Por Laidi Fernández
de Juan
Debo comenzar
esta presentación con dos consideraciones personales: me siento abrumadoramente
honrada desde que Silvio me pidió que fuera la encargada de decir algunas
palabras hoy, compromiso que cumpliré intentando disimular la emoción que
implica hablar no solo de un libro fundamental, sino de su autor, un hombre que
amaba decirlo todo, sin guardarse nada, como quien se abre el pecho y dice ya sé que lo herirás. Es un privilegio,
como todo lo que regala Silvio, impagable. La segunda, es que celebro con
júbilo el nacimiento del sello editorial Ojalá, que publicará además de este, otros
textos que seguramente veremos arder, como dijo un poeta, aunque espero que no
sea tomado literalmente el verbo arder.
Hay que curarse en salud, recomienda la sabiduría popular, e insisto en ello, ya que previsoramente incendiarios
serán los libros que esta casa editorial, como la famosa era, parirá.
No puedo decir que fui amiga personal
de Guillermo Rodríguez Rivera, como muchos colegas suyos que aparecen más de
una vez y con total justeza en el esclarecedor volumen que presentamos, y ello
me permite cierta objetividad al juzgar sus textos. No obstante, sostuve varias
conversaciones con él, que me cautivaron hasta dejarme rendida a sus pies,
porque Guillermo derrochaba una intensa e infrecuente combinación de sapiencia
con buen humor, y amaba decirlo todo, como ya he señalado: practicaba el hábito
de sincerarse hasta que no le quedara nada por dentro, a lo cual se añade un
optimismo admirable, y un sentido casi cómico de la vida, una capacidad
jubilosa que lo acompañó hasta el fin de sus días. Dicho esto, debo añadir que su
novela “Canción de amor en tierra extraña”, publicada por Ediciones UNIÓN en
2007, misteriosamente ausente de librerías, de notas críticas, de comentarios
aunque fueran adversos, coincidente en fechas con el momento de la llamada
“Guerrita de los emails”, que tanto revuelo causó como puede comprobarse en más
de uno de los acápites de este libro, es
un feliz antecedente de “Decirlo todo.
Políticas culturales en la Revolución cubana”, al igual que su delicioso ensayo
“Por el camino de la mar. Los cubanos”. Traigo a colación ambos títulos por la
coherencia argumental que guardan con el presente volumen. Creo que sin los
anteriores libros, este de hoy no hubiera alcanzado la profunda huella que deja,
imprescindible para el entendimiento no de una
política sino de las múltiples políticas culturales inscritas en el
desenvolvimiento de un único proceso revolucionario. Hay quien dice que los
escritores solo tenemos una obsesión, un tema, un delirio que elaboramos una y
otra vez, aunque utilicemos diferentes formatos o géneros. Obviamente, a
Guillermo lo martillaba la concepción de cubanía, de esa identidad que nos
tipifica con todas las luminosidades y también con todas las manchas del astro
rey. Él, perteneciente a una generación intermedia entre quienes lograron con
las armas la independencia de Cuba y las más actuales, quienes no vivimos los
intensos días de espléndidos, viscerales sacrificios y de hondos desaciertos,
posee toda la autoridad moral para hacernos el cuento completo, desde los
inicios hasta el presente. Como si fuera una Historia Clínica (ya que Jorge
Fornet subtituló su excelente libro El 71, anatomía de una crisis), este de
Rodríguez Rivera contiene los antecedentes, la condición premórbida, la
descripción de las condicionantes, la erupción del volcán revolucionario, su
acmé, y llega hasta las postrimerías de una convulsa lava, cuyas mareas más
agudas habían sido más o menos disimuladas, y ahora sacadas a la luz, gracias a
este libro. La aspiración de Guillermo (no confundir aspiración con ambición,
maligna degeneración del primer término: hablamos de una criatura ajena por
completo al egocentrismo de los ambiciosos, esos enfermos de mimiyoismo que
abundan) es poner todas las cartas sobre el tapete, apuntar con pelos y señales
no sólo los porqués y los cuándo, sino también
quiénes condujeron los aciertos y quiénes los disparates, que pese a
todo, no lo hicieron flaquear nunca. En una nota suya al libro El arte de la espera, de Rafael Rojas, ya
había adelantado lo que reitera en Decirlo Todo: “La opción socialista fue la
única que pudo adoptar la revolución cubana de 1959 para sobrevivir. Sobrevivió
por su decisión y por el alto precio que hemos pagado –en sangre y en
privaciones– los cubanos que decidimos permanecer en Cuba”.
A través de ocho capítulos, Guillermo
recorre la historia cultural cubana, sin dejar fuera casi ninguna manifestación
artística, no solo porque su sentido amplio de justicia y de una valentía que
roza con la intrepidez asi lo guían,
sino porque sus vastos conocimientos y sobre todo, su afán de buen maestro que
no se guarda nada para así, le impiden la más mínima gota de egoísmo. Así, el
polémico cine, la música, de la cual era un experto, el teatro, que tanto
admiraba, y, sobre todo, la literatura, su gran oficio, están reflejadas en la
mayoría de las doscientas sesenta páginas de esta recopilación de ensayos, que
son mucho más que eso, son lecciones, instrumentos documentales, referentes
imposibles de soslayar. En ninguno de los capítulos existe empeño de
didactismo, sino todo lo contrario: Guillermo, con esa gracia increíble y a
ratos ácida que tanto nos divertía, incluye anécdotas, confesiones, testimonios
propios y de sus más cercanos cómplices culturales, de manera que resulten
irrefutables sus análisis. No dice “creo que es mentira” sino “Fulano miente
por tal y más cual argumento”, y desmenuza calumnias, infamias y
tergiversaciones hasta hacerlos ripios, porque la verdad, como la justicia,
tendrán brazos largos y patas cortas, pero aunque demoren, siempre llegan y
recolocan las cosas en el sitio adonde pertenecen. Según la mística cosmogónica
de la Edad Media (y es fácil imaginar la cara de Guillermo si me escuchara
ahora mismo), el número ocho corresponde al cielo de las estrellas fijas, y
simboliza el perfeccionamiento de los influjos planetarios. Si puedes verme,
Guillermo, sabrás que no eres el único autorizado a joder un poco, asi que me
divierto con el ocho, esperanzada con el hecho poco probable pero no imposible
de que los efluvios celestiales te hayan situado en el privilegiado estrellato
que te corresponde y desde ese sitial, nos observes a todos: a los malos y a los buenos, a los
farsantes que denuncias en el libro, y a las víctimas que como tú, supieron
salir adelante. Para que el público vaya saboreando lo que enseguida podrá
estudiar (este libro es para aprender, insisto), nombro los ocho acápites,
algunos de los cuales helarán la sangre a más de uno:
“Antecedentes”; “1959, el año de la
fiesta cubana”; “El fin del edén”; “La vida cultural en 1965”; “El camino de
Santiago (permiso para un leve desvío personal)”; “Los polémicos años sesenta”;
“El Quinquenio Gris”; y “El fin del
Quinquenio Gris. La cultura de los tiempos que corren”.
Otro de los
grandes aciertos en Decirlo Todo, además de la osadía de efectivamente,
contarnos la totalidad, para cumplir con
el enunciado de la serie española, “Te
cuento cómo pasó”, es la contextualización que Guillermo expone como preámbulo
a cada sección del libro. Nada resulta fortuito ni descabellado, sino que todo
lo dicho implica sus propias causas y sus naturales consecuencias. Guillermo,
que fue dañado en momentos difíciles y complejos por más de una razón, jamás
permitió que la mezquindad de unos cuantos nublara su fidelidad, y aunque nunca
se le confirió la disculpa que merecía, asumió la sentencia de Sartre, a quien
tanto admiraba: “El rencor es
denso, es mundano; déjalo en la tierra: muere liviano”. Si pudiéramos
promocionar este libro como si se tratara de un manuscrito hallado entre las
ruinas de un foso, sería válido vociferar por altoparlantes: “¿Quiere usted
conocer de primera mano las mentiras de Cabrera Infante? Léase “Decirlo todo”
“¿Alguna vez ha querido saber quiénes fueron los represores del Quinquenio
Gris? Busque Decirlo Todo”; “¿Realmente existieron las execrables UMAP? No deje
de leerse las páginas 123 -127 de este
libro que presentamos hoy”; “¿Por fin Heberto Padilla manipuló o no a quienes
lo apresaron, era culpable o era inocente? Encuentre las respuestas en este
volumen; “¿De veras sabe usted la historia del Caimán Barbudo? Saque sus
propias conclusiones leyendo Decirlo todo”; “¿Cuál fue la postura de la Casa de
las Américas y del ICAIC en momentos críticos, y cómo se comportaron sus
respectivos dirigentes con los incipientes cultivadores de la nueva música que
surgía? Encuentre las respuestas aquí”, “¿Ha leído usted a Lezama y sabe cuál
era su actitud con respecto a la revolución? Compruebe aquí lo que se ha dicho
y lo que no”, pero reconozco falta de seriedad en el intento, y no afrontaré tal despropósito, entre otras
razones, porque carezco del arrojo y de la fabulosa gracia de Rodríguez Rivera.
Ni altoparlantes tengo yo, seguramente porque no es algo que tenía que tener.
Ya
llegando al final de esta suerte de reseña, no debo obviar el elogio a la
ilustradora del libro, Pilar Fernández Melo. La portada no puede ser más
elocuente. Recreando el archiconocido cartel que hiciera Rostgaard, ese
extraordinario diseñador nuestro que supo captar la esencia de la canción
protesta con su rosa sangrante, Decirlo Todo, en virtud de su ilustradora, se
anuncia como el complemento literario de la misma rosa, cual escritura de
protesta, y con los mismos objetivos de la Nueva Trova, pero en versión no
musical.
Para terminar, me gustaría citar palabras del autor de este libro, que
en boca del protagonista de la novela ya mencionada, expresa un anhelo que hoy
se ha cumplido: “quería
tener la confianza de haber dejado una palabra o un acto, o las dos cosas”. Y
vaya si nos dejó mucho más! Este libro, sin ir muy lejos, es prueba fehaciente
del inmenso legado de Guillermo Rodríguez Rivera, un hombre que amaba decirlo todo.
Febrero, 2018