jueves, 15 de octubre de 2026

¿A dónde van los conciertos?

 Belén Gopegui

Un concierto no es sólo una suma de canciones, un concierto es también una sintaxis y compone un texto único. Vengo a contar una lectura, cabrán olvidos pues nada fue anotado y la memoria queda atravesada por las cosas repentinas que se cruzan. 

Vengo a hablar del concierto de un poeta cantor, un trovador. Vaya por delante el reconocimiento de lo ya gozosamente conocido, cómo su arte produce formas nuevas de experimentar la vida, cómo ocupa el momento intransitivo y entonces lo que es, es, por ejemplo, su manera de construir una belleza electrizante y a la vez equilibrada, de jugar, de recordar que, según dijo una vez, “usamos la misma piel para amar que para defender lo que creemos”, cómo logra que la bondad no se avergüence. Vaya también por delante una banda de instrumentistas excepcionales.

Vengo con un comentario de texto, subjetivo, franco, escrito sin pretensión alguna de dar por buena mi interpretación, pero también sin renunciar a lo que pude acertar leer en medio de un contexto. El concierto de Silvio Rodríguez, final de una gira por numerosas ciudades, tiene lugar en Madrid el 4 de octubre de 2026.

Imagino el dilema de un trovador cuyo país está siendo estrangulado ante el silencio institucional del país que le recibe para una gira de conciertos. El trovador quiere mantener vivo el sentido de su arte. Al mismo tiempo, no quiere guardar silencio. De modo que elige hablar del y para el mundo, no sólo de y para su país. Porque viene de una revolución mucho más acostumbrada a dar que a pedir. Como su tarea es la poesía cantada, asigna a la poesía la tarea del ángel que pasa por los silencios dando voz a las ausencias presentes.

Comienza con esa canción extraña y clara, Historia de las sillas: “El que tenga una canción tendrá tormenta, / el que tenga compañía, soledad. / El que siga buen camino tendrá sillas / peligrosas que lo inviten a parar.”.

Las canciones se cantan, no se interpretan; cuando se escribe sobre ellas apenas cabe rememorar el pensamiento sentido, o viceversa, con que se escucharon. El sentimiento pensado con que se escuchó conduce a un nudo del ánimo, allí donde el deseo de pararse y olvidar vive con el deseo de hacer lo que debemos hacer. Porque en la vida no se es algo, ni siquiera los países son algo, revolucionarios, luchadores por la justicia, gozadores o todo a la vez, sino que en la vida se está, y los estados pasan o se mantienen. Que levante la mano quien no haya querido dejarse mecer sin navegar. 

Después el trovador lee una cita de José Martí. Es una cita conocida y el trovador pide reparar también en la última de las tres líneas: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”. Miro al público, ¿estará pensando lo que estoy pensando? La frase se puede leer de muchas maneras, puede hacer pensar en las rectificaciones, en la necesidad de introducir estímulos en los proyectos revolucionarios para empujar una economía que no vive en una urna de cristal sino en una isla rodeada de capitalismo por todas partes. También puede hacer pensar en el hoy, en que se está impidiendo con chantaje y violencia que en la isla de Cuba hagan uso de sus recursos de tal manera que prosperidad y vida se tornan casi imposibles y por tanto, si el chantaje no cesa, puede llegar un día en que se impida también el ejercicio del derecho elemental a elegir los propios valores. 

A la cita le sigue la canción Ala de colibrí, “por tanta noche, por el sol diario, en compañía y en solitario”. Llega Sueño con serpientes: “Oh, la mato y aparece una mayor, / oh, con mucho más infierno en digestión”. Cada cual imagina, supongo, su serpiente; muchas personas en el público imaginarán además las serpientes de esa isla cuyo pueblo tomó su Bastilla y desde entonces el acoso de las serpientes no ha cesado, así se cantará luego: “Me acosa el carapálida que carga sobre mí, /sobre mi pueblo libre, sobre mi día feliz”.  

Llegan canciones nuevas y otras con muchos años. Llega el momento de Palestina precedido por un poema de Luis Rogelio Nogueras: “Pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso camino / desde las colinas de Judea / hasta los campos de concentración del III Reich. / Pienso en ustedes / y no acierto a comprender /cómo / olvidaron tan pronto / el vaho del infierno”.

Hay quien legítimamente dice que el mal, el daño sufrido no debería ser escuela de nada. Se puede aceptar la idea y, al mismo tiempo, afirmar que el mal, el daño sufrido no puede ser justificación de quien lo inflige luego a población inocente. El público tras este poema se alza, grita por Palestina, enarbola banderas. Y es probable que piense también en un recuerdo: el momento en que España fue dejada sola y al mismo tiempo no lo fue. Cuando un sector del Ejército dio un golpe de Estado fascista apoyado por Estados fascistas muchos países lo consintieron, se lavaron las manos, no hicieron nada durante los tres años en que la República española, el sistema político legítimo, resistió hasta ser abatida. Muchos ciudadanos de esos países sí acudieron, en cambio, a luchar con la república y a defenderla. 

Me pregunto entonces si la institucionalidad de nuestro país cabría un tanto en ese poema; no las personas, no las organizaciones de solidaridad, sí, insisto, las instituciones de un país que ahora ven cómo estrangulan a un país hermano, y callan y no actúan. Pienso en qué estarán haciendo ahora los más de doscientos estudiantes de Palestina becados por Cuba en 2024 para formarse como profesionales de la salud, continuando así con un programa de años y de miles de becas. ¿Qué pensarán de su destino? Haber escapado de una Gaza masacrada, y que el gobierno de los Estados Unidos haya convertido al país de acogida en –son palabras de Silvio Rodríguez– una “Gaza silenciosa” sobre la que está aplicando un plan de exterminio con consecuencias tales como que sólo el treinta por ciento del cuadro de medicamentos esté disponible en toda la isla. 

Canta el trovador: “Debo dejar la casa y el sillón. / La madre vive hasta que muere el sol / Y hay que quemar el cielo, / si es preciso, por vivir, / por cualquier hombre del mundo, / por cualquier casa”.

Son momentos de emancipación en Madrid y en otras ciudades. Son días de rebeldía que, se anhela, forjarán, entre otras cosas, un nuevo internacionalismo en esta tierra. 

Al rato, solos, Niurka González, Malva Rodríguez González y Silvio Rodríguez interpretan, como un dardo y una luz, La belleza, de Aute: “Míralos como reptiles / al acecho de la presa / negociando en cada mesa / maquillajes de ocasión / … / No rozaron ni un instante / la belleza”.

Los acordes de El necio resonarán con la misma nitidez de su “para darme un rinconcito en sus altares, / me vienen a convidar a arrepentirme”. La respuesta se escucha todavía: “yo me muero como viví”.

Voy más deprisa, salto muchas canciones, pues fue un concierto generoso, bien cargado. Avanza ahora entre “el espejismo de intentar ser uno mismo” y el “ir matando canallas con su cañón de futuro”. Pues el trovador canta La canción del elegido. Al día siguiente, el periodista y escritor Manuel Jabois, quien había estado en el concierto, dijo que esa canción era su preferida de los tiempos en que “él era muy fan” y, ficcionándose a sí mismo, contó que esa noche había soñado con la revolución, con “la frustración por cómo ha acabado la revolución cubana”. Lo malo de ficcionarse uno a sí mismo, permítanme la ironía, es que a lo peor termina ficcionando también los sujetos y los verbos. ¿Es lo mismo decir “cómo ha acabado la revolución cubana” que decir “cómo siguen todavía intentando acabar con ella”? Si la Guardia Costera de Estados Unidos, rama –como es sabido– de las fuerzas armadas, incauta barcos petroleros dirigidos a Cuba, si el mes pasado interceptó, abordó y tomó el control de un petrolero de un país, México, un país que quiere legítimamente comerciar con otro, y le obligó a retroceder en aguas internacionales, no parece que eso sea que la revolución ha acabado, sino que quieren acabar con ella. Si lo llevan haciendo durante meses, si retienen los contenedores en los puertos, si después de que se aprueben medidas largo tiempo discutidas para que puedan crearse empresas en Cuba el Gobierno de Trump aprueba formas de intimidar a esas empresas, las privadas, las que dice que quiere fomentar, no parece que la revolución esté acabando sino que quieren acabar con ella. Si quieren acabar con ella, si la asedian y suman medidas coercitivas unilaterales contra empresas, ministerios, los puertos de los países que comercian con la isla, o empresas de países como el nuestro, que se somete, que acepta el chantaje en silencio, si eso sucede parece, en fin, que hay algo con lo que acabar.

¿Y por qué quieren acabar con ella si el país no tiene suficiente petróleo para que valga la pena robarlo tal como están haciendo en Venezuela? ¿Por qué el 29 de enero de 2026 el Gobierno de los Estados Unidos emite una orden ejecutiva en la que habla de “la amenaza inusual y extraordinaria de Cuba para la seguridad nacional de Estados Unidos”, frase descrita por el Gobierno de Cuba como “aseveración calumniosa y ridícula”? Ridícula, sin duda, con respecto a la materialidad imposible de que una isla de once millones de habitantes pueda dañar a una potencia armamentística como Estados Unidos. ¿Qué tiene entonces esa isla? ¿Los sueños de Jabois, quizá? ¿Los de las miles de personas que han cantado La era, Playa Girón o La canción del elegido? 

Tiene algo en lo que se apoyaron, todavía podrían apoyarse si quisieran, esos sueños. Tiene un teorema que no le dejan demostrar, y ese no dejarle alumbra la gran probabilidad de que el teorema sea cierto: se podría vivir sin explotar a otros países, se podría vivir sin usar a emigrantes para bajar los sueldos, se podría vivir haciendo de la dignidad un bien colectivo y del gozo, la risa y el sentido del momento histórico algo tan habitable, tan intenso y tranquilo, al final, tan fácil. 

Llegan canciones nuevas, promesas y aventuras, cosas encendidas por dentro, en palabras de Jorge Mautner. Llega Nuestro después: “Se apagaron corales. / Hay como un sumidero / de bienes naturales. / Me pregunto quiénes contarán / lo que fue, lo que fuimos”.

En algún momento viene la invocación cantada de José Mujica, “la vida fue pasado, pero es más porvenir”, viene la celebración del afán de saber que es El escaramujo, “yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo”. Y viene un canto que es una declaración, la más rara y pujante que se haya escrito. El canto, van unos fragmentos, dice: “¿Te molesta mi amor? / Mi amor de juventud / y mi amor es un arte en virtud // ¿Te molesta mi amor? / Mi amor sin antifaz / y mi amor es un arte de paz. // … // Mi amor no precisa fronteras / como la primavera / no prefiere jardín. // Mi amor no es amor de mercado / porque un amor sangrado / no es amor de lucrar. // Mi amor es todo cuanto tengo. / Si lo niego o lo vendo /¿para qué respirar? // … // Mi amor no es amor de uno solo / sino alma de todo / lo que urge sanar. // Mi amor es un amor de abajo / que el devenir me trajo / para hacerlo empinar. // … // Mi amor abre pecho a la muerte / y despeña su suerte / por un tiempo mejor. // Mi amor, este amor aguerrido / es un sol encendido / por quién merece amor”.

“Ése tiene que ser nuestro himno”, me dijo una amiga a la salida del concierto. En la palabra nuestro estaba tanta gente, casi toda quizá. Estaban las huelgas, las tareas de organización, las luchas por un frenar el calentamiento, por el agua, los corales, por una sociedad sin clases donde la igualdad es lo contrario del homogeneísmo, pues es la condición necesaria para ensayar miles de formas de estar y de hacer; estaba, también, el país agredido dirigiéndose al país agresor y a quienes consienten.

Llegábamos al final del concierto. Con Ojalá el palacio fue una sola voz, allá iban todos los amores, los contrariados, los que empiezan, los que ya no están; allá el fervor de las palabras que significan también cuando algo no alcanza a desvelarse en lo que significan. Vino en los últimos temas el Reparador de sueños, vino para quedarse. De alguna forma se esperaba que el último fuese Te doy una canción. Y acaso por azar, acaso por cambiar, o acaso porque el trovador y los extraordinarios músicos que le acompañaban estaban en Madrid, donde se encuentran las sedes del Gobierno, Parlamento, consejos generales, algunos sindicatos, algunos partidos políticos, etcétera, lo que hizo Silvio Rodríguez no fue cantar esa canción, sino dar, de hecho, una. ¿Cuál? Óleo de mujer con sombrero. En medio de la efusión general con que volvían las palabras que sabíamos de memoria, las que se habían usado tantas veces para precipitar el deseo, “los amores cobardes no llegan a amores, se quedan ahí”, a algunas personas nos dio por pensar que al decir “la cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes” estaba diciendo a la vez otra cosa; al fin y al cabo, quién quiere ser hombre pudiendo ser amante, y el amor iba también por Cuba, por la revolución. 

https://ctxt.es/es/20261001/Culturas/55493/Belen-Gopegui-cronica-gira-Silvio-Rodriguez-gira-musica-Cuba.htm

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