martes, 14 de abril de 2026

Una Cuba americana y otras distopías

 Rafael Hernández

Imaginemos un solo instante que Cuba se hubiera convertido en el sueño americano. 

Esa Cuba se habría reencontrado, finalmente, consigo misma, después de haberse desviado de su curso normal por una especie de gran falta de ortografía en la escritura de su historia llamada “la Revolución”.      

La Habana volvería a ser, como antes, una ciudad rutilante, colmada de bares, night clubs, casinos, donde negros, mulatos y blancos, vestidos de lino y jipijapas, exhibían su elegancia ante los deslumbrados visitantes del Norte, como se puede ver en tantas películas de los años 40 y 50.  Un sitio encantado donde una joven empleadita (Weekened in Havana, 1941) o una misionera religiosa (Guys and Dolls, 1955) viven un romance en medio de noches de luna, vistas del malecón, música pegajosa y gente sensual que baila sin cesar. 

Renacería esa capital bulliciosa y picante, especie de Casablanca del Caribe, que compite en candilejas con Las Vegas, colmada de artistas del showbiz, donde estrellas de Hollywood como George Raft en el Hotel Capri y hombres de negocios visionarios como Meyer Lansky en el Havana Riviera les abrían las puertas de sus casinos a quienes quisieran vivir la emoción del juego, no importa su origen, clase o color de la piel; ni si eran ricos o no, pues había sitio para todos.  

De manera que, en vez de un millón de visitantes del Norte, como en 2016, descenderían varios millones sobre la isla, aprovechando la cercanía que nos reúne prácticamente como regiones de un mismo país. Podría ser por apenas un fin de semana, un viernes o un sábado, a disfrutar de ese lujo tropical, y a darle vacaciones a la conciencia, con ciertos placeres no bien vistos allá; y retornar el domingo a sus iglesias evangélicas, vidas familiares, vecindarios suburbanos de clase media, donde todo el mundo se sonríe, respeta la ley y se comporta de manera decorosa.

A esta Cuba habrían retornado, en primer lugar, todos aquellos negocios de EE.UU. que se habían tenido que ir, arrastrados por un conflicto en espiral que había rebasado el punto de no retorno en el camino de la guerra, con la aprobación del plan de invasión por Bahía de Cochinos, seis meses antes de las nacionalizaciones masivas. 

Estas propiedades abarcaban dos tercios de la economía cubana, consistente en 90 % de la electricidad, toda la telefonía, la mayoría de la industria minera, refinerías de petróleo, embotelladoras, almacenes, junto a 809 500 hectáreas de tierra, que incluían 80 % de las mejores plantaciones de caña de azúcar. Además de hoteles, propiedades comerciales, residencias privadas, cuentas de banco, barcos. 

La indemnización por las propiedades nacionalizadas en 1959-60, según preveían las leyes cubanas de entonces, alcanzaba los 956 millones de dólares, valorización calculada por Cuba con base en el valor de la declaración fiscal de las corporaciones y reconocida por el Departamento de Comercio de EE.UU. 

Sin embargo, el gobierno de EE.UU. habría pactado con el nuevo gobierno de la isla un trato muchísimo más ventajoso, en los términos de la Cuban Liberty and Democratic Solidarity (Libertad), más conocida como Ley Helms-Burton: su devolución íntegra a las más de 8 mil empresas nacionalizadas, equivalentes a 9 mil millones, según cálculo de EE.UU. en 2024, incluyendo intereses por los daños y perjuicios causados, las ganancias dejadas de obtener, así como por la demora en hacerlo. 

En esta nueva Cuba, el principal organismo económico asesor del gobierno sería el Consejo Supremo del Exilio Patriótico Cubano-Americano, SUCOCAPAX (por sus siglas en inglés, Supreme Council of Cuban-American Patriotic Exile), formado por una representación de 25 empresarios, banqueros, comerciantes de bienes raíces, brokers de la NY Stock Exchange, listados por la revista Forbes entre los principales multimillonarios de origen cubano, residentes en EE.UU. y en Cuba. 

Los golden boys de la SUCOCAPAX, como los llamaría jocosamente el pueblo, se encargarían de orientar la primera etapa de la transición (2026-2050), así como de depurar del Estado cubano todos los vestigios del sistema comunista.        

En efecto, la transición cubana tendría como premisa, según la letra de la Helms-Burton en su título 2, la disolución de los aparatos de seguridad del MININT, equivalentes al FBI y la CIA; de los CDR y demás “organizaciones de masas” del régimen; además del reintegro de todas las propiedades nacionalizadas a los cubanos, sus residencias particulares, clínicas, colegios, edificios de apartamentos, medios de prensa, estaciones de TV y radio, clubes y playas privadas, fincas, fábricas… 

Aparte de los cubanos afectados por las nacionalizaciones desde la Reforma Agraria (mayo 1959), recuperarían sus propiedades perdidas todos los perjudicados por el Estado totalitario desde enero de 1959, según dicta la propia Ley. 

Es decir, todos aquellos cuyos bienes fueron confiscados por aquel Estado, con el argumento de haber sido malversados, incluyendo los de las familias del presidente Fulgencio Batista y sus colaboradores más cercanos, entre ellos algunos tan ilustres como los Díaz-Balart. 

Las agencias que combaten el narcotráfico en EE.UU. les enseñarían a los nuevos aparatos de seguridad cubanos cómo combatir los cárteles de la droga; y el gobierno de EE.UU. enviaría a Cuba a los Cuerpos de Paz (Peace Corps) para ayudar a recuperarse a las comunidades campesinas y a los que sufren pobreza, analfabetismo, atraso, enfermedades. 

Un paso primordial en la transición hacia esa nueva Cuba sería la constitución de un sistema multipartidista. Este no discriminaría a ningún partido por razones ideológicas, bajo la regla de oro de la competencia electoral, especialmente los surgidos al calor de la lucha por la libertad, pero también los viejos, que en los años de la República mantuvieron una vocación democrática, lo mismo liberales que conservadores, auténticos que demócratas-cristianos. 

Los que sí estarían definitivamente excluidos de este sistema pluralista serían los castrocomunistas, así como todos los que avalaron con su respaldo al antiguo régimen, aunque no militaran en sus filas. Ninguno de ellos merecería contarse entre las filas del “con todos y para el bien de todos” que decía el Apóstol. 

Un caso aparte sería el de aquellos que tuvieron responsabilidades en aquellas organizaciones criminales, como el PCC, o los militares que controlaban la economía cubana, pues el peso de la justicia caería sobre ellos. Ninguno quedaría impune. Como lección para que ninguna ideología izquierdista pudiera entronizarse de nuevo en nuestra patria.  

Los que sí merecerían reconocimiento, por sus extraordinarios méritos a la causa de la democracia y la libertad, serían los anticastristas que se mantuvieron activos en la lucha contra el régimen, no importa cuál haya sido su peso real y convocatoria. Ese reconocimiento y la autoridad que se deriva de su ejemplo cívico y político serían inseparables de su lugar en la nueva Cuba. 

Acorde con los postulados de la Cuban Liberty and Democratic Solidarity, de lasbanderas de la oposición anticastrista y, en particular, de los juristas pioneros que anticiparon una próxima Cuba democrática y liberal, resultaría imprescindible una nueva Constitución, en consonancia con todos estos cambios de fondo. 

Para prevenir que ese nuevo orden se apartara de su curso normal, y volviera a caer, aprovechando el pluralismo democrático, en la seducción populista que caracteriza a las izquierdas, esta Constitución blindaría los resguardos constitucionales que mantendrían a Cuba en un régimen republicano liberal. 

Entre esos resguardos estaría la articulación especial que la ligaría con los EE. UU. Según el artículo 5, que algunos llaman la “Enmienda Rubio”, en honor a uno de los mentores de esta nueva Cuba americana, la nueva república estaría estructuralmente ligada a su Big Brother del Norte. 

No a la manera de la tan vilipendiada Enmienda Platt, ni al modo de un estado libre asociado, como Puerto Rico. Aunque ambos paradigmas pueden reunir muchas más virtudes que defectos. 

No olvidar que los cubanos del primer tercio del siglo XX vivieron el periodo de mayor expansión económica que se recuerda desde el boom azucarero-esclavista de 1790-1830, precisamente a la sombra de la Enmienda Platt y el Tratado de Reciprocidad (1903); y que esa feliz etapa de vacas gordas naufragó en el caos de la revolución comunista de 1930. Tampoco olvidar que Puerto Rico ha sido el estado más próspero del Caribe, gracias a su vínculo especial con EE. UU., adonde todos los boricuas pueden viajar sin necesidad de visa.

La nueva Cuba americana no estaría asociada o anexada a la Unión, sino más bien a la inversa: EE.UU. volvería a ser parte de la economía, la civilización tecnológica, la modernidad y los adelantos sociales, culturales y urbanísticos que una vez caracterizaron a la isla. Los que la convirtieron en una nación cosmopolita y un modelo de progreso en las Américas.

Cuba no perdería un ápice de su independencia y soberanía, sino seguiría siendo un faro de desarrollo autónomo, en alianza con el capital de EE.UU., y con una clase política fuerte y democrática, como la brotada del retoño cubano en el exilio e injertada en el tronco de la gran nación americana.      

A cambio de este arraigo en suelo cubano, Cuba le aportaría a EE.UU. el carácter de un aliado excepcional, como parte de esta renovada special relationship

Como botón de muestra, se renegociaría el Tratado de 1934 sobre Guantánamo, de manera que la base aeronaval se extendiera al conjunto de la bahía y algunos terrenos adyacentes, para crear el enclave estratégico militar más potente y el polígono de pruebas de las tecnologías de última generación más avanzado. Donde las flotas de superportaviones nucleares llamados “bases flotantes”, las divisiones de aviones tripulados por IA llamados “Skywalker robots” y los sistemas de armas aeroespaciales y de guerras cibernéticas tendrían su cuartel general. 

Desde esa base de Guantánamo corregida y aumentada, EE. UU. desplegaría la reconquista de las Américas, con el concurso de Cuba.

Para el final queda el tema de la revolución cultural. 

Toda la historia de Cuba, no solo la de los últimos 67 años, tendría que expurgarse y reescribirse, para corregir la gigantesca tergiversación de nuestro legado cultural, puesto en función de la ideología del régimen. 

El olvido de nuestros músicos que no se sometieron a esos dictados y partieron al exilio, desde Ernesto Lecuona hasta Bebo Valdés. La censura de artistas plásticos, desde Cundo Bermúdez hasta Tomás Sánchez; de narradores como Enrique Serpa o Uva de Aragón; de poetas como Agustín Acosta o Gastón Baquero. Ninguno de esos grandes artistas ha estado al alcance de las diez últimas generaciones de cubanos. 

Esa ingente tarea empezaría desde abajo, en las escuelas primarias, donde los nuevos libros de texto recuperarían los valores culturales esenciales de esa Cuba americana que regresaría, junto con todo lo demás.    

Nota bibliográfica: 

Aunque este artículo cultive el género de política-ficción, en su mayor parte se basa en fuentes realmente existentes. 

Las principales son la Ley Helms-Burton (1996), los informes de la Commission for Assistance to a Free Cuba (2003, 2004), las declaraciones del presidente Trump y el secretario de Estado Rubio, así como el “Acuerdo de Liberación” firmado por organizaciones del exilio (2 de marzo, 2026). 

El papel de la élite cubanoamericana en la nueva Cuba se basa en reportes de TV acerca de encuentros recientes de “multimillonarios para definir su papel en la Cuba postcomunista”así como en entrevistas a algunos de sus principales líderes

En cuanto a la imagen de la Cuba anterior a 1959, modelo ideal al que se proyecta regresar, resumo imágenes de numerosos reels, minidocumentales, clips que circulan ahora mismo en redes sociales. 

Como dicen por ahí: “Hay para comer y para llevar”.

https://oncubanews.com/opinion/columnas/con-todas-sus-letras/una-cuba-americana-y-otras-distopias/

lunes, 13 de abril de 2026

La belleza en las palabras patria y amistad

 Guille Vilar

Foto: Iván Soca
















Con la edición el pasado año del disco Álbum Blanco para Silvio, una producción de Enrique Carballea para Cuba con BisMusic, donde aparecen versiones de temas inéditos del trovador interpretadas por distintos artistas, nos sorprendió gratamente la presencia de Chico Buarque de Hollanda en un nuevo acercamiento a Pequeña serenata diurna, tema que había grabado anteriormente hace ya 40 años para uno de sus discos. 

Pues hace tan solo días fue noticia la llegada a nuestro país del prestigioso intelectual brasileño, con la finalidad de grabar junto a su fraterno hermano Silvio Rodríguez la pieza Sueño con serpientes, una de las canciones más emblemáticas de su extensa obra.

Pero el alcance de semejante suceso, reviste, además, una particular aura de emotiva solidaridad debido a la estrecha relación de Chico con Cuba, lazos que permanecen inalterables en el transcurso del tiempo. Por tal motivo, este último viernes en la Casa de las Américas se propició un encuentro de ambos cantautores con la prensa y músicos allegados a la obra de Chico en nuestro país.

Si bien este no dejó de expresar su agradecimiento por las muestras de cariño recibidas, también declaró estar emocionado por encontrarse nuevamente en la Casa de Haydee Santamaría –en la Casa de Roberto Fernández Retamar–, institución que lo acogiera en su condición de dramaturgo y narrador como integrante del jurado del Premio Literario en 1978; además de habérsele entregado el Premio José María Arguedas por su novela Leche derramada del 2013.

Pero fueron los músicos cubanos invitados quienes le hicieron recordar a Chico algunos pasajes relevantes de su actuación en nuestros escenarios, como aquel concierto que ofreciera con el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC en 1978; a la vez que Frank Delgado le obsequia diversas fotos en donde Chico aparece con aquellos jóvenes, que definieron una nueva sonoridad de la trova en el 80.

Mientras, Carlos Alfonso, quien en opinión de Silvio dirige el mejor grupo de rock cubano, rememora orgullosamente aquel momento cuando en Síntesis se encargan del arreglo vocal del tema de Chico titulado Construcción, como parte de una compleja realización de Leo Brouwer.

En tanto, José María Vitier le asegura que, desde aquellos tiempos lejanos, estábamos todos impactados por la belleza y la excelencia de la música brasileña que nos llegaba; pero, sobre todo, por su obra en específico, en donde el elevado valor poético iba de la mano del elevado valor musical, como si la poesía y la música habitaran en una misma morada.

En las palabras de Lea Cárdenas, la directora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana, se recoge el sentir de todos los allí presentes, al expresarles a ambos músicos el privilegio que significa para los más jóvenes el tenerlos allí entre nosotros. Ellos, dice, son dos personalidades imprescindibles de la cultura universal por la coherencia de sus respectivas obras, en función de exaltar la belleza y el compromiso con los más caros valores humanos.

Finalmente, Silvio informó que la grabación realizada de Sueño con serpientes, una vez que concluya el proceso requerido de producción, estará a disposición de la radio cubana.

Entonces, que la prosa del Apóstol resuma las esencias de la entrañable relación entre Chico y Silvio cuando afirma: «que si me preguntan cual es la palabra mas bella, diré que es patria; y si me preguntan por otra, casi tan bella como patria, diré amistad».

https://www.granma.cu/cultura/2026-04-13/la-belleza-en-las-palabras-patria-y-amistad

domingo, 12 de abril de 2026

viernes, 10 de abril de 2026

La vida merece ser festejada

Carmen Maturell Senon

Es jueves y los preparativos están casi listos. Es jueves y los adolescentes ya han comenzado a bailar su vals.

No todos siguen el mismo compás. Hay quien se apoya en un bastón, quien guía la silla de ruedas con destreza, quien sostiene la mano de su compañero para no perder el equilibrio. Sin embargo, el vals es perfecto, es verdadero.

Pareciera que los globos amarillos no conocen de vientos fuertes ni adversidades amenazantes. Pareciera que –como se hace desde 1999–, contra esos vientos y mareas ninguna de las 19 sonrisas se borrará.

Son quince velas encendidas en el alma que nadie ha podido apagar. Sueños tejidos entre cuadernos y sonrisas que, alrededor de un círculo, danzan a la par.

Cuando se cumplen 15 años de edad, ¿qué no pudiera sentirse? ¿qué no se pudiera desear?

En la explanada, los colores se enlazan. Los de atrás pasan al frente. Las sillas de ruedas se unen en el centro: «Nadie pudo impedir esta celebración». Ellos, con sus cuerpos diversos y sus historias de lucha, recuerdan que la vida merece ser festejada.

Expectantes se encuentran en el público el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, y el miembro del Buró Político y primer ministro, Manuel Marrero Cruz. Todos los presentes desconocen lo que pasará: «estos 15 han sido a puro esfuerzo y siempre dijimos que van».

Dice Esther María La O Ochoa (Teté), quien fuera directora de la institución por muchos años, que gracias al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, fundador de la escuela, y al General de Ejército Raúl Castro Ruz, ningún año se dejó de celebrar esta fiesta. Porque «estamos en una Cuba bloqueada, pero nunca negada a dar amor».

Ahora las copas se alzan: brindan por la felicidad. Durante 20 minutos la ternura y la esperanza se dieron la mano. Cada abrazo compartido fue un pequeño homenaje a la vida. En esos abrazos no hubo distancias, ni prejuicios, ni prisas.

Los padres lloraban sin disimulo. Las maestras, que son un poco madres también, transmitían esa alegría dilatada. Y los quinceañeros, en el centro de todo, sonreían como si por unos instantes el mundo solo tuviera espacio para la dicha.

Bien saben que sostienen en sus manos más que un simple ramo: es la viva promesa de lo que está por venir. Porque aún en medio de las dificultades, en Cuba, cada persona cuenta y cada vida insiste en florecer.

https://www.granma.cu/cuba/2026-04-10/la-vida-merece-ser-festejada-10-04-2026-00-04-05

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Poniendo voces / Foto, Kaloian

jueves, 9 de abril de 2026

miércoles, 8 de abril de 2026

Chico Buarque en La Habana

Foto: Kaloian Santos Cabrera


Vino a grabar una canción con nosotros

Irán, una tregua pírrica para Trump

 Macarena Vidal Liy

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha presentado el acuerdo de alto el fuego de dos semanas con Irán como un triunfo. Un logro que describe en su estilo característico, con muchas mayúsculas y muchas exclamaciones. Pero, a la espera de ver los resultados que arrojarán las negociaciones en Islamabad, lo conseguido de momento es una tregua de términos pírricos. El gran logro de Washington es abrir un paso marítimo que no estaba cerrado antes de comenzar su ofensiva; por el camino ha ofendido a sus aliados y dinamitado su imagen internacional, ha vaciado sus arsenales de munición y ha puesto en contra a su opinión pública.

En su anuncio, Trump ha planteado la pausa en las hostilidades como una concesión, casi un favor a los mediadores paquistaníes cuando solo faltaba una hora y media para dar la orden de lanzar un ataque masivo contra la infraestructura civil iraní. Un acto de magnanimidad porque —escribía en su red social— “ya hemos cumplido de sobra todos nuestros objetivos militares y estamos muy avanzados en un acuerdo definitivo sobre una paz a largo plazo”.

Los detalles apuntan, no obstante, a que quien sale mejor parado es Teherán. Las conversaciones, según ha admitido el propio Trump, tendrán como punto de partida el plan de la República Islámica; no el de Estados Unidos, de 15 apartados. Tampoco está claro en qué términos Irán abrirá el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo.

Teherán entra en la tregua con su uranio enriquecido bajo tierra, pero intacto. El régimen se mantiene en pie y con el control del país, por mucho que el inquilino de la Casa Blanca insista en que se ha producido un cambio total. Su capacidad de infligir daños al enemigo quedó demostrada con el derribo la semana pasada de un caza F-16 que obligó a Estados Unidos a lanzar una arriesgada misión de rescate de los tripulantes en la que empleó 155 aeronaves y “centenares” de hombres, según precisó en una rueda de prensa el lunes Trump. En aquella operación, Estados Unidos perdió varios aviones y al menos dos helicópteros, por valor de cientos de millones. 

Mientras, Estados Unidos ha pagado un precio muy caro por una guerra que eligió arrastrado por un Israel deseoso de acabar con su mortal enemigo, como admitió en su momento el secretario de Estado, Marco Rubio, y dejaba claro este lunes el periódico The New York Times en una detalladísima crónica sobre la última reunión en la Casa Blanca entre Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el 11 de febrero, dos semanas antes de comenzar la guerra. 

La decisión de atacar ha enfrentado a Washington con sus aliados. En el caso europeo, las críticas del presidente a los socios que no quisieron ceder sus bases ni su espacio aéreo para su uso en la guerra, o participar en una coalición para abrir por la fuerza el estrecho de Ormuz, han reabierto, y agrandado, la brecha creada por el deseo de Trump de hacerse con Groenlandia. Esa herida vuelve ahora a sangrar: “Si quieren saber la verdad, todo empezó con Groenlandia. No nos la han querido dar, y yo dije: ‘adiós muy buenas”, mencionaba el republicano, casi de pasada, en una rueda de prensa este mismo lunes. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que visita este miércoles la Casa Blanca, tendrá que hacer gala de sus artes más melifluas para aplacar al republicano.

La relación con los aliados asiáticos tampoco ha quedado bien parada. La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, se llevaba de su visita a la Casa Blanca una broma pesada del republicano sobre el ataque de Japón a Pearl Harbor. Corea del Sur ha visto con alarma no solo las quejas de Trump sobre la falta de colaboración en Ormuz, sino también cómo las fuerzas estadounidenses se llevaban de su territorio un sistema de defensa antiaérea THAAD que había costado a Seúl una crisis diplomática y un boicot comercial millonario de China. El despliegue militar en el golfo Pérsico ha desviado también otros activos militares —barcos, soldados, munición— que protegían a sus socios en el Pacífico.

La guerra también ha dejado a las fuerzas de Estados Unidos en una situación precaria. Como advertía el general Caine en las reuniones del equipo de seguridad nacional en la Casa Blanca previas a la guerra, se ha gastado mucha más munición e interceptores de defensa antiaérea de los que el país podrá reponer durante años. 

La economía mundial ha sufrido un duro golpe, del que la primera potencia del mundo, por mucho que Trump haya presumido de estar a salvo, no se va a poder librar. El precio de la gasolina en Estados Unidos había superado los cuatro dólares por galón, una barrera psicológica de difícil aceptación para un público que considera ese encarecimiento la consecuencia más grave de la guerra por abrumadora mayoría —un 69%, según un sondeo de Pew—. El propio Trump reconocía estos días la impopularidad de la guerra entre sus propios votantes: “Los estadounidenses querrían que volviéramos a casa”.

Pero el precio más caro que tendrá que pagar Estados Unidos por esta guerra aún está por venir: el desplome de su imagen internacional en un conflicto elegido e ilegal. La constatación de que un gobierno en Washington está dispuesto a perpetrar crímenes de guerra y su presidente se declara “nada preocupado”. 

El aterrador mensaje de Trump de este martes en redes sociales —“esta noche morirá toda una civilización”— es de los que no se olvidan. De los que dejan un poco de trauma, y anonadan, y crean sensación de culpabilidad solo por haberlo leído. “Repugnante”, en palabras de Volker Türk, el comisario de Derechos Humanos de la ONU. Ahí queda, para la historia, el 7 de abril de 2026. El día en que un presidente de Estados Unidos amenazó sin ambages con exterminar a una población de 91 millones de habitantes. El día en que Washington se cubrió de oprobio.

https://elpais.com/internacional/2026-04-08/iran-una-tregua-pirrica-para-trump.html

martes, 7 de abril de 2026

Cuba: los otros datos

 Gerardo Arreola

Gerald Ford y George Bush padre son los únicos presidentes de Estados Unidos que no llegaron a un acuerdo relevante con Cuba, desde la revolución de 1959. Barack Obama, que restableció las relaciones diplomáticas en 2014, fue el primero en reconocer abiertamente que la agresión económica y política de décadas no favorecía los intereses de Washington en la isla.

Pero el breve deshielo no bastó para una plena normalización. Hoy la hostilidad estadounidense es superlativa, por la batería de medidas adicionales que Donald Trump impuso desde su primer mandato y que, sobre todo, causan un daño incalculable a la población cubana. 

En la imagen cotidiana parece que el conflicto sólo se debe a que la mayor potencia del mundo ataca por todas las bandas a una pequeña nación, pero esa no es la única fuente de la crisis múltiple que estremece a Cuba. Hay una historia interna de omisiones, rezagos, resistencias al cambio y errores acumulados en décadas…

El correr del tiempo…

En enero de 1989 Fidel Castro recibió a Vitali I. Vorotnikov, miembro del Buró Político del Partido Comunista de la Unión Soviética. En sus memorias, el entonces emisario de Moscú relató que la perestroika dominó las conversaciones y que el líder cubano lo bombardeaba a preguntas.

Cuando Mijail Gorbachov visitó Cuba en abril de ese mismo año, las discrepancias quedaron patentes. Con información de primera mano, Fidel proclamó en julio siguiente en Camagüey:

“Si mañana o cualquier día nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil en la URSS, o, incluso, que nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aun en esas circunstancias Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo!”

Cuatro meses después cayó el Muro de Berlín. El 29 de agosto de 1990 Cuba declaró el “Periodo Especial en Tiempos de Paz”, un plan de recortes y sacrificios. En octubre de 1991, el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en la práctica expidió un cheque en blanco para Castro, al “otorgar al Comité Central facultades excepcionales”, para que “adopte las decisiones políticas y económicas que correspondan (…) a fin de hacer cumplir el objetivo supremo de salvar la Patria, la Revolución y el socialismo”.

Dos meses más tarde, el 25 de diciembre de 1991, desapareció la Unión Soviética. Desde su advertencia visionaria, Castro esperó cuatro años para reaccionar. En el verano de 1993 empezó a introducir reformas que abrieron la economía cubana a mecanismos de mercado, amplió el sector privado y creó canales para la inversión extranjera y el comercio con occidente.

La economía se recuperó en los siguientes años, pero hacia finales de los noventa las reformas se estancaban o retrocedían. Castro las miraba como un mal necesario y temporal, no como soluciones estructurales.

Hugo Chávez apareció en el horizonte y Castro unió la nueva alianza con la Batalla de Ideas, una campaña que buscaba remontar el golpe del “Periodo Especial” a la política social. Fusionado el discurso ideológico, los frutos de la relación con Venezuela y obras en escuelas y hospitales, la apertura económica languideció.

En la madrugada del 13 de febrero de 2005, ante un auditorio de economistas, Castro proclamó la nueva línea: “El Estado vuelve convertido en Ave Fénix, con alas de largos vuelos”.

Pero ese mismo año también volvieron con fuerza los apagones de la década anterior. Castro reconoció que la planta de termoeléctricas era obsoleta y emprendió lo que llamó Revolución Energética: una reducción del combustible fósil, empleo de aparatos domésticos eficientes y el impulso de energías limpias, gas y plantas portátiles.

Fidel tuvo que hacer entonces un alto en el camino para revelar que había llegado a plantearse un conflicto más profundo. Tras la crisis post-soviética, el líder cubano sostenía que el sistema político de la isla iba a sobrevivir para conservar al menos “las conquistas de la revolución”.

En un discurso en la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005, corrigió esa tesis. Reconoció los “muchos errores” de la dirigencia que él había encabezado por décadas, por primera vez expuso en público la idea de que el sistema podía colapsar por sus propios defectos y llamó a discutir ampliamente cómo “esta revolución puede destruirse”.

Pero ya no hubo debate: una enfermedad intestinal lo obligó a ceder sus cargos públicos y el foco de atención cambió radicalmente. Raúl Castro, quien remplazó a su hermano, adoptó decisiones que mejoraron la vida cotidiana de la gente y la acercaron al común del resto del mundo (libertad para viajar, para vender la vivienda o el auto o para comprar aparatos electrónicos); abrió una discusión sobre las demandas de la población y lanzó un plan de apertura de la economía que llegó a convertirse en resoluciones del PCC y de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP, parlamento) y que se reflejó en la una nueva Constitución de 2019.

Siempre con base en el régimen de partido único, Raúl enfiló una dura crítica al aparato dirigente. Censuró el triunfalismo de la propaganda oficial, el recurso compulsivo de culpar de todo y en cualquier caso a Estados Unidos y reclamó atender problemas propios como la corrupción, el burocratismo y la improductividad.

A diferencia de Fidel, Raúl valoró que la reforma de la economía cubana era de vida o muerte, ni mal menor ni temporal. “O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio: nos hundimos y hundiremos (…) el esfuerzo de generaciones enteras”, dijo a la ANPP el 18 de diciembre de 2010.

“Lo único que puede hacer fracasar a la revolución y al socialismo en Cuba, poniendo en riesgo el futuro de la nación, es nuestra incapacidad para superar los errores que hemos cometido durante más de 50 años y los nuevos en los que pudiéramos incurrir”, leyó en su informe al VI Congreso del PCC, el 16 de abril de 2011. En la clausura, tres días después, criticó la mentalidad “atada durante largos años a los mismos dogmas y criterios obsoletos”.

Pero ya en el VIII Congreso de PCC, en abril de 2021, tuvo que frenar el impulso. Dijo que la resistencia al cambio impedía que la reforma caminara. Reconoció que decisiones del más alto nivel quedaban atascadas en las estructuras medias del gobierno. Una barrera invisible saboteaba desde dentro la apertura.

Paso adelante, dos atrás

Desde el colapso del socialismo real, en casi cuatro décadas, Cuba ha tenido dos ensayos de apertura económica y dos contrarreformas. Dejó pasar la oportunidad que le abrió Obama, arrastra un conglomerado de empresas estatales ineficientes y le cierra caminos a sus propios emprendedores nacionales, que han mostrado capacidad, innovación y competitividad.

Sólo en los últimos diez años la dirigencia ha reconocido errores propios, sin señales claras de rectificación. Raúl Castro criticó (27 de diciembre de 2016) la “mentalidad obsoleta llena de prejuicios” contra la inversión extranjera. Miguel Díaz-Canel lamentó “la pasividad, la demora y hasta la indiferencia de instituciones y organismos para responder” a ofertas del capital foráneo (24 de mayo de 2023).

La reforma fue tan improvisada que tuvo resultados negativos, reconoció el entonces zar de la apertura, Marino Murillo (21 de diciembre de 2017). En el peor momento de la economía hasta entonces, el gobierno emprendió en 2021 la reforma monetaria, que fracasó. En lugar de reducir el circulante a una sola moneda, se multiplicaron las divisas en el mercado y volvió el uso minorista del dólar. Se disparó una hiperinflación y una macrodevaluación del peso cubano. Murillo terminó destituido.

En 2023 el Banco Central de Cuba inició una campaña de migración masiva a la bancarización electrónica. El 24 de enero de 2024 reconoció que la demanda era muy superior a la capacidad financiera, material y humana, con un alto deterioro de la red de cajeros automáticos.

Pero quizás la política más inexplicable en este lapso haya sido la decisión de poner la mayor proporción de la inversión pública en la infraestructura turística, cuando el campo y la generación eléctrica reclamaban recursos. Las torres de hospedaje crecieron en la isla incluso en plena pandemia y aún después, ya en franca caída económica, sin que los indicadores del turismo pudieran recuperarse.

El economista Ricardo Torres, investigador de American University, en un reciente reporte para Cuba Study Group, un centro de análisis independiente, calculó, con base en datos oficiales, que el turismo pasó de absorber 15–17 por ciento de las inversiones en los años noventa y principios de los 2000, a más de un 30 por ciento en 2015–2018 y casi un 40 por ciento entre 2019 y 2024.

En 2020 casi la mitad de la inversión total (47,6 %) se destinó al turismo, mientras que la electricidad, el gas y el agua apenas recibieron el 9.4 por ciento, añadió el investigador.

“Incluso en los años de profundización de la crisis económica (2019–2024), el gobierno eligió mantener un esfuerzo inversor elevado, pero concentró una fracción desproporcionada de esos recursos en la cadena turística (hoteles y su inmobiliaria asociada), en lugar de reforzar la infraestructura energética”.

Veinte años después de la Revolución Energética de Fidel Castro, las mismas termoeléctricas devastadas, corroídas por el petróleo local ultrapesado, en su mayoría con más de treinta años de explotación, entraron en colapsos en cadena.

Por si algo faltara, el ministro de Economía y Planificación y viceprimer ministro Alejandro Gil Fernández, un muy cercano colaborador de Díaz-Canel, fue destituido, procesado y sentenciado en diciembre de 2025 a cadena perpetua por espionaje, cohecho, tráfico de influencias y sustracción de documentos, sin que a la fecha se conozcan los hechos que le imputaron.

¿Hay salida?

En la academia cubana abundan las elaboraciones más diversas sobre alternativas para la reconversión del modelo económico, incluso actualizadas al paso de cada nueva adversidad. Pero el gobierno se ha mantenido inflexible, sin siquiera valorarlas.

Para peor, Trump decidió volver a poner a Cuba en su agenda y la crisis en la isla se superpone en el tiempo a cualquier otra consideración. La gran paradoja es que una reforma de la economía cubana, aprobada por las instituciones de la isla, reformulada al paso del tiempo, pero frenada en la práctica, termina ahora como una supuesta demanda del gobierno de Estados Unidos.

¿El actual presidente se sumará a sus antecesores que llegaron a un entendimiento con La Habana? ¿O pasará a la lista corta de quienes no lo hicieron?

El historiador e investigador de la Universidad de Miami Michael J. Bustamente, quien sigue de cerca el conflicto, se muestra escéptico. “Siento que los dos lados un poco en estas últimas semanas han regresado a sus trincheras”, dice para este artículo. A Estados Unidos cierta liberalización para la inversión privada en la isla le parece insuficiente. El gobierno cubano rechaza cualquier negociación sobre su modelo o liderazgo político. “Espero que estén negociando de verdad para beneficio del pueblo cubano, que está sufriendo las consecuencias, pero lo veo difícil”.

Bustamante tampoco distingue claramente cuál es el objetivo de la Casa Blanca en Cuba. “Su meta puede que esté cambiando todos los días, en dependencia de lo que está pasando en otros frentes de la política exterior norteamericana”.

El investigador advierte que una presión superior de Estados Unidos, que llegue a desestabilizar Cuba, terminaría con resultados contraproducentes. El más obvio, un nuevo repunte migratorio. Pero el verdadero objetivo de Trump, insiste Bustamante, “es muy difícil descifrar”. Y si Cuba trata de ganar tiempo, “es una estrategia muy riesgosa. En cualquier momento se pueden producir protestas masivas, que casi invitan a Estados Unidos a hacer algo más”.

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