martes, 22 de abril de 2014

Homenaje a Alfredo Guevara

Por Raúl Roa Kourí

[Palabras en la presentación del libro Homenaje a Alfredo Guevara, separata de la revista Nuevo Cine Latinoamericano, Casa del Festival, La Habana, 21 de abril de 2014]

Nos convoca hoy la memoria de Alfredo Guevara quien, entre otras cosas señaladas, fuera el fundador y principal animador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Hace unos meses, en el marco del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, de La Habana, su director, Iván Giroud, convidó a un grupo de amigos y colegas de Alfredo a ver unos fragmentos de su última e inédita entrevista realizada por Xavier d’Arthuys y Ariel Felipe Wood, editados especialmente para esa ocasión por Miriam Talavera, gran maestra del montaje.

Asistieron a la muestra, amén de otros, Manuel Pérez Paredes, el brasileño Geraldo Sarno, Ricardo Alarcón, la revolucionaria y cineasta chilena Carmen Castillo, Ignacio Ramonet y Eusebio Leal, invitados para evocar a Alfredo tras visionar la entrevista.

Resultado de ese coloquio es el libro que ahora presento, Homenaje a Alfredo Guevara impreso por Ediciones Pontón Caribe. La edición, sobria y elegante, está al cuidado de Camilo Pérez Casal, quien durante muchos años laboró con Guevara; el diseño gráfico y la maquetación de Liset Vidal de la Cruz y de Eloy Hernández Dubrosky. Tanto los autores de los textos como de las imágenes que se recogen cedieron sus derechos para esta edición-homenaje, suplemento de la revista Nuevo Cine Latinoamericano.

En su breve introito, Iván Giroud nos dice que a cuatro de los que intervendrían en el recordatorio del que fuera también su amigo, con quien colaboró por más de veinte años, los había citado con algún tiempo de antelación y habían acordado que sería útil manejar ciertas ideas, “teniendo en cuenta que cada uno de ellos —Manuel Pérez, Geraldo Sarno, Carmen Castillo e Ignacio Ramonet— representaba un momento especial en la vida de Alfredo, y que, por otra parte, se interrelacionaban: el ICAIC, el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, el Chile de Salvador Allende, el amor a Francia y su estrecha relación con una parte importante de su intelectualidad.” El libro incluye, además, una útil recopilación del tránsito vital de Alfredo, elaborado por Camilo Pérez, que sucintamente nos introduce al personaje.

La transcripción del documental: Alfredo Guevara. Imágenes y Revolución, fragmentos editados, como ya señalé, por Miriam Talavera, de la entrevista filmada por d’Arthuys y Wood, es una pieza fundamental, por cuanto significa de abordaje al pensamiento lúcido de Alfredo y la membranza de eventos trascendentales en su vida de revolucionario marxista. En uno, revela que habían planteado (él y otros compañeros) inmediatamente la tesis de que el Estado no podía crear un movimiento artístico, podía sí crear la infraestructura y el ambiente espiritual (…) Bueno, nosotros nos pasamos la vida discutiendo, es decir, el ICAIC de la época era un gran taller de discusión,” afirma.

Por cierto, esto lo subraya también Geraldo Sarno en su testimonio, cuando asevera que él se formó como cineasta en aquel ICAIC donde se debatía de arte, de cine, de revolución; donde Santiago Álvarez fundó el Noticiero Latinoamericano y Alfredo, Julio García Espinosa, Tomás (Titón) Gutiérrez Alea y otros pioneros inventaron una manera nuestra de hacer cine, estudiando las obras de los más importantes directores franceses, italianos, europeos, y de otros lares, que fueron invitados a Cuba. Entre ellos, Cesare Zavattini y Luis Buñuel, Agnès Vardá; actores como Gérard Philipe y su esposa Anne, fina escritora —ambos tan amigos de Alfredo— que a la prematura muerte de Gérard dedicó la joya que es Le temps d’un soupir.

Guevara afirma, en uno de los fragmentos, que “Hay un término absoluto que la política sin cultura no es política”. Y es obvio, puesto que la política es hechura de la cultura. Para Alfredo, “el político y la práctica de la política que no parta de una gran formación cultural, es simplemente la invasión del ignorante o de la ignorancia en el terreno que no le corresponde.”

No por acaso, como señala Ramonet en sus palabras, tuvo Alfredo poderosos enemigos. Recuerdo que cuando comencé a trabajar con Carlos Rafael Rodríguez, este me advirtió: “Los verdaderos revolucionarios, como tu padre, como yo, tienen siempre enemigos. Alguno de estos me manifestó su inconformidad con que trabajaras aquí. Te alerto, porque si fallas, van a pedirme tu cabeza.” Como pueden ver, todavía la tengo sobre los hombros.

Pero entre los enemigos de mi padre figuraban también muchos de los de Alfredo. Claro, no les perdonaban el talento, ni el pensamiento libre, fuera de toda coyunda dogmática o sectaria; ni su lucha implacable contra la burricie. Carlos Rafael muchas veces nos decía: estamos rodeados, sí, pero rodeados de tarúpidos[1] [1. Mezcla de tarados con estúpidos.]. Y la lucha que ellos libraron contra la incultura, contra la ignorancia atrincherada en la burocracia, sigue hoy y deberá continuar siempre.

Alfredo seguramente cometió errores en la dirección del ICAIC —dicen quienes, como Manuel Pérez, trabajó con él— y en otros ámbitos de la vida, que no pretendo juzgar. Esa “generación de mandones” a la que también perteneció tampoco está exenta de pequeñas, y hasta grandes, meteduras de pata. ¡Qué tire la primera piedra quien lo esté!

Como revolucionario marxista, asevera en otro fragmento: “se supone que queremos cambiar la realidad (los que tenemos ideas socialistas y partimos del marxismo). Ah, ¿pero qué es lo primero para cambiar la realidad? Conocerla. Si conocemos la realidad, todo lo que se ha esclerotizado en nosotros –estoy hablando (dice) de la estructura misma de la vanguardia revolucionaria— tiene que desaparecer. Bueno, es eso.”

Y con esta afirmación lapidaria, cargada de tremendas consecuencias, se cierran los fragmentos que pudieron visionar los invitados de Iván Giroud, hace unos meses, en la sala Glauber Rocha de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. (Institución que debe mucho a la iniciativa de otro gran amigo que se nos fue hace solo cuatro días, me refiero al insigne autor de Cien años de soledad y Premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, nuestro Gabo.)

Alfredo, como recuerda Manuel Pérez, dejó el Partido Socialista Popular en los años 56 o 57. Según me dijo una vez —y creo lo escribió en alguno de sus libros— no estaba satisfecho con la línea adoptada por el Partido en la lucha contra Batista; se inclinaba, sin fracturas, por la que preconizaba Fidel: la lucha armada. Es cierto que no riñó con sus viejos camaradas ni dejó de ser marxista, aunque alguno de ellos —evidentemente, entre los más sectarios— consideró su salida como una suerte de traición. Nada más lejos, como demostró su vida toda.

Por aquellos días, recuerdo una tarde en que nos hallábamos conversando con Raúl Roa un grupo de estudiantes frente al edificio José Martí, sede de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público. Acabábamos de escuchar una conferencia de Julián Gorkin, controvertido dirigente del POUM (trotskista) durante la guerra civil española quien, por supuesto, fustigó la política de Stalin, citando frases del discurso “secreto” de Nikita Jruschiov en el XX Congreso del PCUS.

En eso, un militante de la Juventud Socialista Popular se acercó al grupo e increpó a Roa: “¡Doctor, ya le veremos del brazo de Rockefeller!” El profesor, con su agilidad proverbial, ripostó: “¡A mí nunca me verán del brazo de Rockefeller, pero a todos ustedes los he visto yo del brazo de Fulgencio Batista y jamás del brazo de José Antonio, bajando la escalinata!” Aquí Juan Nuiry, que presidía nuestra Asociación de Estudiantes, puso término al intercambio con una certera trompada al mentón del sectario irreverente.

La anécdota no es traída por los pelos: revela cuáles eran las posiciones respectivas de los seguidores, por una parte, de la Internacional y el PSP y, por otra, de la FEU y los fidelistas, frente a la tiranía batistiana. La distancia entre los sectarios y los que, como Roa, eran marxistas fuera del Partido. Precisamente, Ricardo Alarcón recuerda en su testimonio que los militantes de la Juventud Socialista Popular abandonaron a quien luego fuera su compañera de toda la vida, Margarita Perea, miembro de aquella organización, al salir esta de las oficinas del BRAC2, [2. Buró de Represión de Actividades Comunistas.] donde estuvo detenida y cómo Margarita —al igual que Alfredo— se unió entonces al Movimiento 26 de Julio. Es un hecho que el estalinismo persiguió con más saña a los marxistas independientes que a los enemigos de clase.

El propio Ricardo, amigo de Alfredo y a veces co-conspirador de este para deshacer entuertos de los sectarios y otros adversarios políticos de ambos, se refiere al testimonio de Manuel Pérez y expresa que, efectivamente, “En los últimos tiempos, había dos preocupaciones, dos ideas rectoras en Alfredo: una era la obsesión por ir a las raíces del movimiento comunista, y la otra la juventud. Hablar con los jóvenes, escuchar a los jóvenes, discutir con ellos, en fin, todo ese proceso en que él se embarcó y que está recogido en algunos libros recientes.”

Mis relaciones con Alfredo Guevara datan de 1959, aunque sabía quién era desde antes, pues fue amigo de mi tío Julio Kourí en la Universidad de La Habana y en París, en 1950-1951. Por otra parte, oí hablar de Guevara a Julio García Espinosa, cuando contaba yo catorce años y ambos colaborábamos con Justo Rodríguez Santos en el programa radial de los sábados, Teatro Experimental del Aire. De esa época recuerdo los famosos sofás Aspasia que confeccionaba el padre de Julio, hombre —según Justo— dado a filosofar. Como Alfredo, soy francófono y francófilo, y hasta me honraron con la Orden Nacional del Mérito, de la que soy Gran Oficial.

Guevara fue siempre amigo de mi padre, a cuyas clases asistía en la U.H. [Universidad de La Habana] y cuando fue dirigente de la FEU y jefe de su Dirección de Cultura, y a quien estimó política e intelectualmente. De cierta manera, seguí sus pasos, guardando las distancias, porque también fui miembro de esa Dirección y Secretario General de la misma en los años de José Antonio. Desde el inicio me aficioné a las películas del ICAIC y él me invitó siempre, cada vez que regresaba de mi misión como diplomático, a ver filmes en una salita del quinto o sexto piso del ICAIC. Prefería siempre mostrarme las que habían suscitado polémicas, aunque también pude acceder a obras estupendas de la cinematografía polaca y soviética, sueca o italiana.

Su mano derecha para las relaciones internacionales, el tempranamente desaparecido Saúl Yelín, fue un amigo entrañable. En el patio de su casa 
—que era ciertamente particular— conocí a no pocos cineastas cubanos y extranjeros, pero también a escritores como Jaime Sarusky, Anne Philipe y Cortázar. Cuando nos encontramos en Moscú, donde yo recibía un curso acelerado del idioma de Pushkin y Mayakovski que jamás dominé como ellos —ni siquiera como cualquier vulgar articulista de Pravda— Saúl me presentó a varios pintores judíos heterodoxos, es decir, reñidos con el estéril y fofo “realismo socialista”, admiradores de la pintura cubana y del arte abstracto. Saúl fue un cometa que brilló sobre los cielos del campo socialista europeo anunciando la buena nueva, la Revolución Cubana, en yiddish, ruso, español, inglés y francés. Su pérdida fue grande para Alfredo, para todos.

Durante el “exilio” parisino de Alfredo, a donde le mandó Fidel como medida protectora, tuvimos estrechas relaciones. Se desempeñaba como embajador ante la UNESCO y yo como viceministro para asuntos multilaterales; conversábamos mucho sobre los problemas que enfrentaba Amadou Mahtar M’Bow, su Director General, por defender la creación de un Nuevo Orden Internacional de la Información y las Comunicaciones (NOIIC), correlato obligado del Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) por el que abogábamos, junto a los países no alineados, en los diversos foros mundiales.

Mahtar, como le decían sus amigos, lo era mucho de Alfredo, de Cuba; admiraba al Comandante en Jefe y la política cultural y educacional de la Revolución. Próximo a Léopold Senghor, compartía los postulados de la negritud: estimaba a Guillén y a Aimé Césaire y echó pie a tierra por las causas justas de nuestros pueblos, buscándose la enemiga de los imperialistas yanquis y británicos, de los sionistas israelíes. Por ello, apoyamos su candidatura a la reelección al frente de la UNESCO.

Recuerdo que me tocó hablar, en mi calidad de viceministro, con Federico Mayor, que había pedido nuestro apoyo, para explicarle las razones por las cuales no podíamos dejar de sostener la de M’Bow. Él las entendió; después me dijo: “Espero que de salir electo yo, seáis conmigo tan leales como con M’Bow.” Y así fue. Federico —cuya ejecutoria como Director General y en defensa de los postulados del Tercer Mundo sorprendió a muchos— tuvo siempre nuestro sostén, la amistad de Alfredo y de Fidel, desde entonces y hasta el día de hoy.

Por cierto, conocí a Ramonet por Alfredo, quien me hizo un elogio de aquel hijo de españoles republicanos criado en Marruecos y conocedor de la Revolución Cubana desde su juventud universitaria transcurrida en Rabat, donde trabó relaciones con Enrique Rodríguez Loeches y su esposa, a la sazón nuestro embajador en el reino norafricano.
En su residencia leyó Ignacio —devoró más bien— todas las publicaciones cubanas, incluso Bohemia y las críticas al joven cine dirigido por Alfredo, así como sus escritos teóricos sobre el séptimo arte. Ramonet considera a Guevara “motor teórico del ICAIC (…) y ese motor va a influenciar todo el cine latinoamericano de los años sesenta.” “La personalidad de Alfredo —agrega— su exigencia política y estética, hacen de él una figura fundamental de la creatividad latinoamericana”.

El aserto me recuerda a lo que alguna vez dijo Picasso a André Malraux, refiriéndose a un proverbio chino sobre la pintura: “no hay que imitar a la vida, hay que trabajar como ella. Sentir que crecen las ramas; ¡las ramas de uno mismo, claro está, no las de ella!”3 [3. La cabeza de obsidiana, Ediciones Sur, Buenos Aires, 1974.] Así concebía también Alfredo el arte —incluido el cinematográfico— en Cuba: un proceso de creación original, “no necesariamente el mejor cine que existía —insiste Ramonet—, sino un cine diferente.”

Para Carmen Castillo, que había conocido a Alfredo en Santiago durante el viaje de Fidel a Chile, invitado por el Presidente Salvador Allende y a quien luego vio en Cuba y en París, tras ser derrocado el gobierno de la Unidad Popular, este era “un intelectual militante riguroso y un hombre libre (…) Alfredo encarna para mí, en este sombrío siglo XXI, lo que nunca debimos olvidar, señala Castillo: que un revolucionario es un hombre de duda, no de fe; (…) alguien que cepilla la historia a contrapelo.”

Pero también era, nos dice Eusebio Leal, “un amante de la belleza”. Yo no solo le visité en “aquel elegante apartamento” de la Avenue Bosquet, sino que le sucedí en él como inquilino, cuando regresó a Cuba (sin saber exactamente a qué se enfrentaría) y yo asumí la representación ante la UNESCO. Recuerdo que me invitó a almorzar y, mientras me servía un Campari, saltó sobre mí su ínfimo perrito Bacchus quien, ebrio de gozo, me orinó. Por suerte, se trataba de una gota minúscula, y demostraba con ella su emoción al conocerme.

Alfredo tenía allí cuadros de su pertenencia y otros que me dejó, pues eran del Estado. Me explicó que tenía en su trabajo dos diseños: uno, el aspecto relativo a la UNESCO, diplomático, político, cultural; otro, las relaciones con la intelectualidad francesa, algo maltrecha después de la invasión de Checoslovaquia y de ciertos acontecimientos que involucraron a intelectuales de la Isla —mal tratados, algunos, por nuestras autoridades— y levantaron ronchas y distancias entre aquellos y la Revolución. También promovía el arte joven, con plásticos como Moisés Finalé. En ello le apoyó Raphaël Duebb, colaborador cercano de Danielle Mitterrand y propietario de una buena galería cerca de Saint André des Arts, en pleno “Barrio latino.”

Comenzaba 1991, año de la debacle económica que provocó en Cuba el desmoronamiento de la URSS, de la cual con trabajo y penosamente vamos saliendo. Recuerdo que varios antes, comentando el derrumbe del “campo socialista” europeo, Alfredo me confió: “Esto tenía que pasar, pero es una lástima que no haya sucedido diez años antes, cuando Fidel era joven todavía”. No me cupo duda alguna al respecto: como embajador en Praga había conocido el satelismo de las llamadas “democracias populares” y la profunda aversión de los pueblos a la imposición manu militari de aquellas supuestas revoluciones socialistas. También fui testigo de la esperanza de muchos comunistas checoslovacos de que el XII Congreso del Partido, en 1962, abriera paso a una dirección remozada, como la nuestra entonces. Fidel era también allí el tipo de líder que ansiaban las masas.

Fui invitado por Guevara a la imposición de la Legión de Honor, en grado de Comendador, por el presidente François Mitterrand, en el Palacio del Elíseo. Escuché, con profunda satisfacción, el elogio que este hizo de nuestro coterráneo. Allí estaba también Ramonet, según relata, pero yo le conocí un tiempo después, conversando en torno a manjares del sudoeste de Francia, especialmente de un deleitable cassoulet, que algo recuerda a la fabada asturiana. Y también Anne Lamouche, asistenta política de Danielle Mitterrand, socialista cabal, quien devendría amiga querida durante mi estancia en París, y hasta la fecha. Lo fue también de Alfredo, como nuestra común cuate mexicana Gloria López Morales, más tarde designada por Mayor como directora de la ORCALC, en La Habana.

No podría dejar de referirme, en relación con el trabajo desplegado por Alfredo en la UNESCO, a su brazo derecho y eficaz colaborador, José Antonio Gónzalez, al que hubo quien apodó “Pepito Jruschiov” y Saúl Yelín bautizó, por sus intervenciones televisivas sobre cine, tan admiradas por el llamado sexo débil, “delirio tropical”. Le conocí en Cuba, en los setenta, cuando “atendía” por el PCC a la familia de Silvio Rodríguez, entonces en Angola, cantando sus verdades, donde tuvo su bautismo de fuego en una emboscada entre Cabinda y Cunene. Sentimos, todos, su trágica desaparición.

Y hablando de Silvio, aprovecho para citar otro aporte de Alfredo a la cultura nacional: la creación del Grupo de Experimentación Sonora que, bajo la sabia conducción de Leo Brouwer —maestro no solo de la guitarra, sino genio musical de ancho espectro— contribuyó a la renovación de nuestra música. De paso, Alfredo daba respiro a los iniciadores de la Nueva Trova, poco apreciados entonces por los dirigentes zhdanovistas de la cultura “oficial”. Apoyo que también recibieron de la inolvidable Haydé (Yeyé) Santamaría.

En los años recientes, en que Alfredo, según testimonio de Alarcón, Ramonet y Eusebio, estaba sobre todo preocupado por el destino del socialismo, de Cuba, y por la necesidad de dialogar con los jóvenes, de atraerles a nuestro proyecto social, de combatir lo chabacano, la vulgaridad, la banalidad en nuestros medios; la necesidad de lucidez, como precondición indispensable para que sobreviva la Revolución, conversé muchas veces con él.

Tanto en mi casa, en torno a la buena mesa que tanto gustaba —y que Lili y yo inventábamos, como grandes chefs que somos— y en compañía de mi querido amigo y compañero universitario, monseñor Carlos Manuel de Céspedes, recientemente fallecido, del propio Eusebio y, alguna vez, de Osmany Cienfuegos, estos temas afloraron en la sobremesa y durante los aperitivos.

También es cierto que deseaba escribir sobre Pablo Lafargue, revolucionario marxista santiaguero, yerno de Carlos Marx, autor de una aguda sátira muy citada (El derecho a la pereza) pero de otras obras muy importantes menos conocidas hoy sobre El Capital, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, sus Recuerdos personales de Carlos Marx, y la crítica a proudhonianos, blanquistas y otros revisionistas opositores del marxismo revolucionario. Al respecto recordaba aquel ensayo de mi padre, aparecido en Cuba Socialista en 1961 que, junto con otros: notas de Carlos Rafael Rodríguez, artículos de Francisco Domenech, José Luciano Franco, Juan José Morató y Humberto Lagardette, revelaban la extraordinaria personalidad del mulato cubano, amante del lechón asado, que “cortó el ombligo al viejo Marx” y casó con su hija Laura. En su trabajo, Roa deja claro que entre quienes despidieron su duelo, figuró, en representación del Partido socialdemócrata obrero ruso, Vladimir Ilich Lenin.

Pienso que este deseo de Alfredo tenía mucho que ver con la restauración del marxismo, del socialismo, en que estaba también enfrascado, como medio imprescindible para construir la sociedad a que aspiramos: socialista, democrática, culta, próspera y, según el dictum martiano, “con todos y para el bien de todos”.

El pasado 19 de abril hizo un año exacto del día en que Alfredo nos dejó, “ligero de equipaje” pero pletórico de sueños y optimismo; por eso no le lloramos entonces, ni ahora: su duelo fue, como quiso el poeta, de labores y esperanzas; los yunques sonaron, enmudecieron las campanas. Y Alfredo, su obra realizada y escrita, nos ayudan hoy a iluminar el camino para seguir andando hacia un mundo mejor.

La Habana, 17.04.14

sábado, 19 de abril de 2014

No recuerdo...

No recuerdo dónde lo conocí.  Puede haber sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.

Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me sentí desubicado.

La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.

Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…

No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo veía más a menudo.

Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero.  Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida, entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar algo cantable.

Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.

Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al dealer, a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre, quizá leyéndome la mente, daba un respetuoso paso atrás cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía de la risa.

Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.


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              Gabo, el amigo

Por Raúl Roa Kourí

Amistad inolvidable fue la que anudé, en los años 80, con el fabuloso escritor, periodista y caribeño rellollo, Gabriel García Márquez, oriundo de Aracataca, Colombia, quien por suerte no nació “en una tarde de signos borrosos” como su coterráneo, el bardo estrafalario Ricardo Arenales, más conocido como Porfirio Barba-Jacob.

 Nos conocimos en su casa de México, la Calle Fuego del Pedregal de San Ángel: parte de un antiguo monasterio o convento reconstruido, donde había instalado su estudio en la vieja cochera, al fondo de un jardincillo bien cuidado, con piedras y flores, que lo separaba de la casa principal.

 Fuimos, mi esposa de entonces y yo, con su hermano Silvio Rodríguez y “el chino” Joa, consejero político de nuestra embajada en México, una tarde de verano, después de haber recorrido algunas de las maravillas de la cultura olmeca en Teotihuacan, subido a la pirámide del Sol, fotografiado la de la Luna, conversado con serpientes emplumadas y almorzado tacos, quesadillas y otros antojitos.

 Con el acogedor Gabo --y Mercedes, claro está--, se hallaban la amiga Berta Zuno (quien se había desempeñado en Cuba como consejera cultural de México) y el médico de Allende, Danilo Bartulín. Me asombró la gran colección de música cubana –amén de la “clásica”-- que tenía Gabriel (era un amante del bolero, pero también de la guaracha y otros géneros) en el estudio, donde además de escribir en su flamante word processor (me recomendó hacerme de uno enseguida) recibía a sus amigos. Había adquirido los discos en Nueva York, en una tienda subterránea cerca de Times Square, cuyas señas me dio, porque yo iba precisamente a esa ciudad, como embajador ante la ONU.

 Fue una tarde de plática animada, que continuó en la noche, en casa de Josefina Cabrera,[1] al otro lado del Pedregal, con Alonso Aguilar, Pablo González Casanova y otros amigos mexicanos, a la que se sumó Gabo con entusiasmo. Nos dieron las primeras horas de la madrugada sin percatarnos.

 Convertimos en hábito hacer escala en México, y no en Montreal, durante los viajes de ida y vuelta a Nueva York, donde siempre visitábamos a los García Márquez. Recuerdo una vez en que, sin que fuera para nada su cumpleaños, Berta Zuno organizó una fiesta con mariachis de la Plaza Garibaldi para festejarlo en casa de Gabo. Aparte de Joa, nos acompañó Conchita Dumois. No obstante la altura, que cansa bastante a quienes no somos del altiplano, bailamos todos al son de la “Serenata huasteca” y otras tonadas.

 Me tocó viajar junto a Gabo de La Habana a México en los días dramáticos de la “causa número Uno”.[2] Él confiaba en que no se aplicaría la pena capital, pese a la reconocida gravedad de los hechos. Basado en mi lectura diaria de la prensa nacional, era más escéptico. La sentencia final causó un trauma profundo en la vida de muchos de nosotros.

 Después seguimos viendo a Gabo y a Mercedes en París, cuando me desempeñaba como embajador en la UNESCO y luego en Francia. Mi esposa era ya Lili, nieta de Carlos Lechuga e hija de Lillian, muy amiga de los García Márquez; con ésta les visitamos en su casa habanera y nos vimos en el antiguo apartamento de Lillian, en la calle Paseo. A veces, junto a Conchita Dumois, gran cuate del matrimonio colombiano desde su estancia en México.

 Por vía de Gabrielo conocí a la embajadora de Colombia ante la UNESCO y después, como yo, en Francia, Gloria Pachón de Galán, viuda del dirigente político liberal, candidato a la presidencia de la república asesinado, como Eliezer Gaitán, por la reacción colombiana. Una mujer culta e inteligente, con quien anudamos una inolvidable amistad, a veces en torno a un suculento ajiaco bogotano.

Asimismo, fue Gabo quien me habló de Guillermo León, mi colega en el Vaticano, teólogo formado en Colombia y Alemania (creo que con el propio cardenal Ratzinger, antes de serlo y devenir papa,) que tenía una voz de tenor muy bien temperada, lo cual, junto a su físico repleto y calvicie acentuada, le hacían tan parecido a Luciano Pavarotti que el propio Juan Pablo II, en chanza y sin mucho público delante, le llamaba así. Hombre de cultura, muy apreciado por Gabo, quien ganó mi estimación, más allá de nuestras diversas ideas político filosóficas.

Antes, tuve ocasión de conversar con García Márquez en Nueva Delhi, a donde acudió, invitado por Fidel, para asistir a la Séptima Cumbre de los Países no alineados. Como me habían birlado mi ejemplar de El general en su laberinto, pedí otro a Gabriel, quien me lo dedicó firmando, festivamente, “de su amigote, Gabo”.

 Ya durante nuestro último encuentro en La Habana, Gabriel no estaba bien de salud. Sometido a un largo tratamiento, pudo derrotar el cáncer, pero amigos comunes me dijeron entonces que no estaba como antes. Siempre es terrible saber que un amigo está mal, máxime cuando es alguien del talento, la bonhomía y la simpatía de Gabriel García Márquez.

 La noticia de su deceso nos conmovió profundamente. Dio a luz una visión de América que no podrá borrarse de nuestros corazones: todos somos –de una u otra manera-- hijos de ese Macondo insólito y mágico, pero vital y presente, que vivió para contarnoslo.

La Habana, 20.04.14 



[1] Excelente médica y amiga,, viuda del eminente cardiólogo,  Enrique Cabrera.
[2] Causa seguida contra el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio Laguardia y otros miembros del Ministerio del Interior que pusieron en peligro la seguridad de la nación involucrándose en negocios con narcotraficantes, para “obtener fondos que ayudaran al país en la difícil coyuntura económica que atravesaba”.


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Cita con “Cien Años De Soledad”

Por Hamlet Hermann

Topé por primera vez con la novela “Cien Años de Soledad” cuando estaba prisionero en 1973 luego de la extinción de nuestra lucha guerrillera. Reponía en esos días los rigores de las torturas y malos tratos con que me habían “tranquilizado” en la base aérea de San Isidro. La opinión pública reclamaba con energía que apareciera el sobreviviente guerrillero capturado en Villa Altagracia semanas atrás. Pero el estado en que habían dejado mi cuerpo los militares luego del “tratamiento” a que fui sometido impedía que alguna fotografía fuera publicada o alguien pudiera visitar la solitaria celda que ocupaba. Los militares se dedicaron entonces a alimentarme al tiempo que suspendieron el “tratamiento” de manera que recuperara la apariencia física normal.

No recuerdo ahora quién llevó esa novela hasta la prisión. Eran los tiempos en que someramente me enteré de que existía un periodista llamado Gabriel García Márquez que había escrito esa obra. Aunque fue publicada por primera vez seis años atrás, en 1967, mis actividades revolucionarias y luego el entrenamiento militar en Cuba no habían dejado espacio para leer esa obra. Pero en aquel momento no era más que un prisionero en celda solitaria que, además de los malos tratos recibidos, había perdido cerca de setenta libras del peso normal. El tiempo sobraba, así que me dediqué a la lectura con voracidad. Ninguna otra cosa tenía que hacer allí. Ayudaba a mi lectura el que mis captores mantuvieran permanentemente encendidos varios bombillos. Veinticuatro horas continuas de luz buscaban desequilibrarme e impedir el sueño pero. Paradójicamente, facilitaban el disfrute de esa obra.

La leí de un tirón la primera vez. Sólo interrumpían los chillidos de los goznes de la única puerta de la celda cuando los Sargentos verificaban qué hacía a cada momento o llevaban la comida. Esas interrupciones sobresaltaban porque hacían recordar cuando me buscaban a medianoche para las sesiones de interrogatorio y pésimos tratos que dispensó la oficialidad seleccionada para el “tratamiento”.

Aunque un preso no tiene libertad cuenta con mucho tiempo libre. Apenas quitaba la vista del libro para acomodar mis nalgas aplastadas por el tibio piso de mosaicos. Llamó mucho mi atención la descripción del circo que llegó a Macondo y la forma en que atraía la atención de todos. Inconscientemente asociaba la lectura con el origen de mi rama familiar paterna. Los Hermann Consonni viajaban cada año a República Dominicana desde Cuba con un grupo de bufos, una especie de vodevil. La compañía se llamaba Hermann-Morita. Viajarían regularmente hasta el año 1927 cuando la compañía se desbarató merced a que la principal estrella casó con un empresario licorero de Santiago de los Caballeros. En la lectura imaginaba entonces a aquellos que llegaban a Macondo con las caras de mi padre, mis tíos y otros que sólo conocí años después cuando ya peinaban canas y exponían calvas.

Como no tenía capacidad para valorar literariamente lo que estaba leyendo, llegué hasta la última página sintiendo un vacío. Traté entonces de recordar lo que había leído “en primera vuelta”. En la memoria sólo habían quedado detalles escasos y rasgos del relato con muchas confusiones sobre los personajes. Tantos Buendía saliendo y entrando en el relato me habían hecho perder el rastro del hilo conductor de la obra. Decidí entonces empezar a leer de nuevo. Nadie esperaba por mí como no fuera para hacer daño y el tiempo seguía teniendo poco significado. En esa segunda lectura no lograba evadir el prejuicio de que estaba viendo de nuevo la misma película. Sin embargo, empecé en esta ronda a darme cuenta y a entender cosas que en la primera lectura habían pasado inadvertidas. Gradualmente fui ajustando las imágenes que creaba García Márquez y las cosas fueron saliendo de la neblina para mostrarse más en la forma que el autor quería que nosotros las viéramos.

Cuando sin aburrimiento volví a llegar a la última página me convencí de que el rebulú familiar de los Buendía todavía no lo entendía bien. Y fue entonces cuando en aquella iluminada celda decidí leerla por tercera vez. Pedí entonces a uno de mis carceleros, un Coronel de la Fuerza Aérea, que consiguiera un lápiz y una hoja de papel. Obsesionado estuve con la idea de que la única forma de entender aquello a fondo era si me dedicaba a construir el árbol genealógico de la familia Buendía.

Y así fue como empecé a estudiar en esta tercera vez, no ya a leer, “Cien Años de Soledad”. Leyendo hacia delante y buscando hacia atrás, fui haciendo mi arbolito genealógico poniendo a Aureliano aquí a Rosario la bella por allá y así sucesivamente a todos hasta que la hoja de papel fue ocupada por mis trazos y garabatos, de lado y lado. Cada rama que añadía llevaba a tratar de apropiarme de la obra. Tanta era la compenetración con ella que la sentía mía y de nadie más. Ya no era la novela del periodista colombiano-caribeño sino una obra propia porque en aquella solitaria celda hasta las cucarachas eran de mi propiedad.

Mi siguiente labor fue hojear y ojear, de hoja y de ojo, aquellas páginas que empezaron a lucir antiguas de tanto manoseo en un ambiente carcelario del cuarto mundo. Comprobé entonces que ya estaba en condiciones de volver a leer la novela por una cuarta vez. Creía haber descifrado los vericuetos del narrador y suponía que eso me acreditaba como lector calificado. Y así fue. Sólo faltó aprendérmela de memoria.

Lo lamentable de esta historia es que, cuando finalmente fui excarcelado y deportado de República Dominicana, por una reacción protectora de mi organismo, el cerebro borró los recuerdos de mi estancia en aquella prisión. Parece que la selectiva memoria no quería que recordara el “tratamiento” al que había sido sometido durante meses en aquel lugar. Y fue así como todo lo que había leído y entendido de “Cien Años de Soledad” lo olvidé totalmente.

Tiempo después, cuando alguien preguntaba si había leído esa novela respondía: “Sí, cuatro veces.” Pero cuando al creerme experto en la materia  trataba de profundizar en el contenido y en las formas, siempre yo cambiaba el tema para que el otro no perdiera el tiempo con un desmemoriado.

Es por eso que cuando pueda adquirir la más reciente edición de “Cien Años de Soledad” de inmediato empezaré a leerla de nuevo. Y quizás en ese trayecto de una quinta lectura, que será también primera, logre toparme con algunos de los recuerdos que 34 años atrás la memoria borró para preservar mi salud mental y, quizás, mi vida.

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                                                  El arte de la espera
 Por Álvaro Castillo Granada
                                                                                                          para García, por supuesto

   Había un libro que estaba aguardando. Siempre hay un libro que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me encuentre. En este caso, sabía que había salido porque la noticia estaba en todos los periódicos de esa fecha: Gabo Periodista (Fundación Gabriel García Márquez Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Colombia, Noviembre de 2012). Una antología de textos periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo (quien es pariente por el lado más importante: el del corazón).
  Lo primero que hice fue escribir un mensaje a Cartagena solicitándoles información para conseguir el libro. Jamás me respondieron. Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos que nos acompañan y que, de vez en cuando, reaparecen trayéndonos un rostro amado y lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando fui a llevarle El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, a su casa al director de una revista bogotana que por esos días andaba con una lesión en un pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo vi.
   -De manera que así es… -fue lo que me dije. Y pregunté: ¿Puedo mirarlo?
   -Claro, me respondió.
   Era una edición de pasta dura todavía envuelta en su empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados. “Ahora sí sé cómo es realmente”, me comenté mientras lo volvía a poner en el estante.
   -Creo que tengo otro ejemplar en alguna parte. Voy a ver si lo encuentro –añadió mientras se encaminaba a una pila de libros.
   -No lo busque, no se preocupe. Tenga cuidado. Mejor después. Se lo agradezco de todas maneras, dije rápidamente antes de emprender el no tan largo camino de regreso a la librería.
   Nunca me volvió a hablar del asunto.
   No voy a leer lo que ya escribí alguna vez. Ni voy a contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17 de 2014, a las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de nosotros. Porque es imposible de decir que ya no estás con nosotros. Nunca será posible.
   Pacho me llamó y me preguntó:
   -¿Me imagino que ya sabes la noticia?
   -No, ni idea. No sé qué pasó, respondí adormiladamente.
   -Gabriel García Márquez se murió.
   Me quedé helado.
   Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa. Abrí El Espectador y ahí estaba la noticia.
   Sí, era cierto, habías muerto.
   Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí varias llamadas, consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras para lo mismo. Todos estábamos orfanados.
   No fui amigo de Gabriel García Márquez. No. Pero sí existí para él. Fui “el librovejero”. Así me llamó y así me llamaba cuando nos encontramos o cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el único apodo que me han puesto. Bueno… hasta donde quiero saber…
   Tuve el inmenso placer de servirle con mi oficio: vendedor de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué manera más hermosa de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más disparatados ensueños, se me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no me da vergüenza confesarlo, soy un lector tardío de Cien años de soledad. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me regaló el libro como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo entendí. O las dos cosas al mismo tiempo. Sólo fue hasta 1996 cuando al leerlo, en medio del calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped permanente de sus páginas. También fue en ese año la primera que lo vi personalmente.   
   Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre estaba reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me limité a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque nuestros encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba. Y tengo, entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que fue a visitarme a la casa de Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y que saludó a Betania y a Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes de sentarse en la sala y permanecer gran parte de la tarde hablando de la vaina, que es hablarlo de todo y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va como la marea y el viento, trayendo recuerdos, llevándose momentos, construyendo instantes que se graban para siempre. Y se guardan allí, cerca al corazón, donde está lo que siempre nos acompaña y no podemos ignorar.
   Por eso recibí el pésame: porque algunos sabían lo que había significado para mí el haber existido para él con un nombre.
   Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi consternación y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a las cinco al frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes. Miré hacía todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún no. Para quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el mercado de las pulgas.
   Es una buena manera de quemar el tiempo de la espera el mirar libros. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si recorrieran un mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X señalando el lugar donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros, conocidos y desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde su carátula me mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”.
   Lo tomé, temblando de alegría. Miré hacia los otros, tratando de disimular lo indisimulable, y otro libro me sonrió: El arte de la espera, del historiador y ensayista cubano Rafael Rojas. En su carátula la foto de una cubana con rolos me sonreía diciéndome: “Viste… Esto es lo que hay… Lo que te tocó por la libreta…”.
   Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de manos de despedida.
   Después de una negociada larga y tediosa se fueron conmigo en una jaba blanca.
   Y en mi corazón una alegríatriste. Porque tú, García, estabas cerrando, sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo, con muchos protagonistas, que estaba esperando el momento justo para darse: hoy, abril de 17 de 2014, cuando ya respiras en la eternidad.
  La vida te alcanzó para todo, hasta para darme un nombre…