jueves, 4 de julio de 2013

Snowden: ¿por qué no te callas? El reino bananero de España


Juan Carlos Monedero
El primer encontronazo del Presidente Chávez con Bill Clinton tuvo lugar precisamente por culpa del espacio aéreo. Clinton agradecía a Chavez que, en nombre de la amistad entre los pueblos venezolano y norteamericano, y en virtud del Plan Colombia, autorizara a la fuerza aérea gringa sobrevolar territorio venezolano. A lo que Chávez contestó: nada que agradecer Presidente, porque el pueblo venezolano reconoce igualmente la amistad del pueblo norteamericano que en virtud de las relaciones entre ambos pueblos y en aras del Plan Colombia permite a la fuerza aérea venezolana sobrevolar territorio norteamericano. Y hasta ahí podíamos llegar, pensó Clinton. Estos países bananeros…
Pero es que América Latina ya es otra. Decía el Che que la Organización de Estados Americanos era el Ministerio de Colonias norteamericano. Y por eso, con el impulso del corajudo Chávez, decidieron dotarse de instituciones regionales soberanas: UNASUR, CELAC, ALBA. Y hacía ahí camina ese continente. En el caso de Bolivia con la decisión de Evo Morales, quien no ha dudado en expulsar de su país a los norteamericanos realizando labores de espionaje. Como en Europa, vamos. Un continente soberano, digno, decente. Todo lo contrario de esta decadente Europa que, al tiempo que descubre que su amigo Estados Unidos tenía micrófonos hasta en los baños del Parlamento Europeo, le dice quién puede y quién no sobrevolar su propia espacio aéreo.
Somos una colonia norteamericana. ¿Será mejor asumirlo de una vez por todas? Lo entendió muy bien José María Aznar: ya que somos rehenes de los norteamericanos, hágamonos uno de ellos. Alguna migaja te cae de su banquete. Y mientras Europa se convierte de facto en una estrella más de la bandera, como Puerto Rico, si hablo con acento tejano y señalo hacia las montañas con el dedo mientras digo arrobado “Mountains, Mountains”, por lo menos me dejan poner los pies encima de la mesa y eructar como los de Kansas después de beberme una Coca-Cola.
América Latina ha empezado a ser librándose de las tutelas. Algo que no hemos hecho en Europa y, mucho menos, en España. Contamos con lengua de serpiente que la liberación de Europa de los nazis comenzó en el desembarco de Normandía, y ya se encargargó Hollywood de hacerlo cierto. Pero la verdad es que la derrota del fascismo empezó con la debacle del 6º Ejército alemán en Stalingrado. Fue el ejército rojo el que liberó Europa. Claro está, salvo en España. Que Franco se quedaría para siempre. Para eso nos pusieron las bases de Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza. Donde, seguramente, almacenan los micrófonos que luego siembran por Europa, su amiga, para espiarla.
Si España tiene un valor añadido es América Latina. Nos llamamos hermanos. Pero no dejamos que el hermano Evo Morales, Presidente Constitucional de Bolivia, sobrevuele territorio español. Lo detenemos como si fuera un delincuente. Lo registramos. Lo convertimos en sospechoso. Al final, de manera vergonzante, autorizamos el vuelo. Al igual que con las elecciones en Venezuela que ganó Maduro. Al final, como a la fuerza ahorcan, terminamos asumiento lo que teníamos que haber hecho desde el principio. Quedamos con todo el mundo como gente de poco fiar. ¿Será verdad que nos parecemos a nuestros gobernantes?
El primer viaje que hizo Juan Carlos de Borbón después de sustituir a Franco en la jefatura del Estado fue a los Estados Unidos. Seguimos tutelados. Somos un vergonzoso Reino bananero. En el próximo viaje del monarca, su familia o el gobierno a la América del Sur, cuando los brindis y las palabras huecas de amistad entre los pueblos, alguien hará sonar una copa con una cucharilla, les interrumpirá y les recordará este gesto de inamistad, de vejación, de falta de soberanía. Igual al Rey lo más que se le ocurre es decir, achispado, ¿por qué no te callas? Ignorando que ese continente, a diferencia del nuestro, ha aprendido ya a hablar sin pedir permiso.
No sirve de mucho, pero otra España os pide disculpas.

Fuente: http://www.comiendotierra.es/2013/07/03/snowden-por-que-no-te-callas-el-reino-bananero-de-espana/

martes, 2 de julio de 2013

Autosomas sexuales


Este artículo pone ciencia a un asunto que en las sociedades incide moral y legalmente, y que hace poco trajimos a Segunda cita. /srd

       Javier Flores

       Con el paso del tiempo y los avances en la investigación científica y clínica, la clasificación de los cromosomas en dos tipos: sexuales y autosomas, aparece como algo completamente arbitrario y sin ningún sentido. En los humanos, por ejemplo, el núcleo de las células contiene 46 cromosomas, estructuras que son claramente visibles en algunas fases de la división celular. Es donde se encuentra empaquetada la larga cadena de ácido desoxirribonucleico (ADN), la molécula responsable de la transmisión de los rasgos hereditarios y del desarrollo de las estructuras y funciones del organismo. En la escuela nos han enseñado que del total de cromosomas sólo 2 son sexuales y el resto son autosomas (22 pares).

La razón para nombrarlos así es que los “cromosomas sexuales” fueron muy útiles inicialmente para diferenciar a los sexos en las distintas especies. Por ejemplo, en los humanos, la presencia de 44 autosomas más dos cromosomas sexuales XY (46, XY) se convirtió en el equivalente a ser hombre, mientras la combinación 46, XX, lo era de ser mujer; algo que no puede considerarse incontrovertible, pues existen múltiples excepciones (como los hombres 46, XX y las mujeres 46, XY, entre otros desórdenes del desarrollo sexual), a las que me he referido varias veces en este mismo espacio y sobre las cuales no abundaré ahora.
Lo que resulta interesante, es que esta clasificación llevó a construir una imagen sobre el genoma en la que existen compartimentos, es decir, regiones especializadas, encargadas de guiar el desarrollo de los órganos sexuales, los procesos reproductivos, e incluso, la identidad sexual. Estas regiones o compartimentos serían los “cromosomas sexuales”. Esto implica una jerarquización, según la cual son estos cromosomas los que comandan el desarrollo sexual y reproductivo, mientras los autosomas servirían para otras cosas muy distintas.
La propia definición de autosoma en los diccionarios médicos o de genética es ejemplo de lo señalado. Con pocas variaciones es la siguiente: “todo aquel cromosoma que no es un cromosoma sexual”, lo cual no nos dice gran cosa, o más bien nos dice nada. Hay otras que son más pedagógicas, por ejemplo, el glosario de términos genéticos del National Human Genome Research Institute señala: “Un autosoma es cualquiera de los cromosomas numerados, a diferencia de los cromosomas sexuales. Los seres humanos tienen 22 pares de autosomas y un par de cromosomas sexuales (X e Y)”. Tampoco nos ayuda, pero revela las dificultades para entender y explicar qué son los autosomas. Finalmente, el glosario del Genetics Home Reference de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos agrega en la definición otra cualidad que ya vale la pena: “Un cromosoma que no está involucrado en la determinación del sexo”. Es decir, los autosomas no forman parte del compartimento en el que se determina el sexo.
Este ninguneo a los autosomas, tendrá que detenerse en algún momento, pues existen datos muy claros de su importante participación en al menos tres aspectos diferentes de la sexualidad humana: a) el desarrollo de los órganos sexuales, b) las funciones reproductivas y c) la identidad sexual. Además, para el caso específico de la determinación sexual, el desarrollo del ovario parece estar regulado por genes localizados en un autosoma, el cromosoma 1, y no en los cromosomas sexuales.
Una de las formas más comunes para determinar la función de los genes, ha sido a través de la patología, es decir, de las enfermedades de origen genético. Cuando hay una falla en algún gen (región funcional de la cadena de ADN), ocurren defectos en el desarrollo de los diferentes órganos desde las etapas embrionarias (como las manos o los testículos), o bien en diferentes funciones (como la coagulación de la sangre, o la movilidad de los espermatozoides, por ejemplo). Mediante esta estrategia, es posible establecer cuál es la función de los genes en condiciones normales.
Por ejemplo, cuando hay alguna mutación en un gen llamado SRD5A2, que se localiza en el cromosoma 2, hay una deficiencia de una enzima (5-alfa reductasa) que es la responsable de una reacción química que convierte a la hormona testosterona en dihidrotestosterona (DHT) la cual es esencial para el desarrollo de los caracteres sexuales masculinos. Las personas afectadas nacen con genitales de apariencia femenina o signos severos de ambigüedad sexual y aproximadamente la mitad son criados como niñas, a pesar de ser genéticamente masculinos (46, XY); son además infértiles o subfértiles. Este síndrome es una clara muestra del papel que desempeña un autosoma en el desarrollo de los órganos sexuales, la función reproductiva y la identidad sexual. Pero no es el único, pues al menos 17 autosomas participan en alguna de estas funciones.
Lo anterior indica que la idea de compartimentos y jerarquías en el genoma respecto a las funciones sexuales y reproductivas puede ser puesta en duda. Los autosomas, y no solamente los cromosomas sexuales, desempeñan un papel de gran importancia en la regulación de estos procesos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/07/02/opinion/a03a1cie

jueves, 27 de junio de 2013

El canto de las jorobadas


Hermann Bellinghausen

Para Matías
        
La lancha inflable, es justo llamarla balsa, donde iba con los Pérez al encuentro de las ballenas me parecía, la verdad, poca cosa. Cómo no sentir aprensión. Digo, he avistado y rondado ballenas varias veces, en distintas latitudes del Pacífico, siempre en navíos de cierta envergadura: barcos pesqueros, yates, lanchas con motor fuera de borda. Pero esa cosita. Y ni pensaron en salvavidas o lámparas. Antes di que no embarcaron las tumbadoras. Ya las pondría el océano. Sólo verlos tan confiados me tranquilizaba. Un poco. ¿Sería que sabían lo que estaban haciendo? Remar la mar toma rato. Los Pérez lo hicieron cerca de una hora antes de alcanzar el jardín flotante de los cetáceos, que se agasajaban al cobijo de la luna.

Desde la balsa no era posible verlas, al principio. Orientados por la luna, los remeros, turnándose, siguieron el rumbo correcto. De pronto se detuvieron. Ángel levantó una mano, indicando atención, silencio.
–Aquí andan cerca, agárrense.
De por sí yo venía bien agarrado de unos lazos para eso que tenía la balsa. Hasta me dolían las manos. Estaba preparado cuando saltaron dos ballenas jorobadas de cuerpo entero, una a cada costado nuestro, con las aletas en cruz de abandono dorsal, y se volvieron a sumergir en una hecatombe de espuma. Repitieron la rutina varias veces, tamborileando. Eran las hembras. La agitación de la balsa alcanzó varios metros de altura. Se me fue el aliento. Los demás gritaban y silbaban como en un rodeo. Dos ballenas más, los machos, asomaron la cola. Eva Pérez, empapada como todos de agua salada y luz de luna, me gritó al oído:
–Ahora van a cantar.
Ángel alzó su mano imperativa otra vez. Era como si se conocieran, las ballenas y los Pérez. Nunca vi algo parecido. En cierta ocasión, recorriendo las islas San Juan, entre los estrechos de Georgia y Juan de Fuca, en la frontera de Canadá con el estado de Washington, el matrimonio que en esa oportunidad servía de guía fue capaz de presentar toda una familia de orcas, que son delfines grandes, las llamadas asesinas (de ballenas), habitantes de un rincón de la isla Orca. Poseían nombre propio, edad y personalidad, y eran amigables como el pan. Humanos y orcas se conocían de años. Pero aquello sucedía en un estrecho, un nido recurrente, y esto ahora era el mar abierto del sur. Las probabilidades de encontrar un grupo conocido de animales (o de personas) son infinitamente menores.
Por si quedaba algo de qué sorprenderme, Noé sacó de una mochila, en la que no había yo reparado, un aparato que consistía en un cable con un extremo pesado, el micrófono, y en el otro extremo una bocina de aspecto sólido. Lanzó el micrófono como si fuera un ancla. El mar, quieto. Las ballenas, imperceptibles. La balsa, suspendida. Nadie se soltó. Entonces, por la bocina, y juraría que también por el aire, se dejó escuchar un canto como de los Swingle Singers (¿quién se acuerda de los Swingle Singers?) pero bestial, con la resonancia de un violonchelo.
Las suites de Bach vienen a ser una sublimación de esa materia prima jorobada, que parecería más afín a la música moderna, donde hubo sitio para un chillido, una ventosidad, un grito, una cuchufleta, y también para los exquisitos tonos altos de un ser vivo poseído por alguna clase de emoción intensa. Sin embargo, el viejo pecho matemático de Bach algo supo de ese canto que nosotros no. Aullidos de lobo. Tripas de gato en sordina, sumergidas. Ondas Martenot.
Casi no se les ve cuando se les oye, si acaso sacan las aletas caudales, pues le cantan al fondo del océano para que las oigan las ballenas del otro lado del mundo. Trepidan más hondamente que una vaca o un elefante despavorido. Y no relinchan. Además, lo suyo tiene propósito, como la música humana. Nada de a tontas y a locas como las aves, meras cajitas musicales si se les compara con el órgano tubular de las ballenas sobre las bóvedas inabarcables.
La coreografía, si así la podemos llamar, de las jorobadas esa noche repetía sospechosamente la de los Pérez horas antes en la playa. En círculo alrededor de la balsa, parsimoniosas, cuatro adultas y una cría bailaban y cantaban contra la ley de las probabilidades una cantata que ponía en aprietos a la escala tonal.
Me pasaría la noche buscando palabras y símiles para esos sonidos, sin rozar el sentido de su posibilidad. Literatura y mitos de Japón, Gales, el Ártico, Norteamérica o Escandinavia trata siempre de la cacería y el descuartizamiento del vasto bosque habitado que es una ballena. Pero Linda Hogan, poeta chicksaw, vio una vez una ballena que todavía no era ballena, “conservaba la sombra de un rostro humano”. Menos mal. Si nos fiamos de las historias y poemas existentes, concluiremos que la humanidad se la ha pasado sacrificándola, sin escuchar sus magníficas cantatas sobrehumanas.
Eva saltó al agua y nadó un rato cerca de ellas. Amanecía cuando regresamos a la playa; pero eso a quién le importa.
Fuente:  http://www.jornada.unam.mx/2013/06/24/opinion/a11a1cul

domingo, 23 de junio de 2013

Una crisis de credibilidad


Hamlet Hermann

El gobierno de Estados Unidos está realizando un cambalache que, evidentemente, no le conviene. Está trocando espionaje por credibilidad. Se equivoca cuando cree que acumulando datos para esconder sus fechorías guerreras va a ser más querido y más temido. Puede que un sector vinculado a la industria bélica quiera más a los de la Casa Blanca, no así las grandes mayorías que habitan el universo. Deberían consultar el pensamiento de Confucio donde señala que la credibilidad es el principal instrumento para ganar la confianza del pueblo. Cuando la confianza se pierde, continúa diciendo el pensador oriental, se pierde todo. No en balde el principal activo de cualquier empresa, más aún de un gobierno, es que crean en éste, lo cual garantiza que los acuerdos serán siempre cumplidos. Sin confianza, no hay convivencia pacífica.

La política de espionaje total y global impuesto por el gobierno del presidente Obama no economiza mentiras ni falsas promesas. Las produce a granel y en operación continua 24 horas al día los 7 días de la semana. Y lo que es peor, el autoritarismo gobernante ha desarrollado una ideología para tranquilizar su conciencia mientras violenta los intereses particulares de millones de ciudadanos. Esta doctrina ha sido articulada como si fuera un asunto de fe. Nosotros, los vigilados, estamos obligados a creer cuanto dicen, sin necesidad de que esté confirmado por la razón o por la experiencia. Es una forma de tiranía que establece la palabra de los poderosos como una virtud teologal, vale decir, como atributo de algún dios.

Hace falta tener una gran paciencia para soportar el cinismo del espionaje estadounidense cuando alega haber frustrado 50 intentos terroristas de gran magnitud desde el 11 de septiembre de 2001. Ninguna prueba presentan de los supuestos hechos frustrados. Con esas declaraciones se incriminan al admitir que, aun conociendo la potencialidad de una acción delictiva, ninguno de esos casos fue presentado ante los tribunales correspondientes. Estamos obligados a creer en los planteamientos de quienes tienen como ideología el entrometerse en los asuntos de los ciudadanos del mundo mientras esconden todos sus planes para incitar, promover y realizar guerras en tierras extranjeras. Habría que preguntarles: ¿por qué espiar a todos los habitantes del territorio estadounidense si, alegadamente, el peligro terrorista proviene del exterior?

La ideología del espionaje total ha creado una maquinaria propagandística en el cine y en las series de televisión para que el mundo acepte a sus espías y matones como héroes a imitar. La arrogancia del poder estadounidense es tal que el presidente Barack Obama llega al colmo del descaro cuando, en una entrevista en el sistema radial público de Estados Unidos, puso como ejemplo que avalaba la calidad de ese espionaje los métodos que aparecen en las series de televisión y los filmes de Hollywood. Sin rubor alguno, la coartada ideológica, fabricada antes de cometer el crimen, ahora es usada por el Presidente estadounidense para justificar los delitos cometidos.

Como el caso del legendario pescador dominicano, Tomás Carite, el presidente Obama aparenta creer sus propias mentiras. Pero el saldo final es que el gobierno de Estados Unidos va perdiendo credibilidad, va desgastando la confianza de su pueblo y del resto del mundo, cada vez que trata de justificar lo injustificable.

Las consecuencias de tanta falta de confianza se ven reflejadas en algunas encuestas de opinión pública dadas a conocer recientemente. En un sondeo desarrollado por Gallup entre los días 1° y 4 de junio, basado en entrevistas telefónicas hechas a más de 1500 adultos a nivel nacional de Estados Unidos, se reveló que más del 77% de los estadounidenses no confía en los principales medios de comunicación. Sólo el 23% de los estadounidenses tiene confianza en los noticieros del país. Los lectores de noticias han encontrado fuentes más confiables en las redes sociales y la Internet, cuya expansión ha sido global. Los estadounidenses de todos los grupos demográficos, incluidos conservadores, moderados y liberales, han experimentado en general una disminución de la confianza sobre los principales medios informativos que se ha agravado desde el año 2007.

Evidentemente, el cambalache de espionaje por credibilidad profundiza el descrédito de Obama y la estructura gobernante de Estados Unidos.

viernes, 21 de junio de 2013

El capitalismo como religión y el neofranciscanismo como su disciplina


Maciek Wisniewsky

    A cien días del relevo en el Vaticano el nuevo Papa cautiva sobre todo con sus gestos. Desde los fieles hasta los teólogos de la liberación como Leonardo Boff u otros disidentes como Hans Küng, casi todos se dejaron seducir. Francisco estableció un estilo sencillo y austero: evita prendas adornadas, optó por un anillo y una cruz de plata, calza zapatos negros viejos, rechazó un lujoso apartamento; más de una vez dijo que quiere una “Iglesia pobre y para los pobres”. Como recuerda Damián Pierbattisti, Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975) define el poder disciplinario como “la anatomía política del detalle”; no había últimamente otra ocasión donde aquella definición se vea con tal nitidez como con Francisco ( Página/12, 28/3/13).

Para estar claro: los gestos y los símbolos son importantes (lo dice el mismo Foucault). El elogio a la pobreza, humildad y sencillez que predicaba Francisco de Asís, como subraya Küng ( El País, 10/5/13) también, sobre todo si pensamos en Benedicto XVI con su muceta y zapatos rojos a la medida. En este sentido el encanto de Francisco reside hasta ahora en las diferencias con su(s) predecesor(es) y en lo superficial (para más, habrá que esperar). Pero si es verdad que las épocas de crisis –como la de hoy– permiten ver las cosas con más claridad, entonces necesitamos una mirada más amplia. La “austeridad papal”, más que desnudar los mecanismos del orden dominante, los encubre.
Si algo abunda hoy es el anticapitalismo superficial: de todos lados se escuchan quejas por los “excesos” de empresas, bancos y mercados. Este tipo de crítica “moral” es también la de Francisco. El Papa pide “justicia social”, cuya falta resulta en desocupación ( La Jornada, 1/5/13); instruye al clero a “aprender de la pobreza de los humildes” y a “evitar ídolos del materialismo que empañan el sentido de la vida” ( La Jornada, 9/5/13); pide “reformas al sistema financiero para distribuir mejor la riqueza” y condena “la tiranía del dinero y mercados”. “La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero”, dice ( La Jornada, 17/5/13).
El mejor ejemplo de lo inocuo de esta crítica: Angela Merkel se reúne con Francisco y dice que “el Papa tiene razón” ( La Jornada, 19/5/13). Lo verdaderamente subversivo sería si el Papa argentino indicara por ejemplo el camino latinoamericano: la solución política a la crisis (sobre la que la UE calla) y un nuevo contrato social (todos están ocupados en destruir el viejo). Pero Bergoglio siempre estuvo de espaldas a los gobiernos populares, como los kirchneristas, a los cuales nunca ha reconocido por sacar a Argentina de la debacle 2001/2002 (él mismo en aquel entonces se limitó a distanciarse de los responsables y a llamar a la “resurrección moral del país”). Al no hablar de la “lección argentina” (la decisión acerca de la deuda, la importancia de la inversión social) o de los movimientos que hoy se oponen a la austeridad, con su “culto de la pobreza” sólo ofrece un componente espiritual a la “austeridad autoritaria” en Europa.
Si bien Francisco va más allá de Benedicto XVI (que cuando estalló la crisis sólo moralizaba sobre la “excesiva avaricia y consumismo”), acercándose a la crítica soft del capital de Juan Pablo II (que de todos modos destacaba en los 80 y 90), se queda corto comparado con el enfoque sistémico de la teología de liberación (Bergoglio siempre se encontraba en los antípodas de esta corriente; hoy sus representantes le dan el voto de confianza “por el bien de la atormentada Iglesia”). Como bien apunta Michael Löwy, el nuevo Papa sigue la tradicional doctrina social de la Iglesia, donde los pobres son sólo objetos de caridad y compasión, no sujetos de su propia historia que deben liberarse, estando muy lejos por ejemplo del pensamiento de Hugo Assmann o Franz Hinkelammert. Éstos, vinculando el catolicismo con el marxismo desarrollaron una crítica del capitalismo como una “falsa religión”, donde los ídolos del dinero, la ganancia y la deuda, como los del Antiguo Testamento exigen sacrificios humanos, imagen empleada por Marx en El capital ( Le Monde, 30/3/13).
Francisco critica el culto al dinero (“becerro de oro”), pero no cuestiona nuestra fe en el capitalismo. Su neofranciscanismo no es una herramienta de liberación, sino una nueva estrategia de disciplina; no está dirigida al sistema, ni a los banqueros, sino a la gente común. Es un mecanismo de contención que pretende hacer la crisis más manejable y hacernos asumir sus costos (lo que sería una paradoja ya que el gesto original de San Francisco, nacido en una familia de empresarios proto-capitalistas, fue profundamente antisistémico). La “austeridad papal” como “la política de detalle” foucaultiana pretende enseñarnos las bondades de “vivir con menos” y de “pedir menos” (sueldo, prestaciones, derechos, servicios), a contentarnos “con lo poco que hay” y neutralizar a la vez el potencial político de la pobreza.
Giorgio Agamben leyendo a Walter Benjamin y su texto El capitalismo como religión (1921) –comentado también extensamente por Löwy– subraya que su análisis y comparación cobran incluso mayor relevancia después de que fuera cancelado el patrón oro y aumentara el papel de la deuda. Pero la más iluminadora fue su intuición de que el capitalismo como religión “no tiende a la redención sino a la culpa, no a la esperanza sino a la desesperación, no a la transformación del mundo sino a su destrucción” ( Rebelión, 14/5/13). Incluso pocos marxistas, en su mayoría cegados por la “acumulación de las fuerzas productivas”, lo veían así, y no es sólo la ceguera del nuevo Papa. Pero la disciplina neofranciscana seguramente ayuda a hacer más suave nuestro viaje al precipicio (en un tren llamado “progreso”, por supuesto).
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/06/21/opinion/024a2pol