No
recuerdo dónde lo conocí. Puede haber
sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos
maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena
de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.
Lo veo
a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en
la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck.
Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con
aquellos gigantes y me sentí desubicado.
La
primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi
hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York,
donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la
mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban
algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se
decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo
que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que
reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.
Hablamos
de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que
él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus
partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó
sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía
repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes
de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió
su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de
cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con
ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar
una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me
obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron
mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando
muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las
devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…
No
recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal,
donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de
las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la
pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente,
sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que
pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que
sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en
el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar
mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente
para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa
lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía
más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis
ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que
yo veía más a menudo.
Hace
poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial
circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero. Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella
tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida,
entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que
daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad
inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos,
y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad
de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los
incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego,
en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el
misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a
tratar de darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que
tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer
acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar
algo cantable.
Cierta
vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que
faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la
pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos.
Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno
de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que
se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de
despedida.
Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me
recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a
entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos
regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las
manos al dealer, a ver si las ocultaba
bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre, quizá leyéndome la mente, daba un respetuoso paso
atrás cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de
un blanco impecable, se partía de la risa.
Voy
a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de
una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña,
algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un
mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota
disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos
huérfano.
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Gabo, el amigo
Amistad
inolvidable fue la que anudé, en los años 80, con el fabuloso escritor,
periodista y caribeño rellollo, Gabriel García Márquez, oriundo de Aracataca,
Colombia, quien por suerte no nació “en una tarde de signos borrosos” como su
coterráneo, el bardo estrafalario Ricardo Arenales, más conocido como Porfirio
Barba-Jacob.
Nos conocimos en su casa de México, la Calle
Fuego del Pedregal de San Ángel: parte de un antiguo monasterio o convento
reconstruido, donde había instalado su estudio en la vieja cochera, al fondo de
un jardincillo bien cuidado, con piedras y flores, que lo separaba de la casa
principal.
Fuimos, mi esposa de entonces y yo, con su
hermano Silvio Rodríguez y “el chino” Joa, consejero político de nuestra embajada
en México, una tarde de verano, después de haber recorrido algunas de las
maravillas de la cultura olmeca en Teotihuacan, subido a la pirámide del Sol,
fotografiado la de la Luna, conversado con serpientes emplumadas y almorzado
tacos, quesadillas y otros antojitos.
Con el acogedor Gabo --y Mercedes, claro está--,
se hallaban la amiga Berta Zuno (quien se había desempeñado en Cuba como
consejera cultural de México) y el médico de Allende, Danilo Bartulín. Me
asombró la gran colección de música cubana –amén de la “clásica”-- que tenía
Gabriel (era un amante del bolero, pero también de la guaracha y otros géneros)
en el estudio, donde además de escribir en su flamante word processor (me recomendó hacerme de uno enseguida) recibía a
sus amigos. Había adquirido los discos en Nueva York, en una tienda subterránea
cerca de Times Square, cuyas señas me dio, porque yo iba precisamente a esa
ciudad, como embajador ante la ONU.
Fue una tarde de plática animada, que continuó
en la noche, en casa de Josefina Cabrera,[1] al otro lado del Pedregal,
con Alonso Aguilar, Pablo González Casanova y otros amigos mexicanos, a la que
se sumó Gabo con entusiasmo. Nos
dieron las primeras horas de la madrugada sin percatarnos.
Convertimos en hábito hacer escala en México,
y no en Montreal, durante los viajes de ida y vuelta a Nueva York, donde
siempre visitábamos a los García Márquez. Recuerdo una vez en que, sin que
fuera para nada su cumpleaños, Berta Zuno organizó una fiesta con mariachis de
la Plaza Garibaldi para festejarlo en casa de Gabo. Aparte de Joa, nos acompañó
Conchita Dumois. No obstante la altura, que cansa bastante a quienes no somos
del altiplano, bailamos todos al son de la “Serenata huasteca” y otras tonadas.
Me tocó viajar junto a Gabo de La Habana a
México en los días dramáticos de la “causa número Uno”.[2] Él confiaba en que no se
aplicaría la pena capital, pese a la reconocida gravedad de los hechos. Basado
en mi lectura diaria de la prensa nacional, era más escéptico. La sentencia
final causó un trauma profundo en la vida de muchos de nosotros.
Después seguimos viendo a Gabo y a Mercedes en
París, cuando me desempeñaba como embajador en la UNESCO y luego en Francia. Mi
esposa era ya Lili, nieta de Carlos Lechuga e hija de Lillian, muy amiga de los
García Márquez; con ésta les visitamos en su casa habanera y nos vimos en el
antiguo apartamento de Lillian, en la calle Paseo. A veces, junto a Conchita
Dumois, gran cuate del matrimonio colombiano desde su estancia en México.
Por vía de Gabrielo conocí a la embajadora de Colombia ante la UNESCO y después, como
yo, en Francia, Gloria Pachón de Galán, viuda del dirigente político liberal,
candidato a la presidencia de la república asesinado, como Eliezer Gaitán, por
la reacción colombiana. Una mujer culta e inteligente, con quien anudamos una
inolvidable amistad, a veces en torno a un suculento ajiaco bogotano.
Asimismo,
fue Gabo quien me habló de Guillermo León, mi colega en el Vaticano, teólogo
formado en Colombia y Alemania (creo que con el propio cardenal Ratzinger,
antes de serlo y devenir papa,) que tenía una voz de tenor muy bien temperada,
lo cual, junto a su físico repleto y calvicie acentuada, le hacían tan parecido
a Luciano Pavarotti que el propio Juan Pablo II, en chanza y sin mucho público
delante, le llamaba así. Hombre de cultura, muy apreciado por Gabo, quien ganó mi estimación, más allá de
nuestras diversas ideas político filosóficas.
Antes,
tuve ocasión de conversar con García Márquez en Nueva Delhi, a donde acudió,
invitado por Fidel, para asistir a la Séptima Cumbre de los Países no
alineados. Como me habían birlado mi ejemplar de El general en su laberinto, pedí otro a Gabriel, quien me lo dedicó
firmando, festivamente, “de su amigote, Gabo”.
Ya durante nuestro último encuentro en La
Habana, Gabriel no estaba bien de salud. Sometido a un largo tratamiento, pudo
derrotar el cáncer, pero amigos comunes me dijeron entonces que no estaba como
antes. Siempre es terrible saber que un amigo está mal, máxime cuando es
alguien del talento, la bonhomía y la simpatía de Gabriel García Márquez.
La noticia de su deceso nos conmovió
profundamente. Dio a luz una visión de América que no podrá borrarse de
nuestros corazones: todos somos –de una u otra manera-- hijos de ese Macondo insólito
y mágico, pero vital y presente, que vivió para contarnoslo.
La Habana,
20.04.14
[1] Excelente médica y amiga,, viuda del eminente cardiólogo, Enrique Cabrera.
[2] Causa seguida contra el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio
Laguardia y otros miembros del Ministerio del Interior que pusieron en peligro
la seguridad de la nación involucrándose en negocios con narcotraficantes, para
“obtener fondos que ayudaran al país en la difícil coyuntura económica que
atravesaba”.
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Cita con “Cien Años De
Soledad”
Por Hamlet Hermann
Topé por primera vez con
la novela “Cien Años de Soledad” cuando estaba prisionero en 1973 luego de la
extinción de nuestra lucha guerrillera. Reponía en esos días los rigores de las
torturas y malos tratos con que me habían “tranquilizado” en la base aérea de
San Isidro. La opinión pública reclamaba con energía que apareciera el
sobreviviente guerrillero capturado en Villa Altagracia semanas atrás. Pero el
estado en que habían dejado mi cuerpo los militares luego del “tratamiento” a
que fui sometido impedía que alguna fotografía fuera publicada o alguien
pudiera visitar la solitaria celda que ocupaba. Los militares se dedicaron
entonces a alimentarme al tiempo que suspendieron el “tratamiento” de manera
que recuperara la apariencia física normal.
No recuerdo ahora quién
llevó esa novela hasta la prisión. Eran los tiempos en que someramente me
enteré de que existía un periodista llamado Gabriel García Márquez que había
escrito esa obra. Aunque fue publicada por primera vez seis años atrás, en
1967, mis actividades revolucionarias y luego el entrenamiento militar en Cuba
no habían dejado espacio para leer esa obra. Pero en aquel momento no era más
que un prisionero en celda solitaria que, además de los malos tratos recibidos,
había perdido cerca de setenta libras del peso normal. El tiempo sobraba, así
que me dediqué a la lectura con voracidad. Ninguna otra cosa tenía que hacer
allí. Ayudaba a mi lectura el que mis captores mantuvieran permanentemente
encendidos varios bombillos. Veinticuatro horas continuas de luz buscaban
desequilibrarme e impedir el sueño pero. Paradójicamente, facilitaban el
disfrute de esa obra.
La leí de un tirón la
primera vez. Sólo interrumpían los chillidos de los goznes de la única puerta
de la celda cuando los Sargentos verificaban qué hacía a cada momento o
llevaban la comida. Esas interrupciones sobresaltaban porque hacían recordar
cuando me buscaban a medianoche para las sesiones de interrogatorio y pésimos
tratos que dispensó la oficialidad seleccionada para el “tratamiento”.
Aunque un preso no tiene
libertad cuenta con mucho tiempo libre. Apenas quitaba la vista del libro para
acomodar mis nalgas aplastadas por el tibio piso de mosaicos. Llamó mucho mi
atención la descripción del circo que llegó a Macondo y la forma en que atraía
la atención de todos. Inconscientemente asociaba la lectura con el origen de mi
rama familiar paterna. Los Hermann Consonni viajaban cada año a República
Dominicana desde Cuba con un grupo de bufos, una especie de vodevil. La
compañía se llamaba Hermann-Morita. Viajarían regularmente hasta el año 1927
cuando la compañía se desbarató merced a que la principal estrella casó con un
empresario licorero de Santiago de los Caballeros. En la lectura imaginaba
entonces a aquellos que llegaban a Macondo con las caras de mi padre, mis tíos
y otros que sólo conocí años después cuando ya peinaban canas y exponían
calvas.
Como no tenía capacidad
para valorar literariamente lo que estaba leyendo, llegué hasta la última
página sintiendo un vacío. Traté entonces de recordar lo que había leído “en
primera vuelta”. En la memoria sólo habían quedado detalles escasos y rasgos
del relato con muchas confusiones sobre los personajes. Tantos Buendía saliendo
y entrando en el relato me habían hecho perder el rastro del hilo conductor de
la obra. Decidí entonces empezar a leer de nuevo. Nadie esperaba por mí como no
fuera para hacer daño y el tiempo seguía teniendo poco significado. En esa segunda
lectura no lograba evadir el prejuicio de que estaba viendo de nuevo la misma
película. Sin embargo, empecé en esta ronda a darme cuenta y a entender cosas
que en la primera lectura habían pasado inadvertidas. Gradualmente fui
ajustando las imágenes que creaba García Márquez y las cosas fueron saliendo de
la neblina para mostrarse más en la forma que el autor quería que nosotros las
viéramos.
Cuando sin aburrimiento
volví a llegar a la última página me convencí de que el rebulú familiar de los
Buendía todavía no lo entendía bien. Y fue entonces cuando en aquella iluminada
celda decidí leerla por tercera vez. Pedí entonces a uno de mis carceleros, un
Coronel de la Fuerza Aérea, que consiguiera un lápiz y una hoja de papel.
Obsesionado estuve con la idea de que la única forma de entender aquello a
fondo era si me dedicaba a construir el árbol genealógico de la familia
Buendía.
Y así fue como empecé a
estudiar en esta tercera vez, no ya a leer, “Cien Años de Soledad”. Leyendo
hacia delante y buscando hacia atrás, fui haciendo mi arbolito genealógico
poniendo a Aureliano aquí a Rosario la bella por allá y así sucesivamente a
todos hasta que la hoja de papel fue ocupada por mis trazos y garabatos, de
lado y lado. Cada rama que añadía llevaba a tratar de apropiarme de la obra.
Tanta era la compenetración con ella que la sentía mía y de nadie más. Ya no
era la novela del periodista colombiano-caribeño sino una obra propia porque en
aquella solitaria celda hasta las cucarachas eran de mi propiedad.
Mi siguiente labor fue
hojear y ojear, de hoja y de ojo, aquellas páginas que empezaron a lucir
antiguas de tanto manoseo en un ambiente carcelario del cuarto mundo. Comprobé
entonces que ya estaba en condiciones de volver a leer la novela por una cuarta
vez. Creía haber descifrado los vericuetos del narrador y suponía que eso me
acreditaba como lector calificado. Y así fue. Sólo faltó aprendérmela de
memoria.
Lo lamentable de esta
historia es que, cuando finalmente fui excarcelado y deportado de República
Dominicana, por una reacción protectora de mi organismo, el cerebro borró los
recuerdos de mi estancia en aquella prisión. Parece que la selectiva memoria no
quería que recordara el “tratamiento” al que había sido sometido durante meses
en aquel lugar. Y fue así como todo lo que había leído y entendido de “Cien
Años de Soledad” lo olvidé totalmente.
Tiempo después, cuando
alguien preguntaba si había leído esa novela respondía: “Sí, cuatro veces.”
Pero cuando al creerme experto en la materia trataba de profundizar en el
contenido y en las formas, siempre yo cambiaba el tema para que el otro no
perdiera el tiempo con un desmemoriado.
Es por eso que cuando pueda adquirir la más reciente edición de “Cien Años
de Soledad” de inmediato empezaré a leerla de nuevo. Y quizás en ese trayecto
de una quinta lectura, que será también primera, logre toparme con algunos de
los recuerdos que 34 años atrás la memoria borró para preservar mi salud mental
y, quizás, mi vida.
Por Álvaro Castillo Granada
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El arte de la espera
para García, por supuesto
Había un libro que estaba aguardando.
Siempre hay un libro que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me
encuentre. En este caso, sabía que había salido porque la noticia estaba en
todos los periódicos de esa fecha: Gabo
Periodista (Fundación Gabriel García Márquez Para el Nuevo Periodismo
Iberoamericano, Colombia, Noviembre de 2012). Una antología de textos
periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo (quien
es pariente por el lado más importante: el del corazón).
Lo primero que hice fue escribir un mensaje
a Cartagena solicitándoles información para conseguir el libro. Jamás me
respondieron. Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos
que nos acompañan y que, de vez en cuando, reaparecen trayéndonos un rostro
amado y lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando fui a
llevarle El ingenio, de Manuel Moreno
Fraginals, a su casa al director de una revista bogotana que por esos días
andaba con una lesión en un pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo
vi.
-De manera que así es… -fue lo que me dije.
Y pregunté: ¿Puedo mirarlo?
-Claro, me respondió.
Era una edición de pasta dura todavía
envuelta en su empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados.
“Ahora sí sé cómo es realmente”, me comenté mientras lo volvía a poner en el
estante.
-Creo que tengo otro ejemplar en alguna
parte. Voy a ver si lo encuentro –añadió mientras se encaminaba a una pila de
libros.
-No lo busque, no se preocupe. Tenga
cuidado. Mejor después. Se lo agradezco de todas maneras, dije rápidamente
antes de emprender el no tan largo camino de regreso a la librería.
Nunca me volvió a hablar del asunto.
No voy a leer lo que ya escribí alguna vez.
Ni voy a contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17
de 2014, a las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de
nosotros. Porque es imposible de decir que ya no estás con nosotros. Nunca será
posible.
Pacho me llamó y me preguntó:
-¿Me imagino que ya sabes la noticia?
-No, ni idea. No sé qué pasó, respondí
adormiladamente.
-Gabriel García Márquez se murió.
Me quedé helado.
Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa.
Abrí El Espectador y ahí estaba la
noticia.
Sí, era cierto, habías muerto.
Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí
varias llamadas, consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras
para lo mismo. Todos estábamos orfanados.
No fui amigo de Gabriel García Márquez. No.
Pero sí existí para él. Fui “el librovejero”. Así me llamó y así me llamaba
cuando nos encontramos o cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el
único apodo que me han puesto. Bueno… hasta donde quiero saber…
Tuve el inmenso placer de servirle con mi
oficio: vendedor de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué
manera más hermosa de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más
disparatados ensueños, se me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no
me da vergüenza confesarlo, soy un lector tardío de Cien años de soledad. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me
regaló el libro como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo
entendí. O las dos cosas al mismo tiempo. Sólo fue hasta 1996 cuando al leerlo,
en medio del calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped
permanente de sus páginas. También fue en ese año la primera que lo vi
personalmente.
Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre
estaba reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me
limité a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque
nuestros encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba. Y tengo,
entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que fue a visitarme a la casa de
Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y que saludó a Betania y a
Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes de sentarse en la sala y
permanecer gran parte de la tarde hablando de la vaina, que es hablarlo de todo
y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va como la marea y el viento,
trayendo recuerdos, llevándose momentos, construyendo instantes que se graban
para siempre. Y se guardan allí, cerca al corazón, donde está lo que siempre nos
acompaña y no podemos ignorar.
Por eso recibí el pésame: porque algunos
sabían lo que había significado para mí el haber existido para él con un
nombre.
Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi
consternación y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a
las cinco al frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes.
Miré hacía todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún
no. Para quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el
mercado de las pulgas.
Es una buena manera de quemar el tiempo de
la espera el mirar libros. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si
recorrieran un mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X
señalando el lugar donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros,
conocidos y desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde su carátula me
mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”.
Lo tomé, temblando de alegría. Miré hacia
los otros, tratando de disimular lo indisimulable, y otro libro me sonrió: El arte de la espera, del historiador y
ensayista cubano Rafael Rojas. En su carátula la foto de una cubana con rolos
me sonreía diciéndome: “Viste… Esto es lo que hay… Lo que te tocó por la
libreta…”.
Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de
manos de despedida.
Después de una negociada larga y tediosa se
fueron conmigo en una jaba blanca.
Y en mi corazón una alegríatriste. Porque tú,
García, estabas cerrando, sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo,
con muchos protagonistas, que estaba esperando el momento justo para darse:
hoy, abril de 17 de 2014, cuando ya respiras en la eternidad.
La vida te alcanzó para todo, hasta para
darme un nombre…
