Por Raúl Roa Kourí
Raúl Roa García, a quien el pueblo
cubano bautizara como “Canciller de la Dignidad” en los años iniciales de la
Revolución Cubana, cuando libró memorable brega en la Organización de Estados
Americanos (OEA) y las Naciones Unidas (ONU), ora contra las maniobras yanquis
para aislar a Cuba, expulsarla de la OEA y asfixiarla económicamente, ora para
encarar la agresión mercenaria de Playa Girón, urdida, financiada y desatada
por el Gobierno de los Estados Unidos en 1961, y desenmascarar a los
representantes del imperio en el Consejo de Seguridad en lo que la historia ha
recogido como “la batalla de la ONU”, nació en La Habana, el 18 de abril de
1907. El 6 de julio del presente año (2017) se conmemora el 35 aniversario de
su partida.
Sus padres, Ramón Raúl Roa Reyes y María Luisa
García Espinosa, residían, cuando nació, en la Calzada de Carlos III, pero
tanto mi padre como su única hermana, Gilda, vivirían la mayor parte de su
infancia y adolescencia en el habanero barrio de La Víbora, donde Roa se
estrenó en el arte de confeccionar y empinar papalotes, jugar quimbumbia y como
primera base de un equipo de béisbol juvenil, aficiones –salvo la quimbumbia-
que nunca abandonó, asistiendo regularmente a los campeonatos nacionales de
béisbol para animar a los Industriales
y empinando cometas desde la azotea de la Asamblea Nacional o en los arrecifes dientes de perro costaneros.
Cursó estudios primarios en pequeñas escuelas
cercanas a la casa y secundarios en el Colegio Hermanos Maristas (Academia
Champagnat) de La Víbora, obteniendo el título de Bachiller en Ciencias y
Letras en el Instituto de La Habana y más tarde, los de Doctor en Derecho
Público y Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Nunca
ejerció, empero, la carrera de abogado, excepto una vez, para asumir la defensa
en el Tribunal de Urgencia –durante la primera época de la dictadura militar de
Fulgencio Batista– de un grupo de compañeros, entre ellos, Leonardo Fernández
Sánchez, José Chelala Aguilera y Regino Pedroso, quienes fueron condenados a
seis meses de reclusión penitenciaria. En otra ocasión, en la que Roa debía
asumir su autodefensa, se escabulló y fue juzgado en rebeldía.
Su abuelo mambí, Ramón Roa Garí –“un hombre del 68”
le llamó Máximo Gómez; “el más original de los poetas de la guerra” según José
Martí– dejó indeleble huella en el joven Roa. Manito, como cariñosamente se decían el uno al otro, relataba al
pequeño episodios de la “guerra grande” (1868-1878) y ensalzaba las glorias del
“Mayor”, como dijeron siempre a Ignacio Agramonte los soldados del Camagüey.
Ramón había sido su Ayudante, como también lo fue de Julio Sanguily y de Máximo
Gómez. En el estilo de Raúl Roa hay reminiscencias del gracejo y desenfado del
abuelo; además, ambos fueron cultores de la memoria de los héroes patrios, como
atestiguan numerosos artículos y ensayos recogidos en la prensa nacional.
Otra influencia formadora y determinante en el
pensamiento patriótico y revolucionario del joven Roa, lo fue José Martí, cuya
obra leyó con fruición desde muy temprano, en la biblioteca de su tío Jorge
Roa, en la vecina casa de Federico de Córdova, y durante su temprana mocedad, al
punto de figurar entre aquellos que, como Julio A. Mella, develaron la hondura
antiimperialista del ideario martiano, escamoteada por plumíferos bien avenidos
y reaccionarios de siete suelas.
Pronto, también, se sumergió en las obras
fundamentales de Marx, Engels y Lenin, abrazando la causa del socialismo
científico y el comunismo, valiéndose del materialismo histórico y dialéctico
como instrumentos para el análisis de la problemática nacional y mundial –como
revela ya en su “Carta abierta a Jorge Mañach” escrita a los 23 años.
Su primer proceso político data de noviembre de
1925, en que suscribió un manifiesto titulado “El Monstruo asesina a
Nicaragua”, con motivo de la intervención norteamericana en ese país y la heroica
resistencia de Augusto César Sandino, el “General de hombres libres”.
Desde sus comienzos, participó decididamente en las
luchas del estudiantado contra la dictadura de Gerardo Machado. Con motivo de
la huelga de hambre de Julio A. Mella, trabó relaciones con los grupos
estudiantiles de izquierda e ingresó en la Liga Antiimperialista de las
Américas (sección cubana). Fue, asimismo, profesor de Teorías Sociales en la
Universidad Popular “José Martí”, fundada por Mella, cuyas clases se impartían
en los locales de los sindicatos obreros. Junto con Rubén Martínez Villena, su
director, figuró entre los iniciadores de la revista antiimperialista América Libre.
Roa fue uno de los dirigentes del vigoroso
movimiento nacional de protesta contra la reforma constitucional que condujo a
la ilegal prórroga de poderes de Machado. La “jornada revolucionaria del 30 de
septiembre de 1930” le tuvo entre sus principales organizadores, habiéndosele
encomendado la redacción final del Manifiesto al Pueblo de Cuba lanzado ese
mismo día por el Directorio Estudiantil Universitario (DEU) de 1930, del cual
fue miembro fundador.
Como resultado de discrepancias surgidas respecto de
las concepciones y tácticas del Directorio, creó con Pablo de la Torriente
Brau, Gabriel Barceló, Ladislao González Carbajal, Manuel Guillot y otros
compañeros, el Ala Izquierda Estudiantil, que mantuvo la tesis, durante la
lucha contra el machadato, de que era menester, para extirpar sus causas,
enfrentarse y derrocar, conjuntamente, la dominación económica y política
norteamericana: su verdadera raíz y principal sostén.
Como muchos de sus compañeros de lucha, sufrió
prisión en la Cabaña, el Príncipe, el Hospital Militar de Columbia, la cárcel
de Nueva Gerona y el Presidio Modelo, de la Isla de Pinos (hoy de la Juventud),
donde permaneció incomunicado un año y once meses. Al ser liberado, se
incorporó al Comité Ejecutivo del Ala Izquierda Estudiantil, desde donde
combatió la “Mediación” de Sumner Welles y participó en la organización y
desarrollo de la huelga general que dio al traste con la dictadura de Machado.
Fue el primer estudiante que entró en la Universidad
de La Habana, tomando posesión de ella, el 12 de agosto de 1933. La propia
mañana, desde la emisora de radio del Hotel Palace, denunció con Jorge Quintana
el golpe de estado que fraguaron Welles y el ABC, y exhortó al pueblo a
apoderarse del poder.
El 4 de septiembre de 1933, estuvo en el Campamento
de Columbia al producirse la sublevación de soldados y clases contra el
gobierno de Carlos Manuel de Céspedes, que dio origen, primero a la Pentarquía, y luego al gobierno
presidido por Ramón Grau San Martín, apoyado en el Directorio Estudiantil
Universitario.
Desde el periódico Ahora, enfrentó la nueva situación con un artículo que provocó el
cierre y la ocupación de este: “Mongonato, efebocracia y mangoneo”. Como lo
reconocería más tarde, Roa erraba el tiro, “por extremismo”, al atacar al
“gobierno de los cien días” que, bajo la influencia decisiva de Tony Guiteras,
adoptó medidas de beneficio popular y tuvo un carácter nacionalista y antiimperialista.
Tras el fracaso de la huelga de marzo de 1935 contra
la dictadura militar de Batista, Roa, que había participado en su organización,
se vio forzado a abandonar el país con Pablo de la Torriente, radicándose en
Nueva York, desde donde prosiguió la lucha, fundando, con Pablo, Alberto
Saumell, Carlos Martínez Sánchez, Gustavo Aldereguía y otros, la Organización
Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA) y su vocero, el periódico Frente Único. Roa y Aldereguía,
representaron a ORCA en la Conferencia de Frente Único efectuada en Miami en
1936, conjuntamente con los representantes del Partido Revolucionario Cubano
(Auténtico), Joven Cuba, Partido Comunista de Cuba, Izquierda Revolucionaria y
el APRA.
En 1935, contrajo matrimonio por poder con Ada Kourí Barreto, su compañera de luchas y
esposa durante toda su vida, quien viajó a unirse con él en el exilio. En julio
de 1936 nací yo, su único hijo: Ada había regresado a Cuba para el
alumbramiento, a fin de que el vástago fuera “cubano por los cuatro costados”.
Mi padre no me conocería hasta su retorno a la Isla, meses después.
Ya en la patria, colaboró al inicio con el
movimiento de unificación de las fuerzas comunistas, democráticas y antiimperialistas
con vistas a organizar su participación en la Asamblea Constituyente de 1940.
Mas, en desacuerdo con la solución de transacción que aquella Asamblea suponía,
se mantuvo en una posición insurreccional, defendiendo sus posiciones en la
revista Baraguá, dirigida por José A.
Portuondo.
Desde entonces, Roa fue –como él mismo se
calificara- un francotirador de izquierda, sin unirse a partido alguno después
de 1940. En 1938, había pertenecido al Comité Ejecutivo del Partido Socialista
Agrario y, en 1939, al Comité Organizador de un Partido Democrático
Revolucionario. En 1965, integró el primer Comité Central del Partido Comunista
de Cuba, fundado por Fidel, y constituido por elementos provenientes del
Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, el Partido
Socialista Popular y, en menor medida, de la Organización Auténtica.
Al producirse el golpe militar de Batista, el 10 de
marzo de 1952, inmediatamente se dispuso a combatirlo con la pluma y la acción.
Su posición en esa etapa fue siempre insurreccional: fundador de la Triple A,
se retiró de esta en 1954, por discrepancias básicas, de principio, con su
dirección durante su destierro en México, donde publicó el periódico “Patria”
(con el mismo nombre martiano del primer periódico clandestino contra Batista,
que editó antes en La Habana) y dirigió la revista Humanismo. Prestó su concurso, desde el primer momento, a Álvaro
Barba, a la sazón presidente de la Federación Estudiantil universitaria (FEU)
y, más tarde, al Directorio Revolucionario 13 de Marzo, en particular a José A.
Echevarría, Juan Nuiry Sánchez, René Anillo, Faure Chomón Mediavilla y otros
dirigentes de dicha organización, con los que mantuvo estrechos vínculos y en
su carácter virtual de Maestro de aquella generación universitaria.
Regresó a Cuba en 1955, después de la amnistía que
liberó a Fidel Castro y sus compañeros del Moncada, manteniéndose distante de
todos los movimientos políticos no insurrecionales, colaborando con el
Directorio Revolucionario 13 de Marzo e incorporándose al Movimiento de
Resistencia Cívica 26 de Julio, de cuyo Comité Ejecutivo de La Habana fue
miembro hasta el derrocamiento de la dictadura en 1959.
La revolución triunfante le nombró Embajador ante la
OEA, en febrero de 1959 y, pocos meses después, en junio de ese año, fue
designado titular del Ministerio de Estado. El 23 de diciembre, a propuesta de
Roa, el Gobierno Revolucionario adoptaría una Ley denominándolo Ministerio de
Relaciones Exteriores, en consonancia con sus nuevas funciones, derivadas de
haber alcanzado Cuba su genuina independencia política y económica, y de la
consiguiente adopción de una política exterior que respondía a los verdaderos
intereses del país.
Raúl Roa se mantuvo al frente del Ministerio hasta
enero de 1976 en que, habiéndosele elegido diputado a la Asamblea Nacional del
Poder Popular, lo fue también a la Vicepresidencia de ésta y, posteriormente,
al Consejo de Estado, al cual perteneció hasta su deceso. Durante aquellos
diecisiete años al frente de la cancillería, le cupo a Roa ser el vocero de la
Revolución en diversos foros internacionales, destacándose por la brillantez,
sabiduría y eficacia con que interpretó el pensamiento revolucionario de Fidel,
por la sugestión de importantes iniciativas, como la incorporación de Cuba en
tanto que miembro pleno al Movimiento de Países No Alineados desde su
fundación, y por su defensa intransigente de los principios y conquistas de
nuestro pueblo, de la independencia y soberanía nacionales.
Como Vicepresidente de la Asamblea Nacional, y
Presidente en funciones durante varios períodos, Roa contribuyó a fortalecer
nuestro sistema democrático, vertiendo toda su experiencia en la preparación de
las sesiones del parlamento, contribuyendo al profundo debate de las cuestiones
planteadas y participando en las reuniones de la Unión Interparlamentaria (UIP),
organización a la cual ingresó la ANPP por gestión suya. En 1981, presidió con
maestría y habilidad política características la reunión que la UIP celebró en
nuestra capital.
Durante el último año de su vida, trabajó arduamente
en los proyectos de la Asamblea y, en particular, en sus relaciones con otros
parlamentos. Dedicó serios esfuerzos a la organización y conducción de la
Conferencia de la UIP en La Habana y a las sesiones de la ANPP. Por otra parte,
le robaba horas al descanso para dar fin al libro sobre Rubén Martínez Villena,
El fuego de la semilla en el surco, compromiso contraído consigo mismo y con
Judith, hermana de aquél, en 1936, cuando escribió el prólogo (en realidad una
valoración biográfica y literaria de Rubén) a La pupila insomne, del destacado poeta y revolucionario comunista.
La enfermedad, que se reprodujo rápidamente, impidió
la terminación del libro, que fue publicado póstumamente por la Editorial
Letras Cubanas. Raúl Roa expiraba en La Habana, a los 75 años, el 6 de julio de
1982.
El pueblo, que acudió masivamente al Aula Magna de
la Universidad de La Habana donde se
velaron sus restos mortales, le hizo un “duelo de labores y esperanzas”,
acompañándole, silencioso y reverente, hasta el Panteón de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, en el que fue sepultado. Armando Hart, a la sazón Ministro de
Cultura, despediría el duelo del revolucionario sin tacha.
Dejó, amén de su vida ejemplar como intelectual
revolucionario de subidos quilates, una obra fecunda como profesor, periodista
y pensador. El pueblo lo reconoció como
“canciller de la dignidad”. Hoy, a treinticinco años de su deceso, Raúl Roa
sigue en pie.