viernes, 30 de octubre de 2026

Colombia: La 'batalla cultural': inadmisible y vergonzosa


Patricia Ariza
 

No podemos menos que indignarnos al ver las acciones contra las culturas y las artes por parte del Gobierno del presidente De la Espriella. Desmantelar una sala entera de la memoria del Museo Nacional y arrancar por asalto cuadros de grandes artistas, afiches y objetos simbólicos que narran el conflicto de este país, no sólo es indignante sino doloroso. 

Este Gobierno, además, está intentando cambiar el imaginario para que todos pensemos igual. Para que en el país de la diversidad se instale un pensamiento único. Empezó condenando palabras cuya ausencia mutila no solo la comunicación sino la historia y las luchas que están detrás de las palabras. Al sacar, por ejemplo, la palabra 'niña' de una institución que protege la infancia, se está dejando de nombrar la interminable e inconclusa lucha de las mujeres por ser reconocidas en todas las instancias. Las mujeres y las niñas son, somos, una humanidad. Detrás de las palabras 'campesino' y 'campesina', que se quieren reemplazar por “pequeños empresarios”, se está abandonando el reconocimiento a una población y una cultura que ha luchado por la tierra, esas sí, en grandes batallas por el derecho a habitar el campo.

Detrás de la bandera que simboliza el orgullo gay, arrancada del Museo Nacional, están miles y miles de colombianos y colombianas que han logrado, a pesar de la persecución, la homofobia y la transfobia, reconocimiento de su existencia y de sus derechos. Ellos y ellas son tan colombianos y colombianas como el gabinete entero de De la Espriella.

Al ver a un señor delegado directamente, por mandato del presidente, dar órdenes expresas a unos funcionarios de arrancar del museo más antiguo de Colombia, que además es un símbolo de la libertad, porque alguna vez el edificio fue una cárcel; al ver este señor energúmeno en actitud de asalto, arrancando cuadros, afiches y símbolos que narran el conflicto, sentimos herida la nación, la memoria, las culturas y las artes. Y nos sentimos heridos nosotros y nosotras.

Estos actos se han hecho en una actitud de “batalla cultural” que nos negamos a aceptar, porque los artistas, los creadores y las víctimas no estamos en guerra. Todas las culturas tienen el derecho a existir. Somos un país multicultural con una diversidad de culturas asombrosa, con comunidades y pueblos indígenas y afrodescendientes que nos enseñan todo el tiempo otros modos de existir y de resistir.

Somos un país laico con una diversidad de creencias religiosas respetables todas, en tanto sean humanistas y se mantengan en su fe y no en la pretensión de formar parte de la guerra y de la violencia. No se puede tener un cristo en la mano y a la vez lanzar discursos de odio. Jesús nunca lo hizo.       

Han querido meternos en la llamada guerra cultural que no aceptamos porque no le hemos declarado la guerra a nadie. La memoria no está en guerra: al contrario, es testimonio imprescindible para mostrar lo que nos ha pasado y evitar que se repita.

Y aquí nos ha pasado de todo. Hemos vivido una guerra de sesenta años, hemos visto masacres, genocidios sistemáticos como el de la Unión Patriótica, del cual soy sobreviviente. Hemos visto la muerte infame de miles de jóvenes cuyos cuerpos han sido presentados como guerrilleros muertos en combate ('falsos positivos'). Hemos visto arder el Palacio de Justicia con personas vivas adentro. Y hemos visto morir a una joven trans a la orilla de un rio, mientras los asesinos filmaban su agonía.

Pero también hemos visto y participado en los acuerdos de paz con las Farc. Fuimos con las mujeres a gritar a La Habana que no queríamos ser pactadas sino pactantes. Y logramos que la cultura quedara en los acuerdos. Hemos presenciado emocionados la promesa escrita de cientos de combatientes que voluntariamente decidieron no disparar más y que hoy están viviendo en paz, estigmatizados, pero desarmados.

Vimos a Jaime Pardo Leal y a Bernardo Jaramillo, dos candidatos de la UP a la Presidencia, que le extendieron la mano al país. Los vimos caer uno a uno por las balas de un Estado que no aceptaba la oposición. Fueron tan recalcitrantes, tan tiranos, que mataron a Luis Carlos Galán, un liberal demócrata asesinado mientras hacía un discurso por la democracia. Y vimos a Carlos Pizarro, del M-19, suscribir la paz con el sombrero puesto. Lo vimos cuando entregó la pistola. Y luego lo vimos vilmente asesinado. Todos ellos eran candidatos a la Presidencia.      

Este país tiene derecho a que la pluma con la que 'Timochenko' y el presidente Santos firmaron la paz, repose en el Museo Nacional. A que los acuerdos de paz se conserven y se lleven a cabo. A que el sombrero con que Carlos Pizarro firmó la paz se guarde en un salón. A que las obras de arte de los artistas que dieron testimonio de estos hechos se respeten. Tenemos derecho a que las lágrimas de emoción que nos conmovieron en estos acontecimientos se respeten.

Tenemos derecho también a que se muestren todas las formas de memoria y de resistencia contra la guerra y la violencia. Es inalienable el derecho de un país a documentar el dolor, el horror, la resistencia y la fiesta. Y a conservar las obras de arte que se han creado como testimonio inalterable de los hechos que nos rompieron el corazón.

Son cientos los ejemplos poéticos desde la cultura contra la guerra y la violencia que merecen ser vistos, narrados y conservados. Son imprescindibles para que nunca más haya otro genocidio, para que la oposición pueda existir, para que los y las artistas podamos crear en libertad. Y para que la institucionalidad reconozca y promueva las artes y la diversidad.

El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes tiene un acumulado extraordinario material e inmaterial que debemos defender. No es posible que el nuevo Gobierno autoritario y confesional recorte los presupuestos para la cultura, anule la concertación y el reconocimiento y olvide el inmenso trabajo de todos los ministros y ministras en estos 29 años.

Desde aquí, en este momento, quiero extender mi reconocimiento a todos los ministros y ministras. Entre nosotros hubo duros debates y desencuentros, pero también un acumulado impresionante. En la anterior administración se llegó a un presupuesto inimaginable, pero insuficiente, para las necesidades de un país con una riqueza cultural y artística como la nuestra. Este Ministerio llegó a ser ejemplo para América Latina.   

Para nombrar tan solo unos ejemplos, se crearon 1.200 bibliotecas, un millón y medio de jóvenes estaban siendo educados en las artes y había un reconocimiento a los artistas, una concertación y unos convenios. Entre ellos, unos con 250 salas independientes de teatro. Se promovieron cientos de acciones de cultura de paz, un estallido cultural con mil grupos que se extendió a 12 países. Hubo reconocimientos que permitieron sacar a la luz centenares de obras, de nuevos proyectos, de nuevos talentos. Y lo más importante, reconocer las culturas de las regiones, lo que que nos permitió reconocer el país completo desde las Culturas, las Artes y los Saberes. Y dimensionar cuánto tenemos y cuánto nos falta por construir.

La cultura, como lo dice la Constitución, es fundamento de la nación. Una nación se funda sobre un territorio y unas culturas. Prescindir de alguno de los dos es comenzar a disolver la nación. Las culturas están hechas de lo que somos, de lo que hemos construido y de lo queremos ser.  Son nuestra manera de habitar el mundo. Vemos conmovidos cómo ahora nuestro territorio se está incendiando y nuestras culturas se están recortando y negando.

Las y los artistas no aceptamos la llamada “batalla cultural”, que no es otra cosa que una guerra contra la cultura. Las y los artistas no estamos en guerra contra nadie, no tenemos escuadrones ni pistolas. Tenemos las palabras para escribir poesía y los pinceles para pintar la vida. Tenemos museos y galerías, teatros y talleres, melodías y canciones que nos recuerdan quiénes somos y lo que nos ha pasado.

Y, tenemos también un tesoro, que es el pensamiento crítico que nos mueve a decir basta, a cantar contra las injusticias, a representar los conflictos, pero también a celebrar la vida.

Y quienes hablamos y nos comunicamos tenemos derecho a todas las palabras, que no son otra cosa que la construcción humana del lenguaje. El arte y la cultura son expresiones de la libertad y de la diversidad. Y, por eso, merecen ser cuidados y protegidos.

Estamos ahora saliendo con el arte a cuestas a las plazas y a las calles. Vamos a dar clases de arte al aire libre y vamos a estar juntos y juntas en esto, porque de lo que se trata es de defender el relato de nación que veníamos construyendo y el derecho a no olvidar.

Publicado el 26 de octubre de 2026 a las 06:00 a. m.

https://cambiocolombia.com/puntos-de-vista/articulo/2026/10/la-batalla-cultural-inadmisible-y-vergonzosa

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