viernes, 16 de junio de 2017

El ejercicio de pensar[1]

Hace unos días se nos fue Fernando Martínez Heredia, hombre que se jugó la vida en la acción revolucionaria antes de 1959, y después se jugó la suerte dándole sentido y coherencia a un pensamiento científico-revolucionario. No he tenido palabras, como tantos otros compañeros, para expresar lo que lamento su desaparición física que, en mi caso, significa también la ausencia de un amigo. Fue el obituario que le hizo Aurelio Alonso el que me hizo buscar este artículo, aparecido originalmente hace 50 años, en la primera época del Caimán Barbudo. Todavía el Che vivía (en algún lugar del mundo) y Cuba era un hervidero de batallas y metas. Pero en este texto de Fernando hay muchas cosas que todavía resuenan. Algunas siguen inspirándome, otras me entristecen, pero todas para mi son verdades.
srd

------------------------------------------------


Por Fernando Martínez Heredia

Saber dudar... nada más contrario al ejercicio normal de nuestras acti­vidades mentales; gustamos de lo categórico, y nada nos enamora co­mo un dogma.
Enrique José Varona

Los planteamientos del comandante Fidel Castro --en cuanto a la necesidad de pensar con cabeza propia, desarrollar la conciencia socialista, asumir las implicaciones de la solidaridad internacional--, expresan la creciente profundización de nuestra Revolución y sitúan a los trabajadores intelectuales cubanos ante tareas importantísimas. La actividad intelectual tiene sus funciones propias --y sus insuficiencias propias--, lo que es nece­sario tener en cuenta para aumentar su efectividad. Este artículo intenta contribuir a esa tarea desde un campo específico: la filosofía marxista.

  1. Teoría, ideología, espíritu de partido
Entre la producción teórica misma y sus funciones emerge la necesidad de que exista un orden de relaciones, que en la práctica marxista se denomina genéricamente “espíritu de partido”. Examinar las raíces de la cuestión puede ser el primer paso para comprender mejor su significación con­creta actual.

El marxismo originario fue resultante de una conjunción de factores: el despliegue económico del capitalismo europeo occidental; su triunfo político, principalmente en Inglaterra y Francia, que implicó la implantación de la democracia burguesa y la difusión del individualismo; el desarrollo de ciencias sociales como la economía y la historia; la bancarrota de la meta­física ordenadora de los sistemas filosóficos, a la vez que el desarrollo y profundización de la investigación del proceso de conocimiento con una alta consideración del papel del sujeto, por los filósofos clásicos alemanes; sin olvidar, naturalmente, la genialidad personal de Marx y Engels. Pero, sobre todo, la concepción del marxismo originario se integró a partir de la posibilidad más profundamente revolucionaria de la época: la de la clase proletaria. Esto les permitió a sus creadores basar el desenvolvimiento de su actividad teórico-práctica en el ideal de la liquidación de toda explo­tación de clase y el desarrollo de la persona a través de la toma revolu­cionaria del poder político y de la transformación ulterior de todos los aspectos de la vida social.

La situación concreta en que vivieron Marx y Engels adecuó su actividad organizativa y, hasta cierto punto, el objeto de su investigación; por tanto, influyó también en los resultados. Esto nos indica también la importancia que tienen, en el examen de actitudes individuales, las relaciones entre los ideales y la teoría. Con ayuda de una rigurosa actitud científica, Marx consiguió superar a las utopías comunistas y las formas reformistas de organización obrera que ya entonces existían. Lenin escribió sobre las limitaciones de los productos espontáneos del movimiento obrero y la “importación” que el marxismo significó para aquél.[2] Esto no debe oscurecer, sin embargo, una realidad: la identificación con los intereses de clase proletarios, actitud práctica revolucionaria que deviene intuición apasionada e hipótesis del trabajo teórico, es el elemento subjetivo que impulsa a Marx al encuentro de sus propias tesis, y que con­diciona después el desarrollo mismo de su teoría. Por ejemplo, la afirmación de que el proletariado es la clase más revolucionaria, que puede liberar a toda la sociedad[3], es anterior a la profundización de los estudios de Marx sobre economía política.   

El descubrimiento cientí­fico de la naturaleza y las funciones de las ideologías en la formación social capitalista no elimina la existencia (por tanto, la naturaleza y las funciones) de la ideología proletaria, aunque es cierto que la afecta grandemente. El rechazo de toda posición iluminista, cientificista, es, a mi juicio, imprescindible para intentar una comprensión marxista del marxismo, y para que el marxismo sea un instrumento teórico útil en cualquier situación concreta.

No es la ocasión para tratar extensamente el tema. Sin embargo, considero necesario señalar dos aspectos:

1) Con el marxismo aparece la posibilidad de comprender científicamente las ideologías, como el aspecto de la realidad a través del cual los hombres se representan y entienden la sociedad en que viven, y a partir de sus ideologías la sostienen o transforman.[4] Esto implica --por lo menos para el ideólogo en posesión de la teoría-- la reducción de su “falsa conciencia”, la posibilidad de llegar a comprender las manifestaciones y la naturaleza de una forma ideológica dada, con la cual --o contra la cual-- trabaja; y aun más, la de programar su acción en el campo ideológico, para hacer confluir hacia su fin político determinadas manifestaciones existentes, combatir unas, convivir con otras y, en fin, fundamentar su actitud en cada caso. Apa­rece, por tanto, una comprensión tal del fundamento y del condi­cionamiento social de la ideología, que podemos calificarla como científica; y con ella, la posibilidad de trabajar científicamente en el campo de la política y de las transformaciones sociales necesarias para llegar al comunismo.

   Lo anterior contiene limitaciones implícitas: en toda ciencia, el investigador opera a partir de concepciones preexistentes que él acepta (o en cuya problemática se mueve, aunque las niegue), y de los pasos anteriores del conocimiento del fenómeno que estudia; en la ciencia social, esa incidencia es muchísimo más marcada, ya que incluye más fuertemente la noción de interés de clase, aunque el investi­gador no tenga conciencia clara de ello. Se comprende que en el uso de la ideología como objeto de ciencia habría que encontrar la forma de describir y conceptualizar sin excluirse del juego –lo que no es posible-- ni incluirse hasta el punto de ser meramente un factor ideológico más.

2) El que se expresa corrientemente al decir que la “teoría” de Marx tiene la función “práctica” de ser la ideología del proleta­riado. En un sentido estricto, el conocimiento científico puede pasar o no a tener una función ideológica, ser esta de órdenes dife­rentes, y aun constituir un elemento negativo o positivo para los que lo han puesto en circulación. Ejemplos: El Capital es una tesis científica sobre el nivel económico de la formación social capitalista, que cumple una función ideológica revolucionaria como una especie de hermano mayor del militante, el cual generalmente no puede explicarlo, pero puede invocarlo. La teoría de la plus­valía significa que uno es personalmente robado, explotado, que se pertenece a una clase que es solidaria en su enemistad contra los burgueses. La teoría de la agudización de las crisis capitalistas y del eventual derrumbe de ese régimen ha tenido interpretaciones revolucionarias y no revolucionarias, y a la negación de su validez se le han dado también interpretaciones ideológicamente opuestas.

La teoría brinda certeza a las aseveraciones de la ideología, da fe de que el interés se corresponde con la “verdad”, con la ciencia o con el “determinismo”; y todo esto refuerza el valor de los pro­gramas, unifica la orientación de las acciones tácticas, ofrece guías de principios a las organizaciones y aumenta la convicción, o la simple fe, en el militante. En determinadas condiciones, puede ayudar a desalojar la ideología religiosa y otras concepciones del mundo, e incluso llega a participar en la formación de nuevas formas y normas de conducta. Por otro lado, el objetivo ideológico organiza y dicta precedencias en los objetos de la investigación científica, hace más claras las exposiciones, establece proporciones entre el rigor de la teoría y su capacidad de hacerse comprensible a las masas, etcétera.

Por su papel en la lucha revolucionaria, y principalmente en la época de la dictadura del proletariado, el partido comunista se constituye como la organización política marxista que dirige y guía a la sociedad hacia el comunismo. El partido debe ser, por tanto, vehículo de la acción revolucionaria para convertir la teoría en realidad y, en un sentido político e ideológico, vínculo entre la con­cepción marxista y la vida del pueblo. Dada la necesidad de trans­formar todos los aspectos de la sociedad para alcanzar ese fin, la actividad del partido se extiende también al trabajo intelectual, en la significación más restringida del término. Es en esta situación específica que el espíritu de partido --noción que expresa, en todo caso, la vinculación de la elaboración teórica con las posiciones clasistas-- puede ser considerado como una vál­vula de relación entre la producción teórica (o, más exactamente, intelectual) y la necesidad política (o más bien, a veces, sus enunciados).

La misma generalidad de los enunciados anteriores exige, naturalmente, su conversión en instrumentos de trabajo teórico en cada investigación concreta. La prueba de la situación concreta para todo principio es una garantía metodológica básica para el marxismo; sin ella se retorna sin remedio al pen­samiento especulativo, del cual no salvan --como del infierno-- ni las mejores intenciones.

2- Marxismo y revolución en América Latina

El mundo que desarrolló el capitalismo produjo también las corrientes fundamentales del pensamiento contemporáneo. Recordar que es necesario ser cauto en materia de correlaciones económico-filosóficas no resta validez a ese aserto: las corrientes liberales, la democracia cristiana, el socialismo reformista, el comunismo, nacieron en Europa. El tercer mundo ha tomado --o le han servido-- estos productos para enriquecer teóricamente sus ejer­cicios políticos. Sin embargo, esta transferencia cultural presenta sus requisitos.

Una teoría social se arraiga y da frutos sólo si el país receptor presenta, aunque sea en un estado mucho más primitivo, elementos de las realidades que condicionaron el origen o desarrollo de aquella. Por otra parte, la recepción cultural es, a la vez, un acto de transformación del cual sale la teoría ade­cuada no sólo a la especificidad estructural del medio en que se ha insertado, sino también a su complejo ideológico, a la sucesión cultural propia del país receptor y a elementos como la idiosincrasia nacional. De acuerdo con esos requisitos entendemos, por ejemplo, el arraigo del marxismo en Cuba en la tercera década del siglo, como radicalización del movimiento antimperialista que encuentra la dirección de la liberación definitiva sin perder su pupila nacional. Y vemos a Julio Antonio Mella como expresión sobresa­liente de este encuentro[5].

Hemos descrito --de la forma más simple-- los elementos más salientes de la transferencia cultural. Pero en la realidad del subdesarrollo no se deforma solamente la estructura económica: las formas políticas e ideoló­gicas son también “subdesarrolladas”, y tienden a integrarse en una tota­lidad colonizada.

La democracia política y su ideología, en América Latina, son un
ejemplo de lo anterior: en tanto carecen de una base social real, constituyen
un aparato desnaturalizado e inoperante; en tanto cumplen la función social
de adecuar y adormecer a los explotados políticamente activos --aquí la
vanguardia es la democracia cristiana-- son un factor hegemónico eficaz
para sostener un régimen de explotación que es mucho más anticuado que
el correspondiente al orden democrático burgués. En este, como en muchos
casos, la resultante de la transferencia ideológica es deforme, el fruto es
estéril, o hasta monstruoso. Y es que la colonización cultural penetra fuertemente en todos los órdenes de la vida, hasta influir en el pensamiento (y en la acción) de los propios luchadores contra el colonialismo, sea directa o indirectamente, por sí misma, o bien como una negación de ella que se produce en su mismo terreno; como un molde mental de castración, de incapacidad para representarse un destino alcanzable con fuerzas propias.

En América Latina, el marxismo no se ha salvado totalmente de pro­ducir resultantes deformes, estériles, o aun monstruosas.

El traslado al escenario americano de la posición revolucionaria marxista correspondiente a un proletariado desarrollado al que se le señala su papel histórico, ha significado muchas veces la formación de una secta que pugna dramáticamente por representar a una “clase principal, polo de la contradicción antagónica” entre burgueses y obreros; secta inoperante para aglutinar consigo una fuerza popular que realice la tarea histórica inevitable para estas sociedades: la liberación nacional antimperialista. Comprender la necesidad de realizar esa tarea no impediría, por cierto, poseer una comprensión del papel de las luchas de clases y del proletariado como agente histórico del comunismo, pues sólo teniendo acceso revolucionario al poder político --y, por tanto, al poder económico y militar-- es posible generar relaciones que proletaricen a la mayoría de la nación, proletarización que es la premisa para intentar alcanzar el comunismo.

Ya en este camino equivocado, nos encontraremos resultados paradójicos respecto al aparente sueño de futuro de aquella utopía. La lucha por refor­mas económicas, necesarias por la situación precaria de la mayoría de los proletarios, engendra actitudes políticas reformistas, forma de ade­cuación práctica a la hegemonía de los explotadores. La concepción estra­tégica de la “lucha de masas” como factor revolucionario determinante, que parte de la creencia en que es factible la incorporación masiva de la población a la actividad política sindical y partidista a un grado tal de profundidad y permanencia que lleguen a hacer posible un cambio social, es sólo concebible --al menos teóricamente-- en aquellos países capitalistas desarrollados en los que una historia de lucha de clases contra la burguesía pueda materializar la polarización de intereses burguesía-proletariado, unida esa posibilidad a la existencia de instituciones y de hábitos políticos arraigados que la favorezcan.

Sin embargo, hay un “marxismo” que ofrece la estrategia de “lucha de masas” como la alternativa para “ganar la democracia”, frente a la alter­nativa revolucionaria de la lucha armada. Democracia que no es “ganable” ni siquiera por los tibios portadores de reformas que, asistidos también por los votos marxistas, acceden al poder en circunstancias determinadas en que le es conveniente o necesario a los que dominan que eso suceda, para a la larga restablecer en su pureza el régimen neocolonial, ellos mismos o sus peludos sucesores, repre­sentantes de la única institución latinoamericana estable: el ejército.[6] ­La democracia se convierte así en una utopía “marxista” reaccionaria.

No hago más que describir sucintamente algunos elementos –atinentes, eso sí, a lo fundamental de la actividad marxista, que es hacer la revolución-- que caracterizan a un estado determinado de deformación y abandono del marxismo, cuya crítica principal se hace mediante la propia lucha armada revolucionaria. Por otra parte, no pretendo ignorar ingenua­mente la importancia de otros factores, entre los cuales ocupa lugar destacado la existencia de desaciertos e imposiciones en la historia del movimiento comunista internacional. Naturalmente, no intento pasar balance en esta nota a la actividad marxista en América Latina. Ni siquiera me asomo a otras manifestaciones, como las trotskistas, o al producto “indígena” del viejo aprismo. Cuando eso se haga, habrá que consignar la heroica lucha antimperialista de muchos militantes y dirigentes comunistas, el papel de la teoría marxista en la profundización del antimperialismo, los aciertos y errores de la IlI Internacional, la estructura organizativa de los partidos comunistas.

¿Y las relaciones entre teoría e ideología? En la etapa escolástica del pensamiento marxista la teoría, considerada “la única científica”, jugó el triste papel de cobertura de las declaraciones y posiciones políticas, con escasas excep­ciones. Al florecer violento del año 30 --Mariátegui, Mella, Rubén--, sucedió un decaimiento general. Se ha explicado, a partir del XX Congreso del PCUS, lo que fue esa etapa de dogmatismo. Pero, cabría preguntarse, ¿por qué en estos diez años transcurridos desde aquel congreso no se han hecho profundos análisis, cuyos resultados renovadores ayudaran a las organizaciones marxistas a su labor de transfor­mación del mundo? ¿Dónde está la fructífera comunidad de la teoría y la ideología?

Durante demasiado tiempo, el espíritu de partido ha consistido en alegar cualquier cosa, y cosas opuestas sucesivamente, con la misma pedantesca afirmación de que aquello es lo único científico. Se ha conde­nado política y moralmente toda opinión no marxista, se ha llegado a imponer criterios científicos y artísticos sin otra base que una decisión polí­tica; la “ciencia” marxista ha partido de conclusiones para arribar a con­clusiones, siempre enfática e inapelable. Lo que se piensa pertenece a la “línea” o a las “desviaciones”, y hasta el simple error se ha explicado por la estructura de clases de la sociedad. En pocas palabras, la militancia ha implicado la existencia de un preconcepto ideológico opuesto en general al desarrollo creador del marxismo.

El acontecimiento contemporáneo más importante en América Latina, la Revolución cubana, ha tenido trascendencia internacional en múltiples aspectos, inclusive el teórico marxista. Ella realizó la liberación nacional, la revolución agraria, la alfabetización, nacionalizó a los yanquis y sus socios indígenas, después de destruir el ejército tradicional y crear un nuevo ejército popular. Y proclamó que era marxista y socialista. En estos últimos años se ha recrudecido la acción popular antimperialista, al extremo de em­prenderse la lucha armada, que en varios países se mantiene y progresa; el imperialismo también ha incrementado su acción represiva, por sí mismo y a través de sus lacayos, así como mediante otras formas de acción política e ideo­lógica (reformismo, cuerpos de paz, penetración entre los intelectuales, etcétera).

Esta lucha va llevando, en mayor o menor grado, a las organizaciones marxistas del continente a la prueba decisiva: la capacidad o no para hacer la revolución. Ya algún partido ha salido triunfante, pero más de una directiva comunista ha demostrado que no podía. Otros hacen grandes esfuerzos por encontrar el camino; alguno por no encontrarlo.

Hay que convenir en que ese efecto revolucionario es posible porque el conjunto de la situación latinoamericana está marcado por una explo­tación creciente, combinada con la impotencia del propio régimen imperialista para resolver las crisis mediante reformas.[7]  Las vanguardias revolucionarias actúan para hacer real esa posibilidad. Creo que para derivar enseñanza del desvalimiento teórico y organizativo en que la coyuntura revolucionaria en­cuentra a muchos partidos comunistas, es necesario también convenir en que estos no se planteaban la actualidad de la revolución.

En el plano estrictamente teórico se introdujo el antidogmatismo, el antiestalisnismo, el humanismo, la enajenación; pero no se produjo una investigación de los factores estructurales, del papel del partido en la revolución antimperialista latinoamericana, de la correlación de los factores subjetivos y objetivos, de las relaciones entre clase y nación, etc., porque no estaban a la orden del día de la necesidad política. Y es que la posición ideológica revolucionaria es un elemento interno a la elaboración creadora en la teoría marxista de la sociedad. El libro ¿Qué hacer?, de Lenin, no es la fría elaboración “imparcial” de un teórico, sino la obra apasionada de un revolucionario; su preconcepción --que la teoría se aproxime a la realidad, y la realidad a la teoría-- se trasmuta en logro teórico de valor actual por la conjunción de la actividad científica con el interés ideológico revolucionario. Mariátegui, que no temió ser lla­mado europeizante por llevar a Perú el marxismo revolucionario, nos advierte al comienzo de su obra principal:

Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socia­lismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario.[8]

          3. Problemas y perspectivas

La revolución ha abierto un enorme cauce al desarrollo del marxismo en nuestro país, ante todo incorporando a la convicción marxista a cientos de miles de personas que la desconocían y que eran afectadas, en mayor o menor grado, por la tremenda campaña anticomunista, desplegada sin des­canso por los explotadores. Pero aquella incorporación masiva y permanente ha sido posible sólo porque:

1)  Una vanguardia revolucionaria llevó audazmente al pueblo, cada vez en mayor número y organización, a obtener la libertad nacional, liquidar la maquinaria militar de los explotadores, expropiar a los terratenientes y burgueses extranjeros y nativos y aprender a dirigir y sostener los procesos productivos, participar en el funcionamiento de la compleja y deficiente máquina del Estado, sobrecargada de inicio al tomar gran número de atribuciones nuevas; a desempeñar, en fin, nuevas tareas sociales, como la alfabetización, que jamás habían sido siquiera soñadas.

2) Todo lo anterior ha producido la modificación radical de las estructuras del país --esto es, una revolución social--, que convierte a los trabajadores, a los que se unen los pequeños agricultores, en la clase determinante en la vida económica y política nacional. La propiedad social sobre los medios de producción, una nueva disciplina del trabajo en que la utilización de estímulos se propone contribuir a la formación de un individuo que viva cada vez más su bienestar en el bienestar social, una democracia de trabajadores que real­mente trata de ir incorporando a las mayorías al ejercicio del poder (elección de ejemplares, poder local, tribunales populares, etcétera), la extensión del trabajo a toda la población capaz, y de la protección social a niños, ancianos y desvalidos. Estos son algunos rasgos de la formación de una nueva sociedad, que encuentra en el marxismo la ideología más apropiada para vivir sus transformaciones y fijar sus ideales, para comprender su des­tino y su lugar en el ámbito mundial de luchas de liberación, de clases y de sistemas sociales.

Con la declaración del socialismo, nuestro pueblo se abalanzó al estudio del marxismo, con un fervor sólo comparable al de su actividad práctica revolucionaria. Todo lo que se declarase marxista era consumido inmediatamente. Después hemos vivido un proceso más lento de decantación. Nuestra posición marxista se ha afilado en la lucha contra el sectarismo, la necesidad de combatir al marxista-burócrata, al marxista-oportunista, etc., las debilidades del marxismo de algunos comu­nistas latinoamericanos –a las que nos hemos referido--, la necesidad de encontrar soluciones a nuestros problemas reales, y la de sostener una posición revolucionaria comunista ligada a la lucha tricontinental antimperialista, en medio de una compleja situación internacional agravada por la división del movi­miento comunista.

La versión deformada y teologizante del marxismo que contenía gran parte de la literatura a nuestro alcance resultó ineficaz para contribuir a formar revolucionarios capaces de analizar y resolver nuestras situaciones concretas. Al contrario, amenazó agudizar la pereza y “manquedad” mental típicas del individuo colonizado, en una etapa en que el atraso económico y las dificultades de todo orden exigen el desarrollo rápido del espíritu creador. En realidad esto ha sido, parcialmente, una forma de pervivencia del “marxismo” subdesarrollado, que une la pretensión de ortodoxia a un abstractismo totalmente ajeno a Marx y Lenin. El sectarismo, la inca­pacidad de salir de la prisión de un determinado esquema económico, político, organizativo, o de comprender la necesidad de ser radicales en la formación de la conciencia socialista, han sido combatidos por nuestro máximo diri­gente, y se trata de extender cada vez más esta actitud, a través de la actividad del partido, el Estado y las demás organizaciones revolucionarias.

La realidad de nuestra “herejía” revolucionaria frente al seudomarxismo no puede traducirse en un desprecio a la teoría. Pero si esta prevención no quiere verse reducida a una simple frase de intelectual es necesario recordar algunos factores:

a) la historia de la revolución ofrece numerosos ejemplos de solu­ciones prácticas opuestas a presupuestos teóricos o, en otros casos, al margen de ellos; esa realidad, absolutizada, no inclinaría a valorar las posibilidades de utilidad del trabajo teórico;
b) lo anterior está ligado al cuadro de detención del desarrollo de la teoría marxista y de deformación de sus funciones ideológicas, antes mencionado;
c) el intelectual, separado del trabajo manual por una tradición de milenios, y, por otra parte, menospreciado habitualmente por la mayor parte de la propia clase dirigente, que no aprecia claramente el papel que desempeña en la integración de su hegemonía sobre la sociedad, es depositario de un individualismo y una marcada tendencia a la incom­prensión de la necesidad social, que el marxismo teorizante no elimina: su formación ha de sufrir profundos cambios para integrarse plenamente a la sociedad socialista;
d) la reducción de la mayoría de los trabajadores al lindero de la animalidad, producida por la explotación, no genera, naturalmente, aprecio por los teóricos e intelectuales en general. En las ideologías proletarias esto ha conducido a extremos absurdos --como el de la supuesta prioridad de la mano sobre el cerebro--, que conducen a considerar pecaminosa toda actividad intelectual;
e) la necesidad de trabajar cada vez mejor en el terreno ideológico, teniendo en cuenta que la simple abundancia material no traerá el comu­nismo, y que la voluntad organizada se puede constituir en fuerza inven­cible. Los ideales de Marx, un siglo después, siguen apuntando a la posi­bilidad más revolucionaria de nuestro tiempo: el comunismo;
f) es un deber internacionalista realizar estudios acerca de la estruc­tura social, la vida política, la historia, etc., de los países dominados aún por el imperialismo, así como ofrecerles las experiencias de nuestra lucha por la liberación y el socialismo; todo ello desde un ángulo marxista revolucionario; y
g) la teoría marxista no sólo “se convierte en fuerza material al encarnar en las masas”, como escribió el joven Marx. También sigue teniendo un gran valor metodológico para la actividad científica e ideológica; algunos de sus principios pueden ser puestos en la base de la comprensión de las ciencias sociales; y expresa, en categorías como “modo de producción” o “dictadura del proletariado”, logros teóricos de valor permanente.

Si tenemos en cuenta, entre otros, esos factores --para combatir lo negativo y auspiciar lo necesario--, puede resultar más rápido y profundo el desarrollo del marxismo entre nosotros. Creo que estamos en condiciones óptimas para lograrlo, a pesar de las deficiencias de nuestra formación. La necesidad, que puede más que las universidades, lo exige.

Quizás sea conveniente señalar algunas características de los trabajos que se emprendan. Ante todo, tener como objeto problemas concretos de Cuba, o de nuestros deberes internacionalistas. Esto no significa, naturalmente, que toda la actividad intelectual esté dirigida a ellos. La creencia en la inmediatez entre los objetos y el conocimiento más general, por una parte, y la reducción de los objetos de investigación a lo inmediatamente necesario, por otra, son dos errores que hay que prevenir. Existe el trabajo estrictamente formativo, que también es necesario.

Todo lo anterior denota la especificidad del trabajo científico: “ligar la teoría a la práctica” sólo es realmente posible si la teoría tiene objetivos “prácticos”, y si a la vez la teoría es reconocida como una práctica determinada. Esto se expresa en la exigencia de un control partidista del trabajo y sus resultados, que garantice el oportuno uso ideológico de estos últimos, y que, en gran medida, establezca las necesidades de investigación y la pre­lación de los temas. Por otra parte, se expresa en la necesidad de libertad de investi­gación científica, que incluye la existencia de una atmósfera favorable a la actitud indagadora que no parte de conclusiones, sino que intenta llegar a ellas, y que no teme equivocarse y volver a buscar, ni reducir, ampliar o derribar lo que parecía verdad inconmovible.

La formación como militante revolucionario --trabajador productivo y combatiente dispuesto-- es indispensable para teñir las hipótesis de trabajo marxistas. Ella se completa con el ejercicio indeclinable de pensar con ca­beza propia. De este conjunto emergerá un nuevo espíritu de partido, cuya extensión será un paso más hacia el comunismo.

Diciembre de 1966



[1] El Caimán Barbudo n. 11, La Habana, enero de 1967. Reproducido en Lecturas de Filosofía, Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, 1968, t. II. ps. 777-786.
[2] Sobre este y otros aspectos tratados aquí, ver el interesante artículo de Louis Althusser: “Teoría, práctica teórica y formación teórica. Ideología y lucha ideológica”, Casa de las Américas n. 34, La Habana, enero-febrero de 1966, ps. 5-31.
[3] En la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho público de Hegel (1843).
[4] Carlos Marx: Prólogo de Contribución a la crítica de la economía política, Editora Política, La Habana, 1966, ps. 12-13.
[5] Fernando Martínez: “¿Por qué Julio Antonio?”, en El Caimán Barbudo n. 1, La Habana, febrero de 1966
[6] Julio del Valle: Contra la tendencia conservadora en el partido, Pensa­miento Crítico n. 1; La Habana, ps. 130-156; Osvaldo Barreto: Revolución o resignación de América Latina (inédito).
[7] Un serio intento por demostrar lo contrario hace Henri Edme en su “amistoso” artículo “¿Revolución en América Latina?” (Les Temps Modernes n. 240, París, mayo de 1966). El citado artículo de Osvaldo Barreto también responde a Edme y, en mucho, a una corriente ideológica seudorrevolucionaria que está siendo difundida por Amé­rica Latina.
[8] Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Editorial Casa de las Américas, La Habana, 1963, p. XIV.    

martes, 13 de junio de 2017

Agradecimiento a la Universidad de las Artes de Cuba

La Habana, martes 13 de junio de 2017.

Queridos amigos:

Como vengo de la calle, de la vida, a menudo de lo que tengo deseos de hablar es de lo difícil, de lo complejo, de todas las preguntas que necesariamente nos estamos haciendo los cubanos. En ese sentido no soy muy diferente del muchacho que hace tiempo escribió:

         ¿Qué silencio aprendido nos preserva la vida?
         ¿Qué silencio oportuno nos convierte en prudentes?
         ¿Qué silencio asesino nos llena la barriga?
         ¿Cuántas veces al día merecemos la muerte?

Pero la vida es rica, diversa, y en nuestro país especialmente generosa, y también invita a felicitar al sistema cubano de enseñanza artística –a los gigantes que lo soñaron y lo hicieron posible, a sus trabajadores y a sus educandos–, a esta Universidad de las Artes que no discrimina a nadie, a todo lo profundamente hermoso que en estos días cumple 55 años.

Yo estoy cumpliendo un poco menos: hace apenas 50 revoluciones de la Tierra alrededor del sol, un martes 13 como hoy, a esta misma hora estaba en el estudio 19 del Focsa, ensayando los temas que iba a doblar por la noche en el programa Música y Estrellas.

Guillermo Rosales, un excompañero del semanario Mella, me había llevado a casa de Mario Romeu, y a este músico extraordinario se le había ocurrido orquestarme dos temas y sentarme ante las cámaras de televisión.

Por increíble que parezca, el día anterior me habían dado la baja, luego de más de tres años de servicio militar. Recuerdo que los únicos zapatos que tenía eran mis botas rusas, que por supuesto también salieron al aire.

En este medio siglo, creo que más por terquedad que por maña,  he logrado aprender algo de mi oficio. También aprendí que los rechazos y las críticas que más duelen son las que vienen del seno familiar, de quienes queremos, del propio país. Igual que los abrazos que más emocionan.

La verdad es que pudiera decir muchas cosas, temo que demasiadas. Le he dado tantas vueltas que pude haber empezado con un verso apócrifo: “Cómo gasto papeles dando gracias”.

Por suerte mi querida esposa me dio un consejo: “Tú lo que haces son canciones, canta una”… Sin embargo, por la hora y por respeto a esta audiencia, omitiré la música y sólo voy a recitar las sencillas palabras de una tonada que compuse hace años:


la escalera

Iba silbando mi trino
por una calle cualquiera,
cuando a un lado del camino
me encontré con la escalera.

Era una escala sencilla,
de rústico enmaderado,
desde la calle amarilla
hasta el rojo de un tejado.

"¿Qué se verá desde el techo?",
dijo la voz de lo extraño.
Y sin meditar el trecho
le puse afán al peldaño.

La brisa me acompañaba
en el ascenso y el alma,
y mi camisa volaba
junto al sinsonte y la palma.

Mientras más ganaba altura,
la calle me parecía
más pequeña, menos dura,
como de juguetería.

Y sucedió de repente
que, después de alimentarme
con la visión diferente,
sólo quedaba bajarme.

Dejé la altura en su calma,
dejé el cielo en su horizonte.
Siguió batiendo la palma,
siguió volando el sinsonte.

Me encontré con la escalera
cuando a un lado del camino,
por un calle cualquiera,
iba silbando mi trino.


Muchas gracias. 

sábado, 10 de junio de 2017

La primera vía o la revolución democrática en Cuba

Por Julio Antonio Fernández Estrada

No conozco al centro cubano en política. No sé quiénes son. He leído mucho sobre la "neocontrarrevolución socialdemócrata" pero imagino que esta no sea el centro sino algún extremo misterioso.

Sabemos, eso sí, que el centro existe, -si existe la izquierda y la derecha-, y sabemos que en la historia las posiciones de centro muchas veces se han aliado con las más conservadoras, como también sabemos que partidos de izquierda han terminado en el otro extremo del ámbito político.

Algunos nos educamos en las ideas de la izquierda radical. Aprendimos que el peor enemigo era el capitalismo porque este no defendía los intereses de la mayoría sino de los privilegiados, que siempre son los mismos.

Después aprendimos que en el socialismo también hay privilegiados y comprendimos que también son nuestros enemigos.

Las ideas radicales de izquierda que nos conformaron parten del pueblo y solo se detienen cuando se detiene la pobreza, la injusticia social, la inequidad y el desprecio a los humildes.

La izquierda cubana está viva. La primera vía no es, sin embargo, la de los burócratas. Nosotros sabemos que el socialismo se salva si el pueblo lo levanta en sus hombros y no fuimos nosotros, los nacidos en los 70, los que hemos quitado de los labios de los jóvenes la palabra socialismo.

Nosotros, la izquierda, queremos que los derechos humanos se respeten sin excepción. Los que se oponen a los derechos humanos no son el centro, ni la peor derecha puede defender esta propuesta, solo los fascistas pintados del color que sea, pueden defender un criterio de patria y de nación por encima de los derechos humanos.

Nosotros, la izquierda, queremos que el pueblo de Cuba sea el dueño de los recursos naturales, de las riquezas del país, del pan que se amasa en las madrugadas, de los hoteles, de las playas, de los campos de golf, de las zonas especiales, de las marinas, de los yates, de los carros de lujo y de las guaguas de uso.

Si alguien piensa que el pueblo cubano debe contentarse con un pan de a medio, con croquetas saltarinas de escamas de pescado, con vacaciones a la programación de verano de la televisión y con colas como ríos interminables para comprarlo todo, entonces no conoce al pueblo y no está en el centro, ni en la derecha, ni en la izquierda, sino debajo de la tierra, en la humedad del dogmatismo y el fundamentalismo.

Nosotros, la izquierda, queremos que el socialismo cubano no pierda ni un hospital, ni una escuela, ni un museo de la historia de la revolución. Moriremos por mantener la educación gratuita y la salud libre para todos y juramos que no le entregaremos en el futuro a ningún paciente un documento  que diga lo que cuesta nuestra salud gratis.

Los que defendemos el socialismo no queremos más poder que el de participar, no sentimos ninguna clase de odio por la generación histórica ni clase alguna de amor por los burócratas que hablan a los diputados de la Asamblea Nacional como si fueran pioneros en un matutino.

El socialismo solo se salvará si los jóvenes lo recogen de los contenes donde se conectan a internet para hablar a gritos con sus familiares de Miami, si hacen suyo el sueño y lo convierten en su obra.

Si Fidel hubiera usado "los canales establecidos" no hubiera habido revolución. Si José Antonio y Fructuoso hubieran sido disciplinados y hubieran confiado en los que dirigen porque "ellos saben lo que hacen" no hubiera habido base moral ni mártires sobre los que edificar el futuro.

Ahora no queremos muertos. El estado y el gobierno serán nuestros aliados, porque ellos han sido la vanguardia del pensamiento de izquierda en América Latina y deberán entender que si queremos la soberanía popular, la independencia y no el anexionismo, si respetamos más el honor de Carlos Manuel de Céspedes que de todos los autonomistas del siglo XIX juntos, no somos los enemigos, sino ciudadanos, interlocutores, sujetos políticos, actores sociales, compañeros, parte del pueblo cubano, que llevan a su patria, a no dudarlo, en el centro del pecho. Si no lo entienden, no será por nuestra actitud. Nosotros estamos donde hemos estado siempre.

Nosotros, la izquierda, queremos la paz y el crecimiento del bienestar del pueblo cubano. No queremos entregar el país a los norteamericanos ni regalarlo a los inversionistas extranjeros. Debe recordarse que los que siempre están en peligro de entregar a la patria son los que deciden qué hacer con nuestro dinero y con nuestros recursos, jamás el pueblo que va en guaguas y se queda sin agua de un día para otro.
La izquierda cubana cree en la paz porque sin ella no hay felicidad para las madres, para los hijos, para los ancianos y los que están por nacer. Sin paz en el mundo y en Cuba no hay prosperidad posible, y con venganza y rencor solo se llega al abismo del odio entre hermanos.

Nosotros queremos que las niñas y niños sigan viviendo en el país seguro donde se juega en la calle, donde los vecinos cuidan a nuestros hijos como propios y donde nada es más importante que la infancia y su tranquilidad.

La izquierda cubana ama a su patria, a su historia, a sus héroes, heroínas y mártires y sabe que sin democracia y derechos humanos defendidos y elevados a columnas de la nación, no habrá futuro digno para los cubanos y cubanas.

No sé quiénes son el centro en política en Cuba hoy. Amo y respeto a los seres humanos y gozo con sus ideas diferentes y lucho por las mías en el terreno de la ciudad, del surco y de la plaza cívica. Solo creo en la intolerancia para los que practican la intolerancia. Las leyes de la libertad no deben permitir ni el odio entre pueblos, ni la xenofobia, ni la discriminación por ser de un color, de una orientación sexual, de una ideología que promueva alguna forma de amor, de una religión cualquiera.

La izquierda que somos ama a  América Latina, sufre por la desigualdad en todo el mundo, cree en la solidaridad con los que tienen menos e incluso con los que tienen más. Para nosotros el socialismo no es una mala palabra pero debe ser una palabra nueva si la queremos conservar con vida.

La única vía que conozco para salvar la esperanza en Cuba, la esperanza en un mañana donde la dignidad no sea solo para los ricos y donde los burócratas no se conviertan en millonarios con más dinero que diplomas, es que el pueblo se haga dueño de su presente, que no apruebe los documentos que le traen como regalos sino que los redacte en el taller y en la calle, apoyados sobre la espalda del maquinista más fuerte, como se hacía en la Comuna.

Algunos sabemos dónde está el socialismo y no dejaremos que lo extingan, ni los de la derecha brutal que odia, que ha inventado la tortura, los golpes de estado y las doctrinas de seguridad que lo justifican todo, ni los del extremismo de estado, que quieren más a sus autos que a sus hijos, que miden la vida en litros de gasolina y que quieren resolver los problemas de la gente en una reunión donde nadie habla como un herrero ni como un campesino.

La primera vía es la única que nos interesa, con democracia, derechos humanos, estado de derecho, legalidad, paz, concordia nacional y justicia sin dobleces, para que los que no han sido beneficiados por la obra de la revolución, al fin puedan ser rescatados. El socialismo también tiene que ser para los miles de albergados sin vivienda, para los miles de presos, para los varados fuera de Cuba que se han quedado sin país, para los emigrantes que no han dejado de sentirse cubanos, para los pobres que no saben lo que es comer mantequilla desde 1989 o que les falta el agua desde hace décadas.

No sabemos quiénes son el centro. Nunca los hemos escuchado hablar desde la radio o desde una mesa de la televisión por lo tanto pensamos que tal vez no existan o que sean el resultado de la obsesión de los que cazan enemigos en las horas sagradas en que deberían trabajar para el pueblo.

No sabemos quiénes defienden el anexionismo como opción para Cuba pero estamos seguros que si existen, el pueblo de Cuba tiene derecho a saber quiénes son y qué argumentos tienen y así podremos cruzar los dedos, o mejor, hacer política al fin, para evitar que esas propuestas convenzan a la gente.

No sabemos quiénes son los socialdemócratas cubanos pero sabemos que hay escuelas en Cuba que llevan el nombre de respetables socialdemócratas del pasado reciente. Estoy seguro que el pueblo de Cuba tiene el derecho a escuchar las tesis de los que piensan de una forma o de otra, nadie como el pueblo para saber por quién votar y nadie como el pueblo de Cuba para decidir con justicia después de décadas de alta educación, de programas de estudios nacionales, de políticas culturales nacionales, de televisión nacional, de propaganda política nacional, todas a favor del socialismo.

Tal vez suceda que cuando sean convocados a presentar sus proyectos políticos, los liberales, los socialdemócratas, los anexionistas, los defensores del estatus quo inamovible, suceda que nadie acuda, que nadie quiera dar la cara, que nadie aproveche la oportunidad de hablar, de discutir, de tantos años sin practicar la deliberación y la polémica.

Si la defensa del socialismo es la primera vía entonces creo que somos muchos los que estamos en ella. Pero aviso de que venimos con manuales distintos a los de los 70. En nuestras mochilas están, todos con la misma importancia, los Cuadernos de la Cárcel, El manifiesto de Montecristi, La carta de Jamaica, los Estatutos de la Universidad Popular José Martí, La pupila insomne,  Canto a mí mismo y Las iniciales de la tierra, por citar algunos referentes al vuelo. No creemos en el sectarismo ni en el esquematismo facilón, que convierte en un lema cada intento de idea, por eso preferimos a Paulo Freire y confesamos que hemos leído toda la literatura prohibida en el socialismo real, desde Pasternak hasta Kundera, de Padilla a Norberto Fuentes.

No renegamos de nada que la historia del socialismo haya dejado de bello y justo y esa es la razón por la cual defendemos el Estado de Derecho, la legalidad y la democracia, porque pensamos que a nombre del socialismo no se puede pisotear el Derecho, ni la Ley, ni a la soberanía popular.

Por eso confiamos en la belleza de la creación cubana. Aceptamos la singularidad de la cubanía sin festejar la supuesta preponderancia de nuestra gracia, inteligencia, creatividad y sexapil, que no son más que mala propaganda de un pueblo igual de hermoso y frágil que otro cualquiera.

Creemos, en fin, que la primera vía puede ser, todavía, el socialismo, pero solo si este es el templo más grande y brillante de la democracia, el amor, la paz y el bienestar humanos.

miércoles, 7 de junio de 2017

Vivir más y mejor

Por Lisandra Fariñas Acosta

«Porque se trata de que las personas vivan la mayor cantidad de tiempo posible, pero que lo hagan además con calidad de vida», el XIV Seminario Internacional Longevidad 2017 –que inició este martes en el Palacio de Convenciones de La Habana– apuesta por una longevidad activa y satisfactoria, explicó a Granma el doctor Raúl González Hernández, presidente del comité organizador.

La cita, organizada por la Asociación Médica del Caribe (Ameca) y el Club de los 120 años, propone el debate científico en temáticas que van desde la genética, cultura, motivación, sexualidad, nutrición, alimentación, medio ambiente, actividad física, hasta los retos para los sistemas de salud, las ciudades amigables y el saber envejecer.

«El siglo XXI está lleno de oportunidades para expandir la vida, provenientes del desarrollo de las ciencias, la medicina, la cultura y la capacidad productiva. Cuba, ofrece un escenario único donde la ciencia y la sociedad se unen de manera articulada en función de la vida de los seres humanos, y este espacio de intercambio es un ejemplo de ello», precisó González Hernández.

La esperanza de vida al nacer hoy en Cuba es de 78,45 años para ambos sexos, 80 años para las mujeres y 76 años para los hombres; pero la esperanza de vida de toda persona que hoy arriba a las seis décadas es de 22 años más, y de casi nueve años para los que arriban a los 80, según las estadísticas sanitarias.

Ello supone un triunfo de la vida, pero también múltiples desafíos. A uno de ellos se refirió el doctor Agustín Lage Dávila, director del Centro de Inmunología Molecular, quien abordó el paradigma en el tratamiento del cáncer como una enfermedad crónica, ante tendencias que hablan hoy de que la supervivencia de los pacientes de cáncer en el mundo está aumentando, si bien estas curvas no se traducen aún en una reducción de las tasas de mortalidad.

Asimismo, Lage Dávila subrayó que el carácter complejo del control del cáncer es sin duda un desafío. El cambio de enfoque del cáncer, visto como una enfermedad crónica y no terminal, más que una aspiración es una realidad y ya se están teniendo evidencias de que el cáncer evoluciona hacia una cronicidad. Desde el punto de vista científico ello puede verse en el aumento de la supervivencia y la utilización de tratamientos más largos, donde tan importante como la supervivencia es la calidad de vida, explicó.

Todo esto en un contexto donde aumenta la incidencia de cáncer en el mundo –siendo los países del sur los que acumulan el 70 % de la mortalidad, hecho que desmitifica el hecho de que el cáncer es un problema solo de los países ricos–, escenario al que nuestro país no escapa, pues esta enfermedad ocupa los primeros puestos en las causas de muerte en Cuba.

El experto enfatizó además la importancia que reviste para el programa de control del cáncer en nuestro país establecer una atención diferenciada para el cáncer avanzado, fortalecer la prevención en la atención primaria de salud, actualizar constantemente las guías terapéuticas, evaluar paquetes complejos de intervención y no solo los fármacos por separado y movilizar a la industria biotecnológica.

Por otra parte, precisó que la inmunoterapia tiene un impacto potencial en muchas enfermedades crónicas asociadas a la edad, como la diabetes, la enfermedad renal, ateroesclerosis, el Alzheimer… entre otras.

Para el científico, hoy tenemos mejores armas para el control del cáncer; aunque todavía nos faltan estrategias dirigidas por ejemplo a una intervención más agresiva en el tabaquismo, que constituye uno de los principales factores de riesgo.

Longevidad 2017, acogerá además el X Encuentro Internacional de Enfermería, el Tercer Simposio Internacional de Salud Bucal en la Longevidad, y el XII Encuentro de Centenarios. Su sesión inaugural sirvió de espacio propicio para un sentido homenaje al profesor Eugenio Selman-Housein Abdo y la presentación del texto El Émulo de Avicena, que significa la gente modesta o sencilla; un texto ordenado por su hermano Ricardo, que recoge su historia y reconoce el importante papel que desempeñó como científico y revolucionario, así como los años que dedicó al Club de los 120 años.

Fuente: http://www.granma.cu/cuba/2017-06-06/vivir-mas-y-mejor-06-06-2017-23-06-49