jueves, 24 de octubre de 2024

El salto a la oscuridad

Por Rosa Miriam Elizalde

Cuba ha vivido la crisis energética de mayor calado que se recuerde. El viernes 18 de octubre todo un país se quedó a oscuras y los cortes se mantenían todavía hoy, aunque más de 60 por ciento de los cubanos venían soportando desde hace varias semanas apagones de más de 14 horas e interrupciones en servicios esenciales, desde el suministro de agua potable hasta la comunicación y la salud pública.

Mientras las trasnacionales mediáticas volteaban brevemente la mirada a la isla y los sistemas profesionales de intoxicación de Florida llamaban por Internet a la desobediencia civil, a “tirarse para la calle” y mostraban cómo construir cocteles molotov, el extenso apagón de los cubanos aparecía por todas partes, pero se silenciaba con frecuencia la nota más oscura de esta realidad: el prolongado bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de seis décadas.

Para el lector de La Jornada, los televidentes de Telesur y algunos otros medios de influencia en sectores de la izquierda, el bloqueo es un tema socorrido o una nota al pie obligada. Pero de tanto hablarse de ello en nuestros circuitos no pocas veces se le pasa por encima con un bostezo, lo que nos recuerda que uno de los riesgos de la naturalización de la violencia, sea cual sea, es que se tiende a pensar que no podrá ser eliminada y que debemos convivir con ella de aquí a la eternidad.

El apagón masivo de estos días, que ocurrió de manera simultánea con el paso del huracán Óscar, ha mostrado esa violencia sistemáticamente ejercida contra el pueblo de Cuba, que tiene raíces profundas en la guerra económica de Estados Unidos y evidencia el éxito que ha tenido la política de máxima presión establecida por Donald Trump, mantenida intacta por Joe Biden. Desde 2019 la soga al cuello se ha ido apretando fríamente a la vista de todos y lo único que falta es que cruja definitivamente el piso.

La crisis energética que sufre la isla no es nueva, pero la intensidad y la duración de los apagones muestran la gravedad de la situación. Las autoridades cubanas atribuyeron la caída del servicio a la falta de combustible y a las dificultades para mantener las plantas de generación eléctrica en funcionamiento. Las termoeléctricas, pieza central del sistema energético de la isla, operan con equipos obsoletos y requieren mantenimiento constante, algo que se ha tornado imposible debido a las sanciones estadunidenses.

Cuba no puede acceder a piezas de repuesto, tecnología avanzada y financiamiento internacional para modernizar su infraestructura energética. Tampoco puede adquirir combustible fácilmente, o porque no tiene cómo pagar los fletes o porque el acceso a los mercados internacionales de petróleo está restringido debido a la presión que Estados Unidos ejerce sobre terceros países, bancos y navieras que comercian con la isla. Como consecuencia, Cuba depende de un suministro irregular de combustibles, en gran parte proveniente de aliados como Venezuela, que también enfrenta sanciones de Estados Unidos y brega con sus propios problemas económicos.

Esta dependencia de fuentes externas de energía y la imposibilidad de modernizar la red eléctrica han creado un coctel explosivo que conduce a los apagones frecuentes, agravados por el desgaste de las plantas generadoras. El sector energético cubano, que ya estaba en una situación crítica antes del pasado viernes, se ve así atrapado en un círculo vicioso: sin combustible, no puede generar electricidad, y sin electricidad, la economía y la calidad de vida de la población se desploman.

Eso se traduce en incertidumbre y desesperación. En muchos barrios los vecinos hicieron ollas colectivas en improvisadas cocinas de leña, no sólo por solidaridad, sino porque las familias no podían conservar los alimentos por falta de refrigeración, lo que agudiza en el corto plazo la ya precaria situación alimentaria.

Los hospitales, aunque equipados con generadores de emergencia, no podían operar a plena capacidad durante largos periodos sin electricidad, lo que ha puesto en riesgo la vida de pacientes que dependen de equipos médicos. El agua no se podía bombear y el gas no llegaba a la cocina. El acceso a Internet y a los servicios de telecomunicaciones también se han visto severamente limitados, aislando a muchas personas del mundo exterior.

Los arquitectos del bloqueo saben muy bien que el sufrimiento sitúa a millones de personas en una equivocada y peligrosa visión de túnel donde sólo se ve el sálvese quien pueda como solución. Son también especialistas en tirar la piedra y esconder la mano. La secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, afirmó el lunes que la política de ese país no ha tenido nada ver con la crisis energética que se vive en la isla del Caribe y que su gobierno estaría dispuesto a enviar ayuda a los cubanos, si La Habana lo pide.

Cuando los apagones han hecho nido en Cuba, no hay mayor salto en la oscuridad que el cinismo político de Washington.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/10/24/opinion/el-salto-a-la-oscuridad-8444

miércoles, 23 de octubre de 2024

La posible “ingratitud de los hombres”, es un espectro real que tenemos que enfrentar…

Por Félix Sautié Mederos

José Martí se lo anunció a Gómez y todavía está presente en nuestra Historia… El apagón, el Bloqueo en grado extremo y la falta del combustible necesario… 

Junto con todo el pueblo de Cuba, he estado afrontando un apagón de electricidad como nunca antes y no he podido publicar nada al respecto porque he estado profundamente apagado como consecuencia física de tan grave problema, pero no por eso he dejado de pensar en mis convicciones revolucionarias y en la necesidad del cambio positivo de un sistema dentro del cual cada día se nos hace más difícil defendernos del Bloqueo criminal y de toda la Guerra de nuevo tipo que el Imperialismo nos está perpetrando.

De nuevo tengo electricidad y quiero manifestarme en concreto como siempre lo hago, muy a pesar de que no se me tome en cuenta por quienes deberían hacerlo para actuar en consecuencia con los problemas que analizo y alerto.

Eso, en definitiva, no me va a inhibir de continuar publicando mis análisis y alertas sobre las realidades que vivimos, algunas de las cuales nos vienen encima. Luchar sin descanso y no claudicar son las improntas siempre presentes de un revolucionario, y más aún cuando todo empeora. Entonces tenemos que arreciar todo lo que hacemos por la Revolución y la vida.

Además, pasando por alto con elegancia y virtud los efectos de la posible ingratitud de los hombres que José Martí anunció a Gómez en su llamado a la Guerra necesaria, como una posible consecuencia que se nos manifieste en el devenir de la historia. Cuba revolucionaria nunca ha sido ingrata y ahora tampoco lo será a pesar de todo lo que nos suceda. Luchar sin descanso y sin mirar para atrás.

Alertas y presente en la lucha, de mi parte muy a pesar de los achaques propios de mis 86 años y de mi postración diabética que limita mi vida, uso entonces y en consecuencia el escudo y la palabra escrita como armas que empuñaré hasta el final de mi vida, Y eso lo hago en estos momentos aciagos en los que no pierdo las esperanzas en la victoria final, pero quiero alertar de que la mayor amenaza incluso por encima de las consecuencias del Bloqueo, que es el principal obstáculo para nuestro desarrollo, son nuestros propios errores e inconsecuencias.

El apagón ha sido una lección que hay que analizar para continuar la lucha por una victoria que es cierta si actuamos en consecuencia con las leyes objetivas propias de la economía del momento que tenemos por delante. Hay que hacer las reformas necesarias incluso estructurales sin adjurar de nuestras ideas básicas, que nos permitan salir adelante, aunque tengamos que hacerle frente, además, a la posible ingratitud de los hombres estén en donde estén, por quienes también luchamos por sus intereses revolucionarios.

Así lo pienso y así lo expreso con el propósito de que cada cual comprenda el papel que en la lucha le corresponde, porque Cuba nunca ha abandonado a nadie. Con mis respetos por la opinión diferente y sin querer ofender a nadie en particular más que nunca antes.

https://felixsautie.com/articulos.php?la-posible-ingratitud-de-los-hombres-es-un-espectro-real-que-tenemos-que-enfrentar

martes, 22 de octubre de 2024

Entrevista a Joan Manuel Serrat

 Por Carlos Marcos

A Joan Manuel Serrat (Barcelona, 80 años) le pica el brazo derecho. Se lo rasca con energía. Le ha picado una avispa y, en su caso, eso se debe a que últimamente pasea largo rato por el campo y lo hace en manga corta. “Bueno, no pasa nada”, se baja la manga de la camisa que lleva el día de la entrevista (realizada esta semana) sin dar importancia a la picadura. La forma en la que ha surgido esta entrevista refleja bien su actual situación: sin manager, sin discográfica, sin disco que promocionar, sin ningún intermediario… Tres o cuatro mensajes compartidos por WhatsApp y la cita se fija en una oficina que posee en Barcelona. “Me sabe mal que hayas tenido que viajar. Seguro que has debido madrugar…”, se preocupa, y no hay motivo: dos horas y media de tren desde Madrid para charlar con tranquilidad con probablemente el músico que más ha penetrado en el alma de catalanohablantes e hispanohablantes.

 

Serrat se despidió en 2022 con una gira que finalizó el 23 de diciembre en Barcelona y desde entonces no ha parado de recibir homenajes y premios. El inminente, el Princesa de Asturias de las Artes, que recoge el 25 de octubre en Oviedo. Responde primero mirando al vacío, buscando las frases más elocuentes y, luego, cuando ya ha emprendido el buen camino, mira a los ojos. A pesar de su pesimismo general con la situación política y social, habla con tranquilidad y cierta ternura. Se ríe mucho, cuando se requiere. Tras la entrevista, dirá: “Me he ido por las ramas muchas veces. Bueno tú corta y pon ‘divaga’ entre paréntesis”. Y sonríe…

 

Pregunta. Fue muy serratiano lo que dijo en la rueda de prensa después de que le concedieran el Princesa de Asturias de las Artes, el pasado abril: no sabía nada y cuando se lo comunicaron su plan del día era renovarse el carnet de conducir. ¿Lo llegó a renovar?

 

Respuesta. Sí, sí, lo renové después. Lo hago en una de esas clínicas donde te hacen todas las pruebas. Lo curioso es que no conduzco. Pero lo renuevo por si un día me echan de casa… (risas).

 

P. ¿Qué le ha ofrecido la vida en estos dos últimos años, desde que se despidió?

 

R. Que puedo disponer de mi tiempo mejor. Puedo dejar para mañana lo que no quiera hacer hoy y mi mujer y yo tenemos más tiempo para viajar a nuestro antojo. Yo lo resumiría con una frase que escuché a alguien: “Esto de no hacer nada, si te lo tomas en serio, es un no parar”.

 

P. ¿Usted se encontraba bien física y emocionalmente para continuar ofreciendo conciertos?

 

R. No dejé los escenarios ni por aburrimiento ni por discutir con ellos ni porque me pesaran. Al contrario: cuando hice los últimos conciertos, estar en el escenario fue lo que siempre ha sido, un momento de gran emoción y de vampirizar a la gente para ir reforzándome yo mismo. No estaba en absoluto en un estado físico malo y tenía un público fiel que me animaba y empujaba. Pero a pesar de todo pensé que es preferible decidir por ti mismo el momento de terminar. No tenía nada que me esperara ni nada por hacer que no hubiera hecho antes. No pensaba dedicar mi tiempo a la contemplación ni a la petanca ni a la familia. ¡Pobre familia! A la familia [Serrat tiene tres hijos y seis nietos] hay que dejarla hacer lo que desee. La familia es un conjunto de individuos e individuas que tiene cosas que hacer. No vas a aparecer de pronto y decir “hola, ya estoy aquí”, porque a lo mejor te llevas un chasco… (risas).

 

P. ¿Cuántas veces ha pensado en estos dos años: “Mecachis, me precipité”?

 

R. No, no he llegado a esto. En algunos momentos he tenido un ramalazo de melancolía, pero lo combato rápidamente no haciéndole caso. Es la consecuencia de haber practicado algo durante mucho tiempo y dejarlo de practicar: hay un síndrome de la pierna cortada, pero dura poco.

 

P. El 23 de diciembre de 2022 fue su último recital, en el Palau Sant Jordi de Barcelona. La última canción fue una sorpresa, un tema que no interpretó en toda la gira, Una guitarra, una de sus primeras canciones, en catalán, de 1965. Supongo que fue algo simbólico…

 

R. Y encima se me rompió la guitarra. Suerte que tenía otra… (risas). Me pareció una forma bonita de cerrar el círculo, algo emocional. Empecé en los sesenta tocando una guitarra, solo en el escenario, y creí bonito terminar de la misma manera.

 

P. Esa canción, Una guitarra, la compuso con veintipocos años y parece escrita por alguien mayor, casi una letra crepuscular. Dice: “Vàrem créixer plegats, jo em vaig fer un home. / Ella es va anar espatllant al meu costat. / Ara que jo la veig bruta i trencada, m’adono del molt que l’he estimat”. (Crecimos juntos, me convertí en un hombre. / Ella se fue estropeando a mi lado. / Ahora que la veo sucia y rota, me doy cuenta de cuánto la he amado).

 

R. Nunca pretendí escribir como un señor mayor. Era lo que se me ocurría. Si tuviera que recomendar a alguien joven con ilusión algo sobre escribir canciones, le diría que sea muy sincero. Y si tiene suerte y la gente lo recibe bien y le pide más, que no repita a propósito fórmulas, que no escuche a la cátedra, a los gurús, y que sepa que la libertad de creación es lo que le va a llevar a ser él mismo.

 

P. Muy pocas veces ha hablado sobre cómo compone.

 

R. No tengo una mecánica que no sea el trabajo. Compongo y escribo al mismo tiempo. Procuro que lo que escribo y lo que va a sonar se ajusten. Planear primero escribir un texto y luego ajustar una música es complicadísimo, y al revés todavía es más difícil. Lo he hecho, y en escasas ocasiones me siento satisfecho. Para mí la forma natural es hilvanando la escritura con la composición. Una frase musical, engarzar alguna parte de texto... y así, uno con el otro, ir tirando. Eso sí, hay que tener antes una idea.

 

P. Habla en presente. ¿Ha compuesto algo recientemente?

 

R. Sí, pero no sé qué voy a hacer con ello. Son esbozos muy avanzados.

 

P. ¿Puede haber un disco nuevo de Serrat? Porque usted siempre dijo que se retiraba de los escenarios, pero no descartó lanzar canciones.

 

R. El problema es que no sé la manera de presentar ahora un disco a la gente. El disco es un mecanismo que si no ha caducado está en vías de caducar. Y también veo que las discográficas están por otros asuntos y la industria del disco es solo una parte de su negocio: también son managers, editoriales… Ahora el escaparate para mostrar un disco necesita la defensa del directo y ahí volvemos otra vez al principio de la historia. Resultaría muy decepcionante para mí terminar un disco y luego no saber cómo comunicar eso a la gente. No sé. No sé…

 

P. ¿Cómo percibe el paso del tiempo, lento o rápido?

 

R. El tiempo pasa muy rápido. Y especialmente a medida que envejeces lo notas más. Y cuando pasa te das cuenta de la gran importancia que tiene. Estamos en manos del tiempo, totalmente. Y haríamos bien en utilizarlo de las formas que nos fueran más satisfactorias. Lo que también pienso es que confundimos perder el tiempo con usarlo en utilidades no lucrativas: puedes trabajar y ganar dinero, puedes practicar deporte y ganar salud, puedes hacer un mueble y ganar en estética… Siempre hay un ganar detrás de la inversión del tiempo. Pero también se pueden hacer cosas sin ganar nada. Con el tema de la pandemia y el encierro, durante aquellos días, yo, que tengo la fortuna de vivir en una casa unifamiliar y con un pequeño jardín, pude percibir un fenómeno maravilloso: volvieron a aparecer los pájaros. En la medida en que desaparecían los coches surgían los pájaros. Lo cual me llevó a desplazar mi atención del mundo de la lectura al mundo de la observación. Y cada día iba viendo milagros: cómo el territorio iba recuperando su terreno. A medida que vas perdiendo el tiempo te das cuenta de lo escaso que es.

 

P. ¿Cómo gestiona el sentimiento de pérdida?

 

R. Es lo que peor llevo. Peor de lo que he podido llevar la aparición del cáncer y de volverme a pelear con él, y afortunadamente volver a vencerlo. Lo peor es la pérdida de mis amigos, la desaparición de parte de mí que se va con ellos. Dejan muchos vacíos en mi vida. Eso es lo que más me afecta.

 

P. Hace unos días EL PAÍS tituló un interesante reportaje: ¿Nos hacemos de derechas con la edad? Por ejemplo, hace un par de años Joaquín Sabina cuestionó su filiación de izquierdas.

 

R. Creo que Joaquín no ha renegado de la izquierda. Él dice cosas espontáneas como espontáneo que es y con poca reflexión... a veces. No creo que sea un momento para renegar de una serie de ideales que necesitan más que nunca ser reivindicados. La lista de derechos humanos debería añadirse a los derechos constitucionales del individuo. Y a partir de ahí, el Estado debería ser coherente con estos derechos. A veces los derechos humanos se quedan en discusiones parlamentarias y no se consigue avanzar. El progreso tiene mucho camino por recorrer. Avanzamos poco. El progreso no es la inteligencia artificial. El progreso es que la cantidad de pobres por metro cuadro disminuya, que los jóvenes puedan desarrollar sus habilidades, que son muchas, y sobre todo que no sean estigmatizados por la sencilla razón de que no los entendemos. No podemos caer en lo que advertía Machado: “Ayer dominadora, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora”. No podemos despreciar lo que ignoramos.

 

P. ¿Cree que existe en la actualidad un peligro de recortes de libertades?

 

R. Yo creo en la ciencia, pero no creo en Elon Musk ni en Zuckerberg [presidente de Meta y fundador de Facebook]. Un mundo banal y ficticio se nos está cayendo encima. El manejo de las redes sociales, de los algoritmos que satisfacen el deseo de los usuarios que no se percatan de que se están convirtiendo en siervos… Los Estados pasan de puntillas por esto. Zuckerberg apareció una vez en el Congreso de Estados Unidos y había que ver la cara de desconcierto que tenía ese hombre, tratando de defender lo indefendible.

 

P. Muchas veces da la impresión de que el enfrentamiento es la opción más anhelada...

 

R. Es que el progreso sería conseguir dejar la intolerancia a un lado y aprender que el diálogo con lo que pasa al otro lado del río es fundamental para enfrentar un futuro.

 

P. Machado plantea en su poema El españolito, que usted cantó: “Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza”.

 

R. Efectivamente: si no juntamos la España que se muere y la que bosteza difícilmente podremos salir de esto. Pero esto no es un pecado español, es un mal internacional. Mira en Argentina: el olvido de todo lo ocurrido en las juntas militares y el triunfo de Milei frente a la memoria de lo que ocurrió. Se ha banalizado una cosa y se ha castigado la otra. Esto ocurre también en Europa, que está cayendo en gobiernos de ultraderecha. Parece mentira: una Europa que hace solo 80 años vivía una guerra mundial. Parece que la raza humana está condenada a repetir los fracasos. Pero bueno, hay que seguir defendiendo tus principios con la seguridad de que si los hombres no somos capaces de resolver las cosas, lo hará la naturaleza.

 

P. Hay un tango de Enrique Santos Discépolo, Cambalache, que usted ha interpretado, que dice: “El siglo XX es un despliegue de maldad insolente”. No sé si es aplicable al XXI…

 

R. Todo lo que dice Cambalache se puede aplicar también al XXI. En realidad, lo que cuenta [Discépolo] es un tráiler de lo que pasa hoy. El siglo XXI es tremendo. Lo que pasa en este siglo es lo peor que puede ocurrir: no es el siglo de las mentiras, sino el de las medias verdades. Las medias verdades son infinitamente peor que las mentiras, porque las mentiras son más fáciles de desmontar. Las medias verdades se quedan enquistadas, enganchadas como una lapa.

 

P. ¿Cuál es su kit de resistencia ante las disforias, ante los momentos de desánimo?

 

R. La verdad es que no tengo ningún remedio. No tengo muchos bajones, pero cuando los tengo me cuesta mucho salir. Y no hay química ni licor ni producto alguno capaz de resolverlo. Ni la lectura ni pasear ni nada. Debo solventarlo conmigo mismo.

 

P. ¿Ha tenido alguno reciente?

 

R. No, llevo tiempo sin tener grandes bajones.

 

P. En 1981 publicó una canción titulada A quien corresponda, donde entona: “Que las manzanas no huelen, que nadie conoce al vecino, que a los viejos se les aparta después de habernos servido bien, que el mar está agonizando, que no hay quien confíe en su hermano”. Parece escrita hoy…

 

R. No me hace muy feliz el hecho de que esté vigente. Me gustaría que estuviera caducada, pero no es así. El maltrato a la gente mayor es algo en lo que insisto mucho en mis canciones. Maltrato a nuestro pasado, a nuestro origen, a los responsables de que nosotros podamos disponer de tantas cosas…

 

P. ¿Qué tal se lleva con su cancionero, ahora que no lo interpreta en directo?

 

R. Bueno, yo nunca he hurgado en mi repertorio. Solo cuando tenía que montar un espectáculo me metía más, para seleccionar canciones. Pero me llevo bien con mis canciones. No les echo la culpa de nada ni las responsabilizo de ser malas, porque si son malas el responsable soy yo. La canción, pobrecita, merecía probablemente un poco más.

 

P. En el apartado de versiones ha interpretado alguna vez La Mer, de Charles Trenet (Serrat se pone espontáneamente a cantarla), un tema que también encaró Julio Iglesias. Bueno, los dos son de la misma generación y con una proyección internacional inmensa. ¿Cómo se lleva con él?

 

R. He tenido muy poca relación. Nos hemos visto poco, en alguna entrega de premios… Íbamos a bares distintos (risas). Pero siempre nos hemos tratado con mucho respeto. Él ha hecho una carrera artística extraordinaria y ha tenido que esforzarse muchísimo.

 

 https://elpais.com/cultura/2024-10-20/joan-manuel-serrat-cuando-tengo-bajones-no-hay-quimica-ni-licor-capaz-de-resolverlo.html

lunes, 21 de octubre de 2024

Cuba: apagón y bloqueo

 Editorial del diario La Jornada (México) del día 20 de octubre de 2024

Cuba atraviesa su mayor crisis energética, con la práctica totalidad de la isla y 10 de 11 millones de habitantes privados de electricidad. Los apagones que venían sucediéndose con cada vez mayor frecuencia y duración desde hace tiempo, se convirtieron en una caída total del sistema eléctrico a raíz de la salida de servicio de su principal central termoeléctrica el jueves 17, lo cual obligó a suspender clases y a cerrar casi toda actividad económica mientras las autoridades y los técnicos trabajan para restablecer el fluido. La población teme que esta situación derive en una inminente hambruna debida a la putrefacción de los alimentos.

La causa inmediata de la crisis se encuentra en la falta de combustible para alimentar sus centrales termoeléctricas, empeorada por una coyuntura climática que retrasó la llegada de un buque con fuel oil. Sin embargo, la causa última es la misma que comparten los grandes y pequeños problemas de la isla: el bloqueo comercial y financiero impuesto por Washington hace más de seis décadas con el propósito declarado de reducir por hambre a la población cubana y obligarla a levantarse contra sus autoridades. Aunque dicho objetivo siniestro se ha visto frustrado, las dificultades interminables que debe enfrentar La Habana para captar divisas y adquirir insumos esenciales sí han llevado al país a una lacerante escasezde todo lo necesario para la vida cotidiana.

Muchas veces se piensa que el argumento del bloqueo es un mero pretexto y se olvida la naturaleza criminal de las decenas de leyes y decretos que conforman el más tupido entramado de agresiones no armadas dirigidas contra una nación soberana. Como isla ubicada en el mar Caribe, la vocación económica natural de Cuba se encuentra en el turismo, y su ubicación a sólo 144 kilómetros de Estados Unidos hace de los estadunidenses su mercado lógico y elemental. Pero las normas ilegales de Washington prohíben a sus ciudadanos viajar a la isla. Pero la aplicación ilegal de sanciones no sólo afecta a los habitantes de la superpotencia, sino que cualquier empresa, de cualquier parte del planeta, que compre o venda cualquier objeto –así sea una cebolla, un medicamento para el cáncer o un cuaderno para que los niños estudien– a La Habana se atiene a ser perseguida y aplastada por el país que controla dictatorialmente el sistema financiero global. Una de las fuentes de ingresos más importantes para la práctica totalidad de los estados latinoamericanos y caribeños, las remesas enviadas por sus connacionales que trabajan en el exterior, también se encuentra cerrada para Cuba porque no se le permite acceder al sistema internacional de pagos, uno de los muchos tentáculos del imperialismo estadunidense.

Desde que Hugo Chávez llegó democráticamente al poder en Venezuela a la cabeza de la Revolución bolivariana, Caracas ha prestado un inestimable auxilio al pueblo cubano con sus envíos de hidrocarburos. Pero conforme Washington ha hecho a los venezolanos víctimas de las mismas atrocidades que perpetra contra los cubanos, el gobierno de Nicolás Maduro ha debido recortar su ayuda a Cuba, lo cual ha terminado de desbordar una situación sumamente precaria. Asimismo, a La Habana se le impide comprar maquinaria, herramientas y refacciones con que revertir el deterioro de la infraestructura electroenergética, por lo que los fallos seguirán siendo estructurales en tanto la bota de Washington asfixie a la isla. A Cuba tampoco se le permite acceder a las tecnologías necesarias para emprender la transición energética, pese a que, en el discurso, el actual ocupante de la Casa Blanca y otros líderes occidentales se proclaman impulsores de la lucha contra el cambio climático.

En el presente siglo, salvo Israel sobre el pueblo palestino, ningún país has sido tan sistemática y duraderamente sádico con la población civil como Estados Unidos en su embate contra los cubanos. El sufrimiento humano y el despojo de toda perspectiva de vida digna en su propia tierra son el testimonio del total desprecio de la clase política estadunidense hacia el bienestar de las personas y la libertad en nombre de la que hablan.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/10/20/editorial/cuba-apagon-y-bloqueo-7429

domingo, 20 de octubre de 2024

Se trabaja sin descanso para restablecer el Sistema Electroenergético Nacional

Por Yaima Puig Meneses

Tras poco más de 30 horas desde el «cero generación» en que cayó el Sistema Electroenergético Nacional (SEN), pasadas las cinco de la tarde de este sábado en Cuba se había logrado restablecer la corriente eléctrica al 16% de los consumidores.

Esa cifra fue informada por el director general de la Unión Eléctrica (UNE), Alfredo López Valdés, al actualizar a la máxima dirección del país sobre la marcha de las acciones de recuperación del sistema.

Alcanzar ese porciento de suministro, dijo, no ha sido nada fácil, pues «el funcionamiento del SEN continúa siendo muy inestable en estos momentos», aun cuando la disponibilidad de combustible ha ido mejorando en las últimas horas, respecto a la situación que manifestaba a inicios de la presente semana.

En el encuentro de este sábado —encabezado al igual que en la jornada precedente por el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez—, se analizó de forma detallada la generación que se ha «logrado ir levantando» en cada región del territorio nacional, lo cual no ha estado exento de complejidades que han impedido una más rápida conexión total.

En tal sentido, el Director General de la UNE explicó que en todos los lugares se ha logrado establecer subsistemas, aunque en las últimas horas falló el de Matanzas.

En La Habana, de manera particular, detalló que al momento de la reunión el 23.57% de sus clientes tenían servicio eléctrico y refirió que en horas de la madrugada deben incorporarse a la generación todas las patanas que se encuentran en esta provincia y así se fortalece el Sistema. Los bloques del Mariel están preparados para incorporarse a partir de mañana, aseveró.

Esos números significan, aseguró, que 52 de los 330 circuitos que existen en la provincia se habían restablecido, en los cuales se encuentran ubicados fundamentalmente los hospitales y una parte de los puntos de abasto de agua.

De manera general, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, dio a conocer que al momento del encuentro las unidades de Energás estaban generando e incrementarían paulatinamente, en tanto la termoeléctrica de Santa Cruz estaba encendida, cuya generación permitiría, si no suceden imprevistos, “poder encender las calderas de la Guiteras”, pues con la «isla» de Cienfuegos no fue posible hacerlo.

En la región central, comentó luego el Director General de la Unión Eléctrica, se nos cayó el sistema que habíamos logrado levantar a partir de la caída en Matanzas de Energás Varadero y se está tratando de reconstruir lo que se había avanzado con generación desde Cienfuegos.

Respecto a la zona oriental se explicó que la situación —aun cuando se había logrado sincronizar algunas unidades—, podría complejizarse con el previsible impacto del huracán Oscar. Santiago de Cuba, precisó, es la provincia más afectada con la energía en estos momentos.

El Ministro de Energía y Minas aseguró que en la noche-madrugada debemos tener generando las patanas del Mariel y de La Habana; Energás; la Guiteras; Santa Cruz, y Mariel, que tendrá «que arrancar bajito». Serían, subrayó, unos 900 megawatts de generación.

https://www.granma.cu/cuba/2024-10-19/cuba-trabaja-sin-descanso-para-restablecer-el-sistema-electroenergetico-nacional

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Trayectoria probable del huracán Oscar (imagen del Instituto de Meteorología)












sábado, 19 de octubre de 2024

Los BRICS, el Sur Global, la nueva geopolítica mundial

 Por Ignacio Ramonet

La 16 Cumbre BRICS+ se celebra del 22 al 24 de octubre en Kazán, Rusia. Esta cumbre contará con la participación de los cinco países recientemente cooptados: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Irán y Etiopía. La nueva alianza BRICS+ de 10 miembros definirá las grandes orientaciones del grupo para una asociación más sólida que está transformando radicalmente la geopolítica mundial.

Unos 59 países de Asia, África, Europa del Este y América Latina han expresado interés en unirse a los BRICS+, entre ellos Turquía, lo que es considerable, pues Turquía es miembro de la OTAN y aspira a integrar la Unión Europea. Otros candidatos a unirse a los BRICS+ son Venezuela, Colombia, Bolivia, Cuba, Honduras, Bielorrusia, Indonesia, Tailandia, Malasia, Kazajistán, Argelia, Kuwait, República Democrática del Congo, Nigeria, Gabón y Serbia. Las candidaturas de Venezuela, Colombia, Honduras y Bolivia, en particular, constituyen un grave revés para Estados Unidos, que pierde influencia en su otrora “patio trasero”.

En 2023, el comercio en el seno de los BRICS aumentó significativamente y se espera que alcance 500 mil millones de dólares en 2024. La iniciativa clave de los BRICS es su proyecto de desdolarización, para reducir su dependencia del dólar estadunidense, favoreciendo el uso de sus propias monedas. China y Rusia están liderando esfuerzos con acciones concretas para realizar este proyecto. Cinco países exportadores de petróleo forman ahora parte de los BRICS+.

Si estas naciones deciden exigir el pago del petróleo en monedas locales, el impacto sobre el dólar estadunidense podría ser muy significativo. Esto fortalecería la autonomía de los BRICS en las finanzas internacionales y reduciría su dependencia del dólar estadunidense y de los sistemas financieros occidentales como el SWIFT. Las discusiones están dando paso a acciones concretas, permitiendo el uso de las monedas BRICS o incluso una posible nueva moneda común.

Este desarrollo es un elemento clave de la agenda BRICS+ 2024, cuyo objetivo es fortalecer su papel en el escenario financiero global. Se trabaja para desarrollar una plataforma multilateral de pagos digitales BRICS Bridge, destinada a mejorar la eficiencia del sistema comercial entre los miembros.

Los países del Sur Global están mostrando el deseo de instaurar un orden financiero alternativo que permita eludir tanto al FMI como al dólar gracias, en particular, al Nuevo Banco de Desarrollo BRICS+, cuya gestión está actualmente a cargo de Dilma Rousseff, que reúne todas las condiciones para convertirse en el gran banco del Sur Global porque “prestará dinero con la perspectiva de ayudar a los países y no de asfixiarlos”.

Recientemente, Vladimir Putin también planteó la idea de construir un propio Parlamento BRICS. Dicho Parlamento, una ONU alternativa, permitiría la transformación de BRICS+ en una organización con vocación de desafiar y compensar el desequilibrio existente hoy en el seno de las Naciones Unidas.

Por otra parte, los BRICS están también estrechando lazos con la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO), fundada en 2001 por China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán, a los que se han unido India y Pakistán en 2016, Irán en 2021 y Bielorrusia en 2024. El objetivo de la SCO es garantizar la seguridad colectiva contra el terrorismo, el extremismo y el separatismo.

El atractivo de los BRICS también se siente en Europa, donde países como Serbia aspiran a ser miembros de BRICS+ y al mismo tiempo candidatos a la UE. Algunos miembros de la Unión Europea desean explorar oportunidades de colaboración con los BRICS. Por ejemplo, con respecto a África, estiman que sería relevante explorar sinergias entre la ayuda europea y la asistencia de los BRICS, respetando los principios de no interferencia y de identidad cultural y política de los países africanos. Esta cooperación podría ofrecer oportunidades prometedoras para colaboraciones constructivas entre la UE y los BRICS.

Los BRICS son la punta de lanza de lo que llamamos el Sur Global, o sea, los países antiguamente llamados del Tercer Mundo, donde viven las tres cuartas partes de la humanidad, principales víctimas de los efectos nocivos de la globalización, pero que poseen la mayor parte de la diversidad genética, especies únicas y ecosistemas frágiles del planeta y que se niegan a alinearse con uno u otro de los poderosos del Norte Global, el otro nombre para Occidente.

El denominador común entre esos países es su antigua condición de colonias o protectorados de ciertos países del Norte Global. En este sentido, el surgimiento del Sur Global está en la línea de la Conferencia Tricontinental celebrada en La Habana en 1966. El Sur Global cuestiona el actual orden mundial.

El trato tan diferente aplicado por el Norte Global a Rusia e Israel durante los actuales conflictos en Ucrania y Gaza, respectivamente, suscita un sentimiento de protesta entre los países del Sur Global: la convicción de que Occidente no aplica las mismas reglas en todas partes, y muestra un profundo cinismo.

Ya no se puede ignorar el ascenso de los BRICS+ y, en términos más generales, de todo el Sur Global. Estados Unidos y sus aliados occidentales están muy preocupados por el ascenso de estas nuevas potencias que cuestionan el orden mundial dominado –desde hace cinco siglos– por Occidente y rechazan, más particularmente, la hegemonía y las ambiciones unipolares de Washington.

https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/10/19/opinion/los-brics-el-sur-global-la-nueva-geopolitica-mundial-609

viernes, 18 de octubre de 2024

Sin energía

Por Humberto Herrera Carlés

Pareciera que estamos empeñados en romper nuestros propios records de déficit de generación de electricidad.

La falta de energía eléctrica es un problema muy serio que afecta toda la economía, la producción de bienes y servicios, el necesario descanso, etc. 

Sé que se está haciendo el máximo esfuerzo pero, entre la falta de divisas para reparar nuestras vetustas plantas generadoras de energía y comprar petroleo, pues la situación ha rebasado nuestras potencialidades y va en camino a la autofagia.

Las casas-habitación consumen el 65 % de la energía que se genera en el país. La libre importación directa de paneles fotovoltaicos para casa-habitación, libres de aranceles y con carácter ilimitado para y por toda la población, sería una medida extraordinaria. Empresas para instalarlos hay. 

Al mismo tiempo, que hay que dejar de subsidiar la energía eléctrica a los grandes consumidores. Dicen que la medida de incremento de precio a los grandes consumidores no dio resultado, pues es un indicador que el incremento no fue suficiente; hay que subirlo hasta que el aumento del consumo sea reversible. En lugar de más hoteles, modernicen y amplíen la fábrica de paneles solares de Pinar del Rio, o hagan una nueva donde estratégicamente sea mas útil. 

No hay que debatir nada, es firmar un decreto ley mañana mismo por quien tenga la autoridad de hacerlo. La lentitud en la toma de decisiones en nuestro país es angustiante, los niveles de aprobaciones y alcanzar consensos hacen interminables las soluciones de los problemas y estos se multiplican todos los días. ¿No hay sentido de la urgencia? ¿La burocracia es tan grande que  detiene todo?.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Antonio Skármeta

 

Ayer se nos fue Antonio Skármeta. Los cubanos tuvimos la fortuna de conocerlo cuando en 1969 ganó el Premio Casa de las Américas con su libro de cuentos "Desnudo en el tejado". Después siguió escribiendo, incluso varias novelas. Se hizo célebre universalmente por su historia "El cartero de Neruda", que fue llevada al cine con gran éxito, convertida también en obra teatral y multitraducida.

Aquí está con Noel, Pablo y yo mismo, supongo (por el aspecto que tenemos) que al año siguiente, cuando creo que vino a ser jurado. La foto es en una finquita que le decían El Chivo y que algún organismo le prestaba a CASA para el almuerzo que se hacía por el Premio.

Recuerdo que "Desnudo en el tejado" fue un libro que nos gustó y que conocer a Antonio también. Creo recordar que nos volvimos a cruzar en 1972, cuando el mismo trío que aquí acompaña al escritor estuvo dos semanas en su Chile natal, para un congreso juvenil. Después nos encontramos un par de veces más en otros viajes. 

Skármeta, además de escribir bien, era buena gente. Franco y sonriente. Luz para su espíritu.

lunes, 14 de octubre de 2024

Gaza: Occidente no se entera de nada

Texto del discurso pronunciado por Pankaj Mishra, galardonado con el Weston International Award, en el Royal Museum de Ontario (Canadá), el 16 de septiembre.

Por Pankaj Mishra* 

“En el principio fue la prensa y después apareció el mundo”, escribió Karl Kraus en 1921. La alusión bíblica no era una floritura retórica. En una era apocalíptica, el escritor austriaco —seguramente el primer gran analista de los medios de comunicación— tenía motivos para creer que el periodismo había dejado de ser un filtro neutral entre la imaginación popular y el mundo exterior y había decidido construir una nueva realidad.

Pankaj Mishra

Kraus había refinado su crítica durante la I Guerra Mundial, cuando empezó a culpar a los periódicos de estar agravando el desastre sobre el que debían informar. “¿Cómo es posible que se esté empujando al mundo hacia la guerra?”, preguntaba; en su opinión, el origen de la guerra fundacional del siglo XX estaba en el hundimiento de las facultades cognitivas e imaginativas en todo el continente que había provocado la prensa y que facilitó que las naciones europeas cayeran en la trampa de una guerra que no supieron prever ni detener. “Gracias a décadas de práctica”, escribió, “[el periodista] ha creado en la humanidad tal falta de imaginación que es capaz de enzarzarse en una guerra de exterminio contra sí misma”.

Puede parecer fácil despreciar, desde nuestra perspectiva privilegiada y bien informada, el mundo provinciano de las publicaciones periódicas vienesas contra las que despotricaba Kraus. Sin embargo, ahora que se extienden, imparables, unas guerras encarnizadas en Europa y Oriente Próximo que amenazan con convertirse en conflagraciones más amplias y están desgarrando el tejido de varias sociedades, la crítica de Kraus al cuarto poder, el llamado pilar de la democracia, no solo es más pertinente, sino que resuena como un análisis general de la decadencia de las instituciones democráticas en Occidente.

La fragilidad innata de esas instituciones la vieron hace mucho tiempo los súbditos asiáticos y africanos de los colonialistas europeos. Mohandas “Mahatma” Gandhi, para quien la democracia era literalmente el gobierno del pueblo, insistía en que, en Occidente, era pura teoría. No podía ser una realidad mientras “persista el inmenso abismo entre los ricos y los millones de personas hambrientas” y los votantes “se dejen guiar por sus periódicos, tantas veces deshonestos”.

Hoy, una evaluación así de contundente llegaría a la conclusión de que la deshonestidad de gran parte de los medios digitales que trafican con bulos y teorías de la conspiración es sistemática. La prensa tradicional, que suele estar en manos de grandes magnates, mantiene su pretensión de tener una responsabilidad política y ética, de ser una luz en esa oscuridad en la que supuestamente muere la democracia. Pero las pruebas de su ineptitud e incluso su carácter corrupto no han hecho más que acumularse de forma siniestra en las tres décadas que llevo dedicado al periodismo.

Mi carrera como escritor de literatura de no ficción empezó en serio con la guerra contra el terrorismo, la guerra fundacional de nuestro propio siglo, que asoló grandes partes de Asia y África y vació las libertades civiles en Occidente para, al final, terminar con la humillante retirada occidental de Afganistán en 2021. A principios de 2001 viajé a Afganistán y Pakistán por encargo de Granta y The New York Review of Books. Los largos artículos que escribí basándome en esos viajes aparecieron justo después del 11 de septiembre, por lo que, en los medios de comunicación estadounidenses y europeos, muchos consideraron que era un “experto en terrorismo”.

No rechacé esta etiqueta tan absurda con la vehemencia que debería haber tenido. En aquella época había muy pocos escritores de origen no occidental en la prensa angloamericana; las páginas de opinión estaban llenas de diatribas intolerantes contra el islam y sentí el peso de tener cierta responsabilidad. Aunque la pueril pregunta de “¿por qué nos odian?” me producía rechazo, quería hacer todo lo posible para luchar contra la deshumanización de unas sociedades tan profundamente dañadas como Afganistán e Irak y la demonización de las minorías en Occidente.

Tuve que ver, incrédulo, cómo la BBC proyectaba en horario de máxima audiencia un documental sobre los efectos beneficiosos del Imperio Británico para el mundo entero. Cuando escribía para publicaciones occidentales, me sentía presionado para no apartarme demasiado de su consenso general: que la invasión simultánea de múltiples países era buena, justa y necesaria, concebida para liberar a su población, en especial a las mujeres, de unos opresores crueles y hacer avanzar la democracia.

Y no me quedó más remedio que observar con impotencia cómo los sectores más respetables de la prensa occidental no solo alentaban una guerra basada en la mentira, sino que además contribuían a racializarla. Hoy conocemos las fantasías de los nacionalistas de extrema derecha actuales, en las que un enemigo infrahumano de piel oscura, que devora animales domésticos, se dispone a destruir la civilización blanca occidental. Pero las teorías sobre la violencia ejercida contra esta némesis de tez oscura florecieron durante años en las publicaciones periódicas “de toda la vida” y los intelectuales progresistas.

“Es hora de pensar en la tortura”, proclamaba Newsweek unas semanas después del 11 de septiembre. “Una brutalidad selectiva”, recomendaba Time. Cuando la invasión de Irak estaba en marcha, The Atlantic expuso en un reportaje de portada las ventajas de la “tortura light”. En The New York Times Magazine, Michael Ignatieff instaba a los estadounidenses a asumir su destino imperial e invadir Irak; pero, además, este profesor de derechos humanos también definía cómo era posible someter a los cuerpos negros y morenos a “formas de privación del sueño” y “desorientación (como mantener a los prisioneros encapuchados) que causaran estrés”. La fecha de publicación del artículo fue inoportuna: justo cuando aparecieron las primeras fotos de prisioneros encapuchados de la cárcel de Abu Ghraib.

La impunidad con la que Israel ha asesinado a casi 200 escritores, académicos y periodistas en Gaza, después de prohibir la presencia de periodistas extranjeros en el lugar de las ejecuciones, se la concedieron sus amigos occidentales poco después del 11 de septiembre. En 2002, después de que Israel bombardeara y destruyera una emisora de radio en Cisjordania, Anne Applebaum, en la actualidad una destacada crítica de la “autocracia”, declaró que “los medios de comunicación oficiales de los palestinos son un blanco apropiado para la ira de Israel”. La “prohibición a los musulmanes” de Trump y las fantasías violentas de J. D. Vance nos escandalizan solo si nos olvidamos de que, en 2006, Martin Amis confesó en tono cómplice a un periodista de The Times su “clara necesidad” de decir cosas como esta: “La comunidad musulmana tendrá que sufrir hasta que ponga sus asuntos en orden. ¿Qué tipo de sufrimiento? Prohibirles viajar. Más adelante, deportaciones. Restringirles las libertades. Obligar a desnudarse, para cachearla, a cualquier persona que tenga aspecto de ser de Oriente Medio o Pakistán”.

Hoy en día, la opinión general es que la guerra contra el terrorismo fue un fracaso militar y geopolítico. Pero todavía no somos plenamente conscientes de que fue un inmenso fracaso intelectual y moral: un intento de los medios de comunicación y la clase política de Occidente de construir una realidad, que tuvo resultados catastróficos, pero consiguió integrar la crueldad y la mendacidad, a fondo y de forma duradera, en la vida pública. Y, en parte porque este desastre no se reconoció —los periodistas y escritores que promovían los falsos relatos y jaleaban la violencia a gran escala siguieron en sus puestos e incluso obtuvieron ascensos—, hoy volvemos a verlo en las informaciones que dan los medios de comunicación occidentales sobre la guerra de Israel contra Gaza: otra guerra que ha quemado en la hoguera todas las normas jurídicas y morales internacionales y que ha adormecido y pervertido las conciencias.

El historiador Omer Bartov ha señalado que Israel, con su aparente respuesta a un ataque terrorista de Hamás sin precedentes, quiso desde el principio “hacer inhabitable toda la Franja de Gaza y debilitar a su población hasta que muera o busque todas las formas posibles de huir del territorio”. Ahora, con las bombas de mil kilogramos que les proporciona Estados Unidos, los líderes israelíes de extrema derecha quieren militarizar aún más la ocupación de Cisjordania y Gaza, y provocar a sus enemigos, mediante actos de terrorismo en Líbano e Irán, para generalizar la guerra. Pero todas estas realidades innegables e incluso la aniquilación de Gaza, que, a diferencia de muchas otras atrocidades, vemos retransmitida en directo por sus autores y por sus víctimas, se ocultan e incluso se niegan cotidianamente en los principales medios de comunicación de Occidente.

Los palestinos y los árabes conocen desde hace décadas las numerosas líneas rojas ocultas que limitan el debate sobre la trayectoria de Israel. Mis propios intentos esporádicos de abordar el tema me han mostrado un pérfido régimen de represiones y prohibiciones en Occidente. Pero no solo se reprimen o se desoyen los puntos de vista no occidentales como el mío. Cada vez está más claro que los periodistas occidentales más destacados parecen haber decretado una receta general con la que tratan de proteger su retorcida lógica: que, como dijo Gideon Rachman, responsable de Opinión sobre política internacional de Financial Times, “la mejor forma de evitar una catástrofe humanitaria en Gaza es apoyar a Israel”.

En llamativo contraste con la identificación inequívoca de la barbarie rusa en Ucrania, el modo verbal preferido en las noticias occidentales sobre las atrocidades israelíes es la voz pasiva, que dificulta saber quién hace qué a quién y en qué circunstancias. (“La solitaria muerte de un hombre de Gaza con síndrome de Down”, decía el primer titular de un reportaje de la BBC sobre unos soldados israelíes que soltaron un perro de ataque contra un palestino con discapacidad y luego lo dejaron morir). El reportaje de The New York Times sobre un siniestro hito, la matanza de 30.000 palestinos —en su inmensa mayoría mujeres y niños— a manos de Israel, se titulaba Vidas acabadas en Gaza. Otro reportaje más reciente de Associated Press sobre la política del hambre impuesta por Israel se titula Un bebé palestino de 10 meses dejó de gatear de repente. La polio había llegado a Gaza.

Los periodistas y el propio presidente de Estados Unidos dieron protagonismo a unas informaciones no confirmadas, y que finalmente resultaron falsas, sobre bebés israelíes decapitados. Mientras tanto, todos guardan silencio a propósito de múltiples informaciones corroboradas sobre violaciones y torturas en las cárceles israelíes. Un artículo en The Atlantic, revista hoy dirigida por un antiguo miembro de las Fuerzas de Defensa israelíes que difundió un famoso informe falso sobre Irak, se atrevió a afirmar, incluso después del asesinato de miles de niños en Gaza, que “es posible matar niños legalmente”.

Desde luego, el relato de los medios de comunicación occidentales sobre la “defensa propia” de Israel es una muestra más de la drástica discrepancia entre lo que dicen los principales periodistas de Occidente y lo que los demás vemos que está pasando en el mundo. No puedo evitar una sensación de déjà vu ni dejar de hacerme una vieja pregunta: ¿aún es posible aumentar la capacidad cognitiva en el menguante ámbito del periodismo occidental, el reino encantado en el que he pasado provechosamente la mayor parte de mi vida?

Al fin y al cabo, vivimos en un mundo mucho más grande que el que habitaba Karl Kraus en la Viena de principios del siglo XX, con una variedad infinitamente mayor de experiencias y perspectivas. Hay mucha más diversidad demográfica en las redacciones de los periódicos y los medios de comunicación que cuando yo empecé a escribir. ¿Podrían evitarse las constantes debacles intelectuales y morales del periodismo cultivando un clima de opinión menos conformista y la apertura a experiencias y puntos de vista diferentes?

Tal vez, pero, para ello, el primer paso es ser conscientes de los formidables obstáculos que nos aguardan: vivimos en una época muy confusa, especialmente desconcertante para la generación de periodistas y comentaristas occidentales de más edad, que alcanzaron la madurez en las décadas posteriores al final de la Guerra Fría y la caída del comunismo, cuando la democracia y el capitalismo occidental parecían definir el futuro del mundo entero.

Hoy, todos los supuestos que han sustentado la política y el periodismo occidentales durante casi tres décadas yacen hechos añicos. Vivimos en un mundo en el que el futuro de la democracia no está garantizado ni siquiera en Europa y América, y mucho menos en la India. El capitalismo occidental ha creado demasiadas desigualdades y ahora está generando una reacción violenta. Los demagogos y los líderes despóticos están en pleno auge. Y lo más inquietante es que, tras un largo paréntesis, hay grandes partidos políticos, a ambos lados del Atlántico, que vuelven a exhibir explícitamente el nacionalismo blanco como ideología.

En una época de dificultades económicas generalizadas, los etnonacionalistas de Estados Unidos y el Reino Unido, como los de Alemania, Francia, Hungría, Polonia e Italia, comparten la hostilidad hacia los inmigrantes y atacan unas instituciones que consideran insuficientemente patrióticas o demasiado indulgentes con las minorías sexuales, étnicas y raciales. Este panorama tan sombrío puede extenderse más. Las principales ideologías económicas de crecimiento sin fin y prosperidad global se han topado con las restricciones medioambientales y la innovación tecnológica, además de sus propios límites, y parecen insostenibles.

Los responsables y redactores de las publicaciones más veneradas no se habían preparado mentalmente para el derrumbe de su ideología de la globalización capitalista ni para la rápida pérdida de poder, legitimidad y prestigio de Occidente. Estaban demasiado aferrados, por origen nacional y de clase y por formación, a las tesis intelectuales desarrolladas durante su hegemonía total. Estaban tan involucrados en los estertores de muerte del viejo mundo que ahora no pueden sentir las contracciones del nuevo que está naciendo. Es más, les cuesta comprender sus propias sociedades, que están cambiando drásticamente a su alrededor; se obsesionan con cosas que no son más que meros síntomas de un consenso social roto, como las “guerras culturales”, y acaban extrayendo con dificultad el significado de abstracciones como “populismo”, “retroceso democrático” y “crisis del liberalismo”.

Otro problema, más grave, es que las élites intelectuales y políticas de Occidente cuentan con muy pocos medios para comprender —y mucho menos para explicar— el resto del mundo. Los periodistas de los grandes medios intentan plasmar la velocidad y la magnitud de la transformación histórica actual —el ascenso del sur global— mediante análisis cuantitativos. Presentan datos estadísticos sobre la importancia creciente de China en el comercio exterior y el volumen cada vez mayor de las economías de la India, Brasil e Indonesia.

Pero estos datos y estas cifras no son más que pequeñas ondas en el aluvión de cambios mundiales que está barriendo todo lo que antes creíamos.

Vivimos en un mundo que difiere por completo, en todas sus variantes de mentalidad política, actitud emocional y estructura económica, del mundo de hace solo dos décadas. La historia siempre ha consistido en un choque entre distintos relatos en los que la gente desea reconocerse. El relato que escogemos sobre el pasado nos orienta hacia el mundo actual, nos ofrece un lugar y una identidad, y explica en líneas generales nuestros sentimientos sobre lo que es posible. El marco del periodismo occidental, muy utilizado, se construyó sobre los triunfos de Occidente: la derrota de los regímenes totalitarios en dos guerras mundiales, la contención de Alemania, Italia y Japón en la posguerra y la victoria sobre el comunismo en la Guerra Fría, seguida de la propagación mundial del capitalismo y la democracia occi­dentales. Esta experiencia excepcional de progreso en el Occidente de posguerra llevó a sus beneficiarios a hacer generalizaciones optimistas sobre los cambios en el resto del mundo y la capacidad de Occidente para dirigirlos.

Pero esta versión de la historia en la que les gustaba reconocerse a varias generaciones de periodistas occidentales choca ahora con otro relato mucho más amplio, resonante y convincente: el de la descolonización, el acontecimiento fundamental del siglo XX para la inmensa mayoría de la población humana.

La palabra se utilizó por primera vez para describir el proceso histórico que comenzó en los años cuarenta, cuando “las personas de piel oscura” (en expresión del sociólogo estadounidense W. E. B. Du Bois) de Asia y África empezaron a liberarse del poder occidental directo e indirecto. Pero ahora se refiere a algo más que un simple traspaso del poder político y económico en la historia mundial. La descolonización es una forma abreviada de describir cómo numerosos pueblos no blancos, entre ellos muchos afroamericanos y grupos de población inmigrante en Occidente, se sitúan en un continuo histórico más largo, ven su pasado y miden sus posibilidades para el futuro.

Es indudable que, si hay un marco analítico capaz de explicar una gran variedad de fenómenos nacionales e internacionales —desde el auge del nacionalismo chino y la extrema derecha en Occidente hasta las guerras culturales en Europa y Norteamérica, los disturbios en las universidades estadounidenses a propósito de Gaza, las divisiones en PEN América o el hecho de que Kylie Jenner haya perdido casi un millón de seguidores en Instagram—, es el de la descolonización.

Ese es el motivo de que los líderes y comentaristas occidentales, en especial los que se dejaron absorber en exceso por la fantasía del fin de la historia después de 1989, tengan ahora el deber de reaccionar ante una dinámica histórica crucial —el reequilibrio del poder occidental construido a través del imperialismo— y, además, comprender las numerosas formas culturales y psicológicas de manifestarse ese reequilibrio.

Es una tarea muy difícil, sin duda. Porque no es fácil descubrir ni siquiera ciertos hechos esenciales de la historia mundial como el imperialismo y la descolonización: languidecen en la oscuridad, ocultos por los relatos monumentales sobre la civilización occidental que van de Platón a la OTAN. Recuerdo que, cuando, en los años noventa, empecé a publicar en Europa y Estados Unidos, todo escritor y periodista que se preciara solía decir que su país era heredero espiritual de la democracia ateniense, el individualismo renacentista y la racionalidad de la Ilustración.

Era posible leer millones de palabras sobre los méritos de la democracia y el liberalismo occidentales y los males del totalitarismo oriental, escritas por figuras intelectuales angloamericanas como Michael Ignatieff, Timothy Garton Ash, Martin Amis, Thomas Friedman y Anne Applebaum, sin encontrar ni un solo párrafo sobre las consecuencias de la esclavitud, el imperialismo y la descolonización. Parecían obsesionados con los crímenes de Hitler, Stalin y Mao, pero, para ser supuestamente unos internacionalistas liberales, no parecían tener en cuenta la historia occidental moderna de esclavitud en masa, expolio colonial y guerras genocidas contra los pueblos indígenas.

Esa ignorancia, en otro tiempo un lujo asequible, hoy sería fatal para la generación actual de periodistas y comentaristas: se encuentran con un orden mundial en el que la democracia y el liberalismo, o incluso la estabilidad política normal, han dejado de ser unas cosas que se pueden dar por sentadas. Se les exige que vean el mundo tal como es, sin la obligación de embellecer su propio bando que imponía la Guerra Fría. En cierto sentido, se ven obligados a trazar con precisión nuestro fragmentado paisaje geopolítico y cultural y a reconocer sus múltiples historias y geografías, además de la nueva constelación de fuerzas.

Esto significaría, en primer lugar, reconocer que el elemento que tenían en común las diversas luchas de los condenados de la tierra —y que ha sobrevivido a los fracasos poscoloniales de muchos Estados-nación— era la convicción de que el orden mundial no podía seguir apoyándose en el privilegio racial. Hoy, las historias y las visiones del mundo determinadas e incluso agresivas de los países de Asia, África y América Latina están poniendo completamente en tela de juicio las tesis tradicionales de Occidente. Se suponía que la historia había terminado con el triunfo del liberalismo y el capitalismo occidental. Sin embargo, en la actualidad, los miembros de una clase intelectual que está fuera de Occidente —un arquitecto en Yakarta, un médico en Kuala Lumpur, un abogado en Mumbai, un sociólogo en Estambul, un economista en Doha, un profesor en Lahore o un estudiante en Ciudad del Cabo— quieren articular sus propias experiencias, explorar sus propias historias y tradiciones.

Ven que los líderes, los políticos y los periodistas responsables de las calamitosas guerras de Occidente no han rendido cuentas todavía. También ven el gran contraste entre la generosa hospitalidad occidental para con los refugiados ucranianos y los muros y vallas que los países europeos y Estados Unidos construyen para mantener alejadas a las personas de piel oscura víctimas de sus propias guerras.

Recuerdan que Occidente no solo negó a los países más pobres la tecnología para fabricar sus propias vacunas durante una larga y devastadora pandemia, sino que acaparó vacunas que ya estaban caducadas. Este “apartheid de las vacunas” costó millones de vidas en Asia, África y Latinoamérica y volvió a confirmar, a juicio de muchos, que lo que quiere siempre Occidente es proteger sus intereses bajo el disfraz de una retórica universalista de democracia y derechos humanos.

Esta nueva conciencia se observa con gran claridad en el furioso rechazo del mundo no occidental a la violencia cometida por Israel y Occidente en Oriente Próximo. El antagonismo aparentemente irreconciliable entre israelíes y palestinos se perfila sobre una de las líneas divisorias más traicioneras de la historia moderna: la “línea del color”, calificada por W. E. B. Du Bois como el problema esencial de la política internacional: “La cuestión de hasta qué punto las diferencias raciales se convertirán a partir de ahora en la base para negar a más de la mitad del mundo el derecho a compartir en la medida de sus posibilidades las oportunidades y los privilegios de la civilización moderna”. La indignación se dispara entre las mayorías cuando una potencia subrogada de Occidente en Oriente Próximo demuestra con qué facilidad se pueden seguir capturando, quebrando y destruyendo los cuerpos negros y morenos al margen de todas las normas y leyes de la guerra.

Mucho antes de que estallara la guerra y de que las informaciones sobre ella se convirtieran en mentiras descaradas, las personas de ascendencia no occidental ya estaban exigiendo urgentemente la descolonización de los sistemas occidentales de conocimiento y un cambio en la imagen que tienen de sí mismos los antiguos imperios que impusieron la supremacía blanca. Eso quiere decir una transformación de las culturas públicas, desde la sustitución de topónimos, estatuas y fondos de museos hasta la modificación y corrección de los planes de estudios académicos, el periodismo y la retórica política.

Como es lógico, este cambio de imagen es inaceptable para muchos occidentales, cuya reacción es obstinarse en ideas fracasadas y tesis destrozadas y apresurarse a reforzar las estructuras de desigualdad que siempre los ha beneficiado. El nacionalismo blanco en la política actual ha empezado a tener una siniestra contrapartida en el ámbito cultural que trata de acabar con la diversidad intelectual, aunque de boquilla defienda el pluralismo demográfico.

Hemos visto actuar a este poder despótico en el intento de muchos miembros de la clase política, empresarial y mediática occi­dental de suprimir las investigaciones académicas y artísticas sobre el racismo y el imperialismo. Lo vemos ahora en la represión de las discrepancias políticas. Tenía previsto dar una conferencia sobre Israel, Gaza y Occidente para la London Review of Books, pero los organizadores, del Barbican Centre de Londres, decidieron anularla para evitar problemas. Al llegar a Canadá he descubierto más casos de personas que intentan resistirse a la despolitización forzosa de la literatura y las artes y se encuentran con que les hacen el vacío.

En 2018, The New York Times llamó a Wanda Nanibush “una de las voces más poderosas de la cultura indígena en el mundo del arte norteamericano”. El año pasado, de pronto, desapareció, después de varias publicaciones sobre Palestina en Instagram, un caso que evoca siniestros recuerdos de cómo se borraba de las fotografías incluso a las personas más poderosas en las sociedades totalitarias. Naomi Klein escribe que “las extraordinarias redadas, detenciones e incautaciones de bienes de los 11 de Indigo [un grupo pacifista que organizó una protesta en Toronto y que fue acusado de vandalismo y antisemitismo] constituyen un ataque a la libertad de expresión política que no había visto nunca en Canadá”. ¿Es pura coincidencia que el diario canadiense The Globe and Mail suprimiera todas las referencias a Israel de este discurso cuando me propuso publicar un extracto?

La escritora sudafricana Kagiso Lesego Molope preguntó en la gala del Writers’ Trust celebrada en Toronto hace unos meses: “Se acerca el momento en el que el mundo empezará a pedir perdón por lo que está ocurriendo, y entonces nos preguntarán: ¿para qué usasteis vuestro poder?”. Es una pregunta que tenemos que hacernos todas las personas y todas las instituciones. Pero muchos han adoptado, en el mejor de los casos, la postura de los delegados demócratas en la Convención de Chicago, que se taparon los oídos para no oír los nombres de los niños palestinos muertos mientras salían del centro de convenciones.

Porque, en el peor de los casos, hay una serie de instituciones occidentales —desde universidades de la Ivy League hasta cadenas públicas de televisión— que han tomado medidas claramente antidemocráticas y han infringido sus propios principios de libertad de conciencia y expresión. Ayer, la Universidad de California publicó en su página web una lista del armamento militar que necesita para librar una guerra contra sus estudiantes: la lista incluye 3.000 cartuchos de munición de pimienta, 500 cartuchos de munición de impacto de 40 milímetros, 12 drones y nueve lanzagranadas.

A finales de febrero escribí que asistimos a una especie de desmoronamiento del mundo libre. Desde entonces, las pruebas se acumulan a una velocidad siniestra. Quizá no debería sorprendernos. La incompetencia intelectual y la bajeza moral del cuarto poder quedaron diagnosticadas desde el momento en que Kraus advirtió contra “el suicidio intelectual de la humanidad por medio de su prensa”. Con la vista puesta en el futuro, en nuestra época, Gandhi predijo que era probable que incluso “los Estados que hoy en teoría son democráticos (…)se vuelvan claramente totalitarios”, porque un régimen en el que “los más débiles van al paredón” y “unos cuantos propietarios capitalistas” prosperan “no puede sostenerse más que por medio de la violencia, velada o incluso descarada”. Vaclav Havel, elogiado en Occidente por haber sido un “disidente” anticomunista, en realidad afirmaba en su ensayo Política y conciencia (1984) que los sistemas totalitarios de la Unión Soviética y Europa del Este representaban el futuro del mundo occidental; advertía contra el poder que actúa “al margen de toda conciencia, un poder arraigado en una ficción ideológica omnipresente que puede racionalizar cualquier cosa sin necesidad de rozar jamás la verdad”.

Estamos destinados a ser observadores indefensos mientras una potencia que actúa al margen de toda conciencia y se basa en ficciones ideológicas es capaz de racionalizar hasta un genocidio retransmitido en directo. Desde luego, después de Gaza tengo todavía menos confianza en que sea posible recuperarnos de la era de la posverdad. Mis contribuciones al periodismo literario e intelectual durante tres décadas resultan hoy insignificantes, desproporcionadas en comparación con el reconocimiento y las recompensas materiales que he recibido.

Pero no tengo más remedio que reconocer que necesitamos con urgencia ideas nuevas para reexaminar nuestro pasado y trazar el rumbo que nos lleve desde el presente hasta un futuro habitable. Estoy convencido de que esas ideas saldrán de una nueva generación de escritores, artistas y periodistas. También sé que, a medida que se agrave nuestra policrisis —guerras inevitables, desastres climáticos y terremotos políticos—, el ansia de contar con una descripción fresca y justa del mundo será aún más irreprimible; y muchos de nosotros nos sentiremos obligados a satisfacerla.

Hay muchos escritores y periodistas que no nos acompañarán en esta tarea esencial: son los escritores, académicos y periodistas asesinados por las Fuerzas de Defensa de Israel. Me parece increíble que las ejecuciones extrajudiciales de nuestros colegas y la destrucción de escuelas, universidades y bibliotecas en Gaza sigan sin merecer una mención por parte de las comunidades literarias, académicas y periodísticas de Occidente. Cada vez parece más evidente que, como señaló Arundhati Roy, “lo único ético que pueden hacer los palestinos, por lo visto, es morir. Lo único legal que podemos hacer los demás es verlos morir. Y guardar silencio. Si no, ponemos en peligro becas, subvenciones, sueldos y medios de vida”.

Hoy debo unirme a quienes intentan romper los inhumanos grilletes que nos atenazan la mente y el alma. Dedico este premio a la memoria de los escritores asesinados en Gaza. Ya he dado gran parte del dinero que lo acompaña, y daré el resto, a escritores y periodistas de Palestina. Gracias.

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