por Guillermo Rodríguez Rivera
Cuando impugné el
otorgamiento del Premio Nacional de Literatura a Leonardo Padura y afirmé que
Eduardo Heras León debió recibirlo antes que él, creía –y creo– que la cuentística del Chino
representaba un momento de la épica de la Revolución Cubana comenzante: pasarla
por alto para premiar en su lugar una obra mucho más reciente implicaba
olvidarnos de un momento esencial de nuestra literatura e incluso, de nuestra
historia misma.
Escribí entonces –lo
repito ahora–, que ello no implicaba desconocimiento o subvaloración de la obra
narrativa de Padura ni, mucho menos, algún conflicto personal con el novelista.
Conocí a Padura en
las aulas de la Escuela de Letras de la Universidad de la Habana –tal vez en
los años en que se llamaba Facultad de Filología–, y si bien no fuimos amigos
cercanos, hemos tenido siempre buenas relaciones. Lo recuerdo visitándome junto
a Rigoberto López cuando ambos planeaban ese muy buen documental que se llamó
“Yo soy del son a la salsa”, ganador del premio principal en una de la
ediciones del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Ambos querían escuchar
conmigo los iniciales sones cubanos, los del Sexteto Habanero y el Trío
Matamoros, que yo empezaba a atesorar en viejas cintas y, sobre todo, charlar
sobre ellos, que era hacerlo sobre nuestra música. Después, estuvimos
implicados Padura y yo en un proyecto que no llegó a materializarse: hacer una
suerte de curso sobre la música popular cubana, que se llevaría a cabo en Palma
de Mallorca, con el auspicio de la Universidad de las Islas Baleares y la
gestión del común amigo Gonçal López
Nadal. Alguna vez estuvimos Gonçal y yo, en el ámbito del hogar de Padura, en
Mantilla.
Ocurre que soy
poeta, ensayista y, como sabe quien me conozca, profesor de literatura desde
hace más de cuatro décadas. En esos años, entre otras cosas, me ha
correspondido enseñar la gran poesía
contemporánea de la lengua española, tanto la de la península como la de
América y, hace ya más de 10 años, me ha dado enorme gusto trabajar, en la
Fundación Nicolás Guillén, la obra de ese cubano que es uno de los grandes
poetas del español, en el siglo XX.
En una entrevista
concedida a La Nación, de Buenos Aires, Leonardo Padura discurre ahora sobre lo
que llama “jugar a hacer política desde el arte” lo que, a su juicio no se debe
hacer, porque “los artistas comprometidos de una manera militante con un
partido, estado, filosofía o poder, terminan siendo siempre –o casi– marionetas
de ese poder”.
Quisiera comenzar
afirmando que esa voluntad de independencia en los seres humanos es muchas
veces más deseo que realidad, y que demasiadas veces se usa como una coartada
política. Los periodistas cubanos opositores a la Revolución consideran
“oficialistas” a los revolucionarios, y se llaman a sí mismos independientes,
aunque dependan económicamente de
ciertas instituciones que los sostienen, y políticamente de importantísimos
poderes.
En el complejo
entorno del mundo actual, el hombre inevitablemente contrae compromisos. Uno
puede ganar su salario en una institución, sin que ello lo obligue a la
esclavitud ideológica, a ser esa marioneta que mencionaba Padura. El escritor
independiente depende de lo que escribe, y debe conseguir que esos textos
satisfagan las aspiraciones de la editorial que los publica. Absolutamente
independiente era Diógenes el Cínico (cínico porque llevaba una vida de perros)
que dormía en una barrica y se dice que iba al mercado a mirar con satisfacción,
cuántos objetos había que él no necesitaba.
El periodista del
rotativo bonaerense ha entrevistado a Padura a través de un cuestionario
trasmitido por correo electrónico, por lo que las afirmaciones recogidas en el
viejo diario argentino –Bartolomé Mitre lo fundó en 1870, pero ya es otro
periódico bien diferente a aquél en el que colaborara José Martí en las últimas
décadas del siglo XIX–, deben ser textuales, fieles, exactas.
A la inversa de lo
que se deduce de las opiniones de Padura, no creo que el compromiso del artista
derive de su militancia: casi siempre el flujo, en los casos de real
significación, ha sido a la inversa. Son las grandes conmociones históricas las
que han impulsado a grandes artistas a eso que Padura llama (minimizándolo) “jugar con la política desde el arte”.
En aquel poema que
Pablo Neruda tituló “Explico algunas cosas” y que colocó al frente de España en
el corazón (1937), su primer poemario comprometido, exponía en un verso el por
qué sus poemas de Madrid olvidaban los grandes volcanes chilenos:
venid a ver la sangre por las calles,
decía. Eran los
tiempos de la Guerra Civil española.
El caos hondamente
conmovedor que Picasso llamó “Guernica”,
se pintó después que los cazas alemanes bombardearan la aldea vasca que
inmortalizaron al destruirla. ¿Voy a dudar de la honestidad de César Vallejo,
de su plena integridad al escribir “España, aparta de mí este cáliz” y sumarse
al Partido Comunista, como también lo hizo Nicolás Guillén?
Mi mente, mi
sensibilidad que han disfrutado las obras de esos hombres y los han admirado
(del mismo modo que a Alberti, Maiacovski, Bertolt Brecht, Paul Eluard, Roque Dalton),
se resisten a degradarlos, y mi lengua –y me precio de tenerla bien mala–
rechaza cometer el parricidio de llamarlos marionetas.
Yo, que no he sido militante
de ningún partido y ya no lo seré nunca, no seré tampoco quien sostenga que
para defender sus ideas, el escritor, el artista esté obligado a figurar en la
membresía de alguno. Pero tan intolerante como resultaría exigir esa
militancia, me parece que lo es el hecho de descalificar al escritor porque su
conciencia lo haya llevado a ello.
Yo estoy persuadido
de que la novelística policial de Leonardo Padura tiene un claro maestro: el español
Manuel Vázquez Montalbán, cuyo Pepe Carvalho es un primo español (en su
escepticismo, en su estar de regreso de casi todo) del habanero Mario Conde. Vázquez Montalbán
murió perteneciendo al partido comunista de Cataluña, el PSUC. Estando en
España tras la extinción de la Unión Soviética, escuché en la radio una
entrevista al autor de Los mares del sur, en la que una periodista con voluntad
de incordiar, le preguntaba por qué militaba en un partido cuya ideología se
había derrumbado. El poeta y narrador
respondió que se había derrumbado una “lectura” del comunismo, una aplicación
de la teoría marxista, pero que en el mundo había un número de pobres que
crecía diariamente y cada vez menos ricos que atesoraban casi todos los bienes
de la tierra. “Esa situación no se puede mantener”, concluyó. “En un momento
del futuro, vendrá el triunfo del sistema comunista”.
En un artículo que
publica “Rebelión”, el politólogo argentino Atilio Borón enjuicia la entrevista
con Padura aparecida en “La Nación”, y subraya la que llama la “unilateralidad”
del enfoque de Padura al valorar la Revolución Cubana. En sus últimas novelas se
insiste en “el desencanto, las ilusiones perdidas” de una generación cubana
que, obviamente es la del propio autor.
En la excelente
trama policial que tiene “La neblina del ayer, el narrador omnisciente y a
veces conductista, que describe el ambiente de las calles cubanas de un barrio
popular, presenta a unos jóvenes aburridos, poblando las aceras y son, en su
punto de vista, la resultante de la “frustración histórica” de Cuba.
Pero Cuba no ha
sufrido una frustración histórica. Cuba zanjó –está zanjando–su diferendo
histórico con los Estados Unidos, la gran potencia que la convirtió en 1902, en
un protectorado suyo y luego en una neocolonia y ahora, tras bloquearla por más
de 50 años, hace lo único que tiene a mano: incluirla en una espuria lista de
“países promotores del terrorismo” para desacreditar lo que no ha conseguido
vencer.
El fin del
socialismo del siglo XX determinó otra crisis que vino a sumarse a la que
representaba el bloqueo norteamericano. Ahí se generó no una frustración
histórica, sino una abrumadora frustración material. Pero Cuba se
mantuvo, cuando parecía que no podía ser: no pudo regresar la ultraderecha de
Miami para hacerse del poder y llevar adelante eso que uno de ellos ha llamado
el “destriunfo” de la Revolución.
América Latina no es
ya la sumisa región que cohonestaba el derrocamiento por la CIA del régimen
democrático de Jacobo Árbenz, la invasión de la República Dominicana por los
marines, o las tiranías de Augusto
Pinochet y Rafael Videla. Es la región de la Revolución Sandinista en
Nicaragua; del proyecto bolivariano que comenzó la Venezuela de Chávez; de la
refundación plurinacional e inclusiva de Bolivia; de la revolución ciudadana de
Rafael Correa en Ecuador; del Brasil emergente de Lula y de Dilma Roussef; de
la argentina antimilitarista y progresista de los Kirchner; del Uruguay del
tupamaro Pepe Mujica, y hasta del FMLN del mínimo Salvador, por el que dio la
vida el poeta Roque Dalton.
El punto inicial de
ese proceso fue la aislada Cuba, la de Fidel y el Che, que generó ideas que
volaron sobre el continente, y se quedó atrás, con un viejo modelo económico
improductivo del que se ha propuesto deshacerse no tímida, pero si lentamente.
Leí con mucho
interés “El hombre que amaba los perros”, a pesar de que Padura se enamoró de
su investigación histórica y a veces hizo crecer demasiado la novela con
páginas que no le hacen bien. Únicamente
le reprocho el personaje de Iván, el cubano que azarosamente encuentra al
fanático Mercader, e interactúa con él.
La periodista, de “La Nación”, y que tiene el inesperado nombre de Hinde
Pomeraniec (desciende de rusos y ucranianos) lo caracteriza velozmente:
un cubano sombrío, que pudo
haber sido un gran
escritor pero a quien el
sistema hizo a un
lado por haberse resistido a la
obediencia irrestricta.
Ese es un personaje
de ficción, seguramente procedente de la reprimida literatura soviética de los estalinistas
de los años treinta, y para nada representativo de la realidad cubana.
Cuba tuvo un período
de represión cultural, el llamado Quinquenio Gris (1971—1976) que Leonardo
Padura no pudo vivir, porque era casi un
niño entonces. Muchos artistas y
sobre todo escritores –después de todo manejan el mismo peligroso instrumento
del pensamiento, que es el lenguaje– fueron puestos a un lado por no trabajar
dentro de los “parámetros” que la burocracia cultural del momento consideraba
pertinentes. Ese fue también el tiempo de un intenso auge de la homofobia. Pero
fue un período que acabó y esos artistas y escritores recuperaron su lugar en
la cultura del país.
El Instituto Cubano
de Radio y Televisión, no difundía las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo
Milanés, y Haydee Santamaría, la heroína cubana que dirigía Casa de las
Américas, le pidió a Alfredo Guevara, el director del Instituto del Cine, que
le creara un lugar de trabajo a “estos muchachos”. Así apareció el Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC, que dirigió el gran músico Leo Brouwer, y que
empezó a difundir por el mundo la música y la poesía de Pablo y Silvio.
Y ya está bien. A pesar de que me satisface la divulgación de la obra del buen narrador cubano que es Padura, me sentía incómodo con la muy parcial entrevista ofrecida por él a “La Nación”, que Pomeraniec se encarga de matizar con sus observaciones. Ojalá el viejo diario donde colaboró Martí, edite otros trabajos que le permitan a sus lectores conocer mejor la realidad de Cuba, incluyendo la realidad de su cultura.
Hay una observación de Arturo Arango que me parece importante considerar. Afirma el escritor:
Y ya está bien. A pesar de que me satisface la divulgación de la obra del buen narrador cubano que es Padura, me sentía incómodo con la muy parcial entrevista ofrecida por él a “La Nación”, que Pomeraniec se encarga de matizar con sus observaciones. Ojalá el viejo diario donde colaboró Martí, edite otros trabajos que le permitan a sus lectores conocer mejor la realidad de Cuba, incluyendo la realidad de su cultura.
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Mi viejo y querido amigo Guillermo Rodríguez Rivera me ha pedido que publique dos emails que han circulado en La Habana comentando el artículo que preside esta entrada. Enseguida lo complazco y publico también su respuesta.
srd
Domingo 18 de mayo de 2014, 14: 40.
Domingo 18 de mayo de 2014, 14: 40.
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Estimado Eduardo:
Una vez más te agradezco que me hayas incluido en tu larga lista de destinatarios a los que envías multitud de artículos sobre los más diversos temas publicados en la prensa y blogs cubanos y extranjeros. Artículos que de otra manera, al menos yo, no hubiera podido conocer.
Entre los últimos correos electrónico que me has enviado, aparecen varios, en los que distintas personas, y sin que nada indique que se han puesto de acuerdo entre sí, han respondido, cuestionado y/o descalificado las palabras de Padura vertidas en distintas entrevistas, y sorprendentemente, en distintos momentos. Unas, recientemente, hace unos pocos días, otras, en el 2012.
De esas personas solamente conozco a dos: al politólogo argentino Atilio Borón, que lo conozco de nombre, y a mi gran amigo desde hace mucho años, Guillermo Rodríguez Rivera. Los autores de los otros artículos apabullando a Padura que me has hecho llegar, están tan entreverados de suspicacias, especulaciones y descalificaciones, que, verdaderamente, no me tomo el trabajo de responder.
En su artículo “Padura en Buenos Aires”, Atilio Borón comienza diciendo:
“¿Cómo es posible que los fracasos o distorsiones de la revolución, que según Padura provocan "la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas" de una sociedad puedan ser señaladas sin decir una palabra sobre el imperialismo norteamericano y su criminal bloqueo de 55 años a Cuba?”
Estoy totalmente de acuerdo con el señor Borón, en que cuando alguien emprenda un análisis global, histórico sobre la realidad cubana en estos 55 años, está en la obligación de situar el bloqueo (embargo le dicen por allá afuera) como el elemento clave que ha marcado todo este tiempo nuestro y que ha tenido siempre como finalidad “crear el hambre y la desesperación en el pueblo cubano” (eso, dicho en inglés, suena aún peor). Ahora, yo pienso que "la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas" de Mario Conde, como la de otros muchos personajes de nuestra narrativa, teatro y cine contemporáneo, que reflejan la de muchos cubanos y cubanas de carne y hueso que, aunque tengan garantizadas la educación y la asistencia médica para ellos y sus hijos, no les alcanza el salario, no ya para terminar el mes, sino para comenzarlo, y no ven (no vemos ) la luz al final del túnel. Esta nostalgia, este desencanto, y estas ilusiones perdidas ¿las provoca el Imperialismo y el Bloqueo o el inmovilismo y las absurdas restricciones que nuestra querida burocracia ha impuesto verticalmente durante todos estos años, y que lejos de subvertir o paliar el bloqueo, han provocando todo lo contrario. ¿No es por esta razón que resulta dramáticamente necesaria la impostergable introducción y puesta en marcha (para algunos a regañadientes) de los Cambios Estructurales planteados por el Presidente Raúl Castro.?
¿Es que cada vez que en un artículo periodístico, en una novela o en una película, se aborda de manera reflexiva, de manera crítica, algún aspecto de nuestra realidad actual, donde aparecen los problemas y las contradicciones generadas por esta propia realidad actual, habría que comenzar con la coletilla previa del Imperialismo y del Bloqueo?
Todas las sociedades del mundo generan contradicciones, por supuesto que en otros países ocurren situaciones más dramáticas que en el nuestro. Pero nuestro arte y nuestra literatura, tiene, como una de sus funciones medulares, abordar estos problemas críticamente, para de esa forma interactuar con nuestra realidad (sobre todo porque nuestro periodismo “oficialista” no lo ha hecho nunca).
¿Qué palabras decir sobre el bloqueo y sobre el Imperialismo cuando se aborda (para citar un solo ejemplo), la realidad de esos millones de hectáreas de tierra en propiedad del Gobierno, que durante décadas han sido dejadas de la mano de Dios (y eso que nuestro Gobierno es ateo) creando marabú y haciendo que los pocos dólares que tenemos sean gastados importando el 80% de nuestros alimentos? ¿Qué decir sobre el bloqueo y el Imperialismo como no sea lo que dijo Raúl en un acto oficial cuando expresó (cito de memoria, pero su idea la tengo muy bien grabada en mi recuerdo): “…Basta ya de decir, ; , ahí está la tierra, vamos a ver si somos capaces de hacerla producir”?
A tenor del artículo de Borón, apareció simultáneamente este otro de Guillermo Rodríguez Rivera “Padura, la literatura y el compromiso”. En este artículo, Guillermo critica las respuestas de Padura en una entrevista publicada el 14 de julio de 2012. Cito:
“En una entrevista concedida a La Nación, de Buenos Aires, Leonardo Padura discurre ahora sobre lo que llama “jugar a hacer política desde el arte” lo que, a su juicio no se debe hacer, porque “los artistas comprometidos de una manera militante con un partido, estado, filosofía o poder, terminan siendo siempre –o casi– marionetas de ese poder”. Quisiera comenzar afirmando que esa voluntad de independencia en los seres humanos es muchas veces más deseo que realidad, y que demasiadas veces se usa como una coartada política. Los periodistas cubanos opositores a la Revolución consideran “oficialistas” a los revolucionarios, y se llaman a sí mismos independientes, aunque dependan económicamente de ciertas instituciones que los sostienen, y políticamente de importantísimos poderes.”
Guillermo, cuando tú escribiste aquel memorable, chispeante y exacto poema, más en serio que en broma, o más serio por ser en broma, (abordando la escasez de alimentos en los años 90), en el que hablaste de los “boniatos de Cracovia” que ya no “venían” por la debacle del Campo Socialista, y que solamente se podían encontrar “en la prensa y en la tele” (poema en el que, por supuesto, no hiciste la más leve alusión al Imperialismo y al Bloqueo, como pediría Atilio Borón), ¿eras un periodista-poeta “independiente” que se burlaba de la prensa “revolucionaria”, o eras un periodista-poeta revolucionario que se burlaba de la prensa “oficialista”. ¿Revolucionario y oficialista no son antítesis?.
Si nuestra prensa “militante”, “oficialista”, hubiera sido consecuente con su verdadera función social, tú no habrías sentido la necesidad de escribir tu necesario poema sobre “los boniatos de Cracovia”.
Más adelante en tu artículo, dices:
“Mi mente, mi sensibilidad que han disfrutado las obras de esos hombres y los han admirado (del mismo modo que a Alberti, Maiacovski, Bertolt Brecht, Paul Eluard, Roque Dalton), se resisten a degradarlos, y mi lengua –y me precio de tenerla bien mala– rechaza cometer el parricidio de llamarlos marionetas.”
Guillermo, por favor, ninguno de estos inmensos artistas que citas –así como tampoco el Neruda de ”Explico algunas cosas”; ni el Picasso del “Guernica”, a los que has aludido anteriormente- han sido militantes “desde posiciones de poder”. Ninguno, salvo Maiacovski, quien al final de su vida sí fue un poeta “oficialista”, y que como todos sabemos, se suicidó de un balazo.
En un contexto como el de Cuba, donde todos los medios de difusión están bajo el control directo del Partido, es necesario que existan también periodistas independientes, independientes de verdad. Y por favor, Guillermo, en este cuento no pintan nada aquellos que, como tú dices “dependan económicamente de ciertas instituciones que los sostienen, y políticamente de importantísimos poderes.”
Los artistas y los escritores, por definición, siempre tendrán que ser independientes, si no se convierten en “oficialistas”, que es decir funcionarios.
Padura no es ni remotamente el único escritor, el único artista que aborda nuestra realidad de manera crítica, entonces, ¿Por qué esta andanada de comentarios enjuiciando su obra y sus palabras en entrevistas concedidas por él recientemente y desempolvando otras de hace varios años?; ¿La bronca es personal con Padura, o con todos los que no somos “oficialistas”?
No sé, será que con la edad me estoy convirtiendo en un hombre sabio, porque cada vez tengo más incertidumbres que certezas.
Un fuerte abrazo.
Juan Carlos Tabío.
Juanca: Vi caer las primeras bombas contra Padura mientras yo estaba enredadísimo en un taller de guiones. Decidí que, en cuanto me liberara de aquello, escribiría algo para polemizar con Atilio Borón y Guillermo Rodríguez Rivera, quienes son, como bien dices, los únicos a quienes vale la pena responder con ideas.
Veo lo que has escrito y me parece excelente: es casi todo lo que yo tendría que decir. Sin embargo, haré como una segunda base: recibo la bola, piso la almohadilla y tiro para primera algunas cositas más:
Ante todo, como a ti, me llama la atención la coincidencia, lo articulado del bombardeo, aún más cuando la mayoría de las ideas con las que ambos polemizan ya han sido dichas por Leo, y por muchos de nosotros, durante estas décadas. Aunque la narrativa cubana no sea su especialidad, Borón podría informarse, por ejemplo, de que Jorge Fornet ha calificado a una zona de la narrativa cubana (a la que pertenecemos Padura y yo, entre otros) como “del desencanto”. Jorge coloca bajo ese rótulo a obras escritas desde los años 90 en adelante. ¿Dónde está lo nuevo, la sorpresa?
En política, sabemos, no se puede ser ingenuo. Vale la pena que nos preguntemos ¿por qué ahora? ¿Por qué Padura?
La escalada es interesante. Cuando Leonardo ganó el Premio Nacional de Literatura, nadie, que yo recuerde, se atrevió a cuestionarlo. Al obtenerlo Reina María, algo hizo clic y saltaron contra los dos (y no solo Guillermo fue al ataque). ¿Qué puede enlazar a Padura con Reina, además de la amistad generacional? Lo más visible, a mi juicio, es que ambos han escrito obras inconformes, adoloridas, críticas, centradas en la Cuba que han vivido. Es una cualidad que comparten con la mayoría de los escritores cubanos.Ellos dos, sin embargo, han ganado con justeza un enorme reconocimiento internacional. Por fortuna, el otorgamiento a Reina del Premio Internacional “Pablo Neruda”, en Chile, llegó a tiempo para acallar los ataques contra ella. Parecería que entonces la artillería recibió la orden de disparar sobre Leo.
Y de verdad que no me gusta ser paranoico, pero las coincidencias son excesivas.
Paso a otro punto, que vale la pena tener en cuenta.
Para responder a las ideas vertidas por Padura en la entrevista del 14 de julio, Rodríguez Rivera opone la figura de Nicolás Guillén. El ejemplo de que nuestro Leonardo lleva la razón puede leerse en la página 180 del utilísimo libro de Jorge Fornet El 71. Anatomía de una crisis. El ensayista cita allí algunos discursos de Nicolás, todos de ese año. En uno de ellos, de enero de 1971, Guillén asegura que “no concebir que un escritor de hoy ‘sobre todo si pertenece a un pueblo subdesarrollado en rebeldía viva de espaldas a esa lucha, a ese pueblo, entregado a puros juegos de imaginación, a verbalismos intrascendentes, a ociosas policromías, a entretenidos crucigramas, a oscuridades deliberadas’”. Dos meses después, dice Fornet, Nicolás “insistirá en devaluar las obras de Gide, Proust y Joyce”. Vale la pena revisar ese capítulo de El 71, titulado “El arte ha de ser tarea de todo el pueblo”, para verificar cómo importantes intelectuales se plegaron a las exigencias el Partido y el Gobierno cubano para imponer en la Isla una idea de la cultura cercana a la política estalinista y ajena por completo a la tendencia que comprende al arte y la literatura como fundamentos para la emancipación de las personas.
Lo he escrito en otras oportunidades: fue ese contexto ideológico el que nos hizo, generacionalmente, rechazar los usos instrumentales del arte y la literatura.
Como me gusta asociar, no tengo más remedio que leer estos ataques a Leo junto a un desafortunado, y falso, artículo aparecido días atrás, primero en el blog de Manuel H. Lagarde y luego el boletínPor Cuba, de la red Cubarte. Dice la autora, llamada Rocío Martín: “Ninguna acción emprendida por los creadores cubanos para hacer respetar su libertad creativa en las últimas cinco décadas —en los momentos puntuales en los que la política cultural revolucionaria pudo haber sido malinterpretada—, se compara con la batalla de supervivencia que ha debido librar todo el pueblo de Cuba ante las constantes injerencias y sabotajes a su soberanía.”
De todo ese artículo, que ha sido ya respondido por otros amigos, esa idea final me parece la más peligrosa: de nuevo plantea la subordinación del arte, la literatura, las ideas, a esas otras “batallas”. Es una concepción que está en las bases de ideología impuesta en los nefastos años 70.
A mi juicio, la emancipación de un país no puede contraponerse a la emancipación de las personas. El precio de la libertad de Cuba no puede ser el sacrificio de la libertad de los cubanos (aunque sea “solo” de la libertad de pensar y de expresarse). Si esas dos “batallas” no van de la mano, nada tiene, tendría sentido.
Un detalle más: al final de su diatriba contra Leo, Borón dice: “Creo, modestamente, que quien no esté dispuesto a hablar del imperialismo norteamericano debería llamarse a un prudente silencio a la hora de emitir una opinión sobre la realidad cubana.” Para reducir al absurdo su sentencia: quien no haya vivido todos estos años dentro de Cuba, ¿tendría derecho a emitir opiniones sobre nuestra vida?
Nada, socio, que vine con ganas de descargar,
Abrazotes,
Arturo Arango
Ps. He hecho copia a varios amigos comunes con los que he estado intercambiando informaciones en estos días. Lamentablemente, no tengo aquí el correo de Guillermo. Si alguno de los destinatarios quiere hacerme el favor de reenviárselo, quedaré agradecido. Y, como es natural, son libres de reenviar esto a quien quieran, o de publicarlo donde quieran, si vale la pena.
Respuesta de Guillermo Rodríguez Rivera:
Querido Juan Carlos:
Me alegró mucho
recibir tu contrarrespuesta a mí respuesta, donde se van aclarando asuntos
importantes. Además, responderé algunos de los criterios de Arturo Arango y añadiré
alguna cosa que no dije en el mensaje anterior. Por lo menos para mí, este será
el último artículo, porque yo todavía no estoy jubilado y tengo un montón de
cosas pendientes.
Lo primero –que no
hacía falta aclarar– es la amistad que nos une desde hace más (¡carajo!) de 50
años, pero nunca está de más reiterar el cariño.
Lo segundo, es que
yo no formo parte de brigada alguna que haya organizado la bronca contra Padura
o contra los artistas que no son oficialistas. Yo, Juan Carlos, tampoco lo soy,
aunque alguno quiera aprovechar la coyuntura para tildarme de ello.
No soy militante del
partido ni tengo cargo oficial alguno. Desde hace 46 años soy profesor
universitario y desde hace más de cincuenta empecé a publicar lo que escribo,
que es lo que pienso.
Mi discrepancia
surge cuando Padura enjuicia –y rechaza– a
los artistas comprometidos de manera militante
con un partido, filosofía,
Estado o poder
porque
terminan siendo –o casi–
marionetas de ese poder.
Y me opongo a esa
idea no porque yo sea uno de esos artistas, sino porque la desideologización no
le puede hacer bien alguno a Cuba hoy. Si realmente Padura quiso decir lo que
tu explicas, tengo entonces que reprocharle al buen escritor haber usado
deficientemente el idioma.
La palabra que usó
inadecuadamente es “militante”, porque grandes artistas han militado en un
partido, han servido a un estado, se han identificado con una filosofía, sin
que ello impllcara que fueran manipulados como títeres. Acaso no hayan sido
todo lo independiente que fueron otros, pero es también hermoso el elogio que
Neruda le hace a su partido:
me has hecho indestructible, porque contigo no
termino en mí mismo.
Acaso la palabra
adecuada no haya sido “militante” sino “fanática”´. Pero, en fin, Padura sabe
escribir y uno no tiene que andar enmendándole la plana: yo pienso que lo que
quiso decir fue lo que dijo.
Acaso tu lectura era
posible, Juan Carlos, pero más lo era la que descalificaba globalmente el
compromiso del escritor. Y si eso lo declaraba a un diario de la oligarquía
argentina, tú me dirás.
Me dices que esa
entrevista a La Nación tiene dos años de concedida pero se reedita ahora
que Padura ha estado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y se publica otra
del pasado domingo 4 de mayo valorando la Revolución Cubana, que es de la que
parte el juicio de Atilio Borón.
Yo no descalifico el
“realismo socialista” en alguna de sus obras que merecen la denominación de
arte, desde alguna novela de Gorki hasta la tetralogía del Don, de Mijail
Shólojov: lo terrible es que en tiempos de Stalin se impone como tendencia
obligatoria de las artes y las letras soviéticas.
Arturo Arango
impugna que yo defienda, entre los grandes artistas que mencionaba, a Nicolás
Guillén, y cita a Jorge Fornet mostrándonos a un Guillén siguiendo las (malas)
orientaciones del partido, en los días del Quinquenio Gris.
En cualquier caso,
peores que las afirmaciones del poeta, fueron las que formula la terrible
Declaración Final del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, avaladas por
la más alta dirección política del país, y que fueron una culminación del
dogmatismo y la homofobia. Pero ninguna de esas afirmaciones, ni las del poeta
ni las del partido, contaminan obras como “El apellido”, “Elegía a Jesús
Menéndez”, “West Indies Ltd.”, la “Palma sola” o el Son de la muerte,
esenciales en la historia de la poesía cubana y en la del español. Yo, al
menos, me niego a perder lo bueno que tenemos.
Fui yo quien impugnó
los premios nacionales conferidos a Leonardo Padura y Reina María Rodríguez.
Arturo Arango se pregunta: “¿Qué puede enlazar a Padura con Reina además de la
amistad generacional?”. Creo que los enlazan esos premios nacionales, y que yo
pensaba –y pienso– que Eduardo Heras y Lina de Feria los merecían antes que
ellos. Nunca negué los valores de las obras de Padura y Reina María, pero son
obras más recientes.
Siempre según
Arango, el premio chileno a Reina María, vino a “acallar” las opiniones sobre
su premio nacional. No sé si habrá otras pero, en mi caso, no hacía falta
acallarlas porque no era un campaña sino apenas un criterio que ya estaba dado y que no iba a alterar la
parafernalia de los premios internacionales.
Serrano de Haro era
el embajador español en Cuba y me preguntó, en su momento, qué pensaba del
Premio Cervantes otorgado a Dulce María Loynaz. Le dije que Eliseo Diego lo
merecía antes que ella. De la Loynaz, a mí me gustaba su libro Juegos de
agua. En Dulce María, el stablishment
español condecoró a una poetisa conservadora, incluso cercana al franquismo:
nunca le iba a conferir el premio a Eliseo, demasiado identificado con el
“castrismo”.
Yo no tengo en mi
vida, que se va haciendo larga, demasiados actos de los que arrepentirme, pero
te voy a contar uno.
A propósito del
Festival de la Juventud que se celebró en La Habana, escribí un artículo sobre
la que era entonces la joven poesía cubana. Allí, despachaba sin muchos
miramientos, la de Lina de Feria. Esa valoración era malintencionada, pero
además era tonta, porque le reprochaba no ser capaz de expresar la revolución a
una escritora que nunca había escrito poesía política.
Con razón, Arturo
Arango me lo echó en cara años después, aunque desde que apareció lo hizo el
maestro Eliseo.
¿Por qué di esa
opinión? Pues porque en el malhadado I Congreso Nacional de Educación y Cultura,
Armando Quesada, dirigente de la UJC y director de El Caimán Barbudo, me
acusó de contrarrevolucionario. Ello motivó que la Universidad de la Habana
constituyera un tribunal para juzgarme y eventualmente separarme de mi puesto
de trabajo. Era 1971 y se inauguraba el Quinquenio Gris.
Para fundamentar por
escrito la acusación que había proclamado de viva voz en el congreso, Quesada
colocó el nombre de Lina de Feria entre las personas que avalaban ese criterio.
La acusación era falsa, como lo era el supuesto aval de Lina. Años después ella
me dijo que Quesada había usado su nombre porque ella era entonces la jefa de
redacción del Caimán... y su subordinada. Poco después, Lina fue cesanteada
y excluida de la vida cultural. Tanto que, en 1977, Norberto Codina seleccionó
una antología de Poesía joven, que prologó Arturo Arango y publico Pluma
en Ristre. Allí se excluía la poesía de Lina de Feria, seguramente obedeciendo
la interdicción que pesaba sobre ella.
Hay épocas
difíciles, a veces hay muy malos momentos en la cultura, y no creo que valga la
pena empezar a pasar todas las cuentas, mucho menos para desacreditar a un
valor incuestionable de Cuba como es Niicolás Guillén. Hay un proverbio chino
que me gusta recordar: “un combatiente con defectos, es siempre un combatiente;
una mosca sin defectos, no es más que una mosca perfecta”.
Hay una observación de Arturo Arango que me parece importante considerar. Afirma el escritor:
A mi juicio, la
emancipación de un país no puede
contraponerse a la
emancipación de las personas.
El
precio de la libertad de Cuba no puede ser el sacrificio
de la libertad de los cubanos (aunque sea
“solo” de la libertad
de pensar y de expresarse). Si esas dos “batallas” no van
de la mano, nada tiene, tendría sentido.
Arturo debe saber
que esa combinación es el ideal de José Martí: el día que la consigamos
habremos cursado un trecho esencial de nuestra historia porque, hasta hoy,
nunca hemos conseguido las dos cosas.
Cuando valoró la
significación del hombre fundamental que es, para América, Simòn Bolívar,
escribió Martí:
Bolívar no defendió con tanto
fuego el derecho
de los hombres a
gobernarse por sí mismos, como
Voy a confesar algo
tal vez non sancto a propósito del
reclamo de Arango, que el propio Martí matiza, escribiendo sobre el padre
Bolívar. A mi me complacen las elecciones directas. Quiero decir: no me
complace que un único partido, unos únicos hombres, puedan permanecer
incondicionalmente en el gobierno. Debiera haber una competencia que los haga
hacer cada vez mejor su trabajo, que sientan el peligro de perder el mando, y
se esfuercen para poder mantenerlo.
Hoy por hoy no
domina el pluripartidismo en el mundo, sino un bipartidismo en el que los dos
partidos son por igual garantes del sistema capitalista. Surgió en los Estados
Unidos, con demócratas y republicanos, y lo incorporaron muchos países: es lo que
ocurre en España con el PP y el PSOE.
Los enemigos de la
Revolución afirman que el suprimir las libertades políticas es una coartada de
los gobernantes cubanos para no permitir una alternativa política en Cuba y no
abandonar el poder. Pero si hubiera unas elecciones en Cuba, la promesa de un
partido opositor a la Revolución, sería el fin del bloqueo, concedido por los
Estados Unidos, con tal de desalojar a nuestra izquierda del poder y ahí, sí,
cambiar nuestro sistema.
Para que Cuba
disfrutara la libertad política de sus ciudadanos, habría que poner fin al
bloqueo norteamericano sin condiciones y que, paulatinamente, el pueblo cubano
vaya procurándose el destino que quiera darse.
Yo soy un apasionado
de la libertad y la he ejercido siempre un poco más allá de donde se ha podido,
pero no voy a tirar por la borda la soberanía, después de lo que nos ha
costado, nos cuesta mantenerla. De todos modos, tenemos que seguir ampliando
nuestras libertades, y hacerlo en las condiciones que tenemos. Creo que ello
está ocurriendo entre nosotros, y debe proseguir.
Se equivoca Arango y
de paso Jorge Fornet –el hombre del bautismo– si creen que el “desengaño” nació
con el período especial y que fue entonces cuando empezaron a faltar el yogurt
y el papel higiénico. Mi generación tiene “desencantados” tan serios –Reinaldo
Arenas, Norberto Fuentes, Jesús Díaz, Guillermo Rosales– que se fueron de
Cuba, y otros que nos hemos quedado sin ser “encantados”, como Silvio, Lina de
Feria, Nancy Morejón, Miguel Barnet, María del Carmen Barcia, Waldo Leyva,
Aurelio Alonso, Víctor Casaus, Alex Pausides, Fernando Martínez.
Estoy enteramente de
acuerdo con respecto a lo que dices de Daniel Díaz Torres y Alicia en el
pueblo de maravillas; me parecieron bochornosos los “mítines de repudio”
que se organizaron para impugnar la película. Tuve el gusto de disfrutar de la
amistad de Daniel y, después del caso de Alicia…, trabajar junto a él en
un guión.
Honradamente, me
parece simplemente ridícula esta aseveración de Arturo:
Parecería que entonces la
artillería
recibió la
orden de disparar sobre Leo.
Creo que esto está
un paso más allá de la paranoia. Cuando uno quiere ejercer las libertades y lo
hace valorando y enjuiciando el entorno, como hace Padura, puede tropezar y de
hecho tropieza con criterios que disienten del propio, sin que todo tenga que
provenir de una oscura conspiración contra los “no oficialistas”.
No voy a mandarle
este trabajo a Segunda Cita, que tiene sus visitantes específicos, y a lo mejor
disfrutan menos estos trajines estéticos cubanos. Lo hice inicialmente porque
no se había comunicado conmigo Eduardo Montes de Oca, que lo ha hecho
últimamente, y dispone de un amplio registro para distribuir estos trabajos.
En fin, hermano Juan
Carlos, debiéramos vernos en algún momento para tomarnos un trago y si no
podemos hacer el documental que te sugería porque ya te has jubilado, orquestar una versión sinfónica de esa pieza
esencial del folklore de La Rampa que se llama “El warandol”. Un abrazo y el
afecto intacto de
Guillermo Rodríguez
Rivera.

