miércoles, 2 de septiembre de 2026

Eterno trovador revolucionario, enternece al Liceu de Barcelona


Por Guillermo Cabellos

Barcelona, 2 sep (EFE).- Pocos cantautores han escrito versos más bellamente revolucionarios y estrofas tan subversivamente tiernas como Silvio Rodríguez. Este martes, el eterno trovador cubano, de regreso a Barcelona una década después de su último concierto en la capital catalana, demostró en el Liceu por qué es uno de los tótems de la canción.

Así, sin mediar palabra, la cita comenzó con 'Historia de las sillas', pieza a la que siguieron las líneas que el revolucionario cubano José Martí escribió en el ensayo 'Maestros ambulantes', dulce preámbulo a 'Ala de colibrí', incisión iniciática en un cancionero en el que el anhelo de libertad siempre converge con la delicadeza.

En esas mismas coordenadas conviven 'Noches sin fin y mar', improvisada por un imperceptible problema técnico, o 'Sueño con serpientes', primer corte de la velada cantado en dúo con los casi 2.300 fieles que abarrotaban el Liceu.

El público, algo distante de la demografía burguesa que habitualmente habita el teatro, no dejó de aprovechar los silencios para lanzar consignas como "¡Cuba sí, yankees no!" o "¡Viva Cuba, viva Fidel!", en contraste con los eslóganes con los que media docena de manifestantes anticastristas recibieron a los asistentes en La Rambla.

 No sorprendió a nadie, porque el activismo revolucionario de Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba, 1946) es una arista más de una personalidad tan amable como políticamente decidida.

De hecho, el músico fue noticia el pasado marzo, cuando recibió de manos del ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba, Álvaro López Miera, el fusil Kaláshnikov que exigió en su blog para defender la isla si era atacada por los Estados Unidos.

Por contra, en el Liceu, empuñando su guitarra y flanqueado por un tres cubano, un piano, una guitarra, un teclado –a cargo de su hija Malva–, un clarinete, una batería y un contrabajo, Rodríguez encadenó 'Virgen de occidente', que verá la luz en su próximo álbum; 'Viene la cosa', de su reciente 'Quería saber' (2024) y 'La bondad y su reverso', todo bajo el manto jazzero que imponía la banda.

 En un tramo marcado por sus trabajos más cercanos, también tuvieron su hueco 'En cuál de esos planetas' y 'Más porvenir', dedicada a su amigo Pepe Mujica, expresidente de Uruguay.

Pero no todo iba a ir de novedades. 'Me acosa el Carapálida' devolvió Barcelona al 1984 en que salió 'Tríptico (Volumen tres)'; y '¿A dónde van?', presentada en solemne soledad, recogió el 'Mujeres' de 1978; mientras que en un aparte, acompañado únicamente de la flauta de Niurka González y el piano de Malva Rodríguez, el cubano invocó a Luís Eduardo Aute a través de 'La belleza', que levantó gritos de revolución en platea y palcos.

Con la tríada formada por 'Eva', 'Quién fuera' y 'Escaramujo', el Liceu se animó, coros y vítores mediante, en un repecho que ya funcionó como llano por el que fluyeron sin resistencia 'Pequeña serenata diurna' y 'Canción de elegido', antes de que el trovador tuviera un recuerdo para el pueblo palestino recitando el poema 'Halt!' de Luis Rogelio Nogueras y entonara 'La era está pariendo un corazón' y 'El necio' envuelto en una kufiya.

Sin hacerse de rogar, el bis rompió desde el primer tema, porque 'Ojalá' arrancó con un suspiro a la altura de la canción, su leyenda y ese "disparo de nieve" –o de Nievi, que cada cual escoja su versión–, antes de cerrar el Gran Teatre del Liceu con 'Por quien merece amor', última punzada en Barcelona, primera parada de una gira española que llevará al cubano por Zaragoza, Bilbao, València, A Coruña, Sevilla, Murcia y Madrid.

Dejando fuera himnos como 'Unicornio', 'Rabo de nube', 'Te doy una canción' u 'Óleo de mujer con sombrero' –estas tres últimas fueron cantadas en catalán por Joan Isaac y Sílvia Comes como aperitivo–, Silvio Rodríguez se despidió del teatro entre una larguísima ovación, mientras observaba, metido debajo de una gorra en la que se leía 'Aprendiz', cómo ondeaban banderas cubanas, esteladas y retratos del Che.


ENTRE EL GRITO Y LOS SILENCIOS

Por Sergio Lozano / Barcelona (La Vanguardia) 

Silvio Rodríguez se dejó en casa el kaláshnikov para aparecer anoche en el teatro del Liceu, primera etapa de su gira peninsular. El cantautor, que el pasado marzo recibió el arma que había reclamado para defender a Cuba de Estados Unidos –una imitación sin poder de fuego, en realidad– prefirió subir al escenario con la máquina de matar fascistas, como llamaba Woody Guthrie a su guitarra.

Probablemente nunca antes se habían escuchado en el Liceu gritos de “viva Fidel, viva Cuba Libre”, que alguien lanzó desde el segundo piso y fueron respondidos con aplausos por el público antes de que Joan Isaac y Sílvia Comes celebraran una pequeña previa con versiones del músico cubano que incluyó Cua de núvol, Et dono una cançó, y Oli d’una dona amb barret.

El protagonista hizo su aparición luciendo una gorra donde se leía “aprendiz” en la frente, aunque anoche fue maestro a la hora de expresar lo que siente y desea para su maltrecho país y para el mundo. Aquel “cúmulo de verdades esenciales que caben bajo el ala de un colibrí” como escribió José Martí en el ensayo Maestros ambulantes, del que leyó un fragmento al poco de comenzar para seguir con Ala de colibrí.

“Hoy me propongo fundar un partido de sueños” entonó el viejo músico como carta de presentación, reflejo de un espíritu libre y sólido al mismo tiempo, defensor de los ideales comunistas de la revolución, pero crítico al tiempo con ella. O como dijo Martí al poco de comenzar la velada: “Se necesita ser bueno para ser feliz” pero también “se necesita ser próspero para ser bueno”. 

Candidez en la voz -entera a sus 79 años- y terciopelo en las guitarras se mezclaron anoche con la entrega de los asistentes, afiliados todos a la poesía de Rodríguez, donde no se sabe cuándo termina el amor y dónde comienza la reivindicación. La excepción fue un grupo de seis manifestantes que a la puerta de teatro, y rodeados por un cordón policial que les doblaba en número, exhibieron pancartas y lanzaron proclamas contra el castrismo entre la curiosidad de los turistas y el rechazo del público que hacía cola. Los asistentes, tildados de “charos” y “perroflautas” por el pequeño grupo, reaccionaron entre la indiferencia, algunos puños al aire y otras tantas peinetas, que no dejan de ser un puño con el índice alzado.

No llegó el ruido al interior del Liceu, atento a la Historia de las sillas, presto a corear en susurros, con vergüenza de novicio, Quién fuera o Pequeña serenata diurna, con esas letras que tanto pueden hablar de amor como de política, o de ambas cosas a la vez. No es de extrañar que tras los ritmos tropicales de Virgen de occidente -que formará parte de su próximo disco- cantara Viene la cosa, pieza de su último disco donde bromea con el término que en Cuba se utiliza para referirse a la política sin mencionarla. 

Acompañado por siete músicos con la omnipresente flauta a cargo de su esposa, Niurka González, y la hija de ambos, Malva, en las voces, Rodríguez no se movió de la silla durante toda la actuación, que navegó por arreglos suaves, añadidos de jazz y aromas del son cubano, sobresaliente en Escaramujo. Cantó aquella Eva que, liberada, “deja de ser costilla”, así como el recuerdo del Abel Santamaría que en Canción del elegido va “matando canallas con su cañón de futuro”. Y no se olvidó de EE.UU., destinatario que la salsera Me acosa el carapálida, ni del orgullo de ser El necio, con aire de jazz idóneo para un teatro.

Con la misma voluntad fue que el trovador, en lo más explícito de una noche donde también recordó a Pepe Mujica, se enfundó la kufiya (el pañuelo palestino blanco y negro) y leyó el poema Halt!, de Luis Rogelio Nogueras, quien, tras visitar Auschwitz reprochó al pueblo judío por cómo “olvidaron tan pronto el vaho del infierno”. Ató el lamento a La era está pariendo un corazón, y logró así un momento de máxima emoción.

A solas con su guitarra interpretó ¿A dónde van?, y cantó La belleza de Aute con esa voz que en el reproche lleva también el perdón y arranca aplausos incluso con los silencios.

Antes de recibir un largo y sonoro aplauso final, Ojalá y Por quien merece amor, ya en el bis, sonaron a fiesta entre amigos que por fin se atrevieron a alzar la voz para concluir el ruego laico que antes había lanzado con Venga la esperanza y su plegaria: “Lárguese la escarcha, vuele el colibrí”, y con él, que vuelen las verdades que anoche sonaron con la voz del viejo trovador.