Por Juan Nicolás Padrón
Recientemente la Editorial Ojalá ha
acertado con nuevos libros, imprescindibles en la música y en la cultura cubanas;
uno de ellos, Decirlo todo, del
profesor Guillermo Rodríguez Rivera, no solo se caracteriza por ser un texto
sincero y ameno, sino también por su utilidad para el ejercicio del pensamiento
y el rescate de la memoria histórica de la nación, sobre todo al iluminar
rincones oscuros de su Historia. A veces, por incómodos, hay una voluntad de
olvidar estos ángulos ocultos, que, al no estudiarse, se erigen en tareas del “plan
de trabajo” de los enemigos de Cuba, que saben del ancestral gusto humano por “lo
prohibido”.
Decirlo todo complementa y amplía lo que se conoce superficialmente
o se ha divulgado solo de manera parcial, con ojos de lupa y tanta cautela que
apenas se profundiza en “las causas de las cosas”; es un libro que, como las Polémicas culturales de los 60, seleccionadas
por Graziella Pogoloti, resulta obligatorio para enriquecer y matizar el
conocimiento, que además debe partir preferiblemente de los ineludibles
documentos históricos ─bien recogidos por José Bell, Delia Luisa López y Tania
Caram en Documentos de la Revolución
Cubana, por citar un ejemplo─, y no de ciertas versiones descafeinadas, y
hasta falsas, ni de los refritos y la papilla “sinflictiva”.
Para vivir con seguridad y verdad
revolucionaria, amor y convicción patriótica, a veces hay que estar operado de
los nervios, e incluso, llegar a ser temerario; otras, hay que quedarse
tranquilo y callado, esperando el momento oportuno para enfrentar a burócratas
y tecnócratas con todos los argumentos, pero no se puede tener miedo a nada ni
a nadie; no basta comprarse un perro o tener un padrino poderoso, que casi
siempre se esfumará ante una circunstancia complicada, porque solo quedan “los
que puedan sonreír / en medio de la muerte, en plena luz”. Quien tenga miedo,
ese temor lo acompañará a cualquier parte, esté donde esté. Por eso hay que
decirlo todo, aunque parezca una utopía, porque, en realidad, uno dice solo lo
que sabe, lo que quiere… lo que puede.
Las clases de Guillermo en las
noches de finales de los años 70 en el curso para trabajadores de la Facultad
de Filología de la Universidad de La Habana, nunca serán olvidadas. Mis
compañeras se estremecían con la lectura que el profe hacía de poetas españoles
de la generación del 27 y de clásicos de las vanguardias latinoamericanas; a
veces le solicitaban “¡Otra!, ¡otra!, ¡otra!”, y él respondía que no era Rosita
Fornés, y debía cumplir rigurosamente con la célebre metodología de los P-1, un
engendro “metodológico” de la educación de entonces. Pero no solo enseñaba
literatura; de ahí partía para educarnos en la sensibilidad social y política
de aquellos momentos, como corresponde a la labor de los verdaderos maestros,
que mostraban todas las cartas sin ocultar nada. Le gustaba repetir que Cuba
era el país de “la tuya”, pues nunca se escuchaba la mentada de madre, una
práctica extendida, lamentablemente, durante mucho tiempo, aunque algo hayamos
avanzado.
Eran más de las once de la noche
cuando terminaban las clases, tres veces por semana, y algunos se sumaban al
grupo que acompañábamos a Guillermo al salir de la Facultad; al ritmo de sus
pasos cortos subíamos el tramo de la loma de la calle G, en dirección al mar. En
no pocas ocasiones nos poníamos de acuerdo para ir al Carmelo de 23, que por
entonces iba recuperando lentamente cierto glamour
perdido durante el primer “período especial” de finales de los años 60 y
principios de los 70. Allí conversábamos de lo humano y lo divino, chistes
verdes y rojos, filosofía griega y callejera, la poética de los metafísicos
ingleses o la antipoesía parriana, la patología de los burócratas del momento y
la necesidad de crear un Frente Amplio para el Desarrollo de la Imaginación, el
FADI, según la manía de siglas que nos acompañaba… Guillermo era el líder de la
mesa y su magisterio se basaba en una autoridad de raigal cubanía santiaguera,
matizada por citas de canciones de Sindo o Matamoros, transformadas en frondosa
cubanidad de toda la Isla, cuando el profe, sin abandonar nunca la poesía,
mostraba su capacidad ensayística. Pero illo
tempore él hablaba y apenas escribía, y no pocas veces lo insté volcar su
criolla sapiencia en un libro.
Andando el tiempo llegué a ser
editor de Letras Cubanas, trabajé su poemario En carne propia, y cuando me habían asignado Sobre la historia del tropo poético, marché a una misión militar en
Angola y perdí esa oportunidad. Al regresar, nos vimos ocasionalmente y le
recordaba que debía recoger los deliciosos epitafios que circulaban en los
medios culturales, la mayoría concebidos por él, o por el poeta mayor de su
generación, Luis Rogelio Nogueras, y también por Raúl Rivero, entre otros. Una
de las últimas veces que lo vi me aseguró haber reunido algunos; ojalá que
Ojalá los publique también, si existen, quizás con la ayuda del villareño
Ricardo Riverón, que se sabe de memoria casi todos. En 2004 Ediciones Boloña,
de la Oficina del Historiador de la Ciudad, le publicó Por el camino de la mar. Los cubanos, reeditado en 2005 y 2008, y
publicado en inglés y en francés en 2007, con ensayos que conforman una
deliciosa indagación en nuestra psicología social, y un poema paradigmático: “Cubano”.
El libro publicado ahora por Ojalá
es una seria contribución a la historia cultural entre 1959 y “los tiempos que
corren”, una versión y lectura hasta donde le permitió lo que vivió y revisó;
constituye el ejercicio de un pensador y poeta que para algunos sobresale por
ser controvertido; para otros, por su agudeza y originalidad, y para todos, por
su personalidad auténtica, lúcida y desbordante de ingenio. El texto se
caracteriza por sostenerse en una amplia bibliografía y por el audaz ejercicio del
criterio, incluso frente a lo establecido; su capacidad de síntesis, su
maestría para relacionar hechos aparentemente desvinculados y para generar
polémica constructiva, resulta uno de los valores más apreciables del texto.
La Historia no puede estar llena de
olvidos, que pueden convertirse en engaños. Los héroes no pueden ser de mármol,
piedra o yeso, ni los antihéroes amasados solo con los desechos del
estercolero. Las instituciones y personalidades prerrevolucionarias no siempre
son olvidables, porque las de la Revolución se construyeron sobre ellas. Por
mucha unidad que tengamos hoy, en una familia hay ovejas negras y traidores,
grupos y afinidades electivas, grandeza y bajeza humana, alianzas tácticas y
estratégicas, momentos de ira y de reflexión… y el libro los enfoca según las
vivencias, sensibilidad y saberes de su autor. Historia, sociedad, cultura y
política andan juntas en estas páginas, como en la vida, sin fronteras ni
parcelaciones heredadas de dogmas eclesiales y estalinistas, diseñados para
ejercer la dominación y el control del pensamiento crítico.
Las lecturas de Guillermo y su
presencia en diversos grupos, casi siempre con acompañamiento etílico —desde la
popular “chispaetrén” hasta los añejos más reputados—, han alimentado un conocimiento
heterodoxo y libertario. Habrá quien se desayune con algunas de estas
informaciones, a veces por ignorancia hasta explicable, o porque los
sorprendidos andan como pesca’o en tarima —tal vez porque les conviene—, con
los ojos abiertos, pero sin ver nada. No son digresiones gratuitas sus
constantes referentes a la Historia de Cuba para explicarse su propia contemporaneidad;
Guillermo despliega su coherencia y cohesión, y una enorme capacidad para trenzar
disciplinas que Aristóteles y el occidente cristiano separaron, pero que habrá
que volver a unir, como en la bullente polis,
para explicarnos avatares del pasado y del presente.
La acumulación de suspicacias y
prejuicios ha hecho que practiquemos secretismos —ridículos en tiempos de
Internet—, que no “afectemos” nombres “importantes” —como si la grandeza fuera
químicamente pura—, no ahondemos en determinadas insuficiencias —porque nuestro
pueblo, con altos niveles de instrucción, “no está preparado”—… La reacción de algunos
jóvenes, basada en su poca o fragmentaria información, ha sido “irse con la de
trapo”, bajo diseños interesados en perjudicar la Revolución, y no distinguir
contextos, buscar antecedentes o contrastar versiones; tal descontextualización
suele conducir a conclusiones distorsionadas de procesos humanos y sociales contradictorios
y complejos. Decirlo todo es uno de
los mejores tributos para continuar, con conocimiento de causa, la larga lucha
por la emancipación.
Abril de 2018