lunes, 27 de enero de 2020

Para una nueva declaración universal de los derechos humanos

Por Boaventura De Sousa Santos*

El gran filósofo del siglo XVII, Baruch Spinoza, escribió que los dos sentimientos básicos del ser humano (afectos, en su terminología) son el miedo y la esperanza. Y sugirió que es necesario lograr un equilibrio entre ambos, ya que el miedo sin esperanza conduce al abandono y la esperanza sin miedo puede conducir a una autoconfianza destructiva. Esta idea puede extrapolarse a las sociedades contemporáneas, especialmente en una época en la cual con el ciberespacio, las comunicaciones digitales interpersonales instantáneas, la masificación del entretenimiento industrial y la personalización masiva del microtargeting comercial y político, los sentimientos colectivos son cada vez más parecidos a los sentimientos individuales, aunque siempre sean agregaciones selectivas. Es por ello que actualmente la identificación con lo que se oye o se lee resulta tan inmediata (eso es precisamente lo que pienso, aunque nunca antes se haya pensado sobre eso), al igual que la repulsión (tenía buenas razones para odiar eso, a pesar de que nunca se haya odiado eso). De este modo, los sentimientos colectivos se convierten fácilmente en una memoria inventada, en el futuro del pasado de los individuos. Por supuesto, esto sólo es posible porque, a falta de una alternativa, la degradación de las condiciones materiales de vida se vuelve vulnerable a una reconfortante ratificación del statu quo.
Si convertimos esperanza y miedo en sentimientos colectivos, podemos concluir que tal vez nunca haya habido una distribución tan desigual del miedo y la esperanza a escala global. La gran mayoría de la población mundial vive dominada por el miedo: al hambre, a la guerra, a la violencia, a la enfermedad, al jefe, a la pérdida del empleo o a la improbabilidad de encontrar trabajo, a la próxima sequía o a la próxima inundación. Este miedo casi siempre se vive sin la esperanza de que se pueda hacer algo para que las cosas mejoren. Por el contrario, una diminuta fracción de la población mundial vive con una esperanza tan excesiva que parece totalmente carente de miedo. No teme a los enemigos porque considera que estos han sido anulados o desarmados; no teme la incertidumbre del futuro porque dispone de un seguro a todo riesgo; no teme las inseguridades de su lugar de residencia porque en cualquier momento puede trasladarse a otro país o continente (e incluso comienza a barajar la posibilidad de ocupar otros planetas); no teme la violencia porque cuenta con servicios de seguridad y vigilancia: alarmas sofisticadas, muros electrificados, ejércitos privados.
La división social global del miedo y la esperanza es tan desigual que fenómenos impensables hace menos de 30 años hoy parecen características de una nueva normalidad. Los trabajadores aceptan ser explotados cada vez más a través del trabajo sin derechos; los jóvenes emprendedores confunden la autonomía con la autoesclavitud; las poblaciones racializadas se enfrentan a prejuicios racistas que a menudo provienen de aquellos que no se consideran racistas; las mujeres y la población LGTBI siguen siendo víctimas de violencia de género, a pesar de todas las victorias de los movimientos feministas y antihomofóbicos; los no creyentes o creyentes de religiones equivocadas son víctimas de los peores fundamentalismos. En el plano político, la democracia, concebida como el gobierno de muchos en beneficio de muchos, tiende a convertirse en el gobierno de pocos en beneficio de pocos, el estado de excepción con pulsión fascista se va infiltrando en la normalidad democrática, mientras el sistema judicial, concebido como el estado de derecho para proteger a los débiles contra el poder arbitrario de los fuertes, se está convirtiendo en la guerra jurídica de los poderosos contra los oprimidos y de los fascistas contra los demócratas.
Es urgente cambiar este estado de cosas o la vida se volverá absolutamente insoportable para la gran mayoría de la humanidad. Cuando la única libertad que le quede a esta mayoría sea la libertad de ser miserable, estaremos ante la miseria de la libertad. Para salir de este infierno, que parece programado por un plan voraz y poco inteligente, es necesario alterar la distribución desigual del miedo y la esperanza. Es urgente que las grandes mayorías vuelvan a tener algo de esperanza y, para ello, es necesario que las pequeñas minorías con exceso de esperanza (porque no temen la resistencia de quienes sólo tienen miedo) tengan miedo de nuevo. Para que esto ocurra, se necesitarán muchas rupturas y luchas en los terrenos social, político, cultural, epistemológico, subjetivo e intersubjetivo. El siglo pasado comenzó con el optimismo de que rupturas con el miedo y luchas por la esperanza estaban cerca y serían eficaces. Este optimismo tuvo el nombre inicial e iniciático de socialismo o comunismo. Otros nombres-satélite se unieron a ellos, como republicanismo, secularismo, laicismo. A medida que el siglo avanzaba se unieron nuevos nombres, como liberación del yugo colonial, autodeterminación, democracia, derechos humanos, liberación y emancipación de las mujeres, entre otros.
Hoy, en la primera mitad del siglo XXI, vivimos entre las ruinas de muchos de esos nombres. Los dos primeros parecen reducirse, en el mejor de los casos, a los libros de historia y, en el peor, al olvido. Los restantes subsisten desfigurados o, como mínimo, se ven confrontados ante la perplejidad de acumular tantas derrotas como victorias protagonizan. Por estas razones, las rupturas y las luchas contra la distribución torpemente desigual del miedo y la esperanza serán una tarea ingente, porque todos los instrumentos disponibles para llevarlas a cabo son frágiles. Además, esta discrepancia constituye en sí misma una manifestación del desequilibrio contemporáneo entre el miedo y la esperanza. La lucha contra tal desequilibrio debe comenzar por los instrumentos que reflejan este mismo desequilibrio. Sólo a través de luchas eficaces contra este desequilibrio será posible señalar la expansión de la esperanza y la retracción del miedo entre las grandes mayorías.
Cuando los cimientos se derrumban, se convierten en ruinas. Cuando todo parece estar en ruinas, no hay más alternativa que buscar entre las ruinas, no sólo el recuerdo de lo que fue mejor, sino especialmente la desidentificación con lo que al diseñar los cimientos contribuyó a la fragilidad del edificio. Este proceso consiste en transformar las ruinas muertas en ruinas vivas. Y tendrá tantas dimensiones cuantas sean exigidas por la predictora socioarqueología. Comencemos hoy, al inicio de año, por los derechos humanos.
Los derechos humanos tienen una doble genealogía. A lo largo de su vasta historia desde el siglo XVI, fueron sucesivamente (a veces de manera simultánea) un instrumento de legitimación de la opresión eurocéntrica, capitalista y colonialista, y un instrumento de legitimación de las luchas contra esa opresión. Pero siempre fueron más intensamente instrumento de opresión que de lucha contra ella. Por eso contribuyeron a la situación de extrema desigualdad de la división global del miedo y la esperanza en la que nos encontramos hoy. A mediados del siglo pasado, tras la devastación de las dos guerras en Europa (con impacto mundial debido al colonialismo), los derechos humanos tuvieron un momento alto con la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que vino a sustentar ideológicamente el trabajo de la ONU. El 10 de diciembre pasado se conmemoraron los 71 años de la declaración. No es aquí el lugar para analizar en detalle este documento, que en su origen no es universal (de hecho, es cultural y políticamente muy eurocéntrico), pero que gradualmente se fue estableciendo como una narrativa global de dignidad humana.
Es posible decir que entre 1948 y 1989, los derechos humanos fueron predominantemente un instrumento de la guerra fría, lectura que durante mucho tiempo fue minoritaria. El discurso hegemónico de los derechos humanos fue usado por los gobiernos democráticos occidentales para exaltar la superioridad del capitalismo en relación al comunismo del bloque socialista de los regímenes soviético y chino. Según tal discurso, las violaciones de los derechos humanos solamente ocurrían en ese bloque y en todos los países simpatizantes o bajo su influencia. Las violaciones que había en los países amigos de Occidente, crecientemente bajo influencia de Estados Unidos, eran ignoradas o silenciadas. El fascismo portugués, por ejemplo, se benefició durante mucho tiempo de esa sociología de las ausencias, tal como sucedió con Indonesia durante el periodo en que invadió y ocupó Timor Oriental, o con Israel desde el inicio de la ocupación colonial de Palestina hasta hoy. En general, el colonialismo europeo fue por mucho tiempo el beneficiario principal de esa sociología de las ausencias. Así se fue construyendo la superioridad moral del capitalismo en relación con el socialismo, una construcción en la que colaboraron activamente los partidos socialistas del mundo occidental.
Esta construcción no estuvo libre de contradicciones. Durante este periodo, los derechos humanos en los países capitalistas y bajo la influencia de EU fueron muchas veces invocados por organizaciones y movimientos sociales en la resistencia contra violaciones flagrantes de esos derechos. Las intervenciones imperiales del Reino Unido y de EU en el Medio Oriente, y de EU en América Latina, a lo largo de todo el siglo XX, nunca fueron consideradas internacionalmente violaciones de derechos humanos, aunque muchos activistas de derechos humanos sacrificasen su vida defendiéndolos. Por otro lado, sobre todo en los países capitalistas del Atlántico Norte, las luchas políticas llevaron a la ampliación progresiva del catálogo de derechos humanos: los derechos sociales, económicos y culturales se juntaron a los derechos civiles y políticos. Surgió entonces cierta disociación entre los defensores de la prioridad de los derechos civiles y políticos sobre los demás (corriente liberal), y los defensores de la prioridad de los derechos económicos y sociales o de la indivisibilidad de los derechos humanos (corriente socialista o socialdemócrata).
La caída del Muro de Berlín en 1989 fue vista como la victoria incondicional de los derechos humanos. Pero la verdad es que la política internacional posterior reveló que, con la caída del bloque socialista, cayeron también los derechos humanos. Desde ese momento, el tipo de capitalismo global que se impuso desde la década de 1980 (el neoliberalismo y el capital financiero global) fue promoviendo una narrativa cada vez más restringida de derechos humanos. Comenzó por suscitar una lucha contra los derechos sociales y económicos. Y hoy, con la prioridad total de la libertad económica sobre todas las otras libertades, y con el ascenso de la extrema derecha, los propios derechos civiles y políticos, y con ellos la propia democracia liberal, son puestos en cuestión como obstáculos al crecimiento capitalista. Todo esto confirma la relación entre la concepción hegemónica de los derechos humanos y la guerra fría. Ante este escenario, se imponen dos conclusiones paradójicas e inquietantes, y un desafío exigente. La aparente victoria histórica de los derechos humanos está derivando en una degradación sin precedentes de las expectativas de vida digna de la mayoría de la población mundial. Los derechos humanos dejaron de ser una condicionalidad en las relaciones internacionales. Cuando mucho, en vez de sujetos de derechos humanos, los individuos y los pueblos se ven reducidos a la condición de objetos de discursos de derechos humanos. A su vez, el desafío puede formularse así:
¿Será todavía posible transformar los derechos humanos en una ruina viva, en un instrumento para transformar la desesperación en esperanza? Estoy convencido que sí. En la próxima crónica intentaré rescatar las semillas de esperanza que habitan la ruina viva de los derechos humanos.
* Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2020/01/26/opinion/018a1mun

21 comentarios:

silvio dijo...

Lo considero un artículo de gran calado.

Jorge Fernández Crespo dijo...

Algo que impacta mucho en la actual percepción sobre el respeto a los derechos humanos es la creciente ausencia de urbanidad en la política, tanto doméstica como internacional. Esta situación se acentúa con la elección de Trump y el surgimiento de una pléyade de imitadores.

Políticos maquiavélicos han existido siempre pero hasta ahora se habían visto contenidos en cierta medida por las normas impuestas por la sociedad para que actuasen dentro de ciertos límites establecidos por la decencia, el decoro, el respeto y la consideración hacia los demás (o al menos se sintiesen obligados a guardar las apariencias en ese sentido).

Cuando el líder de la mayor potencia mundial actúa exclusivamente para su provecho propio sin contención interna o externa, se genera un escenario internacional donde, por poner un ejemplo, sus imitadores se sienten libres de ordenar que disparen a los rostros de manifestantes pacíficos para disuadirlos de participar en las protestas sin que la opinión pública mundial, controlada en parte por los medios hegemónicos, los condenen resueltamente por ello. Ejemplos sobran: desprecio al medio ambiente, indolencia o complicidad encubierta ante los asesinatos de líderes sociales, persecuciones judiciales sin justificación legal. Todo ello sin el repudio internacional que merecen, ni siquiera de instituciones supuestamente defensoras de los derechos humanos.

No obstante, esperemos (¡oh, la esperanza otra vez!) que los abusados reaccionen en algún momento y luchen por obtener la justicia que hasta ahora les está negada: basta una gota para colmar una copa llena.

Luis dijo...

Pienso igual, Silvio. Coincido especialmente con Boaventura cuando dice que de no producirse un cambio urgente en el reparto de miedos y esperanzas la vida se volverá absolutamente insoportable para casi todos los habitantes del planeta. Para salir del infierno es urgente que las mayorías vuelvan a tener algo de esperanza -subraya el autor-. Y para ello también es necesario que las pequeñas minorías con exceso de esperanza tengan al menos un poquito de miedo...Me pareció una reflexión necesaria y brillante.
L.

Alzugaray Temas dijo...

Coincido contigo Silvio. Lo leí esta mañana y me pareció excelente.

Rojo ciudadano dijo...

Qué manera sosegada de invitarnos a luchar. Mejor que escribir es quedarse un rato rumiando estas palabras para después saltar como un resorte y empezar la lucha nuevamente.

Luis Ramón dijo...

Este pedazo de la historia
Es aguerrido para ver y reposar.
Parece que es definitivo
Se rompe todo y todo vuelve a comenzar.

Armando dijo...

Merece mas de una lectura. Se siente madures. Es mas que ruina, miedos y esperanzas. Pero nos invita a la esperanza. Me quedo ya esperando las semillas de su proxima cronica.

marcelo matamala dijo...

Hola Silvio ..también Segundaciteros

En vísperas de tu última canción que compones en el barco madre.. " Océano Pacífico ".
Un 28 de enero de 1970 te anotas con la última canción en el Atlántico... para mí es la primera canción que escuché cuando me invitaron a escuchar a Silvio Rodríguez, cuando tenía 14 años... enamoramiento con la trova a primera vista. "Al final de este viaje en la vida", me enseñó a conocer tu obra, que admiro y he querido trascenderla en la página que administro hace ya varios años...

Gracias por la trova, gracias por conocer a ese pueblo digno del ser humano..un abrazo con mucha dignidad hacia ti hermano mayor.

Anónimo dijo...

Tomado del muro de Ernesto Estévez Ramos, el anuncio del lanzamiento de su libro: "Entre el pensamiento humanista y el paradigma científico: El problema de las culturas". Creo que puede ser de interés para algunos de los lectores de este sitio.

"Las tensiones y desencuentros entre la cultura científica y la cultura humanística han acarreado no pocas dificultades a la humanidad. Consciente de cuánto arte y ciencia se necesitan, Ernesto Estévez, científico de raigal latencia humanista, recorre en este libro las relaciones esenciales de ambas culturas desde una óptica histórica, filosófica y epistémica, sin dejar de analizar repercusiones en las artes y la literatura. Lo hace, además, valorando con justeza cada fenómeno y suceso, sin condescendencias, aunque sí con un marcado interés conciliatorio, tan imprescindible como atípico en el pensamiento contemporáneo. La confianza positivista en el progreso industrial, al punto de cifrar en él la felicidad humana; la pertinencia ideológica de los avances tecnológicos; la instrumentalización de la ciencia en el campo socialista; la llamada «crisis de la cultura» y sus extendidas consecuencias; la atención requerida al peso simbólico de la ciencia en la construcción de la nación son algunos de los temas abordados en el periplo desde el eje axial del problema de las culturas, hasta sus implicaciones para Cuba y su inaplazable urgencia de procurar el diálogo profundo entre ellas."

Presentacion: 7 de Febrero, 14:00 Aula Magna, Universidad de La Habana

Saludos
Manuel Longoña

JulioC dijo...

Hola Silvio

Quisiera enviarte un fuerte saludo y agradecer tantas canciones que me han guiado y acompañado.

Yo pertenezco a un grupo de wasap donde comparto fuertes debates políticos y económicos entre compañeros que estudiamos en el pre. Algunos estamos en Cuba y otros no pero nos une la añoranza. En el debate que tocaba al día de hoy surgió algún comentario sobre usted que me impresionó por la cantidad de veces que lo he escuchado en mi vida. Resulta que personas afirman que compartieron carcel con usted, yo por supuesto que me opongo a este comentario pero sin dejar de impresionarme el hecho de escucharlo otra vez. Como es que tantas personas sin ninguna prueba simplemente deciden denunciar y afirmar este tipo de cosas sin sentido además.

Quiero agradecer a los compañeros que ofrecen su opinión en este blog y alimentan el debate. Creo que la juventud cubana necesita debate necesita tener sitios como este donde expresar su opinión de manera educada y poder hacer crítica constructiva. Saludos

silvio dijo...

JulioC, si tu supieras...
varias veces me encontré a personas que me decían haber estado en las UMAP conmigo. Y cuando yo trataba de explicarles que yo no había estado en las UMAP ponían cara de condescendencia y algunos decían benévolamente: "Te comprendo hermano, que digas eso por tu posición de hoy día"... Tanto fue así, que a la quinta o sexta vez que me pasó, empecé a decir que sí, que había estado en las UMAP y que además había estado preso en la cárcel que me decían, y hasta me reía si alguien me hacía un cuento supuestamente compartido: "¿Te acuerdas el día que Fulanito le mandó la carta equivocada a la novia?", o cualquier otra cosa...

Las leyendas tienen ese poderío, se adueñan de las vidas de la gente, las transfiguran y creo que nadie nunca sabe o puede imaginar lo que acabará siendo para otros. Fabular es una extraña capacidad de los seres humanos, cambia vidas, pero acaso enriquece las cosas que luego acaban siendo novelas o películas o sencillamente historias populares.

Bienvenido a Segunda cita. Y cuando puedas cuenta tu edad, donde vives y algo más de ti, si se te puede localizar y cómo (descuida que tus datos personales no los publico).

R3 dijo...

Creo que muy pocos han podido mostrar, en un artículo, la realidad actual de la humanidad como este.
Los derechos humanos flaquean porque reforzando el imperio hay un grupo de delincuentes al frente del mismo que desconocen este principio.R3.

silvio dijo...

Paul Krugman: “No soy un santo pero estoy dispuesto a pagar más impuestos”

yamirys valle glez dijo...

Buenas noches, Silvio y amigos de la mejor cita.

Me debo la entrada, q al leer los comentarios promete!!!


Y yo vengo a reclamar esa " hojita del diario de a bordo"...q la leí desde q se publicó.y a desaparecido.....q le sucedió cayó al mar????..o el viento la hizo acercarce hasta mí?

Me hizo sonreír tu diario ...gracias!!!💙

silvio dijo...

Víctor Flores Olea: La nostalgia de la crítica

Tatiana dijo...

Silvio querido, aún recuerdo nuestras charlas largas sobre mentira y verdad...y los debates sobre sobre si o no. Los mitos que nos construyen y nos dan o quitan identidad. Por esa época estudiaba medicina. El tiempo ha pasado y ya hace 20 que soy psiquiatra. Juro, sin faltar a la verdad, que hasta el día de hoy me debato íntimamente aquellas cuestiones. En este mundo con tan gran oxímoro cotidiano. A partir de aquellas conversaciones en El Panamericano, Nietzsche ha alumbrado y oscurecido mi vida y tu me has seguido acompañando. Abrazo inmenso a lo Cicerón, quien ha descripto el amor, con el don de un sabio y tu despojo. Tatiana

silvio dijo...

David Brooks: Contrastes

silvio dijo...

Calos Fazio: Telesur, Guaidó y la relección de Trump

silvio dijo...

Hay nueva entrada

Giordan Rodriguz dijo...

Muy convincente la entrada.

Julia dijo...

Hola Silvio, hola a todos y todas, les escribo desde Buenos Aires. Me gusto mucho el texto del maestro Boaventura, principalmente este fragmento:
"Es urgente cambiar este estado de cosas o la vida se volverá absolutamente insoportable para la gran mayoría de la humanidad. Cuando la única libertad que le quede a esta mayoría sea la libertad de ser miserable, estaremos ante la miseria de la libertad. Para salir de este infierno, que parece programado por un plan voraz y poco inteligente, es necesario alterar la distribución desigual del miedo y la esperanza. Es urgente que las grandes mayorías vuelvan a tener algo de esperanza y, para ello, es necesario que las pequeñas minorías con exceso de esperanza (porque no temen la resistencia de quienes sólo tienen miedo) tengan miedo de nuevo"

A la pregunta final que realiza, ¿Será todavía posible transformar los derechos humanos en una ruina viva, en un instrumento para transformar la desesperación en esperanza?
Yo estoy absolutamente convencida de que sí, mi pueblo con sus madres de plaza de mayo dan cuenta de esto, pienso humildemente que ellas son ejemplo y también semillas para construir estos derechos humanos vivos que tanto el mundo necesita.