modelo económico. Planos interdependientes, pero que no deben confundirse. 

La respuesta inmediata a las urgencias está determinada por los problemas fundamentales que afectan hoy a la población: energía, alimentación, agua, salud, higiene pública, movilidad, etc. Esa respuesta también supone contar con más recursos externos, de ahí que el problema de la deuda y el acceso a créditos, inversión, etc., sea también una prioridad. En las medidas propuestas están incluidas las formas para responder a esas urgencias. 

Lo otro es la transformación integral del modelo económico. Ese es un proceso necesariamente más lento, aunque se debe acelerar lo más posible, que ha de comenzar con el restablecimiento de los equilibrios macroeconómicos: déficit fiscal, inflación, déficits externos, etc. Ese proceso lleva más tiempo, pues es mucho lo que hay que transformar. 

Es preciso definir etapas, áreas de acción, objetivos generales y parciales, indicadores, etc.; y sobre todo tener un horizonte estratégico claro y la capacidad política para corregir las desviaciones que inevitablemente habrán de aparecer. De lo contrario, se podría llegar a un triste destino no deseado y quizás ya sin recuperación posible. Sobre todo esto hemos escrito y propuesto en extenso desde nuestro libro de 1995 y con otros muchos textos posteriores con las actualizaciones correspondientes.

Hoy la política es más importante que nunca, aunque haya quienes piensen lo contrario, no para trabar ni para detener el proceso de reforma, sino para conducirlo por la ruta que debe marchar, respondiendo siempre a los intereses de la nación y no a espurios intereses sectoriales y de grupo, mucho menos a las presiones imperialistas. En eso hay un desafío fundamental. En un reciente artículo utilicé una expresión: que sean las ideas y no los hechos incontrolados las fuerzas conductoras de este proceso.

Uno de los rasgos del nuevo socialismo, tal como se retrata en la nueva Constitución, es la descentralización, en particular, la entrega de poderes a los niveles locales. Aunque seguimos sin una ley que se los haya otorgado al cabo de siete años de esa definición constitucional, ahora se enfatiza la descentralización y el papel estratégico de los municipios. ¿Están preparados los gobiernos locales para esa autonomía? ¿Para ser capaces de administrar sus recursos, gestionar inversiones internas y externas, diseñar políticas fiscales y de empleo, controlar servicios básicos y adaptar las políticas sociales a sus necesidades…? ¿Qué debería ocurrir para que los gobiernos locales asumieran plenamente ese papel? ¿Qué peligros se corren al descentralizar?

JTC: Si están preparados los gobiernos locales para la autonomía que se les concede, creo que no lo están. Es así de escueta mi respuesta.

En cuanto a qué debería ocurrir para que lleguen a estarlo, algo que está ocurriendo es que le están concediendo ya esos espacios, determinados derechos y obligaciones. Lo otro que debe ocurrir es que ellos tendrán que formar personal adecuado para eso.

Si uno revisa hoy a los gobiernos locales, no solo son pobrecitos porque estén en un territorio pobrecito, sino porque el personal que tienen para trabajar probablemente no sea el más adecuado, aunque, por cierto, sí pueda ser el más entregado.

Peligros que se corren al descentralizar, hay muchos, desde una interpretación errónea de las políticas nacionales hasta aquellos que están asociados a hechos de corrupción, sin lugar a dudas.

No me atrevo a enumerarlos todos porque a cada rato sale uno nuevo. Pero disponer de esa capacidad para interpretar las políticas nacionales y adecuarlas a sus necesidades, y para generar políticas propias, tiene como un componente la toma de riesgo y la posibilidad, sin dudas, de equivocarse.

Yo prefiero correr ese peligro en vez de quedarme sin hacer nada.

OEP: Una de las deficiencias que afectan a los niveles locales, y también a los centrales, es la falta de preparación de los cuadros. A veces se pone a ocupar un cargo a una persona que no está preparada o que no es el profesional que se necesita. Y para lo que se avecina, los gobiernos locales deberían tener una mayor preparación, y que se les dieran las prerrogativas de las que carecen, y se anuncian, pero en la práctica no se les otorgan. De la mano de la autonomía local deben ir la preparación y los estímulos necesarios para que los dirigentes sean capaces de administrar recursos a ese nivel.

Si se paga un salario bajo, no estimulante, no va a haber personas dispuestas a dirigir en los municipios. Antes de asumir cargos, digamos, en la educación municipal, estarán más interesadas en hacerlo en un negocio privado, donde pueden ganar diez veces más. Todos esos desajustes deben corregirse. Pero yo sí creo en los poderes locales, en lo cual hay que trabajar intensamente para lo que se avecina.

Sí hay peligros al descentralizar, efectivamente, pero hay que asumirlos. Porque antes las medidas centrales se daban en un contexto donde el Estado podía administrar recursos. Hoy no los tiene, ni los va a tener en los próximos años, porque hoy estamos solos. Solos significa que no tendremos el crédito necesario para distribuir, ni los amigos que necesitamos, porque los hemos perdido por la mala gestión en administrarlos. 

Si un amigo te entrega, digamos, una serie de vehículos, de ómnibus para tu transporte público, y tú no se los pagas, él no te dará las piezas de repuesto de esos ómnibus. Así hemos tratado a los amigos que nos han ayudado vendiéndonos, con períodos cortos de pago, pero con tasas de interés muy bajas, y nos han permitido pagarles con productos, digamos, níquel, como China, a quien dejamos de enviarle níquel porque no lo producimos.

Todo eso hay que corregirlo, porque ese va a ser el próximo camino, porque no queda ningún otro. Hay que sobreponerse a todas las adversidades, pero eso lleva un costo. No tanto un mayor costo social, porque ya la reforma social se ha hecho –y te voy a comentar más adelante sobre eso.

JCV: Yo considero que la descentralización de estos procesos a los municipios debe hacerse con muchísimo cuidado. Es positivo y necesario y podría hacer la gestión más democrática y eficaz, pero no de cualquier manera. La descentralización municipal no debe significar que el gobierno central se desentienda de responsabilidades que le son propias e indelegables. 

Un país no es la simple suma de sus municipios, ni siquiera en los países de fuerte carácter federal. Los municipios son muy diferentes entre sí y su articulación, su complementariedad como partes de un todo, es una responsabilidad indeclinable del gobierno central. 

La política económica y la conducción de la estrategia nacional de desarrollo son una tarea de responsabilidad central. O sea, la acertada descentralización municipal no debe significar la anulación del papel imprescindible del gobierno central, pues somos una sola nación.

Por otra parte, para que la descentralización opere adecuadamente, deben contar los municipios con los recursos indispensables. En primer lugar, con los cuadros y funcionarios capaces. Ha de ser la meritocracia (capacidad, formación, ética, probidad, empatía y compromiso) lo que determine los nombramientos y la elección a ese nivel, como habría de ser en todos los niveles. 

En general, el actual nivel de los cuadros y funcionarios a nivel municipal está por debajo del que se requiere para esta compleja función y, por supuesto, que ese trabajo debe tener la remuneración que merece. 

En un contexto de descapitalización, falta de fuentes de financiamiento, alta deuda externa, infraestructura deteriorada, crisis energética y alimentaria, ¿de dónde podría salir la inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo? ¿Disponen los emigrados cubanos del capital y la voluntad para convertirse en esa fuente principal? ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? ¿Sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización? 

JTC: La inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo puede salir de diferentes orígenes. 

Una es la inversión extranjera, que puede sentirse estimulada por las decisiones adoptadas para facilitar y ampliar sus espacios en el país. 

Otra fuente pueden ser las facilidades que ofrecen los BRICS. Para lo cual se requiere acabar de entender cómo negociar y participar en ese marco. 

Una tercera fuente puede ser el capital nacional. Un capital no solo privado, sino de empresas estatales que sean exitosas y quieran invertir para crecer, para diversificarse, y que habría que dejarlas. 

Están también los créditos que pueden aportar los organismos multinacionales, y los países individuales, a los cuales hoy cuesta mucho más trabajo acceder. Pero no los desestimo totalmente.

Por último, el capital de cubanos residentes en el exterior. Ahí viene la pregunta: ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? Hasta ahora, la historia de esa relación ha sido muy compleja —y tú la conoces mucho mejor que yo. Conlleva que una parte de esa diáspora tenga mucha desconfianza en invertir en Cuba. 

De otra parte, el marco legal en Cuba todavía no se entiende bien. Hay que perfeccionarlo mucho, mejorarlo para que pueda dar las seguridades que requiere el inversionista en general, y en particular, este inversionista cubano que viene de la experiencia de haber vivido en Cuba. Esa incertidumbre hay que borrarla, creando un grupo de reglas muy claras que además incentiven y garanticen esa participación.

La mayor parte de la diáspora cubana vive dentro de un riesgo constante y bajo la amenaza de las propias restricciones que el gobierno norteamericano le impone a Cuba. Tienen que estar midiendo si están violando alguna ley norteamericana y puede ser objeto, por lo tanto, de una represalia. Eso está presente, sin lugar a dudas, y puede complicar la inversión masiva de capitales de cubanos residentes en el extranjero.

En cuanto a si sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización: resulta difícil, pero no imposible. Tendría que extenderme mucho para explicarlo, pero hoy por hoy ya se da inversión de capitales de cubanos residentes en el exterior en la economía nacional. Así que, tomando los hechos como parte de esa respuesta y criterio de la verdad, diría que sí es posible, a pesar de que no haya una normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

OEP: Tenemos que ubicarnos en que el entorno económico natural de Cuba son los Estados Unidos, dada la distancia y el hecho mismo de haber recibido una parte mayoritaria de la emigración cubana. Pero el gobierno de ese país ha sido muy agresivo contra Cuba, y sobre todo en los últimos meses las sanciones han sido muy fuertes. 

Sin embargo, Cuba tiene que encaminarse hacia lo que se podría hacer para esa normalización. Yo sí he podido conocer que los emigrados cubanos tienen capital y pueden convertirse en una fuente importante. Pero para eso hay que hacer cambios legislativos, hay que sentarse a analizar en la mesa de negociaciones el problema de las nacionalizaciones y otros temas pendientes, que hay que lograr resolver.

Si en algún momento fuera posible cambiar inversión por activo tipo swap, habría que hacerlo. Si tenemos un hotel con apenas 10 % de ocupación de sus capacidades, se podría disponer que un emigrado administrara ese hotel y parte de las utilidades se le entreguen, como parte del capital que Cuba dispuso. Hay muchas fórmulas.

Si no se arreglan las relaciones y no se alcanza la normalización, es muy difícil que Cuba acceda al capital que se necesita. Porque el capital hoy es transnacional; y aunque muchas compañías estarían dispuestas a invertir en Cuba, si luego van a ser sancionadas por Estados Unidos, no van a hacerlo, lo que ya está sucediendo en estos momentos. 

Pero no podemos desistir, hay que buscar cualquier alternativa positiva, sin ceder soberanía, pero sin ser muy estricto, porque no hay forma de resolver esos problemas que has planteado. Y la cuestión del financiamiento externo es prioritaria. 

El Estado tiene que hacer un proceso de estabilización de dos años vista, para resolver dos problemas prioritarios de corto plazo: la energía y la alimentación. Ya no va a garantizar la cartilla de racionamiento como en el pasado; no tiene con qué hacerlo. Eso llevará a que las personas entiendan que la Cuba socialista anterior a 2026 no será posible, y que para mantenerla en nuevas condiciones se requiere reestructurar el modelo.

Para mí, hay que construir un modelo social de mercado. Uno de los errores de estos últimos años es no haber adelantado las reformas que muchos sugirieron hacer, sobre todo Rusia y China, donde tuvieran un mayor peso todas las formas de producción, especialmente privadas. Y Cuba se demoró mucho en hacerlas. Hoy lo estamos haciendo en las condiciones en que no tenemos otras opciones. Y cuando se negocia en estas condiciones actuales es muy difícil, porque hay que aceptar muchas cosas que no se hubieran aceptado en otro momento histórico. Para salvar al país, por encima de todo.

JCV: Como señalé antes, la disposición de recursos es un problema fundamental, un fuerte nudo que afecta a la economía nacional; por eso el tema de buscar acceso a nuevos recursos es parte de las urgencias. Y destrabar la deuda es fundamental. He venido planteando lo de cambiar deuda por activos y por inversión, esto es muy posible y probablemente la opción más viable. Hay muchos recursos y capacidades que hoy están subutilizados y muchos deteriorándose. Claro que siempre debe hacerse de manera tan rigurosa como ágil, hay que cuidar que las presiones del momento no lleven a decisiones inconvenientes que afecten la soberanía y el control de recursos estratégicos de la nación.

La migración cubana es parte de la nación. Un sector de ella tiene capitales y capacidad empresarial, aunque no es toda ni la mayoría, integrada por trabajadores asalariados. Pero todos podrían participar de alguna manera. Los primeros, con inversiones, tecnologías, comercio, mercados, etc. Esto ha de ser parte de una voluntad compartida y aquí habrían de darse todas las garantías de manera transparente y sin titubeos, establecer con leyes y regulaciones lo que se puede hacer y lo que no; o sea, espacios y garantías amplias, claramente establecidas, en función de un proyecto de nación que debería ser compartido por todos, incluida, ojalá, los que han tenido una conducta hostil. Es todo un tema político y muy actual. 

La respuesta corta es clara: sí deberían jugar un papel importante, sin renunciar a sus intereses individuales. Riesgos siempre habrá, pero hay que asumirlos con inteligencia y resolución. Lo más importante es el interés del pueblo y su bienestar, ¿es difícil hacer todo eso compatible? Sí. ¿Es imposible? No. Quizás este sea el desafío político más importante hoy.

Un escenario de negociación con Estados Unidos es lo más deseable, pues podría cambiar notablemente el cuadro, la superación de la crisis económica, etc. Creo que el gobierno ha trabajado y trabaja intensamente en ello, hoy con la experiencia de los años, de la historia, de los errores del pasado, etc. Pero la pregunta siempre ha de ser: negociar qué y para qué. 

Es ahí donde la claridad de la respuesta ha de ser meridiana. Una posición amplia que incluye muchas decisiones sensibles, pero puntos muy claros acerca de que no es negociable bajo ninguna circunstancia. Se ha dicho que la soberanía y el orden interno, y yo estoy de acuerdo. Los temas internos de Cuba son un problema de los cubanos, de todos los cubanos, pero sin añadiduras.

El gobierno norteamericano debe estar consciente y seguro de que Cuba está dispuesta a avanzar y a poner mucho sobre la mesa, excepto lo irrenunciable. Esa conciencia podría dar lugar a una relación de respeto y mutua conveniencia. Ahora bien, ¿estará dispuesto el gobierno de Estados Unidos y esta administración en particular a establecer un marco adecuado de negociación? 

Cuba debe trabajar para eso, pero también estar preparada para la peor de las situaciones, incluida una indeseada agresión militar. La soberanía, bien entendida, es irrenunciable, lo que no requiere fundamento académico. Es la voluntad histórica de un pueblo demostrada durante casi dos siglos. Ahora no habrá de ser diferente. Negociación sí, toda la posible, realista y amplia; pero imposición y concesiones de soberanía, bajo ninguna condición.

Desde 2011, se han venido adoptando sucesivos programas de reforma, alcanzando acuerdos en congresos del PCC, aprobando una nueva Constitución y nuevas leyes. Sin embargo, el proceso de reformas se ha estancado y hasta cierto punto parece haber extraviado su curso. ¿Qué razones hay para pensar que a partir de hoy será diferente?

JTC: Te diría que hay muchas razones y ninguna. 

La primera razón para pensar diferente es el contexto internacional en el que Cuba se está desarrollando hoy, que ha cambiado tremendamente y genera mucho estrés a la hora de manejar el país. Esta situación puede empujar a ese proceso de reformas y que no pase lo que ha pasado otras veces.

Segundo, tenemos ahí la permanente amenaza de Estados Unidos y sus intenciones de cambiar el país, en función de lo que ellos entiendan que debe cambiar. Obviamente, ese es un elemento que empuja para hacer este proceso de reformas y no virar hacia atrás. 

Lo tercero es la situación económica y social, esa policrisis en la que estamos todos metidos y sufrimos constantemente. Si no hay una reforma, está muy claro que va a ser muy difícil poder salir de esta policrisis. 

También hay que entender que este gobierno ha tenido un proceso de aprendizaje. Hoy está en una situación con muy pocas alternativas, como no sean las de seguir un camino de reformas, que ya fue trazado en líneas generales y nunca se siguió, sino que se detuvo y se echó para atrás. Ahora hay que seguirlas, y esa es otra razón, sin lugar a dudas. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que cuenta bastante.

OEP: El modelo que se avecina es diferente. Aunque es cierto que hemos aprobado decenas de programas, hemos alcanzado miles de acuerdos y hemos pasado balance de los congresos del Partido, la Constitución, las leyes, etc.,  sin embargo, el país no ha avanzado. Y entre las trabas por las que el país no ha avanzado, está el haberle tenido miedo al sector privado, que es un problema ideológico.

Hoy deberá ser diferente, porque reitero que Cuba está sola en el mundo. Nunca se había estado en un momento de policrisis como este. Significa que tenemos crisis financiera, de alimentación, largos apagones, problemas con los medicamentos y problemas con el transporte, todo junto. 

En una familia cubana hoy se duerme mal, se come mal, se transportan caminando a los centros de trabajo, se gana poco y hay una alta inflación. No ha habido otro momento en la historia reciente de Cuba —hablando de los 90 para acá— que presente esta situación tan convulsa y tan complicada.

Si queremos salvar, no el modelo, sino al país, tenemos que hacer las cosas diferente. Si seguimos haciendo lo mismo, vamos a seguir repartiendo miseria. Si hay políticas nuevas que conlleven cambios constitucionales, hay que hacerlos. Si hay que eliminar en la Constitución aquello que dice que no se permitirá la concentración de los ingresos ni la propiedad, hay que cambiarlo. Mientras que sea legítimo, mientras que sea legal, mientras que el sector privado dé determinados bienes y servicios, ¿por qué cogerle miedo? La fuerza del Estado radica en lograr ponerle impuestos a esas actividades y después redistribuirlos a nivel de la sociedad.

Para mí, la única cosa diferente es que hay que hacer un país con mercado.

JCV: Hemos llegado a una situación límite: la agresión externa por un lado (que no es solo el bloqueo) y las insuficiencias internas por otro, entre ellas el tremendo retraso de una reforma económica integral y profunda. Ese ha sido uno de esos principales errores; lo hemos dicho y argumentado  al menos desde hace más de tres décadas, cuando era ya evidente el agotamiento del modelo económico de planificación burocrática.

Si uno lee los documentos aprobados en los congresos del partido desde 2011, y después la Constitución de 2019, aprecia que esa realidad se comprende desde entonces; y que se aprobaron documentos que daban el espacio político y legal necesario para la reforma. Sin embargo, inercias, incomprensiones, dogmatismos e intereses creados fueron una permanente fuerza en contra. 

Lo nuevo ahora es haberlo asumido; y la voluntad política para avanzar por encima de esa resistencia. Va a ser difícil, pero el camino ya empezó. Hay que tener cuidado con aquella máxima existente en Cuba desde época de la colonia: “Se acata, pero no se cumple”. Pero es preciso acabar con esos obstáculos sedimentados, tan fuertes como difusos, por eso son tan difíciles de eliminar. Nunca faltarán, pero con consenso, participación popular imprescindible, rendición de cuentas y una conducción certera se puede lograr. 

Es difícil declararse pesimista u optimista frente a un proceso tan complejo. Debemos ser realistas y, como decía Gramsci, continuar, quizás, con el pesimismo de la mente, pero siempre con el optimismo del corazón.

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