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sábado, 26 de junio de 2010

aquella ofensiva

El mundo colorao es la realidad. Este artículo del poeta --ensayista y profesor universitario-- Guillermo Rodríguez Rivera, salió en abril pasado en algunos medios digitales. Hasta donde sé, no ha sido publicado por la prensa cubana, lo que limita que llegue a la mayoría de la gente. Yo no sólo comparto los puntos de vista de Guillermo, que creo muy revolucionarios: estoy convencido de que este análisis es cardinal para quien desee profundizar en la realidad cubana. Por eso aquí lo tienen.
srd


AQUELLA OFENSIVA

(Publicado en tres partes, del 12 al 14 de abril de 2010)

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Hace un par de semanas escribí una nota sobre Segunda cita, el último disco de Silvio Rodríguez. Allí sostenía –sin pretender originalidad, porque el propio Silvio lo había dicho al presentar el fonograma en Casa de las Américas–, que este era un disco intensamente vuelto hacia la realidad de Cuba.

En sus escasas cuatro cuartillas –la reseña estaba destinada a ser publicada en uno de nuestros periódicos, cosa que finalmente no ocurrió– se aludía a claras alusiones del trovador a los males actuales del país y citaba estos versos de la canción que justamente da título al disco:

Quisiera ir al punto naciente

de aquella ofensiva

que hundió con un cuño impotente

tanta iniciativa.

Y, decía yo que, presentados los versos como lo hacía el diario madrileño El País, pareciera que la ofensiva era la propia Revolución Cubana de 1959, mientras que los versos realmente aludían a la Ofensiva Revolucionaria de marzo de 1968, que liquidó en el país toda actividad económica que no fuera la estatal: medianas empresas (de las que quedaban pocas), pequeñas empresas y hasta el puro trabajo privado individual.

Comentaba yo algunos de los males que trajo la Ofensiva de marzo de 1968, pero el espacio de aquella reseña apenas si me dejaba tiempo para abundar. Como sabe todo el que me conoce, yo no soy economista, sino apenas escritor, filólogo y profesor. Estoy seguro que no soy la persona mejor dotada para llevar adelante lo que ahora me propongo hacer: examinar con cierta hondura “aquella ofensiva” y sus consecuencias. He esperado en vano que alguno de los numerosos y brillantes economistas y sociólogos que tenemos lo hiciera, seguramente mejor que yo, pero quien se lanzó con una alusión fue el trovador, así que me imagino que, en este inning, no merecerá anatema el poeta por creer que la economía es demasiado importante como para dejársela a los economistas quienes, encima de eso, no acaban de entrar al cajón de batear.

En marzo de 1968, hacía unos buenos siete años que todos los sectores fundamentales de la economía cubana eran manejados por el Estado y nuestro gobierno. Todas las industrias de importancia, todas las grandes fábricas, toda la banca, más del setenta por ciento de todas las tierras del país, los centrales azucareros, la minería, la extracción y refinación del petróleo, todo el comercio de exportación e importación, todas las líneas de carga por camiones, los ferrocarriles, la líneas de autobuses urbanos e interurbanos, los grandes hoteles, las grandes tiendas, los grandes centros de entretenimiento, la prensa, la radio, la televisión, los centros educacionales y de salud y a ello habría que añadirle un largo, casi interminable etcétera, los poseía y los hacía funcionar el Estado cubano.

¿Quedaba algo fuera del aparato estatal? Quedaba, cómo no. Quedaba una impresionante red de pequeños centros de elaboración de innumerables productos, la red del comercio minorista de las ciudades –bodegas, panaderías, carnicerías, puestos de frutas y viandas, pescaderías, fondas, mínimos restaurantes, bares (sólo en La Habana había 880), gasolineras, quincallas, talleres de diversos rubros: de mecánica automotriz, de arreglos de electrodomésticos, poncheras, barberías, peluquerías, heladerías, etcétera, etcétera, etcétera.

Todo esto era una suerte de infraestructura de economía popular, que subsistía al amparo de la familia.

Todos estos pequeños negocios fueron “intervenidos”. Se había llegado a unos extremos que jamás habían soñado Marx y Engels: la socialización del puesto de fritas. Una clara mayoría de estos negocios fueron simplemente cerrados, no estatalizados, porque todo este laberinto productivo y comercial –hondamente relacionado con la vida real– estaba hondamente reñido con los modos de organización del Estado cubano, y yo diría, con los de cualquier Estado. Simplemente, no podían ser asimilados por el elefantiásico Estado.

Si un hombre tenía una mínima ponchera, digamos, en el patio o el garaje de su casa, no había otro personal que él mismo. El propio sujeto era propietario del lugar o lo tenía rentado; el mismo, que reparaba el ponche en el neumático, daba mantenimiento al equipo que utilizaba para hacer su trabajo, limpiaba el lugar y se procuraba los insumos que eran necesarios para “coger” el ponche porque, si no podía comprarlos producidos por alguna empresa estatal, siempre habría algún productor privado con quien arreglar el suministro de esos insumos imprescindibles para realizar su trabajo. El propio ponchero cobraba al cliente y administraba las realmente modestas entradas del negocio. De ellas vivían, también modestamente pero sin que nada esencial les faltara, el operario y su familia.

Cuando la exigua ponchera fue estatalizada, tuvo que ser asignada a alguna empresa que reuniera a poncheros o, si ello no era posible, al menos tuvo que reunirse con practicantes de oficios semejantes. El humor popular, por esos años, hizo surgir entidades insólitas, como fue por ejemplo la ECOCHINTIM, esto es, la “Empresa Consolidada de Chinchales y Timbiriches”.

Pero cada una de estas unidades debía tener, al menos, un administrador, un responsable de mantenimiento y un auxiliar de limpieza, además de mantener el local, pagar la mensualidad del teléfono, y ya no había una persona y su familia a mantenerse con los ingresos de la microponchera, sino que eran al menos cuatro familias las que debían vivir de esas magras entradas.

Alguien debió calcular cuánto descendieron los volúmenes de producción o la cuantía de los servicios en estos negocios estatalizados y cuántas nuevas dificultades aparecieron para caer encima de las que ya soportaba la población, pero por esos años se decidió que los contadores públicos tampoco debían existir.

Hacía seis años que se había decretado el bloqueo económico, comercial y financiero por el gobierno de los Estados Unidos. Ese mismo año de 1962 apareció la libreta de abastecimiento y los cubanos debimos enfrentar una creciente desaparición de las piezas y los recambios en un país que estaba casi totalmente montado sobre tecnología norteamericana, desde los tomacorrientes de la electricidad hasta las cocinas de los hogares.

En esas circunstancias, el valor de los operarios que ejercían los oficios que solucionaban los problemas que son inevitables en la vida cotidiana, ideando incalculables innovaciones y sustituciones, crecía claramente. Pero esos oficios –el electricista, el plomero, el carpintero, el mecánico, el cristalero, el cerrajero, etcétera, etcétera– que se trasmitían de padre a hijo por generaciones, empezaron a ser denostados: se les llamaba a los que los ejercían, despectivamente, como a los vendedores callejeros, merolicos, tomando una expresión extraña al léxico cubano, que llegaba de una telenovela mexicana.

En las calles de Cuba, donde habían aparecido pregones inmortales como “El manisero” o las “Frutas del Caney”, surgió un género insólito que cabría llamar el antipregón. Uno veía a un señor conversando animadamente en una esquina de Centro Habana, y cuando cruzabas a su lado, el tipo bajaba la voz hasta ser casi un susurro y te decía, como quien comunica la contraseña de un espía: “Maní”.

Hoy el doctor Eusebio Leal, historiador de La Habana, para la noble y extraordinaria tarea que ha sido y es la restauración de la ciudad ha tenido y tiene que recuperar esos oficios que la Ofensiva del 68 condenó prácticamente a la extinción. Ejercerlos fuera del Estado se convirtió en actividad ilegal, fuertemente multada por las instancias jurídicas correspondientes. Lógicamente, ser practicante de un oficio había devenido delito y, consecuentemente, los precios del trabajo de esos oficios, se encareció.

Pero como esa actividad no era permitida, en ninguna tienda estatal se vendían los insumos que estos operarios necesitaban y los negocios privados que podían procurarlos, habían desaparecido. Los operarios que habían decido continuar trabajando a pesar de la prohibición, tenían que procurarse esos insumos por vías fraudulentas, porque la legales estaban cerradas. Pero la vida es infinitamente más fuerte que todas las burocracias: a pesar de que los sabios funcionarios habían decretado como ilegal y capitalista el trabajo de los plomeros, la desviada, la diversionista pila del agua del fregadero empezaba a gotear y había que cambiarle la zapatilla o sustituirla. Y había que conseguir los insumos, la zapatilla o la llave misma, allí donde único los había: en los incontrolados almacenes del Estado, que almacenaban infinitas cosas que envejecían, se deterioraban allí sin usarse. La única puerta abierta era la del robo.

Los comercios que tenían que ver directamente con el diario abastecimiento de las familias –bodegas, carnicerías, panaderías, lecherías, etcétera– habían sido operados durante los primeros años del racionamiento, desde 1962, por sus dueños.

Recuerdo a esos dueños de bodegas que permanecieron en la Cuba socialista y que manejaban sus comercios con una honradez que hoy se echa de menos.

Hasta entonces, el detallista estafaba a su cliente, si lo hacía, dándole una “libra” de catorce onzas. Pero eran pocos los que incurrían en ello: se habían habituado a tratar con una clientela que era su vecina, y sabían que debían ganarse esa clientela que, antes del racionamiento, podía comprar libremente en cualquier tienda de víveres. Estos viejos pequeños propietarios vivían decentemente, pero ninguno se había enriquecido vendiendo arroz, frijoles, aceite, azúcar y café.

En lugar de Vicente, el hijo cubano de gallego que vendía en una bodega de la calle 22 del Vedado, empezaron a aparecer unos administradores y bodegueros nombrados por la empresa del MINCIN que traían como aporte esencial al comercio cubano la creación de la “libra” de doce onzas que, en ciertos comercios, ahora ha llegado a ser de diez y hasta de ocho.

Paulatinamente, los consumidores empezamos a darnos cuenta de que la Ofensiva Revolucionaria que había querido estatalizarlo todo y hacer total el socialismo, había ido creando una serie de negocios privados sostenidos por el Estado.

Visito con cierta regularidad un establecimiento de pan y dulces en el que habitualmente compro el pan que la familia debe consumir por varios días. Allí, como en otras unidades de la cadena del pan, se comercializa un pan de contextura suave, a 3 pesos la unidad. Resulta más agradable, más fácilmente conservable y de más calidad que el habitual pan de 10 pesos que se vende en la misma cadena, y al que no le ponen la grasa que debe llevar.

La última vez que llegué a la panadería de la que hablo, estaban colocando en los mostradores los panes suaves, pero me pareció enseguida que esos debían tener otro pecio, porque eran casi la mitad del tamaño de los que habitualmente vendían allí. Cuando pregunté, el panadero me informó que esos panes también valían 3 pesos cada uno.

Obviamente, producir uno de esos panes llevaba como mínimo un 40% menos de la harina, la grasa y la levadura que se emplea para hacer el pan con el peso establecido. Si ese cálculo que hice “ojo de buen cubero” se aproxima a la verdad, cuando la panadería vende 100 de esos panes, está empleando en ellos únicamente el 60% de la materia prima que tenía asignada para confeccionarlos. Hay un 40% de materia prima que no se empleó y que los operarios usarán después en producir más de 60 panes que venderán al mismo precio y se embolsarán el importe de la venta. Ellos y el administrador de la unidad que debía chequear el peso del pan que vende.

Así pues, el Estado mantiene el local de la panadería y su equipamiento, la surte de harina, grasa y levadura, paga la electricidad que consume y los salarios del administrador y de todos los trabajadores, que disponen además, fraudulentamente, de un 40% de las ganancias, que se obtienen vendiéndole al pueblo un pan que pesa mucho menos de lo debe pesar. Cualquier pérdida de la panadería –un saco de harina que se eche a perder, por ejemplo– es asumida en su totalidad por el Estado. El neoliberalismo jamás soñó empresas capitalistas con tales ventajas.

Los servicios informativos de la Televisión Cubana trasmiten unos éticos y combativos cortos en los que los usuarios discuten con los detallistas y exigen victoriosamente el peso que pagan.

Esa es una cómoda, injusta y cargante manera de decirle al pueblo que su deber es exigirle al que despacha, porque nadie le exige al administrador que debe vigilar y sancionar al que maltrata o roba a sus clientes. ¿No será que el administrador participa en las ganancias?

Creo que debe pensarse mejor el empleo de esa consigna que aparece a menudo en nuestros medios: tal actividad “es tarea de todos”.

Es importante concienciar a la población sobre temas que son de su interés, y que irán mejor si el pueblo asume su papel en ellos como son, por ejemplo los temas de salud y medio ambiente, pero ello no puede servir para olvidar que toda tarea tiene un responsable que cobra por hacerla: el orden público, la protección a la propiedad colectiva e individual, por ejemplo, no es tarea de todos sino, esencialmente, de la PNR. Cuando decimos que algo es tarea de todos, podemos disolver la responsabilidad de quien verdaderamente la tiene.

Pero volvamos a nuestro tema: la Ofensiva de marzo de 1968.

Actualmente se habla de las “plantillas infladas” en nuestros centros de trabajo. El presidente Raúl Castro ha dicho muy recientemente que los especialistas han calculado que de los millones de trabajadores que cobran sus salarios en las distintas dependencias del Estado cubano, sobra más de un millón.

El proyecto socialista cubano siempre tendió a “poner la carreta delante de los bueyes”. El Estado revolucionario cubano garantizó, desde su misma aparición, pleno empleo al pueblo cubano. Pero debía tenerse en cuenta que muchos de esos puestos de trabajo no tenían la correspondencia en la producción o la actividad en servicios que hacían los que los ocupaban. Se hacía más bienestar social que economía.

Esa tendencia no disminuyó nunca, y sus resultados han hecho crisis varias veces, sin que se fuera nunca al fondo del problema. El país casi se arruinó a raíz de la Ofensiva de marzo de 1968 y de la utópica zafra de 1970, que quiso ser un avance decisivo para conseguir la independencia económica de la nación. La solución a los problemas que entonces se generaron, fue la entrada de Cuba en el C.A.M.E, lo que palió muchas insuficiencias de la economía cubana. Ello, hasta el fin de la URSS y del campo socialista europeo, que nos hizo entrar en el crítico “período especial”.

Nos ha salvado de males mayores, en la última década, la aparición de una Venezuela revolucionaria y del proyecto integrador del ALBA.

Habría que decir, con justicia, que esa tendencia revolucionaria y progresista que se advierte en América Latina, gobiernos de izquierda electos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Brasil, no habría sido posible sin la existencia y la resistencia de la Revolución Cubana.

Cualquier proyecto progresista y destinado a favorecer los intereses de nuestros pueblos, que había aparecido en esta zona del mundo, había sido implacablemente aplastado por el imperialismo norteamericano, liquidador del proyecto reformista de Árbenz en Guatemala, y del proyecto de la transformación social pacífica, que encabezó en Chile el presidente Salvador Allende. Durante décadas el imperio norteamericano, para mantener sus intereses, promovió y mantuvo las más sangrientas tiranías latinoamericanas, llamaránse sus jefes Somoza, Trujillo, Juan Vicente Gómez, Batista, Pérez Jiménez, Stroessner, Pinochet, Videla, Castelo Branco y un largo etcétera de militares formados en los Estados Unidos e instruidos para asesinar a sus pueblos.

Cuba fue el primer país que enfrentó exitosamente el poder del imperio y ello es algo que ha permitido el cambio que ha generado un proyecto integrador como el ALBA y que, por supuesto, el imperio no le ha perdonado a la Revolución Cubana.

Si se quiere “desinflar” esas plantillas en las que casi todo el aire lo ha puesto la política paternalista del Estado, habrá que permitir que los que pierdan sus improductivos puestos laborales, puedan hacer cualquier actividad que no sea delictiva, porque hacerlos abandonar sus empleos para echarles encima el mar de prohibiciones que existen para realizar cualquier trabajo, mandaría directamente a esa masa a delinquir, porque ese sería la única manera que tendrían para subsistir ellos y sus familias.

Las pequeñas y medianas empresas y el trabajo privado individual son necesarios en la Cuba actual, a pesar de que algunos ven estos resortes como capitalistas, porque pueden explotar en algún grado, trabajo ajeno. Pero tienen una insalvable justificación de existencia: son imprescindibles para el socialismo cubano, que apenas está en construcción y al que hay que redefinir en muchos aspectos. Digo, si el socialismo cubano aspira, como ha dicho el presidente Raúl Castro, a mantenerse de sí y a gastar lo que verdaderamente produce. Al fin y al cabo, es cumplir aspiraciones centrales de nuestros próceres y de nuestra historia. Cuando, en las primeras décadas del siglo XX Rubén Martínez Villena pedía “una carga para matar bribones”, era también

para que la República se mantenga de sí

para cumplir el sueño de mármol de Martí.

El general presidente lo ha dicho de modo terminante:

Sin una economía sólida y dinámica, sin eliminar gastos superfluos y el derroche, no se podría avanzar en la elevación del nivel de vida de la población, ni será posible mantener y mejorar los elevados niveles alcanzados en la educación y la salud que gratuitamente se garantizan a todos los ciudadanos.

Creo que ahora se requiere casi una discusión filosófica, porque los enemigos de las ideas que desarrollo aquí, quieren convertir este asunto en una cuestión principista. Aceptar ese retorno de formas de producción “no socialistas” sería ceder en los principios ante el capitalismo, piensan los que se oponen a la restauración de la mediana y la pequeña empresas privadas. Vamos a discutir ese punto.

El profesor portugués Buenaventura de Souza Santos (Coímbra, 1940), ha sido editado recientemente en Cuba, a raíz de haber obtenido en el pasado año 2006, el Premio de Ensayo “Ezequiel Martínez Estrada”, que concede Casa de las Américas. Su ensayo se titula La universidad del siglo XXI. Pero este acercamiento a la pedagogía y las teorías de la enseñanza, es apenas una faceta en el trabajo de este hombre, auténtico pilar intelectual de la izquierda, con una vasta obra traducida a varios idiomas, sobre epistemología, teoría del derecho, movimientos sociales, y que es uno de los animadores del foro social de Porto Alegre.

Dice el profesor de Souza Santos que una sociedad socialista no es aquella donde todas las relaciones que existen son socialistas sino donde las relaciones socialistas hegemonizan a las demás y las hacen trabajar en la dirección de sus objetivos. ¿Era socialista Cuba entre 1961 y 1968, donde subsistían formas de propiedad privada? Yo diría que sí, e incluso me atrevería a decir que era más socialista que la sociedad cubana actual. No tenía males que sólo aparecieron o se recrudecieron intensamente después del paso en falso que fue la Ofensiva de marzo de 1968.

¿Puede un sistema valerse de mecanismos que no son autóctonamente suyos para avanzar? Creo que sí, definitivamente, como asegura el profesor de Souza.

Sus enemigos de extrema derecha acusan a Barack Obama de impulsar una medida socialista, el referirse a la ley de salud promovida por el mandatario y, aunque con modificaciones, recientemente aprobada por el congreso norteamericano. Y tienen razón.

Esa idea de dar cobertura de salud gratuita a todos los sectores de la población, con independencia de su status económico, es una medida socialista que, sin embargo, no transformará la sociedad capitalista que son los Estados Unidos de América, pero que responde a reclamos que el capitalismo no puede resolver, y que contribuye a la estabilidad del sistema capitalista que es el hegemónico allí.

Hay quienes afirman que, si por ejemplo, tenemos ciudadanos económicamente independientes (y esa independencia siempre sería relativa), no se verían obligados a asistir a un acto convocado por el Estado revolucionario, pero a mí me parece que la Plaza de la Revolución se abarrotaba cuando teníamos trabajadores independientes que, por qué no, pueden y deben ser aliados de nuestra Revolución.

El presidente Raúl Castro lo dijo en el reciente congreso de la UJC:

La unanimidad absoluta generalmente es ficticia y por tanto dañina.

Aspiremos a la presencia en la Plaza de los que lo hagan sinceramente (son la clara mayoría) y convenzamos a los que creamos que debemos y podemos convencer. Creo, además, que si el conjunto de la sociedad empieza a mejorar, ello contribuirá al mejoramiento de la perspectiva ideológica y política de los cubanos.

Si esas plantillas infladas comienzan a desinflarse como la economía lo demanda, para que el dinero circulante de los salarios existentes corresponda a los bienes creados en la producción y los servicios, habrá que darles otras posibilidades a esos trabajadores que tendrían que salir de las nóminas del Estado. No todos querrían o podrían aceptar las opciones prioritarias que, en las circunstancias actuales, el Estado está en condiciones de ofrecer: construcción, agricultura, enseñanza, policía.

Estas nuevas empresas empezarían a ser una alternativa laboral, a cuyos empleos podrían aspirar muchos cubanos.

Obviamente, en el año 2010 es imposible reconstruir lo desmantelado en 1968.

Seguramente ha muerto un importante número entre los que eran entonces medianos y pequeños empresarios o simples trabajadores particulares. Quién sabe cuántos abandonaron el país y cuántos se vieron obligados a encauzar sus vidas de otra manera. Siempre no se puede volver a empezar.

La posibilidad que tenemos no es la de restaurar, porque seguramente, a una buena porción de los que entonces vieron esfumarse sus empresas o talleres, si estuvieran en condición de recibir la oferta, es seguro que les parecería por lo menos irónica.

La posibilidad, ahora, es la de construir.

No descarto ninguna posibilidad a la hora de materializar el proyecto, pero no me gustaría que en ello estuviera en primer plano el dinero aportado por emigrantes, que acaso serían los que más cómodamente estarían en condiciones de colaborar, a través de sus familiares, al establecimiento de estas empresas. No sé tampoco que papel podría desempeñar la inversión extranjera en negocios que trabajarían únicamente con la moneda que gana y gasta el cubano de a pie. Recuerdo, sin embargo, que ETECSA es una empresa mixta que brinda servicios en moneda nacional.

Deben estudiarse todas las propuestas, pero el modo que me parece más justo y que resulta más en concordancia con nuestra historia y nuestra realidad, es la creación de cooperativas nucleadas en torno a una actividad determinada –mecánica, barbería, peluquería y salones de estética, podólogos, cerrajeros, plomeros, electricistas, carpinteros, etcétera– que pudieran convertirse, a corto plazo, en las bases de empresas medianas y pequeñas, a las que habría que ayudar en su despegue hasta que puedan desarrollarse autónomamente y empezar entonces a aportar dividendos a la sociedad en forma de impuestos sobre ingresos, nunca de patentes que se pagan sin que existan ganancias. Esos mecanismos son saboteadores del trabajo por cuenta propia: ya se han probado y han fracasado.

La cooperativa debe llevar una seria contabilidad de gastos e ingresos y pagar sus impuestos con arreglo a las ganancias. Se trata de un impuesto sobre ingresos y no de una cómoda patente que la ONAT establece para ahorrarse el trabajo de calcular efectivamente las cifras de ingreso sobre las que debe cobrarse el impuesto.

En su etapa inicial, el primer objetivo es el resurgir de estas formas de producción y no crearle de entrada obstáculos que más bien, pareciera que pretenden conseguir su fracaso. Hay que darles confianza en que se necesita de su existencia y no que se las alienta hoy para hacerlas desaparecer a la menor oportunidad.

Acaso nuestra dirigencia piense que, hoy por hoy, el Estado cubano no maneja la liquidez suficiente para ayudar a echar adelante estos proyectos. Yo creo que hay que confiar en la probada diligencia del cubano para llevar adelante una empresa que de veras le importe. Esa sería una condición de la que jamás podrían prescindir estos proyectos. Por otra parte, no todas estas cooperativas tendrían que empezar simultáneamente. Pero las que puedan hacerlo, debían comenzar a organizarse lo antes posible.

Habría que privatizar gradualmente el comercio minorista, hasta que los detallistas posean los comercios que regentean, mantengan los establecimientos y contribuyan asimismo, a partir de sus ganancias, a colaborar con el incremento del presupuesto estatal, el presupuesto de todos.

Como organizar estos procesos, debe quedar en manos de nuestros economistas.

Amigos, compañeros: en estas sucesivas monsergas me he sacado del pecho, a lo peor inútilmente, algo que tenía atravesado en él desde hace cuánto tiempo. Le agradezco a mi hermano Silvio Rodríguez, que me ayudó con el puñado de estupendas canciones de Segunda cita. Por ello, no se me ocurre terminar esta serie, sino con unos hermosos versos de ese disco, que acaso expresen lo que los revolucionarios de mi generación seguimos siendo, más de cuarenta años después:

Seguimos aspirantes de lo mismo

que todo niño quiere atesorar:

una mano apretada en el abismo,

la vida como único extremismo

y una pequeña luz para soñar.

domingo, 13 de junio de 2021

Al Che en el 92 aniversario de su natalicio

Por Tony López R. (*)

En ocasión  de conmemorarse el  próximo 14 de junio, el  aniversario 92 del natalicio del comandante Ernesto Che Guevara, y en homenaje a su vida y obra, los estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, en su proyecto Historia Viva, en coordinación con la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana. Municipio Plaza, entrevistaron al General de División ® Rogelio Acevedo González, uno de los protagonistas de esta historia de valentía y admiración por el guerrillero heroico.

Entrevista realizada el pasado 27 de mayo, por la estudiante Yelissa Agüero Rodríguez miembro del Movimiento de Corresponsales de la Facultad de Derecho, de la Universidad de La Habana.  A continuación, el texto de la entrevista. 


Yelissa Agüero: ¿Cómo fue su incursión en la guerrilla del Che?

Rogelio Acevedo: Yo soy un veterano guerrillero jubilado. Ya cumplí 80 años ahora en abril y durante un grupo de meses estuve en la guerrilla con el Che y con Fidel. 

En el libro “Tan solo con 16” aparecen las vivencias que surgieron desde el Golpe de Estado de Batista el 10 de marzo, cómo se fueron inculcando en mi cabeza y la de mi hermano las ideas para luchar contra aquella férrea dictadura, sanguinaria, brutal, que nos golpeaba; el ataque al Moncada; la lucha de Fidel en la prisión y después su preparación en México y la gran noticia de la llegada a Cuba con el Desembarco del Granma. 

En ese momento queríamos unirnos a Fidel porque en el pueblo, como verás en el libro, cada día era más la presión que existía de la dictadura contra los jóvenes en el bachillerato, pero nadie nos orientaba cómo irnos, cómo hacer, con quién hablar, qué práctico nos llevaría, etc. Y en esas condiciones, pues, sencillamente decidimos irnos para la Sierra Maestra. Salimos de Remedios, a 600 km de la Sierra, sin práctico, guía o alguna información. Precisamente, un día como hoy 27 de mayo. En total fueron 69 días para poder encontrar a los guerrilleros.

Cuando llegamos, después de mucho andar, nos encontramos con una tropa guerrillera, el 3 de agosto de 1957. Esta columna guerrillera, no estaba dirigida por Fidel -nosotros queríamos unirnos a Fidel que era el jefe indiscutible de la Revolución- sino por un desconocido argentino al que le decían el Che. Fidel había hecho en julio otra columna y había ascendido a Comandante al Che después del Uvero dándole el mando de esta columna No.4.

Junto con él estaba Ramiro Valdés y Ciro Redondo, ambos combatientes del Moncada. Nos costó mucho trabajo entrar porque nos decían que éramos muy muchachos; aunque nos pusimos más años de edad, pero descubrieron que realmente éramos unos vejigos. Enrique tenía 14 años y yo 16. Nosotros queríamos estar de todas maneras con Fidel y teníamos en mente que tan pronto nos encontráramos con él


trataríamos de hablarle para pasarnos para su columna. En definitiva, nos encontramos después.

Haciendo un resumen de estos diecisiete meses: con el Che estuvimos once meses, primero cuatro, desde agosto hasta noviembre. Con Fidel luego seis meses, de diciembre hasta mayo del 58 y en mayo volví otra vez con el Che. Ya Enrique estaba con él.  

La primera etapa fue muy difícil y al final el Che nos disparó para la escuadra llamada de los Descamisados. Ahí estaba la gente que no servía, los que lloraban porque tenían hambre o porque les tiraban los aviones. Dos veces deploraron aquella escuadra y nos quedamos nosotros. Luego el Che empezó a ver en nosotros a dos pichones de revolucionarios que podían ser útiles, sabía que no teníamos familiares ni amigos o alguien que conociéramos en aquellas montañas o en aquella columna. 

Con Fidel sí fui un mejor soldado. En tres meses uno se acostumbra a las montañas aquellas; empecé a caminar mejor, a sentirme mejor. Y en esas condiciones un día sin proponérmelo Fidel me hizo teniente y con el grado de teniente empecé en la columna No.1. Me enteré que el Che había formado otra columna después de haber estado herido en un pie. Lo fui a ver para saludarlo porque realmente sentía mucha admiración por él, y me preguntó que dónde estaba, qué hacía. Me dijo: ¿quieres estar con nosotros? Le dije que era teniente y que tenía un arma automática, y me respondió: te aseguro las dos cosas. 

Así empecé a formar parte de la gente que, una vez terminada la ofensiva del ejército de Batista en la Sierra Maestra, formaron parte de la invasión y así vine en la invasión como un teniente más de la retaguardia del Che. 

Yelissa Agüero: ¿Qué cualidades admiraba del Che?

Rogelio Acevedo: En primer lugar, no siendo cubano, luchaba como el mejor en aquella guerrilla nuestra y lo veía como algo similar a lo que hizo el generalísimo Máximo Gómez en nuestra Patria. A mí me causó admiración que una persona que no hubiera nacido en Cuba estuviera jugándose el pellejo y pasando las dificultades que existían; como conocen, él era asmático y, sin embargo, tenía una voluntad de hierro. 

Era además un hombre muy valiente, yo diría que temerario. Temerario es aquel que hace lo que tiene que hacer sin pensar en el miedo, o sobreponiéndose al miedo; miedo siempre tiene uno. El Che siempre estaba en la primera línea, en la etapa del desembarco como soldado, después fue el primero que capturó un fusil. Siempre dispuesto a la misión más riesgosa. Yo recuerdo ver como actuaba ante la aviación, ante los morteros, ante una emboscada. 

En Santa Clara un 31 de diciembre, el último día de la guerra, el Che montado en un tanque fue a preguntarme cuándo se caía la Audiencia. Ya habíamos tomado la cárcel. Me dio pena porque llevábamos tres días haciendo de todo y recuerdo que me dijo: No te preocupes que esta gente no tiene escapatoria, no tomes las cosas muy a pecho y sigue combatiendo como están que esta gente dura poco. Al otro día se rindió el ejército y se fue Batista de Cuba.

Admiraba a los combatientes por su valor personal, por encima de su nivel, si era universitario o no. Está el caso de Silverio Blanco, del que hablo en el libro y que fue soldado mío, después teniente de la columna No.8 y al morir en Cabaiguán, una semana antes de terminar la guerra, el Che lo hizo Capitán siendo analfabeto; pero era este un hombre de valor temerario como Julio de la Iglesia, José Ramón Silva. Alrededor de quince hombres eran temerarios así, otros eran valientes en un momento determinado o valientes obligados porque tenían que demostrar el valor a pesar de tener bastante miedo. 

Admiraba la justicia con que distribuía todo. El Che no comía mejor que nosotros. Pero además había justicia a la hora de repartir las botas, los abrigos, las cosas que llegaban, las armas; el que se ganaba un arma peleando era suya. Tu veías gente muy barbuda y peluda con una escopetica y veías a otros casi sin pelo, pero con un garand y decías: Este es un tipo valiente porque se ganó ese fusil arrancándoselo al enemigo.

De esa manera era con los grados. Había que sudar tinta para ganarse el grado de teniente o de Capitán con el Che. Era muy exigente y poco dado a recibir elogios. A cualquiera le decía guataca, aunque lo quisiera realmente. Tú hacías una cosa bien y para él era normal. Creía que las cosas había que hacerlas bien. Y cuando las hacías mal, los pescozones que te daba y los señalamientos críticos eran tremendos.

Muy inteligente y audaz, sin haber pasado una escuela militar, salvo la que pasó en México con el General Bayo. En los casos de la invasión indicaba hacer cosas como pasar una línea o pensar en cómo un barco iba a dar al centro de las Villas; o en Santa Clara, después de tomado Caibarién y Remedios nunca pensé atacar Santa Clara que tenía cerca de tres mil soldados y nosotros éramos cuando más quinientos y sin embargo decidió atacarla porque el enemigo estaba en su momento más crítico.

Tenía un gran corazón, a pesar de ser un tipo duro. Su atención a los campesinos curándolos, sacando muelas, campesinos que tal vez nunca habían visto un médico. El trato a los guardias enfermos o heridos en combate a los cuales curaba también. Por otro lado, era una persona muy sencilla. Nunca quiso que lo llamaran Ernesto Guevara de la Serna o Comandante. La mayoría de las veces decíamos el Che o argentino. 

Así es como lo conocí en la guerra. 

Yelissa Agüero: ¿Cómo fue su relación después de terminada la guerra?

Rogelio Acevedo: Después de terminada la guerra, entre el 59 y el 64, nos tocó vivir un grupo de momentos importantes. En la Cabaña estuvimos juntos varios meses. En el libro relato las relaciones con él allí, yo como Capitán, Jefe de un batallón de la Cabaña y las actividades que realizábamos. Después se formaron las fuerzas tácticas y fuimos a dar a las Villas, al centro del país. Aunque él estaba ya en el Banco, iba a visitarme de vez en cuando. 

Por último, recibí la instrucción suya de ser el Jefe de las fuerzas que irían a construir la Ciudad Escolar del Caney, hoy Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Allí nos visitó en seis meses, dos o tres veces por mes, incluso hizo trabajo voluntario con nosotros un 11 de noviembre. Se tiraba en una avioneta y no sé si estaba practicando aviación o quería vernos, pero se tiraba en un terraplén con Eliseo de la Campa de piloto.

Después un día me planteó la tarea de que fuera Director Nacional de Milicias. Había sido trazada por Fidel la idea de crear las milicias el 22 de octubre del año 59. Yo le dije que no tenía capacidad para aquello pero me dijo que él me ayudaba. Y me convenció. Salí de Oriente a trabajar en toda la formación de las milicias y pude participar junto a Raúl y Fidel quien me daba instrucciones directas mientras el Che me daba seguimiento. Me citaba a las dos o tres de la mañana en el Banco Nacional y allí me chequeaba; había que prepararse bien porque los señalamientos críticos eran duros. 

Algo curioso que me demostró su sencillez, era como los billetes que hizo como Presidente del Banco no los firmó como Ernesto Guevara de la Serna sino como Che; sus escritos igual los firmaba como Che. Luego de las Milicias pasé al Ejercito Occidental y me llamaba de vez en cuando. Yo fui a su casa a visitarlo varias veces. En realidad, le tenía cariño y no quería demostrárselo mucho para que no pensara que era un guataca. 

También recuerdo que nos citaba a cualquier hora de la madrugada a algunos combatientes que habíamos luchado junto a él para leernos escritos redactados a propia mano para la Revista Verde Olivo y a los cuales realmente no había nada que agregarle. En ocasiones alguien decía algo. Recuerdo que una vez alguien dijo: Che, hay que poner ahí que fulano corrió en ese combate. Y no respondió nada. Como a los cinco minutos volvió el amigo: Che, no puso que fulano corrió en ese combate, a lo que respondió: Cállate vos que tú también tenés tu historia.

Sin saber un día, me citó al Ministerio de Industrias como a la una de la mañana y me pidió que reuniera a todos los invasores de la columna No. 8 que quedaban vivos, él se encargaría con Sergio del Valle y William Gálvez de reunir a los que quedaban de la columna de Camilo.  En la finca de recreo Las Mercedes en La Habana, nos reunimos el 13 de septiembre del 64. Allí estuvo Raúl, Dorticós, Ramiro, Sergio del Valle y los padres de Camilo. Recorrió así todos los pelotones; de los ciento cuarenta y dos combatientes que salimos quedaban unos cien y de la columna de Camilo –que eran unos 75- quedaban unos cincuenta más o menos. 

Luego de pasar revista a las dos columnas, habló a todos y fue algo muy bonito por ser el quinto aniversario de haber salido de la invasión. Nadie se imaginaba que sería la última vez que veríamos físicamente al Che. Era una despedida. 

El Che a mi juicio era un ejemplo de revolucionario y combatiente a imitar. Hay que estudiar, sin dudas, su pensamiento en sus discursos y escritos. Leyéndolos hoy, a 54 años de su partida física, vemos que tienen una actualidad tremenda. Como dijo Fidel: “las viejas y nuevas generaciones tienen mucho que aprender del pensamiento y el escrito del Che”.

Muchas gracias por esta entrevista. 

Te deseo éxitos en tu carrera.


Fin de la entrevista.  Así mostraba con su modestia de siempre, el General Acevedo, a quien fue su jefe en la guerra y las relaciones que mantuvo con él, después del triunfo de la Revolución. “Con solo 16”  es el titulo de un apasiónate libro de la autoría de Acevedo, que muestra la heroicidad de la juventud cubana y la identidad de ella con su máximo líder Fidel Castro Ruz y con el Che.

La Habana, 12 de junio del 2021.

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(*)  Periodista, politólogo y analista internacional.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Entrevista para el periódico "El Correo", del País Vasco

 El 17 de julio de este año Mirtha Almeida, fundadora del proyecto Ojalá, me hizo llegar unas preguntas de Joseba Martin para un periódico.Ya entonces me encontraba inmerso en mucho trabajo pendiente y había decidido no hacer más colaboraciones ni entrevistas, pero tratándose del País Vasco, tierra donde, más que yo, Cuba siempre ha sido respetada y querida, decidí hacerla. La pongo a continuación, respetando como recibí las preguntas y como las contesté, ya que el trabajo de edición del periódico suprimió algunas de mis respuestas. srd

🎶🎶🎶

Saludos!

Adjunto las preguntas de la entrevista, tal como hemos comentado en los días anteriores. Asimismo les agradecería que me adjuntaran una fotografía reciente del artista con la correspondiente acreditación del autor.
Muchísimas gracias, eskerrik asko!!
Joseba Martín

1. Han pasado tres años desde su anterior disco con el grupo Diákara, ahora con músicos completamente diferentes (salvo alguna excepción). ¿Cómo ha sido el proceso de grabación?

He dado a conocer mis canciones al revés de como las empresas comerciales de la música suelen hacer. Es decir: en vez de hacer el disco y después salir a defenderlo, me acostumbré a exponer primero las canciones en conciertos y cuando ya las he considerado maduradas, entonces es que voy con ellas al estudio.

2. El disco se abre con “América”, una extensa composición donde le acompañan 15 músicos, donde se niega a seguir “los cantos de sirena” de América. ¿Es una metáfora sobre el supuesto paraíso estadounidense?

La heroína del tema era una chica bellísima y por supuesto muy codiciada de mi antiguo barrio, llamada América. Esa coincidencia posibilita que la canción tenga varias lecturas. Por otra parte, siempre admiré la curiosidad casi suicida de Odiseo, cuando ordena que lo aten al mástil y que ignoren sus reacciones ante los cantos de las sirenas.

3. En otras canciones opta por un formato más íntimo y familiar, en “La cuota diaria” junto a su mujer, Niurka González (piccolo, flauta, flauta en sol, clarinete y clarinete bajo), o en “Nuestro después”, junto a su hija Malva a la voz (de 21 años, pianista de brillante futuro). ¿Cómo decide cuál es el formato adecuado para canción?

Generalmente las estructuras de las piezas suelen proponerme sus sonoridades. A veces sé cómo van a sonar desde que comienzo a escribirlas. Por otra parte, siempre me ha gustado explorar opciones.

4. Quería saber (canción que da título al disco) qué hay más allá de la línea del horizonte. ¿Sabe ya si es grumete, marinero, timonel o pescador?

Creo que estoy entre grumete y aprendiz de pescador.

5. En ocasiones ha afirmado que el son es la auténtica esencia de la música cubana. “Se va el danzón cuando del monte baja un son” es la letra final de una de las canciones, finalizada con este ritmo. ¿Es un homenaje necesario?

Ese asunto es un tema recurrente de nuestra cultura musical. El danzón es considerado en Cuba como el baile nacional. En cierto momento de su desarrollo, hubo la tendencia de terminar los danzones, que son piezas para bailar con elegancia, con un montuno de son, que suelen ser formas más movidas y permiten un poco de más libertad a la pareja. Son cosas que los cubanos, sobre todo los viejos, entendemos muy bien.

6. El disco se cierra con “Tonada para dos poemas de Rubén Martínez Villena”, otra composición extensa con el grupo al completo (salvo los músicos de cuerda). ¿Qué hace aquí una creación de los primeros años 70?

Ese tema nunca estuvo en un disco y, además, son los versos de Rubén Martínez Villena, gran poeta cubano que murió de tuberculosis y agotamiento a los 36 años, dedicando sus últimas fuerzas a organizar una huelga que ayudó a deponer a un gobierno tiránico.

7. El libro de Patricia Ballote “La Habana, día de un año”, recrea el concierto germinal de la nueva trova, casi olvidado: un lunes de 1968 en el escenario de La Casa de las Américas. Usted tenía entonces 21 años. ¿Qué recuerdo le ha quedado?

Siempre quise que quedara algún testimonio de cómo empezó la colaboración de aquel grupo de trovadores que después fue identificado como una corriente dentro de la cancionística cubana. No recuerdo si a fines de 2016 o a principios de 2017 hablé en Ojalá sobre la idea de hacer el libro, para que saliera en 2018, cuando se cumplieran 50 años de aquel primer concierto. Entonces Patricia trabajaba con nosotros y se brindó a hacerlo y lo aprobé. Y ahí lo tenemos.

8. En los últimos años han fallecido muchos de sus compañeros de generación: Luis Eduardo Aute (2020), Vicente Feliú (2021), Pablo Milanés (2022), Martín Rojas (2023)… ¿Qué sentimiento le produce esta situación?

También Noel Nicola y Eduardo Ramos, y escritores como Guillermo Rodríguez Rivera, Jesús Díaz, Antonio Conte y muchos otros de mi generación que se nos fueron… Es raro irse quedando sin viejos amigos, gente que estaba descubriendo el mundo a la vez que uno. Es muy raro tener deseos de hablar de cosas y darse cuenta de que no tienes a quien llamar… Supongo que “es la Ley”, como diría Luis Rogelio Nogueras –el mejor poeta de mi generación, que se nos fue con sólo 40 añitos.

9. ¿Cuida de su voz de alguna manera especial para que suene igual de bien que siempre a sus 77 años?

Sinceramente, no me parece que mi voz haya sonado bien alguna vez. Y ahora, a mis casi 78, ¿qué decirle?... Espero que no sean sus oídos los que necesiten de cuidado.

10. Ha sido visitante habitual de los escenarios vascos desde hace casi 50 años. ¿Algunas de sus visitas a San Sebastián, Bilbao, Pamplona, Portugalete… le han dejado algún recuerdo especial?

Me han pasado cosas muy hermosas e interesantes en el País Vasco. Allí he sentido siempre mucha solidaridad con Cuba. Eso, por supuesto, es inolvidable y produce una especie de armadura interna indestructible. Hay sentimientos que sin dudas nos emparentan: una sensibilidad especial respecto a la soberanía, el sentido del compromiso, la solidaridad. En Euzkadi también he tenido amigos extraordinarios, como Antxon Eceiza y Miquel Laboa. Son muchas cosas y, hasta hoy, todas buenas.

11. En 2009 Pablo Milanés cantó en euskera en un disco del trikitilari (acordeonista) Kepa Junkera. Usted lo hizo en 2023 en la canción “Nostalgia” invitado por el bertsolari (repentista) y cantante Jon Maia. ¿Qué es lo primero que pensó al recibir la invitación? ¿Quedó contento con el resultado? ¿Es consciente del impacto que ha supuesto en el País Vasco?

Lo primero que pensé fue que la canción era bellísima. Confieso que eso fue lo que me conquistó. Muy obvio que los autores son excelentes artistas. Como decía un amigo: “El que pida más es un goloso”.

12. ¿Es cierta la anécdota reciente de que le habían sorprendido fotografiando una ambulancia del Servicio Vasco de Salud donada por el Gobierno Vasco?

Sí, yo estaba con un familiar en un cuerpo de guardia y de pronto veo que llega una ambulancia con un letrero que decía que era una donación del pueblo vasco. Maravillado, le hice una foto a la parte donde estaba el letrero. Un enfermero me preguntó por qué la foto y le expliqué.

13. En los últimos años ha llevado a cabo en Cuba giras muy especiales, como la de las prisiones (2008) o la más reciente Gira por los Barrios (más de cien conciertos). ¿Tiene en mente más proyectosde este tipo?

Estuvimos algo más de 10 años haciendo conciertos barriales, no sólo en La Habana o en Cuba, lo hicimos también en otros países, pero la pandemia nos detuvo. Después empezaron a aparecer problemas económicos, que si el combustible, que si el servicio eléctrico. Ojalá más adelante podamos retomarlo, o que otros sigan el camino.

14. Una pregunta obligada para alguien que siempre ha hablado de la necesidad de cambios para la mejora: ¿Cómo ve Cuba en 2024? ¿Qué se podría cambiar para mejorar la complicada situación del pueblo cubano?

Estoy convencido de que el bloqueo que desde hace más de 60 años imponen los gobiernos norteamericanos contra Cuba nos han hecho muchísimo daño. El colmo de la crueldad fue incluirnos entre los países patrocinadores del terrorismo. Todo el mundo sabe que eso es falso. El mismo gobierno norteamericano lo ha reconocido. Pero es una sanción que sigue ahí y que seguimos pagando con limitaciones bancarias, portuarias, con menos inversiones y turismo, con todo. En definitiva, como ellos siempre han dicho, el bloqueo es para que el pueblo cubano se canse de sufrir y se vire contra su gobierno.

Por otra parte, creo que pudiéramos hacer más por el bienestar del pueblo, que es quien sufre las consecuencias de las políticas imperiales. En 1968 en Cuba se realizó un proceso que fue llamado “La ofensiva revolucionaria”. La idea fue desaparecer por completo el trabajo privado, estatalizarlo todo. Aquella ofensiva era una reducción mecánica del ideal socialista, ya en un supuesto comunismo: el Estado ocupándose de todo y los seres humanos dedicados a vivir plenamente y a crear. Pero en un mundo regido desde siempre por relaciones mercantiles basadas en el lucro, al punto que empezaba a fraguarse el neoliberalismo, nuestra “ofensiva”, más que idealista, resultó incluso infantil. Fidel, con los años, reconoció en varias ocasiones que al principio se habían equivocado en muchas cosas y llegó a decir que nuestro modelo estaba obsoleto.

Una parte de la superestructura cubana, al parecer la más determinante en las políticas nacionales, continúa siendo conceptualmente muy ortodoxa. Contra esa rigidez instalada, muchos economistas escriben para que se respeten las leyes de la economía que según ellos nos ayudarían a salir del bache. Pero el purismo –a mi modo de ver extemporáneo– de nuestros decidores sigue haciendo oídos sordos.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Resonancias


Estas son tres opiniones que me llegaron por correo electrónico, a partir del intercambio de ideas que abrió la entrada "Materialmente pobres", de este blog. 
Joel Suárez es ingeniero, actualmente coordinador general del Centro Martin Luther King. Héctor Arturo es poeta y periodista. Carlos Luque Zayas Bazán trabaja en la Empresa de Investigaciones y Proyectos Hidráulicos de Camagüey.
Los trabajos aparecen en el orden que los recibí.
srd


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Materialmente humildes, sobreabundantes por  los dones del espíritu

Por Joel Suárez Rodés

de aquellos tiempos duramente humanos.
aunque la cruda economía ha dado luz a otra verdad.
Silvio

La “pobreza irradiante y sobreabundante por los dones del espíritu”   que une “los espejuelos modestos de Varela”;  “la levita de las oraciones solemnes de Martí” ; las raídas ropas de negros, mulatos y blancos humildes de los anónimos insurrectos  de nuestras guerras de independencia; la desgastada Biblia del socialista y pastor metodista Deulofeu;  el agua con azúcar prieta, aprieta y dale,  de los hogares de Pogolotti, el primer barrio obrero de La Habana; el lecho sin pan de Tina y Mella; el estómago pegado al espinazo de los descamisados de las columnas de Camilo y Che  hacia occidente;   la harina con boniato de mis abuelos de Aguacate; los parches almidonados de los pantalones pobres pero decentes de la infancia de mi padre; el caqui y las botas rusas de la Columna Juvenil del Centenario y las escuelas al campo como única indumentaria para conquistas en fiestas de Deep Purple, Santana, José Feliciano y Almas Vertiginosas; el papel gaceta de Ediciones Huracán; las cuerdas de cables de teléfono de Experimentación Sonora; las tres gracias –arroz, chícharo y huevo-- sobre una bandeja de aluminio en el comedor de una beca; los guaraches de suelas de goma de camión de Carlos Téllez, artesano;  el tizne de las ollas a fuerza de leña y luz brillante; el bolero desentonado en las noches de apagón, la lavadora rusa, el televisor Caribe, el perro sin tripa, la pasta de oca, los pollitos vivos, el picadillo de gofio, las forever bycicle….  la vivimos las cubanas --sobre todo las cubanas-- y los cubanos, a lo largo de nuestra historia como angustia apostólica y virtud sacrificial. Es el testimonio más significativo en los últimos 50 años de la capacidad de hombres y mujeres de remontar las adversas circunstancias cotidianas que imponía por un lado la “desigualdad engendrada por el colonialismo, (…) formas abismales de subdesarrollo y la acción perenne de nuestro gran enemigo” y por otro, errores y desaciertos por cuenta propia. Y no predico porque la contracción que pudo significar en nuestras circunstancias la gran redistribución de pan y de belleza que debe suponer cualquier  proyecto emancipador signifique que el socialismo por ley sea siempre un proyecto carencial. La materialidad de la felicidad junto con la redistribución del poder, la soberanía popular, el acceso a la cultura y la información, la libertad,  la dignidad de mujeres y hombres y el respeto a los derechos de la naturaleza deben ser conquistas  y derechos a garantizar en las concreciones de los proyectos de quienes lo intenten ahora y siempre.

Pero en nuestro caso, esa virtud consagrada en el sacrificio, en el apostolado de la causa revolucionaria, en las esperanzas de un futuro promisorio y en el chiste irreverente con angustias, desaciertos y dirigentes, fue posible gracias a que el hecho revolucionario transformó la vida de las personas y sus relaciones, y la transformación cultural fue tal que las cubanas y cubanos que borraron el sinsabor de la epopeya frustrada de la zafra con cerveza en perga de cartón en los famosos carnavales del 70 eran radicalmente distintos a los que alcanzaron y vitorearon el triunfo del primero de enero. Pero sobre todas las cosas, porque las botas rusas, el pitusa de caqui y la melena reprimida estaban llenos de revolución, y con ellos asistimos a fiestas y conflictos desgarradores, a trabajos voluntarios y enfrentamientos ideológicos,  a victorias celebradas y mezquindades,  a la irrupción de los Van Van y a los santos en el closet. Silvio, Pablo, Noel y “tantos muchachos hijos de esta fiesta” ponían la banda sonora mientras  fumábamos tupamaros, desembarcábamos en la Patricio Lumumba, gritábamos libertad pa´ los pescadores, jugábamos a los Comandos del Silencio. El speddrun, Black Power, Power to the People, free Angela Davis los sentíamos como nuestros, y sobre las mismas botas y el camuflaje cambiamos las manos del timón de un taxi chevy por el de una rastra en caravana en la guerra de Angola.

“El futuro se hizo mucho más dilatado en el tiempo pensable y fue convertido en proyecto”, y sus objetivos retaban a lo imposible, porque de lo posible se sabía demasiado;  esa  “audacia se convirtió en confianza y costumbre” y fue el sustento de tanta resistencia. La epopeya de la Revolución Cubana era la principal fuente de producción de sentido de vida de la inmensa mayoría de los cubanos y las cubanas. Pero a principios de los 70 y en los años subsiguientes le cargaron mataduras al proyecto y los bolos contaminaron tanta obra del espíritu, la que tanto había ayudado  “a crear firmeza de convicciones, capacidad de sacrificio, disciplina, entre otras virtudes”; por el contrario, se censuró la rebeldía, el criterio propio, el pensamiento crítico y la crítica al pensamiento, lo que provocó, cierto, “extraordinarias combinaciones de avances muy notables que cambiaron decisivamente al país, y desviaciones y retrocesos también notables, que hicieron mucho daño y han dejado hondas huellas”.
Comenzó a alejarse de entre nosotros una inédita posibilidad cultural (espiritual) para las revoluciones socialistas de liberación nacional:  aquella que tenía su sustrato en la “pobreza irradiante y sobreabundante por los dones del espíritu”, aquella en que se subvertía la ética del tener por la ética del ser; aquella que ayudaba a que la Revolución nuestra fuese un valladar y una alternativa frente a  las lógicas del desarrollo y el bienestar de la modernidad;  aquella que pudo  parir una nueva subjetividad  para la otra relación con las cosas, un consumo modesto y el goce sano  que nos ayudara a administrar personal y socialmente la  necesidad y el deseo  dentro de límites éticos, estéticos, espirituales y ecológicos y que la plenitud, la vida digna a que aspirásemos fuese un testimonio de humildad  y de solidaridad con los otros y las otras.

Es cierto que a partir de 1986 el proceso de rectificación volvió a poner la mirada en el proyecto nuestro y la mano en el arado cubano que labra el surco de esta epopeya. Pero el óvulo fecundado de nuestros hijos e hijas abrió sus ojos cuando la resistencia de sus padres fue puesta a prueba y, para casi todos,  la vida cotidiana fue duras carencias y proezas por poner un plato en la mesa. La pobreza y el sacrificio dolían; la virtud y el decoro recibieron golpes abrumadores y la promesa de la “tierra sin males” perdió asidero en cabezas y corazones. Pacotilla y consumismo atraparon a no pocos de los que fueron “saliendo de uno en uno del Período Especial”. Los padres sintieron en el alma la cercanía del fin del tiempo que fue futuro,  con sentimientos muy encontrados que no pocos llevaban como “la espina de la promesa incumplida”.  ¿Y nuestros hijos e hijas, los jóvenes? Esa factura se la cobran al proyecto, y su relación con el proceso ha sido muy compleja y diversa. No es desestimable la anomia social.
Si de lo que se trata es, como dice Aurelio, de  reinventar el socialismo, y el socialismo por sobre todas las cosas es una obra cultural y del espíritu, seriamos irresponsables si no reconocemos  que hoy son disimiles las motivaciones y los proyectos personales y grupales de muchas y muchos en esta isla, y que muchos de ellos, por su naturaleza, son un desafío si queremos recolocar la promesa, el proyecto y sus valores entre las fuentes de producción de sentido de vida, si queremos fortalecer y garantizar la continuidad del proyecto socialista. A esta tarea inmensa le son imprescindibles  condiciones materiales dignas para la reproducción de la vida, entre ellas la dignificación del trabajo y su retribución,  pero en lo que esto sucede para las mayorías, como antaño, los cubanos y las cubanas tenemos reservas para ir más allá de las circunstancias. Lo muestran en estos días los habitantes de la región oriental, brutalmente dañada por el huracán Sandy, y los que nos movemos en solidaridad con ellos.   Fernando afirma que hay más de una solución posible. Para desplegar en toda su intensidad las soluciones en curso y todas aquellas que se pudieran emprender, la gente necesita sentirse motivada, y la mejor manera de lograrlo es cuando uno se siente que forma parte, que lo que se va a hacer contó con su contribución —y el debate en torno a los lineamientos fue un buen prólogo— y que mantiene el control y disfruta de sus resultados.
Los cubanos y las cubanas viviremos, de ahora en adelante, con una buena contribución del esfuerzo propio, y como ha sido ratificado, pensando con cabeza propia. Así como se precisa, nos dice Aurelio,  de “mecanismos que hagan innecesarias (o suplementarias al menos) las exhortaciones” para elevar la producción y la eficiencia y un funcionamiento de estos  que armonice la contribución de los sectores estatal y no estatal de la economía, es imprescindible que el pensamiento con cabeza propia de nuestros conciudadanos y conciudadanas  encuentre cauces institucionales, hoy deficitarios, para incrementar su papel,  de manera orgánica, en las decisiones políticas. En un tiempo en que  el liderazgo histórico de la Revolución no estará más entre nosotros y nosotras, debemos innovar y fortalecer  la soberanía popular. Por un lado, el poder de los trabajadores en las organizaciones económicas para el ejercicio del control popular y obrero de la gestión empresarial estatal y privada, su responsabilidad social y ambiental. Por otro lado, la participación popular consciente, organizada y crítica en el ejercicio institucionalizado de la opinión pública y en mecanismos efectivos de control popular sobre las instituciones, dirigentes  y los estamentos burocráticos;  y sobre todo, la participación en la planificación y en la implementación  de políticas sociales y en la rendición de cuentas como mecanismo de seguimiento y evaluación de la gestión en los territorios. Estas son tareas pendientes para que el socialismo sea entre nosotros expresión de un poder de la gente al servicio de la gente.

Empeñémonos en arraigar el ideal, la promesa, el proyecto socialista en los diferentes sectores del pueblo cubano. Solo así podremos mantener  un proyecto de nación independiente, justa, solidaria y fraterna, próspera para todos y todas, con respeto a la naturaleza, inclusiva de la diversidad  nacional, que rechace cualquier forma de discriminación, que es el horizonte que la Revolución, por su raíz popular,  situó como deseado y posible.

En sus viajes por los países socialistas e intentando comprender la crisis que dio al traste con esos regímenes, Frei Betto habló de hambre de pan y de belleza, y mi padre en su tribuna parlamentaria y sus sermones dominicales reclamaba que este pueblo merece un refrigerio. Merecemos  un refrigerio de pan y de belleza. Raúl Castro nos dijo sin tapujos que esta era la última oportunidad: la última oportunidad para la Revolución cubana de desplegar aquella posibilidad infinita que no lograron los socialismos históricamente existentes, que acompaña desde siempre entre nosotros José Martí,  de reinventar el proyecto como toda la felicidad posible para todos y todas, de no dejarnos bloquear por la dificultad que significa imaginar cómo hacer las cosas más allá de la lógica del mercado y del dinero y vivir intensamente el imaginario del fin del capitalismo. Otro modo de ser entre los seres humanos y otro modo de estar con la naturaleza. 

Y “bendito sea el paraíso algo infernal que me parió”.

Noviembre 11 y 2012


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Hermano Silvio:

Acabo de leer tu texto titulado “Materialmente pobres”, en tu blog “Segunda Cita”. Magnífico. Al igual que magníficos, por sinceros y valientes, son los comentarios que te hicieron llegar y publicaste de los compañeros Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera, Aurelio Alonso y Fernando Martínez Heredia, con quien tuve el honor de compartir la mañana en que a ambos y a otros nos entregaron la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, por nuestros ya largos años haciendo algo por la Revolución y el futuro, en el terreno de la cultura.

Estoy absolutamente de acuerdo con tus planteamientos y con los de los ya mencionados intelectuales, y como me encanta opinar, no puedo menos que hacerte llegar mis criterios. Si los añades a los tuyos y a los de ellos, me sentiría halagado. De decidir tú lo contrario, al menos tendré la satisfacción, una vez más, como siempre, de haber escrito o dicho lo que pienso, siento. Y padezco.

Lamentablemente nos habíamos convertido en soñadores, mucho más ingenuos que los socialistas utópicos y hasta llegamos a plantearnos la imposibilidad de edificar el socialismo y el comunismo al unísono, sin saber lo que eran uno y el otro, y mucho más: sin las condiciones objetivas y subjetivas para emprender tamaña quimera, loable en sus objetivos, pero desastrosa en resultados.

No sé quién escribió una vez que los errores económicos se pagan a largo plazo y bastante caros. Y es esa la realidad que estamos viviendo ahora, con la salvedad exclusiva en este mundo convulso de que no vamos a arriar las banderas, ni a colgar los fusiles, ni a convertirnos en genuflexos de los amos del Planeta, ni a pedir perdón, ni a aceptar recetas foráneas, ni a vendernos por las cochinas monedas de los Judas que abundan por doquier. Muchos olvidan una verdad: fuimos hasta 1959 un país prácticamente ocupado por los yanquis. Y desde esas fecha, y hasta nadie sabe cuándo, somos el mismo país, ya no ocupado, pero sí asediado, amenazado, calumniado, y lo que es peor aún: agredido.

Para enfrentar y vencer ese asedio, inventamos fórmulas económicas y productivas erróneas. Y ahora es que andamos en camino de enmendarlas, pero en mi criterio, demasiado lentamente. La paradoja es que nos apresuramos para nuestros disparates, y avanzamos a paso de tortuga para erradicarlos, tarea harto difícil, porque estos mismos disparates fueron cambiando mentalidades, estableciendo premisas y creando unas élites burocráticas e ineficientes, que ahora defienden a capa y espada sus privilegios y prebendas.

Jamás teníamos que haber “nacionalizado” los puestos de frita, las guaraperas, las peluquerías y barberías, las fondas de chinos, los trenes de lavado y los sillones o cajones de limpiabotas. Entrecomillo “nacionalizado”, que fue el término que se utilizó, para aclarar que era incierto, pues casi todos esos timbiriches de poca monta y mucha resolución de problemas cotidianos a la población, eran propiedad de cubanos, salvo algunos chinos o españoles.  Recuerdo que a los dos o tres días de iniciarse aquella ofensiva revolucionaria, el maestro de periodistas que fue Guido García Inclán, en uno de sus editoriales por la COCO, exclamaba a voz en cuello que Fidel no puede administrar ninguna guarapera. A partir de ahí Liborio se convirtió, de la noche a la mañana, no solo en médico, transportista, educador y bodeguero de millones de personas de todas las edades, razas y sexos, sino también pasó a ser fritero, barbero, peluquero, guarapero y limpiabotas. Y no hay ni ha existido jamás un Estado o Gobierno que pueda asumir tales funciones, que por demás, no les corresponden.

Ya antes habían entrado en vigor las dos leyes de Reforma Agraria, que efectivamente, acabaron con el latifundio y las propiedades extranjeras en la agricultura, enormes en extensión y en su mayoría improductivas. Pero al subordinarlas a empresas estatales, trabar sus producciones con el diabólico sistema de acopio, la falta de insumos y aperos, lejos de resolver los problemas de la alimentación del pueblo, lo que hicimos fue crear otros. Ningún director de empresa agropecuaria era en verdad dueño de sus tierras. Devengaba un salario igual si producía 100 quintales que 1000. Y por supuesto, salvo casos excepcionales, todos producían 100. ¡O menos de 100, porque Liborio les pagaba igual, para no dejar a nadie desamparado!

Mis tíos fueron albañiles y cuando fui creciendo conocí que cobraban por contratas, es decir, por lo que edificaban o construían, y jamás un salario fijo.
Otros muchos trabajadores que conocí, devengaban sus salarios a destajos: cobraban lo que producían o los servicios que ofertaban. Inventamos el salario fijo. Y la inmensa mayoría de la población en edad laboral, fue perdiendo el interés por aumentar la producción y la productividad. Siempre pienso que si al menos hubiéramos aplicado durante un semestre la fórmula socialista de “a cada quien según su trabajo”, esos habrían sido los seis meses más felices y productivos de nuestra Historia.

Ahora estamos en la época del famoso cuento del majá mordiéndose el rabo: no se le ven la punta ni la cola. Es imperioso aumentar la producción y la productividad, sobre todo en las esferas de la alimentación y en la sustitución de importaciones, pero no hay dinero para aumentar los salarios. Y con discursos, exhortaciones, vallas, carteles y spots televisivos y radiales jamás vamos a resol ver dicha esencial contradicción.
No soy economista. Pero sí soy un cubano que anda en la calle, escucha a los demás. Y pienso y hablo. Y en las asambleas de todo tipo se ha puesto de moda la frase hermosa de “sentido de pertenencia”, cuando la realidad concreta es que nadie siente que pertenezca a su fábrica, porque la fábrica, en definitiva, no es de él ni del colectivo laboral que la hace funcionar.

Al director, administrador o gerente, lo traen de afuera, en una desacertada política de cuadros, cuando lo más sencillo, práctico, y hasta político-ideológico sería que ese colectivo obrero eligiera a sus dirigentes, democráticamente, de sus propias filas, pues en todos los centros laborales hay Partido, Sindicato y otras organizaciones sociales y de masas, y la democracia participativa nuestra ha dado muestras más que fehacientes de que es, sino la mejor, una de las mejores del mundo, por su limpieza, honestidad y aciertos. Pero ese mismo colectivo obrero, en la inmensa mayoría, no puede disfrutar de las ganancias que produce, porque hay leyes que se lo impiden. Es decir, no pueden adquirir un tornillo para una máquina defectuosa y deben esperar por el empedrado camino de la burocracia que es peor que el del infierno, y menos recibir parte de las ganancias que han elaborado, salvo en contadas excepciones.

Hace unos días, en Tribuna de La Habana, apareció una fotografía de la entrada de la Antillana de Acero, por cierto, en la página donde se critica a los centros en los cuales se encuentran focos de aedes aegypti. Pues bien, al letrero de la entrada, al parecer elaborado con mezcla y alambrón, le faltan las E de las palabras “de” y “acero”.
Allí hay comités del PCC y sindicales, núcleos del Partido y secciones sindicales, comités de la UJC, y hasta realizan anualmente un magnífico torneo de béisbol, previo al inicio de las Series Nacionales. ¿Y Antillana de Acero no dispone de recursos para arreglar ese letrero que está a las puertas de su fábrica? ¿O es que allí nadie tiene sentido de pertenencia, y le importa poco al colectivo laboral si hay dos letras que faltan en su portón de entrada y focos de mosquitos?

Reinventamos el trabajo por cuenta propia, y como le tememos a las individualidades de las cuales se conforman todas las sociedades, le llamamos “trabajo no estatal” o algo parecido. Y le seguimos poniendo trabas: los locales arrendados para gastronomía serán aquellos en que laboren hasta cinco personas. ¿Y por qué no 100 o 300? De todas formas, hay que pagar impuestos, alquiler, electricidad, agua, teléfono y todo lo demás.
¿Por qué un restaurante particular o “paladar” tiene que tener solamente tantas mesas y sillas? Siempre y cuando cumpla con todos los requerimientos laborales, higiénico-sanitarios, tributarios y otros establecidos, que tenga el tamaño que tenga. Y no hay que temerle al resurgir del capitalismo ni a la propiedad privada, porque nuestro Estado revolucionario va a seguir al frente de la Nación, siempre y cuando, como alertó el Comandante en Jefe, no lo destruyamos nosotros mismos.

Como dice el añejo refrán: no podemos comprar pescado y cogerle miedo a los ojos. Y si acaso nos volvemos a equivocar, eso no es nada nuevo para nosotros: volvemos a rectificar y punto. Pero peor es la inercia y la falta de valor.

Me quedan otros aspectos, entre ellos el de nuestros deportistas, al cual quizás me refiera en otro comentario. Estas, por ahora, son mis ideas, dichas así, crudamente, pues siempre me ha gustado llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no creo que vaya a cambiar después de viejo.

Un abrazo grande como siempre,
Héctor Arturo.


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Estimado Silvio:

Soy uno de los muchos seguidores de su obra poética y de su actitud cívica, y lector esporádico de su blog, aunque nunca he participado en los comentarios. Motivado por los últimos post que he conocido vía el boletín de Cubadebate, donde en mi opinión de una manera efectiva y valiente se abordan con espíritu polémico pero constructivo diversos aspectos de nuestra problemática nacional, le remito el texto que sigue a continuación para que Ud. considere o no su publicación. Es una manera de hacer un pequeño aporte al intercambio de ideas. No lo remito a su blog pues no tengo por ahora posibilidad de acceder a Internet en la empresa donde trabajo por reparaciones en los servidores. Queda de Ud. con todo respeto y admiración.

Carlos Luque Zayas Bazán


¿Será siempre cierto que el hombre piensa como vive?


La cuestión crucial de nuestro tiempo –del escenario socioeconómico cubano de ahora mismo– es cómo llevar a buen puerto los cambios necesarios en medio del torbellino impune y genocida con que los ricos azotan a su antojo varias coordenadas del planeta, con entera conciencia –hoy más lúcida que nunca– de que algunos países de nuestra región, señaladamente Venezuela y Cuba, están entre los próximos objetivos de su arremetida guerrerista. Así, nos vemos obligados a avanzar por un estrecho desfiladero que, cual el Escila y el Caribdis del cuento mítico, por una ribera nos amenazan con debilitarnos nuestras propias manquedades, –y el imperativo de recrear constantemente el proyecto socialista con un mínimo de errores–, y por la otra, el ojo vigilante de la fiera que no perdonará el más nimio descuido para asestar su zarpazo, al estilo “inteligente” de los tiempos que corren.

Porque si bien es cierto que la vieja sabiduría de la plaza sitiada aconseja precaución y ritmo cuidadoso, el cambio demasiado cauteloso puede virarse contra nuestros objetivos, haciendo trabajar el tiempo a favor de los que internamente se resisten a oír la voz mayoritaria que emana del mismo centro político del gobierno, vale decir, por ejemplo, la burocracia entronizada en sus privilegios, o las mentalidades que ya no pueden responder al llamado de la transformación. Por añadidura, allí donde se frene el riesgo y la arremetida necesarios para lograrlos cambios, también encontrará el enemigo elementos a su favor, o dicho de otro modo: precipitar las cosas pueden favorecerlos, y ralentizarlas, también.

La única respuesta capaz de deshacer el nudo gordiano de esta encrucijada es que ahora más que nunca es necesaria la revolución. Si aquel puñado de hombres del 53 se detenía, sólo por un segundo, a pensar en la locura temeraria que podía parecer atacar una fortaleza de la tiranía con unos pocos fusiles, la acción del Moncada nunca hubiera ocurrido. Ahora, en cambio, nos parecería que el enemigo aprendió demasiado bien de la época de las revoluciones guerrilleras; que hasta el último entramado de los organismos políticos y financieros internacionales de explotación se mueven por los hilos de que ellos tiran con total desparpajo, a saber, la organización de las naciones, que hace de títere de las oligarquías; que el armamento de destrucciones cada vez más poderoso e impune en su cobardía teledirigida; que no existe un bloque opuesto que disuada con un poder de destrucción similar al cinismo y la mentira. Todo ello es cierto, pero detenerse es morir con más rapidez.

Nadie tiene a mano las respuestas infalibles, pero, como en otros muchos casos, se puede vislumbrar con más claridad qué es lo que no debemos hacer.

1) No descuidar jamás la defensa. Apenas vislumbren algún signo de debilidad, nos caerán encima. No es una imagen literaria, está reconocido por brillantes pensadores contemporáneos: ellos atacan a los débiles, como hacen algunas fieras de las selvas.

2) No descuidar jamás la fortaleza de la espina dorsal política de nuestro proyecto socialista, que se puede enunciar con la sencilla frase del Che: al enemigo, ni tantico así. Somos antiimperialistas, que es lo mismo que anticapitalistas, que es lo mismo que anticolonialistas, que es lo mismo que internacionalistas. Ninguna veleidad será perdonada, ningún giro vacilante será inadvertido. Los ejemplos del mundo de hoy ya sobran.

3) No desoír jamás la voz del pueblo. Eso sería suicida. Pero teniendo en cuenta que el de hoy es un pueblo mucho más heterogéneo que el del 59 y que la mayoría ya ha nacido después de los tiempos heroicos de la Revolución. Que nos hemos forjado en un espíritu de resistencia pero que, a la vez, hay signos evidentes de cansancio y confusión en algunos ciudadanos, exceptuando a los traidores y asalariados de siempre de esta consideración, porque ese es y será unos de los objetivos del largo bloqueo que hemos sufrido hasta hoy: mellar la heroicidad y la unidad, sembrándonos en el imaginario la ilusión de que una vida material más próspera es posible bajo otro régimen que el socialista.

Pero el cansancio puede sacudirse con participación, el burocratismo, con control. Control de parte de los que no están en el poder. No podemos desoír ya jamás una vieja enseñanza: el hombre que recibe y acepta privilegios, tarde o temprano se acomoda y prostituye: se transmuta en un contrarrevolucionario, más efectivo aún que el capitalista, para desarmar y desalmar a las revoluciones. Esa fue la razón –y una decencia intrínseca en su base– por la que el Che rechazó un día ciertos distintos manjares que aparecieron sobre su mesa familiar en virtud de una tarjeta de racionamiento que no era la común de todos: ordenó devolverla. Hasta que no logremos que ese gesto sea nuevamente la ética de todo el que tenga una responsabilidad estatal, no seremos capaces de construir lo que anhelamos. No pueden pedirse peras al olmo. No puede pedirse que hagamos una cosa y veamos lo contrario. No se trata de aspirar a ser un pueblo de ascetas, ni mortificarnos la carne con laceraciones de pobreza. Todo lo contrario.  Pero mientras los panes y los peces no puedan estar a la mesa de todos, no debemos hablar de socialismo. Eso es lo que significa desoír al pueblo.

4) Sin embargo, no podemos ser igualitaristas. Cómo resolver esta aparente contradicción?

Para ayudar a esta reflexión colectiva, me remito a Julio César Guanche, parafraseando ideas suyas expuestas en “Alrededor de la celebración del VI Congreso del Partido. Una pasión política.”

El igualitarismo no es la corrupción de la igualdad. No es lo que debemos evitar. La corrupción de la igualdad es la desigualdad: eso es lo que debemos evitar. La corrupción del igualitarismo es la uniformidad, porque significa la restricción de la diversidad. Porque si la Revolución nos ha garantizado una elevada cuota de iguales oportunidades para acceder al conocimiento, a la cultura, a la salud, y por lo tanto, al crecimiento individual, hay que evitar “dar a todos lo mismo” sin velar cuidadosamente cuánto aporta cada cual a la causa económica común. Eso, en cuanto a la redistribución de la riqueza creada.

5) Debemos ser capaces de destronar a la burocracia política. Declararnos otra vez impotentes de hacerlo es admitir nuestra derrota.

En cuanto a lo político, para luchar con éxito contra el burocratismo, para evitar que el gobierno de todos y para todos se convierta imperceptiblemente en el gobierno efectivo de unos pocos sobre la mayoría, a través del argumento de la representación elegida, hay que garantizar el gobierno de la contraparte a través de instrumentos de control popular, elegibles y rotatorios, con marco jurídico y posibilidad política de realizarse, de manera tal que los mismos que ejercen el poder no sean los mismos que fiscalizan y juzgan los resultados y las consecuencias de los actos de gobierno.

En política, “el trato igualitario es condición del pluralismo.” Pluralismo en Cuba no debe entenderse como existencia de varios partidos, sino cuando, en otra circunstancia histórica muy distinta que no se avizora todavía, eso se juzgase necesario. Pluralismo es evitar el monótono y letal predominio incontestable de la opinión de unos pocos, las decisiones opacas al conocimiento de las mayorías, la falta de transparencia de las decisiones a los ojos de los que no ejercen, de modo efectivo, ningún poder real, sino a través de una representación. Que todo acto burócrata sea sometido a vigilancia e impugnación popular, que exista la posibilidad de discutir y debatir ideas distintas de resolver un problema o encaminar una solución. En fin, que cada ciudadano haga valer en el parlamento su cuota de poder. Y en resumen: hacer más dependiente el ejercicio del poder estatal de las demandas y el control de la ciudadanía. Eso, en buen romance, significa que deben existir mecanismos de control jurídicos para permitir que se vaya mucho más allá del slogan y la declaratoria de deseos, para hacer tambalear de modo efectivo y real la impunidad cuando las decisiones y los actos de gobierno comienzan a velar más por los intereses particulares que por los sociales, cuando la falta de acometividad, creatividad y talento entorpece el avance, cuando el acomodamiento engendra el amiguismo y la corrupción.

6) A la imagen cultural que hoy predomina en el mundo como la única posible o la más apetecible, es decir, a la capitalista, hay que oponer, construyéndola con efectividad, una cultura otra donde el SER no se diluya en el TENER, donde VIVIR no se confunda con CONSUMIR, donde VALER no se reduzca a COMPRAR. Si eso fuera fácil ya se hubiera construido una gran parte del socialismo. En la frase del Che: “El desarrollo económico sin la desalienación del hombre no nos interesa”.  Es la tarea más difícil que tenemos por delante, porque el capital parece tenerlo todo para imponer su visión del mundo: los dineros y los medios de comunicación, la mentirosa promesa de que todos pueden gozar del confort que muestran sus vitrinas y la persistente invitación a sentarse en las cómodas sillas de la satisfacción de los más bajos apetitos. Una ola de indignación recorre hoy el mundo: pero muchas de sus más hondas motivaciones sigue siendo la pérdida del bienestar de que gozaban a costa de la explotación de los pueblos de la periferia mundial. El capital parece tenerlo todo, menos que un mayoritario por ciento de la población. Somos mayoría, pero aún debemos encontrar el camino efectivo de destronarlos.

7) Hacer lo que debemos hacer, declararnos siempre insatisfechos, pero vigilar con el otro ojo al enemigo. Sobre todo al enemigo interno, pero no ese que se sitúa claramente en la otra ribera, sino el que aparentemente a nuestro lado, simula mientras medra.

Y permítaseme una tonta utopía, que, al fin y al cabo, tantas se han escrito sin permiso. Este será siempre un ejercicio difícil, mientras no se elija al que gobierna y a su contestatario. Debieran existir dos parlamentos, coexistiendo en la misma sala: mientras uno debate,  propone, legisla y gobierna, el otro le contradice y revisa, con el único compromiso de ser juzgado por la mayoría que escucha y valora. O dividir el parlamento elegido en dos sesiones intercambiables en esos papeles. Y hacer que sus miembros sean sometidos más frecuentemente a la discusión popular, de manera que no creen compromisos de bombos mutuos. Todo eso se podría lograr sin menoscabar el poder de los elegidos y fortaleciendo el poder de los electores.

Carlos Luque Zayas Bazán