lunes, 23 de febrero de 2015

La reaparición de la izquierda

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Estaba anunciado, si uno tenía ojos para ver.

Varios publicistas de la derecha se han alarmado al ver producirse, en Europa, la aparición de una “nueva izquierda”. Y la alarma no proviene de que tal formación política haya aparecido, sino de que amenaza con hacerse del poder por la vía electoral, y muy rápidamente, desbancando al bipartidismo que, a imitación de los Estados Unidos, se había instalado en las naciones europeas.

Desde la desaparición de la URSS, los partidos comunistas si no se extinguieron, al menos se marchitaron en Europa y en América Latina. Los teóricos de la derecha anunciaron no sólo el fracaso soviético, sino el del propio marxismo.

Quedaban, en estos países, apenas dos partidos con suficiente poder de convocatoria para disputarse el poder en elecciones: uno conservador (podía tener variados pelajes) y el otro socialdemócrata, pero de una socialdemocracia que, poco a poco, pero inexorablemente, había renunciado a sus orígenes marxistas, y ya no quería cambiar el sistema capitalista. Los dos partidos estaban enfocados, con diferentes matices, en la voluntad de conservarlo.

La primera campanada de alarma ha sido la victoria de Syriza en Grecia, y la elección de Alexis Tsipras como jefe del gobierno. Pero todavía causa más escozor la evidencia de que la reciente formación española Podemos, amenaza hacerse relampagueantemente con el poder que se han repartido el PSOE y el PP, desde la restitución democrática ocurrida tras la muerte de Francisco Franco.

Me parece que estos publicistas –por eso les llamo así, en lugar de estudiosos– no quieren explicarse verdaderamente el fenómeno político que está aflorando a la vista de todos. No les interesa comprenderlo sino, exclusivamente, desacreditarlo.

En los años que siguieron al devastador crack económico de 1929, llegó al poder en los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt. Esa década del treinta fue, en ese país, una década de desempleo, de ley seca y, con ella, de la proliferación y enriquecimiento de la mafia, pero también de sindicatos radicalizados, de una fuerte influencia del pensamiento socialista y de fortalecimiento del partido comunista, a pesar de la división creada por el arraigo de Stalin en el poder y la eliminación de casi todos los principales dirigentes de la Revolución de Octubre.

El predecesor de Roosevelt, Herbert Hoover, fue un adelantado de lo que hoy es la filosofía neoliberal. Predicaba lo que el capitalismo clásico –anterior a la Revolución de Octubre— proclamaba: el estado no debía intervenir en la vida económica de su país, porque el mercado era capaz de autorregularse[1] y superar la gran depresión por sí solo.  Hoover fue muy crítico de las medidas que habían tomado algunas naciones europeas para favorecer a los trabajadores desempleados y se hizo enormemente impopular en su país.

Roosevelt y sus asesores se apoyaron en los postulados del economista inglés John Maynard Keynes[2]: aparece la seguridad social, la pensión al desempleado, educación y salud gratuitas. Son los fundamentos del New Deal rooseveltiano y lo serán de la política económica de Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

Se trata de un capitalismo que ha decidido compensar, a través del estado que representa esencialmente a la gran burguesía poseedora, a los sectores más endebles, más vulnerables de la sociedad  en la que se ubica la gran masa de trabajadores de esas sociedades. El propósito es, exactamente, salvar al régimen capitalista mediante la adopción de medidas que provienen del pensamiento socialista, pero que el capitalismo incorpora para conseguir su estabilidad. Constituyen un instrumento para debilitar el pensamiento radical de izquierda.

¿De dónde sale el financiamiento que sostiene el New Deal de Roosevelt y el “estado de bienestar” europeo? De los grandes impuestos que pagan las mayores fortunas de sus países. Es el “estado de bienestar” el que impide la rebeldía de los pobres contra la riqueza, es él el que elimina o atenúa muchísimo la lucha de clases. A nadie debiera interesarle más su existencia que a los millonarios, que siguen siéndolo aunque paguen impuestos que contribuyen a la estabilidad de la nación.

Sin embargo, desde los años ochenta del pasado siglo, dos figuras centrales en el gobierno del mundo capitalista, Ronald Reagan, de los Estados Unidos, y Margaret Thatcher, del Reino Unido, proponen la adopción de la doctrina de otro economista, la del norteameriano Milton Friedman: una doctrina destinada a desmontar el llamado “estado de bienestar” imperante en los Estados Unidos, Canadá, Europa Occdental y Australia; es el “neoliberalismo”, opuesto a la doctrina del keynesianismo.

Los impuestos no deben pagarlos los ricos sino los ciudadanos comunes. La argumentación es que la enorme acumulación de la fortuna de los poderosos, los hará invertir en industrias, servicios, instituciones que aumentarán el empleo. Pero los ricos no invierten en sus países: se van a invertir en países más pobres, donde pagan menos por el trabajo, o desarrollan lo que se llama “capitalismo de casino”, que trata de comprar barato para vender caro, que especula, sin darle trabajo a nadie. La política de austeridad que Alemania le impone a los países más pobres de Europa, ha llevado el desempleo entre los jóvenes españoles a más del 50%. Se habla de crisis económica, pero nada más la sufren los pobres: en estos años las grandes fortunas han ganado miles de millones de dólares.

Se ha comprobado que el neoliberalismo no elimina la pobreza sino la acentúa.

Los Indignados se constituyeron en fuerzas políticas en Grecia –donde ganaron las elecciones con el nombre de Syriza– y en España, donde a todas luces sacarán del poder al PP y al PSOE. El movimiento de Occupy Wall Street no se ha constituido en partido político en Estados Unidos, pero le retiró el apoyo a los demócratas y ha inclinado a Obama —en sus años finales de gobierno— a regresar a su mucho más progresista programa político inicial.

¿Todavía no pueden explicarse los ideólogos de la derecha, por qué reaparece la izquierda?





[1] En el año 2007, el estado norteamericano, bajo la presidencia de George W. Bush, tuvo que intervenir pero no para crear un balance entre las clases sociales, como argumentaba Keynes, sino para salvar el aventurerismo de la banca estadounidense, con el dinero de los contribuyentes.
[2] Keynes había lanzado sus tesis en los más duros momentos de la gran depresión, pero es en 1936 cuando publica su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, que es el fundamento de la política económica rooseveltiana y lo será del llamado “estado de bienestar”.

viernes, 20 de febrero de 2015

La CELAC y la cultura

Por Graziella Pogolotti

El discurso de Rafael Correa al hacerse cargo de la presidencia pro tempore de la CELAC merece una lectura detenida y reflexiva. Con perspectiva de estadista, plantea un proyecto a mediano plazo con cinco ejes fundamentales aplicados a nuestros problemas comunes y a nuestra diversidad ideológica y cultural. En lo personal, lamenté la ausencia de José Martí en la lista de fundadores y refundadores. No es el reproche de una aldeana vanidosa, aferrada a los valores de su terruño. Pero el Apóstol de la independencia de Cuba vio en ella y en la todavía frustrada independencia de Puerto Rico el modo de edificar una barrera de contención ante el expansionismo de Estados Unidos dispuesto a abatirse sobre nuestro Continente. Su mirada penetrante de poeta visionario, sin soslayar las artes y las letras de su tiempo profundizó en asuntos políticos y sociales y no temió arriesgarse en temas económicos y en los peligros latentes en las políticas monetarias formuladas por Washington. Este comentario no lesiona la admiración que siento por el propulsor de la revolución ciudadana, al que he venido siguiendo desde hace años, hasta el punto de adentrarme en algunos de sus textos sobre economía. Aplaudo sin reservas el planteamiento inicial de su discurso cuando afirma que las decisiones políticas son la clave del desarrollo. Ese concepto de desarrollo induce a considerar que la cultura es un tema que debe estar presente en el programa de CELAC.

Somos un continente caracterizado por una maravillosa diversidad de paisajes y culturas, depositario además de enormes riquezas naturales. Hay áreas de significativa presencia indígena, otras marcadas por la trata negrera y aquellas donde la emigración europea de diversos orígenes ha contribuido a configurar el panorama, sin desconocer además, en unos lugares más que en otros, los núcleos de procedencia asiática. A pesar de todo ello, nos unen eslabones históricos sustanciales. Aparecimos en la narrativa histórica como nuevo mundo patente difícil de borrar de una mirada eurocéntrica que ha pesado sobre nosotros durante medio milenio. La conquista y la colonización delinearon, con la aplicación de variadas expresiones de violencia, nuestro destino. Las catedrales se construyeron sobre los templos indígenas. Se impuso un sistema fatídico de distribución de la propiedad y se nos dio la tarea de producir y exportar materias primas para el capitalismo naciente. Éramos un ubérrimo potosí.

Los conquistadores arraigaron en el nuevo lugar. En gran medida a través de inconfeso mestizaje, apareció el criollo. Los descendientes de familias acomodadas cursaron estudios en las universidades que, en América Latina, se fundaron en fecha temprana, más favorecidas que la anémica enseñanza elemental. Muchos prosiguieron su formación en Europa. Eludiendo la censura, los libros circulaban entre las capas ilustradas. Así llegaron las ideas de los enciclopedistas, los textos de Rousseau y las noticias de la Revolución Francesa. Las condiciones estaban dadas para que, conscientes de su americanidad, de su poder económico y de su preparación intelectual, superior a la de los funcionarios de la metrópoli, los criollos se plantearan la lucha por la independencia política junto al acceso a mercados potenciales prohibidos por el férreo monopolio metropolitano. No todos consideraron la pertinencia de construir una nueva sociedad. Bolívar selló el compromiso de emancipar a los esclavos. Pero los conflictos de intereses y las ambiciones personales fracturaron la unidad soñada.

Las pugnas entre caudillos y la subordinación a los patrones hegemónicos, colocaron a Nuestra América en la periferia del capitalismo. La independencia política no cortó las raíces profundas del coloniaje. Seguimos suministrando materias primas y exportando a los países centrales las utilidades de las oligarquías nacionales y los inversionistas extranjeros. Sin embargo, en la conciencia de las capas medias, de los sectores intelectuales y de las clases trabajadoras perduró el sueño latinoamericanista. Un fenómeno singular que merece atención en la actualidad, cuando se reconoce en la educación superior uno de los ejes del desarrollo posible, ilustra esta realidad subyacente. Los principios rectores de la reforma universitaria formulada en Córdoba, Argentina, en 1918, impactaron en todo el continente. Tomaban distancia del modelo europeo tradicional. Daban cuerpo y sentido a las organizaciones estudiantiles, concedían la primacía a la investigación como contraparte de una enseñanza anquilosada y reproductiva y se proyectaban hacia la sociedad mediante la denominada extensión universitaria. El programa se orientaba hacia la inserción de la Universidad en un propósito transformador en el que los egresados tendrían un papel decisivo. El empeño se colocaba a las antípodas de un modelo que se limita a suministrar trabajadores calificados al servicio de la demanda del poder económico.

En el mundo de las artes y las letras las interconexiones nunca desaparecieron. Por vía de intercambio de publicaciones o instalados por distintos motivos en otras tierras, reafirmaron el sentimiento de un destino común y se reconocieron en el drama de sus respectivos países. El modernismo definió su singularidad. Su influencia se hizo sentir en el conjunto de las letras hispánicas. Vendría luego la vanguardia y, más tarde, el mal llamado boom. Se historiaron los procesos generales del arte y la literatura. Los estudiantes del lado de acá del Atlántico conocimos al Inca Garcilaso, a Sor Juana Inés de la Cruz, a la María de Jorge Isaacs, etcétera, integrados a un mismo patrimonio.

Falta por iluminar desde la perspectiva actual los rastros de un pensamiento que valido de la filosofía, de las ciencias sociales y de la pedagogía, se dedicó a repensar América. Marginado por las miradas de los centros culturales establecidos, deben redescubrirse y reintegrarse a nuestro legado común. Son nuestros clásicos. Incluyen la visión de los vencidos, las obras de Simón Rodríguez y de José Martí, las lecturas americanas del marxismo.

El rescate de este trasfondo de pensamiento y creación tiene que ser obra de muchos, la concertación de esfuerzos de investigadores, sometidos con frecuencia al llamado de modas efímeras y un empeño común en juntar recursos para garantizar su popularización y su incorporación a los programas escolares.

Los ejes principales concebidos para nuestro desarrollo no pueden prescindir de un basamento cultural. Es el núcleo sustentativo de la batalla de ideas en este momento, aquella que nos librará de tentaciones tecnocráticas y miméticas. Esta lucha no puede emprenderse tan solo en términos intelectuales. Las industrias culturales y los medios de comunicación modelan conciencias, construyen expectativas de vida, llegan con sus imágenes fulgurantes a los rincones más apartados. En este terreno se invierten recursos millonarios que patrocinan la permanente renovación tecnológica y ponen a su servicio talento y creatividad. La contracultura intentó promover focos de resistencia. Su médula rebelde fue neutralizada por el mercantilismo. El desafío que nos plantea este modo de consolidar hegemonía no encontrará respuesta adecuada en un día. Pero se hace camino al andar. Para buscar soluciones, para determinar prioridades debe colocarse en la agenda de CELAC desde ya, como una señal más en este cambio de época. En nuestro ancho territorio hay numerosos intelectuales dispersos y jóvenes que procuran definir un sentido de la vida. Habrá que contar con todos ellos. Cuando un nuevo horizonte se ilumina, las voluntades se movilizan.

lunes, 16 de febrero de 2015

"Nunca es tarde..."


Palabras de una discípula:

Una casa con fantasma, los desafíos de la ficción y el Premio Nacional de Literatura
                                                                                                                                
Por: Dazra Novak

En la trayectoria de cada escritor hay un libro que marca un punto de giro. Un libro bisagra donde, por fin, la autenticidad y honestidad de un estilo doblarán una página dentro de la totalidad de su obra y dispondrán, a su vez, los nuevos retos que todo creador debería imponerse a sí mismo. Digo debería, si es que se pretende lograr obra digna. En la trayectoria de cada escritor puede que haya un libro que se vaya de las manos y, por esa autonomía de que gozan las obras, recorra mundo. Con algo de suerte, marcará una generación, una época, la memoria de un país; con algo de publicidad, venderá bien; con algo de genialidad, será convertido en libro de culto; con algo de valor histórico o de contenido, será incluido en el plan de clases de alguna universidad; pero con algo de tragedia de seguro ese libro devorará al escritor, lo convertirá en un personaje con destino antojadizo. Le hará padecer, por capricho o por casualidad, una versión de las penas en el libro descritas.

Hasta su volumen de cuentos Los pasos en la hierba, Eduardo Heras fue lo que todo joven escritor: un hombre que cuenta la verdad de su tiempo. Luego esa verdad tan bien contada irónicamente sería su condena. En medio de esa contrariedad no es difícil suponer, menos a estas alturas, el horror que inundaba la mente, la vida, del joven escritor. Cualquiera habría apostado, para decirlo en buen cubano, a que se rajaría, a que no tendría la osadía de escribir otro librito como ese, a que la sentencia arrojaría como resultado el total abandono de la literatura. Seamos honestos, ¿a quién le quedarían deseos de escribir tras semejante experiencia?

Por suerte, si algo le sobraba al Chino eran deseos y, puesto que solo había cambiado el escenario, Heras siguió escribiendo cuentos bajo los mismos principios, solo que ahora eran personajes de una fábrica que machacaban el hierro y se paraban en medio de las reuniones del sindicato para llamar a las cosas por su nombre. A estas alturas sería tonto no admitir que, en el fondo, nada había cambiado, la única lamentable diferencia es que para él había pasado el tiempo con altas dosis de dolor y de rechazo, tanto, que valdría la pena preguntarse: ¿qué motivos llevarían a un hombre que vivió todo esto, más que a seguir escribiendo, a ejercer el magisterio para los jóvenes aspirantes a escritores? Vocación, claro está, dirían algunos, y llevarían razón. Heras León, además de revolucionario, obrero, miliciano, periodista, crítico y editor, es un maestro. Basta escucharle un poco y ya se le nota. Pero una cosa es el magisterio en una de esas academias que, a través de los años, han graduado pintores, músicos, bailarines y actores, donde ambos –la institución y el maestro- han alimentado de generación en generación la tradición y el prestigio, y otra bien distinta es echar los cimientos de una que hasta ese momento no había existido en nuestro país. Salvo por la experiencia de los talleres literarios, las tertulias y algún que otro escritor que a cada tanto gusta ofrecerse de mentor, no había existido algo de la magnitud de lo que hemos venido llamando, durante diecisiete años, Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

Como todas las grandes historias esta nació sin lugar fijo, al principio fue un sueño repartido entre unos pocos hasta que una casita pintoresca en la esquina marcada con el número veinte de la Quinta Avenida, en Miramar, se convirtió en la sede del Centro a partir de su quinto curso. Una casita elegante y ventilada que por tener tiene dos pisos con varias habitaciones, un par de terrazas y, esto pocos lo saben, hasta tiene un fantasma. Algunos juran haberlo visto, mientras otros solamente lo hemos sentido merodeando por la sala de los Cronopios, entre las estanterías de libros, o por las oficinas del piso superior. Pero del fantasma les hablaré después, antes debo contarles que también hay un libro llamado Los desafíos de la ficción, compilación de valiosísimos autores que no se hizo para vender, sino para entregarla de forma gratuita a todos los estudiantes del centro y desde cuyo prólogo Heras ilustraba claramente sus intenciones: “Este libro, más que una recopilación de materiales sobre las técnicas narrativas, es el resultado de un sueño, una vocación, una voluntad. El sueño comenzó hace más de treinta años, cuando después de conocer la experiencia del Taller del Centro de Escritores Mexicanos que dirigían Juan Rulfo y Juan José Arreola en la década del 50, quisimos intentar una experiencia similar en Cuba que, por diversas razones, en aquellos años, no pudo realizarse. El sueño continuó siendo sueño y comenzó a alimentar una sostenida y terca vocación, que ha enriquecido mi vida desde entonces: la de ayudar a la formación de jóvenes narradores”.

Y el Chino ha cumplido su promesa. Hoy el centro cuenta con cientos de graduados que han acudido a sus aulas desde todos los rincones del país, creó la editorial Cajachina –llamada así por la técnica narrativa que lleva precisamente ese nombre-, la revista El Cuentero –en honor a ese gran cuento de Onelio--, una biblioteca, una sala de navegación, la posibilidad para los alumnos de imprimir sus trabajos, estar al tanto de la convocatorias de los concursos literarios, teclear textos y encontrarse con sus homólogos para sentir que, gracias a ese sueño del maestro, el oficio de escritor ya no tiene por qué seguir siendo, en muchos sentidos, el más solitario del mundo.

Muchas cosas pueden aprenderse en esas aulas si se sabe escuchar, entre tantas otras, su primera conferencia de la evolución de las técnicas narrativas a través de la historia de la literatura, cuando se es testigo de las emotivas palabras de despedida de los estudiantes egresados que dan comienzo a cada nuevo curso, y sobre todo, cuando los profesores Sergio Cevedo y Raúl Aguiar, juegan al policía bueno y al policía malo, respectivamente, mientras a uno no le queda fragmento vivo del cuento que leyó delante de todos. Como se imaginarán, un ejercicio duro, pero necesario. Tan necesario como llegar a entender qué significa cuando el Chino asegura al final que, en materia de literatura, no todo está dicho. Tan necesario como la labor de esa personita que ha acompañado al maestro durante todos estos años, su esposa Ivonne Galeano, y digo de nuevo su nombre porque ella se queja de que los cubanos no lo pronunciamos bien, Ivonne, a usted también le debemos esta gran obra literaria que es hoy el Centro Onelio. Justamente es esa vocecita uruguaya la encargada de llamar por teléfono a los aspirantes para informarles que han sido seleccionados, coordina todo tipo de actividades como la de aquel Festival Internacional de Narradores Jóvenes que nos atrevimos a hacer sin tener la más mínima idea de cómo se organizaba algo así, pero lo hicimos.

Con una generosa cantidad en metálico cada año se concede, gracias a la madre de Ivonne, que en memoria a su esposo, quien fue en vida un entusiasta defensor de la literatura, el premio César Galeano al mejor cuento de entre los que presentan los estudiantes, optando a su vez por las becas de creación El caballo de coral que tanto impulso les dan a los proyectos de los principiantes. Una vez al año el claustro se reúne, valora, opina, eligen a los dos afortunados  jóvenes que habrán de representar al Centro Onelio y a la literatura cubana en la Feria del Libro de Santo Domingo. Una vez al año se convoca al concurso de minicuentos El Dinosaurio y varias veces durante el curso hay que hacer malabares económicos –si lo sabrá Mariela-- para traer a los alumnos desde sus provincias, hospedarlos, alimentarlos, mostrarles este como uno de los mundos posibles. Y todo esto ocurre, no pocos hemos tenido la posibilidad de verlo con nuestros propios ojos, en presencia de un fantasma que recorre, a veces de buen humor, a veces de no tan buen humor, los pasillos. Toca la campanita de la entrada haciendo que uno vaya por gusto porque en la puerta no hay visitante alguno, quizás fue él mismo quien provocó que llegarán aquellas ruedas de tractor en lugar de la ultra moderna impresora Riso que media humanidad esperaba como cosa buena para descargar en la editorial, sin saber que la impresora le había llegado, por error, a unos agricultores en Túnez. Quizás también sea el responsable de que en ocasiones escasee el papel, que no haya repuesto para la impresora, que a veces se rompa alguna computadora y cueste trabajo reemplazarla, o de que falle la conexión a Internet y entonces el Chino tenga que andar tocando puertas y más puertas hasta resolver el problema.

Estarán de acuerdo conmigo en que, en la trayectoria de cada maestro, hay un discípulo, en este caso unos cuántos, que marcan un punto de giro y hacen que cobren valor los años dedicados a la enseñanza. Con algo de empeño, esos discípulos le añadirán aún más valor a la obra del maestro; con algo de talento, iniciarán obra propia; pero con algo de honestidad esos discípulos no podrán menos que agradecer y lo harán, también, escribiendo, promoviendo la literatura, dirigiendo talleres, ejerciendo la crítica, llevando a la práctica lo que aprendieron en aquella casita con fantasma de la Quinta Avenida: siendo mejores seres humanos.

Hoy suman más de treinta los años de docencia dedicados a una cada vez más grande familia de escritores, donde se celebra y se comparte cada premio literario obtenido por un egresado como si fuera propio. De modo que este largamente esperado Premio Nacional de Literatura es una más, solo que esta vez la más grande de nuestras celebraciones. ¿Cómo le harán ellos para repartir un solo premio entre tanta gente?, imagino que se estarán preguntando, pero eso no es problema para nosotros, porque si algo nos ha enseñado el maestro es que en el mundo de la literatura hay lugar para todos. Compartir, esa ha sido una de sus grandes enseñanzas. Y ahora me permito, en nombre de todos los egresados del Centro, de los que no pudieron asistir a esta ceremonia pero han hecho llegar su enhorabuena desde sus provincias y hasta desde otros países, decirle a Eduardo Heras León que su obra está a salvo con nosotros, que cada uno dará de sí para seguirla impulsando y con ese orgullo limpio de quien ha tenido un padre digno, decirle, maestro, usted merece este premio.    


Palabras del Chino Heras:

Queridos amigos:

            Un niño de apenas doce años regresa apresuradamente de la escuela. Las clases de ese día han terminado, y quiere llegar cuanto antes a su casa. Está preocupado y no puede evitarlo. Su padre está enfermo, casi postrado en la cama, con una hemiplejia del lado izquierdo del cuerpo, y el niño sabe que no le queda mucho tiempo de vida. Cuando llega al minúsculo recinto donde viven, se sienta en la cama, acaricia la mano inmóvil del padre y una repentina oleada de ternura lo invade. Entonces, sin saber por qué, con lágrimas en los ojos, le promete que algún día será escritor, que va a publicar los libros que tú no pudiste publicar nunca, viejo, para que estés siempre orgulloso de mí. Unos días después el padre fallece, y aquella promesa quedó como un terco compromiso con la vida.

           Los años pasaron vertiginosamente, y la vida fue haciéndose cada vez más difícil en medio de una pobreza que no parecía tener fin: limpiar zapatos y portales, vender periódicos y billetes de lotería, cualquier ocupación significaba ganar unos centavos para la diaria subsistencia. Los tres chinitos limpiabotas de la Esquina de Tejas se convirtieron en artistas del cepillo y el betún. Mientras, la madre se batía como una leona para terminar de criar sus cuatro hijos y otros tres de su esposo. Sólo una condición nos impuso: no podíamos dejar de estudiar. Y lo logró.

          Pero de noche, en la soledad de la miseria,  después de las agotadoras jornadas de cada día, aquel niño escribía versos. Lo había aprendido escuchando junto con su padre los programas de radio de los decimistas. Y pronto los nombres de Naborí, Colorín, Angelito Valiente y Chanito Isidrón se le hicieron familiares. Dos años después de quedar huérfano de padre, ingresó en la Escuela Normal y entonces, el mundo ya no fue tan ancho ni tan ajeno, porque en aquellas aulas conoció almas gemelas, algunas presentes hoy aquí, que alimentaron por primera vez su recién nacida capacidad de soñar. Porque aquel país saturado de injusticias, bañado en sangre joven, iba a volar en pedazos y a convertirse en una vuelta de la antigua esperanza.

         Si me he detenido en este primer episodio de mi vida, no ha sido para darles a conocer mi autobiografía, sino para compartir con ustedes el primer contacto que tuve con la literatura, que sería el alimento básico de mi espíritu en el futuro, y que puede tal vez hacerme y hacerles comprender por qué estoy aquí hoy, recibiendo un galardón que tanto me honra.

         El 1ro. de enero de 1959, las puertas cerradas se abrieron, la noche quedó verdaderamente atrás, un mensaje de dignidad, justicia y honradez antes desconocido, caló en nosotros con tanta profundidad, que le ofrecimos hasta nuestras vidas para defenderlo. Y entonces, más que escribir, en esos momentos decidimos vivir. Y eso fue lo que hicimos. Y vino Playa Girón, y el Escambray, y un curso militar en la Unión Soviética, y varios años en las fuerzas armadas: años de combates, de violencia, de duros enfrentamientos con el enemigo; en una palabra: nos lanzamos al torbellino revolucionario, a la épica batalla por defender algo que nos había cambiado para siempre.

         Cuando ingresé en la Escuela de Periodismo tuve la impresión de que podía y debía evocar lo vivido, contar la historia, pero contarla toda, con  sus contradicciones, con  sus aciertos y errores, con sus miserias y heroísmos, con su coraje y sus cobardías, con su amor pero también con su odio.  Esa era la estética de nuestra generación. Así la entendíamos y así nos propusimos contarla. Y aunque parezca un lugar común, queríamos decirles a los jóvenes a quienes iba dirigida nuestra obra: “Esta es la historia, léela, para que aprendas lo que nos costó: sangre, sudor y lágrimas. Ahora que ya lo sabes, defiéndela”. Tengo que mencionar varios nombres, que nos han acompañado desde entonces.  Algunos no están con nosotros, porque fallecieron; otros, tomaron un camino que los alejó para siempre de nuestras convicciones: Germán Piniella, Rogerio Moya, Renato Recio, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus,  Jesús Díaz, Raúl Rivero.

        Vinieron entonces, a propósito de mi segundo libro, Los pasos en la hierba, las incomprensiones, los dogmatismos, las falsas interpretaciones de buena y mala fe; las críticas despiadadas y destructivas, la ideologización absurda del arte y la literatura, y el conocido Quinquenio Gris se abatió sobre la cultura cubana, empobreciéndola, haciéndole pagar caro su terca vocación de búsqueda de la verdad, que es en última instancia el objetivo supremo de la literatura.

         Fueron años verdaderamente duros, inciertos, donde solamente la convicción de que la Revolución se había hecho para acabar con la injusticia y no para promoverla nos mantuvo vivos, a pesar de los rigores de un castigo que para mí duró cinco años, años en que se cerraron todas las puertas y una verdadera conjura del silencio que parecía  interminable se ensañó sobre mí.  Pero resistí. Y escribí, y la literatura fue siempre compañera fiel en los peores momentos, y me ayudó a mantenerme leal a los principios que siempre rigieron mi vida.

         Paradójicamente, ese castigo en la Fábrica Vanguardia Socialista me hizo conocer un mundo nuevo, el mundo de la clase obrera, donde conocí hombres de otras características, que me hicieron renacer la confianza en los seres humanos. A ellos les dediqué dos libros, Acero y A fuego limpio. Del primero guardo como un tesoro, el comentario elogioso de Julio Cortázar, que es mi escudo contra quienes lo calificaron como un ejemplo del mal realismo socialista.

        Pero pasaron esos años, y la buena literatura, como el arte, conservó sus valores, superó los obstáculos y lentamente salió del marasmo para volver a entonar su canto de libertad y de esperanza. Y mi segundo libro, aquel libro golpeado, humillado, vilipendiado, calificado de contrarrevolucionario por los burócratas de la cultura, sobrevivió alimentado por el soplo vital de quienes confiaron en su autor y en la justicia de la Revolución. Y quedará (ya lo he dicho en alguna ocasión) como un recordatorio para los que pretendieron ahogar bajo papeles y directivas, la pujante vida de sus personajes, los complejos conflictos humanos de esos seres sudorosos y solidarios que sufren y temen, caen y se levantan, pero combaten y vencen. Nosotros fuimos esos hombres; nosotros somos (y quiero repetirlo aquí), la generación de la lealtad a los principios y a los ideales.

        Queridos amigos:

         Perdónenme este recorrido histórico que muchos de ustedes conocen, y que tal vez resultara inevitable un día como hoy, en que el Instituto del Libro y un jurado a quien agradezco su decisión me otorga este premio a la obra de toda mi vida. No tengo que decirles cuanto me honra este galardón. No tengo que decirles la emoción que siento porque sé que celebrando junto conmigo hay aquí decenas de jóvenes narradores, graduados del Centro Onelio Jorge Cardoso, un proyecto al que he dedicado una parte importante de mi vida. Por ellos apostamos y seguiremos apostando, porque su talento y oficio comienza  a ser reconocido en concursos, ferias, y publicaciones de todo tipo y porque han ayudado a rehacer el mapa literario del país; están aquí también familiares, amigos de infancia,  condiscípulos de la Secundaria, de la Escuela Normal, de la Universidad, compañeros artilleros de las Fuerzas Armadas, de la Fábrica Vanguardia Socialista, del Instituto del Libro, del Ministerio de Cultura, de la Casa de las Américas, de la UNEAC, del Centro Onelio Jorge Cardoso, lugares donde estudié o trabajé, donde quise y me quisieron mucho. A todos ustedes los abrazo desde mi corazón agradecido.

       ¿A quién dedicar este Premio?
      ¿Tal vez a mi padre a quien dediqué mi primer libro cumpliendo la promesa de un niño de doce años?
       ¿O a mi madre, sin cuya ternura y abnegación, y su a veces apasionado estímulo, nada hubiera sido posible?
      ¿O a mis hermanos, todos desaparecidos, en quienes encontré siempre comprensión, apoyo, confianza?
      ¿O a mis alumnos de diecisiete cursos del Centro Onelio que han renovado en estos años mi insobornable vocación de maestro?

      A todos ellos pudiera dedicar este Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, más que dedicarlo, voy a compartir este Premio con alguien que es el tesoro que la vida me regaló hace veinticinco años, que renunció a su carrera profesional para acompañarme en hacer realidad el sueño del Centro Onelio;  sin cuyo amor, ternura, y dedicación en cada día de nuestras vidas ya no sabría vivir: a mi esposa, mi compañera, mi amiga, Ivonne Galeano.

     Gracias.

                                                                       La Habana, 11 de febrero de 2015


1970, casa de Felicia Cortiñas (de espalda): Luis Rogelio Nogueras, Eduardo Heras León, Germán Piniella, Raúl Rivero, Víctor Casaus, yo
Fábrica Vanguardia Socialista, 1971: Sonia Silvestre. Victor-Víctor,  Chino Heras
Casa de las Américas, enero de 1996: Roberto Fernández Retamar, Chino Heras
Casa de las Américas, agosto 1996: Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Leo Brouwer, Carlos Ruíz de la Tejera, El Chino, Alberto Faya

Eduardo Heras, flanqueado ayer por Waldo Leyva y Zuleika Romay