viernes, 22 de julio de 2016

Demasiado pronto

Por Jorge Dávila Miguel

Jesucristo, Fanny Brice/ Wolfie Mozart, Humphrey Bogart/ Genghis Khan y H. G. Wells…
(Trombones)
Ho Chi Minh, Gunga Din/ Henry Luce y Wilkes Booth/ Alejandro Magno y Graham Bell…
(Trompetas)
Ramakrishna, Mama Whistler/ Patrice Lumumba y Russ Colombo/ Karl y ChicoMarx, Albert Camus…/ Caryl Chessman/ Alan Freed y Buster Keaton también.
(Trombones y trompetas; música desaparece, voz a capela:)
…Todos ellos tuvieron algo en común,/ sudaron bajo el mismo sol,/ miraron maravillados hacia la misma luna,/ y sollozaron cuando todo terminaba,/ porque era demasiado pronto.
(Violines)
Neil Diamond

Blancos matan a negros y negros matan a blancos. Todavía no es una guerra civil como Dios manda, difícilmente lo será. El poder de fuego se concentra en uno de los bandos y en el otro las milicias no saben ni marchar. Es una reyerta que transcurre como una lamprea por el fango del río, a la que pocos distinguen en su verdadera oscuridad.

Evaden que hay un problema estructural en esta sociedad y dicen en la tele que son enfermos mentales quienes le disparan a la policía. América no encuentra para sus pecados explicación más racional que la luz de la locura. Dos balazos a quemarropa en el pecho de un hombre ya sometido en el suelo son signos de extrema racionalidad mientras es trastorno mental lo que permite al francotirador escoger cuidadosamente su nido de águila y apuntar serenamente hasta hacer blanco.

Y los terroristas islámicos “se radicalizan”. Espontáneamente. Como si fueran setas en el bosque, emergiendo de entre el musgo cuando llega la humedad. “Nadie había notado nada –– razona un analista militar–– pero al parecer, de alguna forma, en algún momento, ‘se radicalizó’ ”. No dicen por qué un ser humano “se radicaliza”, alguna causa discernible y eficiente, no; simplemente sucede. Como la célebre combustión espontánea en los humanos.

La verdad detrás del horror nunca se revela. Pero todos nosotros, caperucitas indignadas por el espanto, llevamos también al lobo feroz dentro. Una garra por aquí, un colmillo por allá, disimulados dentro, como adentro del fanático que algún día hará su ablución antes de volarse en pedazos. Demócratas y republicanos, goloseando entre sonrisas y oraciones la puñalada trapera, la cabeza rival desangrada, si pudieran. Ah, si no existieran las milicias gubernamentales para mantener la situación. Aunque quizá algún día entre nuestras libertades nos llegue la jornada anual para matar. Con licencia, como quiso Tamargo, como vimos en The Purge. Exiliados, chavistas, antichavistas, comunistas cubanos y anticomunistas miamenses, blancos, negros, chinos, coreanos, el gordito Kim Jung-un, los de Sanders y los de Trump, las banderas mexicanas; miles de franceses, belgas e ingleses, desinhibidos, saqueando los guetos musulmanes, cónyuges asesinando felizmente a su cónyuge, y así. El rencor al fin fuera del closet, ese delicioso elíxir que nos alivia de tantas frustraciones. ¿Qué podrá más en el mundo, el odio o el amor?

La canción de Diamond intenta decírnoslo. Pone a Jesucristo junto a Genghis Kan, a Ho Chi Minh y Graham Bell; Ramakrishna y Caryl Chesman; a Carlos Marx y Buster Keaton. Nos indica algo grande y sereno. Que todos ellos ––al igual que todos los humanos–– fueran asesinos o profetas, nacieron y crecieron bajo el mismo sol, soñaron con la misma luna y vivieron su afán hasta quedarse perplejos cuando la muerte les dijo “basta”. Y ella le confiere dignidad a cada uno de ellos––tan lejanos a veces como un asesino de un santo–– tras el supremo drama que significa haber nacido. Diamond los empareja con amor ante la misteriosa realidad que los convoca y no los juzga[ii]. Porque quien esté libre que tire la primera piedra. Y sugiere que no vale la pena gastarse en el rencor antes de marcharse demasiado pronto. Aunque el odio siga alimentando –– junto al egoísmo–– a las bayonetas en todas partes y en todos los corrales.

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article91038427.html

viernes, 15 de julio de 2016

África nuestra: en el espíritu, en el entendimiento, y de corazón

Por: Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal

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Introducción de Camilo Pérez Casal

Este 16 de julio de 2016 monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal cumpliría 80 años. Era por ambas ramas familiares de la estirpe de patricios y él se esmeró por estar a la altura de ese legado. Los que tuvimos el privilegio de frecuentarlo sabemos calibrar la hondura de su “ausencia”. Junto a la exquisitez sencilla y portentosa de su trato –de criollo auténtico– y su bien amueblada cabeza, se estaba en presencia de quien sabía exponer con firme ecuanimidad sus criterios y respetar los del otro, incluso en la diferencia, sin menoscabo de la concordia y la amistad. Actuaba con transparencia. “Con la verdad entera, siempre que se pueda. Silencio, con frecuencia. Mentir, nunca. Calumniar, ¡jamás!” [“¿Simplemente discrepancia?”, Palabra Nueva, mayo de 2012.] Fue un ávido lector, con disímiles intereses. Estudioso de la vida y la obra de Félix Varela, creía en la actualidad de sus enseñanzas. [“Legado del Padre Félix Varela para la Cuba de hoy: Las cartas aElpidio”, Espacio Laical, diciembre de 2013.] Proclamaba dos pasiones: por Cuba y por la Iglesia. Sabemos que también las tenía por la ópera y el ballet; se decía “un consumidor informado”. Era un avezado crítico de arte, que instruía y orientaba de teatro, música, literatura, sin caer en didactismos ni veleidades; su sección Apostillas en la revista Palabra Nueva da fe de ello. Amado por unos, denostado por otros –no siempre del mismo bando–, su vida y su obra son un ejemplo irradiador para los que creen en lo que llamaba la Casa Cuba, donde “el ideal sería alcanzar una democracia real participativa”. [“Un grano de chícharo perdido en una olla”, entrevista concedida a LucíaLópez Coll para Enfoques, IPS, julio de 2007.] En consonancia con su misión sacerdotal, ejerció el magisterio en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, escribió la columna Mundo Católico en el periódico El Mundo y fue artífice de proyectos como el Centro Arquidiocesano de Estudios y la revista Vivarium, e inspirador de los más lúcidos momentos de Espacio Laical. Fue miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Los coordinadores del Laboratorio de Ideas Cuba Posible, fieles a su memoria, crearon el Premio por el servicio a la nación Monseñor Carlos Manuel de Céspedes –para honrar “una ejecutoria de gran calado intelectual y sentida honestidad política, la pasión por Cuba y su pueblo, la capacidad de diálogo y el patriotismo como virtud nacional”–, que otorgaron el 16 de julio de 2015, por vez primera y por unanimidad, al proyecto “Gira del colectivo Ojalá por los Barrios”, que lidera Silvio.

Segunda Cita hace público el artículo inédito de mons. Carlos Manuel “África Nuestra: en el espíritu, en el entendimiento, y de corazón”, fechado significativamente, en su primera versión, el 14 de junio de 2013, día del cumpleaños 85 del Che. Su lectura no dejará dudas de la intención y contribuye a evitar que se reduzca, tuerza o desvirtúe el diapasón de sus pensamientos de cubano de su tiempo. Él dejó constancia de que lo revisó en diciembre del mismo año y me lo mandó con un “quiero juicio crítico” –supe después que se lo habían rechazado donde habitualmente publicaba sus escritos. A raíz de su muerte, el 3 de enero de 2014, se lo envié a sus muy queridos amigos Eusebio Leal y Raida Mara Suárez, para que fuera incorporado a la edición de sus Obras, previstas en siete u ocho tomos –en enero de 2013 ya fueron presentados tres volúmenes– que realiza con celo Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, con la activa participación de Fray Manuel Uña, de la Orden los Frailes Predicadores, el Convento San Juan de Letrán y el Centro Fray Bartolomé de las Casas.

Ante la pregunta “¿qué le gustaría que trascendiese de su legado?” dijo: “Yo no sé qué vale más de mi legado, pero sí quisiera que trascendiera algo que he tratado de transmitir siempre al círculo en el que me he movido, tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella: un impenitente e imborrable cariño hacia Cuba. Y la eterna comprensión para con las limitaciones nuestras. Todo pueblo tiene las suyas, y no se trata de cerrar los ojos ante ellas, pero tampoco podemos permitir que borren ni el cariño ni la identificación. En lo que pueda haber legado como sacerdote no existe ninguna originalidad. He hecho, y por lo tanto podría legar, lo que hay que hacer para seguir a Jesucristo y amar a Su Iglesia.” [“Es preciso respetar las culturas de manera tal que puedan articularse”,entrevista concedida a Elizabeth Mirabal Llorens y Carlos Velazco Fernández, PalabraNueva, noviembre de 2007.]

Esta nota es mi personal homenaje a su memoria y un intento por que no se silencie su palabra.

Camilo Pérez Casal

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Nota previa: Todas las personas humanas descendemos de “la Eva original”, natural del cuerno africano. Esto significa que la especie humana es monogénica. Hoy es la opinión más común entre los científicos que se ocupan de estos asuntos. En otros tiempos, muchos hombres de ciencia afirmaban la posibilidad del poligenismo original, lo cual creaba dificultades para la recta interpretación de los textos bíblicos acerca de la creación (sobre todo los incluidos en los primeros capítulos del Libro del Génesis). Empero, ahora parecen imponerse las pruebas científicas en favor del monogenismo, a partir de la mujer, existente hace cientos de miles de años, que ha sido llamada, simbólicamente, aludiendo al texto bíblico, como la “Eva original”. Después de ella, vino todo lo demás: migraciones, evoluciones, adaptaciones a los distintos marcos geográficos, etcétera. Esto lo supe en mi primera juventud, entonces como hipótesis probable, en mis tiempos de estudiante universitario, hace aproximadamente sesenta años. He vuelto con frecuencia sobre el tema, en relación con mis estudios bíblicos y con el estudio de las diferencias raciales y las especulaciones sociopolíticas al respecto. Hoy contemplamos toda la cuestión no como una simple hipótesis, con un rango limitado de probabilidades, sino como teoría casi universalmente aceptada. Es una parcela —muy definitoria, por cierto— de la Verdad acerca de la persona humana. Lo cual nos produce un gozoso henchimiento que abarca mucho más que la dimensión puramente intelectual… Nosotros, los cubanos, somos, por consiguiente, África, como todos los grupos humanos, pero —en nuestro caso— con una ponderación todavía más significativa y definitoria de identidades. El tráfico esclavista, prolongado durante más de dos siglos, está en la raíz de nuestra peculiar identidad etnográfica y de nuestra historia real, la que no siempre se cuenta en nuestros libros de texto, pero que es la que está en los cimientos de nuestra cultura singular, llena de luces y de sombras. Ya desde el siglo XIX, la totalidad de cubanos negros y mestizos, directamente africanos o con raíces africanas, era mayor que la de cubanos blancos. Los censos de población eran y son explícitos al respecto.

ALGUNOS ANTECEDENTES PERSONALES QUE PUEDEN AYUDAR A COMPRENDER MI ACTITUD, DE HOY Y DE SIEMPRE, CON RELACIÓN A ÁFRICA Y FRENTE AL TEMA RACIAL EN CUBA

1. Nací y crecí en el seno de una familia cristiana de verdad, no de apariencias. En su ámbito no cabía la discriminación racial consciente. Los criterios de la fe cristiano-católica eran siempre los definitorios, tanto en las pequeñas cuestiones cotidianas, como en las de mayor importancia. Cuando yo vivía esos años, en los que empezamos a dejar de ser adolescentes y empezamos a ser jóvenes, a rondar muchachas simpáticas, a invitarlas a salir juntos, a bailar, etcétera, tuve una amiga, sumamente simpática y buena. No era la única a la que le pintaba fiestas, pero era una de ellas. De ella podría haberse dicho lo que nos dice Cirilo Villaverde acerca de Cecilia Valdés: “Parece blanca.”

2. Un día en que me estaba preparando para salir con ella a un “bailecito” en un club habanero —ya mi padre había fallecido—, mi madre se me acercó y me preguntó muy directamente: “¿Te estás enamorando de…?” “¡No! —le contesté inmediatamente—. Me cae muy bien, es buena y nos llevamos muy bien bailando cualquier cosa. No hay más nada que eso: una buena amistad. ¿A qué viene esa pregunta ahora?” Comentó mi madre: “¿No te has dado cuenta de que… tiene algo de color? El tono de su piel no es el de una blanca trigueña, tiene además una cierta sombra en sus ojos… y los labios… ¿Acaso conocemos a sus abuelos?” Ciertamente, no los conocíamos. “Tú sabes que yo soy cristiana y de ninguna manera podría oponerme, por las falsas razones de pseudoprincipios que contradicen la fe cristiana, a que tú te casaras con una negra o una mulata. Negros y blancos somos iguales, todos somos imágenes de Dios, pero… vivimos en una sociedad sumamente discriminatoria por sinrazones raciales.”

3. Y me recordó dos situaciones de amigos de la familia, que yo conocía muy bien; eran matrimonios racialmente mixtos, que llevaban una vida casi insoportable, para ellos y para sus hijos, a causa de los desprecios y aislamientos, ante el hecho del mestizaje. La tranquilicé y me fui al baile con mi estupenda amiga, que parecía blanca y era hermosa, buena y simpática. Salí algunas veces más con ella, hasta que apareció una rubita preciosa, de ojos azules, que “la tumbó del caballo”. ¡Éramos tan jóvenes! Amor de niño, agua en cestiño, oí decir en España, en más de una ocasión… Y así pasaron algunos años, con sucesivas amigas y buenas compañeras de saraos habaneros, hasta que, a los veinte años, y ya en la Facultad de Derecho de nuestra Universidad, en época de muchas complejidades sociopolíticas en Cuba, el Señor fue Quien me tumbó a mí del caballo y me iluminó el camino, con la complicidad de la sombra, para mí ya muy fuerte y estimulante, del Padre Félix Varela. Comencé mi formación sacerdotal en el Seminario de La Habana, fui ordenado sacerdote en Roma en 1961, regresé a Cuba en 1963, apenas terminé la Licencia en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, y heme aquí hoy, con más de 50 años de vida sacerdotal serena, henchida siempre por el gozo de servir en diversas formas del ministerio presbiteral, en el ámbito que me ha sido propio.

4. A más de ese episodio, singular, no viví ninguna otra situación personal en la que se hiciese presente algún modo sutil de discriminación. Tuve amigos negros y mulatos; mi padre y mi madre también los tuvieron. No muy abundantes porque no abundaban en los ambientes en los que ellos se movían. Pero los que eran amigos, lo eran de verdad y no faltaban las visitas recíprocas. Amén de los términos con los que se expresaban, mis padres y toda mi familia, contra situaciones de discriminación racial en los Estados Unidos, país que todos conocían bien. Algunos habían nacido allí, durante alguna de las “deportaciones” políticas; muchos habían vivido y hasta cursado estudios en el “Norte”, como se decía entonces. Yo mismo pude comprobar las situaciones discriminatorias, absolutamente reprobables, abominables y estúpidas, en edad tan temprana como los quince años (en la calle, en los autobuses y trenes, en los hoteles, restaurantes y teatros, etcétera), desde mi primera visita a Norteamérica.

5. Además, como antídoto casi ontológico contra la discriminación racial en nuestra sociedad cubana racista de entonces —anterior a 1959—, estaba el apellido De Céspedes, de mi tatarabuelo, el que como Primer Presidente de la República en Armas y de manera coherente con su pensamiento cristiano y liberal, había decretado la abolición de la esclavitud, después de haber dado la libertad a sus propios esclavos, en aquella madrugada única, en la Demajagua, el 10 de octubre de 1868. Les dijo entonces: Ya yo no soy vuestro amo, sino vuestro hermano. Los invitó a participar en la Guerra Grande, que entonces comenzaba. Todos se sumaron, como se siguieron sumando numerosos negros y mestizos en aquella Guerra y en la de Independencia, en 1895. Durante casi todas estas contiendas, la mayor parte de los mambises eran cubanos mestizos o negros, y una porción muy significativa estaba integrada por antiguos esclavos. Nuestro Antonio Maceo y su familia fueron mestizos. Nunca deberíamos olvidar estos datos. Yo los tengo imbricados, infartados, en lo más íntimo de mi yo más íntimo, desde la infancia.

6. La nota introductoria y el título de este texto me lo ha sugerido —por no decir “casi impuesto”—, desde mi mundo interior —el regido por el espíritu, el corazón, y el entendimiento—, por la conmemoración celebrativa, en los días en los que lo pensé y escribí, del quincuagésimo aniversario de la liberación del sistema colonial de la mayoría de los países de África subsahariana, y de la fundación de la Unión Africana, sustituta de la Organización por la Unidad Africana. Celebraciones que han tenido lugar en la reunión de Addis Abeba, capital de Etiopía, situada en el mismísimo cuerno africano, ya mencionado por su relación con el origen de la especie humana. Supongo que la selección del lugar no ha sido fruto de la casualidad, sino del discernimiento inteligente de sabios africanos. Ellos saben, con su sabiduría propia.

ENTRAMOS “EN EL CORAZÓN DEL ASUNTO” (como nos diría Graham Greene: in the heart of the matter)

7. Conocíamos la precariedad en que las potencias colonialistas dejaban a casi toda la región; carente de créditos y de dinero contante y sonante que les permitiera empezar como repúblicas independientes, carencia también de personal cualificado y de instituciones civiles y militares capaces de sostener y desarrollar los nuevos países que surgían formalmente como tales. Además, sabíamos también del artificio de las fronteras, establecidas, sin tener en cuenta las diversas identidades étnicas. Recuerdo una conversación, al respecto, en Alemania —en Arolsen, cerca de Kassel— con un amigo y compañero de estudios de alemán (que también estudiaba en Roma durante el invierno), proveniente del Congo exbelga: Entre las tribus más cercanas a la mía, y la nuestra —afirmaba él—, hay más diferencias y enemistades ancestrales que las que puede haber entre Francia y Alemania. Ahora somos un solo país por el solo hecho de que fuimos poseídos por el mismo país, Bélgica. Sin embargo, hay tribus vecinas, en otra dirección, que comparten su identidad cultural, religiosa y lingüística con nosotros, pero somos parte de países distintos, porque fuimos colonizados por diversas potencias. Lo que tuvieron en cuenta para establecer las fronteras de cada país nuevo, fue el hecho coyuntural de que los territorios hubiesen sido explotados por la misma potencia colonialista; en nuestro caso, Bélgica… La nueva situación va a ser muy difícil... ¿Lograremos integrarnos como una sola nación?... Para ustedes, los blancos, somos todos negros y eso les basta para pensar que todos somos iguales, que compartimos los proyectos nacionales, los criterios vitales, la cultura… ¡que comemos en el mismo plato! Y no es así.

8. Todo eso y mucho más me decía y se preguntaba mi amigo Mpendawato, al inicio de la década de los sesenta… Mpendawato, uno de los amigos más serios, nobles y cultos que tuve en mis años europeos. Ignoro si vive todavía, pero lo que sí sé es que él nunca sospechó hasta dónde me habían calado sus palabras proféticas. Sin embargo, a pesar de las dificultades reconocidas, la independencia fue un gozo y una esperanza: para ellos, los africanos, y para nosotros, los que ya a esas alturas de la juventud, nos sentíamos también, parcial pero significativamente, africanos. Y ya cargábamos con la conciencia de esa culpa colectiva que fue el hecho de la esclavitud. Yo sabía que dos padres capuchinos, uno español y otro francés, habían sido abolicionistas, lúcidos y activos, en el siglo XVII, en Cuba, y que eso les costó un calvario de juicios eclesiásticos y civiles y de prisiones; calvario que acabó con la muerte. Sus nombres constan en una placa sencilla puesta en el Cementerio del Potosí, en Guanabacoa, lugar en el que en el siglo XVII —creo— se levantaba un convento capuchino, en el que ellos vivieron. No ignorábamos que, un siglo después, en el XVIII, el Padre José Agustín Caballero, habanero integral, en el Papel Periódico, también en La Habana, calificaba la esclavitud como la lepra de nuestra sociedad; y que José Martí, en sus Versos Sencillos, en el número XXXIV, había incluido aquella estrofa estremecedora, que habíamos aprendido de memoria, desde los años de la enseñanza primaria: Yo sé de un pesar profundo/ entre las penas sin nombres:/ ¡La esclavitud de los hombres/ es la gran pena del mundo.

9. Los que ya no somos jóvenes, recordamos muy bien nuestros estudios colegiales de Geografía Política, en los años cuarenta y cincuenta: África subsahariana era un tablero imperialista, en el que Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Portugal… o sea, las potencias colonialistas europeas, se habían repartido, irracionalmente, sus tajadas de poder y zonas de influencia. Y escribo irracionalmente con todo propósito, por tres razones fundamentales: - a)irracional es el fenómeno colonial, tal y como de hecho se “creó” y existió: irracional y antihumano y carente de la más mínima conjunción de carácter ético; hombres explotados por otros hombres; - b) irracional, porque las fronteras divisorias entre uno y otro territorio colonial, como me lo había advertido Mpendawato (cf. No.6), hoy países independientes, se establecieron a capricho —llamemos las cosas por su nombre—, a partir, simple y llanamente, de las sinrazones del poder político y militar de la potencias colonizadoras, sin tener en cuenta las fronteras reales, entre etnias y países culturalmente diversos, con el agravante de que, algunos entre ellos, habían sido violentos enemigos ancestrales; - c) irracional y éticamente injustificable, porque —salvo contadísimos matices— los sistemas de gobierno colonial funcionaron como empresas de explotación, mondas y lirondas; en América las conocimos muy bien, pero me parece que en África las cuestiones coloniales funcionaron de forma mucho más desvergonzada. Los afanes “civilizadores” y hasta “evangelizadores”, que solían esgrimirse por las potencias coloniales, como razones válidas para ocupar esas regiones habitadas por “africanos salvajes”, eran pequeñas hojas de parra, incapaces de disimular las vergüenzas, las partes pudendas, que pretendían ocultar y ocultárselas a sí mismos. Aprovecho para expresar que yo entiendo que, a pesar de los pesares que no es el caso enumerar ahora, esas razones evangelizadoras y culturales tuvieron un peso mucho mayor en la colonización española de América, entre el siglo XVI y el XIX. En África, fueron simplemente la nueva forma politizada del antiguo refrán de nuestros abuelos: ¡esas pseudorazones no eran más que los viejos escrúpulos de Juana la cocinera, que lava los huevos y escupe la manteca! No juzgo la generosidad de muchos misioneros en África, que fueron la simiente de la vitalidad de las Iglesia en África hoy. Simplemente condeno a los gobiernos coloniales y a las grandes empresas explotadoras.

10. De sobra sabemos que la “cuestión imperialista” es tan antigua como la historia humana. Acerca de lo que sucedía, en la prehistoria, en esta dimensión de las relaciones sociales, no podemos precisar con muchas evidencias, pero nos basta lo que sabemos por la Historia para conocer la antigüedad del problema. Si hacemos un rastreo histórico y geográfico nos topamos, sin gran esfuerzo, con imperios muy diversos étnicamente, pero coincidentes en lo que a explotación se refiere, al modo de entonces: hititas, sumerios, acadios, persas, egipcios, griegos (de Macedonia), romanos, otomanos… etcétera. El transcurso del tiempo no ha agregado razones éticas, sino —por el contrario— ha acumulado astucias para perfeccionar los controles imperiales, sea en el ámbito económico, sea en el político, y hasta en el cultural y religioso. El mayor poder imperialista del momento, o sea, los Estados Unidos de Norteamérica, es mucho más ubicuo y eficaz explotador que lo que pudieron haber sido, en su tiempo, Alejandro de Macedonia o cualquier Emperador Romano… o las potencias coloniales de América, de África y de Asia. Pero también sus aventuras antihumanas del nuevo poder imperial cambiarán de signo: dejemos correr el tiempo, seamos inteligentes y pacientes activos… y ya veremos. Yo no, desde esta orilla de la existencia, porque soy anciano y la muerte me hace sus inevitables guiños con mayor frecuencia, pero ya percibo los prolegómenos de lo que creo que será una hecatombe salvífica y un derrumbe apocalíptico estrepitoso, pero auroral.

11. Aquellas liberaciones africanas del poder colonial, hace medio siglo, y las que han venido después, no han alcanzado las metas de desarrollo integral y armónico de las naciones respectivas. Pero reiniciaron su camino: el que la colonización había cortado y empujado hacia una recesión, hacia una involución hasta en el ser de la persona humana colonizada, como consecuencia prácticamente inevitable bajo un régimen de explotación colonial. Amílcar Cabral, Sekou Touré, Julius Nyerere, Patricio Lumumba, Laurent Desiré Kabila, Kwuame Nkruma, Agostinho Neto, Samora Machel, Seretse Khama, Modibo Keita, etcétera… y tantos otros, coronados por el hoy venerado Nelson Mandela, al estilo —este último— de lo que fue, en su momento, y sigue siendo post mortem, para la India, el Mahatma Ghandi, a quien todos debemos respeto y veneración. La lista no es de puros nombres. Son personas. Estoy casi seguro de que ninguno fue San Francisco de Asís, pero a muchos de ellos podríamos calificar como héroes y hombres de pensamiento integral, en cuyo interior y en sus acciones, estarían amalgamadas las luces y las sombras, las lagunas y los hechos acertados, como en todas las personas humanas. Pero ellos, con todos sus defectos y limitaciones, colaboraron, de manera definitiva, a poner el problema colonial africano en la primera plana de los diarios y en las pantallas de la televisión. No usemos dobles o triples raseros éticos para juzgarlos. Me parece que no debería ser considerado como un mero fruto de la casualidad, el hecho de la simultaneidad del proceso africano, con el desarrollo de los movimientos por los derechos humanos en los Estados Unidos y, tras la Revolución Cubana, la expansión de las utopías revolucionarias en América Latina. A estas alturas de la Historia, sabemos muy bien que, en la concatenación de los asuntos humanos, la casualidad no existe y que hoy, la comunicación planetariza todos los acontecimientos. El “clima revolucionario” de los años sesenta, que de algún modo nutrió y fue nutrido por el fenómeno de The Beatles y el Mayo de París de 1968 —seguido por el fenómeno Tlatelolco de México—, son eslabones del mismo proceso de África: todos se imbrican, todos son causas y efectos los unos de los otros. Desde el escenario especialísimo que era La Habana y en mis vueltas de aquellos años por Europa y América, así percibí lo que estaban ocurriendo, como concatenación. Los animadores y protagonistas principales eran hombres de nuestra tierra, no ángeles del cielo. Como fueron para nosotros, en América, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Bernardo O’Higgins, Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Antonio Maceo… etcétera. Ellos no fueron clonaciones de santos celestiales. A los nuestros los consideramos hoy, en singular medida, héroes del pensamiento y la acción política y económica coherente, en ruta de búsqueda y de experimentos, para lograr nuestra verdadera independencia, a partir de la unidad que, lamentablemente, había sido solo un sueño y nunca tuvimos, efectivamente, con anterioridad. El camino de África no será totalmente igual al nuestro, pero sí análogo. ¡Y ya lo está siendo!

12. La historia personal y el pensamiento liberador de los padres fundadores de las hoy naciones de África subsahariana, deberían ser de obligatorio conocimiento, no solo para los ciudadanos de su nación o etnia de origen, sino para todos los africanos y también para los que, no siendo africanos, contemplamos a África como una de nuestras madres comunes y precisamente como la determinante de nuestra identidad humana original, y como reserva no solo de inmensas riquezas materiales, sino también, y sobre todo, de un caudal humano incalculable; de una sabiduría ancestral que, asimilada y globalizada en nuestro mundo —el considerado como ya civilizado… ¡vaya civilización tan poco civil!—, nos enriquecerá a quienes padecemos hoy la dolorosa crisis, a primera vista, insoluble, de la cultura occidental, de raíces grecorromanas y judeocristianas.

13. A ellos, a los africanos del sur del desierto de Sahara, deberíamos siempre añadir los hombres que, desde el norte africano, y desde su cultura mayoritariamente musulmana y parcialmente cristiana (en un sincretismo sui generis), casi siempre, desde sus opciones socialistas, no siempre bien definidas o no bien comprendidas, fueron uno de los sostenes irrenunciables de esos movimientos liberadores africanos subsaharianos. Los agentes de la liberación fueron los propios pueblos, pero pienso en los apoyos de diversa índole, provenientes del norte del continente, conducidos por hombres como Gamal Abdel Nasser, Ben Bella y demás líderes argelinos… y repito también, con relación a esos hombres, un etcétera merecido. Unos cuantos más han sido ejemplares de la mejor cultura solidaria de origen islámico. ¡Basta ya, por favor, de generalizar, de identificar al Islam con las peores acciones terroristas del mundo contemporáneo! Muchas han dependido de musulmanes, es cierto, pero muchas han dependido de no musulmanes, de otras identidades religiosas… incluyendo cristianos.

14. Y, gústenos o no, estemos de acuerdo o no, con nuestra presencia cubana en África, de hecho, allí estuvimos también los cubanos. Las cosas, en la historia, resultan ser como son, no siempre como nos hubiera gustado que fueran y, al menos en este caso, no por puro azar concurrente —tomando prestada la expresión a Lezama—, sino por mandato de la conciencia de muchos. Algunos deben haber ido a África por simulación oportunista, pero no generalicemos. Los médicos en Argelia (creo que esto fue lo primero; por ahí empezó nuestra presencia efectiva, hasta donde llegan mis informaciones, que no son especiales), las relaciones diplomáticas y de todo tipo, según iban surgiendo estas naciones a la vida internacional, la cooperación militar en los conflictos de liberación, etcétera. Ernesto Guevara de la Serna, el Che, y su pequeña tropa en el Congo (quizás un “fracaso” militar —no del Che—, pero aldabonazo político indiscutible); luego, Angola, su independencia, y el derrumbe de la política de apartheid en África del Sur, después del audaz batallar cabal de los cubanos, en la zona sur del continente y gracias, en muy buena medida, a ese batallar.

15. Nelson Mandela, que no es cualquier persona, ha llegado a afirmar que “ningún país ha hecho por África lo que ha hecho Cuba”. Pensaba Mandela en las guerras independentistas y en los movimientos de liberación, pero también en la incalculable ayuda sostenida en materia de educación, de administración pública y de salud. Muchos dirigentes africanos actuales llegaron a obtener niveles intelectuales internacionalmente respetables, gracias a las facilidades de estudio dadas por Cuba. Nadie debería sorprenderse de que, ellos y sus conciudadanos, tengan buenas relaciones con dirigentes políticos y con profesionales cubanos, que van más allá del puro protocolo, para llegar a los niveles de amistad personal. Esto no se improvisa: tiene su razón de ser en una historia de solidaridad de, al menos, cinco decenios. No le tengamos miedo a palabra tan hermosa como es “solidaridad”, por el hecho de que se haya abusado de ella. Y repito lo que ya he recordado en más de una ocasión en este texto: no estamos entre ángeles, ni los cubanos ni los africanos a los que me refiero ahora son duplicados de Francisco de Asís o de la Madre Teresa de Calcuta; lo escribo una vez más: en estos asuntos estamos siempre entre criaturas humanas y sabemos de sobra todo lo que eso quiere decir con relación a la bondad y a lo que no es tan bueno.

16. ¿Y por qué Cuba ha llegado hasta dónde ha llegado por África sin excluir el derramamiento de sangre? Estimo que tal actitud es fruto de una conciencia de solidaridad ética; más aún, de solidaridad con quienes estamos en deuda. Y las deudas se deben pagar. El pago puede llegar a ser sumamente sacrificial. ¿Qué se piensa también en otros intereses, políticos o económicos o de ambos ámbitos? Es muy probable, pero de nuevo, inter homines sumus, quid mirandum. Si incluye “guerra”, esto quiere decir que incluye violencia, incontables sacrificios y riesgos de muerte. Por consiguiente, en cualquier opción ética, religiosa o filosófica, la guerra, la violencia en cualquiera de sus formas reales, debe ser el último recurso para alcanzar una realidad que se considera justa. No el primero, ni siquiera el penúltimo: es el último. Solamente esto la justifica: ser el último recurso. Pero, realmente agotados los recursos de la política pacífica de concertación de voluntades, ante una causa justa de gran envergadura, no se debe rehusar la guerra como posibilidad. En este caso, se trataría de una guerra defensiva. No solo debemos defendernos de los ataques armados, sino también de otros ataques, a veces más destructores y catastróficos. Así pensaron nuestros libertadores en América. En Cuba lo dijeron explícitamente, y en más de una ocasión, Carlos Manuel de Céspedes (Guerra de los Diez Años, 1868) y José Martí (Guerra de Independencia, 1895). Ambos murieron como consecuencia de las guerras que ellos mismos organizaron.

17. Así pensaron y dijeron también los libertadores del coloniaje en África y muchos murieron en el proceso que promovieron. Aprovecho la ocasión para hacer presente, de nuevo, en este texto, que así lo dijo también Ernesto Guevara de la Serna, el Che, con relación a las luchas africanas —en las que fue fermento pionero para los cubanos—, y cuando marchó a Bolivia, a la guerrilla, en la que fue asesinado. Lamentablemente, de este condicionante ético del Che no se escribe, ni se habla mucho entre nosotros.

18. Me parece que, a estas alturas de nuestra historia, a casi cincuenta años de la muerte del Che, deberíamos reaccionar de manera más objetiva, frente a las imágenes reductoras e injustas del mismo, que nos lo entregan, simplonamente, como un guerrillero medio fanático e inconsistente, sin los matices de su personalidad, fundamentada en su sensibilidad, en sus varias capacidades intelectuales y un humanismo marxista, que lo llevó siempre y en todo lugar, a sostener la necesidad de salvaguardar la individualidad de la persona, sin diluirla en “lo social”. Una cosa es contar con la dimensión social, con el bien común, y otra es aplastar la individualidad de la persona.

19. Bien podríamos esforzarnos por tratar de ver al Che entero, al que incluye no solo las guerras y las guerrillas y los fusilamientos en La Cabaña, sino también todo lo demás. No soy especialista ni en el pensamiento del Che, ni en cuestiones sociopolíticas y económicas, ni tengo informaciones que no sean de dominio público, pero me atrevo a sospechar que las diferencias y tensiones que vivió el Che con la política de la Unión Soviética, que todavía olía demasiado a Stalin en los años del parto de la Revolución Cubana, dependían precisamente de esa valoración de la dimensión individual de la persona. Esa era una de las semillas irrenunciables de su socialismo marxista y él lo refería al propio Karl Marx, no a sus exégetas posteriores. La motivación ética, su interés fundamental, básico, no residía en la guerrilla en sí —eso sería un aventurerismo inaceptable—, sino en la guerrilla o guerra, como recurso último, después de ensayar todos los medios pacíficos posibles, para lograr lo que creía más justo en asuntos de la mayor trascendencia. Los puentes no se deben despreciar: se construyen para ser recorridos. Esa concepción completa del Che, a mi entender, es un puente que no hemos recorrido completamente todavía. Casi siempre o damos saltos, prescindiendo de algunos tramos, o nos solemos quedar en la mitad del camino.

20. “Lo demás”, lo que mantiene vivo su icono, su imagen, incluye las riquezas de su personalidad integral, las que explican la juvenil reverencia universal, desde su misma muerte. Recordemos el Mayo del 68, en París —apenas a los ocho meses de su asesinato—, que enseguida se convirtió en el mayo del mundo entero, en el que el icono congregante fue la conocida foto del Che, realizada por Korda, sin prever lo que estaba grabando en el lente para la historia. Discrepo en tantas cosas del Che: no era ni un manso cordero, ni San Ignacio de Loyola; reconozco que tuvo criterios y frases muy poco felices, aunque tenía talento literario y era un lector voraz, pero trato de no empantanarme dentro de esos límites, para ubicarlo, me parece que con mayor transparencia, en un humanismo marxista, distante del humanismo de inspiración cristiana (de Jacques Maritain, por ejemplo), pero más distante del marxismo stalinista, al uso en los manuales de la época y en el andar de muchos partidos socialistas, tanto en los europeos fronterizos de la Unión Soviética, como en algunos partidos comunistas latinoamericanos. No en los que se movían bajo la influencia, confesada o no, del peruano José Carlos Mariátegui, que era otra cosa. La concepción stalinista también estuvo presente en algunos partidos comunistas europeos, occidentales, no fronterizos con relación a la Unión Soviética. Por ejemplo, en el quehacer del Partido Comunista Francés de aquellos años. Preguntémosle, si tenemos dudas, al fantasma de León Trotsky, que continúa recorriendo el mundo. Al Partido Comunista Italiano le ha ido un poco mejor ante el juicio de la historia, debido —probablemente— al pensamiento del sardo Antonio Gramsci.

21. Las quiebras antropológicas de esos marxismos de inspiración leninista-stalinista, exportada por los manuales y los ucases de la Unión Soviética stalinista, me resultan más profundas que en el caso del pensamiento del Che (al menos en El socialismo y el hombre en Cuba, o en el Diario). Evidentemente, todos sabemos ya que la propia Unión Soviética y esos partidos y gobiernos que se malnutrieron de tal ideología exportada, se desembarazaron de ella hace ya algunos años. Pero entonces —en los años del Che, de la descolonización de África y de los otros fenómenos sociopolíticos concatenados a los que me he referido—, estábamos en el inicio de la segunda mitad del siglo XX, no en los albores del siglo XXI.

22. Por consiguiente —vuelvo a mi hilo conductor de hoy—, dejo sentado que tanto personalmente, cuanto por tradición americana y africana, es imprescindible agotar todos los demás recursos, antes de convocar a guerra y violencia, si deseamos proceder éticamente. Hechas estas clarificaciones, nosotros sabemos —y repetimos hasta la saciedad, con gusto y hasta con un cierto orgullo nacional—, que la cultura cubana es un ajiaco (cf. Don Fernando Ortiz, passim) o sancocho de varios ingredientes, pero que los definitorios son el componente español y el africano; no desconocemos el componente aborigen —mejor conocido y valorado en los últimos años— ni el pequeño pero visible componente chino. Y todo ello, aquí condimentado y cocinado, es la causa del fenómeno de la transculturación o inculturación —según la terminología científica que se prefiera— a la cubana, que espontáneamente conduce al sincretismo religioso, del que he hablado y escrito en varias ocasiones, pero hoy no voy a extenderme en él. Es otra la dimensión que me ocupa en este momento: la relación África-Cuba, Cuba-África, no en términos religiosos, sino sociopolíticos y, en general, “humanos”.

23. El africano que, en relativamente pequeñas cantidades (comparadas con las cifras posteriores), llegó a Cuba, inicialmente, como “hombre libre” (casi siempre sometido a servidumbre), o ya como esclavo procedente de la península ibérica, pues España y Portugal, en el siglo XV, estaban cundidas de negros esclavos y de negros libres… hasta cierto punto; solamente hasta cierto punto. Por lo tanto, el negro que llegó bajo este primer acápite, estaba ya, de algún modo, habituado a la convivencia con la cultura occidental que, al menos en principio, era cristiana. Hubo negros y negras libres en la naciente ciudad de La Habana del siglo XVI, que se movían con gran presteza, sin excluir el ámbito de sus negocios propios y hasta la posesión de esclavos. Un siglo después y, a partir de entonces, hasta fines del siglo XIX, llegaron los negros y negras desgarrados, en cantidades enormes —procedentes de toda la Nigricia, principal pero no exclusivamente— de las amplias zonas colindantes con el Golfo de Guinea. Por consiguiente, llegaron los negros africanos durante cuatro siglos, como esclavos del colonizador europeo y, en número reducido, como esclavo de negros libertos, ya establecido en América previamente.

24. Su número fue literalmente incalculable; la proporción de los negros importados varió de modo considerable de una región a otra. En Cuba y en el resto del Caribe, en el siglo XIX los negros llegaron a ser más numerosos que los blancos (y que los aborígenes, no muy numerosos en la región). Los censos de población, cubanos, del siglo XIX, dan fe de ello. Los negros, procedieran de donde procedieran y fueran destinados a un sitio o a otro, llevaban consigo una cultura propia y, por ende, también una religión que les era propia, imbricada en su cultura.

25. Además, espero que no olvidemos que habían sido arrancados, desarraigados, literalmente desgarrados, de su tierra, de su hogar. En el tránsito hacia América, eran echados al mar, si se avistaba un barco inglés, en fechas posteriores a 1817, cuando España se comprometió a cumplir con las reglamentaciones internacionales, y a suprimir el tráfico de negros africanos. En Cuba, empero, continuó y llegó a incrementarse, “clandestinamente”, pero ahora bajo el padrinazgo de las autoridades coloniales españolas y de los terratenientes criollos. Y cuando llegaban a su destino —en nuestro caso, a Cuba—, eran conducidos inmediatamente al mercado de esclavos y mal lavados, para ser vendidos como bestias y, luego, ser destinados a trabajos nada halagüeños.

26. Si en Cuba, el sector terrateniente de la población llegó a levantar capitales, a veces enormes, y a vivir en condiciones de refinamiento casi increíbles, si no tuviéramos testimonios fehacientes de los mismos actores, la causa de ello estuvo en el régimen de explotación esclavista. Tengamos en cuenta: - a)que esos capitales se levantaron sobre la agricultura y la industria incipiente, armadas u organizadas sobre la base del sistema esclavista, inaceptable para la más elemental mirada cristiana; además, - b) que las primeras manifestaciones de independentismo, con relación a España, tuvieron su origen en ambientes de negros y mestizos, incluyendo las rebeliones de esclavos y, por supuesto, el cimarronaje; - c) que llegado el momento de organizar los ejércitos de liberación, nuestros mambises, en ambas guerras, la del 68 y la del 95, las que finalmente obtuvieron la independencia de España (¡para caer en manos norteamericanas!, pero eso es otro problema, que no estoy contemplando hoy), la mayoría de los miembros de esos ejércitos independentistas eran negros, o esclavos hasta el alzamiento, o libertos; - d) que en esas guerras independentistas, en ambas, peleó bravía y sabiamente el General Antonio Maceo Grajales, mestizo santiaguero, el más admirado de los militares cubanos del movimiento; murió, como bien sabemos los cubanos, ya casi en las puertas de La Habana, el 7 de diciembre de 1896; que en la organización de la Guerra de Independencia por José Martí, desde los Estado Unidos de Norteamérica, otro mestizo notable era su mano derecha dentro de Cuba. ¡Y a todo riesgo! Por supuesto que me estoy refiriendo a Juan Gualberto Gómez...

¿ESTÁBAMOS O NO EN DEUDA CON ÁFRICA? ¿LA HEMOS PAGADO YA O LOS AFRICANOS GENEROSOS NOS HAN CONDONADO EL RESTO INCALCULABLE?

27. Probablemente, ellos dirían que sí, que en Cuba ya hemos hecho mucho por ellos. Pero nosotros, los cubanos, nos diríamos que todavía no, que nos queda mucho por hacer, lo más importante, más importante que las noticias acerca del arrancamiento violento de África, que el barco negrero, que el mercado de esclavos, que los maltratos… Ya todo eso es pasado, aunque deje cicatrices. Lo de ahora es el acompañamiento fraterno para la edificación del Renacimiento africano, del que estamos siendo testigos y también colaboradores, sabiendo muy bien que los actores son ellos, los africanos. Nos queda mucho por compensar, también en la misma Cuba nuestra, con relación a los descendientes de africanos, como deber ético: reparar —si esto fuera posible—, el desgarramiento, las familias divididas, los malos tratos, el sudor y la sangre derramados… y construir juntos. Queda mucho por hacer en África y en nuestra Cuba. Sin dudas, día llegará en que los africanos hagan mucho más por nosotros, si es que ya no lo están haciendo y no tenemos la sensibilidad necesaria para percibirlo.

28. Por lo pronto, esta reflexión sobre África-Cuba y Cuba-África debe motivar, muy seriamente, en los que los guardan, todavía, los rezagos dediscriminación: no oficial, pero sí real, en el mundo interior de muchos compatriotas nuestros. En menor grado que cuando yo era joven, pero todavía quedan. Una sanación ética radical se impone.

29. Afortunadamente, gracias a Dios y a la libre voluntad de muchos jóvenes, se multiplican las parejas interraciales, que generan hijos mestizos. Yo no lo veré, pues ya soy un anciano, pero desde junto a Dios, en ese ámbito de plenitud que el que confío que me acoja, me henchiré con el mayor gozo, al constatar que ya mi pueblo es, todo él, mestizo, consciente y físicamente mestizo. Y este mestizaje generalizado será, eso espero, el final de toda discriminación. Entonces se podrá repetir en Cuba, con toda verdad, pero con un tono distinto, de gozo y orgullo, el viejo dictum: Aquí, el que no tiene de congo, tiene de carabalí.

30. Subrayo, para terminar, que, en todas las relaciones Cuba-África, África-Cuba, que podrían establecerse e incrementarse en el futuro, no nos dejemos seducir por la imagen facilona del “negro salvaje”. Me expreso con datos válidos también para el pasado, desde el siglo XVI. No me refiero en particular ni a los de ahora, ni a los de antes: me refiero a la cultura africana integral. Muchos de esos esclavos provenían de etnias que habían llegado ya al uso del hierro en la agricultura antes del siglo XVI, y que entre los siglos X y XIII, en el período clásico de Ifé (o Ifá), habían desarrollado un arte escultórico que todavía deslumbra; habían logrado eficaces organizaciones sociopolíticas, mucho antes de que los portugueses plantaran sus pies por primera vez en Benin en 1472, ciudad descrita en el siglo XVII por el holandés Olfert Dapper (Description of Africa, 1668) con los siguientes términos: No hay ciudad tan grande en todas estas regiones. Solo el palacio de la Reina tiene tres leguas de perímetro... y la ciudad tiene cinco. La ciudad está rodeada por una muralla de seis pies de alto... Tiene varias puertas con unos ocho y nueve pies de alto y cinco de ancho; son de madera de una sola pieza. La ciudad está compuesta de treinta calles principales, rectas y de ciento veinte pies de ancho, entre una infinidad de calles menores que las cortan... La gente lava y friega sus casas de tal modo que relucen como espejos (citado por Natalia Bolívar, en Los orishas en Cuba, p. 21, La Habana, 1ª edición, 1990).

31. Conocían la moneda, los mercados internos, el comercio forastero, usaban esclavos de “otras” poblaciones negras, sometidas en guerras intracontinentales. Sin embargo, al parecer, desconocían la escritura (aunque este dato no es universalmente aceptado). Un dato curioso, importante como “base material” para comprender mejor el sincretismo que tendría lugar en América como consecuencia de la transculturación: casi todos los pueblos africanos habían logrado un aceptable desarrollo del arte culinario. Las negras y negros esclavos en América fueron excelentes cocineros en las casas urbanas y en las plantaciones de nuestros antepasados blancos. Fueron los creadores de una espléndida cocina, sincrética o mestiza, en la que se mezclan los productos americanos, europeos y africanos, en recetas y alquimias deliciosas, que todavía disfrutamos.

32. Esto los convertía, entre otras razones, en sirvientes apreciados en las casas de nuestros antepasados blancos en las regiones —como es el caso de Cuba— en las que la población aborigen era escasa y las mujeres europeas, al menos durante los primeros siglos de la conquista y colonización, no abundaron. Los sirvientes domésticos negros: cocineros, cocheros, mozos de limpieza, nodrizas y “tatas” —tuvieron una influencia, cuyo peso es difícil de calcular y de valorar, en la educación y en la “maduración” de las generaciones de blancos (y mestizos) ya nacidos en América.

33. Serían inexplicables muchas de las diferencias generacionales, desde el siglo XVI hasta el XIX, y de los distanciamientos definitivos entre los blanco-europeos y los blanco-americanos-criollos, y mestizos y negros también ya americanos, si no se tiene en cuenta la cercanía y la influencia de lo africano en el asentamiento de esas nuevas generaciones. Y esta influencia puede relacionarse (y verificarse) en realidades tan disímiles como pueden ser la gestualidad corporal, el lenguaje y el modo de hablar, por una parte, y la interiorización de la sexualidad, de la afectividad y de la religiosidad por otra. Una situación análoga ocurrió en las regiones de abundante población aborigen y, consecuentemente, escasa población negra; en ese caso, fueron los aborígenes y su cultura los que influyeron en las nuevas generaciones de blancos y de mestizos. Esto es de tal modo cierto que hoy, los blanco-americanos, de países de mestizaje cultural diverso —negro/blanco o aborigen/blanco—, tienen también características psicológicas, religiosidad, usos, costumbres, etcétera, individuales y sociales, también diversos y fácilmente identificables.

34. Por supuesto —ya lo señalé—, las etnias de las que procedían nuestros negros, tenían su religión, imbricada en su cultura propia. En algunos casos puede reducirse a un animismo muy elemental, pero en otros —la mayoría—, incluía un sistema, bastante complejo y elaborado, de datos de fe y de normas éticas, así como una liturgia. Está aún por esclarecer el influjo de las religiones griega, egipcia, hebrea y hasta paleocristiana, en los hombres y mujeres que habitaban en las costas del Golfo de Guinea, en el siglo XV y posteriormente. Sabemos, por sus tradiciones orales —revestidas de lenguaje mítico en sus pataquíes— y por los rastreos de los investigadores contemporáneos, que hubo movimientos migratorios muy consistentes, en períodos que se corresponden con la “Edad Antigua” y con los primeros siglos de la “Edad Media” europea, desde el Alto Egipto, Etiopía y Sudán hacia el oeste, o sea, hacia las regiones de las que vinieron mayoritariamente nuestros ancestros africanos a partir del siglo XVI. No me parece aventurado afirmar la existencia de interrelaciones entre lo helénico, lo romano, lo judío, lo egipcio y la Nigricia africana, no suficientemente exploradas.

35. En el caso de que estas interrelaciones hubieran tenido lugar efectivamente, la cultura negra-africana de la zona, podría ser considerada más emparentada con la europea que la aborigen americana, y las religiones africanas serían menos “paganas” o “gentiles” que las aborígenes. Las cocciones de nuestro “ajiaco”, o sea, el fenómeno de nuestras transculturaciones, ha durado, probablemente, más siglos de lo que habíamos calculado. Empezaron en sus cazuelas africanas y europeas, para continuar, henchidas por nuevas sazones, en nuestras ollas americanas.

CONCLUSIÓN

36. GRACIAS A DIOS PORQUE ÁFRICA ES Y EXISTE REALMENTE Y SE CRECE, POCO A POCO, PASO A PASO, EN TODAS LAS DIMENSIONES DE LA EXISTENCIA HUMANA. NO EXIJAMOS A LOS AFRICANOS NI LA MADUREZ SOCIOPOLÍTICA, NI LAS EXQUISITECES CULTURALES QUE NO PUEDEN TENER, ENTRE OTRAS CAUSAS, PORQUE NOSOTROS, LOS BLANCOS, LES INTERRUMPIMOS SU CICLO, SU ANDAR. DESVIAMOS EL CURSO DE SU FLECHA, DESBARATAMOS SUS REALIDADES Y SUS REGIONALIDADES PREHISTÓRICAS. CONSERVAN, SIN EMBARGO, SU SABIDURÍA ESPECÍFICA. ADEMÁS, DE ÁFRICA, NUNCA LOOLVIDEMOS, POR CREACIÓN DE DIOS Y EVOLUCIÓN POSTERIOR DE NUESTRA ESPECIE, VENIMOS TODOS LOS HUMANOS. HASTA DONDE SABEMOS, POR VOLUNTAD DEL DIOS CREADOR, LA EVA ORIGINAL, EL “homínido” QUE, FUE “persona humana” PRIMERO QUE TODOS LOS DEMÁS, VIVÍA EN EL CUERNO AFRICANO Y, SIGLOS DESPUÉS, MUCHOS SIGLOS DESPUÉS, COMENZÓ LA HISTORIA HUMANA, LA DE LAS DIFERENCIAS Y DE LOS ENFRENTAMIENTOS. NACIDOS DEL PECADO Y DE NUESTRAS LIMITACIONES. NO NEGUEMOS A LOS AFRICANOS LA MANO CUANDO LA NECESITEN Y QUE LA NUESTRA SEA SIEMPRE MANO AMIGA, MANO HERMANA PORQUE HERMANOS SOMOS. NO MANO CONDESCENDIENTE DE MATRERO ASTUTO NI DE RANCHEADOR O MAYORAL, YA DE ESO TUVIMOS DEMASIADO EN EL PASADO QUE DESEAMOS LIMPIAR, YA QUE NO PODEMOS OLVIDARLO… NI LO DEBEMOS OLVIDAR: PORQUE LO RECORDAMOS, NOS OBLIGA EN CONCIENCIA.

Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal

La Habana, 14 de junio de 2013; revisado en diciembre el mismo año.