Juan Torres López
A la hora de analizar lo que está ocurriendo en el mundo no se debería caer en lo que a mí me parece una peligrosa simplificación: considerar que estamos en una simple anomalía producida por la personalidad singular del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Este es, sin duda, lo suficientemente excéntrico, autoritario y disruptivo como para poner en peligro por sí solo el ya frágil entramado de derechos, libertades e instituciones democráticas, no sólo en su país sino en todo el mundo. Su narcisismo enfermizo y el desprecio por las normas están abriendo las puertas a un auténtico vendaval neofascista de consecuencias funestas.
Sin embargo, me temo que el autoritarismo y la crisis de la democracia se extienden por razones que van mucho más allá de las características personales de Trump. Y analizar como algo personal lo que en realidad es estructural puede hacer ingenuamente que el problema se resuelve reemplazando a un líder por otro.
A mi juicio, nada brota si no existen condiciones que le permitan crecer y desarrollarse, sin un medio ambiente favorable, y por eso creo que Trump no es exactamente la causa principal de la crisis democrática de Estados Unidos y del mundo entero. Es, en realidad, el efecto emergente de una serie de grandes fracturas económicas, institucionales, mediáticas, culturales, tecnológicas y geopolíticas que afectan al planeta.
Dicho de otra manera: la aparición de líderes autoritarios y neofascistas como Trump no es la causa de la crisis de la democracia y las libertades; es esa crisis la que da lugar y explica la aparición y la funcionalidad de Trump. Por eso su llegada al poder no puede considerarse como un accidente pasajero, sino como auténtico punto de inflexión en la historia del capitalismo contemporáneo y me atrevería a decir que de la humanidad.
Un sistema incompatible con la democracia y la libertad
Lo que está ocurriendo en Estados Unidos y va a ocurrir también en los demás países avanzados es la consecuencia de una mutación del capitalismo que lo ha hecho cada vez más incompatible con la democracia.
Esa incompatibilidad se produce por tres razones principales.
– La gran desigualdad de nuestro tiempo ha deteriorado las economías y ha obligado a limitar cada día más los derechos y libertades de desposeídos a cuya costa se genera la concentración de la riqueza y el poder que la producen.
– Cuando esa desposesión se hace indisimulable hay que recurrir a la mentira y al falseamiento del debate social para poder justificarla, para hacer creer que es la inmigración, el feminismo o la política democrática lo que amenaza el empleo, los salarios, la provisión de los servicios públicos, la seguridad o la soberanía.
– El nuevo capitalismo tecnológico que se ha hecho dominante necesita plena libertad para utilizar en su favor todos los recursos del Estado.
Estos procesos están produciendo las grandes fracturas económicas, institucionales, mediáticas, culturales, tecnológicas y geopolíticas que están convirtiendo al capitalismo de nuestros días en un sistema incompatible con la democracia, y este es el medio ambiente en el que líderes políticos como Trump, Milei, Le Pen, Orbán... no aparecen como sorpresas o incidencias casuales, sino como las respuestas necesarias para intentar consolidarlo.
Fracturas económicas y sociales profundas
En las últimas cuatro décadas, la economía estadounidense viene experimentando transformaciones que han erosionado los cimientos sociales que pueden sostener a la democracia, por débil que esta sea:
– Concentración extrema de la riqueza y el poder económico que ha producido una desconexión creciente entre el crecimiento de la economía y el bienestar de la mayoría de la población. Hoy, el 1 % más rico posee el 31,7 % de la riqueza total del país, mientras que la mitad inferior de la población apenas supera el 2 %.
– Profunda desindustrialización debida a la externalización productiva, es decir a la marcha de las grandes empresas al exterior, al amparo de la globalización, para buscar costes más bajos, que ha producido desempleo generalizado en muchas áreas, precarización salarial y estancamiento salarial. Desde 1980 se han perdido más de 7,5 millones de empleos industriales, y en amplias zonas la renta per cápita real es hoy inferior a la de hace tres décadas.
– Endeudamiento masivo de los hogares en educación, salud y vivienda, que convierte derechos básicos en riesgos financieros permanentes. Sólo en deuda estudiantil 42,8 millones de personas mantienen deuda estudiantil por valor superior a los 1,7 billones de dólares, una cifra superior al PIB de países como España.
– Desigualdad territorial extrema, con grandes espacios y regiones enteras sumidos en un gran declive económico y social.
– Debilitamiento del poder sindical y del trabajo organizado, que reduce la capacidad de acción colectiva.
Además de desigualdad y deterioro económico, estas dinámicas han generado una inseguridad vital que se ha hecho crónica en amplios sectores sociales que viven con la sensación de pérdida de estatus, de futuro bloqueado y de ruptura del contrato social. Eso ha hecho que la política se haya convertido para ellos en un campo de continua amenaza y la demanda social ha dejado de ser la de redistribución o reforma para buscar, simplemente, la protección que supuestamente proporcionan los líderes autoritarios.
Democracia vaciada
La segunda base en que se ha sustentado el avance del trumpismo es el diseño y funcionamiento degradado de las instituciones políticas estadounidenses.
– El sistema electoral se ha ido distorsionando cada vez más, se han generalizado los casos de manipulación de distritos para favorecer a uno u otro partido o mecanismos encaminados a suprimir el voto de algunos grupos sociales, quebrándose así el principio de igualdad política. En 2016, Donald Trump perdió el voto popular por casi tres millones de votos y aun así ganó la presidencia.
– La financiación privada masiva de la política ha otorgado a grandes fortunas y corporaciones una influencia decisiva sobre el proceso legislativo y el gobierno ha sido materialmente capturado por grupos de presión, especialmente financieros, energéticos, tecnológicos y militares. En las elecciones de 2020 se gastaron más de 14.000 millones de dólares, aportados de forma desproporcionada por un porcentaje ínfimo de grandes donantes.
– Las puertas giratorias que disuelven la frontera entre interés público e interés privado se han hecho una constante.
– Los contrapesos institucionales (tribunales, agencias reguladoras y administración profesional) se han ido debilitando, cuando no desapareciendo, en los últimos años, permitiendo que, aunque los ciudadanos voten, no sean realmente los que decidan cómo se gobierna.
Todo ello ha producido una brecha entre participación formal y poder real que genera frustración, cinismo y deslegitimación del sistema (sólo un 17 % de los estadounidenses confía en el Congreso). Y eso es lo que permite que personajes estrambóticos como Trump aparezcan aquí como ajenos a un sistema que se percibe como corrupto, aunque en la práctica se hayan enriquecido con él, lo utilicen y lo profundicen. El atractivo social de personas como Trump no nace a pesar de esas disfunciones institucionales, sino gracias a ellas.
Degradación mediática del espacio público
El sistema mediático estadounidense (como en la inmensa mayoría de otros países) también ha mutado:
– El periodismo ha pasado de ser un medio de control del poder a una industria de la atención.
– La información ha dejado de ser contextualizada para convertirse en espectáculo permanente.
– En lugar de promover y ayudar a generar un espacio público común y compartido se dedica a crear burbujas ideológicas rentables.
Y todo ello ha sido intensificado por las plataformas digitales y los algoritmos que, buscando aumentar la interacción que los hace más rentables, amplifican el extremismo y la polarización, fragmentan la realidad en relatos incompatibles, y anteponen la emoción sobre el análisis. Numerosos estudios muestran que los contenidos falsos y extremos se difunden más rápido y alcanzan mayor audiencia que la información verificada. Basta recordar la difusión masiva de la narrativa del fraude electoral en 2020, sostenida durante semanas, pese a la inexistencia de pruebas y al rechazo sistemático de los tribunales.
El funcionamiento actual de los medios de comunicación busca y hace que desaparezcan los hechos compartidos que son condición básica para que la democracia no se degrade.
En este entorno, las personas y líderes que encarnan la lógica del sistema son los que, como Trump o Milei, basan su comportamiento en la mentira, el conflicto, el simplismo y la provocación.
Vulnerabilidad cognitiva, generacional y simbólica
El deterioro de la educación y de la cultura cívica que se viene produciendo en las últimas décadas debido a causas diversas agrava todas las dinámicas anteriores.
El retroceso en competencias básicas y pensamiento crítico, la mercantilización de la educación superior, la segregación educativa creciente por renta y territorio, la reducción de la educación cívica y de la comprensión institucional, la politización e incluso la censura expresa de contenidos históricos y científicos han creado una ciudadanía con menos herramientas cognitivas, más vulnerable a la manipulación, a la simplificación del populismo y a la guerra cultural.
Eso ha hecho posible que la política haya dejado de ser un debate transparente sobre intereses y proyectos colectivos para convertirse en una lucha de identidades que enfrenta y paraliza.
La consecuencia ha sido también una crisis subjetiva profunda que provoca miedo existencial y al declive nacional, frustración generacional y colapso de expectativas, crisis de estatus y masculinidad en sectores tradicionales; soledad, ansiedad y fatiga cognitiva y ausencia de un proyecto colectivo de futuro en una gran parte de la población.
Personalidades como la de Trump o Milei ofrecen relatos simples, culpables claros y promesas de restauración simbólica. No resuelven los problemas, pero alivian emocionalmente a quienes se sienten perdidos y desplazados.
Un poder real que mueve los hilos
Ninguno de esos procesos podría haberse producido sin el impulso y la financiación del mundo de los negocios, de las grandes corporaciones y el capital financiero. Han logrado que la democracia se vacíe de contenido redistributivo, desplazar el conflicto del eje económico al cultural, generar una constante sensación de amenaza, condicionar así la política exterior y presupuestaria y limitar el espacio de la diplomacia y la deliberación democrática.
Trump no gobierna contra el poder económico. Gobierna para una parte significativa de él. No es casual que grandes fortunas, corporaciones y sectores tecnológicos hayan financiado, tolerado o normalizado su figura.
No es Trump, es el sistema
En definitiva, Donald Trump no puede entenderse como una aparición inesperada ni como un cuerpo extraño al sistema de poder económico, político y mediático que domina Estados Unidos. Al contrario, ese tipo de figura se convierte en el instrumento político que requiere una fase del nuevo capitalismo en la que amplios sectores del poder real –financiero, tecnológico, energético, industrial y mediático– necesitan aplicar políticas profundamente regresivas sin aparecer como sus responsables directos.
Y para que esa estrategia de captura sea factible y tenga éxito social y electoral, resulta clave que sean encarnadas por figuras que se presenten como ajenas al sistema, como outsiders que “dicen lo que otros no se atreven a decir” y que aparentan enfrentarse a las élites, aunque en la práctica gobiernen para una parte significativa de ellas. Trump cumple perfectamente ese papel: su estilo estridente, su retórica antisistema y su provocación constante funcionan como una cortina de humo que oculta la continuidad de fondo de las políticas que se aplican.
Es una lógica que no es nueva ni exclusiva de Estados Unidos. En contextos de creciente desigualdad, debilitamiento democrático y frustración social, el sistema tiende a necesitar líderes que parezcan venir de fuera para poder profundizar transformaciones que, de otro modo, encontrarían mayor resistencia. Por eso, las condiciones que han hecho posible el trumpismo en Estados Unidos se reproducen (y se van a reproducir cada vez en mayor medida si no se pone freno a los procesos que hemos visto), con más o menos variaciones en buena parte de las otras democracias occidentales y periféricas. Allí donde ya han empezado a emerger partidos y figuras similares que combinan discurso antisistema, liderazgo personalista y políticas funcionales a los intereses dominantes.
Ausencia de elementos de freno y corrección
La ausencia de un freno o corrección internos y externos efectivos ha permitido que estas dinámicas se profundicen. El tipo de relación que el resto del mundo mantiene con Estados Unidos también forma parte del problema por el vasallaje imperial.
La dependencia militar y monetaria, la legitimación acrítica de su liderazgo incluso cuando viola normas internacionales y el aceptar que Estados Unidos asuma la función de gran policía global reduce los costes externos de su deriva autoritaria y que las disfunciones que eso provoca internamente se acumulen sin ajuste.
El silencio –o, al menos, la falta de una respuesta suficientemente efectiva– tanto a nivel externo como interno ante la quiebra democrática e institucional que se viene produciendo no es casual. Es el resultado, por un lado, de un auténtico cálculo racional de los actores sociales más poderosos que necesitan y a quienes beneficia la desregulación extrema de los mercados, el dejar de gravar la riqueza, la liquidación de los derechos laborales o que se dé libertad a los monopolios. Y, por otro, de la inoperancia, debilidad y fracaso de las izquierdas de nuestro tiempo.
No es anomalía: hay manual de instrucciones
Trump no es un verso suelto que aparece en la vida política con partitura propia y en contra del ecosistema de poder en el que nace. Viene, por decirlo metafóricamente, con manual de instrucciones y –por muy relevante que sean su personalidad y singularidad– es, en realidad, el ejecutor de un proyecto estructurado. Basta leer el llamado Proyecto 2025 para comprobarlo.
Con ese documento, elaborado por cientos de especialistas y financiado por grandes empresas y bancos, se demuestra que vaciar la democracia desde dentro, convertir el Estado en instrumento de facción y hacer irreversible la concentración de poder no es una tarea improvisada que Trump haya emprendido por su cuenta, sino una estrategia consciente, premeditada y muy bien diseñada. Alrededor del 61 % de las más de 320 medidas propuestas ya se han puesto en marcha o están en proceso de ejecución. Eso significa que, si no estuviese Trump en el poder, otra persona podría ser quien hiciera su mismo trabajo de desmantelamiento de la democracia, liberalización extrema de los mercados y de apoyo y privilegio a los grandes grupos de poder.
Donald Trump no es el origen de la quiebra democrática que vivimos, sino su manifestación más visible y, hasta ahora, más extrema. Su figura concentra la atención porque encarna de forma grotesca y provocadora procesos mucho más profundos que llevan décadas gestándose. Por eso, centrar el debate exclusivamente en él resulta engañoso y puede ser que inútil.
Lo verdaderamente inquietante no es que Trump haya llegado al poder, sino que el entramado económico, institucional, mediático y geopolítico de nuestro tiempo no sólo lo tolere, sino que lo necesite. El llamado Proyecto 2025demuestra que no estamos ante una deriva improvisada ni ante el capricho de un líder excéntrico, sino ante una estrategia consciente para vaciar la democracia desde dentro y hacer irreversible la concentración de poder.
La pregunta decisiva, por tanto, no es cómo impedir la presencia personal de Trump o de otras figuras similares, sino qué transformaciones profundas son necesarias para desactivar las condiciones que las hacen posibles. Porque mientras esas condiciones permanezcan intactas –desigualdad extrema, democracia formal vaciada, captura del poder económico, degradación del espacio público y silencio cómplice a escala interna e internacional– Trump no será una anomalía histórica. Será un precedente.
Y los precedentes, cuando no se corrigen, se convierten en norma.
4 comentarios:
CUBA Y LAS NOTICIAS FALSAS
Miguel Ángel Velázquez
TOTALMENTE FALSO. POR AHÍ DE los primeros días de la semana que terminó, en una publicación que circula en Miami y se dice cubana y que después recogió otro diario defensor de la corona española, se dijo que en México habían ocurrido algunas pláticas entre autoridades de la isla y personal de las agencias de inteligencia de Estados Unidos.
EL ASUNTO, HASTA donde sabemos, pretendía meter ruido, provocar alguna reacción fallida, un tropezón político de la autoridad cubana que permitiera inflar el conflicto que creó la “supremacía” gringa para ir sobre Cuba con un pretexto, aunque fuera mínimo.
EL SILENCIO RODEÓ a la publicación. De ninguna de las partes supuestamente involucradas se dijo nada. El mismo escrito publicado en España advierte que no se tenía confirmación de la especie, lo que creó un espacio de duda en cuyo alrededor se dieron versiones de todo tipo, muy pocas favorables al gobierno en la isla.
LA ESTRATEGIA NO les funcionó. Pocos se enteraron de la supuesta mesa de diálogo en la que se involucraba a Alejandro Castro, sobrino de Fidel, hijo de Raúl; y por México, como “facilitador”, a Efraín Guadarrama, a quien se identifica como “encargado de asuntos de seguridad”, lo cual resulta otra falsedad. Guadarrama es asesor del secretario De la Fuente. El asunto era hacer creer que algo se negociaba con la CIA, cosa prácticamente imposible.
MÁS ALLÁ DE la especulación, Trump amenazaba a cualquier país que enviara petróleo a Cuba con cubrirlo de aranceles y en la lista está México. Con esa acción se apretó el bloqueo en contra de los habitantes de aquel país, que han resistido durante más de seis décadas todos los embates de todo el odio gringo.
LA PRESIDENTA SHEINBAUM, consciente de la lucha que enfrenta la gente en Cuba, no quitó el dedo del renglón: México no dejaría en el total desamparo a Cuba y ayer mismo se anunció que, al igual que EU, nuestro país envió un par de buques nacionales con ayuda humanitaria, víveres en su mayoría, hasta la isla.
ASÍ QUE, MIENTRAS Ciudad Perdida está en posibilidad de afirmar que la reunión publicada es absolutamente falsa, México reitera que de ser necesario y a petición de las partes podría servir como lugar neutro donde se efectuaran pláticas que llevaran al final del bloqueo criminal hacia Cuba.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/09/columnas/cuba-y-las-noticias-falsas-una-provocacion-mas-firme-la-ayuda-humanitaria-de-mexico-a-la-isla-ciudad-perdida
Con Cuba, la solidaridad posible
Editorial de La Jornada
Zarparon ayer con rumbo a Cuba dos barcos de la Secretaría de Marina cargados con más de 800 toneladas de víveres para la acosada población de la isla: el Papaloapan y el Isla Holbox. Entre ambos transportan alimentos como leche líquida y en polvo, productos cárnicos, galletas, frijol, atún y aceite, así como artículos de higiene personal. Todo ello, en el contexto del endurecimiento del criminal bloqueo que el gobierno de Estados Unidos mantiene desde hace seis décadas y que en meses recientes ha colocado a los cubanos en una situación crítica, próxima a una catástrofe humanitaria.
Como se recordará, la administración de Donald Trump amenazó con imponer aranceles a los países que, como el nuestro, han venido suministrando petróleo a Cuba, en un intento por conseguir lo que ninguno de los ocupantes de la Casa Blanca ha logrado desde 1960: la caída del gobierno de La Habana. Con ese propósito, Washington ha recurrido a todas las medidas imaginables, desde la agresión militar directa hasta el chantaje político, económico y diplomático contra naciones, empresas y entidades que mantienen relaciones e intercambios con la isla.
La perversidad del bloqueo estadunidense reside en que busca sumir a la sociedad cubana en una situación tan desesperada que la impulse a sublevarse contra sus autoridades. Sin embargo, hasta ahora, ese designio imperial no ha rendido los frutos esperados, por más que ha causado sufrimientos y carencias incuantificables, pérdidas por cientos de miles de millones de dólares e, indirectamente, la muerte de muchas personas por las enormes dificultades que enfrenta el sistema sanitario cubano, privado de energía eléctrica suficiente –como el resto de las actividades– y de instrumentos, medicamentos y otros insumos básicos.
Al margen de la opinión que se tenga sobre el modelo político cubano, ha de convenirse que la estrategia de Washington contra Cuba es profundamente inmoral por principio, toda vez que sólo a los cubanos compete la decisión de mantener o cambiar su forma de gobierno, y en sus métodos, pues constituye un castigo colectivo contra la generalidad de la población. Por añadidura, la insolencia imperial estadunidense violenta la soberanía de terceros países que, como en el caso de México, tienen pleno derecho a mantener vínculos de amistad y cooperación con la isla.
En esta circunstancia, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por un rumbo de acción que combina firmeza, prudencia y responsabilidad, al decidir que se dialogará con la superpotencia vecina para convencerla de que suspenda su amenaza arancelaria, la cual, de concretarse, podría causar una afectación significativa a la economía nacional y, por tanto, al bienestar de la población; pero, al mismo tiempo, se mantendrá la solidaridad con Cuba, en momentos en que ésta pasa por una situación crítica. Así lo ha hecho México con otros estados –como es el caso de la propia nación estadunidense cuando ha enfrentado desastres de origen natural– sin considerar afinidades o desacuerdos políticos.
Con estos elementos de juicio, la acción humanitaria del gobierno mexicano debe ser reconocida y respaldada por la sociedad, y cabe esperar que, en tanto se despeja la amenaza arancelaria lanzada por Washington, continúen los embarques de ayuda humanitaria y que, como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en nuestro territorio y en otras latitudes, organizaciones sociales, entidades privadas y la población misma reivindiquen nuevamente uno de los atributos históricos y esenciales de México: la empatía generosa.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/09/editorial/con-cuba-la-solidaridad-posible
Bad Bunny, un 'caballo de Troya' con sombrero de paja
Juan Manuel Vázquez
Un jíbaro con sombrero de paja en un cañaveral. Una introducción con títulos a la manera de las telenovelas latinoamericanas, personajes y oficios que identifican a la región y que cada vez se ven más en todas la ciudades del continente. Los viejos que juegan al dominó frente a casa, manicuristas especializadas en uñas postizas, peluqueros, novios con pastel de merengue, boxeadores y vendedores ambulantes, un puesto de tacos con el letrero “Villa’s Tacos”, un guiño al revolucionario mexicano Pancho Villa. Esto es el otro sueño americano que pregona la estrella global puertorriqueña Bad Bunny en el espectáculo del medio tiempo del Supertazón 60 de la NFL. Una presentación anticipada y que provocó ámpula entre los estadunidenses más conservadores y en el propio corazón de la Casa Blanca, quienes lo consideraron casi una afrenta a su nación. Una arenga política que se enuncia en el terreno de lo simbólico.
Esto no es sólo un espectáculo de medio tiempo en otro Supertazón. Es algo más, detrás del despliegue espectacular, se canturrea la proclama de reivindicación política de toda una región, América Latina, y del español, una lengua con más de 60 millones de hablantes en Estados Unidos. Bad Bunny es una presencia a contracorriente de lo que acostumbran estos entretenimientos en el mayor espectáculo deportivo de ese país y que siguen unos 130 millones de personas en los medios de comunicación.
Nada es inocente en la puesta en escena de Benito Antonio Martínez Ocasio, el nombre real de ese personaje llamado Bad Bunny. Eligió no presentarse en Estados Unidos en la gira de su más reciente producción Debí tirar más fotos, porque el gobierno de Donald Trump ha desplegado una estrategia de crueldad contra la migración con su aparato del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas conocido con el acrónimo de ICE.
“La casita” apareció otra vez en el centro del concierto como en su más reciente gira, ahora en la cancha del estadio Levi’s en Santa Clara, California. No es simple escenografía, sino un enunciado que parece decir “Hey, estadunidenses, así vivimos los latinos”. Con el Conejo Malo brotaron los cantos que remiten a esa hibridación de los ritmos urbanos y las músicas tradicionales de Latinoamérica.
El repertorio de esta vez no sólo fue un repaso a su propia producción, sino de toda una hermandad de sonidos regionales. Algunos de sus temas más conocidos como Baile inolvidable lo hizo en pareja con la cantante Lady Gaga –una declarada opositora al presidente Donald Trump–. En la canción Nuevayol, así escrito en fonética del Caribe, realizó un gesto de ternura: le entregó su premio Grammy –que recibió hace una semana acompañado del discurso de “Fuera ICE”– a un niño.
Ricky Martin, uno de los primeros puertorriqueños que alcanzaron fama internacional, interpretó Lo que le pasó a Hawái, letra que denuncia el despojo de tierras y barrios al pueblo de Puerto Rico.
Bad bunny ... (2 y fin)
Benito enviaba señales en cada toma. Cada gesto y estrofa, cada atuendo y movimiento decían más de lo que aparentaban. De pronto, el escenario, que replicaba un barrio latino, simuló un apagón, mientras el artista subía a un poste de cableado eléctrico, una alusión a los cortes de luz, una pequeña parte de los padecimientos en la isla asolada por huracanes.
Todos somos América, afirma el borícua
El final fue una declaración por la soberanía de Puerto Rico, Benito ondeó la bandera de su país, pero aquella en azul celeste que representa la lucha por la independencia y la identidad de su pueblo. Y mostró un balón de futbol americano con la leyenda Together, we are America (Todos somos América), escoltado por decenas de banderas de los países de América Latina. Después de este espectáculo dejó claro que el futbol americano no sólo pertenece a Estados Unidos.
La colombiana Shakira, quien a su modo representó al talento latinoamericano en el número de medio tiempo en el Supertazón de 2020 –aunque gran parte de su actuación la hizo en inglés–, envió un mensaje en sus redes sociales para felicitar a Bad Bunny en esta edición de 2026.
“Recuérdale al mundo cómo es el verdadero sueño americano”, sugirió como respuesta a todos los que se indignaron con la elección del puertorriqueño como estelar.
Y el mensaje de Bad Bunny dio donde más duele al presidente Trump, en el plano discursivo. Poco después de que se transmitió, el magnate publicó un mensaje lleno de odio en su red social Truth.
“El espectáculo de medio tiempo del Supertazón es absolutamente terrible; ¡uno de los peores de la historia! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”, declaró Trump.
Bad Bunny participa de las reglas del mercado del entretenimiento, pero cuando lo hace trafica con símbolos que son afirmaciones políticas de la comunidad latina.
En los meses previos, se encargó de dar la connotación que quería: sus temas son algo más que tonadas para el perreo o, mejor aun, el perreo como manifiesto político. Es el caballo de Troya con sombrero de paja.
https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/09/deportes/bad-bunny-un-caballo-de-troya-con-sombrero-de-paja
Publicar un comentario