sábado, 19 de abril de 2014

No recuerdo...

No recuerdo dónde lo conocí.  Puede haber sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.

Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me sentí desubicado.

La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.

Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…

No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo veía más a menudo.

Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero.  Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida, entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar algo cantable.

Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.

Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al dealer, a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre, quizá leyéndome la mente, daba un respetuoso paso atrás cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía de la risa.

Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.


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              Gabo, el amigo

Por Raúl Roa Kourí

Amistad inolvidable fue la que anudé, en los años 80, con el fabuloso escritor, periodista y caribeño rellollo, Gabriel García Márquez, oriundo de Aracataca, Colombia, quien por suerte no nació “en una tarde de signos borrosos” como su coterráneo, el bardo estrafalario Ricardo Arenales, más conocido como Porfirio Barba-Jacob.

 Nos conocimos en su casa de México, la Calle Fuego del Pedregal de San Ángel: parte de un antiguo monasterio o convento reconstruido, donde había instalado su estudio en la vieja cochera, al fondo de un jardincillo bien cuidado, con piedras y flores, que lo separaba de la casa principal.

 Fuimos, mi esposa de entonces y yo, con su hermano Silvio Rodríguez y “el chino” Joa, consejero político de nuestra embajada en México, una tarde de verano, después de haber recorrido algunas de las maravillas de la cultura olmeca en Teotihuacan, subido a la pirámide del Sol, fotografiado la de la Luna, conversado con serpientes emplumadas y almorzado tacos, quesadillas y otros antojitos.

 Con el acogedor Gabo --y Mercedes, claro está--, se hallaban la amiga Berta Zuno (quien se había desempeñado en Cuba como consejera cultural de México) y el médico de Allende, Danilo Bartulín. Me asombró la gran colección de música cubana –amén de la “clásica”-- que tenía Gabriel (era un amante del bolero, pero también de la guaracha y otros géneros) en el estudio, donde además de escribir en su flamante word processor (me recomendó hacerme de uno enseguida) recibía a sus amigos. Había adquirido los discos en Nueva York, en una tienda subterránea cerca de Times Square, cuyas señas me dio, porque yo iba precisamente a esa ciudad, como embajador ante la ONU.

 Fue una tarde de plática animada, que continuó en la noche, en casa de Josefina Cabrera,[1] al otro lado del Pedregal, con Alonso Aguilar, Pablo González Casanova y otros amigos mexicanos, a la que se sumó Gabo con entusiasmo. Nos dieron las primeras horas de la madrugada sin percatarnos.

 Convertimos en hábito hacer escala en México, y no en Montreal, durante los viajes de ida y vuelta a Nueva York, donde siempre visitábamos a los García Márquez. Recuerdo una vez en que, sin que fuera para nada su cumpleaños, Berta Zuno organizó una fiesta con mariachis de la Plaza Garibaldi para festejarlo en casa de Gabo. Aparte de Joa, nos acompañó Conchita Dumois. No obstante la altura, que cansa bastante a quienes no somos del altiplano, bailamos todos al son de la “Serenata huasteca” y otras tonadas.

 Me tocó viajar junto a Gabo de La Habana a México en los días dramáticos de la “causa número Uno”.[2] Él confiaba en que no se aplicaría la pena capital, pese a la reconocida gravedad de los hechos. Basado en mi lectura diaria de la prensa nacional, era más escéptico. La sentencia final causó un trauma profundo en la vida de muchos de nosotros.

 Después seguimos viendo a Gabo y a Mercedes en París, cuando me desempeñaba como embajador en la UNESCO y luego en Francia. Mi esposa era ya Lili, nieta de Carlos Lechuga e hija de Lillian, muy amiga de los García Márquez; con ésta les visitamos en su casa habanera y nos vimos en el antiguo apartamento de Lillian, en la calle Paseo. A veces, junto a Conchita Dumois, gran cuate del matrimonio colombiano desde su estancia en México.

 Por vía de Gabrielo conocí a la embajadora de Colombia ante la UNESCO y después, como yo, en Francia, Gloria Pachón de Galán, viuda del dirigente político liberal, candidato a la presidencia de la república asesinado, como Eliezer Gaitán, por la reacción colombiana. Una mujer culta e inteligente, con quien anudamos una inolvidable amistad, a veces en torno a un suculento ajiaco bogotano.

Asimismo, fue Gabo quien me habló de Guillermo León, mi colega en el Vaticano, teólogo formado en Colombia y Alemania (creo que con el propio cardenal Ratzinger, antes de serlo y devenir papa,) que tenía una voz de tenor muy bien temperada, lo cual, junto a su físico repleto y calvicie acentuada, le hacían tan parecido a Luciano Pavarotti que el propio Juan Pablo II, en chanza y sin mucho público delante, le llamaba así. Hombre de cultura, muy apreciado por Gabo, quien ganó mi estimación, más allá de nuestras diversas ideas político filosóficas.

Antes, tuve ocasión de conversar con García Márquez en Nueva Delhi, a donde acudió, invitado por Fidel, para asistir a la Séptima Cumbre de los Países no alineados. Como me habían birlado mi ejemplar de El general en su laberinto, pedí otro a Gabriel, quien me lo dedicó firmando, festivamente, “de su amigote, Gabo”.

 Ya durante nuestro último encuentro en La Habana, Gabriel no estaba bien de salud. Sometido a un largo tratamiento, pudo derrotar el cáncer, pero amigos comunes me dijeron entonces que no estaba como antes. Siempre es terrible saber que un amigo está mal, máxime cuando es alguien del talento, la bonhomía y la simpatía de Gabriel García Márquez.

 La noticia de su deceso nos conmovió profundamente. Dio a luz una visión de América que no podrá borrarse de nuestros corazones: todos somos –de una u otra manera-- hijos de ese Macondo insólito y mágico, pero vital y presente, que vivió para contarnoslo.

La Habana, 20.04.14 


[1] Excelente médica y amiga,, viuda del eminente cardiólogo,  Enrique Cabrera.
[2] Causa seguida contra el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio Laguardia y otros miembros del Ministerio del Interior que pusieron en peligro la seguridad de la nación involucrándose en negocios con narcotraficantes, para “obtener fondos que ayudaran al país en la difícil coyuntura económica que atravesaba”.

jueves, 10 de abril de 2014

10 y 11 de abril de 1976 (Angola, frente norte)

10 de abril

¡Hoy es sábado!

Y como hoy es sábado, salimos temprano e hicimos actividades en dos “zenzalas” (o aldeas). Estas actividades fueron magníficas, instructivas, y causaron muy buen efecto en la población. Los coros de pioneros, increíblemente musicales, abrieron siempre con sus canciones revolucionarias. Luego nosotros, al centro de un coro humano de niños, mujeres, jóvenes, ancianos, con miradas, gestos y exclamaciones que recorrían todas las gamas de la expresión imaginable.

Para mi fue particularmente emocionante hablar y cantar a Abel y a Agramonte en esta región inconcebible, lejana y al mismo tiempo palpitando –de alguna profunda manera– con sus sacrificios.

Almorzamos, pero antes, de forma muy emotiva, nos hicieron presentes y nos despidieron con palabras sencillas.

Partimos rumbo a Sanza-Pombo, a 100 kms, donde hicimos otra actividad para angolanos.

Llegamos a Negage a las 8, bastante cansados y muertos de hambre.

Mañana tenemos descanso. Creo que vamos a ver unas cataratas que quedan como a 150 kms de aquí. Saldremos temprano.... [...]


11 de abril (domingo)

El día amaneció lluvioso y no fuimos al salto de agua, que queda, según dicen ahora, a más de 200 kms.

Se aparecieron A... y C..., buscando ron, y en esa pesquisa infructuosa fuimos arrastrados primero a Negage y después, por la tarde, a Carmona, donde vimos a Jaime Crombet y al comandante Chicho con su gente –todos secos–. De todas formas nos quedamos jugando dominó hasta la noche, en que Juárez nos devolvió a nuestra base en penumbras.


La espera del sueño fue, como tantas veces, una plática que recorrió todos los temas posibles, pasando, desde luego, por el inevitable gorrión de la nostalgia.



domingo, 6 de abril de 2014

¿Una burguesía nacional?

                                                       por Guillermo Rodríguez Rivera
                                                    
Ernesto Che Guevara, con ese interés, esa preocupación, ese amor que le tuvo a esta nuestra parte del mundo, esa que llamamos América Latina y el Caribe –tanto, que lo condujo a dar la vida por ella–, introdujo una categoría socioeconómica que, quienes nos interesamos en sus problemas y en las posibles soluciones para ellos, no hemos cesado de usar desde su aparición, porque nos ha ayudado a comprender muchas cosas.

El término burguesía designaba, desde que surge, al habitante del burgo, de las ciudades, que van apareciendo en la Baja Edad Media, claro que diferentes a los que habitaban los feudos campesinos.

Pero el tiempo y la historia fueron determinando que el sustantivo designara a los integrantes de una clase poseedora que hace avanzar enormemente la producción y las tecnologías que la acompañaban y la posibilitaban. Puede ser una clase con orgullo nacional que, en el peor de los casos, puede llegar hasta el fascismo.

En América Latina tuvimos que confrontar con una burguesía norteamericana que entraba en su fase imperialista: los Estados Unidos del siglo XIX se anexaron casi la mitad del territorio mexicano y todavía en 1903 fomentaron la independencia de la provincia colombiana que era Panamá, y obtuvieron a perpetuidad –que no fue perpetua, gracias a Omar Torrijos y a James Carter– la soberanía sobre la que sería la zona del Canal.

En el siglo XX ya no era necesaria la anexión física, la anexión de territorios: la exportación del capital financiero ponía las riquezas de nuestros países en manos de las grandes transnacionales norteamericanas y las clases ricas de Colombia, de Perú o de Cuba, devenían apenas administradoras y aliadas del poder imperial.

Nuestras burguesías desde entonces, no eran verdaderas burguesías: eran dependientes de la burguesía imperial, por eso el Che las llamó viceburguesías. Podían plegarse a las múltiples tiranías que el imperialismo impuso cuando le fue preciso para defender sus intereses.

El patriciado decimonónico cubano, el que pudo haber sido el fundamento de una burguesía moderna, se arruinó en la cruenta guerra de los Diez Años. Lo mejor de él no pudo alcanzar el final del siglo XIX y mucho menos los inicios del XX, en el que la herencia que nos deja la intervención norteamericana es una viceburguesía plattista, enteramente subordinada a los Estados Unidos. Lo es todavía más cuando, a partir de la crisis de la primera postguerra mundial, el precio del azúcar cae en picada y se arruinan muchos hacendados cubanos, que tienen que vender sus ingenios a empresas norteamericanas.

La falta de independencia de esa clase rica y subordinada se vio como nunca cuando apareció en Cuba una revolución que inicialmente no se había declarado socialista: los burgueses cubanos se subordinaron una vez más a los Estados Unidos que, en premio, les organizó la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, cuyo desenlace fue la victoria revolucionaria de Playa Girón.
  
El modelo socialista que tuvo establecido la desaparecida Unión Soviética, China, Vietnam y las llamadas democracias populares del este de Europa, simplemente desapareció: ninguno de esos países lo sostiene y los nacientes socialismos del siglo XXI latinoamericanos (Venezuela, Ecuador, Bolivia) planean hacerse con la supervivencia de zonas de propiedad privada.

Nuestro socialismo tendrá que mantenerse haciéndose impuro también. Es lo que anuncia (y desea) nuestra ley de inversiones, recién aprobada.

De todos modos, vamos a tener relaciones de producción capitalistas dentro de la Isla. Como yo soy un heterodoxo, jamás me ha interesado la pureza: el objetivo de la mejor política es que el pueblo viva mejor y que el país preserve su soberanía. Y, si vamos a aceptar el capitalismo dentro, ¿en qué nos perjudica que también los cubanos participen? ¿O nos conviene más que todos los inversores en Cuba sean extranjeros? ¿No desnacionalizaremos buena parte del país?

Permitir la inversión de los cubanos sería, entre otras cosas, una manera de burlar el empecinado bloqueo imperialista, porque muchos cubanos de Estados Unidos invertirían a través de sus parientes cubanos, y todo eso lo supervisaría el Partido Comunista, como lo está haciéndolo en China o en Vietnam.

Si no lo permitimos, le prohibiremos invertir a los cubanos de Cuba mientras el gobierno yanki se lo prohibe a los cubanos que viven allí. Bloquearemos aquí como los yankis bloquean allá. Esas prohibiciones absurdas solo van a servir para ser vulneradas; es lo que la experiencia nos enseña día a día: se gana ilegalidad y se pierde dinero.

Acabemos de aflojar la retranca, antes de que se rompa. A lo mejor llegamos a generar una burguesía nacional patriota. ¿Qué tiene de extraño en el complicado mundo en el que vivimos? Una vez la tuvimos.

viernes, 4 de abril de 2014

Quince canciones

1
La Canción de la Trova
Es la canción con la que me autodefiní. No era baladista ni cantautor, como dictaba la moda, sino trovador, como los antiguos, como Sindo Garay y Miguel Matamoros.

2
La Era Está Pariendo un Corazón
Es la primera que me inspira el Che, y se convierte en suceso interpretada por Omara Portuondo. También es la primera que trasciende las fronteras de Cuba: el argentino Pino Solanas la incluye en su documental “La Hora de los Hornos”.

3
Canción del Elegido
Creo que está entre las canciones donde cristalizó una suerte de lenguaje personal. También fue la primera que el pueblo cubano incluyó en su argot. Cuando alguien preguntaba “¿Cómo estás?”, a veces se decía: “Aquí, matando canallas...” No en balde fue también la primera que hicieron suya los rumberos.

4
Epistolario del Subdesarrollo
No fue la primera canción crítica que hice, pero fue de las más escandalosas e incomprendidas. Varias veces me echaron a la calle por cantarla. Pocos vieron que tras aquella diatriba contra nuestras miserias locales había un desgarrado nivel de autoexigencia y un desafío al llamado primer mundo.

5
Esta Canción
Es la más descarnada. La hice el día que cumplí 21 años, durante un decepcionante festival de la canción en Varadero. Quedé tan agotado y vacío que nunca más intenté algo parecido, como una experiencia por la que sólo se transita una vez.

6
Ojalá
Recuerdo la mañana en que la estaba escribiendo, en el “Playa Girón”. Emilia fue la llave de ingreso a aquella música y palabras vertiginosas. Era un momento intenso, una conciencia plena de lo que estaba hallando. Andaba y desandaba los dos metros y medio del camarote con la guitarra sobre el pecho, cantando aquella aparición, chocando con todo, con la vista nublada. Entonces no entendía aquellos sentimientos de fiera enjaulada. Al cabo de los años, viendo la respuesta que Ojalá provoca en tantos públicos, me pregunto cómo aquella mañana tan solitaria de alta mar pudo llegar hasta el futuro.

7
Playa Girón
Fue la primera vez que jugué a hacer una canción panfletaria para desarticular esa categoría, explicitando el proceso de elaboración. Estuve a punto de titularla “Arte Poética”, pero le dejé “Playa Girón” en homenaje a aquellos pescadores que libraban una batalla en cierto sentido tan crucial como la de Bahía de Cochinos.

8
Oleo de Mujer con Sombrero
Soy culpable de haberla separado de sus hermanas, porque es la segunda de la tetralogía "Exposición de mujer con sombrero". Junto con Ojalá, La Maza y algunas otras, es de las canciones que más piden. Pasan cosas fabulosas con ella: la gente se enamora. En ese sentido es lo más cercano a la función de un bolero que he conseguido.

9
El Papalote
Le guardo un especial cariño porque describe recuerdos de infancia en mi pueblo y la vida de aquel hombre, que hacía papalotes y que al cabo de los años me hizo comprender a la gente anónima que es importante para los niños. En realidad trata de muchos temas; entre ellos hay un toque a la discriminación racial, sin subrayarlo, que es parte de un viejo propósito que siempre tuve: hablar de cosas cruciales como si fuera sin querer, sin ser didáctico, sesgadamente, como la mayoría de las veces nos enseña la vida real.

10
Pequeña Serenata Diurna
Entre varias canciones mías donde lo personal y lo colectivo se funden, esta creo que es la que mejor lo consigue, por su transparencia. Creo que fue un resumen, tras hacer otros muchos intentos, entre los que también pudiera contarse Te Doy Una Canción. Usé la paráfrasis de un título de Mozart porque creí encontrarme ante el mismo dilema que él en su Pequeña Música Nocturna: nombrar cosas grandes en un espacio ínfimo.

11
Sueño con Serpientes
“Es una canción sin familia”, me dijo Sabina, y quizá tenía razón. La escribí de madrugada, porque la soñé: soñé las serpientes tragándome y soñé la música medio árabe que tiene, con el bajo en clave de son y todo. La cita de Bretch se la puse como brújula, porque si hoy resulta misteriosa, cuando la hice era desconcertante. Entonces parecía demasiado críptica, y yo necesitaba de un recurso para darle sentido. Y confieso que el sabio de Bretch empezó su ayuda por mi mismo.

12
Rabo de Nube
La escribí en la ciudad de México, a fines de los 70, una tarde en que me quedé solo en la casa de un amigo que nos daba albergue, a Noel Nicola y a mí. Pero la tenía escrita en la percepción desde que era niño y la había intentado varias veces. En Girón-Preludio le pasé la mano, pero la dejé ir. Me parece que todo el que ha sido niño y ha visto un tornado, ha sentido fascinación por el poder de la naturaleza. En Cuba la gente del campo les llama rabo de nube. Lo demás es crecer, vivir el mundo y darse cuenta de lo necesarios que serían, si barrieran con todas las tristezas. Para mi esta canción significa comunicarme con un sentimiento de todos, seamos de donde seamos y pensemos como pensemos. Algunos jazzistas se han fijado en ella: hay versiones de Charles Lloyd, de Chucho Valdés, de Charlie Hyden y de otros.

13
Unicornio
Cuando apareció la canción, el diario “El Mercurio”, de Chile, hizo una encuesta preguntando qué era el unicornio para cada entrevistado. Isabel Parra me trajo la página y leerla fue estremecedor. Cuánta razón había en cada una de las interpretaciones: una señora hablaba de su esposo muerto, una niñita lloraba su cachorro perdido... Creo que descubriendo todo aquello me di cuenta de lo que había escrito. Con Unicornio sucedieron otras cosas extrañas: la escribí a finales de 1980, o en enero del 81, no recuerdo. Lo que sí sé es que el disco fue editado en el 82. Y resultó que el año siguiente, 1983, fue nombrado como año mundial del unicornio por la UNESCO. Entonces comenzaron a aparecer libros, almanaques, agendas, y hasta se hicieron peregrinaciones al museo de Los Claustros, en New York, donde se encuentran los cincos famosos tapices de los unicornios. Para colmo, unos pocos meses después, un ingeniero genético inglés consiguió un cabrito con un solo cuerno en la frente. Todo eso fue, y sigue siendo, un gran misterio para mi.

14
Oh Melancolía
Era una canción que necesitaba hacer. Llevaba años trabajando con Afrocuba, dándole preferencia a los ritmos, y mi espíritu añoraba la lírica. El tema se me ocurrió en un ensayo que detuve inmediatamente, para correr a mi casa a desarrollarlo. No me fue fácil, estuve tres meses dándole vueltas. Pero uno acaba sabiendo reconocer cuando tiene cierto tipo de materia prima entre manos y entonces no ceja. Puse en práctica todo lo que sabía, pero afortunadamente el tema mismo era algo que no sabía, que me había inducido el azar. Y el azar es una de las fuerzas más descomunales de la naturaleza. Según los físicos, de ahí nacen las singularidades, como el Big-Bang... Bueno, está claro que no creé el universo con Oh Melancolía, pero mi modesto universo musical creció con ella.

15
Casiopea
Cintio Vitier y Fina García Marruz me dijeron que era la canción que más les atraía de “Rodríguez”. Qué satisfacción sentí. Porque a mi me pasaba lo mismo. El tema de los exilios. Todos somos exiliados de algo. La misma vida se encarga de exiliarnos de sitios como la niñez. Qué elemental y qué controvertido. Casiopea y Ala de Colibrí son de esas canciones que por momentos se me escapan (hay otras), y puede que algún día les descubra  otros significados, como me pasó con Unicornio. Esta ignorancia de mi mismo me ha llevado a pensar que acaso soy un mostrador de sugerencias, porque el mundo se encarga de completar la dimensión de lo que expongo. Es probable que mi utilidad consista en ser vehículo, herramienta de la que algo se sirve para que la gente no olvide aspectos de sí misma.

lunes, 31 de marzo de 2014

Tránsito de Doris

Nuestra querida segundaciter@ Doris, amiga del viejo Dagoberto (y mía), cambia de estado en pos de una vejez "sustentable y sostenible"... Me parece que su carta de "despedida" a Segunda cita merece este puesto.
"Seguimos siguiendo, como sea", Doris, como dijo hace poco Víctoriano de las Causas.
srd

Queridos Silvio, herman@s tod@s:

Hoy para mi es un día especial. Es el día de mi jubilación. Que conste que me jubilo, no me retiro, eso sólo lo haré el día que me incineren. Pero voy a iniciar una nueva etapa de la vida, donde acogeré emprendimientos interesantes pero más adecuados a mi edad y posibilidades, y que me permitan una vejez “sustentable y sostenible”, para estar en la onda actual. Quizás no pueda interactuar con ustedes todo lo que querría, pero ya buscaré la vía de no desconectarme totalmente, eso se los aseguro.

El sábado, escuchando a Marino Murillo en su ejercicio de macro economía, y diciendo que la nueva Ley no permitiría la concentración de la propiedad en manos de personas naturales, me asaltaron muchas interrogantes (menos mal que como no tengo un quilo no se llevaron nada), y la más importante es ¿cómo se conceptualiza el término “concentración de propiedad o capital”? ¿Entra el dinero en ese concepto de propiedad que están manejando? Si es así, estamos muy jodidos, y muy divorciados de la realidad circundante, porque hoy, aquí mismo, en este momento, hay unas cuantas gentes en Cuba que son cuasi millonarios y no precisamente producto de su trabajo o su talento; lo que pasa es que como no tienen su dinero y bienes en ningún Banco, y como no tienen que hacer declaración de bienes para rentas, siguen como el gato, libre y atrapando ratones. Entonces ¿de qué estamos hablando? Que me disculpen, pero yo prefiero el ordenamiento de la circulación monetaria con transparencia, a estos oscuros capitales que se mueven en nuestro país. Y por eso no puedo entender las razones de que las personas naturales, como dije antes, que tengan bienes lícitamente adquiridos, no puedan participar en los nuevos caminos que se abren.

Con el Alzheimer lógico de la edad, ya se me van olvidando algunas cosas, pero si algo me quedó fijado desde mi época de estudiante de Economía, fueron las leyes de la dialéctica marxista, y según enuncian estas leyes, y no por capricho de nadie, las condiciones cambian: lo que ayer fue, ya hoy no es y hay que adaptarse a los cambios o sufrir las consecuencias. Y dentro de esta filosofía la teoría del desarrollo en espiral ocupa un lugar importante. No les voy a abundar sobre este tema, aquellos interesados lo pueden encontrar en cualquier texto o sitio de Internet. Pero sí entiendo, comparto y defiendo la aplicación de normas que están científicamente demostradas, y que cada vez que hemos violado alguna ha significado un retroceso en el desarrollo de la sociedad. Aunque nos moleste, aunque nos duela, aunque nos rechinen los dientes, tenemos que asimilar, como en espiral, lo que las sociedades capitalistas pueden enseñarnos en materia de disciplina, de orden, de responsabilidad civil y ciudadana, y poner este conocimiento en función de los nobles objetivos que nos trazamos para nuestra sociedad. 

He visto en todos estos años tantas infracciones de las doctrinas que nos deberían sostener, entre ellas la aplicación de fórmulas comunistas de distribución sin haberse construido la Base Técnico Material del Socialismo, a mi juicio una de las más incongruentes, que me parece es el momento adecuado para “cambiar lo que debe ser cambiado” y que no se quede en una simple consigna.

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En un barriecito entre el DF y Puebla, México

miércoles, 26 de marzo de 2014

Que el tiempo no se robe tu infancia

Por Ladyrene Pérez y Rosana Berjaga
Fuente:  http://www.cubadebate.cu/fotorreportajes/2014/03/26/que-el-tiempo-no-se-robe-tu-infancia/#.UzL8p9yIljA
Yo pido todos los días que el tiempo no me robe la infancia. Que la premura de crecer y dejar atrás las vergüenzas de la edad, no me permita echar de lado los buenos recuerdos de mis días de uniforme.
Ya que no me quedan minutos para jugar al pon o saltar la suiza; ahora que casi olvido como tirar los yaquis y me agarra la nostalgia de forrar libretas, cada jornada comienza con el firme propósito de no perder la espontaneidad para enfrentarme a la vida.
Ahora que simulo ser grande, espero que entre las responsabilidades y la interpretación de roles, no se me olvide preguntarlo todo, buscarles formas a las nubes, echar perfume en las plantas de mis pies, pegar calcomanías en mis agendas, enamorarme con papelitos…