jueves, 23 de abril de 2026

Apuntes para leer la realidad cubana

 Julio Carranza

Me parece importante subrayar que para entender Cuba con objetividad es necesario despojarse de pasiones y prejuicios personales así como de interpretaciones simplistas casi siempre conducidas por una intención, más o menos consciente, de hacer propaganda política a favor de las ideas preestablecidas que cada uno tiene o desde las diferentes perspectivas ideológicas. Eso no quiere decir que se abandonen las aspiraciones a promover el tipo de sociedad que se considere como el mejor escenario de futuro para el país.

La sociedad cubana sufre una crisis económica y social cuyo tramo más fuerte comenzó en el 2020. Ya se había atravesado un duro período en los años noventa que había sido relativamente superado durante las primeras dos décadas del siglo XXI. La crisis de los noventa fue resultado de la combinación de tres factores fundamentales: la caída del bloque socialista, el reforzamiento del bloqueo norteamericano, y el agotamiento de un modelo económico, centralista e ineficiente cuya obsolescencia se ha venido profundizando con el tiempo.

Algunas reformas y acertadas medidas de política económica durante la segunda mitad de los noventa y el cambio favorable en el contexto internacional permitieron emerger de aquella situación y vivir algunos años en mejores condiciones, pero todas las causas que la habían provocado se mantenían latentes. ¿Por qué? A pesar de algunas reformas parciales, el carácter del modelo de economía centralmente planificada y de baja eficiencia no fue modificado hasta que vuelven a golpear con fuerza a partir del año 2020, precipitada, además, por la epidemia del covid-19. Esta nueva crisis se ha profundizado un año tras otro hasta el actual 2026, cuando el PIB está unos 15 puntos por debajo del alcanzado en el año 2019. Toda esta realidad fue acompañada, además, por una fuerte inflación, la crisis social y un incremento de las desigualdades.

Desde la primera Administración de Donald Trump, continuando con la mediocre Administración Biden y, sobretodo, con este segundo mandato de Trump, la política norteamericana sobre el país ha sido de máxima presión, llegándose a extremos como el actual bloqueo petrolero y constantes amenazas de intervención militar. El objetivo de esa política sigue siendo el mismo: hacer todo para que la actual crisis económica y social se transforme en una crisis política que ataque la permanencia del actual Gobierno y del sistema vigente en la isla, para ser sustituido por un Ejecutivo dócil a la política de dominación de los EE.UU. en el hemisferio occidental, ahora renovada con la llamada doctrina Donroe.

Más allá de las diversas posiciones, simpatías o antipatías con Cuba, su Gobierno y su sistema, si se quiere ser objetivo y no parte de la propaganda que suele emerger de un lado y otro, hay que entender que las causas de la actual crisis son diversas: desde el fortísimo y criminal bloqueo, con todas sus dimensiones; los efectos de la actual situación internacional, y también, y no menos importante, los errores en la conducción de la economía del país y el retraso de una reforma económica cuya necesidad es evidente desde hace ya más de tres décadas.

La situación actual tiene diversas expresiones, no es solo una crisis económica, es, además, social y demográfica, caracterizada por una población que ha envejecido y se ha descalificado en comparación con lo que fue en los años de gran crecimiento de la calificación profesional de una parte muy importante de la población. La extensión de este artículo no me permite una explicación más detallada de los diferentes factores que aquí he mencionado.

Lo cierro con una idea central: la potencial solución a la crisis nacional pasa por el avance de una reforma económica integral y profunda que le devuelva eficiencia y capacidad de producción al país. Eso significa transformar muchas cosas en tránsito hacia un modelo donde los mercados tengan un papel mucho más activo bajo las necesarias regulaciones de un Estado que debe garantizar la justicia social y la soberanía del país, además de encumbrar una nueva estrategia de desarrollo económico y democrático. El levantamiento del bloqueo y el cambio de política de los EE.UU. sería fundamental. Sin embargo, no está en manos de Cuba que eso suceda. Las soluciones tienen que pensarse e implementarse urgentemente, a pesar de esa presión mayor, aunque lo primero es la defensa de la soberanía. 

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2026/04/19/apuntes-leer-realidad-cubana/0003_202604G19P15991.htm

2 comentarios:

silvio dijo...

Conversaciones en La Habana, amenazas en Washington
Rosa Miriam Elizalde

Las imágenes de enero de 1959, con Fidel Castro entrando en La Habana, las palomas sobre sus hombros y una multitud compacta, han sido muchas veces leídas como el cierre de una etapa histórica. Sin embargo, las propias palabras pronunciadas aquel 8 de enero –“sólo nos hemos ganado el derecho a comenzar”– sitúan ese momento en otra clave. No son el final, sino el punto de partida de una tensión permanente entre la aspiración a la paz y la necesidad de defenderla.

Esa tensión reaparece hoy. La semana pasada se produjo en La Habana un encuentro entre representantes de Cuba y Estados Unidos, en un contexto particularmente contradictorio. Mientras se desarrollaban conversaciones diplomáticas, el presidente estadunidense, Donald Trump, ha vuelto a colocar a la isla en el radar de una posible escalada, al sugerir que Cuba podría ser el próximo objetivo tras otros escenarios de conflicto. La simultaneidad no es anecdótica: define la naturaleza del momento.

La experiencia reciente con Venezuela e Irán muestra que las negociaciones con Washington no han funcionado como barrera frente a la agresión militar. En ambos casos, el diálogo convivió con la presión económica, la amenaza explícita, el cerco, los asesinatos extrajudiciales en alta mar y, finalmente, con acciones militares o escenarios de intervención. Las conversaciones no desactivaron el conflicto; en muchos sentidos, lo acompañaron y lo prepararon.

La evidencia es particularmente reveladora en el caso venezolano. La operación militar ejecutada el 3 de enero de 2026, con bombardeos sobre infraestructuras clave en Caracas y otras zonas estratégicas, no fue un movimiento improvisado, sino el resultado de una preparación prolongada. La inteligencia estadunidense llevaba meses reconstruyendo en tiempo real el sistema de defensa aérea venezolano, identificando vulnerabilidades y patrones operativos para garantizar la eficacia del ataque. Es decir, mientras existían canales de contacto y espacios de interlocución, el aparato militar avanzaba en paralelo en la planificación de la intervención.

Esto permite comprender que las instituciones que negocian no son las únicas que operan. La diplomacia no sustituye al aparato militar, sino que convive con él. En Irán, esa lógica se expresó en la disposición permanente a reanudar bombardeos si no se cumplían determinadas condiciones; en Venezuela, en la ejecución efectiva de una operación precedida por meses de preparación. La negociación, por tanto, no suspendió la lógica de confrontación, sino que coexistió con ella.

Desde un punto de vista estratégico, el diálogo puede cumplir varias funciones simultáneas: facilitar la recopilación de información política y operativa, evaluar la cohesión interna del adversario y construir legitimidad internacional previa a una acción de mayor envergadura. En ese contexto, la negociación no aparece como alternativa al conflicto, sino como parte del proceso que lo precede y lo condiciona.

silvio dijo...

Conversaciones en La Habana ... (2 y fin)

Ese precedente determina inevitablemente la lectura del momento cubano, porque el encuentro en La Habana no ocurre en un vacío neutral. Se produce bajo el peso del bloqueo económico brutalmente recrudecido, de una presión energética deliberada y de un entorno regional alterado por intervenciones recientes y por gobiernos indignos. Desde la perspectiva cubana, sin embargo, la posición mantiene una coherencia histórica. Cuba ha reiterado –en línea con aquella declaración fundacional de 1959– que aspira a la paz. No a cualquier paz, sino a una con soberanía, con justicia y con derechos. Una paz que no implique subordinación ni renuncia.

Pero esa voluntad no debe confundirse con ingenuidad. La tradición política de la revolución ha sostenido siempre que la paz es un objetivo estratégico, pero su defensa exige preparación. Lo demostró de forma temprana, en 1961, cuando Cuba enfrentó y derrotó en apenas 72 horas una invasión patrocinada por Estados Unidos sin contar aún con la experiencia militar acumulada en décadas posteriores. Más tarde, ese aprendizaje se proyectó en escenarios internacionales como Angola, donde la participación cubana contribuyó decisivamente a la derrota del apartheid sudafricano y a la independencia de Namibia.

Esa continuidad histórica explica que hoy la afirmación de que Cuba no conoce el miedo no sea retórica, sino una formulación política concreta: la disposición al diálogo no excluye la capacidad de resistencia, y la posibilidad de negociación no implica desarme político ni sicológico. Es, en todo caso, la expresión de una cultura política forjada en la defensa, en el sacrificio y en la convicción de que la paz sólo es viable cuando puede ser sostenida.

Fidel Castro lo dejó claro desde las primeras horas de 1959: la paz sólo tiene sentido si está unida a la dignidad. Más de seis décadas después, esa premisa no ha perdido vigencia. Cuba dialoga porque apuesta por la paz como horizonte político, pero no se desarma ante la amenaza ni confunde negociación con concesión. Sabe, por experiencia histórica, que en determinadas condiciones la paz no es un punto de llegada garantizado, sino un equilibrio que se conquista y se sostiene. Y que, cuando ese equilibrio se rompe, defender la paz exige estar dispuesto a todo lo necesario para preservarla.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/04/23/opinion/conversaciones-en-la-habana-amenazas-en-washington