sábado, 19 de abril de 2014

No recuerdo...

No recuerdo dónde lo conocí.  Puede haber sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.

Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me sentí desubicado.

La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.

Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…

No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo veía más a menudo.

Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero.  Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida, entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar algo cantable.

Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.

Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al dealer, a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre, quizá leyéndome la mente, daba un respetuoso paso atrás cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía de la risa.

Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.


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              Gabo, el amigo

Por Raúl Roa Kourí

Amistad inolvidable fue la que anudé, en los años 80, con el fabuloso escritor, periodista y caribeño rellollo, Gabriel García Márquez, oriundo de Aracataca, Colombia, quien por suerte no nació “en una tarde de signos borrosos” como su coterráneo, el bardo estrafalario Ricardo Arenales, más conocido como Porfirio Barba-Jacob.

 Nos conocimos en su casa de México, la Calle Fuego del Pedregal de San Ángel: parte de un antiguo monasterio o convento reconstruido, donde había instalado su estudio en la vieja cochera, al fondo de un jardincillo bien cuidado, con piedras y flores, que lo separaba de la casa principal.

 Fuimos, mi esposa de entonces y yo, con su hermano Silvio Rodríguez y “el chino” Joa, consejero político de nuestra embajada en México, una tarde de verano, después de haber recorrido algunas de las maravillas de la cultura olmeca en Teotihuacan, subido a la pirámide del Sol, fotografiado la de la Luna, conversado con serpientes emplumadas y almorzado tacos, quesadillas y otros antojitos.

 Con el acogedor Gabo --y Mercedes, claro está--, se hallaban la amiga Berta Zuno (quien se había desempeñado en Cuba como consejera cultural de México) y el médico de Allende, Danilo Bartulín. Me asombró la gran colección de música cubana –amén de la “clásica”-- que tenía Gabriel (era un amante del bolero, pero también de la guaracha y otros géneros) en el estudio, donde además de escribir en su flamante word processor (me recomendó hacerme de uno enseguida) recibía a sus amigos. Había adquirido los discos en Nueva York, en una tienda subterránea cerca de Times Square, cuyas señas me dio, porque yo iba precisamente a esa ciudad, como embajador ante la ONU.

 Fue una tarde de plática animada, que continuó en la noche, en casa de Josefina Cabrera,[1] al otro lado del Pedregal, con Alonso Aguilar, Pablo González Casanova y otros amigos mexicanos, a la que se sumó Gabo con entusiasmo. Nos dieron las primeras horas de la madrugada sin percatarnos.

 Convertimos en hábito hacer escala en México, y no en Montreal, durante los viajes de ida y vuelta a Nueva York, donde siempre visitábamos a los García Márquez. Recuerdo una vez en que, sin que fuera para nada su cumpleaños, Berta Zuno organizó una fiesta con mariachis de la Plaza Garibaldi para festejarlo en casa de Gabo. Aparte de Joa, nos acompañó Conchita Dumois. No obstante la altura, que cansa bastante a quienes no somos del altiplano, bailamos todos al son de la “Serenata huasteca” y otras tonadas.

 Me tocó viajar junto a Gabo de La Habana a México en los días dramáticos de la “causa número Uno”.[2] Él confiaba en que no se aplicaría la pena capital, pese a la reconocida gravedad de los hechos. Basado en mi lectura diaria de la prensa nacional, era más escéptico. La sentencia final causó un trauma profundo en la vida de muchos de nosotros.

 Después seguimos viendo a Gabo y a Mercedes en París, cuando me desempeñaba como embajador en la UNESCO y luego en Francia. Mi esposa era ya Lili, nieta de Carlos Lechuga e hija de Lillian, muy amiga de los García Márquez; con ésta les visitamos en su casa habanera y nos vimos en el antiguo apartamento de Lillian, en la calle Paseo. A veces, junto a Conchita Dumois, gran cuate del matrimonio colombiano desde su estancia en México.

 Por vía de Gabrielo conocí a la embajadora de Colombia ante la UNESCO y después, como yo, en Francia, Gloria Pachón de Galán, viuda del dirigente político liberal, candidato a la presidencia de la república asesinado, como Eliezer Gaitán, por la reacción colombiana. Una mujer culta e inteligente, con quien anudamos una inolvidable amistad, a veces en torno a un suculento ajiaco bogotano.

Asimismo, fue Gabo quien me habló de Guillermo León, mi colega en el Vaticano, teólogo formado en Colombia y Alemania (creo que con el propio cardenal Ratzinger, antes de serlo y devenir papa,) que tenía una voz de tenor muy bien temperada, lo cual, junto a su físico repleto y calvicie acentuada, le hacían tan parecido a Luciano Pavarotti que el propio Juan Pablo II, en chanza y sin mucho público delante, le llamaba así. Hombre de cultura, muy apreciado por Gabo, quien ganó mi estimación, más allá de nuestras diversas ideas político filosóficas.

Antes, tuve ocasión de conversar con García Márquez en Nueva Delhi, a donde acudió, invitado por Fidel, para asistir a la Séptima Cumbre de los Países no alineados. Como me habían birlado mi ejemplar de El general en su laberinto, pedí otro a Gabriel, quien me lo dedicó firmando, festivamente, “de su amigote, Gabo”.

 Ya durante nuestro último encuentro en La Habana, Gabriel no estaba bien de salud. Sometido a un largo tratamiento, pudo derrotar el cáncer, pero amigos comunes me dijeron entonces que no estaba como antes. Siempre es terrible saber que un amigo está mal, máxime cuando es alguien del talento, la bonhomía y la simpatía de Gabriel García Márquez.

 La noticia de su deceso nos conmovió profundamente. Dio a luz una visión de América que no podrá borrarse de nuestros corazones: todos somos –de una u otra manera-- hijos de ese Macondo insólito y mágico, pero vital y presente, que vivió para contarnoslo.

La Habana, 20.04.14 



[1] Excelente médica y amiga,, viuda del eminente cardiólogo,  Enrique Cabrera.
[2] Causa seguida contra el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio Laguardia y otros miembros del Ministerio del Interior que pusieron en peligro la seguridad de la nación involucrándose en negocios con narcotraficantes, para “obtener fondos que ayudaran al país en la difícil coyuntura económica que atravesaba”.


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Cita con “Cien Años De Soledad”

Por Hamlet Hermann

Topé por primera vez con la novela “Cien Años de Soledad” cuando estaba prisionero en 1973 luego de la extinción de nuestra lucha guerrillera. Reponía en esos días los rigores de las torturas y malos tratos con que me habían “tranquilizado” en la base aérea de San Isidro. La opinión pública reclamaba con energía que apareciera el sobreviviente guerrillero capturado en Villa Altagracia semanas atrás. Pero el estado en que habían dejado mi cuerpo los militares luego del “tratamiento” a que fui sometido impedía que alguna fotografía fuera publicada o alguien pudiera visitar la solitaria celda que ocupaba. Los militares se dedicaron entonces a alimentarme al tiempo que suspendieron el “tratamiento” de manera que recuperara la apariencia física normal.

No recuerdo ahora quién llevó esa novela hasta la prisión. Eran los tiempos en que someramente me enteré de que existía un periodista llamado Gabriel García Márquez que había escrito esa obra. Aunque fue publicada por primera vez seis años atrás, en 1967, mis actividades revolucionarias y luego el entrenamiento militar en Cuba no habían dejado espacio para leer esa obra. Pero en aquel momento no era más que un prisionero en celda solitaria que, además de los malos tratos recibidos, había perdido cerca de setenta libras del peso normal. El tiempo sobraba, así que me dediqué a la lectura con voracidad. Ninguna otra cosa tenía que hacer allí. Ayudaba a mi lectura el que mis captores mantuvieran permanentemente encendidos varios bombillos. Veinticuatro horas continuas de luz buscaban desequilibrarme e impedir el sueño pero. Paradójicamente, facilitaban el disfrute de esa obra.

La leí de un tirón la primera vez. Sólo interrumpían los chillidos de los goznes de la única puerta de la celda cuando los Sargentos verificaban qué hacía a cada momento o llevaban la comida. Esas interrupciones sobresaltaban porque hacían recordar cuando me buscaban a medianoche para las sesiones de interrogatorio y pésimos tratos que dispensó la oficialidad seleccionada para el “tratamiento”.

Aunque un preso no tiene libertad cuenta con mucho tiempo libre. Apenas quitaba la vista del libro para acomodar mis nalgas aplastadas por el tibio piso de mosaicos. Llamó mucho mi atención la descripción del circo que llegó a Macondo y la forma en que atraía la atención de todos. Inconscientemente asociaba la lectura con el origen de mi rama familiar paterna. Los Hermann Consonni viajaban cada año a República Dominicana desde Cuba con un grupo de bufos, una especie de vodevil. La compañía se llamaba Hermann-Morita. Viajarían regularmente hasta el año 1927 cuando la compañía se desbarató merced a que la principal estrella casó con un empresario licorero de Santiago de los Caballeros. En la lectura imaginaba entonces a aquellos que llegaban a Macondo con las caras de mi padre, mis tíos y otros que sólo conocí años después cuando ya peinaban canas y exponían calvas.

Como no tenía capacidad para valorar literariamente lo que estaba leyendo, llegué hasta la última página sintiendo un vacío. Traté entonces de recordar lo que había leído “en primera vuelta”. En la memoria sólo habían quedado detalles escasos y rasgos del relato con muchas confusiones sobre los personajes. Tantos Buendía saliendo y entrando en el relato me habían hecho perder el rastro del hilo conductor de la obra. Decidí entonces empezar a leer de nuevo. Nadie esperaba por mí como no fuera para hacer daño y el tiempo seguía teniendo poco significado. En esa segunda lectura no lograba evadir el prejuicio de que estaba viendo de nuevo la misma película. Sin embargo, empecé en esta ronda a darme cuenta y a entender cosas que en la primera lectura habían pasado inadvertidas. Gradualmente fui ajustando las imágenes que creaba García Márquez y las cosas fueron saliendo de la neblina para mostrarse más en la forma que el autor quería que nosotros las viéramos.

Cuando sin aburrimiento volví a llegar a la última página me convencí de que el rebulú familiar de los Buendía todavía no lo entendía bien. Y fue entonces cuando en aquella iluminada celda decidí leerla por tercera vez. Pedí entonces a uno de mis carceleros, un Coronel de la Fuerza Aérea, que consiguiera un lápiz y una hoja de papel. Obsesionado estuve con la idea de que la única forma de entender aquello a fondo era si me dedicaba a construir el árbol genealógico de la familia Buendía.

Y así fue como empecé a estudiar en esta tercera vez, no ya a leer, “Cien Años de Soledad”. Leyendo hacia delante y buscando hacia atrás, fui haciendo mi arbolito genealógico poniendo a Aureliano aquí a Rosario la bella por allá y así sucesivamente a todos hasta que la hoja de papel fue ocupada por mis trazos y garabatos, de lado y lado. Cada rama que añadía llevaba a tratar de apropiarme de la obra. Tanta era la compenetración con ella que la sentía mía y de nadie más. Ya no era la novela del periodista colombiano-caribeño sino una obra propia porque en aquella solitaria celda hasta las cucarachas eran de mi propiedad.

Mi siguiente labor fue hojear y ojear, de hoja y de ojo, aquellas páginas que empezaron a lucir antiguas de tanto manoseo en un ambiente carcelario del cuarto mundo. Comprobé entonces que ya estaba en condiciones de volver a leer la novela por una cuarta vez. Creía haber descifrado los vericuetos del narrador y suponía que eso me acreditaba como lector calificado. Y así fue. Sólo faltó aprendérmela de memoria.

Lo lamentable de esta historia es que, cuando finalmente fui excarcelado y deportado de República Dominicana, por una reacción protectora de mi organismo, el cerebro borró los recuerdos de mi estancia en aquella prisión. Parece que la selectiva memoria no quería que recordara el “tratamiento” al que había sido sometido durante meses en aquel lugar. Y fue así como todo lo que había leído y entendido de “Cien Años de Soledad” lo olvidé totalmente.

Tiempo después, cuando alguien preguntaba si había leído esa novela respondía: “Sí, cuatro veces.” Pero cuando al creerme experto en la materia  trataba de profundizar en el contenido y en las formas, siempre yo cambiaba el tema para que el otro no perdiera el tiempo con un desmemoriado.

Es por eso que cuando pueda adquirir la más reciente edición de “Cien Años de Soledad” de inmediato empezaré a leerla de nuevo. Y quizás en ese trayecto de una quinta lectura, que será también primera, logre toparme con algunos de los recuerdos que 34 años atrás la memoria borró para preservar mi salud mental y, quizás, mi vida.

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                                                  El arte de la espera
 Por Álvaro Castillo Granada
                                                                                                          para García, por supuesto

   Había un libro que estaba aguardando. Siempre hay un libro que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me encuentre. En este caso, sabía que había salido porque la noticia estaba en todos los periódicos de esa fecha: Gabo Periodista (Fundación Gabriel García Márquez Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Colombia, Noviembre de 2012). Una antología de textos periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo (quien es pariente por el lado más importante: el del corazón).
  Lo primero que hice fue escribir un mensaje a Cartagena solicitándoles información para conseguir el libro. Jamás me respondieron. Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos que nos acompañan y que, de vez en cuando, reaparecen trayéndonos un rostro amado y lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando fui a llevarle El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, a su casa al director de una revista bogotana que por esos días andaba con una lesión en un pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo vi.
   -De manera que así es… -fue lo que me dije. Y pregunté: ¿Puedo mirarlo?
   -Claro, me respondió.
   Era una edición de pasta dura todavía envuelta en su empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados. “Ahora sí sé cómo es realmente”, me comenté mientras lo volvía a poner en el estante.
   -Creo que tengo otro ejemplar en alguna parte. Voy a ver si lo encuentro –añadió mientras se encaminaba a una pila de libros.
   -No lo busque, no se preocupe. Tenga cuidado. Mejor después. Se lo agradezco de todas maneras, dije rápidamente antes de emprender el no tan largo camino de regreso a la librería.
   Nunca me volvió a hablar del asunto.
   No voy a leer lo que ya escribí alguna vez. Ni voy a contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17 de 2014, a las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de nosotros. Porque es imposible de decir que ya no estás con nosotros. Nunca será posible.
   Pacho me llamó y me preguntó:
   -¿Me imagino que ya sabes la noticia?
   -No, ni idea. No sé qué pasó, respondí adormiladamente.
   -Gabriel García Márquez se murió.
   Me quedé helado.
   Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa. Abrí El Espectador y ahí estaba la noticia.
   Sí, era cierto, habías muerto.
   Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí varias llamadas, consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras para lo mismo. Todos estábamos orfanados.
   No fui amigo de Gabriel García Márquez. No. Pero sí existí para él. Fui “el librovejero”. Así me llamó y así me llamaba cuando nos encontramos o cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el único apodo que me han puesto. Bueno… hasta donde quiero saber…
   Tuve el inmenso placer de servirle con mi oficio: vendedor de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué manera más hermosa de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más disparatados ensueños, se me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no me da vergüenza confesarlo, soy un lector tardío de Cien años de soledad. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me regaló el libro como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo entendí. O las dos cosas al mismo tiempo. Sólo fue hasta 1996 cuando al leerlo, en medio del calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped permanente de sus páginas. También fue en ese año la primera que lo vi personalmente.   
   Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre estaba reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me limité a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque nuestros encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba. Y tengo, entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que fue a visitarme a la casa de Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y que saludó a Betania y a Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes de sentarse en la sala y permanecer gran parte de la tarde hablando de la vaina, que es hablarlo de todo y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va como la marea y el viento, trayendo recuerdos, llevándose momentos, construyendo instantes que se graban para siempre. Y se guardan allí, cerca al corazón, donde está lo que siempre nos acompaña y no podemos ignorar.
   Por eso recibí el pésame: porque algunos sabían lo que había significado para mí el haber existido para él con un nombre.
   Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi consternación y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a las cinco al frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes. Miré hacía todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún no. Para quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el mercado de las pulgas.
   Es una buena manera de quemar el tiempo de la espera el mirar libros. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si recorrieran un mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X señalando el lugar donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros, conocidos y desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde su carátula me mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”.
   Lo tomé, temblando de alegría. Miré hacia los otros, tratando de disimular lo indisimulable, y otro libro me sonrió: El arte de la espera, del historiador y ensayista cubano Rafael Rojas. En su carátula la foto de una cubana con rolos me sonreía diciéndome: “Viste… Esto es lo que hay… Lo que te tocó por la libreta…”.
   Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de manos de despedida.
   Después de una negociada larga y tediosa se fueron conmigo en una jaba blanca.
   Y en mi corazón una alegríatriste. Porque tú, García, estabas cerrando, sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo, con muchos protagonistas, que estaba esperando el momento justo para darse: hoy, abril de 17 de 2014, cuando ya respiras en la eternidad.
  La vida te alcanzó para todo, hasta para darme un nombre…

jueves, 10 de abril de 2014

10 y 11 de abril de 1976 (Angola, frente norte)

10 de abril

¡Hoy es sábado!

Y como hoy es sábado, salimos temprano e hicimos actividades en dos “zenzalas” (o aldeas). Estas actividades fueron magníficas, instructivas, y causaron muy buen efecto en la población. Los coros de pioneros, increíblemente musicales, abrieron siempre con sus canciones revolucionarias. Luego nosotros, al centro de un coro humano de niños, mujeres, jóvenes, ancianos, con miradas, gestos y exclamaciones que recorrían todas las gamas de la expresión imaginable.

Para mi fue particularmente emocionante hablar y cantar a Abel y a Agramonte en esta región inconcebible, lejana y al mismo tiempo palpitando –de alguna profunda manera– con sus sacrificios.

Almorzamos, pero antes, de forma muy emotiva, nos hicieron presentes y nos despidieron con palabras sencillas.

Partimos rumbo a Sanza-Pombo, a 100 kms, donde hicimos otra actividad para angolanos.

Llegamos a Negage a las 8, bastante cansados y muertos de hambre.

Mañana tenemos descanso. Creo que vamos a ver unas cataratas que quedan como a 150 kms de aquí. Saldremos temprano.... [...]


11 de abril (domingo)

El día amaneció lluvioso y no fuimos al salto de agua, que queda, según dicen ahora, a más de 200 kms.

Se aparecieron A... y C..., buscando ron, y en esa pesquisa infructuosa fuimos arrastrados primero a Negage y después, por la tarde, a Carmona, donde vimos a Jaime Crombet y al comandante Chicho con su gente –todos secos–. De todas formas nos quedamos jugando dominó hasta la noche, en que Juárez nos devolvió a nuestra base en penumbras.


La espera del sueño fue, como tantas veces, una plática que recorrió todos los temas posibles, pasando, desde luego, por el inevitable gorrión de la nostalgia.



domingo, 6 de abril de 2014

¿Una burguesía nacional?

                                                       por Guillermo Rodríguez Rivera
                                                    
Ernesto Che Guevara, con ese interés, esa preocupación, ese amor que le tuvo a esta nuestra parte del mundo, esa que llamamos América Latina y el Caribe –tanto, que lo condujo a dar la vida por ella–, introdujo una categoría socioeconómica que, quienes nos interesamos en sus problemas y en las posibles soluciones para ellos, no hemos cesado de usar desde su aparición, porque nos ha ayudado a comprender muchas cosas.

El término burguesía designaba, desde que surge, al habitante del burgo, de las ciudades, que van apareciendo en la Baja Edad Media, claro que diferentes a los que habitaban los feudos campesinos.

Pero el tiempo y la historia fueron determinando que el sustantivo designara a los integrantes de una clase poseedora que hace avanzar enormemente la producción y las tecnologías que la acompañaban y la posibilitaban. Puede ser una clase con orgullo nacional que, en el peor de los casos, puede llegar hasta el fascismo.

En América Latina tuvimos que confrontar con una burguesía norteamericana que entraba en su fase imperialista: los Estados Unidos del siglo XIX se anexaron casi la mitad del territorio mexicano y todavía en 1903 fomentaron la independencia de la provincia colombiana que era Panamá, y obtuvieron a perpetuidad –que no fue perpetua, gracias a Omar Torrijos y a James Carter– la soberanía sobre la que sería la zona del Canal.

En el siglo XX ya no era necesaria la anexión física, la anexión de territorios: la exportación del capital financiero ponía las riquezas de nuestros países en manos de las grandes transnacionales norteamericanas y las clases ricas de Colombia, de Perú o de Cuba, devenían apenas administradoras y aliadas del poder imperial.

Nuestras burguesías desde entonces, no eran verdaderas burguesías: eran dependientes de la burguesía imperial, por eso el Che las llamó viceburguesías. Podían plegarse a las múltiples tiranías que el imperialismo impuso cuando le fue preciso para defender sus intereses.

El patriciado decimonónico cubano, el que pudo haber sido el fundamento de una burguesía moderna, se arruinó en la cruenta guerra de los Diez Años. Lo mejor de él no pudo alcanzar el final del siglo XIX y mucho menos los inicios del XX, en el que la herencia que nos deja la intervención norteamericana es una viceburguesía plattista, enteramente subordinada a los Estados Unidos. Lo es todavía más cuando, a partir de la crisis de la primera postguerra mundial, el precio del azúcar cae en picada y se arruinan muchos hacendados cubanos, que tienen que vender sus ingenios a empresas norteamericanas.

La falta de independencia de esa clase rica y subordinada se vio como nunca cuando apareció en Cuba una revolución que inicialmente no se había declarado socialista: los burgueses cubanos se subordinaron una vez más a los Estados Unidos que, en premio, les organizó la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, cuyo desenlace fue la victoria revolucionaria de Playa Girón.
  
El modelo socialista que tuvo establecido la desaparecida Unión Soviética, China, Vietnam y las llamadas democracias populares del este de Europa, simplemente desapareció: ninguno de esos países lo sostiene y los nacientes socialismos del siglo XXI latinoamericanos (Venezuela, Ecuador, Bolivia) planean hacerse con la supervivencia de zonas de propiedad privada.

Nuestro socialismo tendrá que mantenerse haciéndose impuro también. Es lo que anuncia (y desea) nuestra ley de inversiones, recién aprobada.

De todos modos, vamos a tener relaciones de producción capitalistas dentro de la Isla. Como yo soy un heterodoxo, jamás me ha interesado la pureza: el objetivo de la mejor política es que el pueblo viva mejor y que el país preserve su soberanía. Y, si vamos a aceptar el capitalismo dentro, ¿en qué nos perjudica que también los cubanos participen? ¿O nos conviene más que todos los inversores en Cuba sean extranjeros? ¿No desnacionalizaremos buena parte del país?

Permitir la inversión de los cubanos sería, entre otras cosas, una manera de burlar el empecinado bloqueo imperialista, porque muchos cubanos de Estados Unidos invertirían a través de sus parientes cubanos, y todo eso lo supervisaría el Partido Comunista, como lo está haciéndolo en China o en Vietnam.

Si no lo permitimos, le prohibiremos invertir a los cubanos de Cuba mientras el gobierno yanki se lo prohibe a los cubanos que viven allí. Bloquearemos aquí como los yankis bloquean allá. Esas prohibiciones absurdas solo van a servir para ser vulneradas; es lo que la experiencia nos enseña día a día: se gana ilegalidad y se pierde dinero.

Acabemos de aflojar la retranca, antes de que se rompa. A lo mejor llegamos a generar una burguesía nacional patriota. ¿Qué tiene de extraño en el complicado mundo en el que vivimos? Una vez la tuvimos.

viernes, 4 de abril de 2014

Quince canciones

1
La Canción de la Trova
Es la canción con la que me autodefiní. No era baladista ni cantautor, como dictaba la moda, sino trovador, como los antiguos, como Sindo Garay y Miguel Matamoros.

2
La Era Está Pariendo un Corazón
Es la primera que me inspira el Che, y se convierte en suceso interpretada por Omara Portuondo. También es la primera que trasciende las fronteras de Cuba: el argentino Pino Solanas la incluye en su documental “La Hora de los Hornos”.

3
Canción del Elegido
Creo que está entre las canciones donde cristalizó una suerte de lenguaje personal. También fue la primera que el pueblo cubano incluyó en su argot. Cuando alguien preguntaba “¿Cómo estás?”, a veces se decía: “Aquí, matando canallas...” No en balde fue también la primera que hicieron suya los rumberos.

4
Epistolario del Subdesarrollo
No fue la primera canción crítica que hice, pero fue de las más escandalosas e incomprendidas. Varias veces me echaron a la calle por cantarla. Pocos vieron que tras aquella diatriba contra nuestras miserias locales había un desgarrado nivel de autoexigencia y un desafío al llamado primer mundo.

5
Esta Canción
Es la más descarnada. La hice el día que cumplí 21 años, durante un decepcionante festival de la canción en Varadero. Quedé tan agotado y vacío que nunca más intenté algo parecido, como una experiencia por la que sólo se transita una vez.

6
Ojalá
Recuerdo la mañana en que la estaba escribiendo, en el “Playa Girón”. Emilia fue la llave de ingreso a aquella música y palabras vertiginosas. Era un momento intenso, una conciencia plena de lo que estaba hallando. Andaba y desandaba los dos metros y medio del camarote con la guitarra sobre el pecho, cantando aquella aparición, chocando con todo, con la vista nublada. Entonces no entendía aquellos sentimientos de fiera enjaulada. Al cabo de los años, viendo la respuesta que Ojalá provoca en tantos públicos, me pregunto cómo aquella mañana tan solitaria de alta mar pudo llegar hasta el futuro.

7
Playa Girón
Fue la primera vez que jugué a hacer una canción panfletaria para desarticular esa categoría, explicitando el proceso de elaboración. Estuve a punto de titularla “Arte Poética”, pero le dejé “Playa Girón” en homenaje a aquellos pescadores que libraban una batalla en cierto sentido tan crucial como la de Bahía de Cochinos.

8
Oleo de Mujer con Sombrero
Soy culpable de haberla separado de sus hermanas, porque es la segunda de la tetralogía "Exposición de mujer con sombrero". Junto con Ojalá, La Maza y algunas otras, es de las canciones que más piden. Pasan cosas fabulosas con ella: la gente se enamora. En ese sentido es lo más cercano a la función de un bolero que he conseguido.

9
El Papalote
Le guardo un especial cariño porque describe recuerdos de infancia en mi pueblo y la vida de aquel hombre, que hacía papalotes y que al cabo de los años me hizo comprender a la gente anónima que es importante para los niños. En realidad trata de muchos temas; entre ellos hay un toque a la discriminación racial, sin subrayarlo, que es parte de un viejo propósito que siempre tuve: hablar de cosas cruciales como si fuera sin querer, sin ser didáctico, sesgadamente, como la mayoría de las veces nos enseña la vida real.

10
Pequeña Serenata Diurna
Entre varias canciones mías donde lo personal y lo colectivo se funden, esta creo que es la que mejor lo consigue, por su transparencia. Creo que fue un resumen, tras hacer otros muchos intentos, entre los que también pudiera contarse Te Doy Una Canción. Usé la paráfrasis de un título de Mozart porque creí encontrarme ante el mismo dilema que él en su Pequeña Música Nocturna: nombrar cosas grandes en un espacio ínfimo.

11
Sueño con Serpientes
“Es una canción sin familia”, me dijo Sabina, y quizá tenía razón. La escribí de madrugada, porque la soñé: soñé las serpientes tragándome y soñé la música medio árabe que tiene, con el bajo en clave de son y todo. La cita de Bretch se la puse como brújula, porque si hoy resulta misteriosa, cuando la hice era desconcertante. Entonces parecía demasiado críptica, y yo necesitaba de un recurso para darle sentido. Y confieso que el sabio de Bretch empezó su ayuda por mi mismo.

12
Rabo de Nube
La escribí en la ciudad de México, a fines de los 70, una tarde en que me quedé solo en la casa de un amigo que nos daba albergue, a Noel Nicola y a mí. Pero la tenía escrita en la percepción desde que era niño y la había intentado varias veces. En Girón-Preludio le pasé la mano, pero la dejé ir. Me parece que todo el que ha sido niño y ha visto un tornado, ha sentido fascinación por el poder de la naturaleza. En Cuba la gente del campo les llama rabo de nube. Lo demás es crecer, vivir el mundo y darse cuenta de lo necesarios que serían, si barrieran con todas las tristezas. Para mi esta canción significa comunicarme con un sentimiento de todos, seamos de donde seamos y pensemos como pensemos. Algunos jazzistas se han fijado en ella: hay versiones de Charles Lloyd, de Chucho Valdés, de Charlie Hyden y de otros.

13
Unicornio
Cuando apareció la canción, el diario “El Mercurio”, de Chile, hizo una encuesta preguntando qué era el unicornio para cada entrevistado. Isabel Parra me trajo la página y leerla fue estremecedor. Cuánta razón había en cada una de las interpretaciones: una señora hablaba de su esposo muerto, una niñita lloraba su cachorro perdido... Creo que descubriendo todo aquello me di cuenta de lo que había escrito. Con Unicornio sucedieron otras cosas extrañas: la escribí a finales de 1980, o en enero del 81, no recuerdo. Lo que sí sé es que el disco fue editado en el 82. Y resultó que el año siguiente, 1983, fue nombrado como año mundial del unicornio por la UNESCO. Entonces comenzaron a aparecer libros, almanaques, agendas, y hasta se hicieron peregrinaciones al museo de Los Claustros, en New York, donde se encuentran los cincos famosos tapices de los unicornios. Para colmo, unos pocos meses después, un ingeniero genético inglés consiguió un cabrito con un solo cuerno en la frente. Todo eso fue, y sigue siendo, un gran misterio para mi.

14
Oh Melancolía
Era una canción que necesitaba hacer. Llevaba años trabajando con Afrocuba, dándole preferencia a los ritmos, y mi espíritu añoraba la lírica. El tema se me ocurrió en un ensayo que detuve inmediatamente, para correr a mi casa a desarrollarlo. No me fue fácil, estuve tres meses dándole vueltas. Pero uno acaba sabiendo reconocer cuando tiene cierto tipo de materia prima entre manos y entonces no ceja. Puse en práctica todo lo que sabía, pero afortunadamente el tema mismo era algo que no sabía, que me había inducido el azar. Y el azar es una de las fuerzas más descomunales de la naturaleza. Según los físicos, de ahí nacen las singularidades, como el Big-Bang... Bueno, está claro que no creé el universo con Oh Melancolía, pero mi modesto universo musical creció con ella.

15
Casiopea
Cintio Vitier y Fina García Marruz me dijeron que era la canción que más les atraía de “Rodríguez”. Qué satisfacción sentí. Porque a mi me pasaba lo mismo. El tema de los exilios. Todos somos exiliados de algo. La misma vida se encarga de exiliarnos de sitios como la niñez. Qué elemental y qué controvertido. Casiopea y Ala de Colibrí son de esas canciones que por momentos se me escapan (hay otras), y puede que algún día les descubra  otros significados, como me pasó con Unicornio. Esta ignorancia de mi mismo me ha llevado a pensar que acaso soy un mostrador de sugerencias, porque el mundo se encarga de completar la dimensión de lo que expongo. Es probable que mi utilidad consista en ser vehículo, herramienta de la que algo se sirve para que la gente no olvide aspectos de sí misma.