miércoles, 10 de julio de 2024

La mentira como instrumento de guerra

Por Elson Concepción Pérez

En la isla portuguesa de las Azores, en marzo de 2003, tuvo lugar la Cumbre que dio luz verde al crimen contra Irak, cuando tres jefes de gobierno, George W. Bush, de Estados Unidos; Tony Blair, premier británico; y el español José María Aznar, posaban en una foto –histórica y vergonzosa– luego de decidir bombardear al país del Oriente Medio.

Ninguno preguntó, siquiera, por los argumentos que justificaban aquella acción. La decisión del Presidente estadounidense ya era letra firme, y solo faltaba que otros dos jefes de Estado «subordinados», con igual estirpe asesina, posaran ante las cámaras, como lo hicieron, con sonrisas y todo.

Un día después, el 20 de marzo, la aviación estadounidense comenzaba el horrendo crimen, bombardeando ciudades y pueblos enteros, incluso usando el uranio empobrecido en sus bombas que, muchos años después, aún deja rastros en quienes se expusieron al material radiactivo.

Informes de la cia mintieron descaradamente ante el mundo, con argumentos sobre el posible vínculo de Saddam Hussein con Al Qaeda, y la «supuesta existencia» de armas de exterminio masivo en la nación árabe.

La criminal guerra contra Irak, país que perdió casi un millón de sus hijos, entre muertos, mutilados y heridos, ha pasado a la historia como «una gran mentira» fabricada por el imperio yanqui para desencadenar el conflicto y otras fechorías, no importa la cantidad de muertos que provocara.

Los documentos se basaban en falsedades, como reconoció el propio Bush, quien, en 2006, aseguró que «Irak no había tenido nada que ver con los ataques de Al Qaeda el 11 de septiembre contra su país».

Para entonces, se sabía que la Agencia Central de Inteligencia había gastado más de mil millones de dólares en la búsqueda de las armas de destrucción masiva en Irak, y en la fabricación de otras muchas mentiras que «justificaran» el crimen.

El Centro para la Integridad Pública estadounidense cuantificó que Bush y algunos de los miembros más notables de su Ejecutivo habían hecho 935 declaraciones falsas en los dos años posteriores al 11 de septiembre de 2001. Según la investigación, esas afirmaciones «formaban parte de una campaña orquestada que galvanizó eficazmente a la opinión pública», y «condujo a la nación a la guerra bajo pretextos decididamente falsos».

Bush declaró públicamente: «cuando no pudimos hallar las pruebas, las fabricamos».

José María Aznar, por su parte, hizo famosa su aseveración de que la foto junto a Bush y a Tony Blair en las Azores, donde se dio la orden de los bombardeos a Irak, es «el momento histórico más importante que ha tenido España en 200 años».

Cuando ya habían muerto más de medio millón de civiles iraquíes y unos 4 000 militares estadounidenses, el entonces presidente George W. Bush dijo «sentirse orgulloso de no haber retirado las tropas de manera prematura».

El 2 de mayo de 2003, sobre el portaaviones Abraham Lincoln, Bush declaró la «gran victoria» de Estados Unidos en Irak, y anunció que esa era la «misión» que tenía su país.

Más tarde, el 9 de julio, reconocía que toda aquella invasión y los bombardeos contra Irak estaban basados en mentiras, informes falsos de la cia y otros argumentos nunca comprobados.

No aclaraba el gobernante si la «gran misión» era la de matar en cualquier lugar del planeta.

¡Y saber que los autores del gran crimen en Irak gozan hoy, impunemente, de sus privilegios de exgobernantes, ya sea en Washington, Madrid o Londres!

https://www.granma.cu/mundo/2024-07-08/la-mentira-como-instrumento-de-guerra-08-07-2024-22-07-31

1 comentario:

silvio dijo...

CAMELOT

Al borde de una laguna
tres brujas montan caldero
y baten un mundo espeso.
Una le pone la luna,
otra, sangre de cordero,
y otra, los últimos besos.

De Camelot vuelan señales
en los dragones y los cuernos,
y hay un silencio de animales
mientras se anuncian los infiernos.

El odio al otro es nuestra suerte,
la sangre ajena es nuestra viña.
Cuando profanen y den muerte
seremos aves de rapiña.

Dos contrahechos del Norte
y un enano de alcahuete,
sádicos abominables,
reclutan tribus y cortes
para gestión de grilletes
y corazones de sable.

Y una vez más, como tragedia,
ronda el olor a carne rota
de calabozo de Edad Media,
donde callaban al ilota.

Y una vez más, contra el impulso
de besar y abrazar a gentes,
ceder al último recurso
de ojo por ojo y diente a diente.

(2003)