martes, 20 de octubre de 2026

Patricia Ratto: “El signo de esta época es normalizar lo monstruoso”

                                                      Silvina Friera


El juego dialéctico entre lo familiar y lo extraño se despliega en los once relatos de Cuidado al entrar, publicado por A.hache (Adriana Hidalgo), de Patricia Ratto. Lo que antes era familiar emerge bajo un aspecto amenazante y siniestro, algo conocido pero escamoteado en la sombra. Una anciana internada en una residencia recibe la visita de un cinocéfalo (cabeza de perro y cuerpo humano). A una joven le crecen unas alitas en la espalda, aunque “nadie parece haber notado su oculta monstruosidad”. En una ballenera, desde los operarios hasta los jefes, a todos se le empiezan a caer los dientes, sin explicación, sin causa. Llueve en el teatro lírico, “nos sigue lloviendo música de agua y agua filarmónica”, pero afuera las veredas, calles y edificios están secos, incluido el lagarto overo que cruza frente a la narradora.


A la escritora y docente, que nació en 1962 en Tandil, muchas veces le han preguntado por qué no eligió vivir en la ciudad de Buenos Aires. “En la época en que empecé a escribir, uno estaba lejos, en el sentido de que te convocaban para una entrevista que era siempre presencial o para un programa de televisión y había que venir a Buenos Aires. Pero mi opción de vida va siendo con el paso de los años cada vez más sencilla y minimalista y de mucho contacto con la naturaleza. Yo necesito salir a caminar todos los días por la sierra con mis dos galgos, Vita y Oikos”, dice la autora de las novelas Pequeños hombres blancos(2006), Nudos (2008) y Trasfondo (2012), que será llevada al cine por Pablo Giorgelli, y el libro de cuentos Faunas (2017).


Hacer el duelo


Del anterior libro publicado al más reciente, Cuidado al entrar, pasaron nueve años y una seguidilla de enfermedades y pérdidas: murieron su madre, su padre y su hermano. “Me pegó muy fuerte la sensación de orfandad y empecé a escribir poemas. Pronto va a salir mi primer libro de poemas, Frutos de un jardín imperfecto, por Salta el pez. Estoy feliz de que me hayan aceptado el libro porque me considero una narradora que se atrevió a escribir poesía”, cuenta y reflexiona sobre la necesidad de hacer el duelo. “El dolor tiene que estar; hay que permitirse sentirse triste en una sociedad que te impone que tenés que estar bien todo el tiempo. Yo tengo derecho a llorar porque se murieron mi papá, mi mamá, mi hermano, aunque la sociedad te demande que tenés que recuperarte. Tiene que ver con estar productivo, con poner bajo la alfombra el dolor y el duelo”.


Le cuesta escribir. No es una escritora que le salga un cuento en pocos días. “Primero tengo que encontrar la historia y después el lenguaje. Estos cuentos tienen narradores y sintaxis bastante diferentes. En el cuento se juega cómo se dice y el qué se dice”, explica la escritora y agrega que en algunos casos tuvo que investigar un poco, como en el relato “¿No es una belleza?”. Un día el hijo le dijo: “este personaje te va a interesar”. El personaje en cuestión es Gurbanguly Berdimuhamedow, un dictador de Turkmenistán que hacía “conciertos horribles” con un órgano y obligaba a la gente a que lo escucharan y aplaudieran. Ese dictador estableció el día del alabai, un perro corpulento que usaban los pastores para defender a las cabras y ovejas de los lobos.


“Entonces imaginé a una periodista que da cuenta de todo lo que ve en Turkmenistán, pero no habla en el cuento, porque el que habla es la persona que le pusieron para llevarla solo a los lugares que se pueden mostrar. Decidí que ella nunca tuviera voz porque en estos regímenes lo que hacen es trabajar con las maneras de silenciar al otro, con la anulación de la voz del otro”, plantea y comenta que muchos le preguntan si lo de Jennifer López, que le cantó el feliz cumpleaños al dictador de Turkmenistán, lo inventó en el relato. “Cuando me preguntan de dónde saco las ideas, respondo que las saco de la realidad. No hay que salir a inventar un personaje absurdo porque está ahí: el que llega al poder se embriaga de poder y no tiene límites, porque el que se siente impune va transgrediendo sus propios límites. Contra lo que se cree, contra el sentido común de lo que es lo literario, la literatura se nutre de la realidad”.


A veces corrige mucho y reescribe. La novela Trasfondo la reescribió dos veces. “Si algo me sale demasiado fácil, desconfío; dejo decantar un montón de tiempo el texto y después lo vuelvo a retomar”, revela la escritora. En Cuidado al entrar hay dos cuentos que fueron escritos por pedidos. “Perro negro” está incluido en la antología Golpes, memorias de la dictadura, un libro que tiene en la foto de tapa a Videla tomando la comunión. Escribió un montón sobre la dictadura porque sus tres novelas tienen que ver con el tema de distintas maneras. Cuando la convocaron Victoria Torres y Miguel Dalmaroni, a cargo de la antología, Patricia pidió unos días para responder a la invitación. “Me faltaba pensar la dictadura no desde los que estaban en un espacio de poder, sino desde la gente común. El vecino que denunciaba porque le parecía que por el pelo largo y la ropa una joven era hippie. Y si era hippie era subversiva”. El otro relato, “¿No es una belleza”, se lo pidió Osvaldo Aguirre para una revista.

 


La condición humana


-¿Por qué en “Cuidado al entrar” aparecen tantos animales?


-No puedo evitar que aparezcan animales; es algo de lo que no había tomado conciencia. En una presentación en una librería en Madrid me hicieron una pregunta que no vi venir porque no me imaginé que iba a tener un lector que había leído mis obras anteriores. “Cuando publicó esta novela (Trasfondo), fui a leerla pensando cómo iba a hacer usted para meter animales en un submarino, porque en todo lo que usted escribe hay animales”. Y en el submarino también hay animales literarios. Ahí tomé conciencia de que en todo lo que escribo hay animales. Me gusta mucho lo que dice John Berger respecto de los animales: ‘el animal tiene secretos que, a diferencia de los secretos que guardan las cuevas, las montañas y los mares, están específicamente dirigidos al hombre’. Los animales aparecen en los cuentos como los reactivos químicos; la presencia del animal funciona como un reactivo que pone en evidencia algo de la condición humana. Hay un personaje que es un cinocéfalo, un joven que tiene cabeza de perro; hay una mujer a la que le empiezan a salir unas alitas. Me gustó correr un poquitito el límite que había tenido en Faunas para pensar qué tanto de animal también hay en nosotros o qué tanto humanizamos a los animales. En lo que escribo se da un mecanismo de situaciones que empiezan de manera rutinaria, anodina, y luego se van enrareciendo. Me gustó trabajar con lo extraño para ponerlo en tensión con lo que es normal. En el primer cuento, “Cuidado al entrar”, hay una mujer que vive en una residencia para adultos, en un geriátrico medio acomodado porque tiene un pequeño departamento, y siente que entra algo por la ventana. Primero cree que es una sombra, después ve que es un híbrido, una mezcla de joven con cabeza de perro, con quien entabla un vínculo. Ella se queda mirando un cuadro de Botticelli en el que aparece un ángel con unas alas de pajarraco gris y se pregunta por qué no nos parece monstruoso un ángel y sí nos parece monstruoso un cinocéfalo. Me parece que esta es la cifra del libro. Cuando aparece lo raro o lo extraño, es para poner en cuestión aquello que consideramos normal o habitual. ¿Pero qué es lo monstruoso? ¿Que aparezca este ser a conversar con ella o la soledad de la vejez, ese mundo que se va achicando? ¿Qué es lo monstruoso, que a una mujer le salgan alitas y empiece a hacer cosas con el cuerpo que no puede controlar, o que esté encerrada ocho o diez horas en una oficina con luz artificial? Mi intención es que lo animal aparezca para cuestionar qué es lo raro. El signo de esta época es normalizar lo monstruoso.


La irrupción de lo extraño


-¿Cómo explicás esa “normalización” de lo monstruoso?


-No sé... tenemos que empezar a despertarnos, a mirar con énfasis y con detalles hasta quemarnos los ojos, como decía Alejandra (Pizarnik) para no normalizar algunas cosas. La idea de etiquetar a un otro como monstruoso es porque el otro es diferente, ¿no? Si uno piensa a lo largo de la historia, lo monstruoso es ese otro diferente que nos da miedo y entonces lo atacamos, lo estigmatizamos, lo separamos de la sociedad.


-A propósito de uno de los cuentos, “Postales del desierto”, ¿por qué sucede que muchas veces se tiene la realidad frente a la nariz y no se la puede ver?


-La irrupción de lo extraño tiene que poner en duda qué es lo extraño. Para decirlo de una manera muy gráfica es como cuando aparece en tu casa una mancha de humedad y todos los días te sentás a desayunar y ves la mancha de humedad, hasta que llega un momento en que no la ves más: la incorporaste, la normalizaste. Y un día llega una amiga y dice: “te está saliendo ahí una mancha de humedad”. Entonces volvés a verla, pero tiene que venir alguien de afuera: es algo que irrumpe y vuelve evidente eso que no se veía, como el reactivo químico.


Para escribir el cuento titulado “Quintay” fue a visitar el museo de esa localidad chilena donde estuvo la ballenera. “Me pasó que el que me vendió la entrada al museo me sonrió y vi que no tenía ningún diente. Y me impactó -admite-. Después de recorrer todo el museo llegué a un lugar donde se corría una cortina negra y veías un documental. En un momento tuve que salir del lugar porque me bajó la presión y sentía que me descomponía. Reconocí en el documental a la persona que me vendió la entrada, pero joven y con dientes. ¿Lo raro era que se les cayera los dientes o que hubiera un olor tan insoportable que tuvieron que quemar azúcar y vivir encerrados para no sentir el olor?


Crueldad y productividad capitalista


-¿Cómo explicás la crueldad que aparece en el cuento “Quintay”, en el que se narra cómo eran matadas las ballenas?


-La crueldad viene de la mano de la productividad del capitalismo. ¿Por qué a los pollos le sacan el pico? ¿Por qué a determinados pollitos que no nacen bien los trituran y los meten en una máquina y hacen alimentos para darles a los otros? ¿Por qué los pollos están encerrados sin moverse? Hace poco se trasladaron tigres y leones que estaban en el zoológico de Luján a una reserva en África. A los tigres se los drogaban para que la gente pudiera acariciarlos, y eso es cruel. También encerrar a un tigre en una jaula es cruel. Hay algo que dice John Berger que tiene que ver con que tenemos que pensar cuando entramos en contacto con un animal en la soledad de la especie. Berger dice que entablamos vínculos con los animales porque nos separamos del reino animal y padecemos la soledad de la especie; entonces necesitamos comunicarnos con los animales. 


-¿Escribir duele?


-No, no diría que escribir en general duele, pero cuando escribo determinadas escenas sí me duele, me incomoda, me involucro mucho. En el momento en que estoy escribiendo yo soy ese personaje y cuando escribí el cuento de las ballenas me volví a descomponer y a sentir mal como cuando estuve mirando el documental. No importa que sea un humano o un animal, la crueldad me hace mal, siento que no puedo mirar para un costado, que algo tengo que hacer y cuando escribo estoy ahí, soy parte de eso. Fui también el que le clava los espolones a la ballena y me genera una cosa muy fuerte, pero si no me puedo poner en ese lugar, siento que el cuento no va a tener fuerza.


-¿Por qué la crueldad está legitimada y aceptada en estos tiempos?


-Me preocupa la normalización de lo que no deberíamos normalizar. Auschwitz se pensó como la maquinaria perfecta para exterminar al diferente. Yo estuve en Auschwitz, necesité ir y confrontarme con lo peor del ser humano. Fue tremendo porque cuando caminé por ahí, sentí que hacía catorce grados bajo cero, como la temperatura que hacía porque fui en invierno. Sentí que me llevaban engañada a la cámara de gas y vi los arañazos en la pared. En ese momento, quienes trabajaban en el campo sentían que eso estaba bien, que era lo que había que hacer. Me preocupa que demos por sentado que la crueldad está bien porque es lo que se impone, es lo que una época nos va acostumbrando a tolerar. No quiero que toleremos la crueldad. No quiero que el descalificado acepte esa descalificación. No quiero que las personas se acostumbren a que tienen que tener tres trabajos para poder comerse una pizza el fin de semana o irse cinco días a Mar del Plata. Me parece cruel que vayamos hacia una sociedad en donde el 5% de la población está económicamente bien y el resto es pobre y va perdiendo derechos laborales y derechos humanos.


Hacer cine en Argentina


El cineasta Pablo Giorgelli, el director de Las acacias, tiene los derechos para filmar Trasfondo, novela basada en un episodio real de la guerra de Las Malvinas: la historia de treinta y cinco hombres que estuvieron en un submarino treinta y nueve días de patrulla por el Atlántico Sur. Cuando regresaron a puerto, con la guerra perdida, nadie los esperaba: “Se me ocurre que quizá lo mejor hubiera sido estallar en mil pedazos y no volver, así seríamos víctimas o héroes, no esta evidencia viva de lo que no funciona, de lo que está mal, del fracaso”, plantea el narrador. 


“Hacer cine en Argentina está complicadísimo. El guion está listo y está la nómina de los actores de lujo (no puedo decir nada); hay productoras interesadas, pero todavía faltan algunas cosas para que se pueda empezar a trabajar en la película”, dice Patricia Ratto. “La vida está difícil en Argentina; han desaparecido los subsidios a las traducciones, el programa Sur que fue tan importante para que muchos podamos ser traducidos y para que la literatura argentina tenga el lugar que tiene ahora. De hecho, Pequeños hombres blancos, Nudos y Trasfondo se tradujeron gracias al programa Sur”, agrega la escritora, que está traducida al inglés y el italiano. 


*Cuidado al entrar se presentará el 7 de noviembre a las 19 horas en el Aula Magna de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Patricia Ratto dialogará con Federico Jeanmaire.

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