jueves, 13 de enero de 2022

Por qué el extraordinario éxito de la vacuna contra el covid en Cuba podría ser la mejor esperanza para los países de bajos ingresos

Why Cuba’s extraordinary Covid vaccine success could provide the best hope for low-income countries

Por Sam Meredith / enero 13 2022https://www.cnbc.com/2022/01/13/why-cubas-extraordinary-covid-vaccine-success-could-provide-the-best-hope-for-the-global-south.html

 

Cuba ha vacunado a un mayor porcentaje de su población contra la Covid-19 que casi todas las naciones más grandes y ricas del mundo. De hecho, solo los Emiratos Árabes Unidos, ricos en petróleo, cuentan con un registro de vacunación más sólido.

 

La pequeña isla caribeña dirigida por comunistas ha logrado este hito al producir su propia vacuna contra el covid, incluso mientras lucha por mantener abastecidos los estantes de los supermercados en medio de un embargo comercial estadounidense de décadas.

 

“Es una hazaña increíble”, dijo a CNBC por teléfono Helen Yaffe, experta en Cuba y profesora de historia económica y social en la Universidad de Glasgow, Escocia.

 

“A los que hemos estudiado biotecnología no nos sorprende en ese sentido, porque no ha salido de la nada. Es producto de una política gubernamental consciente de inversión estatal en el sector, tanto en salud pública como en ciencia médica”.

 

Hasta la fecha, alrededor del 86 % de la población cubana ha sido vacunada completamente contra la Covid con tres dosis, y otro 7 % parcialmente inoculado contra la enfermedad, según estadísticas oficiales recopiladas por Our World in Data.

 

Estas cifras incluyen niños desde los dos años, que comenzaron a recibir la vacuna hace varios meses. Las autoridades sanitarias del país están lanzando vacunas de refuerzo a toda la población este mes en un intento por limitar la propagación de la variante omicron Covid altamente transmisible.

 

El país de aproximadamente 11 millones sigue siendo el único país de América Latina y el Caribe que ha producido una inyección local para Covid.

 

“La pura audacia de este pequeño país para producir sus propias vacunas y vacunar al 90% de su población es algo extraordinario”, dijo a CNBC John Kirk, profesor emérito del programa de América Latina de la Universidad de Dalhousie en Nueva Escocia, Canadá, a través de CNBC. teléfono.

 

El prestigioso sector biotecnológico de Cuba ha desarrollado cinco vacunas contra el covid diferentes, incluidas Abdala, Soberana 02 y Soberana Plus, todas las cuales, según Cuba, brindan más del 90 % de protección contra el covid sintomático cuando se administran tres dosis.

 

Los datos de los ensayos clínicos de vacunas de Cuba aún no se han sometido a una revisión científica internacional por pares, aunque el país se ha involucrado en dos intercambios virtuales de información con la Organización Mundial de la Salud para iniciar el proceso de Listado de uso de emergencia para sus vacunas.

 

A diferencia de los gigantes farmacéuticos estadounidenses Pfizer y Moderna, que utilizan tecnología de ARNm, todas las vacunas de Cuba son vacunas de proteína de subunidad, como la vacuna Novavax. Crucialmente para los países de bajos ingresos, son baratos de producir, se pueden fabricar a escala y no requieren congelación profunda.

 

Ha llevado a los funcionarios de salud internacionales a promocionar las inyecciones como una fuente potencial de esperanza para el "sur global", particularmente cuando persisten las bajas tasas de vacunación. Por ejemplo, mientras que alrededor del 70 % de las personas en la Unión Europea han sido vacunadas completamente, menos del 10 % de la población africana ha sido vacunada completamente.

 

Sin embargo, para que esto se cumpla, la OMS probablemente tendría que aprobar las vacunas de Cuba. El proceso de investigación de antecedentes de la OMS implica evaluar las instalaciones de producción donde se desarrollan las vacunas, un punto que, según los funcionarios de salud de Cuba, ha frenado el progreso.

 

Vicente Verez, jefe del Instituto de Vacunas Finlay de Cuba, dijo a Reuters el mes pasado que la agencia de salud de la ONU estaba evaluando las instalaciones de fabricación de Cuba a un “estándar del primer mundo”, citando el costoso proceso de actualizar las suyas a ese nivel.

 

Verez dijo anteriormente que los documentos y datos necesarios se enviarían a la OMS en el primer trimestre de 2022. La aprobación de la OMS sería un paso importante para que las vacunas estén disponibles en todo el mundo.

 

'Enorme significado'

 

Cuando se le preguntó qué significaría para los países de bajos ingresos si la OMS aprobara las vacunas contra el covid de Cuba, Yaffe dijo: “Creo que está claro que muchos países y poblaciones en el sur global ven la vacuna cubana como su mejor esperanza para vacunarse para 2025. .”

 

“Y, de hecho, nos afecta a todos porque lo que estamos viendo con la variante omicron es que lo que sucede cuando grandes poblaciones casi no tienen cobertura es que tienes mutaciones y nuevas variantes en desarrollo y luego regresan para atormentar a los países capitalistas avanzados que han estado acumulando vacunas”, agregó.

 

Alumnos, quienes van acompañados de su madre, están siendo vacunados con una dosis de la vacuna Soberana 2 contra el nuevo coronavirus, COVID-19, desarrollado en Cuba, en el centro educativo Bolívar de Caracas, Venezuela, el 13 de diciembre de 2021.

 

Kirk estuvo de acuerdo en que la posible aprobación por parte de la OMS de las vacunas contra el covid producidas a nivel nacional en Cuba tendría una “enorme importancia” para los países en desarrollo.

 

“Una cosa que es importante tener en cuenta es que las vacunas no requieren las temperaturas ultrabajas que necesitan Pfizer y Moderna, por lo que hay lugares, en África en particular, donde no tiene la capacidad de almacenar estas vacunas globales. vacunas del norte”, dijo Kirk.

 

También señaló que Cuba, a diferencia de otros países o empresas farmacéuticas, se ha ofrecido a participar en la transferencia de tecnología para compartir su experiencia en la producción de vacunas con países de bajos ingresos.

 

“El objetivo de Cuba no es ganar dinero fácil, a diferencia de las corporaciones multinacionales de la droga, sino mantener el planeta saludable. Entonces, sí, obtener una ganancia honesta pero no una ganancia exorbitante como lo harían algunas de las multinacionales”, dijo Kirk.

 

El jefe de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió el mes pasado que un “tsunami” de casos de covid impulsados ​​por la variante omicron fue “tan grande y tan rápido” que había abrumado los sistemas de salud en todo el mundo.

 

Tedros reiteró su llamado a una mayor distribución de vacunas para ayudar a los países de bajos ingresos a vacunar a sus poblaciones, con más de 100 países en camino de no alcanzar el objetivo de la agencia de salud de la ONU de que el 70% del mundo esté completamente vacunado para julio.

 

La OMS dijo el año pasado que es probable que el mundo tenga suficientes dosis de vacunas contra el covid en 2022 para inocular por completo a toda la población adulta mundial, siempre que los países de altos ingresos no acumulen vacunas para usar en programas de refuerzo.

 

Junto con las asociaciones comerciales de la industria farmacéutica, varios países occidentales, como Canadá y el Reino Unido, se encuentran entre los que bloquean activamente una propuesta de exención de patentes diseñada para impulsar la producción mundial de vacunas contra el covid.

 

La OMS, expertos en salud, grupos de la sociedad civil, sindicatos, ex líderes mundiales, organizaciones benéficas médicas internacionales, premios Nobel y organizaciones de derechos humanos han subrayado repetidamente la urgencia de renunciar a ciertos derechos de propiedad intelectual en medio de la pandemia.

 

Una ausencia de vacilación vacuna

 

El promedio de siete días de casos diarios de covid en Cuba subió a 2063 al 11 de enero, lo que refleja un aumento de casi 10 veces desde fines de diciembre a medida que se propaga la variante omicron.

 

Esto se produce a medida que aumenta el número de casos de omicron Covid en los países y territorios de la región de las Américas. La Organización Panamericana de la Salud, la oficina regional de las Américas de la OMS, advirtió que un aumento en los casos puede conducir a un aumento en las hospitalizaciones y muertes en las próximas semanas.

 

La OPS ha pedido a los países que aceleren la cobertura de vacunación para reducir la transmisión de Covid y ha reiterado su recomendación de medidas de salud pública, como máscaras ajustadas, un requisito obligatorio en Cuba.

 

Yaffe ha confiado durante mucho tiempo en la capacidad de Cuba para presumir de uno de los registros de vacunación más sólidos del mundo. En declaraciones a CNBC en febrero del año pasado, incluso antes de que el país hubiera desarrollado una vacuna local, dijo que podía “garantizar” que Cuba podría administrar su vacuna contra el covid de producción nacional con extrema rapidez.

 

“No fue una conjetura”, dijo Yaffe. “Se basó en comprender su sistema de salud pública y su estructura. Entonces, el hecho de que tienen lo que llaman clínicas de médicos y enfermeras de familia en cada vecindario”.

 

Muchas de estas clínicas están ubicadas en áreas rurales y de difícil acceso, lo que significa que las autoridades de salud pueden entregar vacunas rápidamente a la población de la isla.

 

“El otro aspecto es que no tienen un movimiento de reticencia a las vacunas, que es algo que estamos viendo en muchos países”, dijo Yaffe.


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Enviado por la Dra. Mirta.

lunes, 10 de enero de 2022

Mariano Sigman: "La pandemia generó un nivel de estrés sin precedentes que deja cicatrices en forma de daño y toxicidad celular"

Por Jorge Fontevecchia

—Dijiste: “Trabajo desde los 90 en tratar de entender el cerebro, y los resultados que hemos tenido son bastante modestos. Todavía seguimos con una gran incomprensión sobre cómo funciona la mente”. ¿Cuáles son las principales dudas en el mundo científico sobre el cerebro?

—Donde somos más ignorantes es sobre la conciencia. El cerebro articula una enorme cantidad de cosas de las que hacemos. No nos enteramos de la mayoría de ellas. Regula el funcionamiento del cuerpo, maneja la respiración, la presión arterial, el funcionamiento de los órganos. Pero del cerebro también resulta algo más asombroso, filosóficamente complejo: la experiencia subjetiva, la sensación de vivir en un relato subjetivo de nuestra propia existencia. La conciencia sigue siendo el terreno más misterioso de la neurociencia. También, creo, de toda la ciencia. Hay otros ejemplos de obstáculos que parecían incomprensibles para la ciencia y se resolvieron. En algún momento la ubicación de la Tierra en el universo era una discusión de café. Hoy tenemos telescopios y otras tecnologías que nos permiten convertir esta pregunta que fue filosófica en ciencia. Otro ejemplo, aún más emblemático, es la vida misma. Cómo la materia eventualmente deviene en vida y hace que una molécula suficientemente compleja pueda tener esta capacidad de replicarse, de separarse del universo, de tener una suerte de objetivo. 

Hoy entendemos bien ese problema, al punto de que se puede sintetizar vida. Se puede, a partir de moléculas que per se no conforman la vida, reunirlas, en una suerte de sopa que constituye un ente vivo. Pero no somos capaces y estamos muy lejos de entender cómo a partir de la materia armar un sustrato, quizás fuera de nuestro cerebro, capaz de emular la conciencia. Sigue siendo el gran misterio. Tenemos información, pero aún estamos en un estadio de gran incomprensión filosófica sobre cuál es el sustrato de la conciencia.

—También escribiste: “La fisiología cerebral nos muestra que para que un cerebro aprenda tiene que estar en un estado motivado y emocional. Un bebé aprende a caminar con una tozudez extraordinaria. Se cae y se levanta durante horas y horas todos los días, porque caminar es un proceso muy complejo. No hay muchos adultos que dediquen tanto tiempo con tanta insistencia a aprender algo”. ¿Por qué los adultos somos menos insistentes que los bebés?

—Para empezar, porque nos volvimos escépticos con el aprendizaje. Tenemos la intuición de que los adultos pierden la capacidad de aprender. Es falso. Es una especie de profecía autocumplida. Funciona mucho dentro del ámbito de la psicología. La mente tiene un fuerte componente reflexivo que hace que en el momento en el que uno cree que es incapaz de hacer algo, no pueda hacerlo. La intuición de la incapacidad de aprender de adultos nace en la amnesia de la enorme motivación que teníamos de chicos para aprender cosas. Un niño es una especie de profesional del aprendizaje. En general, la trayectoria es que alguien aprende hasta los 30 años. Luego hace uso de aquello que se adquirió para ejercer su profesión y las relaciones de la vida. Uno aprende no solo a ser carpintero, electricista, físico o economista. También cómo son las personas, qué hace que la gente se enoje, le interese lo que uno está contando. Se aprende a manejar las propias emociones, a no llorar, o a llorar cuando se quiere hacerlo, a saber qué hace reír y qué no, qué libros nos gustan. Estas cosas transcurren muy rápido en la vida. Muchos materiales pasan de ser plásticos a ser rígidos de acuerdo con un parámetro. El barro es duro; pero si uno lo humedece, lo puede moldear. O el caso del vidrio, el cristal, que es duro, rígido, uno no puede cambiar su forma, pero si uno lo calienta y le da temperatura, se vuelve maleable. En el celebro, el equivalente al calor del vidrio o el agua del barro es una molécula; la dopamina. Se produce cuando estamos motivados. Cuando hay dopamina en el cerebro, el cerebro es plástico. Puede cambiar y aprender. Lo que nos falta de adultos no es un cerebro plástico; falta motivación. Y eso se debe a una falta real y genuina de tiempo. Nos convencimos de que no podemos aprender. No hay nada peor en ese sentido que el autoconvencimiento. Los experimentos muestran que si una persona se olvida de esta creencia y le dedica el mismo tiempo que le dedicaba desde chico, aprende igual de fácil. No perdimos la capacidad, sino la creencia en la posibilidad. 

—¿Qué relación hay entre el envejecimiento y la pérdida de dopamina?

—No se pierde. La dopamina es una molécula que se produce en el núcleo profundo del cerebro, la sustancia nigra. Se produce en el cerebro cuando tenemos incertidumbre, cuando desconocemos qué sucederá. Ese vértigo genera muchísima dopamina. Habitualmente, un niño tiene una incertidumbre frente a cada situación que enfrenta. De adulto, uno sabe más o menos cómo son las cosas. Con el aprendizaje se reduce la incertidumbre. Así se produce menos dopamina. Cada tanto, eso varía. Fue lo que pasó con la crisis de los últimos dos años. Entramos en una situación de enorme incertidumbre. Adultos que estamos acostumbrados a certezas, al no saber qué va a pasar en asuntos muy fundamentales de la vida nos abrimos a la incertidumbre. 

Con esto nos volvimos todos un poco niños. Algunos empezaban a cocinar, a aprender un idioma, a vincularse con los suyos, o cambiaban la forma de educarse y educar a los hijos. Fue un momento de cambio. Cambiaban los modelos del mundo y eso hacía que uno tuviese que otra vez salir a aprender compulsivamente. 

—¿La noción del bien y del mal están incluidas en ese “sistema operativo”? ¿Lo moral es inherente al cerebro?

—Hay otro célebre experimento hecho por dos investigadoras. También es con bebés de pocos meses que aún no tienen lenguaje. No han hablado nunca sobre lo correcto y lo incorrecto. Los bebés observan la siguiente situación. Se ve una pelota que se mueve para arriba. Oscila, y en esa oscilación se mueve cada vez para arriba en una especie de plano inclinado. Lo que uno interpreta automáticamente al ver esa imagen es que la pelota “intenta” subir. En algún momento de la historia viene un triángulo que golpea la pelota empujándola hacia abajo. Lo que uno interpreta es que está molestando a la pelota.  Luego hay un cuadrado que, al revés, choca con la pelota empujándola hacia arriba. De esta historia de colisiones, cualquier adulto interpreta inevitablemente que la pelota “quiere” subir, que el triángulo “intenta” evitar este objetivo y que el cuadrado “quiere” ayudarlo. Es decir, el cuadrado parece el bueno de la película y el triángulo el malo. Sentimos esto muy vívidamente pese a que es evidente que ninguna de estas figuras tiene intenciones reales. ¿Qué percibe un bebé, tiempo antes de empezar a usar la palabra? Cuando ambos objetos son presentados en la mesa, eligen “al bueno”, al cuadrado. La moral es muy compleja. Pero los bebés, mucho antes de haber conocido las palabras “malo”, “intentar”, “desear” ya muestran preferencias implícitas. No es que tengan desarrollado ya un sistema moral, como tampoco la diferencia entre el tres y el cuatro es el sistema matemático. Son precursores, un repertorio de funciones básicas sobre las que después se construyen sistemas más complejos que requieren del lenguaje: vinculan las emociones y reflexiones muy profundas, sobre las que construimos la moral.

—¿Qué nos enseña la neurociencia de la agresividad? ¿Hay una naturalidad catártica expresada hace unos años en la violencia y hoy en la grieta?

—Polarización y agresividad son cosas distintas. Aunque tienen algún sustrato común. La polarización puede ser tal sin devenir agresión. La polarización no es nueva. Hay un libro del siglo XIX que se llama Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas, de Charles Mackay, que ya da ejemplos de grietas, polarizaciones y cómo las multitudes tienden a converger a delirios como cazas de brujas, guerras o burbujas financieras. Son fenómenos de enorme confusión en los que se planta una idea, se “prende fuego”, y es apropiada por un montón de seguidores, que se vuelven cada vez más convencidos de una idea que puede no tener ningún asidero con la realidad. Las burbujas financieras las hemos visto repetidas a lo largo de los últimos 150 años. Son momentos en los que un grupo de gente se convence de algo que parece no tener ningún asidero, y ese convencimiento hace que esa gente actúe de acuerdo con lo que piensa y que siga invirtiendo e invirtiendo en algo que en realidad no tiene más valor que esa creencia, y eso es inflacionario, hasta que en algún momento choca abruptamente con la realidad y explota. Hoy sabemos bastante sobre cómo funcionan esos mecanismos de un pensamiento irracional. Invariablemente, cada lado de la grieta piensa que el otro no razona correctamente. Cuando se estudia cómo funcionan estas creencias, se encuentra que de los dos lados de la grieta la gente razona, pero sobre evidencia muy distinta. Cada uno busca argumentos que den asidero a la realidad que uno se construye. La polarización funciona porque cada uno construye realidad sobre premisas distintas. A veces algunos argumentos tienen correspondencia con la realidad y otras están desconectados. En la balanza no hay siempre una situación de igualdad, correspondencia o asidero con la realidad. Esto explica la psicología de la polarización. Daniel Kahneman, un psicólogo experimental premio Nobel de Economía, formuló reglas básicas sobre el funcionamiento del comportamiento humano. Una de las grandes heurísticas es que cuando conformamos una idea buscamos evidencia consistente con ella. Esa manera de buscar evidencias hace que cada vez creamos más y más en una idea. Nos rodeamos de gente que dice lo que queremos escuchar. Da igual en qué lugar de la grieta estemos. Uno vive escuchando argumentos que lo convencen de premisas lógicas, no formuladas como un pensamiento disparatado. Es la raíz básica de la psicología de la polarización. 

—Kahneman podría tener un antecedente en el “Elogio de la locura” de Erasmo: la influencia de un pensamiento positivo. Yo me refería a un aspecto más tanático. Permitime, en un “acordatio termini”, denominar grieta a la patología del disenso. Me refiero a ese “al otro lo odio”. ¿Hay algo en esta época que produce más odio en la política que podría encontrar una explicación neurocientífica?

—Me gustaría pensarlo más en términos de la psicología experimental. Hay un tema también de jergas y de modas. Entender esto no corresponde al funcionamiento de las neuronas en la corteza prefrontal. Importa más encontrar algunas premisas sobre cómo funciona el pensamiento humano. Corresponde hablar de psicología más que de neurociencias, aunque este sea un concepto que tiene buen marketing. Un rasgo idiosincrásico y automático de nuestro pensamiento es crear modelos, o teorías, sobre las cosas. A veces ni siquiera las percibimos como tales. Por ejemplo, cuando uno dice “éste es un buen gobierno” o “aquel es un buen maestro” se está resumiendo un conjunto de datos, observaciones, de premisas sobre lo que es hacer algo bien y resumiendo todo eso en una sentencia. Se precisa cierto esfuerzo para llegar a esa conclusión. Puede parecer inocuo, pero el cerebro trabajó para llegar a una conclusión. Una vez expresada, se vuelve reflexiva. Buscamos evidencias que la favorezcan. Y también rechazamos la evidencia contraria a lo que pensamos. Es un reflejo, pero es un automatismo que podemos y debemos superar. Lo percibimos como algo que pone en cuestión alguna cosa que nos costó. Es como que están demoliendo nuestra casa mental. Nos dicen que estábamos equivocados en lo que pensamos. Uno puede reaccionar frente a eso con placer y decir: “¡Qué interesante!”, una perspectiva abierta, pero es atípica. No es el default psicológico. De la misma manera que defendemos nuestras cosas, defendemos también nuestras ideas. Es una especie de reflejo emocional. Es algo que no fue muy pensado. Un cambio de perspectiva implica ponerse en un modo en el que no trato de confrontar, sino de entender. Es lo que los grandes conversadores, desde los socráticos hasta Michelle de Montaigne, siempre han postulado como la condición necesaria para incubar ideas. En experimentos que hicimos con Joaquín Navajas y Dan Ariely mostramos que cuando la gente discute en esa situación las conversaciones son tremendamente efectivas. Mejora la comprensión de las cosas. Es el camino de solución de las cosas. Hicimos experimentos con Joaquín Navajas, con Dan Ariely, un psicólogo de la universidad de Duke, y con otro grupo de gente al respecto. Cuando se enuncian ideas desde una perspectiva abierta, uno suele encontrar falacias y agujeros en su propio pensamiento. No solo por lo que dicen los demás, sino por escucharse a sí mismos. Esto pasa en todos los consorcios humanos, gobiernos, reuniones de vecinos, familias, parejas. En estudios que se han hecho cuando las parejas conversan sobre situaciones estresantes se ve que aquellas que tienden más fácilmente a ponerse en una perspectiva abierta, que muchas veces tiene que ver además con poder reírse, son más duraderas y tienden a tener mucha mejor convivencia. Mostramos esto también en un experimento en el cual hicimos que la gente se pusiera a conversar sobre asuntos muy espinosos de la ideología y de la moral, cosas que resultan chocantes y donde la gente está muy polarizada. Cuando las personas conversan abiertamente es mucho más probable que se pongan de acuerdo, que encuentren un punto medio en vez de exaltar aún más sus diferencias. 

El prejuicio diría que es imposible avanzar en un acuerdo. Pero los resultados dicen que 20% o 25% de las veces logran consensuar un acuerdo. Eran Halperin hizo estos mismos estudios en una frontera muy crispada, como la de Israel y Palestina. El trabajo inicial consistió en expresarle a cada grupo que el otro estaba más predispuesto al cambio de lo que ellos podrían pensar. Luego se generaban grupos de discusión, en medio de los días más crispados en la frontera palestino-israelí. Y el resultado nuevamente era que de estos encuentros, si se lograba generarlos en un marco abierto y razonable, salían pautas de cooperación, trabajos comunes y en general un cúmulo de acercamientos que van contra toda la intuición previa a las conversaciones. Es que así como nos hemos vuelto infundadamente escépticos sobre el aprendizaje adulto, también nos hemos hecho escépticos sobre la capacidad que tienen las conversaciones de resolver conflictos. Y esto es porque la conversación hoy sucede primordialmente fuera de su hábitat natural. Las buenas conversaciones no suceden en Twitter, ni en Facebook, ni en las redes sociales. Allí hay doscientos millones de personas hablando al mismo tiempo y lleva al delirio de las multitudes. Las buenas conversaciones suceden entre pocas personas en las que todos tienen la oportunidad de expresarse. En un simposio, una sobremesa, donde está presente la vieja idea griega de hablar sobre un tema sin apuro, respetuosos con la premisa más de aprender que de convencer. Así la palabra retoma su fuerza extraordinaria para unir y limar asperezas, no para profundizar disensos.

—En tu libro “La vida secreta de la mente” contás que “las lecturas de los libros de Freud, subrayados y anotados a mano por mi padre mientras estudiaba, fueron para mí una gran impronta en ese proyecto”. Rudolf Carnap planteaba que cada disciplina creaba su propio lenguaje, intraducible para las otras. ¿Cómo se establece el puente entre la psicología de tu padre, la neurociencia, la física o la psicología experimental?

—Como en la pregunta anterior, la clave es partir de una predisposición. Y de hacer un ejercicio de traducción. Me interesa entender aspectos de la condición humana y en última instancia me interesa, como a todos, entender cosas mías que me afligen. Por qué a veces me enojo o siento celos cuando no querría sentirlos. Por qué me cuesta aprender algunas cosas o recordar otras. Yo he convertido esta pulsión, que creo es propia de cualquier persona, en un oficio. Por eso hice cosas muy distintas que me vinculan con las artes, la medicina, la educación. No me siento un científico típico. No me interesa tanto el oficio de la ciencia en sí, sino dar respuestas a estos interrogantes. Mucha gente intentó entender estas preguntas. Por ejemplo, la ficción, que es un fabuloso laboratorio de la condición humana: cómo reaccionaríamos frente una invasión extraterrestre, cómo pensar los celos. Shakespeare es, de alguna manera, un teórico de la psicología. En vez de llevar sujetos al laboratorio, él usa su introspección para emular escenarios instructivos para todos. Un cuadro sobre los pecados capitales también es una manera de pensar la psicología. Quien hace una película, imagina las emociones del espectador. Siempre tuve esta visión agnóstica y abierta del conocimiento, genuinamente humilde. Soy científico, adoro la ciencia. Es un método de conocimiento extraordinario. Nos permitió vivir más, viajar a la Luna, tener teléfonos, comunicarnos de un continente a otro. Nada de eso hubiese sido posible sin la ciencia, pero por supuesto no es la única manera de construir conocimiento. Por eso intento buscar también respuestas a estos interrogantes en otras disciplinas.

—Hay un neurocientífico en la Argentina, Facundo Manes, que tuvo enorme éxito electoral. Él apela a sus dispositivos de saber para aplicarlos a la política. Mencionamos antes el caso de Kahneman, un especialista que gana un Premio Nobel en Economía. ¿El conocimiento de cómo funciona la mente puede ser útil para un político?

—Creo que puede ser útil. También pienso que hay que temperarlo. La neurociencia es una manera de entender el comportamiento humano. Y eso tiene valor para la política. Pero cada problema puede verse en distintas escalas y hay que entender en cada caso cuál es la correcta. En la escala más pequeña está la física. Uno podría decir “para hacer política trato de entender cómo funciona cada átomo”, y eso sería disparatado. De la misma manera, la neurociencia no es la escala óptima para entender la política. La política es macroscópica. Está más próxima a la sociología. Está bien que se nutra en parte de la psicología experimental y de la neurociencia, pero entendiendo los aspectos complementarios. No creo que uno tenga que construir en política haciendo neurociencia. Uno tiene que construir política haciendo política.

—Los oficialismos perdieron las elecciones en todas las partes del mundo en las que les tocó llevar adelante su renovación de credenciales durante la pandemia. ¿Qué consecuencias deja en el humor el encierro y el temor de la pandemia? ¿Es una huella que perdurará?       

—Tiene efectos. Está muy medido. Se generó la propensión a enfermedades de salud mental. Ha habido un sufrimiento enorme, una crisis gigante y un cambio en las pautas. Encierro, cambio en la manera de trabajar y relacionarse. Hubo hasta un cambio en nuestro ritmo circadiano. Se desorganizó la rutina de mucha gente. A eso se suma un nivel de estrés galopante y sin precedentes. Todas esas cosas dejan cicatrices. El estrés no desaparece del cuerpo en cuanto se alivia la sensación. Deja cicatrices en forma de daño y toxicidad celular, de enfermedad mental. La pandemia, más allá de su crisis, tendrá un costo gigante. Será diferente para cada generación. Será muy distinto para la gente mayor, los adolescentes, la gente joven o con hijos pequeños. Cada uno tendrá su idiosincrasia. Solo con el tiempo entenderemos la magnitud y la inercia del costo de esta pandemia. Los gobiernos y la política en general, como todo el resto de los sectores, también pagaron esto. Uno confunde el mensaje con el mensajero, como dice el refrán. Salvo situaciones muy particulares, cuando algo no funciona uno busca explicaciones y relaciones causales en fallos humanos. Se tiende a culpar a los que están alrededor, a los que gestionan. De algunas cosas sin duda son responsables. Pero de otras no. Es muy difícil para nosotros pensar que hay cosas que no tienen responsables. Los oficialismos, independientemente del color que sean en distintos países del mundo, suelen ser vistos como los que llevaron el barco al medio de la tormenta.

—Hiciste un disco que se llama “Experimento”, y en su lógica del sentido Gilles Deleuze dice: “Este juego que solo está en el pensamiento y que no tiene otro resultado sino la obra de arte, es también lo que hace que el pensamiento y el arte sean reales y trastornen la realidad, la moralidad y la economía del mundo”. ¿Por qué la elección por el arte?

—Incursioné en las artes plásticas y en la música. La música fue un poco particular. Como músico era, para decirlo simple, un desastre. Soy de aquellos que nadie quería que cantara y la música se había convertido para mí en una suerte de estigma. A mi favor tenía el conocimiento científico que, como el resto de las cosas, se puede aprender y mejorar, y a eso me dispuse. 

El disco se llama Experimento no porque sea música experimental, que no lo es, sino porque fue un experimento en primera persona. Un ejercicio de transformación. La música tiene un vínculo mucho más directo con las emociones que las palabras. Para mí la música tenía ese lugar, ese lugar de vincularme con gente muy querida. Era como hablar su idioma. Pensé que no quería irme de esta aventura que es la vida sin hablar el idioma de la música. Y me lo propuse con un esfuerzo bestial. Hacía cuatro horas de canto por día y pasé de cantar pésimo a solo cantar mal. Resultó ser una experiencia en la que aprendí como en casi ninguna otra en mi vida. Fue un experimento conmigo mismo. Pensé que iban a ser seis meses y al final fueron dos años y medio. 

Me conectó con cosas que con el ejercicio solo de la ciencia o de la palabra no hubiese podido. 

—Maurice Merleau-Ponty escribió: “Mientras que la ciencia y la filosofía de las ciencias abrían así la puerta y una exploración del mundo percibido, la pintura, la poesía y la filosofía entraban resueltamente en el dominio que les da y que les era reconocido, y les dan a las cosas del espacio, de los animales y hasta del hombre visto desde afuera, tal y como aparece en el campo de nuestra percepción, una visión nueva y muy característica de nuestro tiempo”. ¿La música y el arte te dieron la posibilidad de ver que es otra forma de saber?


—Para mí, música, ciencia y arte son parte del mismo proyecto y del mismo experimento. Las fronteras del conocimiento y de la exploración son, de hecho, muy borrosas. Cuando empecé a hacer música, muchos de mis amigos se sorprendían, como si me hubiese mudado al lugar más impensado del mundo. Me resultaba curioso. Si un físico se muda al mercado financiero, un lugar donde suelen aterrizar muchísimos físicos, a nadie le parece llamativo. Pero la música, en cambio, parece un mundo más distante. Para mí no lo es. El lugar donde están indefectiblemente ligados el arte y la ciencia, en general todo el conocimiento, es en la infancia, en la niñez. Una niña que está tratando de descubrir el mundo para lograr eso hace experimentos. Subir y bajar interruptores es un experimento para intentar descubrir relaciones causales. También pinta un muro, y cuando lo hace está creando arte, pero también está haciendo experimentos sobre psicología social. ¿Qué dirán sus padres cuando vean esto pintado, cuánto los provoco, cuánto no? Y otro tanto sobre la luz y las sombras y los colores. En la infancia, el arte y la ciencia se mezclan en esa veta compulsiva por descubrir, por trascender los límites y encontrar formas y regularidades. 


Siento que vincularme con el arte es una manera de persistir o de insistir en el oficio de la niñez, en el oficio por descubrir agnósticamente sin estas barreras categóricas. No es eso de si te gusta las matemáticas o el lenguaje, las ciencias o el deporte. Parto de una visión que en algún lugar es más antigua. En realidad, lo que une a todo es una búsqueda y un amor por el conocimiento.


—En tu libro “La vida secreta de la mente” escribiste: “El cerebro ya está preparado para el lenguaje mucho antes de empezar a hablar y formamos nociones de lo bueno, de lo justo, de la cooperación y de la competencia que luego hacen mella en nuestra manera de relacionarnos. Estas intuiciones del pensamiento dejan trazas duraderas en nuestra manera de razonar y de decidir”. El imperativo categórico kantiano es, por definición prelingüístico. ¿Guarda una relación?


—Sí. Este fue quizás uno de los cambios más grandes en el pensamiento humano. Durante muchísimo tiempo, la idea sobre cómo funciona el desarrollo en habilidades mentales venía de una escuela muy intuitiva: el empirismo inglés. John Locke y sus colegas creían que el cerebro es una tabula rasa. Uno llega al mundo sin ningún aprendizaje, y con la experiencia incorpora conocimientos. Empezaba por reflejos sencillos: si toco algo caliente alejo la mano. Con el conocimiento aumenta la capacidad de crear, a partir de estos reflejos, conceptos e ideas abstractas: la matemática, la filosofía, la noción del tiempo y de uno mismo, la teoría de la mente… En las últimas décadas se demostró que esta intuición está completamente errada. El cerebro no es una tabula rasa. Para utilizar una metáfora, nacemos ya con un “sistema operativo”. Al nacer, el cerebro tiene ya algunas funciones cognitivas bastante sofisticadas. Noam Chomsky se preguntó cómo puede ser que un niño de solo dos años aprenda algo tan sofisticado como el lenguaje. No solo las palabras, sino reglas gramaticales, conjugaciones, sintaxis. ¿Cómo puede aprender algo tan complejo, tan sofisticado, y al mismo tiempo ser incapaz de aprender cosas mucho más elementales? La idea de Chomsky es que en realidad aprendemos esto porque el cerebro está casi listo para aprender el lenguaje. Por supuesto, no sabemos qué idioma aprenderemos. El cerebro de un recién nacido en Finlandia, Japón o Italia no expresa nada específico de estos lenguajes. No es que vienen adscriptos para su lenguaje. Pero tenemos un cerebro capaz de identificar reglas gramaticales y sintácticas que conforman un lenguaje. 


Después de esta idea, muchas investigaciones científicas demostraron un gran número de funciones abstractas que ya están codificadas en el cerebro de un neonato. Forman ese “sistema operativo” del cerebro. Estos estudios se construyen siguiendo la mirada de los bebés, que suele dirigirse a aquellas cosas distintas. Así se puede interrogar a un bebé de esa manera, entre comillas, “¿esto es nuevo para vos?”, basándose en lo que miran y lo que no. Le mostraban a un chico recién nacido, de horas de nacimiento, imágenes que repetían tres objetos. Todo era distinto. Tres patos, tres naranjas, tres manzanas, tres sombreros. Cada vez eran más grandes y de colores distintos. Lo único común a todas esas imágenes era un concepto abstracto: la noción de tres, una entidad matemática: los números. Y de repente, de esta lista que eran tres, tres, tres, tres, aparecía una imagen que tenía cuatro bananas o cuatro zanahorias. Cuando eso pasaba, el bebé lo miraba y nos decía algo muy distinto. Entendía que había cambiado algo sustancial. Esto muestra que el cerebro de un bebé tiene la capacidad de distinguir conceptos abstractos, como el de los números.


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Fuentehttps://www.perfil.com/noticias/periodismopuro/mariano-sigman-la-pandemia-genero-un-nivel-de-estres-sin-precedentes-que-deja-cicatrices-en-forma-de-dano-y-toxicidad-celular.phtml

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viernes, 7 de enero de 2022

Mi vida con las Brigadas "Conrado Benítez"

Por Luis Manuel Miyares Gómez

En el año del LX aniversario de las Brigadas “Conrado Benítez”, integradas por cien mil adolescentes y jóvenes en 1961 para eliminar el analfabetismo en Cuba, me decidí a escribir algunos recuerdos de mi participación en aquella gesta.

Santiago de Cuba en abril de 1961

El 15 de abril de 1961 vivíamos en Rastro No. 176, esquina a San Mateo, en Santiago de Cuba, mis padres, Luis Manuel e Idalia Melba, mi hermano Carlos Emilio, de ocho años, mi hermana Antonia de la Caridad (Toña), de seis, y yo, con catorce. A las seis de la mañana sentí unos truenos, o cañonazos, o explosiones, y minutos después vi salir, vestido con ropa nuevecita de miliciano y una mochila verde olivo a la espalda a “Papi”, Julio César García, el hijo del bodeguero de frente a mi casa, “Julito”, del mismo nombre y apellido. Me di cuenta entonces que no eran truenos, y que algo malo estaba pasando.

El resto de la historia es conocida, solo la traigo aquí para evidenciar el ambiente que se vivía en cada casa de Cuba en medio de la batalla por la alfabetización, que en esas fechas se iniciaba.

El 28 de abril de 1961 está fechado mi diploma de graduado de la enseñanza secundaria básica, de modo que estaba listo para lo que se avecinaba.

Preparativos

Tan pronto Fidel Castro Ruz, el iluminado, hizo el llamado a integrar las Brigadas Conrado Benítez, mis primos Erotis Miyares Ortiz (Erotico), su hermano Francisco Emilio (Pachi), y yo, quienes constituíamos el trío inseparable de correrías, alquileres de bicicletas en “Casa de Manito”, en Santo Tomás y Habana, sábados y domingos sin falta al Teatro Martí a ver las dos películas vespertinas, protagonistas de inocentes maldades y estudiosos de la revista infantil argentina “Billiken”, en casa de los tíos Manolo (Manuel Fernández Matarán) y su esposa Albérica Miyares, hermana de mi padre y la mayor de todos, decidimos incorporarnos a esa aventura, con el respaldo e inmediata autorización de nuestros padres, todos revolucionarios, gente firme y segura.

Tengo en mi poder, y adjunto el documento que atestigua mi vacunación antitífica (dosis única, dice), en Varadero, el 7 de junio de 1961, firmado por el doctor Cosme Ordoñez, de modo que esa fue la semana que pasamos los tres en dicho balneario. Pocas cosas recuerdo de entonces, salvo que estábamos alojados en edificaciones hoteleras nuevas hechas por la Revolución, donde fuimos capacitados durante una semana, y provistos de uniformes, cartillas, manuales y demás artilugios: todo nuevo, ¡incluso nosotros!

La Sierra Maestra

Ya listos para la campaña, y gracias a la gestión de dos maestras de montaña que formaban parte de la familia, fuimos asignados los tres más o menos cerca de ellas, en la finca “La Cubana”, barrio “Brazo Cauto”, equipo “Solís”, municipio “Dos Palmas”, en el corazón de la Sierra Maestra.

Solís era el lugar donde radicaba el estado mayor de nuestra Brigada, y estaba a unos 12 Kms de La Cubana. La finca estaba loma arriba por caminos que se iban estrechando a medida que subíamos, terminando en trillos por donde solo pasaba “una bestia o un cristiano”, no más.

Cuando el trío llegó a La Cubana, fuimos recibidos en la casa de César, campesino isleño con relativamente buena posición para aquel año, como resultado de su dedicación a la explotación de su finca, y nos sirvió de anfitrión durante varios días para aclimatarnos y establecer las primeras relaciones entre muchachos citadinos y el campo. ¿Qué significaba el campo?

Ante todo, no había luz eléctrica en ninguna parte, ni agua tibia para bañarse, ni inodoro donde halar cadena alguna. Y todo, la Tienda del Pueblo, las casas de otros campesinos, la pequeña venduta donde había algo, llamada “La Si Se Goza” quedaban lejos, muy, muy lejos… para nosotros. Y si el camino fuera llano…, pero para ir a cualquier parte había que subir y/o bajar lomas una detrás de la otra, sin siquiera un tramito de línea recta: cuando no subías, estabas bajando.

Debo aclarar, por las dudas, que el “Si”, en La Si Se Goza, no lleva acento, porque no era una afirmación, sino una duda. No se sabía si la venduta iba a sobrevivir, de ahí el título. 

Había, sin embargo, en abundancia, agua limpia (y muy fría) –en el río-, un silencio casi absoluto día y noche, solo rasgado por las aves canoras, las de corral, los animales y ciertos otros ruidos nocturnos que erizaban los pelos, mayormente búhos y lechuzas. También nos sobresaltaban los “jubos”, especie de culebras muy pequeñas, y las culebras como tales, un poco más grandes. De vez en cuando algún majá, más escasos, pero como pude aprender después, ninguno era venenoso ni peligroso para el hombre (En los campos de Cuba no existe ningún animal venenoso ni fiera alguna).

Los días idílicos en la casa de César poco duraron. En breve fuimos enviados a trabajar, Erotico en la casa de Constante, la más alejada; Pachi a la casa de Manolito, otro isleño, primo de César, también con cierta holgura económica gracias a su dedicación; eran gente de trabajo y ambas fincas producían abundantes viandas y frutas, además de las crías de animales de corral y algunos cerdos o chivos.

Mi nueva casa

A mí me tocó la casa de los Girones. Enrique Girón era el dueño de la casa, la más pobre de todas. Él era un cubano “negro claro”, y tenía junto a su esposa una numerosa prole, entremezclando mujeres y hombres, hechos y derechos, y dos o tres niños de entre 10 y 12 años. Los varones, salvo uno, Oscar, incorporado a la compañía de milicias serranas, trabajaban la tierra, y las mujeres, hijas o nueras, se ocupaban de los niños, quienes también, a su manera, ayudaban en el campo.

Los primeros días y semanas me fue difícil adaptarme a esa nueva realidad. En casa de César había una buena “poza”, especie de pequeña laguna en un recodo del río, con aguas cristalinas, para bañarse, y la comida era, con mucho, mejor que en mi casa, de modo que, durante una o dos semanas, calculo ahora sin mucha garantía, me levantaba, no muy temprano, y sobre las 11 de la mañana decía “voy a bañarme a casa de César”, y para allá me iba, para regresar por la tarde, a la hora de comer y comenzar las clases, que eran obligatoriamente de noche.

Con catorce años, no mucha luz ilustraba mi cerebro para entender lo que hoy me sería obvio. Pero un día me dije que eso que hacía no era lo mejor, y definitivamente me quedé con mis Girones para siempre.

Entonces comencé a levantarme más temprano, e irme a “trabajar” –es un decir- al campo con Enrique, el dueño, y sus hijos, y almorzar allá frijoles negros fríos y harina de maíz, dura y fría, bañarme en un río fangoso junto con los hijos y la yegua pinta de la familia, y comer por la noche, otra vez, frijoles negros y harina de maíz, a lo mejor un poco más calientes, con algún trozo de plátano “fongo”, (burro), y tal vez, solo tal vez, un pedazo de carne de cerdo de un mes de nacido que mataban para proveer alguna proteína a los más pequeños. Esa “carne” era blanca como la leche y su textura era como tela de ropa. De ese período nació un odio absoluto a los frijoles negros y la harina de maíz, pero como el tiempo lo borra todo, muchos años después regresé al disfrute de tan sabrosos manjares cubanos.

El trabajo en el campo y las correrías con los muchachos más cercanos a mi edad me fueron incorporando a la familia con más confianza. Ya hacía mandados serios, llevaba la comida al campo, montaba la yegua, incluso para ir a reuniones en Solís, y me iba sintiendo más y más cerca de todos.

Yo vivía en un bohío nuevo, redondo, que habían hecho para “el maestro” a ocho o diez metros de la casa de los Girones, de modo que no frecuentaba mucho el bohío “principal”; nunca me lo negaron, por supuesto, pero tampoco yo insistí demasiado en ir allí a buscar nada.

Noches religiosas

Una noche sentí una especie de canto, acompañado de una percusión, digamos, amateur. No lo olvido: 

“Vamo a vé ay vamo a vé, 

Vamo a vé si son veddá,

Vamo a vé ay vamo a vé,

Si son congo o son gangá…”

 

Y también:

¡Ay, María, consentidaaa…!

¡Sin pecaaado, viviráaa…!

 

La voz prima era, sin dudas, la dueña de la casa y esposa de Enrique, de quien lamentablemente no recuerdo el nombre. La seguía Irene, hija de ambos, una mujer joven pero ya madura.

Me acerqué sigilosamente a la casa y vi entonces a un pequeño grupo de personas, casi todas de la familia, y alguno más, en un círculo, sujetas una a otra por las manos o entrelazados los brazos, moviéndose como una rueda. No era para mí noticia nueva, pues yo vivía muy cerca de una “cuartería” –solar, dirían en La Habana-, donde con frecuencia se oían cantos similares, con mejores percusiones y la misma pobreza; algunas veces fui blanco de algunos “gajazos” de “rompesaragüey” que cierta vecina de dicho lugar, llamada por mi madre, me daba para “santiguarme”. 

La música y los ritos de las religiones africanas, conocidos desde mi infancia gracias a la cuartería de San Mateo entre Rastro y Vargas, aparecían en la casa de los Girones, en medio de la Sierra Maestra.

Aventuras rurales

Cuatro pequeños incidentes, entre varias decenas que no cabrían aquí, dan fe de que lo que bien se aprende nunca se olvida, y tales experiencias me han servido de mucho durante el resto de mi vida, a saber:

1) El mango “de corazón”: abundaban, en todas partes, matas de mango bien provistas, y no había competencia alguna por su recolección. Una vez vi un mango “de corazón”, variedad muy dulce y agradable al paladar, pero había llovido y el suelo estaba lleno de fango. Intenté entonces atraparlo antes de que cayera en mal lugar, y tiré una piedra con buena puntería. El mango vino a caer justo en mis manos, y en el éxtasis por el éxito de la operación, sentí un “Track” en la cabeza, y una pequeña gota de sangre en mi cabello: era la piedra, que sí había caído en mal lugar, solo que no en el fango. Aún tengo la señal, un mínimo desnivel en mi cráneo, por si alguien duda de la veracidad de este incidente.

2) Pelar caña al revés: lamentablemente, en el pulgar de mi mano derecha está la evidencia de este incidente. Estábamos pelando cañas para comer los canutos, frescos y llenos de guarapo, para saciar la sed. Eran cañas gruesas, blandas… en fin, un manjar. Para pelarlas teníamos machetes bien afilados, y yo, sin atender las voces de la experiencia, consideré más fácil pelar la mía no de adentro hacia afuera, sino al revés, o sea, el machete desde afuera hacia mi cuerpo. Ocurrió entonces lo que tenía que pasar gracias a la fuerza de la gravedad: el machete pasó de la caña y terminó en mi dedo pulgar derecho, que era el que la sostenía. Esa herida sí fue grave, y estuve muchos días envuelto en hierbas señaladas por los expertos para poder pegar nuevamente la piel al dedo, justo en la articulación que permite su movimiento.

3) Un culatazo en mi puerta: el miedo, el de verdad, lo había sentido solo raras veces, como cuando algún perro me “caía atrás” en las inmediaciones de mi vecindario. Allá, en el monte, lo sentí solo una vez. Ya comenté que Oscar Girón Núñez, hijo de Enrique, pertenecía a las milicias serranas. Era un joven alegre, desenfadado, locuaz, jaranero. Nos llevábamos bien, como con toda la familia. 

Una noche, serían sobre las once, sonaron dos o tres culatazos muy fuertes en la puerta de mi bohío, donde dormía yo plácidamente en una hamaca que dominaba completamente y de la que nunca me caí, y una voz dijo algo que puedo recordar como “abre brigadista comunista que te vamos a matar”, o alguna frase parecida. Con mis pelos –mis “pasitas”, para ser más preciso- de punta, no sé cómo se me ocurrió abrir de inmediato la puerta, que tenía como “tranque” un palo de madera inclinado. Era Oscar, muerto de la risa.

Al otro día pagó sus culpas dejándome tirar con la “pepechá”, como le decíamos a su ametralladora rusa de marca “PPSh”, Pistolet-Pulemyot Shpáguina, (Pistola Ametralladora de Shpaguin, en idioma ruso). Le tiré tres ráfagas a una palma a unos 10 o 12 metros, pensando acribillar su tronco, y solo conseguí mover alguna rama en las alturas del árbol. Todavía me pregunto cómo pude tirar al tronco, prácticamente frente a mí, y dar 6 u 8 metros más arriba. Cosas de los catorce años. 

4) Caída de la cartera: de este incidente no hay pruebas; no podría haberlas. Resulta que me iniciaba yo en las técnicas del uso del “excusado”, y mis hábitos higiénicos no me permitían sentarme en el banco de madera con un hueco en el centro… De modo que me subía sobre él y me agachaba. Un día la operación no resultó como debía esperarse, y mi cartera, (billetera), con 150,00 pesos y los carnés de la época, cayeron en el foso. Utilicé alguna técnica de recuperación, con un largo palo de madera, pero resultó imposible. Con catorce años, era probablemente una de las primeras y “la mejor billetera de toda mi vida”, de modo que la lloré durante el resto de la campaña.

Las clases

Tuve tres alumnos: Elucidio Girón Núñez, hijo de Enrique, el dueño de la casa y de la finca, su esposa Domitila, e Irene, otra hija más joven y soltera, aunque no recuerdo si tenía algún hijo.

Cada noche, después de comida, encendía con gran trabajo el farol chino, cuyo bombillo de tela duró no mucho, seguramente por las deficiencias técnicas del manipulador –nunca fui suficientemente bueno en artes manuales-, de modo que terminamos los seis meses de curso con candiles de luz brillante, de mucho humo y peor olor.

Los alumnos, siempre puntuales, llegaban a mi bohío con papel y lápiz, y yo hacía de maestro, más seco que simpático, pero hijo de doctor en pedagogía y maestra de escuelita paga, había nacido en un aula, de modo que de eso algo conocía. 

Irene era con mucho la más aplicada e inteligente. Ahora pienso que tal vez algo ya sabía cuando comenzó las clases, porque avanzaba sin obstáculos noche tras noche.

Domitila, mucho más lenta, callada y penosa, se aplicaba sin embargo con gran esfuerzo, e iba avanzando poco a poco.

Elucidio, el más “duro”, costaba mucho más trabajo, y realmente en las letras no tendría nunca su mejor posibilidad. En el manual del alumno, titulado “Venceremos”, al llegar a la letra “d”, había una imagen con un bonito dedo. Pero al señalarle la imagen y sugerirle la lectura de la palabra, contestaba siempre enérgicamente “¡SUÑA!”, -es decir, uña-. 

Yo no reía pues es mi talante de nacimiento no ofender, pero al marcharse todos me pasaba una hora por lo menos a carcajada limpia, -sotto voce- por si acaso.

Fuera de clases, toda la familia me abordaba en distintos momentos y circunstancias para preguntar sobre lo humano y lo divino, y yo les contestaba humilde y sinceramente de lo que supiera. Pero mis alfabetizados fueron los tres mencionados.

Pareciera garciamarquiano, pero es lo cierto que, sesenta años después, conservo las cartas originales que me entregaron Irene y Elucidio después de alfabetizados, y como prueba las adjunto a este escrito. No tengo ninguna de Domitila, seguramente no la hizo.

Para facilitar su comprensión, transcribo textualmente, tal como lo escribieron, lo que dicen las cartas adjuntas:

Elucidio

“Luicito

Señor maestro, llo etoy prendiendo lla algo con ute me alegro mucho y sin ma sullo

Elucidio Girón Nuñez”

Irene hizo tres cartas

Carta 1

“Finca La Cubana

Barrio Brazo Cauto

Luisito depue de señame seña yo etoi contenta porque tu me ta enseñado i tiene mucha bulutá pa enseñano a nosotros patria o muelte”

Carta 2

“Finca La Cubana, julio día

Año de la Educacion

Luisito depue de saludate yo etoy muy contenta polce tus mes ta enseñando

mesa”

Carta 3

“Luisito me ta enseñado yo etoy contenta porque tu me ta enseñado to i ya que ya se un poquito yo me voi a purar pa ler para cuando tu vaye a Santiago de cuva pa madale una calta 

Firma Irene Giron Nuñez

Patria”

Realmente las clases en la Sierra Maestra me agradaron. Ser “maestro” me parecía bien. Ya comenté que mis padres lo eran, y en casa había pizarrón, tiza y borrador; la mesa y las sillas del comedor eran para las clases de mi papá –secundaria, bachillerato-, y unas 20 banqueticas para la “escuelita paga” de mi mamá, se llenaban todas las tardes con niños del barrio, desde prescolar hasta 3ro o 4to grado. Mucho tiempo después, tanto en la Escuela de Comercio “Félix Pena”, donde me gradué como contador, como cuando comencé en serio la carrera de Economía en la Universidad de Oriente, en el curso para trabajadores, confirmé que lo de maestro venía en mi ADN. Pero eso se sale de la intención de estas cuartillas.

Un “pase” a Santiago de Cuba

Nunca me había separado de la familia ni por un minuto. Sin embargo, creo que los tres inseparables, por razones de crianza, estábamos preparados para eso y para más. No éramos niños “bitongos”, como se decía entonces a los hijos de los ricos, ni criados bajo falda alguna, y estar tres o cuatro meses sin regresar a la casa no fue un especial sacrificio. 

En septiembre u octubre, por razones que no recuerdo, me dieron un “pase” para ir a mi casa en Santiago de Cuba. Los detalles de la visita tampoco me vienen a la mente, pero quiero resaltar el orgullo e inmensa satisfacción que tuve al caminar por las calles de mi ciudad con el uniforme de brigadista, la mochila, las botas –bien sucias, como correspondía a quien bajara de la Sierra-… Era como reafirmar mi compromiso con los barbudos que bajaron, dos años antes, de la misma Sierra donde yo estaba, solo que ellos lo hicieron con armas y yo con libreta y lápiz. Era como publicar, orgulloso, mi integración a la Revolución. 

El viaje a La Habana

Un gran número de vagones de caña, -no sé por qué cábala estoy seguro de que eran 28-, con techo de hojas de palma y sin paredes, se llenaron de brigadistas uniformados. La travesía duró dos días, y a cada rato el tren paraba para darnos algún alimento y agua, en paraderos donde había casi siempre música y algarabía para recibirnos. Son recuerdos fugaces, pero nítidos. Para nosotros fue una fiesta, ¡íbamos para La Habana!, a donde, por ejemplo, mi madre solo llegó cuando yo la traje varios años después. En 1961 La Habana era, para la gente pobre del “interior”, -como nosotros-, igual que Roma o París. 

Guardo una “tarjeta de control”, No. 4021, llena con mi letra, que dice “Si tiene lugar donde ubicarse en La Habana”, y a continuación “Lealtad No. 119”. Era la vivienda de Francisco Osmundo Miyares Bermúdez, “Pancho”, médico, hermano de mi padre, y el único Miyares que vivía en La Habana. Tuvo en total 12 hijos, y en 1961 ya la mayor parte había nacido, así que tuvimos que dormir varios días “un poco incómodos”, pero inmensamente felices.

Pancho era, con mucho, el tío más carismático de todos. Médico prestigioso, se abrió camino en La Habana y en aquel entonces trabajaba en el Hospital de Emergencias, en Carlos Tercero e Infanta. Para nosotros, sin embargo, era el tío más alegre, jaranero, fiestero, pianista… el típico jodedor cubano, solo que, como los demás integrantes de la marca “Miyares”, era también un intelectual, un hombre de cultura.

Pocos días pasamos en su casa, y -algo curioso-, no recuerdo habernos aventurado a caminar la ciudad, según creo ahora, por no haber soltado aún las amarras provincianas. Incluso, el día del acto en la Plaza de la Revolución, ni siquiera fuimos, y nos quedamos en la casa viendo el acto por televisión. Una vez más, cosas de los 14 años.

Final

Del regreso no recuerdo nada, pero recibí una carta fechada en diciembre de 1961, firmada por Armando Hart Dávalos, Ministro de Educación, y Marío Díaz Hernández, Coordinador Nacional de Alfabetización, la que adjunto a este escrito. 

Igualmente, recibí un telegrama fechado el 12 de enero de 1963 (creo que el año es un error, debió decir 1962), también adjunto, firmado por Mario Díaz Hernández, con orden de presentarme en el Instituto Tecnológico Enrique Hart, en Matanzas, para incorporarme al plan de becas. Yo no tenía ninguna predisposición a favor ni en contra, pero mi padre me convenció de que no debía ocupar una plaza que sería mucho más útil para otro joven con menos posibilidades que yo, que tenía campo abierto en cualquier institución educacional en Santiago de Cuba. 

Cumplí 15 años el 30 de diciembre de 1961, y el 9 de enero de 1962 fui admitido como “aspirante a ingreso” al Instituto de Administración y Comercio de Santiago de Cuba, graduándome de contador tres años después, el 20 de diciembre de 1965, cuando ya llevaba dos años como cuadro del Comité Provincial de la UJC en Oriente. En esa ocasión, se me designó para hablar en el acto en nombre de los graduados. Tuvo razón mi padre, cuando me sugirió quedarme en Santiago.

Tengo en mi poder un diploma firmado por Fidel Castro, en diciembre de 1981, en reconocimiento a mi participación en la campaña; la Medalla de la Alfabetización, fechada el 22 de diciembre de 1987, y la Medalla conmemorativa 40 Aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ambas entregadas por el Consejo de Estado de la República de Cuba, con el mismo motivo.

Por cierto, la Medalla de la Alfabetización me la dieron dos veces, una de ellas personalmente por José Ramón Fernández Álvarez. Es extraño que solo conserve una.

Guardo con sumo orgullo estos reconocimientos, pero sin duda, la medalla mayor la resumo en una frase de otro escrito, un escrito triste: la despedida del duelo de mi querido primo Erotis, “Erotico”, el 26 de diciembre de 2015. Allí dije: “Cuando comenzaron los llamados de la Revolución, con 14 años nos fuimos a lo más intrincado de la Sierra Maestra como integrantes de las brigadas Conrado Benítez. Subieron tres niños y, seis meses después, bajaron tres hombres”.

La Habana, 18 de diciembre de 2021

“Año 63 de la Revolución”

domingo, 2 de enero de 2022

Sadaharu Oh, el niño que no conocía el Sol


Por Sender Escobar

A los cuatro años pidió un deseo: conocer lo que había fuera de casa. Era 1944 y Japón se encontraba inmerso en el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres, temerosos de que a la llegada de los norteamericanos el niño fuera asesinado, vivían en un sótano donde el pequeño Sadaharu no conocía otra luz que no fuera la eléctrica y no tenía más paisaje que la pintura de las paredes donde estaba recluido.

Salió del cautiverio familiar en 1946, cuando ya había pasado un año de la rendición nipona y el peso de dos bombas nucleares lanzadas en su tierra. Pero el número cuatro, igual que la edad con que pidió salir fuera de casa para conocer el Sol, sería el dígito que lo haría leyenda.

Diagnosticado con problemas de visión por lo años de encierro, la voluntad de Sadaharu no fue otra que dedicarse a un deporte casi religión en su país: el béisbol. Convencido de que no sería un gran bateador por su complexión delgada, decidió ser pitcher y no fue menos por el dominio constante a sus rivales desde el montículo, cuando desafiaba el azar con sus lanzamientos.

Los Gigantes de Yomiuri observaron las potencialidades del joven y lo contrataron, aunque no sería el centro del diamante el destino para el zurdo de diecinueve años. Llevado a la primera base, su primer año como profesional estuvo marcado por el bajo rendimiento ofensivo. Sin desestimarlo, la gerencia del equipo contrató a Hinoshi Arakawa como entrenador para Sadaharu. Bajo un nuevo método de entrenamiento, con influencias del zen y el aikido, Arakawa transformaría a Oh en el bateador más importante de la historia beisbolistica del Japón.

El pitcher realiza su lanzamiento; similar a un flamenco, Oh levanta la pierna derecha en el cajón de bateo y el swing encuentra una bola que viaja, más allá del terreno de juego, en dirección contraria a su recorrido inicial.

Desde entonces, hasta su retiro en 1980, conectaría más de treinta homeruns durante cada temporada y el cuatro tomaría un sentido de gloria en el recorrido de las bases. En quince temporadas lideró el departamento de los homeruns de la liga y en trece de modo consecutivo, mantuvo su dominio como el mayor slugger del país.

En 1964 instaura una marca que sería récord durante 49 años: 55 recorridos completos al cuadro durante una temporada, hasta que en el 2013 el pelotero Wladimir Balentien rompió el dominio histórico de Oh, finalizando la temporada ese año con 60 cuadrangulares.

Siempre vestido con el uniforme de los Giants en sus veintidós años como jugador activo, obtuvo todos los títulos colectivos posibles del béisbol japonés. En once oportunidades los Giants de Yomiuri serían campeones de la Serie de Japón y liderarían la Liga Central en catorce torneos. Sadaharu sería invitado a jugar en el juego de las estrellas en dieciocho encuentros y alcanzaría el título de MVP en nueve de las veces que su equipo conquistó el campeonato nacional.

Retirado como atleta en 1980, Oh puso sus conocimientos en función del deporte y durante cuatro años desde 1984 dirigió el equipo donde había estado siempre: los Giants. Sin cosechar los mismos éxitos como jugador, decidió apartarse de la dirigencia del equipo. Sin embargo regresaría al banquillo en 1995 como encargado principal de los Fukuoka SoftBank Hawks a quienes dirigió hasta el 2008, a pesar de inconsistencias e irregularidades en el inicio, Oh configuró un equipo sólido que alcanzaría tres campeonatos de la Liga del Pacífico y Dos Series de Japón.

Y llegó el 2006, las pasiones nacidas por un evento que concentraría los mejores equipos de beisbol del mundo tuvieron en marzo un mes de sorpresas, molestias y alegrías. El Primer Clásico Mundial de Beisbol fue la oportunidad donde Sadaharu probaría toda la capacidad de su tesón y experiencia. Derrotados dos veces por Corea del Sur en su grupo, Oh ajustó la rotación de bateo y el equipo liderado en terreno por el jardinero Ichiro Suzuki avanzó hasta semifinales para reencontrarse con su némesis inicial. Esta vez las estrategias y cálculos de Oh no fallaron, combinados con la exitosa técnica de bateo que lo había consagrado en sus años de atleta.

Un encuentro entre dos archipiélagos beisboleros tuvo en San Diego la final del evento que había arrobado al público cubano, pues sus peloteros de manera inesperada hicieron frente a equipos plagados de estrellas de Grandes Ligas para llegar a la ansiada y primera final del torneo. Cuba y Japón hicieron de los strikes y los batazos historia de pasiones encontradas, pues en cada uno de sus respectivos países, con geografías similares, la pelota más que nueve innings, era una forma de sentir la vida.

Los cubanos, a pesar de jugar con el empuje de un pueblo expectante en las gradas y a miles de kilómetros del Petco Park, no pudieron ante la creatividad deportiva, ofensiva y velocidad de los peloteros del país del sol naciente. Diez a seis fue el resultado definitivo y Japón, guiados por Sadaharu, alcanzaría la gloria mundial del beisbol.

Complicaciones de salud provocaron que se retirara de manera definitiva del deporte, pero el vínculo creado con un juego a la hora de enfrentar sus batallas deportivas y personales no impidieron que Sadaharu Oh, fuera menos frente a la vida.

Cuando la pelota hace su arco largo y alto más allá del campo de juego, el diamante y las gradas pertenecen de repente a un solo hombre. En ese breve, breve tiempo, estás libre de todas las exigencias y complicaciones, declararía en 1976.

Sadaharu Oh, el niño que no conocía la luz del sol, llegaría a conectar 868 home runs en su carrera como pelotero activo, el mayor record a nivel mundial en cualquier liga de beisbol y el cuatro como la edad en que pidió salir de casa y el número de bases pisadas en el trayecto de la bola más allá de las cercas de un estadio, sería la cifra del deseo convertido en realidad.

Fuente: https://lajeringaproyecto.medium.com/sadaharu-oh-el-niño-que-no-conoc%C3%ADa-el-sol-94468602bc48