Por Guillermo Rodríguez Rivera
Mi amigo Leonardo Padura ha publicado un buen artículo –como suelen ser
los suyos– en el que comenta los avatares del proyecto de efectuar en Miami un
juego de pelota entre los jugadores veteranos del equipo Industriales, que
pondría a competir a los ex–Industrialistas que ahora viven en los Estados
Unidos con los que residen en la Isla.
La que Padura llama “osada” idea de un empresario cubano radicado en
Miami, tuvo la inmediata aceptación de los jugadores de las dos orillas, muchos
de los cuales jugaron juntos y que, obviamente, están deseosos de
reencontrarse.
El proyecto fue aceptado también por las autoridades cubanas, que concedieron
su autorización –afirma Padura– “sin
ningún tipo de afirmación oficial”, “como si no estuviera ocurriendo”. El
problema surgió con la aceptación de los cubanos del exilio. Creo que la
inmensa mayoría de los cubanos de Miami, estaría ansiosa por ver a estos
atletas retirados cuyas hazañas deportivas admiraron tiempo atrás.
Pero un grupo de exiliados, “minoritario aunque potente”, se opuso a que
el juego o los juegos se celebraran. Aduciendo que dos de los peloteros que llegarían
desde Cuba, habían agredido –hace 15 años– a un cubano residente en Miami que,
en Canadá, se lanzó al terreno donde jugaban los cubanos “portando una pancarta
de carácter político”.
Desde su correcto punto de vista, Padura razona sobre la que llama la
“ceguera política” de esos exiliados al
no tener capacidad para ver lo que social y políticamente
significa para Cuba y su futuro que los jugadores
emigrados y los que han permanecido en el país confraternicen
en un terreno de béisbol,
pero, aunque definitivamente sí es ceguera histórica, me
parece que esos exiliados asumen una diferente perspectiva política: la de los
que no desean esa confraternización, porque ella va contra sus intereses.
Padura se explica así ese resentimiento:
Demasiados años de enquistamiento, de odios,
de
necesidad de revancha, de cruces de
insultos
y
vejaciones (los de allá gusanos, apátridas,
traidores;
los de acá, comunistas, represores, cómplices
del
castrismo, etcétera), se han ido acumulando y
todavía
enturbian el presente y el futuro de las diversas partes
en
que se ha partido el corazón de esta isla del
Caribe.
Y aquí viene mi punto de discrepancia con el enfoque de
Leonardo.
Me precio de conocer y haber estudiado el modo de ser de los
cubanos. Y sé que la sicología de un pueblo es, además de los factores que
entran en su constitución, el resultado de la historia que ha incidido en
ellos.
Ninguna nación hispanoamericana peleó más contra España por
su independencia que Cuba. Y pocas sufrieron represiones tan bárbaras e inhumanas
como el fusilamiento por sorteo de ocho estudiantes de medicina en 1871, o el
genocidio en el que devino la reconcentracion campesina ordenada por el general
Valeriano Weyler en 1896. Sin embargo, el cubano no desarrolló sentimientos de odio
contra el español: después de la creación de la república, Cuba admitió más
inmigrantes españoles que en muchos años de la colonia. Esos españoles se
asentaron en la isla, aquí hallaron trabajo, fundaron sus familias y muchos
terminaron naturalizándose cubanos.
Aldo Baroni, un político italiano de los tiempos de la
república prerrevolucionaria, dijo una vez que Cuba era un “país de poca
memoria”. Puede ser, pero estoy seguro de que es también un país de poco rencor.
No creo que el accionar de ese grupo de exiliados
–“minoritario pero potente”– evidencie lo que Padura llama “una fractura del
alma nacional”. El alma nacional está en esos peloteros –emigrados unos, residentes
en su país los otros– que ansían reencontrarse y competir en el hecho singular,
emocionante, fraternal, que es para un cubano un juego de pelota. Está en los
miles de cubanos que asistirían al juego en Miami y en los otros miles que
llenarían el Estadio Latinoamericano, si el juego se efectuara en La Habana.
En esos pocos (pero potentes) exiliados que amenazan a los
promotores del juego y también a los
que se atrevan a ofrecer un terreno deportivo para que el partido tenga lugar,
hay otra cosa por encima del “corazón partido” al que alude Padura, evocando
aquella canción de Alejandro Sanz que era
casi imposible evitar unos años atrás.
Creo que hay algo suplementario, algo que está más allá –o más acá– del
alma, en ese inextinguible rencor hacia la Isla que muestran unos pocos grupos
de exiliados en Miami, que puede materializarse en el inexplicable odio a un center field..
Hay que decir que esos grupos del fundamentalismo contrarrevolucionario,
se van extinguiendo poco a poco, como se han extinguido los del extremismo
revolucionario.
Es obvia su condición minoritaria. Las restricciones a los viajes a Cuba
y a las remesas de los exiliados a sus familiares, que Bush impuso y a las que
se opuso Barack Obama, determinó que, en las últimas elecciones, el condado
Dade de Miami votará por primera vez demócrata y no republicano. Pero el presupuesto norteamericano tiene todavía una asignación de
varios millones de dólares para sostener a los grupos que mantienen una
política de total rechazo a la Cuba revolucionaria, y que pasa por sus
actrices, sus intelectuales, sus orquestas, sus músicos, sus científicos, sus
deportistas.
Esos grupos minoritarios, además del rencor que no han sabido deponer,
mantienen un interés que los coloca entre unos cientos de exiliados que han
hecho del subsidio que reciben, su negocio, su modo de vivir. Ese financiamiento es el que alimenta esa potencia que es violencia
–física, económica, social– ejercida contra sus conciudadanos, a los que les
han enseñado que hay libertades que cuesta muy caro ejercer en Miami. Por ello esa imposibilidad para los promotores de encontrar un estadio
–cedido o rentado– que albergue a los viejos Industriales que quieren jugar sus
nueve innings.
Es la hora de que el béisbol cubano dé un paso al frente: ofrezcamos
nosotros el Estadio Latinoamericano, el Estadio del Cerro, para que se efectúe
allí la primera versión de ese choque entre los Industriales que viven en los
Estados Unidos y los que residen en Cuba. Que vengan a La Habana los
cubanoamericanos que ahora tienen la posibilidad de hacerlo y que aficionados
de Miami y de La Habana llenen también el Latinoamericano para ver competir a
los viejos Industriales.
Estaban muy recientes las heridas de la guerra por la independencia,
cuando a Cuba empezaron a llegar decenas de miles de inmigrantes españoles. Pero el gobierno cubano no tenía ninguna partida presupuestaria para
apoyar a los que atizaran el odio contra España.
Las cosas, de todos modos, van cambiando. Hace unos días Cuba ha
proclamado la posibilidad de convocar a los voleibolistas cubanos que juegan en
equipos profesionales, para que integren nuestra selección nacional. Son atletas
de nivel mundial, formados en la isla. Del mismo modo, ha declarado que autorizará a nuestros peloteros a
firmar contratos con equipos profesionales, siempre que puedan jugar también en
nuestra Serie Nacional.
Eso excluiría a los que se contraten en equipos norteamericanos porque
las leyes del bloqueo –los norteamericanos le dan el más aséptico y jurídico
nombre de “embargo”– le impiden a cualquiera trabajar en los Estados Unidos si
reside en Cuba.
Hace muy poco, el zurdo villaclareño Misael Siverio abandonó la
selección nacional cubana a la que pertenecía sin empezar a jugar la serie para
la que viajó a los Estados Unidos. Declaró que deseaba “probarse en las Grandes
Ligas”. No me parece condenable que un atleta quiera competir al más alto nivel
de su deporte, ni tampoco –aunque Siverio no lo dijo– que aspire a cobrar los
salarios que pagan las ligas mayores. Lo humillante es el precio que un cubano
tiene que pagar por ello.
Se acabaron, para los cubanos, los tiempos en que Orestes Miñoso jugaba el
left field del Chicago White Sox en
verano, y en invierno patrullaba el mismo campo izquierdo con los Tigres de
Marianao.
Cuando en 1959 triunfo la Revolución, Cuba tenía once peloteros jugando
en las ligas mayores: más que ningún otro país latinoamericano. Me puse a hacer memoria y me di cuenta de que, en los últimos tiempos,
han pasado a jugar sobre todo en los Estados Unidos, el Duque y Liván
Hernández, José Ariel Contreras, Kendry Morales, Rey Ordóñez, Yaser Gómez,
Yadel Martí, Miguel Alfredo González, Yasiel Puig, Haroldis Chapman, Yunieski
Maya, Alexei Ramírez, Maels Rodríguez, Yoenis Céspedes, Dayán Viciedo. Son, casi todos, jóvenes de origen humilde, que se hicieron atletas en
nuestras escuelas y en las becas cubanas se formaron como peloteros de primer
nivel y como tales fueron contratados por las organizaciones del béisbol
profesional de los Estados Unidos.
Cuba seguirá formando peloteros de primer nivel, sobre todo si
organizamos mejor nuestra serie nacional y creamos un más alto standard de competencia. Hemos entrado
en un nuevo momento en el que el béisbol profesional se ha fundido con el
amateurismo y ha dominado sobre este aunque, en verdad, nuestros mejores
peloteros no eran profesionales pero ya tampoco eran amateurs: cuando un pelotero
cubano ingresaba al nivel de alto rendimiento, ya únicamente trabajaba en su
deporte, aunque no ganara los salarios del béisbol profesional.
Formar a un pelotero no le da a Cuba el derecho a disponer para siempre
de él, si el hombre quiere y tiene la posibilidad de desempeñarse en otro
escenario que aumenta su jerarquía profesional y el nivel de vida del atleta y
de los suyos. Cuba no puede preservar sus excelentes jugadores compitiendo contra el
bienestar material que los Estados Unidos pueden ofrecerle al pelotero cubano,
que convierte al jugador de beisbol en una pieza más de la guerra contra la isla antiimperialista.
A Cuba solo le queda la posibilidad de convocar a todos los peloteros
cubanos que viven y juegan en el extranjero, a los que ella formó, aunque ahora
estén jugando en la Grandes Ligas
norteamericanas. Le queda apelar al amor del atleta a su país y jamás cerrarle las
puertas sino siempre convocarlo a competir por su patria y que sean otros
quienes se lo prohíban. Dar allí también la pelea contra el bloqueo económico,
comercial y financiero que nos impone el gobierno de Washigton.
Cuba debe convocar incluso a los peloteros cubanos que estuvieron en
circuitos de alto nivel en Estados Unidos y ya no lo están, pero que tienen
calidad para integrar nuestros equipos nacionales y desean hacerlo.
Hasta ahora únicamente estamos a la defensiva. Cuba debe pasar a la
ofensiva combatiendo con nuestros valores morales: el amor por Cuba y el
sentido de pertenencia del pelotero.
Se puede vivir en otro sitio y beneficiarse uno económicamente al
trabajar allí, pero ello no quiere decir que se renuncie a ser cubano, a
defender su bandera y a sentir el orgullo de competir por ella. Batallemos por
ello con el entero corazón que tiene Cuba.