domingo, 13 de diciembre de 2015

¿Dónde está Carmela?

Graziella Pogolotti

Llovía. De edad avanzada, la maestra seguía fiel a su aula, siempre puntual. Al cruzar Vía Blanca, un carro la atropelló. Enredada en su sombrilla, la violencia del golpe la hizo volar por los aires. Cayó sobre la calle mojada. La fractura de cráneo era irreparable. Murió como combatiente en el cumplimiento del deber. Conmovidos, los estudiantes del preuniversitario Rosalía Abreu le rindieron homenaje póstumo. Me pregunto ahora si algo semejante hicieron en su comunidad, porque la sociedad en su conjunto debe modelar valores reconociendo sus paradigmas, no solo a quienes alcanzan relieve nacional, sino a los que conviven con cada uno de nosotros en el día a día de la bodega, la carnicería y las reuniones de vecinas, la Carmela que está al doblar de la esquina.

Un filme, Conducta, convocó a un público masivo. Por lo que me han contado, no es una historia truculenta. No acude a los ganchos hipnóticos utilizados por el consumismo. Remueve rescoldos de sentimientos enraizados en la aspiración latente al mejoramiento humano. Invita a una reflexión que a todos compromete.

Desde hace algún tiempo, sufrimos las consecuencias de la falta de maestros numéricamente suficientes y cualitativamente calificados en lo que respecta al conocimiento y al modo de conducirse. Ya se sabe, los salarios son bajos, atrapados como estamos en la búsqueda del difícil equilibrio entre las limitaciones financieras y la voluntad política, entre los apremios del día que corre y las exigencias del mañana que se nos viene encima. Y, sin embargo, en el aula estamos sembrando futuro. Allí descansa el porvenir de la nación.

Para afrontar los problemas, hay que analizar su origen y naturaleza y perfilar las aristas de la verdad. En la república neocolonial, el capitalismo subdesarrollado mantenía altas tasas de desempleo. La discriminación racial marginaba a negros y mestizos del acceso a ciertos puestos de trabajo. La frontera se levantaba en las oficinas de las empresas privadas y llegaba al mostrador de las tiendas más elegantes, aunque todo ello violara la Constitución de la República. Recuerdo el batallar para conquistar estos espacios vedados.

Mal pagado siempre, el magisterio público garantizaba estabilidad laboral. Para los marginados, ofrecía reconocimiento social y reforzaba la autoestima en quienes tuvieron que contar con el respaldo familiar de tantas madres que entregaron sus vidas lavando para la calle. En la sociedad moderna, el médico que cuida la salud del cuerpo y el maestro que transmite conocimiento y valores son los sustitutos del gurú de la tribu. En una sociedad corroída por el afán de lucro y por el dominio del poderoso caballero don dinero, los educadores constituían excepción de la regla. Modesta en el vestir, con la misma ropita una y otra vez, encarnaba la imagen de la persona decente. Cuando iban cayendo los años, de vez en cuando recibían la visita de un antiguo alumno, muestra de eterna gratitud.

No se puede rebobinar la historia y mucho menos, restaurar la injusticia estructural de entonces. Por voluntad política y para preservar la soberanía de la nación, tenemos que someternos a un autoanálisis tan implacable como una operación quirúrgica. El Día del educador necesita despojarse del formalismo impuesto por el cumplimiento rutinario de las tareas. Hay que estimular en los niños y en sus padres la capacidad de invención. El aula ha de ser un espacio sagrado de intercambio entre alumnos y maestros, libre de interferencias ajenas donde el educador preserva el ejercicio pleno de su autoridad. La experiencia me dice que el conglomerado humano que se reúne cada inicio de curso es siempre diferente. El grupo resultante de las pequeñas individualidades se consolida sin perder su heterogeneidad intrínseca, en el trabajo cotidiano apuntarán liderazgos incipientes, aliados potenciales del maestro, al que corresponde dar cauce a las rebeldías mediante la cohesión de responsabilidades y el incentivo a formas de participación activa, iniciación primera a la construcción de la conciencia ciudadana.

Propongo considerar en la formación de maestros una atención sustantiva al desarrollo de la facultad de observar. En cualquier nivel de enseñanza, tendrá ante sí un conjunto de personitas en proceso de crecimiento intelectual, psicológico y moral, sobreprotegidos o carentes de cariño, portadores de conflictos familiares, víctimas de sentimientos de inferioridad o deformados por la vanidad. El manejo inteligente de esas conductas garantiza el éxito del aprendizaje y el mantenimiento de la disciplina.

El proyecto educativo no puede desentenderse de la permanente problematización de la realidad. El diseño de la economía, necesidad de la supervivencia, provee soluciones para superar la crisis y formular medidas con el propósito de sentar las bases de un porvenir más satisfactorio. Su perspectiva debe situarse a mediano y largo plazo, porque todo cambio en este terreno repercute en la sociedad y en el sistema de valores imperante teniendo en cuenta, además, que crecimiento no implica, por necesidad, desarrollo. Este último se sustenta en la dimensión humana de un proyecto equitativo, garante de la igualdad de oportunidades con la consiguiente apertura a la cristalización de nuestros sueños. En este sentido, la voluntad política tiene que mantener, con mano firme, la brújula apuntalada en el andamiaje educativo.

«Los niños nacen para ser felices» se ha convertido en lema vaciado de contenido por la reiteración mecánica. Expresa el anhelo más profundo de la especie. Su esencia se borra cuando la frase se desarticula del pensamiento integrador del Maestro. La noción de la felicidad es conquista y aprendizaje. Se hace a la medida de cada uno. Entraña una filosofía de la vida inspirada en el amor, nunca en el estímulo a una mentalidad competitiva.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Las artes y los oficios son hermanos

Rolando López del Amo

Las artes y los oficios son hermanos. Se trata, en ambos casos, de especialidades al servicio de la sociedad. Su propósito es hacer mejor la vida de los seres humanos, tanto desde el punto de vista material, como espiritual. Las artes y los oficios se consuman mediante el trabajo. Los que se dedican  a estos menesteres como profesión con la que ganan el sustento son, pues, tan trabajadores como un obrero industrial o un campesino o un empleado de oficina.

Arte es creación y creación es trabajo. El trabajo nos ha permitido ser lo que somos, el trabajo dentro de la sociedad de la que somos parte y en la que hemos alcanzado nuestra dimensión humana. La preservación y transmisión de la experiencia histórica acumulada, convertida en conocimiento y transmitida de generación en generación es lo que nos conforma. Un hombre aislado es nada. Esta circunstancia es la que nos ha llevado, históricamente, a tratar de perfeccionar las formas de relacionarnos dentro de la sociedad a la que pertenecemos. De esa necesidad surgieron los estados, los gobiernos, las leyes, las normas de convivencia, en fin, los elementos de orden de aceptación general. De lo anterior se desprende que cada miembro de la sociedad tenga determinados derechos y determinados deberes que son las dos caras de una misma moneda. No hay derechos sin deberes ni deberes sin derechos. El balance adecuado entre unos y otros es lo que produce el equilibrio, la armonía.

Por circunstancias geográficas e históricas la sociedad humana no es homogénea, sino diversa. Como resultado de lo anterior se fueron formando diferentes culturas y lo que en una de ellas es válido, puede no serlo en otra. El proceso de globalización que comenzó a finales del siglo XV y se intensifica en nuestros días produce un intercambio cultural que puede ir acercándonos a valores compartidos que tendrán que enfrentar grandes intereses creados de aquellos grupos que detentan el mayor poder económico, militar,  político y mediático.

Desde finales del siglo XVIII surgieron en Europa ideas que resaltaban valores individuales que debían ser patrimonio de todos los miembros de la sociedad. Las muy conocidas consignas de la revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad irrumpieron en un mundo dominado por el absolutismo y el oscurantismo. Pero esos valores son sujeto de diversas interpretaciones. Los grandes millonarios creen que la libertad es su derecho a ser lo que son, aunque el resto de los ciudadanos se vean obligados a una vida pobre o miserable. El anarquista no se cree sujeto a ley alguna y se proclama  con derecho a actuar sin sujeción a nada.  La igualdad también se interpreta de diversas maneras y el vago quiere ser considerado igual que el laborioso y el delincuente  igual que una persona honrada. La fraternidad parece ser el principio más claro, aunque hay quienes quieren reducirlo según diferencias étnicas o de clase social o creencia religiosa, etc.

Con su profundo estudio de la sociedad humana, Carlos Marx descubrió la esencia del funcionamiento del capitalismo europeo de mediados del siglo XIX. Si en un principio el dinero surgió como mercancía común aceptada para fijar el valor del resto de las mercancías y un productor vendía su producto para con ese dinero comprar otros productos, la relación mercancía-dinero-mercancía terminó siendo dinero-mercancía-dinero, o sea, invertir el dinero en producir mercancías para obtener más dinero. El dinero se convirtió en el objetivo de la producción capitalista y los que poseían más dinero en los más poderosos. El poeta español Francisco de Quevedo ya había advertido: poderoso caballero es Don Dinero. El capital financiero se fue imponiendo, surgieron las bolsas de valores y apareció una economía virtual levantada sobre la especulación sin relación verdadera con la economía real. Un gran casino en el que el uno por ciento de la humanidad juega los destinos del 99 por ciento restante, desangrándolo en guerras locales y regionales que pueden llegar a extenderse de modo global.

Ese es el mundo contemporáneo en el que los seres humanos tenemos que hacer nuestras vidas y tomar nuestras decisiones.

Los trabajadores del arte no escapan, no pueden escapar a la realidad mundial de la que son parte. Y hay que decidir si se está con el uno
por ciento o con el 99.

Benito Juárez, el insigne Presidente indio de México, nos legó una máxima esencial para la convivencia humana: el respeto al derecho ajeno es la paz. Eso quiere decir que mis derechos deben tener en cuenta los de los demás, que mi libertad termina donde comienza la de los demás. Y eso es válido para las relaciones entre los Estados y de los individuos dentro de la sociedad. Vale aquí recordar aquella idea de José Martí acerca de que nada es un hombre en sí y lo que es lo pone en él su pueblo. No hay humanidad sin sociedad. Y esa relación entre el individuo y la sociedad está basada en normas comunes aceptadas. Los transgresores de esas normas tienen que responder ante los demás.

Por supuesto que todo evoluciona, incluyendo las normas. A veces, en una situación de grave crisis social, generalmente por el abuso de los que ejercen el poder, se produce una revolución para acelerar la evolución deseada por la mayoría de los miembros de la sociedad.

Hasta nuestros días, consideramos que la mejor forma de organizar la sociedad es la democracia, o poder del pueblo. Para que sea una democracia real –y no como la primitiva griega que excluía de ella a los esclavos y a las mujeres– la democracia actual debe ser participativa, además de electiva, controlada por las organizaciones sociales de la población trabajadora. Y esta amplia democracia tiene también sus normas de obligatorio cumplimiento para los ciudadanos.

En el mundo capitalista, basado en el predominio de la propiedad privada sobre los medios de producción y de servicios, el propietario de lo que sea impone sus condiciones, aunque también hay leyes generales que le fijan obligaciones. Pero lo esencial es que toda actividad productiva o de servicios se hace para el enriquecimiento del  propietario y según su criterio.

Este afán de ganancia rige también en la esfera del arte y la literatura. El dueño del dinero decide qué película se filma, que obra de teatro se monta, que música se ejecuta, etc. Los artistas se ven obligados a subordinar sus proyectos a lo que los dueños del capital decidan.

Por supuesto que pueden hacerse esfuerzos individuales. En 1955 tuve como jefe al entonces mejor director de teatro dramático de Cuba: Francisco Morín. Él había creado el grupo Prometeo para tratar de representar lo más valioso de la dramaturgia universal contemporánea. Como procedía de una familia de trabajadores humildes, Morín tenía que ganarse el sustento trabajando. Había  estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, carrera que daba conocimientos pero no aseguraba medio de vida. Se hizo taquígrafo y mecanógrafo y ocupó una plaza en la Estación Terminal de los antiguos Ferrocarriles Unidos de La Habana, empresa inglesa que por no rentabilidad el Estado cubano burgués se hizo cargo de ella con el nombre de Ferrocarriles Occidentales de Cuba. La plaza de Morín fue eliminada y lo descendieron a la de Jefe de Mensajeros. Con el salario que allí ganaba pagaba el alquiler de la sala que utilizaba para las funciones teatrales de Prometeo. La sala que conocí entonces estaba en el paseo del Prado, donde funcionaba Radio Caribe, una emisora que pretendía competir con Radio Reloj. El padre y la madre de Morín actuaban como taquillero y portero acomodador para apoyar a su hijo.

Los actores trabajaban por amor al arte: no recibían remuneración alguna. Y se trataba de actores extraordinarios como Berta Martínez, Ernestina Linares, Liliam Llerena, Sergio Corrieri, Helmo Hernández, por mencionara algunos nombres.  Tal era el amor de Morín por el teatro que en una ocasión se embarcó en tercera clase de un barco de pasajeros para viajar a Europa y ver lo que se hacía en París, Londres y Roma en materia de teatro dramático. Consiguió después un local para su sala de teatro en unos altos en la calle Galiano, cerca de la iglesia de Montserrat. Un grupo de sus compañeros de trabajo, entre ellos militantes del Partido Socialista Popular y del Movimiento 26 de Julio, lo alentábamos en su empeño. No era teatro comercial el que hacía. No había banalidad ni la grosería del concurrido teatro Shanghai. Una noche con un público de una docena de asistentes se consideraba una noche de buena asistencia. Su teatro  no hacía concesiones a la vulgaridad o el mal gusto. No se proponía tampoco ofender gratuitamente a persona alguna. Perseguía un fin humanista superior, conmover, invitar a la reflexión a través de un arte exigente y depurado.

En 1960 tuve la oportunidad de proponerle hacer un ciclo de teatro clásico universal que comenzó con una puesta en escena de Edipo Rey en el teatro Auditórium, que entonces tenía tres pisos de lunetas para el público. Ahí actuaron Pedro Álvarez y Verónica Lynn a teatro lleno. Era un gran estímulo para el abnegado teatrista.

Por esa época también pudimos hacer algo interesante en el teatro de títeres con los hermanos Camejo. Con ellos se hacían funciones todos los domingos por la mañana en el antiguo jardín botánico de la Avenida 26. También iniciamos una experiencia ambulatoria y construimos un teatro móvil que se enganchaba a un transporte Jeep que tenían los Camejo para dar funciones breves en distintos parque de La Habana a la hora en la que los niños salían de la escuela. Otra experiencia que iniciamos con los Camejo fue la del teatro guiñol para adultos, utilizando como sede una sala teatro de la estación de bomberos de Zulueta y Corrales, la sala Ciro Redondo. Creo que la primera obra que montaron fue Lila la mariposa. Fue esta época también en la que se crearon las brigadas de teatro móvil Francisco Covarrubias, tres brigadas, cada una con un camión para transportar el escenario, la escenografía, las luces y la planta eléctrica y una camioneta para el traslado de los actores. El local de las brigadas se estableció en el antiguo Unión Club, en Malecón y San Lázaro, donde hoy está el Centro Hispanoamericano. Ellos llevaban obras cortas, en un acto, a pueblos, zonas rurales, unidades militares. Su primer director general fue un teatrista uruguayo del teatro El Galpón, llamado Amanecer Dota. También entonces se hicieron temporadas de Zarzuela en el teatro Payret y se creó una orquesta acompañante de treinta y cinco miembros dirigida por el maestro Félix Guerrero para el teatro lírico y se hizo una temporada de ópera con el maestro Sánchez Ferrer dirigiendo la recién creada Orquesta Sinfónica Nacional y con el apoyo del Ballet Nacional. José Lemat fue  factor de organización de aquella temporada.

Me he detenido un tanto en mencionar estas experiencias vividas entre 1960 y 1961 -que comenzaron en el Municipio de Marianao al crear allí una sala permanente para Teatro Estudio, más una casa sede para las necesidades del grupo bajo la dirección de Vicente y Raquel Revuelta- para comparar la situación existente en el teatro cubano antes y después de 1959 apenas iniciado el proceso revolucionario. Hablo solamente de parte de lo que fui testigo entonces. Nuestros profesionales del teatro comenzaron a recibir un salario por su trabajo, comenzó el apoyo oficial al desarrollo de las artes en Cuba  que ha permitido promover y formar tantos talentos.

Quien trate de negar esa enorme realidad no tiene posibilidades de éxito.

El arte es comunicación y es civilización. El arte busca conmover los sentimientos y avivar el pensamiento. Para lograrlo se necesita sensibilidad e inteligencia. ¿Para qué ha de servir el arte sino para contribuir a mejorar al ser humano?

Nadie tiene derecho alguno, en nombre de su libertad creadora, de ofender a los demás, de burlarse de símbolos que son patrimonio de una nación, abonados con mucha sangre noble derramada por el bien común. Criticar es bueno, es saludable, es necesario, es imprescindible.

Nadie debe estar exento de crítica si esta es justificada. Pero criticar no es ofender y quien ofende debe asumir la responsabilidad por lo que hace.

José Martí, en su tiempo, advirtió: De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia (5-101) Y Fidel, tempranamente, advirtió: hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos. Porque las revoluciones, como ya había dicho Martí, se hacen con los hombres como son y no como debieran ser.

De lo anterior queda claro que el error, que siempre está presente en toda actividad humana, ocurre también en las revoluciones. Lenin había advertido que la revolución no era una avenida ancha y recta. Y propuso una permanente actitud crítica y autocrítica. Pero las revoluciones tienen una profunda razón de ser histórica y su primer derecho inalienable es el derecho a ser, a existir, y su primer deber es defenderse. La revolución cubana tiene un enemigo histórico muy poderoso que lo es de la nación, a la que siempre aspiró a dominar y poseer, ya fuera anexándola, o convirtiéndola en apéndice neocolonial. Y como ese enemigo es el Estado más poderoso del mundo, las cosas de la revolución, de la nación,  han de tratarse con sumo cuidado para no deslizarse, por vanidad o resentimiento, hacia las filas de los verdugos de nuestros ancestros, esos mismos verdugos  que nos quieren sumisos.

Con Martí confiamos en que  La nación empieza en la justicia (5-334) Sea el triunfo de quien es la justicia (5-333)

Con el fango se pueden hacer cosas diferentes: revolcarse en él como los cerdos o crear obras de arte como los alfareros y ceramistas. Crear para el bien de todos es lo más gratificante. Y con buena fe y trabajo duro y sostenido se puede hacer obra extraordinaria. ¿Qué mejor ejemplo en el teatro cubano que el movimiento de La colmenita, ya de dimensión nacional e internacional?

Para ello es importante tener en cuenta aquel consejo de nuestro José Martí: ¡Desventurado el que no sabe agradecer! (7-109) Tiempo es ya de que el afecto reemplace en la ley del mundo al odio (14-82) El odio canijo ladra, y no obra. Sólo el amor construye. (5-241)

¡Qué hermoso, para un cubano, comprobar que cuando se grita ¡Viva Cuba!, un pueblo entero acompaña y corea con una sola alma y un solo corazón! 

lunes, 7 de diciembre de 2015

"El presidente Barak Obama visitará Cuba"

Entrevista a Peter Kornbluth, coautor del libro Diplomacia encubierta con Cuba.

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Por Blanche Petrich

Durante la primavera del año próximo, a más tardar, el presidente Barak Obama visitará Cuba. “Eso creo, y muchos en Estados Unidos pensamos que así será. El mandatario no va a querer perder la oportunidad de convertirse en el primer jefe de Estado de Washington en pisar la isla desde la revolución”, asegura Peter Kornbluth, coautor del libro Diplomacia encubierta con Cuba.

En este recuento de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana, de autoría de Kornbluth –director del área de análisis de la organización Archivos de Seguridad Nacional, especializada en investigaciones basadas en documentación desclasificada– y William LeoGrande –catedrático de la Escuela de Relaciones Internacionales en la capital estadunidense y ex asesor del Partido Demócrata– se revela que el líder de la revolución cubana extendió una rama de olivo a cada uno de los presidentes con los que le tocó lidiar: 10 mandatarios, desde los tiempos de John F. Kennedy.

“Todos los presidentes de Estados Unidos, excepto el segundo George Bush, negociaron algo con Cuba. Eso que presumieron siempre, de que nunca dialogarían con comunistas, es falso; negociaron todo el tiempo”, comenta Kornbluth, que también es editor de la revista The Nation.

En entrevista con La Jornada, destaca otra de las sorpresas que encontró él, que llevaba 20 años investigando episodios del conflicto entre Cuba y Estados Unidos litigando la desclasificación de archivos secretos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Estado: “Jimmy Carter nos llegó a comentar que si él hubiera tenido la oportunidad de un segundo periodo en la Casa Blanca, hubiera procedido a la normalización de las relaciones con La Habana. Precisamente como lo ha hecho ahora Obama, también en su segundo lapso presidencial”.

Explica que la idea que llevó a LeoGrande y a él a escribir este libro, que cuenta con un prólogo de Jorge Domínguez, otro de los más destacados cubanólogos en la academia estadunidense, fue poner en claro que hay toda una narrativa diferente y desconocida hasta ahora en la relación entre los dos países que hasta hace poco eran enemigos. Y dejarlo sentado como un precedente que ayudara al actual mandatario en su proceso de acercamiento.

Diez lecciones y una perspectiva

El libro trata de extraer las lecciones de este pasado. Señala: “En octubre de 2014 le entregamos al presidente un texto que llamamos ‘las 10 lecciones del pasado; perspectivas para el futuro’. Asistimos a sesiones informativas en el Departamento de Estado, logramos hacerlo llegar al Consejo de Seguridad”. Un mes después de este cabildeo de los autores, se dio a conocer el comienzo del deshielo.

–¿Cuál ha sido la reacción del gobierno al libro?

–Públicamente ninguna. Pero sabemos que en un momento, después del lanzamiento, en el Departamento de Estado hubo un instante de pánico. Pensaron que de alguna manera ya estábamos sobre la pista de su negociación secreta. Cuando vieron el libro se dieron cuenta de que la narración termina justo antes de su operación.

–Si todos los presidentes de Estados Unidos tuvieron negociaciones secretas con Cuba, ¿cuál es la novedad en el acercamiento de Obama?

–Todo. Excepto Carter, Obama es el único que se propone una normalización de las relaciones. Es la primera vez que Estados Unidos da pasos unilaterales. Carter siempre actuó bajo iniciativas bilaterales, como la creación de las oficinas de intereses en Washington y La Habana. Otros presidentes tomaron medidas quid pro quo (una cosa por otra). Algunos, como Clinton, dieron pasos que él llamó respuestas calibradas o graduales. El problema es que cada una de estas estrategias dieron tiempo a los enemigos de los cambios hacia Cuba a organizar sus reacciones y derrotar esas políticas. Esta es una constante en esta historia.

“Obama entendió dos cosas: que el quid pro quo y las medidas graduales no funcionaban y que, por el propio interés de Estados Unidos, los cambios debían ser unilaterales. Una política de acercamiento fue más eficaz que una de aislamiento.

 “La segunda lección era más simple: dirigirse a los cubanos con respeto a su calidad de nación soberana. Y lo hicieron: les hablaron en un tono moderado, los escucharon, Obama llamó a Castro, lo validó como presidente. Eso funcionó más que toda la historia de imposición imperialista y condescendencia del pasado”.

La vía secreta, desde Kennedy a la fecha

Kennedy, recuerda Kornbluth, pasará a la historia como el presidente de la crisis de los misiles, de la invasión a Bahía de Cochinos, el que implementó planes de desestabilización, como Operación Mangosta. Pero no como el mandatario que empezó a negociar en secreto con Cuba. Y este diálogo estaba en curso cuando fue asesinado.

–¿Qué fue lo que más le sorprendió en los hallazgos de su investigación?

–Dos cosas. Una, que Fidel Castro le ofreció una rama de olivo prácticamente a cada uno de los 10 presidentes de Estados Unidos con los que trató. Casi nunca trascendió públicamente. Pero vistos en su conjunto, ofrecen una imagen de Castro como un gran diplomático. Después de Bahía de Cochinos, Fidel mandó al Che Guevara a una reunión secreta en Montevideo con un personero de la Casa Blanca; después de su asesinato el presidente cubano usó a una reportera de ABC, Lisa Howard, para ofrecer a Lyndon B. Johnson continuar las negociaciones. A Nixon, como mandatario electo, le mandó un mensaje de distensión a través de un intermediario suizo, aunque ambos ya se conocían y se caían muy mal.

“Lo mismo pasó con Carter, cuando Fidel dijo a Diane Sawyer, de ABC, que Carter era un hombre honorable con quien se podría tener una buena relación. Con Reagan constan también múltiples intentos. Hay todo un registro de que Fidel Castro, una y otra vez, intentó decirle a Estados Unidos ¿por qué no podemos coexistir? Y uno tras otro lo ignoraron y desestimaron sus iniciativas.

“Vale la pena tomar en cuenta esto cuando recordamos la reacción de Fidel Castro a la noticia del restablecimiento de relaciones bilaterales. Él no se pronunció sino seis semanas después del 17 de diciembre. Incluso en Miami se rumoró que no comentaba el hecho porque ya había muerto. Y al final se conoció una carta muy larga que escribió a la Federación de Estudiantes de Cuba reconociendo su apoyo al principio internacional de la convivencia pacífica entre las naciones y a la prerrogativa del presidente de Cuba (su hermano Raúl) de tomar las decisiones en ese sentido. No fue un apoyo explícito, sino soterrado. Pero por eso importa tener a la vista el registro completo sobre sus propias gestiones en ese sentido.

Canje de presos: una carta bajo la manga

En la conversación con Kornbluth, relata cómo él, en algún momento, fue uno de los intermediarios de los contactos secretos de la negociación para la liberación del contratista estadunidense Alan Gross.

“En dos ocasiones visité a Alan Gross en prisión y llevé mensajes de un lado al otro, buscando su liberación. La última fue en 2013. Salí con la sensación de que el tiempo se acababa, que en ese punto del proceso toda posibilidad de un cambio de política pasaba necesariamente por la liberación de Gross. No había de otra.

“La Habana proponía canjearlo por los cinco agentes que estaban presos en Estados Unidos. Washington no aceptaba ese canje por considerar que Gross no era un espía. Fue entonces cuando Obama metió en el paquete al espía de la CIA Rolando Saraff Trujillo. El canje de los cinco fue por él, y Gross salió como un gesto humanitario”.


(Alan Gross fue arrestado en La Habana en diciembre 2009, por intentar establecer sistemas de comunicación por Internet cifradas entre Estados Unidos y sectores específicos de la disidencia cubana en la isla. Washington nunca reconoció que el contratista hubiera hecho algo ilegal).

Fuente:  http://www.jornada.unam.mx/2015/12/07/politica/014e1pol
TítuloTodos los presidentes de EU negociaron con La Habana

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Los mismos Estados Unidos

            Guillermo Rodríguez Rivera

Hay un verso de César Vallejo, en Poemas humanos, que me complace en especial, porque más allá de su logro artístico, encierra una enorme verdad:

           No hay Dios, ni hijo de Dios, sin desarrollo.

El hombre no nace siendo quien va a ser: ese hombre experimenta, aprende, dice y se desdice, porque en ese proceso va siendo el que será.

José Martí llega a los Estados Unidos en 1881 para una larga estadía. Quien llega a Nueva York es el hombre nacido en una colonia opresivamente tratada por su metrópoli. No ya la independencia que disfrutaban –y a veces sufrían– sus antiguas posesiones: ni siquiera el derecho de los propios españoles podían tener los cubanos en su isla. Aquí, ser español, haber nacido en Madrid o en Sevilla,  era un privilegio que no tenían los cubanos en el lugar donde habían nacido.

Cuba ya había librado su larga guerra de los diez años, pero no había conseguido la independencia ni la abolición de la esclavitud.  La divisiones, los regionalismos, los egoísmos personales se han impuesto sobre el gran proyecto nacional. Pero esos años han sido cualquier cosa menos tiempo perdido: allí terminaron de cuajar la patria y su cultura.   

Martí contempla en los Estados Unidos a una nación libre, que elige a sus gobernantes y visiblemente decide y enrumba su destino: con filósofos como Emerson, con poetas como Walt Whitman,  que Martí descubre al mundo hispánico cuando todavía estaba prohibido en su país.

Dedicado a construir el Partido Revolucionario Cubano para fraguar al fin la independencia de su patria, vive en los Estados Unidos y lo mantiene su insuperable oficio de periodista:  los grandes periódicos que entonces tenía nuestra América –El Partido Liberal, de México; La Opinión Nacional, de Caracas y La Nación, de Buenos Aires  son los receptores del torrente verbal de Martí, que muestra unos Estados Unidos  como jamás se habían descrito antes.

Pero hay que llegar hasta las crónicas de 1887: a Martí le corresponde ser testigo –y describir– el proceso y ejecución  de los obreros anarquistas de Chicago. Son los hombres cuya memoria venera el mundo consagrándoles el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores, la fecha en que estos hombres y otros obreros revolucionarios demandaban el establecimiento de la jornada laboral de 8 horas. El presidente Grover Cleveland le temió al trasfondo izquierdista de esa fecha y consagró el primer lunes de setiembre como Labor Day. Julio Antonio Mella no dudó en declarar esta fecha como “día de la sumisión del trabajador”.

El proceso y ahorcamiento de los obreros anarquistas concluye, escribe Martí,

      sin que haya más fuego en las estufas, ni más pan en las
      despensas, ni más justicia en el reparto social, ni más
      salvaguardia contra el hambre de los útiles, ni más luz y
      esperanza para los tugurios, ni más bálsamo para lo que
      hierve y padece[1].

La conclusión martiana culmina en una valoración tremenda:

          Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha
          caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la
          desigualdad, injusticia y violencia de los países
          monárquicos. [2]

Quisiera que se tuvieran en cuenta las exactas palabras que emplea ese maestro del español que fue José Martí: no es que los Estados Unidos estimen importante la riqueza, ni siquiera que la divinicen consagrándole un culto, sino que ese culto es “desmedido”: no conoce valladar ni límite. No hay un reparo moral que se le oponga.

Martí advierte que la república democrática ha sido dominada por la riqueza: en principio, cualquiera puede ser senador o gobernador o presidente pero, cada vez más, es el dinero que costea la campaña electoral el que decide.

Esa dualidad entre la realidad y la apariencia va a regir la vida norteamericana: al frente de las acciones de los Estados Unidos siempre figura un irreprochable principio altruista y generoso: detrás, está siempre el interés material.

En la última ronda de negociaciones con Cuba, los Estados Unidos han dicho que no están dispuestos a cambiar la política migratoria hacia Cuba; el Congreso no está dispuesto a derogar la ley del bloqueo económico, comercial y financiero que se ejerce contra Cuba hace 53 años. Todo parece indicar que el acercamiento a Cuba, que tantos hemos visto con optimismo, fue una manera oportunista de tratar de que no desapareciera la Cumbre de las Américas, que toda Latinoamérica no quería efectuar más sin Cuba.

Hasta ahora, detrás del noble acercamiento, parecen estar los mismos  Estados Unidos, que dicen una cosa y hacen otra.





[1] Martí, José: “La guerra  social en Chicago”, en Letras fieras, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 279.
[2]  Idem, p. 280.