Por Luis Manuel Miyares Gómez
En el año del LX aniversario de las Brigadas “Conrado Benítez”, integradas por cien mil adolescentes y jóvenes en 1961 para eliminar el analfabetismo en Cuba, me decidí a escribir algunos recuerdos de mi participación en aquella gesta.
Santiago de Cuba en abril de 1961
El 15 de abril de 1961 vivíamos en Rastro No. 176, esquina a San Mateo, en Santiago de Cuba, mis padres, Luis Manuel e Idalia Melba, mi hermano Carlos Emilio, de ocho años, mi hermana Antonia de la Caridad (Toña), de seis, y yo, con catorce. A las seis de la mañana sentí unos truenos, o cañonazos, o explosiones, y minutos después vi salir, vestido con ropa nuevecita de miliciano y una mochila verde olivo a la espalda a “Papi”, Julio César García, el hijo del bodeguero de frente a mi casa, “Julito”, del mismo nombre y apellido. Me di cuenta entonces que no eran truenos, y que algo malo estaba pasando.
El resto de la historia es conocida, solo la traigo aquí para evidenciar el ambiente que se vivía en cada casa de Cuba en medio de la batalla por la alfabetización, que en esas fechas se iniciaba.
El 28 de abril de 1961 está fechado mi diploma de graduado de la enseñanza secundaria básica, de modo que estaba listo para lo que se avecinaba.
Preparativos
Tan pronto Fidel Castro Ruz, el iluminado, hizo el llamado a integrar las Brigadas Conrado Benítez, mis primos Erotis Miyares Ortiz (Erotico), su hermano Francisco Emilio (Pachi), y yo, quienes constituíamos el trío inseparable de correrías, alquileres de bicicletas en “Casa de Manito”, en Santo Tomás y Habana, sábados y domingos sin falta al Teatro Martí a ver las dos películas vespertinas, protagonistas de inocentes maldades y estudiosos de la revista infantil argentina “Billiken”, en casa de los tíos Manolo (Manuel Fernández Matarán) y su esposa Albérica Miyares, hermana de mi padre y la mayor de todos, decidimos incorporarnos a esa aventura, con el respaldo e inmediata autorización de nuestros padres, todos revolucionarios, gente firme y segura.
Tengo en mi poder, y adjunto el documento que atestigua mi vacunación antitífica (dosis única, dice), en Varadero, el 7 de junio de 1961, firmado por el doctor Cosme Ordoñez, de modo que esa fue la semana que pasamos los tres en dicho balneario. Pocas cosas recuerdo de entonces, salvo que estábamos alojados en edificaciones hoteleras nuevas hechas por la Revolución, donde fuimos capacitados durante una semana, y provistos de uniformes, cartillas, manuales y demás artilugios: todo nuevo, ¡incluso nosotros!
La Sierra Maestra
Ya listos para la campaña, y gracias a la gestión de dos maestras de montaña que formaban parte de la familia, fuimos asignados los tres más o menos cerca de ellas, en la finca “La Cubana”, barrio “Brazo Cauto”, equipo “Solís”, municipio “Dos Palmas”, en el corazón de la Sierra Maestra.
Solís era el lugar donde radicaba el estado mayor de nuestra Brigada, y estaba a unos 12 Kms de La Cubana. La finca estaba loma arriba por caminos que se iban estrechando a medida que subíamos, terminando en trillos por donde solo pasaba “una bestia o un cristiano”, no más.
Cuando el trío llegó a La Cubana, fuimos recibidos en la casa de César, campesino isleño con relativamente buena posición para aquel año, como resultado de su dedicación a la explotación de su finca, y nos sirvió de anfitrión durante varios días para aclimatarnos y establecer las primeras relaciones entre muchachos citadinos y el campo. ¿Qué significaba el campo?
Ante todo, no había luz eléctrica en ninguna parte, ni agua tibia para bañarse, ni inodoro donde halar cadena alguna. Y todo, la Tienda del Pueblo, las casas de otros campesinos, la pequeña venduta donde había algo, llamada “La Si Se Goza” quedaban lejos, muy, muy lejos… para nosotros. Y si el camino fuera llano…, pero para ir a cualquier parte había que subir y/o bajar lomas una detrás de la otra, sin siquiera un tramito de línea recta: cuando no subías, estabas bajando.
Debo aclarar, por las dudas, que el “Si”, en La Si Se Goza, no lleva acento, porque no era una afirmación, sino una duda. No se sabía si la venduta iba a sobrevivir, de ahí el título.
Había, sin embargo, en abundancia, agua limpia (y muy fría) –en el río-, un silencio casi absoluto día y noche, solo rasgado por las aves canoras, las de corral, los animales y ciertos otros ruidos nocturnos que erizaban los pelos, mayormente búhos y lechuzas. También nos sobresaltaban los “jubos”, especie de culebras muy pequeñas, y las culebras como tales, un poco más grandes. De vez en cuando algún majá, más escasos, pero como pude aprender después, ninguno era venenoso ni peligroso para el hombre (En los campos de Cuba no existe ningún animal venenoso ni fiera alguna).
Los días idílicos en la casa de César poco duraron. En breve fuimos enviados a trabajar, Erotico en la casa de Constante, la más alejada; Pachi a la casa de Manolito, otro isleño, primo de César, también con cierta holgura económica gracias a su dedicación; eran gente de trabajo y ambas fincas producían abundantes viandas y frutas, además de las crías de animales de corral y algunos cerdos o chivos.
Mi nueva casa
A mí me tocó la casa de los Girones. Enrique Girón era el dueño de la casa, la más pobre de todas. Él era un cubano “negro claro”, y tenía junto a su esposa una numerosa prole, entremezclando mujeres y hombres, hechos y derechos, y dos o tres niños de entre 10 y 12 años. Los varones, salvo uno, Oscar, incorporado a la compañía de milicias serranas, trabajaban la tierra, y las mujeres, hijas o nueras, se ocupaban de los niños, quienes también, a su manera, ayudaban en el campo.
Los primeros días y semanas me fue difícil adaptarme a esa nueva realidad. En casa de César había una buena “poza”, especie de pequeña laguna en un recodo del río, con aguas cristalinas, para bañarse, y la comida era, con mucho, mejor que en mi casa, de modo que, durante una o dos semanas, calculo ahora sin mucha garantía, me levantaba, no muy temprano, y sobre las 11 de la mañana decía “voy a bañarme a casa de César”, y para allá me iba, para regresar por la tarde, a la hora de comer y comenzar las clases, que eran obligatoriamente de noche.
Con catorce años, no mucha luz ilustraba mi cerebro para entender lo que hoy me sería obvio. Pero un día me dije que eso que hacía no era lo mejor, y definitivamente me quedé con mis Girones para siempre.
Entonces comencé a levantarme más temprano, e irme a “trabajar” –es un decir- al campo con Enrique, el dueño, y sus hijos, y almorzar allá frijoles negros fríos y harina de maíz, dura y fría, bañarme en un río fangoso junto con los hijos y la yegua pinta de la familia, y comer por la noche, otra vez, frijoles negros y harina de maíz, a lo mejor un poco más calientes, con algún trozo de plátano “fongo”, (burro), y tal vez, solo tal vez, un pedazo de carne de cerdo de un mes de nacido que mataban para proveer alguna proteína a los más pequeños. Esa “carne” era blanca como la leche y su textura era como tela de ropa. De ese período nació un odio absoluto a los frijoles negros y la harina de maíz, pero como el tiempo lo borra todo, muchos años después regresé al disfrute de tan sabrosos manjares cubanos.
El trabajo en el campo y las correrías con los muchachos más cercanos a mi edad me fueron incorporando a la familia con más confianza. Ya hacía mandados serios, llevaba la comida al campo, montaba la yegua, incluso para ir a reuniones en Solís, y me iba sintiendo más y más cerca de todos.
Yo vivía en un bohío nuevo, redondo, que habían hecho para “el maestro” a ocho o diez metros de la casa de los Girones, de modo que no frecuentaba mucho el bohío “principal”; nunca me lo negaron, por supuesto, pero tampoco yo insistí demasiado en ir allí a buscar nada.
Noches religiosas
Una noche sentí una especie de canto, acompañado de una percusión, digamos, amateur. No lo olvido:
“Vamo a vé ay vamo a vé,
Vamo a vé si son veddá,
Vamo a vé ay vamo a vé,
Si son congo o son gangá…”
Y también:
¡Ay, María, consentidaaa…!
¡Sin pecaaado, viviráaa…!
La voz prima era, sin dudas, la dueña de la casa y esposa de Enrique, de quien lamentablemente no recuerdo el nombre. La seguía Irene, hija de ambos, una mujer joven pero ya madura.
Me acerqué sigilosamente a la casa y vi entonces a un pequeño grupo de personas, casi todas de la familia, y alguno más, en un círculo, sujetas una a otra por las manos o entrelazados los brazos, moviéndose como una rueda. No era para mí noticia nueva, pues yo vivía muy cerca de una “cuartería” –solar, dirían en La Habana-, donde con frecuencia se oían cantos similares, con mejores percusiones y la misma pobreza; algunas veces fui blanco de algunos “gajazos” de “rompesaragüey” que cierta vecina de dicho lugar, llamada por mi madre, me daba para “santiguarme”.
La música y los ritos de las religiones africanas, conocidos desde mi infancia gracias a la cuartería de San Mateo entre Rastro y Vargas, aparecían en la casa de los Girones, en medio de la Sierra Maestra.
Aventuras rurales
Cuatro pequeños incidentes, entre varias decenas que no cabrían aquí, dan fe de que lo que bien se aprende nunca se olvida, y tales experiencias me han servido de mucho durante el resto de mi vida, a saber:
1) El mango “de corazón”: abundaban, en todas partes, matas de mango bien provistas, y no había competencia alguna por su recolección. Una vez vi un mango “de corazón”, variedad muy dulce y agradable al paladar, pero había llovido y el suelo estaba lleno de fango. Intenté entonces atraparlo antes de que cayera en mal lugar, y tiré una piedra con buena puntería. El mango vino a caer justo en mis manos, y en el éxtasis por el éxito de la operación, sentí un “Track” en la cabeza, y una pequeña gota de sangre en mi cabello: era la piedra, que sí había caído en mal lugar, solo que no en el fango. Aún tengo la señal, un mínimo desnivel en mi cráneo, por si alguien duda de la veracidad de este incidente.
2) Pelar caña al revés: lamentablemente, en el pulgar de mi mano derecha está la evidencia de este incidente. Estábamos pelando cañas para comer los canutos, frescos y llenos de guarapo, para saciar la sed. Eran cañas gruesas, blandas… en fin, un manjar. Para pelarlas teníamos machetes bien afilados, y yo, sin atender las voces de la experiencia, consideré más fácil pelar la mía no de adentro hacia afuera, sino al revés, o sea, el machete desde afuera hacia mi cuerpo. Ocurrió entonces lo que tenía que pasar gracias a la fuerza de la gravedad: el machete pasó de la caña y terminó en mi dedo pulgar derecho, que era el que la sostenía. Esa herida sí fue grave, y estuve muchos días envuelto en hierbas señaladas por los expertos para poder pegar nuevamente la piel al dedo, justo en la articulación que permite su movimiento.
3) Un culatazo en mi puerta: el miedo, el de verdad, lo había sentido solo raras veces, como cuando algún perro me “caía atrás” en las inmediaciones de mi vecindario. Allá, en el monte, lo sentí solo una vez. Ya comenté que Oscar Girón Núñez, hijo de Enrique, pertenecía a las milicias serranas. Era un joven alegre, desenfadado, locuaz, jaranero. Nos llevábamos bien, como con toda la familia.
Una noche, serían sobre las once, sonaron dos o tres culatazos muy fuertes en la puerta de mi bohío, donde dormía yo plácidamente en una hamaca que dominaba completamente y de la que nunca me caí, y una voz dijo algo que puedo recordar como “abre brigadista comunista que te vamos a matar”, o alguna frase parecida. Con mis pelos –mis “pasitas”, para ser más preciso- de punta, no sé cómo se me ocurrió abrir de inmediato la puerta, que tenía como “tranque” un palo de madera inclinado. Era Oscar, muerto de la risa.
Al otro día pagó sus culpas dejándome tirar con la “pepechá”, como le decíamos a su ametralladora rusa de marca “PPSh”, Pistolet-Pulemyot Shpáguina, (Pistola Ametralladora de Shpaguin, en idioma ruso). Le tiré tres ráfagas a una palma a unos 10 o 12 metros, pensando acribillar su tronco, y solo conseguí mover alguna rama en las alturas del árbol. Todavía me pregunto cómo pude tirar al tronco, prácticamente frente a mí, y dar 6 u 8 metros más arriba. Cosas de los catorce años.
4) Caída de la cartera: de este incidente no hay pruebas; no podría haberlas. Resulta que me iniciaba yo en las técnicas del uso del “excusado”, y mis hábitos higiénicos no me permitían sentarme en el banco de madera con un hueco en el centro… De modo que me subía sobre él y me agachaba. Un día la operación no resultó como debía esperarse, y mi cartera, (billetera), con 150,00 pesos y los carnés de la época, cayeron en el foso. Utilicé alguna técnica de recuperación, con un largo palo de madera, pero resultó imposible. Con catorce años, era probablemente una de las primeras y “la mejor billetera de toda mi vida”, de modo que la lloré durante el resto de la campaña.
Las clases
Tuve tres alumnos: Elucidio Girón Núñez, hijo de Enrique, el dueño de la casa y de la finca, su esposa Domitila, e Irene, otra hija más joven y soltera, aunque no recuerdo si tenía algún hijo.
Cada noche, después de comida, encendía con gran trabajo el farol chino, cuyo bombillo de tela duró no mucho, seguramente por las deficiencias técnicas del manipulador –nunca fui suficientemente bueno en artes manuales-, de modo que terminamos los seis meses de curso con candiles de luz brillante, de mucho humo y peor olor.
Los alumnos, siempre puntuales, llegaban a mi bohío con papel y lápiz, y yo hacía de maestro, más seco que simpático, pero hijo de doctor en pedagogía y maestra de escuelita paga, había nacido en un aula, de modo que de eso algo conocía.
Irene era con mucho la más aplicada e inteligente. Ahora pienso que tal vez algo ya sabía cuando comenzó las clases, porque avanzaba sin obstáculos noche tras noche.
Domitila, mucho más lenta, callada y penosa, se aplicaba sin embargo con gran esfuerzo, e iba avanzando poco a poco.
Elucidio, el más “duro”, costaba mucho más trabajo, y realmente en las letras no tendría nunca su mejor posibilidad. En el manual del alumno, titulado “Venceremos”, al llegar a la letra “d”, había una imagen con un bonito dedo. Pero al señalarle la imagen y sugerirle la lectura de la palabra, contestaba siempre enérgicamente “¡SUÑA!”, -es decir, uña-.
Yo no reía pues es mi talante de nacimiento no ofender, pero al marcharse todos me pasaba una hora por lo menos a carcajada limpia, -sotto voce- por si acaso.
Fuera de clases, toda la familia me abordaba en distintos momentos y circunstancias para preguntar sobre lo humano y lo divino, y yo les contestaba humilde y sinceramente de lo que supiera. Pero mis alfabetizados fueron los tres mencionados.
Pareciera garciamarquiano, pero es lo cierto que, sesenta años después, conservo las cartas originales que me entregaron Irene y Elucidio después de alfabetizados, y como prueba las adjunto a este escrito. No tengo ninguna de Domitila, seguramente no la hizo.
Para facilitar su comprensión, transcribo textualmente, tal como lo escribieron, lo que dicen las cartas adjuntas:
Elucidio
“Luicito
Señor maestro, llo etoy prendiendo lla algo con ute me alegro mucho y sin ma sullo
Elucidio Girón Nuñez”
Irene hizo tres cartas
Carta 1
“Finca La Cubana
Barrio Brazo Cauto
Luisito depue de señame seña yo etoi contenta porque tu me ta enseñado i tiene mucha bulutá pa enseñano a nosotros patria o muelte”
Carta 2
“Finca La Cubana, julio día
Año de la Educacion
Luisito depue de saludate yo etoy muy contenta polce tus mes ta enseñando
mesa”
Carta 3
“Luisito me ta enseñado yo etoy contenta porque tu me ta enseñado to i ya que ya se un poquito yo me voi a purar pa ler para cuando tu vaye a Santiago de cuva pa madale una calta
Firma Irene Giron Nuñez
Patria”
Realmente las clases en la Sierra Maestra me agradaron. Ser “maestro” me parecía bien. Ya comenté que mis padres lo eran, y en casa había pizarrón, tiza y borrador; la mesa y las sillas del comedor eran para las clases de mi papá –secundaria, bachillerato-, y unas 20 banqueticas para la “escuelita paga” de mi mamá, se llenaban todas las tardes con niños del barrio, desde prescolar hasta 3ro o 4to grado. Mucho tiempo después, tanto en la Escuela de Comercio “Félix Pena”, donde me gradué como contador, como cuando comencé en serio la carrera de Economía en la Universidad de Oriente, en el curso para trabajadores, confirmé que lo de maestro venía en mi ADN. Pero eso se sale de la intención de estas cuartillas.
Un “pase” a Santiago de Cuba
Nunca me había separado de la familia ni por un minuto. Sin embargo, creo que los tres inseparables, por razones de crianza, estábamos preparados para eso y para más. No éramos niños “bitongos”, como se decía entonces a los hijos de los ricos, ni criados bajo falda alguna, y estar tres o cuatro meses sin regresar a la casa no fue un especial sacrificio.
En septiembre u octubre, por razones que no recuerdo, me dieron un “pase” para ir a mi casa en Santiago de Cuba. Los detalles de la visita tampoco me vienen a la mente, pero quiero resaltar el orgullo e inmensa satisfacción que tuve al caminar por las calles de mi ciudad con el uniforme de brigadista, la mochila, las botas –bien sucias, como correspondía a quien bajara de la Sierra-… Era como reafirmar mi compromiso con los barbudos que bajaron, dos años antes, de la misma Sierra donde yo estaba, solo que ellos lo hicieron con armas y yo con libreta y lápiz. Era como publicar, orgulloso, mi integración a la Revolución.
El viaje a La Habana
Un gran número de vagones de caña, -no sé por qué cábala estoy seguro de que eran 28-, con techo de hojas de palma y sin paredes, se llenaron de brigadistas uniformados. La travesía duró dos días, y a cada rato el tren paraba para darnos algún alimento y agua, en paraderos donde había casi siempre música y algarabía para recibirnos. Son recuerdos fugaces, pero nítidos. Para nosotros fue una fiesta, ¡íbamos para La Habana!, a donde, por ejemplo, mi madre solo llegó cuando yo la traje varios años después. En 1961 La Habana era, para la gente pobre del “interior”, -como nosotros-, igual que Roma o París.
Guardo una “tarjeta de control”, No. 4021, llena con mi letra, que dice “Si tiene lugar donde ubicarse en La Habana”, y a continuación “Lealtad No. 119”. Era la vivienda de Francisco Osmundo Miyares Bermúdez, “Pancho”, médico, hermano de mi padre, y el único Miyares que vivía en La Habana. Tuvo en total 12 hijos, y en 1961 ya la mayor parte había nacido, así que tuvimos que dormir varios días “un poco incómodos”, pero inmensamente felices.
Pancho era, con mucho, el tío más carismático de todos. Médico prestigioso, se abrió camino en La Habana y en aquel entonces trabajaba en el Hospital de Emergencias, en Carlos Tercero e Infanta. Para nosotros, sin embargo, era el tío más alegre, jaranero, fiestero, pianista… el típico jodedor cubano, solo que, como los demás integrantes de la marca “Miyares”, era también un intelectual, un hombre de cultura.
Pocos días pasamos en su casa, y -algo curioso-, no recuerdo habernos aventurado a caminar la ciudad, según creo ahora, por no haber soltado aún las amarras provincianas. Incluso, el día del acto en la Plaza de la Revolución, ni siquiera fuimos, y nos quedamos en la casa viendo el acto por televisión. Una vez más, cosas de los 14 años.
Final
Del regreso no recuerdo nada, pero recibí una carta fechada en diciembre de 1961, firmada por Armando Hart Dávalos, Ministro de Educación, y Marío Díaz Hernández, Coordinador Nacional de Alfabetización, la que adjunto a este escrito.
Igualmente, recibí un telegrama fechado el 12 de enero de 1963 (creo que el año es un error, debió decir 1962), también adjunto, firmado por Mario Díaz Hernández, con orden de presentarme en el Instituto Tecnológico Enrique Hart, en Matanzas, para incorporarme al plan de becas. Yo no tenía ninguna predisposición a favor ni en contra, pero mi padre me convenció de que no debía ocupar una plaza que sería mucho más útil para otro joven con menos posibilidades que yo, que tenía campo abierto en cualquier institución educacional en Santiago de Cuba.
Cumplí 15 años el 30 de diciembre de 1961, y el 9 de enero de 1962 fui admitido como “aspirante a ingreso” al Instituto de Administración y Comercio de Santiago de Cuba, graduándome de contador tres años después, el 20 de diciembre de 1965, cuando ya llevaba dos años como cuadro del Comité Provincial de la UJC en Oriente. En esa ocasión, se me designó para hablar en el acto en nombre de los graduados. Tuvo razón mi padre, cuando me sugirió quedarme en Santiago.
Tengo en mi poder un diploma firmado por Fidel Castro, en diciembre de 1981, en reconocimiento a mi participación en la campaña; la Medalla de la Alfabetización, fechada el 22 de diciembre de 1987, y la Medalla conmemorativa 40 Aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ambas entregadas por el Consejo de Estado de la República de Cuba, con el mismo motivo.
Por cierto, la Medalla de la Alfabetización me la dieron dos veces, una de ellas personalmente por José Ramón Fernández Álvarez. Es extraño que solo conserve una.
Guardo con sumo orgullo estos reconocimientos, pero sin duda, la medalla mayor la resumo en una frase de otro escrito, un escrito triste: la despedida del duelo de mi querido primo Erotis, “Erotico”, el 26 de diciembre de 2015. Allí dije: “Cuando comenzaron los llamados de la Revolución, con 14 años nos fuimos a lo más intrincado de la Sierra Maestra como integrantes de las brigadas Conrado Benítez. Subieron tres niños y, seis meses después, bajaron tres hombres”.
La Habana, 18 de diciembre de 2021
“Año 63 de la Revolución”