Flaco: Te envío las palabras que dije en el XI coloquio sobre Carlos Rafael, en Cienfuegos, el 23 de mayo pasado, día de su 101 aniversario. Un abrazo,
Raúl
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Raúl Roa Kourí, Carlos Rafael Rodríguez, "El Flaco" y Vicente Feliú, década del 70 |
Hoy 23 de mayo Carlos Rafael Rodríguez habría cumplido 101 años. En esa
fecha de 1913 nació en Cienfuegos, la bella “Perla del Sur” que todavía muestra
la impronta de sus fundadores franceses venidos de la Nueva Orleans. Cursó sus estudios primarios en el Colegio
Monserrat “de los jesuitas”, quienes, según él me dijera, fueron responsables de
su rigor intelectual; y los secundarios
en el colegio Academia Champagnat de los Hermanos Maristas de esa ciudad.
Desde muy joven Carlos Rafael inició sus lecturas de José Martí, amén de
otros clásicos de la lengua, y, por supuesto, de escritores de la antigua
Grecia y la Roma eterna. Inicio su vida
política en 1929, cuando cobraron auge
las luchas estudiantiles contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, que
cuajaron en aquella tremenda tángana del 30 de septiembre de 1930, en que
corrieron juntas sangre estudiantil y sangre obrera. Allí cayó Rafael Trejo y fueron heridos Pablo
de la Torriente Brau e Isidro Figueroa.
Por esos días, Carlos ingresó en
el Directorio Estudiantil, creado en Cienfuegos tras la muerte de Trejo. Fue dirigente del DEU durante toda la lucha
antimachadista, sufriendo prisión en 1931.
Depuestos Machado y el gobierno provisional de Carlos M. de Céspedes,
que le sustituyó tras la “mediación” de Sumner Welles, por el movimiento
estudiantil y los sargentos y soldados sublevados el 4 de septiembre de 1933,
Carlos Rafael fue designado parte de un triunvirato que ocupó la Alcaldía de
Cienfuegos. Carlos, como mi padre antes,
se desligó del DEU por hallar que sus fronteras ideológicas no traspasaban las
de la República semicolonial, supeditada al imperialismo yanqui, y se enroló en
el Ala Izquierda Estudiantil, orientada por el Partido Comunista de Cuba, al
cual adhirió en 1936.
Había fundado, durante aquellos años de lucha, con otros compañeros de
estudios e inquietudes, entre los cuales figuraban Juan David, Raúl Aparicio y
Edith García Buchaca, el Grupo Ariel, de decidida postura martiana y
antimperialista. A éste se debió una
importante actividad patriótica e intelectual, que trascendió las fronteras de
Cienfuegos, para ser reconocida en todo el país.
Si, como ya dije, debió su rigor intelectual al colegio jesuita, fueron
también las vastas lecturas de los clásicos del pensamiento marxista y la
literatura universal, su permanente curiosidad intelectual, las que le permitieron
conocer a fondo la literatura rusa, soviética y estadounidense e incursionar más
tarde en los contemporáneos japoneses, austriacos, nórdicos y latinoamericanos.
Ello dio fundamento a su condición de
intelectual orgánico en el sentido gramsciano.
Cursaba yo, en 1955, los primeros años de la carrera de Ciencias
sociales y derecho público en la universidad habanera -nuestro exilio en México
me había impedido matricular antes- cuando Luis de la Cuesta, entonces director
de cultura de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y, desde hace años,
tránsfuga avecindado en Miami, me convidó a una reunión de Juan Nuiry,
presidente de nuestra Asociación de estudiantes, y dirigente de la FEU, con Carlos
Rafael Rodríguez.
Se trataba de conversar con éste sobre la situación nacional y
revolucionaria, la política que venía desarrollando José Antonio Echevarría a
la cabeza de la FEU, las acciones
progresistas y antibatistianas de su dirección de cultura, para conocer de
primera mano la visión que de todo ello tenía entonces el Partido Socialista
Popular (PSP) a cuyo Comité Nacional pertenecía nuestro interlocutor.
No había disfrazado en modo alguno su conocida estampa: tenía el cabello
libre de las canas que luego le vimos, y por supuesto, más poblado; usaba
espejuelos de aros redondos y bigote cuidado.
“A ti te conocí recién nacido” –me dijo– “aunque luego nos encontramos
con tu padre en alguna librería de la Habana Vieja”.
Efectivamente, yo recordaba a Carlos también de mi adolescencia, pues a
los 14 o 15 años lo saludamos Javier
Pazos y yo en la editorial Páginas, que él dirigía, en cuya librería procurábamos hacernos de literatura
marxista. En 1936, al regresar mi padre
de un breve destierro en los Estados Unidos, tras la huelga de marzo de 1935,
ahogada en sangre por Fulgencio Batista y José Eleuterio Pedraza, Carlos Rafael
le había visitado en nuestra casa para instarlo a ocupar en el Partido Comunista
(PC) el lugar que había dejado al morir Rubén Martínez Villena.
Por supuesto, la modestia característica de Roa le inhibía de imaginar
siquiera poder llenar el gran vacío que se produjo en el movimiento
revolucionario y obrero con la desaparición del que fuera no solo digno sucesor
de Mella, sino brillante agitador, pensador, organizador y dirigente de la
lucha contra Machado. Pero además, Roa junto a Pablo de la Torriente, Gustavo Aldereguía,
Manuel Guillot, Ramiro Valdés Daussá, Leonardo Fernández Sánchez y otros
compañeros discrepaban ya de algunas posiciones de la Internacional Comunista
dictadas por Stalin, que adoptó el PC cubano, como los demás miembros de la
Internacional.
Aquella discrepancia no implicaba, en modo alguno, que ambos no
continuaran -Roa como “francotirador” y
Carlos Rafael como militante del PC- su
brega revolucionaria: entendieron desde muy temprano, que los campos en Cuba
estaban claramente deslindados; los que combatían por la liberación nacional y
el socialismo frente a los que respaldaban la brutalidad imperialista, la
neocolonia, el racismo, la discriminación racial, y la opresión social. Ninguno creyó jamás en la llamada
“neutralidad” de la cultura.
Carlos Rafael ha dicho que, alguna vez, quiso ser escritor. Los deberes
de la lucha le convirtieron en un escritor al servicio de la causa en que
creía. Confirmó así que “el combatiente
que siempre quiso ser se sobreponía en él al escritor que no cuajó enteramente”. A mí me confió que era tanto su afán por
hacer las cosas bien, que cuando se dio cuenta que no escribiría jamás como los
clásicos, optó por desistir de aquel empeño.
En realidad sus ensayos, artículos, discursos y notas tienen un estilo
sobrio y afilado, de ahí que al recogerlos hace algunos años, en los tres tomos
publicados por la editorial de Ciencias Sociales, los titulara Letra con Filo.
En su manera de ver nuestra historia y el proceso de la cultura y el
pensamiento cubanos está (cito) “implícito el esfuerzo, que no creemos del todo
fallido, de evadir el encuadre dogmático –tan frecuente hace 40 años– y de recuperar
el método creativo que Marx y Engels usaran en el Dieciocho Brumario y en las
Guerras Campesinas, y que aparece diseñado –creemos que por primera vez en la
teoría de habla española– en el ensayo
(1943) en que proponemos una escritura de la historia de Cuba que utilice no
las supuestas categorías estériles de un marxismo esclerosado, sino la forma
vivaz, rica y bullente de los propios clásicos”.
En diversos trabajos del libro al que nos referimos, no solo se
encuentran sesudos análisis de la estructura económica de la Cuba
prerrevolucionaria, sino polémicas esclarecedoras -como la sostenida con el Dr.
Raimundo Lazo, viejo liberal, profesor y miembro del Partido Ortodoxo- sobre el
verdadero contenido de los conceptos marxistas de la libertad, el individuo, la
democracia, el Estado y la revolución.
Hoy vale la pena releerlos, porque tras la crisis y el derrumbe de la
Unión Soviética y el llamado “socialismo real”, el combate por un verdadero
socialismo democrático y representativo está a la orden del día.
En 1971 fungía yo como director de relaciones internacionales en el
ministerio de la industria alimentaria (MINAL), bajo la dirección de José A.
(Pepín) Naranjo y había asistido, en esa capacidad, a una reunión de la
comisión respectiva del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) que tuvo lugar
en Checoslovaquia. El director de esta
rama en el Consejo, me invitó a
visitarle en la sede del CAME en Moscú, donde obtuve valiosas informaciones
para nuestra industria. De aquella
conversación nació mi interés por impulsar la colaboración del MINAL con los
países miembros.
Al conocer que el Departamento CAME del MINCEX sería atendido, en lo
adelante, por la Comisión de Colaboración Económica y Científico Técnica
(CNCECT), que presidía Carlos Rafael, aproveché un encuentro fortuito, en el
velorio del viejo revolucionario, amigo de Mella y médico de Rubén Martínez
Villena, doctor Gustavo Aldereguía, para preguntarle si podría serle de
utilidad en ese ámbito. Repuso que podría ser su Director, pero que yo mismo
debía obtener la anuencia de Pepín Naranjo, pues no se dedicaba “a piratear
cuadros”.
Obtenida la autorización, que Carlos confirmó telefónicamente, pasé a
formar parte del “pequeño ejército loco”, como lo denominaba –burlas veras– su
vicepresidente, Francisco (Pancho) García Valls, lamentablemente fallecido hace
pocos años, con quien anudé entrañable amistad. Carlos me citó a su despacho y me
advirtió, de inicio: “Los verdaderos revolucionarios, como tu padre, como yo,
tenemos enemigos; algún compañero de la dirección –pero no de las más alta
dirección– manifestó su inconformidad con tu traslado a mis oficinas. Siempre
que tengas razón, puedes contar con mi apoyo, pero si fallas, pedirán tu
cabeza. Te lo digo ahora, que ya formas parte de la Comisión.” Agradecí siempre
su franqueza y, como pueden ver, mantengo todavía la testa sobre mis hombros.
La idea de Carlos Rafael no era que Cuba ingresara de inmediato como
miembro pleno a la organización integracionista del campo socialista. De hecho, al iniciar mis estudios sobre como
mejor colaborar con el CAME me dijo: “no debemos aspirar a una relación tan
intensa como la de Polonia, ni tan tenue como la de Yugoslavia, que era miembro
asociado; podría ser como la de Mongolia, pero teniendo en cuenta nuestro mayor
nivel de desarrollo relativo”.
Al ser invitados en 1972 a la sesión del CAME en Moscú, esa fue la
posición aprobada por nuestro gobierno. Sin embargo, tras el brillante discurso
de Carlos Rafael, en que asentaba nuestra colaboración con ellos en la triple
condición de país latinoamericano, socialista y no alineado que podría servir
de puente en el futuro para la integración con nuestro continente y de este con
el CAME, el primer ministro de la URSS, Alexei Kosiguin, propuso nuestro
ingreso como miembro pleno, lo que fue adoptado por aclamación.
Los años de Cuba en el CAME son harto conocidos; a esta colaboración,
pero sobre todo a la sostenida con la URSS, debe en gran parte nuestro país el
desarrollo de varias ramas industriales nuevas (máquinas herramientas,
implementos agrícolas, combinadas cañeras, alzadoras de caña, nueva planta de
níquel, termoeléctricas, fábricas de cemento y otras más), el crecimiento de
nuestras exportaciones e importaciones a precios justos, la coordinación de
planes y la cooperación en la producción y en los planes de especialización de
la producción, a escala del campo socialista.
Durante cinco años trabajé con Carlos Rafael como secretario permanente
para los asuntos del CAME y no puedo ahora –no es la ocasión– referirles cuánto
aprendí de él y del trabajo conjunto con los compañeros que dirigían otros
sectores de la CNCECT. Como jefe, Carlos Rafael era exigente, pero dejaba
“volar” a sus subordinados. Prefería
aquellos que pensaban con cabeza propia, aunque discutía sus ideas
rigurosamente. A la hora de hacer
valoraciones era más bien parco. Un día
se lo dije y me dio la razón: “antes de la revolución mi jefe (Blas Roca) fue
siempre poco dado al elogio; tampoco lo es Fidel. Por eso, tal vez, mis evaluaciones sean como
son”. Repuse que de todos modos una
palmadita en el hombro de vez en cuando no vendría mal, y estuvo conteste, pero
siguió siendo austero en el uso de adjetivos.
Estaba previsto que yo remplazara a García Valls –nombrado Ministro
Presidente del Comité Estatal de Finanzas (CEF)– como Vice representante en el
CAME; en una ocasión, volando hacia Moscú a una reunión de su comité ejecutivo,
indiqué a Carlos que no obstante hallarme preparado para asumir esas funciones,
preferiría quedarme trabajando con él en sus nuevas tareas como Vicepresidente
de los Consejos de Estado y de Ministros.
Se alegró, pero me puso como condición buscar un sustituto adecuado.
Resuelta la sustitución de García Valls, me estrené en 1977 en el cargo
de asesor de política internacional del también jefe del sector de Relaciones
Exteriores de nuestro gobierno, desde el cual colaboré en las múltiples tareas
de Carlos Rafael durante dos años, al cabo de los cuales fui designado
nuevamente embajador, representante permanente ante las Naciones Unidas. Resulta ocioso decir que el “asesor” sacó más
provecho de aquella relación que su jefe, aunque tampoco fue inútil mi
“contribución”.
En el período de 1978 a 1984, mis relaciones con Carlos no fueron menos
intensas, tanto por las reuniones preparatorias de la 6ta cumbre de los países
no alineados, celebrada en La Habana en septiembre de 1979, que él presidía,
como en las siguientes cumbres, a las cuales asistí, sostenidas en la India y
Zimbabwe, así como las reuniones extraordinarias de la Asamblea General de la
ONU sobre Desarme, a las que encabezó nuestra delegación.
En años anteriores, Carlos Rafael, quien desde 1974 supervisaba el sector de Relaciones
Internacionales como Vicepresidente del Consejo de Ministros, realizó
importantes gestiones en la ONU, sobre todo en materia económica. Así, dirigió la elección de Cuba a la Junta
de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI)
y luego al Consejo de Administración del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), lo que constituyó una gran victoria política, subrayando las modificaciones que tenían lugar
en la ONU tras el advenimiento de nuevas repúblicas o estados independientes en
Africa, Asia y el Caribe. Ya no tenían
los Estados Unidos aquella mayoría mecánica que en los años 50 les permitía
hacer y deshacer en la arena internacional.
Surgía entonces, como asevera Oscar Oramas en su trabajo titulado Carlos
Rafael Rodríguez el Diplomático, una nueva mayoría que nos acompañó desde las
primeras votaciones contra el bloqueo hasta garantizar el apoyo casi universal con
que contamos hoy.
Carlos Rafael defendió entonces la tesis de que los países
desarrollados, en particular las potencias coloniales, eran responsables del
subdesarrollo; el concepto de desarrollo frente al del crecimiento económico,
que muchos confundían; y la necesidad de que el desarrollo tuviese un contenido
social imprescindible, así como la necesidad de crear un nuevo orden económico
internacional, justo y equitativo.
Fueron los tiempos en que Cuba había sido excluida arbitrariamente del
Grupo Latinoamericano (GRULA), en los organismos internacionales del sistema de
Naciones Unidas y, por ende, no pudo integrar el Grupo de los 77, creado
durante la Primera UNCTAD, en Ginebra.
No fue hasta 1972, tras una “complicada negociación que incluyó etapas
en Ginebra y Nueva York y un forcejeo a distancia con Brasil”, que Cuba fue
reconocida como miembro de los 77, pero no del GRULA, cosa que sucedió años más
tarde, una vez que el aislamiento de Cuba en el subcontinente comenzó su
“progresivo y rápido desmoronamiento”.
Cuba ingresó al Movimiento de los Países No Alineado en 1961 durante su
primera cumbre efectuada en Belgrado, Yugoslavia. El Canciller Roa había sugerido dicha
participación, como medio para romper el
aislamiento que el imperialismo quería imponernos no sólo en nuestra América,
sino en el resto del mundo. El
Presidente Osvaldo Dorticós -cienfueguero ilustre también y hombre de gran
talento- iba al frente de nuestra delegación.
La Patria de Martí fue la única de América Latina en participar con
pleno derecho; Bolivia y Brasil asistieron como observadores y México como
invitado.
Allí se reconocía , por primera vez en un Foro Internacional a nivel de
Jefes de Estado y Gobierno, el derecho de Cuba a recuperar el territorio
ilegalmente ocupado en Caimaneras por la Base Naval de Guantánamo, impuesta a
la república mediatizada en virtud de la Enmienda Platt; se anudaron vínculos con los
nuevos estados emergentes de Africa y Asia; y colaboramos con los
revolucionarios del African National Congress (ANC) de Sudáfrica, el Movimento
pela Libertaçao de Angola (MPLA), el
Frente de Libertaçao de Mozambique (FRELIMO) y el Front National de Libération
Algérien (FNLA). Todos ellos conquistaron, pocos años después, la independencia
de sus países respectivos.
El MNOAL, cuyos guías originales fueron Josip Broz Tito, de Yugoslavia;
Jawaharlal Nehru, de la India; Gamal Abdel Nasser, de Egipto; Kwame N’Kruma, de
Ghana; y Ahmed Sukarno, de Indonesia,
tuvo un antecedente en la Cumbre de Países Afroasiáticos sostenida en Bandung
en 1955. Pero había una diferencia notable: a la de Bandung no asistió
Yugoslavia, pero sí la República Popular China, mientras que a la de Belgrado
ésta no asistió. En 1955, antes de
aflorar las divergencias chino-soviéticas, la RPCH formaba parte del campo
socialista; en 1959, Yugoslavia hacía años que nada, o casi nada, tenía que ver
con éste, sin embargo, ambas reuniones se pronunciaron por la paz,
el desarme general y completo, la
coexistencia pacífica, contra el racismo, la discriminación racial, el
colonialismo, el neocolonialismo y el imperialismo. Dichos principios guían la
acción del Movimiento hasta nuestros
días, a pesar de los cambios trascendentales que han tenido lugar en el mundo.
Carlos Rafael desempeñó un papel importante en ese período en el que
tuvieron lugar cumbres no alineadas fundamentales, como la 4ta en Argel, a la
que asistió Fidel, presidiendo nuestra delegación, que dio un giro
antiimperialista decidido al movimiento, a pesar del ingreso de países cercanos
a los imperialistas franceses, británicos y norteamericanos, y a la 5ta Cumbre,
celebrada en Sri Lanka que propuso a Cuba como sede de la 6ta. Carlos Rafael encabezó nuestra delegación a
Colombo.
Desde su posición como dirigente del Partido y el gobierno, Carlos
Rafael mantuvo una fecunda actividad. Si en sus años mozos, como todos los
militantes del PC, no dejó a veces de ser dogmático y sectario, su calidad humana,
sólida cultura e inconmovible adhesión a la revolución encabezada por Fidel,
hizo que no fuera remiso a revisar viejos criterios y a incorporar nuevos,
forjados en la lucha por la defensa de la independencia y la soberanía
nacionales. Partícipe indispensable en las relaciones con los partidos
comunistas y obreros de los países socialistas, así como con sus gobiernos, sostuvo
los criterios de nuestro Partido (PCC) y de Fidel en discusiones, muchas veces
escabrosas, con estos.
Salvaguardó los intereses de Cuba en todas las
negociaciones y discutió con pasión en el seno del CAME y en conversaciones bilaterales con aquellos
gobiernos que se resistían a aceptar nuestra concepción de la colaboración
socialista, del internacionalismo socialista, más bien.
Al producirse el desmoronamiento del “campo socialista” y siendo yo
viceministro de relaciones exteriores, le llamé en vano. Días después, nos
encontramos en la graduación del Instituto superior de Relaciones
Internacionales (ISRI) y reconoció haber recibido mi recado. “No te he llamado
–dijo– porque sé que deseabas verme para comentar los terribles acontecimientos
de Europa oriental y yo no estaba en condiciones de hacerlo. Ha sido un golpe
sumamente duro. Llámame mañana y nos pondremos de acuerdo para vernos.”
Así fue. Para un combatiente de toda la vida, como Carlos, pero no sólo
para él, lo acontecido en Checoslovaquia, Hungría y Polonia, pero sobre todo en
la RDA, cuyo Partido Socialista Obrero (PSOA) consideraba el más sólido de las
democracias populares, fue un batacazo inesperado, de consecuencias históricas
sumamente graves. Más tarde lo serían el fin del régimen socialista en Rumanía
y el “desmerengamiento” de la URSS en tiempos de Gorbachov, que golpeó a
millones de comunistas y luchadores antiimperialistas en todo el mundo.
Carlos Rafael, como otros comunistas, había afirmado más de una vez,
contradiciendo a los cronistas burgueses que tildaban de “experimento” al
régimen establecido por Lenin sobre los escombros de la Rusia zarista en 1917,
que el sistema socialista era irreversible, que Lenin y Stalin habían
demostrado que sí podía construirse el socialismo en un solo país, no obstante
el cerco imperialista.
Sin embargo, Fidel había avizorado esa posibilidad en los años ochenta,
cuando afirmó que si un día amanecíamos con la noticia de la desaparición del
socialismo en la URSS, Cuba seguiría defendiendo las banderas del socialismo
aunque fuéramos los únicos en hacerlo.
No podemos hoy intentar un análisis, ni quiera somero, de lo acaecido
entonces. Baste señalar que la
experiencia socialista iniciada por Lenin tuvo, luego de su muerte, quiebras
profundas; que el debate libre en el seno del partido y la sociedad fue
yugulado, como la democracia socialista; que se agostó la libertad de creación,
se diezmaron los espíritus independientes, aquellos que pensaban con cabeza
propia y proclamaban sus discrepancias
leal y abiertamente; se sometió la voluntad de los partidos comunistas y
obreros a los intereses de Estado de la URSS; se impuso el socialismo manu militari a los países de Europa
Oriental, convirtiéndolos en satélites; y se reprimió todo intento de
independencia de estos, tronchándose así los sueños de incontables hombres y
mujeres que lucharon y murieron empeñados en construir una sociedad de nuevo
tipo.
Al mismo tiempo, debemos afirmar que aquello no fue el fin de la
historia como proclamaron los epígonos del capital, y que aquella lucha
titánica no fue estéril, porque hoy somos millones los que seguimos convencidos
de que la única alternativa al fracaso evidente del capitalismo como solución
de los problemas que enfrenta la humanidad y al del llamado “socialismo real”
es el socialismo democrático y participativo que proclama nuestro pueblo bajo
la guía de Fidel y de Raúl y del pensamiento bolivariano y martiano que
compartimos con otros países de nuestra América, así como en varias naciones
asiáticas que defienden esta opción.
Durante los últimos años de su vida, visité a Carlos Rafael un par de
veces, dado que mi trabajo como embajador en la UNESCO primero, y en Francia
después, me permitían venir de
vacaciones sólo una vez al año. En esas
ocasiones sufrí la profunda conmoción de hablar con alguien que mantenía viva
su poderosa inteligencia, animada la vista, firme sus ideas, pero se hallaba
impedido de comunicarlas a viva voz. A
pesar de la dificultad para entenderle, le entendí; no obstante el tono bajo de
la voz, su pensamiento diáfano hizo posible que comentáramos mis tareas en
Francia, la situación internacional y otros temas que nunca le fueron ajenos.
Supe de su deceso en Paris. Sentí que había perdido al maestro a quien
más admiré después de mi padre, porque Fidel es cosa aparte. En realidad, como podemos constatar, no lo
hemos perdido. Con nosotros continúa la batalla desde su aleccionadora, empero
polémica Letra con filo, su fructífera herencia como gobernante y su claro
pensamiento revolucionario, siempre actual.
Porque Carlos Rafael –según el dictum de Mella– es de esos hombres que aún
después de muertos siguen siendo útiles.
Raúl Roa Kourí
La Habana 20 de mayo 2014