Por Jonathan Martínez
El 17 de noviembre de 2023, cuando la Franja de Gaza llevaba cuarenta y un días bajo asedio, el líder de la OMS se dirigió a la Asamblea General de las Naciones Unidas para denunciar el colapso del sistema sanitario palestino. "No hay palabras para describir el horror", dijo Tedros Adhanom. Ya para entonces, más de la mitad de los hospitales de Gaza habían dejado de prestar servicio. Los bebés morían en las incubadoras. Faltaba agua potable. Se agotaban las camas y los suministros. La quiebra del alcantarillado había dejado un panorama de insalubridad mientras el personal médico escapaba de los ataques aéreos. Eran los primeros compases de la ofensiva y lo peor estaba aún por llegar.
"No hay palabras para expresar los horrores que se desenvuelven ante nuestros ojos", diría meses después el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. "No quedan palabras que puedan hacer justicia al pueblo de Gaza", tuitearía más tarde el Comisionado General de la UNRWA. "No hay palabras para describir lo que vimos", diría la embajadora de Estados Unidos ante la ONU. "No hay palabras para describir el nivel de sufrimiento", añadiría la presidenta del CICR. La ausencia de vocabulario se ha convertido ya en un tópico estéril que no habla tanto de los límites del lenguaje como de los límites de la intervención política.
Hay palabras de sobra para definir las matanzas de Gaza, entre otras cosas porque la historia es abundante en episodios abominables y nunca han escaseado las crónicas, los discursos y las literaturas. Si no hubiera palabras, los paladines del sionismo no se enzarzarían en discusiones bizantinas sobre la conveniencia del término "genocidio". Las frases que alguna vez alguien pronunció en Halabja, Srebrenica o Darfur se han repetido en Gaza con toda la gama extensa de los diccionarios. Por si el idioma fuera insuficiente, tenemos imágenes con la mejor resolución y sonidos de espanto que tardaremos siglos en olvidar. No faltan las palabras. Faltan las acciones.
El otro día, en Edimburgo, dos policías se llevaron detenido al guionista Paul Laverty. Lo han señalado con pretextos antiterroristas por lucir una camiseta con un lema tan simple como peligroso: "Genocidio en Palestina, hora de tomar acción". Mientras los agentes lo empujaban hacia el furgón, Laverty trató de conocer en vano los motivos del arresto. "Lo que quería saber es con qué parte de las siete palabras no estaban de acuerdo". La explicación más sencilla es que la organización Palestine Action ha sido proscrita en Reino Unido y la camiseta de Laverty escondía un guiño cómplice. Sin embargo, todo nos lleva a pensar que hay algo especialmente indigesto en la palabra "acción".
El desafío de Laverty llega después de que Sally Rooney expresara su apoyo a Palestine Action. Más allá del pronunciamiento, la escritora irlandesa donará una fracción de sus ingresos por derechos de autora. "Si esto me hace partidaria del terrorismo, que así sea". La controversia sobre el compromiso artístico se encendió con el festival de Glastonbury. Mientras Bob Vylan o Kneecap arriesgaban consecuencias penales por su apoyo al pueblo palestino, Noel Gallagher deslucía el retorno de Oasis con sus lamentos en el diario The Sun: "Este lugar se está volviendo un poco 'woke' y eso no me gusta en la música: pequeños idiotas de mierda agitando banderas y haciendo declaraciones políticas".
Por una retorcida paradoja, la de Gallagher es la manifestación más netamente política del paisaje musical británico, la ideología en su forma más pura, el consentimiento por omisión, la aceptación de la realidad a fuerza de querer ignorarla. Las masacres tienen mudos colaboradores. Hay una coalición de activistas que operan con tácita dejadez en terrenos internacionales. Podríamos llamarla Palestine Inaction y está sufragada por los súbditos geopolíticos de Estados Unidos. Los mandatarios europeos, que llevan más de diez años imponiendo sanciones a Rusia, se deshacen ahora en circunloquios para que los intereses israelíes permanezcan intactos.
El 17 de marzo de 2023, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Vladimir Putin por presuntos crímenes de guerra. Joe Biden aplaudió la decisión y la consideró "justificada". El 21 de noviembre de 2024, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Benjamin Netanyahu por presuntos crímenes de guerra. Joe Biden condenó la decisión y la consideró "escandalosa". Trump recibió al primer ministro israelí en Washington y anunció sanciones contra la CPI. Viktor Orbán lo recibió en Budapest y mandó retirar Hungría de la CPI. Alemania, Francia, Italia, Polonia, Países Bajos y Argentina han valorado conceder la inmunidad a Netanyahu.
Vayamos a las competiciones deportivas. Tras la invasión de Ucrania, las federaciones rusas fueron censuradas de inmediato por organismos internacionales como el COI, la FIFA o la UEFA. La exclusión se extendió al atletismo, el tenis, el rugby o el hockey sobre hielo. Tras la invasión de Gaza, en cambio, los organismos internacionales no solo no impusieron sanciones, sino que buscaron subterfugios para que los deportistas israelíes pudieran continuar con sus carreras en condiciones de máxima protección. A esa doctrina de falsa neutralidad se acoge Javier Guillén para autorizar la participación del equipo Israel-Premier Tech en La Vuelta.
La semana pasada, durante una visita a Osaka, António Guterres denunció la emergencia humanitaria que padece el pueblo palestino. "Cuando parece que ya no quedan palabras para describir el infierno viviente de Gaza, se añade una nueva: 'hambruna'". El Secretario General de la ONU demuestra que sí existe un vocabulario. De hecho, desde que Israel cayó con todas sus fuerzas sobre Gaza, no hemos hecho otra cosa que expandir nuestro campo léxico. Las palabras sin acción corren el riesgo de volverse palabrería. Nadie recordará a nuestros gobernantes por todo aquello que no dijeron, sino por todo aquello que no se atrevieron a hacer.
https://www.publico.es/opinion/columnas/palestine-inaction.html
2 comentarios:
Wennys Díaz Ballaga: La industria, la escuela y el desafío de los uniformes
La demanda de uniformes para este curso escolar es de 3 600 000 prendas, y se ha podido financiar, hasta la fecha, la materia prima para 2 200 000
TRUMP: TAMBORES DE GUERRA
(Editorial de La Jornada)
El lunes pasado trascendió que el gobierno de Donald Trump envió el crucero de misiles guiados USS Lake Erie y el submarino de ataque rápido de propulsión nuclear USS Newport News al “sur del Caribe”, es decir, a las costas venezolanas. De este modo, Washington ya cuenta con por lo menos ocho buques de guerra desplegados en la zona, como parte de lo que el mandatario denomina ofensiva contra el narcoterrorismo.
Basta repasar la naturaleza y capacidades de las embarcaciones para develar las verdaderas intenciones de semejante alarde belicista: el USS Gravely, el USS Jason Dunham y el USS Sampson son destructores de la clase Arleigh Burque, fabricados para lanzar ataques terrestres, guerra antiaérea, guerra antisubmarina, guerra antisuperficie e incluso armamento antisatélite, así como misiles antibalísticos (misiles que derriban otros misiles); en tanto, el USS San Antonio, el USS Iwo Jima y el USS Fort Lauderdale, con una tripulación de 4 mil 500 elementos, son buques de asalto anfibio, cuya función es transportar tropas con todo el material necesario para emprender una invasión en cualquier tipo de costa.
En cuanto al mencionado USS Newport News, que también dispone de armamento antisuperficie, fue utilizado en la invasión y colonización de Irak y Afganistán a principios de siglo.
Para cualquier observador objetivo, resulta inverosímil que el combate al trasiego de estupefacientes se lleve a cabo con cruceros, destructores, plataformas de desembarco y submarinos nucleares, naves cuyo poder de fuego no sólo es absolutamente desproporcionado para la supuesta misión, sino que además tienen dimensiones que los vuelven inútiles y hasta contraproducentes en esa clase de operaciones. Si a lo anterior se suman los antecedentes de la clasificación por parte de Washington de los cárteles como organizaciones terroristas y del presidente venezolano, Nicolás Maduro, como líder de uno de ellos, se vuelve transparente que la flota estadunidense persigue el derrocamiento del dirigente chavista, ya sea mediante la traición de los mandos militares –con que la ultraderecha venezolana fantasea desde 2002– o la intervención directa de las fuerzas armadas de la superpotencia.
En este contexto, es deplorable que los émulos regionales de Trump sigan el juego de equiparar el negocio delictivo del narcotráfico con el del terrorismo, cuyos móviles son políticos e ideológicos, y que apliquen la etiqueta de narcoterrorista a organizaciones cuya existencia es más que dudosa. Con independencia de filiaciones ideológicas y partidistas, todos los gobernantes latinoamericanos deberían entender que la agresión imperialista contra Caracas erosiona la soberanía de todos los demás países del hemisferio y que rechazar el intervencionismo es un asunto de seguridad nacional, dignidad, patriotismo bien entendido y, en última instancia, de supervivencia.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/08/28/editorial/trump-tambores-de-guerra
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