viernes, 19 de abril de 2013

Alfredo


Lo conocí personalmente en 1968, después del primer concierto que hicimos en Casa de las Américas. Por entonces empezó a visitar nuestra vivienda de la calle Gervasio, donde nos apretábamos mi madre y su marido, mis hermanas y yo. Sobre la estrecha sala del mínimo apartamento había una ventana grande que sólo se abría unas pulgadas, porque topaba con el edificio de al lado. Cuando descubrió el detalle lo vi desbarrar furioso sobre la falta de humanidad capitalista, capaz de vender la ilusión de un ventanal que daba a un muro.

A partir de aquel día me empecé a acostumbrar a sus observaciones y también a sus manías, como la de andar con un saco sobre los hombros (decía que para protegerse los pulmones), o aquella otra de solamente comer pollo. Desde el principio coincidimos en una cosa: el verdadero helado es el de chocolate; todos los demás son pretensiones.

Nuestras primeras pláticas, en su despacho del 7mo piso, casi siempre giraban en torno a temas culturales. Qué leía, qué cine o qué pintura me gustaba, si asistía al teatro. Cuando algo me hacía explotar también entraba allí y le soltaba mis demonios. Haydee Santamaría y él fueron los primeros padres revolucionarios con quienes pude conversar “a calzón quitao”.

Cierta vez estuvo en Brasil, en plena dictadura militar, donde pudo ver las manifestaciones estudiantiles y la complicidad de la canción naciente con la rebeldía. Cuando llegó a La Habana nos invitó a Leo Brouwer y a mi a la conferencia en la que iba a contar su viaje. Nos pidió que al final no nos fuéramos y luego nos llevó a su despacho, para hablarnos de un posible proyecto de investigación musical, de un taller experimental donde nuestras raíces se fusionaran a expresiones afines. Fue la primera vez que se habló sobre lo que después sería el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.

Cuando Maurice Bejart fue a La Habana con su Ballet del Siglo XX, me hizo ir con él al Gran Teatro. La tarde inolvidable empezó con un Raga en el que una pareja, en un mínimo espacio, recorría de principio a fin el Kama Sutra. En otro de los actos la actriz española María Casares decía unos versos a la noche. El último ballet era el Bolero de Ravel: una flama dorada bailando sobre una mesa enorme, asaltada por un sinfín de cuerpos. Al final sólo uno lograba la fusión, para empezar la vida.

El 30 de diciembre de 1970, cerca de las 12 de la noche,  bajé las escaleras de mi edificio y caminé hasta la esquina para llamarle por teléfono y felicitarle por su cumpleaños 45. Me dijo que se sentía muy mal, precisamente por cumplir aquella edad, ya que cuando joven se había prometido no ir más allá de los cuarenta. Desde aquella vez, siempre que coincidíamos en Cuba, no dejé de llamarle los 30 de diciembre a las 12 de la noche.

Inexplicablemente, el último diciembre olvidé llamarle. Unos días después sonó el teléfono y era él, diciéndome que se había quedado esperando. 

Desde la adolescencia fue un apasionado del cine y junto a otros entusiastas tuvo experiencias iniciáticas. Estudió Filosofía y Letras. En la década del 50, por sus actividades revolucionarias, fue preso y torturado brutalmente. Se exilió en México, donde fue asistente de dirección de Luís Buñuel, en su película Nazarín.

Después del triunfo de la Revolución fundó el Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos y el Festival de Cine de La Habana, que dirigió hasta el mediodía de hoy, en que un infarto nos lo llevó.

Alfredo Guevara.

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Ha muerto Alfredo Guevara, un grande de la cultura cubana.

Desde 1959 cuando me habló para fundar el ICAIC -del cual fue creador- mi admiración por él creció proporcionalmente a su enorme capacidad en el trabajo cultural y a su devoción inquebrantable por Fidel y la Revolución.

En cualquier aspecto de la cultura donde detectaba un error, una debilidad estética, una vía “equivocada”, Alfredo señalaba posibles caminos, desde la sugerencia hasta la discusión más demoledora.

La Revolución y -por ende- la cultura cubana, se han quedado sin uno de sus patriarcas mas sólidos. Ya va siendo hora de decirte lo que muchos nunca expresamos por tu austeridad: Te queremos Alfredo.


Leo Brouwer
La Habana, 19 de abril de 2013, 17:30 h.

Leo Brouwer, yo, Alfredo Guevara y Nelson Domínguez

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ALFREDO
Ricardo Alarcón de Quesada

Antes de conocerlo personalmente descubrí su fama en 1954 al ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras en la que Alfredo se había graduado unos cuantos años antes. Pese al tiempo transcurrido profesores y alumnos hablaban de él con respeto y admiración en aquella singular Escuela que contaba con algunos de los mejores maestros de la Universidad y en cuyas aulas abundaban muchachas de la burguesía. Su influencia era palpable en la Asociación de estudiantes que dirigía Amparo Chaple, una bien conocida - y olvidada hoy- militante de la Juventud Socialista, la única comunista que integró el Ejecutivo de la FEU de José Antonio y Fructuoso. La JS era entonces una organización con muy escasa representación en la Colina pero siempre prevaleció en la Escuela de Alfredo Guevara.
Sólo lo vi una vez antes del triunfo de la Revolución, en la clandestinidad. Guardo el suceso como una imagen cinematográfica. Caminaba yo con Graziela Pogolotti por las calles del Vedado. De pronto apareció él. Iba apurado, saludó a Graziela sin acercarse, con un gesto rápido y siguió la marcha. “Es Alfredo” dijo ella y aún recuerdo el inmenso cariño que puso en dos palabras.
Desde 1959 me reuní con él tantas veces que no tengo ni idea. Hablamos mucho, mantuvimos una comunicación sin tropiezos por más de medio siglo, diálogo siempre enriquecedor que deja en mi una deuda que nunca podré saldar. Lo escuché y me escuchó, compartimos preocupaciones y alegrías, discutimos incansablemente, meditábamos a dúo sobre lo humano y lo divino para volver una y otra vez sobre el largo, complejo y hermoso proceso del que ambos siempre fuimos parte, con sus aciertos y falencias, con sus desgarraduras,  sus luces y sus sombras. Por encima de todo, Alfredo, mantuvo en todo momento una lealtad irreductible a la Revolución, a Fidel y a los ideales que abrazó desde la adolescencia.
A veces debatíamos acerca de algunos recodos de nuestra historia que apreciábamos de modo diferente, consecuencia inevitable de no haber transitado antes los mismos caminos. Pero en las cuestiones raigales, decisivas, pensábamos igual. Más aún muchas veces “conspiramos”, nos prestamos un libro, nos dimos un dato que pudiera ser útil para enfrentar emboscadas y zancadillas. Entre él y yo siempre hubo hermandad, confianza absoluta.
Acudí al hospital cuando supe de su gravedad el pasado viernes 19 de abril. Era ya muy avanzada la mañana. Dormía, con la respiración agitada, angustiosa. Esa vez no hablamos. Nos limitamos a escuchar, como en los viejos tiempos, “el sonido del silencio”.
 Me fui sin despedirnos, Poco después circulaba la noticia. Decían que Alfredo había muerto.
Pero, por favor, no se confundan. No sería la primera vez que los medios se equivoquen. Alfredo vive y vivirá mientras Ustedes, los jóvenes, quieran que viva.
Ustedes fueron el tema recurrente en nuestro diálogo de años al que regresaba con obstinación como queriendo siempre volver a la Escalinata, a la clandestinidad, a los días del peligro y la esperanza.
Aunque algunos no fueron capaces de entenderlo la gloriosa victoria de enero había sido alimento principal de los jóvenes que en los Sesenta, la década más larga y fructuosa, intentaron en todas partes conquistar el cielo. Así fue y así será nuestra Revolución, la de Alfredo y la mía, que perdurará mientras sea de Ustedes los jóvenes de hoy y de mañana.
Una Revolución que es y habrá de ser “creación heroica” y por tanto irrepetible, auténtica, multicolor, obra de hombres libres capaces de pensar y actuar por sí mismos, recordando siempre con Alfredo que “no hay creación donde hay moldes estrechos”.
A esa obra nos llama el hermano querido quien resumió su existencia con estas palabras:
“El ideal libertario como sustancia esencial de la vida no ha perdido nunca la importancia decisiva que tiene en mi persona y pensamiento, en mi conciencia, en mis actos. No ha cesado de ser; es el fuego que calienta, alimenta y da, dará energía a mi alma hasta el último día. Me considero un socialista libertario y como tal he actuado, y ha sido por eso como ha sido la vida vivida.”
Que ese fuego vaya siempre con ustedes, con nosotros.

La Habana, 23 de abril de 2013
Palabras en el homenaje póstumo organizado por la Asociación Hermanos Saíz y
 la Casa del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

lunes, 15 de abril de 2013

Roberto Zurbano responde: Mañana será tarde


Por Roberto Zurbano

Si una izquierda conservadora dentro y fuera de Cuba considera que un negro cubano revolucionario no debe hacer críticas a la Revolución, no ha entendido el papel que han jugado los negros dentro de esta y tampoco qué es un verdadero proceso revolucionario. En la base, en el corazón, en el fondo y en las orillas de este proceso los negros hemos sido buena parte del sostén. Nos asiste tanto el derecho moral a criticarla como el deber de defenderla, porque es aún insuficiente lo que hemos logrado frente a lo que hemos hecho y merecemos. Renunciar a esa crítica es renunciar a mejorar la Revolución y sentirla más nuestra.

Combatir el racismo es una de las grandes tareas del siglo XXI. Este flagelo no surgió en un país en particular, sino en un contexto mundial en el que fueron involucradas varias naciones y culturas marcadas por el afán colonial de repartirse el mundo y establecer jerarquías económicas y políticas que hoy sobreviven. El racismo contemporáneo es también un fenómeno globalizado y la lucha contra este va más allá de cualquier frontera. Renunciar al debate internacional es reducir su impacto a viejos conceptos nacionalistas y no tener en cuenta el proceso de intercambio desigual generado por el turismo, las nuevas tecnologías de la información, las migraciones y las transnacionales de la cultura. Es un debate sobre la persistencia del racismo en Cuba, sobre los modos paternalistas y sofisticados con que ese tipo de humillación se reproduce o renueva y, especialmente, sobre cómo reconocerlos y enfrentarlos en un nuevo contexto.

Es bien conocido que The New York Times no es un diario de izquierda, aunque se declare contra el bloqueo y sea el soporte donde se dio a conocer a la opinión norteamericana el caso de Los Cinco. Publicar en el NYT no fue un acto de ingenuidad, sino un riesgo asumido con toda responsabilidad. Decidí publicar allí, donde escasean las firmas cubanas de la Isla, y no en el Granma ni en El Nuevo Herald, por razones diversas, pero conocidas. Acepté la propuesta con la intención de colocar el debate más allá de los insuficientes espacios académicos y culturales a los que asisto hace 15 años. Un periódico es otra cosa: puede alcanzar, informar, desinformar y convocar, en breve tiempo, a decenas de miles de personas.

El original fue aceptado, con propuestas de cambios. Durante el proceso de negociación editorial se agregaron y rechazaron textos que fueron discutidos por vía electrónica, durante una semana de trabajo. Dos colegas compartieron conmigo estas revisiones, ambos con excelente dominio del inglés. El texto final, enviado en la tarde del viernes 22, nos satisfizo a todos. El título aprobado por mí “Para los negros en Cuba, la Revolución no ha terminado”, aunque no fue el original (“El país que viene y mi Cuba negra”) me resultaba afortunado, pues esta idea se esboza en varios momentos del texto. Desafortunadamente, el título que apareció, “Para los negros en Cuba, la Revolución no ha comenzado”, sin mi aprobación, borró toda posibilidad de identificar a los negros cubanos con la Revolución.

Este cambio constituye una violación ética y legal a mi texto, al tiempo que prejuicio casi toda la lectura. De inmediato redacté una nota advirtiendo los cambios, enviada en la mañana del martes 26 de marzo, (el lunes hubo apagón) a colegas y amigos que se encargaron de circularlo. La responsabilidad del NYT con sus lectores fue subvertir el titulo, evitando que leyeran desde mi propio emplazamiento. Esta manipulación es una lección ejemplarizante para mí, ojalá sirva a otros para que no renuncien a publicar allí y sepan aprovechar mejor ese espacio. También exijo del NYT una excusa más profesional y ética que los subterfugios que ha manejado hasta hoy.

En la primera semana hubo una reacción en mi contra. Luego, Silvio Rodríguez exclamó sin asomo poético: “le estamos cayendo en pandilla”, y se preguntaba: “¿cuál puede ser ahora mismo la suerte del propio Zurbano? ¿Dónde está el compañero?”. Lo cito porque me llamó compañero y eso marca una posición ética ante otros “compañeros de lucha” que, precipitadamente, me proscribieron en La Jiribilla, órgano digital de donde, en la tarde del lunes primero de abril, recibí una simple llamada informativa minutos antes que colgaran los primeros artículos, sin posibilidad de colocar NINGÚN texto mío. No cuestiono esas ni otras opiniones, solo anoté que algunos de sus autores son personas con quienes he avanzado un tramo de la lucha antirracista en Cuba, o sea, me han leído, conocen mis opiniones e intervenciones públicas sobre el tema y hemos compartido realidades, eventos, críticas y esperanzas colectivas, presentes también en mi texto del NYT.

Como otros de mi autoría, este fue escrito para fomentar un debate sobre el presente y dejar atrás esa retórica sobre el pasado que obliga siempre a mostrar lo que se ha hecho y no a decir lo que aún falta. Por la cantidad de palabras requeridas no quise revisar la Historia, sino husmear en el futuro; aún así, hago un repaso histórico y reconozco ganancias recientes (imposible enumerarlas todas). De las opiniones provocadas por el texto, los argumentos más útiles serán aquellos que mejor contribuyan al debate antirracista y se identifiquen con las personas que sufren este tipo de discriminación.

He trabajado por esta causa, por convicción, no por vanidad. Mientras tanto, mis libros se aplazan, pues el activismo social, es difícil de ejercer; requiere tiempo e infinita energía, pero es la manera en que nuestras ideas se materializan y se acercan a las personas que uno respeta y acompaña. Es una elección que obliga a conocer mejor el país, sus cimas y sus sótanos, su cotidianidad y sus emergencias; e impulsa a recorrer la isla junto a las razones y necesidades de la gente que, ante el racismo y otros males, buscan urgente solución.

En la Casa de las Américas, donde trabajo hace más de siete años, intenté insertar las problemáticas raciales en el programa cultural de esa institución, en la conciencia de algunos compañeros y en el modo de posicionar a la Casa ante un fenómeno continental apenas abordado antes: los movimientos negros en América Latina y el Caribe. Confieso que muchas veces pude separar mi condición de activista de mi posición institucional, pero la visión radical que configura a la primera no siempre permitió superar la crisis de verme como un ente dual; aún así creí posible reconciliar ambos estatus.

Lamento haber involucrado a la Casa de las Américas con opiniones que, bien sé, no expresan la posición de la institución. Sin embargo, este tipo de “inconformidad” es recurrente en otras personas, dentro y fuera de la isla, con cargos institucionales. ¿Puede la condición intelectual aceptar esta dualidad entre responsabilidad cívica y responsabilidad institucional? ¿Podría definirse un pacto o un diálogo entre institución y activismo? ¿Cuál es el lugar del activismo social en Cuba? ¿Cuáles son los espacios y límites del debate y del pensamiento crítico?

Por otra parte, fuera de Cuba suele afirmarse que dentro de la isla rige un solo pensamiento. Lo cierto es que hay varios modos de explicar y evaluar nuestras realidades, dentro y fuera de las instituciones. Sin embargo, no voy a negar que hay fuerzas conservadoras cuyo afán es uniformar el pensamiento y, ante nuevos conflictos, activan los viejos métodos de los setenta.

Sin embargo, Cuba es un país que va cambiando y abriendo sus respuestas ante esta y otras problemáticas. No son los años setenta, ni los noventa, pues muchas ideas se debaten y publican; los problemas se abordan desde variados enfoques, a veces encontrados. Dogmas, extremismos, oportunismos y viejos esquemas no han desaparecido, pero hay un espacio –quizás pequeño aún– para la crítica, el disenso y el diálogo que vale la pena seguir construyendo. La sociedad civil cubana es menos frágil que hace diez años atrás; pueden reconocerse sus preocupaciones y debates en un espacio emergente y heterogéneo de personas, organizaciones y medios alternativos que abordan el presente y el futuro del país.

Todavía muchos autores, en medio oficiales y alternativos, siguen centrando sus críticas en mi persona, mas insisto en promover el debate sobre el futuro de los negros en Cuba y la necesidad de una batalla frontal contra el racismo; que no debe ser una batalla retórica, ni un nuevo repaso histórico, sino una avalancha de propuestas y acciones puntuales.

Esta lucha no se reduce a una guetificación de nuestros derechos, sino que busca el camino hacia la igualdad y la plenitud ciudadanas, aun incompletas. Otros tipos de activismos en Cuba tienen su espacio de legitimación, el de los negros aun está en formación. La política debe dialogar con las diversas realidades y grupos que configuran la nación. Nuestro grupo social tiene su propia historia, sus demandas específicas, sus propios incentivos y modos de participar en la construcción de una sociedad mejor.

No debe obstruirse el debate, sino trabajar para que esta lucha crezca, dentro y fuera de Cuba. Aun equivocándome, lo intentaré cada mañana. Sigo en la pelea sin manifiestos, ni campañas, ni mea culpa, ni golpes de pecho. Sólo se requieren compañeros de todos los colores, comprometidos y críticos, prestos a discutir con argumentos y propuestas, listos para aprender de la gente que sufre cualquier tipo de discriminación y dispuestos a equivocarse, levantarse y continuar la batalla.

Creo en la crítica y asumo las que me corresponden, por duras que sean, más allá de las recriminaciones de derecha o de la izquierda conservadora. Pido a ambas no embullarse demasiado, pues anuncio: NO HAY UN “CASO” ZURBANO, sino un intelectual negro revolucionario, con la necesaria conciencia racial, que decidió trabajar en Cuba desde la literatura, la música, las comunidades, las instituciones culturales, los medios y el activismo social, dentro de organizaciones antirracistas como Color Cubano o la Cofradía de la Negritud, por el respeto y la emancipación de la población negra cubana que se siente excluida de varios espacios y cuya identificación con la Revolución es innegable. Me resulta difícil mentir sobre esta realidad. Muchos de ellos son familiares, vecinos, amigos, colegas y otros que ni siquiera conozco, a quienes pregunto y escucho. Sé cómo viven y piensan y, también, merecen un futuro mejor. Ese futuro se decide hoy, mañana será tarde.

Roberto Zurbano Torres,

Desde el Callejón de Hamel, Centro Habana, 14 de abril del 2013.

Tomado de: http://www.cubainformacion.tv/index.php/la-columna/229-sandra-alvarez/49398-roberto-zurbano-reponde-manana-sera-tarde 

sábado, 13 de abril de 2013

Retratos

Costa Rica 1
Costa Rica 2

Costa Rica 3


SANTA CRUZ DE LA SIERRA (16 de abril, 2013)

Quiso la casualidad que el mismo día de nuestro concierto en Santa Cruz también se celebrara una fecha en la ciudad sureña de Tarija. Por eso Evo y parte del gobierno boliviano estaban cerca. Un par de horas antes de la presentación tuvimos la oportunidad de conversar un poco.

Evo me preguntó por Fidel. Todo el mundo me pregunta por Fidel, como si fuéramos vecinos. Le conté que la última vez que lo había visto fue cuando lanzó su libro autobiográfico, pero que por la prensa sabía que estaba en perfectas condiciones porque hacía poco inauguró una escuela.

Evo, que venía de Tarija, zona muy rica por su gas natural, se quejaba de tener poco dinero para todo lo que desea hacer en beneficio de la Nación.

Parece que alguien le había mencionado de que hacía años algún cubano de la trova había tenido un incidente en Bolivia. Yo le aclaré que habían sido tres compañeros míos: Vicente Feliú, Augusto Blanca y Lázaro García, que en 1980 estaban en La Paz cuando ocurrió un golpe de estado. Entonces fueron detenidos e interrogados con violencia. Hasta un simulacro de fusilamiento les hicieron. Pero esa historia se la dejo a alguno de sus protagonistas para que la cuente como fue.

Hablando de esto recordé que Augusto Blanca me había contado que un día en Bolivia había cantado una canción que mencionaba el mar, y que al final una niña se le había acercado y con ojos de asombro le había dicho: “Señor, y ¿cómo es el mar?”… Esa mínima historia me apretó el corazón y me reclutó para el justo reclamo de Bolivia de una salida al mar.

Junto a Evo estaba Álvaro, el joven vicepresidente, y una compañera también muy joven que creo que es Jefa de Gabinete (espero no equivocarme). También se encontraba Pablo, el entusiasta ministro de cultura. La noche antes, cuando llegamos, saludé al vice canciller, a su esposa y a sus dos bellas hijas.

He percibido que el gobierno boliviano es joven y energético, lo que me ha causado muy buena impresión.

El concierto duró unas dos horas y cuarenta minutos. Espero no haberme propasado, pero sentía que le debía cierta dedicación a los cruceños y a los miles que vinieron desde La Paz, Cochabamba, Oruro y otras regiones del país.

Aquí les van las fotos de rigor.

El cuadro es un regalo del Presidente Evo Morales: un Che dibujado con hojas de coca por el artista boliviano Gastón Ugalde.




Unos fueguitos áureos al terminar

LIMA (19 de abril, 2013)