Graziella Pogolotti
Llovía. De edad avanzada, la maestra seguía fiel a su aula, siempre puntual. Al cruzar Vía Blanca, un carro la atropelló. Enredada en su sombrilla, la violencia del golpe la hizo volar por los aires. Cayó sobre la calle mojada. La fractura de cráneo era irreparable. Murió como combatiente en el cumplimiento del deber. Conmovidos, los estudiantes del preuniversitario Rosalía Abreu le rindieron homenaje póstumo. Me pregunto ahora si algo semejante hicieron en su comunidad, porque la sociedad en su conjunto debe modelar valores reconociendo sus paradigmas, no solo a quienes alcanzan relieve nacional, sino a los que conviven con cada uno de nosotros en el día a día de la bodega, la carnicería y las reuniones de vecinas, la Carmela que está al doblar de la esquina.
Un filme, Conducta, convocó a un público masivo. Por lo que me han contado, no es una historia truculenta. No acude a los ganchos hipnóticos utilizados por el consumismo. Remueve rescoldos de sentimientos enraizados en la aspiración latente al mejoramiento humano. Invita a una reflexión que a todos compromete.
Desde hace algún tiempo, sufrimos las consecuencias de la falta de maestros numéricamente suficientes y cualitativamente calificados en lo que respecta al conocimiento y al modo de conducirse. Ya se sabe, los salarios son bajos, atrapados como estamos en la búsqueda del difícil equilibrio entre las limitaciones financieras y la voluntad política, entre los apremios del día que corre y las exigencias del mañana que se nos viene encima. Y, sin embargo, en el aula estamos sembrando futuro. Allí descansa el porvenir de la nación.
Para afrontar los problemas, hay que analizar su origen y naturaleza y perfilar las aristas de la verdad. En la república neocolonial, el capitalismo subdesarrollado mantenía altas tasas de desempleo. La discriminación racial marginaba a negros y mestizos del acceso a ciertos puestos de trabajo. La frontera se levantaba en las oficinas de las empresas privadas y llegaba al mostrador de las tiendas más elegantes, aunque todo ello violara la Constitución de la República. Recuerdo el batallar para conquistar estos espacios vedados.
Mal pagado siempre, el magisterio público garantizaba estabilidad laboral. Para los marginados, ofrecía reconocimiento social y reforzaba la autoestima en quienes tuvieron que contar con el respaldo familiar de tantas madres que entregaron sus vidas lavando para la calle. En la sociedad moderna, el médico que cuida la salud del cuerpo y el maestro que transmite conocimiento y valores son los sustitutos del gurú de la tribu. En una sociedad corroída por el afán de lucro y por el dominio del poderoso caballero don dinero, los educadores constituían excepción de la regla. Modesta en el vestir, con la misma ropita una y otra vez, encarnaba la imagen de la persona decente. Cuando iban cayendo los años, de vez en cuando recibían la visita de un antiguo alumno, muestra de eterna gratitud.
No se puede rebobinar la historia y mucho menos, restaurar la injusticia estructural de entonces. Por voluntad política y para preservar la soberanía de la nación, tenemos que someternos a un autoanálisis tan implacable como una operación quirúrgica. El Día del educador necesita despojarse del formalismo impuesto por el cumplimiento rutinario de las tareas. Hay que estimular en los niños y en sus padres la capacidad de invención. El aula ha de ser un espacio sagrado de intercambio entre alumnos y maestros, libre de interferencias ajenas donde el educador preserva el ejercicio pleno de su autoridad. La experiencia me dice que el conglomerado humano que se reúne cada inicio de curso es siempre diferente. El grupo resultante de las pequeñas individualidades se consolida sin perder su heterogeneidad intrínseca, en el trabajo cotidiano apuntarán liderazgos incipientes, aliados potenciales del maestro, al que corresponde dar cauce a las rebeldías mediante la cohesión de responsabilidades y el incentivo a formas de participación activa, iniciación primera a la construcción de la conciencia ciudadana.
Propongo considerar en la formación de maestros una atención sustantiva al desarrollo de la facultad de observar. En cualquier nivel de enseñanza, tendrá ante sí un conjunto de personitas en proceso de crecimiento intelectual, psicológico y moral, sobreprotegidos o carentes de cariño, portadores de conflictos familiares, víctimas de sentimientos de inferioridad o deformados por la vanidad. El manejo inteligente de esas conductas garantiza el éxito del aprendizaje y el mantenimiento de la disciplina.
El proyecto educativo no puede desentenderse de la permanente problematización de la realidad. El diseño de la economía, necesidad de la supervivencia, provee soluciones para superar la crisis y formular medidas con el propósito de sentar las bases de un porvenir más satisfactorio. Su perspectiva debe situarse a mediano y largo plazo, porque todo cambio en este terreno repercute en la sociedad y en el sistema de valores imperante teniendo en cuenta, además, que crecimiento no implica, por necesidad, desarrollo. Este último se sustenta en la dimensión humana de un proyecto equitativo, garante de la igualdad de oportunidades con la consiguiente apertura a la cristalización de nuestros sueños. En este sentido, la voluntad política tiene que mantener, con mano firme, la brújula apuntalada en el andamiaje educativo.
«Los niños nacen para ser felices» se ha convertido en lema vaciado de contenido por la reiteración mecánica. Expresa el anhelo más profundo de la especie. Su esencia se borra cuando la frase se desarticula del pensamiento integrador del Maestro. La noción de la felicidad es conquista y aprendizaje. Se hace a la medida de cada uno. Entraña una filosofía de la vida inspirada en el amor, nunca en el estímulo a una mentalidad competitiva.
domingo, 13 de diciembre de 2015
sábado, 12 de diciembre de 2015
Las artes y los oficios son hermanos
Rolando López del Amo
Las artes y los oficios son
hermanos. Se trata, en ambos casos, de especialidades al servicio de la
sociedad. Su propósito es hacer mejor la vida de los seres humanos, tanto desde
el punto de vista material, como espiritual. Las artes y los oficios se
consuman mediante el trabajo. Los que se dedican a estos menesteres como profesión con la que
ganan el sustento son, pues, tan trabajadores como un obrero industrial o un
campesino o un empleado de oficina.
Arte es creación y creación
es trabajo. El trabajo nos ha permitido ser lo que somos, el trabajo dentro de
la sociedad de la que somos parte y en la que hemos alcanzado nuestra dimensión
humana. La preservación y transmisión de la experiencia histórica acumulada,
convertida en conocimiento y transmitida de generación en generación es lo que
nos conforma. Un hombre aislado es nada. Esta circunstancia es la que nos ha
llevado, históricamente, a tratar de perfeccionar las formas de relacionarnos
dentro de la sociedad a la que pertenecemos. De esa necesidad surgieron los
estados, los gobiernos, las leyes, las normas de convivencia, en fin, los
elementos de orden de aceptación general. De lo anterior se desprende que cada
miembro de la sociedad tenga determinados derechos y determinados deberes que
son las dos caras de una misma moneda. No hay derechos sin deberes ni deberes
sin derechos. El balance adecuado entre unos y otros es lo que produce el
equilibrio, la armonía.
Por circunstancias
geográficas e históricas la sociedad humana no es homogénea, sino diversa. Como
resultado de lo anterior se fueron formando diferentes culturas y lo que en una
de ellas es válido, puede no serlo en otra. El proceso de globalización que
comenzó a finales del siglo XV y se intensifica en nuestros días produce un
intercambio cultural que puede ir acercándonos a valores compartidos que
tendrán que enfrentar grandes intereses creados de aquellos grupos que detentan
el mayor poder económico, militar,
político y mediático.
Desde finales del siglo
XVIII surgieron en Europa ideas que resaltaban valores individuales que debían
ser patrimonio de todos los miembros de la sociedad. Las muy conocidas
consignas de la revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad
irrumpieron en un mundo dominado por el absolutismo y el oscurantismo. Pero
esos valores son sujeto de diversas interpretaciones. Los grandes millonarios
creen que la libertad es su derecho a ser lo que son, aunque el resto de los
ciudadanos se vean obligados a una vida pobre o miserable. El anarquista no se
cree sujeto a ley alguna y se proclama con derecho a actuar sin sujeción a nada. La igualdad también se interpreta de diversas
maneras y el vago quiere ser considerado igual que el laborioso y el delincuente
igual que una persona honrada. La
fraternidad parece ser el principio más claro, aunque hay quienes quieren
reducirlo según diferencias étnicas o de clase social o creencia religiosa,
etc.
Con su profundo estudio de
la sociedad humana, Carlos Marx descubrió la esencia del funcionamiento del
capitalismo europeo de mediados del siglo XIX. Si en un principio el dinero
surgió como mercancía común aceptada para fijar el valor del resto de las
mercancías y un productor vendía su producto para con ese dinero comprar otros
productos, la relación mercancía-dinero-mercancía terminó siendo
dinero-mercancía-dinero, o sea, invertir el dinero en producir mercancías para
obtener más dinero. El dinero se convirtió en el objetivo de la producción
capitalista y los que poseían más dinero en los más poderosos. El poeta español
Francisco de Quevedo ya había advertido: poderoso caballero es Don Dinero. El
capital financiero se fue imponiendo, surgieron las bolsas de valores y
apareció una economía virtual levantada sobre la especulación sin relación
verdadera con la economía real. Un gran casino en el que el uno por ciento de
la humanidad juega los destinos del 99 por ciento restante, desangrándolo en
guerras locales y regionales que pueden llegar a extenderse de modo global.
Ese es el mundo
contemporáneo en el que los seres humanos tenemos que hacer nuestras vidas y
tomar nuestras decisiones.
Los trabajadores del arte no
escapan, no pueden escapar a la realidad mundial de la que son parte. Y hay que
decidir si se está con el uno
por ciento o con el 99.
Benito Juárez, el insigne
Presidente indio de México, nos legó una máxima esencial para la convivencia
humana: el respeto al derecho ajeno es la paz. Eso quiere decir que mis
derechos deben tener en cuenta los de los demás, que mi libertad termina donde
comienza la de los demás. Y eso es válido para las relaciones entre los Estados
y de los individuos dentro de la sociedad. Vale aquí recordar aquella idea de
José Martí acerca de que nada es un hombre en sí y lo que es lo pone en él su
pueblo. No hay humanidad sin sociedad. Y esa relación entre el individuo y la
sociedad está basada en normas comunes aceptadas. Los transgresores de esas
normas tienen que responder ante los demás.
Por supuesto que todo
evoluciona, incluyendo las normas. A veces, en una situación de grave crisis
social, generalmente por el abuso de los que ejercen el poder, se produce una
revolución para acelerar la evolución deseada por la mayoría de los miembros de
la sociedad.
Hasta nuestros días,
consideramos que la mejor forma de organizar la sociedad es la democracia, o
poder del pueblo. Para que sea una democracia real –y no como la primitiva
griega que excluía de ella a los esclavos y a las mujeres– la democracia actual
debe ser participativa, además de electiva, controlada por las organizaciones
sociales de la población trabajadora. Y esta amplia democracia tiene también
sus normas de obligatorio cumplimiento para los ciudadanos.
En el mundo capitalista,
basado en el predominio de la propiedad privada sobre los medios de producción
y de servicios, el propietario de lo que sea impone sus condiciones, aunque
también hay leyes generales que le fijan obligaciones. Pero lo esencial es que
toda actividad productiva o de servicios se hace para el enriquecimiento
del propietario y según su criterio.
Este afán de ganancia rige
también en la esfera del arte y la literatura. El dueño del dinero decide qué
película se filma, que obra de teatro se monta, que música se ejecuta, etc. Los
artistas se ven obligados a subordinar sus proyectos a lo que los dueños del
capital decidan.
Por supuesto que pueden
hacerse esfuerzos individuales. En 1955 tuve como jefe al entonces mejor
director de teatro dramático de Cuba: Francisco Morín. Él había creado el grupo
Prometeo para tratar de representar lo más valioso de la dramaturgia universal
contemporánea. Como procedía de una familia de trabajadores humildes, Morín
tenía que ganarse el sustento trabajando. Había
estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, carrera que
daba conocimientos pero no aseguraba medio de vida. Se hizo taquígrafo y
mecanógrafo y ocupó una plaza en la Estación Terminal de los antiguos
Ferrocarriles Unidos de La Habana, empresa inglesa que por no rentabilidad el
Estado cubano burgués se hizo cargo de ella con el nombre de Ferrocarriles
Occidentales de Cuba. La plaza de Morín fue eliminada y lo descendieron a la de
Jefe de Mensajeros. Con el salario que allí ganaba pagaba el alquiler de la
sala que utilizaba para las funciones teatrales de Prometeo. La sala que conocí
entonces estaba en el paseo del Prado, donde funcionaba Radio Caribe, una
emisora que pretendía competir con Radio Reloj. El padre y la madre de Morín
actuaban como taquillero y portero acomodador para apoyar a su hijo.
Los
actores trabajaban por amor al arte: no recibían remuneración alguna. Y se
trataba de actores extraordinarios como Berta Martínez, Ernestina Linares,
Liliam Llerena, Sergio Corrieri, Helmo Hernández, por mencionara algunos
nombres. Tal era el amor de Morín por el
teatro que en una ocasión se embarcó en tercera clase de un barco de pasajeros
para viajar a Europa y ver lo que se hacía en París, Londres y Roma en materia
de teatro dramático. Consiguió después un local para su sala de teatro en unos
altos en la calle Galiano, cerca de la iglesia de Montserrat. Un grupo de sus
compañeros de trabajo, entre ellos militantes del Partido Socialista Popular y
del Movimiento 26 de Julio, lo alentábamos en su empeño. No era teatro
comercial el que hacía. No había banalidad ni la grosería del concurrido teatro
Shanghai. Una noche con un público de una docena de asistentes se consideraba
una noche de buena asistencia. Su teatro
no hacía concesiones a la vulgaridad o el mal gusto. No se proponía
tampoco ofender gratuitamente a persona alguna. Perseguía un fin humanista superior,
conmover, invitar a la reflexión a través de un arte exigente y depurado.
En 1960 tuve la oportunidad
de proponerle hacer un ciclo de teatro clásico universal que comenzó con una
puesta en escena de Edipo Rey en el teatro Auditórium, que entonces tenía tres
pisos de lunetas para el público. Ahí actuaron Pedro Álvarez y Verónica Lynn a
teatro lleno. Era un gran estímulo para el abnegado teatrista.
Por esa época también
pudimos hacer algo interesante en el teatro de títeres con los hermanos Camejo.
Con ellos se hacían funciones todos los domingos por la mañana en el antiguo
jardín botánico de la Avenida 26. También iniciamos una experiencia ambulatoria
y construimos un teatro móvil que se enganchaba a un transporte Jeep que tenían
los Camejo para dar funciones breves en distintos parque de La Habana a la hora
en la que los niños salían de la escuela. Otra experiencia que iniciamos con
los Camejo fue la del teatro guiñol para adultos, utilizando como sede una sala
teatro de la estación de bomberos de Zulueta y Corrales, la sala Ciro Redondo.
Creo que la primera obra que montaron fue Lila la mariposa. Fue esta época
también en la que se crearon las brigadas de teatro móvil Francisco
Covarrubias, tres brigadas, cada una con un camión para transportar el
escenario, la escenografía, las luces y la planta eléctrica y una camioneta
para el traslado de los actores. El local de las brigadas se estableció en el
antiguo Unión Club, en Malecón y San Lázaro, donde hoy está el Centro Hispanoamericano.
Ellos llevaban obras cortas, en un acto, a pueblos, zonas rurales, unidades
militares. Su primer director general fue un teatrista uruguayo del teatro El
Galpón, llamado Amanecer Dota. También entonces se hicieron temporadas de
Zarzuela en el teatro Payret y se creó una orquesta acompañante de treinta y
cinco miembros dirigida por el maestro Félix Guerrero para el teatro lírico y
se hizo una temporada de ópera con el maestro Sánchez Ferrer dirigiendo la
recién creada Orquesta Sinfónica Nacional y con el apoyo del Ballet Nacional.
José Lemat fue factor de organización de
aquella temporada.
Me he detenido un tanto en
mencionar estas experiencias vividas entre 1960 y 1961 -que comenzaron en el
Municipio de Marianao al crear allí una sala permanente para Teatro Estudio,
más una casa sede para las necesidades del grupo bajo la dirección de Vicente y
Raquel Revuelta- para comparar la situación existente en el teatro cubano antes
y después de 1959 apenas iniciado el proceso revolucionario. Hablo solamente de
parte de lo que fui testigo entonces. Nuestros profesionales del teatro
comenzaron a recibir un salario por su trabajo, comenzó el apoyo oficial al
desarrollo de las artes en Cuba que ha
permitido promover y formar tantos talentos.
Quien trate de negar esa
enorme realidad no tiene posibilidades de éxito.
El arte es comunicación y es
civilización. El arte busca conmover los sentimientos y avivar el pensamiento.
Para lograrlo se necesita sensibilidad e inteligencia. ¿Para qué ha de servir
el arte sino para contribuir a mejorar al ser humano?
Nadie tiene derecho alguno,
en nombre de su libertad creadora, de ofender a los demás, de burlarse de
símbolos que son patrimonio de una nación, abonados con mucha sangre noble
derramada por el bien común. Criticar es bueno, es saludable, es necesario, es
imprescindible.
Nadie debe estar exento de
crítica si esta es justificada. Pero criticar no es ofender y quien ofende debe
asumir la responsabilidad por lo que hace.
José Martí, en su tiempo,
advirtió: De todos los problemas que pasan hoy por capitales,
sólo lo es uno: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia
(5-101) Y Fidel, tempranamente, advirtió: hemos hecho una
revolución más grande que nosotros mismos. Porque las revoluciones, como ya
había dicho Martí, se hacen con los hombres como son y no como debieran ser.
De lo anterior queda claro que el error, que siempre
está presente en toda actividad humana, ocurre también en las revoluciones.
Lenin había advertido que la revolución no era una avenida ancha y recta. Y propuso una permanente actitud crítica y
autocrítica. Pero las revoluciones tienen una profunda razón de ser histórica y
su primer derecho inalienable es el derecho a ser, a existir, y su primer deber
es defenderse. La revolución cubana tiene un enemigo histórico muy poderoso que
lo es de la nación, a la que siempre aspiró a dominar y poseer, ya fuera anexándola,
o convirtiéndola en apéndice neocolonial. Y como ese enemigo es el Estado más
poderoso del mundo, las cosas de la revolución, de la nación, han de tratarse con sumo cuidado para no
deslizarse, por vanidad o resentimiento, hacia las filas de los verdugos de
nuestros ancestros, esos mismos verdugos que nos quieren sumisos.
Con Martí confiamos en que La nación empieza en la justicia
(5-334) Sea el triunfo de quien es la justicia (5-333)
Con el fango se pueden hacer cosas diferentes:
revolcarse en él como los cerdos o crear obras de arte como los alfareros y
ceramistas. Crear para el bien de todos es lo más gratificante. Y con buena fe
y trabajo duro y sostenido se puede hacer obra extraordinaria. ¿Qué mejor ejemplo en el teatro cubano que el
movimiento de La colmenita, ya de dimensión nacional e internacional?
Para ello es importante
tener en cuenta aquel consejo de nuestro José Martí: ¡Desventurado
el que no sabe agradecer! (7-109) Tiempo es ya de que
el afecto reemplace en la ley del mundo al odio (14-82) El odio canijo ladra, y
no obra. Sólo el amor construye. (5-241)
¡Qué hermoso, para un cubano, comprobar que cuando
se grita ¡Viva Cuba!, un pueblo entero acompaña y corea con una sola alma y un
solo corazón!
lunes, 7 de diciembre de 2015
"El presidente Barak Obama visitará Cuba"
Entrevista a Peter Kornbluth, coautor del libro Diplomacia encubierta con Cuba.
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Por Blanche Petrich
Durante la primavera del año
próximo, a más tardar, el presidente Barak Obama visitará Cuba. “Eso creo, y
muchos en Estados Unidos pensamos que así será. El mandatario no va a querer
perder la oportunidad de convertirse en el primer jefe de Estado de Washington
en pisar la isla desde la revolución”, asegura Peter Kornbluth, coautor del
libro Diplomacia encubierta con Cuba.
En este recuento de las
negociaciones secretas entre Washington y La Habana, de autoría de Kornbluth
–director del área de análisis de la organización Archivos de Seguridad
Nacional, especializada en investigaciones basadas en documentación
desclasificada– y William LeoGrande –catedrático de la Escuela de Relaciones
Internacionales en la capital estadunidense y ex asesor del Partido Demócrata–
se revela que el líder de la revolución cubana extendió una rama de olivo a
cada uno de los presidentes con los que le tocó lidiar: 10 mandatarios, desde
los tiempos de John F. Kennedy.
“Todos los presidentes de Estados Unidos, excepto
el segundo George Bush, negociaron algo con Cuba. Eso que presumieron siempre,
de que nunca dialogarían con comunistas, es falso; negociaron todo el tiempo”,
comenta Kornbluth, que también es editor de la revista The Nation.
En entrevista con La Jornada, destaca otra
de las sorpresas que encontró él, que llevaba 20 años investigando episodios
del conflicto entre Cuba y Estados Unidos litigando la desclasificación de
archivos secretos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en
inglés) y el Departamento de Estado: “Jimmy Carter nos llegó a comentar que si
él hubiera tenido la oportunidad de un segundo periodo en la Casa Blanca,
hubiera procedido a la normalización de las relaciones con La Habana.
Precisamente como lo ha hecho ahora Obama, también en su segundo lapso
presidencial”.
Explica que la idea que llevó a LeoGrande y a él a
escribir este libro, que cuenta con un prólogo de Jorge Domínguez, otro de los
más destacados cubanólogos en la academia estadunidense, fue poner en claro que
hay toda una narrativa diferente y desconocida hasta ahora en la relación entre
los dos países que hasta hace poco eran enemigos. Y dejarlo sentado como un
precedente que ayudara al actual mandatario en su proceso de acercamiento.
Diez lecciones y una
perspectiva
El libro trata de extraer las
lecciones de este pasado. Señala: “En octubre de 2014 le entregamos al
presidente un texto que llamamos ‘las 10 lecciones del pasado; perspectivas
para el futuro’. Asistimos a sesiones informativas en el Departamento de Estado,
logramos hacerlo llegar al Consejo de Seguridad”. Un mes después de este
cabildeo de los autores, se dio a conocer el comienzo del deshielo.
–¿Cuál ha sido la reacción del
gobierno al libro?
–Públicamente ninguna. Pero
sabemos que en un momento, después del lanzamiento, en el Departamento de
Estado hubo un instante de pánico. Pensaron que de alguna manera ya estábamos
sobre la pista de su negociación secreta. Cuando vieron el libro se dieron
cuenta de que la narración termina justo antes de su operación.
–Si todos los presidentes de
Estados Unidos tuvieron negociaciones secretas con Cuba, ¿cuál es la novedad en
el acercamiento de Obama?
–Todo. Excepto Carter, Obama
es el único que se propone una normalización de las relaciones. Es la primera
vez que Estados Unidos da pasos unilaterales. Carter siempre actuó bajo
iniciativas bilaterales, como la creación de las oficinas de intereses en
Washington y La Habana. Otros presidentes tomaron medidas quid pro quo (una
cosa por otra). Algunos, como Clinton, dieron pasos que él llamó
respuestas calibradas o graduales. El problema es que cada una de estas
estrategias dieron tiempo a los enemigos de los cambios hacia Cuba a organizar
sus reacciones y derrotar esas políticas. Esta es una constante en esta
historia.
“Obama entendió dos cosas: que
el quid pro quo y las medidas graduales no funcionaban y que, por el
propio interés de Estados Unidos, los cambios debían ser unilaterales. Una
política de acercamiento fue más eficaz que una de aislamiento.
“La segunda
lección era más simple: dirigirse a los cubanos con respeto a su calidad de
nación soberana. Y lo hicieron: les hablaron en un tono moderado, los
escucharon, Obama llamó a Castro, lo validó como presidente. Eso funcionó más
que toda la historia de imposición imperialista y condescendencia del pasado”.
La vía secreta, desde Kennedy
a la fecha
Kennedy, recuerda Kornbluth,
pasará a la historia como el presidente de la crisis de los misiles, de la
invasión a Bahía de Cochinos, el que implementó planes de desestabilización,
como Operación Mangosta. Pero no como el mandatario que empezó a
negociar en secreto con Cuba. Y este diálogo estaba en curso cuando fue
asesinado.
–¿Qué fue lo que más le
sorprendió en los hallazgos de su investigación?
–Dos cosas. Una, que Fidel
Castro le ofreció una rama de olivo prácticamente a cada uno de los 10
presidentes de Estados Unidos con los que trató. Casi nunca trascendió
públicamente. Pero vistos en su conjunto, ofrecen una imagen de Castro como un
gran diplomático. Después de Bahía de Cochinos, Fidel mandó al Che Guevara
a una reunión secreta en Montevideo con un personero de la Casa Blanca; después
de su asesinato el presidente cubano usó a una reportera de ABC, Lisa Howard,
para ofrecer a Lyndon B. Johnson continuar las negociaciones. A Nixon, como
mandatario electo, le mandó un mensaje de distensión a través de un
intermediario suizo, aunque ambos ya se conocían y se caían muy mal.
“Lo mismo pasó con Carter,
cuando Fidel dijo a Diane Sawyer, de ABC, que Carter era un hombre honorable
con quien se podría tener una buena relación. Con Reagan constan también
múltiples intentos. Hay todo un registro de que Fidel Castro, una y otra vez,
intentó decirle a Estados Unidos ¿por qué no podemos coexistir? Y uno tras otro
lo ignoraron y desestimaron sus iniciativas.
“Vale la pena tomar en cuenta
esto cuando recordamos la reacción de Fidel Castro a la noticia del
restablecimiento de relaciones bilaterales. Él no se pronunció sino seis
semanas después del 17 de diciembre. Incluso en Miami se rumoró que no
comentaba el hecho porque ya había muerto. Y al final se conoció una carta muy
larga que escribió a la Federación de Estudiantes de Cuba reconociendo su apoyo
al principio internacional de la convivencia pacífica entre las naciones y a la
prerrogativa del presidente de Cuba (su hermano Raúl) de tomar las decisiones
en ese sentido. No fue un apoyo explícito, sino soterrado. Pero por eso importa
tener a la vista el registro completo sobre sus propias gestiones en ese
sentido.
Canje de presos: una carta
bajo la manga
En la conversación con Kornbluth,
relata cómo él, en algún momento, fue uno de los intermediarios de los
contactos secretos de la negociación para la liberación del contratista
estadunidense Alan Gross.
“En dos ocasiones visité a
Alan Gross en prisión y llevé mensajes de un lado al otro, buscando su
liberación. La última fue en 2013. Salí con la sensación de que el tiempo se
acababa, que en ese punto del proceso toda posibilidad de un cambio de política
pasaba necesariamente por la liberación de Gross. No había de otra.
“La Habana proponía canjearlo por los cinco agentes
que estaban presos en Estados Unidos. Washington no aceptaba ese canje por
considerar que Gross no era un espía. Fue entonces cuando Obama metió en el
paquete al espía de la CIA Rolando Saraff Trujillo. El canje de los cinco fue
por él, y Gross salió como un gesto humanitario”.
(Alan Gross fue arrestado en
La Habana en diciembre 2009, por intentar establecer sistemas de comunicación
por Internet cifradas entre Estados Unidos y sectores específicos de la
disidencia cubana en la isla. Washington nunca reconoció que el contratista
hubiera hecho algo ilegal).
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/12/07/politica/014e1pol
Título: Todos los presidentes de EU
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/12/07/politica/014e1pol
Título: Todos los presidentes de EU
negociaroncon La Habana
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Los mismos Estados Unidos
Guillermo Rodríguez Rivera
Hay un verso de
César Vallejo, en Poemas humanos, que me complace en especial, porque
más allá de su logro artístico, encierra una enorme verdad:
No
hay Dios, ni hijo de Dios, sin desarrollo.
El hombre no nace
siendo quien va a ser: ese hombre experimenta, aprende, dice y se desdice,
porque en ese proceso va siendo el que será.
José Martí llega a
los Estados Unidos en 1881 para una larga estadía. Quien llega a Nueva York es
el hombre nacido en una colonia opresivamente tratada por su metrópoli. No ya
la independencia que disfrutaban –y a veces sufrían– sus antiguas posesiones:
ni siquiera el derecho de los propios españoles podían tener los cubanos en su
isla. Aquí, ser español, haber nacido en Madrid o en Sevilla, era un privilegio que no tenían los cubanos
en el lugar donde habían nacido.
Cuba ya había
librado su larga guerra de los diez años, pero no había conseguido la
independencia ni la abolición de la esclavitud.
La divisiones, los regionalismos, los egoísmos personales se han
impuesto sobre el gran proyecto nacional. Pero esos años han sido cualquier
cosa menos tiempo perdido: allí terminaron de cuajar la patria y su cultura.
Martí contempla en
los Estados Unidos a una nación libre, que elige a sus gobernantes y
visiblemente decide y enrumba su destino: con filósofos como Emerson, con
poetas como Walt Whitman, que Martí
descubre al mundo hispánico cuando todavía estaba prohibido en su país.
Dedicado a
construir el Partido Revolucionario Cubano para fraguar al fin la independencia
de su patria, vive en los Estados Unidos y lo mantiene su insuperable oficio de
periodista: los grandes periódicos que
entonces tenía nuestra América –El Partido Liberal, de México; La
Opinión Nacional, de Caracas y La Nación, de Buenos Aires– son los receptores del torrente verbal de
Martí, que muestra unos Estados Unidos
como jamás se habían descrito antes.
Pero hay que
llegar hasta las crónicas de 1887: a Martí le corresponde ser testigo –y
describir– el proceso y ejecución de los
obreros anarquistas de Chicago. Son los hombres cuya memoria venera el mundo
consagrándoles el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores, la
fecha en que estos hombres y otros obreros revolucionarios demandaban el
establecimiento de la jornada laboral de 8 horas. El presidente Grover
Cleveland le temió al trasfondo izquierdista de esa fecha y consagró el primer
lunes de setiembre como Labor Day. Julio Antonio Mella no dudó en declarar esta
fecha como “día de la sumisión del trabajador”.
El proceso y
ahorcamiento de los obreros anarquistas concluye, escribe Martí,
sin
que haya más fuego en las estufas, ni más pan en las
despensas,
ni más justicia en el reparto social, ni más
salvaguardia contra el hambre de los útiles, ni más luz y
esperanza
para los tugurios, ni más bálsamo para lo que
hierve y
padece[1].
La conclusión
martiana culmina en una valoración tremenda:
Esta
república, por el culto desmedido a la riqueza, ha
caído,
sin ninguna de las trabas de la tradición, en la
desigualdad, injusticia y violencia de los países
monárquicos. [2]
Quisiera que se
tuvieran en cuenta las exactas palabras que emplea ese maestro del español que
fue José Martí: no es que los Estados Unidos estimen importante la riqueza, ni
siquiera que la divinicen consagrándole un culto, sino que ese culto es
“desmedido”: no conoce valladar ni límite. No hay un reparo moral que se le
oponga.
Martí advierte que
la república democrática ha sido dominada por la riqueza: en principio,
cualquiera puede ser senador o gobernador o presidente pero, cada vez más, es
el dinero que costea la campaña electoral el que decide.
Esa dualidad entre
la realidad y la apariencia va a regir la vida norteamericana: al frente de las
acciones de los Estados Unidos siempre figura un irreprochable principio
altruista y generoso: detrás, está siempre el interés material.
En la última ronda
de negociaciones con Cuba, los Estados Unidos han dicho que no están dispuestos
a cambiar la política migratoria hacia Cuba; el Congreso no está dispuesto a
derogar la ley del bloqueo económico, comercial y financiero que se ejerce
contra Cuba hace 53 años. Todo parece indicar que el acercamiento a Cuba, que
tantos hemos visto con optimismo, fue una manera oportunista de tratar de que
no desapareciera la Cumbre de las Américas, que toda Latinoamérica no quería
efectuar más sin Cuba.
Hasta ahora,
detrás del noble acercamiento, parecen estar los mismos Estados Unidos, que dicen una cosa y hacen
otra.
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