viernes, 24 de julio de 2026

Centro Pablo, 30 años contra el Alzheimer cultural

Por Ariel Díaz

Mi primer encuentro con el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau ocurrió en 1998, cuando fui invitado a un concierto colectivo en el espacio A Guitarra Limpia. Bautizado como Cuerda Joven, reunía a varios colegas en un recital muy bien producido y finalmente grabado, en aquellos tiempos en un casete promocional. A partir de entonces me atrapó la aventura de aquel singular patio y apretadas oficinas donde se trabajaba de una manera compacta y eficiente, asignatura pendiente hasta hoy de muchas instituciones culturales. No voy a describir lo que durante años escribí, dije y canté sobre este lugar, pero sí detenerme en lo más importante: La memoria, prácticamente la sana obsesión que impulsó aquella nave capitaneada por Víctor Casaus y María Santucho con escasa tripulación en medio de tormentosas aguas, piratería a la vista y sin el mapa que llevaba al tesoro.

Los tiempos que corren, con más de artificial que de inteligencia, son propicios para la fatuidad de lo inmediato. Noticias generadas por intrusos mentales sin otro fin que la visibilidad, pseudo culturas enmascaradas de populismo vacío, falsos mesías de la post modernidad y el “vale todo”, lo que hace cada vez más difícil discernir y delimitar calidades y contenidos aportadores. Aquellos tiempos, dos décadas atrás, en que el Centro Pablo asumió el reto digital colocándose a la vanguardia en varias direcciones, parecen hoy imposibles. Posicionar el arte verdadero compitiendo con Granjas de Música, bots y algoritmos hegemónicos es una tarea titánica. La Cuba de hoy, banalizada hasta el delirio, donde la celebridad ya no depende de la obra, si no de aparecer transmitidos en directo con un pato bajo el brazo, requiere de aquellos lugares que, cual templos alejandrinos, resguardan la historia y el quehacer de generaciones. Es el caso justo del Centro Pablo, nombre que supo resumir la voz popular. Si usted quiere saber y palpar qué ocurrió en casi tres décadas de canción trovadoresca, arte digital, fotografía, literatura de investigación cultural e indagar sobre la vida y obra del periodista Pablo de la Torriente tiene ante sus ojos un caudal inagotable de información en todos los soportes y hablo con propiedad, pues en algún momento me tocó clasificar y organizar la información allí resguardada y créanme que es gigantesca y se hace a ratos infinita.
A mi mente siempre regresan momentos irrepetibles en aquel “patio de las yagrumas” como un Santiago Feliú desatado, una Trovuntivitis debutando en la Capital, Teresita Fernández cantando a Martí, las canciones compartidas de la Generación X, Frida Kahlo y Miguel Hernández hechos canción, un Fidel Castro descubriendo la Trova Anónima o tantas jornadas de descargas y reuniones en torno a la guitarra que se supo conservar limpia.
Soy deudor del Centro Pablo, una buena parte de mis canciones fueron concebidas allí y luego paridas a viva voz en cientos de conciertos, allí tuve mi primera grabación y no pocos amores y amistades, más tolerantes y diáfanas entonces que hoy.

Ya no tenemos lugares así, con perdón de otros gestores también de gran validez. Un sitio donde no te mueva otra razón que el amor al arte verdadero, donde sepas que el instante va a quedar plasmado más allá de la memoria colectiva para trascender en el tiempo. Donde el público escucha y cuestiona, donde el artista transgrede y propone. Muchos jóvenes no escucharon hablar de él, otros tienen una idea vaga. No dejemos que el Centro Pablo se borre de la historia reciente. He sentido con pesar que sus treinta años de constancia no han sido visibilizados suficientemente en los últimos años. Regresemos a él porque siempre tendrá algo que mostrar y en sus laberintos de imágenes y sonidos un descubrimiento siempre espera por asombrar. Felicidades a todas y todos los que de alguna forma sostuvieron sus muros de cultura auténtica, mambisa y necesaria.

Parafraseando aquel tango: “Las tardecitas del Centro Pablo tienen ese qué sé yo ¿viste?" 

21 de julio de 2026

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