lunes, 26 de octubre de 2026

Salvar a oscuras

 Reynaldo Zaldívar Osorio

El día ha dejado atrás sus horas más agitadas y la noche entra despacio en el Centro Regional de Cirugía Neonatal del Hospital Pediátrico Octavio de la Concepción y de la Pedraja, en Holguín. Bajo la luz tenue de la sala, los recién nacidos permanecen serenos dentro de las incubadoras. Son demasiado pequeños para entender qué circunstancias los alejaron de sus madres y los trajeron a este sitio rodeado de máquinas que controlan su respiración y suministran parte de lo que necesitan para vivir.

Diana y Liliannis intercambian conversaciones breves. Vigilan el descanso de los bebés y el funcionamiento de los equipos mientras completan las notas que servirán para valorar la evolución de los pacientes. Todo parece anunciar una pausa. Entonces, como un martillo sobre la piel de una campana, se va la electricidad.

Un resucitador manual tipo Ambú, indispensable durante
los apagones para mantener con vida a los recién nacidos
Ambas se levantan al unísono. Sus movimientos coordinados las acercan a las criaturas en medio de una oscuridad casi absoluta. Una enciende la lámpara recargable que permanece siempre en el mismo sitio. La otra abre la gaveta bajo la incubadora del pequeño Leonardo, conectado a un ventilador mecánico que acaba de detenerse, y agarra un resucitador manual tipo Ambú, silencioso e imprescindible. Comienza así una sucesión de movimientos acompasados sobre la bolsa de goma, con los que mantienen la entrada de aire en los pulmones vírgenes del niño.

Nadie puede predecir cuánto durará el apagón. Algunos calculan 30 segundos; otros, cinco minutos. Sea cual sea su duración, Diana y Liliannis permanecerán de pie frente a la incubadora, sosteniendo con sus manos el hilo de una vida que apenas comienza.

Las muchachas

Diana Rodríguez tiene 28 años y lleva ocho trabajando en el centro. Llegó como estudiante de Enfermería, durante las rotaciones del segundo año de la carrera, y entonces decidió que aquel sería su lugar. Después completó la licenciatura. Todavía recuerda la primera vez que se fue la corriente mientras atendía a un paciente crítico conectado a un ventilador mecánico.

«Yo era recién graduada», cuenta. «Estaba trabajando con otra enfermera, que había salido del cubículo un momento. En eso se fue la corriente. Recuerdo que teníamos unas sillas en el medio y no sé cómo fue que salté por encima de una».

Lo cuenta con asombro, como si todavía pudiera verse atravesando aquel pequeño obstáculo en medio de la urgencia. Le temblaban las manos y el sudor frío le recorría la frente.

«No hay una clase en la universidad que te prepare para estos casos. Es la experiencia la que te enseña. Ese momento jamás lo olvidaré. Se me ha quedado grabado para siempre».

Liliannis Carballo se graduó en 2018 y dos años después obtuvo el título de especialista en Neonatología. Tiene 32 años, habla con rapidez y cree que su trabajo exige un compromiso inequívoco con el amor.

Diana y Liliannis comparten turnos de guardia
en el Centro Regional de Cirugía Neonatal de Holguín.
«Hubo una ocasión en que se fue la corriente durante más de una hora y tuvimos que trasladar a uno de los pacientes hacia otra parte del hospital, donde había electricidad. Cuando se llega a este punto, todo lo que se supone que no se puede hacer —los ruidos, los movimientos, los golpes de luz— queda en un segundo plano. Salvarle la vida pasa a ocupar el centro de todo, sin mediar procedimientos alternativos», explica.

La fragilidad de los primeros días

En neonatología, el cuidado comienza por detalles que en otros lugares podrían pasar inadvertidos: una luz demasiado intensa, un ruido repentino, un movimiento brusco. Para un recién nacido, y en especial para uno prematuro, esas alteraciones pueden representar un esfuerzo adicional.

Su organismo todavía está aprendiendo a regular funciones que, con el tiempo, realizará por sí mismo. La temperatura corporal es una de ellas. Los bebés pequeños, sobre todo los prematuros, pierden calor con facilidad porque tienen una superficie corporal grande en relación con su peso, una piel más fina y reservas de grasa todavía escasas.

Por eso existe la incubadora. Mantiene un ambiente térmico controlado y permite vigilar las condiciones en que permanece el pequeño. Es una parte esencial de su atención, pero necesita electricidad para funcionar.

Cuando la corriente desaparece, el ritmo de la sala cambia. El tiempo parece condensarse en la conciencia de quienes atienden a los niños. El sudor les cubre la frente y cada segundo adquiere el peso del miedo y la responsavilidad.

Volver a empezar

Hay procedimientos que exigen paciencia, destreza y muchas horas de atención. Uno de ellos es conseguir un acceso venoso para administrar líquidos y medicamentos a un bebé cuyo estado requiere vigilancia constante. En un cuerpo tan pequeño, encontrar una vena adecuada puede resultar difícil. Las venas son diminutas y frágiles; el estado del paciente puede complicar todavía más la tarea.

A veces, el personal pasa horas de pie junto a una incubadora intentando colocar un catéter a un recién nacido con una deshidratación grave. Hay que trabajar con cuidado, encontrar el acceso, comprobar que funcione y asegurar que permita administrar los líquidos necesarios. Cada intento demanda concentración. El margen para equivocarse es mínimo.

Si después de tanto esfuerzo llega un apagón prolongado y el acceso venoso se obstruye o deja de funcionar, es necesario sustituirlo para mantener la administración de los líquidos. El trabajo vuelve al punto de partida. Hay que encontrar otra vena, preparar el material y repetir el procedimiento en un bebé que ya ha soportado horas de tensión y dolor y continúa en estado crítico.

En esta sala, el tiempo no se cuenta al ritmo de un hogar o de un centro de trabajo cualquiera. Cada segundo sin fluido eléctrico añade una montaña de preocupacioes a los profesionales de la salud y un riesgo amenazante para esa vida que todavía depende de casi todo para sostenerse.

Ciento setenta y cinco pasos

Para comprender la causa de que un apagón dure segundos o minutos hay que salir de la sala y seguir el recorrido de la electricidad hasta los equipos que garantizan el suministro alternativo del hospital.

La instalación recibe energía por dos vías, asociadas a equipos diferentes. Una dispone de un sistema automático que comienza a generar electricidad unos treinta segundos después del corte; la otra depende de la intervención manual del operario de guardia. Si la interrupción ocurre en el sector bajo su responsabilidad, la respuesta puede ser rápida: en alrededor de un minuto, el sistema alternativo puede devolver la energía a la instalación, siempre que el procedimiento transcurra sin contratiempos.

El problema adquiere otra dimensión cuando falla el sistema que debería funcionar automáticamente. La antigüedad de los equipos y su estado técnico provocan interrupciones en su funcionamiento. Si el operario no está cerca y nadie le avisa, puede tardar en enterarse de que algo ha fallado. Después debe llegar hasta el lugar, comprobar qué sucede e intervenir.

Néstor Vélez Sinta
Néstor Vélez Sinta conoce bien ese recorrido. Trabaja en el hospital desde 2014 y, aunque su formación es la de técnico medio en montaje eléctrico industrial, desde 2023 ocupa la plaza de operador de los grupos electrógenos. Su experiencia en el sector eléctrico se remonta a cuatro décadas.

Entre una estación y la otra median 175 pasos. A veces, Néstor los recorre corriendo. Cuando cae el Sistema Electroenergético Nacional o colapsan por alguna razón las dos entradas de electricidad al hospital, puede tener que desplazarse de una estación a otra más de una vez para restablecer el suministro.

En momentos como esos, los 175 pasos se convierten en un tic tac que le aturde y persigue. Mientras tanto, en neonatología, las manos de Diana y Liliannis siguen comprimiendo la bolsa de goma para llevar aire a los pulmones de un niño que insiste en mantenerse con vida.

Néstor conoce la responsabilidad que entraña cada 
interrupción. También conoce los límites de los equipos con los que trabaja. La obsolescencia, los mecanismos que ya no responden como deberían y la necesidad de realizar operaciones manuales convierten una tarea técnica en una carrera contra el tiempo.

Para no depender exclusivamente de que alguien le alerte  de una interrupción en el servicio eléctrico, fabricó una alarma artesanal con piezas de un radio BEF. El invento le permite advertir con mayor rapidez cuándo se va la corriente y actuar en consecuencia. Una solución sencilla, nacida de la necesidad, que no sustituye las reparaciones pendientes, pero le ofrece una señal oportuna en medio de la incertidumbre.

No es una máquina nueva ni un sistema sofisticado. Son piezas recuperadas, conocimiento acumulado y la voluntad de encontrar una respuesta allí donde la escasez de recursos se interpone con la eficacia de su trabajo y la vida de los niños.

Desde lejos, la oscuridad

Desde enero de 2026, la presión de Estados Unidos sobre el suministro de combustibles a Cuba se ha intensificado. El 29 de enero, la Casa Blanca anunció medidas para imponer aranceles a las importaciones procedentes de países que vendieran o suministraran petróleo a la Isla, de forma directa o indirecta. La amenaza de sanciones añade obstáculos a las gestiones de un país que necesita comprar en el exterior buena parte del combustible que consume.

A las restricciones sobre el abastecimiento energético se suman las dificultades para adquirir piezas de repuesto, materiales y equipos necesarios en sectores esenciales. En instalaciones médicas, algunos sistemas destinados a garantizar el suministro eléctrico alternativo han tenido que ser adaptados o modificados ante la imposibilidad de conseguir determinados componentes en el mercado internacional.

También escasean recursos indispensables para la atención de los recién nacidos. Materiales gastables y productos para la alimentación parenteral, necesarios en determinados tratamientos neonatales, no se producen en Cuba y deben adquirirse fuera del país.

Washington presenta estas medidas como instrumentos para provocar un cambio político en Cuba y poner fin a lo que considera una dictadura. Sin embargo, sus consecuencias no se quedan en las estructuras del Estado. Alcanzan a las familias que pasan horas sin electricidad, a los pacientes que necesitan medicamentos y a los profesionales que deben atender una urgencia con recursos insuficientes.

En un hospital pediátrico, estas dificultades dejan de ser cifras o declaraciones. Se traducen en una incubadora que necesita energía, un ventilador que debe seguir funcionando y un recién nacido que no puede esperar a que se resuelva una operación comercial. Ante la falta de piezas de repuesto  se puede prolongar la vida útil de equipos deteriorados mediante adaptaciones, pero también aumenta la complejidad de mantenerlos operativos o que estos respondan con eficiencia.

Gente de fe

El propósito de este reportaje no es profundizar en cada una de las limitaciones de la institución ni concentrar toda la mirada en el bloqueo estadounidense. Es mostrar qué sucede cuando esas dificultades se encuentran con la entrega de quienes trabajan para sostener la vida. Diana, Liliannis y Néstor son tres nombres entre los de tantos especialistas, técnicos y trabajadores que cada día encuentran maneras de crecerse ante las dificultades.

La escasez de recursos no ha limitado los conocimientos de estos profesionales ni su disposición a buscar soluciones. Al contrario, los obliga a explorar alternativas, recuperar piezas, adaptar procedimientos y poner toda su fe al servicio de una atención que no admite pausas. Esa capacidad, sin embargo, no debe confundirse con la idea de que pueden resolverlo todo sin los medios necesarios. Su entrega humana sería más útil a Cuba si algunos de los que dicen amarla dejaran de ponerle trabas al desarrollo del país.

La noche avanza sobre Holguín. En algún momento, la electricidad volverá a faltar. Néstor tendrá que escuchar la señal de su alarma artesanal, dirigirse al equipo y realizar las operaciones necesarias o recorrer los 175 pasos que lo separan de la otra estación. En la sala, Diana, Liliannis y los demás profesionales repetirán los movimientos que la experiencia ha convertido en una respuesta mecánica e inmediata.

Al amanecer, Néstor saldrá del hospital y se mezclará con la gente que espera el transporte público. Diana y Liliannis no lo conocen y pasarán a su lado, siendo parte de esa multitud anónima que resucita cada día en esta Isla de los milagros, abundante en héroes cotidianos que sin proponérselo están cambiando el destino del mundo.

https://www.juventudrebelde.cu/cuba/2026-10-24/salvar-a-oscuras

Anatomía de la victoria digital de Lula

 Miquel Pellicer


Luiz Inácio Lula da Silva
 ha conquistado la presidencia de Brasil tras librar una batalla electoral sin precedentes en dos frentes simultáneos: en la arena política, contra el embate de la dinastía Bolsonaro; y en el terreno invisible de las plataformas digitales, contra las lógicas, sesgos y restricciones de los propios algoritmos, en particular los de Meta. No es una dicotomía. Son ámbitos complementarios y con profundas ramificaciones. Lo que históricamente se resolvía en los estrados obreros, en la mística de los mítines masivos y en la liturgia de los debates televisados se convirtió esta vez en una carrera de obstáculos cibernética de proporciones gigantescas. El equipo progresista compitió con el terreno inclinado por limitaciones en los motores de búsqueda de Instagram, trabas sistemáticas a su pauta publicitaria y fallos algorítmicos que amenazaban con invisibilizar su mensaje. Su ajustado triunfo electoral no fue solo el desenlace de un programa de gobierno convincente, sino la demostración de cómo una movilización popular híbrida, armada con ironía, inteligencia artificial y canales ciudadanos descentralizados, logró desbordar el cerco técnico de las grandes corporaciones de Silicon Valley para devolver la política a la calle. De la misma forma que vivimos tiempos de guerras híbridas, las campañas electorales se tornaron HÍ-BRI-DAS. Una campaña electoral híbrida es aquella que borra la frontera entre el mundo analógico y el digital, coordinando ambos espacios como un único campo de batalla sincronizado. Al igual que en la doctrina militar de las guerras híbridas (donde no se combate solo con tanques convencionales, sino combinando tropas de tierra con ciberguerra, desinformación, presiones económicas y propaganda psicológica), una campaña política híbrida no separa el mitin en la plaza de la guerra algorítmica en las pantallas. 

El choque frontal con el gigante de Silicon Valley

El conflicto entre el lulismo y la multinacional de Mark Zuckerberg no nació de manera fortuita al calor de la contienda electoral, sino que constituyó el punto culminante de un largo y áspero pulso institucional. Tal como documentan en su artículo los analistas Antoni Gutiérrez-Rubí y Felipe Carrerá Martínez en las páginas de Agenda Pública, las tensiones se remontan a los violentos sucesos de enero de 2023, cuando una turba asaltó la plaza de los Tres Poderes espoleada por una marea de desinformación que circuló libremente por las redes sociales. Aquel trauma impulsó al Gobierno recién investido y a los magistrados del Supremo Tribunal Federal a diseñar mecanismos para exigir responsabilidades legales a las empresas tecnológicas por la viralización de contenidos fraudulentos.

La relación entre ambas partes terminó de resquebrajarse a principios de 2025, cuando Meta decidió cancelar de manera unilateral sus protocolos de verificación de veracidad en Brasil, abriendo una crisis que provocó que la Abogacía General de la Unión interpusiera demandas judiciales por la proliferación de estafas que suplantaban la imagen del Estado.

Con este telón de fondo, el aterrizaje en la arena electoral derivó en una abierta acusación de interferencia política. La campaña de Lula denunció formalmente que sus perfiles estaban siendo sometidos a un silenciamiento encubierto. Ya no se trató de denunciar a Rusia o Estados Unidos, sino a Silicon Valley. Lula denunció, a las puertas de la segunda vuelta, a Meta por «interferir en las elecciones». El método no es tan grosero como el de Elon Musk y su apoyo a la ultraderecha global. Sea Estados Unidos, Alemania o Brasil. Meta siempre está ahí. Como si fuera un espectador secundario. Como si fuera el Alfred Hitchcock que pasea circunstancialmente por sus películas de forma anecdótica, pero la realidad es diferente. El historial de Meta en las elecciones es palmario. Ya no solo con Cambridge Analytica en las elecciones estadounidenses de 2016, sino en repetidas ocasiones, como vimos en estas páginas: «Cambridge Analytica, la empresa que enseñó a manipular democracias». En Brasil, volviendo al presente, por ejemplo, cuando los usuarios escribían el nombre del presidente en el buscador de Instagram, el sistema arrojaba cuentas fantasma o perfiles irrelevantes, mientras que las búsquedas dirigidas a su rival conservador, Flávio Bolsonaro, dirigían con absoluta precisión a la cuenta oficial del candidato opositor. 

A esto se sumaron trabas injustificadas en la aprobación de pauta publicitaria oficial. Las filtraciones internas publicadas en medios de comunicación, en las que ingenieros y empleados de Meta admitían la gravedad de los fallos técnicos ocurridos con la cuenta de Lula mientras buscaban errores paralelos en el campo contrario para amortiguar el escándalo mediático, confirmaron que la disputa por el poder ya no se jugaba solo en la persuasión de los electores, sino en las líneas de código opacas de los algoritmos. La decisión de Lula de elevar la queja ante los organismos internacionales reflejó la gravedad de un escenario donde la frontera entre el fallo informático y la decisión tecnopolítica se había vuelto indistinguible. Las cosas de Mark.

El nacimiento del Lulaverso

La izquierda brasileña tardó años en entender una verdad incómoda: no se puede ganar una pelea callejera en internet con maneras de profesor universitario. Durante demasiado tiempo, el Partido de los Trabajadores reaccionó a la guerra sucia digital como si estuviera redactando una tesis doctoral. Cuando la maquinaria de la ultraderecha soltaba a primera hora de la mañana un bulo incendiario sobre el cierre de iglesias o la destrucción de la familia, la cúpula del partido convocaba reuniones interminables, consultaba a sus abogados y publicaba, ya de noche, un comunicado infumable de tres páginas en un lenguaje que no entendía nadie fuera de la sede. Para entonces, la mentira ya había entrado en los teléfonos de quince millones de familias y moldeado el pánico de medio país.

La campaña de Lula se dio de bruces contra la realidad de las pantallas. En el fango de TikTok y WhatsApp, los desmentidos solemnes y los sellos de las agencias de verificación no conmueven a casi nadie; son munición de fogueo frente a un misil emocional. Si querían frenar la sangría, había que dejar de dar lecciones morales desde un púlpito y empezar a jugar con las mismas reglas que rigen internet: velocidad salvaje, humor descarado y cero burocracia.

De esa necesidad desesperada nació el «Lulaverso», que en la práctica consistió en dinamitar el control que los partidos políticos siempre quieren tener sobre su propaganda. El equipo de campaña hizo algo insólito en una organización tradicional: abrió las puertas de la despensa. Subió a la red carpetas enteras con fotos, audios sin editar, cortes de vídeo y tipografías para que cualquiera pudiera hacer con ellos lo que le diera la gana, sin pedir permiso ni pasar por el filtro de ningún censor de partido.

Esa renuncia al monopolio del mensaje lo cambió todo. De pronto, la imagen de Lula no dependía de un diseñador encerrado en un búnker de São Paulo, sino de un chaval de dieciocho años en una favela montando una coreografía en TikTok, de una ilustradora independiente dibujando sátiras o de un vecino grabando un mensaje en jerga local para el grupo del fútbol sala. El relato dejó de oler a mitin cerrado y empezó a circular como lo que realmente era: contenido fresco que te pasa un amigo y que te saca una sonrisa. Al soltar las riendas, la campaña no solo multiplicó su alcance por mil, sino que consiguió colarse en los teléfonos de esa inmensa mayoría de votantes que apaga la tele cada vez que habla un político.

Barro, vitalidad pop y el contraataque de Janones

El desafío de la campaña de Lula consistía en resolver una ecuación casi imposible: cómo revitalizar la figura de un líder veterano, cargado de historia y desgaste institucional, para enfrentarlo a la maquinaria sombría del bolsonarismo sin caer en la trampa de la nostalgia rancia. La respuesta conectó directamente con la ola de aire fresco que referentes como Alexandria Ocasio-Cortez o Zohran Mamdani habían consolidado en Estados Unidos. La política moderna ya no se milita desde una tarima encorbatada, sino cocinando en directo, subiendo vídeos caseros al metro o bromeando con la propia imagen para demoler la distancia con la calle. Para Lula, adoptar esos códigos desenfadados no fue solo un lavado de cara estético, sino el antídoto perfecto frente a la oscuridad de su rival: donde el bolsonarismo sembraba pánicos morales, amenazas apocalípticas y rencor, la campaña progresista opuso la alegría como trinchera, transformando al expresidente en un icono pop vibrante, luminoso y cercano para una juventud que no había vivido sus primeros mandatos.

Sin embargo, el optimismo y los bailes virales necesitaban un escudo en el fango, y fue ahí donde entró en juego la fuerza de choque de André Janones y su bautizado «janonismo cultural». Tal como analizó Folha de S.Pauloal perfilar al diputado que creó el Exército do Lula, Janones entendió que en una guerra mediática asimétrica era un suicidio táctico limitarse a poner la otra mejilla o esperar a que la alegría lo resolviera todo. Su papel consistió en disputar el barro con las mismas armas del adversario: arrebatarles la iniciativa matutina, saturar la agenda y no darles tregua. Con directos frenéticos grabados con el móvil tembloroso, audios de urgencia y un manejo magistral del suspense político, Janones sembró el desconcierto en las filas de Bolsonaro, obligando a sus portavoces a pasarse el día dando explicaciones y desmintiendo polémicas en lugar de marcar el paso del debate público.

Esa combinación entre la calidez pop de Lula y la agresividad táctica de Janones encontró su motor definitivo en la mensajería instantánea. El «Ejército de Lula» en WhatsApp llegó a coordinar a cerca de diez millones de usuarios en tres semanas, una cifra descomunal que, más allá de no equivaler punto por punto a votantes individuales, funcionó como una auténtica infantería digital.

A través de estos grupos se impartían órdenes rápidas para compartir estados, viralizar cortes de vídeo y reaccionar en masa a publicaciones estratégicas, logrando un genuino «hackeo cívico»: mientras las plataformas de Meta ponían trabas y ocultaban las búsquedas del candidato, millones de terminales ciudadanas se encargaron de inundar las redes de abajo hacia arriba, combinando el descaro de la guerrilla con el entusiasmo festivo para romper el cerco algorítmico.

Memes y inteligencia artificial

Un Lula arrebatando el balón a Neymar Jr. de forma contundente en un vídeo en redes sociales. Meme e IA en estado puro. Metáfora de una victoria contra los futbolistas de la «seleção» que apoyaban mayoritariamente al ultra Bolsonaro. Como describe el análisis de Carolina de Lima en El País, los memes dejaron de ser un accesorio decorativo para convertirse en el dialecto hegemónico de la contienda. Los simpatizantes de Lula despojaron a la política de su tono grave y abrazaron el absurdo, la parodia y la emoción inmediata.

La irrupción masiva de la inteligencia artificial generativa abarató drásticamente la producción de materiales audiovisuales de alta calidad, permitiendo la creación de escenas cómicas y coreografías ficticias donde los candidatos bailaban temas de moda o interactuaban en mundos de videojuegos infantiles. La imagen solemne del viejo líder sindical convivió con representaciones pop en TikTok que lo transformaron en un icono entrañable y cercano para las generaciones que votaban por primera vez.

En este terreno, las canciones de campaña y los montajes musicales recobraron una vitalidad extraordinaria gracias a la viralidad de los audios en bucle. La música, sintetizada o grabada por artistas populares, actuó como un aglutinador identitario que facilitó que los mensajes económicos y sociales penetraran en espacios ajenos a la política tradicional. Las cuentas dedicadas expresamente a fabricar contenidos bajo la premisa de perforar la burbuja ideológica lograron que el mensaje progresista circulara en comunidades virtuales dedicadas a la gastronomía, el humor o los deportes, esquivando los filtros que suelen aislar la información electoral en guetos partidistas. Del mismo modo, las intervenciones en los debates de televisión fueron diseñadas y ejecutadas pensando en su fragmentación posterior, de forma que un gesto irónico o una réplica cortante tenían más valor por su potencial de convertirse en un clip viral autónomo que por el desarrollo argumental de la propuesta en directo.

Nadie posee la fórmula matemática infalible para garantizar que un contenido se vuelva viral. Una pieza producida con recursos millonarios puede pasar desapercibida, mientras que un vídeo casero grabado con un teléfono de baja resolución puede incendiar las pantallas de todo el país en cuestión de minutos. La campaña de Lula triunfó no porque lograra programar milimétricamente el comportamiento de los votantes, sino porque comprendió que en el ecosistema digital contemporáneo no gana quien más dinero gasta ni quien más controla la narrativa, sino quien tiene la flexibilidad suficiente para escuchar el pulso de la calle digital y proporcionar a sus seguidores los instrumentos necesarios para que ellos mismos se conviertan en los portavoces de la causa.

El anclaje en la economía material y el rescate de la identidad nacional

A pesar del despliegue masivo de ingenio visual y humor absurdo, la comunicación digital lulista jamás perdió de vista el ancla de la realidad material. Todo el andamiaje de vídeos breves, canciones e ironías convergía en un único destino emocional: la vida cotidiana de las clases populares. Frente a los discursos mesiánicos y las cruzadas morales de sus adversarios, el mensaje del PT machacó incansablemente con la experiencia concreta del coste de la vida. La inflación, el precio desorbitado de la bombona de gas, la dificultad de comprar alimentos básicos y la memoria tangible de un pasado reciente en el que las familias trabajadoras podían acceder a la universidad y consumir dignamente se convirtieron en el combustible principal de cada publicación.

Esta apelación al bolsillo vino acompañada de una audaz operación de reapropiación simbólica. Durante años, la ultraderecha se había apropiado de la camiseta de la selección de fútbol y de los colores verde y amarillo de la bandera nacional, asociando la idea de patria a su proyecto político autoritario. La campaña digital de Lula rescató esos símbolos del secuestro partidista, vistiendo los perfiles en internet y los estados de WhatsApp de millones de simpatizantes con los colores de Brasil. La narrativa digital desmontó la falsa dicotomía entre patriotismo y justicia social.

La épica victoria de Luiz Inácio Lula da Silva quedará registrada en los manuales de ciencia política como la demostración palmaria de que la hegemonía digital de las fuerzas reaccionarias no es un destino inevitable. En un entorno plagado de hostilidad corporativa, con algoritmos opacos que amenazaban con amortiguar su voz y ante una oposición fiera y avezada en la intoxicación masiva, la izquierda brasileña no se resignó a refugiarse en la queja nostálgica. Aprendió a disputar el barro. Mensaje para Perro Sanxe y la izquierda global.

https://www.jotdown.es/2026/10/anatomia-de-la-victoria-digital-de-lula/


domingo, 25 de octubre de 2026

Ganó Lula!!


 En la segunda vuelta de las presidenciales de Brasil, con el 99.77 por ciento de los votos escrutados, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva acumuló 51.76 por ciento, con 64 millones 076 mil 924 votos frente a 48.24. por ciento, con 59 millones 727 mil 910 sufragios por el senador ultraderechista, Flávio Bolsonaro, publicó el Folha de Sao Paulo.

Minutos antes de concluir la empresa de sondeos Datafolha, anunció que ⁠ganaría las elecciones presidenciales ‌del ‌país, derrotando al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro ‌en la segunda ⁠vuelta y asegurándose ⁠así un cuarto mandato no consecutivo en un viraje inédito en Brasil.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/25/mundo/lula-aventaja-a-flavio-bolsonaro-en-segunda-vuelta-de-brasil-con-5130-frente-a-4870-con-el-319-de-votos-escrutados

viernes, 23 de octubre de 2026

Don Rubio

 Rosa Miriam Elizalde

Las historias de la mafia tienen algo de las tragedias de Shakespeare: crímenes, traiciones, lealtades compradas y venganzas bíblicas. En ellas, el capo rara vez necesita levantar la voz, porque le basta con recordar al otro cuánto puede perder. “Le haré una oferta que no podrá rechazar”, promete Vito Corleone en El padrino, dejando claro que el poder consiste precisamente en no tener que pronunciar la amenaza. 

Ese método recuerda la ofensiva que encabeza el secretario de Estado Marco Rubio para quebrar el respaldo internacional a la resolución contra el bloqueo de Cuba, que Naciones Unidas examinará los días 27 y 28 de octubre. Washin gton lleva más de tres décadas perdiendo esa votación y ahora intenta reducir la mayoría, conseguir abstenciones y fomentar ausencias. Si no puede impedir el juicio público a una política que está matando diariamente a 70 personas con cáncer y ha multiplicado la mortalidad infantil en Cuba, procura intimidar al jurado internacional que se dará cita la semana próxima en el salón de la Asamblea General de la ONU.

Toda organización mafiosa tiene su arquitectura: un jefe que decide, lugartenientes que ejecutan y operadores que recorren el territorio haciendo saber quién manda.

La diplomacia estadunidense ha desplegado una maquinaria semejante, y lo acabamos de ver en Naciones Unidas, donde el embajador Mike Waltz asumió el papel de palanganero. El 19 de octubre organizó un acto para desacreditar a Cuba y pedir a los diplomáticos que votaran contra la resolución.

Reunió a conocidos asalariados del gobierno estadunidense, financiados con partidas presupuestarias destinadas al “cambio de régimen”, entre ellos figuras que reclaman abiertamente una intervención militar en la isla.

Una potencia que no consigue convencer al mundo de las virtudes de su política pretende que el mundo cambie de opinión escuchando a quienes llevan años justificándola. Mientras tanto, las embajadas de Rubio procuran votos entre gobiernos cuya relación con Estados Unidos está atravesada por dependencias comerciales, financieras y migratorias. La dimensión exacta de esas gestiones todavía exige documentación, pero la campaña para alterar el resultado es pública.

En paralelo, Miami aporta su propia comedia negra. Mientras el embajador de Rubio retozaba en Nueva York con terroristas, la Fiscalía de Florida anunciaba una nueva orden de arresto contra Raúl Castro. No hay el más mínimo indicio de que el líder histórico cubano vaya a comparecer ante un tribunal de Miami, pero, a dos semanas de las elecciones legislativas estadunidenses, la coincidencia resulta demasiado oportuna para ignorar su dimensión electoral y propagandística.

Una orden de arresto contra Raúl Castro ofrece titulares, fotografías y aplausos en Miami, y quizás también sirva para que el capo obtenga algún voto dubitativo en la ONU. Pero se olvida que, en enero, 32 combatientes cubanos murieron enfrentando la operación militar estadunidense que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en Venezuela. Treinta y dos muertos para defender a un presidente amigo. ¿Qué cálculo habrán hecho en Washington sobre la respuesta que encontraría una operación semejante en territorio cubano? Es mucho más sencillo anunciar una orden de captura ante las cámaras de Miami que intentar ejecutarla en La Habana, lo que prueba otra regularidad: la valentía de los capos suele ser inversamente proporcional a los riesgos que están dispuestos a correr.

La Convención de Palermo de 2000 reserva el concepto jurídico de delincuencia organizada a grupos estructurados que cometen delitos graves para obtener beneficios materiales. La Cosa Nostra diplomática se ha apropiado de un repertorio de procedimientos reconocibles en estas sociedades del crimen, que se expresa en jerarquías, favores condicionados, intimidación y castigos ejemplarizantes contra los países miembros de la ONU. El capo di tutti i capi de la política contra Cuba sabe que una oferta resulta más convincente cuando el destinatario conoce las consecuencias de rechazarla.

Pero Macbeth terminó rodeado de hombres que lo obedecían, aunque no creían en él, porque Shakespeare comprendió que el miedo puede comprar obediencia, pero nunca legitimidad. Don Rubio debería recordarlo cuando la Asamblea General vuelva a votar. A veces, hasta el silencio tiene precio. La dignidad, no.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/22/opinion/don-rubio

miércoles, 21 de octubre de 2026

Notas insólitas asociadas al concepto de Democracia*

 Por Aurelio Alonso Tejeda

El 19 de julio de 2026, en la celebración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista, Daniel Ortega anunció la cancelación de las elecciones presidenciales en el país. Por paradójico que parezca este gesto, que la crítica sensata objetaría de autoritario, constituye, a mi juicio, la opción más democrática ante la imposibilidad coyuntural de elegir jefe de Estado con transparencia sin la presión, y hasta la inescrupulosa injerencia del poder del imperio. Es decir, que, si creemos hallar siempre en las urnas la solución más democrática, también podríamos equivocarnos y estar haciendo lo contrario. 

Para garantizar la democracia tenemos que actuar en contra de esquemas dogmatizados, como el que identifica democracia con elecciones, puesto que el imperio moderno ha probado de sobra su poder y su habilidad para determinar resultados electorales según su conveniencia, tanto a su interior como en su periferia.

Confieso que esta audaz decisión de Ortega me ha servido de motivación para aventurar algunas reflexiones a las cuales trataré de dar expresión puntual ahora, y seguramente más adelante, si el tiempo y las fuerzas me lo permiten.

1. En el esfuerzo desesperado de los Estados Unidos por recobrar los espacios de dominación que los pueblos latinoamericanos, ansiosos de soberanía, habían comenzado a recuperar al comienzo de este siglo por medios electorales, incuestionables dentro del orden vigente, empezaron a cambiar las reglas del juego, en especial las domésticas, bajo la bendición exterior. Apuntaban sus armas contra el contorno socioeconómico que se iba formando, en el cual el Brasil de Lula, la Argentina de Néstor Kirchner y, sobre todo, la Venezuela de Hugo Chávez aportaban señales promisorias para un futuro adverso a la sujeción imperial. De soberanía efectiva se trataba, para decirlo de otro modo. El rechazo latinoamericano al proyecto del ALCA en 2005, en Mar del Plata, fue un revés inesperado para Washington. El centro de dominación (sin rival dentro de su periferia) desarrolló — o perfeccionó, tal vez sería más exacto decir— una pulida ingeniería institucional, novedosa en apariencia, para la utilización de la democracia contra la democracia (recetas vs. identidad), basada en elementos visibles ya en el sistema político estadounidense desde los albores del siglo XIX. Con ello buscaba demarcar mejor su monopolio ideológico conceptual ante los reclamos de dominación del centro de poder, y de espaldas a los reales intereses populares. Así reaparece sistematizado el concepto de lawfare en el mapa de la dominación interamericana del siglo que corre.

2. Necesitaríamos en español un término más preciso, o distinto, que el de «legalidad», si nos empeñamos en prescindir del anglicismo, el cual se ha mostrado adaptable a situaciones muy disímiles, desde lo sucedido en el Paraguay de Fernando Lugo (descalificado inesperadamente en 2012 para gobernar, por el Parlamento), hasta la Honduras de Xiomara Castro (advertida groseramente en 2025 por Trump de que ellos no aceptarían allí otra sucesión presidencial que la que la Casa Blanca había escogido). Es obvio que hoy califican de lawfare variadas maniobras hegemónicas que consiguieron (o intentaron) revertir muchos procesos populares nacidos de elecciones con las reglas establecidas: en Ecuador / Rafael Correa, Brasil / Dilma Rousseff, Bolivia / Evo Morales, Perú / Pedro Castillo, Argentina / Cristina Fernández, Venezuela / Nicolás Maduro. Por último, Colombia / Gustavo Petro, un reciente empujón hacia el vacío por la vía electoral, en favor de una sucesión servil fabricada y declarada, con la derecha política y la oligarquía local. Como colofón de esta etapa, el revés de Lula en la primera vuelta en Brasil anuncia la posibilidad de un octubre nefasto. Todo a la sombra del lawfare. Prefiero mantener el anglicismo que una traducción que me traicione. La CIA adoptó el término de «task force» para dar una nominación simulada a su actividad conspirativa, y a alguien se le ocurrió traducir como «grupo de tarea», palabras que poco tienen que ver con el sentido disimulado tras las originales en inglés. Operaciones de «lavado de palabras» me inclino a llamarlo. No resultaría serio pretender que aceptemos esto en términos de democracia.

3. Más allá de la suma de los ejemplos puntuales y su efecto regional, nos movemos aquí dentro de una estrategia a escala mundial. Prueba contundente la hemos vivido en el penoso caso de Venezuela, donde a pesar de la cohesión que se le llegó a atribuir a la Revolución Bolivariana, dos décadas ininterrumpidas de acciones de estrangulamiento mediante bloqueos dirigidos, sabotajes a la economía, piratería abierta de las finanzas del Estado en el extranjero y respaldo al protagonismo político de una oligarquía consentida generaron el desgaste planificado de la situación y crecientes dificultades para la población. Y, como se demostró, también contribuyeron al reblandecimiento ideológico del equipo político doméstico. Quienes debían defender a ultranza la soberanía y la justicia social alcanzada con Chávez, no fueron capaces de hacerlo. Acabaron traicionándolo después de su muerte. Pero, ante todo,

me interesa llamar la atención sobre el sondeo meticuloso, por parte del enemigo, del debilitamiento de la capacidad de resistencia en las esferas del poder local.

Tras un prolongado bloqueo naval bajo el fingido pretexto de dar un golpe letal al tráfico de narcóticos desde las costas venezolanas hacia los Estados Unidos, las defensas del país mostraban no estar preparadas para su misión. La operación devino una impune cacería naval en la cual los potentes cruceros y destructores del US NAVY pulverizaron una veintena de pequeñas embarcaciones sin dar cuenta siquiera de lo que hacían sus tripulantes. Se ha hablado de casi doscientas muertes. La infame invasión relámpago del 3 de enero de 2026 debía consumar el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, con tanta precisión y con tanta impunidad que la complicidad del alto mando en Caracas quedaba al desnudo. Ahorro por ahora otras valoraciones que merecerían igualmente atención, pues aquí lo que me interesa destacar, en primer lugar, es que el principal interés de los Estados Unidos era volver a apoderarse del petróleo venezolano, y que el mito del «narcoestado» era una mera coartada, legitimada en el lawfare. Entre las primeras medidas de la antigua vicepresidenta, que remplazó a Maduro después del secuestro, volvía a llevarse al 80 % la participación de las transnacionales norteamericanas en la renta petrolera (que Chávez redujo al 20 %).

La otra ganancia relevante para el imperio es la política: dominar a Venezuela era clave para someter de nuevo a la región, y un golpe al proyecto alternativo que proponen los BRICS.

Por supuesto que las sucesivas victorias electorales obtenidas bajo el chavismo — elogiadas en todas partes por su organización y su transparencia— nunca fueron aceptadas por Estados Unidos. «Lo único que importa es quien manda», dijo Humpty Dumpty a la niña en Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll). Y quienes mandan piensan que elecciones democráticas son solo aquellas cuyos resultados les satisfagan.

4. Cuando vamos al detalle, nos percatamos de que la arquitectura de pensamiento distorsionado ha permitido al centro de poder, con un respaldo mediático que no conoce rival, el uso más efectivo de las formas tradicionales de presión: promesas irreales, fraudes, sobornos, intimidación, amenazas directas, golpes locales, intervención militar, bloqueos navales y, por supuesto, las arbitrarias sanciones económicas. En fin, un arsenal de respuestas de poder que rebasa la imaginación y las fronteras del vocabulario al uso. Uno de sus secretos consiste en resignificar los conceptos al administrarlos a las realidades sociales y políticas. Su dominio de las tecnologías comunicacionales permite dimensionar el impacto, y le sirve para consagrar sus versiones en la «opinión pública». De modo que el curso esperanzador que el mapa político-económico del siglo había abierto para los pueblos latinoamericanos fue alterado del todo, en un santiamén, por artificios hegemónicos siempre a favor de las derechas, y en eso nunca hay error. Es decir, en función expresa de conveniencias e intereses del imperio y las serviles oligarquías locales.

5. Coincido con quienes afirman que lo que la ideología hegemónica, o sea la norteamericana, trata de legitimar en nuestros días bajo el concepto de lawfare sintoniza, en sus efectos, con una versión actualizada, de pulcritud aparente, de la ideología del fascismo. Término este que, no obstante, por arcaico ya, y primitivo, resultaría insuficiente ahora para abarcar la complejidad del sistema de dominación actual sobre las periferias.

Una cuestión de método usada para convertir a nuestra América en arquetipo de algo que, no sin razón, nos hemos habituado a llamar «neofascismo», al reconocer el vínculo ostensible con el papel que juegan la mentira y el poder de deformación en la manipulación de las masas. Eso, además del despliegue mediático en función de la propaganda política. Una aberración con pretensiones de legitimación como cultura política global, algo que Goebbels anticipó con éxito en la formación del totalitarismo nazi (Hanna Arendt, Los orígenes totalitarismo).

6. Recuerdo ahora cuando se puso de moda el posmodernismo, y Franz Hinkelammert descaracterizó el concepto mismo a partir del hecho de que algo que requiere del prefijo «post» para ser designado, es una prueba de que carece de elementos que lo diferencien con esencia propia. La historia le dio la razón. Por eso creo que sería igualmente insuficiente e inexacto hablar de «neofascismo» o incluso de «neonazismo» para definir el lawfare, como si se tratara de una simple actualización. O como si hubiera reparos éticos para ver analogías entre lawfare, un concepto aparentemente inocuo, y el nazismo. No hay que olvidar que nazi es simplemente la contracción de nacional-socialismo, o socialismo nacionalista. Me parece mero confort etimológico. Por eso

no siento escrúpulos semánticos en reconocer el concepto de lawfare en una escala de poder que hoy se corresponde específicamente con el que desplegó el modelo nazi.

Aunque debo aclarar, desde ahora, que el uso sistemático de la mentira, el vaciado y la deformación conceptual están presentes en la institucionalidad política estadounidense al menos desde el mandato de su séptimo presidente, Andrew Jackson, durante el cual se oficializó, bajo el ambiguo concepto de «mudanzas», el inicio de la brutal política de exterminio masivo sin precedente de las tribus indígenas, forzadas a abandonar sus tierras ancestrales y emigrar al otro lado del río Mississippi, generando niveles de crueldad que culminarían en la matanza de Wounded Knee en 1890. Aquellas «mudanzas» inauguraron más de seis décadas de exterminio legitimado por el régimen (término que no lo usan para sí), y no han dejado de mostrarse cuando las reducidas comunidades remanentes defienden sus derechos. Democracia ejemplar, se creían desde entonces (desde entonces se mintió). O sea que,

en rigor, en el tiempo, la voracidad territorial y las experiencias genocidas de Washington hubieran podido ser precursoras del fascismo, lo que hace poco científico, históricamente, reducir el lawfare a una renovación. Pero este sería otro debate, necesario también.

7. Es evidente que la ruptura conceptual que hoy nos ocupa se corresponde con un cambio en la correlación mundial de fuerzas. No solo en lo que concierne a nuestro continente, sino también al nivel socioeconómico global, partiendo de China y su alianza con una Rusia que recupera espacios en el tablero mundial. Este cambio se traduce en muchas cosas, entre otras, en que Washington perciba como prioridad estratégica sellar el dominio sobre su periferia americana. El amarre de su traspatio comenzaba a aflojarse en la primera década del siglo ante una ola de movimientos que alcanzaron logros incuestionables, los cuales encendieron las alarmas entre los polos de mando efectivos en el centro de poder imperial. Era de esperar, con Trump o con cualquier otro inquilino de la Casa Blanca en esta coyuntura, fuera republicano o demócrata. No hay inmunidad al imperio en ninguno de los dos partidos. Vuelvo a recordar ahora las líneas estratégicas de la política exterior de los Estados Unidos que el anterior secretario de Estado, Anthony Blinken, definió con frialdad y precisión el 24 de marzo de 2021: el mayor enemigo es y será en el futuro, China, que concentra todas las posibilidades de centrar una nueva política mundial (con Rusia como aliada) y, de ese supuesto, parte en nuestros días la definición de toda la política internacional de los Estados Unidos. Estas tesis valdrían igualmente para lo que hasta ahora ha hecho Trump, expuesto por Blinken con más sobriedad que los desatinos retóricos de Marco Rubio. Lo que queda más allá es folklore, sin pasar por alto la sintonía del dúo Trump-Rubio. El perfil de las payasadas de Trump marca el paso, y el César de Mar-a-Lago disfruta, ostensiblemente convencido de la importancia, que incluso los burdos cambios de nombres arbitrariamente impuestos por él perduren. Claro que la osadía de divulgar un mapa de los Estados Unidos al que aspira, que incluiría a México, el Caribe, Canadá y Groenlandia, recuerda a la genial parodia cinematográfica de Chaplin, en la cual Hitler juega con el globo terráqueo hasta hacerlo estallar. Solo que en aquel caso era una aguda ficción crítica, en tanto ahora se trata de una peligrosa amenaza real.

8. Pero el siglo XXI también nos ha descubierto, de pronto (más justo sería decir «ha creado»), la alternativa. No todo está perdido bajo el encumbramiento estadounidense. Es decir,

la solución de lograr para la humanidad el orden multinacional verdadero, asentado en la soberanía efectiva y la equidad entre los países que se adhieren a su modo de convivir y cooperar en Paz, también se hace visible como posibilidad real. El Planteo internacionalista que el final de la Guerra Fría, terminada en condiciones de dominación imperial, no podía propiciar, se abre paso ahora como posibilidad real.

Desde la década de los noventa del siglo XX no parecía quedar espacio para dudar de que el mundo estaba condenado a los dictados de Washington, de una o de otra manera (todavía es difícil percatarse de que no es así). La quimera de la democracia occidental — léase «liberal», «burguesa», «capitalista», «de clase», «distorsionada», «pervertida» o «falseada», si se quiere un adjetivo menos complaciente y más exacto— se esparció en los países del Este, hasta impregnar gravemente al sistema socialista soviético, evidentemente desprotegido para resistir la ofensiva en el terreno de las ideas. La nueva alternativa no nos pone ante el reto de un retorno a la confrontación de sistemas antagónicos, dado que ha sido abierta como alternativa al orden institucional vigente. A riesgo de banalizar, describiría el mundo en que nos vemos apresados con la cabeza en Estados Unidos, seguido de sus aliados, más o menos desarrollados (cómplices algunos con hechos de gravedad, otros por simple empatía capitalista, otros desde una diplomacia en venta y aun otros solo con su silencio), periferias tradicionales y de ocasión, con oportunismos locales. El universo de los países menos propensos a resignarse a ser periferia crece ante la perspectiva de un espacio de integración multinacional con normas de respeto pleno de la soberanía nacional para todos, dentro y fuera del sistema-mundo.

9. Todo indica que salir del laberinto actual será un proceso prolongado y sumamente difícil. Pero al cabo, el régimen estadounidense (permítaseme utilizar este término, «régimen», que ellos solo usan para otros) tendría, más tarde o más temprano, que resignarse a desistir del monopolio de poder (que, por el contrario, se afana hoy en consolidar aún más), para hacerse compatible con el orden multinacional basado en las soberanías efectivas de todos sus miembros. Inevitable, si se llega a lograr entre tanto dron y ojiva nuclear, y en cualquier caso a costos muy elevados para la humanidad. Los sufrimos ya en Oriente Medio y, con variaciones obvias, en nuestra América.

Los imperios nunca han mostrado buen juicio para aceptar su decadencia. La esperanza no es, sin embargo, del todo ingenua.

Se basa ahora, de modo inédito, en primer lugar, en la existencia de un mapa político que refleja con inmediatez las dinámicas de esta complejidad. La intelligentsia del sistema está en condiciones de sugerir, incluso con correcciones, las salidas plausibles. Pero, sobre todo, pienso en la rapidez con que el núcleo de poder del imperio llegue a ser capaz de interiorizar que de este cambio depende la posibilidad de encontrar, para los Estados Unidos, un espacio compartido de liderazgo en el escenario mundial que se avecina. Ello, si logra rectificar el rumbo a tiempo, en el concierto de los países centrales, en el escenario de un orden multinacional genuinamente democrático. Sin pretender ejercicios de hegemonía dentro del sistema-mundo, y no terminar teniendo que resignarse a una pérdida mayor de protagonismo. A menos que el régimen acabe optando por el apocalipsis. Y confieso que, a riesgo de que se me critique de candidez política, aprecio que, tanto en el siglo XX como en el XXI, en la clase política estadounidense se han podido ver señales de búsqueda de rectificación en momentos cruciales, aunque siempre resultaron inconsistentes. Hasta hoy el único internacionalismo aceptable para el lawfare es el de los estados periféricos buscando la «inserción» viable en la esfera del imperio. Insisto, como se puede ver, en la importancia de mantener bien diferenciado el uso de los conceptos de «multinacional» e «internacional».

10. El orden multinacional, si alcanza a globalizarse, debe traer consigo el final de las hegemonías imperiales. Y, por supuesto, una democracia y un socialismo que aún permanecen en el reino de la utopía. Si no, no vale la pena. No podemos concebir la consolidación de los BRICS, o cualquier otra expresión institucional de la alternativa multinacional, como un nuevo polo de confrontación de hegemonías, similar a la «Guerra Fría»: comunismo vs.capitalismo. Se trata ahora precisamente de lograr un mundo para todos, de paz verdadera. Uno en el cual pueda caber más de un sistema y quizás más de una utopía.

11. Por supuesto que el retorcido núcleo del proyecto ideológico del imperio yanqui no es algo que esperara por ser descifrado. Estamos cansados (el mundo debiera estar cansado) de padecerlo y denunciarlo como deformación de conceptos por inversión radical de valores de la ideología liberal, con la consiguiente afectación de su sentido esencial.

Millones de páginas han sido escritas, incontables debates intentados, sólidos argumentos desplegados, valientes acciones emprendidas y mucha sangre generosa derramada… y ha sido en la práctica un diálogo de sordos (o con un sordo, el peor, el que no quiere oír). Porque, aun tratándose de algo que tenemos bien identificado y desde hace ya un siglo se cuente en la tradición marxista con un instrumental teórico formidable para conocer la naturaleza y el alcance del hegemón en las ideologías (Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel), y aunque no vacilemos en denunciarlo a diario, no hemos sido capaces de concebir y proponer la alternativa conceptual. El cuerpo de ideas que nos permita cimentar la confianza teórica para demostrar, por ejemplo, que Ortega tiene razón, si de lo que se trata de asegurar es un futuro democrático para su pueblo. Hasta ahora no han proliferado las voces para apoyarlo, como tengo la convicción que merece. Sabemos que suspender elecciones es una decisión válida básicamente en el plano coyuntural. No rechaza el significado democrático del proceso electoral en sí, pero una decisión que subestime la coyuntura puede conducir a una catástrofe para los nicaragüenses. Me gustaría haber visto una reacción que respondiera a nuestras realidades espacio-temporales. Quiero decir, de países pobres, pequeños, dependientes, subdesarrollados: o sea, que podría referirme a periferias, tercer mundo, orden multinacional, incluso el irrenunciable socialismo, allí donde no se le reduzca a mera retórica.

12. La validación del sentido democrático de nuestras decisiones debiera perseguir, como elemento permanente, propiamente condicionante, el objetivo de proveer blindaje a los cambios socioeconómicos estructurales que aportan equidad distributiva, justicia social, soberanía e igualdad de derechos. Si no somos capaces de blindar nuestros logros, no los haremos irreversibles. Es una necesidad práctica que reclama a la vez expresión teórica.

Creo que esa insuficiencia ha sido una debilidad evidente en la causalidad profunda de la cadena de reveses que sufrieron y sufren casi todos los proyectos progresistas latinoamericanos de la primera década del siglo XXI. También me atrevo a afirmarlo para fracasos anteriores y/o los más distantes de nuestro continente. Sin excluir, por supuesto, el estruendoso derrumbe del socialismo soviético, en una inesperada turbulencia de confusiones que desorientó el apoyo popular, que se creyó, en apariencia, inquebrantable. No presumo de descubrir la necesidad de blindar, pues en las luchas sociales ha sido clave para perpetuar las conquistas de los explotados (jornada laboral reducida, salario mínimo, etc.); como para blindar la acumulación de capital, por parte de la burguesía. Debemos tener bien definido dónde el adversario no puede hacernos retroceder. «Salvar las conquistas de la Revolución», recuerdo que fue el llamado más reiterado de Fidel al blindaje, en sus discursos de 1990, ante la caída del sistema soviético. Se puede blindar desde el poder, para bien o para mal, y en ningún caso lo creo una opción trivial. No caben aquí, a mi juicio, decisiones maniqueas, pues la superficialidad puede dar lugar a resultados muy negativos, incluso desastrosos. En resumen,

es necesario saber qué se debe blindar, cómo y cuándo; e igualmente, eso que los sociólogos sajones llaman el «timing» y, en la inseminación artificial, «momento óptimo». Lo cierto es que las izquierdas no hemos contado con una teoría socialista del blindaje, la cual se me antoja una necesidad de primer orden para hacer sustentable el sistema.

13. En la América Latina el imperio moderno ha perfeccionado una especie de expediente de exclusión para castigar a los países de su periferia, solo por inclinarse a posturas que disientan de la línea hegemónica. ¿Qué no decir de acciones claramente orientadas hacia modelos más eficaces de soberanía, justicia social, igualdad de derechos e independencia en las relaciones internacionales? Y por supuesto, socialismo. Esta política de presión, generalizada partiendo de aplicaciones casuísticas, es finalmente asumida como «sistema de sanciones» que tienen la peculiaridad de no estar justificadas por incumplimiento contractual, o por la aplicación de sentencia de algún organismo internacional debidamente facultado para ello. O sea, que

el centro de poder se arroga la facultad de castigar arbitrariamente, con impunidad, en su periferia, y más allá de la misma.

La aplicación de aranceles, medidas tradicionalmente reconocidas en las relaciones comerciales, a menudo sujetas a reglas de reciprocidad, ha sido politizada como instrumento para castigar a los países donde no puede aplicar la fuerza que ejerce sobre su periferia. Se trata ya de algo más complejo que el objetivo de obtener beneficios comerciales, ya que el abanico que abarca hoy el epígrafe de sanciones aplicadas por los Estados Unidos al amparo del lawfare es sumamente variado (ni imaginar sus límites podría), en tanto los aranceles solamente representan una modalidad. Quizás la más utilizada por el centro de poder, debido tanto a la versatilidad de la sanción como a la variable vulnerabilidad del sancionado.

14. Al «caso cubano» ha tocado un papel singular en esta historia de castigo, como es sabido. Desde la ley del embargo comercial a Cuba, promulgada por John F. Kennedy en abril de 1962, se desató una espiral creciente de sanciones que los norteamericanos siguieron llamando «embargo», impropiamente ya (aun lo hacen), en tanto los cubanos decidimos, desde temprano, llamarle «bloqueo», con una denotación al menos más transparente, indicativa de la espiral que se intentaba abrir más que de la medida (embargo) con la cual se había iniciado. Se hace verdaderamente ridículo atribuir — como intentan— a aquel embargo la atroz persecución y cerco a que ha sido sometida Cuba desde entonces, cuando en menos de dos años el presidente L. B. J. continuó la espiral de sanciones (leyes como la de «ajuste cubano», de 1966, exceden lo comercial), proceso que llega, sin respiro, a la alarmante complejidad de nuestros días.

Nos resulta penoso notar que incluso no pocos de nuestros amigos, al defendernos, se atienen al concepto de «embargo», sin percatarse de la reducción que nuestros enemigos han buscado perpetuar, obstaculizando la comprensión del alcance del problema mayor.

El elaborado sistema de sanciones que el poder imperial ha armado para hacer frente a su declive es otro tema al cual la izquierda latinoamericana debiera prestar atención prioritaria para subsistir resistiendo. A continuación utilizaré la inicial alta cuando me refiera de conjunto al Bloqueo padecido por la Isla, a diferencia de bloqueo naval, bloqueo energético y otros en el plano específico.

15. La polarización que hoy se constata en las diferencias socioeconómicas entre países ricos y pobres, desarrollados y en desarrollo, acreedores y deudores, dominantes y dominados (BRECHA, ABISMO, son términos polares comunes) a la que ha sido llevado el mundo contemporáneo, justifican la introducción del concepto de inserción como condición estructural de existencia, a la que se ve sujeto el país periférico, dentro del sistema-mundo. Para subsistir, un país pequeño debe estar insertado en el sistema de dominación, dentro del «nuevo orden internacional», como se llamó en Occidente con petulancia a este desorden que siguió al final de la Guerra Fría. En consecuencia,

desde la izquierda debiéramos haber introducido en el sistema de conceptos cambios que tuvieran una mayor correspondencia con las relaciones reales entre los países. El concepto de «crisis económica» (y de crisis en sentido general) debiera configurarse de otra manera, con elementos propios de la periferia, distintos de los que priman en los países centrales.

En otras palabras, que las «crisis» que afectan a los países desarrollados no se replican idénticas en los dependientes. Son peores y con efectos indelebles, pero con retos y oportunidades diferentes. Pienso que, en la periferia, nuestras crisis debemos abordarlas, en esencia, como «crisis de inserción». Es un concepto que uso desde el año 1990 («¿Existen aún modelos alternativos? Cuba: el desarrollo y el nuevo contexto internacional», Revista de Ciencias Sociales, Universidad de Puerto Rico, 1990) para tratar la caída de la economía, en el caso de Cuba, como efecto de la desconexión provocada por la desintegración del sistema soviético. No hablo de patrones de inserción bien diferenciados, sino de subrayar la necesidad de distinguir, de manera orgánica, la crisis de inserción, desde la perspectiva del «insertado» (país dependiente). Mirando aquí desde Cuba, que pasó sin pausa de la inserción colonial en el imperio español en agonía al de Estados Unidos, en franca expansión.

Al parecer tocó a Cuba inaugurar (dudoso privilegio) este esquema de dominación a través de las oligarquías locales y una dócil institucionalidad política nativa. Algo que ya sugerían sus pasos en el continente, a lo cual nos referimos en el plano teórico como «neocolonialismo», olvidando la insuficiencia del prefijo «neo», expuesta en nota anterior. No creo que el año 2026 deje duda de que la única inserción de la periferia americana que Washington admite es colonial.

México es el único país latinoamericano grande en que la inevitable cercanía geográfica y económica no ha podido deformar el sentido de la soberanía. Las dos décadas (1970–1990) de inserción del proyecto socialista cubano en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME, se llamó al sistema soviético), que aun con limitaciones, como las de la geografía y las monetarias, permitieron a Cuba un avance apreciable tanto en su crecimiento económico como en el desarrollo de los programas sociales y de sus deberes de solidaridad con pueblos hermanos. Por eso considero que

el análisis de lo ocurrido a partir de 1990 no puede explicarse sino como una crisis de inserción, la más severa de las provocadas por aquel derrumbe, porque la intolerancia estadounidense ante la soberanía de la Isla nunca cedió.

En resumen, que el Bloqueo continuado de las tres décadas anteriores al derrumbe se mantuvo sin escrúpulos durante treinta y cinco años más, intensificado sin tregua hasta extremos no sospechados. Ahora, sin que el país cuente con una conexión que pueda aportarle seguridad. Sin conexión a sistema alguno. Sin otra esperanza de inserción que el avance del orden multinacional como sistema, con instituciones que le correspondan.

16. No sería posible, llegado a este punto, completar mis reflexiones sin dedicar expresamente una nota a la situación que vive Cuba en la coyuntura latinoamericana actual y el «lugar asignado» en el clima de voracidad del imperio, tal como lo hemos descrito. Intentaré brevedad y concisión. Comenzaré, para ello, por el final, refiriéndome a las dos mentiras más recientes (y de mayor rango) con que los ideólogos del imperio satanizan, desde su fementida democracia, al sistema socialista cubano: «Estado fallido» y «peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos». Es difícil creer que «fallido» sirva para calificar a un Estado que ha sido capaz de sostener su soberanía tras casi siete décadas bajo la cerrada política de hostilidad impuesta por la primera potencia mundial. Cuando en la coyuntura de un repunte de extremismo agresivo la incluye en su lista espuria (el calificativo preciso) de «países que sostienen al terrorismo» (burda mentira sobre la nación que ha sido una víctima notoria del terrorismo, no por casualidad estadounidense), la somete también a un criminal bloqueo energético para consumar la asfixia, fracasada al final de tantos años. «Sin petróleo, sin comida y sin dinero, no pueden subsistir», ha afirmado el presidente Donald Trump con desprecio olímpico. Más de treinta años de votación casi unánime en la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el Bloqueo a Cuba son ignorados del todo por el régimen imperial, como si su mentira fuera la verdad (o porque, para ellos, la mentira es la verdad, y es ese el eje de su hegemonía). Por supuesto que Cuba no es, ni van a lograr que sea, Estado fallido, ni con la criminal situación actual, en que ve extremarse su condición de país agredido, en medio de la desesperada ofensiva estadounidense por rescatar el traspatio latinoamericano y caribeño. Síntesis de la farsa con que pretende hacer creer a su población y al mundo la predestinación de su monopolio colonial.

La otra mentira clave que el centro de poder agita hoy: «Cuba como amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos», la recuerdo dando vueltas desde hace más tiempo, desmentida fácilmente desde la evidencia misma del absurdo, sin impedirse que vuelva, como un disco rayado, al primer plano del tesauro de falacias «democráticas» de su biblioteca.

La técnica de esta coartada consiste probablemente en sustituir, en el lenguaje político, «impunidad imperial» por «seguridad nacional». Pero aun de ser así (como creo), ojalá pudiera hacer algo Cuba por frenar la impunidad de tamaños poderes. Tendrían que agradecer el favor en lugar de agredir. Aunque

deseo destacar que la activación de estas dos mentiras del catálogo anticubano, justificando el bloqueo energético, coincidió con la operación de «secuestro presidencial» del 3 de enero en Caracas (terrorismo puro). Esta obvia coincidencia de comienzo de año indica con claridad el propósito de doblegar, a la vez, a los mayores dueños de las reservas petroleras del globo y al rebelde sempiterno de la región.

Este es el cuadro para los cubanos, presentado con infinitas omisiones. Subestimar predicción de la cercanía de la agresión armada sería del todo infantil.

17. Me detengo aquí, consciente de lo incompleto, porque siento que estas reflexiones están urgidas ya de debate. Aun si todos los días aparecen motivaciones para continuar, como ha sido un anuncio de Trump de la intención de pagar cinco mil dólares por el voto republicano en las inminentes elecciones congresionales. ¿Democracia? Me eximo de comentarios, con excepción de que aquel régimen no tiene límites ni escrúpulos cuando de blindar su impunidad se trata.

La situación de extrema gravedad que el Bloqueo ha alcanzado a generar en la sociedad cubana deja poco espacio a pronósticos positivos, pero tampoco es ni será el cero absoluto para el pueblo cubano. Me atrevo por eso a añadir, para terminar, que ser pesimista equivaldría ahora a claudicar, y el que pretenden despreciar como régimen cubano no ha renunciado a su soberanía ni a sus conquistas sociales, y lo avala esa historia de casi setenta años de lucha, consciente de que para Cuba la libertad descansa en la resistencia, que el imperio nunca podrá borrar.

Ser optimistas, en la actual situación, tampoco permite triunfalismos. Sabemos que hay salida y que está sobre todo en la inteligencia y la firmeza con la que enfrentemos los obstáculos presentes y por venir. Revolución, una vez más, si lo que buscamos es Democracia.

La Habana, 12 de octubre de 2026

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