Por Lillian Lechuga
Recién llegada a Bohemia, mi
primer trabajo como periodista entre el 69 y el 70, recibí una de las primeras
tareas que me encomendó el entonces director, Enrique de la Osa: nada menos que
la de entrevistar a Raúl Roa García, a la sazón ministro de Relaciones
Exteriores, llamado Canciller de la Dignidad por sus valientes enfrentamientos
con los enemigos de Cuba. Fue igualmente uno de los hombres de mayor erudición
de nuestra Isla donde, además, son bien conocidas sus valientes posiciones
frente a todos los gobiernos encabezados por astutos gobernantes marrulleros
desde la generación del 30 hasta el triunfo revolucionario del 59.
El
ministro me citó un domingo a las siete de la mañana. Me enfrenté muy nerviosa
a aquel hombre “desordenado, brillante e inquieto” como lo llamara Pablo de la
Torriente Brau, su hermano en la lucha y en la vida.
La
encomienda era la de conversar con él sobre la reciente publicación del libro Aventuras,
venturas y desventuras de un mambí, dedicado a su abuelo Ramón Roa,
coronel en la guerra del 68.
Antes
de comenzar la conversación me preguntó sobre aquel objeto que yo había puesto
sobre su buró. Cuando le contesté que se trataba de una grabadora, me ordenó
que la sacara del despacho. Me quise morir. ¿Cómo iba yo a resolver aquel
trabajo con las pocas anotaciones que pudiera tomar de su rápida y nerviosa
conversación?
Estuve
el fin de semana encerrada en mi casa tratando de cumplir con aquella difícil
encomienda después del tiempo que me había dedicado Roa, dilucidando cómo
podría interpretar en mis notas al menos algo de lo que aquel hombre tan culto
e inquieto me hizo saber.
Al
llegar el lunes, satisfecha y nerviosa, al despacho del director de Bohemia sentí
frustración y a la vez un gran alivio, cuando Enrique sin siquiera mirar mi
trabajo. Me espetó: “Ah, no te preocupes que Loló de la Torriente, me envió una
crónica inmediatamente que salió el libro a la luz y la publicaremos”.
Sobre Aventuras, venturas y
desventuras de un mambí un siglo después
“Ramón Roa fue un mambí de pluma y
machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. Era un
hombre del 68”.
Con
estas palabras, síntesis de una vida dedicada a luchar por liberar a Cuba de la
dominación española, empieza a escribir Raúl Roa García la biografía de su
abuelo. La idea de escribirla no había surgido recientemente, sino desde que, a
los catorce años, leyó por primera vez A pie y descalzo, libro
escrito por Ramón Roa donde narra las vicisitudes de la marcha desde Trinidad
hasta Holguín después de su desembarco del buque El Salvador.
Pero
la biografía tuvo que esperar. “Al incorporarme a la lucha revolucionaria
contra la dictadura de Machado tuve que diferir la ejecución del empeño; mas,
solo fue para convertírseme en obsesión”.
Años
más tarde, en 1950, buscando en archivos y bibliotecas, logra reunir los
escritos de su abuelo y los publica bajo el título Con la pluma y el
machete. No fue hasta 1969 que “entre rollos diplomáticos y siembras
de café” pudo disponer de algún tiempo para llevar al papel lo que tuvo en la
mente durante largos años.
El
libro es inclasificable, no responde a ningún patrón. Con palabras de Roa: “El
libro es lo que es y salió como salió”. El personaje objeto de la biografía se
diluye en ocasiones dentro del mare magnum de episodios y
hombres del largo período de historia cubana que abarca el libro. Tiene que ser
así puesto que no se puede juzgar y aislar a un hombre de la guerra, sin tener
en cuenta la guerra misma, sin analizar minuciosamente todos los momentos.
Roa
vindica a su abuelo que, como bien dice, es hombre de carne y hueso que ha
cometido errores pero que también ha sido enjuiciado injustamente. Con motivo
de su libro A pie y descalzo fue fuertemente atacado por
Martí, quien lo acusa de propagar el miedo a la guerra. En relación a esto
Ambrosio Fornet en su prólogo al libro escribe:
El
culto a los héroes que recorre estas páginas es crítico, como ese a que alude
Martí cuando aclaraba que “el culto a la Revolución sería insensato si no lo
purgase el conocimiento de sus errores”. Aquí, el propio Martí es sorprendido
cometiendo una injusticia personal en nombre de la guerra necesaria.
Resulta
evidente que Martí utilizó la polémica con respecto al libro en nombre de la
guerra necesaria. Roa lo explica de esta manera: “Aquella escaramuza
dialéctica, acabaría, pues, por soldar los pinos nuevos y los pinos viejos en
la obra común de liberar a la patria esclavizada. Esa es, precisamente su significación
y su trascendencia. No importa ya, a los efectos del objetivo perseguido, y
alcanzado, que para lograr la unidad revolucionaria se tomara como pretexto A
pie y descalzo, hubiera tenido que dejar Ramón Roa jirones de su honra
entre las dentelladas de la emigración y seguir a merced de póstumos
detractores”.
Una
carta escrita por Martí a su amigo Miguel Viondi, el 13 de octubre de 1879
desde Santander, reafirma la opinión de Raúl Roa: “No pudo serme –dice Martí a
Viondi– menos desagradable la navegación. Del capitán, hombre entero y
simpático; del sobrecargo Leandro Viniegra, generoso espíritu venido a este
empleo después de recias tormentas en la vida, recibí incesantes y no comunes
muestras de celosa consideración. Digo esto, porque me complace tener que
agradecer. Por muy lisonjera para mí, no le envío la bella y entusiasta carta
con que me dijo adiós en nuestro último día de mar el sobrecargo. Tres cubanos,
Roa con su fidelísima memoria de cosas pasadas y su leal conducta para conmigo,
un joven Ojea y Cárdenas, bueno y fiel, y Luis Más, un estimable y juicioso
matancero, fueron mis únicos compañeros de viaje. En la cárcel, sin cesar los
vi a mi lado. Hoy, al fin, luego de haber demorado su viaje en espera de
resolución de Madrid sobre mí, se han ido los tres. Muy especialmente se
ocuparon a bordo de evitarme impresiones penosas –que para mí no lo hubieran
sido y no lo fueron– al llegar a tierra”.
El
autor destaca el carácter internacionalista de las ideas de su abuelo, quien al
llegar a los Estados Unidos se integra a la dirigencia de la Sociedad de Amigos
de América, organización que se propone ayudar al pueblo dominicano. Luego se
crea la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en la que Roa participa
también. Colabora estrechamente con el chileno Vicuña Mackenna en Nueva York y,
por último, es secretario de Domingo Faustino Sarmiento, designado en
Washington por el gobierno de Argentina para desempeñar el cargo de ministro
plenipotenciario. Al ser electo Sarmiento presidente de Argentina, Roa lo
acompaña a Buenos Aires donde permanece hasta que se entera del levantamiento
de Carlos Manuel de Céspedes y sale para Estados Unidos para más tarde venir a
Cuba en la expedición de El Salvador.
Y
así, entrelazándolo con los hechos y las figuras del 68, aparece y desaparece
un patriota, que fue prolífero poeta y mambí decidido junto a Agramonte,
Sanguily y Gómez.
“La
vida –escribe Fornet– no es un bloque de mármol. Desde el ángulo de sus
aventuras y venturas, Ramón Roa ofrecía claramente un rostro épico. Hubiera
sido fácil trazar una raya y decir hasta aquí: la biografía de ese personaje
que a los dieciséis años fue al destierro y once años después cruzó la Trocha a
pie y descalzo, que había asistido a Agramonte y cargado al machete en la
vanguardia de Gómez y Julio Sanguily, bien podía escribirse como una epopeya.
Pero estaban también las desventuras. Visto desde este ángulo, Ramón Roa
ofrecía un rostro dramático. No participó en la guerra del 95. El hombre que a
los veintiséis años se imponía a todos los obstáculos, a los cincuenta se
sentía aplastado por ellos…”
A
través de las páginas de este libro se nos presentan juicios muy justos de las
figuras más destacadas de la guerra, tanto para denunciar su falta de condición
de revolucionario como para reafirmarlas en su heroísmo.
La
figura del general Vicente García se sitúa en el lugar que le corresponde, su
actitud deja mucho que desear. Era un hombre valiente, capaz de hacer cualquier
cosa, pero es sorprendido constantemente por Roa –quien lo llama “la lechuza de
la revolución del 68” tratando de tomar posiciones políticas sin importarle
mucho la salud de la guerra revolucionaria. De él dice Roa:
No
es necesario reconstruir por sabidos y sobados, los acontecimiento del turbio
proceso que desemboca en la sedición politiquera y, por tanto,
contrarrevolucionaria de las Lagunas de Varona. Baste señalar que se entretejen
con el conato de sublevación del comandante Juan Ignacio Castellanos y el
coronel venezolano Cristóbal Acosta y con la deserción en masa, en el
campamento de Calixto García, de la caballería de Las Tunas, encabezada por el
teniente coronel Sacramento León. En ambas ocurrencias, anda de por medio el
secretario de la guerra, general Vicente García.
Roa
califica su actitud como “lugareñismo de palangana” y “desapoderado afán de
mando”.
Refiriéndose
a Maceo, Roa escribe:
Maceo
es, sin duda, el jefe insurrecto de más puro instinto revolucionario de la gran
década y , por eso, en la hora de las definiciones, fue el más firme, el más
audaz, el más decidido, el más intransigente. No podría, sin negarse a sí mismo,
admitir ni aceptar la capitulación del Zanjón, paréntesis amargo en una lucha
sin tregua. Sin pararse a ponderar obstáculos ostensibles, ni darle entrada a
doctas razones, ni atender a miramientos por obligado que se sintiera –dígalo
si no Máximo Gómez– Maceo se opuso a toda transacción, a toda concesión, a toda
debilidad. Y, empinándose sobre su tiempo y la derrota, que también se le
encimaba ineluctablemente, proclamó la necesidad de seguir combatiendo “hasta
la última gota de sangre del último patriota”. La disyuntiva “independencia o
muerte” no era una metáfora ni un imperativo de conciencia para él: era
ineludible elección de su naturaleza revolucionaria.
De
la actitud de Vicente García frente a la protesta de Baraguá, leemos: “Vicente
García, que habíase arrimado a la protesta de Baraguá como la sardina a su
brasa, es el último jefe que capitula. Urgido de comunicarle a la metrópoli la
pacificación total de la Isla, Martínez Campos accedió a sus impúdicas
exigencias para deponer las armas: setenta mil pesos oro por una finca de 150
caballerías de tierra que poseía en la costa norte de Oriente”.
Además
de los acontecimientos finales de la guerra del 68, donde Roa se extiende dando
detalles sobre las actitudes de los hombres y de los pormenores de los hechos,
nos parece muy interesante también el análisis que hace desde finales de la
guerra del 95 hasta la República mediatizada, período en el que deja ver con
extremada claridad los factores que van dando origen y fuerza al
neocolonialismo en Cuba. Dejemos hablar a Roa, quien refiriéndose a la Enmienda
Platt dice:
Su
texto contiene un preámbulo y ocho artículos, y aún hoy, cuando ni para papel
higiénico sirve por las ronchas que levanta, su lectura incita a la mentada de
madre. Y, a propósito, estoy seguro que perdí el sobresaliente en el examen de
derecho internacional por haberle censurado ríspidamente al profesor de la
materia, Antonio Sánchez de Bustamante –lumbrera entonces del santoral
machadista–, la apologética interpretación de la enmienda que hace en una
clase.
El
primer aparato ortopédico del neocolonialismo constituye una cínica violación
de los derechos soberanos, nacionales e internacionales, del pueblo de Cuba y
un escarnio indignante a sus sacrificios, abnegaciones y proezas durante treinta
años de combate por la independencia. Engarfia nuestro destino a los intereses
y conveniencias políticas, económicos, militares y diplomáticas del gobierno
yanqui. Este se reserva, en forma tan insolente como taxativa, la potestad de
intervenir, cada vez que le venga en ganas, en los asuntos internos de la Isla,
de quitar y poner los gobernantes, de imponer, para su defensa estratégica, la
venta o arrendamiento de “los terrenos necesarios para carboneras o estaciones
navales en ciertos puntos determinados que se consideren con el presidente de
los Estados Unidos” y obligar al futuro gobierno cubano a insertar estas
condiciones en un tratado permanente.
Esta
humillante y férrea camisa de fuerza constituía, como se ha dicho, el
sustitutivo de la anexión y la garrocha del ulterior salto predatorio del
imperialismo yanqui en el Mar Caribe y en el sur del continente. Corolario de
la doctrina de Monroe, la Enmienda Platt le imprimiría fuerza internacional a
este instrumento de hegemonía norteamericana en América.
El
libro está lleno de datos importantes y de análisis muy valiosos. Es
interesante la opinión del autor con respecto a la vanguardia revolucionaria
que lleva al pueblo a la lucha armada tanto en el 68 como en el 95. El
movimiento revolucionario en el 68 descansa sobre una vanguardia constituida en
su mayoría por terratenientes ricos: “Pero serán precisamente desprendimientos
de esta clase pudiente, ilustrada, conservadora e irresoluta –sus miembros más
capaces, osados, progresistas, decididos y patriotas– los que, al abrazar y
difundir los ideales e intereses de la nación, constituyen en las vísperas del
10 de octubre de 1868, el foco revolucionario de vanguardia que arrastrará a la
lucha armada a los sojuzgados y desposeídos”. Roa resume esto en una sola
frase: “se suicidan como clase y renacen como hombres”. Refiriéndose a la
vanguardia de la guerra del 95 Roa escribe: “La vanguardia de la lucha de
liberación que se avecina está compuesta básicamente por hombres oriundos de la
cantera popular y se apoya en forma orgánica en la pequeña burguesía de la
ciudad y del campo, en la clase obrera agrícola y urbana y en los campesinos
desposeídos. Por sus raíces sociales es una guerra del pueblo, por el pueblo y
para el pueblo. Su vanguardia personifica la conciencia de los intereses de la
nación en una fase más alta de desarrollo del proceso revolucionario.
La
clase burguesa en Cuba no tomó parte como tal en ninguna de las dos guerras
contra España. En la del 68 todavía no existía como clase. “Su embrión –dice
Roa– se malogra al rehuir los grandes hacendados azucareros criollos la
alternativa de desarrollo capitalista planteada por los hechos e injertar los
métodos de producción y las innovaciones tecnológicas creadas por la burguesía
en el sistema de trabajo esclavista, con el consiguiente endurecimiento de las
relaciones jurídicas en que se asentaba el régimen de tenencia de la tierra”.
En
la segunda etapa revolucionaria ya la clase burguesa está en proceso de
formación pero todavía es débil y tiene gran dependencia con los hacendados
cubanos y los comerciantes españoles. “Políticamente se adscribe al partido
Autonomista. Es contrarrevolucionaria y colonialista. Fue desde sus orígenes,
una genuina burguesía antinacional”.
El
libro nos da una visión clara de lo que verdaderamente fue la Historia de Cuba
en el período que abarca desde 1844 hasta 1912, época en que le tocó vivir a
Ramón Roa. En la obra encontramos todo lo que ha necesitado el autor por lograr
el fin que se propone: vindicar a su abuelo, y situar a cada cual en el lugar
que debe ocupar de acuerdo con su participación y su actitud en la lucha
revolucionaria contra los intereses españoles. Por eso el libro va más allá de
la biografía, de la historia. Se lee como una novela, una vez que nos metemos en
él llegamos hasta el final. Raúl Roa es un hombre de la generación del 30 pero
su libro refleja el espíritu de un hombre de nuestra generación.