domingo, 30 de agosto de 2015

Temores

Por Cristina Pacheco

En la familia hay preocupación por el comportamiento de la abuela Guillermina. Se ha vuelto muy susceptible, hace cosas raras y ha cambiado sus hábitos: sale menos cada día, no contesta el teléfono y si lo hace pide toda clase de informes para cerciorarse de que le habla una persona conocida. Mina, como le decimos de cariño, desconfía de todo el mundo, hasta de mí que soy su nieta.

Procuro visitarla cada quince días, pero antes la llamo por si tiene algún compromiso. Un martes, Mina no me contestó y, sin decir mi nombre, le dejé un mensaje pidiéndole que se comunicara conmigo. Esperé hasta la noche y la abuela no me llamó. Entonces marqué su número. “¿Quién habla?” No reconocí la voz al otro lado del teléfono y pregunté lo mismo: “¿Quién habla?” En vez de responder me pidió el nombre. Creí haberme equivocado y volví a preguntar: “¿Es Mina?” “¿Qué Mina? ¿Quién eres?” “Karla”. Después de una pausa escuché un suspiro de alivio: “Niña, por ahí hubieras empezado”, dijo mi abuela con su tono grave de siempre. Al día siguiente me ofreció disculpas: “Perdona, hija, pero es que a cada rato llaman desconocidos que me ofrecen cosas y me preguntan datos... Para deshacerme de ellos finjo la voz y digo que la señora, o sea yo, no está en la casa.”

II

Todo el mundo dictamina. Mi madre piensa que los cambios en el comportamiento de la abuela son consecuencia de su edad. Mi tía Delfina coincide con ella y dice que es hora de recurrir a un geriatra para que le recete alguna pastilla. Por Eduardo, su segundo marido, sabe que pueden aliviarlo todo: desde insomnio, ansiedad, inapetencia, migraña, taquicardia, desmemoria, hasta falta de vigor.

Mi primo Rafael considera que mi mamá y la tía Delfi se preocupan demasiado y están viendo moros con tranchetes: en estos tiempos, ¿quién no es desconfiado? Por otra parte, ¿qué tiene de malo que la abuela salga menos que antes? ¡Nada! Es su gusto y punto. Hay que respetarla. Como siempre, mi hermana Yareli suscribe lo que dice Rafael. Emita, la pedicurista que atiende a Mina desde hace años, recomienda que le demos vitamina B12, que tanto fortalece el cerebro y los nervios.

A mí, como soy la menor, jamás me piden opinión. Si lo hicieran les diría que las personas cambian. No podemos pretender que Mina sea la misma de antes ahora que está a punto de cumplir un montón de años. La tía Josefina tiene un punto de vista mucho más drástico: ve en las actitudes de la abuela señales de un mal aterrador: demencia senil.

III

Según mi tía, a qué otra cosa puede atribuirse el hecho de que el domingo pasado, cuando le preguntaron qué deseaba como regalo para su cumpleaños, Mina haya pedido lo que menos imaginamos y nos hizo reír tanto que hasta lloramos.

Todo habría seguido en paz si a mi hermana Yareli no se le hubiera ocurrido decirle a Mina: “Ay, bebé lindo, si mi abuelo Mateo supiera lo que se te antojó para tu cumpleaños diría que estás bien, pero bien loquita.” Por el cambio en la expresión de la abuela era evidente que Yareli acababa de meter la pata. Rafael fingió disgustarse con mi hermana, le preguntó qué clase de bromitas eran esas y la amenazó con darle pamba.

Comprendí que el intento de mi primo por salvar la situación había sido inútil cuando vi que a Mina se le llenaban los ojos de lágrimas. Sin decir nada, se levantó de la mesa y fue por la bolsa que había dejado en la sala. Aunque imaginé lo que iba a decir, le pregunté qué estaba haciendo. “Me voy. No pienso quedarme en una casa donde creen que estoy loca”. Eduardo, con su tonito pegajoso de siempre, la previno: “Señora, cálmense; no vaya siendo que se nos ponga mala”. Mi tía Josefina le lanzó una mirada reprobatoria a mi hermana y el primo Ángel, que nunca dice nada, abrió la boca para empeorar las cosas: “Yareli: ¿ves lo que hiciste?”

Mi madre nos pidió calma y se acercó a la abuela: “Por favor, no te vayas. Necesitamos que estés con nosotros porque vamos a darte una sorpresa que ni te imaginas”. La abuela apretó su bolsa contra el pecho y se encaminó a la puerta: “Mientras no sea que van a llevarme a un manicomio...” Sus palabras me dolieron y le reclamé: “No es justo que nos hables así. Además, ¿de dónde sacas eso?” La abuela se volvió hacia Yareli: “Pregúntaselo a ella”.

Desconcertada, Yareli nos hizo testigos de que su intención no había sido ofenderla y se echó a llorar. Esperanza, la mayor de mis tías, intervino: “Madre: no te vayas. Urge que hagamos planes para tu cumpleaños. Falta muy poco. Queremos celebrártelo como cuando vivía papá Mateo, ¿te acuerdas?” Mi abuela se puso a la defensiva: “Claro que sí, o qué ¿también piensas que estoy loca?”

Rafael dijo que la situación era insoportable y que mejor se iba. Mi tía Delfi le pidió ayuda a su esposo Eduardo y él le gritó a mi primo que se largara de una vez. Rafael lo llamó imbécil pendejo. Estaban a punto de los golpes, pero mi madre lo impidió diciéndoles que si querían pelear se fueran a la calle, porque en su casa no toleraba escándalos. A partir de ese momento todo fue confusión.

Yareli, histérica, tomó a la abuela de las manos y la obligó a mirarla: “Bebé, no vas a ofenderte sólo porque dije que si mi abuelo te hubiera escuchado decirnos: ‘de regalo quiero una pistola y una computadora’, habría creído que te volviste loquita.”

Mina, sonriente, negó con la cabeza: “Te equivocas. Mateo habría pensado otra cosa: que tengo miedo por cuanto está sucediendo en el mundo y que deseo conocer, aunque sea a través de la pantalla, los lugares a donde soñábamos con ir y en los que jamás estaremos.”

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/08/30/sociedad/032o1soc

miércoles, 26 de agosto de 2015

¡¡¿Agresivo yo?!!

Es muy buena la entrevista a Leonardo Acosta, Premio Nacional de Literatura 2006, propuesta por Lectora. Sobre todo porque retrata la personalidad del entrevistado que, más que polémico, ha sido un constante desacralizador, al extremo de parecer bronquero.

Se trata de ese tipo de persona a quien los conflictos parecen seguir como si fueran su dichosa sombra. Me es inevitable recordar que conocí a este compañero precisamente en una fiesta que terminó en riña tumultuaria, gracias a un gaznatón que él dio. Todo empezó cuando un francés tuvo la osadía de sugerir a Leonardo que se distanciara de los tragos porque lo estaban poniendo agresivo. Y justo aquí aparece una digresión, porque esta historia después se la escuché mil veces a Emiliano Salvador, que era íntimo de Acosta y contaba divertido sus hazañas.

Todo esto, a su vez, me remonta a aquella primera reunión que tuvimos el otro Leo (Brouwer) y yo con Alfredo Guevara, en 1969, después de una conferencia sobre un reciente viaje a Brasil, aún bajo bota militar. En su despacho, Alfredo nos preguntó nuestro parecer sobre un hipotético departamento de investigación musical, un taller que partiera de orígenes y propusiera sonidos al mundo cinematográfico. Aquel día se mencionaron pocos nombres como posibles candidatos a integrar aquella idea, pero recuerdo que enseguida surgió Leonardo Acosta, por su trayectoria como saxofonista.

Leonardo siempre fue selectivo, lo que también aflora en la entrevista, y en aquella ocasión fue consecuente. En los meses que estuvo en el GES interactuó estrictamente con sus viejos amigos (Sergio, Pablo, Averoff, Eduardo) y con algunos nuevos, como Emiliano y Leoginaldo, con quienes compartía el común denominador del jazz. También asistía a las elevadas charlas que nos daba Leo Brouwer, pero sobre todo a las complejas clases de armonía y contrapunto que impartía Fred Smith, terreno en el que yo, con mil millas de atraso, tuve escaso progreso.

Debo aclarar que yo tampoco era muy manso en aquella época en que coincidimos. Después de mi servicio militar, en los que había invertido tres años fundamentales (de los 17 a los 20), casi todo aquel tiempo encerrado, caí en un programa de televisión que me proyectó a la vida pública y casi inmediatamente me botaron y cuestionaron, lo que acabó de dislocarme. Los últimos años de la década del 60 los viví con un nivel de intensidad que sobreviví de milagro.  Cuando me subí al Playa Girón ya era un militante de la contracultura y cuando me bajé, el 28 de enero de 1970, era poco menos que un salvaje. Me costó mucho atemperarme a la disciplina del GES y aquello no llegó a mayores gracias a la comprensión de Leo Brouwer, que era mi amigo y conocía por lo que había pasado.

No me he leído todos los libros de Leonardo Acosta, pero conozco algunos de sus criterios, vertidos en artículos y entrevistas. La mayoría de sus análisis son producto de una inteligencia aceitada; otros me resultan insólitos, puede que por razones de forma, más que de contenido.  Acaso influya esa suerte de vocación desafiante que parece extraer del tuétano de sus huesos.

Su ensayo que prefiero es una tesis sobre las raíces náhuatl en el pensamiento martiano. Que yo recuerde, nunca antes un estudio sobre Martí había mencionado un aspecto tan peculiar de la construcción intelectual de un hombre que vivió años fundamentales en México y en diversos escritos evidenció su interés por las culturas originarias.

Y, volviendo al cauce, luego de tantos meandros: aquella noche en que aquel francés se atrevió a decirle aquello, los ojos de Leonardo empezaron a girar, extraños, y lanzando contra la pared el vaso que tenía en la mano, gritó: ¡¡¿Agresivo yo?!! ... y ahí mismo le sonó el primer piñazo.

De más está decir que  la frase quedó entre lo más selecto que nos dejaron aquellos años extraordinarios.

viernes, 21 de agosto de 2015

La epopeya de la humanidad

                                          Por Rolando López del Amo

De ser el más tardío en aparecer en la evolución de las especies animales y, probablemente, el más vulnerable y dependiente entre los mamíferos, el ser humano pasó a ser el amo del planeta, hasta donde la madre naturaleza se lo permite.

De las selvas, bosques y cavernas en las que se alojaron nuestros antecesores, irguiéndose y liberando sus manos, el hombre comenzó a utilizar trozos de ramas y piedras como objetos útiles para su defensa y obtención de alimentos.

Un día descubrió, por azar, las virtudes del fuego y su empleo en usos diversos. Los griegos antiguos valoraban tanto el fuego que lo presentaban como algo para uso exclusivo de los dioses que imaginaron. Y, ciertamente, el uso del fuego dio a los seres humanos un poder que cambió sus condiciones de existencia.

De la comunicación por señas y gruñidos, gritos y susurros, los seres humanos fueron creando un lenguaje hablado que les permitiera comunicarse mejor entre sí y a conservar sus conocimientos en la memoria colectiva. Más tarde buscarían representación gráfica convencional a sus fonemas y crearon el lenguaje escrito. De esa forma, la memoria histórica obtuvo un mayor poder de conservación y difusión.

El ser humano fue aumentando su lenguaje con la obra que salía de sus manos; y, con el lenguaje, aumentaba su experiencia, conocimiento e inteligencia. Pensamiento y lenguaje marchan siempre unidos.

De simple recolector de los alimentos que la naturaleza le proporcionaba, el ser humano aprendió a cazar y, después, a domesticar y criar animales útiles y a cultivar la tierra para obtener alimentos. Y todo esto, claro está, se hacía en sociedad. Las familias de machos y hembras con sus crías se agruparon en grupos, clanes y tribus. Los unían lazos sanguíneos, modo de vida, costumbres, tradiciones, territorio.

Como ocurre con otros mamíferos, siempre hay algún miembro del grupo que juega un papel dirigente. En principio, el más fuerte. Pero la fuerza sin inteligencia es débil. Y los seres humanos encontraron fórmulas de combinar la fuerza superior de los jóvenes con la experiencia de los mayores y tuvieron consejos de ancianos de la tribu para consultar las decisiones de los jefes.

Junto al jefe guerrero y los ancianos existió otra categoría: el que tenía conocimientos para curar enfermedades. Esto les daba una jerarquía que los convirtió en seres de autoridad y privilegio que expandieron su oficio al contacto con las fuerzas de la naturaleza. Estos médicos primitivos se convirtieron en sacerdotes capaces de relacionarse con las fuerzas ocultas de la naturaleza que nos crea y nos mata.

Y con el paso del tiempo, la sociedad  humana se fue dividiendo en clases distintas, en castas. Unos eran jefes y guerreros, otros sacerdotes, otros trabajaban la tierra o pastoreaban el ganado o se dedicaban a la artesanía más variada para la producción de artículos de la vida cotidiana: armas, Instrumentos de labranza, vestidos, calzado, vasijas, etc.

Los seres humanos, como otros mamíferos, fijamos  un territorio de asentamiento que no estamos dispuestos a compartir con otros grupos humanos distintos del nuestro. Pero hay territorios más favorables por abundancia de agua, fertilidad del suelo y disponibilidad de recursos naturales. Y en esa puja por establecerse en el lugar más favorable, o dominarlo para su beneficio, surgieron los conflictos que desembocan en guerras.

Según la Biblia, los judíos, originarios de la península arábiga, proclamaron que su dios, el único Dios, les había prometido las tierras del Cercano Oriente para su asentamiento definitivo. Y hacia allí se fueron a desplazar a quienes ya residían en esa zona. Ahí la raíz del conflicto de Palestina que pervive hasta nuestros días.

En Cuba, los historiadores hablan de tres grupos indígenas que se fueron desplazando de este a oeste: los guanahatabeyes fueron empujados al occidente por los siboneyes y estos por los taínos quienes, a su vez, recibían ya ataques de los caribes, hasta que llegaron los españoles.

Lo que quiero destacar es que junto a nuestra historia fabulosa del desarrollo del conocimiento científico y de la tecnología y de salvadoras ideas humanistas, todavía persiste la naturaleza animal que alimenta el egoísmo y las guerras. Pero ahora, los medios  de destrucción son apocalípticos. El recuerdo de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki hace setenta años es apenas una muestra del entonces poder destructivo de esas armas, multiplicadas hoy en número y potencia y en países que las poseen. Súmesele a eso la contaminación de nuestro planeta por la acción humana y concluiremos en que la advertencia dramática de que nuestra especie está en peligro de extinción hecha por Fidel hace no tantos años, es un llamado urgente a una sensata cordura universal. Ya entonces había dicho: cese la filosofía del despojo y cesará la filosofía de la guerra.

La maravillosa epopeya humana de cara al cosmos del que somos parte minúscula y, a la vez, grandiosa, tiene la disyuntiva de amar y fundar, o de odiar y destruir.

José Martí escribió: Es hora ya de que las fuerzas de construcción venzan en la colosal batalla humana a las fuerzas de destrucción. La guerra, que era antes el primero de los recursos, es ya hoy el último: mañana (que es ya hoy N.B.) será un crimen (14-331)

También nos propuso una fórmula para alcanzar eso que todo ser humano desea: la felicidad: La felicidad existe sobre la tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la practica constante de la generosidad (8-289) La fraternidad no es una concesión, es un deber (6-227)

Cuando Fidel nos convocó a una batalla de ideas, que son las que dan forma a la conciencia, lo hacía con la convicción martiana de que una idea justa que aparece, vence (5-105) He aquí la ley suprema, legislador de legisladores, y juez de jueces:- la conciencia humana (9-26) La conciencia es la ciudadanía del universo (6-363)

miércoles, 19 de agosto de 2015

Qué calor

Esta es una foto de hoy, 19 de agosto de 2015. El cuadro es de Alejandro Aróstegui, excelente pintor nicaragüense de quien soy amigo a través  de su esposa, la poeta y narradora Mercedes Gordillo. A Mercedes la conocí hace unos años, en la FIL de Guadalajara, y mantenemos una correspondencia de brevedades generalmente muy amables, sobre todo de su parte.

La camiseta que llevo puesta la compré en Galápagos, la única vez que estuve. Había hecho varios conciertos, el último en Guayaquil, ciudad que siempre había visto desde el aire y que algunos decían que era como La Habana. Se parecen en que son costeras, salvo que La Habana mira al Atlántico y Guayaquil al Pacífico.

Adentrándonos en ese mar más bien inquieto y que nombraron al revés, llegamos a las islas. Todavía vivía el viejo George, la enorme tortuga que dicen que Darwin conoció, y sin falta la fuimos a saludar. Yo iba con Malva y Niurka, y con Giraldo Alayón, mi amigo más viejo, que es  entomólogo, y con su esposa Aimé. Fuimos en lancha a varias de las islas y caminamos como locos, una de las veces hasta un feo monumento al científico inglés, desde donde se ve la Roca del León y, si miras abajo, descubres unos extraños alcatraces con las patas de un azul brillante, como si Disney se las hubiera pintado.

Las islas están llenas de pájaros, tortugas, iguanas y leones marinos. Estos últimos caminan a tu lado por las calles y toman el sol y se bañan contigo en las playas. Muy fría el agua de las islas, especialmente para los del trópico. Una tarde vinieron a invitarnos a bañarnos con unos 200 tiburones cabeza de martillo, que también son comunes por allí. Me parecieron demasiado pocos y no me molesté.

Ayer comimos un sabroso ceviche de pescado en casa de Julio e Iskra, en Baracoa. Hablamos de René, siempre presente, y de Pucha y de Iván. Fuimos con Leovigildo e Isabelle, y vimos el atardecer. Mucho que nos reímos.

Por cierto, escriban de lo que les parezca. Qué calor.

domingo, 16 de agosto de 2015

Deseo

Escucharle decir a John Kerry que ya no somos rivales ni enemigos, sino simplemente vecinos, es fuerte. Juro que quisiera verlo así. Quisiera que Gandalf el blanco esgrimiera su bastón y de un golpe encantado borrara tantas oscuridades hechas y dichas, algunas demasiado recientemente. Pero no hay magos a la vista. Sólo la tierra yerma que medio siglo de fuego y demonios más bien han secado.

Quienes construyeron el cuidado discurso de Kerry saben que mis hijos sólo sabrán de Conrado Benítez y de Manuel Ascunce por las  fotografías. O de Rolandito Valdivia y su cuatrobocas en Girón. Y no lo digo para caldear los ánimos o para encender algo que ya no brille con luz propia. Aquellos jóvenes que no pudieron llegar a mi edad, y muchos otros, están en mi memoria. Una memoria que se apagará conmigo, como tantas del siglo anterior, según la ley.

Quiero dejar escrito que fui un hombre de paz; que fui de los que quisieron que, más que vecinos, fuéramos amigos. La verdad es que siempre me sentí cercano al pueblo del norte, a sus escritores, a sus canciones, a su cine, a sus trabajadores; me indigné con su sur injusto y celebré todos sus progresos. A pesar de que, siendo casi un niño, tuve que aprender a manejar las armas para defenderme de sus políticos y de sus militares.

En mi país fui de los inconformes, de los que entendieron el compromiso con su Nación no siempre acatando, sino ejerciendo el derecho a expresar el parecer. Es lo que hago todavía.

Los pasos de acercamiento entre las dos naciones nos colocan ante un nuevo escenario y, además, la historia no se puede borrar. Tenemos cicatrices. Hay que reconocerlo. Todavía sangramos por algunas heridas abiertas que requieren sutura y tratamientos. Todo lo que hagamos en lo adelante, abrirá o cerrará esas lesiones. Todo lo que digamos provocará dolor o alivio.

Tratemos de hacernos el bien. Intentémoslo siempre.

A principios de los 70 garabateé unas palabritas. Después he vuelto a ellas, queriéndolas bien claras, pero todavía no sé si dicen todo lo que

Deseo

Deseo sobre todo
una quebrada
donde la tierra
cure espíritus,
un panteón natural
para sembrar los huesos.

Deseo una quebrada
donde los hijos corran,
como si retozaran
por estrellas.

Deseo ese lugar
sólo hasta el último momento
en que sea necesario.

Al segundo siguiente
podría empezar
                el primer día del futuro.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Una manera de sonar en Cuba

                                           por Guillermo Rodríguez Rivera

El cubano ha cantado siempre. Uno los ve, los oye en la calle cantando sin temor de que los sorprendan entonando la canción que tienen en la punta de la lengua. Hemos tenido cantantes desde siempre: del montón, buenos, y aquellos especiales que recordamos en una especie de ensueño y nos viene a la memoria la canción aquella que escuchamos siempre con tanto gusto y que para tantas cosas buenas nos sirvió. Pero siempre necesitamos otros cantantes, más cantantes.

En los tiempos heroicos, cuando las cosas había que hacerlas –al decir de Silvio– “a mano y sin permiso”, Miguel Matamoros se encontró, cantando en un bar habanero a un mulato prieto con una voz transparente como el agua más clara. Se llamaba Bartolomé, y la sabiduría del viejo sonero  sabía que aquella voz era un diamante. Pero no siempre tiene que ser así, no siempre va a ocurrir que todas las casualidades se organicen para que un talento legítimo salte al escenario donde todos puedan oírlo, disfrutarlo. Por eso, desde hace tiempo hemos tenido programas donde los aficionados concursan para que algunos de ellos puedan saltar al  profesionalismo y realizar el sueño, ellos que viven para cantar, de vivir de cantar.

Todavía quedan algunos que asistieron a la famosa Corte Suprema, en la que un adusto jurado podía hacerte sonar la implacable campana que ponía fin a tus sueños con un estruendo. Todavía lo hizo, en los años cincuenta del pasado siglo, “El programa de José Antonio Alonso”. Ya “Todo el mundo canta”, en los tiempos de la Revolución hizo mucha más benigna la derrota para el concursante que era rechazado:  ni campana ni los más moderados –pero igual de agresivos para el que concursa– timbre o interrupción.

Ahora ha aparecido “Sonando en Cuba”, concurso televisivo con gran despliegue de recursos, al menos para su realización. Están allí los directores de algunas de nuestras más conocidas orquestas de baile: José Luis Cortés, Adalberto Álvarez, Samuel Formell, Giraldo Piloto, Manolito Simoné. Me pregunto: ¿por qué escoger únicamente el formato de la jazz band y prescindir de otros?  En el primer programa alguien proclamó que allí iba a sonar “la música cubana de los años noventa? ¿Por qué esa precisión cuando tenemos más de un siglo de gran música popular.

A mí me gustaría que allí pudieran estar todos los géneros y que los jóvenes los vieran en acción porque, hoy por hoy, más que la creación de nuevos géneros, puede funcionar la actualización y fusión de todos los que tenemos. Por lo pronto, extraño algunas agrupaciones de primerísima calidad, como es el Cabildo del Son, de ese extraordinario músico que es Pancho Amat; o el Juego de Manos, que tan profesionalmente dirige David Álvarez, uno de nuestros mejores cantantes.

De la agresión de “la campana” podemos pasar al paternalismo. El concursante tiene como padrino a un músico importante y generalmente canta una canción suya, desconocida o poco conocida. El padrino también está en el jurado calificador. Pero el trabajo de un joven cantante se valora mejor cuando interpreta temas que han cantado otros y existe entonces la posibilidad de comparar.

Me he visto los dos primeros programas de “Sonando en Cuba”, que seguramente dará que hablar en el país y nos dejará algunas nuevas voces profesionales. Ojalá pueda ir mejorando algunas cosas que lo necesitan.

sábado, 8 de agosto de 2015

Socialismo comunitario

Por Fidel Vascós González

El socialismo comunitario que se impulsa actualmente en Latinoamérica constituye una enriquecedora fuente de información y experiencias para la transición socialista que se está desarrollando en Cuba. Junto a las investigaciones en países como China y Vietnam, también se debe prestar especial atención a las experiencias socialistas de la región en la que estamos incluidos y por cuya integración empeñamos nuestros mayores anhelos.

La editorial CAMINOS del Centro Memorial Martin Luther King Jr. publicó en el No. 6 de sus Cuadernos de Solidaridad un artículo del Profesor de la Universidad de La Habana Luis del Castillo Sánchez en el cual aborda la economía solidaria que se desarrolla en América Latina, así como  las posibilidades que ésta ofrece para impulsar el desarrollo local en nuestro país. Basándose en la Ley de Economía Popular y Solidaria promulgada en Ecuador en el año 2011, del Castillo identifica, entre sus principios, la búsqueda del bien común, la prevalencia del trabajo sobre el capital y del interés colectivo sobre  el individual, la responsabilidad social y la distribución equitativa de los excedentes.

Fuerzas de izquierda en Latinoamérica impulsan este tipo de economía como respuesta a las políticas neoliberales que se aplican en la región, con su secuela de pobreza y exclusión social. En Cuba, donde no existen políticas neoliberales, la situación es diferente. No obstante, estas experiencias latinoamericanas resultan útiles para el desarrollo del municipio y la comunidad dentro del actual perfeccionamiento de la planificación económica que se lleva a cabo en la Isla Caribeña.

Al abordar el desarrollo económico de Cuba en los territorios, Del Castillo identifica algunos problemas que conspiran en la exitosa aplicación de los métodos de la economía comunitaria. Entre ellos incluye la verticalidad de las decisiones desde los niveles superiores que limitan el protagonismo de las autoridades locales; insuficiente liderazgo de los gobiernos locales; falta de confianza de los productores locales en la estabilidad de los suministros de insumos para la producción; insuficientes recursos financieros y de alternativas para gestionarlos.

Y concluye el contenido de su artículo subrayando que “existen múltiples formas de combinación del plan central y el territorial, por vías directas e indirectas, sin que implique que todos los proyectos e iniciativas de desarrollo local deban estar obligatoriamente incluidos en el plan central”.

En la misma publicación de la editorial CAMINOS, el sociólogo argentino y profesor de la Universidad Nacional de La Plata, Mariano Féliz, concentra su artículo en los fundamentos del proyecto emancipatorio del buen vivir que se utiliza en varios países latinoamericanos como alternativa al desarrollo del capital. Este proyecto es conocido como sumak kawsay entre los pueblos de lengua quechua y suma qumaña entre los aymaras. El profesor argentino destaca que en el concepto del buen vivir se incluyen “las formas comunitarias y cooperativas de producción y reproducción social (de economía popular) con base en la cooperación, la solidaridad y el respeto a la naturaleza”.

El programa de transición para la construcción del buen vivir que propone Mariano Féliz se apoya en el uso de las riquezas naturales evitando el saqueo de los bienes comunes; la promoción de prácticas democráticas tanto en torno a las políticas del Estado como en el sindicato, las cooperativas y otras formas organizativas populares; la implementación de nuevas modalidades de intercambio y distribución junto con nuevos patrones de consumo de valores de uso.


Gran parte de los métodos del socialismo comunitario que toma fuerza en Latinoamérica pueden tomarse en cuenta, con la debida adecuación, en el proceso de transición socialista que experimenta nuestro país.

martes, 4 de agosto de 2015

Hacer es la mejor manera de decir

Por Rolando López del Amo 

Surgen en estos días voces preocupadas por la penetración ideológica que pudiera venir de los EEUU después del restablecimiento de relaciones diplomáticas y olvidan que esa penetración siempre ha estado presente.

Nuestra televisión nacional transmite una gran cantidad de material fílmico variado de factura norteamericana, incluyendo videos musicales. Y lo que no se transmite en el país la gente lo busca con antenas clandestinas o lo compra en los famosos paquetes para videos. A ello hay que sumar todo lo que está en la Internet  y la presencia de tres millones de turistas del mundo capitalista cada año a lo largo y ancho de nuestro país. Añádase a esto que hay una colonia cubana en los EEUU cercana a los dos millones de personas.

No se puede vivir dentro de una campana neumática o una torre de marfil. La vida tiene que desarrollarse dentro del mundo real. Históricamente, las ideas han circulado por el mundo, legal o clandestinamente, y las naciones interactúan modos de pensar y de ser y se influencian mutuamente. Esto es un fenómeno natural.

Sabemos bien que los grupos de poder mundial, desde el siglo XX, trataron de controlar la difusión de informaciones y presentar una versión o imagen de las cosas de acuerdo con su conveniencia. El jefe de la propaganda nazi afirmaba que una mentira repetida  constantemente se convertía en una verdad. El siglo XX fue el siglo del gran desarrollo de la publicidad comercial, bien cercana, en su esencia, al mencionado dicho goebbeliano: embellecer lo anunciado para hacerlo deseable.

Los que nacimos en Cuba en el segundo tercio del siglo pasado, antes de 1959, nos criamos bajo una enorme influencia y penetración cultural de los EEUU. En primer lugar, casi el cien por ciento  de las películas que se exhibían eran norteamericanas. Los niños crecimos viendo las creaciones de Walt Disney y el resto de los otros productores de muñequitos estadounidenses. Admirábamos a Tarzán, el blanco rey de la selva que imponía el orden y la justicia a los salvajes  africanos. O deseábamos ser como El llanero solitario, con su caballo Plata. O como El Fantasma, otro justiciero. Y qué decir de Supermán, el heroico extraterrestre venido del destruido planeta Krypton. No era solamente el cine, sino las tiras de muñequitos que venían como suplementos de los grandes periódicos una vez por semana y, posteriormente, en folletos separados a todo color.

Toda la información internacional que se difundía provenía de dos agencias de EEUU, la AP y la UPI. La incipiente televisión cubana transmitía numerosos programas filmados en EEUU. La música era una presencia constante, ya fuera Elvis Presley con su rock and roll, o las bandas de Glenn Miller y Benny Goodman, o las voces de Frank Sinatra y Nat King Cole, o The Platters, o Louis Armstrong. Y qué decir de nuestro deporte nacional, importado de los EEUU y con sus Ligas Mayores como si fueran las nuestras. O el boxeo profesional en el que descolló el campeón Joe Louis.

En la economía  el 85% de nuestro comercio exterior era con los EEUU y las empresas de electricidad y teléfonos eran norteamericanas, al igual que la mayoría de los bancos, las refinerías de petróleo, la planta niquelífera; prácticamente todo el transporte automotor y todo el combustible se importaban de los EEUU y la mayor parte de la industria azucarera pertenecía a empresas de ese país. Sería interminable la lista, incluyendo escuelas privadas y clubes de recreo. Sólo agreguemos a esto que la moda turística para la clase media era ir de vacaciones a los EEUU, aunque fuera solamente un fin de semana a Miami.

La idea del comunismo predominante en el país era la de un verdadero infierno. Cabe preguntarse entonces cómo fue posible que en poco más de dos años este pueblo sumergido en tamaña inundación ideológica se convirtiera, mayoritariamente, en un pueblo antiimperialista y socialista. 

Permítaseme una referencia bíblica: Por sus obras los conoceréis.

El pueblo es sabio y conoce y distingue entre lo que es bueno para él y lo que no lo es. La tiranía de Batista, que tomó el poder mediante un golpe militar apoyado por los EEUU y estableció un gobierno más de ladrones y corruptos y reprimió a los campesinos, a los obreros y a los jóvenes estudiantes no podía ser popular. De ahí que la vanguardia juvenil que encabezó la lucha contra ese régimen de ladrones, torturadores y asesinos, recibiera el respaldo de más del 90% de la población y la tiranía fuera derrotada. Pero con ello solamente comenzaba la revolución. Así lo advirtió Fidel entonces, a pocos días del triunfo revolucionario.

Lo que vino después lo mencionaré no en orden riguroso: reforma agraria, que entregó la tierra a quienes la trabajaban, ya fuera como arrendatarios, sub-arrendatarios, aparceros o precaristas y puso fin al latifundio, principalmente de propiedad extranjera mal habida. Recuperación de los bienes malversados por los gobernantes corruptos. Rebaja de las tarifas de electricidad y teléfonos, de los precios de los medicamentos, de alquileres, y después reforma urbana, que convirtió en propietarios a los inquilinos mediante el pago del alquiler. Eliminación de lacras como el juego y la prostitución, alfabetización de todos los analfabetos adultos. Educación y salud pública gratuitas. Liquidación del desempleo e inicio de la industrialización mayor del país en ramas básicas. Desarrollo de la enseñanza artística gratuita y del deporte. Impulso a la investigación científica.

El conjunto de cosas mencionadas anteriormente, en lo que habría que incluir la eliminación de los barrios de indigentes y la construcción de nuevas viviendas para el pueblo trabajador y la garantía de pensiones para todos los empleados en edad de retiro y la lucha abierta contra todas las formas de discriminación social, eran cosas que se podían palpar. No era palabrería hueca, sino acción social. Y a los que decían que esas medidas eran comunistas, un joven colombiano que visitó Cuba para un encuentro latinoamericano compuso un tema que en una de sus partes expresaba:

Si las cosas de Fidel
son cosas de comunista,
que me pongan en la lista,
que estoy de acuerdo con él.

El ejemplo personal y los hechos son el discurso más elocuente, y no hay Tarzán ni Supermán que los resistan.

La propaganda revolucionaria tiene ejemplos fabulosos de los tiempos en los que casi todos los medios de comunicación eran privados y no simpatizantes de la revolución. Lo que hacía la revista Mella en 1959 y la coletilla disidente que le añadían los trabajadores  de la prensa a los artículos contrarrevolucionarios que esta publicaba, son valiosos ejemplos.

En la defensa de nuestra nacionalidad hay que evitar caer en errores dogmáticos simplistas como los que llevaron en los años sesenta y setenta del siglo pasado a prohibir la difusión de la música de los Beatles, que hoy son homenajeados con  la escultura de John Lennon a tamaño natural hecha por Villa, y que está sentada en un banco de un parque del barrio de El Vedado en La Habana.

Al triunfo de la revolución de Octubre, en Rusia surgió un grupo llamado Cultura Proletaria que enarbolaba posiciones absurdas, como la negación de todo el arte anterior. Lenin le salió al paso con toda fuerza y derrotó semejante disparate. León Tolstoi dividía el arte en dos categorías: bueno y malo, según su factura. Carlos Marx, refiriéndose a La Iliada, decía que lo importante no era explicar el tipo de sociedad que produjo esa obra, sino como todavía seguía deleitándonos.

La nación cubana es el resultado de muchas mezclas étnicas y culturales, y es, como todo en la vida, algo siempre en desarrollo que no puede congelarse en el tiempo. Somos un pueblo internacionalista que cree que la Patria es la Humanidad. Pero un árbol sin raíces no se sostiene. La clave nos la dio José Martí: “injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

La ideología es superestructura que depende, en última instancia, de su base económica. Y es en la realidad económica y política que se consolida la ideología.

Creo que fue el compañero Díaz Canel quien dijo –y no estoy citando textualmente, sino de memoria- que el mejor trabajo ideológico era hacer las cosas bien. Es la idea martiana: hacer es la mejor manera de decir.

Si somos ejemplo de lo que predicamos, si hacemos las cosas bien, tendremos el respeto y el apoyo necesarios para seguir adelante con nuestra obra, con el concurso de todos y para el bien de todos.

Martí nos recordaba: El pensamiento se ha de ver en las obras. El hombre ha de escribir con las obras. El hombre sólo cree en las obras (1-424)

Los sentidos de la justicia y el bien común son lámpara siempre encendida en el corazón de cada ser humano.

viernes, 31 de julio de 2015

Interrogantes que inevitablemente afloran

17 de julio de 2015

Ayer estaba grabando con Trovarroco y tuve que interrumpir la sesión para ir hasta el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde los que viajaremos a Washington a ver izar nuestra bandera tuvimos un encuentro con nuestro Canciller. Fue un contacto informativo general, sobre el itinerario de la ida y el regreso; sobre cómo será el acto y en qué lugar del jardín nos corresponderá estar, tomando en cuenta que el edificio que se transformará en nuestra embajada no tiene mucho espacio, sobre todo afuera, alrededor del mástil donde irá nuestra enseña.

Vi que seré parte de una delegación que abarca prácticamente todos los sectores de la vida nacional: mujeres, hombres y jóvenes destacados en diferentes actividades y períodos de las últimas seis décadas. Hay personalidades históricas como Ricardo Alarcón de Quesada, compañero de José Antonio Echeverría en las luchas estudiantiles contra Batista, y Ramón Pez Ferro, asaltante al cuartel Moncada. Hay representantes de la Asamblea Nacional, de los obreros, de los campesinos, de la ciencia y la salud, de la cultura, de las iglesias, del deporte, y unos muy jóvenes delegados de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media.

Creo poder decir que había un espíritu optimista en el encuentro, y no era para menos. Tener el privilegio de estar en Washington en el momento en que volverá a ondear la bandera cubana será como asistir a un breve acto victorioso, luego de más de medio siglo de ardua resistencia. Y haber sido escogido para integrar ese pequeño grupo es una distinción que, estoy seguro, ninguno de los allí presentes imaginábamos. Quizá cada delegado tenga en mente, como yo, una lista de personas que merecerían estar presentes. Algunos de mi inventario no llegaron vivos a este momento. Otros se lo perdieron por extravíos diversos. Estos años a veces han sido como una larga carrera de fondo en que los corredores por momentos hemos quedado solos con nuestras conjeturas, mientras una presunta meta pasaba de la realidad a la utopía, y viceversa. Yo mismo hasta hace poco pensaba que no me tocaría ver lo que estoy viendo.

Cuando volví a incorporarme al trabajo en el estudio, le conté a mis compañeros que iba a viajar de corre-corre a Washington –donde hicimos un concierto juntos hace un lustro–, y me dijeron que lo habían leído. Después hice silencio, escuchando un tumbao de son, y no sé por qué, de repente, toda la historia de estos años me cayó encima y me aplastó contra la silla, como bajo muchas gravedades, y ante mis ojos desfiló una hilera de acontecimientos en los que me involucré desde muy joven, convencido de estarme jugando la suerte junto a la de mi Nación.

Abrumado por aquel sentimiento de cotidianidad transfigurada en algo inexorable, me pregunté cómo hubiera sido la vida si nuestros vecinos, en vez de hostiles, hubieran sido comprensivos. Me pregunté cómo hubiera sido no sólo la existencia de los que abrazamos la Revolución, entendiendo que así defendíamos a nuestra Patria, sino también la de los que escogieron el camino opuesto. Cuán diferente hubiera resultado la suerte de todos. En qué clase de mundo viviríamos hoy, si aquella vez hubiéramos logrado entendernos.

Fue muy fuerte lo que sentí ayer cuando al fin me senté, creía yo, a continuar mi trabajo. Fue como si toda mi vida, mis padres, mis hijos, los hijos de mis hijos, mis canciones y todo lo que existe fueran el resultado de un albur.

Qué extraño sentimiento. 

Y pensé si acaso estaremos viviendo el comienzo de otra oportunidad. 

¿De qué manera nos condicionará? ¿Para hacernos mañana qué tipo de preguntas?

Interrogantes que inevitablemente afloran.

lunes, 27 de julio de 2015

En torno a la censura

                                     por Guillermo Rodríguez Rivera

Desde hace mucho tiempo he sido un adversario decidido de la censura, lo que no quiere decir que sea ideológicamente indiferente al flujo de ideas que de manera constante se manifiesta en nuestra sociedad. Por el contrario, creo que en las actuales circunstancias de Cuba, las ideas van a hacerse cada vez más importantes, más protagonistas de los escenarios que aguardan al país.

Estamos ante un sistema que está cambiando y aunque oficialmente hayamos circunscrito el cambio a lo que se ha llamado la “actualización del modelo económico” vigente en Cuba, las transformaciones van a ir necesariamente más allá,  porque esa “actualización” va necesariamente a trascender al plano ideológico. Al menos, ese es uno de los fundamentos del marxismo.

En un país como fue la Unión Soviética –desde los años veinte del pasado siglo conformada por Stalin y su particular  lectura del marxismo– los grandes temas ideológicos  se cristalizaban, se congelaban, se dogmatizaban y casi estaban ajenos al pensamiento que se iba moviendo en la existencia cotidiana. Aunque no heredaran el espíritu represivo de Stalin, sus sucesores heredaron ese inmovilismo ideológico.

El que fuera acaso el más importante teórico de la literatura  (y de la ideología)  de la URSS, Mijail Bajtin –no casualmente censurado y reprimido en tiempos de Stalin–, puso en circulación la categoría de “ideología de la vida”,  cuyos modos de discurrir, apoyados en la experiencia cotidiana,  podían y  de hecho debatían con las formas cristalizadas, aceptadas, dogmatizadas de la ideología mayor y contribuían  a  transformarlas. La “ideología de la vida” se manifestaba muy fuertemente en el arte y la literatura.

Los debates ideológicos prácticamente desaparecieron de la URSS stalinista. Había una oficialidad  que tenía  el privilegio de la verdad en la “interpretación” de los textos, y lo hacía con arreglo a las grandes cristalizaciones ideológicas,  sin  preocuparse porque aparecieran modos de pensar que esas cristalizaciones no tuvieron en cuenta. El soviético (y la soviética, desde luego) no acostumbraban  a  debatir el parecer oficial.

Muchos  se  han  preguntado  por qué nadie objetó el fin del socialismo  y  la desaparición de la propia Unión Soviética. Ni  un  stajanovista, ni un komsomol,  ni un obrero de avanzada, ni un cosmonauta objetaron la idea.

¿Saben por qué? Porque esa era una idea consagrada por el que era entonces el parecer oficial, y ese era un pueblo al que acostumbraron a que el parecer oficial no se discute.

La censura es la consagración de ese modo de pensar.

Estoy escribiendo esto, pensando en la retirada de la escena de “El rey se muere”, la obra de Ionesco montada y dirigida por Juan Carlos Cremata.

No alcancé a verla en su mínimas exhibiciones,  pero no me convencen los criterios aparecidos  para justificar el hecho. Lo único adecuado habría sido propiciar un debate en torno a la obra y su puesta en escena, y permitir que los espectadores cubanos  –incluyendo, claro, a los más calificados–,  encontraran su punto de vista, que no tiene por qué resultar unánime.

La censura cancela los problemas, los oculta, no los resuelve: a lo sumo, lo que hace es meter la basura debajo de la alfombra, no limpiar la casa.

viernes, 24 de julio de 2015

Es mi nombre

Por Guillermo Rodríguez Rivera

¿Es mi nombre? ¿Estáis ciertos?
                                                 Nicolás Guillén

Hace unos días leía unas reflexiones de dos jóvenes cubanas negras que meditaban sobre la pertinencia de sus nombres: ¿por qué ellas, dos muchachas afrodescendientes, tienen apellidos de obvio origen europeo – son apellidos españoles – y no ostentan nombres que evidencien su origen africano? Ambas tenían la voluntad de cambiar sus nombres.

Esa miserable institución que fue la esclavitud humana tuvo sus comienzos mucho antes de que, en el siglo XVI, los colonizadores europeos se pusieran tácitamente de acuerdo para establecer en todo el mundo la esclavitud del negro africano y de sus descendientes. En las guerras entre pueblos blancos, mucho antes de eso, los vencedores apresaban a los enemigos derrotados y los convertían en sus esclavos.

La democrática Atenas del siglo de Pericles, había establecido el voto para sus ciudadanos, pero tenía a miles de hombres y mujeres de otras procedencias convertidos en sus esclavos.

Los Estados Unidos de América se jactan de ser la primera democracia moderna, pero su única diferencia con la antigua democracia ateniense son los siglos que separan a una de otra, porque los democráticos Estados Unidos que proclamaban con Jefferson “que todos los hombres han sido creados iguales”, tuvieron esclavos por casi un siglo después de constituirse en república y solo pudieron abolir la esclavitud con una cruenta guerra que asoló al país.

En efecto: los negros de las antiguas colonias tienen apellidos europeos, porque los amos blancos daban su apellido a los esclavos negros que compraban.

Ya en el siglo XX, el dirigente negro norteamericano Malcolm Little decidió prescindir del apellido dado por el amo inglés a su familia. Como no podía desenredar la madeja histórica que lo llevara a encontrar su verdadero apellido, decidió apellidarse con esa X que se hizo famosa entre los luchadores contra la discriminación racial en los Estados Unidos.

Lo mismo haría después el campeón mundial de boxeo llamado Cassius Clay, que resolvió adoptar el nombre árabe de Muhamad Alí.

Por esos mismos años, Nicolás Guillén escribió uno de sus más hondos poemas: el que tituló, justamente, “El apellido”. Como hacía Malcolm X, como podría hacer cada descendiente de africanos en América, Guillén preguntaba:

      ¿Sabéis mi otro apellido, el que me viene
       de aquella tierra enorme, el apellido
       sangriento y capturado que pasó sobre el mar
       entre cadenas, que pasó entre cadenas sobre el mar?

E imaginaba, especulaba sobre el apellido africano que pudo ser el suyo:

       ¿Seré Yelofe?
       ¿Nicolás Yelofe, acaso?
       ¿O Nicolás Bakongo?
       ¿Tal vez Guillén Banguila?
       ¿O Kumbá?
       ¿Quizá Guillén Kumbá?
       ¿O Kongué?
       ¿Pudiera ser Guillén Kongué?

Y finalmente llegaba la decepción del poeta, ante la imposibilidad de hallar el apellido cierto:

      ¡Oh, quién lo sabe!
      ¡Qué enigma entre las aguas!

Reparemos en que el mulato cubano que era Nicolás, buscaba su “otro” apellido: hay un apellido español y debería haber, también, un apellido africano.  No quiso entonces Guillén adoptar la X que el líder negro norteamericano asumió como desafío a la sociedad blanca racista.  

Acaso Nicolás evocó a otro poeta, a Shakespeare, cuando escribió aquel verso que colocó en la dulce boca de Julieta:

       What’s in a name?

Como Shakespeare confió en la superioridad del amor, nuestro Guillén creyó en lo verdaderamente importante: que los hombres se reconozcan, que sean solidarios y se hermanen. 

Quería advertirlo, recordarlo a estas muchachas cubanas, que acaso quieren ir a recorrer un camino que ya está andado.

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EL APELLIDO
I
Desde la escuela
Y aún antes… Desde el alba, cuando apenas
Era una brizna yo de sueño y llanto,
Desde entonces,
Me dijeron mi nombre. Un santo y seña
Para poder hablar con las estrellas.
Tú te llamas, te llamarás…
Y luego me entregaron
Esto que veis escrito en mi tarjeta,
Esto que pongo al pie de mis poemas:
Las trece letras
Que llevo a cuestas por la calle,
Que siempre van conmigo a todas partes.
¿Es mi nombre, estáis ciertos?
¿Tenéis todas mis señas?
¿Ya conocéis mi sangre navegable,
Mi geografía llena de oscuros montes,
De hondos y amargos valles
Que no están en los mapas?
¿Acaso visitasteis mis abismos,
Mis galerías subterráneas
Con grandes piedras húmedas,
Islas sobresaliendo en negras charcas
Y donde un puro chorro
Siento de antiguas aguas
Caer desde mi alto corazón
Con fresco y hondo estrépito
En un lugar lleno de ardientes árboles,
Monos equilibristas,
Loros legisladores y culebras?
¿Toda mi piel (debí decir),
Toda mi piel viene de aquella estatua
De mármol español? ¿También mi voz de espanto,
El duro grito de mi garganta? ¿Vienen de allá
Todos mis huesos? ¿Mis raíces y las raíces
De mis raíces y además
Estas ramas oscuras movidas por los sueños
Y estas flores abiertas en mi frente
Y esta savia que amarga mi corteza?
¿Estáis seguros?
¿No hay nada más que eso que habéis escrito,
Que eso que habéis sellado
Con un sello de cólera?
(¡Oh, debí haber preguntado!)
Y bien, ahora os pregunto:
¿No veis estos tambores en mis ojos?
¿No veis estos tambores tensos y golpeados
Con dos lágrimas secas?
¿No tengo acaso 
Un abuelo nocturno
Con una gran marca negra
(Más negra todavía que la piel),
Una gran marca hecha de un latigazo?
¿No tengo pues
Un abuelo mandinga, congo, dahomeyano?
¿Cómo se llama? ¡Oh, sí, decidmelo!
¿Andrés? ¿Francisco? ¿Amable?
¿Cómo decís Andrés en Congo?
¿Cómo habéis dicho siempre
Francisco en dahomeyano?
En mandiga ¿cómo se dice Amable?
¿O no? ¿Eran, pues, otros nombres?
¡El apellido, entonces?
¿Sabéis mi otro apellido, el que me viene
De aquella tierra enorme, el apellido
Sangriento y capturado, que pasó sobre el mar
Entre cadenas, que pasó entre cadenas sobre el mar?
¡Ah, no podéis recordarlo!
Lo habéis disuelto en tinta inmemorial.
Lo habéis robado a un pobre negro indefenso.
Lo escondisteis, creyendo
Que iba a bajar los ojos yo de la vergüenza.
¡Gracias!
¡Os lo agradezco!
¡Gentiles gentes, thank you!
Merci!
Merci bien!
Merci beaucoup!
Pero no… ¿Podéis creerlo? No.
Yo estoy limpio.
Brilla mi voz como un metal recién pulido.
Mirad mi escudo: tiene un baobab,
Tiene un rinoceronte y una lanza.
Yo soy también el nieto,
Biznieto,
Tataranieto de un esclavo.
(Que se avergüence el amo)
¿Seré Yelofe?
¿Nicolás Yelofe, acaso?
¿O Nicolás Bakongo?
¿Tal vez Guillén Banguila?
¿O Kumbá?
¿Quizá Guillén Kumbá?
¿O kongué?
¿Pudiera ser Guillén Kongué?
¡Oh, quién lo sabe!
¡Qué enigma entre las aguas!

II
Siento la noche inmensa gravitar
Sobre profundas bestias,
Sobre inocentes almas castigadas;
Pero también sobre voces en punta,
Que despojan al cielo de sus soles,
Los más duros,
Para condecorar la sangre combatiente.
De algún país ardiente, perforado
Por la gran flecha ecuatorial,
Sé que vendrán lejanos primos,
Remota angustia mía disparada en el viento;
Sé que vendrán pedazos de mis venas,
Sangre remota mía,
Con duro pie aplastando las hierbas asustadas;
Sé que vendrán hombres de vidas verdes,
Remota selva mía,
Con su dolor abierto en cruz y el pecho en llamas.
Sin conocernos nos reconoceremos en el hambre,
En la tuberculosis y en la sífilis,
En el sudor comprado en bolsa negra,
En los fragmentos de cadenas
Adheridos todavía a la piel;
Sin conocernos nos reconoceremos
En los ojos cargados de sueños
Y hasta en los insultos como piedras
Que nos escupen cada día
Los cuadrumanos de la tinta y el papel.
¿Qué ha de importar entonces
(¡Qué ha de importar ahora!)
¡Ay! mi pequeño nombre
De trece letras blancas?
¡Ni el mandinga, bantú,
Yoruba, dahomeyano
Nombre del triste abuelo ahogado
En tinta de notario?
¿Qué importa, amigos puros?
¡Oh, sí, puros amigos,
Venid a ver mi nombre!
Mi nombre interminable,
Hecho de interminables nombres;
El nombre mío, ajeno,
Libre y mío, ajeno y vuestro,
Ajeno y libre como el aire.

Nicolás Guillén