sábado, 6 de junio de 2026

« Estamos asistiendo al nacimiento de un imperialismo algorítmico »

 Una entrevista con Ignacio Ramonet

Por Andrea Duffour*

 

Ignacio Ramonet es una referencia imprescindible para quienes buscan descifrar los mecanismos del poder, una figura clave para comprender las fuerzas que moldean nuestro mundo.

 

Doctor en semiología, exdirector de « Le Monde diplomatique », autor de « La tiranía de la comunicación »(1999) y de una veintena de libros más, es uno de los grandes analistas de los medios y de lo que él mismo denominó la “censura liberal”. Ha dedicado su vida a desenmascarar el “pensamiento único” y a analizar la evolución de los medios, desde la imprenta hasta la actual industrialización del razonamiento mediante la inteligencia artificial.

 

Pero más allá de la teoría, Ramonet es un hombre de terreno y de historia. Su relación privilegiada con las grandes figuras de la izquierda latinoamericana es única. Especialmente con Fidel Castro —autor junto a él de « Fidel Castro. Biografía a dos voces » (2006), fruto de más de cien horas de conversaciones con Fidel—, pero también con Hugo Chávez (« Hugo Chávez: Mi primera vida », 2013) y con Nicolás Maduro, a quien entrevistó en diez ocasiones de forma exclusiva, difundidas por teleSUR, incluida la última, realizada apenas 48 horas antes del secuestro, el 3 de enero de 2026, del Presidente venezolano.

 

AD: Ignacio, su posición es única: usted no solamente es un analista, sino también un testigo de la historia. Sus profundos vínculos con estos líderes han abierto ventanas inéditas sobre las revoluciones latinoamericanas. Vista la situación actual, los procesos revolucionarios en Cuba y Venezuela parecen estar más presionados que nunca.


Según su análisis, ¿cuáles son hoy las principales fuerzas de resistencia bolivariana y cubana? ¿Y cuál es la importancia de su alianza dentro del bloque BRICS+, del G77+China o de la colaboración fraternal de estos dos países con el Eje de la Resistencia, con Irán a la cabeza? ¿Ve usted en esta alianza la aparición de un verdadero “Eje de la Resistencia mundial” capaz de romper definitivamente la hegemonía del Imperio y preparar el camino hacia un mundo multipolar que respete el derecho internacional y la soberanía de los pueblos?

 

I. RAMONET: «Creo, ante todo, que hay que evitar las simplificaciones ideológicas. El mundo actual es mucho más complejo que durante la Guerra Fría. Ya no estamos en una oposición binaria entre dos bloques perfectamente estructurados. Hemos entrado en una fase de transición histórica: el paso de un mundo unipolar dominado por Estados Unidos a un mundo multipolar, todavía inestable y conflictivo. Ese es, a mi juicio, el fenómeno central.

 

En este contexto, Cuba y Venezuela representan dos experiencias históricas de soberanía que siguen resistiendo una presión enorme. Desde hace más de sesenta años, Cuba sufre un bloqueo económico extremadamente duro, probablemente el más largo de la historia contemporánea. Venezuela, por su parte, lleva años enfrentándose a un régimen de sanciones, presiones financieras, diplomáticas y mediáticas sin precedentes. Y, sin embargo, ni uno ni otro han desaparecido. Eso ya constituye, en sí mismo, un hecho político de gran importancia.

 

Su principal fuerza de resistencia no reside únicamente en las alianzas internacionales. Reside, ante todo, en la existencia de un Estado, de una memoria histórica y de una cultura política de resistencia. En Cuba, la idea de soberanía nacional está profundamente arraigada desde 1895 y José Martí, y desde la revolución de 1959. En Venezuela, pese al impacto del 3 de enero de 2026, el legado bolivariano y chavista sigue organizando a una parte importante de la sociedad en torno a la defensa de la independencia nacional.

 

Además, es evidente que el contexto internacional ha cambiado. Hace veinte o treinta años, Washington podía actuar en un marco casi unipolar. Hoy, la aparición de los BRICS+, el peso creciente de China, el regreso estratégico de Rusia, la emergencia de India y Sudáfrica, el papel regional de Irán y la afirmación del Sur Global están modificando profundamente las relaciones de fuerza. He dicho a menudo que los BRICS representan un giro histórico hacia la “desoccidentalización” del mundo.


Eso no significa que ya exista un “Eje mundial de la Resistencia” homogéneo o perfectamente coordinado. Los intereses de China, India, Irán, Rusia, Brasil o los países latinoamericanos no son idénticos. Pero sí existe una convergencia creciente en torno a algunos principios fundamentales: el rechazo de las sanciones unilaterales, la defensa de la soberanía nacional, la contestación de la extraterritorialidad del derecho estadounidense, la voluntad de construir mecanismos financieros autónomos y la aspiración a un orden internacional menos occidentalocéntrico.

 

Irán desempeña efectivamente un papel importante en esta recomposición, porque ha adquirido una experiencia histórica de resistencia frente a las sanciones, los ataques -incluso militares- y los intentos de aislamiento. Cuba también posee esa experiencia. Y Venezuela ha aprendido, a través del sufrimiento, a desarrollar mecanismos de supervivencia económica y geopolítica.

 

Pero desconfío de una visión casi mesiánica o romántica de estas alianzas. Ningún país está exento de contradicciones internas, errores o dificultades. La cuestión no es santificar a tal o cual gobierno. La cuestión fundamental es saber si el mundo de mañana estará regido por una sola hiperpotencia imponiendo sus normas al resto del planeta, o por un equilibrio pluralista entre varios polos de civilización.

 

A mi juicio, la cuestión esencial hoy es el respeto del derecho internacional, de la soberanía de los pueblos y el rechazo de las políticas de dominación. Muchos países del Sur Global se reconocen ya en esta aspiración. Eso es lo que explica el debilitamiento progresivo de la hegemonía occidental tradicional y la aparición, todavía inacabada, de un mundo multipolar.»

 

AD : En un encuentro titulado “El papel de los medios en las guerras”**, analizamos durante dos días esta “guerra híbrida” en la que el campo de batalla se ha desplazado hacia nuestras mentes, y la conclusión fue, fuentes en mano, que la prensa corporativa europea actúa a menudo como una simple caja de resonancia de los intereses de la OTAN y que vivimos en el continente peor informado. Primero se envía a los periodistas y después a los soldados: la batalla semántica que debemos librar cada día es la condición de nuestra supervivencia política y, simplemente, de nuestra supervivencia. La indiferencia, la pasividad o el silencio frente a la asfixia de los pueblos, así como frente a la colonización de nuestras conciencias, es un lujo que ya no podemos permitirnos.

 

A la luz de las conclusiones de estos diez expertos, ¿estamos ante una simple censura o ante una verdadera “construcción de la realidad” destinada a justificar intervenciones militares ilegales, como la que sufrió Caracas el pasado 3 de enero o el reciente ataque contra Irán, un país que no ha atacado a otro Estado en 250 años?

 

I RAMONET: «Creo que hay que distinguir varios niveles. Por supuesto, la censura sigue existiendo. Incluso existe más de lo que se cree, aunque a menudo bajo formas sofisticadas: invisibilidad de ciertas informaciones, jerarquización sesgada de la actualidad, marginación de voces disidentes, demonización de determinados Estados o dirigentes. Pero lo que observamos hoy va mucho más allá de la censura clásica.


Hemos entrado en una fase de “construcción industrial de la realidad”. Es decir, cierto número de grandes medios dominantes ya no se limitan a informar sobre los conflictos: fabrican el marco mental en el que esos conflictos serán percibidos por la opinión pública. He explicado muchas veces que el sistema mediático contemporáneo ya no distingue claramente entre información, comunicación y propaganda.


En las democracias occidentales, no se trata generalmente de una propaganda autoritaria impuesta verticalmente, como en tiempos de las dictaduras clásicas. El mecanismo es más sutil. Funciona mediante conformismo ideológico, circulación de las mismas fuentes, de los mismos expertos, de las mismas agencias y de las mismas categorías morales y geopolíticas. Eso produce una homogeneización del relato mediático.

 

Tomemos las guerras recientes. Desde la primera Guerra del Golfo sabemos que los conflictos modernos son también guerras mediáticas. Las imágenes, las emociones, los relatos humanitarios y las palabras utilizadas —“dictador”, “régimen”, “intervención humanitaria”, “ataques preventivos”, “daños colaterales”, “comunidad internacional”— desempeñan un papel central en la fabricación del consentimiento.

 

Hoy, con las redes sociales, la inteligencia artificial, las tecnologías de vigilancia y las técnicas de segmentación psicológica, esta batalla se ha desplazado todavía más profundamente hacia las conciencias. Hace poco hablé de una voluntad de “hackear al individuo” mediante una combinación de guerra psicológica, guerra cognitiva y guerra informativa.

 

En este contexto, muchos grandes medios europeos actúan efectivamente como actores integrados en el dispositivo geopolítico occidental. No necesariamente porque exista en todas partes una consigna explícita procedente de los gobiernos o de la OTAN, sino porque hay una convergencia estructural de intereses, visiones del mundo, referencias culturales y dependencia de los mismos centros de poder económico y estratégico.

 

Lo vimos con Irak en 2003. Lo vimos con Libia en 2011. Y lo vemos hoy en el tratamiento diferenciado de las guerras (Ucrania, Gaza, Irán) según los actores implicados. Algunas víctimas se vuelven visibles y otras invisibles. Algunas violaciones del derecho internacional se denuncian con fuerza y otras se relativizan o se silencian. Esa asimetría produce una percepción deformada de la realidad.

 

Por eso creo que ya no vivimos solamente en una sociedad de censura, sino en una sociedad de saturación informativa en la que la principal dificultad consiste en distinguir lo verdadero de lo falso, la información de la comunicación estratégica, el periodismo del relato de guerra. El sistema mediático dominante permite a veces la coexistencia simultánea de la verdad y de la mentira.

 

La paradoja contemporánea es enorme: nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, una parte de los ciudadanos nunca había estado tan desorientada.

 

Por eso el pluralismo mediático, el espíritu crítico, la educación en medios y la existencia de plataformas independientes se han convertido hoy en cuestiones democráticas fundamentales. Porque en las guerras híbridas modernas, controlar el relato equivale muchas veces a preparar la aceptación de la intervención política, económica o militar.»

 

AD: Usted afirma que la IA va a transformar la sociedad como lo hizo Internet, pero con una fuerza multiplicada. Más allá del periodismo, usted alerta también sobre la autonomización de los sistemas de armamento. ¿Cuál es el peligro para naciones soberanas como Venezuela o Cuba frente a una IA utilizada como arma de guerra híbrida? Esta IA que es utilizada por los centros de poder occidentales para automatizar la desinformación… usted habla de una “verdad industrial” …

 

Para países sometidos a bloqueos, ¿cuáles son los peligros de esta tecnología? ¿Cómo pueden estas naciones construir su propia soberanía digital para no ser borradas del relato mundial por algoritmos diseñados en el Norte? ¿Se está volviendo técnicamente imposible difundir un relato alternativo?

 

I RAMONET: «Sí, creo que la inteligencia artificial va a transformar nuestras sociedades con una fuerza probablemente superior a la de Internet. Internet, a partir de 1989, revolucionó el acceso a la información y la circulación del conocimiento. La IA, en cambio, afecta ya a la propia producción de la realidad: producción de textos, imágenes, decisiones, diagnósticos, comportamientos y, pronto, potencialmente, de decisiones militares autónomas.

 

Nos encontramos en un momento comparable a la aparición de la imprenta (1440) o de la electricidad (1879), pero a una velocidad infinitamente más rápida. Y, como siempre en la historia, las primeras potencias que dominan una tecnología mayor intentan utilizarla para consolidar su dominación geopolítica.

 

El principal peligro para países como Cuba o Venezuela no es solamente militar. Es cognitivo. Es decir, el desafío central pasa ahora por el control de las percepciones, de los relatos, de las emociones y de los imaginarios colectivos. He explicado muchas veces, y lo repito, que el objetivo contemporáneo es “hackear al individuo”, apropiarse de su cerebro mediante una combinación de guerra psicológica, vigilancia digital y guerra informativa.

 

La IA permite precisamente eso a escala industrial. Permite automatizar la propaganda, personalizar los mensajes, producir millones de contenidos adaptados a cada público, manipular tendencias en las redes sociales, fabricar vídeos falsos, testimonios falsos y falsos consensos. Entramos en una época en la que la frontera entre verdad y fabricación se vuelve extremadamente frágil. He hablado de un sistema mediático donde coexisten simultáneamente verdad y mentira.

 

Para las naciones sometidas a sanciones o bloqueos, el riesgo es enorme. Porque la dependencia digital puede convertirse en una nueva forma de dependencia colonial. Si las plataformas, las infraestructuras cloud, los motores de búsqueda, los sistemas de IA, los satélites, los software estratégicos y las redes sociales están controlados desde unos pocos centros de poder situados principalmente en Estados Unidos, entonces esos centros disponen de un poder considerable para invisibilizar ciertos relatos, reducir el alcance de determinadas voces o imponer sus propias narrativas del mundo.


En otras palabras, la batalla por la soberanía ya no se libra solamente en el terreno militar o económico. También se juega en el campo cognitivo, en los datos, los algoritmos, las infraestructuras digitales y los sistemas de inteligencia artificial.

 

Creo que estamos asistiendo al nacimiento de un verdadero “imperialismo algorítmico”. Los algoritmos no son neutros. Reflejan los intereses, los valores, las prioridades culturales y geopolíticas de las potencias que los diseñan. Cuando un país no controla ni sus datos, ni sus redes, ni sus herramientas digitales, corre el riesgo de perder progresivamente también el control de su representación en el mundo.

 

Eso no significa, sin embargo, que el relato alternativo sea técnicamente imposible. Al contrario, las nuevas tecnologías abren también espacios de contrainformación y de comunicación autónoma que antes no existían. Internet y las redes sociales han permitido a pequeños actores dirigirse directamente a audiencias globales. Pero esa posibilidad se vuelve cada vez más asimétrica, porque las grandes plataformas filtran hoy masivamente la visibilidad a través de sistemas automatizados opacos.

 

La verdadera cuestión pasa entonces por la independencia cognitiva y la soberanía digital. Países como Cuba, Venezuela, pero también muchos Estados del Sur Global, tendrán que desarrollar sus propias infraestructuras digitales, sus capacidades de ciberseguridad, sus centros de datos, sus modelos de IA, sus plataformas educativas y sus redes de comunicación independientes. De lo contrario, seguirán siendo estructuralmente dependientes de las arquitecturas tecnológicas dominantes.

 

Hay que comprender que la IA no es solamente una innovación técnica. Ya es un instrumento considerable de poder geopolítico.

 

Y existe además otro gran peligro: la progresiva autonomización de los sistemas de armamento. Estamos viendo aparecer drones capaces de seleccionar objetivos, sistemas de vigilancia predictiva, tecnologías de reconocimiento facial masivo y dispositivos militares semiautónomos. Eso plantea una cuestión fundamental: ¿quién controlará mañana las decisiones letales? ¿Los seres humanos o los sistemas algorítmicos?

 

Nos enfrentamos a una mutación histórica que puede reforzar las libertades y la cooperación humana o inaugurar una nueva forma de dominación tecnológica global. Por eso el debate sobre la IA no puede dejarse únicamente en manos de ingenieros o multinacionales de Silicon Valley. Es un debate democrático, filosófico y geopolítico de primer orden.»

 

AD: Ignacio, usted ha estado muchas veces en el centro de la acción. Más recientemente, su entrevista exclusiva con Nicolás Maduro el 31 de diciembre de 2025 —realizada apenas cuarenta y ocho horas antes de su secuestro ilegal— sigue siendo un documento histórico de enorme importancia.

 

¿Podría compartir algunas anécdotas personales sobre la serenidad de Fidel y la resiliencia de Chávez y Maduro que el público desconoce?

 

I RAMONET: «Lo que siempre me impresionó de Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, pese a sus profundas diferencias de personalidad, fue su extraordinaria capacidad de resistencia psicológica frente a la adversidad.

 

Fidel, por ejemplo, poseía una serenidad casi desconcertante en los momentos de crisis. Mucha gente imagina a un hombre constantemente tenso, obsesionado con el poder. Sin embargo, en la intimidad de las largas conversaciones que mantuvimos para nuestro libro de entrevistas, lo que más me impresionaba era su dominio del tiempo y su calma intelectual. Podía hablar durante horas de un problema geopolítico extremadamente grave con una precisión histórica notable y, de repente, interesarse por un detalle agrícola, una innovación científica o un recuerdo personal de la infancia gallega de su padre.

 

Recuerdo que un día, mientras Cuba atravesaba una etapa económica muy difícil, le pregunté si nunca se desanimaba. Me respondió, casi tranquilamente: “En una revolución, si se pierde la capacidad de esperar, entonces ya se ha perdido”. Esa frase se me quedó grabada.

 

Fidel tenía además una sorprendente capacidad de escucha. Contrariamente a la imagen caricaturesca del dirigente autoritario que habla sin parar, hacía muchísimas preguntas. Quería comprender cómo evolucionaba Europa, cómo funcionaban los medios, cómo cambiaban las sociedades. Su curiosidad intelectual era inmensa.

 

Chávez, en cambio, era diferente. En él predominaba la energía emocional. Tenía una relación casi orgánica con el pueblo. Siempre me impresionó su memoria de la gente común: recordaba a un campesino encontrado años antes, a un militar conocido en un cuartel o a una mujer que se le había acercado en un barrio popular.

 

Pero lo que el público conoce menos es su resiliencia personal. Después del golpe de Estado de abril de 2002, Chávez comprendió que viviría bajo amenaza permanente. Y, sin embargo, no vivía con miedo. Tenía una capacidad casi increíble para recuperar el entusiasmo incluso después de los momentos más dramáticos. Lo vi físicamente agotado, bajo una presión inmensa y, aun así, continuar trabajando durante horas manteniendo una forma de humor cálido.

 

Había en Chávez una dimensión profundamente afectiva y humana que a menudo escapa a los análisis estrictamente políticos. Reía mucho. Cantaba. Contaba anécdotas populares. Y al mismo tiempo era plenamente consciente de la violencia geopolítica que rodeaba a Venezuela.

 

En cuanto a Nicolás Maduro, mucha gente en Europa tiene una percepción muy simplificada de él. Sin embargo, posee una cualidad política esencial: una gran resistencia nerviosa. En estos últimos años ha enfrentado sanciones económicas masivas, intentos de aislamiento diplomático, operaciones de desestabilización, amenazas de muerte, varios episodios insurreccionales, amenazas militares explícitas y una presión mediática internacional constante. Pocos dirigentes habrían resistido en tales condiciones.

 

Durante nuestra entrevista del 31 de diciembre de 2025, lo que precisamente me impresionó fue su aparente tranquilidad en un contexto extremadamente tenso. Grabamos esa conversación recorriendo Caracas en su coche personal, que conducía él mismo, sin ningún dispositivo de seguridad visible. En la parte trasera estaban Cilia Flores, su esposa, y Freddy Ñáñez, entonces ministro de Comunicación. El ambiente era sorprendentemente tranquilo, casi familiar, pese a que el país vivía bajo una fuerte presión militar estadounidense.

 

Recuerdo especialmente un momento en el que, fuera de cámara, hablamos de la posibilidad de una gran escalada. Maduro no respondió ni con dramatismo ni con retórica guerrera. Simplemente dijo algo así como: “Nuestro deber es mantener la sangre fría”. Esa capacidad de conservar una forma de calma interior en circunstancias extremas me recordó ciertos rasgos de Fidel.

 

En el fondo, más allá de los debates ideológicos, lo que une a estos tres hombres es quizá una convicción común: la idea de que la soberanía nacional no es una abstracción teórica, sino una lucha permanente, costosa y a veces trágica. Y esa convicción les dio una resistencia política poco común.»

 

AD: Cuba no se percibe solamente como una nación liberada —desde Céspedes hasta José Martí y Fidel—, sino también como una fuerza liberadora. Su internacionalismo y su diplomacia revolucionaria son legendarios y una semana de conferencias no bastaría para resumirlos. Basta recordar su apoyo histórico a Palestina desde 1947 hasta hoy; luego, su ayuda militar y humanitaria en Argelia contra los colonos franceses; o el nacimiento de la Tricontinental en 1966, con 500 delegados reunidos en La Habana; o incluso la heroica “Operación Carlota” en Angola, donde Cuba movilizó 337.000 militares y 50.000 cooperantes. Cuba ha realizado más de 600.000 misiones en 164 países y ha atendido a 2.000 millones de personas, incluidos 18.000 niños de Chernóbil, mientras ese país —Ucrania, marioneta de Estados Unidos— acababa de votar contra Cuba. “Los niños no tienen la culpa”, dicen simplemente los cubanos.

 

¡El pueblo más solidario del mundo, que ha salvado cientos de millones de vidas, es castigado con el bloqueo más largo de la historia!

 

Ignacio, ¿qué podemos devolverle a esta pequeña isla que tanto ha ofrecido al mundo?

 

I RAMONET: «Es cierto que la historia internacional de Cuba es excepcional, especialmente si se tienen en cuenta las dimensiones modestas de la isla y las enormes dificultades a las que se enfrenta desde 1959. Pocos países del Sur han ejercido una influencia moral, política y humanitaria tan importante durante el último medio siglo.


Cuando se habla del internacionalismo cubano, no hay que reducirlo a un simple eslogan ideológico. Se tradujo concretamente en compromisos muy costosos. Cuba envió médicos, maestros, ingenieros y, en ocasiones, soldados a decenas de países. Su papel en las luchas de liberación en África —especialmente en Angola y en la lucha contra el apartheid sudafricano— fue reconocido incluso por Nelson Mandela.

 

En el ámbito médico, la acción cubana también es notable. Brigadas de médicos cubanos intervinieron en catástrofes naturales, epidemias y crisis sanitarias en varios continentes. Durante la pandemia de Covid-19, mientras muchos países ricos se replegaban sobre sí mismos, Cuba envió equipos médicos al extranjero pese a sus propias dificultades económicas.

 

Y existe efectivamente esa continuidad histórica que usted menciona: desde José Martí hasta Fidel Castro, la idea de que la independencia de Cuba solo tiene sentido ligada a una concepción universal de la dignidad humana, del anticolonialismo y de la solidaridad internacional.

 

La paradoja es evidente: un país que ha dado tanto al mundo sigue sufriendo el régimen de sanciones económicas más largo de la historia contemporánea. Ese bloqueo tiene consecuencias humanas muy concretas: dificultades de abastecimiento, restricciones financieras, obstáculos tecnológicos, escasez de medicamentos y trabas al desarrollo. Y eso dura desde hace más de seis décadas.

 

Entonces, ¿qué puede devolvérsele a Cuba? Creo, ante todo, que hay que salir de las visiones folclóricas o románticas. Cuba no necesita una caridad paternalista. Cuba pide, sobre todo, respeto a su soberanía y el fin de las medidas coercitivas ilegales que castigan colectivamente a toda una población.

 

El primer acto concreto de solidaridad sería, por tanto, exigir el levantamiento del bloqueo, condenado cada año de forma casi unánime por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

 

Después, es esencial preservar la verdad histórica. Muchas generaciones jóvenes desconocen hoy el papel desempeñado por Cuba en las luchas de descolonización, en la alfabetización, en la medicina internacional o en las luchas contra el apartheid. Y el silenciamiento de la memoria también es una forma de dominación.

 

Pero, más allá incluso del caso cubano, la cuestión fundamental quizá sea esta: ¿qué tipo de mundo queremos? ¿Un mundo basado únicamente en la competencia, las sanciones, la lógica mercantil y las relaciones de fuerza? ¿O un mundo en el que la solidaridad internacional conserve un valor político y moral?

 

Cuba, con todas sus contradicciones, sus dificultades y sus límites, sigue planteando esa pregunta al resto del mundo.

 

Y creo que esa es también la razón por la que esta isla conserva una fuerza simbólica tan grande. Porque, más allá de la geopolítica, sigue representando para muchos pueblos la idea de que una pequeña nación puede defender su dignidad frente a potencias inmensamente superiores.»

 

AD: Para terminar, si tuviera que quedarse con una lección humana de sus cien horas de conversaciones con Fidel para iluminar a los militantes de hoy, ¿cuál sería? ¿Qué es lo que, en su carácter y en sus ideas, le da esperanza para las luchas futuras?

 

I RAMONET: «Creo que la principal lección humana que me dejó Fidel Castro es la de la perseverancia histórica. Fidel tenía una conciencia muy profunda del largo plazo. A diferencia de nuestra época, dominada por la inmediatez, las redes sociales y la obsesión por el resultado instantáneo, él pensaba siempre en términos de décadas, e incluso de generaciones.

 

Durante nuestras largas conversaciones, lo que más me impresionó no fue solamente su memoria prodigiosa o su inmensa cultura política. Fue, sobre todo, su convicción casi inquebrantable de que la historia permanece abierta, de que ninguna dominación es eterna y de que un pueblo consciente puede modificar el curso de los acontecimientos, incluso en condiciones extremadamente desfavorables.

 

Fidel había conocido el fracaso, la cárcel, el exilio, la guerra, los atentados, el derrumbe del bloque soviético y las crisis económicas más duras. Y, sin embargo, conservaba intacta su capacidad de pensar el futuro. Eso es muy raro en un dirigente político. Muchos gobiernan en la urgencia; él reflexionaba constantemente sobre las consecuencias históricas de las decisiones presentes.

 

Recuerdo que, durante una conversación nocturna, mientras hablábamos de las enormes dificultades atravesadas por Cuba tras la desaparición de la Unión Soviética, me dijo algo que me marcó profundamente: “Los pueblos pueden soportar muchos sacrificios cuando sienten que están defendiendo su dignidad”. Esa idea aparecía constantemente en él: la dignidad como fuerza política.

 

Pero también había en Fidel una inmensa curiosidad intelectual. Hasta el final leía muchísimo, se interesaba por la ciencia, la ecología, la geopolítica y las transformaciones tecnológicas. No creía que una revolución pudiera sobrevivir únicamente mediante la repetición de consignas. Pensaba que era necesario comprender el mundo permanentemente porque el mundo cambia sin cesar.

 

Creo que esa es una lección esencial para los militantes de hoy. Las luchas contemporáneas ya no se parecen a las del siglo XX. Nos enfrentamos a nuevas formas de dominación: financiera, mediática, tecnológica, algorítmica y cognitiva. Por eso, las formas clásicas de militancia también deben reinventarse.

 

Lo que me da esperanza, en el fondo, no es la idea de que un modelo histórico pueda reproducirse mecánicamente. La historia nunca se repite exactamente. Lo que me da esperanza es ver que, en todas partes del mundo —en América Latina, África, Asia, pero también en Europa—, las nuevas generaciones siguen planteando preguntas fundamentales sobre las desigualdades, la soberanía, la justicia social, las discriminaciones, la paz, el medio ambiente y la dignidad humana.

 

Fidel creía profundamente en la capacidad de los seres humanos para desarrollar una conciencia crítica. Y creo que esa idea sigue siendo plenamente actual. En una época saturada por la manipulación mediática, el consumo permanente y la fragmentación de las sociedades, defender el pensamiento crítico ya constituye una forma de resistencia.

 

En el fondo, quizá la mayor lección de Fidel fuera esta: nunca aceptar la idea de que el orden del mundo es definitivo.

 

Mientras mujeres y hombres sigan imaginando alternativas, la historia seguirá abierta.»

 

AD: Muchísimas gracias, Ignacio, por esta entrevista excepcional, por su tiempo y por la profundidad histórica y humana de sus análisis.

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* Entrevista realizada tras la conferencia de Ignacio Ramonet «Cuba y Venezuela, historia y perspectivas», en la Universidad de Friburgo, el 30 de abril de 2026, organizada por la Asociación Suiza-Cuba en colaboración con el Departamento de Historia Contemporánea, PdT/PoP y Observ'actuTV. Este intercambio privilegiado fue posible gracias a los lazos de confianza de larga data con el autor, quien aceptó amablemente conceder este tiempo a pesar de su apretada agenda.

 

** Coloquio celebrado los días 15 y 16 de octubre de 2022 en Soleura (Suiza), organizado por el GIPRI, Alba Suiza y la Asociación Suiza-Cuba, con el apoyo de la Schweizerische Friedensbewegung. Participaron, por orden de intervención: Alan MacLeod (MintPressNews, Reino Unido), Christian Müller (globalbridge, Suiza), Maurice Lemoine (Mémoire des luttes, Francia), André Scheer (ex-junge Welt, Alemania), Jacques Baud (exoficial de inteligencia suizo), Gabriel Galice (presidente del GIPRI), Gilles-Emmanuel Jacquet (analista del GIPRI), Karin Leukefeld (corresponsal en Oriente Medio), Lisa Daniell (Women’s Press Collective, EE.UU.) y Thierry Deronne (Terra TV, Venezuela). Moderación: Natalie Benelli (Alba Suiza y ASC). (Los Medios al Servicio de los Guerras, también en francés

o inglés en https://independent.academia.edu/AndreaDuffour)


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