HASCHISCH
José Martí Pérez (1853-1895)
Arabia:—tierra altiva
Solo del sol y del harem cautiva.
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Cuando la infame Tierra abre
su seno
Al árabe, engendrado
De ardiente arena y sol enamorado,
Y el seno, de miserias viles lleno,
Fango sangriento al árabe ha mostrado,
Lo eterno anhela, el árabe
suspira,
Los ojos cierra a la verdad,
y llora
Dulce llanto de amor a la
mentira,
Y el alma ardiente de la tierra mora
Duerme para vivir,
pues—viva—la ira
En su pecho más loca se
levanta
Que la idea de amor en sus
mujeres
Y el canto de pasión en su
garganta.
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¡Amor de mujer árabe!— La
ardiente
Sed del mismo Don Juan, se
apagaría
En un árabe amor, en una
frente
De que el negro cabello se desvía,
Como que ansia de amor
eterno siente,
Y a saciarnos de amor nos
desafía!—
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¡Oh! viven en aquellas
Magníficas doncellas,
Las trovas no escuchadas,
Las horas no sentidas,
Y lágrimas de amor aún no
lloradas,
Y fuentes de hondo amor aún no sabidas;—
En ellas, las huríes,
Por cada rayo de su sol un beso
Con sabor de azahar y de alelíes;—
Y en ellas, lo imposible
De una hoguera de luz nunca extinguible!
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La vida es el amor—donde la
tierra
Por los solares besos
fecundada,
Pensiles ha por hijos en que
encierra
La fragancia y la luz de una alborada;—
La vida es el amor—donde de
amores
Del libio sol y arábigas
arenas,
Hasta el desierto mismo nacen flores
Con palmas leves de murmullo
llenas;—
Y allí donde si el sol
desapareciera,
Del beso de una hurí
renacería,
Prendida dejo el alma
pasajera
Y la vida es amor:—
¡Oh! quién pudiera
De una mora el amor gozar un
día!
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No es estatua de lánguida
figura
El alma de un poeta:
Es un sol de dolor: alma sin cura
De universal enfermedad secreta:—
En sí tiene el hervor, en sí esta fiera
Ansia que un beso
incomparable invoca
Que, dado en una vez, arda
en su boca
Mas allá de las horas en
que muera:—
¡Oh! pobre alma dormida
Sin este beso eterno sacudida!
Una árabe que besa
Es labio de mujer, donde nos cumple
La eternidad al fin una
promesa:—
¡Oh! si mis labios pálidos
rozara
una arábiga boca, donde arde
Cuando se imprime, el fuego del Sahara,
Mientras no es ida, el fuego
de la tarde;—
Si esta mejilla sin
color,—hundida
Al espantoso beso
Que con los huesos de su boca, impreso
En cara y corazón deja la
vida,—
Si este espíritu luz
enamorado
Del armónico amor, en mí
sintiera
Ese beso de una árabe,
engendrado
Al fecundo calor de una quimera;—
Si el alma de una mora, al
hierro impío
Del tiránico afán
encadenada,
Viniera a calentar el pecho mío,
Y dejara en mi boca fatigada
Un beso como el fuego del estío,
Largo como el dolor de esta
jornada,—
Yo no sé qué dulcísima
ternura
Este árido cerebro llenaría;
Yo no sé qué colores esta oscura
Virgen de mi alma casta vestiría;
Qué luz como esta luz—¡oh, qué ventura
De una mora el amor gozar un
día!
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Chimenea encendida
Al frío corporal vuelve la vida:
¡También de un beso al
fuego,
El muerto de vivir, renace
luego!
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Nadie sabe el secreto
misterioso
De un beso de mujer: yo lo he sabido
En un arrobamiento luminoso
Extra-tierra, extra-humano,
extra-vivido.
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Cuando todo lo férvido
dormita,
Cuando todo lo imbécil
gigantea,
Cuando la languidez solo se
agita
Y por nuestra alma mísera pasea,—
Hay algo más hermoso que
una noche
De enero de mi patria en las
llanuras;—
Más dulce que un dulcísimo
reproche
Lleno de confusión y de
locuras,
Con que un trémulo labio
Culpa y perdona su amoroso agravio;—
Hay algo como en sueños
Nos pareció escuchar, algo que ha sido
Verdad, aunque fue sueño,
porque deja
Partida la verdad, cierto el
sonido,—
Un rayo que refleja
Muy suave claridad,—una dulzura
Que todos nuestros átomos orea,
Y una especie de aroma de ternura
Que sobre nuestros labios
titubea!—
Un beso de mujer!—Pues
¿cómo ha sido?
Todo lo venturoso ha
renacido,
La redención espléndida amanece,
Esénciase el cadáver, y en
el punto
Hermano siglo y siglo de un
difunto,
O me engaño—¡oh ventura!—o me parece
Que do el difunto fue, la
yerba crece!
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Un
beso de mujer!—Yo lo he sabido
En un muy dulce instante extra-vivido.—
El
árabe, si llora,
Al fantástico haschisch consuelo implora,
El
haschisch es la planta misteriosa,
Fantástica
poetisa de la tierra:
Sabe las sombras de una noche hermosa
Y
canta y pinta cuanto en ella encierra.—
El
ido trovador toma su lira:
El árabe indolente haschisch aspira.
Y
el árabe hace bien, porque esta planta
Se
aspira, aroma, narcotiza, y canta.
Y
el moro está dormido,
Y el haschisch va cantando,
Y el sueño va dejando,
Armonías
celestes en su oído.
Muchos
cielos ha el árabe, y en todos,
En
todos hay amor,—pues sin amores,
¿Qué
azul diafanidad tuviera un cielo?
¿Qué
espléndido color las tristes flores?
Y
el buen haschisch lo sabe,
Y no entona jamás cántico grave.
Fiesta
hace en el cerebro,
Despierta en él imágenes galanas;
Él pinta de un arroyo el blando quiebra,
Él
conoce el cantar de las mañanas,
Y esta arábiga planta trovadora
No gime, no entristece, nunca llora:
Sabe
el misterio del azul del cielo,
Sabe
el murmullo del inquieto río,
Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,
Sabe
la eternidad, corazón mío!
El
árabe es un sabio:
Cobra a la tierra el terrenal agravio.
Y
en tanto,—el encendido
Vigor de este mi espíritu potente,
Me quema en mí y esclavo y oprimido
Tormenta
rompe en la rebelde frente:—
Y
en tanto—de mi espíritu el deseo
De
aquello lo invisible se enamora,
Y se abrasa en mí mismo, y me devora
Buitre
a la vez que altivo Prometeo!—
Amor
de mujer árabe! despierta
Esta mi cárcel miserable muerta:
Tu frente por sobre mi frente loca:
¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!
¡Haschisch
de mi dolor, ven a mi boca!
Revista
Universal. México, 1º de junio de 1875
PÁGINA
DE LA DROGA CELESTE
Rubén
Martínez Villena (1899-1934)
Semilla
del Ensueño, la gota milagrosa
en
una falsa muerte la Paz nos anticipa,
y
orna la paz de imágenes. El alma, que reposa
la
secular fatiga, ve como se disipa
su
gran Dolor en una voluta caprichosa,
Humo
que de la torpe materia la emancipa:
ensaya
el vuelo ansiado la triste mariposa
a
la crepitación caliente de la pipa…
¡Oh,
la espiritualísima sensualidad del opio!
En
el laboratorio del universo propio
se
duerme al fin la vieja demencia del análisis,
y
el fumador, que a ratos su embriaguez desintegra,
hace
brotar, luchando con la dulce parálisis,
un
vasto ensueño rosa de la píldora negra.
La pupila insomne, 1924