sábado, 16 de febrero de 2013

¿Se está muriendo Europa?


                                                                Por Ilán Semo

     En 1935, Edmund Husserl pronunció sus dos famosas conferencias en la Sociedad Cultural de Viena acerca del estado de la crisis europea de aquel entonces. Crisis que desembocaría en el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ambas quedaron recogidas en la última obra del pensador judío austríaco bajo el título ya célebre de La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Imbuido todavía por la amarga memoria de la Primera Guerra Mundial, Husserl veía al viejo continente despeñándose por el vértigo de una nueva catástrofe. Y en un ejercicio de crítica prácticamente existencial se preguntaba:

“Si la historia no tiene otra cosa que enseñarnos que todas las formas del mundo espiritual, todas las condiciones de vida, los ideales, las normas sobre las que descansa la existencia del hombre, se forman y disuelven como las olas pasajeras, que siempre fue y ha sido así, que una y otra vez la razón se transforma en un sinsentido y el bienestar en la miseria, ¿cómo podemos entonces vivir en este mundo donde el acontecer histórico no es más que una concatenación infinita de progreso ilusorio y amargo desasosiego?”
El desplegado que publicaron hace poco (“Europa o el caos”, El País, 21/1/13) un puñado de significativos intelectuales (Julia Kristeva, Umberto Eco, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris y Peter Schneider, entre otros) preocupados por el proceso de implosión y desgaste en el que ha entrado la unificación europea, comienza evocando el espíritu de las conferencias de Viena de Husserl con una dramática sentencia:
“Europa no está en crisis, está muriéndose. No Europa como territorio, naturalmente, sino Europa como idea…”
La idea de una Europa convencida de que podía edificar un orden que conjugara la prosperidad y la productividad con las condiciones de la vida democrática estaría deshaciéndose, en primer lugar, frente a una moneda única que no ha hecho más que balcanizar la utopía de una nueva e inédita forma política, la Comunidad de naciones. Pero sobre todo estaría sucumbiendo, según las palabras del mismo desplegado, en la indiferencia frente al renacimiento de una derecha irracional que ha estigmatizado a los países que hoy atraviesan por crisis mayúsculas, como son los del grupo de PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España). Las siglas (“cerdos” en inglés), que se han vuelto convencionales en la opinión pública, lo dicen ya todo.
El sueño de Maastricht de 1991, que finalmente consistía en edificar una sociedad que se apartase por igual tanto del “desgarrador modelo estadunidense” como del “pasado inadmisible de las sociedades controladas por el Estado”, estaría viniéndose abajo, no sólo por la voracidad de un sistema bancario que ha escapado al escrutinio de todas las instituciones reguladoras europeas, sino por el racismo creciente que ha encontrado en la inmigración reciente de África, América Latina y el mundo musulmán al chivo expiatorio de una crisis cuyos orígenes están en los mecanismos centrales del sistema mismo. Por el chovinismo de la Liga del Norte de Italia o de las fuerzas que siguen a LePen en Francia, y que han convertido a los dilemas de la unificación en el pasto de cultivo de un nuevo hipernacionalismo.
Pero si el diagnóstico de la crítica situación europea parece del todo agudo y preciso, las soluciones que propone esta franja del pensamiento europeo se antojan más bien como una opción defensiva, casi regresiva se podría decir.
“Europa –se dice– se viene abajo por culpa de esta interminable crisis del euro… ¿No existe una ley de hierro que dice que para que haya una moneda única tienen que haber un mínimo presupuesto, reglas contables, principios de inversión, es decir, políticas compartidas?... El teorema es implacable. Sin Federación, no hay moneda que se sostenga…Ya no queda otra opción: la unión política o la muerte.”
      Más allá del dramatismo, por cierto totalmente documentado por la realidad misma, la pregunta sería ¿de qué se habla cuando se habla de “unión política”? Todos los intentos de unificación europea a lo largo de los siglos XIX y el XX fracasaron precisamente en el intento de una de sus grandes potencias tratando de unificar al universo europeo. La novedad actual es esa nueva forma llamada comunidad. Una forma inconcebible, si se le anida en la inconcebible ilusión de que el mercado puede proporcionar las identidades que precisamente el mercado quita. Tal vez no es la idea de Europa en general la que está feneciendo. Está muriendo la idea de una Europa en manos del fetichismo de una moneda y el control de la tecnocracia bancaria. Lejos de evocar las formas del pasado (la “Federación”), tendría acaso que percatarse de que no existen las reglas ni la experiencia para llevar a buen puerto el extraordinario experimento social que tiene en sus manos.

Tomado de: http://www.jornada.unam.mx/2013/02/16/opinion/018a2pol


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Imagen del fotógrafo Paul Hansen ganadora del premio World Press Photo of the Year 2012 de la 56ª edición del concurso World Press Photo. En la fotografía aparecen Suhaib Hijazi, de 2 años, y su hermano Muhammad, de 3 años, que murieron al impactar un misil contra su casa durante un ataque aéreo israelí. Su padre Fouad también murió y su madre acabó en cuidados intensivos. Los hermanos de Fouad transportan los cadáveres de los niños a la mezquita para su funeral y posterior entierro en la ciudad de Gaza, Territorios Palestinos, el 20 de noviembre de 2012

martes, 12 de febrero de 2013

Historia de la Lucha


Lucha Olímpica en la Antigüa Grecia
Como sabemos la lucha es una de las disciplina mas antiguas que practicaron los griegos, y formo parte del programa de los Juegos a partir de la XVII Olimpiada (798 a.C.).

Homero dejo en La Ilíada una descripción igualmente sabia en relación con este deporte. Como la lucha se desarrollo en los Juegos de una manera parecida a la que describe Homero:

“..Se irguió preparado Áyax Telamonio,
Poderosa torre y luego Ulises,
Fecundo en ardides y rico en ingenio.
Ciñeron el cinto, llegaron al centro del campo,
Trabaron sus robustos brazos
Recios como vigas que une el arquitecto
Para que resistan la furia del viento
Que habrá que batir el palacio.
Crujían sus espaldas, duramente presas
Por los fuerte brazos. Sudaban los cuerpos.
Cruentos cardenales pintaban costados
Y espaldas. Los dos anhelaban furiosos
Lograr la victoria y alcanzar con ella
El hermoso trípode. Pero ni Ulises
Derribaba a Ajax ni este a su enemigo
Poderoso y fuerte. La lucha seguía
Cuando los aqueos ibanse cansando
Tan solo de verlos. Ajax poderoso
Increpo a Ulises, mientras combatían:
“¡Hijo de Laertes, semilla de Zeus
Fecunda en ardides, levántame en vilo;
O seré yo entonces quien alce tu cuerpo
Para que decida Zeus la victoria!”
Tomo nueva fuerza Ajax y con furia
Derribo por tierra a Ulises divino.
Quien hizo memoria de tantos ardides
Así, aunque caído, ataco pronto,
Golpeo las corvas de Ajax: quedaron
Sin vigor los miembros de su antagonista
Que fue derribado de espaldas, en el pecho
De Ulises paciente, quien vio su triunfo
Y quiso elevarlo; lo alzo lentamente
Paro ya no pudo sostenerlo en vilo:
Se quebró su cuerpo y los dos cayeron
Cercanos, manchados de polvo.
Y hubieran luchado otra vez, si Aquiles
Llegando hasta ellos, así no dijera:
“Basta ya. Termine la lucha y el daño
Los dos vencedores ya sois. Vuestro premio
Será igual. Que vengan a ocupar el puesto
Los aqueos que esperan mostrar su bravura.”

Gracias a esta producción magistral podemos ver que esta disciplina requería fuerza y tenacidad, aunque también habilidad e inteligencia por parte del atleta que deseaba obtener la victoria. Los relatos, y a las escenas reproducidas en las vasijas de cerámica, conocemos la técnica empleada, las maniobras permitidas en las vasijas de cerámica, conocemos la técnica empleada, las maniobras permitidas y los ardides. En algunos jarrones, los luchadores están representados con las manos y los dedos de los pies apoyados en el piso de arena, acechándose uno a otro para tomar al adversario por los brazos, las caderas o el cuello, y es posible ver claramente los músculos en tensión.

Los historiadores del deporte que se basan en Pausinas y Filostrato, sostienen que en la lucha se admitían cualquier maña que causara daño al adversario, como pegar, torcer, agarrar por el cuello o romper los dedos; sin embargo, nuevas investigaciones realizadas también, entre otros, por científicos de la extinta República Federal de Alemania, han demostrado que aquello estaba prohibido. La lucha en los Juegos Olímpicos era sencillamente una lucha en la que había que derribarse al adversario tres veces. Pero si se permitiría la zancadilla, recurso que requiere una reacción rápida y mucha habilidad. Como sabemos por Homero, ya era usual entre los héroes de La Ilíada.

Lo cierto es que la lucha se basa en una gran habilidad, elasticidad, fuerza y perspicacia. Como en los Juegos antiguos, no existía la clasificación moderna de atletas según el peso, sino que únicamente había la separación entre hombres adultos y jóvenes, un luchador de menos peso tenía que superar su desventaja por una mayor habilidad. 

Se concedía mucha importancia el cuidado de la piel. Para refrescarla se usaba una mezcla de arena muy fina con aceite. Con esa mezcla se untaba y se frotaba la piel para hacerla resistente contra lesiones e insensible a los rigores del clima. Después del entrenamiento y de la lucha esa capa de aceite y arena se quitaba con un raspador. Esta acción se encuentra representada con frecuencia en los jarrones, como en la famosa estatua de Lisipo, el Apoxiomenos.

En los Juegos Olímpicos los combates se decidían por sorteo, inmediatamente antes de que este se llevara a cabo. Muchas veces, un luchador resultaba en varios encuentros seguidos. Pausinas relata que Hipostenes de Esparta, así como si hijo Hetemocles, triunfaron cinco veces. El más grande y famoso luchador de la historia antigua era Milon de Crotona. Fue vencedor seis veces entre 540 y 516 a.C. Además, logro más triunfos que nadie en los juegos pitios, ístmicos y de los de Nemea, lo que demuestra que los grandes atletas de la antigüedad, como los modernos, gustaban de viajar y medirse con nuevos adversarios en diversos lugares.

El ejemplo de Milon, como muchos otros testimonios, indica que la lucha fue considerada como un arte en que la técnica y la elegancia del luchador eran muy importantes. A un joven vencedor, Cratino, cuya manera de luchar habia sido especialmente hábil y elegante, se le permitió colocar al lado de su estatua la de su maestro, a quien se le dio gran merito por el entrenamiento del triunfador.

En el caso de que hubiera un número impar de participantes, podía suceder que un luchador, sin haber participado en las luchas eliminatorias, llegara a la lucha final. En la lucha, el pugilato y el pancracio se daba el nombre de ephedros al atleta que llegaba descansado a la prueba final. La victoria de un ephedros tenía menos merito y a veces se veía en las inscripciones de las estatuas la advertencia de que el vencedor no era un ephedros. También de poco merito eran las victorias logradas por falta de adversario, es decir, que no lo había, o porque aquel, en el último momento se retiraba de la competencia. En este caso se hablaba de una victoria akoniti , o sea, una victoria obtenida sin que el vencedor hubiese tocado la arena del estadio. Según Pausinas y otros escritores, este tipo de victoria era bastante frecuente.

tomado de: http://cosasdelucha.blogspot.com/2009/05/historia-de-la-lucha.html

sábado, 9 de febrero de 2013

Biografía de una época



Artículo interesante, no sólo por el anuncio del lanzamiento de esta importante biografía (que se podrá adquirir en la próxima Feria del Libro de La Habana): también por los aspectos metodológicos de la reconstrucción histórica que revela.
srd

Por Hamlet Herman

Hoy publicaremos formalmente, “Caamaño, Biografía de una Época”. Esta obra tomó 39 años y ocho meses para elaborarse. Fue como si construyéramos un edificio de muchos niveles. Nuestra constante búsqueda descubrió documentos y realizó entrevistas que conformaron la estructura de la vida del héroe.

En nuestra aproximación hacia la verdad, siempre relativa, descubrimos la importancia de escribir sobre los hechos tan pronto como ocurrieran. Desde que surgió el alfabeto fenicio, casi 40 siglos atrás, la escritura se ha convertido en barrera infranqueable que impide la deformación de los hechos, de manera que ingresen a la historia apegados a la objetividad. La tradición oral es trampa mortal que provoca fabulaciones y mentiras. La memoria es traicionera pues la egolatría de algunos trastorna la realidad.

El primer piso de esta estructura histórica estuvo en la narración de los hechos de nuestra guerrilla al periodista Juan Bolívar Díaz en México. En junio 1973, Claudio Caamaño Grullón y yo contamos a Juan Bolívar los detalles, todavía frescos en nuestra memoria. Ahí está lo verdadero, lo mejor de nosotros, fiel a los acontecimientos.

El segundo piso de esta edificación histórica se levantó en Cuba, cuando el comandante Fidel Castro expresó: “No tenemos derecho a olvidar a Caamaño”. Sugirió entonces escribir sobre el combatiente dominicano. Fueron cubanos quienes primero elaboraron un libro sobre el Coronel de Abril. Contribuyeron mucho en esa tarea las reuniones esclarecedoras que tuvimos Claudio y yo. Mapas en mano, ubicamos los lugares en que actuamos como guerrilleros, comparando nuestras vivencias. Ahí, en ese primer libro escrito en el exilio, está otra magnífica aproximación a la verdad.

El tercer piso se levantó con “Caracoles; la guerrilla de Caamaño”. Aquel manuscrito sólo se publicó luego de que se le entregara para revisión a mi compañero de supervivencia. El entusiasmo popular provocó que se vendieran 85,000 ejemplares al precio de un peso dominicano. Sólo algunos radicales balagueristas osaron contradecirlo.

En 1983 publicamos “Francis Caamaño”, un atisbo biográfico en el que tuve magnífica colaboración de muchos miembros de las familias Caamaño, Deñó, Medina, Infante y otras ramas que conformaban el origen del héroe de abril de 1965.

El quinto piso de este edificio histórico tuvo lugar en el año 1989. Basado en la ley de la contradicción, elaboré junto al general Ramiro Matos González, la obra que se conoció como “El Guerrillero y El General”. Buscaba entonces la confrontación con un destacado adversario en aquella gesta, para comparar y analizar el por qué de los enfrentamientos de 1973.

El sexto piso encontró espacio en 2008 cuando escribimos “El Fiero; Eberto Lalane José” en honor al mejor hombre del grupo guerrillero. Ahí empezamos a introducir en las narraciones la transformación política del héroe dominicano en Cuba. Sumamos informaciones, construyendo el edificio de la memoria histórica sobre bases sólidas que no habían sido contaminadas por el interés, ni los prejuicios, ni los celos. Tuvimos la suerte de que este libro fuera seleccionado como Premio Nacional Feria del Libro “Eduardo León Jimenes” 2009.

Al año siguiente publicamos “Eslabón Perdido; Gobierno Provisional 1966-1967” luego de encontrar documentos del coronel Caamaño que sirvieron para detallar las acciones contra este en el hotel Matum de Santiago el 19 diciembre 1965. También, sobre las raíces del exilio al que fue forzado por el invasor extranjero a aceptar el cargo de Agregado Militar en la embajada dominicana en Londres.

En 2011 dimos a conocer el octavo piso del edificio de esta historia con “Caamaño en Europa, 1966-1967”. En este mostramos la firmeza de voluntad y de convicción del héroe, así como su decisión irrenunciable de volver al país a luchar contra la dictadura que nos había impuesto el gobierno de Estados Unidos con su tercera invasión militar en el siglo XX.

Con abundantes aportes documentales y orales, obtenidos y analizados a lo largo de casi cuarenta años, hoy entregamos “Caamaño, biografía de una época”. Cerramos así un ciclo que nos ha aproximado a la verdad histórica para evitar su falsificación por fabuladores. La vida de Caamaño es modelo inigualable para que la juventud, que hoy se levanta indignada por el mundo, encuentre allí el mejor ejemplo de intransigencia patriótica y dedicación a la causa de la liberación definitiva.

martes, 5 de febrero de 2013

“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”


Palabras de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, en el acto de clausura de la III Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo. Palacio de Convenciones, 30 de enero del 2013.
Queridos compañeros de la Presidencia;
Participantes en este evento:
Sería un acto de vanidad, en mi caso, tratar de resumir o concluir todo cuanto se ha dicho. Creo que todas las palabras, todos los sentimientos, han estado contenidos en los discursos, en las ponencias y en las conferencias que tantos amigos de Cuba, tantos cultores de la obra de Martí, han expresado en estos días y en estas horas.
Momentos muy emocionantes serán, sin lugar a dudas, inolvidables, como el instante en que recibe el merecido premio, otorgado por la UNESCO, nuestro querido hermano Frey Betto, y sus palabras de gratitud. Exactamente igual, la presentación del libro de Fernando Morais, quizás una apelación importantísima al reconocimiento mundial de una causa a la cual estamos abrazados no solamente los familiares de los jóvenes cubanos cautivos en injusta prisión, sino también el pueblo de Cuba, también muchos amigos de Cuba y muchos amigos de las causas justas y solidarias.
Pero lo más interesante del evento ha sido, sin lugar a dudas, su propia esencia como convocatoria: Por el Equilibrio del Mundo. Se ha ponderado la necesidad y la urgencia de hallar, como en la naturaleza humana, en el carácter de los individuos, en la relación entre los hombres y las naciones, ese equilibrio indispensable que marca el respeto al otro, la consideración de la unidad en la diversidad y, desde luego, la importancia de las ideas.
Se ha mencionado insistentemente la palabra Revolución. No podía ser de otra forma porque violaría el homenaje justo y el tributo que rendimos a aquel que fue, sin lugar a dudas, uno de los más grandes y apasionados revolucionarios, cuya epopeya en tan corto tiempo de vida siempre nos sorprende y conmueve. Es el hombre que llega, desde la humildad de su cuna, a ser considerado el primero entre nosotros; aquel que con palabras llenas de ternura y con una singular espiritualidad que no admitió de forma alguna el yugo de ningún condicionamiento, defendió la libertad, el derecho a pensar, la justicia social; aventuró, como el principal dilema de su propio pueblo, desatar las cadenas que ungían al yugo de la esclavitud a una parte de la humanidad sobre el suelo de Cuba.
Cuando triunfó la Revolución Cubana en 1959, apenas habían pasado siete décadas de la abolición de la esclavitud. Uno de los intelectuales cubanos de más mérito, Miguel Barnet, pudo escribir una novela basada en la vida y en el testimonio del hombre que, aún anciano, había sido precisamente parte de aquel dilema, y al mismo tiempo parte de su solución, porque fue hombre sin libertad y un luchador por la libertad.
Conocí a muchas personas unidas a esa memoria, hijos y nietos de esclavos africanos en Cuba. Por eso, la madurez martiana comienza en el instante en que, acompañando a su padre en el entorno de la zona del Hanábana, observa a un esclavo que pende de una cuerda sobre un árbol. Le espanta la idea del sacrificio, del dolor humano, y jura consagrarse a la gran causa emancipadora.
Otro elemento esencial es que hay, no digo una premeditación, sino una especie de índice que marca sus pasos a lo largo de una vida breve. Le llevó a pulsar cientos y miles de páginas con aquella letra perfecta que admiraron sus maestros y que se fue deformando en el tiempo, en la búsqueda precisamente de un tiempo del cual ya nunca pudo disponer.
Herido en lo más íntimo de su ser por una condena injusta que él aceptó como premio y castigo a su temprano amor por Cuba, el yugo abrió en su pierna y en lo más íntimo de su condición humana una herida que no sanó nunca. La joya que más apreció fue precisamente un anillo de hierro, forjado con aquel fragmento del yugo que un joyero había convertido para él, en un matrimonio simbólico, con una esposa superior a toda pasión carnal. La esposa era Cuba, su amor infinito.
La búsqueda de otro amor casi le fue imposible. Lo tentó en el mundo, porque Martí fue ante todo hombre, y hombre de pasiones; lo tentó en distintas oportunidades, hasta en una fallida relación matrimonial. Pero, por sobre todas las cosas, Cuba fue, desde temprano, el perfil buscado en cada rostro, el que aparece en su hermoso poema dedicado precisamente a Carmen, la joven muchacha cubana que conoce en México:
El infeliz que la manera ignore
De alzarse bien y caminar con brío
De una virgen celeste se enamore
Y arda en su pecho el esplendor del mío.
Lo buscó en el rostro esquivo de la bella Rosario de la Peña, por la cual se había quitado la vida, en un rapto de pasión y de despecho, el poeta mexicano Manuel Acuña, grabándola para siempre:
En ti pensaba y en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Lo colocó en el amor ingenuo, devoto e inocente, de María – evocada por el Presidente Colom –, en los días solitarios de Guatemala, cuando el Doctor Torrente deslumbra a los jóvenes estudiantes con su palabra, que era, como él definió, “más agradable la visión del río y del torrente que del lago manso.”
Él, que creyó profundamente en una vida eterna, no se sometió al yugo de religiosidad alguna; simple y sencillamente practicó el amor compasivo, la solidaridad callada, la intensidad profunda, que le llevó a exclamar que “si no existiese una vida más allá, sería esta una mascarada bárbara”.
Todo eso está contenido en esa figura pequeña, que ahora nos demuestra que nada es pequeño para un ser humano grande, sea mujer, sea hombre. Esa figura que pasó a convertirse en el Maestro en el exilio; que se convirtió en el amado y amable maestro de los niños; el que escribió palabras hermosas para ellos y dedicó en La Edad de Oro las semblanzas vitales y fundamentales que han de tenerse en América para entender nuestro destino.
Ahí está, en su magnífica sobriedad como de marfil, el padre Hidalgo; ahí está Bolívar, evocado por él intensamente en Nueva York, describiéndolo en la magnitud de su obra inacabada, en la fe en su destino; está en San Martín, en sus renunciamientos, en su modestia, en la figura del abrazo de Guayaquil, que le conmueve; está fundamentalmente en el padre Hidalgo, en el que lanzó a vuelo las campanas de Dolores. Todo eso, con ternura infinita, en el mismo momento en que se dedica y consagra a convocar a los cubanos a algo que es indispensable para ellos, para nosotros y para ustedes, comprendido ese plural en todos los que nos reunimos aquí o no están: la unidad necesaria, cómo alcanzarla, cómo alcanzar la unidad dentro de tan pronunciada singularidad, cómo ser finalmente uno solo, y cómo alcanzar –como exclamaba hace un momento el ministro de Venezuela– de alguna manera la posibilidad de romper las infinitas fronteras, los debates que han llevado al derramamiento de la sangre, aun de los padres fundadores. ¿Quién no llora todavía por esas heridas? ¿Quién no piensa en la soledad de San Pedro Alejandrino en Santa Marta? ¿Quién no piensa en San Martín, que jamás pudo regresar después de una decepción que nunca le apartó del culto a la libertad? ¿Quién puede, sino aquellos que logren vencer fronteras y dolores? Es la de O’Higgins en su refugio de Lima; es la del padre Hidalgo y de Morelos, decapitados y exhibidos, como si con su sangre se impidiese precisamente alcanzar el destino verdadero; es el antiimperialista, y que comprende que su verbo, su palabra, su esperanza, su íntima convicción, debían alcanzar y abrazar a los cubanos, en cualquier parte del mundo, y traerlos a Cuba a una lucha para la cual creó un instrumento político, quizás el primero de su género, un partido de la unidad para dirigir una guerra de liberación nacional, como diríamos hoy; un periódico que resumiese el pensar de tantos cubanos y de distintas formas de expresión, un periódico que llevaría el nombre simbólico y hermoso de Patria.
En ese espacio de país, que es naturaleza; de patria, que es poesía y ansiedad y de nación, que es leyes y estado de derecho, decursa su vida breve. Decursa una vida breve, y sin embargo tiene tiempo para la literatura, para el arte, para el amor entrañable al hijo, para los hijos que nacieron de su voluntad de amar; es aquel que quiere por sobre todas las cosas, ¡por sobre todas las cosas!, verse en definitiva coronado por el único destino que a veces, como decía su madre, es el destino de los precursores.
Por eso, quizás su carta a Máximo Gómez, convidando al ilustre dominicano a la lucha por Cuba, evoca el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres.
Es por eso que esta vida resulta para nosotros ejemplar; la vida efímera en Cuba, el tránsito por España, donde encontró la tierra de sus padres que le quisieron; la madre, que no entendió su destino pero a la cual dedicó –el mismo día en que firmaba el Manifiesto de Montecristi y la carta a Federico Enríquez Carvajal– esa carta bella que todos los cubanos recordamos: “Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted”.
Ese sentimiento de creer que ella lo espera en la distancia y lo que él define como “la cólera de su amor” es precisamente una parte de su vida, o acaso el llanto de su padre cuando vio la herida mortal y gangrenosa en la pierna, el testículo rozado por la cadena; los llantos de aquel hombre al que supo querer y amar entrañablemente, porque existió entre ellos esa complicidad secreta que le obliga a manifestar el día en que conoce que ha muerto que con él desaparece una parte de su vida.
Padre amoroso, no pudo criar al suyo con delicadeza y con pasión. Lo vio furtivo, extraviado, raptado de su compañía. Él volvería a Cuba años después, y en el campo de batalla, con apenas 16 años o 17 –la misma edad con que su padre había ingresado en el presidio– pregunta al último compañero que le acompañó o que le sirvió como asistente en la muerte cómo habrían sido aquellos últimos instantes.
Es el Orestes de la clandestinidad, que es capaz de convocar a la lucha y ponerse al frente de esa lucha. Es aquel que ha logrado pasar del último escalafón de inacabables oradores en actos patrióticos cubanos por el 10 de Octubre, fecha de la emancipación y del Padre de la Patria, hasta el 27 de noviembre, quizás el más doloroso sacrificio, el más duro holocausto pagado por la juventud cubana ante un paredón inicuo en el cual se extingue la vida de los jóvenes, no por un crimen que nunca cometieron, sino como dijo su propio ejecutor, por ideas políticas.
Si esto es verdad, entonces entendemos su verso en España, en medio de fiebres dolorosas, cuando exclaman por él que caminan a su lado, que sus sombras le acompañan.
Es el Martí peregrino de la libertad; el orador tremendo que es capaz con la escasa tecnología apenas descubierta, con una voz bella, como aún dan testimonio los que le escucharon, de llegar con discursos muy elaborados al corazón de la gente, que es lo importante.
¿Cómo era posible que un literato de su magnitud, un poeta de su talla, saludado entre los mejores de la lengua, pudiese presentarse ante el corazón de los trabajadores, de los jóvenes, de los humildes? Las palabras, hoy, de Luiz Inácio Lula da Silva abogando y refiriéndose precisamente a la sensibilidad de los trabajadores, nos explican el por qué le siguieron sin vacilación los jóvenes o los ancianos tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso o de Ibor City, por qué dieron su salario, su dinero, por qué dieron todo lo que tenían, y dieron lo más precioso: sus hijos jóvenes. Eran esos hijos los que debían partir a Cuba y unirse al esfuerzo colosal del pueblo cubano. Salieron sobre una barca, un día promisorio, hacia las costas de Cuba, con escasos compañeros, entre ellos el gran héroe, el dominicano ilustre, el vencedor de Las Guásimas y de El Naranjo, de Palo Seco y La Sacra, que los acompañó en aquella barquichuela que un capitán alemán, conmovido, dejó a la bartola sobre las olas del mar en la noche oscura.
Se abrió la luna, y la deseada costa de Cuba después de un largo exilio finalmente. Descubrió un pueblo generoso, ese pueblo y ese país del interior y de lo profundo, que él no había podido conocer en sus años juveniles. Le sorprendieron los árboles, la naturaleza, los testimonios de la gente. No le espantaba la muerte.
Próximo a la orilla de la playa, se reunieron los expedicionarios y, aunque aún no estaba constituida la República, le proclamaron General del Ejército. Él, que era un civil por excelencia, era ahora un soldado, un mayor general. Uno que creyó que la guerra era necesaria cuando la consideró inevitable; uno que tenía espanto a la sangre ya no le temía; uno que creyó en la generosidad del adversario iba a atravesar el triángulo mortal en un lugar donde coinciden los grandes ríos del oriente de Cuba: el Cauto y el Contramaestre.
Mi verso crecerá bajo la hierba y yo también creceré. Siento dentro de mí un cántico que no puede ser otro que el de la muerte.
¿A qué apostó? ¿Para qué han servido sus poderosas ideas? Fidel lo reclama como autor intelectual del Moncada con absoluta propiedad, recuperó para él el título que los maestros cubanos le dieron en el exilio y que enseñaron tesoneramente en las aulas de Cuba: Apóstol. ¿Cómo no considerarlo apóstol, si no vivió en francachelas ni en disipaciones, sino entregado por completo a un apostolado de convencimiento que le llevó a prescindir de todo cuanto es amable a un hombre: el amor carnal, la familia, el amor por la belleza, por los libros bellos, por la buena mesa? Todo quedó reducido, y además con felicidad, y lo describe así el testigo de su último discurso en vísperas de la muerte sobre los campos de Cuba: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.”
El héroe del Moncada lo tuvo por ejemplo, lo tuvo por figura fundamental. Lo buscó ansiosamente con los testigos de aquel tiempo para saber de aquel pensamiento y de aquella idea, y desde entonces nos obsedía el principio: unidad, unidad, unidad.
Solo Fidel pudo alcanzarla desde el poder político. Cuando se vive en la clandestinidad o en la insurrección, solo se puede planear y soñar. Solo el poder permite cambiar la sociedad y la historia.
Por eso el debate terrible, por eso la expectativa de los lobos ante el líder herido que supera la cuesta dolorosa de la montaña para volver a vivir y volver. Por eso Cuba, que guarda todavía aquella palabra dicha en el momento del despecho de un destierro inmerecido: “Venezuela tiene en mí a un hijo”. He aquí el cumplimiento de tu palabra, Maestro: ¡Está con nosotros! Y seguramente se salvará por nuestras plegarias y nuestra voluntad. La salvación no está siquiera en la pervivencia carnal de un hombre; la vida de Martí lo demuestra: llegaría un día en que hasta las piedras se levantarían para defender los derechos de Cuba. Con su nombre y por su nombre hemos resistido.
Hermosa patria nuestra, hermosa isla, isla hermosa y bella en este Mediterráneo americano en que se fundieron culturas y civilizaciones. No renunciamos a una sola parte de esas culturas y civilizaciones, sería un acto absurdo y obtuso. Hablamos en las lenguas que el azar o el destino trajeron sobre estas aguas turbulentas y azules. Sentimos en la masa indígena de América la precedencia de pueblos antiguos, que no fueron derrotados en su cultura ni en su pervivencia moral ni espiritual, como afirmaba el expresidente Colom, cuando evocaba el significado de los días en la profecía maya.
Nosotros somos de cualquier manera los hijos del encuentro de los mundos. Por eso Martí afirmaba categóricamente que “cubano es más que negro, más que blanco, más que mulato”. Es una condición superior. Y esa condición es la condición de nosotros, los americanos; de nosotros, los que sentimos en la ardorosa palabra de Miranda, de Viscardo y Guzmán, de los grandes precursores, el llamamiento a amar a Nuestra América; nosotros, que sentimos todavía el verso y la literatura y las cartas del inca Garcilaso de la Vega, que sentimos el poema ardoroso de Sor Juana Inés de la Cruz; nosotros, que vemos en la Virgen Santa Rosa de Lima el fruto de ese encuentro, o en San Martín de Porres, con una escoba, esclavo donado a un monasterio dominico, el fruto de una unión y de una realidad cultural que está por encima de los prejuicios de la sangre y de la limitaciones de las propias culturas.
¡O somos un género humano que comprenda sin diferencias la riqueza infinita de la cultura que va por encima de la sangre, o no seremos! Sangre y cultura amalgamada han estado presentes en este encuentro. Otra palabra sería vanidad.
Que pronto se abran las celdas que guardan a los nuestros. Que regrese a su tierra el querido hermano y compañero. Que Martí no es llenar nuestro país ni el mundo de bustos y de proclamas; que es verlo completo, que es verlo en sus cartas, en sus discursos elocuentes, en sus arrobadoras palabras a los hombres cubanos, en lo que dijeron de él, en lo que dijo Gabriela Mistral y dijo Pablo Neruda, en lo que dijo Juana de Ibarbourou, en lo que escribieron Cintio Vitier y Fina García-Marrúz, lo que dijeron en definitiva, los que fueron testigos del tiempo que les tocó vivir.
No hay para ti, Maestro, muerte. La muerte no es verdad cuando se ha cumplido la obra de la vida. Y si la muerte viene, se convertirá, como lo fue para ti, en un canto de gloria.
¡Viva Martí!

viernes, 1 de febrero de 2013

Homenajito personal


Hace unos días me llegó una convocatoria del Instituto Cubano de la Música (ICM), anunciando que hoy, en sus jardines, se va a hacer una trovada recordando a Sara. Tras la sorpresa de que ya hiciera un año, me dije: “Qué bien que se haga esto”.

Aclaro que me lo dije sabiendo que yo no iba a ir. La verdad es que cada vez me cuesta más trabajo sumarme a los tumultos y a las colas, aún cuando sean para bondades como rendir tributo a una persona que merece nuestro amor, como Sara.

Ahí mismo me vino a la mente cuando ella me pidió “Querer tener riendas” y yo se la regalé, la verdad que con agrado, porque se la había aprendido, y muy bien, desde el instante mismo en que me la escuchó. Después me complació tanto su versión que consideré que no valía la pena que yo la siguiera cantando, al punto que olvidé hasta como se tocaba en la guitarra.

Partiendo de que no iba a asistir a la convocatoria colectiva, pero acudiendo puntual a la mía, empecé a tratar de reencontrarme con mi propia canción. Ese sería mi homenajito personal. Pero entonces descubrí que en RE, el tono primigenio de "Querer tener riendas", ahora me quedaba un poco alta.

La guitarra tiene sus características. No es como el piano, que lo que se toca en una tonalidad se puede reproducir fielmente en otra. Por la estructura del instrumento, en la guitarra la música transportada no siempre puede reconstruirse igual. Sin embargo, en este caso, encontré un tono en que “Querer tener riendas” podía sonar, digamos, aceptable.

Luchando contra la memoria digital, que hace que los dedos vayan para donde recuerdan haber estado, me aprendí nuevamente mi canción, a la sombra  de Sara. Esto me llevó a recordar que hace algunos años ella me invitó a hacerle una voz en una grabación y que no me quedó muy bien.

Otra pregunta que me hice, fue por qué a la Gorda le había gustado tanto esta canción que implora dominio de las bestias que Eros conduce con imprudencia “por el precipicio de la noche”. Y no pude menos que recordar que,  por los mismos tiempos en que me la pidió “prestada”, ella andaba dolida por el fracaso de una relación y me había advertido: “Flaco, yo voy a amar a quien me ame…”

Fuera por lo que fuera, Sara sigue siendo la mejor intérprete que haya tenido nunca esta canción que —acabo de descubrir—  es una suerte de soneto infiel:


querer tener riendas

Cuando me enamores no me beses,
porque me han amado así mil veces.
Haz como si estuvieras en guerra:
báñame de rocas y de tierra.

Cuando me conduzcas no me apartes
del acantilado ni el desastre:
déjame correr la misma suerte
del que caminara con la muerte.

Pero cuando subas a mi cuerpo
asegura que ya esté despierto.
Amar es como rodar un coche

por el precipicio de la noche
y, ante tal peligro, es muy humano
querer tener riendas en las manos.