viernes, 13 de junio de 2014

Cantar en / por Nicaro

Por Víctor Casaus

“Vamos a hacer tres piezas, si ustedes aguantan”, amenazó Frank Fernández, cuando invitó a Niurka González, “la mejor músico joven de nuestro país” según sus palabras, a acompañarlo en el escenario de ese nuevo concierto de La gira interminable.

Y la gente de Nicaro, reunidos en la plaza René Ramos Latour, con el fondo impresionante de la fábrica de níquel detenida en el tiempo pero no en el corazón de los nicarenses, no sólo “aguantaron”, sino disfrutaron esa convivencia pacífica, creadora de la música culta y la música popular. Así vendrían, de Frank y Niurka, el primer movimiento de la Sonata de Mozart, la Siciliana de Juan Sebastián Bach y la letra, cantada por la toda la gente desde la plaza, de ese monumento a la canción que es “Quiéreme mucho”.

Antes Frank ya había sido presentado por Silvio y había tocado la versión del “Ave María” de Schubert, en versión para piano, mientras compartía recuerdos y confesiones de mayarisero ausente-presente:

Muchos de ustedes no lo saben pero el primer coro que se hizo en este lugar –años 60, 61– lo fundé con los trabajadores de los altos hornos. Veníamos de Mayarí y llegamos hacer conciertos importantes, uniendo el coro de Mayarí : llegamos a Santiago de Cuba y tuvimos mucho éxito. Todo eso ahora no está, pero también está. De alguna manera las cosas permanecen, sobre todo las cosas buenas hechas de corazón.

Después las tres obras “aguantadas/disfrutadas” con Niurka, Frank invitó a Silvio con estas palabras:

Antes de que se queden con el trovador y sus magníficos músicos, quiero recordar cuando hace muchos años atrás tocábamos juntos, cantábamos juntos. Entonces empezó nuestra amistad, que dura hasta hoy y espero que sea eterna. Por eso también, invito a Silvio a que haga dos canciones conmigo: “Requiem” y “Rabo de nube”.

Este segundo concierto de la gira oriental me permitió re-conocer los escenarios de esta zona rica y compleja de la geografía, la economía y la historia del país. Y, para presentar a Silvio, hice llegar a los nicarenses estas palabras que tomo ahora de mis apuntes del día y con las que continúo esta crónica urgente.

Querida gente de Nicaro:

Es una alegría compartir con ustedes este trabajo maravilloso de esos imprescindibles de que Silvio hablaba, con la presencia de Frank Fernández, esa gloria de la cultura cubana.

Silvio ha tenido la idea formidable de traer las manifestaciones artísticas hasta estos lugares, yhemos comprobado juntos –para nuestra alegría– que la cultura ya está aquí, de muchas formas. Aquí en Nicaro –como en Moa, a donde iremos el viernes– ha estado a través del trabajo del níquel, durante décadas: eso es parte esencial  de la cultura popular de la gente y de la vida de la gente.

Desde las instituciones del níquel se han organizado eventos artísticos, concursos de literatura, en los que se ha expresado la riqueza cultural a partir de esa riqueza material, de la naturaleza, que marca estos paisajes impresionantes.

Además de hacer en este momento la donación de libros que esta Gira… siempre trae a las comunidades, provenientes del sello Ojalá, del Instituto Cubano del Libro y del Centro CulturalPablo de la Torriente Brau, vamos a tener aquí la entrega del Premio Lengua de pájaro a Silvio y a Frank. Ya hemos hecho llegar los libros, esa biblioteca que invita a leer y a pensar, a la Escuela Primaria Tania la guerrillera, de Nicaro. Y ahora quiero invitar aquí a la promotora entusiasta y sostenida de ese Premio durante más de dos décadas: Sara Remedios.

Sara nos habló a todos, después de escuchar, una vez más emocionada, las estrofas del poema “Nicaro”, con el que Jesús Padua ganó la primera convocatoria al Premio Lengua de pájaro en el año 1992:

​Mi pueblo es un barco grande
​encallado en la bahía, su mole
​de hierro y polvo se ha robado
​el alma mía.

En nombre del pueblo de Nicaro queremos entregar el Premio Lengua de pájaro a Silvio y Frank por habernos dado el placer de disfrutar de su arte. Explico que este es un premio único –cuyo original fue creado por el escultor nicarense Noel Peña– que solamente lo han recibidoantes los ganadores del Concurso del mismo nombre que lleva 22 años celebrándose. Este es entonces un Premio Especial para Silvio y para Frank, a nombre del pueblo de Nicaro.

La Gira interminable sigue. Por eso, porque es interminable, y el viernes estaremos en Moa, donde Silvio hará esa última etapa de esta jornada oriental, esta invasión de Occidente a Oriente. Esta también es una guerra, como aquellas, por la libertad y la independencia, trayendo la belleza y el amor.

Allí en Moa está invitado el dúo Cofradía, integrado por Pachi y Lía, que trabajan actualmenteen Trinidad, y estará también el trovador de estas tierras Fernando Cabreja, quien organizó por más de una década el Festival de la Trova en Moa, y nos acompañó en Nicaro, desde elpúblico junto a Edelis Loyola, su compañera y trovadora nacida en Punta Gorda.

Para concluir la noche, silviófilos y silviófilas de la región se acercaron para felicitar y saludar al trovador. Entre ellos, algunos periodistas aventuraron las preguntas finales de la jornada, que Silvio respondió:


Periodista:
¿Qué importancia tienen la música y la canción traída por usted a estos lugares?

Silvio:
Eso es parte de lo que hace el hombre para su goce, para su bienestar, y que tiene sobre todo esa utilidad: una utilidad espiritual, una función que desencadena sentimientos, emociones. Me parece bastante eso. Y por eso nos alegra mucho hacerlo.

Periodista:
El público cubano sigue viendo a Silvio como aquel jovencito, muy delgadito, y sigue soñando con esas canciones. ¿Entraña eso algún compromiso?

Silvio:
Ya me dijiste viejo y gordo en una sola pregunta. Es verdad. Pero para hacer música, para querer a la gente y para que la gente despierte emociones en uno, y para uno intentar la viceversa, no hay edad, ni hay peso: solamente hay ganas.

Periodista:
¿Cuáles son los sueños de Silvio hoy?

Silvio:
Terminar las entrevistas, para irnos a descansar después de un día maravilloso como el de hoy.Muchas gracias.

Prueba de sonido

La fábrica que no se puede retratar

Imprescindibles al acecho

Gente de Nicaro...
















viernes, 6 de junio de 2014

Expedición barriholguinera

Salimos de La Habana a las 8 y media am, paramos en Sta Clara y en Florida (baños con agua y presentables). Tras esquivar algunos caballos y vacas sueltos por el camino, llegamos a Holguín a las 5. Parece que los conciertos de Mayarí y Nicaro están muy bien organizados. Decidimos hacer el de Moa, pese a algunas descordinaciones de las que el pueblo no tiene la culpa.

Frank Fernández está celebrando sus 70, que cumplió el 16 de marzo, y estará con nosotros en los dos primeros. El día del concierto de Moa le hacen un homenaje en Holguín.  Ese día tendremos como invitados al dúo Cofradía.
Ensayo en Holguín

Oteando Mayarí

Monumento a Altagracia Tamayo, madre de Frank Fernández, precursora del arte musical en Mayarí.

Nicaro irrumpe en la prueba de sonido




domingo, 1 de junio de 2014

Carlos Rafael en sus 101

Flaco: Te envío las palabras que dije en el XI coloquio sobre Carlos Rafael, en Cienfuegos, el 23 de mayo pasado, día de su 101 aniversario. Un abrazo,
Raúl

Raúl Roa Kourí, Carlos Rafael Rodríguez, "El Flaco" y Vicente Feliú,
década del 70

Hoy 23 de mayo Carlos Rafael Rodríguez habría cumplido 101 años. En esa fecha de 1913 nació en Cienfuegos, la bella “Perla del Sur” que todavía muestra la impronta de sus fundadores franceses venidos de la Nueva Orleans.  Cursó sus estudios primarios en el Colegio Monserrat “de los jesuitas”, quienes, según él me dijera, fueron responsables de  su rigor intelectual; y los secundarios en el colegio Academia Champagnat de los Hermanos Maristas de esa ciudad.

Desde muy joven Carlos Rafael inició sus lecturas de José Martí, amén de otros clásicos de la lengua, y, por supuesto, de escritores de la antigua Grecia y la Roma eterna.  Inicio su vida política en 1929, cuando  cobraron auge las luchas estudiantiles contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, que cuajaron en aquella tremenda tángana del 30 de septiembre de 1930, en que corrieron juntas sangre estudiantil y sangre obrera.  Allí cayó Rafael Trejo y fueron heridos Pablo de la Torriente Brau e Isidro Figueroa.  Por esos días, Carlos  ingresó en el Directorio Estudiantil, creado en Cienfuegos tras la muerte de Trejo.  Fue dirigente del DEU durante toda la lucha antimachadista, sufriendo prisión en 1931.

Depuestos Machado y el gobierno provisional de Carlos M. de Céspedes, que le sustituyó tras la “mediación” de Sumner Welles, por el movimiento estudiantil y los sargentos y soldados sublevados el 4 de septiembre de 1933, Carlos Rafael fue designado parte de un triunvirato que ocupó la Alcaldía de Cienfuegos.  Carlos, como mi padre antes, se desligó del DEU por hallar que sus fronteras ideológicas no traspasaban las de la República semicolonial, supeditada al imperialismo yanqui, y se enroló en el Ala Izquierda Estudiantil, orientada por el Partido Comunista de Cuba, al cual adhirió en 1936.

Había fundado, durante aquellos años de lucha, con otros compañeros de estudios e inquietudes, entre los cuales figuraban Juan David, Raúl Aparicio y Edith García Buchaca, el Grupo Ariel, de decidida postura martiana y antimperialista.  A éste se debió una importante actividad patriótica e intelectual, que trascendió las fronteras de Cienfuegos, para ser reconocida en todo el país.

Si, como ya dije, debió su rigor intelectual al colegio jesuita, fueron también las vastas lecturas de los clásicos del pensamiento marxista y la literatura universal, su permanente curiosidad intelectual, las que le permitieron conocer a fondo la literatura rusa, soviética y estadounidense e incursionar más tarde en los contemporáneos japoneses, austriacos, nórdicos y latinoamericanos. Ello  dio fundamento a su condición de intelectual orgánico en el sentido gramsciano.
 
Cursaba yo, en 1955, los primeros años de la carrera de Ciencias sociales y derecho público en la universidad habanera -nuestro exilio en México me había impedido matricular antes- cuando Luis de la Cuesta, entonces director de cultura de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y, desde hace años, tránsfuga avecindado en Miami, me convidó a una reunión de Juan Nuiry, presidente de nuestra Asociación de estudiantes, y dirigente de la FEU, con Carlos Rafael Rodríguez.

Se trataba de conversar con éste sobre la situación nacional y revolucionaria, la política que venía desarrollando José Antonio Echevarría a la cabeza de la FEU, las  acciones progresistas y antibatistianas de su dirección de cultura, para conocer de primera mano la visión que de todo ello tenía entonces el Partido Socialista Popular (PSP) a cuyo Comité Nacional pertenecía nuestro interlocutor.

No había disfrazado en modo alguno su conocida estampa: tenía el cabello libre de las canas que luego le vimos, y por supuesto, más poblado; usaba espejuelos de aros redondos y bigote cuidado.  “A ti te conocí recién nacido” –me dijo– “aunque luego nos encontramos con tu padre en alguna librería de la Habana Vieja”.

Efectivamente, yo recordaba a Carlos también de mi adolescencia, pues a los 14 o 15  años lo saludamos Javier Pazos y yo en la editorial Páginas, que él dirigía, en cuya librería  procurábamos hacernos de literatura marxista.  En 1936, al regresar mi padre de un breve destierro en los Estados Unidos, tras la huelga de marzo de 1935, ahogada en sangre por Fulgencio Batista y José Eleuterio Pedraza, Carlos Rafael le había visitado en nuestra casa para instarlo a ocupar en el Partido Comunista (PC) el lugar que había dejado al morir Rubén Martínez Villena.

Por supuesto, la modestia característica de Roa le inhibía de imaginar siquiera poder llenar el gran vacío que se produjo en el movimiento revolucionario y obrero con la desaparición del que fuera no solo digno sucesor de Mella, sino brillante agitador, pensador, organizador y dirigente de la lucha contra Machado. Pero además, Roa junto a Pablo de la Torriente, Gustavo Aldereguía, Manuel Guillot, Ramiro Valdés Daussá, Leonardo Fernández Sánchez y otros compañeros discrepaban ya de algunas posiciones de la Internacional Comunista dictadas por Stalin, que adoptó el PC cubano, como los demás miembros de la Internacional.

Aquella discrepancia no implicaba, en modo alguno, que ambos no continuaran  -Roa como “francotirador” y Carlos Rafael como militante del PC-  su brega revolucionaria: entendieron desde muy temprano, que los campos en Cuba estaban claramente deslindados; los que combatían por la liberación nacional y el socialismo frente a los que respaldaban la brutalidad imperialista, la neocolonia, el racismo, la discriminación racial, y la opresión social.  Ninguno creyó jamás en la llamada “neutralidad” de la cultura.

Carlos Rafael ha dicho que, alguna vez, quiso ser escritor. Los deberes de la lucha le convirtieron en un escritor al servicio de la causa en que creía.  Confirmó así que “el combatiente que siempre quiso ser se sobreponía en él al escritor que no cuajó enteramente”.  A mí me confió que era tanto su afán por hacer las cosas bien, que cuando se dio cuenta que no escribiría jamás como los clásicos, optó por desistir de aquel empeño.  En realidad sus ensayos, artículos, discursos y notas tienen un estilo sobrio y afilado, de ahí que al recogerlos hace algunos años, en los tres tomos publicados por la editorial de Ciencias Sociales, los titulara Letra con Filo.

En su manera de ver nuestra historia y el proceso de la cultura y el pensamiento cubanos está (cito) “implícito el esfuerzo, que no creemos del todo fallido, de evadir el encuadre dogmático –tan frecuente hace 40 años– y de recuperar el método creativo que Marx y Engels usaran en el Dieciocho Brumario y en las Guerras Campesinas, y que aparece diseñado –creemos que por primera vez en la teoría de habla española–  en el ensayo (1943) en que proponemos una escritura de la historia de Cuba que utilice no las supuestas categorías estériles de un marxismo esclerosado, sino la forma vivaz, rica y bullente de los propios clásicos”.

En diversos trabajos del libro al que nos referimos, no solo se encuentran sesudos análisis de la estructura económica de la Cuba prerrevolucionaria, sino polémicas esclarecedoras -como la sostenida con el Dr. Raimundo Lazo, viejo liberal, profesor y miembro del Partido Ortodoxo- sobre el verdadero contenido de los conceptos marxistas de la libertad, el individuo, la democracia, el Estado y la revolución.  Hoy vale la pena releerlos, porque tras la crisis y el derrumbe de la Unión Soviética y el llamado “socialismo real”, el combate por un verdadero socialismo democrático y representativo está a la orden del día. 

En 1971 fungía yo como director de relaciones internacionales en el ministerio de la industria alimentaria (MINAL), bajo la dirección de José A. (Pepín) Naranjo y había asistido, en esa capacidad, a una reunión de la comisión respectiva del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) que tuvo lugar en Checoslovaquia.  El director de esta rama en el Consejo,  me invitó a visitarle en la sede del CAME en Moscú, donde obtuve valiosas informaciones para nuestra industria.  De aquella conversación nació mi interés por impulsar la colaboración del MINAL con los países miembros. 

Al conocer que el Departamento CAME del MINCEX sería atendido, en lo adelante, por la Comisión de Colaboración Económica y Científico Técnica (CNCECT), que presidía Carlos Rafael, aproveché un encuentro fortuito, en el velorio del viejo revolucionario, amigo de Mella y médico de Rubén Martínez Villena, doctor Gustavo Aldereguía, para preguntarle si podría serle de utilidad en ese ámbito. Repuso que podría ser su Director, pero que yo mismo debía obtener la anuencia de Pepín Naranjo, pues no se dedicaba “a piratear cuadros”.

Obtenida la autorización, que Carlos confirmó telefónicamente, pasé a formar parte del “pequeño ejército loco”, como lo denominaba –burlas veras– su vicepresidente, Francisco (Pancho) García Valls, lamentablemente fallecido hace pocos años, con quien anudé entrañable amistad. Carlos me citó a su despacho y me advirtió, de inicio: “Los verdaderos revolucionarios, como tu padre, como yo, tenemos enemigos; algún compañero de la dirección –pero no de las más alta dirección– manifestó su inconformidad con tu traslado a mis oficinas. Siempre que tengas razón, puedes contar con mi apoyo, pero si fallas, pedirán tu cabeza. Te lo digo ahora, que ya formas parte de la Comisión.” Agradecí siempre su franqueza y, como pueden ver, mantengo todavía la testa sobre mis hombros.

La idea de Carlos Rafael no era que Cuba ingresara de inmediato como miembro pleno a la organización integracionista del campo socialista.  De hecho, al iniciar mis estudios sobre como mejor colaborar con el CAME me dijo: “no debemos aspirar a una relación tan intensa como la de Polonia, ni tan tenue como la de Yugoslavia, que era miembro asociado; podría ser como la de Mongolia, pero teniendo en cuenta nuestro mayor nivel de desarrollo relativo”.

Al ser invitados en 1972 a la sesión del CAME en Moscú, esa fue la posición aprobada por nuestro gobierno. Sin embargo, tras el brillante discurso de Carlos Rafael, en que asentaba nuestra colaboración con ellos en la triple condición de país latinoamericano, socialista y no alineado que podría servir de puente en el futuro para la integración con nuestro continente y de este con el CAME, el primer ministro de la URSS, Alexei Kosiguin, propuso nuestro ingreso como miembro pleno, lo que fue adoptado por aclamación.

Los años de Cuba en el CAME son harto conocidos; a esta colaboración, pero sobre todo a la sostenida con la URSS, debe en gran parte nuestro país el desarrollo de varias ramas industriales nuevas (máquinas herramientas, implementos agrícolas, combinadas cañeras, alzadoras de caña, nueva planta de níquel, termoeléctricas, fábricas de cemento y otras más), el crecimiento de nuestras exportaciones e importaciones a precios justos, la coordinación de planes y la cooperación en la producción y en los planes de especialización de la producción, a escala del campo socialista.

Durante cinco años trabajé con Carlos Rafael como secretario permanente para los asuntos del CAME y no puedo ahora –no es la ocasión– referirles cuánto aprendí de él y del trabajo conjunto con los compañeros que dirigían otros sectores de la CNCECT. Como jefe, Carlos Rafael era exigente, pero dejaba “volar” a sus subordinados.  Prefería aquellos que pensaban con cabeza propia, aunque discutía sus ideas rigurosamente.  A la hora de hacer valoraciones era más bien parco.  Un día se lo dije y me dio la razón: “antes de la revolución mi jefe (Blas Roca) fue siempre poco dado al elogio; tampoco lo es Fidel.  Por eso, tal vez, mis evaluaciones sean como son”.  Repuse que de todos modos una palmadita en el hombro de vez en cuando no vendría mal, y estuvo conteste, pero siguió siendo austero en el uso de adjetivos.

Estaba previsto que yo remplazara a García Valls –nombrado Ministro Presidente del Comité Estatal de Finanzas (CEF)– como Vice representante en el CAME; en una ocasión, volando hacia Moscú a una reunión de su comité ejecutivo, indiqué a Carlos que no obstante hallarme preparado para asumir esas funciones, preferiría quedarme trabajando con él en sus nuevas tareas como Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros.  Se alegró, pero me puso como condición buscar un sustituto adecuado.

Resuelta la sustitución de García Valls, me estrené en 1977 en el cargo de asesor de política internacional del también jefe del sector de Relaciones Exteriores de nuestro gobierno, desde el cual colaboré en las múltiples tareas de Carlos Rafael durante dos años, al cabo de los cuales fui designado nuevamente embajador, representante permanente ante las Naciones Unidas.  Resulta ocioso decir que el “asesor” sacó más provecho de aquella relación que su jefe, aunque tampoco fue inútil mi “contribución”.

En el período de 1978 a 1984, mis relaciones con Carlos no fueron menos intensas, tanto por las reuniones preparatorias de la 6ta cumbre de los países no alineados, celebrada en La Habana en septiembre de 1979, que él presidía, como en las siguientes cumbres, a las cuales asistí, sostenidas en la India y Zimbabwe, así como las reuniones extraordinarias de la Asamblea General de la ONU sobre Desarme, a las que encabezó nuestra delegación.
En años anteriores, Carlos Rafael, quien desde 1974  supervisaba el sector de Relaciones Internacionales como Vicepresidente del Consejo de Ministros, realizó importantes gestiones en la ONU, sobre todo en materia económica.  Así, dirigió la elección de Cuba a la Junta de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) y luego al Consejo de Administración del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), lo que constituyó una gran victoria política,  subrayando las modificaciones que tenían lugar en la ONU tras el advenimiento de nuevas repúblicas o estados independientes en Africa, Asia y el Caribe.  Ya no tenían los Estados Unidos aquella mayoría mecánica que en los años 50 les permitía hacer y deshacer en la arena internacional.  Surgía entonces, como asevera Oscar Oramas en su trabajo titulado Carlos Rafael Rodríguez el Diplomático, una nueva mayoría que nos acompañó desde las primeras votaciones contra el bloqueo hasta garantizar el apoyo casi universal con que contamos hoy.

Carlos Rafael defendió entonces la tesis de que los países desarrollados, en particular las potencias coloniales, eran responsables del subdesarrollo; el concepto de desarrollo frente al del crecimiento económico, que muchos confundían; y la necesidad de que el desarrollo tuviese un contenido social imprescindible, así como la necesidad de crear un nuevo orden económico internacional, justo y equitativo.

Fueron los tiempos en que Cuba había sido excluida arbitrariamente del Grupo Latinoamericano (GRULA), en los organismos internacionales del sistema de Naciones Unidas y, por ende, no pudo integrar el Grupo de los 77, creado durante la Primera UNCTAD, en Ginebra.  No fue hasta 1972, tras una “complicada negociación que incluyó etapas en Ginebra y Nueva York y un forcejeo a distancia con Brasil”, que Cuba fue reconocida como miembro de los 77, pero no del GRULA, cosa que sucedió años más tarde, una vez que el aislamiento de Cuba en el subcontinente comenzó su “progresivo y rápido desmoronamiento”.

Cuba ingresó al Movimiento de los Países No Alineado en 1961 durante su primera cumbre efectuada en Belgrado, Yugoslavia.  El Canciller Roa había sugerido dicha participación, como  medio para romper el aislamiento que el imperialismo quería imponernos no sólo en nuestra América, sino en el resto del mundo.  El Presidente Osvaldo Dorticós -cienfueguero ilustre también y hombre de gran talento- iba al frente de nuestra delegación.  La Patria de Martí fue la única de América Latina en participar con pleno derecho; Bolivia y Brasil asistieron como observadores y México como invitado.

Allí se reconocía , por primera vez en un Foro Internacional a nivel de Jefes de Estado y Gobierno, el derecho de Cuba a recuperar el territorio ilegalmente ocupado en Caimaneras por la Base Naval de Guantánamo, impuesta a la república mediatizada en virtud de la   Enmienda Platt; se anudaron vínculos con los nuevos estados emergentes de Africa y Asia; y colaboramos con los revolucionarios del African National Congress (ANC) de Sudáfrica, el Movimento pela Libertaçao de Angola (MPLA),  el Frente de Libertaçao de Mozambique (FRELIMO) y el Front National de Libération Algérien (FNLA). Todos ellos conquistaron, pocos años después, la independencia de sus países respectivos.

El MNOAL, cuyos guías originales fueron Josip Broz Tito, de Yugoslavia; Jawaharlal Nehru, de la India; Gamal Abdel Nasser, de Egipto; Kwame N’Kruma, de Ghana; y  Ahmed Sukarno, de Indonesia, tuvo un antecedente en la Cumbre de Países Afroasiáticos sostenida en Bandung en 1955. Pero había una diferencia notable: a la de Bandung no asistió Yugoslavia, pero sí la República Popular China, mientras que a la de Belgrado ésta no asistió.  En 1955, antes de aflorar las divergencias chino-soviéticas, la RPCH formaba parte del campo socialista; en 1959, Yugoslavia hacía años que nada, o casi nada, tenía que ver con éste, sin embargo, ambas reuniones se pronunciaron por   la paz,  el desarme general y completo, la coexistencia pacífica, contra el racismo, la discriminación racial, el colonialismo, el neocolonialismo y el imperialismo. Dichos principios guían la acción  del Movimiento hasta nuestros días, a pesar de los cambios trascendentales que han tenido lugar en el mundo.

Carlos Rafael desempeñó un papel importante en ese período en el que tuvieron lugar cumbres no alineadas fundamentales, como la 4ta en Argel, a la que asistió Fidel, presidiendo nuestra delegación, que dio un giro antiimperialista decidido al movimiento, a pesar del ingreso de países cercanos a los imperialistas franceses, británicos y norteamericanos, y a la 5ta Cumbre, celebrada en Sri Lanka que propuso a Cuba como sede de la 6ta.  Carlos Rafael encabezó nuestra delegación a Colombo.

Desde su posición como dirigente del Partido y el gobierno, Carlos Rafael mantuvo una fecunda actividad. Si en sus años mozos, como todos los militantes del PC, no dejó a veces de ser dogmático y sectario, su calidad humana, sólida cultura e inconmovible adhesión a la revolución encabezada por Fidel, hizo que no fuera remiso a revisar viejos criterios y a incorporar nuevos, forjados en la lucha por la defensa de la independencia y la soberanía nacionales. Partícipe indispensable en las relaciones con los partidos comunistas y obreros de los países socialistas, así como con sus gobiernos, sostuvo los criterios de nuestro Partido (PCC) y de Fidel en discusiones, muchas veces escabrosas, con estos.

Salvaguardó los intereses de Cuba en todas las negociaciones y discutió con pasión en el seno del CAME y en  conversaciones bilaterales con aquellos gobiernos que se resistían a aceptar nuestra concepción de la colaboración socialista, del internacionalismo socialista, más bien.

Al producirse el desmoronamiento del “campo socialista” y siendo yo viceministro de relaciones exteriores, le llamé en vano. Días después, nos encontramos en la graduación del Instituto superior de Relaciones Internacionales (ISRI) y reconoció haber recibido mi recado. “No te he llamado –dijo– porque sé que deseabas verme para comentar los terribles acontecimientos de Europa oriental y yo no estaba en condiciones de hacerlo. Ha sido un golpe sumamente duro. Llámame mañana y nos pondremos de acuerdo para vernos.”

Así fue. Para un combatiente de toda la vida, como Carlos, pero no sólo para él, lo acontecido en Checoslovaquia, Hungría y Polonia, pero sobre todo en la RDA, cuyo Partido Socialista Obrero (PSOA) consideraba el más sólido de las democracias populares, fue un batacazo inesperado, de consecuencias históricas sumamente graves. Más tarde lo serían el fin del régimen socialista en Rumanía y el “desmerengamiento” de la URSS en tiempos de Gorbachov, que golpeó a millones de comunistas y luchadores antiimperialistas en todo el mundo.

Carlos Rafael, como otros comunistas, había afirmado más de una vez, contradiciendo a los cronistas burgueses que tildaban de “experimento” al régimen establecido por Lenin sobre los escombros de la Rusia zarista en 1917, que el sistema socialista era irreversible, que Lenin y Stalin habían demostrado que sí podía construirse el socialismo en un solo país, no obstante el cerco imperialista.

Sin embargo, Fidel había avizorado esa posibilidad en los años ochenta, cuando afirmó que si un día amanecíamos con la noticia de la desaparición del socialismo en la URSS, Cuba seguiría defendiendo las banderas del socialismo aunque fuéramos los únicos en hacerlo.

No podemos hoy intentar un análisis, ni quiera somero, de lo acaecido entonces.  Baste señalar que la experiencia socialista iniciada por Lenin tuvo, luego de su muerte, quiebras profundas; que el debate libre en el seno del partido y la sociedad fue yugulado, como la democracia socialista; que se agostó la libertad de creación, se diezmaron los espíritus independientes, aquellos que pensaban con cabeza propia y  proclamaban sus discrepancias leal y abiertamente; se sometió la voluntad de los partidos comunistas y obreros a los intereses de Estado de la URSS; se impuso el socialismo manu militari a los países de Europa Oriental, convirtiéndolos en satélites; y se reprimió todo intento de independencia de estos, tronchándose así los sueños de incontables hombres y mujeres que lucharon y murieron empeñados en construir una sociedad de nuevo tipo.

Al mismo tiempo, debemos afirmar que aquello no fue el fin de la historia como proclamaron los epígonos del capital, y que aquella lucha titánica no fue estéril, porque hoy somos millones los que seguimos convencidos de que la única alternativa al fracaso evidente del capitalismo como solución de los problemas que enfrenta la humanidad y al del llamado “socialismo real” es el socialismo democrático y participativo que proclama nuestro pueblo bajo la guía de Fidel y de Raúl y del pensamiento bolivariano y martiano que compartimos con otros países de nuestra América, así como en varias naciones asiáticas que defienden esta opción.

Durante los últimos años de su vida, visité a Carlos Rafael un par de veces, dado que mi trabajo como embajador en la UNESCO primero, y en Francia después,  me permitían venir de vacaciones sólo una vez al año.  En esas ocasiones sufrí la profunda conmoción de hablar con alguien que mantenía viva su poderosa inteligencia, animada la vista, firme sus ideas, pero se hallaba impedido de comunicarlas a viva voz.  A pesar de la dificultad para entenderle, le entendí; no obstante el tono bajo de la voz, su pensamiento diáfano hizo posible que comentáramos mis tareas en Francia, la situación internacional y otros temas que nunca le fueron ajenos.

Supe de su deceso en Paris. Sentí que había perdido al maestro a quien más admiré después de mi padre, porque Fidel es cosa aparte.  En realidad, como podemos constatar, no lo hemos perdido. Con nosotros continúa la batalla desde su aleccionadora, empero polémica Letra con filo, su fructífera herencia como gobernante y su claro pensamiento revolucionario, siempre actual.  Porque Carlos Rafael –según el dictum de Mella– es de esos hombres que aún después de muertos siguen siendo útiles.

Raúl Roa Kourí
La Habana 20 de mayo 2014

martes, 27 de mayo de 2014

José Martí, escritor clásico

Por Roberto Fernández Retamar

Martí, por José Luis Fariñas
Los poetas y trágicos griegos, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Hugo, Tolstoy se cuentan entre los pariguales de José Martí. Ellos, y otros de su estirpe, son escritores de todos los tiempos, habiéndolo sido a cabalidad de sus tiempos respectivos. Es curiosa la observación de Marx a propósito del arte de la Grecia antigua: que lo singular no es que naciera de sus circunstancias, como hizo, sino que se lo siguiera admirando mucho tiempo después de desaparecidas esas circunstancias.

Es lo propio de los llamados clásicos. Estamos a más de un siglo de la muerte de Martí, y ya es dable reconocerlo como un clásico de la literatura. Mucho se ha escrito sobre la condición de “clásico”, que por supuesto implica la sobrevivencia de ciertas creaciones. Y Borges (quien al parecer, por desgracia, no leyó a Martí) opinó que clásica es una obra que los receptores persisten en admirar generación tras generación. Lo que, en el caso de Martí como escritor, lleva a recordar que muchos de sus primeros y cálidos comentaristas no fueron cubanos. Se sabe bien, por ejemplo, lo que opinaron sobre su escritura hombres como el argentino Domingo Faustino Sarmiento y el nicaragüense Rubén Darío. El primero, en 1887, al ir a cumplir Martí 34 años, escribió:

En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Victor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal […] Deseo que le llegue a Martí este homenaje de mi admiración por su talento descriptivo y su estilo de Goya, el pintor español de los grandes borrones con que habría descrito el caos.

Y al año siguiente, 1888 (es decir, el de la aparición de Azul…), Darío escribió que Martí escribe, a nuestro modo de juzgar, más brillantemente que ninguno de España o de América […] porque fotografía y esculpe en la lengua, pinta o cuaja la idea, cristaliza el verbo en la letra, y su pensamiento es un relámpago y su palabra un tímpano o una lámina de plata o un estampido.

Se conoce también la admiración que sentían por la obra martiana otros hispanoamericanos. En contraste con esos criterios, sorprenden la incomprensión y la ignorancia de la faena literaria martiana en Cuba mientras él vivió. Su extraordinaria oratoria no interesó a Manuel Sanguily, y un poeta de la relevancia de Julián del Casal desconoció la obra de aquel a quien su amigo Darío llamaba Maestro, el cual, en cambio, dedicó al autor de Nieve un penetrante obituario. Raúl Hernández Novás escribiría un hermoso poema intertextual sobre los vínculos que hubieron debido existir entre Martí y Casal.

Tras la muerte de Martí y la instauración en 1902 de la República neocolonial en Cuba, él sería asumido como héroe nacional, sobre todo a partir de la tercera década del siglo XX. Pero su labor literaria no encontraría en su patria, durante muchos años, la comprensión merecida. Singularmente, el primer libro dedicado a su obra literaria (Martí escritor) se debió al mexicanoAndrés Iduarte, y apareció en México en 1945, a medio siglo de la muerte de Martí. Y hasta entonces, y aun algo después, con raras excepciones como la deJuan Marinello, los grandes escritores que abordaron la obra literaria martiana no eran cubanos. Debe añadirse que la tarea política de Martí sí encontró estudiosos cubanos de valía, como lo prueban, entre otras obras, el ensayo fundador que le dedicara Julio Antonio Mella en 1926, y el libro de Leonardo Griñán Peralta Martí, líder político (La Habana, 1943), tan valioso en lo suyo como el de Iduarte en lo literario.

En las últimas décadas, grandes escritores cubanos como Cintio Vitier y Fina García Marruz se sumaron a sus colegas de otras tierras que han estudiado con acierto la escritura literaria de Martí. Y aquí debo mencionar un hecho notable: y es que una mañana de México el gran escritor colombiano Gabriel García Márquez me confesó que estaba leyendo a Martí con inmensa admiración. Lástima que el fabulador de Macondo, recientemente fallecido, no haya escrito, que yo sepa, sobre el hecho.

Entregado desde sus primeros años a urgencias políticas y morales que lo llevarían al presidio, el destierro, la conspiración, la organización partidaria, y finalmente la muerte en combate, lo que Martí llamaba su «papelería» conoció una existencia bien azarosa. Baste recordar que Martí solo publicó dos cuadernos de versos (Ismaelillo y Versos sencillos) y unos cuantos más casi siempre políticos, en ediciones fuera de comercio. El resto quedó disperso en numerosos periódicos y revistas, en cartas, en diarios y apuntes íntimos, en otros textos inéditos, en discursos con frecuencia improvisados y perdidos para siempre. Sin embargo, quien así desatendió la difusión de sus creaciones verbales fue considerado por el mexicano Alfonso Reyes, en su exigente El deslinde (1944), “supremo varón literario”, y más tarde “la más pasmosa organización literaria”, mientras en 1951 el español Guillermo Díaz-Plaja llamó a Martí «el primer “creador” de prosa que ha tenido el mundo hispánico», ratificando así ambos, a mediados del siglo XX, lo que a finales del siglo XIX habían proclamado Sarmiento y Darío.

En 1900, cinco años después de la muerte de Martí, empezó a publicarse, por su exsecretario y albacea Gonzalo de Quesada y Aróstegui, la inicial edición de sus obras. Entre ellas vio la luz por primera vez en forma de libro, en 1905, La Edad de Oro, el mejor ejemplo en nuestra lengua de literatura para niños y jóvenes, que volvería a ser publicado muchas veces. En 1911 apareció una novela: Amistad funesta (o Lucía Jerez), que Martí diera a conocer en 1885, por entregas y con seudónimo. Esa novela comenzó a ser apreciada a partir de 1953, cuando el argentino Enrique Anderson Imbert le dedicó un agudo trabajo. En 1913, también en dicha edición, apareció, junto a sus dos cuadernos de versos mencionados, una tercera colección poética suya (Versos libres) que él había mantenido inédita. Volveré a mencionar dicho volumen. Más allá de tales obras, hubo que esperar a 1941 para que viera la luz el Diario de campaña de Martí.

En 1980, el nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez pudo revelar una treintena de crónicas martianas destinadas al periódico mexicano El Partido Liberal que no habían sido recogidas en sus llamadas Obras completas. Distintas publicaciones, y en especial el Anuario del Centro de Estudios Martianos, suelen dar a conocer textos de esa índole. La primera edición crítica de las obras realmente completas de Martí empezó a aparecer en 1983, la edición crítica de su poesía completa vino a publicarse en 1985, y la de su Epistolario en 1993.

El grueso de la obra literaria martiana la constituyen los trabajos periodísticos que escribió desde su estancia mexicana, y en particular cuando estuvo radicado en los EE.UU. A tal punto dichos trabajos son abundantes y regios que un estudioso tan exigente como el dominicano Pedro Henríquez Ureña pudo escribir: “Su obra [la de Martí] es, pues, periodismo, pero periodismo elevado a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, ni probablemente en ningún otro idioma”.

No siempre se ha aceptado el altísimo valor literario del periodismo martiano. Por ejemplo, el español Federico de Onís, a quien se deben páginas felices sobre el cubano, dijo sin embargo que la “vida atormentada [de Martí] no le permitió la concentración y la quietud necesarias para escribir obras de gran aliento, y la mayor parte de su producción tuvo que ser periodística y de ocasión”. En contraste con este criterio erróneo, García Marruz sostuvo que, inmerso Martí en la dinámica de la vida estadounidense, se produjo en él “la sustitución de una literatura libresca por una literatura periodística, atenta a la vibración del instante. Lo habitualmente tenido por “prosaico” es para él la nueva poesía moderna, la épica nueva y el taller formidable”. Y la venezolana Susana Rotker vio en el periodismo martiano la fundación de la nueva escritura de Hispanoamérica.

La variedad de los trabajos periodísticos de Martí es enorme. Hay entre ellos ensayos a la vez poemáticos y sociopolíticos, como “Nuestra América”; artículos de fondo, como los enderezados a combatir a los congresos panamericanos; críticas, como las consagradas a Flaubert, Pushkin, Wilde, los pintores impresionistas franceses, Whitman, Heredia, Twain, Casal; etopeyas, como las de Cecilio Acosta, Emerson, Jesse James, Wendell Phillips, Grant, Lucy Parsons, Céspedes y Agramonte, San Martín, Bolívar, Gómez, Maceo; crónicas, como las dedicadas al centenario de Calderón, Coney Island, Karl Marx en su muerte, el puente de Brooklyn, el terremoto de Charleston, la estatua de la Libertad, la guerra social en Chicago, el asesinato de los italianos. Cercanas a algunas de esas páginas, pero a la vez separadas de ellas por la total inmediatez de sus vivencias, están los testimonios de aquellos hechos de los que Martí fue protagonista, como El presidio político en Cuba (1871) y sus diarios, en especial el sobrecogedor Diario de campaña (1895).

Martí prestó atención también a sus discursos, con los que se emparientan, interiorizándolos, sus cartas. Ya mencioné que los discursos martianos no fueron apreciados por sus coetáneos de Cuba. Pero en cambio estremecieron a quienes los escucharon en el exilio estadunidense, sobre todo los trabajadores. Ese estremecimiento, y que para lograrlo jamás accediera Martí a darle un tinte populista a su palabra, se encuentran, sin duda, entre las más nobles y perdurables lecciones de la cultura de nuestra América.

Las fascinantes cartas de Martí equivalen a sus discursos más íntimos(más conversados, más conmovedores). Y si ellas están estructuralmente emparentadas con sus discursos, no lo están menos con muchos de sus trabajos periodísticos, escritos en forma de cartas. Creo que en el siglo XX solo un hispanoamericano me ha deslumbrado como Martí con sus cartas: Julio Cortázar, cuyo epistolario abarca cinco nutridos volúmenes.
Si la prosa de Martí tuvo durante su vida una difusión considerable (una veintena de periódicos americanos de lengua española llegó a publicar sus colaboraciones), muy otro fue el destino de sus versos. Solo publicó los dos cuadernos de versos mencionados, en ediciones restringidas, que apenas circularon, lo que contribuyó a que no se conozca crítica alguna aparecida en el siglo XIX sobre ellos. Apenas ha quedado constancia de que el colombiano Baldomero Sanín Cano dijera que su compatriota José Asunción Silva apreciaba en alto grado Ismaelillo. Ni siquiera Darío, en el hermosísimo treno que consagró en La Nación a Martí tras su caída en combate en 1895 y recogió al año siguiente en Los raros, advirtió entonces, como confesaría más tarde, la importancia de los Versos sencillos, a pesar de nombrarlos allí. Hubo que esperar a 1913, cuando apareció en La Habana el tomo XI de las primeras Obras ya nombradas, para que comenzara la recepción de sus versos (de modo similar, puede decirse que solo entrado el siglo XX su pensamiento fue interpretado en toda su hondura). Aquel volumen contenía los dos títulos ya aludidos y además una selección del libro suyo que había permanecido inédito: Versos libres. En su carta a Quesada de primero de abril de 1895, considerada con razón su testamento literario, Martí había diseñado tal conjunto: “de versos podría hacer otro volumen: Ismaelillo, Versos sencillos y lo más cuidado o significativo de unos Versos libres”.

En contraste con el silencio crítico que acompañó a la aparición primera de Ismaelillo y Versos sencillos, este tomo de 1913 encontró comentaristas superiores. El primero, una vez más, Darío, quien ese mismo año consagró en La Nación cuatro artículos fundamentales a “José Martí, poeta”. Otro comentarista privilegiado del volumen de 1913, concretamente de Versos libres, fue el español Miguel de Unamuno. También gracias a esa edición se familiarizó con los versos martianos la chilena Gabriela Mistral, quien después escribiría luminosamente sobre ellos, sobre todo los sencillos, y llamaría a su autor “el maestro americano más ostensible en mi obra”. Se había iniciado un reconocimiento de los versos martianos que no haría sino crecer, y del que han participado protagonistas de la literatura de nuestra lengua como el español Juan Ramón Jiménez, los cubanos Juan Marinello, Cintio Vitier y Fina García Marruz o el uruguayo Ángel Rama. Incluso el mexicano Octavio Paz, quien hasta finales de la década de 1960 desconocía la poesía (la obra) de Martí, según carta suya de 15 de marzo de 1968 a Vitier, dedicó algunas líneas entusiastas al poema martiano “Dos patrias” en Los hijos del limo […] (1974), y postuló allí que en tal poema Martí “anuncia […] a la poesía contemporánea”. Más lejos fue Rama, cuando en 1983 situó a “José Martí en el eje de la modernización poética: Whitman, Lautreamont. Rimbaud”.

Según confesión suya, Martí comenzó a escribir sus Versos libres en 1878, quizá durante su estancia en Guatemala, y para la fecha de aparición de Ismaelillo (1882) ya les había dado una primera ordenación. Ello se colige de carta que el 16 de septiembre de ese año enviara a su confidente mexicano Manuel A. Mercado. Allí le hablaba de todo un cuaderno de nuevas cosas mías, más encrespadas y rebeldes que cuanto he sacado de la mente al papel, y cuyas cosas iba a enviarle, y le enviaré, porque V. haga de juez secreto, como hermano de su hermano, y me diga si cree que he hallado al fin el molde natural, desembarazado e imponente, para poner en verso mis revueltos y fieros pensamientos.

Al no publicarlos Martí en aquella ocasión (¿por consejo de Mercado?), siguió añadiéndoles durante años poemas, todos o casi todos escritos en Nueva York, y al cabo los dejó inéditos. En el prólogo que hizo para ellos, explicó: “Amo las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava”. Tras leerlos, exclamó Unamuno: “mi espíritu vibraba por la recia sacudida de aquellos ritmos selváticos, de selva brava […] La oscuridad, la confusión, el desorden mismo de aquellos versos libres nos encantaron”. Y como anunciando su propio Cristo de Velázquez (1920), tan martiano, añadió: “Tengo la convicción estética de que para escribir un largo poema, el metro más acomodado hoy en castellano es el endecasílabo libre”. Años después dijo Vitier de losVersos libres: “La fuerza irruptora de esta poesía, lo que pudiera llamarse su pathos volcánico, no tiene quizás paralelo en la lengua española […] Con este libro nos sentimos ante el chisporrotear y el crepitar del verso en su horno”.

Ismaelillo lo escribió Martí alejado de su hijo, a quien lo dedicara, en Caracas, en 1881: ha podido afirmarse que en aquella circunstancia su obra literaria alcanzó una primera maduración. En cuanto a los autobiográficos Versos sencillos (numerados, como ocurrirá después en Trilce, no titulados, y que según García Marruz deben leerse como un solo poema), los hizo en agosto de 1890 en los montes Catskill, al norte de Nueva York, ciudad donde vivía su doloroso destierro: el médico lo había echado allí, enfermo por las angustias que padeció durante la primera conferencia panamericana, celebrada en Washington entre 1889 y 1890, como explicó al frente del libro, donde también dijo: “amo la sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras”. Vale la pena llamar la atención sobre los prólogos a sus libros de versos. No se han escrito sobre ellos palabras más exactas y más complejas (“amo las sonoridades difíciles”, “amo la sencillez”), ni más bellas.

En general, en su labor en verso se aprecian dos vertientes. Martí parece referirse a ellas cuando en el prólogo de los Versos sencillos afirma: “A veces ruge el mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra las rocas del castillo ensangrentado: a veces susurra la abeja, merodeando entre las flores”. Aunque también es posible que para él esa dualidad atraviese todos sus versos de madurez, una interpretación de tal cita permite mirar, por una parte, a sus Versos libres; por otra, a los versos de Ismaelillo, La Edad de Oro y Versos sencillos.

En un extremo, una palabra agónica, nacida en gran parte del choque con la ciudad tremenda (como iba a ocurrirle al Federico García Lorca de Poeta en Nueva York), cuyos versos libres, no ajenos a Whitman, a quien dio a conocer en español, ni a tumultuosas “escenas norteamericanas” propias, lo son mucho más por el fuego que los convulsiona y hace encabalgar que por el mero hecho de ser endecasílabos sin rima. En otro extremo, una conquistada serenidad, en que las rápidas visiones que debemos a poetas de la estirpe de Rimbaud entran, iluminando, en formas de la poesía popular como villancicos, coplas y décimas: estas últimas, por lo general, truncas. Tales poemas, en especial los de los Versos sencillos, escritos en octosílabos, dan voz a una tradición americana de raíz española aún viva entre payadores rioplatenses y decimistas caribeños. Cuando aquellos fueron cantados, se les hizo regresar con música al venero popular, oral, de donde en gran medida procedían. Pues si a primera vista puede no ser evidente, el oído revela que, al igual que en sus discursos, Martí, a la vez que asimila herencias renacentistas y barrocas e incorporan lo más audaz de las letras de su época en varios idiomas, también hace entroncar buena parte de sus versos con la literatura oral del hombre americano libre y sencillo: fundador de un pueblo nuevo, como Ismael. Por algo el libro que dedicó a su hijo, llamado como él José, lo tituló Ismaelillo.

Décadas antes de que, popularizando gracias a Pete Seeger una intuición del músico Julián Orbón, los Versos sencillos recorrieran el mundo como letra de La guantanamera (cuya melodía, según Alejo Carpentier, es la de un romance traído a América por los conquistadores), Gabriela Mistral había observado sagazmente: “Yo me oigo en coplas la mayor parte de los Versos sencillos, habiendo en ellos tanta vida profunda y tanta cosa trascendente […] Parecen versos de tonada chilena, de habanera cubana, de canción de México, y se nos vienen a la boca espontáneamente”. En cuanto al adjetivo con que Martí nombró su pequeño gran libro final, y que tanta confusión ha provocado en comentaristas superficiales, Rubén Darío explicó: “La sencillez de Martí es de las cosas más difíciles, pues a ella no se llega sin potente dominio del verso y muchos conocimientos”. Lo que complementó Gabriela al decir:

La sencillez de Martí parece ser aquella en la que se disuelve, por una operación del alma que carece de receta, una experiencia grande del mundo, un buceo de la vida en cuatro dimensiones. […] Este sencillo nada tiene de simple […] La sencillez de Martí viene ya hecha de las honduras del ser; él no la logra desde afuera, no la confecciona como hacen los que deciden ser sencillos.

Como se habrá observado, al hablar de la obra literaria de Martí no he considerado necesario subrayar el aspecto de servicio (“ancilar” hubiera dicho Alfonso Reyes) de esa obra. Y es que en Martí no existió tal dualidad. Su faena verbal fue siempre pura y siempre de servicio. Se conoce sobradamente que fue un revolucionario político de los más radicales, y que su política estaba atravesada por anhelos trascendentes. Inicié estas palabras mencionando a algunos grandísimos escritores como la familia natural de Martí en lo que toca a las letras. Debo confesar que estuve tentado de emparentarlo también con los autores de obras como la Biblia, el Corán y el Popol Vuh.

Sabemos mucho de Martí, pero estoy convencido de que aún nos queda por saber mucho más sobre él. Como se me ha pedido leer estas palabras a propósito de “Martí, escritor de todos los tiempos”, quise enfatizar su condición de clásico de las letras. Pero bien sabemos que es también otras cosas. Al concluir sus artículos sobre la poesía de Martí escribió memorablemente Rubén Darío en 1913: “Y yo admiro —recordando al varón puro y al dulce amigo— aquel cerebro cósmico, aquella vasta alma, aquel concentrado y humano universo, que lo tuvo todo: la acción y el ensueño, el ideal y la vida, y una épica muerte, y, en su América, una segura inmortalidad”.

Intervención especial en la clausura del Coloquio Internacional “José Martí, escritor de todos los tiempos”, organizado por el Centro de Estudios Martianos, La Habana, 16 de mayo de 2014.
Fuente: http://www.lajiribilla.cu/articulo/7772/jose-marti-escritor-clasico