Maciek Wisniewski
El año pasado, después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Jan-Werner Müller, apuntando a la manera en la que Julio César basó su legitimidad en las victorias militares y en las reformas que transformaron el Estado romano sentando las bases del imperio, argumentó acerca de lo inadecuado de usar la etiqueta “cesarismo” para hablar del presidente estadunidense, quien carecía por completo de victorias militares y logros estructurales semejantes. Corrían apenas tres meses de la nueva administración, pero el análisis se mantiene.
El “cesarismo” –recordemos, un régimen político propio de la antigüedad clásica fundado en el liderazgo popular de un jefe militar exitoso que ejerce el poder fuerte a expensas de las élites oligárquicas–, es un concepto que se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, aquel sobrino mediocre de Napoleón I inmortalizado por Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte, siendo de hecho el primero que lo popularizó uno de sus partidarios y contemporáneos, Auguste Romieu. En el siglo XX lo retomó y desarrolló Antonio Gramsci usándolo de manera indistinguible con el término marxiano del “bonapartismo” y elevándolo a una categoría analítica fundamental de la política moderna.
Así, el “bonapartismo/cesarismo” pasó a caracterizar en la teoría marxista y más allá de ella, una situación de polarización social entre las clases antagónicas que, al neutralizarse, permitían el surgimiento de una tercera fuerza, liderada por una figura carismática, en cierto modo “externa” al sistema que apelando directamente al pueblo venía a representar a la sociedad en general “por encima de las clases” y a estabilizar el sistema en crisis.
Tomando esto en cuenta, Müller apuntaba que si bien el “bonapartismo” podría encapsular mejor la figura Trump −un líder que gobierna mediante los decretos, el espectáculo y el culto a la personalidad, de hecho sin precedente en la historia del presidencialismo en Estados Unidos−, ni siquiera esta etiqueta se justificaba ya que éste “es un mandatario demasiado grotescamente mediocre, incluso en comparación con Napoleón III” –¡auch, esto dolió!– y uno que representa sólo el caos y la destrucción del Estado.
Aun así, en los últimos años ha sido precisamente el “bonapartismo” −sobre todo frente a la compulsiva “sobreinterpretación” de Trump como “fascista”− que representaba uno de los mejores intentos de captar su anatomía y figura tan contradictoria y elusiva como la suya: la de un estafador inmobiliario millonario y ex estrella de la telerrealidad que ha logrado dominar al Partido Republicano cada vez más extremista y ser elegido dos veces presidente de EU, la segunda incluso a cargo –contrariamente a quienes lo redujeron, junto con su movimiento, a una expresión de la “supremacía blanca”–, de toda una coalición arcoíris multirracial.
Así, hasta ahora, con varios matices, una suerte de un “twist posmoderno” e incorporando su carácter “patrimonial” en el marco del cual trata al Estado como su siguiente “empresa” y fuente de beneficios para él y su familia −tal como lo ha señalado ya hace unos años Dylan Riley−, Trump se sigue insertando bien en el modelo “bonapartista” nacido de las condiciones de una sociedad civil estadunidense fragmentada, débil y anómica y donde ninguna de las fuerzas políticas logra ejercer una hegemonía firme.
Si bien en algún momento Riley empezó a dudar de la aplicabilidad del “bonapartismo” a la política estadunidense dada la dominación del duopolio partidista que, en sus ojos, condena al fracaso cualquier intento de una “solución bonapartista” real (encima Trump, originalmente un “foráneo”, hoy ya está bien enfrascado en el Partido Republicano), según otras interpretaciones en EU la figura bonapartista/cesarista no viene “desde afuera” de los dos partidos dominantes, sino es una que trabaja dentro del orden bipartidista para superar la crisis −y Trump con todo su hiperpartidismo está muy interesado en instrumentalizar el consenso bipartidista−, además que el país tiene una larga tradición del “bonapartismo” en su variedad “blanda”: Cleveland, McKinley, Wilson, T. Roosevelt, F. D. Roosevelt, etcétera.
Desde que hace un año y medio Müller apuntó a la falta de logros para descartar el uso del “cesarismo” respecto a Trump, este vacío no se ha llenado, sino que se ha ampliado. Hoy día, sus proezas −salvo quizás el robo del petróleo venezolano siguiendo los pasos de sus otros predecesores bonapartistas estadunidenses que invadían, extorsionaban y saqueaban a los países latinoamericanos− se limitan a sus, generados por inteligencia artificial, posts en las redes sociales y a los desvaríos ante la prensa sobre “su cálida relación con Kim Jongun”, el “hecho” de haber terminado con siete, ocho, nueve, 10 (y contando…) guerras en el mundo o −cambiando de pronto de tema sin ninguna autorreflexión− de “lo bien” que marchan las cosas en su guerra con Irán.
Al final, quizás “cesarismo” y “César” no sean términos tan inapropiados. Ya hubo quienes compararon su “hazaña iraní” con aquella grotesca campaña británica de Calígula, y uno, escuchando más y más a Trump, tiene la sensación de que todo va en esa dirección: cuando habla de su espejo de agua del Monumento a Lincoln que fue “navajeado (sic) traidoramente por sus detractores” −así como los enemigos apuñalaron a Julio César en un oscuro rincón romano, claro− o su próximo arco del triunfo en Washington −¿el “triunfo” de qué, perdón?−, cuando alaba su “salón de baile militar” −¡ni en el Palatino tenían algo así!− o divaga sobre su interminable remodelación de la Casa Blanca que, chapeada en oro, se volvió indistinguible, precisamente, de un palacio del César. Por supuesto, el de Little Caesars.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/09/05/opinion/cesar-trump
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