sábado, 23 de mayo de 2026

Raúl Castro y la "vía Maduro" en Cuba

 Miguel Urbán

Manifestación en apoyo al expresidente Raúl Castro
frente a la embajada de EEUU en La Habana
Desde que Donald Trump tomó nuevamente posesión de la Casa Blanca, parece que el mundo se hubiera acelerado. En poco más de un año, Trump ha declarado toda una guerra comercial; ha desatado una fiebre persecutoria contra los migrantes en los EEUU; ha atacado las instalaciones nucleares iraníes, iniciando una guerra de difícil resolución; ha impuesto su plan de "paz en Gaza"; ha conseguido doblegar a los republicanos aprobando la ley fiscal que él mismo bautizó como One Big Beautiful Bill; está forzando una paz vergonzante en Ucrania; ha ocupado militarmente varias ciudades demócratas en su país; ha atacado Venezuela secuestrando a su presidente; ha bombardeado Siria, Nigeria y Yemen; ha amenazado con ocupar Groenlandia, un territorio de la OTAN, mientras ha obligado a los miembros de la Alianza Atlántica a asumir el 5% del gasto —en armas estadounidenses— en defensa, al tiempo que su presidente, Mark Rutte, justificaba: "Sometimes, daddy has to use strong language" (“A veces, papi tiene que usar un lenguaje fuerte”). 

Una frenética política de injerencia internacional del hasta ahora indiscutido imperio estadounidense, ante su paulatina pérdida de hegemonía comercial —que no militar—, que intenta impulsar, bajo la batuta de Trump, una recomposición del mundo bajo la lógica de las áreas de influencia. Porque, en su obsesión por recuperar la grandeza perdida del imperio norteamericano, Donald Trump, con su lema Make America Great Again (MAGA), se ha marcado como objetivo primordial reactualizar la Doctrina Monroe —famosa por su "América para los americanos"—, que, bajo la supuesta defensa de la independencia de las naciones, se transformó en una política deliberada para convertir a Latinoamérica en el patio trasero de Washington.

En este sentido, hemos visto las amenazas a Panamá para asegurarse el control del Canal; los aranceles a Brasil para intentar interferir en su sistema de justicia; la injerencia en las elecciones argentinas, condicionando la ayuda financiera a un país al borde de la quiebra a la victoria de su aliado Javier Milei; el bombardeo en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores. Aunque el objetivo más codiciado por la política imperial estadounidense es, como declaró el propio Trump el febrero pasado, tener "el honor de tomar Cuba" y "hacer lo que quiera" con la isla.

Aquí es donde Cuba se convierte en una pieza simbólica fundamental para coronar la política imperial del Corolario Trump a la Doctrina Monroe. La isla lleva más de seis décadas bajo un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto de manera unilateral, sin respaldo de las Naciones Unidas, que vulnera los principios de igualdad soberana de los Estados, la no injerencia en los asuntos internos y la prohibición del uso de medidas coercitivas, recogidos en la Carta de las Naciones Unidas. Se trata de uno de los ejemplos más prolongados y graves de injerencia sistemática contra un Estado soberano.

Una política de agresión contra el pueblo cubano que ahora se ve agravada por la orden ejecutiva dictada el 29 de enero de 2026 por Donald Trump, que declara una "emergencia nacional" con respecto a Cuba, calificando de manera unilateral al Gobierno cubano como una "amenaza inusual y extraordinaria" para su seguridad nacional y su política exterior. Utiliza esta declaración como base jurídica para ampliar y profundizar las medidas de coerción económica mediante la creación de un sistema arancelario que permite chantajear a cualquier país que, directa o indirectamente, venda o suministre petróleo a Cuba.

El objetivo es claro: asfixiar definitivamente al pueblo cubano. Un asedio medieval que pretende estrangular la maltrecha economía de la isla, provocar el colapso de su sistema energético, alentar la desestabilización interna, desatar una crisis humanitaria y justificar una intervención destinada a forzar un cambio político. Da igual cuántas vidas cubanas se lleve por delante esta macabra estrategia trumpista. Porque acabar con el régimen cubano, sea mediante un cambio violento o a través de una negociación que desemboque en su sometimiento, como se ha hecho en Venezuela, podría ser un buen trofeo que rentabilizar ante unas elecciones de medio término que se prevén complicadas para los republicanos. Más aún después de la catastrófica agresión militar a Irán: en este contexto, Cuba se vuelve una pieza aún más codiciada.

De hecho, desde que los EEUU aprobaron en enero la orden ejecutiva que calificaba al Gobierno cubano como una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad nacional y su política exterior, se han sucedido diferentes sanciones extraordinarias que persiguen el colapso de la isla para forzar un levantamiento popular y/o una negociación-chantaje a las autoridades cubanas para que acepten un acuerdo de sumisión a los EEUU al estilo del logrado en Venezuela. De esta forma, cobra más sentido la imputación de Raúl Castropor parte del Departamento de Justicia estadounidense, acusado de unos supuestos crímenes cometidos en 1996. Un paso más en la escalada de amenazas de Washington contra La Habana.

La imputación de Castro sigue el guion que los Estados Unidos desarrollaron en Venezuela y que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro. Así, en 2020, el Departamento de Justicia imputó al presidente Nicolás Maduro por cargos relacionados con el narcotráfico. Una acusación que fue el argumento de Washington para justificar la operación militar que lo secuestró y trasladó a Nueva York para someterlo a juicio. En este sentido, el fiscal general en funciones, Todd Blanche, en una rueda de prensa para anunciar la imputación, aseguró que Castro acabará compareciendo en el banquillo de los acusados en un tribunal estadounidense "por su propia voluntad o de otra manera".Siguiendo los mismos pasos que terminaron con el secuestro de Maduro.

Incluso la fecha de anuncio de la imputación de Castro no fue casual: a pesar de que un gran jurado ya había dado el visto bueno a los cargos a finales de abril, el Departamento de Justicia decidió hacerlo público un día simbólico, el 20 de mayo, cuando la comunidad en el exilio celebra la independencia de Cuba. Al igual que con Maduro, al calificar a Castro como terrorista/criminal se construye la coartada para justificar la incursión militar como una "operación policial", evitando pronunciar la impopular palabra "guerra".

Pero que nadie se llame a engaños: el intento de secuestro de Raúl Castro, última gran figura viva de la Revolución cubana, no será tan sencillo como lo fue en Venezuela, y podría desencadenar una respuesta armada de consecuencias imprevisibles para el pueblo cubano y para toda la región. La "vía Maduro" aplicada a Cuba no sería solo una nueva vuelta de tuerca en la política imperial de Washington, sino un salto cualitativo hacia una guerra abierta en el Caribe. Por eso, frente al bloqueo, las sanciones y las amenazas de intervención, es fundamental defender la soberanía del pueblo cubano. Una tarea urgente que va más allá de la solidaridad con Cuba y que debe de incumbir a quienes rechazan que el futuro de los pueblos se decida en los despachos de la Casa Blanca.

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