Jesús Sérvulo González e Ignacio Fariza
El doble bloqueo de Ormuz es un choque de época, con infinitas derivadas. De sufrimiento para los países importadores de petróleo y gas, en especial para los más pobres. De penuria, también, para los exportadores del golfo Pérsico, acostumbrados a nadar en la abundancia y que ahora ven cortocircuitados sus canales de venta. Y de dinero caído del cielo para las potencias fósiles de fuera de esa región, que están pudiendo vender ―y a precios mucho más altos― todo lo que sacan del subsuelo. Con un nombre destacado: el de Estados Unidos, que en poco más de una década ha pasado de una gran dependencia energética a una hegemonía ahora reforzada por la guerra ―su guerra― contra Irán.
Espoleado por el cierre del estrecho, el gigante norteamericano es hoy el mayor proveedor de energía fósil del mundo y, también, exportador neto de crudo por primera vez desde la II Guerra Mundial. Con Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irak mermados ―solo están pudiendo sacar una parte de su producción, por oleoducto― y Kuwait y Baréin sin poder poner ni un solo barril en el bazar petrolero global, su crudo encuentra hoy comprador con mucha mayor facilidad.
Por destinos, las exportaciones estadounidenses de crudo a Asia y a Europa están particularmente disparadas, dada la urgente necesidad de ambos continentes de reemplazar todo lo que antes recibían desde el golfo Pérsico. De crudo, sí, pero también diésel y queroseno, tan escasos ambos estos días extraños. Y a precios disparados. Un negocio redondo para sus compañías energéticas que, sin embargo, sufren los consumidores estadounidenses: como en el resto del mundo, están teniendo que pagar mucho más cada vez que pasan por la gasolinera ―que ya promedia 4,5 dólares por galón, algo más de un euro por litro― o compran un billete de avión.
Las últimas cifras de la Administración de Información Energética estadounidense (EIA, por sus siglas en inglés) revelan que las exportaciones petroleras de ese país alcanzaron la semana pasada un nuevo récord: seis millones de barriles diarios, prácticamente el doble que antes de que las primeras bombas estadounidenses ―e israelíes― empezasen a caer sobre Teherán. Acto seguido llegaría el cierre de Ormuz, por donde típicamente transita la quinta parte del crudo y el gas natural licuado (GNL, el que se mueve por barco) que consume el mundo y que hoy es poco menos que un erial.
Si a las ventas de crudo se suman también las de carburantes ya refinados, las exportaciones estadounidenses se disparan hasta los 14 millones de barriles diarios, también un nuevo récord. Sobre todo, por el tirón de los cargamentos de diésel rumbo a Europa. Para poner las cifras en contexto, EE UU prácticamente no exportaba nada hasta 2014. Fue a partir de entonces cuando empezó a dar sus primeros frutos el fracking, una nueva técnica que por aquel entonces apenas sonaba ―y lejanamente― en los círculos especializados.
“Los beneficios a corto plazo para Estados Unidos son claros: sus principales competidores se están viendo severamente restringidos, lo que a su vez está impulsando los precios. Es una enorme lluvia de dinero para los productores estadounidenses de petróleo y gas”, constata Ira Joseph, investigador del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia, en conversación con EL PAÍS. “A largo plazo, sin embargo, el consumo de petróleo para transporte caerá [por la electrificación del parque móvil]. Y las renovables y la demanda de baterías socavarán la demanda de GNL”.
Qatar, fuera de juego
En abril, las exportaciones estadounidenses de gas, un combustible clave para la industria y las calefacciones, se han disparado hasta marcar un nuevo récord. En gran medida, por el repliegue obligado de su principal competidor, Qatar: con Ormuz bloqueado, el emirato ha pasado de poner más GNL que nadie en el mercado a no poder vender prácticamente nada. Un camino expedito que están aprovechando, y de qué manera, las energéticas estadounidenses.
Doha, gasista entre gasistas, no solo ha visto cercenados sus canales exportadores: en represalia a los ataques estadounidenses e israelíes, Irán ha atacado algunas de sus instalaciones energéticas clave, sembrando interrogantes sobre su capacidad futura. Los bombardeos y drones del ejército iraní han provocado daños en el complejo de Ras Laffan, el mayor campo de gas del planeta. Una ofensiva que, según los cálculos de la todopoderosa firma estatal Qatar Energy, amenaza casi la quinta parte de su capacidad exportadora el próximo lustro.
“Estados Unidos no solo vende hoy más GNL que ningún otro país: su capacidad exportadora se duplicará aproximadamente para 2030”, subrayan los analistas del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA, un centro de estudios de corte ambientalista). Es una auténtica revolución, con enormes reverberaciones en dos planos: el económico ―su industria tiene acceso a un gas natural muchísimo más barato que en otros rincones del planeta― y el geoestratégico ―le ha dado más autonomía estratégica de la que nunca imaginó―.
Este cambio total en la foto fija energética estadounidense solo ha sido posible gracias al fracking, una técnica que consiste en inyectar una mezcla de agua, arena y productos químicos sobre formaciones rocosas para obtener esquisto, rico en petróleo y gas natural.
Las ventas estadounidenses de GNL seguirán creciendo en los próximos años, a medida que los cinco grandes proyectos de extracción entren en operación y aumenten su producción. No solo por barco, sino también por tubo: sobre todo a México, que ahora también quiere subirse a esa ola. Precisamente, para no depender tanto de su vecino del norte.
La Administración estadounidense proyecta para este año un aumento del 18% en sus exportaciones netas de gas natural. Una cifra que incluso podría quedarse corta si el cierre de Ormuz se prolonga y Qatar sigue fuera de juego más tiempo de lo previsto. En 2027, las exportaciones netas aumentarán un 10% adicional.
Trump lleva meses vanagloriándose de hasta qué punto Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia fósil. Frente a su fanática animadversión a las renovables ―en especial, a las renovables―, en campaña electoral popularizó el drill baby drill(perfora, nena, perfora). Una forma de dar públicamente rienda suelta tras unos años, los de la Administración de Joe Biden, en los que la apuesta era de futuro ―las renovables― y no de pasado ―crudo, gas y, también, el muy contaminante carbón―.
Pese a que este fuerte repunte de las exportaciones estadounidenses está siendo fundamental para cubrir el vacío dejado por los países del Golfo, también es un arma de doble filo para los países que están tirando a la desesperada de ese recurso. En la era Trump, Estados Unidos es todo menos un socio fiable. Ni para Europa, ni para Asia, ni para nadie.
2 comentarios:
Satán se mete en politica
Ángel Munárriz
Mi oponente no solo está equivocado, ni es solo un enemigo. Ni siquiera es únicamente malo. Es algo más, algo peor. ¿Un traidor? Peor. Es un siervo del Anticristo, que lo guía desde las tinieblas. Lo anterior no es palabrería esotérica. Ni fanatismo religioso. Es la síntesis de una narración política en auge dentro del sector más exaltado del republicanismo trumpista que domina Estados Unidos y extiende su influencia por todo el mundo. También por España, donde el líder de Vox, Santiago Abascal, afirma que tendrá que hacer un “exorcismo” en La Moncloa.
Son ecos locales —aún lejanos— de una retórica del cristianismo ultraconservador norteamericano que vislumbra la presencia de Satanás en cada adversario. Y no de un Satán simbólico, sino de un Satán de carne roja y ardiente. “En EE UU, para millones de cristianos, el diablo no es una abstracción. Es un ser con rabo y cuernos, una amenaza real. Su uso para infundir miedo por parte del trumpismo, mezclado con teorías de la conspiración y alimentado por la polarización, está en auge”, señala Javier Cavanilles, autor de Satanismo. Historia del culto al mal (Almuzara, 2024).
La asimilación del rival con el Mal infernal es un viejo recurso en la política estadounidense, con una historia reciente que abarca desde el macartismo hasta las teorías de la conspiración QAnon y Pizzagate, en las que la alianza del diablo con toda suerte de antipatriotas de oscuro pelaje desempeñan un papel crucial. “Los evangélicos conservadores llevan mucho tiempo hablando de la obra del diablo” para estigmatizar a sus oponentes, explica la historiadora estadounidense Kristin Du Mez, autora de Jesús y John Wayne (Capitán Swing, 2022). La diferencia ahora es que, con Donald Trump en el apogeo de su poder, el uso político del Anticristo se integra en un discurso más excluyente erigido en “corriente dominante” del republicanismo en el poder, que además de satanizar a los rivales endiosa a Trump. Coincide la experta en sociología religiosa Nancy T. Ammerman, también estadounidense, que destaca cómo el cristianismo “sectario” se ha instalado en los “despachos del Gobierno”. Ahí, en un creciente maniqueísmo que presenta la política como una prolongación de la lucha entre el bien y el mal, es donde hay que inscribir la obsesión trumpista por el diablo.
Contra el “partido de Satán”
Ya antes del regreso de Trump, distintas voces del variopinto movimiento MAGA habían mostrado su propensión a agitar el espantajo de Satanás, que lo mismo era citado como inspirador de un estrecho colaborador de Hillary Clinton que como aglutinador de las élites que compadrearon con el pederasta Jeffrey Epstein. Así que no es raro que, poco antes de la segunda victoria de Trump, una encuesta del Instituto de Investigación sobre Religión Pública detectara que casi una quinta parte de los estadounidenses pensaban que los adoradores de Satán controlan los gobiernos, los medios y la banca.
Es poco probable que creencias de este tipo hayan disminuido. Desde su vuelta a la Casa Blanca, Trump se ha dedicado a abonar esta fijación. Lo ha hecho en persona, refiriéndose a los demócratas como “el partido de Satán”. Pero también con el nombramiento de Paula White, que proclama que la misión de Trump es enfrentarse a toda una “confederación demoníaca”, como directora de su Oficina de la Fe.
White, la mujer de rojo en la icónica imagen de los pastores rezando en torno al presidente en el Despacho Oval, la misma que lo compara con Jesucristo, es solo una de las voces que salpican el discurso trumpista de referencias apocalípticas a la lucha entre la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. Si los medios y canales del movimiento MAGA han jugado a excitar las fantasías de sus seguidores con todo tipo de especulaciones sobre el llamado “portátil de infierno” de un hijo de Joe Biden, el asesinato de Charlie Kirk adquirió en el imaginario trumpista el carácter de obra diabólica.
Satán ... (2 y fin)
En uno de los círculos más poderosos en torno a Trump, el de los tecnomillonarios, Peter Thiel también tiene la idea del diablo entre ceja y ceja. Mentor del vicepresidente, J. D. Vance, Thiel lleva tiempo haciendo hueco en su agenda de presidente de Palantir, una empresa de vigilancia esencial para la CIA y el Pentágono, para compartir con selectas audiencias sus profecías sobre el Anticristo. En su caso, habla de un demonio más conceptual, una especie de fuerza globalista y woke que empuja al mundo hacia un apocalipsis del que solo los cerebros visionarios —él y algún otro, por supuesto— pueden salvarlo. No va en broma. Tras San Francisco y Tokio, acaba de llevar sus filosofadas al filo de la herejía a la mismísima Roma. Du Mez no ve solo fanatismo en este empeño. Ve ambición: “Para Thiel, el Anticristo es cualquiera que interfiera en el creciente alcance de la tecnología”.
“Buenos y malos españoles”
Satán no solo pasea por la política estadounidense. En El Salvador, el presidente, Nayib Bukele, atribuye obediencia satánica a las pandillas . El bolsonarismo presenta a la izquierda brasileña como una fuerza infernal. En uno de sus arranques más disparatados, Javier Milei —antes de ser presidente— afirmó que el papa Francisco era “el representante del Maligno en la Tierra”.
¿Y en España? Empieza a no ser raro que Abascal meta al diablo en sus invectivas. Sin el dramatismo religioso yanqui, juega con la idea del exorcismo de La Moncloa y dice que habrá que echar “agua bendita” en el Palacio de Congresos de Plasencia tras un mitin de Pedro Sánchez, al que acusa de apoyar el “terrorismo satánico” en Oriente Próximo. El nombre del demonio también ha aparecido en las movilizaciones más extravagantes ante la sede del PSOE, en Ferraz, y se integra en las enrevesadas narraciones del submundo conspiranoico. “Vox es la punta de lanza en España de esa forma de hacer política demonizando al adversario —señala Cavanilles—. Pero es complicado que aquí penetre tanto como en EE UU, donde la lectura de la Biblia es más literalista, donde está arraigada la creencia en el Armagedón, el Apocalipsis y la segunda venida de Cristo para combatir al Anticristo”.
El historiador Alejandro Quiroga explica que en España la demonización del adversario no se sirve tanto de la figura de Satán como de la confrontación entre la “España verdadera” —la católica y conservadora— y la “anti-España”. Para el director del máster Nacionalismo e Identidades Nacionales de la Complutense, la idea de “las dos ciudades de San Agustín”, una de la luz, otra de la oscuridad, sigue en el sustrato discursivo de la derecha, por ejemplo, cuando Vox distingue entre “buenos y malos españoles”, pero también cuando Isabel Díaz Ayuso escribe en X “líbranos del mal” en referencia a Sánchez. “Quizás en España es más difícil convencer a alguien de que el diablo está detrás del adversario político, pero eso no significa que no sea posible deshumanizarlo usando recursos anclados en narraciones religiosas sobre el bien y el mal”.
https://elpais.com/ideas/2026-05-08/satanas-se-mete-en-politica.html
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