sábado, 10 de enero de 2026

Cuba es un pueblo duro

 Por Yuliet Teresa

“Cuba es un pueblo duro”, dijo el magnate norteamericano. No lo dijo como elogio. Lo dijo como quien constata un obstáculo. Un tipo habituado a falsear la realidad tropezó, por una vez, con una verdad incómoda. Duro no es un rasgo moral. Es una condición histórica.

Duro es un pueblo que decidió —en circunstancias extremas— no aceptar como destino la subordinación. Un pueblo que, desde una isla periférica, se propuso desmontar el orden social heredado: el de la tierra concentrada, el analfabetismo estructural, la miseria como paisaje, la política como privilegio de unos pocos.

Cuando Fidel Castro dijo La historia me absolverá, no estaba prometiendo el paraíso. Estaba enumerando tareas pendientes. Y las enumeró con precisión casi técnica: tierra para quienes la trabajan, educación para quienes nunca la tuvieron, salud como derecho, empleo digno, vivienda, justicia social. No metáforas. Programas. Y aquí estamos, disputándonos. Jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo. 

Duro es haber convertido esas promesas en políticas públicas. La reforma agraria no fue un gesto simbólico: fue la ruptura con el latifundio y con una economía diseñada para exportar riqueza y producir pobreza. La alfabetización no fue una campaña romántica: fue la decisión política de declarar intolerable que un país no supiera leerse a sí mismo.

La salud pública no fue caridad: fue la construcción de un sistema universal en un contexto de bloqueo económico sostenido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo. 

Duro es haber apostado por la cultura como derecho y no como ornamento.

Haber fundado editoriales, escuelas de arte, cines, teatros, instituciones científicas, mientras el bloqueo económico se cerraba y el aislamiento se profundizaba. Haber entendido que la batalla ideológica también se libra en el pensamiento, en la creación, en la palabra. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo. 

Duro es haber sostenido un proyecto social bajo presión constante: sabotajes, invasiones, sanciones, campañas de descrédito, asfixia financiera. A noventa millas del centro del poder global. Con recursos limitados y errores propios que también pesan. 

Duro es haber hecho de la solidaridad un principio organizador: dentro del país y más allá de sus fronteras. Médicos donde no hay médicos. Alfabetizadores donde no hay escuelas. Internacionalismo no como consigna, sino como política exterior.

Duro es haber redefinido la felicidad lejos del consumo. Medir el bienestar en acceso, en derechos, en comunidad. Una definición discutible, imperfecta, pero radicalmente política.

Duro es resistir incluso cuando el desgaste erosiona la épica, cuando la burocracia aplasta, cuando la desigualdad reaparece, cuando la promesa se vuelve más frágil que el sacrificio. Resistir sin dejar de pensar. Sin dejar de criticar. Sin dejar de disputar el sentido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo. 

Duro es un pueblo que no fue diseñado para existir en soledad, pero aprendió a hacerlo. Que no fue pensado para durar, pero duró. Por eso la frase del magnate es cierta a su pesar. Cuba es dura no porque no sienta, sino porque decidió no rendirse. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.

Y esa —le guste o no al imperio— es nuestra mayor conquista.

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8 comentarios:

silvio dijo...

Venezuela: final abierto
Editorial de La Jornada, 10 de enero de 2026

Se destruye a un país mediante un régimen inhumano e ilegal de sanciones que lleva al colapso de su economía y al debilitamiento de su capacidad de defensa. Se culpa al gobierno de ese país de todas las penurias y carencias provocadas por las sanciones a millones de ciudadanos. Se inventa que ese gobierno acorralado y en bancarrota representa un peligro para Estados Unidos o para Occidente entero. Se lleva a cabo un operativo militar ilegal para derrocar al presidente y se anuncia que las empresas estadunidenses controlarán todos los recursos petroleros del país atacado. Al poco tiempo, sale a la luz que el pretexto usado para derrocar al gobierno era una burda mentira, pero eso no cambia nada: los intereses económicos de las compañías beneficiadas son un argumento más importante que la democracia y la seguridad. En cada una de estas fases se dispone de la entusiasta complicidad de medios de comunicación, periodistas, académicos y presuntos defensores de derechos humanos

El pasado martes 6, el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminó la mención del presidente venezolano, Nicolás Maduro, como presunto líder del cártel de Los Soles en una acusación modificada presentada por la fiscalía, con lo que en los hechos admitió lo que todo mundo sabía: que el mandatario secuestrado nunca lideró esa organización y que la misma ni siquiera existe. De este modo, ya es completo el paralelismo entre la invasión de Irak de 2003 y el secuestro de Maduro perpetrado por el trumpismo en el tercer día de este 2026, y quienes insisten en presentar los acontecimientos en curso como una “liberación” o una “restauración democrática” de Venezuela, han quedado exhibidos como meros propagandistas del imperialismo estadunidense.

La propia Casa Blanca no muestra ningún reparo en reivindicar su lógica neocolonial. Como dijo Stephen Miller, jefe adjunto de personal para políticas y asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, “puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero el mundo real se rige por la fortaleza, por la fuerza, por el poder”. En ese “mundo real” del neofascismo, el hecho es que el destino de Venezuela sigue lejos de haberse decidido. Por una parte, Trump presume de tener totalmente sometida a Caracas, de controlar sus reservas petroleras y de haber impuesto un sistema económico idéntico al que los imperios europeos establecieron en sus posesiones de ultramar entre los siglos XVI y hasta bien entrada la década de 1970: según el magnate, en lo sucesivo Estados Unidos es el único país al que la nación sudamericana puede exportar hidrocarburos, y el único del que puede obtener cualquier producto industrial o agrícola que requiera, incluidos los de primera necesidad.

Sin embargo, aunque ciertamente hay una vulneración terrible de la soberanía venezolana, la situación en el terreno no es de ningún modo tan lineal como la presenta Trump. Por ejemplo, en el exterior casi todos los observadores dan por sentada la caída del chavismo, pero en las calles de Venezuela miles de personas piden por la liberación y el regreso de su presidente.

silvio dijo...

Venezuela: final abierto ... (2 y fin)

Mientras el político republicano dice que obligó a Caracas a romper todo vínculo con Rusia, China, Cuba e Irán, el jueves la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sostuvo un “afectuoso encuentro” con el embajador de Pekín, Lan Hu, a quien agradeció su condena a las agresiones estadunidenses. Asimismo, la aseveración de que las “grandes petroleras” invertirán “al menos 100 mil millones de dólares” en Venezuela para “reconstruir, de una forma mucho más grande, mejor y más moderna, su infraestructura de petróleo y gas” choca con las reticencias de la industria a involucrarse en el país en un contexto de demanda cubierta por la producción actual. En este sentido, está por verse si la fijación de Trump por controlar Venezuela se mantiene en caso de fracasar sus delirios petroleros.

Ésas y otras contradicciones obligan a recordar que la suerte de la lucha por la libertad de Venezuela frente al imperialismo no se ha decidido y que la solidaridad internacional es más importante que nunca para auxiliar a una nación enfrenta uno de los trances más difíciles desde la gesta de Bolívar, pero no ha sido derrotada.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/10/editorial/venezuela-final-abierto

silvio dijo...

Si hacen cosas fascistas, quizás haya que llamarles fascistas
Por Beñat Zaldua

El nombre de Kurt von Schuschnigg no dice gran cosa hoy día. Ahora entenderemos por qué. El 12 de febrero de 1938 llegó en tren a Berchtesgaden, en Baviera, disfrazado de esquiador. Nadie diría que tras semejante atuendo se esconde el pequeño déspota, racista y timorato canciller que gobierna Austria sin contrapeso parlamentario. Adolf Hitler lo ha llamado al orden a su refugio alpino del Berghof.

Tras una comida llena de conversaciones frívolas, Hitler se va a descansar y dos horas de ansiedad después, le expone a Schuschnigg sus condiciones para “respetar” la soberanía austriaca. Entre otras cosas, debe situar a un nazi austriaco al frente del ministerio del Interior y amnistiar a todos los nazis encarcelados, también a los que mataron a Engelbert Dollfus, antecesor de Schuschnigg. Y le da ocho días para cumplir las condiciones a cambio de las cuales, según el documento encima de la mesa, “Alemania renuncia a toda intromisión en la política interior de Austria”.

Schuschnigg intenta negociar y Hitler responde: “No cambiaré una coma. O firma usted o no tiene sentido que prosigan estas conversaciones”. Generales de la Wehrmacht miran expectantes. Dos oficiales de las SS sirven el café. El austriaco, ser diminuto, acaba anunciando su firma. Pero hay tiempo para un pero, según cuenta en sus memorias. “Con esa firma no va a adelantar usted nada. Según nuestra Constitución, sólo la más alta autoridad del Estado, es decir, el presidente de la República, puede nombrar a los miembros”.

Éric Vuillard, de cuyo libro El orden del día se nutren estas líneas, no tiene piedad con el pusilánime Schuschnigg: “No se contentaba con ceder ante Adolf Hitler, necesitaba también atrincherarse tras otra persona”. El alemán, contrariado, se retira con un general. Schuschnigg cree haber ganado un tanto. 45 eternos minutos después, llama de nuevo al austriaco:

“He decidido, por primera vez en mi vida, replantearme una decisión. Espero que este acuerdo entre en vigor en un plazo de tres días”. La maniobra procedimental le ha costado a Schuschnigg cinco días de margen. Acepta el trato sin rechistar, junta los añicos de soberanía austriaca esparcidos por el suelo y regresa a su país, que sólo un mes después será invadido por los tanques alemanes.

Es una buena época para releer a Vuillard, que culmina su libro con un epitafio sublime: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.

Hitler fue Hitler y Schuschnigg fue Schuschnigg, igual que Trump es Trump y Von der Leyen es Von der Leyen. Hay que huir del cliché, pero así, con los pies de puntillas y aprovechando que no nos escucha nadie, yo no sé si la escena en el campo de golf escocés del presidente estadunidense, en el que Von der Leyen entregó un buen pedazo de soberanía europea a Washington este verano, dista demasiado de aquel encuentro en el Berghof. Salvando las distancias, que las hay, los paralelismos son francamente sencillos de establecer, empezando por el propio escenario. Del refugio alpino del führer, al campo de golf de Trump.

Pero las comparaciones históricas no pueden ser sólo un ejercicio literario. Hay que escarbar un poco en la realidad para ver si tienen fundamento. ¿Aguanta la etiqueta de fascismo lo que está ocurriendo en EU?

Robert Paxton explica en su Anatomía del fascismo que éste no se caracteriza tanto por un corpus ideológico concreto, sino por su acción. Son los actos los que dan cuerpo al fascismo, un accionar en el que brilla con luz propia la fascinación por la violencia. El ataque a Venezuela lo puede explicar por sí solo un imperialismo renovado, pero no las declaraciones de Trump: “Deberían haber visto esa velocidad, esa violencia, fue realmente increíble”. El discurso antinmigración no es exclusivo del fascismo, pero la actividad del ICE, no sólo por el reciente homicidio de una mujer en Minnesota, difícilmente puede recibir otro calificativo.

silvio dijo...

Si hacen cosas fascistas ... (2 y fin)

El propio Paxton, reacio durante el primer mandato de Trump a calificarlo de fascista, se autoenmendó tras el asalto al Congreso de 2021. Desde entonces lo ha tenido claro: es fascismo. Pero no sólo porque Trump sea un fascista que pueda compararse con Hitler o Mussolini, añade, sino, sobre todo, porque tiene tras él un sólido movimiento de masas de corte supremacista, predispuesto a la acción violenta y para el que la democracia no significa absolutamente nada.

Este académico no está solo, ni mucho menos. Jason Stanley, otro investigador de la misma materia en Yale, anunció en abril que se muda a Canadá: “Ya somos un régimen fascista”.

Es crucial llamar las cosas por su nombre y, sobre todo, hacerlo a tiempo. Llamándolos fascistas quizá visualicemos mejor el peligro que son. Y en cualquier caso, es mejor equivocarse ahora que lamentarse después. Todo el libro de Vuillard es un recopilatorio de momentos en los que alguien pudo haber hecho algo para parar los pies a Hitler y no lo hizo. Que no escriban ese libro sobre nosotros de aquí a unas décadas.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/10/opinion/si-hacen-cosas-fascistas-quizas-haya-que-llamarles-fascistas

silvio dijo...

TRUMP IMPONE SU LEY
Por Macarena Vidal Liy

La escena en la Sala Este de la Casa Blanca este viernes era casi la de una corte medieval. En el centro un emperador, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, eufórico, tras la operación militar de su país en la que se secuestró en Caracas a Nicolás Maduro, y rodeado de sus principales asesores. A su alrededor, empresarios de las grandes multinacionales petroleras, llegados de todo el mundo para rendirle pleitesía y aspirar a un pedazo en el reparto del sector energético de Venezuela. “Es algo histórico”, le aseguró su secretario de Estado, Marco Rubio. “Una operación magnífica”, le felicitó su vicepresidente, J.D. Vance. “Ha dado esperanza a la gente de Venezuela”, declaró Ryan Lance, de Conoco Phillips. “Gracias por lo que ha hecho”, dijo Bryan Sheffield, de Parsley Energy.

Tras el ataque en Caracas, Trump se siente pletórico. Lo que considera un éxito sin paliativos —la captura del presidente venezolano sin bajas estadounidenses en una operación de película de las muy taquilleras—, reivindica su concepción del mundo. Es una visión en la que su país, y sobre todo él mismo, gozan de patente de corso para actuar como quieran, para coaccionar a otros gobiernos, expoliar recursos naturales y no tener que responder ante el derecho internacional. Un poder global prácticamente ilimitado en el que, según una de sus metáforas favoritas, él es quien tiene todas las cartas ganadoras.

Envalentonado por una acción con la que ha apartado la atención pública de escándalos como el relacionado con el financiero pederasta Jeffrey Epstein, recurre ahora a una retórica belicosa para amenazar con más intervenciones. Mientras predice que los cambios en Venezuela precipitarán la caída del castrismo en Cuba, apunta a ataques por tierra contra los carteles del narcotráfico, “que controlan México”. Antes de la llamada de este miércoles con el presidente colombiano, Gustavo Petro, para una frágil tregua entre ambos, advertía al líder del país aliado que “guardase sus espaldas”. Este viernes amenazó a las autoridades iraníes si aumentaba la cifra de manifestantes muertos en la represión de las protestas contra el régimen. También ha amenazado con “hacer algo, por las buenas o por las malas” para anexionarse Groenlandia, la isla ártica que pertenece al Reino de Dinamarca.

Su argumento en favor de la fuerza bruta se extiende también al terreno interno, al defender de manera incondicional la actuación de un agente del servicio de inmigración (ICE) que alegó defensa propia para abrir fuego casi a bocajarro y matar a una mujer, Renée Nicole Good, cuyo vehículo bloqueaba el tráfico en una calle de Minneapolis.

Al tiempo que elogia la fuerza, Trump declara su desdén por el multilateralismo. Mientras desgranaba sus planes para controlar el petróleo de Venezuela “durante mucho tiempo”, esta semana retiraba a su país de docenas de organizaciones internacionales, importantes elementos del sistema multilateral que la Casa Blanca considera “un derroche, inútiles o contrarias a los intereses nacionales de Estados Unidos”. La mayor parte de las instituciones rechazadas se ocupa del cambio climático o la promoción de la igualdad.

De modo casi simultáneo, su Administración propone doblar el presupuesto militar a 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) y exige a las compañías de defensa que multipliquen su producción para rearmarse. El objetivo es convertir a su ejército en un descomunal Godzilla que pueda responder a la modernización a toda máquina de las fuerzas chinas y abrumar a las del resto de países: “paz mediante la fuerza”, como le gusta presumir.

silvio dijo...

Trump impone ... (2)

“Mi propia moralidad. Mi propia opinión. Es lo único que puede detenerme”, se jactaba esta semana en una entrevista concedida al periódico The New York Times. “No necesito leyes internacionales”, agregó. Solo él —sostiene— puede decidir si y en qué casos una norma determinada puede limitar a Estados Unidos. Piensa que puede usar cualquier elemento que esté en su mano —la coerción, sanciones económicas, la fuerza militar— para promover lo que considera los intereses de su país, y que, como tuiteaba hace unos meses, “el que defiende a su país no viola ninguna ley”.

Reparto del mundo

Trump define su visión como “doctrina Donroe”, un juego de palabras con su nombre y el de James Monroe, el presidente estadounidense que hace dos siglos proclamó “América para los americanos” para impedir el expansionismo europeo en el continente. Algunos expertos lo han descrito como un reparto de zonas de influencia entre grandes potencias, en el que Washington controla lo que llama el Hemisferio Occidental, a China le corresponde Asia y Rusia se adueña del territorio de la antigua Unión Soviética. Los politólogos Stacey Goddard y Abraham Newman han acuñado el término neoroyalism (“neomonarquismo”): “Un sistema internacional en el que un pequeño grupo de hiperélite utiliza las modernas interdependencias económicas y militares para extraer recursos materiales y de estatus en beneficio propio”, escriben en un artículo académico.

En este sistema hiperelitista, Trump goza de una posición excepcional, al frente de recursos exclusivos, como el poderío militar de su país y el sistema financiero global basado en el dólar. Y mucha manga ancha, gracias a unos poderes presidenciales para intervenir en el exterior que las Administraciones sucesivas habían venido ya ampliando, especialmente tras los atentados del 11-S. “No es un presidente que expande drásticamente sus poderes en el exterior, porque esos poderes ya los tenía. La cuestión es si los va a utilizar juiciosamente”, apunta Robert Strong, catedrático emérito de la Universidad de Washington y Lee, en una videoconferencia organizada por el Centro Miller de la Universidad de Virginia.

Antes que en Venezuela, ya había ido probando desde su investidura ese modelo de fuerza —pese a sus promesas de campaña de no intervención en el extranjero— atacando objetivos en Yemen, en Somalia, en Siria, en Irán y en Nigeria. Por lo general, operaciones relámpago oportunistas. “Es el tipo de alarde militar por el que vive Trump y que aprueba: rápido, corto, con un resultado demostrable y que obliga al resto a hacer lo que él diga”, señala Eric Edelman, antiguo subsecretario de Defensa para Política en la Administración de George W. Bush (2001-2009).

En otra era, estos propósitos de provecho propio se hubieran escondido tras un manto de promesas de buenas intenciones: rescatar un Estado fallido, restablecer la democracia y los derechos humanos, luchar contra el terrorismo. Ahora se exponen de manera descarnada.

“Vivimos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder”, describía esta semana el consejero de política interna de la Casa Blanca, ideólogo de cabecera de Trump y uno de los hombres con más poder de la Administración, Stephen Miller. “Son las férreas leyes del mundo desde el principio de los tiempos”.

O dicho de otro modo: “Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial sobre sus espaldas se han acabado”, como proclama el manual de política exterior del Gobierno de Trump, la Estrategia de Seguridad Nacional publicada un mes antes de la operación militar en Venezuela.

silvio dijo...

Trump impone ... (3)

El tráiler de la película

El documento deja claro que la intervención en el país sudamericano no es más que el tráiler de la película. No es una anécdota; es un comienzo. No es una táctica; es la estrategia. Washington vuelve a concebir el continente americano como su patio trasero, una región donde Estados Unidos debe tener la primacía, “libre de incursiones hostiles o propiedad extranjera de activos clave”. “Este es NUESTRO hemisferio”, proclamó en redes sociales el Departamento de Estado esta semana, por si quedaba duda alguna.

En esta visión, Europa pierde relevancia, vista como una región donde el multiculturalismo la aboca a la “desaparición de su civilización”. La prioridad pasa a ser el continente americano, percibido por un lado como origen de lo que Miller y Trump consideran los principales riesgos de seguridad para Estados Unidos: la inmigración y el narcotráfico. Por otro, se ve como una inmensa zona económica exclusiva, fuente de recursos naturales de los que disponer y de mercados a los que vender productos: no es coincidencia que Trump anunciara esta semana que, según él, Venezuela pasará a comprar exclusivamente a marcas estadounidenses.

La Estrategia de Seguridad Nacional describe un panorama en el que Washington apoya sin rubor a los gobiernos afines —la Argentina de Javier Milei o El Salvador de Nayib Bukele, por ejemplo—, se posiciona sin ambages en favor de los candidatos que gustan —Nasry Asfura en Honduras— y trata de coaccionar a los países percibidos como díscolos, como el Brasil de Lula da Silva al que Washington ha querido castigar con aranceles y sanciones. La coacción, como ha demostrado en Venezuela, puede extenderse a una intervención militar en toda la regla.

De momento, la intervención en Venezuela ha conmocionado al resto del mundo. Los europeos se mueven a uña de caballo para tratar de disuadir a la Administración de posibles acciones en Groenlandia. Petro ha reconocido que antes de su conversación para calmar las aguas con Trump temió muy en serio una acción militar en su país. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se ve obligada a llamar a la calma. Y las autoridades en Venezuela de momento se pliegan a sus deseos. La nueva líder, Delcy Rodríguez, ha ofrecido colaboración y, según Trump, ya ha prometido 30 millones de barriles de petróleo a la potencia que tutela Venezuela. Nicaragua ve las barbas de su vecino y este sábado ha liberado a la mitad de sus presos políticos.

Trump, por su parte, sostiene que dentro de Estados Unidos cuenta con un amplio respaldo y sus partidarios le apoyan absolutamente: “A MAGA (el acrónimo de su movimiento) le encanta todo lo que yo hago. MAGA soy yo”, presume. Aunque las encuestas apuntan a un panorama algo más complejo: aunque los votantes se encuentran muy divididos, según sea su ideología, acerca de la operación militar en Venezuela, la mayoría teme que pueda arrastrar a una implicación excesiva de Washington y sus fuerzas en el país sudamericano, y se acabe generando una de esas “guerras eternas”, como las de Irak y Afganistán, que el presidente prometió evitar.

Interrogantes para el futuro

No es el único interrogante que se plantea sobre el futuro. El profesor Alexander Bick, de la Universidad de Virginia, advierte que “la incautación de los activos de otros Estados soberanos sienta un muy mal precedente para el comportamiento de los gobiernos globalmente”. Rusia puede ver un espaldarazo a su guerra en Ucrania. China, un argumento para invadir Taiwán. Y Pekín puede resistirse a renunciar a los vastos intereses, comerciales y de seguridad, con que ya cuenta en América Latina: desde el puerto peruano de Chancay a inversiones de infraestructuras en Colombia, pasando por gigantescos créditos a Venezuela que Caracas ha venido reembolsando con petróleo. “Que el modelo de Trump pueda imponerse a Rusia y China está aún por ver”, apunta Edelman.

silvio dijo...

Trump impone ... (4 y fin)

En su análisis anual de grandes riesgos mundiales, la consultora Eurasia Group considera a Estados Unidos la principal amenaza en 2026. “El riesgo de que la política exterior estadounidense se pase de frenada es grande, sobre todo ahora que Trump cuenta con una operación exitosa en su haber”, apunta en el informe el presidente de la firma de análisis de riesgo, Ian Bremmer. Trump “se verá tentado a repetir lo que ha funcionado hasta ahora y aumentarlo”, sea sancionando, interfiriéndose en elecciones o impulsando candidatos en América Latina, donde este año se celebran elecciones en Brasil, Colombia, Costa Rica y Perú. Esas intervenciones “corren el riesgo de plantar semillas del antiamericanismo y asentar conflictos, traficantes y carteles en nuevos lugares”, que es lo que ha ocurrido “en casi cada continente donde América se ha implicado de más”.

Pese a que Trump alardea de que no tiene cortapisas, comienzan a aparecer las primeras señales de resistencia. En el Capitolio, el Senado ha dado luz verde a avanzar un proyecto de ley que prohibiría al presidente nuevas acciones militares en Venezuela sin permiso del Congreso, en una votación en la que un grupo de republicanos se ha sumado a los demócratas. Legisladores republicanos advierten entre bambalinas a la Casa Blanca que una intervención en Groenlandia haría saltar a la OTAN por los aires y sería ir demasiado lejos. En el exterior, la Unión Europea ha firmado esta semana un acuerdo de libre comercio con los países del Mercosur cuyas negociaciones se habían retrasado durante años; la UE trabaja en una estrategia de resistencia.

Y, si en países como Brasil, Perú o Costa Rica este año se celebran elecciones donde la Administración Trump puede verse tentada a respaldar a un candidato determinado, Estados Unidos también celebrará comicios en 2026, las elecciones de medio mandato en las que está en juego el control del Congreso, dominado ahora por los republicanos.

El propio Trump sabe que esa votación puede dar un vuelco completo a sus proyectos: “Si no ganamos, (los demócratas) buscarán una excusa para destituirme”, advertía esta semana en una reunión de legisladores de su partido. Un panorama muy alejado del besamanos como el del viernes en la Casa Blanca.

https://elpais.com/internacional/2026-01-11/trump-quiere-imponer-su-ley.html