por
Guillermo Rodríguez Rivera
“Sociedad
Civil” es un término que no estamos acostumbrados a manejar y, con cuyo uso, no
nos sentimos enteramente cómodos.
De
la Revolución Cubana surgieron una pluralidad de instituciones y siendo –como
éramos, o ¿todavía somos?– un país permanentemente amenazado por agresiones de
todo tipo, no podíamos poner demasiado énfasis en la civilidad: aprendimos
todos a ser soldados y pasamos por alto las burlas del enemigo. Cuando
aparecieron las milicias, sus adversarios inventaron, allá por 1960, unos
versitos para desacreditar la marcha de los milicianos, que decían:
Uno, dos, tres, cuatro:
comiendo mierda y rompiendo
zapatos.
Pero
esos “comemierdas” cumplieron algunas funciones esenciales que la “lúcida” CIA
no fue capaz de calcular.
La
Agencia empleó contra Cuba la estrategia exacta que había usado para derrocar
al democrático gobierno de Jacobo Árbenz, que también había hecho una reforma
agraria y había afectado los intereses norteamericanos, pero en Guatemala
existía el ejército tradicional que le pidió la renuncia al presidente. En
Cuba, ese ejército había desaparecido: lo reemplazó el Ejército Rebelde pero,
aún así, Fidel le entregó las armas al mismo pueblo para que defendiera sus
conquistas.
Los
“técnicos” en contrarrevoluciones de la CIA calcularon que sus discípulos no
tendrían obstáculos para vencer. Carlos Rivero Collado, quien fuera uno de esos
expedicionarios, cuenta que uno de esos maestros le dijo a uno de los jefes de
la Brigada 2506:
Lo que usted tendrá que hacer es
sacar la mano, hacer
la señal
y seguir en su jeep hacia La Habana.
Pero
los “comemierdas” le dieron una paliza militar a los expedicionarios de Playa
Girón: los derrotaron y los apresaron en 66 horas. Como nos convertimos en
soldados, no repudiamos para nada la jerga militar: brigadas, contingentes,
campañas, puestos de mando, batallas, proliferaron en nuestra vida cotidiana, aunque
casi siempre fuera civil.
Aprendimos
y practicamos el principio de todos los
ejércitos: “la orden del jefe encarna la voluntad de la patria”, y esa unidad
fue un innegable requisito para la salvación de la Revolución Cubana.
La
respuesta de nuestros dignos representantes en la Cumbre de la Sociedad Civil
en Panamá, creo que tuvo que ver con el que ha sido el estilo clásico de la
Revolución. No se trataba de opositores cualesquieras a la Revolución, sino de
un agente de la CIA que llevó a Bolivia la orden de asesinato de un prisionero
que es, a la vez, un hombre excepcional, venerado para los cubanos
revolucionarios, cuyos hijos afirman que quieren ser como él; y de un disidente
que no tiene empacho en fotografiarse junto al terrorista –condenado en
Venezuela bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, de cuyas cárceles es prófugo– que ordenó el asesinato del equipo juvenil cubano de esgrima, colocando una
bomba en un avión civil en vuelo, y de otras personas –hasta 73– que no
tenían otra culpa que pensar de manera diferente a la suya.
Hay
quien dice que esa representación derechista de la sociedad civil –que son más
bien miembros de la AADJ ( Asociación de Asesinos Derrotados y Jubilados)– la
organizó la ya envejecida captora de Elián González, Ileana Ros Lethinen, para
sabotear el encuentro de Raúl y Obama.
Independientemente
de sus resultados, creo que nuestra delegación a la reunión de la “sociedad
civil”, implementó una suerte de “respuesta rápida” que es a la que hemos
estado habituados y, por ello, la que mejor conocemos.
Cuando
se ha recopilado el montón de opiniones vertidas sobre el asunto, incluyendo
las de Ravsberg y todas las contrarrespuestas, me parece que falta una esencial:
la opinión de ese intachable revolucionario y lúcido hombre de pensamiento, que
es Aurelio Alonso.
Aurelio
señala:
Comparto la opinión de que, una vez
allí,
los representantes cubanos que viajaban
para asistir a ese foro
específico no tenían
otra opción que pronunciarse del modo en que
se pronunciaron, y para mí está fuera de duda
que, en cualquier caso, la oportunidad de
defender
la
revolución es la opción honorable. Pero trato
ahora de saber hasta qué punto lo que se hizo,
además
de un honor, fue también un acierto.
Aurelio descarta la posibilidad de que los
personajes contrarrevolucionarios que asistieron hayan llegado allí con el
ánimo de dialogar:
Hasta los diseñadores de la
dramaturgia del
imperio se percatan de que para extremar la
marca de lo intolerable no basta
con sentar
en el lugar al asesino del Che sino que llega a
exhibirse su foto con el cadáver;
y para destacar
al «opositor», lo retratan con el
terrorista. ¿Alguien
puede tener la ingenuidad de creer que se
buscan
reconciliaciones?
Entre los numerosos participantes en la
polémica, hay quien piensa que la única opinión digna de ser escuchada es la de
la sociedad civil cubana identificada con la Revolución. Aurelio advierte que
en los momentos que se avecinan no podríamos pretender el acuerdo absoluto con
nuestras opiniones. Señala que una de nuestras tareas teóricas y políticas es
la
de encontrar el umbral de tolerancia plausible
para el disenso. Puede definirse, con Rosa
Luxemburgo,
como la pertinencia del espacio de quien
disiente.
Nuestro presidente ha instado a que aceptemos
la opinión del que piensa diferente de nosotros pero, sobre todo, ha alertado
contra lo que ha llamado “la falsa unanimidad”. Esa aceptación de los criterios
sin pensarlos, sin debatirlos, a mí me parece tremendamente peligrosa, porque
suele convertirse en norma de la conducta.
Yo estuve unas cuantas veces en la Unión Soviética:
estuve bajo el gobierno de Brezhnev, bajo el de Andrópov y finalmente bajo el
de Gorbáchov. Era un gran país y era un pueblo de gente buena y valiente.
Medité mucho no por qué cayó el socialismo,
sino por qué –en un país donde no había propiedad privada desde décadas atrás–
aparecieron de pronto millonarios que marcaban los destinos del estado y, sobre
todo, por qué nadie –ni un militante del partido, ni un komsomol, ni un
stajanovista, ni un poeta, ni un recordaste olímpico, ni un gran maestro de
ajedrez, ni un secretario ideológico del PCUS, nadie– se opuso al desastre que
sobrevino con Boris Yeltsin. ¿Saben por qué? Porque era un pueblo enseñado a
obedecer, a aceptar sin pensar lo que disponían los niveles superiores. Cuando
el nivel superior dijo: “Se acabó el socialismo”, eso era ley, eso no se
pensaba. Los dirigentes se repartieron la riqueza
creada por más de 70 años de trabajo del pueblo soviético.
Yo creo que tenemos un pueblo muy inteligente
y, sobre todo, curtido en materia política.
Desde hace tiempo he reclamado para nuestras
elecciones generales, donde seleccionamos a los integrantes de la Asamblea
Nacional del Poder Popular, un número mayor de candidatos de los que debemos
elegir, pues en la actualidad es la comisión de candidatura la que elige los
diputados cuando los postula: los electores no hacemos otra cosa que ratificarlos.
Y no me basta leer una biografía intachable, porque todos los candidatos la
tienen, pero no es suficiente: quiero saber también qué se propone hacer el
diputado cuando resulte electo.
Ya comprendimos que un atleta de alto
rendimiento, en cualquier disciplina, tiene que dedicarse a ella como un
trabajo. Tenemos que comprender que los diputados a nuestra Asamblea deben
asumir profesionalmente ese trabajo y tener una sola reelección. Deberán ser
muchos menos, para que el país pueda asumir el desembolso en sus salarios.
Creo que ello nos dará un aparato de gobierno
más eficiente, imprescindible para el encauzamiento de nuestra sociedad civil.
[1] Estas ideas debieron discutirse
en un más estrecho grupo de compañeros. Como no pudo ser, las entrego ahora al
mucho más amplio espacio de los lectores de Segunda Cita.









