jueves, 6 de julio de 2017

El Canciller de la Dignidad (2)

Por Raúl Roa Kourí

Raúl Roa García, a quien el pueblo cubano bautizara como “Canciller de la Dignidad” en los años iniciales de la Revolución Cubana, cuando libró memorable brega en la Organización de Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas (ONU), ora contra las maniobras yanquis para aislar a Cuba, expulsarla de la OEA y asfixiarla económicamente, ora para encarar la agresión mercenaria de Playa Girón, urdida, financiada y desatada por el Gobierno de los Estados Unidos en 1961, y desenmascarar a los representantes del imperio en el Consejo de Seguridad en lo que la historia ha recogido como “la batalla de la ONU”, nació en La Habana, el 18 de abril de 1907. El 6 de julio del presente año (2017) se conmemora el 35 aniversario de su partida.

Sus padres, Ramón Raúl Roa Reyes y María Luisa García Espinosa, residían, cuando nació, en la Calzada de Carlos III, pero tanto mi padre como su única hermana, Gilda, vivirían la mayor parte de su infancia y adolescencia en el habanero barrio de La Víbora, donde Roa se estrenó en el arte de confeccionar y empinar papalotes, jugar quimbumbia y como primera base de un equipo de béisbol juvenil, aficiones –salvo la quimbumbia- que nunca abandonó, asistiendo regularmente a los campeonatos nacionales de béisbol para animar a los Industriales y empinando cometas desde la azotea de la Asamblea Nacional o en los arrecifes dientes de perro costaneros.

Cursó estudios primarios en pequeñas escuelas cercanas a la casa y secundarios en el Colegio Hermanos Maristas (Academia Champagnat) de La Víbora, obteniendo el título de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Habana y más tarde, los de Doctor en Derecho Público y Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Nunca ejerció, empero, la carrera de abogado, excepto una vez, para asumir la defensa en el Tribunal de Urgencia –durante la primera época de la dictadura militar de Fulgencio Batista de un grupo de compañeros, entre ellos, Leonardo Fernández Sánchez, José Chelala Aguilera y Regino Pedroso, quienes fueron condenados a seis meses de reclusión penitenciaria. En otra ocasión, en la que Roa debía asumir su autodefensa, se escabulló y fue juzgado en rebeldía.

Su abuelo mambí, Ramón Roa Garí –“un hombre del 68” le llamó Máximo Gómez; “el más original de los poetas de la guerra” según José Martí dejó indeleble huella en el joven Roa. Manito, como cariñosamente se decían el uno al otro, relataba al pequeño episodios de la “guerra grande” (1868-1878) y ensalzaba las glorias del “Mayor”, como dijeron siempre a Ignacio Agramonte los soldados del Camagüey. Ramón había sido su Ayudante, como también lo fue de Julio Sanguily y de Máximo Gómez. En el estilo de Raúl Roa hay reminiscencias del gracejo y desenfado del abuelo; además, ambos fueron cultores de la memoria de los héroes patrios, como atestiguan numerosos artículos y ensayos recogidos en la prensa nacional.

Otra influencia formadora y determinante en el pensamiento patriótico y revolucionario del joven Roa, lo fue José Martí, cuya obra leyó con fruición desde muy temprano, en la biblioteca de su tío Jorge Roa, en la vecina casa de Federico de Córdova, y durante su temprana mocedad, al punto de figurar entre aquellos que, como Julio A. Mella, develaron la hondura antiimperialista del ideario martiano, escamoteada por plumíferos bien avenidos y reaccionarios de siete suelas.

Pronto, también, se sumergió en las obras fundamentales de Marx, Engels y Lenin, abrazando la causa del socialismo científico y el comunismo, valiéndose del materialismo histórico y dialéctico como instrumentos para el análisis de la problemática nacional y mundial –como revela ya en su “Carta abierta a Jorge Mañach” escrita a los 23 años.

Su primer proceso político data de noviembre de 1925, en que suscribió un manifiesto titulado “El Monstruo asesina a Nicaragua”, con motivo de la intervención norteamericana en ese país y la heroica resistencia de Augusto César Sandino, el “General de hombres libres”.

Desde sus comienzos, participó decididamente en las luchas del estudiantado contra la dictadura de Gerardo Machado. Con motivo de la huelga de hambre de Julio A. Mella, trabó relaciones con los grupos estudiantiles de izquierda e ingresó en la Liga Antiimperialista de las Américas (sección cubana). Fue, asimismo, profesor de Teorías Sociales en la Universidad Popular “José Martí”, fundada por Mella, cuyas clases se impartían en los locales de los sindicatos obreros. Junto con Rubén Martínez Villena, su director, figuró entre los iniciadores de la revista antiimperialista América Libre.

Roa fue uno de los dirigentes del vigoroso movimiento nacional de protesta contra la reforma constitucional que condujo a la ilegal prórroga de poderes de Machado. La “jornada revolucionaria del 30 de septiembre de 1930” le tuvo entre sus principales organizadores, habiéndosele encomendado la redacción final del Manifiesto al Pueblo de Cuba lanzado ese mismo día por el Directorio Estudiantil Universitario (DEU) de 1930, del cual fue miembro fundador.

Como resultado de discrepancias surgidas respecto de las concepciones y tácticas del Directorio, creó con Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló, Ladislao González Carbajal, Manuel Guillot y otros compañeros, el Ala Izquierda Estudiantil, que mantuvo la tesis, durante la lucha contra el machadato, de que era menester, para extirpar sus causas, enfrentarse y derrocar, conjuntamente, la dominación económica y política norteamericana: su verdadera raíz y principal sostén.

Como muchos de sus compañeros de lucha, sufrió prisión en la Cabaña, el Príncipe, el Hospital Militar de Columbia, la cárcel de Nueva Gerona y el Presidio Modelo, de la Isla de Pinos (hoy de la Juventud), donde permaneció incomunicado un año y once meses. Al ser liberado, se incorporó al Comité Ejecutivo del Ala Izquierda Estudiantil, desde donde combatió la “Mediación” de Sumner Welles y participó en la organización y desarrollo de la huelga general que dio al traste con la dictadura de Machado.

Fue el primer estudiante que entró en la Universidad de La Habana, tomando posesión de ella, el 12 de agosto de 1933. La propia mañana, desde la emisora de radio del Hotel Palace, denunció con Jorge Quintana el golpe de estado que fraguaron Welles y el ABC, y exhortó al pueblo a apoderarse del poder.

El 4 de septiembre de 1933, estuvo en el Campamento de Columbia al producirse la sublevación de soldados y clases contra el gobierno de Carlos Manuel de Céspedes, que dio origen, primero a la Pentarquía, y luego al gobierno presidido por Ramón Grau San Martín, apoyado en el Directorio Estudiantil Universitario.

Desde el periódico Ahora, enfrentó la nueva situación con un artículo que provocó el cierre y la ocupación de este: “Mongonato, efebocracia y mangoneo”. Como lo reconocería más tarde, Roa erraba el tiro, “por extremismo”, al atacar al “gobierno de los cien días” que, bajo la influencia decisiva de Tony Guiteras, adoptó medidas de beneficio popular y tuvo un carácter nacionalista y antiimperialista.

Tras el fracaso de la huelga de marzo de 1935 contra la dictadura militar de Batista, Roa, que había participado en su organización, se vio forzado a abandonar el país con Pablo de la Torriente, radicándose en Nueva York, desde donde prosiguió la lucha, fundando, con Pablo, Alberto Saumell, Carlos Martínez Sánchez, Gustavo Aldereguía y otros, la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA) y su vocero, el periódico Frente Único. Roa y Aldereguía, representaron a ORCA en la Conferencia de Frente Único efectuada en Miami en 1936, conjuntamente con los representantes del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), Joven Cuba, Partido Comunista de Cuba, Izquierda Revolucionaria y el APRA.

En 1935, contrajo matrimonio por poder con  Ada Kourí Barreto, su compañera de luchas y esposa durante toda su vida, quien viajó a unirse con él en el exilio. En julio de 1936 nací yo, su único hijo: Ada había regresado a Cuba para el alumbramiento, a fin de que el vástago fuera “cubano por los cuatro costados”. Mi padre no me conocería hasta su retorno a la Isla, meses después.

Ya en la patria, colaboró al inicio con el movimiento de unificación de las fuerzas comunistas, democráticas y antiimperialistas con vistas a organizar su participación en la Asamblea Constituyente de 1940. Mas, en desacuerdo con la solución de transacción que aquella Asamblea suponía, se mantuvo en una posición insurreccional, defendiendo sus posiciones en la revista Baraguá, dirigida por José A. Portuondo.

Desde entonces, Roa fue –como él mismo se calificara- un francotirador de izquierda, sin unirse a partido alguno después de 1940. En 1938, había pertenecido al Comité Ejecutivo del Partido Socialista Agrario y, en 1939, al Comité Organizador de un Partido Democrático Revolucionario. En 1965, integró el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fundado por Fidel, y constituido por elementos provenientes del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, el Partido Socialista Popular y, en menor medida, de la Organización Auténtica.

Al producirse el golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952, inmediatamente se dispuso a combatirlo con la pluma y la acción. Su posición en esa etapa fue siempre insurreccional: fundador de la Triple A, se retiró de esta en 1954, por discrepancias básicas, de principio, con su dirección durante su destierro en México, donde publicó el periódico “Patria” (con el mismo nombre martiano del primer periódico clandestino contra Batista, que editó antes en La Habana) y dirigió la revista Humanismo. Prestó su concurso, desde el primer momento, a Álvaro Barba, a la sazón presidente de la Federación Estudiantil universitaria (FEU) y, más tarde, al Directorio Revolucionario 13 de Marzo, en particular a José A. Echevarría, Juan Nuiry Sánchez, René Anillo, Faure Chomón Mediavilla y otros dirigentes de dicha organización, con los que mantuvo estrechos vínculos y en su carácter virtual de Maestro de aquella generación universitaria.

Regresó a Cuba en 1955, después de la amnistía que liberó a Fidel Castro y sus compañeros del Moncada, manteniéndose distante de todos los movimientos políticos no insurrecionales, colaborando con el Directorio Revolucionario 13 de Marzo e incorporándose al Movimiento de Resistencia Cívica 26 de Julio, de cuyo Comité Ejecutivo de La Habana fue miembro hasta el derrocamiento de la dictadura en 1959.

La revolución triunfante le nombró Embajador ante la OEA, en febrero de 1959 y, pocos meses después, en junio de ese año, fue designado titular del Ministerio de Estado. El 23 de diciembre, a propuesta de Roa, el Gobierno Revolucionario adoptaría una Ley denominándolo Ministerio de Relaciones Exteriores, en consonancia con sus nuevas funciones, derivadas de haber alcanzado Cuba su genuina independencia política y económica, y de la consiguiente adopción de una política exterior que respondía a los verdaderos intereses del país.

Raúl Roa se mantuvo al frente del Ministerio hasta enero de 1976 en que, habiéndosele elegido diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, lo fue también a la Vicepresidencia de ésta y, posteriormente, al Consejo de Estado, al cual perteneció hasta su deceso. Durante aquellos diecisiete años al frente de la cancillería, le cupo a Roa ser el vocero de la Revolución en diversos foros internacionales, destacándose por la brillantez, sabiduría y eficacia con que interpretó el pensamiento revolucionario de Fidel, por la sugestión de importantes iniciativas, como la incorporación de Cuba en tanto que miembro pleno al Movimiento de Países No Alineados desde su fundación, y por su defensa intransigente de los principios y conquistas de nuestro pueblo, de la independencia y soberanía nacionales.

Como Vicepresidente de la Asamblea Nacional, y Presidente en funciones durante varios períodos, Roa contribuyó a fortalecer nuestro sistema democrático, vertiendo toda su experiencia en la preparación de las sesiones del parlamento, contribuyendo al profundo debate de las cuestiones planteadas y participando en las reuniones de la Unión Interparlamentaria (UIP), organización a la cual ingresó la ANPP por gestión suya. En 1981, presidió con maestría y habilidad política características la reunión que la UIP celebró en nuestra capital.

Durante el último año de su vida, trabajó arduamente en los proyectos de la Asamblea y, en particular, en sus relaciones con otros parlamentos. Dedicó serios esfuerzos a la organización y conducción de la Conferencia de la UIP en La Habana y a las sesiones de la ANPP. Por otra parte, le robaba horas al descanso para dar fin al libro sobre Rubén Martínez Villena, El fuego de la semilla en el surco, compromiso contraído consigo mismo y con Judith, hermana de aquél, en 1936, cuando escribió el prólogo (en realidad una valoración biográfica y literaria de Rubén) a La pupila insomne, del destacado poeta y revolucionario comunista.

La enfermedad, que se reprodujo rápidamente, impidió la terminación del libro, que fue publicado póstumamente por la Editorial Letras Cubanas. Raúl Roa expiraba en La Habana, a los 75 años, el 6 de julio de 1982.

El pueblo, que acudió masivamente al Aula Magna de la Universidad  de La Habana donde se velaron sus restos mortales, le hizo un “duelo de labores y esperanzas”, acompañándole, silencioso y reverente, hasta el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el que fue sepultado. Armando Hart, a la sazón Ministro de Cultura, despediría el duelo del revolucionario sin tacha.


Dejó, amén de su vida ejemplar como intelectual revolucionario de subidos quilates, una obra fecunda como profesor, periodista y pensador.  El pueblo lo reconoció como “canciller de la dignidad”. Hoy, a treinticinco años de su deceso, Raúl Roa sigue en pie.

domingo, 2 de julio de 2017

Lo que me enseñó Fernando Martínez Heredia

Por Rosario Alfonso Parodi

Nunca me he sentado en esta mesa sin que Fernando haya estado al lado mío, ni una vez. Quiero compartir con ustedes, por eso, algunas cosas que aprendí, que hay que defender, al lado de Fernando y trabajando siempre con él.

Él me enseñó que la Revolución no es un mundo de quimeras, ni una osadía muy cara, ni una añoranza muy bella. Es la hija más amada de la filosofía de la praxis, pues siempre ha ido más allá de todas las posibilidades aparentes.

Me enseñó que el Estado revolucionario debe ser muy fuerte para defender al país, pero no puede perder de vista que es un, el, instrumento privilegiado del proyecto de hacer la Revolución. Que sus instituciones deben ser, si se llaman revolucionarias, efectivas y formadoras, pero nunca puntos de llegada. Que el poder revolucionario debe estar obligado a avanzar hacia su conversión en verdadero poder popular y que los revolucionarios tienen que velar porque no degenere en poder de un grupo, que termine cerrando el paso al socialismo.

Me enseñó que Fidel y el Che fueron los más originales marxistas latinoamericanos, que lo hicieron todo por un comunismo de liberación nacional, como querían Mella y Guiteras, creador, igualitarista, insurreccional e internacionalista.

Me enseñó que la Revolución no les dio a los cubanos según su trabajo, sino por ser cubanos.

Me enseñó que la guía de nuestra actividad intelectual, como la suya, tiene que ser la de una militancia en defensa de la revolución y de la profundización del socialismo en Cuba. Pero que esa tarea era muy difícil, todo lo verdaderamente importante es muy difícil. 

Me enseñó que sólo una recuperación profundamente crítica, honradamente crítica del marxismo será capaz de cerrarle el paso a la vuelta del dogmatismo y el reformismo.

Que el investigador militante, para serlo, debe proponerse un pensamiento descodificador, anti hegemónico y totalizador, aun cuando quiera ser muy específico; tiene además que ser inquisitivo, audaz y no temer equivocarse.

Que hay que seguir combatiendo el prejuicio de que el debate y la discusión de problemas y de criterios diferentes entre revolucionarios no son convenientes. Para Fernando, el debate real, sin cortapisas, ES una necesidad crucial del proceso de creación social, sin el cual no habrá socialismo en Cuba.

Me enseñó que es muy necesario que todos conozcamos la historia de cómo el pensamiento cubano dio un salto grande hacia adelante al asumir el marxismo, pero que ello sucedió en medio de dificultades, polémicas y corrientes que cohabitaron, ganaron y perdieron.

Me enseñó que es imprescindible la libertad de cátedra y de investigación dentro de la militancia revolucionaria. Que dentro de la Revolución, el pensamiento social solo puede existir y desarrollarse y servir a la sociedad si tiene autonomía, mantiene su identidad y goza de toda libertad. Eso que tanto dice Fernando debe ser un lema: pensar por ser un militante y no a pesar de serlo.

Por eso siempre fue escudo de los trabajos valiosos que chocaban con estructuras impermeables que mantienen prohibiciones a la investigación, pues Fernando consideraba UN DEBER dar la pelea contra los que quisieran que las tareas intelectuales fuesen solo un adorno.

Me enseñó que debemos combatir las deficiencias de la socialización de las ideas revolucionarias. Que existe una muy peligrosa escisión en el conocimiento entre élites informadas y las mayorías. Que hay zonas inmensas en el silencio y el olvido y hay otras al parecer cubiertas, tratadas y atendidas, pero que presentadas de manera superficial, interesada y desde lugares comunes, resultan también muy funcionales al ocultamiento y la falsedad.

Que la gente debe apoderarse de TODA la historia, que los albaceas fraudulentos de la memoria unívoca deben ser derrocados. Que hay que asumir la historia de los de abajo, y que los José Antonio Aponte, carpintero tallador, lector del Quijote, se vuelva más importantes entre nosotros que los José Antonio Saco.

Sobre cómo deben ser los revolucionarios, siempre andaba con eso de que el joven Marx escribió con razón que la vergüenza es un sentimiento revolucionario. Me decía que no se puede perder o arriesgar un ápice de la calidad humana, que hay que conservar intacta la humanidad, que hay que mantenerse muy firme, llamarles a las cosas sin rodeos y claro, atenerse a las consecuencias. Que la modestia es la mejor de las reservas morales y que está muy apegada a la honradez. Que hay que ser muy subversivos, mantenernos muy diferentes. Pero primero, primero, ser honestos, antes de originales.

Me enseñó que se puede admirar mucho la obra mejor, tener condiciones uno mismo, y querer participar y así todo ser inmovilista. Hay que combatir el inmovilismo y quebrarlo. Hay que ser creativos e inconformes y no solo resistentes. Me enseñó que hay que trabajar por soluciones, ya que no basta con hacer un correcto planteamiento delos problemas.

Me enseñó que la dialéctica es muy necesaria y hay que mantener relaciones siempre con ella, pero que la verdadera era la dialéctica de Pablo de la Torriente quien decía que la espada tiene que ser flexible, pero de acero y siempre una espada.

Me enseñó que el revolucionario cubano debe recuperar el principio guevariano de devolver golpe a golpe y de avanzar sin retroceder, y nunca comprometer la estrategia.

Me enseñó que lo mejor era apoderarse de esa rebeldía consciente del Che: organizada, consistente, enfocada en que la gente pueda cambiarse a sí misma, en que la gente quiera, pueda y sepa dirigir el proceso, concretar anhelos y encarar las metas que otros han sugerido irreales, impracticables, ingenuas o ya imposibles, confundiendo deliberadamente el ideal con los intentos fallidos de concreción del ideal.

Fernando también me enseñó que el revolucionario no es un nostálgico, pero tiene que tener toda la sensibilidad y hasta valerse, el que pueda, de la artística, que no puede perder la capacidad de sorprenderse y mucho menos la capacidad de emocionarse.

Lloró cuando me habló por primera vez de Miguel Enríquez y lloró cuando me habló de su socio Hugo Azcuy, cuando hablamos de publicar las cartas de Raúl Sendic y me contó que los esbirros dijeron no me lo maten porque no queremos otro Guevara, y entonces le volaron el maxilar. Y después me decía: Rosario es que el mundo es todo a la vez.

Me enseñó que para construir no se puede actuar en soledad.

Me enseñó, cuando me veía muy pendiente del pasado, que para nosotros debe ser prioritario el presente y el futuro de Cuba, que no basta con vivir aquí, que tenemos que estar, estar dentro de las tensiones, estar muy definidos en la hora de las definiciones.

Me enseñó que la guerra sí, es contra el Imperialismo y el despliegue interno del capitalismo, que apuesta por conquistar el albedrío de nuestras voluntades, las llamadas vidas privadas, el adentro de nuestras casas vs el afuera de la sociedad, pero que ese combate no puede darse con armas inadecuadas y mucho menos con las que nunca sirvieron.

Me enseñó que el éxito será posible en la medida en que triunfe la alternativa de la liberación y como él dice: que triunfe el socialismo sobre el capitalismo… y el socialismo dentro de la transición socialista.

Me enseñó que hay que plantearse las tareas grandes y perseverar, y perseverar.
Nos quiso mucho, le representamos, sin saberlo nosotros, un bien, le ofrecimos mas esperanza. Siempre supo que ser revolucionario era una angustia sí, pero también una elección para la esperanza.

La primera vez que lo vi, iba ya con mis rollos del Directorio. De inmediato me cantó, y de memoria, el himno del DR 13 de Marzo. Lo conocía porque un día vio pasar una caravana de ellos con un herido por Yaguajay. El jefe del pequeño grupo les conminaba a cantarlo para protegerles el ánimo hecho polvo.

Me recibió Fernando cantando… y yo me despido de él, con la misma estrofa, de ese mismo himno: Juventud, juventud cubana, unidos por un solo ideal, estaremos POR SIEMPRE a la vanguardia, en defensa de la libertad.

Gracias, maestro.

Fuente: https://www.cmlk.org/article/texto-de-rosario-alfonso-en-homenaje-a-fernando-ma/