lunes, 8 de mayo de 2023

Utopías

Por Santiago Alba Rico

Como sabemos, una de las batallas fundamentales de los trabajadores bajo el capitalismo ha sido siempre la de la reducción de la jornada laboral. Establecida en Inglaterra hace un siglo en ocho horas, la Europa más progresista, con más o menos resistencias, quiere acortarla ahora a treinta y dos horas semanales, y ello a partir de la convicción, bastante realista, de que la mayor parte de los ciudadanos no disfrutan de su actividad laboral y de que, frente a ella, la verdadera ciudadanía se construye en el tiempo libre. Ahora bien, si la reducción de la jornada laboral es importante, no debemos olvidar que el capitalismo, sobre todo a partir de los años 50 del siglo XX, ha pasado a explotar económicamente, y de manera sofisticada y obsesiva, el tiempo de ocio. Esa ha sido la verdadera revolución (que a veces llamamos neoliberalismo) producida en nuestras vidas en las últimas décadas. De manera que, incluso liberados o aliviados del trabajo, una pregunta acuciante permanecería: ¿qué hacemos con nuestro tiempo libre? ¿No deberíamos cuestionar, junto a la explotación laboral, también las condiciones colectivas, tecnológicas, de nuestro ocio? En 1958, cuando aún no existía internet, Hannah Arendt criticaba en La condición humana el optimismo "griego" de Marx, quien habría confiado en el carácter emancipatorio del tiempo libre, olvidando -dice la filósofa alemana- que "el tiempo de ocio del animal laborans siempre se gasta en el consumo y que, cuando más tiempo le queda libre, más ávidos y vehementes son sus apetitos".

Hannah Arendt vivía los albores de una transformación decisiva que, casi setenta años después, tras sucesivas revoluciones tecnológicas, parece revelarse cada vez más totalitaria. Las nuevas tecnologías, quiero decir, han introducido al menos dos efectos nuevos en nuestro horizonte existencial. Por un lado han borrado la frontera entre tiempo y trabajo. Por otro, han proletarizado el ocio, según la conocida expresión de Bernard Stiegler, sincronizando de forma industrial los placeres del animal laborans. Así que la lucha antropológica contra el capitalismo tiene ahora tres frentes: uno, la reducción de la jornada laboral, otro la recomposición de la frontera trabajo/ocio y otro, por último y no menos importante, la desproletarización del ocio.

Junto a la diferencia entre el tiempo laboral y el tiempo de ocio, me gustaría mencionar otra de la que me he ocupado a menudo: me refiero a la que opone la fantasía a la imaginación. La fantasía no tiene límites o fantasea con la ausencia de límites mientras que la imaginación trabaja -es, sí, un trabajo- representándose pasajes horizontales de una cosa a otra cosa, de una existencia particular a otra existencia particular. La fantasía vuela sin alas; la imaginación construye en el suelo un pequeño aeroplano de madera. En términos subjetivos, privados, la fantasía es legítima y a veces necesaria. En términos políticos, no. El capitalismo, por ejemplo, es una gran fantasía que se representa a sí misma creciendo sin chocar jamás con nada, en un espacio vacío en el que cada criatura, cada cuerpo, cada montaña, es solo un medio para ir más lejos. Frente a la fantasía necesitamos, pues, la imaginación, que opera en cambio (trabajosamente, insisto) a partir de límites, rugosidades y confines, tropezando desde el cuerpo en otros cuerpos que, porque tropieza con ellos, no puede sencillamente ignorar.

El capitalismo (y no digamos el libertarismo neoliberal) es, lo he dicho, muy fantasioso. ¿Y la izquierda? La izquierda ha sido a veces imaginativa y a veces fantasiosa. Existen, por así decirlo, utopías de la fantasía y utopías de la imaginación. Una utopía de la fantasía es la Unidad; otra, muy bien denunciada por Castoriadis en 1960, es la de la Transparencia; la utopía -escribe el filósofo griego- de "una sociedad transparente a sí misma en la que los deseos de todos se satisfarían espontáneamente o en la que, para satisfacerlos, bastaría un diálogo alado jamás contaminado por el simbolismo". Y añade: "una sociedad que descubriría, formularía y realizaría la propia voluntad colectiva sin pasar a través de las instituciones o una sociedad cuyas instituciones nunca tendrían nada de problemático". Se trata de una advertencia a la que se ha solido hacer poco caso. La traslación de la utopía de la transparencia al ámbito laboral, por otro lado, sería la de la abolición del trabajo, incluido el de la imaginación y sus meandros. La transparencia, zanjemos, no puede ser; no debemos ni siquiera desearla. El cuerpo es oscuro, el lenguaje es oscuro, la naturaleza es oscura, los objetos exosomáticos introducidos en el mundo por los humanos (máquinas y herramientas) son oscuros. En el mejor de los mundos posibles, en el más sencillo de los mundos posibles, la relación entre todas estas instancias mantendrá un resto de opacidad que será irremediable y hasta bueno conservar. Toda dictadura, decía el ensayista italiano Alberto Savinio, es una forma de idealismo o, enunciado en mis propios términos, una utopía de la fantasía, pues los dictadores tratan el mundo como debería ser y no como realmente es: por eso el estalinismo fue también -y de ahí sus espantosos costes humanos y mentales- una fantasía devastadora.

Pues bien, una señal de la crisis actual (de la ausencia de futuro descrita por Fischer) es la de que, allí donde el capitalismo altamente tecnologizado ha borrado la frontera entre trabajo y ocio y ha proletarizado además el tiempo de ocio, nuestra imaginación sigue circunscrita al ámbito "antiguo" del trabajo, de manera que podemos imaginar y reclamar y conquistar (¡felizmente!) una semana laboral reducida, mientras que el nuevo ámbito del ocio proletarizado, encadenado a las nuevas tecnologías, es pasto de la fantasía, cuyo despotismo sin límites nos impide imaginar un uso verdaderamente libre del tiempo libre. Ha sido y sigue siendo muy dura la batalla por los derechos laborales; pero es más fácil luchar contra un patrón que nos hace sufrir a todos juntos que contra un ocio proletarizado que nos hace gozar por separado. Es siempre más fácil, sí, huir del dolor que del placer; rebelarse contra la miseria económica que contra la miseria simbólica y vital. En un libro reciente, el sociólogo estadounidense Johann Hari describe de un modo inquietante y vivaz los efectos devastadores del ocio proletarizado sobre la atención y, más allá, sobre la inteligencia misma: expone cruelmente lo que significa para nuestra consistencia ética y antropológica cambiar de tarea mental cada sesenta y cinco segundos, pasar trece horas al día delante de una pantalla o leer en diagonal noticias que desaparecen del mundo en menos de once horas. El libro es narrativamente apasionante, informativamente escalofriante y, si se quiere, maravillosamente yanqui, en el sentido de que no inhibe su ingenuidad a la hora de movilizar la esperanza de los lectores. Hari insiste en que las victorias históricas, no completas pero decisivas, contra el machismo y la homofobia nos permiten imaginar y anticipar una lucha colectiva no menos exitosa en favor de la atención secuestrada por el capitalismo. Me gusta mucho ser sacudido en mi placentero pesimismo por precedentes luminosos y, desde luego, habrá que dar la batalla, con independencia del resultado. Solo amortiguaría un poco el entusiasmo del lector (que es el mío propio) recordando la diferencia que existe entre una estructura de poder que mata, excluye, reprime y humilla y otra que nos divierte y nos distrae: la fuerza del capitalismo, lo he dicho otras veces, no reside en su capacidad infinita de hacer daño sino en su capacidad infinita de producir placer, en sus horas libres, a los mismos que maltrata en sus horas de trabajo.

Resumiendo: en la segunda década del siglo XXI, en pleno cambio climático y plena desdemocratización, las utopías de nuestra imaginación son cada vez más modestas (más socialdemócratas) mientras que nuestra fantasía solo produce distopías. Nos movemos, pues, entre la "socialdemocracia de guerra", en acertada expresión de Xan López, y la fantasía de la catástrofe. El reto, en definitiva, es el de frenar la fantasía tecnológica colectiva y extender la imaginación, más allá del necesario reformismo económico-social, a la construcción de un ocio nuevo. Un reto enorme, pues ese ocio nuevo es paradójicamente la condición misma para el ejercicio de la imaginación cuyo espacio ha sido enteramente ocupado por la fantasía.

¿Enteramente? No. Ninguna fantasía es capaz de acabar con la opacidad de los cuerpos, que siguen amando, reproduciéndose, muriendo en otro lado; que están siempre en riesgo de recaer, sí, en los trabajos de la imaginación, para los que debemos reivindicar jornadas cada vez más largas y recompensas humanas cada vez más altas.

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sábado, 6 de mayo de 2023

Habana Fénix

Anoche, en el teatro Martí, fuimos testigos del estreno mundial de Habana Fénix, de Lizt Alfonso Dance Cuba, basada en palabras del prócer Eusebio Leal. Y nos sentimos renovados, agradecidos por una obra que nos describe y nos identifica. 

 

El lenguaje de la danza es capaz de trasmitirlo todo. Palabras que pronuncian los cuerpos; monólogos solistas; coros de baile que cuentan lo simple y lo complejo de nuestras propias vidas y sueños. 

 

Por Habana Fénix pasan Roldán, Lecuona, Simons, Fariñas, Brouwer, Valera, Lucía Huergo, Guido y Aldo López Gavilán. Y el misterio de la voz de Geydi Chapman, acompañada por cuatro buenos músicos, nos revela a Sindo, a Liuba María, a Gerardo Alfonso.

 

En Habana Fénix lo étnico, lo histórico y lo cotidiano que nos conforma se pronuncia, se separa y se funde. 

 

Al final, privilegio de un estreno irrepetible, se oyó la voz de la poetisa de la danza por encima de los fuertes aplausos: “¡Esto es por Cuba!” Y me arrojó a la mente aquella gira de 1988 que, por la misma razón, titulamos Por la Patria. 

 

Entonces se desmembraba el primer país que se atrevió a intentar una sociedad más justa, el que acosaron y que, a pesar de la hostilidad exterior logró levantarse, al tiempo que por la autocomplacencia interior se hundía. 

 

¡Esto es por Cuba!, dijo Lizt Alfonso. 

 

Y volví a sentir inmensas ganas de bailar.

viernes, 5 de mayo de 2023

Al César...

Ayer hizo 10 años que se nos fue el inmenso César Portillo de la Luz, de quien fui muy amigo incluso antes de conocerlo, porque desde niño escuchaba sus canciones. Cuando me desmovilicé y empecé a pecar de nocturnidad, le iba a ver a un bar en los bajos del edificio Focsa, donde cantaba todas las noches, a veces compartiendo con el también inmenso José Antonio Méndez. Allí hasta le vi componer. A veces, entre canción y canción, empezaba a tocar un tema que nunca terminaba. Una noche le pregunté qué era aquello y me dijo que era "algo que esta saliendo poco a poco". Tiempo después fue la introducción a una de sus inmortales: Amor es eso. Una impresión muy poderosa que guardo de su quehacer fue descubrir que Contigo en la distancia, ese tema que le ha dado la vuelta al mundo (varias veces) lo compuso en 1946, año en que yo nací. Aquí les dejo un video en que canto (con faringitis) Canción para ese día, acompañado por la maestría de Joaquín Clerch, en un homenaje que le hicimos. No se pierdan la intervención de César, al final, pidiendo solidaridad por los damnificados de un ciclón y diciendo un poema.

https://www.youtube.com/watch?v=2YDHLLst5Lw



jueves, 4 de mayo de 2023

Entrevista a Gustavo Petro

Entrevista Pepa Bueno*

Acaba prácticamente de aterrizar en España el presidente de Colombia, Gustavo Petro (Ciénaga de Oro, Córdoba, 63 años), cuando recibe el martes a EL PAÍS en la Embajada de su país en Madrid. Afuera, en los jardines, suena música, huele a barbacoa y llega el bullicio de una feria de emprendimiento que han organizado para colombianos y españoles al aire libre con motivo de la visita del mandatario. Ha pasado por allí a saludar entre aplausos y selfis antes de sentarse a responder por sus nueve meses en el poder. Es poco tiempo para un programa muy ambicioso de reformas en un país que votó por el cambio sin darle mayoría absoluta. Aunque, como dirá después, las principales reformas ya están presentadas y está tropezando con tantas dificultades para aprobarlas que acaba de hacer una profunda crisis de gobierno porque, según asegura, necesita un Ejecutivo más homogéneo que trabaje por el cambio. Petro confiesa abiertamente que está siendo más difícil de lo que pensaba.

Pregunta. Usted es el primer presidente de izquierdas de la Colombia contemporánea. Lleva algo más de nueve meses en el poder. ¿Ha encontrado resistencias? ¿Siente que el poder tradicional se ha organizado contra usted?

Respuesta. Sí, claro. El cambio siempre provoca una resistencia. Al ser el primer presidente de izquierda elegido en Colombia, los ánimos de resistencia son altos, grandes, y provienen de grupos muy privilegiados, sobre todo por el dinero público. Cuando proponemos volver a un mayor peso de la política pública, de la sociedad, para garantizar los derechos de salud, de las pensiones… entonces estos grupos reaccionan, se organizan. No han contado todavía con respaldo popular, pero sí con la prensa, con partidos que tratan de ganar una mayoría relativa en el Congreso que impida que las leyes del cambio se aprueben. Y esa es la resistencia que hemos tenido hasta ahora.

P. Y a pesar de todo ha afrontado grandes proyectos: el de la paz total, pero también una reforma de salud, de pensiones, laboral, tributaria e incluso política. ¿Qué hará si no consigue mayoría parlamentaria para aprobarlas en el Congreso?

R. Es el juego del poder. Indudablemente, hay una pretensión de cambio y hay una resistencia contra el cambio. ¿Cuál podrá más? No lo podemos predeterminar. He invitado a la población a salir, a expresar si está a favor o en contra porque en estos nueve meses ha faltado un protagonista fundamental: la gente. Quiero que la población se exprese, casi ningún país se transforma sin la presencia protagónica de la gente. Vamos a ver si ese elemento lo permite. Si no, quiere decir que la población no miró el cambio como un proceso profundo, sino como una moda. Y desde esa perspectiva el Gobierno no tendría mayores perspectivas de éxito.

P. Cuando dice que la población se exprese, ¿se refiere a manifestaciones en la calle o a la convocatoria de referendos que legitimen las reformas que no se aprueben en el Congreso?

R. En la Constitución de Colombia los procesos plebiscitarios o constituyentes siempre pasan por el Congreso. Si puede cambiar las leyes, ¿para qué el plebiscito? Yo espero que el Congreso apruebe leyes y los cambios fundamentales.

P. En la primera entrevista que concedió a un medio internacional recién elegido, presidente, nos dijo a EL PAÍS que las reformas hay que hacerlas en el primer año porque, si no, ya no se hacen. Quedan tres meses para ese primer aniversario. ¿Hay reformas que no haya presentado todavía?

R. Sí, pero las que se han presentado son las fundamentales, las que tienen que ver con la salud, con las pensiones y la contratación laboral. Su transcurso todavía es lento; de hecho, solo se ha presentado una votación, que los partidos tradicionales trataron de que se hundiera, partidos que habían estado en la coalición de gobierno, pero que no fueron capaces de resistir ante la presión de los dueños del capital, de los capitales públicos manejados por sectores privados en el tema de la salud, pensiones…

P. En su discurso del Primero de Mayo dijo que Colombia se encamina hacia una gran batalla. ¿Qué quiso decir exactamente con esa gran batalla?

R. Pues es la batalla del cambio. Colombia ha sido un país conservador desde hace mucho tiempo. La última gran transformación del país, un intento modernizador y democrático, fue en un Gobierno liberal, el de Alfonso López Pumarejo en los años 1934-1938 y un segundo Gobierno liderado por él con mucha movilización popular. Allí se presentan unas reformas muy avanzadas, pero salen derrotadas las fuerzas progresistas. Y empieza la violencia, que ya no terminó. Ha tenido fases, se volvió de izquierdas, insurgente... terminó articulada al narcotráfico en el momento más reciente. Son fases diferentes de la violencia que tienen un origen político. En 1970 gana un candidato diferente a los partidos tradicionales la presidencia, y le roban las elecciones. De ahí surgió la primera presencia armada urbana de la que hice parte, el M-19.

El país dejó de tener una expresión hacia lo institucional y derivó en guerra. Desde entonces hablamos de construir un camino pacífico. Cuando yo convoco a la población a expresarse, en el fondo estoy tratando de sacarla de esos procesos que terminan en la violencia. Mi elección es eso. Cuando le dijimos a la gente que saliera de la barricada y usase las urnas, fui escuchado. La gente del estallido social, que es mayoritario entre la juventud, se volcó en las urnas y me dio la victoria. Trato de que eso que se expresó en las calles pacíficamente se vuelva protagonista.

P. Esa comparación histórica con el periodo de los años treinta me da la medida de que usted ve muchas más resistencias al cambio de lo que me ha dicho al principio.

R. Hay una porción de la población que apuesta a no cambiar. Y un núcleo de poder muy privilegiado, enriquecido a través de ordeñar al Estado. Es una actitud parasitaria, rentista, tiene que ver más con el feudalismo que con el capitalismo. Pero que ha hecho crecer a este grupo de personas que fueron derrotadas por mí en las elecciones pasadas.

P. ¿Teme fracasar?

R. La historia trae triunfos y fracasos. De hecho, yo casi siempre perdí, perdí en las votaciones de leyes y antes, cuando fui combatiente. El M-19 fue la única insurgencia querida por el pueblo, por eso yo estoy acá. Mi vida ha sido de lucha, y las derrotas no se me hacen extrañas.

P. Su mandato es de cuatro años. Con la Constitución actual, no hay reelección. ¿Eso no va a cambiar?

R. Matemáticamente, una reelección vuelve en ocho un periodo de cuatro años. Hay otro camino matemático, es volver ocho años en cuatro duplicando las 12 horas de trabajo para volverlas 24. Matemáticamente es lo mismo.

P. ¿Trabaja entonces con cuatro años de mandato en la cabeza?

R. Sí.

P. Acaba de cambiar el Gobierno. Han salido los ministros de la coalición con los partidos tradicionales, la derecha, pero también una ministra de su confianza, la de Salud. ¿Se equivocó con el primer Gobierno que hizo?

R. Yo no hice un Gobierno de mis propias fuerzas. Busqué una especie de Gobierno de coalición, intentando precisamente tener una mayoría parlamentaria sólida. El proceso no llegó hacia allá. Por una parte, porque los partidos que deberían estar apoyando la reforma dejaron de hacerlo. No entendieron qué era estar dentro del Gobierno. Por otra parte, algunas de las personas que convoqué al Gobierno, en lugar de plantear un diálogo serio, se dedicaron a hacer trampas. Ahora el Gobierno es más homogéneo, más de las fuerzas que ganaron las elecciones. Creo que vamos a tener una mayoría parlamentaria más débil, pero mayoría. Eso hará menos costosa la aprobación de leyes y quizás tendrá una posibilidad de diálogo franco con la sociedad.

P. Uno de sus grandes proyectos es la paz total. Usted acuñó esta expresión para definir una amplísima negociación que intenta acabar con la violencia que ha desangrado su país durante décadas, desde la guerrilla hasta las bandas criminales. ¿Cree que va a conseguir esa paz al término de su mandato?

R. Hay una circunstancia, de la que aún no hemos podido encontrar la causa certeramente, pero que nos ayuda. El mayor consumo de cocaína que existía, el de los Estados Unidos, parece haberse desplomado. ¿Por qué? La hipótesis es que las nuevas drogas sintéticas, químicas, parecen estar ganando el mercado. En el caso de los EE UU es el fentanilo, quizás la peor droga que se ha encontrado, que está tomando niveles de pandemia. Esta hipótesis se demuestra un poco en diversas regiones de Colombia dedicadas a la producción de hoja de coca, donde ha cesado la demanda. Eso nos da una oportunidad. Al ya no ser un negocio de las dimensiones de antes, muchos de los sectores sociales que han estado viviendo de la cocaína preferirían hoy tener otra opción. Si somos capaces rápidamente de otorgarla, Colombia empezaría a desconectarse del mercado internacional de la droga y eso nos sirve para que muchos grupos que tienen armas dejen de tenerlas. De ahí que casi todos hayan dicho que sí a un proceso de paz total. Una cosa es decirlo y otra hacerlo, pero se comienza por ahí. Muchas bandas propiamente criminales, sin raíz política, han dicho que quieren un proceso. A mí me da un cierto optimismo. Hay que aprovechar el momento.

P. ¿Ha encontrado en la Administración Biden una actitud diferente en relación a la guerra contra las drogas?

R. Sí, yo creo que los altos funcionarios demócratas de los EE UU son conscientes de que esa guerra fracasó. Se ha llevado unos 10 millones de personas, esas cuentas hay que hacerlas. Es una destrucción social enorme. Una separación de la misma sociedad norteamericana, también la persecución a la población negra a partir de las drogas. La región más violenta del mundo no está en Oriente Medio, no está en Ucrania. La región que más mata es la región por donde pasan las rutas de la cocaína.

P. Usted ha reanudado las relaciones diplomáticas con Venezuela y es parte activa de un intento negociador entre el Gobierno y la oposición. ¿Por qué cuesta tanto que haya un acuerdo en Venezuela entre oposición y Gobierno?

R. Hay un temor, un miedo inicial, y lo entiendo porque yo he sido también presa de ese miedo. Es la creencia de que, si el grupo en el poder lo pierde, lo exterminan. Lo mismo al revés. Entre oposición y Gobierno no hay confianza en lo mínimo.

P. ¿Qué debe ser antes, las elecciones libres o la rebaja de las sanciones?

R. Lo que propusimos en Bogotá es un camino paralelo de dos rieles. Paulatinamente, un plan de levantar sanciones y, al mismo tiempo, ir avanzando en el cronograma de elecciones con garantías. Ahora hay que ver si se puede concretar. Estados Unidos dijo que estaba dispuesto a levantar sanciones, que es un avance. La oposición dijo que estaba dispuesta a que se levantaran sanciones si había un proceso concreto electoral. Y el Gobierno de Maduro dijo también que estaba dispuesto a un cronograma de elecciones.

P. ¿Y?

R. Bueno, habrá que ver si eso se pone en práctica. En esto, Europa puede jugar un papel mejor que el que ha jugado. Yo creo que todos los países que pusieron sanciones se dieron cuenta de que son como un bumerán. Venezuela es un pueblo rico por el petróleo. Estados Unidos golpeó a esa base. Al principio, con las invasiones a Oriente Medio, caían los aliados de Chávez; se desplomaba el precio del petróleo. Después, directamente contra Venezuela, ya estando Maduro, bloqueándola. Ese bloqueo produjo el cierre del grifo por completo, es una caída de la noche a la mañana del consumo que hizo que millones de venezolanos sintieran hambre, cosa que no había ocurrido nunca, y que los llevó al éxodo, un éxodo muy grande aún sin contar con exactitud. Colombia es quien recibe el primer impacto, un millón, dos millones de personas que no estaban en sus cuentas que entran a la República y que producen también una desestabilización. Las sanciones no van contra los gobiernos, van contra los pueblos.

P. ¿Cuál es el papel que puede jugar Europa con Venezuela?

R. Poner a andar los dos rieles. Asegurar que haya un levantamiento sistémico y paulatino de sanciones, mientras el Gobierno de Maduro avanza en un cronograma electoral con garantías.

P. Presidente, viene a un continente donde hay una guerra clásica, imperialista, en la que un país invade a otro. El presidente de Brasil, Lula da Silva, que estuvo aquí la semana pasada, lidera una iniciativa para intentar buscar una salida a esta invasión de Vladímir Putin. ¿Usted comparte la iniciativa de Lula?

R. En general, América Latina no ha tomado posición. La posición latinoamericana es que haya un acuerdo de paz porque nosotros hemos sufrido un incremento del hambre a partir de toda la subida del precio de los alimentos. No nos interesa que esa guerra continúe, pero no nos suena franco el discurso que habla de ir contra invasiones de unos países contra otros, cuando los mismos que están rechazando esas invasiones han realizado invasiones contra otros países. Y no me refiero solo a las del Medio Oriente, sino a las que ha sufrido América Latina. Tienes una Inglaterra que invade Malvinas. Tienes unos EE UU que han invadido Santo Domingo, que han invadido la isla de Granada, que han invadido Panamá…

P. Sin duda, pero ¿las invasiones de Estados Unidos justifican los bombardeos en Ucrania?

R. El discurso de atacar a Rusia porque invade debió haber empezado por sí mismos. Nosotros alguna vez propusimos que el delito de invasión fuese considerado un crimen contra la humanidad. EE UU se opuso.

P. Pero los europeos no hemos invadido. Tenemos una guerra en nuestro suelo y un país que nos pide ayuda. ¿Hay que dar ayuda a un país vecino y al que invaden?

R. No estoy muy seguro de esa afirmación de que Europa no ha invadido. Europa se ha escudado en la OTAN, pero a través de la OTAN ha invadido. ¿Por qué es buena la invasión a Libia y es mala la invasión de los rusos a Ucrania?

P. Son malas todas. ¿Es mala también esta?

R. Entonces, si son malas todas, la política que hay que defender no es decir ‘esta es mala’ y aplaudir otras, sino colocar la agresión internacional como un crimen, hágalo quien lo haga. Eso sería un discurso más serio y tendría todo el apoyo de América Latina porque América Latina es un territorio que ha sufrido invasiones. Yo le decía a Biden que él, liderando la guerra en Ucrania, no iba a tener el liderazgo mundial que sí podría tener si liderara el cambio de la deuda pública de los países por acción climática. La guerra sigue; incluso tiende a empeorar. Esa guerra se acaba fácilmente si dejamos de ver a Ucrania como terreno de la OTAN. Entonces rusos y ucranianos tendrían más oportunidad de sentarse en una mesa y acabar la guerra.

P. Nueve meses en el poder, ¿qué le han enseñado a Gustavo Petro que no supiera?

R. [Ríe] Digamos que me han enseñado que el cambio es más difícil de lo que pensábamos. Si los cambios se dan, será porque el pueblo quiere. Hasta donde el pueblo quiera. Ni un metro más, tampoco ni un metro menos. Hasta donde el pueblo quiera.

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*Directora del diario El País (España) https://elpais.com/internacional/2023-05-03/gustavo-petro-el-cambio-es-mas-dificil-de-lo-que-pensabamos.html

martes, 2 de mayo de 2023

El niño Ariel

Por Augusto Blanca

A la trova cubana

Siempre se ha dicho que nosotros, los que nacimos en el oriente del país, “hablamos cantando”. A lo mejor eso se deba a esta historia que sucedió hace muchos, muchísimos años….

I

Aquel olvidado pueblo era el último de la larga carretera que atravesaba el país, donde nunca pasaba nada … De allí para allá la comunicación con los pequeños caseríos aledaños solo era por caminos de tierra o trillos.  Fidencio y Jacinta vivían a tres leguas del pueblo, en una casita de madera y techo de guano, rodeados por un pequeño campo de flores que les servía de sustento al joven matrimonio. Él, por las mañanas, las cortaba y ataba con hilachas de yarey, haciendo pequeños mazos de  flores; los colocaba en su carretilla y se iba rumbo al pueblo a venderlos; ella se quedaba en los “quehaceres” de la casa, estaba a punto de ser madre por primera vez y ambos esperaban con gran ilusión la llegada del nuevo miembro de la familia.

 

La noche en que Jacinta comenzó a sentir los dolores de parto llovía torrencialmente, pero así y todo Fidencio puso la montura a su caballo Ligero, y a todo galope corrió a buscar a Melisa, la comadrona que vivía a varias leguas de allí. Cuando por fin llegaron a la casa, luego de vencer los charqueros y la insistente lluvia, estaba Jacinta tirada en la cama, los recibió a gritos desesperados: –¡Por fin, creo que ya estoy  pariendo, apúrate Melisa!–. En efecto, la blanca sábana de la cama estaba toda mojada. –Ve a calentar agua y tráeme trapos limpios– le dijo Melisa a Fidencio, que con los ojos desmesuradamente abiertos corrió hasta la cocina.

 

Fueron varias horas en los ires y venires de Fidencio de la cocina al cuarto, trayendo trapos y agua caliente. Por su parte, Melisa, sosegada, como toda una profesional, insistía:  –! Puja, Jacinta, puja, ¡no te rindas! –   y valiéndose de una gran botella verde, hacía “malabáricos” esfuerzos sobre el protuberante vientre de Jacinta, que no cesaba de quejarse De pronto, repentinamente, dejó de llover, ya casi amanecía… Fue entonces que sucedió algo que aun nadie se explica.

 

Por lo general, casi todos los niños al nacer llegan al mundo llorando, como malhumorados (por supuesto, es razonable, los sacan de una pequeña piscina cálidamente cómoda y los enfrentan a la luz cegadora de este ancho y ajeno mundo). ¡Para sorpresa de Fidencio, Jacinta y Melisa, el niño… ¡llegó cantando!... tarareando una hermosa melodía que inundó la habitación. Tampoco nadie se explica quién abrió la ventana de aquel cuarto, dejando entrar la luz del recién amanecido sol, ni quién convocó a tantas y diversas aves, luciérnagas y mariposas para que rodearan aquella casita y comenzaran a revolotear alegres en las ventanas. Mientras, el niño continuó tarareando… cada vez con más fuerza y dulzura… y todo, absolutamente todo a su alrededor, se dulcificó. 


Esa madrugada, 16 de abril, había nacido un niño que sus padres, Fidencio y Jacinta,  llamaron Ariel….Y en la misma mañana su padre plantó en el patio una postura de cedro. 

 

II

 

Al poco tiempo, el niño Ariel, comenzó a incorporar en sus “tarareos” las palabras que iba escuchando de sus padres, pero con la peculiaridad de que las emitía “cantadas”. De su infantil garganta éstas brotaban acompañadas de acordes de guitarra, armonizando las melodías que él iba entonando…:

 

“…Mamá, quiero leche de vaca

estoy por hacerme caca”…

 

A los pocos meses ya el niño Ariel había aprendido a caminar. Se iba con su padre para el jardín, y a su alrededor infinidad de mariposas de colores revoloteaban; los sinsontes, canarios y tomeguines lo acompañaban en sus melodías; el gallo lo saludaba desde el palo de la cerca; la vaca Clotilde mugía feliz, como haciéndole una segunda voz; las gallinas cacareaban y los pollitos piaban… ¡era un concierto matutino!…

 

El día que llegó por primera vez al jardín, el niño Ariel se puso a cantar…:

 

 

“… Buenos días girasoles, buenos días margaritas

son ustedes muy bonitas”…

 

El padre continuamente le decía al niño que le dolía cortarlas, pero que debía hacerlo para venderlas, pues era el sustento que tenían para poder vivir. El niño Ariel siempre le respondía cantando…:

 

“… No te preocupes, no morirán,

nunca más marchitarán”…

 

Efectivamente, las flores que cortaba Fidencio nunca se marchitaban, se mantenían lozanas como si aún tuvieran sus raíces prendidas en la tierra.


Cuando el niño Ariel cumplió cuatro años, fue que su padre determinó llevarlo consigo al pueblo para que lo ayudara, la venta había mermado mucho. Y allá se fue el niño Ariel, feliz, con su padre, montado en la carretilla, entre los macitos de flores, cantando un pregón…:

 

“…Rosas, girasoles, margaritas,

bellas, eternas y fresquitas”…

 

Y de inmediato las calles del pueblo se inundaron con su hermosa voz. Curiosas, las ventanas y las puertas se abrieron….

 

–¿De dónde salió ese niño con esa bella voz y esos acordes de guitarra? – se preguntaban todos intrigados… Y, fuera por escucharlo o por las flores, la cosa es que la venta de esa mañana fue todo un éxito, y cuando a medio día llegaron a la casa Jacinta los recibió feliz, al ver que regresaban con la carretilla de flores totalmente vacía… Entonces el niño Ariel le cantó…: 

 

“…Mamá, todas las flores vendimos

¡y como nos divertimos!”...

 

Pasaron varios días, semanas yendo al pueblo a vender. Los pregones del niño Ariel le afloraban cada vez más inspirados; el pueblo, a diario, esperaba la carretilla de flores, los rodeaban y les seguían por toda la calle para escuchar aquel niño pregonando con su timbrada voz, acompañado de arpegios de guitarra que nadie se explicaba de donde surgían… Y, efectivamente, las flores que desde semanas atrás habían sido vendidas a los vecinos del aquel pueblo, se mantenían lozanas en los búcaros, sin marchitarse, como si aún tuvieran sus raíces arraigadas en la tierra.


Y todo se llenó de flores: los balcones, los portales, las aceras, los techos, las calles… Y el aroma de flores, impregnó aquel olvidado pueblo que era el último de la larga carretera que atravesaba el país, donde nunca pasaba nada.

 

III

 

Cuando el niño Ariel, cumplió los ocho años, el padre decidió llevarlo a conocer el rio. Hasta ese momento no quisieron arriesgarse, a sabiendas de lo intrépido de su hijo, el cual no tenía miedo a nada y, aunque el rio no era de gran caudal, el niño Ariel era demasiado pequeño como para nadar en él. Mientras duró el trayecto, mariposas, saltamontes, canarios y sinsontes jugueteaban alrededor del niño Ariel… Cuando al fin llegaron al rio, el niño Ariel, eufórico de la alegría que le producía aquella contemplación, comenzó a cantar…:

 

…”!Caminito azul de agua dulce

¿quieres que yo te la impulse?”…

 

Los peces azules, verdes, rojos y amarillos saltaban, y al volver a caer en el agua cristalina provocaron salpicaduras que mojaron la carita del niño Ariel, que sin mucho pensarlo se lanzó a las cristalinas aguas y se puso a nadar como si toda la vida lo hubiera hecho. De inmediato los peces se le agruparon, como un ejército fiel, a derecha e izquierda. El padre, mudo de asombro, no atinaba a nada… hasta que por fin exclamó: – ¡Ariel, mijo, te vas a ahogar; vuelve a la orilla!–, mientras que el niño Ariel solo reía, se divertía y cantaba alegremente:

 

….” Ven, corre suave y divina

agua dulce, cristalina”…

 

Desde ese día, cada vez que venían de la venta de las flores, el niño Ariel corría a bañarse al rio. El padre ya lo dejaba ir solo porque el primer día lo vio nadar tan “profesionalmente” que pensó que no tenía que preocuparse por aquello.

 

Por entonces Fidencio tuvo que ampliar el sembrado de flores, pues cada vez era más la demanda en el pueblo, que ya era catalogado como “El Pueblo de las Flores Eternas”.

 

IV

 

Todo había cambiado satisfactoriamente, para la joven pareja de Fidencio y Jacinta, desde que naciera el niño Ariel. Sus melodías lograron que los frutos de los árboles del patio aumentaran su dulzor, que la vaca Clotilde produjera el triple de leche diaria, como para llenar las cantaras y venderla en el pueblo. Y sucedió lo mismo con las gallinas ponedoras, que no dejaban de cacarear tras la llegada de cada huevo, llenando las canastas en sólo una mañana ... Hasta hubo que hacer una nueva carretilla, pues, además de flores, ahora vendían leche, frutas y huevos. Fue cuando el niño Ariel, creó un nuevo pregón:

 

…”  flores, huevos, leche, frutas

quien se las lleva disfruta ”…

 

El día que el niño Ariel cumplió nueve años la casa se llenó de trinos desde el amanecer. Mariposas de todos los colores entraron por la ventana abierta del cuarto; la noche anterior las luciérnagas no se fueron a dormir y danzaban sobre el mosquitero del niño Ariel; en el corral las gallinas cacareaban más que nunca y el gallo, como complaciendo peticiones, repitió su quiquiriquí muchas veces; la vaca Clotilde mugía exigiendo que la ordeñaran y los pollitos, en divertido escarceo, reclamaban  sus granos de maíz. Y, como cada mañana, el niño Ariel saltó de la cama cantando…:

 

…”Mañanita, mañanita

buenos días, mañanita”…

 

Ese día no salieron a vender al pueblo; era especial. Y el almuerzo lo fue también: frutas y ensaladas, postres de coco, boniatillo y refresco de marañón, elaborados por mamá Jacinta. A las cuatro de la tarde, como siempre hacía, partió el niño Ariel rumbo al rio. Los árboles del camino saludaban su paso, moviendo sus ramajes. Escoltado por cientos de mariposas y sinsontes, canarios y tomeguines llegó hasta el borde del rio; de un salto  se lanzó a sus aguas cristalinas… Solamente un árbol de hojas negras del bosquecito de la otra ribera del rio permanecía quieto, no movía sus oscuros ramajes. Un áspero bejuco pendía, penetrando verticalmente el agua cristalina... y allí quedó atrapado el niño Ariel, quien luchó mucho por desprenderse, pero ni los cientos de peces pudieron liberarlo, todo fue inútil… El negro y áspero bejuco lo haló hasta el mismísimo fondo del rio.

 

***

 

Jacinta andaba recogiendo la ropa de las tendederas del patio cuando una fuerte ráfaga de viento hinchó las sábanas, como velas de un barco en plena tormenta.

 

–Algo está pasando–, se dijo, y de inmediato llamó a Fidencio, que trajinaba por el corral de las gallinas –¿Aún no ha llegado el niño Ariel? – No, no ha llegado; ya es hora de que estuviera aquí–, contestó Fidencio.

 

–Vamos para el río–... –¡Vamos! – Y emprendieron el camino, casi anocheciendo.

 

Esta vez ni una sola hoja de los árboles se movía y un espeso silencio los fue acompañando. Cuando por fin llegaron, quedaron paralizados ante lo que vieron: sobre la arenilla que bordeaba el rio, casi totalmente cubierto de mariposas blancas y aves del monte, el cuerpo del niño Ariel, boca arriba, inmóvil, con los ojos abiertos y una dulce sonrisa dibujada en el rostro. Los peces quietos, agrupados al borde del rio, semejaban una franja azul, y las últimas luces de la tarde hacían centellar sus húmedas escamas.

 

Había muerto el niño Ariel. La música se esfumó, como mismo se fueron apagando los postreros rayos del sol de aquel atardecer.      

 

V

 

La noticia corrió de boca en boca: “Murió el niño Ariel, el hijo de Fidencio y Jacinta, el que “hablaba cantando”. El pueblo entero, consternado, acudió al entierro. Sus padres no quisieron enterrarlo en el cementerio; decidieron hacerlo al pie del árbol de cedro, aquel que plantó Fidencio el mismo día en que el niño Ariel había venido al mundo.

 

Un lastimero silencio invadió aquella mañana. Nadie hablaba; ni siquiera los sinsontes, los canarios y los tomeguines se atrevían a trinar; ni las mariposas a volar, ni las gallinas a cacarear, ni la vaca Clotilde a mugir, ni tan siquiera el gallo quiso cantar… Luego todos se fueron yendo, lentamente, y el patio quedó vacío. Solo quedaron allí Fidencio y Jacinta, tomados de las manos, frente al pequeño promontorio de tierra húmeda, al pie del árbol de cedro que aún era tan joven como lo era el niño Ariel… ¡nueve años escasos!...

 

Sucedió entonces que, en pocos días, las flores de todas las casa del pueblo comenzaron a marchitarse en los búcaros, en los balcones, en las aceras, en los techos; los sinsontes, canarios y tomeguines dejaron de trinar; las mariposas dejaron de volar; los pozos se secaron y comenzó una gran sequía en toda la región. No llovía, los árboles dejaron de dar frutos y sus hojas secas eran esparcidas por un viento aullante; los campos se  agrietaron y las flores del jardín perdieron sus brillantes colores.

 

Fidencio y Jacinta notaron, además, que el cedro se iba poniendo cada vez más mustio y decidieron ir a buscar agua del rio que, afortunadamente, no dejaban de correr y continuaban cristalinas. Montaron en la carretilla varias tinajas para llenarlas y, al regresar, lo primero que hicieron fue regar las raíces del cedro, usando para ello el jarrito donde el niño Ariel, tomaba su café por las mañanas. En cuanto el agua humedeció la tierra, comenzaron a escucharse arpegios de guitarra y una melódica canción…:

 

…”agua fresca de ese rio

que lo siento como mío”…

 

– ¿¡Es nuestro niño Ariel, el que está cantando!?


– ¡Si, mujer!, ¡es él! ¡Regresó con el agua del rio!

 

De súbito, los sinsontes, los canarios y los tomeguines comentaron a trinar alegremente; las gallinas a carrear, la vaca a mugir, el gallo entonó un largo y agudo ¡quiquiriquí¨!... y el patio de llenó de mariposas de todos los colores. Los árboles empezaron a batir lo que les quedaba de ramajes. Hasta las luciérnagas salieron de sus camas y vinieron a volar alrededor del joven cedro.

 

La noticia de aquel insólito hecho llegó muy pronto al pueblo. Cientos de personas llegaron hasta la casa de Fidencio y Jacinta; después, con sus tinajas, iban a buscar agua del rio y la vertían en las raíces del cedro, que de inmediato se ponía a cantar… Y lo más curioso era que todas las personas que escuchaba aquellas canciones se “dulcificaban, olvidando odios y rencores, llenando de amor y de paz el corazón”.

 

A medida que pasaban los días y los meses, el cedro aumentaba cada vez más su tamaño, creciendo, creciendo. Su vertical y hermoso tronco ahora semejaba un cuerpo de mujer …¿o una guitarra? y seguía emitiendo sus “troveras canciones” … Los habitantes de los pueblos cercanos decidieron peregrinar hasta allí, para escuchar esas “tales canciones” que, según se rumoraba, eran curativas, “ennoblecían el alma, las despojaban de odios y rencores, dulcificaba el corazón”…

 

El 16 del mes de abril,  día en que el niño Ariel hubiera cumplido los diez años, sus padres organizaron una fiesta de cumpleaños. La gente del pueblo y de muchos otros lugares cercanos acudieron a esta inusual celebración. Luego de la gran comida, todos se dirigieron al rio en busca de agua con todo tipo de de tinajas, vasos, pomos, recipientes, cantimploras… A las cinco de la tarde la multitud hizo un enorme circulo alrededor del  “alto, majestuoso cedro” y, todos a la vez, vertieron el agua de los recipientes en sus raíces, justo donde descansaban los restos del niño Ariel… Y, de pronto, como surgiendo de las mismas sonoras entrañas del cedro, comenzaron a escucharse allí cientos de   “troveras canciones”… canciones que nunca llegarán a un final...:

 

…”Perla marina, que hondos mares

vive escondida entre corales,

celaje tierno de allá de Oriente

tierna violeta del mes de abril……”.

 

***

 

Esta historia que me contaron sucedió hace mucho, muchísimos años… en aquel olvidado pueblo, el último de la larga carretera que atravesaba el país… donde nunca pasaba nada.(Pero tengan mucho cuidado, que aún permanece, en la otra ribera del rio, aquel árbol de hojas negras de donde pende un áspero bejuco que verticalmente atraviesa las cristalinas aguas… hasta el fondo). 

 

22 de abril 2023