Por Yuliet Teresa
“Cuba es un pueblo duro”, dijo el magnate norteamericano. No lo dijo como elogio. Lo dijo como quien constata un obstáculo. Un tipo habituado a falsear la realidad tropezó, por una vez, con una verdad incómoda. Duro no es un rasgo moral. Es una condición histórica.
Duro es un pueblo que decidió —en circunstancias extremas— no aceptar como destino la subordinación. Un pueblo que, desde una isla periférica, se propuso desmontar el orden social heredado: el de la tierra concentrada, el analfabetismo estructural, la miseria como paisaje, la política como privilegio de unos pocos.
Cuando Fidel Castro dijo La historia me absolverá, no estaba prometiendo el paraíso. Estaba enumerando tareas pendientes. Y las enumeró con precisión casi técnica: tierra para quienes la trabajan, educación para quienes nunca la tuvieron, salud como derecho, empleo digno, vivienda, justicia social. No metáforas. Programas. Y aquí estamos, disputándonos. Jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.
Duro es haber convertido esas promesas en políticas públicas. La reforma agraria no fue un gesto simbólico: fue la ruptura con el latifundio y con una economía diseñada para exportar riqueza y producir pobreza. La alfabetización no fue una campaña romántica: fue la decisión política de declarar intolerable que un país no supiera leerse a sí mismo.
La salud pública no fue caridad: fue la construcción de un sistema universal en un contexto de bloqueo económico sostenido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.
Duro es haber apostado por la cultura como derecho y no como ornamento.
Haber fundado editoriales, escuelas de arte, cines, teatros, instituciones científicas, mientras el bloqueo económico se cerraba y el aislamiento se profundizaba. Haber entendido que la batalla ideológica también se libra en el pensamiento, en la creación, en la palabra. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.
Duro es haber sostenido un proyecto social bajo presión constante: sabotajes, invasiones, sanciones, campañas de descrédito, asfixia financiera. A noventa millas del centro del poder global. Con recursos limitados y errores propios que también pesan.
Duro es haber hecho de la solidaridad un principio organizador: dentro del país y más allá de sus fronteras. Médicos donde no hay médicos. Alfabetizadores donde no hay escuelas. Internacionalismo no como consigna, sino como política exterior.
Duro es haber redefinido la felicidad lejos del consumo. Medir el bienestar en acceso, en derechos, en comunidad. Una definición discutible, imperfecta, pero radicalmente política.
Duro es resistir incluso cuando el desgaste erosiona la épica, cuando la burocracia aplasta, cuando la desigualdad reaparece, cuando la promesa se vuelve más frágil que el sacrificio. Resistir sin dejar de pensar. Sin dejar de criticar. Sin dejar de disputar el sentido. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.
Duro es un pueblo que no fue diseñado para existir en soledad, pero aprendió a hacerlo. Que no fue pensado para durar, pero duró. Por eso la frase del magnate es cierta a su pesar. Cuba es dura no porque no sienta, sino porque decidió no rendirse. Y aquí estamos, jodiéndonos por tenerlo, por hacerlo.
Y esa —le guste o no al imperio— es nuestra mayor conquista.
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2 comentarios:
Venezuela: final abierto
Editorial de La Jornada, 10 de enero de 2026
Se destruye a un país mediante un régimen inhumano e ilegal de sanciones que lleva al colapso de su economía y al debilitamiento de su capacidad de defensa. Se culpa al gobierno de ese país de todas las penurias y carencias provocadas por las sanciones a millones de ciudadanos. Se inventa que ese gobierno acorralado y en bancarrota representa un peligro para Estados Unidos o para Occidente entero. Se lleva a cabo un operativo militar ilegal para derrocar al presidente y se anuncia que las empresas estadunidenses controlarán todos los recursos petroleros del país atacado. Al poco tiempo, sale a la luz que el pretexto usado para derrocar al gobierno era una burda mentira, pero eso no cambia nada: los intereses económicos de las compañías beneficiadas son un argumento más importante que la democracia y la seguridad. En cada una de estas fases se dispone de la entusiasta complicidad de medios de comunicación, periodistas, académicos y presuntos defensores de derechos humanos
El pasado martes 6, el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminó la mención del presidente venezolano, Nicolás Maduro, como presunto líder del cártel de Los Soles en una acusación modificada presentada por la fiscalía, con lo que en los hechos admitió lo que todo mundo sabía: que el mandatario secuestrado nunca lideró esa organización y que la misma ni siquiera existe. De este modo, ya es completo el paralelismo entre la invasión de Irak de 2003 y el secuestro de Maduro perpetrado por el trumpismo en el tercer día de este 2026, y quienes insisten en presentar los acontecimientos en curso como una “liberación” o una “restauración democrática” de Venezuela, han quedado exhibidos como meros propagandistas del imperialismo estadunidense.
La propia Casa Blanca no muestra ningún reparo en reivindicar su lógica neocolonial. Como dijo Stephen Miller, jefe adjunto de personal para políticas y asesor de seguridad nacional del presidente Donald Trump, “puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero el mundo real se rige por la fortaleza, por la fuerza, por el poder”. En ese “mundo real” del neofascismo, el hecho es que el destino de Venezuela sigue lejos de haberse decidido. Por una parte, Trump presume de tener totalmente sometida a Caracas, de controlar sus reservas petroleras y de haber impuesto un sistema económico idéntico al que los imperios europeos establecieron en sus posesiones de ultramar entre los siglos XVI y hasta bien entrada la década de 1970: según el magnate, en lo sucesivo Estados Unidos es el único país al que la nación sudamericana puede exportar hidrocarburos, y el único del que puede obtener cualquier producto industrial o agrícola que requiera, incluidos los de primera necesidad.
Sin embargo, aunque ciertamente hay una vulneración terrible de la soberanía venezolana, la situación en el terreno no es de ningún modo tan lineal como la presenta Trump. Por ejemplo, en el exterior casi todos los observadores dan por sentada la caída del chavismo, pero en las calles de Venezuela miles de personas piden por la liberación y el regreso de su presidente.
Venezuela: final abierto ... (2 y fin)
Mientras el político republicano dice que obligó a Caracas a romper todo vínculo con Rusia, China, Cuba e Irán, el jueves la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sostuvo un “afectuoso encuentro” con el embajador de Pekín, Lan Hu, a quien agradeció su condena a las agresiones estadunidenses. Asimismo, la aseveración de que las “grandes petroleras” invertirán “al menos 100 mil millones de dólares” en Venezuela para “reconstruir, de una forma mucho más grande, mejor y más moderna, su infraestructura de petróleo y gas” choca con las reticencias de la industria a involucrarse en el país en un contexto de demanda cubierta por la producción actual. En este sentido, está por verse si la fijación de Trump por controlar Venezuela se mantiene en caso de fracasar sus delirios petroleros.
Ésas y otras contradicciones obligan a recordar que la suerte de la lucha por la libertad de Venezuela frente al imperialismo no se ha decidido y que la solidaridad internacional es más importante que nunca para auxiliar a una nación enfrenta uno de los trances más difíciles desde la gesta de Bolívar, pero no ha sido derrotada.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/10/editorial/venezuela-final-abierto
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