lunes, 16 de mayo de 2016

La cultura en los tiempos que corren

por Guillermo Rodríguez Rivera


Las funciones de la obra artística se dan simultáneamente en ella. Como dijo siglos atrás el poeta latino Horacio, toda obra es dulce et utile, porque ejerce a la vez la función estética y la función social pero, en cada obra específica, el énfasis en cada una de esas funciones puede ser muy alto o mínimo. Hay momentos de la historia  –de una nación, de un continente o del mundo—en que se reclama intensamente la acción del hombre en la transformación social, y el arte puede encargarse también de ayudar a ese reclamo.  Son momentos en que las obras literarias pueden pretender esa función de movilizadora social. Ello no es frecuente, pero ha ocurrido.

Se dice que la publicación y difusión en 1851 de La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, fueron decisivas para afirmar la voluntad abolicionista en los Estados Unidos, en los años que precedieron a la guerra civil. Cuando el presidente Lincoln conoció a la autora en 1862, le dijo: “Tú eres la mujercita que empezó esta gran guerra”. Lo de “mujercita” aludía ala estatura de la novelista, que apenas medía 1,50 metros. En Cuba, pocas cosas hicieron tanto contra la homofobia como el filme Fresa y chocolate.

En la obra literaria, las funciones constituyen un sistema: si se jerarquiza la misión ideológica que la obra podría tener, es probable que esa priorización adelgace la función estética que ella cumple. Y viceversa:  las  grandes obras artísticas experimentales en los planos de lenguaje y estructura, consiguen una más difícil comunicación con su receptor y, en consecuencia, su capacidad movilizadora es más reducida.

Como siempre, está siendo difícil ser joven y pretender transformar el mundo que encontramos. Los poemas que escribíamos algunos poetas en los años sesenta se relacionaban como por encanto con esa manera de decir de los trovadores, que expresaba la perspectiva de unos jóvenes que queríamos ser, a la vez, fieles y críticos. Silvio Rodríguez dijo en algún momento, que éramos muchachos a los que la vida obligó a hacer tareas de hombres. Éramos muchachos de una Revolución.

La música siempre tiene la mejor suerte entre nosotros: es el arte por excelencia para los cubanos. El “hada” de los jóvenes trovadores fue Haydee Santamaría. En medio de unas circunstancias que se endurecían, en un ámbito cultural donde no abundaba la comprensión, la presidenta de Casa de las Américas esgrimió su intuición, su sensibilidad y su prestigio: acudió al presidente del organismo cultural que podía escucharla y le pidió que le buscara a “esos muchachos trovadores”, un lugar en el que pudieran trabajar sin mayores problemas.

Ese organismo era el Instituto de Arte e Industria Cinematográficos y, su presidente, Alfredo Guevara.

En el ICAIC trabajaba, colaboraba estrechamente, uno de los más importantes músicos cultos de Cuba, el más joven,  y hondamente interesado en los caminos de la música popular. Leo Brouwer fue el encargado de fundar y dirigir, en 1969, el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, que daría cabida a esos jóvenes y a otros músicos que también trabajarían con ellos.

Entre esos músicos jóvenes y otros intelectuales cercanos a ellos, se manejaba ya el concepto de nueva trova. Y manejarlo, era también inscribirlo en una tradición que remontaba a los orígenes mismos de la canción cubana:  a “La bayamesa”, que en 1851 compusieran Francisco Castillo y José Fornaris, , con el apoyo de Carlos Manuel de Céspedes, para llevarla a la ventana de Luz Vázquez. Allí nació, en efecto, la canción cubana, pero nació también una tradición intelectual vinculada a la patria, a su independencia y a los avatares que viviría desde entonces.

La aparición del GES coincide con los años del Quinquenio Gris, pero el ICAIC, se mantuvo en esos años si no directamente enfrentado, al menos ajeno a la política de vigilancia dogmática que regía en otras zonas de la cultura cubana, como eran la literatura y el teatro. Cuando unos años después se organice el Movimento de la Nueva Trova, no se hará más que crear una entidad que apoye y difunda un fenómeno cultural que ha aparecido previamente en la actividad artística de los trovadores, y luego se ha consolidado en el trabajo del GES.

Como muchos de los mejores poetas jóvenes y no tan jóvenes del país estaban excluidos por la política vigente de editar sus textos en libros y revistas, la canción empezó a ocupar unos espacios que esa exclusión había dejado vacíos.

Precisamente, creo que uno de los aportes que hacen esos jóvenes trovadores como Pablo, Silvio, Noel, Vicente Feliú, Amaury, Sara, es trabajar el texto de la canción rehuyendo los facilismos de la canción comercial y vincularla a la tradición de la gran poesía de la modernidad que se manifiesta en la lengua española, tanto en la península como en  Hispanoamérica, a partir de Rubén Darío y nuestro modernismo.

No resultó casual que apareciera un peculiar interés por la obra de José Martí. Los Versos sencillos, que Martí recoge en un cuaderno en 1891, son un homenaje a lo popular pero desde una perspectiva poética culta, que tiende a reciclarlo en un muy peculiar neopopularismo. La obra de Martí había establecido un claro nexo con la  música desde los acercamientos que a ella intenta Ernesto Lecuona.[1] Teresita Fernández que emerge a la difusión musical en esos años sesenta, trabaja textos de Martí, como lo harán después jóvenes trovadores como Pablo Milanés, Sara González y Amaury Pérez.

Sin aludir al sustrato del asunto, Roberto Fernández Retamar alude a la aparición –necesita crear el neologismo– de una “guitárrica”, émula contemporánea de la antigua “lírica”. No se trata de otra cosa más que de la continuidad trovadoresca cubana, tal vez ahora con una más clara conciencia de sus implicaciones poéticas. Es la obra del músico en buena medida silvestre, generalmente portador de un saber musical empírico, que ha elegido un instrumento con el que puede deambular, a diferencia del pianista, portador de un saber musical académico. La Nueva Trova  tiene el claro antecedente del trabajo de los compositores del feeling, pero son los trovadores de los años sesenta quienes retoman el término trova, acaso por la voluntad de reencontrar a la nación que acompañaba a la Revolución.

La aparición de esa “poesía cantada” viene a compensar los desastrosos efectos que el Quinquenio Gris había producido en la poesía escrita.

Un número importante de poetas está vetado para publicar en esos años: Miguel Barnet, Nancy Morejón, Pablo Armando Fernández, Luis Rogelio Nogueras y, el mayor de todos, José Lezama Lima, son apenas una muestra  de ello.

Casaus, Fayad Jamís y yo obtuvimos menciones en el Premio Casa de 1970 con los poemarios De una isla a otra isla, Abrí la verja de hierro y El libro rojo: selecciones de los tres se incluyeron en el libro Seis poetas, que Casa de las Américas editó ese mismo año. Al comenzar el Quinquenio Gris, la presidencia del Instituto Cubano del Libro ordenó retirar ese libro de la venta en las librerías. Uno de los poetas más jóvenes y talentosos de mi generación, pero de su zona más intimista, Raúl Hernández Novás (1947—1993), tiene escrito su primer poemario hacia 1972, cuando concluye sus estudios universitarios, en los mismos inicios del Quinquenio Gris; pero para los jerarcas culturales del momento, la suya es una poesía que no tiene cabida en la política cultural del Quinquenio, que ha estrechado sensiblemente las normas de las Palabras a los intelectuales. No es sino en 1982, bajo la égida del Ministerio de Cultura, cuando Hernández Novás consigue que aparezca Da capo, su primer libro.

Entre el 17 y el 22 de diciembre de 1975 se celebró en la ciudad de La Habana, el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, diez años después de constituido oficialmente.
Una estudiada tesis sobre la cultura literaria y artística, aprobada en el evento como resolución, tenía un tono bien diferente al de la declaración final del Congreso de Educación y Cultura llevado a cabo apenas cinco años antes: no se enfrentaban todos y cada uno de los problemas que no resolvió y a veces creó o reforzó el evento de 1971, pero parecía que se avanzaba en la recuperación del carácter inclusivo de la orientación cultural de 1961. Personalidades de la cultura y de la ideología que muchas veces habían asumido posiciones encontradas o, al menos, no coincidentes –pienso en Juan Marinello, Alfredo Guevara, Haydée Santamaría, Mirta Aguirre, Cintio Vitier– ahora acercaban sus puntos de vista al parecer para enfrentar lo que había sido el fundamento ideológico del Quinquenio Gris. Un agudo crítico literario comentó la aproximación de esas voces muchas veces divergentes remitiéndose, irónicamente, a la historia de la antigua Roma: “Los viejos senadores pueden tener posiciones discrepantes, perose unen cuando los bárbaros invaden.” Confío en que el término “bárbaros” se entienda en su acepción metafórica.

La más importante consecuencia cultural del Congreso del PCC, fue la fundación del Ministerio de Cultura que, además de reunir las áreas que cubría el viejo Consejo Nacional de Cultura, se incorporaba las funciones del Instituto Cubano del Libro y del Instituto de Arte e Industria Cinematográficos. Todas estas áreas quedaron como viceministerios del organismo.

Fue importante, asimismo que, por vez primera, la dirigencia del mundo cultural la ejercería una figura histórica de la Revolución, e integrante del Buró Político del Partido, el doctor Armando Hart Dávalos. Es bajo la dirección de Hart que se inicia el fin del Quinquenio Gris, pero el proceso fue lento. Tanto, que no consiguió “desfacer” el mayor de los entuertos que había generado el “caso Padilla”.

Después de observar una bastante larga hospitalización, el 9 de agosto de 1976 falleció en La Habana José Lezama Lima, y el ministro de cultura se hizo presente en la funeraria de Calzada y K. Era un gesto tardío. José Lezama Lima nunca debió ser reprimido por nuestro aparato estatal, pero lo fue, y en los últimos años de su vida: nuestros funcionarios dieron por buenas las acusaciones hechas por Padilla contra Lezama,  y le hicieron una marca indeleble a nuestra cultura que la dirección revolucionaria debe asumir y lamentar: creo que ocurrió porque, al margen de lo que dijera Heberto Padilla, Lezama reunía una serie de atributos que lo convertían en un poeta rechazado por la zona más dogmática e intolerante de nuestro funcionariado, la que estaba gobernando en la cultura cubana desde 1971.

Lezama era católico, cultivador de una poesía culterana y hermética, autor de una novela que presentaba crudamente la homosexualidad y homosexual él mismo. Era una figura indispensable de la literatura cubana del siglo XX, pero esa  era una valoración que no aceptaban los funcionarios más incultos y que estaba en duda para algunos de nuestros intelectuales militantes.

Lezama había sido acusado en la célebre autocrítica de Heberto Padilla, simplemente para sumar a un escritor de sus dimensiones a las ideas que representaba el autor de Fuera del juego, y porque sabía que ese criterio, que dañaba hondamente a la cultura revolucionaria cubana, sería aceptado por la perspectiva dogmática que empezaba a dirigirla.  

Pero Lezama no había escrito una sola línea que atacara a la Revolución Cubana sino que fue el primero de los poetas de Orígenes en apoyar la revolución socialista, antes que Cintio Vitier y Eliseo Diego. Desoyó siempre los reclamos de su hermana Eloísa, que lo incitaban e invitaban a abandonar Cuba, cuando ya disponía de los cuantiosos recursos que proveían los derechos de autor que le trajo el éxito mundial de su novela Paradiso. Además del daño que implicó su propia autocrítica, Padilla separó a la Revolución de uno de sus intelectuales mayores y los funcionarios de la Revolución le respaldaron. No me cabe duda de que en ello incidió el clima de desconfianza ideológica y de persecución que había generado el Congreso de Educación y Cultura.

Mejor que la dirección de Armando Hart resultó la siguiente de Abel Prieto, un joven egresado de la Escuela de Letras de la Universidad de la Habana, narrador y ensayista dedicado al estudio de la obra de Lezama, que trabajó como profesor universitario y seguidamente fue director de la Editorial Letras Cubanas, aunque hay que decir que el suyo fue posible por el previo trabajo de Hart.

Promovido a presidente de la Unión de Escritores y Artistas, aunaba varios factores que fueron decisivos en su trabajo al frente de la cultura: su formación intelectual, su conocimiento del trabajo del creador,  de la comunidad intelectual cubana y su  condición de militante. Abel pudo llevar adelante, con su valor personal –que no amainó ante algunas circunstancias difíciles–, un engarce entre la intelectualidad cubana y la dirigencia de la nación. Consiguió lo que en un momento se esperó de la gestión de Lisandro Otero, que no fue capaz de conseguirlo. Acaso ambos factores no estaban entonces todavía en condiciones de avanzar hacia ese encuentro. La también injusta proscripción de Virgilio Piñera (1912-1979), queda zanjada con el ministerio de Abel.

Varios sucesos relativamente recientes exhibieron fallas que solo han podido ser motivadas por la incomprensión y la falta del trabajo necesarios para actuar como instrumento promotor y regulador de la cultura, que son las funciones que pueden y deben desempeñar nuestros organismos culturales y, marcadamente, nuestro Ministerio de Cultura.

El año pasado fue programada en el Festival de Cine Latinoamericano la cinta Regreso a Ítaca, del realizador francés Laurent Cantet, con guión del novelista cubano Leonardo Padura. De pronto, el filme fue retirado de la exhibición sin explicación alguna. He visto la película, que a uno puede gustarle más o menos, pero no veo razón alguna para la obvia censura que sufrió y que todo el mundo advirtió.

En el concierto reclamando la liberación de los Cinco en el que tomaron parte casi todos nuestros músicos y cantantes populares –realmente, más de los debidos– se dio el incidente de la intervención de Robertico Carcassés con una suerte de alocución fuera de lugar, pero que el músico acostumbraba a hacer en sus actuaciones habituales. ¿No lo sabía quien selecciónó el elenco para el espectáculo? Aprecio mucho a Juana Bacallao pero ¿qué hacía en ese concierto?

La airada y obviamente excesiva respuesta de los funcionarios de la cultura fue prohibirle a Carcassés actuar en cualquier sitio, lo que implicaba anularlo como músico. Ante esa desproporcionada sanción, Silvio Rodríguez respondió invitándolo a su próximo concierto en los barrios pobres de La Habana y casi retando al Ministerio. La intervención de Abel Prieto motivó que la excesiva prohibición fuera anulada: únicamente la intervención de dos hombres de talento y conocedores a fondo de nuestra cultura impidió que el asunto se complicara malamente. Creo que el problema comenzó desde la elección de los músicos que tomarían parte en el concierto, en la que no hubo una selección pertinente.

No alcancé a ver alguna de las pocas presentaciones de “El rey se muere”, de Ionesco, que dirigiera Juan Carlos Cremata, antes de que el Consejo de las Artes escénicas prohibiera las presentaciones y desencadenara el conflicto con el teatrista que ha terminado con rescindir el contrato al grupo “El Ingenio” y el inaceptable exilio de JCC[2]. Pregunto: ¿no se vio esta obra antes de estrenarse? Las editoriales tienen lectores que avalan una obra antes de ser editadas: ¿no tiene el mismísimo Consejo de las Artes Escénicas un personal calificado que avale las obras antes de presentarse? Siempre hay un ensayo general en el que se pone la obra tal como va a subir a escena. Aquí hay una falla en el trabajo organizativo del MINCULT que motivan las represiones que realmente hacen daño al ambiente cultural del país. Creo que, una vez que se apruebe una obra para subir a escena, un libro para ser editado, un filme para ser proyectado, esa decisión debe mantenerse y únicamente una situación de excepción debe motivar su censura. Cuando algo aprobado por las instancias correspondientes debe ser censurado, la censura es en verdad para quienes lo aprobaron. ¿Era correcto, además, rescindirle el contrato al director, negándole la posibilidad de ejercer su oficio? Pareció un claro acto de represalia por su inconformidad.

Me parece ver claros signos de inseguridad, de temor, en ese proceder de los dirigentes culturales, que pueden provocar peores incidentes que los que ya lamentablemente han ocurrido.

La solución de los asuntos culturales, que tantas veces generan opiniones discordantes, no puede ser la de la superprevención que muchas veces adoptan por temor los funcionarios, con la única intención de protegerse ellos mismos.  Esos problemas solo pueden obviarlo la formación cultural artística y política del funcionario encargado de aprobar el hecho cultural.
A partir de la década de los años ochenta han aparecido las fundaciones en el ámbito de la cultura cubana. No todas tienen marcadamente esa especificidad, pero aun las pocas que no las tienen, comunican también con la cultura ampliamente entendida. Es el caso de “La naturaleza y el hombre”, fundada en 1994 por Antonio Núñez Jiménez.

Las fundaciones son instituciones no gubernamentales, sin fines de lucro. No tienen un presupuesto asignado por el estado, pero deben disponer de fondos para llevar adelante sus programas.  Esos fondos pueden proceder de un capital acumulado y ampliado por intereses, o bien de donaciones nacionales o extranjeras. El estado cubano tiene aún una experiencia insuficiente para desempeñarse con las fundaciones, y muchas veces los funcionarios ponen los clásicos obstáculos burocráticos que son su día a día, a las donaciones provenientes del extranjero, que son vitales para algunas de nuestras fundaciones.

Nuestro socialismo va adquiriendo los rasgos de una economía mixta. Si se hacen posibles las inversiones extranjeras y ciertas formas de propiedad privada cubana, me parece necesario que se legisle para hacer posibles que las donaciones se viabilicen hacia las fundaciones que las obtengan y las precisen.

Quisiera subrayar la importancia que adquiere la cultura artística y literaria en una sociedad como la nuestra.

Desde hace tiempo, pero con mucha fuerza en los últimos años, se discute en torno al papel que debe desempeñar muestro sistema informativo. Evidentemente, tenemos una prensa insuficiente: ello ha hecho que las redes informáticas adquieran una importancia mayor, pero también que mucho caudal de información y, sobre todo de opinión, se desplace hacia las obras artísticas y literarias que a veces quieren decir lo que podría decirse en un artículo de fondo que los directores de los órganos de prensa no publican.

Los funcionarios que atienden la cultura tienen que tener la suficiente preparación para lidiar con problemas de ese tipo: esto es, que necesitamos un funcionariado cultural cada vez más preparado. No es una tarea que pueda asumir cualquiera. Las direcciones de cultura, en un momento, se convirtieron en receptáculo de funcionarios fracasados en otras tareas y no calificados para la  que debían emprender. Apareció un chiste significativo. Ante el funcionario incapaz, la pregunta por su destino era: “¿para la basura?” Y la respuesta: “No, para cultura”.

Se escoge siempre a alguien políticamente capacitado para ocupar un cargo, pero ello no basta: la política tiene sus especificidades a la hora de aplicarse en la cultura y si el político no es a la vez un hombre culto, conocedor y respetuoso de la naturaleza del trabajo del intelectual y el artista, es extremadamente difícil que su trabajo político consiga los resultados que se propone. El político que se proponga dirigir el trabajo cultural tiene que ser un hombre culto  porque si no, ni siquiera tendrá éxito político.




[1] El vínculo es muy anterior. En el reciente CD “Con olor a manigua”, en el que la disquera Colibrí diera una muestra de las canciones relacionadas con nuestro proceso independentista, a aparece un bolero para el que Martí escribiera especialmente el texto, durante una estancia en Tampa.
[2]Nada, sin embargo, me parece justificar esa actitud de Juan Carlos Cremata: no es el primer artista cubano que sufre una prohibición injusta. La única respuesta correcta es enfrentarla, nunca abandonar el país.

martes, 10 de mayo de 2016

Sobre la sociedad civil (1)

                                   por Guillermo Rodríguez Rivera

“Sociedad Civil” es un término que no estamos acostumbrados a manejar y, con cuyo uso, no nos sentimos enteramente cómodos.

De la Revolución Cubana surgieron una pluralidad de instituciones y siendo –como éramos, o ¿todavía somos?– un país permanentemente amenazado por agresiones de todo tipo, no podíamos poner demasiado énfasis en la civilidad: aprendimos todos a ser soldados y pasamos por alto las burlas del enemigo. Cuando aparecieron las milicias, sus adversarios inventaron, allá por 1960, unos versitos para desacreditar la marcha de los milicianos, que decían:
                  
                   Uno, dos, tres, cuatro:
                   comiendo mierda y rompiendo zapatos.

Pero esos “comemierdas” cumplieron algunas funciones esenciales que la “lúcida” CIA no fue capaz de calcular.

La Agencia empleó contra Cuba la estrategia exacta que había usado para derrocar al democrático gobierno de Jacobo Árbenz, que también había hecho una reforma agraria y había afectado los intereses norteamericanos, pero en Guatemala existía el ejército tradicional que le pidió la renuncia al presidente. En Cuba, ese ejército había desaparecido: lo reemplazó el Ejército Rebelde pero, aún así, Fidel le entregó las armas al mismo pueblo para que defendiera sus conquistas.

Los “técnicos” en contrarrevoluciones de la CIA calcularon que sus discípulos no tendrían obstáculos para vencer. Carlos Rivero Collado, quien fuera uno de esos expedicionarios, cuenta que uno de esos maestros le dijo a uno de los jefes de la Brigada 2506:

             Lo que usted tendrá que hacer es sacar la mano, hacer
             la señal y seguir en su jeep hacia La Habana.

Pero los “comemierdas” le dieron una paliza militar a los expedicionarios de Playa Girón: los derrotaron y los apresaron en 66 horas. Como nos convertimos en soldados, no repudiamos para nada la jerga militar: brigadas, contingentes, campañas, puestos de mando, batallas, proliferaron en nuestra vida cotidiana, aunque casi siempre fuera civil.

Aprendimos y practicamos  el principio de todos los ejércitos: “la orden del jefe encarna la voluntad de la patria”, y esa unidad fue un innegable requisito para la salvación de la Revolución Cubana.

La respuesta de nuestros dignos representantes en la Cumbre de la Sociedad Civil en Panamá, creo que tuvo que ver con el que ha sido el estilo clásico de la Revolución. No se trataba de opositores cualesquieras a la Revolución, sino de un agente de la CIA que llevó a Bolivia la orden de asesinato de un prisionero que es, a la vez, un hombre excepcional, venerado para los cubanos revolucionarios, cuyos hijos afirman que quieren ser como él; y de un disidente que no tiene empacho en fotografiarse junto al terrorista –condenado en Venezuela bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, de cuyas cárceles es prófugo– que ordenó el asesinato del equipo juvenil cubano de esgrima, colocando una bomba en un avión civil en vuelo, y de otras personas –hasta 73– que no tenían otra culpa que pensar de manera diferente a la suya.

Hay quien dice que esa representación derechista de la sociedad civil –que son más bien miembros de la AADJ ( Asociación de Asesinos Derrotados y Jubilados)– la organizó la ya envejecida captora de Elián González, Ileana Ros Lethinen, para sabotear el encuentro de Raúl y Obama.

Independientemente de sus resultados, creo que nuestra delegación a la reunión de la “sociedad civil”, implementó una suerte de “respuesta rápida” que es a la que hemos estado habituados y, por ello, la que mejor conocemos.

Cuando se ha recopilado el montón de opiniones vertidas sobre el asunto, incluyendo las de Ravsberg y todas las contrarrespuestas, me parece que falta una esencial: la opinión de ese intachable revolucionario y lúcido hombre de pensamiento, que es Aurelio Alonso.
Aurelio señala:

               Comparto la opinión de que, una vez allí,                               
               los representantes cubanos que viajaban
               para asistir a ese foro específico no tenían
               otra opción que pronunciarse del modo en que
               se pronunciaron, y para mí está fuera de duda
               que, en cualquier caso, la oportunidad de defender
               la revolución es la opción honorable. Pero trato
               ahora  de saber hasta qué punto lo que se hizo,
               además de un honor, fue también un acierto.

Aurelio descarta la posibilidad de que los personajes contrarrevolucionarios que asistieron hayan llegado allí con el ánimo de dialogar:
            
             Hasta los diseñadores de la dramaturgia del
             imperio se percatan de que para extremar la
             marca de lo intolerable no basta con sentar
             en el lugar al asesino del Che sino que llega a
             exhibirse su foto con el cadáver; y para destacar
             al «opositor», lo retratan con el terrorista. ¿Alguien
             puede tener la ingenuidad de creer que se buscan
             reconciliaciones?

Entre los numerosos participantes en la polémica, hay quien piensa que la única opinión digna de ser escuchada es la de la sociedad civil cubana identificada con la Revolución. Aurelio advierte que en los momentos que se avecinan no podríamos pretender el acuerdo absoluto con nuestras opiniones. Señala que una de nuestras tareas teóricas y políticas es la
        
           de encontrar el umbral de tolerancia plausible
          para el disenso. Puede definirse, con Rosa Luxemburgo,
          como la pertinencia del espacio de quien disiente.

Nuestro presidente ha instado a que aceptemos la opinión del que piensa diferente de nosotros pero, sobre todo, ha alertado contra lo que ha llamado “la falsa unanimidad”. Esa aceptación de los criterios sin pensarlos, sin debatirlos, a mí me parece tremendamente peligrosa, porque suele convertirse en norma de la conducta.

Yo estuve unas cuantas veces en la Unión Soviética: estuve bajo el gobierno de Brezhnev, bajo el de Andrópov y finalmente bajo el de Gorbáchov. Era un gran país y era un pueblo de gente buena y valiente.

Medité mucho no por qué cayó el socialismo, sino por qué –en un país donde no había propiedad privada desde décadas atrás– aparecieron de pronto millonarios que marcaban los destinos del estado y, sobre todo, por qué nadie –ni un militante del partido, ni un komsomol, ni un stajanovista, ni un poeta, ni un recordaste olímpico, ni un gran maestro de ajedrez, ni un secretario ideológico del PCUS, nadie se opuso al desastre que sobrevino con Boris Yeltsin. ¿Saben por qué? Porque era un pueblo enseñado a obedecer, a aceptar sin pensar lo que disponían los niveles superiores. Cuando el nivel superior dijo: “Se acabó el socialismo”, eso era ley, eso no se pensaba. Los dirigentes se repartieron la riqueza creada por más de 70 años de trabajo del pueblo soviético.
  
Yo creo que tenemos un pueblo muy inteligente y, sobre todo, curtido en materia política.

Desde hace tiempo he reclamado para nuestras elecciones generales, donde seleccionamos a los integrantes de la Asamblea Nacional del Poder Popular, un número mayor de candidatos de los que debemos elegir, pues en la actualidad es la comisión de candidatura la que elige los diputados cuando los postula: los electores no hacemos otra cosa que ratificarlos. Y no me basta leer una biografía intachable, porque todos los candidatos la tienen, pero no es suficiente: quiero saber también qué se propone hacer el diputado cuando resulte electo.

Ya comprendimos que un atleta de alto rendimiento, en cualquier disciplina, tiene que dedicarse a ella como un trabajo. Tenemos que comprender que los diputados a nuestra Asamblea deben asumir profesionalmente ese trabajo y tener una sola reelección. Deberán ser muchos menos, para que el país pueda asumir el desembolso en sus salarios.

Creo que ello nos dará un aparato de gobierno más eficiente, imprescindible para el encauzamiento de nuestra sociedad civil.






[1]  Estas ideas debieron discutirse en un más estrecho grupo de compañeros. Como no pudo ser, las entrego ahora al mucho más amplio espacio de los lectores de Segunda Cita.

jueves, 5 de mayo de 2016

Chanel no tiene problemas políticos

Por Sergio Alejandro Gómez

El desfile de modas de Chanel y la filmación de la octava parte de Rápido y Furioso en La Habana, entre otros acontecimientos de la Cuba posterior al deshielo con Estados Unidos, no constituyen problemas políticos en sí mismos; son, eso sí, preocupantes síntomas de una crisis en la comunicación política.

La filmación de un blockbuster de Hollywood, con helicóptero incluido, o cerrar el Paseo del Prado para exhibir la colección crucero de la conocida casa francesa, difícilmente logren tumbar una Revolución, mucho menos la cubana.

Pero la forma en que se interpretan esos acontecimientos, dentro del proceso de cambios que definirá el destino de 11 millones de personas, sí puede trastocar el consenso social que ha sostenido el país por más de medio siglo, que está en franco proceso de renegociación.

Toca primero saltarse los prejuicios. No por caros, los vestidos de Chanel son más capitalista que los trapos made in China del Tercer Mundo. Incluso la “ropa de masas” asume los colores y formas que decide la alta costura de Nueva York o Paris. Ser pobre no es antídoto para una globalización de la identidad que se cuela por los poros. Para eso están las copias baratas.

Karl Lagerfeld, nadie lo duda, es un artista. Sus diseños pueden costar varias decenas de miles de dólares, por el mismo mecanismo que una pintura expresionista vale millones. El dinero ama al arte y también mata el arte.

Ahora, ni siquiera las personas de clase media en los países desarrollados aspiran a tanto. Los desfiles son siempre cotos cerrados para el 1 %. Pero si en Cuba es difícil encontrar a alguien vestido de Chanel, lo es aún más definir ese 1 %.

Por eso los ojos no estaban solo en las modelos y los vestidos, sino en los carros descapotables que trajeron al público desde el Hotel Nacional y en los bancos del Prado, donde se sentaron los invitados especiales.

Todos querían saber cuál era la profesión, la billetera o el apellido correcto para clasificar en el evento del año de la farándula nacional. Y es bueno eso de conocer las élites, la gente tiene derecho, ya sea para amarlos o para lincharlos.

Poco después, un espacio público de La Habana Vieja, la Plaza de la Catedral, fue privatizado por algunas horas para la fiesta con los invitados de Chanel. La Policía Nacional y otros órganos de seguridad se hicieron cargo de blindar el área contra los curiosos.

Algunos sintieron que el espectáculo, el primero de su tipo en América Latina, era un golpe bajo contra la austeridad revolucionaria, que en más de una ocasión se ha intentado vender como virtud en lugar de necesidad.

Había mucha gente en el Prado tratando de ver el desfile, pero había aún más en las tiendas tratando de encontrar productos básicos recién rebajados como pollo y aceite de cocina.

Todos saben lo que ganan Chanel y Hollywood al escoger La Habana — la ciudad detenida en el tiempo, con su destruida belleza; la capital prohibida donde se mezclan el art deco y la Guerra Fría. La pregunta es ¿qué ganamos nosotros?

La ausencia de una respuesta pública y un debate al respecto es la raíz del problema. Cualquiera puede intentarlo por cuenta propia.

Por ejemplo, aunque se desconocen los pormenores del guion, una franquicia taquillera como la de Rápido y Furioso puede ayudar a cambiar la imagen Cuba de más de un estadounidense y con ello acelerar la caída del bloqueo a 200 millas por hora. Claro, también se puede estrellar contra un poste.

El regreso de las celebridades a La Habana, por otra parte, atrae un turismo de más recursos que necesita la economía nacional para acabar de dar un salto que se sienta en la mesa y el bolsillo de cada cubano.

En ambos casos, la parafernalia montada debe salir cara y parte de ese dinero se quedará en el país. Nadie ha dicho cuánto pagó Chanel por utilizar los espacios públicos o cuánto tuvo que erogar Rápido y Furioso por dejar el transporte de parte de la ciudad paralizado.
Saber en qué se utilizará el dinero recaudado puede ser un alivio para quien siente que la ciudad ha hecho un sacrificio. Quizás un parque, un edificio multifamiliar o pavimentar una calle.

Así todos sabrían en qué se benefician y podrían sacar su propia cuenta, lo cual no garantiza que estén dispuestos a aceptarlo por igual.

Puede ser incluso que al final se construya el parque, el edificio multifamiliar o se pavimente la calle, y nadie sepa que fue con el dinero de Chanel y de Rápido y Furioso.
Pero en lugar de explicar y debatir, los políticos hacen silencio y exigen a su prensa (la de todos) que haga lo propio.

La política siempre ha sido el arte de convencer a los hombres. La fe es una relación entre las personas y Dios, no la lógica que rige la sociedad.

Están faltando aquellos políticos que van al futuro y regresan a contarlo, o por lo menos los que lo intentan desde aquí con franqueza. Y ese futuro no puede ser uno en el que todos visten de gris. Ojalá sea uno, vaya utopía revolucionaria, en el que todos usan Chanel.

Fuente: https://medium.com/@sergioalejandrogmezgallo/chanel-no-tiene-problemas-pol%C3%ADticos-d87fb56be131#.g4vd8fwbm