martes, 20 de enero de 2026

Víctor Andresco: “Cuando las heridas permanecen abiertas, se acaban pudriendo”

 Texto: David Valiente  Foto: Daniel Mordzinski

La madrileña Glorieta de Embajadores y Lavapiés no son solo barrios. Representan también un cruce de culturas, un mundo rico en historias y leyendas importadas de otros continentes, pero ya tan propias como los teatrillos y las novelitas costumbristas de Manuel Bretón de los Herreros. Crujen las baldosas al pisar el suelo y un murmullo impulsado por el viento se cuela por las ventanas y las puertas semiabiertas. Los negocios levantan la verja al compás marcado por tambores imaginarios que los foráneos del barrio son incapaces de escuchar.

Por suerte, hemos quedado con alguien que sí puede ayudarnos a comprender esas melodías. Antes de escribir, traducir y dirigir el Instituto Cervantes de Moscú, Milán, Dublín, Atenas y, actualmente, Tokio, Víctor Andresco (Madrid, 1966) creció recorriendo las vibrantes y estrechas calles que comunican la plaza de Lavapiés y la Glorieta de Embajadores. En el Café Barbieri, espacio de agradables recuerdos, hablamos sobre esa juventud pasada, sus padres, sus experiencias en el antiguo espacio soviético, pilares argumentales de su última novela,   Soviépica (Reino de Cordelia).

Antes que escritor, Andresco es también un cruce de culturas y un hombre marcado por un barrio que le ayudó a construir ese muro de contención emocional que mantiene a las personas erguidas frente a las exigencias del hoy y del mañana. Sus palabras no son mera literatura abstracta ni siquiera el refugio de corazones fugitivos. Soviépica se presenta como una consecuencia natural de haber acumulado multitud de experiencias propias y ajenas que, unidas y maceradas por su estilo irónico, funciona como una topografía moral y política atravesada por el amor.

El amor que Fabián siente por Aitana recorre toda la novela como un alma en pena, sin descanso hasta el último párrafo. Ese sentimiento se detiene en las marquesinas del barrio o en los pisos comunales de época de Jruschov, lugares donde el recuerdo parece tomar aliento. Si un amor termina, por qué no también una época. A Fabián le quedan los recuerdos y la nostalgia que golpea sin guantes un cuerpo que vio caer desde dentro a uno de los contendientes de la Guerra Fría. Solo existe una respuesta posible a la crisis existencial que llama a la puerta de la emoción pasada unas décadas: hacer caso a los instintos, correr detrás de esas sombras que un día tuvieron carne, mirarlas a la cara y comprender que el tiempo no crea vencedores ni vencidos.

Su vida está profundamente ligada a la cultura: además de crear, divulgar y traducir, también se encarga de su gestión en uno de los buques insignia del poder blando de nuestro país, el Instituto Cervantes. ¿De dónde surge ese interés por las expresiones culturales y, en particular, por todo lo relacionado con las letras eslavas?

Digamos que responde a un afortunado accidente familiar. En la novela cuento que el padre de Fabián es un ruso llegado a España a principios del siglo XX, después de que sus abuelos huyeran del país a causa de la Revolución de 1905. Esta es también la historia de mi propio progenitor, una persona francamente interesante. Él no nació en Rusia y nunca pudo visitarla. Primero se lo impidió el franquismo, pues fue represaliado junto a mi abuelo; más tarde una enfermedad terminal acabó con ese sueño. Así que pasó toda su vida en la Glorieta de Embajadores, añorando un país que solo conoció a través de las remembranzas de sus padres y de la lengua que nos dejó en herencia, con tanta viveza, a mí y a mi hermana.

Además de ambientar la novela en los últimos compases de la URSS, una buena parte de la acción transcurre en la Glorieta de Embajadores. 

Nací en este barrio y tengo una querencia especial por sus calles, sus bares, sus comercios, lugares en los que empecé a descubrir el significado de la vida real. Con Soviépica he intentado retratar también ese Madrid que aún me resulta simpático y que poco o nada se parece al actual. Ese Madrid ya no existe y dudo mucho que, a corto o medio plazo, podamos volver a disfrutar de aquel ambiente que recrearon maestros de la literatura como Pío Baroja o Arturo Barea en sus novelas. La capital se ha convertido en un lugar a menudo rancio y casposo, como si solo interesara cierta gusanera millonaria que ha colonizado ese cogollito del barrio de Salamanca que tan bien retrató Manuel Longares en Romanticismo. Me fascinan los rincones de esta ciudad y, siempre que tengo ocasión de presentarme como escritor, lo hago con la muletilla madrileño. Sin embargo, siento que este sitio ya no me representa como antes. Tengo la sensación de que está desapareciendo y quería conservar, de alguna manera, la memoria del lugar donde me crié: una ciudad de gente común que se levanta todos los días y afronta su destino como buenamente le permite su situación.

En el desarrollo de una persona resulta apremiante la formación intelectual y política. Fabián toma contacto con grupos de izquierda en esos años de primeras transformaciones. ¿Víctor Andresco también vivió ese mundo político-cultural tan interesante?

En la Glorieta de Embajadores, a apenas cincuenta metros de mi casa, presencié la primera manifestación política de mi vida, el 1º de mayo de 1979. Ese mismo año, el 13 de diciembre, los obreros y los estudiantes salieron a la calle y la manifestación se saldó con el asesinato de dos estudiantes, José Luis Montañés y Emilio Martínez, por disparos de la Policía. La gente del barrio colocó una placa conmemorativa en la Ronda de Valencia número ocho, el lugar donde murieron los dos jóvenes. Dos años después arrancaron esa placa. También a unos pasos de mi casa solía colocarse el fundador del Partido Comunista Obrero Español, el gallego Enrique Líster, vestido con su pantalón de tergal, bien atildado, junto a una mesita desde la que vendía llaveros con la cara de Lenin y libros de política, entre otras cosas. En la novela cuento algo que me sucedió a las puertas de mi primera juventud: empujado por el azar, participé en una fiesta por la Unidad de los Comunistas en el Palacio de los Deportes, hoy conocido con el horrendo nombre de Movistar Arena. Desde ese momento, me he involucrado todo lo posible en asuntos políticos, siempre del lado de la izquierda, por supuesto.

En la universidad estudió letras eslavas. Gracias a la magnífica herencia que le dejó su padre, casi resulta natural que se decantara por esos estudios. 

Cursaba el tercer año de Filología Francesa en la Universidad Complutense cuando se abrió la licenciatura de Lenguas Eslavas. Como hablaba ruso con fluidez, pensé que me resultaría más fácil y lógico terminar mis estudios, así que me cambié de especialidad. Pertenezco a la primera promoción de licenciados en Filología Eslava de la Complutense. De mis compañeros, solo unos pocos hablábamos ruso al empezar los estudios.

¡Qué feliz ventaja!

Al igual que le ocurre al protagonista de mi novela, he experimentado la extraña sensación de ser el único que realiza una actividad distinta a la de quienes me rodeaban. Siempre he sido “el ruso de Embajadores”, tanto en casa como en la escuela. El sentirme diferente incentivó mi deseo de conocer el país más grande del mundo, y ese conocimiento, junto con el dominio del idioma, me permitió viajar por su extenso territorio. En la década de los ochenta, trabajé como guía turístico para personas que estaban dispuestas a pagar un dineral por conocer Rusia. Los astros se alinearon: por aquel entonces, en España había muy pocas personas bilingües en español y ruso, y aún menos con la edad y la resistencia necesaria para acompañar a grupos de cuarenta turistas en aquellas condiciones, solo relativamente confortables.

Si le parece, hablemos un poco de su historia en el bloque soviético. ¿Qué impresión tuvo cuando llegó por primera vez a la República Socialista Federativa Soviética de Rusia?

Mi primer encuentro con la tierra de mis antepasados se produjo cuando tenía dieciséis primaveras, el mismo año que mi padre murió a causa de su enfermedad. En la aduana, un soldado que aparentaba mi edad me pidió el pasaporte. Mientras lo revisaba, yo no podía dejar de pensar en lo mucho que se parecía a mí. Me fascinó descubrir la cantidad de personas que por su parecido podrían pasar por mis hermanos o primos. Sin embargo, los rusos no me observaban con la misma familiaridad, sobre todo cuando abría la boca y hablaba el ruso aristocrático que me había enseñado mi padre, común en la década de los veinte, pero no tan extendido sesenta años después. Por tanto, me consideraban un pedante que había leído todos los libros de los abuelos, con un léxico presoviético que muy pocos frecuentaban.

Llama la atención que el mundo universitario soviético fuera tan cosmopolita.

En sus aulas estudiaban alumnos de todas partes del mundo. De la Unión Soviética no solo salieron líderes políticos e ingenieros de renombre, sino también músicos y deportistas de élite. Era un sitio fascinante, en el que se conocía a personas muy particulares. La formación que ofrecía la URSS era una herramienta brillante para entrar en el mercado laboral de América Latina o África: hay egresados de estas universidades que ocultan su alma mater, aunque gracias a ella ocupan puestos de cierto mando en sus países de origen. La Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos fue un semillero de talentos que abonó los intereses intelectuales de muchos jóvenes. Más tarde, esos mismos jóvenes no tuvieron la oportunidad de devolverle el “favor” al sistema. Por lo general, ellos sienten una profunda nostalgia por esos años; algunos incluso llegaron a asumir una deuda moral con Rusia, a la que siguen queriendo.

Se suele decir que la caída de la URSS sorprendió a los especialistas occidentales completamente desprevenidos. ¿Desde dentro se percibía esa sensación de agotamiento?

A ratos las condiciones de vida eran agónicas, pero los ciudadanos no fueron conscientes ni, mucho menos, deseaban la desaparición de la URSS. Millones de personas perdieron su referente ético. Los rusos reprocharon a sus líderes el abandono y la traición —algunos fervorosos comunistas, al menos en apariencia, se pasaron al bando rival—, pues literalmente se había dado la vida por la causa socialista y, de pronto, se vieron pagando un alquiler o una hipoteca por una propiedad que antes disfrutaban de forma gratuita. En el diccionario se introdujeron nuevas palabras, como ‘crédito’ o ‘hipoteca’, que antes no estaban en el vocabulario de ningún ciudadano perteneciente a un sistema comunista decente. Tal vez las élites dispusieran de suficiente información para predecir la caída del sistema. Desde luego, la mayoría de nosotros nunca lo imaginamos.

Entonces, ¿esos últimos años de vida de la URSS no fueron como Occidente describió? 

Pese a la insidiosa y abrumadora propaganda vertida, debo reconocer que en muchos aspectos la Unión Soviética era caótica. El desabastecimiento fue tremendo y la ciudadanía estaba enojada. Ibas a los mercados y apenas había alimentos. En el mercado de Kíev los limones, por ejemplo, se vendían partidos por la mitad porque la mayoría de bolsillos no podía permitirse comprarlos enteros. Rusia quedó hecha unos zorros, azotada por la corrupción, la desorganización, el sabotaje y el desabastecimiento. Se pasó muy mal. La llegada del capitalismo acrecentó esa situación pesimista, pues productos de primera necesidad como el gas o el agua dejaron de ser gratuitos y se convirtieron en una carga económica más para las familias. Un país de ciento cincuenta millones de personas pasó a tener ciento cuarenta millones de pobres. El empobrecimiento de la población fue atroz y sucedieron cosas que rompen el corazón —algunas las cuento en el libro—. Veía a gente muy mayor por las calles vendiendo sus pertenencias para conseguir dinero con el que adquirir sus medicamentos. Yo he visto a héroes de guerra vender sus medallas porque no tenían ni un rublo en la cartera. Mientras las condiciones de vida de la mayoría se depauperaban, unos cuantos listillos aprovecharon la coyuntura y se apropiaron de las empresas e industrias que estaban bajo el control estatal. Por lo que contemplé en aquellos años creo que el gobierno postsoviético fue abusivo. Además, a nivel ético, me parece más legítimo un régimen que busca alcanzar una sociedad más igualitaria y un mundo más justo. Con esto, no estoy diciendo que lo consiguieran.

Muchos analistas sostienen que Vladímir Putin fue el resultado de ese caos. 

No pretendo elogiar a Putin —hay muchos componentes de su política e ideología que no comparto en absoluto—, pero sus décadas en el poder han evitado que Rusia se convierta en un campo de minas. Occidente debería pasarle una pensión vitalicia porque, probablemente, el día que abandone la presidencia el país podría sucumbir a la anarquía. Creo que es un error fatal por parte de las élites occidentales su intento de hostigar a una potencia que, pese a sus problemas evidentes, sigue teniendo un enorme poder y riquezas ilimitadas. Algunos gobiernos occidentales buscan precisamente eso: hacerse con las riquezas del país y creen que eliminando a Putin de la ecuación se van a aproximar más a su objetivo. Sin embargo, esas materias primas y combustibles fósiles ya cuentan con dueños que no van a permitir que nadie venga de fuera a arrebatárselos. Hoy los magnates y las industrias conviven en paz, pero en el momento en que un estadounidense o un alemán se atreva a poner un pie en suelo ruso con la intención de arrancarles esas riquezas, se abrirá un nuevo conflicto del cual saldremos peor parados los de siempre: los ciudadanos de a pie.

¿Qué futuro cree le depara a Europa y a Rusia?

Estoy terminando de tomar unas notas que me gustaría convertir en un libro titulado Limosna y perdón: precisamente lo que Europa terminará pidiendo a Rusia cuando la locura de la guerra llegue a su final. El Viejo Continente quedará empobrecido y habrá fracasado políticamente en la creación de un marco de seguridad que incluya a Rusia y China. Europa se ha convertido en el palanganero de una banda de piratas con residencia en Washington. Basta con analizar el discurso de Kaja Kallas para comprobar qué intereses defiende, desde luego nada favorables para nosotros. La vicepresidenta de la Comisión Europea formó parte de los pioneros comunistas en Estonia y en alguna que otra foto aparece ataviada con el pañuelo rojo y, al fondo, se distingue la hoz y el martillo. Prometió acabar con el capitalismo y al paso que va acabará cumpliendo su palabra…

¿Se acuerda que estaba haciendo cuando se produjo el derrumbe de la URSS?

El 19 de agosto de 1991 me encontraba en Kiev con un grupo de treinta personas que tenía que llevar a Polonia en tren. Pasé toda la noche en vela porque no sabíamos que estaba pasando: no había ni internet ni redes sociales para informarnos y en la televisión y la radio solo emitían música. Todo mi conocimiento sobre la situación se reducía a meros rumores. Entonces pensé: ¿qué haría, en una situación así, un joven Pável Korchaguin [protagonista de Así se templó el acero] cuando la información con la que cuenta es escasa y la Agencia Estatal de Turismo, Intourist, no respondía?

¿Y qué hizo?

Me dirigí a la estación con mis turistas y nos subimos al tren según lo previsto. Durante el trayecto les informé de lo que creía que estaba sucediendo. Hasta donde alcanzaba mi información, les pude explicar que se especulaba con una tentativa de golpe de Estado contra Gorbachov. Yo imaginaba que, en una situación así, lo primero que harían unos golpistas sería sacar al ejército y limitar el movimiento de personas. Pero en la frontera nadie nos detuvo y llegamos sin mayor complicación a Cracovia. Por supuesto, la incertidumbre desató mis nervios y se respiraba cierto desasosiego entre mi grupo de turistas. Lo que menos se esperaban era que les tocaría vivir un golpe de Estado.

¿Cómo estaba la situación en Cracovia?

Llegamos a la ciudad polaca sin mayor problema. Cuando pisé el andén pensé: menudo golpe de Estado de chichinabo; ningún militar nos ha encañonado ni gritado mientras nos registraban ni nos han robaban nuestras cosas. Extraño golpe… Sin embargo, el fiasco no se limitó a esta anécdota estival. Hoy sabemos que 1991 solo fue el comienzo de una operación de agresivo desmontaje del sistema, cuya máxima expresión de violencia aconteció dos años después con el asalto a la Casa Blanca rusa. Allí, aunque nunca se ofreció una cifra exacta, se produjeron centenares de muertos y una represión social a gran escala. Creo que fue a partir de 1993 cuando los rusos se dieron cuenta de que el sistema se había ido al garete y con él todas las prebendas que ofrecía. Ya nadie les iba a proporcionar una casa gratuita, ni educación universal, ni piscina pública, ni algo tan fundamental en un país tan frío como el gas para calentar los hogares. Sucedió aquello que la periodista Olga Merino, quien documentó el final de la URSS, llamó ‘capitalismo de casino’: el más bruto, inteligente y rápido se queda con lo que tiene más a mano, desde un pozo petrolífero hasta un bloque de apartamentos, sacando beneficio de ello.

Aseguran que los rusos son muy nostálgicos. Quizá esa pequeña dosis genética hace que Fabián recuerde esos años en la URSS con tanto cariño. Sin embargo, sus compañeros de andanzas soviéticas tratan de evitar por todos los medios que los relacionen con el comunismo y su estancia en la Rusia de finales del siglo XX. Fuera de la literatura, también se da esta tendencia y no precisamente en pocas personas. ¿Por qué cree que se produce ese rechazó? 

He querido contactar con antiguos compañeros y es cierto que algunos de ellos -aunque no la mayoría- han rechazado un reencuentro que les pudiera recordar su pasado izquierdista. Creo que esos casos se explican por el miedo que tienen a traicionar su presente, o lo que es lo mismo, el sistema en el que se encuentran integrados. Hoy todavía hay quienes viven en una suerte de fantasía llamada clase media, sin duda un equívoco interesado del franquismo, que hace que hayan perdido su conciencia obrera. Gente que piensa que ha prosperado por poseer un coche de alta gama o una hipoteca pagada. Por desgracia, cada vez menos trabajadores se autodefinen como clase obrera. Entiendo que haya personas conservadoras, pero no aguanto a los reaccionarios que tan bien quedan retratados en el sarcástico meme: “triste es amar sin ser amado / pero más triste es votar a la derecha siendo del proletariado”. Supongo que siempre habrá personas que abandonan sus ideales para alcanzar lo que consideran un puesto más elevado en su trabajo; se olvidan de que un día tuvieron conciencia de clase y creyeron en la posibilidad de construir un mundo más justo.

¿Usted también es nostálgico?

Si le soy sincero, no repetiría ni siquiera los momentos más maravillosos de mi vida…

…Perdone que le interrumpa: entonces, ¿se arrepiente de su pasado?

De lo único que me arrepiento es de haber practicado demasiado el “insistencialismo”. Tuve una novia maravillosa que a veces me llamaba ‘intensito’, un eufemismo que empleaba para decir que era un pelma. Reconozco que en algunas ocasiones, llevado por el entusiasmo, he sido así. Ahora intento contenerme; ventajas de la edad, supongo. Y también procuro evitar que las presentaciones de los actos no se conviertan en mítines políticos. Cuando procede, se hace, pero en muchas situaciones un discurso panfletario no encaja con el evento. Por lo demás, no creo que deba arrepentirme de nada grave: no he cometido ningún crimen inconfesable y sigo pensando que un mundo más justo es necesario… e inevitable.

Tal vez me equivoque con las conclusiones que he sacado de la lectura, pero Soviépica también trata sobre la importancia de reconciliarse con el pasado. 

Cuando las heridas permanecen abiertas y sin cicatrizar, se acaban pudriendo. Las personas deberían aclarar consigo mismas las cuitas del pasado. En ciertas ocasiones nos responsabilizamos de cosas que escapaban a nuestro control porque, independientemente de la ideología, la culpa judeocristiana está muy incrustada en la cabeza de los europeos. A veces, el sentimiento de culpa corroe el alma de las personas que poseen los mejores corazones.

Y esto también sucede con el amor…

Efectivamente. Los amores también pueden permanecer en la cabeza y acaban generando fantasmas…

¿Le ha pasado?

Sí, tengo una colección de fantasmas en mi cabeza. Creo que es importante tratar de borrar la imagen fosilizada e idealizada de una persona. Los seres humanos cambiamos y no permanecemos igual que hace treinta años. En 2024, coincidí con unos amigos de mi edad a los que no veía desde los ochenta y la reacción de algunos fue como si estuviéramos viendo momias en un museo. Estuvo bien en general pero hubo casos de auténtica sorpresa, incapaces de creer que fuéramos los mismos de hacía cuarenta años.

Usted y Fabián son españoles, pero en su ADN y su formación intelectual tienen ese arraigo eslavo. ¿Cómo lo ha gestionado?

Durante mi infancia me sentí marcado. En el barrio me recordaban que era el ruso del lugar. Mi padre solo nos hablaba en la lengua de Bulgákov o de Chéjov, porque era muy consciente de que nos estaba dejando en herencia una gran herramienta para el futuro, aunque muchas personas de mi entorno no lo vieran así. Soviépica comienza con la madre de Fabián aprendiendo ruso. Mi padre también enseñó ruso a mi madre, y ella tenía mucho mérito: no solo por haber aguantado los años más duros del franquismo, sino también por mantenerse firme en el aprendizaje de esa lengua. Nunca llegó a hablar ruso fluidamente, pero lo comprendía todo.

La lengua rusa ha legado grandes escritores a la literatura universal. 

El ruso se sustenta en un aparato cultural muy potente. Sus novelas se caracterizan por un notable preciosismo, invitan con frecuencia al llanto y revisten la atmósfera de un aire sentimental no siempre fácil de alcanzar para escritores de otras regiones. El arte procedente de Rusia tiende hacia lo romántico, y quiero pensar que en mi novela me he aproximado también a ese regusto sentimental y no tanto a lo político.

Juraría que los escritores rusos han sido inigualables a la hora de transmitir en palabras el significado del alma humana. 

Se especula con la existencia del alma rusa, pero creo que hay mucho mito construido en torno a esta cuestión. Posiblemente no exista. Aun así, no dejo de reconocer el esfuerzo que han realizado -rusos y no rusos- a lo largo de la historia con el fin de codificarnos en el lenguaje artístico el significado de un concepto tan profundo y complejo. De hecho, creo que la idea de alma rusa ha sido también empleada por ellos como una herramienta intelectual para teorizar sobre esa pasión que han demostrado por la cultura y que no es tan evidente en otras naciones. Se les ha inculcado que ese esfuerzo merece la pena. Por eso, en Rusia se producen continuamente nuevas creaciones literarias; podría decirse que crecen como champiñones en otoño. Además, los creadores rusos suelen caracterizarse por su interdisciplinariedad: no solo se hiperespecializan en un único estilo o arte sino que cultivan varios campos al mismo tiempo, lo que les ha permitido resistir mejor la dureza del clima y a los rigores de la economía y la política del país. En definitiva, el pueblo ruso es consciente de su singularidad y de formar parte de un sistema cultural que define con precisión su identidad.

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