martes, 20 de octubre de 2026

Cuba y África, un empeño descolonizador

Tatiana Coll

Nunca, me atrevo a decir, ha habido un compromiso y convicción de asumir todo lo necesario para realizar un colosal proceso de descolonización no sólo con Angola y Sudáfrica, sino con el conjunto de las luchas de liberación nacional de ese vasto continente, como el de Cuba. Una cantidad de datos, reflexiones, hechos y relatos dan cuenta de ello en el reciente libro de nuestra querida compañera Lohania Aruca, una vital y tenaz historiadora-periodista cubana, que ha vivido con pasión los 67 años de revolución. 

La diplomacia cubana en África 1960- 1991; liberación nacional y antirracismo, publicado por RUTH Casa Editorial (www.ruthtienda.com), es el título que incluye entrevistas a seis destacadísimos embajadores tanto en África, como en la ONU, en la URSS, con el Movimiento de los No Alineados y frente a las contradicciones con EU; nos aporta el conocimiento de complejas estrategias, contraestrategias y las percepciones de Fidel Castro en estos intrincados espacios. “Sus voces, llenas de convicción y experiencia, responden a la pregunta esencial: ¿cuál fue el verdadero alcance de la solidaridad cubana?”. Las respuestas permiten entender un conjunto de procesos y contradicciones esenciales en el mundo de la segunda mitad del siglo XX, cuando se produjo tanto la irrupción de la revolución, como la desaparición del campo socialista, la globalización del neoliberalismo y la descolonización de África. 

En septiembre de 1960, en la ONU, Fidel Castro delineó claramente la política de liberación nacional como un derecho de los pueblos y la incondicional solidaridad de Cuba hacía esas luchas, fortalecida tras la derrota estadunidense de Playa Girón al año siguiente. Habló frente a MacMillan, Jruschov, Nasser, Nehru, Sukarno, NKrumah, Lumumba, Sékou Touré, Amílcar Cabral, entre los grandes de África. Desde entonces, Cuba desplegó una intensa actividad en Argelia, Etiopía, Guinea y Cabo Verde, el Suroeste Africano, Angola, Namibia, Mozambique y el Congo. 

La diplomacia cubana fue, a diferencia de todas, una de corte revolucionario creada por el inigualable Canciller de la Dignidad, Raúl Roa, que además de luchador desde la revolución del 30, fue un intenso intelectual exiliado en México; sus alumnos, entrevistados por Lohania Aruca, despliegan con maestría y soltura muy cubanas sus habilidades revolucionarias. Hechos no contados hasta ahora aparecen en estas imprescindibles páginas. Avanzar en la lectura nos deja claro que el histórico motivo de Cuba no fue sólo la presencia desde 1511 de los esclavos negros que nutrieron la savia esencial de la isla hasta nuestros días, sino de una adelantada visión descolonizadora para ese violentado continente, impulsada decididamente por Fidel, Roa, Raúl, Che, Piñeiro, Almeida, Osmany y el pueblo cubano. 

Las primeras armas que cruzaron el Atlántico fueron para Argelia en 1959, muchas otras lo hicieron para casi todo el continente, incluso “era más fácil enviar las armas para el movimiento revolucionario de América Latina desde Argelia que directamente desde Cuba” nos dice Oscar Oramas. Sus recuerdos hacen el recorrido por diversos países y dirigentes, cuando Sékou Touré le brinda su habitación personal y le dice “Fidel, en África sólo se le da la cama y el cuarto a un hermano”, o cuando a la salida de Conakri vieron un letrero enorme que decía: “Fidel Castro Ruz, camino infinito de la Historia”. Añade: “Cuando Angola declara su independencia el 11 de noviembre de 1974 ya hay cubanos allí, ya se realizó la defensa de Quifangondo!”. Siguió la batalla diplomática para lograr el ingreso de Angola independiente en la Organización para la Unidad Africana (OUA) y con ello entrar a la ONU; de entrada se contaba con el rechazo de Zaire y Sudáfrica, se llegó a un primer empate, para finalmente ganar su reconocimiento. 

Su conclusión es apabullante: “Allí comprendí qué cosa es el colonialismo. Porque nosotros y nuestras generaciones actuales vivimos bajo el neocolonialismo. Pero vivir el colonialismo es otra cosa, mucho más humillante, más lacerante. Allí tuve y tengo la convicción de que África es futuro (…) por el talento ancestral que existe en esa tierra.” 

El embajador Juan Sánchez Monroe, graduado en historia por la Lomonosov, empezó por aprender ruso para lograr descifrar las instrucciones que venían en los equipos soviéticos “quiero decir que este era un problema muy importante porque en la Crisis de octubre fueron muchas las situaciones difíciles porque las traducciones eran inexactas. Estuvimos al borde de la guerra, no porque los yanquis nos atacaran, sino porque rusos y cubanos no nos entendíamos.” Y así se considera un fundador de la rusística cubana. Empezó en la embajada de Cuba en la URSS en 1964, cuando se destituía a Jrushchov. 

Analiza cómo el proceso de descolonización africano no fue comprendido cabalmente en los países del Norte desarrollado y tampoco en la URSS, sumergidos en la noción Este-Oeste: “pienso que desgraciadamente, el pensamiento teórico al respecto no evolucionó lo suficiente, quedó estático a partir de las conclusiones de Lenin sobre los países coloniales de principios de siglo (…) había un actitud de simpatía, pero nunca de verlos como compañeros de luchas en el combate por un mundo mejor y contra el imperialismo”. 

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/20/opinion/cuba-y-africaun-empeno-descolonizador

Patricia Ratto: “El signo de esta época es normalizar lo monstruoso”

                                                      Silvina Friera


El juego dialéctico entre lo familiar y lo extraño se despliega en los once relatos de Cuidado al entrar, publicado por A.hache (Adriana Hidalgo), de Patricia Ratto. Lo que antes era familiar emerge bajo un aspecto amenazante y siniestro, algo conocido pero escamoteado en la sombra. Una anciana internada en una residencia recibe la visita de un cinocéfalo (cabeza de perro y cuerpo humano). A una joven le crecen unas alitas en la espalda, aunque “nadie parece haber notado su oculta monstruosidad”. En una ballenera, desde los operarios hasta los jefes, a todos se le empiezan a caer los dientes, sin explicación, sin causa. Llueve en el teatro lírico, “nos sigue lloviendo música de agua y agua filarmónica”, pero afuera las veredas, calles y edificios están secos, incluido el lagarto overo que cruza frente a la narradora.


A la escritora y docente, que nació en 1962 en Tandil, muchas veces le han preguntado por qué no eligió vivir en la ciudad de Buenos Aires. “En la época en que empecé a escribir, uno estaba lejos, en el sentido de que te convocaban para una entrevista que era siempre presencial o para un programa de televisión y había que venir a Buenos Aires. Pero mi opción de vida va siendo con el paso de los años cada vez más sencilla y minimalista y de mucho contacto con la naturaleza. Yo necesito salir a caminar todos los días por la sierra con mis dos galgos, Vita y Oikos”, dice la autora de las novelas Pequeños hombres blancos(2006), Nudos (2008) y Trasfondo (2012), que será llevada al cine por Pablo Giorgelli, y el libro de cuentos Faunas (2017).


Hacer el duelo


Del anterior libro publicado al más reciente, Cuidado al entrar, pasaron nueve años y una seguidilla de enfermedades y pérdidas: murieron su madre, su padre y su hermano. “Me pegó muy fuerte la sensación de orfandad y empecé a escribir poemas. Pronto va a salir mi primer libro de poemas, Frutos de un jardín imperfecto, por Salta el pez. Estoy feliz de que me hayan aceptado el libro porque me considero una narradora que se atrevió a escribir poesía”, cuenta y reflexiona sobre la necesidad de hacer el duelo. “El dolor tiene que estar; hay que permitirse sentirse triste en una sociedad que te impone que tenés que estar bien todo el tiempo. Yo tengo derecho a llorar porque se murieron mi papá, mi mamá, mi hermano, aunque la sociedad te demande que tenés que recuperarte. Tiene que ver con estar productivo, con poner bajo la alfombra el dolor y el duelo”.


Le cuesta escribir. No es una escritora que le salga un cuento en pocos días. “Primero tengo que encontrar la historia y después el lenguaje. Estos cuentos tienen narradores y sintaxis bastante diferentes. En el cuento se juega cómo se dice y el qué se dice”, explica la escritora y agrega que en algunos casos tuvo que investigar un poco, como en el relato “¿No es una belleza?”. Un día el hijo le dijo: “este personaje te va a interesar”. El personaje en cuestión es Gurbanguly Berdimuhamedow, un dictador de Turkmenistán que hacía “conciertos horribles” con un órgano y obligaba a la gente a que lo escucharan y aplaudieran. Ese dictador estableció el día del alabai, un perro corpulento que usaban los pastores para defender a las cabras y ovejas de los lobos.


“Entonces imaginé a una periodista que da cuenta de todo lo que ve en Turkmenistán, pero no habla en el cuento, porque el que habla es la persona que le pusieron para llevarla solo a los lugares que se pueden mostrar. Decidí que ella nunca tuviera voz porque en estos regímenes lo que hacen es trabajar con las maneras de silenciar al otro, con la anulación de la voz del otro”, plantea y comenta que muchos le preguntan si lo de Jennifer López, que le cantó el feliz cumpleaños al dictador de Turkmenistán, lo inventó en el relato. “Cuando me preguntan de dónde saco las ideas, respondo que las saco de la realidad. No hay que salir a inventar un personaje absurdo porque está ahí: el que llega al poder se embriaga de poder y no tiene límites, porque el que se siente impune va transgrediendo sus propios límites. Contra lo que se cree, contra el sentido común de lo que es lo literario, la literatura se nutre de la realidad”.


A veces corrige mucho y reescribe. La novela Trasfondo la reescribió dos veces. “Si algo me sale demasiado fácil, desconfío; dejo decantar un montón de tiempo el texto y después lo vuelvo a retomar”, revela la escritora. En Cuidado al entrar hay dos cuentos que fueron escritos por pedidos. “Perro negro” está incluido en la antología Golpes, memorias de la dictadura, un libro que tiene en la foto de tapa a Videla tomando la comunión. Escribió un montón sobre la dictadura porque sus tres novelas tienen que ver con el tema de distintas maneras. Cuando la convocaron Victoria Torres y Miguel Dalmaroni, a cargo de la antología, Patricia pidió unos días para responder a la invitación. “Me faltaba pensar la dictadura no desde los que estaban en un espacio de poder, sino desde la gente común. El vecino que denunciaba porque le parecía que por el pelo largo y la ropa una joven era hippie. Y si era hippie era subversiva”. El otro relato, “¿No es una belleza”, se lo pidió Osvaldo Aguirre para una revista.

 


La condición humana


-¿Por qué en “Cuidado al entrar” aparecen tantos animales?


-No puedo evitar que aparezcan animales; es algo de lo que no había tomado conciencia. En una presentación en una librería en Madrid me hicieron una pregunta que no vi venir porque no me imaginé que iba a tener un lector que había leído mis obras anteriores. “Cuando publicó esta novela (Trasfondo), fui a leerla pensando cómo iba a hacer usted para meter animales en un submarino, porque en todo lo que usted escribe hay animales”. Y en el submarino también hay animales literarios. Ahí tomé conciencia de que en todo lo que escribo hay animales. Me gusta mucho lo que dice John Berger respecto de los animales: ‘el animal tiene secretos que, a diferencia de los secretos que guardan las cuevas, las montañas y los mares, están específicamente dirigidos al hombre’. Los animales aparecen en los cuentos como los reactivos químicos; la presencia del animal funciona como un reactivo que pone en evidencia algo de la condición humana. Hay un personaje que es un cinocéfalo, un joven que tiene cabeza de perro; hay una mujer a la que le empiezan a salir unas alitas. Me gustó correr un poquitito el límite que había tenido en Faunas para pensar qué tanto de animal también hay en nosotros o qué tanto humanizamos a los animales. En lo que escribo se da un mecanismo de situaciones que empiezan de manera rutinaria, anodina, y luego se van enrareciendo. Me gustó trabajar con lo extraño para ponerlo en tensión con lo que es normal. En el primer cuento, “Cuidado al entrar”, hay una mujer que vive en una residencia para adultos, en un geriátrico medio acomodado porque tiene un pequeño departamento, y siente que entra algo por la ventana. Primero cree que es una sombra, después ve que es un híbrido, una mezcla de joven con cabeza de perro, con quien entabla un vínculo. Ella se queda mirando un cuadro de Botticelli en el que aparece un ángel con unas alas de pajarraco gris y se pregunta por qué no nos parece monstruoso un ángel y sí nos parece monstruoso un cinocéfalo. Me parece que esta es la cifra del libro. Cuando aparece lo raro o lo extraño, es para poner en cuestión aquello que consideramos normal o habitual. ¿Pero qué es lo monstruoso? ¿Que aparezca este ser a conversar con ella o la soledad de la vejez, ese mundo que se va achicando? ¿Qué es lo monstruoso, que a una mujer le salgan alitas y empiece a hacer cosas con el cuerpo que no puede controlar, o que esté encerrada ocho o diez horas en una oficina con luz artificial? Mi intención es que lo animal aparezca para cuestionar qué es lo raro. El signo de esta época es normalizar lo monstruoso.


La irrupción de lo extraño


-¿Cómo explicás esa “normalización” de lo monstruoso?


-No sé... tenemos que empezar a despertarnos, a mirar con énfasis y con detalles hasta quemarnos los ojos, como decía Alejandra (Pizarnik) para no normalizar algunas cosas. La idea de etiquetar a un otro como monstruoso es porque el otro es diferente, ¿no? Si uno piensa a lo largo de la historia, lo monstruoso es ese otro diferente que nos da miedo y entonces lo atacamos, lo estigmatizamos, lo separamos de la sociedad.


-A propósito de uno de los cuentos, “Postales del desierto”, ¿por qué sucede que muchas veces se tiene la realidad frente a la nariz y no se la puede ver?


-La irrupción de lo extraño tiene que poner en duda qué es lo extraño. Para decirlo de una manera muy gráfica es como cuando aparece en tu casa una mancha de humedad y todos los días te sentás a desayunar y ves la mancha de humedad, hasta que llega un momento en que no la ves más: la incorporaste, la normalizaste. Y un día llega una amiga y dice: “te está saliendo ahí una mancha de humedad”. Entonces volvés a verla, pero tiene que venir alguien de afuera: es algo que irrumpe y vuelve evidente eso que no se veía, como el reactivo químico.


Para escribir el cuento titulado “Quintay” fue a visitar el museo de esa localidad chilena donde estuvo la ballenera. “Me pasó que el que me vendió la entrada al museo me sonrió y vi que no tenía ningún diente. Y me impactó -admite-. Después de recorrer todo el museo llegué a un lugar donde se corría una cortina negra y veías un documental. En un momento tuve que salir del lugar porque me bajó la presión y sentía que me descomponía. Reconocí en el documental a la persona que me vendió la entrada, pero joven y con dientes. ¿Lo raro era que se les cayera los dientes o que hubiera un olor tan insoportable que tuvieron que quemar azúcar y vivir encerrados para no sentir el olor?


Crueldad y productividad capitalista


-¿Cómo explicás la crueldad que aparece en el cuento “Quintay”, en el que se narra cómo eran matadas las ballenas?


-La crueldad viene de la mano de la productividad del capitalismo. ¿Por qué a los pollos le sacan el pico? ¿Por qué a determinados pollitos que no nacen bien los trituran y los meten en una máquina y hacen alimentos para darles a los otros? ¿Por qué los pollos están encerrados sin moverse? Hace poco se trasladaron tigres y leones que estaban en el zoológico de Luján a una reserva en África. A los tigres se los drogaban para que la gente pudiera acariciarlos, y eso es cruel. También encerrar a un tigre en una jaula es cruel. Hay algo que dice John Berger que tiene que ver con que tenemos que pensar cuando entramos en contacto con un animal en la soledad de la especie. Berger dice que entablamos vínculos con los animales porque nos separamos del reino animal y padecemos la soledad de la especie; entonces necesitamos comunicarnos con los animales. 


-¿Escribir duele?


-No, no diría que escribir en general duele, pero cuando escribo determinadas escenas sí me duele, me incomoda, me involucro mucho. En el momento en que estoy escribiendo yo soy ese personaje y cuando escribí el cuento de las ballenas me volví a descomponer y a sentir mal como cuando estuve mirando el documental. No importa que sea un humano o un animal, la crueldad me hace mal, siento que no puedo mirar para un costado, que algo tengo que hacer y cuando escribo estoy ahí, soy parte de eso. Fui también el que le clava los espolones a la ballena y me genera una cosa muy fuerte, pero si no me puedo poner en ese lugar, siento que el cuento no va a tener fuerza.


-¿Por qué la crueldad está legitimada y aceptada en estos tiempos?


-Me preocupa la normalización de lo que no deberíamos normalizar. Auschwitz se pensó como la maquinaria perfecta para exterminar al diferente. Yo estuve en Auschwitz, necesité ir y confrontarme con lo peor del ser humano. Fue tremendo porque cuando caminé por ahí, sentí que hacía catorce grados bajo cero, como la temperatura que hacía porque fui en invierno. Sentí que me llevaban engañada a la cámara de gas y vi los arañazos en la pared. En ese momento, quienes trabajaban en el campo sentían que eso estaba bien, que era lo que había que hacer. Me preocupa que demos por sentado que la crueldad está bien porque es lo que se impone, es lo que una época nos va acostumbrando a tolerar. No quiero que toleremos la crueldad. No quiero que el descalificado acepte esa descalificación. No quiero que las personas se acostumbren a que tienen que tener tres trabajos para poder comerse una pizza el fin de semana o irse cinco días a Mar del Plata. Me parece cruel que vayamos hacia una sociedad en donde el 5% de la población está económicamente bien y el resto es pobre y va perdiendo derechos laborales y derechos humanos.


Hacer cine en Argentina


El cineasta Pablo Giorgelli, el director de Las acacias, tiene los derechos para filmar Trasfondo, novela basada en un episodio real de la guerra de Las Malvinas: la historia de treinta y cinco hombres que estuvieron en un submarino treinta y nueve días de patrulla por el Atlántico Sur. Cuando regresaron a puerto, con la guerra perdida, nadie los esperaba: “Se me ocurre que quizá lo mejor hubiera sido estallar en mil pedazos y no volver, así seríamos víctimas o héroes, no esta evidencia viva de lo que no funciona, de lo que está mal, del fracaso”, plantea el narrador. 


“Hacer cine en Argentina está complicadísimo. El guion está listo y está la nómina de los actores de lujo (no puedo decir nada); hay productoras interesadas, pero todavía faltan algunas cosas para que se pueda empezar a trabajar en la película”, dice Patricia Ratto. “La vida está difícil en Argentina; han desaparecido los subsidios a las traducciones, el programa Sur que fue tan importante para que muchos podamos ser traducidos y para que la literatura argentina tenga el lugar que tiene ahora. De hecho, Pequeños hombres blancos, Nudos y Trasfondo se tradujeron gracias al programa Sur”, agrega la escritora, que está traducida al inglés y el italiano. 


*Cuidado al entrar se presentará el 7 de noviembre a las 19 horas en el Aula Magna de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Patricia Ratto dialogará con Federico Jeanmaire.

Una superviviente de Nagasaki: “La humanidad no ha aprendido la lección de la bomba atómica”

Guillermo Altares


“Buenas tardes, tengo 84 años y toda mi vida ha estado definida por la bomba”. Mitoe Matsumoto tenía tres años y cuatro meses el 9 de agosto de 1945, cuando a las 11.02 de la mañana estalló sobre Nagasaki la segunda bomba atómica que lanzó Estados Unidos contra Japón al final de la II Guerra Mundial. Se trataba de una bomba de plutonio, más potente que la de uranio, que tres días antes había explotado sobre Hiroshima. Nagasaki no era el objetivo y tampoco el barrio sobre el que fue lanzada. Pero el piloto del bombardero B-29 Bockscar vio un claro entre las nubes y decidió soltar el proyectil, cuyo nombre en clave era Fat Man, contra el valle de Urakami, donde vivía una importante población cristiana, unos cuatro kilómetros al norte del centro de la ciudad. 


Matsumoto —una mujer menuda, siempre sonriente, que habla muy despacio con un tono que transmite a la vez paz y seguridad— solo tiene recuerdos fragmentarios de aquel día, sobre todo en forma de sensaciones —el miedo, el resplandor—, pero fue plenamente consciente de que aquel estallido era diferente de cualquier otro bombardeo. El hecho de ser una hibakusha, una superviviente de la bomba, ha estado presente de forma constante en su vida. Muchos testigos decidieron no contar su historia, porque bastantes fueron marginados —especialmente las mujeres—, una marca que incluso afecta a sus descendientes. “Quedaron atrapados toda la vida en el impacto de la bomba”, escribió la historiadora Susan Southard en su libro de referencia sobre el bombardeo, Nagasaki. La vida después de la explosión(Capitán Swing). Veinte años después del impacto, el gran escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez visitó Hiroshima y Nagasaki para realizar un reportaje y ya entonces escribió: “Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano, hace 20 años: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban, a ser tratados como enfermos y engendradores de hijos débiles”.


Matsumoto explica que ella nunca sufrió ese tipo de discriminación porque en la zona en la que vivía “todos eran supervivientes”. “Pero sí conozco muchas historias de mujeres que cuando querían casarse sufrieron una discriminación muy fuerte. Los hibakusha no pagamos por las medicinas, el seguro nos lo cubre todo. Cobramos además un subsidio de entre 30.000 y 40.000 yenes (entre 170 y 225 euros) y también nos garantizan 200.000 yenes para nuestro funeral. Y hay gente que nos critica porque nos acusan de llevar una buena vida”.


La entrevista tiene lugar en el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki, durante un viaje organizado y financiado por el Gobierno de Japón. En la entrada del museo, al que acuden niños de todo el país en viajes escolares, se exhibe la medalla del premio Nobel de la Paz que recibió en 2024 Nihon Hidankyo,organización formada en 1956 por hibakusha, los supervivientes de las dos únicas ciudades que han sufrido un ataque nuclear. Antes de la conversación, Matsumoto quiere contar su historia a través de un PowerPoint.


Casada con otro superviviente y sin hijos, siempre pensó que debía testificar y transmitir su historia. Ahora es plenamente consciente de que cada vez quedan menos testigos y de que, además, eran muy pequeños cuando se produjeron las explosiones, que mataron a 140.000 personas en Hiroshima y a 74.000 en Nagasaki. Aunque quedan 91.105 hibakusha vivos, según un censo publicado por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón, la edad media es de 86 años.


“Tenía tres años aquel día y apenas me acuerdo”, empieza su relato. “En mi familia éramos cinco personas: mis padres, mi abuela, mi tía, hermana mayor de mi madre, y yo. Mi padre trabajaba en la fábrica de armas de Mitsubishi. Pero, en el comienzo del mes de agosto, su departamento fue bombardeado. Y se quedó en casa. Mi padre tenía 43 años, mi madre 23, mi abuela materna 64 años, y mi tía Shimenko tenía 22 años. Nuestra casa se encontraba cerca de la estación de Nagasaki. Por eso teníamos miedo de que nos bombardeasen. Y nos mudamos a una pequeña casa en una zona agrícola”.


Aquel 9 de agosto, salieron pronto hacia su nueva casa, pararon a visitar a su tía en el hospital en el que trabajaba como enfermera. Les dijo que tuviesen cuidado, porque nunca se sabe lo que podía pasar: eran días oscuros, durante los que la población japonesa vivía bajo la constante amenaza de los bombardeos estadounidenses. “Fue la última palabra suya que escuchamos”. Nunca encontraron su cadáver, que seguramente fue completamente reducido a cenizas por la explosión, y enterraron en la tumba familiar una fiambrera y un pelo quemado, que ni siquiera estaban seguros de que le perteneciesen. Otra tía suya murió a los pocos meses víctima de la radiación.


Así recuerda el momento de la explosión: “Acabábamos de llegar a nuestro barrio cuando cayó la bomba. Recuerdo que en ese momento se produjo un estallido de luz gigantesco, como si se hubiesen activado cientos de flashes a la vez. Mi madre me agarró y corrió hacia la casa más cercana. Abrazada a ella, me preguntaba qué estaba pasando. Mi padre estaba trabajando en el jardín y salió despedido por la onda expansiva; pero afortunadamente no le ocurrió nada. Descubrimos también que mi abuela seguía viva porque un montículo le protegió de la onda expansiva. En ese momento sentí una gran alegría, pero no tengo ningún recuerdo feliz del resto de mi infancia . Mis sentimientos, mis emociones se concentraban en el miedo a la guerra”.


Fueron siempre conscientes de que había estallado una bomba mucho más poderosa de las que otras veces habían impactado contra la ciudad, sobre todo contra las fábricas de Mitsubishi, pero ignoraban qué era una bomba nuclear. “No sabíamos nada de lo que había pasado en Hiroshima”, explica. “Hasta que un pesquero japonés, el Daigo Fukuryu Maru, fue alcanzado en 1954 por error por una prueba nuclear en el Pacífico no nos hablaron de los efectos de la bomba atómica y de la radiación. Mi tía murió a los pocos meses de la bomba: nosotros vimos cómo su salud se iba deteriorando y lo relacionamos con la bomba, pero no teníamos ninguna información”.


En su ensayo, Southard explica que las autoridades estadounidenses negaron rotundamente que la bomba tuviese mayores efectos que la propia explosión, pese a que cada vez más médicos japoneses estaban convencidos de sus efectos devastadores sobre la salud. “Cuando los medios de comunicación estadounidenses y de todo el mundo recogían las misteriosas enfermedades que se multiplicaban en Hiroshima y Nagasaki, el general Groves [alto mando militar a cargo del Proyecto Manhattan] calificó aquellas informaciones de propaganda”, escribe. También explica que no se había llevado a cabo ningún estudio sobre los posibles efectos de la bomba antes de su lanzamiento sobre ciudades llenas de civiles. 


“Tenía una amiga que murió cuando tenía 30 años y una hibakusha que falleció sin ninguna explicación a los 40 años”, señala. “Todos los que estábamos ahí recibimos radiación y cada día descubrimos un nuevo efecto, una nueva enfermedad relacionada con la explosión. Seguimos sin conocer los efectos que tiene una bomba atómica. Mi mensaje es que no se vuelva a utilizar nunca, no sabemos lo que es, no sabemos cómo influye en las siguientes generaciones”, señala, antes de agregar: “La humanidad no ha aprendido la lección de la bomba. Mucha gente piensa que es como una bomba, pero mucho más poderosa. Ni siquiera los doctores conocen de verdad sus efectos”.


Mientras tenga energía, su intención es seguir contando su historia, pero sabe que se acerca el final de la época de los testigos que sobrevivieron a los horrores de la II Guerra Mundial. “Hacen convocatorias para que jóvenes se conviertan en herederos de los mensajes de los supervivientes, para que sean nuestros mensajeros. En mi grupo, somos 26 supervivientes, pero ya solo quedamos 20 activos. Cada vez hay menos personas que puedan contar nuestra historia”.


https://elpais.com/internacional/2026-10-19/una-superviviente-de-nagasaki-la-humanidad-no-ha-aprendido-la-leccion-de-la-bomba-atomica.html

lunes, 19 de octubre de 2026

'El incendio social en Europa'

Editorial de La Jornada / 19 de octubre de 2026

Tras la jornada de protestas masivas que tuvo lugar el sábado en Francia, Italia, Albania, Bélgica y Portugal, París y Milán se vieron sacudidas de nueva cuenta ayer por nuevos disturbios y actos represivos. La situación es particularmente crítica en la República Francesa, cuyo presidente, Emmanuel Macron, se ha visto desbordado por los acontecimientos a seis meses de la elección presidencial prevista para el año próximo. Incapaz de ofrecer una respuesta de fondo al descontento social que recorre el país, y que ha tenido por epicentro las movilizaciones estudiantiles que demandan acciones concretas para restaurar un sistema educativo en ruinas, el gobierno ha reaccionado de manera doblemente equívoca: mientras que el jefe de Estado anunció la imposición de severas limitaciones a las manifestaciones, su primer ministro, Sébastien Lecornu, buscó criminalizar al candidato presidencial de izquierda Jean-Luc Mélenchon, dirigente de La Francia Insumisa (LFI), a quien atribuyó la responsabilidad de la violencia que se ha desatado.

En Bélgica la irritación por la creciente precariedad de la enseñanza pública ha sido articuladora del descontento por la crisis económica, la carestía y la falta de vivienda, mismas razones que alientan las movilizaciones en Italia. A ellas se suman, en Albania, el repudio a la corrupción y la inseguridad y los reclamos por un proyecto turístico depredador en el que está involucrado Jared Kushner, yerno de Donald Trump. En Portugal y España, el centro de gravedad de la exasperación social es la falta de viviendas dignas a precios accesibles y el desamparo de los inquilinos ante leyes y reglamentos redactados para favorecer a los arrendadores.

En todos los casos, la problemática central es la brutal reducción de las capacidades del Estado para dar servicios adecuados a la población y para garantizar los derechos fundamentales a la educación, la vivienda, la salud y la alimentación. Al margen de sus especificidades nacionales, lo que articula este otoño caliente en buena parte del continente europeo es la continuación y la profundización de las políticas neoliberales de “adelgazamiento” del sector público.

A esa necedad ideológica y pragmática –porque su aplicación beneficia, en última instancia, a entidades privadas que se ofrecen a remplazar los servicios públicos que los gobiernos ya no son capaces de ofrecer– se agrega el factor coyuntural de la guerra en Ucrania, cuyo gobierno ha sido sostenido durante cuatro años y medio por los países de la Unión Europea, los cuales han invertido cientos de miles de millones de euros con tal de evitar una victoria rusa. La masiva fuga de recursos hacia ese conflicto, definido por muchos analistas como una confrontación delegada entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Moscú, ha implicado el desvío de dinero de las políticas de bienestar hacia la insaciable necesidad de armamento por parte de Kiev. A ello debe añadirse el incremento generalizado de precios, pero especialmente agudo en el caso de los hidrocarburos, causado por esa conflagración y por la explosiva situación en el Golfo Pérsico que generó la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Para colmo, los gobiernos del viejo continente, con la excepción del español, han respondido a las expresiones de descontento con estrategias represivas brutales que no han hecho más que echar combustible al incendio social. En última instancia, la responsabilidad de la violencia que se ha apoderado de las calles en diversas ciudades europeas corresponde a autoridades insensibles e irresponsables que han dado prioridad a una guerra ajena por sobre las necesidades y derechos de sus poblaciones y que han ejercido contra ellas la violencia primigenia al negarles derechos básicos y condiciones mínimas de salud, estudio, trabajo y vivienda.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/19/editorial/el-incendio-social-en-europa

jueves, 15 de octubre de 2026

¿A dónde van los conciertos?

 Belén Gopegui

Un concierto no es sólo una suma de canciones, un concierto es también una sintaxis y compone un texto único. Vengo a contar una lectura, cabrán olvidos pues nada fue anotado y la memoria queda atravesada por las cosas repentinas que se cruzan. 

Vengo a hablar del concierto de un poeta cantor, un trovador. Vaya por delante el reconocimiento de lo ya gozosamente conocido, cómo su arte produce formas nuevas de experimentar la vida, cómo ocupa el momento intransitivo y entonces lo que es, es, por ejemplo, su manera de construir una belleza electrizante y a la vez equilibrada, de jugar, de recordar que, según dijo una vez, “usamos la misma piel para amar que para defender lo que creemos”, cómo logra que la bondad no se avergüence. Vaya también por delante una banda de instrumentistas excepcionales.

Vengo con un comentario de texto, subjetivo, franco, escrito sin pretensión alguna de dar por buena mi interpretación, pero también sin renunciar a lo que pude acertar leer en medio de un contexto. El concierto de Silvio Rodríguez, final de una gira por numerosas ciudades, tiene lugar en Madrid el 4 de octubre de 2026.

Imagino el dilema de un trovador cuyo país está siendo estrangulado ante el silencio institucional del país que le recibe para una gira de conciertos. El trovador quiere mantener vivo el sentido de su arte. Al mismo tiempo, no quiere guardar silencio. De modo que elige hablar del y para el mundo, no sólo de y para su país. Porque viene de una revolución mucho más acostumbrada a dar que a pedir. Como su tarea es la poesía cantada, asigna a la poesía la tarea del ángel que pasa por los silencios dando voz a las ausencias presentes.

Comienza con esa canción extraña y clara, Historia de las sillas: “El que tenga una canción tendrá tormenta, / el que tenga compañía, soledad. / El que siga buen camino tendrá sillas / peligrosas que lo inviten a parar.”.

Las canciones se cantan, no se interpretan; cuando se escribe sobre ellas apenas cabe rememorar el pensamiento sentido, o viceversa, con que se escucharon. El sentimiento pensado con que se escuchó conduce a un nudo del ánimo, allí donde el deseo de pararse y olvidar vive con el deseo de hacer lo que debemos hacer. Porque en la vida no se es algo, ni siquiera los países son algo, revolucionarios, luchadores por la justicia, gozadores o todo a la vez, sino que en la vida se está, y los estados pasan o se mantienen. Que levante la mano quien no haya querido dejarse mecer sin navegar. 

Después el trovador lee una cita de José Martí. Es una cita conocida y el trovador pide reparar también en la última de las tres líneas: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”. Miro al público, ¿estará pensando lo que estoy pensando? La frase se puede leer de muchas maneras, puede hacer pensar en las rectificaciones, en la necesidad de introducir estímulos en los proyectos revolucionarios para empujar una economía que no vive en una urna de cristal sino en una isla rodeada de capitalismo por todas partes. También puede hacer pensar en el hoy, en que se está impidiendo con chantaje y violencia que en la isla de Cuba hagan uso de sus recursos de tal manera que prosperidad y vida se tornan casi imposibles y por tanto, si el chantaje no cesa, puede llegar un día en que se impida también el ejercicio del derecho elemental a elegir los propios valores. 

A la cita le sigue la canción Ala de colibrí, “por tanta noche, por el sol diario, en compañía y en solitario”. Llega Sueño con serpientes: “Oh, la mato y aparece una mayor, / oh, con mucho más infierno en digestión”. Cada cual imagina, supongo, su serpiente; muchas personas en el público imaginarán además las serpientes de esa isla cuyo pueblo tomó su Bastilla y desde entonces el acoso de las serpientes no ha cesado, así se cantará luego: “Me acosa el carapálida que carga sobre mí, /sobre mi pueblo libre, sobre mi día feliz”.  

Llegan canciones nuevas y otras con muchos años. Llega el momento de Palestina precedido por un poema de Luis Rogelio Nogueras: “Pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso camino / desde las colinas de Judea / hasta los campos de concentración del III Reich. / Pienso en ustedes / y no acierto a comprender /cómo / olvidaron tan pronto / el vaho del infierno”.

Hay quien legítimamente dice que el mal, el daño sufrido no debería ser escuela de nada. Se puede aceptar la idea y, al mismo tiempo, afirmar que el mal, el daño sufrido no puede ser justificación de quien lo inflige luego a población inocente. El público tras este poema se alza, grita por Palestina, enarbola banderas. Y es probable que piense también en un recuerdo: el momento en que España fue dejada sola y al mismo tiempo no lo fue. Cuando un sector del Ejército dio un golpe de Estado fascista apoyado por Estados fascistas muchos países lo consintieron, se lavaron las manos, no hicieron nada durante los tres años en que la República española, el sistema político legítimo, resistió hasta ser abatida. Muchos ciudadanos de esos países sí acudieron, en cambio, a luchar con la república y a defenderla. 

Me pregunto entonces si la institucionalidad de nuestro país cabría un tanto en ese poema; no las personas, no las organizaciones de solidaridad, sí, insisto, las instituciones de un país que ahora ven cómo estrangulan a un país hermano, y callan y no actúan. Pienso en qué estarán haciendo ahora los más de doscientos estudiantes de Palestina becados por Cuba en 2024 para formarse como profesionales de la salud, continuando así con un programa de años y de miles de becas. ¿Qué pensarán de su destino? Haber escapado de una Gaza masacrada, y que el gobierno de los Estados Unidos haya convertido al país de acogida en –son palabras de Silvio Rodríguez– una “Gaza silenciosa” sobre la que está aplicando un plan de exterminio con consecuencias tales como que sólo el treinta por ciento del cuadro de medicamentos esté disponible en toda la isla. 

Canta el trovador: “Debo dejar la casa y el sillón. / La madre vive hasta que muere el sol / Y hay que quemar el cielo, / si es preciso, por vivir, / por cualquier hombre del mundo, / por cualquier casa”.

Son momentos de emancipación en Madrid y en otras ciudades. Son días de rebeldía que, se anhela, forjarán, entre otras cosas, un nuevo internacionalismo en esta tierra. 

Al rato, solos, Niurka González, Malva Rodríguez González y Silvio Rodríguez interpretan, como un dardo y una luz, La belleza, de Aute: “Míralos como reptiles / al acecho de la presa / negociando en cada mesa / maquillajes de ocasión / … / No rozaron ni un instante / la belleza”.

Los acordes de El necio resonarán con la misma nitidez de su “para darme un rinconcito en sus altares, / me vienen a convidar a arrepentirme”. La respuesta se escucha todavía: “yo me muero como viví”.

Voy más deprisa, salto muchas canciones, pues fue un concierto generoso, bien cargado. Avanza ahora entre “el espejismo de intentar ser uno mismo” y el “ir matando canallas con su cañón de futuro”. Pues el trovador canta La canción del elegido. Al día siguiente, el periodista y escritor Manuel Jabois, quien había estado en el concierto, dijo que esa canción era su preferida de los tiempos en que “él era muy fan” y, ficcionándose a sí mismo, contó que esa noche había soñado con la revolución, con “la frustración por cómo ha acabado la revolución cubana”. Lo malo de ficcionarse uno a sí mismo, permítanme la ironía, es que a lo peor termina ficcionando también los sujetos y los verbos. ¿Es lo mismo decir “cómo ha acabado la revolución cubana” que decir “cómo siguen todavía intentando acabar con ella”? Si la Guardia Costera de Estados Unidos, rama –como es sabido– de las fuerzas armadas, incauta barcos petroleros dirigidos a Cuba, si el mes pasado interceptó, abordó y tomó el control de un petrolero de un país, México, un país que quiere legítimamente comerciar con otro, y le obligó a retroceder en aguas internacionales, no parece que eso sea que la revolución ha acabado, sino que quieren acabar con ella. Si lo llevan haciendo durante meses, si retienen los contenedores en los puertos, si después de que se aprueben medidas largo tiempo discutidas para que puedan crearse empresas en Cuba el Gobierno de Trump aprueba formas de intimidar a esas empresas, las privadas, las que dice que quiere fomentar, no parece que la revolución esté acabando sino que quieren acabar con ella. Si quieren acabar con ella, si la asedian y suman medidas coercitivas unilaterales contra empresas, ministerios, los puertos de los países que comercian con la isla, o empresas de países como el nuestro, que se somete, que acepta el chantaje en silencio, si eso sucede parece, en fin, que hay algo con lo que acabar.

¿Y por qué quieren acabar con ella si el país no tiene suficiente petróleo para que valga la pena robarlo tal como están haciendo en Venezuela? ¿Por qué el 29 de enero de 2026 el Gobierno de los Estados Unidos emite una orden ejecutiva en la que habla de “la amenaza inusual y extraordinaria de Cuba para la seguridad nacional de Estados Unidos”, frase descrita por el Gobierno de Cuba como “aseveración calumniosa y ridícula”? Ridícula, sin duda, con respecto a la materialidad imposible de que una isla de once millones de habitantes pueda dañar a una potencia armamentística como Estados Unidos. ¿Qué tiene entonces esa isla? ¿Los sueños de Jabois, quizá? ¿Los de las miles de personas que han cantado La era, Playa Girón o La canción del elegido? 

Tiene algo en lo que se apoyaron, todavía podrían apoyarse si quisieran, esos sueños. Tiene un teorema que no le dejan demostrar, y ese no dejarle alumbra la gran probabilidad de que el teorema sea cierto: se podría vivir sin explotar a otros países, se podría vivir sin usar a emigrantes para bajar los sueldos, se podría vivir haciendo de la dignidad un bien colectivo y del gozo, la risa y el sentido del momento histórico algo tan habitable, tan intenso y tranquilo, al final, tan fácil. 

Llegan canciones nuevas, promesas y aventuras, cosas encendidas por dentro, en palabras de Jorge Mautner. Llega Nuestro después: “Se apagaron corales. / Hay como un sumidero / de bienes naturales. / Me pregunto quiénes contarán / lo que fue, lo que fuimos”.

En algún momento viene la invocación cantada de José Mujica, “la vida fue pasado, pero es más porvenir”, viene la celebración del afán de saber que es El escaramujo, “yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo”. Y viene un canto que es una declaración, la más rara y pujante que se haya escrito. El canto, van unos fragmentos, dice: “¿Te molesta mi amor? / Mi amor de juventud / y mi amor es un arte en virtud // ¿Te molesta mi amor? / Mi amor sin antifaz / y mi amor es un arte de paz. // … // Mi amor no precisa fronteras / como la primavera / no prefiere jardín. // Mi amor no es amor de mercado / porque un amor sangrado / no es amor de lucrar. // Mi amor es todo cuanto tengo. / Si lo niego o lo vendo /¿para qué respirar? // … // Mi amor no es amor de uno solo / sino alma de todo / lo que urge sanar. // Mi amor es un amor de abajo / que el devenir me trajo / para hacerlo empinar. // … // Mi amor abre pecho a la muerte / y despeña su suerte / por un tiempo mejor. // Mi amor, este amor aguerrido / es un sol encendido / por quién merece amor”.

“Ése tiene que ser nuestro himno”, me dijo una amiga a la salida del concierto. En la palabra nuestro estaba tanta gente, casi toda quizá. Estaban las huelgas, las tareas de organización, las luchas por un frenar el calentamiento, por el agua, los corales, por una sociedad sin clases donde la igualdad es lo contrario del homogeneísmo, pues es la condición necesaria para ensayar miles de formas de estar y de hacer; estaba, también, el país agredido dirigiéndose al país agresor y a quienes consienten.

Llegábamos al final del concierto. Con Ojalá el palacio fue una sola voz, allá iban todos los amores, los contrariados, los que empiezan, los que ya no están; allá el fervor de las palabras que significan también cuando algo no alcanza a desvelarse en lo que significan. Vino en los últimos temas el Reparador de sueños, vino para quedarse. De alguna forma se esperaba que el último fuese Te doy una canción. Y acaso por azar, acaso por cambiar, o acaso porque el trovador y los extraordinarios músicos que le acompañaban estaban en Madrid, donde se encuentran las sedes del Gobierno, Parlamento, consejos generales, algunos sindicatos, algunos partidos políticos, etcétera, lo que hizo Silvio Rodríguez no fue cantar esa canción, sino dar, de hecho, una. ¿Cuál? Óleo de mujer con sombrero. En medio de la efusión general con que volvían las palabras que sabíamos de memoria, las que se habían usado tantas veces para precipitar el deseo, “los amores cobardes no llegan a amores, se quedan ahí”, a algunas personas nos dio por pensar que al decir “la cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes” estaba diciendo a la vez otra cosa; al fin y al cabo, quién quiere ser hombre pudiendo ser amante, y el amor iba también por Cuba, por la revolución. 

https://ctxt.es/es/20261001/Culturas/55493/Belen-Gopegui-cronica-gira-Silvio-Rodriguez-gira-musica-Cuba.htm